Vistas de página en total

domingo, 13 de diciembre de 2015

Que los aires de alegría que ya resuenan porque llega la navidad surjan de forma profunda de nosotros porque seamos instrumentos de reconciliación y de paz entre los que nos rodean

Que los aires de alegría que ya resuenan porque llega la navidad surjan de forma profunda de nosotros porque seamos instrumentos de reconciliación y de paz entre los que nos rodean

Sofonías 3, 14-18ª; Sal.: Is 12, 2-3; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18
En la medida que avanza diciembre vamos observando que cambia el ambiente de nuestras calles, de lo que es la vida comercial, la ornamentación que va apareciendo en nuestras calles y plazas, lo que son los programas de los medios de comunicación e incluso en nuestros hogares parece que surge algo nuevo y se vislumbra una nueva alegría o al menos un ambiente de fiesta. Ya incluso vamos escuchando felicitaciones de navidad que se nos desean desde distintos lados y hasta la música tiene como un nuevo sentido en unas canciones que llamamos navideñas.
Se acerca la Navidad. Suena algo distinto aunque creo que es necesario también un sentido critico para ver realmente cual es la motivación de esa fiesta y alegría e incluso analizar el sentido de muchas de esas canciones que llamamos de Navidad y en las que en muchas de ellas no aparece ni la más mínima referencia a lo que para nosotros es el verdadero sentido de la navidad. Podríamos hacernos muy diversas consideraciones en este sentido.
Nosotros, los cristianos que queremos dejarnos conducir de la mano de la Iglesia y con un profundo sentido de fe también escuchamos en la liturgia la invitación a la alegría por la ya cercana navidad. Los textos de la liturgia de este domingo han dado motivo para el nombre del gaudete o de la alegría con que mencionamos este tercer domingo de Adviento. Son las invitaciones que nos hace el profeta y repetidamente el apóstol Pablo en el texto de la carta a los Filipenses que hoy escuchamos. ‘Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres’, nos decía el apóstol. Mientras el profeta nos gritaba ‘regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén…’
Y ¿cuál es el motivo de ese grito que nos invita insistentemente a la alegría? Viene el Señor y con El llegará la paz a nuestros corazones; viene el Señor y se va a manifestar su misericordia que nos perdona todos los pecados; viene el Señor y nuestros corazones se sentirán transformados por el amor para vivir en un estilo y sentido nuevo; viene el Señor y se va a realizar algo nuevo en nosotros porque nuestras vidas se transformarán y viviremos en una paz y una nueva armonía que nos hará sentirnos verdaderamente felices haciendo más felices a los que están a nuestro lado.
Efectivamente, recojamos, sí, todos esos anhelos de alegría y felicidad que estos días parecen reinar de manera especial en el corazón de cuantos nos rodean; recojamos todo eso, sí, pero no para vivir una navidad más en la cual durante unos días vamos a ponernos buena cara y vamos a sentirnos un poco más unidos y luego todo pase y todo siga igual. Vamos a tratar de vivir con un sentido hondo la navidad y porque llega este momento precioso en que celebramos el nacimiento del Señor, vamos a tratar de hacer que en verdad llegue a nuestra vida y derribemos de verdad esos muros que tantas veces hemos interpuesto entre nosotros, no solo para vivir unos días en paz y alegría, sino para sentirnos en verdad transformados por la presencia del Señor y hagamos que ya para siempre las cosas sean distintas.
Y claro cuando tenemos esos verdaderos deseos dentro de nosotros ya comenzamos a pregustar la alegría de lo que vamos a vivir. No será una navidad externa, superficial, donde hagamos una serie de cosas simplemente porque toca, porque toca comer en familia, porque toca felicitarnos y tenernos buenos deseos los unos con los otros, o porque todo el mundo está de fiesta y nosotros no vamos a desentonar.
Vamos a darle profundidad a lo que hagamos; si Jesús ha venido para traernos la reconciliación y la paz, si El ha venido, como nos decía el profeta, para que se cancelen nuestras deudas y condenas, nosotros vamos a tener verdaderos gestos de reconciliación y de paz con todos, vamos a romper esas barreras que tantas veces nos separan o nos aíslan y vamos a acercarnos con buen corazón a cuantos nos rodean. Estaremos haciendo verdadera navidad y toda nuestra alegría tendrá hondo sentido. ‘Y la paz de Dios que sobrepasa todo juicio, nos decía el apóstol, custodiará vuestros corazón y vuestros pensamientos en Cristo Jesús’.
En el evangelio hemos contemplado una vez la figura de Juan que predicaba en el desierto allá junto al Jordán preparando los caminos del Señor invitando a la conversión, al cambio de manera de vivir para acoger al Mesías que llegaba bautizándolos en el agua del Jordán. ¿Cuáles eran las pautas de esa transformación de sus vidas para preparar los caminos del Señor? La gente que se acercaba a El le preguntaba: ‘¿Entonces, qué hacemos?’ Es la pregunta que nosotros también tenemos que hacernos. ¿Qué hacemos para que nuestra alegría sea completa? ¿qué hacemos para vivir con profundidad la navidad que se acerca? ¿qué hacemos para que haya una auténtica alegría en nuestro corazón?
Según fuera la gente que se iba acercando a Juan con la pregunta él les iba respondiendo de forma muy concreta; y les invitaba a compartir de verdad los unos con los otros abriendo los ojos del corazón a las necesidades de los demás, a ser honrados y responsables en sus actividades y en lo que era toda su vida, a no dejarse confundir ni arrastrar por la violencia que imperaba en tantos ambientes en su alrededor, a ser justos en su actuación en todas las facetas de su vida no cayendo en redes de sobornos ni corrupción, a poner verdadera humanidad en sus corazones para no ser ásperos ni exigentes con los demás mientras nosotros vivimos a nuestro aire, a ser capaces de ser comprensivos con los demás ofreciendo generosos el perdón como compasivo y misericordioso es el Dios que nos perdona…
Muchas cosas les va señalando el Bautista con una claridad pasmosa - tan pasmosa que le llevaría a la cárcel porque incomodaba a Herodes y Herodías cuando les denunciaba claramente la vida impura que llevaban - y que tiene una clara traducción también en lo que es nuestra vida de hoy, en los errores en que nosotros podemos caer, o en el ambiente insolidario, injusto y corrupto en que se vive en nuestra sociedad.
¿Queremos nosotros vivir de forma auténtica la alegría de la Navidad ya cercana? Hagámonos con toda sinceridad la pregunta; hagamos silencio en el corazón para escuchar al Señor que nos habla y señala todo lo que tendríamos que transformar en nuestra vida; abramos de verdad nuestro espíritu a la llega del Señor a nosotros y dejémonos transformar por su gracia. Comencemos ya a poner paz y amor en nuestras relaciones con los demás; abramos bien los ojos para aprender a mirar con mirada nueva a cuantos nos rodean y a esa sociedad en la que vivimos que hemos de transformar; seamos signos de la misericordia divina que se derrama sobre nosotros pero para que alcance también a los demás y todos puedan conocer lo que es la misericordia y la gloria del Señor.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Lo maravilloso es hacer extraordinariamente bien las cosas pequeñas de cada día

Lo maravilloso es hacer extraordinariamente bien las cosas pequeñas de cada día

Eclesiástico 48,1-4.9-11; Sal 79; Mateo 17,10-13

Si surgen cosas espectaculares y grandiosas enseguida les prestamos atención, corremos allí donde podamos contemplarlas, y pronto corre la noticia de boca en boca de manera que en poco tiempo todos tienen conocimiento del acontecimiento. Sin embargo hay cosas maravillosas que suceden cada día en el silencio de lo ordinario y sin hacer ruido y a eso no le prestamos atención y pasarán desapercibidas.
Podemos referirnos a acontecimientos o hechos que pueden formar parte de nuestra historia, pero podemos hacer referencia también a las personas; lo que es llamativo, escandaloso enseguida es conocido de todo el mundo, pero esas personas que en el silencio y la humildad no se cansan de hacer el bien, de cumplir fielmente con todas sus responsabilidades y obligaciones en el cumplimiento de su deber o de los compromisos que haya adquirido con la sociedad que le rodea, nadie las conoce y las valora. Cosas para hacernos pensar, para aprender a valorar lo maravilloso de lo ordinario realizado extraordinariamente bien.
En el evangelio escuchamos una pregunta que le hacen los discípulos a Jesús sobre la venida de Elías, el profeta que como narraban las Escrituras había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego. Estaba muy extendido en la época de Jesús desde las enseñanzas de las escuelas rabínicas que como había anunciado el profeta Malaquías volvería Elías también de forma espectacular. Estaban expectantes; recordemos que es la pregunta que le hacen al Bautista desde aquella embajada venida de Jerusalén. ‘¿Eres tú Elías?’
Pero Jesús viene a responderles a los discípulos que Elías ha venido ya si así lo quieren aceptar. El evangelista comentará que ellos entendieron que se refería a Juan Bautista. Podríamos recordar que el ángel del anuncio a Zacarías le dice que vendrá con el espíritu y el poder de Elías. Sin embargo como no se había manifestado tal como ellos lo esperaban de forma espectacular no supieron verlo ni aceptarlo. Aquel profeta surgido allá en el desierto en la mayor pobreza y austeridad no daba la imagen para ellos de lo espectacular que esperaban. Pero así se había manifestado Juan con el espíritu y el poder de Elías preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto.
Así también fue la vida de Jesús. El camino que nos enseñaba Jesús que era el mismo que El recorría no era fácil aceptarlo. Era fácil estar con Jesús cuando realizaba signos maravillosos en los milagros ya curara enfermos, les diera de comer en el desierto o resucitara muertos, pero el día a día de la humildad de la sencillez, el día a día en que se acercaba a los pobres y a los últimos, a los enfermos y a todos los que se consideraban marginados era más difícil de seguir. Por eso incluso los discípulos discutían entre ellos peleándose por los primeros puestos pues les costaba entender el camino de hacerse el último, de no dejarse notar y pasar desapercibido, de entregar la vida en el servicio y en el amor hasta llegar al extremo era más difícil de seguir.
Aprendamos a realizarnos en lo pequeño aunque pase desapercibido; aprendamos a poner amor en todo lo que hagamos siendo capaces de hacernos los últimos; sepamos descubrir en esa gente sencilla que camina a nuestro lado todo lo bueno que hacen; seamos capaces de hacer extraordinariamente bien y con fidelidad total esas pequeñas cosas de cada día; no busquemos la espectacularidad en lo que hagamos que ya Jesús nos enseña a que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha; que nos preocupemos simplemente de realizar esas buenas obras de cada día, que ya brillarán por si mismas para que todos den gloria al Padre del cielo. 

viernes, 11 de diciembre de 2015

Vayamos siempre con buen corazón al encuentro de los demás valorando lo bueno que hay en los otros sin desconfianzas ni prejuicios

Vayamos siempre con buen corazón al encuentro de los demás valorando lo bueno que hay en los otros sin desconfianzas ni prejuicios

Isaías 48,17-19. Sal 1. Mateo 11,16-19

¿Por qué siempre tenemos que tener la mosca tras la oreja para no saber valorar lo que hacen los demás? ¿Por qué no podemos pensar que lo bueno que hacen los otros no tiene una segunda intención detrás? Nos pasa demasiado frecuentemente en muchos aspectos o facetas de la vida.
Claro que cada uno tiene sus criterios, su manera de ver las cosas e incluso de hacerlas; es cierto que no siempre tenemos que estar de acuerdo en lo que hacen los demás y nosotros podemos tener nuestro punto de vista. Pero eso no quita para que valoremos lo que es bueno en si mismo, para que demos por supuesto la buena intención, el buen deseo y rectitud en la manera de actuar del otro; pero nos sucede, sobre todo cuando al otro lo consideramos un contrincante, que siempre nos aparece primero ese pensamiento negativo que valorar lo positivo y bueno que tengan los demás.
Como decía nos sucede en todas las facetas de la vida, porque no es ajeno a esta situación lo que sucede en nuestras relaciones familiares, o incluso en nuestro trato con los amigos, y no digamos nada cuando se meten las ideas políticas por medio, en que nunca el contrincante puede tener la razón, o al menos no se la damos ni se la reconocemos.
Es lo que también nos refleja el evangelio del día. Ni querían aceptar a Juan porque les parecía quizá demasiado duro y exigente y en los deseos de desprestigiar llegaban a decir que tenía un demonio dentro, ni aceptaban a Jesús por su cercanía a los pobres, a los pequeños, a los pecadores. Parecéis como niños, les viene a decir Jesús. '¿A quién se parece esta generación? Se parece a los niños sentados en la plaza, que gritan a otros: Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones, y no habéis llorado'.
Una ocasión que nos da el evangelio para que reflexionemos por una parte en como aceptamos a Jesús y su evangelio, pero también por otro lado para que aprendamos a aceptarnos unos a otros valorando siempre lo bueno que hay en los demás. Que distintas serian nuestras relaciones entre unos y otros si aprendiéramos a valorarnos, a tener en cuenta lo bueno de los demás, a alejar de nosotros esas sospechas de segundas intenciones que tenemos tantas veces cuando vemos lo bueno de los demás, a quitar todo tipo de prejuicios. El mundo lo construimos a partir de ese grano de arena bueno que cada uno pongamos. 

jueves, 10 de diciembre de 2015

No convirtamos la vida en una lucha para los prepotentes, sino en una actitud humilde de servicio para hacer felices a los demás

No convirtamos la vida en una lucha para los prepotentes, sino en una actitud humilde de servicio para hacer felices a los demás

Isaías 41,13-20; Sal 144; Mateo 11,11-15

En la lucha de la vida parece que gana el más prepotente, el que se presenta con más fuerza y parece que con su ímpetu, con sus iniciativas, con su creatividad todo lo avasalla y poco menos que arrasa a los que son más débiles. He comenzado diciendo, sí, en la lucha de la vida, y es que de alguna manera parece que eso es en lo que la hemos convertido, en una lucha de manera que la palabra ya nos sale como espontánea y no hubiera otra que lo definiera. Pero ¿en eso hemos de convertir la vida? ¿En una prepotencia que todo lo arrolla a nuestro alrededor con tal de yo conseguir lo mejor, más poder, más ganancias, más influencias?
Influenciados por el ambiente que nos rodea podemos sentirnos confusos y hasta acobardados si nosotros no logramos ser así. Nos sentimos insatisfechos quizá por no conseguir esos triunfos o porque nos cuesta comprender o hacer comprender que otros tendrían que ser los valores que verdaderamente nos pueden hacer felices haciendo felices también a los demás. Y es aquí donde entran en contraposición los valores del evangelio, lo que Jesús tantas veces nos repite.
Fijémonos en lo que nos dice hoy el evangelio. Jesús nos habla de la grandeza de Juan, el Bautista. ‘Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista’. Y en verdad que así era por la misión con que había venido, de ser el precursor del Mesías. ‘Profeta y más que profeta’, dirá Jesús. Pero a continuación añade: aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’. El más pequeño que ha entendido lo que es el Reino de los cielos - y cuando digo ha entendido quiero decir que lo ha entendido y lo ha convertido en sentido de su vida - es más grande que el Bautista.
Realmente tendríamos que decir que el Bautista también vivía en esos valores del Reino. Bien sabemos cuál era el estilo de su vida de penitente allá en el desierto. Y escucharemos decir a Juan  que su misión es menguar él para que el que viene, el Mesías anunciado, crezca. Y veremos cómo con la presencia de Jesús pronto Juan irá desapareciendo hasta que inmole su vida en el martirio de su muerte injusta.
Es lo que Jesús nos irá enseñando en el Evangelio; en lo que tanto insistirá a sus discípulos cuando los ve discutiendo por los primeros puestos. Que no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo, que el discípulo no se las puede ir dando de prepotente imponiéndose y manipulando a todos; que el verdadero discípulo de Jesús es el que saber hacerse el último y el servidor de todos. El más pequeño es el más grande, que nos dice hoy en su comparación con Juan Bautista.
Que no nos dejemos contagiar por ese espíritu del mundo. Que sepamos ser en verdad los últimos porque seamos servidores de los demás. Que no nos cansemos nunca de hacernos pequeños, servidores. En María tenemos el ejemplo y el estímulo quien era escogida para ser la madre de Dios y sin embargo se llama a si misma la esclava del Señor. En muchas cosas tenemos que meditar en nuestro camino de Adviento para vivir intensamente la esperanza de la venida del Señor.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Una fuerza interior, una espiritualidad que forjamos en Jesús y su evangelio para darnos un sentido profundo a la vida

Una fuerza interior, una espiritualidad que forjamos en Jesús y su evangelio para darnos un sentido profundo a la vida

Isaías 40,25-31; Sal 102; Mateo 11,28-30

¿De dónde saca fuerzas para tanto?, nos preguntamos a veces cuando vemos alguien que se mantiene fuerte en sus luchas a pesar de los problemas que se acumulan y a los que tiene que hacer frente, que es capaz de estar siempre con nuevas iniciativas buscando cómo hacer para ayudar a los demás, o que parece incansable en medio de todas las tareas que ha asumido con responsabilidad comprometido siempre por lo bueno y por lo justo. Nos damos cuenta de que no es solo una fachada exterior ni un activismo superficial lo que lo guía, sino que descubrimos una profundidad, un sentido hondo en todo aquello por lo que está comprometido y que es la fuerza para todo lo que hace.
Terminamos por reconocer que hay en esas personas una fuerza interior que es como el motor de su vida. Suelen ser personas de una vida interior profunda; personas reflexivas pero no concentradas en si mismas; personas con raíces hondas, con principios muy claros sobre lo que quieren y por lo que trabajan; personas de espíritu fuerte, porque tienen una espiritualidad bien anclada en aquello que nunca les va a fallar.
Necesitamos personas así en nuestra vida que nos estimulen a que nosotros también deseemos esa vida interior que será la que nos dará fuerza, la que nos despertará de nuestros letargos y rutinas, la que será fuerza en nuestros cansancios y agobios que nos va presentando la vida. Necesitamos ser esas personas de profunda vida interior que nos aleje de tantas superficialidades a las que nos sentimos tentados; necesitamos forjar una verdadera espiritualidad en nosotros.
Todo eso el auténtico creyente lo va encontrando en Dios; todo eso el verdadero cristiano que no lo es solo de nombre lo ha encontrado en Jesús. Por ahí ha de ir nuestra vida interior, nuestra espiritualidad profunda que nos dará sentido y fuerza para nuestra tarea, para nuestra lucha de cada día, para el desarrollo de nuestras responsabilidades, para ese compromiso que como cristianos hemos de vivir. Es nuestra espiritualidad cristiana bien anclada en la vivencia profunda de la presencia de Jesús en nuestra vida.
‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…y encontraréis vuestro descanso...’ Es nuestro descanso y es nuestra fuerza, es nuestra vida y es nuestra razón de ser. Con Cristo en nosotros no habrá cansancios ni abandonos; con Cristo a nuestro lado nuestro deseo será amar con su mismo amor.
Por eso el cristiano ha de cultivar una autentica espiritualidad cristiana; necesitamos vivir unidos a Jesús, escucharle profundamente en nuestro interior, sentir su presencia que nunca nos falla. No es solo que digamos de palabra que creemos que tenemos fe en Jesús, sino que en El ponemos toda nuestra esperanza, la confianza de nuestra vida. Un cristiano es un rumiador - permítanme la palabra - del mensaje del evangelio, porque lo reflexionamos, lo hacemos nuestro, lo plantamos allá en lo más interior de nosotros mismos para convertirlo en el sentido de nuestra vida.
El cristiano ha de ser un hombre de oración no solo porque sepa acudir a Dios en todas sus necesidades o darle gracias reconociendo cuanto de Dios recibimos, sino porque sabemos escuchar de verdad la Palabra de Jesús en nuestro corazón. Es una tarea que intensificamos en este camino de Adviento esperando que sea uno de los frutos que como ofrenda presentemos a Jesús en su nacimiento.

martes, 8 de diciembre de 2015

Nos alegramos con María, la bendecida de Dios, que se convierte en aurora de la salvación y anuncio de la misericordia de Dios

Nos alegramos con María, la bendecida de Dios, que se convierte en aurora de la salvación y anuncio de la misericordia de Dios

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38
‘Alégrate, Dios te salve, la llena de gracia’ la saludó el ángel en Nazaret. ‘Alégrate’ y María se quedó rumiando aquellas palabras. ¿Qué saludo era aquel? ¿Qué significaba aquella invitación a la alegría? ¿Qué quería decirle el ángel del Señor? María se turbó, dice el evangelista.
‘Alégrate…’ llegan en verdad días de alegría; alégrate porque se ha cumplido el tiempo; alégrate porque se comienzan a realizar las promesas hechas desde antiguo; alégrate porque llegan los días de la salvación. Lo que repetidamente habían ido anunciando los profetas ahora tenía su cumplimiento. Llegaba el tiempo de la salvación; llegaba el que escacharía la cabeza de la serpiente, el que venía a vencer al maligno.
¿Qué estaba queriendo anunciarle el ángel? ¿Qué buena noticia se le estaba dando que era motivo de alegría para ella? Más tarde esos mismos ángeles van repetir ese anuncio de alegría, porque será  alegría para todos, para vosotros y para todo el pueblo. ¿Por qué a ella le llegaba ahora ese anuncio y esa invitación a la alegría?
‘Alégrate, llena de gracia’, le había dicho el ángel. Allí estaba la agraciada del Señor, aquella sobre la que el Señor desde siempre la había llenado de gracia porque iba a tener una misión especial. Era, sí, un motivo de alegría. Por eso le dice el ángel, ‘alégrate… no temas, has encontrado gracia ante Dios’, se ha querido fijar en ti, ha vuelto su rostro sobre ti y te ha llenado de gracia. ‘Has encontrado gracia ante Dios’ porque Dios para ti tiene una misión; vas a ser Madre, ‘concebirás en tu vientre’, aunque ahora tu no lo entiendas, ‘y darás a luz un hijo’, que no es un hijo cualquiera, es un hombre como todos los hombres pero es ‘el Hijo del Altísimo… le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará al pueblo de sus pecados’.
María se sentía sorprendida y al mismo tiempo agradecida; era la llena de gracia, en la que Dios se había fijado, vuelto su mirada, a la que Dios había elegido ‘desde antes de la creación del mundo’ la había elegido y la había predestinado. María es la bendecida de Dios y la que hará posible que esa bendición llegue también a toda la humanidad. El Sí con que iba a responder María iba a convertirse en el Sí de la bendición de Dios para todos los hombres.
Alégrate…’ le decía el ángel y continuaba anunciándole cosas que ella no entendía. ‘¿Cómo será eso pues no conozco varón?’ replicaba María, pero el ángel le da la solución de todo. Eres la llena de gracia porque ‘el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Espíritu te cubrirá con su sombra; el Santo que va a nacer de ti se llamará Hijo de Dios’.
Se alegraba María aunque se sentía sobrecogida por lo que Dios le estaba confiando. Lo que habían esperado durante siglos ahora se estaba comenzando a realizar. No era un profeta, no era simplemente un hombre de Dios quien de sus entrañas iba a nacer, era el Hijo de Dios, era el que había sido anunciado como el Mesías Salvador, el que venía a restaurar los corazones, el que nos devolvía la dignidad, el que nos engrandecía haciéndonos a nosotros hijos, el que venía como Redentor del mundo y Juan lo señalaría allá junto al Jordán como el ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.
‘Alégrate, María, eres la llena de gracia’ y su corazón iba a cantar las glorias del Señor porque su espíritu se regocijaba en Dios su Salvador que se había fijado en su pequeñez, en la humildad de quien ahora se proclamaba la esclava del Señor. ‘Alégrate, María…, porque todas las generaciones te van a felicitar’, porque Dios hace cosas grandes en ti, pero porque eres el tipo y el modelo de cuantos han de escuchar la Palabra de Dios y plantarla en su corazón y Jesús mismo proclamará la bienaventuranza sobre ti.
‘Alégrate, María…’  porque todo va a comenzar siendo nuevo, porque se derrama la misericordia del Señor que El había prometido desde antiguo, porque los humildes y los pequeños serán ensalzados, mientras los soberbios y poderosos serán derribados de sus tronos.
Se alegra María y nos alegramos nosotros hoy en su fiesta. Nos alegramos porque María es aurora que nos anuncia la salvación. En María estamos intuyendo ya los resplandores de luz y de gracia que con Cristo nos van a llegar. En este camino de Adviento, mientras esperamos al Salvador, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, miramos a María la llena de gracia, la rebosante de la alegría de Dios y nos llenamos de esperanza, y queremos hacer el camino siguiendo los pasos de María; y como María queremos estar rebosantes también de esa alegría de Dios y abrir nuestro corazón a Dios para que se desborde también su gracia sobre nosotros.
Celebramos a María y vemos cómo ella hace posible que se abran las puertas de la misericordia para nosotros porque nos llega el Salvador. ‘Su nombre es santo y su misericordia llega nosotros de generación en generación’  cantaría María. Por eso a ella la llamamos nuestra Madre, la Madre de Dios, pero la madre y reina de la misericordia.
En este día en Roma el Papa ha querido abrir la puerta santa del perdón en el año de la misericordia que hoy se inicia para toda la Iglesia. No podía buscarse otro día mejor que en el que contemplamos a María, la aurora de la misericordia y el perdón, que al aceptar el plan de Dios para su vida, se convierte en plan de salvación para todos los hombres. De mano de María queremos acudir confiados ante Dios porque si sabemos ir como María con humildad y con amor, en Dios siempre vamos a encontrar esa misericordia y ese perdón.
Pero yendo de manos de María aprendamos de su corazón generoso y lleno de amor copiando en nosotros esos sentimientos de misericordia con los que hemos de presentarnos ante nuestros hermanos, los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Que nuestras vidas reconciliadas con Dios e inundadas de esa gracia misericordiosa del Señor se conviertan en signos para los demás que les hablen de ese amor misericordioso de Dios.



lunes, 7 de diciembre de 2015

Nunca seamos barrera que impida a los demás acercarse a la luz de la salvación sino que carguemos con la camilla de los demás para llevarlos a Jesús

Nunca seamos barrera que impida a los demás acercarse a la luz de la salvación sino que carguemos con la camilla de los demás para llevarlos a Jesús

 Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

Algunas veces la cerrazón de nuestra mente se convierte en obstáculo y dificultad para el bien de los demás. Nos encerramos en nuestras ideas, en nuestra manera de pensar o de ver las cosas y podríamos decir que en todo vemos fantasmas, no creemos en los demás, andamos con desconfianza y a la defensiva, todo lo que hacen los otros filtrado por los ojos de nuestra malicia lo vemos siempre mal o un peligro. Y hacemos daño a los demás; como decíamos al principio nos podemos convertir en obstáculo para que otros se acerquen a la verdad o realicen el bien.
Es un primer pensamiento que me surge al escuchar el evangelio de este día. Jesús estaba enseñando y alrededor estaban los escribas y fariseos. Y ya vemos a lo largo de este episodio y por lo que conocemos de otros momentos del evangelio cuál era su actitud. Estaban siempre al acecho de lo que Jesús dijera o hiciera. En este episodio les veremos saltar enseguida ante lo que Jesús dice y hace.
Pero fijémonos en ese primer momento, porque llegan unos hombres de buena voluntad que traen en una camilla a un paralítico para que Jesús lo cure; pero no pueden entrar porque estaba todo lleno; pero, ¿quiénes eran precisamente los que en ese momento rodeaban a Jesús? aquellos escribas y fariseos que sentados - como a la distancia en sus actitudes - rodeaban a Jesús. Había mucha gente hasta la puerta, pero había obstáculos para poder llegar hasta Jesús. El obstáculo se mostrará también luego en sus juicios y murmuraciones que siempre trataban de desprestigiar a Jesús.
Cosas así siguen sucediendo, y suceden también en nuestro tiempo. Podíamos pensar en muchas cosas; podríamos pensar en todos aquellos que siempre están haciendo un juicio malicioso contra la Iglesia; podríamos pensar también en quienes dentro de la misma iglesia siempre están a la defensiva de lo que hacen sus pastores, de las buenas iniciativas pastorales que puedan tomar y que siempre quieren echar abajo; podríamos pensar, incluso, en ciertas resistencias que el mismo Papa Francisco está encontrando en su entorno para la renovación que quiere realizar en la Iglesia.
Aquellos buenos hombres que vienen con fe hasta Jesús para que el paralítico sea curado no se arredran sino que tomarán la audaz iniciativa de abrir un boquete por la azotea para que el enfermo llegue a los pies de Jesús. Tendríamos que tomar nota que tantas veces nos acobardamos con las dificultades o nos falta iniciativa para encontrar caminos con los que hacer el bien a los demás. Son tantas las camillas de nuestros hermanos que sufren que tendríamos que aprender a cargar. Decimos que no sabemos que hacer muchas veces. Dejemos arder el fuego del amor en el corazón y encontraremos esos caminos; el Espíritu del Señor nos irá inspirando y dando la fuerza que necesitamos.
Mucho más podríamos seguir reflexionando sobre este evangelio. En él vemos realmente la salvación que Jesús quiere ofrecernos. ‘Tus pecados están perdonados’, le dirá al paralítico y luego le mandará que se levante y cargue con su camilla para regresar a casa. Jesús llega a nuestra vida, nos trae el perdón que nos renueva, que nos levanta de esa camilla de tantas limitaciones que tenemos en nuestra vida y que nos atan. Quiere en nosotros una nueva vida. Dejemos que su salvación llegue a nosotros y nunca seamos obstáculo para que llegue a los demás. Es más, hagamos como aquellos buenos hombres, llevemos a los demás hasta Jesús que en El encontraremos siempre la salvación.

domingo, 6 de diciembre de 2015

En el hoy de nuestra historia nos llega también una Palabra de esperanza que nos anima a recorrer los caminos nuevos que construyen el Reino de Dios hoy

En el hoy de nuestra historia nos llega también una Palabra de esperanza que nos anima a recorrer los caminos nuevos que construyen el Reino de Dios hoy

Baruc 5, 1-9; Sal 125; Filipenses 1, 4-6. 8-11; Lucas 3, 1-6
La historia de la salvación está escrita en las mismas páginas de nuestra historia. Es la salvación, que es lo mismo que decir que el amor de Dios se hace palpable en nuestra historia; la historia de todos los tiempos pero es que es también nuestra historia de hoy, la historia del mundo presente en que vivimos y que es también nuestra historia personal.
La historia nos refleja lo que ha sido el desarrollo de la vida del hombre desde su creación y en esa historia ha estado siempre presente Dios, porque El es el origen de nuestra vida, pero también porque no se ha desentendido del devenir humano sino que siempre se ha hecho presente, interviniendo en nuestra historia, en la carrera de nuestra vida, y manifestándonos su amor y su voluntad de salvación.
En un momento concreto de la historia humana se hizo de manera especial en Jesús, el Emmanuel, para ser Dios con nosotros y manifestarnos, revelarnos en plenitud hasta donde llegaba su amor. Miramos ese momento concreto y nos alegramos en él y lo celebramos, pero sintiendo cómo Dios se sigue haciendo presente en el hoy de nuestra historia, en el hoy de nuestra vida, la vida de nuestra humanidad y de ese lugar concreto en el que vivimos y hacemos comunidad, y en nuestra vida personal.
Hoy el evangelio nos ha dado la situación concreta de aquel momento de plenitud de revelación pero ahí hemos de saber hacer lectura de nuestra historia, de nuestra vida y de esa presencia salvadora de Dios, de manera que si situamos aquel momento histórico en que vino la Palabra de Dios sobre Juan como nos dice el texto evangelio, situemos nuestro momento presente con sus luces y con sus sombras donde sigue llegando esa Palabra de Dios sobre nosotros, como verdadera luz para nuestra vida y nuestro mundo.
La Palabra en aquel momento surgía como un torrente de los labios y de la vida de Juan Bautista que venia para preparar los caminos del Señor. Los profetas habían anunciado como en un nuevo éxodo aquellos caminos escabrosos entre montañas y barrancos habrían de convertirse en camino nuevo para que el nuevo Israel caminase con seguridad guiado por la gloria de Dios.
¿Y qué tenemos que decir ahora, en el hoy de nuestra vida, en este año concreto y en este momento histórico concreto en el que vivimos? También en este mundo de tantas inseguridades y angustias, de tantos sufrimientos y problemas - y pensamos en el momento mundial en el que vivimos con crisis de todo tipo, con terrorismos y con guerras, con tantos miedos e inseguridades, con gente que huye y marcha de un lado para otro en nuestro mundo, como cada uno ha de pensar en su vida personal con sus problemas, sus miedos y temores, sus inseguridades, sus sufrimientos y sus carencias… - en este momento nos llega también la Palabra del Señor a nuestra vida y a nuestro mundo.
Una Palabra que nos viene del Señor y que quiere levantar nuestra esperanza; una Palabra que nos habla de ese mundo nuevo que tenemos que comprometernos a construir; una Palabra que quiere poner un rayo de luz en nuestra vida para hacernos ver esos caminos nuevos por donde tendríamos que marchar y que son los que harían mejor nuestro mundo.
Juan predicaba un bautismo de conversión para la renovación total de nuestras vidas y nos decía cómo nuestros caminos tendrían que ser diferentes; no nos podemos dejar devorar por los barrancos que nos hagan caer en precipicios de desolación, ni nos podemos acobardar por las montañas de obstáculos que se nos interpongan en nuestro camino, como no nos podemos dejar seducir por señuelos que nos engañen prometiéndonos felicidades prontas que se vuelven efímeras y nos alejarían de la verdadera meta de nuestra vida.
No nos dejemos engañar por la mentira y los falsos brillos de la comodidad y de la insolidaridad; no nos dejemos confundir dejándonos arrastrar por nuestro orgullo, amor propio o vanidad que nunca nos dejarían satisfechos; no nos encerremos en nosotros mismos pensando que por nosotros solos nos valemos y no necesitamos de los demás ni de caminar haciendo camino juntos; no endurezcamos nuestro corazón haciéndolo insensible al sufrimiento de los que nos rodean.
Son caminos nuevos los que hemos de caminar dejándonos conducir por la gloria del Señor, dejándonos iluminar por su Palabra que nos reprende y nos corrige - cuántas cosas tenemos que examinar y revisar -, pero también nos alienta y nos señala los caminos nuevos del amor para crear en verdad esa civilización del amor. Son los caminos nuevos que nos abren al amor y a la misericordia; que nos hacen comprensivos y nos ayudan a aceptar a los demás para saber caminar juntos; que nos llenan de ternura y nos harán tener gestos y actitudes nuevas de sinceridad, de verdad, de justicia en nuestras relaciones con los demás; son los caminos nuevos que nos conducen a vivir el Reino de Dios.
Así estaremos viviendo verdadero Adviento. Así sentiremos de verdad en el hoy de la historia, de nuestra historia, la presencia salvadora del Señor. Así llegaremos a vivir con todo sentido una verdadera Navidad que ya no será solo un recuerdo de la historia, sino un hacerse historia en el hoy de nuestra vida la salvación y presencia de amor de Dios. Podremos cantar en verdad ‘el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’.

sábado, 5 de diciembre de 2015

El rostro compasivo y misericordioso de la Iglesia con todos los pecadores y los que sufren hace presente el Reino de Dios

El rostro compasivo y misericordioso de la Iglesia con todos los pecadores y los que sufren hace presente el Reino de Dios

Isaías 30,19-21.23-26; Sal 146; Mateo 9,35–10,1.6-8

‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias. Al ver a las gentes, se compadecía de ellas…’ En pocas palabras resume el evangelista la manera de actuar de Jesús.
Y nos sentimos confortados. Sabemos cómo en Jesús encontramos consuelo y alivio en nuestros sufrimientos, carencias y necesidades. Contamos con Jesús, con su amor, con su compasión, que humanamente no siempre encontramos en los demás. Como nos decía el profeta cuando el Señor vende la herida de su pueblo y cure la llaga de su golpe’ sentiremos paz en nuestro corazón, alivio y salud en nuestros sufrimientos, consuelo en nuestras penas y soledades, salvación para nuestra vida. Con confianza total podemos acudir a Jesús, tenemos que acudir a Jesús.
Pero es la misión que nos ha encomendado; es la misión que le ha encomendado a sus discípulos y a cuantos creen en El; es la misión que tiene que seguir realizando la Iglesia. ‘Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. A estos doce los envió…. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis’.
Así tiene que manifestarse siempre y con todos la Iglesia, compasiva y misericordiosa. No pueden ser otros los sentimientos ni la manera de actuar con los pecadores, con todos los que sufren. Quiere hacerlo la Iglesia y ahí contemplamos cuantas obras de misericordia realiza en sus hijos a través de todos los tiempos y en todos los lugares. Ahora estamos a las puertas del año de la misericordia al que nos ha convocado el Papa y que comenzará el próximo martes.
Que se manifieste esa misericordia de verdad en el rostro de la Iglesia y así lo expresen sus pastores para con todos, y así lo vivamos todos los creyentes en Jesús los unos con los otros. Demasiadas veces nos hemos manifestado o se ha manifestado la Iglesia con un rostro demasiado severo y justiciero. Hay muchos que están sintiendo sobre sí ese rostro severo y no llegan a descubrir esa misericordia del Señor que les ha de llegar en el rostro de la Iglesia. Jesús acogía siempre a los pecadores, a todos los pecadores y para todos tenía esa palabra y ese gesto de la paz y del perdón. Algunas veces pudiera dar la impresión de que para algunos no es esa paz que viene de Dios por algunas manifestaciones que escuchamos o palpamos en nuestro entorno. Y el perdón y la paz que ofrece Jesús son para todos.
Que nosotros que sentimos en nuestra vida esa mirada misericordiosa del Señor seamos capaces de llevar esa paz a los demás, a todos, porque siempre nuestro corazón esté lleno de la ternura y misericordia del Señor y así con esa compasión y ternura nos acerquemos nosotros a los demás. Que no  nos falte esa ternura para con los demás; que siempre llevemos una sonrisa en nuestro rostro cuando nos acerquemos al otro sea quien sea; que abramos en verdad nuestro corazón para que en él quepan todos nuestros hermanos. Así haremos presente el Reino de Dios como lo iban haciendo los discípulos de Jesús curando a los enfermos limpiando a los leprosos, resucitando a los muertos, echando a los demonios. Son tantas las cosas que en este sentido podemos hacer. Así haremos un  verdadero camino de Adviento.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Reconociendo nuestras cegueras y oscuridades con la nueva luz de Jesús en nuestra vida sembremos amor y esperanza en los que caminan a nuestro lado

Reconociendo nuestras cegueras y oscuridades con la nueva luz de Jesús en nuestra vida sembremos amor y esperanza en los que caminan a nuestro lado

Isaías 29, 17-24; Sal. 26; Mateo 9,27-31

 ‘Aquel día oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos’. Así lo anunciaba el profeta para los tiempos mesiánicos. En el Evangelio como un signo lo vemos realizado.
Jesús realiza el milagro, es cierto. Hasta Jesús acudían aquellos dos ciegos gritándole: ‘Ten compasión de nosotros, hijo de David’.  Quieren ver, no quieren seguir en su ceguera. Triste es la vida de unos ojos sin luz. Tenían la confianza absoluta de que en Jesús podían encontrar luz para sus ojos. Y así sucedió. ‘Que os suceda conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos’. Comenzaron a ver y a pesar de la prohibición de Jesús de que el hecho se conociera ellos no paraban de hablar de Jesús. Es que no podían hacer otra cosa que dar gloria a Dios por lo sucedido dándolo a conocer a todo el mundo.
Son los signos de los tiempos mesiánicos, decíamos desde el principio de nuestra reflexión, y como un signo lo vemos realizado en Jesús. Es cierto, los milagros son signos. No es solo la oscuridad de nuestros ojos ciegos lo que Jesús viene a curar. Hay otra oscuridades más hondas cuando nos falta la fe; oscuridades cuando caminamos como sin sentido por la vida sin saber a donde vamos ni qué debemos hacer; oscuridades en nuestras soledades cuando nos sentimos como aislados de los demás o sin el apoyo que en determinados momentos quizá necesitamos; silencios y caminos oscuros que vamos haciendo en la vida en medio de nuestras luchas y los problemas que nos van apareciendo en la vida; oscuridades porque quizá hemos elegido caminar solos y sin contar con nadie, pero peor aun sin nosotros querernos comprometernos con nada ni con nadie; oscuridades porque cerramos los ojos ante las necesidades o los problemas de los demás porque creemos que lo nuestro ya lo tenemos resuelto por nosotros mismos.
Tenemos que pararnos en ese camino sin sentido que muchas veces vamos recorriendo en nuestra inconsciencia para reconocer nuestras cegueras y buscar la verdadera luz que ilumine nuestras vidas. Por ahí tenemos que comenzar, por reconocer nuestras cegueras y nuestras oscuridades. Y que surja, sí, el grito desde nuestro corazón como el de aquellos ciegos de los que nos habla el evangelio. ‘Ten compasión de nosotros, hijo de David’.
Pidamos al Señor esa luz que necesitamos; que se nos despierte la fe; que volvamos a tener esperanza en algo nuevo que se puede realizar en nuestra vida; que se nos abran los ojos para los caminos nuevos que el Señor nos va señalando; que se despierte la sensibilidad de nuestro corazón para saber mirar con mirada nueva a nuestro alrededor y ver allí donde podemos poner luz, poner paz, poner esperanza en tantos que caminan a nuestro lado y lo necesitan. Que desaparezcan nuestros miedos y cobardías que tantas oscuridades van sembrando en nuestro corazón.
Que caminemos a la luz de la fe y del amor para que en verdad sigamos a Jesús, nos podamos encontrar con Jesús.

jueves, 3 de diciembre de 2015

El proyecto de la vida cristiana es el proyecto de amor que Dios Padre tiene para nosotros que hemos de saber descubrir y realizar

El proyecto de la vida cristiana es el proyecto de amor que Dios Padre tiene para nosotros que hemos de saber descubrir y realizar

Isaías 26,1-6; Sal 117; Mateo 7,21.24-27

Las imágenes que nos propone Jesús en el evangelio son fáciles de entender porque todos tenemos la experiencia o sabemos que para poder levantar un edificio se han de tener primero unos buenos cimientos. Nos vale en el tema de la construcción pero es imagen para lo que son los proyectos que nos hacemos y queremos realizar en la vida.
Hemos de tener claro qué es lo que queremos conseguir, pero también estudiamos detenidamente cómo vamos a conseguirlo, los medios con los que contamos o los que necesitaríamos para poderlo realizar, los pasos que se han de ir dando poco a poco, pero también si nos sentimos capaces y con medios para poder comenzar a realizarlo. Son los fundamentos necesarios para un buen proyecto que luego no se nos quede truncado por falta de previsiones.
Nos vale, digo, en todos los aspectos de la vida, porque no es cuestión solamente de ser buenos soñadores que nos imaginemos las cosas o que nos quedemos en bonitas palabras que luego no somos capaces de plasmarlas en el día a día de la vida. Necesitamos buenos fundamentos, buenos cimientos siguiendo con la imagen. Nos vale en todo lo que hace referencia a nuestra fe y al seguimiento de Jesús. No nos podemos quedar en entusiasmos de un momento. Esos entusiasmos y fervores nos animan, pero hemos de poner los pies sobre la tierra en el sentido de que hemos de fundamentar bien nuestra fe.
Muchos se quedan en una religiosidad fruto de una emoción o en otras ocasiones que surge desde nuestras necesidades, nuestros problemas o nuestras angustias. Acudimos a Dios como un refugio o una solución fácil y pronta para todo, surgen las lágrimas de la emoción o del sufrimiento en el que andemos metidos y nos hacemos mil promesas que, o bien pronto olvidamos cuando pasamos de aquella situación, o bien se queda en la ofrenda de cosas pero que realmente no tocan nuestro corazón y la raíz que dé sentido a nuestra vida.
Nuestra religiosidad, nuestra relación con el Señor tiene que ser algo mucho más hondo en lo que impliquemos toda nuestra vida. Nuestra relación con el Señor no se puede quedar en algo momentáneo movido por esas situaciones quizá imprevistas que se nos presenten y que nos puedan angustiar.
Jesús nos enseña continuamente en el evangelio cómo hemos de saber dirigirnos y encontrarnos con Dios. Es nuestra Roca y la fortaleza de nuestra vida, pero es el Padre bueno que nos ama y con quien hemos de saber mantener una relación de amor, correspondiendo a su amor, filial cuando nos sentimos hijos porque nos gozamos en su amor de Padre. No es un amor solo de palabras sino que tiene que ser un amor que surja desde lo más hondo de nuestra vida; es un amor se que se va a plasmar en hacer aquello que el Señor quiere, lo que es su voluntad que se refleja en sus mandamientos y que no nos están pidiendo otra cosa que una integridad de nuestra vida por una parte y una vida llena de amor para los demás a quienes hemos de considerar siempre como unos hermanos.
Como nos dice hoy en el evangelio no nos basta decir ‘Señor, Señor’ sino en cumplir la voluntad del Padre que está en el cielo. Es el fundamento de nuestra vida, de nuestro amor, de lo que somos y de lo que queremos ser. Es la realización de ese gran proyecto de amor que Dios tiene para cada uno de nosotros.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Demos respuesta con nuestra solidaridad y desprendimiento a ese mundo de dolor y sufrimiento que nos rodea buscando una esperanza

Demos respuesta con nuestra solidaridad y desprendimiento a ese mundo de dolor y sufrimiento que nos rodea buscando una esperanza

Isaías 25,6-10; Sal 22; Mateo 15,29-37

‘Acudió mucha gente a Jesús…’ Había venido bordeando el lago, había subido al monte y acudió mucha gente a Jesús que sentado les enseñaba. Acudían a Jesús, dice el evangelio, trayendo a sus enfermos para que los curase,  ‘tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros’; venían con sus sufrimientos y con sus dolores, con sus discapacidades y con todas aquellas cosas que les impedían ser felices haciendo una vida normal; venían hasta Jesús con las ansias más profundas de su corazón, sus necesidades y sus inquietudes, con hambre de bien, de justicia, de paz, de amor quizá.
Y dice el evangelio que Jesús los curaba. Como había anunciado el profeta ‘Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país’. Enjugaba las lágrimas, consolaba, curaba, daba vida. Jesús quería saciar las ansias más nobles había en el corazón del hombre.
Jesús se dio cuenta de que llevaban varios días detrás de él y no tenían que comer. Y llamó a sus discípulos más cercanos para comentárselo. ¿Para descubrirles quizá lo que ellos tendrían que hacer? Entienden, es cierto, que es mucha la gente que está allí siguiendo a Jesús pero no saben que hacer porque están en despoblado y no tienen donde comprar pan.
Buscaban remedios, buscamos remedios. Pero Jesús quiere enseñarnos como tenemos que actuar, qué es lo que tenemos que hacer. No podemos buscar fuera de nosotros soluciones. Busquémoslas en nosotros mismos. Aparecerá la solidaridad de quien pone a disposición los pocos panes que tiene. Puede parecer que aquello no vale para tantos. Pero el pan se multiplicará y todos comerán hasta saciarse.
Por aquí podemos ir descubriendo algo en este camino de adviento que vamos haciendo. Estamos nosotros con nuestra vida y con nuestras inquietudes, también quizá con nuestros sufrimientos o soledades, o con nuestras ansias de hacer algo cuando contemplamos ese mundo que nos rodea con sus problemas, con sus sufrimientos, con su hambre que no solo es de pan.
¿Qué podemos hacer nosotros que somos tan poquita cosa? Jesús nos está señalando caminos y comprometiéndonos. Tendremos solo siete panes y unos pocos peces pero eso que nos parece pequeño puede convertirse en grande. Despertemos nuestra solidaridad; seamos capaces de desprendernos de nuestro yo, de nuestro pensar solo en nosotros mismos, de lo que tenemos aunque nos parezca que es poco y quizá no nos baste ni para nosotros mismos.
Comencemos a hacernos presente en ese mundo de sufrimiento llevando una sonrisa de esperanza; sepamos tener una palabra buena que conforte y que anime; vayamos realizando gestos de cercanía junto a aquellos que están envueltos en sus angustias, aunque no sea otra cosa que hacernos presentes; abramos los ojos bien fuerte para ver el dolor de tantos a nuestro lado aunque eso nos parezca que nos puede herir por dentro. Vayamos sembrando esas pequeñas semillas quizá pero que se convertirán en una espiral de amor que se irá agrandando y hará que muchos a nuestro alrededor vayan comenzando a sonreír también en su corazón.
Estaremos haciendo presente al Señor. Aquello que decía el profeta: ‘Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte’.

martes, 1 de diciembre de 2015

En el camino del adviento seamos desde nuestra humildad y ternura instrumentos con los que creemos lazos de armonía y paz en los que nos rodean

En el camino del adviento seamos desde nuestra humildad y ternura instrumentos con los que creemos lazos de armonía y paz en los que nos rodean

Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

Aquel dicho antiguo de que el hombre es un lobo para el hombre encuentra hoy su contrapartida en la Palabra del Señor que hemos escuchado. Es la triste realidad que todos podemos constatar; muchas veces los hombres parecemos lobos que nos queremos tratar a los otros hombres.
¿No es eso lo que sucede en nuestro mundo tan roto por guerras y rivalidades? ¿No es ese el endurecimiento del corazón con que en nuestros orgullos y ambiciones ciegas nos tratamos injustamente los unos a los otros? ¿No es así la insensibilidad en que nos encerramos en nosotros mismos en que cada uno solo piensa en si mismo olvidándose de los demás? ¿Por qué somos así? ¿Por qué llegamos esas situaciones tan duras e injustas?
Muchas preguntas, muchas negruras, muchas inquietudes que quizá surjan en la bondad de nuestro corazón o en lo mejor que tengamos en nosotros mismos. Creo que es bueno que pensemos y analicemos estas cosas. Es nuestra vida real de cada día en la que no nos sentimos satisfechos, porque aunque muchas veces todos podamos haber actuado así, cuando nos viene un momento de lucidez nos damos cuenta de nuestros errores y quisiéramos que las cosas fueran de otra manera.
Y es además, que en este camino de adviento que como creyentes y cristianos estamos queriendo hacer, hemos de recorrerlo partiendo precisamente de ese carril de nuestra vida con esas negruras y sombras, con esos interrogantes y también con esas esperanzas. La esperanza es una virtud fundamental que avivamos de manera especial en este tiempo de Adviento, porque decimos que estamos a la espera de la llegada del Señor a nuestra vida. Y el Señor viene a nuestra vida a poner luz en esas oscuridades, a sanarnos en todas esas flaquezas que nos debilitan y nos llevan por caminos de muerte.
Viene el Señor y nos llena de su Espíritu; viene el Señor con su espíritu de prudencia y sabiduría, de consejo y valentía, de ciencia y de temor del Señor. Viene el Señor y quiere transformar nuestro corazón. Son bellas las imágenes que nos ofrece el profeta donde vemos una naturaleza reconciliada donde no tienen por que haber enemigos ni enfrentamientos, sino que todo ha de ser paz y armonía. Son las imágenes bellas de esas fieras que podrían ser enemigos irreconciliables y sin embargo pacen juntos en total armonía. Ojalá reconstruyéramos era armonía de la naturaleza, y no me quedo en lo ecológico sino que voy más allá pensando en la armonía que tendría que haber entre todos los hombres. Es la salvación que Jesús nos ofrece, nos regala, viene a traer a nuestro corazón.
Pero como oiremos decir al Bautista hemos de tener un corazón bien dispuesto. Esa armonía que conseguiremos con la presencia de Dios en nuestra vida no la podremos entender ni llegar a vivir si seguimos con nuestros corazones llenos de orgullo y de soberbia. El orgullo y la soberbia corrompen nuestro corazón y lo que hacen es crear divisiones y enemistades.
En el evangelio Jesús da gracias al Padre porque se revela a los pequeños y a los humildes. Es que solo con un corazón humilde podemos llegar a conocer a Dios. Solo con un corazón humilde podremos entender y llegar a vivir lo que el Señor nos pide. Solo con un corazón humilde podremos alcanzar esa armonía y esa paz. Solo con un corazón humilde lograremos que nunca más el hombre sea un lobo para el hombre, sino que en verdad todos nos sintamos hermanos y vivamos en paz.
En este camino de adviento pon cada día tu granito de arena para construir la paz allí donde estés. Que tu sonrisa y tu ternura te acerquen a los demás y sean el instrumento con que vayamos creando esos lazos de amor que a todos nos unan. 

lunes, 30 de noviembre de 2015

Descubramos ‘otros caladeros’ que hay a nuestro lado a los que nos envía Jesús para hacer el anuncio de la Buena Noticia del Reino

Descubramos ‘otros caladeros’ que hay a nuestro lado a los que nos envía Jesús para hacer el anuncio de la Buena Noticia del Reino

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

Leyendo un comentario sobre el evangelio de esta fiesta de san Andrés surgía la pregunta que se nos quedaba como interrogante al final del mismo: ¿A qué «caladeros» nos llevaría la llamada del Señor?’, ¿en qué otros mares querrá el Señor que realicemos nuestras pesca?
El evangelio nos habla de cómo estando los pescadores allí junto al lago repasando sus redes tras la pesca pasa Jesús y primero a Pedro y a Andrés, su hermano, y luego a los hijos del Zebedeo Santiago y Juan les invita a seguirle dejando aquellas redes y aquellos caladeros para realizar otras pescas. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’.
Nos habla de la disponibilidad de aquellos primeros discípulos que lo dejan todo y se van con Jesús. ¿A dónde van? ¿Qué significará ese ser pescadores de hombres? Casi tres años se pasarán con Jesús aprendiendo lo que significa aquella nueva pesca. Aprenderán que solo en su nombre es como han de echar las redes al agua, sintiéndose sobrecogidos hasta sentirse pecadores en su presencia por el poder de la palabra de Jesús. Aún al final querrán seguir pescando en aquellos lagos y se encontrarán sin pesca, necesitando que ‘alguien’ desde la orilla les señale por donde han de echar las redes. Y aún así cuando llegan a la orilla arrastrando las redes que casi se rompían se encontrarán que allí ya hay algunos pescados sobre las brasas preparados para comer.
Andrés un día con su amigo Juan, tras las indicaciones del bautista que aun no terminaban de entender, se habían ido tras aquel nuevo profeta que estaba surgiendo preguntando por su vida, preguntando donde vivía. A su invitación se habían ido con él y bastó una tarde y una noche para a la mañana siguiente correr hasta su hermano Simón para decirle que habían encontrado al Mesías y llevarlo hasta Jesús.
Poco a poco habían ido aprendiendo que la grandeza estaba en el servicio, que era necesario hacerse el último y el servidor de todos, porque el Reino nuevo que Jesús anunciaba no era el de los poderes y grandezas de este mundo.  No valían influencias de ningún tipo, ni aun las familiares, sino que lo importante era el amor, que había de ser su distintivo para siempre.
Aprendiendo lo que significaba aquella invitación de Jesús habían marchado un día de dos en dos como les señalara el maestro y volverían contentos porque hasta los demonios se les sometían en el nombre de Jesús. Y ya en Jerusalén en las inmediaciones de la Pascua definitiva habían servido de mediadores para que otros también conocieran a Jesús. A ellos habían venido unos gentiles, llegados quizá de lejos, que querían conocer a Jesús y como un día hiciera Andrés con Simón Pedro, ahora también los habían presentado a Jesús.
Eran las señales de lo que significaban esos nuevos caladeros a los que los quería llevar Jesús porque en la Ascensión se habían sentido enviados por todo el mundo para anunciar la Buena Nueva del Nuevo Reino de Dios a toda criatura. Así habían recibido la fuerza del Espíritu Santo para ser sus testigos hasta los confines del mundo.
Cuando hoy nosotros celebramos a san Andrés y escuchamos este evangelio también nos sentimos llamados y enviados. ¿Cuáles serán los caladeros donde Jesús quiere que realicemos nuestra pesca? Es lo que tenemos que descubrir. Necesitamos estar con Jesús, como estuvieron aquellos discípulos, para aprender, para escuchar en el corazón, para impregnarnos de su amor, para que también vayamos allá a donde Jesús nos envíe. ¿Será cerca, será lejos? Para cada uno tiene una misión el Señor. Quizá muy cerca de nosotros haya muchos que están necesitando escuchar esa palabra, hacer resucitar de nuevo la esperanza en el corazón, sentir el bálsamo del amor de Dios en medio de sufrimientos y angustias; ahí puede estar ese caladero donde nos invita el Señor que realicemos su pesca.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Adviento una trayectoria que hacemos en el hoy de nuestra vida fundamentados en la fe que nos impregna y con la esperanza cierta de la plenitud

Adviento una trayectoria que hacemos en el hoy de nuestra vida fundamentados en la fe que nos impregna y con la esperanza cierta de la plenitud

Jeremías 33, 14-16; Sal. 24; 1Tesalonicenses 3,12-4,2; Lucas 21,25-28.34-36
La vida del ser humano transcurre en el presente del hoy de su historia concreta afirmado en el camino recorrido como cimiento sobre el que ha edificado su vida de hoy pero con la mirada levantada hacia metas futuras que le hacen aspirar a una nueva vida y a un mundo mejor que ha de construir.
Somos herederos de un pasado, nuestro propio pasado pero también el pasado de todos los que antes que nosotros han ido construyendo nuestra historia, la historia del mundo en el que vivimos y eso de forma muy concreta en las circunstancias históricas que cada uno vive. Pero al mismo tiempo queremos dejar un mundo mejor en herencia y soñamos con lo que vamos a dejar. Porque nuestra historia no son solo recuerdos sino cimientos de vida; si fueran solo recuerdos serian casi como adornos que se ponen y se quitan. Y el camino no es al azar sino una trayectoria que hay que recorrer con sentido.
Todos buscamos ese sentido. Todos ahondamos en nuestra historia que es también nuestra cultura. Todos soñamos con esperanza en eso nuevo que queremos construir. Y eso lo hacemos en lo humano, como seres humanos en el vivir de cada día y en la medida que lo asumimos somos más y más maduros, pero eso los creyentes lo vivimos también desde el sentido de la fe.
Esa fe que impregna y configura nuestra vida. Que no es un adorno porque no es algo que se pone y se quita como un recuerdo que podemos recordar o podemos querer olvidarlo. Esa fe que se hace presencia viva en nuestra vida y que nos hace elevar también nuestra mirada con esperanza buscando esas metas altas que finalmente nos hagan alcanzar la plenitud de nuestra vida. Es esa trayectoria, como decíamos, que queremos vivir con verdadero sentido, el color y el sentido de la fe.
Esto el verdadero creyente cristiano, consciente de su fe y que quiere vivir una fe madura lo va plasmando cada día en su vida. No se trata simplemente de dejar correr la existencia a lo que nos vaya saliendo en cada momento. Hemos mamado, por así decirlo, esa fe en esa educación que hemos recibido, pero que nos hace mirar hondo a lo que es el memorial hondo de nuestra fe en todo lo que ha sido la historia de la salvación. Y eso lo vamos ahora viviendo en ese testimonio que cada día queremos ir dando mientras vamos al tiempo celebrando todo ese misterio de nuestra fe. Y lo hacemos con esperanza, con esperanza de plenitud cuando lleguemos a la plenitud de la salvación en ese encuentro definitivo con el Señor.
Y eso lo que ahora queremos intensificar; eso es el Adviento que la Iglesia ahora nos invita a vivir, no como meros recuerdos que hagamos de unos momentos de esa historia de la salvación en la próxima celebración de la Natividad de Jesús, sino todo inmerso en esa trayectoria, como decíamos.
Por eso vamos a recoger todo lo mejor de lo que fue la vivencia del pueblo creyente que esperaba la llegada del Mesías Salvador, para al tiempo que celebramos el memorial del nacimiento del Emmanuel, seguimos viviendo en esa esperanza de plenitud pero queriendo conseguir aquí y ahora esa vida nueva y mejor y construir ese mundo nuevo que tanto ansiamos.
No vivimos ahora el adviento ni viviremos luego la Navidad como un paréntesis de lo que es la vida que ahora vivimos en este mundo concreto del hoy. En nuestro corazón y en nuestra vida tienen que estar todas esas ansias y angustias, todas esas esperanzas y también los sufrimientos que vive nuestro mundo hoy tan convulso y tan lleno de problemas. Ni olvidamos el terrorismo que azota nuestro mundo, ni corremos un velo para no ver ese mundo de hambre y de miseria que tenemos hoy; no podemos olvidar esa falta de paz que vive nuestro mundo ni las injusticias y sufrimientos de tantos seres humanos que son también hermanos nuestros; aquí podríamos traer a la memoria lo que son todas las miserias de nuestro mundo.
Y en ese mundo concreto queremos vivir la esperanza del Adviento y la alegría de la próxima Navidad. Y tenemos que dejar que la Palabra del Señor nos ilumine, que su Espíritu nos revuelva por dentro y nos inspire para ir descubriendo cómo podemos devolverle la esperanza a nuestro mundo; dejar que nuestro corazón se renueve de verdad para que salten todas esas corazas y cadenas de egoísmo e insolidaridad en que tantas veces nos envolvemos y lleguemos a descubrir de verdad qué es lo que tenemos que hacer.
No es fácil porque muchas veces tenemos muy enturbiada nuestra mente y nos cuesta ver; no es fácil porque nos puede resultar duro y doloroso arrancar tantas costras de apegos que podemos tener en nuestro corazón.
Pero no podemos seguir caminando de cualquier manera sin encontrarle el sentido más profundo a lo que hacemos a lo que es nuestra vida; un sentido que descubrimos desde esa fe que no es un adorno sino que tiene que ser algo que vivimos profundamente y profundamente nos compromete. Si lo vamos intentando cada día iremos en verdad dando pasos de adviento, iremos haciendo esa trayectoria que nos puede conducir a la plenitud.
Con nosotros está el Señor en ese camino. Y hoy nos invita a estar despiertos, a estar vigilantes, a mantenernos firmes, a no perder la paz porque nos llenemos de miedo, a dar pasos de compromiso quitando de nuestra vida todas esas rutinas, por decirlo muy suave, que nos embotan la mente y nos ciegan el corazón. Así nos lo dice el Evangelio. Es el Adviento que hemos de vivir confiados siempre a la misericordia del Señor.