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lunes, 23 de febrero de 2015

La misericordia del Señor nos pone en caminos de santidad

La misericordia del Señor nos pone en caminos de santidad

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18; Mateo 25,31-46
La misericordia del Señor nos hace santos; la misericordia del Señor nos pone en caminos de santidad; la misericordia del Señor nos impulsa a ser también nosotros misericordiosos y nos hace merecedores de dicha eterna.
Muchas afirmaciones nos hacemos en torno a la misericordia del Señor. Hoy nos decía el Levítico ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’ como una invitación y como un mandato. Es la meta y el ideal. Es por lo que tenemos que luchar y esforzarnos y ya el Señor nos va señalando las actitudes buenas y nuevas que tiene que haber en nuestro corazón. Pero, ¿quién nos hace santos? ¿nos hacemos santos solo por nuestro esfuerzo o voluntad? Es el Señor el que nos hace santos, porque tiene misericordia de nosotros que somos pecadores y siempre nos está ofreciendo su compasión, su perdón, su amor que nos llena de vida y de santidad.
Por eso podíamos afirmar que es la misericordia del Señor la que nos pone en caminos  de santidad. Por una parte porque cuando nos sentimos amados, nos sentimos llamados a corresponder a ese amor; y si es así de grande la misericordia de Dios con nosotros, ¿cómo no vamos a vivir nosotros en su amor y en su gracia? Por eso desde esa misericordia de Dios nos sentimos impulsados a vivir esos caminos de santidad.
Y ¿qué tenemos que hacer? Vivir un amor como el amor que el Señor nos tiene. Llenar también nuestro corazón de amor y de misericordia; amor por encima de todo a Dios; pero amor que va a manifestarse en el amor que le tengamos a los demás, en el bien que le hagamos a los otros, en la misericordia y compasión con la que nosotros tratemos a los demás.
Lo que nos señala el Levítico que tenemos que hacer para ser santos como el Señor quiere que seamos precisamente pasa por esos caminos. Por eso terminará diciéndonos, algo que luego escucharemos en labios de Jesús en el evangelio que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos.
Esos son los caminos que nos señala el evangelio que hoy hemos escuchado. Nos habla del juicio final y nos dice de qué vamos a ser juzgados. Como diría bellamente san Juan de la Cruz ‘en el atardecer de la vida seremos examinados de amor’. No voy a repetir aquí lo que ya hemos escuchado en el evangelio sino que tomemos de nuevo ese texto en nuestras manos y volvamos a leerlo, pero poniendo rostros, poniendo nombres, poniendo esas personas que todos conocemos y que nos vamos encontrando en nuestra puerta o en el camino de nuestras calles o plazas. Y detrás de ese rostro, de esa figura que conocemos, miremos a Jesús. Ahí está Jesús para que le amemos; ahí está Jesús para que mostremos nuestra misericordia y nuestra compasión.
Recordemos, finalmente, que si nosotros tenemos misericordia con los demás, también alcanzaremos misericordia. Podríamos recordar aquello de Tobías que nos dice que la limosna lava nuestros pecados; pero podemos recordar simplemente las bienaventuranzas: ‘Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia’. 

domingo, 22 de febrero de 2015

Desierto de silencio y austeridad, diluvio de purificación, espíritu penitencial para convertir nuestro corazón, para llegar a la Pascua

Desierto de silencio y austeridad, diluvio de purificación, espíritu penitencial para convertir nuestro corazón, para llegar a la Pascua

Génesis 9, 8-15; Sal 24; 1 Pedro 3,18-22; Marcos 1, 12-15
‘El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días...’ Es tradicional en la liturgia de este primer domingo de Cuaresma que se nos proclame el evangelio las tentaciones de Jesús en el desierto. Escuchamos este año a san Marcos que es el más breve de los sinópticos en su relato, mientras Mateo y Lucas nos dan más detalles haciéndonos una descripción más amplia de las tres tentaciones. Marcos simplemente nos dice: ‘Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían’.
Jesús fue empujado por el Espíritu al desierto. Es el Espíritu divino que todo lo guía, que conduce la vida de Jesús para que su alimento sea siempre hacer la voluntad del Padre. Es el Espíritu divino que fecundó el seno de María para que de ella nos naciera Jesús, verdadero Hijo de Dios y verdadero hombre, que en todo se hizo semejante al hombre, menos en el pecado. Es Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que baja al desierto de nuestra vida, allí donde nosotros estamos viviendo nuestra propia vida.
Hoy la Palabra de Dios nos habla de desierto, donde vivía entre alimañas, como nos ha hablado la primera lectura de diluvio, signo de violencia y destrucción a causa del mal de la humanidad, aunque ya nos hable del momento final en que Dios hace Alianza de misericordia con Noé.
En muchas cosas podemos pensar tanto con una imagen como con la otra; hablar de desierto nos puede hablar de vida difícil y dura, como nos puede hablar de austeridad y de carencias; nos puede hablar de silencio y de soledad, como nos puede hablar de todo eso que quizá en nuestro interior sentimos y nos hace estar inquietos buscando otras cosas que nos satisfagan porque encontremos que nuestra vida está vacía. Nos puede hablar de una inquietud que sintamos dentro de nosotros porque nos falta paz al vernos quizá envueltos en violencias y cosas que consideramos injustas. La dificultad de un desierto nos hará desear soluciones prontas y fáciles que nos hagan salir de esas situaciones que pueden ser dolorosas en nuestra vida y quizá en el fondo deseemos un milagro que nos lo solucione todo.
Son muchas las cosas que nos puede sugerir la imagen del desierto, del que queremos salir de la forma que sea y puede ser ahí donde nos aparezcan muchas tentaciones en nuestra vida buscando lo que no es esencial ni lo que nos pueda llevar por verdaderos caminos de plenitud.
Cuando leemos y meditamos en este pasaje del evangelio en este primer domingo de cuaresma lo hacemos quizá teniendo en cuenta los tres textos que nos ofrecen los distintos evangelistas viéndolo todo en su conjunto con lo que recordamos también las diferentes respuestas que Jesús le fue dando al tentador en la montaña de la cuarentena. ‘Los ángeles le servían’ nos dice simplemente el evangelista Marcos que es el que hoy hemos escuchado. Pero a continuación ya nos dice que ‘Jesús marchó a Galilea a proclamar el evangelio de Dios’. ¿Cuál es esa Buena Noticia de Dios que Jesús comienza a proclamar? ‘Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: convertios y creed la Buena Noticia’.
No nos podemos dejar seducir por todas esas cosas que en nuestra mente o en nuestra imaginación nos van apareciendo como soluciones fáciles a ese momento difícil de desierto que vamos viviendo. Jesús vino y lo vivió con nosotros, pero nos anuncia, sí, que hay una solución; nos da una buena noticia: el Reino de Dios está cerca, tenemos que creer en esa Buena Noticia; convertimos nuestro corazón a Dios para dejarnos conducir por El y vamos a empaparnos de su Evangelio, de su Palabra de Salvación.
Porque la salvación la encontramos en el Señor; la salvación no nos viene por otros caminos, sino por los caminos de Jesús. Sentiremos su presencia y su vida, con nosotros estará la fuerza de su Espíritu que nos ayudará a caminar en medio de ese desierto de nuestro mundo, pero con esa fuerza del Espíritu lo iremos transformando todo. Es la tarea que nos confía, es la tarea de los que creemos en El, es la conversión, la vuelta que tenemos que darle a nuestra vida porque será la manera de darle de verdad la vuelta a nuestro mundo para que se convierta en el Reino de Dios.
Es lo que ahora en este camino cuaresmal que nos lleva a la pascua tenemos que escuchar en nuestro corazón y meditar. Es el camino de pascua que tenemos que ir realizando en nuestro corazón; habrá desierto de silencio y austeridad, habrá diluvio de purificación, habrá espíritu penitencial en nuestra vida para convertir nuestro corazón, pero llegaremos a la Pascua, llegaremos a la vida, llegaremos a la resurrección de un corazón y un mundo renovado en Cristo resucitado.

sábado, 21 de febrero de 2015

Al seguir a Jesús emprendemos el camino del amor, el camino de la luz

Al seguir a Jesús emprendemos el camino del amor, el camino de la luz

Isaías 58,9b-14; Sal 85; Lucas 5,27-32
‘Cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía’. El amor ilumina la vida del hombre. Amar es vida; quien ama reparte vida; al amar no solo nos llenamos nosotros de luz, sino que estamos llenando de luz nuestro mundo.
 Ojalá lo entendiéramos todos y lo comenzáramos a vivir con intensidad. Hay demasiada oscuridad porque hay demasiado odio, demasiado desamor, demasiada insolidaridad. Mientras guardamos resentimientos en nuestro corazón cada vez nuestra vida se llena de más tinieblas; y nos cuesta perdonar y olvidar; tenemos la tentación de estar siempre recordando y reviviendo aquello que quizá un día nos hicieron mal y nos hizo daño y al revivirlo continuamente nos llenamos de oscuridad y vamos repartiendo oscuridad en nuestro entorno, porque creamos desconfianzas, recelos, resentimientos; tenemos que aprender a vaciarnos de esas oscuridades.
Y el camino es comenzar a amar de verdad; y amaremos de verdad olvidándonos de nosotros mismos para ver qué luz podemos llevar a los demás; claro que no podremos llevar luz sin mantenemos oscuridades en nuestro interior; por eso hemos de vaciarnos de nosotros mismos luchando incluso contra nosotros mismos en esos resabios de egoísmo y orgullo que nos pueden aparecer de nuevo, que pueden rebrotar en cualquier momento. Cuando comenzamos a pensar más en los demás y menos en nosotros mismos comenzaremos a tronchar esos brotes que podrían volver a surgir.
Aprende a ser solidario; aprendamos a ver esa necesidad que tiene nuestro hermano y al que no podemos dejar solo; aprendamos a desprendernos de nosotros mismos y ser solidarios de verdad compartiendo lo que somos y tenemos con los demás, compartiendo esa luz que seguro sigue existiendo en nuestro interior aunque algunas veces la tengamos tapada. Esa capacidad de amar siempre está en nosotros, porque además así hemos sido creados. Recordemos que Adán allá en el paraíso no podía estar solo, necesitaba a alguien como el con quien compartir su vida; esto nos está enseñando como hemos sido creados para el amor y para la solidaridad.
Jesús nos invita a seguir, como invitó a Leví, aquel recaudador de impuestos del que nos habla hoy el evangelio. Podíamos decir que tenía de todo porque era rico, por su condición y por su trabajo; pero cuando escuchó la llamada del Señor supo descubrir la verdadera riqueza que llenaría su vida; y se fue con Jesús, se puso a caminar por los caminos del amor, por los caminos que llenarían de luz el mundo, cuando anunciara el evangelio de Jesús a los demás. Es lo que tenemos que hacer nosotros, emprender el camino de la luz, el camino del amor.

viernes, 20 de febrero de 2015

Estando con el Señor todo tiene que ser alegría y gozo, nuestro corazón tiene que estar siempre abierto al amor

Estando con el Señor todo tiene que ser alegría y gozo, nuestro corazón tiene que estar siempre abierto al amor

Isaías 58,1-9ª; Sal 50; Mateo 9,14-15
Estando con el Señor todo tiene que ser alegría y gozo, nuestro corazón tiene que estar siempre lleno de esperanza, no caben las tristezas y los agobios. Es de alguna manera lo que les quiere responder Jesús a los discípulos de Juan que venían a preguntarle por qué sus discípulos no ayunaban como lo hacían ellos y como lo hacían los discípulos de los fariseos. ‘¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos?’
El ayuno en la práctica de cómo lo realizaban connotaba que tenían que poner cara de circunstancias, quiero decir, expresiones tristes y de dolor, cubriéndose el cuerpo con vestiduras tristes y de ceniza. Por eso ya escuchábamos a Jesús en otro momento del evangelio decirnos que cuando ayunemos no pongamos esa cara; lo escuchábamos el pasado miércoles de ceniza. ‘Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará’.
No cabe la tristeza estando con Jesús. El reino de los cielos es como un banquete de bodas nos ha dicho en otro lugar; y en un banquete de bodas lo que cabe es la alegría y la fiesta. No es que Jesús no quiera que no ayunemos, sino que lo hagamos de forma distinta. Ya en otro lugar nos dirá que tenemos que aprender a decirnos no, a negarnos a nosotros mismos; que prescindamos de unos alimentos en un momento determinado y lo hagamos libremente y por amor porque además seamos capaces de compartir aquello a lo que renunciamos con los más necesitados, tiene su valor y nos enseña además mucho, nos entrena, podríamos decir, para cuando tengamos que negarnos en cosas más importantes y trascendentales, como es por ejemplo el rechazar la tentación al pecado.
Pero ¿de qué nos vale estar mortificando nuestro cuerpo mientras al mismo tiempo mortificamos también al hermano que está a nuestro lado? El ayuno primero tendrá que ser el no mortificar al hermano, no hacerle daño al que está a nuestro lado, no hacer sufrir a los que nos rodean. Es lo que nos decía el profeta que escuchábamos en la primera lectura: ‘El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne’.
Nuestro ayuno tiene que pasar por el camino de la misericordia, la compasión, la solidaridad, el amor. Ése es el verdadero ayuno que el Señor nos pide. En el que tenemos que ejercitarnos con toda intensidad en este camino penitencial de la cuaresma que estamos aun casi iniciando. Por ahí tienen que ir nuestro compromiso en este camino hacia la Pascua, es la pascua que hemos de vivir en nosotros.

jueves, 19 de febrero de 2015

El camino de Jesús hasta la Pascua se convierte también en nuestro camino.

El camino de Jesús hasta la Pascua se convierte también en nuestro camino.

Deuteronomio 30,15-20; Sal 1; Lucas 9,22-25
‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Ya desde el inicio de la Cuaresma nos recuerda el anuncio de Jesús, de su pasión, de su pascua. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado…’
Pero a continuación nos dice lo que de ser la vida del discípulo, seguir sus pasos. ‘El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará’. También tenemos que pasar por la cruz, por la negación de nosotros mismos, por entregarnos como El se entregó.  El camino de Jesús hasta la Pascua se convierte también en nuestro camino.
Nos viene bien recordarlo desde el principio de este camino cuaresmal que estamos haciendo. Como nos decía la primera lectura ante nosotros están dos caminos; hemos de elegir. Camino de muerte o camino de vida, camino de seguir a Jesús o camino de seguir nuestros particulares proyectos. Si escogemos el camino de Jesús sabemos que es el camino del amor, pero el amor es entrega, es olvidarse de sí mismo, es darse por los demás.
Algunas veces puede ser doloroso, porque es un camino de pascua, que es un camino de pasión y de muerte, pero sabemos que nos lleva a la resurrección y a la vida. ‘El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará’. Y eso cuesta. Eso se hace realidad en muchas circunstancias de la vida, muchas cosas que nos encontramos en el camino, muchas cosas que nosotros mismos nos creamos en ocasiones y de las que tenemos que arrancarnos.
Cada uno miremos nuestra vida, nuestra vida personal con sus luchas y deseos de superación, con sus problemas y con sus sufrimientos, pero también miremos nuestra vida en relación a los demás, la familia, los que están cerca de nosotros, aquellos con los que convivimos, con ese mundo que nos rodea también tan lleno de sufrimientos; no tenemos que mirar solo nuestros sufrimientos personales, sino que hemos de tener una  mirada amplia para ver cuanto dolor hay en los que nos rodean.
Emprendamos con arrojo y valentía el camino, hagámoslo con generosidad y con amor. Porque de una cosa estamos seguros, y es que el Señor en ese camino está a nuestro lado, aunque algunas veces nos cueste verlo. Pero nos confiamos plenamente en El que es nuestra fuerza y nuestra vida.
Que así se vaya realizando esa transformación de nuestra vida que queremos realizar en este camino cuaresmal cuando hemos escuchado la llamada a la conversión. Así podremos llegar a la pascua. Caminemos con esperanza.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Al empezar esta Cuaresma danos, Señor, un verdadero espíritu de conversión porque reconocemos que grande es tu amor

Al empezar esta Cuaresma danos, Señor, un verdadero espíritu de conversión porque reconocemos que grande es tu amor

Joel 2,12-18; Sal 50; 2Corintios 5,20–6,2; Mateo 6,1-6.16-18
‘Al empezar esta Cuaresma, te pedimos, Señor, que nos des un verdadero espíritu de conversión’. Así se iniciaba la oración de la Eucaristía de este día. Estamos en miércoles de ceniza y estamos comenzando la Cuaresma.
Como siempre decimos, iniciamos el camino de la Pascua, el camino que nos lleva a la Pascua, a la celebración no solo de la pasión y muerte de Jesús sino también de su resurrección. Decimos muchas veces que la cuaresma nos prepara para la Semana Santa; sí y no, porque no solo es celebrar la Semana de la Pasión, sino que siempre en nuestra vida la pasión está unida a la Resurrección; por eso, mejor decimos, que nos preparamos para la Pascua.
Y es que teniendo esto en cuenta no nos quedaremos en vivir luego con intensidad los días de la pasión y de la muerte, sino que podremos llegar con toda intensidad a la resurrección; y llegar a la resurrección no es solo llegar al sábado santo, a la vigilia pascual, sino es llegar y vivir toda la Pascua. Con la misma intensidad tendríamos que seguir luego celebrando toda la pascua. Es tan grande el misterio de la Pascua que no lo reducimos a un día, sino que lo prolongamos durante cincuenta días. Si ahora nos preparamos durante cuarenta días, que es la Cuaresma, es para poder vivir la intensidad de esos cincuenta días de la Pascua.
La primera llamada que hoy escuchamos es la invitación a la conversión. Ya nos lo decía el profeta ‘convertios a mi de todo corazón… rasgad los corazones… convertios al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad…’ Es bueno que escuchemos esta invitación pero en todo el sentido que tiene; nos convertimos, nos damos la vuelta en la vida, para acercarnos al Dios que es compasivo y misericordioso; sabiendo qué grande es la misericordia del Señor con mayor confianza nos acercamos a El, con la seguridad que en El vamos a tener siempre el perdón, el amor, la paz.
Por eso san Pablo nos repetía que nos dejáramos reconciliar con Dios. Dejarnos reconciliar. Nosotros daremos pasos, tenemos que darlos, pero el gran paso es el del Señor que viene a nosotros con su misericordia; El nos hace posible esa reconciliación. Cristo murió por nosotros en la cruz para reconciliarnos, para ofrecernos el amor de Dios y su perdón.
Que entremos, entonces, en este tiempo con verdadero espíritu de conversión, con ese deseo de encontrarnos con el Señor que nos ama y nos perdona, que nos llena de su gracia y de su vida, que nos inunda con su paz. Que lo sintamos de verdad en nuestro corazón. Ahí está todo ese programa que nos trazamos para la cuaresma para ir dando respuesta a la llamada e invitación del Señor.
Nos abrimos a la gracia de Dios, queremos escuchar su llamada, escuchar su Palabra; con espíritu humilde nos acercamos al Señor reconociendo nuestra debilidad, nuestra indignidad, nuestro pecado, pero reconociendo las maravillas que puede hacer el Señor en nosotros. Es nuestra esperanza, la esperanza que nos impulsa a caminar, con la que queremos llenar de paz nuestro corazón.

martes, 17 de febrero de 2015

Cuidado con las falsas levaduras que nos pueden contagiar y apartar del camino del Reino de Dios

Cuidado con las falsas levaduras que nos pueden contagiar y apartar del camino del Reino de Dios

Génesis 6,5-8; 7,1-5.10; Sal 28; Marcos 8,14-21
‘Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes’. No entienden lo que les quiere decir Jesús. Están pensando que les está echando en cara que se olvidaron de llevar pan. Iban atravesando el lago en barca y solo llevaban un pan. Jesús les recuerda que por qué había que preocuparse por eso, como queriéndoles decir que es otra cosa de lo que les está hablando. Les recuerda las diversas multiplicaciones de los panes donde sobró pan después que todos habían comido hasta hartase.
¿Qué es lo que quiere decir Jesús? ¿Qué hace la levadura en el pan? Fermenta la masa de manera que el pan tenga su contextura propia y tenga su sabor. Ya tenían que comer pan sin levadura en la pascua recordando la escasez que pasaron en el desierto y cómo en el éxodo tuvieron que salir a toda marcha de Egipto sin dejar tiempo para que se fermentara la masa.
Por eso ahora Jesús quiere decirles algo más. Les habla de la levadura de los fariseos o la de Herodes. Era un sentido bien distinto, una concepción bien distinta de lo que había de ser una verdadera religiosidad la que tenían los fariseos. Y por su posición social tenían mucha influencia en la gente. Y en referencia a Herodes era la maldad que había en su corazón y el estilo de vida sensual y lujurioso en que vivía. Eran cosas que podían influir y contagiar.
Es de lo que les quiere prevenir Jesús. El viene con la novedad del evangelio y el estilo de vida que han de vivir ha de ser más auténtico no dejándose arrastrar ni por las vanidades del mundo ni por las reglamentaciones que encorsetan los corazones propias de los fariseos. La verdad del evangelio nos hace verdaderamente libres y auténticos. No podemos vivir con ataduras que nos esclavicen.
Ya nos decía, recordando a Isaías, que venía para dar libertad a los oprimidos. Hay muchas cosas que nos pueden oprimir y esclavizar de las que Cristo quiere liberarnos. Es el camino que nos enseña en el evangelio. Es el Reino de Dios que nos anuncia, donde nuestro único Señor es Dios y su amor. Así nos sentiremos de verdad con un corazón libre; así no habrá temores en nuestra vida si tenemos a Dios con nosotros.
Hay muchas falsas levaduras que pueden influir en el mundo en el que vivimos. Todo nos puede parecer bueno porque todos lo hacen, pero no siempre es así. No porque todos los hagan significa que las cosas sean buenas. Por eso hemos de estar con ojo avizor para no dejarnos arrastrar por la pendiente de la tentación. Hay tantas pendientes resbaladizas en este mundo tan materialista, tan sensual, tan lleno de caprichos. Hemos de tener criterios claros y los hemos de buscar en el Evangelio; hemos de saber dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que nos dará luz y fuerza y hará posible que podamos vivir con un corazón limpio y libre.
Cuidado con las falsas levaduras que nos pueden contagiar y apartar del camino del Reino de Dios.

lunes, 16 de febrero de 2015

¿No tenemos motivos suficientes para creer el reconocer cada día el amor que el Señor nos tiene?

¿No tenemos motivos suficientes para creer el reconocer cada día el amor que el Señor nos tiene?

Génesis 4,1-15.25; Sal 49; Marcos 8, 11-13
‘Los fariseos se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo…’ Siempre estamos pidiendo signos, señales, milagros; no solo fueron entonces los fariseos y en general todos los que acudían a Jesús, somos también nosotros los que en nuestras dudas, nuestros agobios o nuestras preocupaciones estamos haciendo lo mismo. No es solo la gente que acude corriendo allá donde nos dicen que sucedes cosas extraordinarias, muy proclives a apariciones y señales del cielo, sino que allá en nuestro interior cuando pedimos con intensidad alguna cosa al Señor desde nuestras necesidades de alguna manera parece como si le quisiéramos hacer chantaje.
¿No tenemos motivos suficientes para creer el reconocer cada día el amor que el Señor nos tiene y que se nos manifiesta en la misma vida que nos da? ¿No tendríamos que aprender a reconocer la paz que tantas veces sentimos en nuestro corazón y que es una muestra clara de que el Señor está con nosotros? ¿No tendríamos que aprender a agradecer la Palabra del Señor que cada día se nos proclama o tenemos la oportunidad de escuchar allá en lo hondo del corazón si con atención y con fe cogemos la Biblia en nuestras manos y nos ponemos a meditarla?
‘¿Por qué esta generación reclama un signo? Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación’, escuchamos hoy decir a Jesús en el evangelio. Muchas señales les había ido dejando Jesús; muchos milagros, por ejemplo, contemplamos en el Evangelio. Pero es más, esa cercanía de Jesús, esa atención y escucha a cuantos acudían a El, esa Palabra que continuamente iba proclamándoles era la señal clara que tenían ante sus ojos. Y la gran prueba, la gran señal sería su entrega hasta la muerte, sería su pasión y muerte de Cruz, sería su Pascua.
Y eso nosotros no lo podemos olvidar. Cada día podemos vivirlo; cada día tenemos la oportunidad de vivirlo cuando celebramos la Eucaristía. Ahí está el gran milagro de amor de Jesús, porque cada vez que celebramos la Eucaristía estamos proclamando, anunciando, viviendo su muerte y su resurrección, su Pascua. Con verdadera fe, con verdadero sentido tenemos que vivir nosotros la Eucaristía y sentir y gozarnos en esa presencia de gracia y de vida, en esa presencia de Jesús que nos ama y por nosotros se entrega.
Aprendamos a descubrir cada día en nuestra vida tantos milagros de amor de Dios para nosotros y nuestra fe no decaerá, nuestra fe se mantendrá siempre firme. Demos gracias a Dios por su presencia de amor.

domingo, 15 de febrero de 2015

Jesús nos enseña a acercarnos a los demás sin prevenciones ni prejuicios para derruir barreras y hacer desaparecer marginaciones

Jesús nos enseña a acercarnos a los demás sin prevenciones ni prejuicios para derruir barreras y hacer desaparecer marginaciones

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Cor. 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45
La presencia de Jesús es rompedora, podríamos decir; hace que salten todos los moldes y rutinas porque se siente que con El algo nuevo está comenzando y todo ha de mirarse con una mirada nueva y distinta. Ya en otro lugar del evangelio nos dirá que a vino nuevo es necesario odres nuevos, que no nos valen los remiendos ni componendas sino que todo ha de ser nuevo y distinto. Es la novedad, el espíritu abierto con que nosotros hemos de acercarnos al Evangelio.
Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. Aquel leproso se atreve a saltarse todas las normas cuando comprende, lleno de fe, que en Jesús puede encontrar la salud. Ya escuchábamos en la lectura del Levítico todas las prohibiciones que acompañaban su vida de leproso, pero ‘se acercó a Jesús suplicándole de rodillas: Si quieres puedes limpiarme’.
Dura era en si misma la enfermedad porque con los medios sanitarios de aquella época era una enfermedad necesariamente mortal. Pero más duro aún tenía que ser toda aquella situación de marginación en todos los aspectos, humano, familiar, social, incluso religioso, a la que se veía sometido un leproso. Terminaba diciéndonos el Levítico ‘mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento’. No es necesario extendernos en más explicaciones porque está bien claro.
‘Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: Quiero: queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio’. Allí está el amor renovador de Jesús. No solo lo cura, sino que lo acoge, se acerca a él, lo toca. Algo impensable, a un leproso no se le podía tocar porque inmediatamente se quedaría también impuro. Pero allí está Jesús. Y con Jesús todo es distinto.
Nos está enseñando Jesús a acercarnos a los demás sin prevenciones ni prejuicios. Porque es una tentación que tenemos; son actitudes que se nos pueden meter en la vida casi sin darnos cuenta. Piensa, por ejemplo, vas a dar una limosna, a compartir algo tuyo, con alguien que se acerca a ti en la calle, o lo encuentras tirado en la acera o a la puerta de un templo o un lugar publico; quizá esa persona tiene una cestita o algo para recoger la limosna que le des, pero ¿se la das en la mano o te contentas con echar, tirar la moneda en aquella bandeja o cesta que tenga aquella persona? ¿Qué sería más humano? Pero quizá tenemos miedo de tocar.
Nos asustamos del tipo de marginación que vivían los leprosos en tiempos de Jesús, pero ¿no habrá marginaciones parecidas hoy también en nuestro mundo en nuestras relaciones con los que nos vamos encontrando? Habría que examinar posturas y actitudes.
Creamos distancias, ponemos barreras, hacemos distinciones porque son de otra raza o de otra religión, porque son de otro país o porque están esclavizados en la droga o el alcohol, porque tienen una opinión distinta a nuestra o porque tienen una determinada ideología, porque son de esta condición o de la otra, y todos nos entendemos. No te mezclas con toda clase de gente y andamos prevenidos o queriendo incluso prevenir a los demás. Y nos aislamos o intentamos aislar a los demás.
Y nos llamamos creyentes y seguidores de Jesús; y nos decimos que nosotros queremos vivir el Reino de Dios; quizá hasta cuando reflexionamos sobre este pasaje del evangelio, de este leproso que se acercó a Jesús hasta decimos que es muy hermoso y valoramos la valentía del leproso o esa actitud abierta y acogedora de Jesús. Pero ¿seremos capaces de hacer como Jesús? ¿Estamos dispuestos a romper barreras, a quitar impedimentos, a hacer desaparecer todas esas discriminaciones tomando nosotros posturas y decisiones acogedoras y valientes como las de Jesús?
Que el Señor inspire en nosotros esas actitudes nuevas; que en verdad seamos esos odres nuevos que contengan en nuestra vida el vino nuevo del Evangelio.

sábado, 14 de febrero de 2015

Las señales del amor, de la paz y del servicio son los signos del Reino de Dios que hemos de anunciar y vivir

Las señales del amor, de la paz y del servicio son los signos del Reino de Dios que hemos de anunciar y vivir

Hechos,  13,46-49; Sal 116; Lucas 10,1-9
Litúrgicamente hoy celebramos a san Cirilo y san Metodio que en Europa tienen la categoría litúrgica de fiesta, puesto que fueron declarados patronos de Europa por la gran tarea evangelizadora que realizaron entre los pueblos eslavos. Es por ello que en la celebración litúrgica tienen lecturas propias de la Palabra de Dios, saltando el ritmo de la lectura continuada del tiempo ordinario, en referencia clara a lo que fue la misión que realizaron.
El texto del evangelio hace referencia al envío de los setenta y dos discípulos por parte de Jesús, de dos en dos, con las recomendaciones que les hace para su misión. Una clara referencia a que los Santos Cirilo y Metodio fueron enviados, así juntos los dos, a evangelizar aquellas tierras y así permanecieron hasta la muerte de Cirilo.
¿Qué nos dice Jesús del estilo y talante con que hemos de ir a anunciar el Reino de Dios? ‘Poneos en camino’, nos dice; no nos podemos quedar con los brazos cruzados cuando tan grande es la mies que tenemos que trabajar; ‘poneos en camino’, nos dice y ya está haciendo referencia a que no es una tarea que vamos a realizar ‘por libre’, cada uno por nuestro lado. El anuncio del evangelio lo hacemos desde la comunión, desde la comunidad, desde la Iglesia, con sentido de comunión y con sentido de Iglesia.
Pero el anuncio del evangelio ha de ir regado con la oración. ‘La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies’. No es tarea solo nuestra o que realicemos por nosotros mismos. Es tarea divina, es tarea de Dios y Dios está con nosotros; lo tenemos que experimentar y lo tenemos que vivir.
La eficacia, por así decirlo, del anuncio del Reino no está en los medios de los que dispongamos; el anuncio del evangelio lo hacemos desde nuestra pobreza y desde nuestra disponibilidad; esa pobre que nos hará más generosos; esa pobreza que nos hará confiar más en el poder y en la gracia del Señor. ‘No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias…’
Una tarea que nos dice Jesús ya de entrada que no será fácil; tendremos dificultades, oposición y, como nos dirá más adelante, no nos faltarán las persecuciones, porque no siempre seremos comprendidos en nuestra tarea. ‘Mirad que os mando como corderos en medio de lobos’.
Pero el anuncio del Reino siempre ha de ser el anuncio de la paz y del amor, con nuestras palabras, pero también con nuestros gestos, con nuestras actitudes, con nuestro servicio. ‘Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa...’ Hemos de ser siempre los constructores de la paz. Pero hemos de dar las señales del amor. ‘Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: Está cerca de vosotros el reino de Dios.’ Cuando nos habla de curar enfermos, cuánto nos quiere decir el Señor de nuestras actitudes del amor y del servicio. Cuánto podemos curar con nuestro amor. Es nuestra tarea. Es el signo del Reino de Dios que anunciamos. Es lo que va a dar verdadera credibilidad a nuestras palabras.
¿Qué señales estamos dando con nuestra vida del Reino de Dios que tratamos de vivir? ¿Se notarán de verdad las señales del amor, de la paz y del servicio?

viernes, 13 de febrero de 2015

La curación del sordomudo una señal para nosotros para abrir nuestra vida a una nueva relación y comunión con los demás

La curación del sordomudo una señal para nosotros para abrir nuestra vida a una nueva relación y comunión con los demás

Génesis 3,1-8; Sal 31; Marcos 7,31 37
‘Y en el colmo del asombro decían: Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos’. Venía camino del mar de Galilea ‘y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar’. Ya hemos escuchado el relato. Lo cura. Mete sus dedos en los oídos, toca la lengua con saliva; son los signos y los gestos de Jesús, de lo que ya hemos hablado. ‘Se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad’. Ya vemos el asombro de cuantos contemplan el milagro.
Un signo de Jesús que nos quiere decir muchas cosas. Todos seguramente hemos tenido la experiencia de tener que comunicarnos con una persona sorda o una persona mucha; cuánta dificultad para hacernos entender. Aunque reconocemos que hoy se ha avanzado mucho, por así decirlo, para entrar en comunicación con estas personas con el lenguaje de los signos, sin embargo sabemos de las reticencias de muchos de los que padecen esta discapacidad, que pudiera convertirse en muchas ocasiones en desconfianzas o ser personas que viven en su mundo y de alguna manera pueden aislarse de los demás, cuando no seamos nosotros los que creemos también ese aislamiento.
No es el camino del aislamiento lo que Dios para nuestras relaciones humanas; nos ha dado medios para que seamos capaces de entrar en relación los unos con los otros y de ninguna manera podemos permitirnos ese aislamiento o esa cerrazón. Nos lleva a un compromiso por nuestra parte para acercarnos a esas personas y buscar la manera de entrar en ese relación humana entre unos y otros.
Sin embargo este signo que realiza Jesús al curar a este sordomudo del evangelio para ser señal para nosotros de muchas cosas más. Podríamos pensar en cómo nos hacemos tantas veces oídos sordos a la voz de Dios y no queremos escucharle, no nos queremos dejar iluminar por su palabra. Pero podemos pensar también en las barreras que muchas veces hacemos infranqueables con las que ya sea por nuestro carácter o manera de ser, ya sea por nuestros defectos o nuestros complejos hacen que nos aislemos nosotros de nuestro entorno o incluso dificultemos que los demás puedan acercarse a nosotros.
Son barreras que tenemos que derruir; es una nueva apertura de nuestro corazón que nosotros hemos de tener para cuantos nos rodean; es un aprender a sintonizar con quienes están a nuestro lado con sus problemas, con sus dificultades, con las debilidades incluso que puedan tener en sus vidas; es la sensibilidad que tendríamos que poner en nuestro corazón, en nuestras actitudes, en nuestros actos, en nuestra manera de actuar para que siempre seamos capaces de crear relación con los otros, de hacer comunión y vivir con unas nuevas actitudes y una nueva mirada hacia los demás.
Dejemos, sí, que Jesús venga y ponga su mano sobre nosotros, nos toque nuestros oídos, nuestra lengua, o, mejor aun, nuestro corazón para que nos sane de esas sorderas, de esos complejos, de esas actitudes negativas con las que tantas veces vamos marcando nuestra vida.
Escuchemos esa palabra de Jesús ‘Effetá (ábrete)’ para que nos sintamos sanados; para que disfrutemos de su salvación; para que aprendamos también a hacer partícipes de esa salvación a cuantos nos rodean.

jueves, 12 de febrero de 2015

El amor nunca podrá ser insensible ante las necesidades o sufrimientos de los demás

El amor nunca podrá ser insensible ante las necesidades o sufrimientos de los demás

Génesis 2,18-25; Sal 127; Marcos 7,24-30
‘Se alojó en una casa, procurando pasar desapercibido, pero no lo consiguió…’ Y es que el amor nunca será insensible ante las necesidades o sufrimientos de los demás.
Jesús está fuera de territorio judío, ‘se fue a la región de Tiro’, nos dice el evangelista. Pero aunque quiere pasar desapercibido su fama había llegado también a aquellos lugares ya apartados de la tierra judía. ‘Una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró en seguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies’. Allí está el corazón roto de una madre que ve sufrir a su hija. Sabe que Jesús puede curarla, aunque ella es gentil, pagana, pero acude a Jesús con total confianza. A pesar de los aparentes desaires de Jesús ella insiste.
Las expresiones que se usan, y que nos pueden escandalizar, eran las expresiones habituales que utilizaban los judíos para referirse a los extranjeros. El amor puede más que todas las conveniencias sociales por así decirlo, porque los judíos se consideraban los únicos depositarios de la promesa de salvación de Dios. Pero Jesús llega a todos y es el que amor nunca se puede resistir allí donde haya una necesidad o sufrimiento.
‘Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija’. Vence la fe y el amor. Cuánto tenemos que aprender. Por encima de todo está el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Pero allí están también la fe y el amor de aquella mujer. Fe porque tiene la seguridad de que Jesús escuchará su súplica. Insiste una y otra vez; los desaires no le hacen desistir; podría parecer imposible pero ella confía y confía con humildad. ¿Que me llaman perro? Pues los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de los niños. Y así ella confía con ese espíritu humilde.
Pero decimos también el amor de aquella mujer. No está pidiendo para sí, está pidiendo la salud de su hija. Es su dolor pero es su amor. No le importa tanto su sufrimiento o las humillaciones que pueda padecer, cuando el sufrimiento de su hija. Y nosotros tantas veces acudimos al Señor solo pensando en nuestros propios problemas y necesidades y no somos capaces de echar una mirada en torno para ver el sufrimiento de tantos que están a nuestro lado. Tenemos el peligro de hacernos egoístas en nuestra oración. Tendríamos que aprender a pensar más en los demás, en las necesidades y sufrimientos de los demás.
Que no nos encerremos nunca en nosotros mismos o nuestro propio dolor; seamos capaces de ver el sufrimiento de los otros; seamos capaces un poco de olvidarnos de nosotros mismos o nuestros propios problemas para mirar el sufrimiento de los otros, para interceder por los otros. Vencerá el amor y también nosotros nos veremos recompensados pues el Señor atenderá también a nuestra necesidad.


miércoles, 11 de febrero de 2015

Que las apariencias y vanidades no entorpezcan la buena luz que ha de salir del corazón

Que las apariencias y vanidades no entorpezcan la buena luz que ha de salir del corazón

Génesis 2,4b-9.15-17; Sal 103; Marcos 7,14-23
Contaba alguien que en una ocasión había visto un farol que lo habían querido embellecer tanto que no valía para la función para la que realmente había de servir; porque un farol es un utensilio que nos ha de ayudar llevando una luz en su interior y que sin que se pueda apagar por las inclemencias del tiempo sin embargo ha de servir para iluminarnos el camino en toda circunstancia aunque fuera muy adversa. En este caso el farol lo habían adornado con hermosos cristales tallados y de colores, le habían añadido tantos adornos lujosos de plata u otros metales preciosos que realmente lo que hacían eran no dejar pasar la luz a través de aquellos cristales. Era bonito de ver pero no nos servía para ver, no nos iluminaba el camino porque los adornos entorpecían el paso de la luz.
Es un buen ejemplo o comparación para algunas cosas que hacemos en la vida en que nos llenamos de tantas normas y reglamentos que en lugar de ayudarnos a caminar en la rectitud con total libertad lo que hacen es constreñir nuestra vida, de manera que al final son tantos los reglamentos que no sabemos ni a qué atenernos en lo que hemos de hacer.
Es lo que le sucedía a los judíos en los tiempos de Jesús sobre todo con la influencia de la secta de los fariseos. Todo estaba medido y reglamentado al milímetro, podríamos decir, de manera que lo que quizá en su origen habían podido ser unas buenas costumbres higiénicas se habían convertido en leyes estrictas que lo hacían ver todo impuro.
Se quejan los fariseos de que los discípulos no se lavaban las manos antes de comer; podía ser perfectamente una buena costumbre higiénica para prevenir contagios y enfermedades, pero lo habían convertido en expresión de que comiendo con manos sucias, con manos que habían podido tocar algo que considerasen impuro, así entrase esa impureza en el corazón.
Jesús les viene a decir que no, que la impureza no nos entra por la boca, no nos viene de fuera, sino que el mal de donde sale es de un corazón que no está limpio ni es puro. ‘Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre…’ y como les explica a continuación: ‘Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’. Y cuando Jesús quería resaltar algo importante nos decía ‘el que tenga oídos para oír que oiga’.
Tengamos, pues, un buen corazón; esa es la belleza interior que nos debe preocupar y será ese buen corazón lo que hará grande a la persona. No por el cumplimiento ritual de muchos preceptos somos mejores. Tenemos que cumplir, es cierto, la voluntad del Señor; su Palabra ha de ser en verdad luz de nuestra vida; y la Palabra del Señor nos hará verdaderamente libres.
Es la verdadera belleza que hemos de buscar en nuestra vida, y no intentar adornarla de apariencias con las que ocultemos lo que realmente llevemos dentro de nosotros. Algunas veces esas apariencias y vanidades tratan quizá de ocultar la maldad que pueda haber dentro de nosotros. Y eso es lo que tenemos que curar para que resplandezca de verdad la autentica luz del amor y de la rectitud que hay en nuestro corazón.


martes, 10 de febrero de 2015

El culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón con la fuerza del Espíritu

El culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón con la fuerza del Espíritu

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8,4-5.6-7.8-9; Marcos 7,1-13
‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. Son duras las palabras de Jesús, recordando lo dicho por el profeta Isaías; a continuación les señala cosas muy concretas de lo que se habían convertido en normas y leyes en el pueblo de Israel.
Pero no nos contentemos con comentar lo que sucedía en tiempos de Jesús y que Jesús denuncia, sino que eso tenemos que escucharlo hoy, en nuestra vida. ¿Cuál es el culto verdadero que nosotros le ofrecemos al Señor? Podríamos decir que con la sagrada liturgia que celebramos estamos ofreciendo el sacrificio más agradable al Señor, porque cada vez que celebramos una acción litúrgica estamos ofreciendo el sacrificio de Cristo. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, Ven, Señor Jesús’ decimos, es cierto, cada vez que celebramos la Eucaristía, memorial de la pascua del Señor, de su muerte y resurrección.
Pero ¿dónde tenemos puesto nuestro corazón? ¿Qué profundidad le damos a cada una de nuestras celebraciones sagradas? Lo que decimos con nuestros labios o realizamos con nuestros gestos y ritos ¿lo estamos en verdad viviendo en lo más hondo de nosotros mismos? ¿Podría sucedernos en algún momento que se está cumpliendo en nosotros lo denunciado por Jesús que le honramos con los labios pero el corazón lo tenemos lejos de El?
Y no es solo que en algún momento nuestra atención se distraiga por cualquier motivo mientras estamos en la celebración, porque no siempre nos concentramos debidamente y surgen las distracciones. Sería lo menos importante, esas distracciones pasajeras, contra las que, es cierto, también tenemos que luchar.
Lo peligroso y que sería una tremenda tentación es que nos contentemos con realizar bien nuestros ritos, pero nuestra vida vaya por otros derroteros. Si estamos celebrando los misterios de nuestra salvación, es porque esa salvación estamos queriendo vivirla. Si celebramos el misterio de Cristo, es porque en verdad estamos queriendo hacer que Cristo sea el centro de nuestra vida. Si decimos que estamos escuchando la Palabra de Dios, es porque queremos plantar de verdad esa Palabra de Dios en nuestra vida y estamos esforzándonos con la gracia del Señor a dar fruto.
Nos expresamos a través de signos y de ritos pero que tienen que tener hondo significado en nuestra vida; por una parte que comprendamos bien el significado de nuestros ritos conociéndolos bien; por supuesto, tenemos que ser fieles porque con ellos estamos queriendo expresar y vivir algo grande y misterioso como es la salvación que Dios nos ofrece en su amor. Pero no nos quedemos en ritualismo, sino que pongamos corazón, pongamos vida en aquello que hacemos.
Porque el culto agradable al Señor tiene que arrancar desde lo más hondo de nuestro corazón, desde lo más hondo de nuestra vida. Pero no somos nosotros los que por nosotros mismos hacemos ese culto agradable a Dios, sino en la medida en que lo vivimos unidos a Cristo, porque es con Cristo, por Cristo y en Cristo donde y cómo podemos dar la mejor gloria a Dios, nuestro Padre del cielo. Que esas palabras de la doxología, al final de la plegaria eucarística, las vivamos siempre en su más hondo sentido, dejándonos conducir por el Espíritu Santo que clama desde lo más hondo de nosotros y llena nuestro corazón.

lunes, 9 de febrero de 2015

Quiero, Señor, que me dejes tocar la orla de tu manto

Quiero, Señor, que me dejes tocar la orla de tu manto

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56
‘En la aldea o caserio donde llegaba colocaban los enfermos en la plaza, y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto’. Querían tocar a Jesús; recordamos a la mujer de las hemorragias que se atrevió a ir por detrás y tocar la orla del manto de Jesús; pensaba que así podía ser curada; ‘tu fe te ha curado’, le dijo Jesús.
Queremos tocar con nuestras manos; es una forma de expresarnos y de comunicarnos. Lo hacemos mediante signos y gestos; en fin de cuentas el hablar para comunicarnos de alguna manera es un signo verbal con que expresamos lo que llevamos en nuestro interior y con lo que nos comunicamos con los demás; no siempre serán necesarias las palabras; a través de gestos y diversos signos nos comunicamos. Vemos el rostro de alguien y aunque no nos diga nada por su expresión podemos saber lo que siente o lo que quiere decirnos, lo que quiere expresar en ese momento.
Esos signos y esos gestos los empleamos de muchas maneras en lo ordinario de nuestra vida, pero también en nuestra vida religiosa, en nuestra relación con Dios. Nos ponemos de rodillas porque queremos expresar nuestra adoración, nuestro reconocimiento del Señor; levantamos las manos en alto como expresión de que queremos ofrecer algo a Dios o también como expresión de  nuestra suplica; imponemos las manos - en muchos momentos se utiliza este gesto en la liturgia - como expresión de un don que se nos da o que damos o recibimos.
En la vida de Jesús a lo largo del evangelio vemos que utiliza muchos signos y gestos imponiendo las manos a los enfermos, tocando al leproso, dejandose tocar por aquellos que se acercaban a El, bendiciendo a los niños. Hoy vemos que la gente quiere tocarlo.
Nosotros también nos acercamos a Jesús, desde lo que es nuestra vida; queremos tocarlo, queremos que El nos toque, imponga su mano sobre nosotros; que le tengamos con nosotros, que sintamos el calor de su presencia, la fuerza de su Espíritu. Ven, Señor, impon tu mano sobre nosotros que te necesitamos. Quiero, Señor, tocar la orla de tu manto.

domingo, 8 de febrero de 2015

El seguimiento de Jesús siempre entrañará el salirnos de nosotros mismos para entrar en un camino de trascendencia

El seguimiento de Jesús siempre entrañará el salirnos de nosotros mismos para entrar en un camino de trascendencia

Job 7, 1-4. 6-7; Sal 146; 1 Corintios 9, 16-19. 22-23; Marcos 1, 29-39
El seguimiento de Jesús siempre entrañará el salirnos de nosotros mismos para entrar en un camino de trascendencia, que nos abra a los demás, pero que nos abra al misterio de Dios en una esperanza de vida eterna. Es lo que podemos ir descubriendo desde una honda reflexión ya desde este inicio del evangelio de Marcos, en el que aun estamos en el primer capítulo.
Podríamos atrevernos a decir que el evangelista al presentarnos a Jesús en este comienzo de su evangelio - recordemos incluso las palabras con las que iniciaba en el primer versículo del texto sagrado ‘buena noticia (evangelio) de Jesús, el Hijo de Dios’ - va señalándonos ya la transformación que se realizará en nuestra vida en la medida en que vayamos creyendo en esa Buena Noticia de Jesús.
Ya desde los primeros discípulos a los que llama les vemos un salirse de sí mismos, porque dejan atrás todo lo que era su vida hasta entonces, dejaron las redes y las barcas para seguir a Jesús. Y ahí ya nos señala también lo costoso que eso significa para nuestra vida; por eso habla de conversión, de darle la vuelta a la vida. Con Jesús todo es distinto.
Lo contemplamos hoy también en el evangelio. Es una continuidad del escuchado el pasado domingo. ‘Al salir de la sinagoga - recordemos la admiración de la gente por la autoridad con que hablaba, pero también con que actuaba al curar al hombre que era poseído por un espíritu inmundo - fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Pedro estaba en cama con fiebre…’ Es todo un signo.
La enfermedad, ya sea por el malestar que se produce en el organismo ya sea por la pérdida de los ánimos al verse sometido a la limitación del sufrimiento, hace encerrarse en uno mismo. ‘Estaba en cama con fiebre…’ dice el evangelista. Pero llega Jesús la toma de la mano y la levanta. Todo cambia; podríamos decir no es solo que se haya acabado la fiebre y con ello la enfermedad que pudiera aquejarla, sino que ahí podemos ver algo más. Con Jesús su vida cambia. No necesitó de ninguna recuperación, como podría esperarse después de fuertes fiebres, sino que ‘enseguida se puso a servirles’.
No pensaba en si misma sino que comenzó a pensar en los demás, en lo que había que hacer, en la actitud y la postura del servicio. Nos puede decir mucho. Ya nuestra vida no es solo para nosotros sino que necesariamente tenemos que pensar en los demás, en lo que podemos ofrecer a los demás. Es la transformación que se realiza en nuestra vida tras el encuentro con Jesús. Son las señales del Reino de Dios que ya comenzamos a dar con nuestra vida. Comenzamos a tener una mirada distinta, porque levantaremos nuestros ojos para mirar y contemplar a Dios, pero seremos capaces de tender nuestra mirada más allá de nuestro yo para comenzar a mirar con una mirada nueva a los que nos rodean.
Por eso un cristiano de verdad, que se dice auténticamente seguidor de Jesús nunca puede quedarse encerrado en si mismo, solo en lo que sean sus preocupaciones y problemas. Por algo Jesús nos dejará como nuestro distintivo el amor.
Pero es lo que vemos hacer a Jesús. Donde haya un sufrimiento allí estará siempre Jesús para tender su mano y levantarnos. Fue la suegra de Pedro, pero serían al atardecer a tantos enfermos y poseídos que trajeron a la puerta de la casa. ‘Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios…’ que nos dice el evangelista.
Pero nos dice algo más. ‘Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar’. No se quedaba todo de tejas abajo. Estaba su unión con el Padre, del que había venido a hacer su voluntad, como nos dirá en otros momentos. De ahí su oración. Cómo tenemos que aprender. Con Jesús que se acerca a nuestra vida nos acercamos a Dios, sentimos la necesidad de ir con mayor intensidad hasta Dios.
Pero ahí no se acaba todo. Porque Jesús tiene que estar siempre yendo a los demás. Cuando le buscan con el deseo quizá de que se quede allí siempre, dice que tiene que ir también a otras partes, ir al encuentro de otros en otros lugares. ‘Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar allí, que para eso he venido’.
Como decíamos antes cuando Jesús nos cura, nos hace llegar su salvación no es para que nos quedemos en nosotros mismos. Esa presencia de Jesús llenará de trascendencia nuestra vida, para abrirnos más y más al misterio de Dios y llenarnos de Dios - oración, eucaristía, sacramentos, palabra de Dios - pero también para nosotros, como Jesús salir al encuentro del otro, pensar en los demás, ver también el sufrimiento que hay en otros corazones, que no solo en el nuestro, y allí tenemos que ir a llevar vida y a llevar paz.