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jueves, 6 de noviembre de 2014

El amor que nos busca y la alegría por la conversión y el perdón

El amor que nos busca y la alegría por la conversión y el perdón

Filp. 3, 3-8; Sal. 104; Lc. 15, 1-10
‘Se acercaban a Jesús los publicanos y pecadores a escucharle’, pero por allá andaban los fariseos y los letrados con sus murmuraciones, con sus juicios, con sus discriminaciones, con sus condenas. ‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’.
En la época de Jesús - y hemos de considerar que eran un pueblo antiguo y con costumbres inveteradas, que no siempre podemos juzgar desde nuestros criterios de los tiempos modernos sino que hemos de saber leer la historia en el momento concreto que suceden los acontecimientos con sus circunstancias concretas - había muchos tipos de discriminaciones.
Los judíos se consideraban a si mismos un pueblo aparatado, un pueblo distinto y desde su fe y religiosidad se consideraban un pueblo santo, por lo que tenían sus reservas en el trato con los pueblos y gentes extranjeras. Les costaba mucho aceptarlos, no en vano habían tenido distintas experiencias en su historia que la mezcla con otros pueblos les había pervertido y en muchas ocasiones les había llevado a la ruina.
Había otras discriminaciones, que podríamos llamar de tipo sanitario, por lo que los enfermos aquejados por enfermedades entonces consideradas contagiosas eran apartados de la vida de la comunidad. La lepra entonces era una enfermedad que hacia muchos estragos por las escasas medidas y medios sanitarios que entonces podían tener, y en consecuencia a los leprosos se les apartaba de la vida social y comunitaria obligándoles a vivir solos y desamparados en campos y montañas alejados de los demás. No olvidemos que esos conceptos prácticamente llegaron al siglo XX.
Pero había otra discriminación mucho peor, y que es la que vemos reflejada en el evangelio de hoy; era la discriminación que se hacía a los que ellos consideraban pecadores, englobando ahí a profesiones como las de los recaudadores de impuestos, que ya los consideraban pecadores no solo porque donde andan los dineros por medio se introducen fácilmente las corrupciones e injusticias, sino también por el hecho de ser tenidos como colaboracionistas de los poderes extranjeros. Con ellos los que se consideraban los puros, como eran los fariseos cumplidores en extremo, no se mezclaban y evitaban el trato. Para ellos eran como unos apestados o, empleando imágenes muy actuales, como si fueran infectados de enfermedades infecciosas, en este caso podemos recordar el ébola, por lo que con ellos no se podían mezclar por peligro a contaminarse.
Ya que hemos mencionado esa enfermedad consideremos la tremenda alarma social que se ha creado en la sociedad con el ébola y las consecuencias que se están derivando en tantos que comienzan a sufrir también un cierto tipo de discriminación en nuestro siglo. Pensemos los niños abandonados en África, simplemente porque son hijos de personas muertas a consecuencia del ébola; o pensemos sin ir más lejos todo lo que se ha montado en torno a la persona contagiada de esta enfermedad - gracias a Dios ya está curada - porque en los lugares cercanos a esta persona hay ciertos problemas de aceptación o de discriminación.
Pero vayamos al episodio del evangelio para fijarnos en las actitudes de Jesús y en su enseñanza. Nos deja dos pequeñas parábolas: el pastor que pierde una oveja en el campo y la busca hasta que la encuentra, y la mujer a la que se le ha extraviado una moneda de gran valor y revuelve toda la casa hasta que la encuentra. ¿Qué nos quiere decir Jesús? Nos habla al final de las dos parábolas de la alegría del cielo por un solo pecador que se convierta.
¿A qué ha venido Jesús? Ya en otra ocasión semejante nos hablará Jesús del medico que busca curar a los enfermos. Jesús es nuestro médico; Jesús es el buen Pastor que busca la oveja perdida; Jesús es como aquella mujer que busca la moneda extraviada. Ha venido para buscarnos, para llamarnos, para darnos la salvación. Recordamos otra parábola que está colocada precisamente en el evangelio de Lucas en este mismo entorno, en la que Jesús nos habla del padre que está esperando la vuelta del hijo que se ha marchado.
Siempre está presente el amor y la alegría; el amor que hace que nos busque, nos llame, nos ofrezca su gracia para que convirtamos nuestros corazones, y la alegría y la fiesta a nuestra vuelta; como el banquete del padre a la vuelta del hijo prodigo, como la fiesta del cielo por un solo pecador que se convierte.
¿Aprenderemos a tener un corazón abierto a los demás, para vivir una Iglesia de misericordia donde todos seamos capaces de acoger al pecador que vuelve a casa como la oveja al redil? ¿Aprenderemos a desterrar de nosotros discriminaciones y malos ojos con los que miramos a aquellos que nos parecen más malos que nosotros?

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Seguir a Jesús para ser su discípulo es algo que hay que pensarlo bien para emprender un camino de verdadera libertad y auténtico amor

Seguir a Jesús para ser su discípulo es algo que hay que pensarlo bien para emprender un camino de verdadera libertad y auténtico amor

Filp. 2, 12-18; Sal. 26; Lc. 14, 25-33
Escuchar la Palabra de Jesús para seguirle no es cualquier cosa; no lo podemos hacer de cualquier manera. Primero hemos de tener fe para reconocer en esa Palabra que se nos lee, mejor, que se nos proclama, la Palabra de Dios. Y la Palabra de Dios que escuchamos no es como si leyéramos un libro de bella literatura que nos entretuviera y que siempre tuviera que ser para nosotros una palabra que nos agradara y, por así decirlo, llenara nuestra imaginación de ensoñadoras imágenes. De ninguna manera podemos quedarnos en eso.
Estamos escuchando una Palabra que es alimento para nuestra vida; una palabra que nos señala caminos y corrige desviaciones; una palabra que enardece el corazón, es cierto, pero que nos tiene que enamorar de Jesús  para amarle y para seguirle, para hacernos sus discípulos y para ponernos en camino para seguir sus pasos. Esto significará que tendrá sus exigencias como que al mismo tiempo elevará nuestro espíritu para mirar a lo alto, para poner altos ideales o altas metas en nuestra vida. Luego será una palabra para rumiar y para meditar; una palabra que nos hará revisarnos y nos impulsará a darle gracias a Dios por la riqueza que en ella recibimos para engrandecer nuestra vida.
No se trata, pues, de seguir y escuchar a Jesús de cualquier manera. Creo que es a esto a lo que quiere hoy Jesús invitarnos con su Palabra, como invitaba a la gente de su tiempo a que se pensaran bien las cosas para descubrir bien las exigencias que significaba seguirle.
Dice el evangelista que ‘mucha gente sigue a Jesús’. Pero Jesús se vuelve hacia ellos y quiere hacerlos pensar. Finalmente terminará poniendo dos ejemplos como si fueran parábolas, como solía hablarles, para hacerles caer en la cuenta que las cosas hay que pensarlas bien. Habla del que quiere construir una torre y tiene que pensar bien si tiene lo suficiente para asumir todos los gastos que va a conllevar el construirla, para que luego no se quede a la mitad. ‘¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?’ O les habla del rey que va a hacer la guerra, y tiene que pensárselo bien si tiene un ejército suficiente en hombres y pertrechos para poder acabarla con victoria.
Así les viene a decir a la gente que le sigue entusiasmada. ¿Habéis pensado bien lo que significa venir detrás de mí, ser mi discípulo? No puede ser el fervor de un día, de un momento. Es implicar una vida; es ponerse en camino, pero en caminos nuevos y de exigencias. Seguir a Jesús significa ponerle a El en el centro de nuestra vida; seguir a Jesús es ponernos en camino para vivir un estilo de vida distinto, donde el amor va a ser lo primordial, pero no un amor cualquiera sino un amor que nos hará entregarnos, olvidándonos de nosotros mismos y de nuestras cosas para ser capaces de dar la vida.
Seguir los pasos de Jesús es vivir su mismo amor, vivir su misma vida. El va a llegar hasta la cruz y ese camino de entrega nos dice que será nuestro camino. ¿Seremos capaces de tomar ese camino de cruz, de sacrificio, de entrega, de olvidarnos de nosotros mismos cuando tanto pensamos en nosotros, cuando tanto rehuimos el sacrificio y el dolor, cuando tanto apetecemos comodidades blandenguerías en la vida?
Seguir a Jesús es desprendernos de las cosas que nos atan y nos esclavizan. A nada ni a nadie podemos sentirnos atados como sin que nos pareciera que sin esas cosas no podríamos vivir. Seguir a Jesús es aprender a decirnos ‘no’ a todas esas cosas. Nos habla Jesús de renuncia y de cruz. Porque el camino que El pone delante de nuestros ojos es el camino del amor. Pero el camino del amor no es el de las canciones bonitas ni de las palabras románticas. Es el camino de la entrega, es el camino de darse que no es solo dar cosas. Es el camino que nos va a poner en una nueva órbita, en nuevo estilo, en un nuevo vivir.
Las cosas hay que pensárselas bien. Porque ya nos dirá en otra ocasión que no vale poner la mano en el arado pero luego estar mirando siempre para detrás, para ver y añorar lo que hemos dejado. Es un camino de verdadera libertad, donde nos vamos a sentir libres y dichosos con la libertad del amor.

martes, 4 de noviembre de 2014

Tenemos que salir a las plazas y a los caminos para traer a los pobres y a los oprimidos al banquete del Reino de Dios

Tenemos que salir a las plazas y a los caminos para traer a los pobres y a los oprimidos al banquete del Reino de Dios

Filp. 2, 5-11; Sal. 21; Lc. 14, 15-24
‘¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!’ exclamó uno de los comensales que estaba sentado a la mesa con Jesús. Algo así como aquello de Pedro en el Tabor ‘¡Qué bien se está aquí!’ Con corazón humilde estaba abierto a la Palabra de Jesús y ante todo aquello que iba escuchando surgió ese entusiasmo pensando quizá en la plenitud del Reino del que Jesús estaba hablando. Hay momentos que parece que hay como una inspiración especial y vislumbramos la plenitud que se esconde tras un anuncio, o aquello mismo que estamos viviendo nos hace entrever algo superior que podemos vivir.
Sin embargo Jesús le hará comprender que quizá no todos están tan dichosos y tan deseosos de ese Reino de Dios tal como lo anuncia Jesús de manera que incluso lo rechazarán. ¿Estaba queriendo dar a entender que allí mismo entre los comensales que se habían sentado a la misma mesa algunos rechazarían ese Reino que Jesús anunciaba? Las actitudes que mostraban en muchas ocasiones no daban señales de que quisieran vivir el Reino con las características que Jesús lo anunciaba.
Por eso Jesús propone aquella parábola del banquete al que había sido convidada mucha gente, pero al que los invitados no quisieron venir porque preferían otras cosas, había otras cosas a las que le daban más importancia. Los hechos se repiten. También en nuestro mundo quiere resonar el anuncio del Evangelio pero no todos acogen de la misma manera ese anuncio. Todos son invitados a seguir a Jesús y no todos están dispuestos a seguirle.
Pensemos de forma muy concreta en nuestro ambiente, en nuestro entorno, en un mundo o una sociedad que decimos cristiana, donde la inmensa mayoría incluso está bautizada. ¿Calan los valores y principios del evangelio en nuestra sociedad? Cuantos hay a nuestro lado que pasan de religión y de cristianismo, que no quieren oír hablar de evangelio ni de principios o valores cristianos, que prescinden de manera práctica de Dios en sus vidas y de todos los valores espirituales y cristianos.
Tenemos que ser conscientes de esa realidad; no todos son cristianos; no a todos les interesa la Iglesia y la religión; muchos han ido construyendo su vida al margen de la fe y del ser cristiano; muchos incluso los vamos a encontrar que están en contra de todo lo que signifique religión, Iglesia, fe, cristianismo. Tenemos que darnos cuenta que vivimos en un mundo muy diverso y es ahí en medio de todo eso donde tenemos que ser fieles de verdad y manifestar valientemente nuestra condición de creyentes y de cristianos.
 Es lo que nos describe la parábola cuando nos habla de que los invitados se fueron a sus cosas y no quisieran aceptar la invitación al banquete. Muchos siguen siendo los que no aceptan la invitación o quizá ni siquiera quieren escucharla. Pero el banquete del Reino había de celebrarse. ‘Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos… sal por los caminos y los senderos, insísteles hasta que entren y se me llene la casa’. Es la insistencia del que había preparado el banquete.
Ya lo habían anunciado los profetas y Jesús incluso en la sinagoga de Nazaret lo había anunciado. Incluso recordamos que la gente de Nazaret se lo tomó a mal,  porque Jesús les decía que vendrían gentes como la cananea de Tiro y Sidón o como Naamán el sirio, y serían los que se beneficiarían del banquete de la salvación. Allí con el profeta había anunciado que los pobres son los que serían evangelizados, y los esclavizados y oprimidos los que alcanzarían la liberación en el año de gracia del Señor, y en otros momentos nos dirá que vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur y se sentarán en la mesa del Reino de los cielos, porque aquellos primeros que habían sido invitados no quisieron recibirlo.
¿Nos querrá decir muchas cosas todo esto que estamos reflexionando? ¿A quienes tenemos que ir a anunciar el Evangelio? ‘Dichosos los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos’, hemos escuchado estos días en la proclamación de las bienaventuranzas. Pero ¿no nos estará diciendo esto también lo que el Papa nos ha dicho que tenemos que salir a las periferias para anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios también a los que están a nuestro alrededor y sin embargo están lejos de la fe y de la Iglesia?
‘¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!’  Dichosos nosotros si podemos hacer que muchos coman del banquete de la salvación.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Unos hechos que nos hacen interrogarnos sobre nuestra manera de compartir y con quien compartimos

Unos hechos que nos hacen interrogarnos sobre nuestra manera de compartir y con quien compartimos

Filp.  2, 1-4; Sal. 130; Lc. 14, 12-14
Al escuchar este texto del evangelio donde Jesús nos dice quienes han de ser en verdad nuestros invitados, me vino a la memoria un video que circula por las redes sociales de internet que vi recientemente y que nos ofrece un hermoso mensaje en consonancia también con lo que hoy escuchamos de la Palabra de Dios.
Se nos presenta, en dicho video, a un joven que deambulando por las calles y plazas de su ciudad se acerca a alguien que está allá en un banco de una plaza comiendo un hermoso bocadillo y le pide que si le puede dar un poco porque tiene hambre y no tiene que comer; el interpelado se disculpa que es el único bocadillo que tiene, que está en un breve descanso de su trabajo y tiene que reincorporarse rápidamente al mismo. El joven se disculpa, da la gracias y sigue su rumbo; así se va acercando a diversas personas a las que ve comiendo algo por un sitio o por otro haciendo la misma petición; unos se disculpan con parecidas razones, alguno lo rechaza dándole la espalda y con no buenos gestos y palabras precisamente, otros lo ignoran sin escuchar ni siquiera la petición,  y así unos y otros van pasando de la situación de aquel joven.
Finalmente ve a un pobre sin techo tirado en su rincón entre cartones que está comiendo unos trozos de pizza que quizá alguien le haya dado; se acerca con la misma petición y aquel que nada tiene, coge parte de su pizza y se la ofrece al joven compartiendo con él lo poco que tiene. En silencio comen los dos aquella pizza compartida y al final aquel joven se despide pero antes saca de su bolsillo el dinero que tiene y se lo da a quien había compartido con él su pizza.  Había sido una experiencia provocada para ver quien de verdad era capaz de compartir con quien venía a pedir, y es por lo que se realiza al final ese gesto de darle el dinero que tiene, porque solo el que nada tenía, porque no tenia ni un techo donde cobijarse, lo poco que tiene es capaz de compartirlo con el que le pide.  
¿No es algo así lo que sucede en nuestras calles cada día? ¿Qué haríamos nosotros? O más bien, ¿qué es lo que hacemos? Creo que cosas así tendrían que hacernos pensar mucho. Al menos, a mi me hace pensar, porque no siempre florece la generosidad en mi corazón para compartir y bien tenemos la tentación de las disculpas tontas o de los gestos de ignorancia ante quien nos pide o vemos con necesidad. Porque quizá tendríamos que preguntarnos ¿qué es lo que miramos en aquel que viene a pedirnos para llegar a compartir con él?
En los breves versículos del evangelio Jesús nos está diciendo mucho. Este pasaje que hoy escuchamos es continuación de aquel momento en que Jesús que había sido invitado a comer en casa de uno de los principales fariseos se había fijado que según llegaban los invitados todos se afanaban y corrían a ocupar los principales puestos. Fue cuando Jesús les dice que cuando seamos invitados no busquemos los puestos principales y de honor sino que nos pongamos en el último, pues ‘todo el que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido’.
Ahora nos dice en lo que hoy hemos escuchado que cuando invitemos a alguien a nuestra mesa no busquemos a aquel que luego pueda correspondernos e invitarnos él a su vez a su mesa, sino busquemos a aquellos que no nos puedan corresponder invitándonos ellos también a nosotros. ‘No invites a tus amigos, a tus hermanos, a tus parientes o a tus vecinos ricos… invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos…’ Y nos sigue diciendo: ‘Dichoso tú porque no pueden pagarte, te pagarán cuando resuciten los justos’. Nos recuerda aquello de que guardemos nuestros tesoros allí donde no nos los puedan robar, guardemos nuestros tesoros en el cielo, porque seamos capaces de compartir con los que nada tienen.
La recompensa la tendremos en el cielo; pero quizá humanamente quizá sean más agradecidos y generosos con nosotros, precisamente los que nada tienen, como veíamos en el ejemplo que contábamos al principio de nuestra reflexión. Muchos interrogantes quizá se nos plantean en nuestro interior para que así purifiquemos de verdad nuestro amor y pongamos actitudes nuevas en nuestro corazón. No es necesario decir nada más. Abramos nuestro corazón al Espíritu de amor.

domingo, 2 de noviembre de 2014

CONMEMORACION DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Oramos por los difuntos con la esperanza de que su morir ha sido pasar a sentir y a vivir el amor y la ternura de Dios para siempre

Lam. 3,17 - 26; Sal. 129; Rm. 6, 3-9; Jn. 14, 1-6
Ayer celebrábamos la fiesta de todos los Santos, de todos aquellos que gozan ya para siempre de la visión de Dios cantando eternamente las alabanzas del Señor; celebrábamos a aquellos que por su vida santa y de fidelidad son para nosotros ejemplo y estímulo en nuestro peregrinar por este mundo con la esperanza puesta en el cielo y que nos confiábamos a si intercesión para que alcanzáramos de Dios esa gracia que nos haga pregustar ya aquí en la tierra ese amor gratuito de Dios sintiéndonos así impulsados a vivir en santidad, en fidelidad.
Hoy la liturgia de la Iglesia nos invita a hacer esta conmemoración de todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección, de todos los que han muerto en la misericordia del Señor pidiendo que sean admitidos  por esa benevolencia y misericordia divina a contemplar la luz del rostro de Dios.
Siempre la oración de la Iglesia por los difuntos está marcada por la esperanza, nunca desde un dolor lleno de amargura y desesperación, porque por encima de todo confiamos en la misericordia del Señor. Creo que esto tenemos que subrayarlo mucho, porque aun en personas muy religiosas nos encontramos muchas veces amargura y desesperación a la hora de la muerte de los seres queridos, como si en verdad no se tuviera esperanza, como si no pusiéramos toda nuestra confianza en las palabras de Jesús. Y esa amargura que sentimos en el dolor de la muerte de los seres queridos, se convierte en miedo y desesperación muchas veces ante lo que puede significar nuestra propia muerte.
En la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado en el texto de las Lamentaciones se nos comenzaba describiendo esa zozobra que se pasa en el alma en el dolor y sufrimiento y ante la muerte, aunque el profeta quería describir la situación por la que había pasado el pueblo de Israel al verse destruido y llevado al exilio. Hoy escuchamos este texto como una luz desde la Palabra de Dios ante la situación de dolor y sufrimiento, como decíamos, ante la muerte. ‘Me han arrancado la paz… se me acabaron las fuerzas… fíjate en mi pesar, en la amarga hiel que me envenena… me invade el abatimiento…’
Pero todo no se queda ahí, porque a pesar del dolor fuerte por el que se está pasando hay una esperanza que dulcifica ese dolor y nos da un sentido nuevo a nuestro vivir y morir. ‘Pero, apenas me acuerdo de ti, me lleno de esperanza. La misericordia de Señor nunca termina y nunca se acaba su compasión…’ El amor, la ternura de Dios, la compasión y la misericordia no se acaban. Es lo que nos da sentido y nos da fuerza. Hemos de saber experimentar que Dios nos ama y es tierno como una madre.
Amor y ternura de Dios que hemos de saber saborear ahora mientras caminamos en esta vida peregrinos en el mundo, pero amor y ternura de Dios que podemos experimentar y saborear para siempre después de la muerte en la vida eterna. Alguien ha dicho que morir es pasar a sentir y a vivir para siempre el amor y la ternura de Dios. Siendo esto así, ¿caben amarguras y desesperanzas ante la muerte? ¿caben miedos y temores ante el hecho de la misma muerte que un día nos ha de llegar? Vamos a disfrutar de ese amor y ternura de Dios para siempre.
¿No hemos escuchado en el evangelio las palabras de Jesús que nos hablaba de que iba a prepararnos sitio? ‘No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros’. Por eso ponemos toda nuestra fe en El y nuestro corazón se llena de esperanza. Quiere el Señor que donde esté El, estemos también nosotros. Y como nos iba diciendo en el Evangelio El se volvía al Padre; así nos quiere llevar con El, que estemos con El, que estemos entonces gozando de la visión de Dios. ¿Y qué es disfrutar de la visión de Dios sino sentirnos inundados de su luz, de su amor, de su ternura para siempre? ¿Qué más podemos pedir?
Recordemos también lo que nos decía ayer la carta de san Juan cuando nos hablaba de la gracia de ser y sentirnos hijos de Dios. ‘Ahora somos hijos de Dios y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando El se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Cuando se nos descorra ese velo en la hora de nuestra muerte nos haremos en su ternura y amor semejantes a El, porque le veremos tal cual es, porque podremos disfrutar para siempre de esa visión de Dios.
Todo esto que estamos reflexionando llena de sentido nuestra vida, no solo de cara a ese momento de la muerte, aunque ya es muy importante que descubramos esa trascendencia de nuestra vida y lo que nos espera detrás del umbral de la muerte, sino también para vivir el momento presente de nuestra vida. Quien tiene esta fe en el Señor no puede vivir de cualquier manera; un sentido nuevo tiene su vivir, el camino que ahora vamos haciendo. No es solo ya que no miremos la muerte como un destino final detrás del cual no hay nada, sino que hemos de aprender a vivir este camino desde lo que Jesús nos revela para saborear y disfrutar del amor de Dios ahora en el momento presente y luego en plenitud de eternidad  unidos a Dios para siempre.
‘A donde yo voy, ya sabéis el camino’, les dice Jesús. Pero ya vemos que por allá sale uno de los discípulos replicándole: ‘Señor, no sabemos adonde va, ¿cómo podemos saber el camino?’ Pueden ser las dudas que también permanezcan en nuestro interior cuando no escuchamos con toda atención las palabras de Jesús.  Pueden ser las dudas de tantos que no terminan de empaparse del evangelio y que no han descubierto todavía toda la verdad de Jesús.
Ya vemos cómo responde Jesús. ‘Yo soy el Camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’. Qué importante que descubramos esto. Es Jesús nuestro camino, nuestra verdad, nuestra vida. Lo es todo para nosotros. Cuanto nos cuesta descubrirle y seguirle; cuánto nos cuesta hacerle el sentido y la razón de nuestra vida; cuanto nos cuesta vivirle. Serán las tentaciones; serán nuestras debilidades; será el mundo de increencia que nos rodea y que nos contagia; será la falta de esperanza. Conozcamos a Jesús, amemos a Jesús, vivamos a Jesús.
Ayer decíamos que contemplábamos a los santos que son para nosotros estímulo y ejemplo. Fijémonos cuánto amaban a Jesús y la fidelidad con que vivían su vida. Por eso lo contemplábamos ya disfrutando de esa visión de Dios, viviendo ese amor y esa ternura de Dios cantando su alabanza por toda la eternidad. Es lo que tenemos que aprender a hacer ahora aquí mientras caminamos. Es a lo que nos impulsa la esperanza que nace en nuestro corazón desde toda la verdad que Jesús nos trasmite sobre el sentido de la vida y de la muerte.
Hoy nos estamos haciendo estas consideraciones en esta conmemoración que hacemos de todos los difuntos,  y por supuesto, recordamos de manera especial a nuestros difuntos, a nuestros seres queridos que murieron en el Señor, en la esperanza de la vida eterna. Esperamos y deseamos que vivan ya para siempre en ese amor y esa ternura de Dios, como decíamos antes.
Pero hoy nosotros tenemos que convertirnos en Iglesia suplicante, en Iglesia que intercede por sus difuntos ante Dios para que alcancen esa misericordia del Señor encontrando la paz, la luz, la vida de Dios para siempre. Es lo que ha de significar para el cristiano esta conmemoración de los difuntos que hacemos en este día. No son solo recuerdos que tengamos de ellos; es bueno recordarlos, sí, y recordar y dar gracias a Dios por todo lo bueno que con ellos vivimos y de ellos aprendimos.
Pero sabemos que somos pecadores y necesitamos de la misericordia de Dios, por eso no es solo un recuerdo, un regalo de unas flores que pongamos en su memoria, sino la oración que por ellos hacemos. Nunca, como decíamos al principio, desde la amargura y desesperanza, sino siempre desde nuestra fe y la esperanza que hemos puesto en el Señor. ‘Apenas me acuerdo de ti, me lleno de esperanza’, que decía el autor de las lamentaciones. Porque ‘La misericordia de Señor nunca termina y nunca se acaba su compasión…’ Con esa esperanza elevamos nuestra oración al Señor por todos nuestros difuntos.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Reunidos con toda la Iglesia veneramos la memoria de todos los santos y cantamos la alabanza del Señor

Reunidos con toda la Iglesia veneramos la memoria de todos los santos y cantamos la alabanza del Señor

Apoc. 7, 2-4.9-14; Sal. 23; Mt. 5, 1-12
‘Reunidos en comunión con toda la Iglesia veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor; la de su esposo san José; la de los santos apóstoles y mártires… y la de todos los santos; por sus méritos y oraciones concédenos en todo tu protección’.
Es la conmemoración que se hace en la primera plegaria eucarística - de manera semejante en el resto de plegarias eucarísticas - cada vez que la Iglesia se reúne para celebrar la Eucaristía. ‘Reunidos en comunión con toda la Iglesia…’ decimos. Así tenemos que sentirnos siempre. Hoy en esta Solemnidad la Iglesia lo hace de manera especial cuando queremos celebrar a todos los santos; a ellos queremos sentirnos unidos en comunión con toda la Iglesia, la Iglesia que aún peregrina en este mundo, con la Iglesia triunfante y gloriosa con la que deseamos un día poder merecer ‘compartir la vida eterna y cantar las alabanzas del Señor’, como expresamos también en otra de las plegarias.
Y cuando celebramos a todos los santos como hoy lo hacemos, lo mismo que cuando hacemos memoria y celebramos ya en particular a cada uno a lo largo del año litúrgico, queremos contar con su ejemplo y con su intercesión. ‘Por sus méritos y oraciones concédenos en todo tu protección’, pedimos.
Una fiesta muy hermosa la que hoy celebramos que nos llena de alegría, de optimismo y de esperanza a los cristianos que aun caminamos en este valle de lágrimas. De la alegría, porque celebramos el triunfo y la gloria de esa multitud innumerable de personas que ya gozan de Dios y, al mismo tiempo, desde Dios siguen en contacto con nosotros como intercesores y como estímulo de vida, como hemos expresado. Ellos son el mejor fruto de la Pascua de Cristo, y quieren vernos a nosotros también asociados a su triunfo.
Del optimismo, porque nosotros lo mismo que ellos, siendo fieles al Espíritu Santo y haciendo el mismo camino del Evangelio, podemos llegar a la meta, a nuestra plenitud en Dios y gozar eternamente de su gloria y de su paz.
De esperanza, porque ellos fueron hombres y mujeres como nosotros que, viviendo su vida ordinaria al ritmo de la voluntad de Dios, en circunstancias a veces mucho tan difíciles o más que las nuestras, pudieron alcanzar la misma santidad a la que todos estamos llamados.
Nos alegramos, pues, en esta fiesta, pero su celebración es un estímulo grande para nuestra vida. Nos ha de hacer reflexionar mucho la contemplación de esa multitud innumerable que canta la gloria del Señor, como nos describe el libro del Apocalipsis. Nos recuerda que nosotros hemos de formar parte de ese cortejo del Cordero porque somos también los redimidos del Señor. Es nuestra grandeza y nuestra gloria porque con la sangre del Cordero hemos sido redimidos y rescatados, hemos sido purificados - hemos lavado y blanqueado nuestras vestiduras, nuestra vida, en la sangre del Cordero - y nos hemos convertido en hijos.
Grande es nuestra dignidad y nuestra gloria por pura gracia, por la gran benevolencia del Señor que ha sido el que nos ha llamado hijos cuando por la fuerza del Espíritu divino desde nuestro Bautismo hemos participado de la vida divina y comenzado a ser hijos de Dios. Y estamos llamados a que un día podamos verle cara a cara porque ‘seremos semejantes a El y lo veremos tal cual es’. ¿No es esto motivo para la alegría, para el optimismo y para la esperanza?
Contemplar hoy la gloria de todos los santos, además de llenarnos de esperanza en ese deseo de un día participar también de su gloria, nos hace sentirnos impulsados con su ejemplo a vivir nosotros esa santidad en nuestra vida. ‘Todo el que tiene esperanza en El se purifica a si mismo, como El es puro’, nos decía la carta de san Juan. Queremos ser santos, queremos purificarnos, queremos emprender ese camino de la santidad desde ese ejemplo y modelo que son para nosotros todos los santos que hoy celebramos. Sabemos que podemos ser santos porque otros hermanos nuestros, con nuestras mismas debilidades y flaquezas, lograron hacer ese camino de santidad.
¿Qué es lo que ellos hicieron? Seguir un camino de fidelidad. Empaparse del espíritu del Evangelio de Jesús para así vivir la vida de Jesús y merecer la bienaventuranza, como hoy escuchamos en el evangelio. Vivieron la gratuidad del amor de Dios en sus vidas y sus vidas se vieron transformadas por la fuerza del amor haciendo realidad el Reino de Dios en sus vidas y más presente en consecuencia en el mundo que les rodeaba.
El profeta había anunciado que los pobres, los hambrientos, los que estaban llenos de sufrimientos, los oprimidos eran los destinatarios de la salvación. Recordemos lo anunciado en la sinagoga de Nazaret. Serán ellos los que van a experimentar en sus vidas mejor que nadie lo que es esa gratuidad del amor de Dios. ‘De ellos es el Reino de los cielos, escuchamos hoy en las bienaventuranzas, ellos serán consolados, quedarán saciados, alcanzarán misericordia, verán a Dios, se llamarán hijos de Dios’. Por eso, nos dirá Jesús que serán ‘dichosos los pobres, y los que sufren, y los hambrientos, y los que tienen un corazón limpio de maldades pero lleno de misericordia, los que trabajan por la justicia y por la paz, aunque no sean comprendidos o sean despreciados o perseguidos’.
Ese ha de ser nuestro camino. No nos sirven las autosuficiencias o el creernos ya poseedores de todo porque con ello creemos que seríamos felices. No nos vale encerrarnos en nosotros mismos o  en nuestras cosas olvidándonos o prescindiendo de los demás. La salvación no la alcanzamos por nosotros mismos por muchas cosas que tengamos o creamos saber. Desde la gratuidad del amor de Dios hemos de aprender a actuar de la misma manera para vaciarnos de nuestro yo siendo capaces de olvidarnos de nosotros mismos para dar cabida en nuestro corazón a los demás, sintiendo en nosotros el dolor de los que sufren, el hambre de los hambrientos, los deseos de paz y de justicia de todos los hombres de buena voluntad.
El que está lleno de si mismo y de aquello que piensa que son sus riquezas, no tendrá lugar en su corazón para dar cabida a los demás. El que no ha sabido experimentar en su vida lo que es la misericordia y el amor de Dios no sabrá lo que es tener misericordia con los otros para amarlos con un amor generoso. El que no ha sabido poner a Dios en el centro de su corazón no tendrá ojos para mirar con una mirada distinta de amor a los que le rodean, como el que no sabe abrir su corazón desinteresada y generosamente a los demás tampoco será capaz de abrirlo a Dios, para que sea en verdad el único Señor de su vida y viva en consecuencia el Reino de Dios.
Cuando emprendemos ese camino sentiremos en el corazón la dicha y la felicidad más grande, aunque nos cueste arrancarnos de nosotros mismos y tengamos que llorar quizá lágrimas amargas en el corazón al hacer nuestro el sufrimiento de los demás, pero que se convertirán al final en lágrimas de amor, de dicha y de felicidad.
Y todo eso, nos dice el Señor, que un día lo podremos vivir en plenitud en la gloria del cielo. Hoy lo contemplamos en todos los santos que estamos celebrando y que nos sirven de estímulo y ejemplo. Hoy les pedimos a todos los santos que sean intercesores nuestros para alcanzarnos del Señor esa gracia que nos haga gustar ese amor gratuito de Dios y nos llene de la fuerza de su Espíritu para vivir con toda intensidad la Buena Nueva del Evangelio de Jesús.
Hacemos ahora el camino de la Iglesia peregrina, alimentados con la gracia y la presencia del Señor que se nos da y nos llena de vida en la mesa de los Sacramentos con la esperanza de que un día podamos participar con todos los ángeles y los santos en la mesa del banquete del Reino de los cielos, enjugadas ya las lágrimas de nuestros ojos en la contemplación de la gloria de Dios, cantando eternamente las alabanzas del Señor.

viernes, 31 de octubre de 2014

Siempre como Jesús hemos de buscar el bien de la persona y así mostrar nuestra delicadeza y amor

Siempre como Jesús hemos de buscar el bien de la persona y así mostrar nuestra delicadeza y amor

Filp. 1, 1-11; Sal. 110; Lc. 14, 1-6
¿Quiénes serían los que más necesitarían ser curados por Jesús? Es la pregunta que me hago ante este pasaje del evangelio. Es cierto que ante Jesús está aquel hombre enfermo de hidropesía que va a ser curado por Jesús, pero ¿no necesitarían ser curados aquellos que estaban allí sentados también a la mesa y ‘estaban espiando a Jesús’?
Claro que no va a ser curado quien no se pone a tiro de la salvación que Jesús nos ofrece. Y seguro que la postura de aquellos fariseos no era precisamente la de acercarse a Jesús para que llegase a ellos la salvación que Jesús les ofrecía. Lo que ya tendría que hacernos pensar para nosotros mismos, para ver cómo nos acercamos a Jesús y si en verdad queremos su salvación.
Era sábado y el descanso sabático que imponía la ley del Moisés estaba por encima del bien del hombre. Esa era la interpretación que ellos en su rigorismo se hacían de la ley de Moisés. Jesús, como nos diría en otro lugar, no había venido a abolir la ley ni los profetas, sino que lo que quería era darles plenitud. Y en lo que es la voluntad del Señor ha de estar siempre por encima de todo el bien del hombre.
En este caso, aunque ellos sean los que están espiando, es Jesús el que se adelante a hacerles la pregunta: ‘¿Es lícito curar los sábados o no?’ Todo estaba muy reglamentado, buscando por cierto sí la gloria del Señor porque el sábado estaba dedicado al culto a Dios en la oración de los salmos y en la escucha del libro de la Ley, pero también el bien del hombre buscando su descanso para que así no hubiera por otra parte abuso con el trabajo de nadie. Pero como les pregunta Jesús, ‘si a uno se le cae al pozo el hijo o el buey, ¿no lo saca enseguida, aunque sea sábado?’ Como les había dicho en la sinagoga cuando la mujer encorvada, ‘allí estaba una hija de Israel esclavizada por el mal’, ¿no se le podía liberar de él? Allí ahora delante de ellos había un hombre que sufría en su enfermedad, ¿no se le podía liberar de lo que le hacía sufrir?
Quiere Jesús el bien de la persona, el bien de todo hombre y de toda mujer. ¿No nos enseñó el mandamiento del amor con el que en fin de cuentas lo que uno siempre ha de buscar es el bien de la persona, de toda persona? Eso es amar; no son solo bonitas palabras, sino buscar siempre lo mejor para la persona. ¿No hemos dicho estos días que el amor de Dios nos tiene que humanizar? Busquemos, entonces, el bien de la persona.
 Es importante esto que estamos diciendo y que nos tiene que hacer pensar. Porque tenemos que hacer que nuestras relaciones sean humanas, están de verdad llenas de humanidad. Es pensar que el otro es una persona y es pensar en el respeto que he de tener a su dignidad de persona y en consecuencia el respeto con que tengo que tratarla siempre. Tenemos el peligro de hacernos duros y exigentes con los demás en nuestro trato, porque pensamos demasiado en nosotros mismos.
Y ese respeto me ha de llevar a valorar siempre a la persona. Tiene su dignidad y también tiene sus valores; en consecuencia a nadie podemos despreciar ni valorar menos. Cómo tenemos que cuidar nuestros gestos, nuestras palabras, nuestras actitudes, porque fácilmente cuando no nos cae bien la persona somos muy fáciles a tratar mal, a mirar con malos ojos, a no tener en cuenta, a minusvalorar, a discriminar y no digamos nada cómo fácilmente nos pueden salir gestos y palabras ofensivas para los otros.
Cómo tendría que brillar siempre la delicadeza en el trato con los demás. En nuestras actitudes, en nuestros gestos y en nuestras palabras. Qué distinta tendría que ser la mirada con que miremos a los otros cuando miramos con la mirada de Cristo. Recordemos lo que hemos dicho de ponernos junto a Jesús para hacer como El hacía, para mirar como El miraba, para amar con un amor semejante al de El.
Cómo tendría que salir a flote, por otra parte, toda la ternura de nuestro corazón cuando nos encontramos con personas con limitaciones o discapacidades o cuando nos encontramos con alguien que sufre. Tenemos que reconocer que muchas veces nos cuesta, nos dejamos llevar por nuestros ‘prontos’ o nuestros prejuicios, y nos olvidamos de todo eso bueno que siempre hemos de buscar para los demás.
Ahí tenemos esas cosas de las que Jesús nos ha de curar a nosotros también. Pero, como decíamos, hemos de acercarnos a El y reconocer esa enfermedad de falta de amor que muchas veces aqueja nuestro corazón. Que nos llene de su Espíritu de amor.

jueves, 30 de octubre de 2014

Hoy y mañana y pasado tengo que caminar… anunciando sin temor el designio divino contenido en el evangelio

Hoy y mañana y pasado tengo que caminar… anunciando sin temor el designio divino contenido en el evangelio

Ef. 6, 10-20; Sal. 143; Lc. 13, 31-35
‘Hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén’. Es consciente Jesús de lo que significa su subida a Jerusalén. En el evangelio de Lucas esta imagen de la subida, de la ascensión tiene mucha importancia. Todo culminará en la Pascua en Jerusalén y el evangelio de Lucas terminará con la Ascensión con que inicia el libro de los Hechos con que continúa.
Ahora mientras sube a Jerusalén por camino unos fariseos se acercan para prevenirle de Herodes. ‘Márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte’, le dicen. Pero Jesús no acepta el consejo porque sabe que todo está bajo el designio del Padre, en cuyas manos se ha puesto. Y como dirá en otra ocasión nadie le arrebata la vida, sino que El la entrega libremente. Así es consciente de lo que significa su subida a Jerusalén porque El además les anuncia repetidamente a los discípulos lo que allí va a suceder. ‘Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término’. No son expresiones de un tiempo determinado contado por días, pero sí es anuncio de su camino en libertad hasta la plenitud de su entrega.
Cuando menciona a Jerusalén salen a flote sus sentimientos y emociones, por el amor grande que siente por la ciudad santa, que sin embargo no le va a escuchar sino más bien a rechazar. Más tarde llorará al contemplarla y anunciará incluso su destrucción. Anuncia ahora de alguna manera su entrada triunfal en la ciudad, pero allí llegará a su término su obra que culminará en la Pascua. Sin embargo anuncia: ‘Os digo que no me volveréis a ver hasta el día en que exclaméis: Bendito el que viene en el nombre del Señor’, haciendo mención a lo que será su entrada en la ciudad santa entre las aclamaciones de los niños y del pueblo sencillo.
Creo que en todo esto que estamos comentando hay algo muy hermoso que tendríamos que destacar. Es la voluntad decidida de Jesús de que el designio de Dios se realice. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’,  fue su grito en la entrada en el mundo. Como dirá en otro momento su alimento es hacer la voluntad del Padre. Hace pocos días hemos escuchado la angustia y el deseo del corazón de Cristo de que llegue la hora de la entrega en su pasión, en su bautismo como el mismo les dijera a los discípulos si estaban dispuestos a asumir. Cuando llegue el momento del comienzo de la pasión aunque desea que pase de El el cáliz del dolor y de la muerte, buscará por encima de todo hacer la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’. Y finalmente en la cruz pondrá su espíritu y su vida toda en las manos del Padre.
¿Seremos capaces nosotros de hacer una cosa así? ¿Seremos capaces de una ofrenda de amor semejante? ¿Seremos capaces de mantener la fidelidad hasta el final? También en muchas ocasiones nos llenamos de angustias y de miedo, porque tememos el dolor y el sufrimiento, nos duele una entrega así como la de Jesús en tanto bueno que podríamos y tendríamos que hacer por los demás. Cuando nos vienen los momentos difíciles casi estamos tentados de echar a correr pero en huida. Cuando encontramos dificultad u oposición en la tarea que tenemos que desarrollar nos desalentamos fácilmente y nos dan ganas de tirar la toalla. Pero a Cristo lo vemos subir decidido a Jerusalén, a su Pascua, a su pasión, a su entrega. Aunque haya muchos que se opongan y hasta lo quieran llevar hasta la muerte, como al final lo conseguirían. Es el amor el que lo guía y el que lo empuja.
Para sentirnos alentados en nuestros miedos y cobardías tenemos que mirar una y otra vez a Cristo en su camino hacia Jerusalén. Y nos sentiremos alentados también cuando miramos a nuestro lado en la historia y vemos a tantos que mantienen su fidelidad aunque esto les lleve a la muerte y al martirio. Sí, tenemos que mirar la fortaleza de los mártires que la encontraron en su fidelidad a Cristo y a su amor.
Que no nos falte la fortaleza del Espíritu. Que nos revistamos de aquella armadura de Dios, de la que nos hablaba san Pablo en la carta a los Efesios, orando al Señor en toda ocasión con la ayuda del Espíritu. Y como decía allí san Pablo, ‘orad también por mí, para que Dios abra mi boca y me conceda palabras que anuncien sin temor el designio divino contenido en el evangelio del que soy embajador…’

miércoles, 29 de octubre de 2014

Un camino de esfuerzo y superación para subir con Jesús hasta la Pascua y llenarnos de su vida y salvación

Un camino de esfuerzo y superación para subir con Jesús hasta la Pascua y llenarnos de su vida y salvación

Ef.  6,1-9; Sal. 144; Lc. 13,22-30
Jesús va camino de Jerusalén. Es bien significativa esta subida de Jesús a Jerusalén porque es la subida a la pascua, y no ya solo la pascua que cada año se celebraba recordando el paso liberador de Dios en Egipto  y que puso en caminos de libertad a los judíos, sino va a ser la Pascua definitiva, la Pascua de la pasión, muerte y resurrección de Jesús en la que de verdad íbamos a ser liberados de la peor de las esclavitudes, porque su sangre derramada era para el perdón de los pecados de todos, para nuestra salvación.
Jesús va siempre cercano de los discípulos y de todos cuantos acuden a El. ‘Recorría ciudades y aldeas enseñando’, nos dice el evangelista. Esto da ocasión a que la gente dialogue con El, le haga preguntas; quieren entender bien lo que significa el Reino de Dios que va anunciando. Y están las preguntas hondas y fundamentales - no son la preguntas capciosas y con trampa de los fariseos y otros grupos - que la gente sencilla se hace sobre la salvación definitiva. ‘¿Serán muchos los que se salven?’
¿Será difícil? ¿Será fácil? ¿Estaré yo en ese  grupo de los que alcancen la salvación y la vida eterna? Puede ser el sentido de la pregunta, semejante a las preguntas que nosotros también podemos hacernos o nos estamos haciendo. Porque claro, uno intenta ser bueno, hacer las cosas bien, ir cumpliendo con todo lo que nos van pidiendo, aunque algunas veces nos cueste y tengamos tropezones. Pero quizá también hemos hecho muchas cosas buenas, o hemos sido muy religiosos, porque cumplimos las promesas, hicimos la primera comunión y se las hicimos hacer a nuestros hijos a los que bautizamos desde bien pequeñitos, y algunas veces hacemos una limosna. ¿Estaremos nosotros en la lista de los que alcancen la salvación? ¿Habremos hecho lo suficiente para ganarnos la salvación?
La respuesta de Jesús como siempre quiere ir a lo fundamental, quiere hacernos reflexionar seriamente sobre lo que hemos hecho de nuestra vida, y nos quiere hacer clarificar bien cómo hemos de vivir nuestra fe y en qué ha de consistir nuestra vida cristiana.  La respuesta de Jesús nos puede parecer incluso dura y exigente. ‘Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán...’
¿Nos quiere poner las cosas difíciles Jesús? De ninguna manera; lo que no quiere es que nos contentemos con lo fácil. No se trata solamente de seguir haciendo las cosas como a nosotros nos parecía o como se venían haciendo de siempre. No se trata de meros cumplimientos o simplemente dejarnos arrastrar por la costumbre. Cuando anunciaba el Reino de Dios que llegaba siempre invitaba a poner toda nuestra fe en esa Buena Noticia que se nos proclamaba como ya cercano y a convertir el corazón. Si había que convertir, es que había algo a lo que darle la vuelta.
En algún momento de nuestras reflexiones hemos dicho que se trata de ponernos junto a Jesús para hacer las cosas, vivir la vida como lo hacía El y como era su vida. Creemos en su Palabra y la aceptamos, lo que significa que eso que nos dice lo vamos a hacer,  va a ser el sentido de nuestra vida, aunque muchas cosas tengan que cambiar. Y eso no es fácil, cuesta; sería más fácil seguir haciendo las cosas como siempre, pero Jesús viene a hacernos un planteamiento nuevo para nuestra vida, que es vivir como El vivió, con un amor como el de El, con una mirada hacia las personas y hacia las cosas como El las miraba.
Ahí está nuestro esfuerzo de superación; ahí está ese crecimiento de nuestra vida espiritual; ahí  está esa purificación que hemos de ir haciendo en nuestra vida para arrancar de nosotros aquello que nos impida vivir en el sentido de Jesús; ahí tiene que estar nuestra voluntad decidida de ponernos de verdad al lado de Jesús y comenzar a vivir según su sentido. No es fácil, exige superación y esfuerzo por nuestra parte, pero no será algo que hagamos por nosotros mismos o solo con nuestras fuerzas. De nuestra parte estará el Espíritu del Señor con su gracia, con su fuerza. Ahí está el ser capaces de vaciarnos de nosotros mismos para decir como Pedro ‘en tu nombre, Señor, echaré las redes’, porque me fío de ti, porque confío en ti.

martes, 28 de octubre de 2014

La celebración de la fiesta de los apóstoles nos hace sentirnos ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios

La celebración de la fiesta de los apóstoles, san Simón y san Judas, nos hace sentirnos ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios

Ef. 2, 19-22; Sal.18; Lc. 6, 12-19
‘A ti, oh Dios, te alabamos; a ti, Señor, te reconocemos. Te ensalza el glorioso coro de los Apóstoles’. Así proclamamos en el himno de acción de gracias del ‘Te Deum’, y tomando de ahí estas palabras las hemos proclamado con el aleluya del Evangelio en esta fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas.
En el evangelio hemos escuchado una vez más el relato de la elección de los Doce. ‘Jesús pasó la noche orando a Dios y cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a Doce de ellos, y los nombró Apóstoles’. A continuación el evangelista nos da la relación de los Doce, con relaciones familiares y hasta con los apodos con que eran conocidos. Detalles del Evangelio. ‘Los nombró Apóstoles’; iban a ser sus enviados - que eso significa como sabemos la palabra apóstol -, pero ahora los iba a tener junto a sí, y a ellos de manera especial les iría revelando todo lo referente al Reino de Dios.
 La celebración de la fiesta de los apóstoles que vamos haciendo a lo largo del año litúrgico en fechas determinadas según las tradiciones de las diversas Iglesias tiene un profundo sentido eclesial. Es una característica fundamental de la fe que tenemos en Jesús, que recibimos de la Iglesia y que en la Iglesia vivimos y celebramos, al tiempo que desde la Iglesia la anunciamos y proclamamos al mundo. Una fe eclesial enraizada en los apóstoles, como  nos decía san Pablo en la carta a los Efesios ‘estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas y el mismo Cristo Jesús es la piedra fundamental’, la piedra angular.
San Pablo nos ofrece tres imágenes para hablarnos de esa comunión eclesial. Nos habla de una ciudadanía, ciudadanos del pueblo de Dios; nos habla de una familia, porque somos ‘miembros de la familia de Dios’; y nos habla de un edificio, como ya hemos comentado ‘edificado sobre el cimiento de los apóstoles’. Todo nos habla de unidad y de comunión. Porque todo esto nos está llamando a vivir en esa comunión que crea en nosotros y entre nosotros la fe y el amor cristiano. 
Como nos dice no nos sentimos ni extranjeros ni forasteros, porque todos formamos parte de esa nueva ciudadanía del pueblo de Dios. Ya no somos ni de aquí ni de allá, somos un solo pueblo en el que nadie se ha de sentir distinto ni extraño, porque ese nuevo pueblo no es ajeno a nosotros sino que nosotros formamos parte, somos miembros de pleno derecho de ese pueblo. Cuando uno visita un pueblo que no es el suyo, bien porque vaya a otro lugar, a otra región o vayamos al extranjero, en principio nos sentiríamos extraños, porque no es nuestro pueblo, aquello son otras gentes, allí hay otras costumbres, nos podemos sentir distintos.
Pero en la Iglesia, en el pueblo de Dios nadie se siente extraño, porque todos nos sentimos uno en  la misma fe que profesamos y en el amor mutuo que vivimos. Somos una familia, que es la otra imagen que nos ofrece san Pablo, y en la familia nos sentimos todos iguales porque hay unos lazos de la sangre y del amor que nos hace sentirnos unidos y querernos. Así tiene que ser en la Iglesia.
Sería triste que viviéramos esa experiencia negativa en nuestra Iglesia, porque creáramos distancias y distinciones entre nosotros. No tendría ningún sentido. Por eso tenemos que profundizar en ese sentido de comunión, profundizar en ese amor que entre todos hemos de tenernos, crear esos lazos de amor cristiano entre nosotros, sentirnos ‘ensamblados en el mismo edificio’, empleando palabras del apóstol en la carta a los efesios.
No puede haber barreras entre nosotros porque somos hermanos, porque somos una familia, la familia de los hijos de Dios. Para eso ha venido Cristo derribando el muro que nos separaba, el odio, con su sangre derramada en la cruz. Si siguiéramos con barreras, con esas distinciones y distanciamientos entre nosotros, haríamos infructuosa en nosotros la sangre que Cristo en su pasión derramó por nosotros.
Que la fiesta de los santos Apóstoles nos haga crecer en comunión y en unidad; que nos sintamos verdaderamente Iglesia, una familia, la familia de los hijos de Dios, donde todos nos queremos y nos aceptamos, donde unidos caminamos juntos en la espera de la plenitud del Reino de Dios que un día en el cielo con los ángeles y santos podremos vivir. 

lunes, 27 de octubre de 2014

La presencia de Jesús viene a traernos la verdad libertad con su perdón y su misericordia

La presencia de Jesús viene a traernos la verdad libertad con su perdón y su misericordia

Ef. 4, 32-5, 1-8; Sal. 1; Lc. 13, 10-17
La presencia de Jesús siempre es para la vida, nos manifiesta la vida, los llena de vida, transforma nuestra vida. Con Jesús se nos manifiesta lo que es el amor de Dios y donde está el amor de Dios presente hay vida, porque hay gracia, porque hay perdón; Jesús con su vida nos transforma liberándonos desde lo más hondo de nosotros mismos. ¿No anunció en la sinagoga de Nazaret que lleno del Espíritu del Señor venía a traer a los oprimidos la libertad, porque llegaba el año de gracia del Señor?
Nos lo va manifestando a lo largo del evangelio en la Palabra de vida que nos anuncia, en los signos que realiza, en el amor que nos regala, en su compasión y en su cercanía allí  donde hay alguien oprimido por el diablo liberando de todo mal.
El episodio del evangelio que hemos escuchado en todo él, en todos sus detalles, una manifestación de esa libertad y esa vida que Jesús nos trae con su salvación. Nos dice el evangelista que estando en la sinagoga ‘había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar’. Pero allí está Jesús que cura a la mujer liberándola de aquel mal espíritu, ‘le impuso las manos y en seguida la mujer se puso derecha’.
La imagen que expresa la falta de libertad o la esclavitud es ver a uno encorvado bajo el peso de un pesado yugo. Por eso este milagro que Jesús realiza en aquella mujer encorvada es un buen signo que nos puede hablar de esa liberación que Jesús quiere realizar en nuestra vida. Pero no nos quedamos solo en la enfermedad de aquella mujer, porque a lo largo de este episodio van a aparecer otros yugos que esclavizan al hombre, como pueden ser los rigorismos o las intolerancias, la falta de misericordia y la insensibilidad del corazón que nos incapacita para tener compasión del que sufre, los juicios condenatorios y las imposiciones de todo tipo que muchas veces queremos hacer a los demás para que hagan las cosas solo según nuestro particular parecer.
Es lo que se nos manifiesta en la actitud farisaica del que poner de forma rigurosa el mero cumplimiento de las normas o leyes por encima del bien del hombre. Fue la reacción del jefe de la sinagoga que poco menos que quería poner horarios para el amor y la misericordia. No era, según él, el día para la misericordia y la compasión el sábado; como les dice hay otros seis días para trabajar. Y Jesús trata de hacerle ver que la misericordia, la compasión, el amor no tienen horarios ni días, sino que esas actitudes han de llenar nuestro corazón las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, dirá Jesús en otra ocasión recordando el texto de la Escritura.
El milagro que Jesús está realizando con la curación de aquella mujer encorvada a causa de la enfermedad está siendo un signo maravilloso de cuántas cosas nos quiere liberar el Señor si en verdad dejamos que llegue a nuestra vida. No caben en nuestro corazón esas esclavitudes que nos hacen intolerantes e  inmisericordes, que nos impiden amar y tener compasión para con los demás. Muchas veces se nos endurece el corazón y se nos insensibiliza.
Que Jesús nos libere de esas ataduras y esclavitudes, que nos dé la verdadera libertad del amor. Como decíamos al comenzar nuestra reflexión allí donde está Jesús hay vida; Jesús llega a nosotros para darnos vida; Jesús viene a nosotros para transformar nuestra vida y nunca más haya nada que nos esclavice. Viene Jesús y se restablece la dignidad del hombre; nunca más tenemos que ir encorvados bajo el peso de ningún yugo que nos esclavice. Viene Jesús y nos trae la gracia y el perdón. Viene Jesús y no solo nos está manifestando lo que es el amor infinito y eterno del Padre, sino que nos está llenando de su amor.
Dejemos que Jesús nos dé la verdadera libertad. Acudamos a El con tantas cosas que nos esclaviza, acudamos a El con nuestro pecado, que sabemos que siempre en El vamos a encontrar la misericordia y el perdón.

domingo, 26 de octubre de 2014

El amor de Dios nos llena de humanidad con unas actitudes nuevas y una mirada distinta a los que caminan junto a nosotros en la vida

El amor de Dios nos llena de humanidad con unas actitudes nuevas y una mirada distinta a los que caminan junto a nosotros en la vida

Ex. 22,21-27; 1Ts. 1, 5-10; Mt. 22, 34-40
Se suceden los distintos grupos entre los judíos para hacerle preguntas a Jesús; los fariseos, los herodianos, los saduceos unos tras otros no sabiendo como coger a Jesús en sus palabras para poder acusarlo vienen con preguntas capciosas y llenas de trampa, aunque aparentemente ingenuas y archisabidas. Hoy vienen poco menos que a examinar a Jesús a ver si se sabe los mandamientos, porque lo que le preguntan era algo que todo judío conocía muy bien y repetía muchas veces al día como una oración. Con esas palabras del Deuteronomio y del Levítico les responde Jesús.
Pero creo que a nosotros nos viene bien porque nos ayudará a que reflexionemos y sepamos encontrar lo que verdaderamente es fundamental, pero no solo como palabras aprendidas de memoria, sino encontrando la forma de plasmarlo plenamente en nuestra vida. La pregunta hoy de los fariseos por el mandamiento principal y con la respuesta de Jesús del amor a Dios sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a nosotros mismos nos hace centrarnos de verdad en lo que viene a significar ese amor a Dios y en lo que se ha de traducir en nuestra vida cristiana.
Ser cristiano es vivir el amor que Dios nos ha regalado en la vida, las actitudes y valores, el camino nuevo que Jesús ha recorrido. Partimos de ahí, de ese amor que Dios nos ha regalado y con el que nosotros hemos de amar también. Y es que me atrevería a decir que el amor de Dios nos llena de humanidad. El amor de Dios,  y es el amor que El nos tiene y el amor con que nosotros hemos de responder, nos tiene que hacer más humanos, porque va a mejorar nuestra manera de vivir, nuestras actitudes, nuestra relación con los demás.  Cómo ha de ser ese amor en lo que podríamos llamar su doble dimensión, pero que podríamos decir que es única, lo aprendemos de Jesús.
Sería un error pensar que el amor de Dios nos espiritualiza tanto que nos hace olvidar a los demás. De ninguna manera podemos pensar eso, cuando además al preguntarle a Jesús por el primer mandamiento responde hablándonos del amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser, y a continuación sigue diciéndonos que el segundo es semejante y el segundo es amar al prójimo como a uno mismo. No se puede separar uno del otro porque no podría haber amor verdadero a Dios.
El amor que Jesús nos está enseñando, podríamos decir, que entraña una experiencia nueva. Alguien ha escrito que ‘Amar tiene que ver con poner la vida al lado de Jesús, centrarla en él para ser, vivir y pensar la vida, en los demás y las cosas como él las ve y las piensa. Amar es sentir el amor de Dios y el amor por los hombres, viviendo en continuo agradecimiento por la vida, por lo bueno, lo grande y bello que nos rodea; es ponernos al lado del defensor de la vida y la dignidad de sus hijos (nuestros hermanos); es tener y optar por una actitud, aprendida de Jesús, de sensibilidad por el dolor y sufrimiento que causamos, una actitud de ponernos al servicio de la humanización de nuestro entorno; es regirnos por mirar lo que es más humano y no por las ganancias; es aparcar nuestras actitudes intolerantes ante los demás’.
El amor que recibimos de Dios se hace amor a los demás. El amor de Dios mismo, sus mismos sentimientos se reflejan en nosotros. Como fue la vida de Jesús. Por eso nos ponemos a su lado para aprender a amar con un amor como el suyo, para aprender a amar con su mismo amor. Manifiesta su misericordia y su compasión, por eso acoge a los débiles, a los pecadores, está al lado de los que sufren, hace suyo el sufrimiento de los demás. Lo fue toda su vida; lo vemos de una forma sublime en la cruz, donde está cargando con todos nuestros sufrimientos y dolores, con todas nuestras angustias y vacíos. Y eso lo hace el amor. Por eso decíamos antes que es como una única dimensión.
Y esto es muy serio y muy comprometido, porque no son sentimientos pasajeros, compasión de un día. Es envolver toda nuestra vida en ese amor de Dios que se va a traducir, como ya hemos dicho, en un sentido de vida distinto, en unas actitudes profundas que nos van a llenar de una inquietud desde lo más hondo de nosotros de manera que ya no podemos ser insensibles ante lo que le pase a los demás. Vamos a sufrir en nuestra carne lo que son los sufrimientos de aquellos a los que amamos, los sufrimientos de todos nuestros hermanos. Decimos ponernos en su lugar, pero con un amor como el de Jesús todavía es mucho más. No pasaba Jesús al lado de los que sufrían simplemente diciendo palabras bonitas, sino que su presencia daba vida, llenaba de vida, transformaba la vida de cuantos se acercaban a El. Para eso terminó dando su vida.
Y ahora todo eso lo tenemos que ir manifestando en el día a día de nuestra vida, allí donde estamos, con las personas con las que convivimos todos los días pero también con todos aquellos con los que nos vamos encontrando en los caminos de la vida. Muchas veces tenemos el peligro de ir caminando con zombis que no vemos, no oímos, no nos queremos enterar de lo que pasa a nuestro lado, lo que está pasando quizá delante de los ojos.
Caminamos insensibles, quizá absortos en nuestros pensamientos, y ahí a nuestro lado en la acera de la calle hay alguien que sufre y no somos capaces de mirarle a los ojos, quizá para que no nos haga daño su mirada, para que no despierte nuestra sensibilidad. Esa no era la manera de caminar de Jesús porque fue capaz de darse cuenta de aquel inválido que estaba allá en un rincón sin que nadie hiciera por él, o por el ciego que estaba a la vera del camino o en la calle de Jerusalén pidiendo limosna.
Así tendría que dolernos en el alma esa familia que está ahí cercana a nuestra casa y lo está pasando mal y quizá no puede alimentar debidamente a sus niños; o dolernos aquel enfermo o aquel anciano que está solo y que nadie escucha; o ese inmigrante que con un cartelito está tratando de llamar nuestra atención y nosotros quizá queremos pasar de largo, tratando de justificarnos con nuestras sospechas y desconfianzas. Tenemos que confesar que muchas veces nos hacemos insensibles y no queremos complicarnos la vida, pero decimos que amamos a Dios sobre todas las cosas. ¿Es de verdad que lo amamos y podemos tener actitudes o posturas así?
Amamos a Dios y tenemos que amarlo de verdad sobre todas las cosas, pero ese amor nos humaniza, nos tiene que hacer surgir actitudes nuevas hacia los demás, nos hace tener una mirada distinta, nos hace caminar de una manera solidaria sintiendo como propio lo de los demás. Algunas veces nos cuesta; quizá querríamos en ocasiones refugiarnos en un mero cumplimiento; pero nos damos cuenta de que cuando amamos a Dios aprendemos a amar con el amor de Dios, nos hemos puesto al lado de Jesús y estamos queriendo amar con su mismo amor.
El Espíritu de Dios que es espíritu de amor está con nosotros, se ha derramado en nuestros corazones. Dejémonos conducir por El.