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viernes, 28 de junio de 2013

El Evangelio del Reino no solo es proclamado sino confirmado con las obras

Gén. 17, 1.9-10.15-22; Sal. 127; Mt. 8, 1-4
El evangelio del Reino de Dios no solo es proclamado con palabras sino que es confirmado con las obras. Fue el primer anuncio de Jesús cuando comienza su actividad pública; estos días lo hemos escuchado proclamarlo y explicarlo en el Sermón del Monte de las Bienaventuranzas.
Con todo detalle ha ido explicándonos Jesús cómo hemos de vivir el Reino, que no solo es decir ‘Señor, Señor’, como ayer escuchábamos, sino hacer la voluntad del Padre, escuchar las Palabras y enseñanzas de Jesús pero llevándolas a la práctica. Unas actitudes nuevas, unos valores distintos, una mayor profundidad de vida, un nuevo estilo de espiritualidad, una nueva manera de vivir el amor sintiendo que todos hemos de amarnos, una nueva forma de relacionarnos con Dios con un nuevo estilo de oración; nos enseña también cómo hemos de orar.
Ahora Jesús ha bajado del monte y en las obras de Jesús se va a manifestar lo que es ese Reino de Dios y cómo hemos de vivirlo. No se queda en el anuncio, sino que veremos irse realizando ese Reino de Dios. La misma multitud que en el Sermón de la Montaña ha sido testigo de sus palabras, lo es ahora de la manifestación de ese Reino de Dios por las obras.
‘Se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: Señor, si quieres puedes limpiarme… quiero, queda limpio’, le dice Jesús.  Un leproso que es curado; un leproso en quien comienza una nueva vida; un leproso hasta ahora marginado de la sociedad, que vuelve al encuentro con los suyos y con la comunidad; un leproso abocado a la muerte en el mal de su enfermedad - podríamos decir que por la forma en que le obligaban a vivir era como un muerto viviente - pero que con la presencia de Jesús ahora se llena de vida. Un leproso que no era solamente aquel enfermo de la lepra que se acercó y se postró ante Jesús, sino que representa mucho más.
Ya decíamos que ahora en las obras se manifiesta la realidad del Reino de Dios. Es liberado del mal y ya el maligno no tiene ningún poder sobre él; su único Señor será ya para siempre su Dios. La curación de aquel leproso nos está hablando de un mundo nuevo, en que no solo nos podemos ver liberados de la lepra o de cualquier enfermedad, sino mucho más hondo vernos liberados de tanto mal que nos ata y nos esclaviza. El recuperar la vida sana de aquel leproso nos puede estar hablando de cómo con Jesús y su salvación nosotros podemos vernos liberados de tanta muerte como dejamos meter en el alma con nuestro desamor y nuestro pecado.
La transformación de la vida de aquel hombre con su sanación nos está hablando de la transformación de nuestros corazones cuando en verdad aceptamos el evangelio del Reino y lo convertimos en norma, en sentido y en cauce por donde se rija y camine nuestra vida; pero esa transformación nos puede hablar de la transformación de nuestro mundo; se rompían muchos moldes con el hecho de aquel leproso pudiera llegar a los pies de Jesús y que Jesús incluso extendiendo su mano lo tocase.
Los leprosos tenían que vivir aislados de todos, no se podían acercar a nadie, incluso si alguien descuidadamente se acercase a ellos tenían que gritar que eran impuros para que no llegasen hasta ellos; y por supuesto tocarlos con la mano era incurrir en una impureza legal. Todo eso cambia y se hace de forma distinta a partir de ese momento; se están manifestando las señales del Reino donde nadie puede ser excluido, no nos hace impuros lo que nos entre por la boca sino la maldad que pueda haber en nuestro corazón, y a nadie podemos discriminar por ningún motivo, porque todo hombre, sea cual sea su condición es mi hermano.
En las obras, en el nuevo estilo y sentido de vida y de hacer las cosas se estaba manifestando el Reino de Dios. En nuestras obras, en nuestra nueva forma de vivir y de relacionarnos con Dios y con los demás hemos de manifestar que nosotros vivimos el Reino de Dios, damos señales con nuestra vida de ese Reino de Dios. Nunca más podemos discriminar a nadie; nunca más podemos ponernos encima de pedestales que nos alejen o aíslen de nuestros hermanos sean quienes sean; ya para siempre somos hermanos que nos queremos y que nos tendemos la mano sin ningún tipo de condicionante o de reserva.

¿Daremos en verdad las señales del Reino de Dios en nuestra vida? De Jesús tenemos la certeza de que va a tender su mano hacia nosotros para curarnos, para transformarnos, para arrancarnos de la muerte y llenarnos de vida. Con humildad y sinceridad nos acercamos al Señor; con mucho amor nos ponemos ante El sabiendo que podemos sentirnos siempre amados de Dios.

jueves, 27 de junio de 2013

¿Cuáles son los cimientos sobre los que hemos edificado nuestra vida?

Gén. 16, 1-12.15-16; Sal. 105; Mt. 7, 21-29
¿Cuáles son los cimientos sobre los que hemos edificado nuestra vida? Me hago esta pregunta tras escuchar este pasaje del Evangelio que nos ofrece la liturgia de este día. Un buen interrogante que nos hará examinar bien nuestras posturas, nuestras actitudes, nuestra manera de actuar y de vivir como cristiano. Es bueno examinarnos, revisarnos, si en verdad queremos crecer espiritualmente, queremos avanzar en nuestro seguimiento de Jesús como cristianos. No se trata de seguir viviendo nuestra vida, aunque hagamos cosas buenas, un poco a la rutina de acostumbrarnos a hacer las cosas y no plantearnos lo que podemos mejorar.
Es quizá lo que uno se pregunta cuando ve que una persona a quien quizá veíamos más o menos entregada en su vida de fe, o al menos religiosamente se comportaba con cierto fervor y hacía cosas buenas, de repente de la noche a la mañana como solemos decir, o tras un cierto proceso la vemos que va abandonando todas aquellas prácticas religiosas que vivía y se comienza a comportar con una vida bastante alejada de la fe.
O nos puede pasar a nosotros mismos, vivíamos momentos de cierto fervor e intensidad en nuestra vida religiosa, con ciertos compromisos cristianos en nuestra vida quizá implicados en buenas acciones comprometidas, y de repente nos sentimos fríos, nos parece que aquello que hacíamos ya no tiene tanto sentido y vamos abandonando muchas cosas de nuestra práctica religiosa o de nuestra vida sacramental. ¿Qué ha pasado en un caso y otro? ¿Qué nos ha pasado para que actuemos así? Es por lo que me hacía aquella pregunta del principio al hilo de lo que hoy escuchamos en el evangelio. ¿Cuáles son los cimientos sobre los que hemos edificado nuestra vida cristiana y nuestra religiosidad?
Ya nos decía Jesús que no nos basta decir ¡Señor, Señor! para entrar en el reino de los cielos. Ni nos vale decir que somos buenos y hasta hacer una lista de esas obras buenas que hagamos. Somos muy dados a esos listados de lucimiento para que los demás vean lo buenos que somos. Es necesario algo más dándole verdadera profundidad a nuestra vida, poniendo verdaderos cimientos. Por eso nos habla en la pequeña parábola del hombre sensato que edifica su casa sobre roca y vendrán los vientos y los temporales y la casa no se irá abajo frente al necio que edificó sobre arena y al venir el vendaval la casa se vino abajo.
¿De qué cimientos nos está hablando el Señor? Primero nos ha dicho ‘No todo el que me dice ¡Señor, Señor! entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en cielo’. Luego nos dirá que se parece al hombre prudente ‘el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica’.
No podemos fundamentar nuestra vida cristiana, el seguimiento de Jesús de un fervor momentáneo o de la buena voluntad que tengamos porque nos gusta hacer cosas buenas. Hemos de saber darle una profunda espiritualidad a nuestra vida y en ese camino podremos ir si hay apertura de verdad en nuestro corazón a Dios y a escuchar su Palabra, a escuchar lo que es su voluntad para nuestra vida.
Las llamaradas de fervor momentáneo sin un fuego que se mantenga vivo en su interior y que alimente de verdad la vida, pronto se pueden convertir en humo que se disipa y nuestra vida cristiana se queda en nada. Esa escucha atenta a la Palabra del Señor para dejar que penetre hondamente en nosotros rumiándola en nuestro interior una y otra vez es lo que va a dar profundidad y continuidad a ese seguimiento de Jesús; es desde donde podemos fundamentar bien nuestra vida para ser constantes en seguir el camino de Jesús; es lo que nos hará crecer espiritualmente y nos podrá llevar a un compromiso serio en nuestra vida cristiana.

Cimentemos de verdad nuestra vida en el Señor y en su Palabra, llenándonos de su gracia, uniéndonos de verdad a El con nuestra oración y la vivencia sacramental.

miércoles, 26 de junio de 2013

La historia de la salvación está jalonada por la Alianza del Señor

Gén. 15, 1-12.17-18; Sal. 104; Mt. 7, 15-20
‘El Señor se acuerda de su alianza eternamente’. Es el responsorio que hemos repetido con el salmo. Lo que estamos expresando con él es la fidelidad del Señor. Como nos diría el apóstol ‘si nosotros somos infieles, El permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo’. Así es la fidelidad del amor del Señor por su pueblo.
La historia de la salvación está jalonada por el tema de la alianza. Es precisamente lo que nos relata hoy el libro del Génesis, la alianza de Dios con Abraham, que dio origen al pueblo de los creyentes porque para nosotros Abraham es nuestro padre en la fe. Pero anteriormente en la Biblia ya había aparecido otra alianza; fue con Noé al terminar el diluvio en la que Dios se comprometía a no destruir nunca más a la humanidad y para ello dejaba en el cielo el arco iris como un signo, como una señal.
Luego conocemos todos en el Antiguo Testamento por su importancia la Alianza del Sinaí con la que se constituía el pueblo de Dios para siempre. Dios para siempre sería su Dios, así ellos lo reconocerían, y ellos serían su pueblo comportándose como tal cumpliendo la ley del Señor en los mandamientos. Será la Alianza que marcará ya para siempre la historia del pueblo de Dios, de manera que habrá otras Alianza en diferentes momentos de su historia pero que serán una renovación de esta Alianza del Sinaí.
Josué hará una renovación de esa Alianza al entrar en la tierra prometida (hace pocos días hemos escuchado ese relato en el libro de Josué); otro momento importante de renovación de la Alianza fue en tiempos del Rey David y a la vuelta del destierro en tiempos de Esdras. Eslabones importantes en la historia del pueblo de Dios, en las que se iba renovando una y otra vez aquella Alianza del Sinaí.
Nosotros somos el pueblo de la nueva Alianza, la realizada en la Sangre de Cristo, Sangre de la Alianza Nueva y Eterna derramada en la Pascua que nos merecería ya para siempre el amor y la salvación del Señor. Sacrificio de Cristo que vamos reviviendo continuamente, actualizándolo en nuestra vida cada vez que comemos del Cuerpo del Señor y bebemos de su Sangre en la celebración de la Eucaristía, Sacramento y Misterio de nuestra fe.
Una alianza se realiza siempre entre dos partes que mutuamente se comprometen con unas cláusulas. Es lo que vamos viendo en esas Alianzas del Antiguo Testamento sobre todo a partir del Sinaí. El pueblo se compromete a ser el pueblo de Dios y Dios se compromete para siempre a ser su Dios mostrando y manifestando el amor por su pueblo. En el compromiso del pueblo está siempre el cumplir la voluntad del Señor.
Sin embargo en la Alianza con Abraham que hoy hemos escuchado más bien es una promesa de Dios; le promete dar una tierra y una descendencia numerosa. Por parte de Abraham está su fe que le hace mantenerse fiel siempre y por encima de todo. ‘Abraham creyó al Señor y se le contó en su haber’.
Por eso Abraham toma posesión de aquella tierra que Dios le da, y aunque en el momento de la alianza no tiene hijos, solo le dará uno que le pedirá incluso que lo sacrifique, sin embargo su descendencia será más grande que las arena del mar o las estrellas del cielo. De Abraham nacerá un pueblo que se multiplicará, así lo veremos al salir de Egipto como un pueblo numeroso, pero como ya nosotros desde el Nuevo Testamento interpretamos somos esa descendencia de Abraham porque somos hijos en la fe. No son hijos de Abrahán solo los que llevan su sangre, sino los que han heredado su fe.
La historia del pueblo de Dios está jalonada por la Alianza, como ya antes decíamos, pero al mismo tiempo está marcada por sus muchas infidelidades. Pero por encima de esas infidelidades del pueblo está la fidelidad del Señor, como ya antes recordábamos. Por eso decíamos con el salmo que ‘el Señor se acuerda de su alianza eternamente’.

Nosotros somos los hijos de la Alianza Nueva y Eterna en la Sangre de Cristo. Así hemos de estar marcados nosotros por esa señal de la sangre de Cristo derramada en la cruz, pero reconocemos que también nuestra vida está llena de infidelidades y de olvidos de la ley del Señor. Que esta palabra que estamos escuchando despierte y anime nuestra fe para que lleguemos a dar los frutos que el Señor nos pide. ‘Por sus frutos los conoceréis’, decía Jesús en el Evangelio que hoy hemos escuchado. ¿Cuáles son los frutos concretos por los que se nos reconocerá esa vivencia de la Alianza del Señor?

martes, 25 de junio de 2013

Entrar por la puerta estrecha nos lleva por sendas de vida eterna

Gén. 13, 2.5-18; Sal. 14; Mt. 7, 6.12-14
‘Entrad por la puerta estrecha’, nos dice Jesús. Nos impresionan estas palabras. Parece que diera la impresión que Jesús nos pone dificultades en su seguimiento. Nos gustaría el camino ancho, cómodo y fácil. Hoy vivimos además en un mundo de comodidades y donde fácilmente rehuimos el sacrificio y el esfuerzo, un mundo de automatismos donde queremos conseguir las cosas casi como si pulsáramos un botón y ya está todo hecho.
¿Estas palabras de Jesús quieren significar que lo que hace es ponernos obstáculos para alcanzar la salvación? Ni mucho menos, tenemos que decir. No olvidemos que El quiere ofrecernos un camino que nos conduzca a la felicidad. La página más hermosa del evangelio y que casi podríamos considerar como central de su mensaje es la de las Bienaventuranzas. Nos promete dicha y felicidad.
Por supuesto tenemos que comenzar a decir que la salvación que Jesús nos ofrece es un regalo de su amor. No nos salvamos porque nosotros merezcamos la salvación, porque el perdón y la gracia que Jesús nos ofrece superan toda la reparación que nosotros podamos hacer por nosotros mismos para alcanzar el perdón del pecado que nos arrancó de la vida de Dios. Y cuando Dios creó al hombre lo puso en un paraíso, lo que llamamos el paraíso terrenal del jardín del Edén del que nos habla en imagen la Biblia. Fueron los méritos de la muerte de Jesús los que nos alcanzaron la gracia y la salvación.
Pero a tanto amor que el Señor nos ofrece con la salvación que nos regala ha de estar nuestra respuesta que es el camino de la fe que hemos de recorrer. Y cuando decimos el camino de la fe no es solo la profesión que podamos hacer con unas palabras que recitemos para decir que tenemos fe, sino que es toda la respuesta de vida que hemos de ir dando en el día a día. Y el camino de esa respuesta pasa por ese nuevo sentido de vida, ese nuevo estilo de vida que Jesús nos ofrece en el Evangelio.
No es decir yo tengo fe y yo amo a Dios y hago lo que quiera. Esa fe y ese amor lo vamos a expresar con nuestra vida, con nuestro amor, con lo que vayamos viviendo. Y vivir esa fe y ese amor implica nuestra voluntad de querer caminar ese camino de Jesús. Y ya sabemos cómo desde dentro de nosotros aflora el mal con la tentación que nos quiere arrastrar hacia el egoísmo, el mal y el pecado; y está toda la influencia de un mundo adverso que nos rodea que nos hace otros planteamientos distintos de ese camino del evangelio; muchas cosas nos tratan de seducir y que nos quieren endiosar o que nos provocan a rupturas en el amor que tendríamos que tener para con los demás.
Si simplemente nos dejamos arrastrar por nuestro egoísmo y nuestro capricho, si el orgullo nos endiosa para creernos autosuficientes por nosotros mismos o para no solo prescindir de los demás sino también arrojarlos fuera de nuestro camino, nos pudiera parecer que sí, que es un camino ancho en el que solo vamos buscando nuestras propias satisfacciones egoístas. Pero por ahí no puede pasar nunca el verdadero sentido del hombre, de la persona porque ni somos superiores a los demás ni nos podemos aislar de los que están a nuestro lado, ni podemos vivir como si nosotros fuéramos los únicos dueños de esta tierra y este mundo en que habitamos. Es lo que nos enseña y manifiesta la ley del Señor, la voluntad de Dios expresada en los mandamientos.
Cuántas veces nos sucede que nos creemos con todos los derechos del mundo pero como si fueran derechos solo para mi y eso me lleva a chocar con los demás, a tener actitudes incluso violentas con aquellos que nos parece que se están oponiendo a nuestros deseos o a nuestros caprichos.
Arrancarnos de esas actitudes egoístas y llenas de orgullo, buscar esa buena convivencia en la que no solo busco mi propia felicidad sino que también quiero hacer felices a los que están a mi lado, me exige esfuerzo, superación, sacrificio, deseos de crecimiento interior. Y esto muchas veces no nos es fácil. Es mucho lo que pesa la tentación del egoísmo y el desamor en nuestro corazón. Es de lo que nos está hablando Jesús hoy en el evangelio, aunque haya momentos en que nos cuesta entenderlo.
Si entendiéramos bien la palabra de Jesús y nos propusiéramos en verdad vivir en su camino conforme a lo que nos enseña en el evangelio, aunque nos pareciera en momentos que nos cuesta o  nos exige sacrificios, sin embargo al final  nos damos cuenta de que vamos a alcanzar mayor felicidad cuando también estamos haciendo más felices a los que están a nuestro lado. No nos importe tomar esa senda y ese camino que el Señor nos propone aunque nos suponga esfuerzo y sacrificio. Haríamos un mundo mejor. Y además tenemos la certeza de esa bienaventuranza eterna que el Señor nos ofrece.

¿De qué me vale ahora ganar todo el mundo queriendo ser dominador de todo, si al final voy a perder lo que verdaderamente importa es la vida eterna feliz junto a Dios?

lunes, 24 de junio de 2013


Juan mereció la bienaventuranza del Señor por su pobreza, austeridad y fidelidad

Is. 49, 1-6; Sal. 138; Hechos, 13, 22-26; Lc. 1, 57-66.80
‘No ha nacido de mujer uno más grande que Juan Bautista’. Así afirmó Jesús de Juan. Hoy celebramos su nacimiento. ‘Te llenarás de alegría y muchos se alegrarán en su nacimiento’, le había dicho el ángel a Zacarías en su aparición en el templo. Y hoy nos dice el evangelio que ‘cuando se cumplió el tiempo e Isabel dio a luz hijo, se enteraron los vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia y la felicitaban’.  Y la noticia corrió por toda la montaña y todos estaban sobrecogidos por las maravillas que realizaba el Señor.
Con el mismo gozo y alegría estamos nosotros en este día celebrando la fiesta del nacimiento de Juan. Es una fiesta grande que se celebra en toda la Iglesia con gran solemnidad y en nuestros pueblos es grande la alegría en esta fiesta rodeada además de muchas tradiciones y costumbres ancestrales. No queremos quedarnos en esas costumbres populares muchas veces surgidas desde costumbres no tan cristianas sino queremos ir al fondo de lo que tiene que ser nuestra celebración contemplando lo que es y significa realmente el nacimiento de Juan y el mensaje que podemos recibir para nuestra vida.
‘Será grande a los ojos del Señor… se llenará de Espíritu Santo ya desde el seno materno, convertirá a muchos al Señor… preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Recordamos lo que nos había narrado el evangelista Lucas en la visita de María a su prima Isabel y cómo la criatura, llena del Espíritu, había dado saltos en el seno materno.
‘Estaba yo en el seno materno, y el Señor me llamó en las entrañas maternas y pronunció mi nombre’, hemos escuchado el anuncio del profeta Isaías. ‘Le pondrás por nombre Juan’, le había dicho el ángel a Zacarías cuando le anunciaba su nacimiento. Y es lo que ahora hemos escuchado que pronuncia Zacarías en el momento de la imposición del nombre: ‘Juan es su nombre’, soltándose la lengua y cantando la alabanza y bendición al Señor.
Querría fijarme en algo que nos manifiesta la unidad del evangelio y su mensaje. Jesús dirá de él que no ha nacido de mujer nadie mayor que él, como recordábamos al principio, y el ángel anunciaba que sería grande a los ojos del Señor. ¿Quiénes nos dirá Jesús en el evangelio que son grandes y primeros? Recordemos las disputas de los discípulos por los primeros puestos. Será grande el que se hace pequeño y se hace el último y servidor de todos; y serán los humildes y los sencillos a los que se revelará el Señor.
¿Cómo vemos que se presenta Juan? Todos recordamos su figura austera vestida de piel de camello, viviendo entre penitencias y ayunos allá en el desierto, alimentándose de saltamontes y miel silvestre. Es la figura de la humildad, de la sencillez y de la pobreza con la que se presenta Juan. El rechazará ser el Mesías o ser el profeta, cuando vienen a preguntarle, porque dice que no es sino una voz que grita en el desierto.
Es la voz que anuncia la llegada de la Palabra; es el que camina por la senda de la humildad y de la pequeñez para mostrarnos lo grande que ha de venir; es el que está solamente como un servidor para señalar el camino del que viene y para ayudarnos a preparar ese camino; él nos dirá que tiene que menguar para que Cristo crezca; cumplida su misión con la mayor radicalidad dejará paso al que viene en nombre del Señor porque a sus discípulos señalará al que es el Cordero de Dios que viene a quitar el pecado del mundo; llevando la fidelidad hasta el final en la más absoluta radicalidad, denunciando allí donde está el mal, desaparecerá con su martirio para que contemplemos al que es la verdadera luz del mundo que él venía a anunciar. Se cumplen en él los requisitos, por decirlo de alguna manera, que nos da Jesús para señalarnos al que es grande; y grande es entonces el Bautista en su misión y en su servicio.
Un mensaje bien hermoso que estamos recibiendo de Juan cuando hoy nos hemos reunido para celebrar su nacimiento. Ojalá aprendiéramos de su humildad y de su sencillez, de su austeridad y su fidelidad para que así tuviéramos nuestros corazones bien dispuestos a la gracia del Señor que llega a nuestra vida. Fácilmente nos encandilamos con brillos que relucen tentadores a los que apegamos nuestro corazón. Ya nos dirá luego Jesús, como hemos escuchado estos días que no podemos servir a dos señores, a Dios y al dinero, y cómo el lujo y el despilfarro están bien lejos de los caminos y estilos de vida que nos merezcan la bienaventuranza del Señor, porque serán los pobres, los humildes y los sencillos, los que tiene puro el corazón los que verán a Dios y alcanzarán a vivir el Reino de Dios.
Por eso cuánto tenemos que aprender de la austeridad del Bautista; sus palabras y su misma vida nos están invitando continuamente a la conversión de nuestro corazón al Señor y nos señalará, como lo hacía con aquellos que acudían a él en el desierto y en el Jordán, que ese camino de conversión ha de pasar por el compartir generoso y por el actuar siempre en rectitud y justicia en todas nuestras responsabilidades.
El Bautista mereció la bienaventuranza del Señor; ojalá nosotros aprendamos la lección y alcancemos también esa bienaventuranza.

domingo, 23 de junio de 2013

Una profesión de fe en Jesús como Salvador que nos convierte en discípulos

Zac. 12, 10-11; 13, 1; Sal. 62; Gál. 3, 26-29; Lc. 9, 18-24
‘Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos…’ comenzaba el relato del Evangelio que hoy se nos proclama. San Lucas hace esta especial mención a la oración de Jesús cuando surgen las preguntas a los discípulos que culminarán con una profesión de fe en Jesús, pero también en un definirnos claramente quién es Jesús y cuál es su misión, además de terminar por señalarnos cuál ha de ser el camino del discípulo que sigue a Jesús.
También nosotros estamos en oración porque eso es y tiene que ser realmente nuestra celebración. Y mientras estamos aquí reunidos en oración, con nuestra alabanza y nuestra bendición al Señor, queremos también proclamar de forma clara nuestra confesión de fe; así lo hacemos siempre cada domingo tras la escucha de la Palabra de Dios; pero también queremos dejarnos iluminar por la luz de esta Palabra que se nos ha proclamado y con la fuerza y asistencia del Espíritu para llegar a ese conocimiento cada vez más intenso de Jesús, pero también ha de provocar este encuentro nuestra respuesta, lo que ha de ser nuestro seguimiento del camino de Jesús.
Como ya de alguna manera hemos reflejado en esta introducción a nuestra reflexión en este único episodio del evangelio hay como tres momentos que nos harán progresar en la comprensión del mensaje que se nos quiere trasmitir. Un primer momento es esa doble pregunta de Jesús: ‘¿Quién dice la gente que soy yo?... y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Una doble pregunta que nos trasmiten los tres evangelistas sinópticos, mientras que el evangelio de Jesús es como una continua respuesta donde Jesús diciéndonos ‘Yo soy…’ nos va mostrando la más profunda intimidad de su ser.
Ahora es lo que la gente va percibiendo de Jesús y lo que de forma más concreta aquellos que han estado siempre a su lado han llegado a descubrir. Son respuestas semejantes a lo que muchos hoy seguirían diciendo de Jesús desde su lejanía o cercanía al ámbito de la fe. ¿Un personaje importante en la historia? ¿un profeta o un hombre de Dios? ¿un soñador de un mundo nuevo y distinto que habría que conseguir desde algún tipo de revolución? ‘Juan Bautista, Elías o uno de los antiguos profetas’, respondieron los discípulos.
Pero tenemos que ver cuál es nuestra verdadera respuesta. Podríamos contestar con el entusiasmo de la fe de Pedro, o también quizá persistirían ciertas dudas y confusiones, porque algunas veces también en el ámbito de los que nos llamamos creyentes hacemos nuestras mezcolanzas donde no sé si dejaremos bien parada nuestra fe en Jesús. Quisiéramos es cierto responder como Pedro diciendo que es el Mesías de Dios, el Ungido con la fuerza del Espíritu, el Hijo de Dios que tenía que venir.
A una fe certera y firme tendría que conducirnos esta Palabra de Dios que se nos ha revelado. De ahí ese segundo momento de este episodio, como decíamos antes. Y es que ante la respuesta de Pedro y lo que todos habían comentado ‘Jesús les prohíbe terminantemente decírselo a nadie’. El tenía que explicarles su sentido. Por eso añade: ‘el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Realmente estas palabras tenían que haber sido impactantes para los discípulos. De la misma manera que cuando en nuestra oración abrimos de verdad nuestro corazón a Dios nos vamos a encontrar con el Señor que se nos revela o nos pide actitudes nuevas y comprometidas.
Aquel Mesías de Dios, el Ungido del Señor, que habían ido descubriendo en la cercanía con Jesús, o recordando quizá lo que de sí mismo había dicho, por ejemplo, allá en la sinagoga de Nazaret al comienzo de su actividad apostólica - ‘el Espíritu del Señor está sobre mi y me ha ungido y me ha enviado…’ - nos está diciendo también que es el Siervo de Yahvé que había cantado el profeta Isaías, como varón de dolores, atormentado y lleno de sufrimiento.
Es un anuncio de su pasión lo que Jesús está haciendo; un anuncio de su Pascua en la que ya no comerían el cordero pascual como signo del paso del Señor en la liberación de Egipto, sino que ahora sería la verdadera Pascua donde Cristo mismo sería el Cordero inmolado que se ofrecía en sacrificio de salvación para nosotros.
Pero esa revelación que Jesús está haciendo de sí mismo entrañaría algo más, algo en referencia a aquellos que quisieran ser sus discípulos, a aquellos que quisieran seguirle. Y es que seguir a Jesús significa seguir sus mismos pasos, pisar por sus mismas huellas, vivir en su mismo amor y entrega. Y éste es el tercer momento de ese episodio.
‘Y dirigiéndose a todos - no solo a los apóstoles más cercanos -, les dijo: El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará’.
Negarse a sí mismo, decir no a su egoísmo; salirse de sí, de su encierro egoísta donde se busca solo lo que sea bueno para sí; romper ese círculo que me envuelve, me aísla, me hace desentenderme de los demás porque solo pienso en mi mismo; negarse a sí mismo para pensar primero en el otro, en el bien que puedo hacer en beneficio de los demás, en la riqueza de vida que tengo que compartir; negarse a sí mismo para estar siempre en disposición de servir, de ayudar aunque no terminen de agradecerlo.
Cargar con su cruz cada día, la de mis dolores y sufrimientos; la cruz de las cosas que me cuesta sacrificio hacer pero que las hago con alegría; lo que pueda significar cruz para mi en la aceptación de los otros con su manera de ser para convivir y buscar siempre la paz, para ser siempre comprensivo y nunca juzgar ni condenar; entregarme para hacer el bien aunque eso signifique perder para mí; no importarme perder y ser el último con tal de ver sonreír al otro y que se sienta feliz.
Creemos en Jesús como nuestro Salvador; creemos en Jesús que lleno del Espíritu de Dios viene a mi y me trae la salvación; creemos en Jesús que por nosotros se entregó en la entrega más suprema y en el amor más sublime dando su vida por nosotros en la cruz; creemos en Jesús y queremos seguirle, y ser sus discípulos; creemos en Jesús y ya no nos importa olvidarnos de nosotros mismos y tomar la cruz, porque entregándonos así, porque amando con un amor como el de Jesús estaremos ganando la vida, estaremos alcanzando la bienaventuranza, para nosotros será el Reino de los cielos.
‘Estaba Jesús orando solo, en presencia de sus discípulos…’ Estamos nosotros también en oración y sentimos su Palabra salvadora sobre nosotros y también queremos hacer nuestra confesión de fe sabiendo a lo que nos comprometemos como discípulos que queremos seguirle y vivir su misma vida. Es una Palabra nueva que nos ha interpelado y nos ha comprometido, como siempre es la Palabra de Jesús.
Preparémonos ahora en estos momentos de silencio para hacer con toda hondura y profundidad nuestra profesión de fe. Preparémonos dejándonos iluminar por su Espíritu para ver dónde y cómo tenemos que ir a hacer esa profesión de fe, en qué aspectos y en qué momentos de nuestra vida, mostrándonos como verdadero discípulo que se niega a si mismo, que carga con su cruz y que está dispuesto al servicio y al sacrificio dando claro testimonio con nuestra vida y nuestro amor de esa fe que con nuestras palabras ahora profesamos.

sábado, 22 de junio de 2013

Jesús nos invita a no agobiarnos ni perder la paz

2Cor. 12, 1-10; Sal. 33; Mt. 6, 24-34
Por cuatro veces nos dice Jesús en este corto texto que no vivamos agobiados. Una buena recomendación que nos viene bien escuchar en la hora actual que vivimos porque aún seguimos con nuestros agobios. En otros momentos nos dirá Jesús que no perdamos la calma y para ello nos invita a que confiemos en El y pongamos toda nuestra fe en Dios.
Al sentirnos agobiados perdemos nuestra paz interior y podríamos decir que es síntoma de una falta de confianza. Humanamente hablando incluso nos agobiamos cuando por los problemas que estamos pasando o las situaciones a las que tengamos que enfrentarnos nos hace que lo veamos todo negro y nos pareciera que no hay salida para esas situaciones difíciles que podamos vivir. El agobio diríamos que se opone a una falta de confianza y es como consecuencia de una pérdida de esperanza. Es como encontrarnos en una encrucijada donde no vemos el camino recto de salida y todo nos parece oscuro.
Jesús arranca en esta ocasión para hacernos estas recomendaciones de algo que comienza denunciándonos cuando nos dice que no podemos estar al servicio de dos amos ‘porque despreciará a uno y querrá al otro, o al contrario se dedicará al primero  y no hará caso del segundo’. Por eso nos dice a continuación ‘No podéis servir a Dios y al dinero’. Y ya sabemos cómo cuando nos dejamos cautivar por el dios dinero nos hacemos egoístas e insolidarios.
Partiendo de ahí nos dice que no estemos agobiados ni por lo que vamos a comer ni lo que vamos a vestir, ni por lo que nos pueda suceder en el futuro. Es una invitación a la confianza en Dios y en su divina Providencia que cuida siempre de nosotros. Nos pone el ejemplo de los pájaros que ni siembran, ni siegan, ni almacenan y sin embargo el Padre celestial las alimenta; o las flores o los lirios del campo que ni trabajan ni hilan y nada hay más bello que el resplandor de sus formas y colores. ¿No valemos nosotros mucho más que todo eso?
Hemos de saber descubrir el valor de la persona, de toda persona, de los dones y cualidades de los que Dios le ha dotado y de las capacidades de su ser para poder llegar a vivir su vida con toda dignidad. Todo ello una muestra del amor que Dios nos tiene que así nos ha creado. Están nuestras capacidades creativas y todas las iniciativas que la persona es capaz de tener en el uso de su inteligencia para desarrollar su vida, pero está también ese aspecto tan importante de la persona que nos hace ser social, ser siempre en capacidad de relación con los demás.
Cuando unimos una cosa y otra, nuestras capacidades y dones naturales, pero también esa capacidad de relación y encuentro con los que nos rodean, hará que no caminemos nunca solos ni solo pensando en nosotros mismos y todos seremos capaces de sentir la alegría o el sufrimiento de los demás como cosa nuestra y de ahí surgirán esos sentimientos de solidaridad que harán que mutuamente nos ayudemos a caminar buscando la dignidad y el valor de todos.
No os agobies nos está diciendo el Señor hoy y nos lo está diciendo de forma concreta en la situación por la que pasa nuestra sociedad. Sepamos creer los unos en los otros, sepamos unirnos solidariamente los unos con los otros, sepamos caminar juntos nunca de forma egoísta sino todo lo contrario y veremos cómo irán surgiendo en nosotros muchas cosas buenas que pueden remediar el sufrimiento de los demás.
En los momentos duros y difíciles suelen aflorar esos buenos sentimientos que llevamos en nuestro corazón y que parece que en algunos momentos hayamos olvidado. Rescatemos esos sentimientos de hermandad y de solidaridad que Dios ha puesto como semilla en nuestro corazón y tendiéndonos la mano los unos a los otros podremos ver el camino de la vida con un poco más de luz. El Dios, Padre bueno que nos ha creado, ha puesto esas buenas semillas en nuestro corazón y que nosotros hemos de saber fructificar. De esas encrucijadas oscuras y difíciles por las que pasamos, como está sucediendo hoy en nuestra sociedad, no seremos capaces de salir si cada uno de forma egoísta busca su propia salida sin pensar en los demás. Cuando seamos capaces de unirnos y apoyarnos mutuamente, con los sacrificios que sean necesarios, podremos salir a flote.

Si escuchamos esta llamada del Señor para despertar cosas buenas en nuestro corazón y las ponemos en práctica en el actuar de cada día podremos, a pesar de los agobios en que vivamos, seguir sintiendo paz en el corazón; es más, realizando todo eso de esta manera nuestra paz será mucho mayor porque sentiremos la satisfacción de lo bueno que hacemos y que beneficia a nuestra sociedad. Eso es también trabajar por el Reino de Dios.

viernes, 21 de junio de 2013

Un corazón lleno de fe y de amor es un corazón lleno de luz

2Cor. 11, 18.21-30; Sal. 33; Mt. 6, 19-32
‘Si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!’ Son las palabras de Jesús con las que termina el texto hoy proclamado. Nos habla de luz y nos habla de oscuridad. ¿Cuál será esa oscuridad de la que nos habla Jesús que se nos mete en la vida?
La vida del cristiano ha de ser la de un iluminado. Era una forma también de referirse a los bautizados. No en vano en el Bautismo ritualmente se nos ha puesto una luz en nuestras manos, una luz tomada precisamente del Cirio Pascual, signo de Cristo resucitado. Viene a significar esa vida que habrá en nosotros a partir del Bautismo, a partir de nuestra participación en el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor. Una luz que se nos pide en ese momento que mantengamos siempre encendida en nuestra vida. Una luz que nos habla de la fe y que nos habla de las obras del amor con las que hemos de resplandecer. Con nuestras vestiduras blancas, que también se nos entregó en el Bautismo y con nuestras luces encendidas en nuestras manos vamos al encuentro del Señor.
Pero Jesús nos habla hoy de que la luz se nos puede volver oscura y si se nos vuelve oscura, ¡cuánta será la oscuridad! ¿Qué nos querrá decir? Si estamos hablando de la luz y hablamos de la fe y del amor, por ahí pueden ir esas oscuridades cuando se nos debilita la fe, cuando perdemos la intensidad del amor en nuestra vida. Debilitada o perdida la fe andamos como sin rumbo en la vida, se nos llena de oscuridad, de sin sentido. Si se nos debilita la fe se nos debilitará también la intensidad del amor.
La fe es esa luz que nos guía, que nos hace encontrar sentido, que nos llena de esperanza, que nos hace saborear la fuerza que el Señor nos da con su gracia. Por eso cuánto hemos de cuidar nuestra fe. Es una planta bien delicada. Es una luz que cualquier viento nos la puede apagar si no la protegemos lo suficiente. Si tenemos que llevar una lámpara encendida en nuestras manos en un camino abierto y que puede estar sometido a muchas y diversas corrientes de aire, ya procuramos algo que proteja esa luz. Recuerdo aquellas lámparas o luces que utilizábamos en nuestras casas cuando no tenía energía eléctrica, cómo las protegíamos con tubos de cristal, o aquellos faroles para alumbrar nuestros caminos. Y aún así con aquella protección andábamos con cuidado para que una ráfaga de aire más fuerte no nos apagase la luz.
Es como tenemos que proteger nuestra fe. Muchas cosas nos la pueden poner en peligro, muchos vendavales nos vamos encontrando en nuestra vida en un mundo materialista y sensual como vivimos, en un mundo con corrientes de pensamiento tan diversas, en un mundo descreído, indiferente cuando no combativo contra todo lo que signifique fe y religión. Por eso tenemos que protegernos, buscando la gracia del Señor, pero alimentando también nuestra fe con una verdadera formación y conocimiento de lo que creemos para que nada nos haga dudar.
El mundo tan materialista en el que vivimos con la perdida de los valores espirituales que vemos en nuestro entorno es también un peligro grande porque nos va endureciendo el corazón y nos hace mirar demasiado a las cosas de aquí abajo olvidándonos de nuestro espíritu y olvidándonos de las cosas del cielo. Hoy precisamente Jesús nos previene también en este aspecto invitándonos a guardar nuestro tesoro allí donde los ladrones no los roban ni las polillas se los carcomen. ‘No amontonéis tesoros en la tierra… amontonad tesoros en el cielo’, nos dice Jesús. Esos tesoros que guardamos en el cielo no son las cosas ni las riquezas materiales precisamente.
Hay cosas de más valor que son las que realmente tenemos que buscar. Por eso hablábamos antes de luz que tenemos que cuidar como signo de ese amor del que hemos de llenar nuestro corazón para que haya de verdad luz en nuestra vida. Miremos donde tenemos puesto nuestro corazón, o miremos cuales son los tesoros que realmente nosotros valoramos más en nuestra vida. ‘Porque, nos dice Jesús, donde está tu tesoro está tu corazón’.

Un corazón lleno de fe y de amor es un corazón lleno de luz y es el camino que nos lleva de verdad a la plenitud. Que ese sea nuestro verdadero tesoro que nos haga alcanzar la plenitud del Reino de Dios en el cielo. Que nuestra luz nunca se oscurezca para que no llegue nunca la tiniebla de la muerte a nuestra vida.

jueves, 20 de junio de 2013

Oramos con y como Jesús y nos sentimos envueltos por la presencia de Dios

2Cor. 11, 1-11; Sal. 110; Mt. 6, 7-15
Ayer escuchábamos cómo Jesús nos pedía autenticidad en nuestra vida y en concreto nos  hablaba de la limosna, el ayuno y la oración. Nos pedía Jesús que nos alejáramos de apariencias y superficialidades dándole profundidad a todo lo que hiciéramos y en concreto nos señalaba, como decimos, la oración, el ayuno y la limosna.
Por eso nos pedía que para nuestra oración nos introdujéramos en nuestro cuarto interior, en la profundidad de nuestro espíritu, para sentir así más hondamente la presencia y el amor del Señor. Nuestra oración no puede ser nunca al modelo de aquellos que hacían ostentación de sus rezos - ‘de pie en las sinagogas delante de todo el mundo o en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente’, nos decía - sino la oración interior, la oración callada que sale del corazón que vive intensamente la presencia de Dios en su vida.
Hoy nos dice algo más. Si la oración no puede ser la repetición ostentosa y meramente ritual de unas palabras o fórmulas de oración, tampoco se nos puede quedar en palabrería vana e interminable. ‘Cuando recéis, nos dice, no uséis muchas palabras como los paganos que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis’.
¿Querrá decir esto que entonces no es necesaria la oración porque lo que vamos a pedir ya Dios lo sabe? Ni mucho menos. La oración es necesaria y es esencial, tanto como lo tiene que ser el encuentro amoroso del hijo con su Padre. Por eso primero que nada lo que Jesús nos enseña que tiene que ser nuestra oración es ese reconocimiento del amor que Dios nos tiene y por eso lo llamamos Padre pero también cómo todo tiene que ser siempre para su gloria, glorificando el nombre del Señor realizando siempre lo que es su voluntad.
Son las primeras cosas que le decimos al Señor en nuestra oración. Santificar el nombre de Dios que es proclamar su gloria. ‘Santificado sea tu nombre’, decimos. Todo siempre para la gloria del Señor; en todo momento queremos cantar su alabanza y darle gracias; y santificando el nombre del Señor queremos nosotros al mismo tiempo llenarnos de su santidad.
Reconocerle como nuestro único Dios y Señor queriendo vivir su Reino. ‘Venga a nosotros tu Reino’, decimos pero porque nosotros queremos vivirlo; porque nosotros queremos reconocer que El es el único Señor de nuestra vida; porque queremos vivir en ese estilo y sentido nuevo que nos enseña el Evangelio; porque creemos en el Reino de Dios, que es la primera invitación que nos hizo Jesús, y convertimos nuestra vida al Señor.
Vivencia de ese Reino de Dios y santidad en nuestra vida, porque queremos siempre seguir sus caminos; en todo buscamos su voluntad; en todo queremos hacer siempre su voluntad. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Si en el cielo los ángeles y santos cantan siempre la eterna alabanza y gloria para el Señor, nosotros aquí en la tierra buscamos hacer su voluntad que es la mejor forma de hacer esa alabanza al Señor.
Fijémonos que ahí está el centro de nuestra oración. Ese primer momento, esas primeras palabras que nos enseña Jesús para lo que ha de ser nuestra oración es fundamental que no solo las digamos sino que sean en verdad una forma de vivir esa presencia del Señor en nuestra vida, ahí en lo más hondo del corazón.
Luego vendrán las peticiones, por nuestras necesidades y las necesidades de nuestro mundo, pero también para que sintamos una vez más su amor que nos perdona y nos llena de su gracia, que nos fortalece y está a nuestro lado para librarnos de todo mal. Muchas más cosas podríamos decir comentando este modelo de oración que Jesús nos propone, pero creo que si entramos con buen pie en nuestra oración haciendo que esos primeros momentos sean verdaderamente intensos, luego vendrá casi como de forma espontánea todas esas otras peticiones que le hagamos al Señor.
Lo hemos comentado muchas veces. No es necesario que ahora digamos muchas cosas. Es toda la hondura que hemos de darle siempre a nuestra oración sintiéndonos envueltos por su presencia y por la inmensidad de su amor. No será entonces una oración que nos canse o nos aburra sino que será un verdadero encuentro con el Señor que nos deje siempre inundados de su paz y con deseos de seguir estando siempre en su presencia. Como Pedro en el Tabor también tendríamos que decir en nuestra oración '¡Qué bien se está aquí!' Nos queremos quedar para siempre contigo.

miércoles, 19 de junio de 2013

Un camino de crecimiento espiritual desde la autenticidad de nuestra relación con el Señor

2Cor. 9, 6-11; Sal. 111; Mt. 6, 1-6.16-18
No hace mucho escuchábamos que Jesús les decía a los discípulos que si su justicia no era mayor que la de los escribas y fariseos no llegarían a entender el Reino de Dios. Así tienen que ser nuestros deseos de santidad, que cada vez con mayor ahínco hemos de buscar para nuestra vida. Tiene que ser una vida en continuo crecimiento donde hemos de ir purificando nuestros deseos, nuestras intenciones, como hemos de ir mejorando nuestra manera de actuar igual que nuestras actitudes interiores.
El llamado sermón del monte que venimos escuchando día a día en el evangelio y tratando de meditarlo para irlo aplicando en nuestro camino de cada día va continuamente recordándonos diversos aspectos de nuestra vida, de nuestras relaciones con los demás, pero también de todo lo que ha de ser nuestra espiritualidad, nuestra relación con Dios, en una palabra, de nuestras prácticas religiosas.
Como siempre Jesús nos pide autenticidad en lo que hacemos y vivimos. De nada nos valen las apariencias si allá en lo más hondo de nosotros mismos no nos llenamos de Dios para ofrecerle lo mejor de nuestro corazón. No hacemos las cosas por el lucimiento para que los demás vean lo buenos que somos, porque con eso estaríamos ya enturbiando nuestras intenciones, podíamos decir, quitándole el brillo de aquellas buenas acciones que realicemos.
Es cierto que cuando los que están a nuestro lado vean nuestras buenas obras ellos darán gloria al Señor por ello, y les puede servir de estímulo para su caminar cristiano, porque realmente mutuamente nos ayudamos los unos a los otros. ‘Que vean vuestras buenas obras, nos dice Jesús cuando nos señala que tenemos que ser luz, para que glorifiquen al Padre del cielo’.
Pero hoy nos dice: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia - la santidad de vuestra vida, traducimos - delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre del cielo’. Nos señala tres pilares fundamentales de nuestra piedad como son la limosna, el ayuno y la oración. ‘No vayas tocando la trompeta por delante… no te pongas de pie delante de todos o en las esquinas de las plazas… no desfigures tu cara como los farsantes…’ nos señala Jesús. No busquemos ser honrados por los hombres, no busquemos alabanzas humanas que nos llenan de vanidad y orgullo. Como nos dirá en otro lugar que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.
En nuestra oración lo que tenemos que buscar es ese encuentro intimo y profundo con el Señor, por eso hemos de saber hacer ese silencio en nuestro corazón para poder sentirle y escucharle. Que aunque nuestra oración la hagamos unidos a los demás, con un verdadero sentido comunitario, como son nuestras celebraciones litúrgicas, no nos quedemos en realizar, por así decirlo, el rito, porque repitamos los gestos o las palabras rituales de nuestras oraciones, sino que surja esa oración desde lo más profundo de nuestro corazón, sintiendo esa presencia de Dios que me llena y me inunda el alma, disfrutando de su presencia y de su amor.
Por eso tenemos que hacerlo de forma auténtica, de forma viva, haciéndonos conscientes de verdad de lo que estamos haciendo, de cómo nos sentimos en la presencia del Señor, y concentrándonos bien para que nada nos distraiga, para que no se quede en lo ritual, sino que vivamente nos sintamos inundados de la gracia de Dios.
Es así cómo podemos ir creciendo espiritualmente; sintiendo esa fuerza de la gracia en nuestro corazón nuestra vida se irá iluminando para ir descubriendo lo que de verdad merece la pena; nos sentiremos purificados porque iremos descubriendo todo eso en lo que hemos de crecer y con la gracia del Señor, unidos a El íntima y profundamente en nuestra oración, nos sentimos al mismo tiempo fortalecidos en el Señor. Que no nos falte nunca esa gracia del Señor ni la echemos en saco roto para que seamos cada vez más santos. Esa ha de ser la meta y la tarea de todo cristiano que quiere en verdad seguir a Jesús.

martes, 18 de junio de 2013

El amor del cristiano es algo más que ser bueno

2Cor. 8, 1-9; Sal. 145; Mt. 5, 43-48
No se trata simplemente de ser buenos. Decimos que somos buenos porque más o menos tratamos de hacer las cosas bien, no molestamos a nadie ni nos metemos con nadie, porque nos encerramos en nuestras cosas y casi nos olvidamos o prescindimos de los demás, y ya con cosas así nos quedamos satisfechos. Pero ¿con solo eso podemos decir que somos cristianos y vivir con un sentido cristiano la vida?
Está bien que seamos buenos y no molestemos a nadie, ni robemos ni matemos, como solemos decir. Pero hemos de reconocer que ser cristiano tiene que ser algo más, en poca cosa se quedaría el mensaje del evangelio si no pasamos de ahí.
Fijémonos, por ejemplo, en lo que nos ha dicho hoy Jesús. Nos habla, sí, de querernos, pero ya nos advierte que no es solo hacer lo que todos hacen, amar a los que nos aman, hacer cosas buenas con aquellos que previamente han sido buenos con nosotros y si no me molestan yo no los molesto. Leamos con atención las palabras de Jesús.
Primero nos habla del amor al prójimo, pero nos quiere hacer pensar en quien es ese prójimo al que tenemos que amar. No vamos ahora a contar aquí la parábola que le propuso a aquel escriba que aun le preguntaba quién era su prójimo, aunque nos conviene siempre recordarla. Fijémonos simplemente en lo que ahora nos dice: ‘Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo en cambio os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian’.
Esto ya es otra cosa. Primero decir que estaba sobreentendido ese dicho de aborrecer a los enemigos, aunque dicho así no se encuentra en la ley del Señor contenida en la Biblia, sino que era más bien interpretación que se hacía de la ley del Señor. Pero es que Jesús nos está pidiendo algo más, pues nos está pidiendo amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos hayan hecho mal y rezar por los que nos persiguen o calumnian. Nos damos cuenta de que hay que subir unos cuantos puntos aquello que decíamos al principio de que soy bueno y quiero a los que me quieren.
El amor cristiano no se puede quedar reducido a eso; nuestro amor tiene que ser más universal y todos han de ser amados. Nos dirá a continuación Jesús que si amamos solo a los que nos aman ‘¿qué meritos tendréis? Si saludáis solo a vuestros hermanos ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los publicanos? ¿No hacen lo mismo también los paganos?’ Algo más que ser bueno es el sentido del amor cristiano. Para un cristiano nadie puede ser considerado enemigo, porque todos han de caber en ese amor.
Recordemos que en la parábola a la que hacíamos antes mención el hombre caído junto al camino y el que lo recogió, podríamos decir que eran en cierto modo enemigos, porque uno era judío y el otro era samaritano, y ya sabemos que los judíos y los samaritanos no se llevaban; sin embargo será el samaritano el que bajará de su cabalgadura para atender al judío que está caído allí junto al camino.
Pero además podemos fijarnos en otro detalle. Y es que Jesús nos pide que recemos por aquellos que nos hayan podido hacer mal. ‘Rezad por los que os persiguen y calumnian’, nos dice. Dos cosas podemos decir; primero que a Jesús le vemos rezar por aquellos que le están llevando a la cruz, ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’; rezad y disculpa. Ya nos dirá Jesús que amemos con un amor como el suyo, como el que El nos tiene.
Y otro aspecto es recordar que cuando Mateo escribe el evangelio ya estaban comenzando los cristianos a sufrir las primeras persecuciones, con lo que estas palabras de Jesús que nos recoge el evangelista tendrían que tener un especial valor para aquellos cristianos que ya estaban sufriendo en su carne la persecución por el nombre de Jesús. Lo que ha de tener un significado especial también para nosotros hoy, que tan incomprendidos nos sentimos en medio de nuestro mundo; cómo tenemos que rezar por ese mundo que nos rodea que no nos entiende ni quiere entender el mensaje cristiano.

Como decíamos es algo más que ser bueno porque el amor cristiano tiene una sublimidad mucho mayor, cuando queremos amar con un amor como el de Jesús. Es lo que nos pide cuando nos dice que así seremos ‘hijos del Padre que está en el cielo que hace salir su sol sobre malos y buenos y envía la lluvia a justos e injustos’.

lunes, 17 de junio de 2013

Una cultura nueva de la paz y del amor frente a la ley del talión

2Cor. 6, 1-10; Sal. 97; Mt. 5, 38-42
‘Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios’, nos decía san Pablo en el comienzo de la lectura de la segunda carta de los Corintios de hoy.  ‘Ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el tiempo de la salvación’, seguía diciéndonos. Es el hoy de la salvación que vivimos cada día en nuestra vida. Dios va derrochando sus gracias sobre nosotros que hemos de saber aprovechar como una riqueza grande para nuestra vida.
La oportunidad que tenemos cada día de escuchar la Palabra de Dios es una gracia con la que el Señor nos regala y que no podemos desaprovechar. Como les decía Jesús a los discípulos muchos quisieron ver el día del Señor y no pudieron; hacía una referencia a los judíos de todos los tiempos del Antiguo Testamento que vivían con ansia y deseos grandes de poder ver el día del Señor, el día de la llegada del Mesías y sin embargo no pudieron. Los judíos del tiempo de Jesús tenían la oportunidad de ver ese día de gracia y vivirlo y sin embargo muchos no quisieron.
Apliquémonos eso al hoy de nuestra vida. Es una gracia que llega a nosotros en el hoy de nuestra vida y hemos de saber aprovechar. Es la Palabra de Dios que siempre hemos de escuchar con atención y sentir cómo en cada momento el Señor quiere hablarnos a la situación concreta de nuestra vida.
Seguimos escuchando en el evangelio el sermón del monte como una prolongación de las Bienaventuranzas que Jesús pronunciara. San Mateo nos lo recoge en varios capítulos de su evangelio que ahora nosotros vamos escuchando y meditando paso a paso. En él, como ya hemos reflexionado en otra ocasión, se nos va desgranando el mensaje de cómo hemos de vivir los que queremos pertenecer al Reino de Dios. Habrá  cosas que nos puedan parecer más agradables, en otras ocasiones Jesús se nos manifestará con total radicalidad. Hemos de saber escucharlo y aplicarlo a nuestra vida y a las situaciones concretas con sus problemas que vivimos. Siempre la Palabra del Señor es luz que nos ilumina.
Hoy partiendo de la ley del talión que de alguna manera regía el estilo de vida y las relaciones mutuas entre los judíos, Jesús nos hace unas precisiones muy concretas que, como ya nos decía, vienen a dar plenitud a la ley del Señor. Podríamos decir que la ley del talión - el ojo por ojo y diente por diente - venía como a suavizar el espíritu de venganza que podría haberse adueñado del corazón de los hombres. Según la ley del talión - lo del ojo por ojo - significaba como no había que excederse en la revancha que se pudiera tomar para hacer justicia que se hubiera recibido una injuria. Nunca se podía exceder de la injuria que se hubiera recibido.
Pero Jesús sí viene a abolir esa ley del talión, que no estaba en la voluntad ni en la ley del Señor, sino que eran más o menos explicaciones y aplicaciones que se habían introducido en las costumbres y leyes del pueblo de Israel. Como les dirá Jesús cuando hable del divorcio, les dice que Moisés se los permitió por la dureza del corazón. En ese mismo sentido tendríamos que verlo ahora en este aspecto.
Pero Jesús nos dice por el contrario: ‘No hagáis frente al que os agravia’. Creo que lo entendemos, no podemos responder con violencia a quien haya actuado con violencia contra nosotros. Responder con violencia a la violencia significaría entrar en una espiral que cada día se haría más grande terminando por envolver toda la existencia del hombre. Por eso frente al que nos haya podido hacer daño nuestra respuesta ha de ser la de la paz.
Ojalá hubiéramos aprendido esta lección y mensaje de Jesús y nos hubiera ido bien distinto en la vida. Cuántas cosas se hubieran podido evitar. Desgraciadamente sigue pesando en nosotros de alguna manera esa ley del talión que no hemos terminado de abolir en nuestras costumbres. Que el Espíritu del Señor que es Espíritu de amor y de paz inunde nuestra vida y seamos capaces de entrar en esa civilización del amor y de la paz

domingo, 16 de junio de 2013

La mirada de Jesús y nuestras miradas

2Sam. 12, 7-10.13; Sal. 31; Gál. 2, 16.19-21; Lc. 7, 36-8, 3
La mirada de Jesús y nuestras miradas. Vemos una diferencia grande entre la mirada de Jesús y la mirada de aquel fariseo que lo había invitado a comer, como la mirada de los otros convidados después de todo lo sucedido. ¿Y nuestra mirada a cuál se parecerá más?
Es el primer pensamiento en la reflexión que me hago en torno a este evangelio que hoy se nos ha proclamado. Tal como comienza el relato no parece ser sino otra comida en la que han invitado a Jesús, como sucede en otras ocasiones. Pero ya en otras ocasiones ha sido motivo para que Jesús nos dejara hermosos mensajes. Recordemos cuando los invitados se daban de codazos por conseguir los mejores puestos en torno a la mesa y cómo nos dice Jesús que ese no ha de ser nuestro estilo, ni el de estarnos peleando por puestos principales, ni el de simplemente invitar a los amigos y a quienes pudieran correspondernos invitándonos a su vez a nosotros.
Hoy las cosas van a ir por otro camino. Una vez que estaban recostados en torno a la mesa, según costumbre y estilo de la época, ‘una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba Jesús comiendo en casa del fariseo vino con un frasco de perfume y colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume’.
Allí está Simón, el fariseo que lo había invitado, nervioso y observando cuanto sucedía. No se atreve a decir nada pero su mirada lo dice todo. No se atreve a decir nada pero allá está pensando en su interior. ¡Cómo se atreve esta pecadora! ¡Cómo lo permite Jesús si es una pecadora! ‘Si éste fuera profeta… - ¿están aflorando sus dudas? ¿serán sus sospechas maliciosas? ¿serán los juicios ya condenatorios de antemano? - si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora’.
No lo olvidemos era un fariseo y según sus puritanas ideas aquella mujer pecadora está contaminando con su impureza todo cuanto toque; no olvidemos cuantas purificaciones se hacían cuando llegaban de la plaza, aunque ahora ni agua había ofrecido a Jesús. Allí estaba brotando por sus ojos la malicia de su corazón que no es capaz de ver algo más hondo en cuanto estaba sucediendo.
Pero la mirada de Jesús era distinta porque estaba viendo lo que realmente había en el corazón de aquella mujer. Quien nos estaba enseñando que Dios es compasivo y misericordioso y nos pedía que fuésemos nosotros compasivos como compasivo y misericordioso es Dios, estaba mostrándonos ahora ese rostro misericordioso de Dios.
Jesús que conoce cuanto sucede en nuestro corazón, conociendo cuanto estaba pasando por el corazón y el pensamiento de quien lo había invitado a comer le propone una breve parábola. La hemos escuchado. ‘Un prestamista que tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Y como  no tenían con qué pagar los perdonó a los dos. ¿cuál de los dos lo amará más?’ La respuesta salió lógica de la boca del fariseo. ‘Supongo que aquel a quien le perdonó más’.
Y ahora Jesús se vuelve hacia aquella mujer. Aquella mujer que solo llora en silencio. No le escuchamos ninguna palabra. Aquella mujer que no había buscado puestos especiales, sino se había puesto en el lugar de los sirvientes, postrada detrás a los pies de Jesús, y realizando aquello que quizá a través de sus sirvientes Simón le tenía que haber ofrecido a Jesús en el nombre de la hospitalidad. No lo había hecho Simón; lo estaba haciendo aquella mujer a quien el fariseo consideraba indigna, pero que en la enseñanza de Jesús sería la primera, porque había aprendido a ponerse en el ultimo lugar, a ocupar el lugar de los que sirven.
Allí estaba Jesús, el Maestro y el Señor; el que viene a levantar y a redimir le está devolviendo la dignidad a aquella mujer; el que sabe valorar cuanto amor hay en el corazón de aquella mujer que aunque muy pecadora, sin embargo había sido capaz de amar mucho.  ‘Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor’.  ¡Qué hermosa la mirada de Jesús! ¡Qué grande es el corazón de Cristo! ‘Tus pecados están perdonados’, le dice a aquella mujer.
Pero todavía hay por allí algunos que siguen con la mirada de la desconfianza, de la incredulidad, del juicio y la condena que no entienden de misericordia y de perdón.  ‘Los demás convidados comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que hasta perdona pecados?’ La cerrazón de sus corazones les impide abrir los ojos para descubrir el amor, para descubrir el rostro misericordioso de Dios que allí se está manifestando.
Y como nos preguntábamos ya desde el principio ¿cuál es nuestra mirada? Seguro que ahora diremos que nuestra mirada tiene que ser como la de Jesús. Ojalá aprendamos la lección y aprendamos a mirar con una mirada como la de Jesús, porque tenemos que reconocer que no ha sido así muchas veces en nuestra vida. Seamos sinceros ¿cómo miramos habitualmente a los demás?
Con cuánta desconfianza miramos tantas veces a los que nos rodean; cuántas veces aparece esa desconfianza o hasta esa sospecha ante quien pueda aparecer de manera inesperada en nuestra vida; cuántas veces seguimos marcando con el sambenito de la duda y de la culpa a quien en un momento quizá tuvo un tropiezo en su vida e hizo quizá lo que no era bueno, y nosotros seguimos desconfiando y pensando que sigue siendo igual; cuánto  nos cuesta dar una oportunidad al caído para levantarse y redimirse. Quizá hasta tenemos miedo de tocar con nuestra mano a aquel pobre a quien vamos a dar una limosna o no me quiero mezclar con aquellos que tienen tan mala apariencia.
Qué fácil nos es acusar y condenar con nuestro juicio y con nuestra crítica a cualquiera que se cruce en nuestra vida porque quizá nos cae mal o no nos es tan simpático o tiene mala presencia. Muchas veces tomamos posturas distantes ante los que nos parece que no son de los nuestros o tienen otra manera de pensar y con ellos no queremos hacer migas. Cómo nos cuesta perdonar a quien nos haya podido molestar en un momento determinado y cómo se guardan los rencores y los resentimientos. Cómo seguimos pensando que aquella persona no puede cambiar y no le damos una oportunidad ni le tendemos la mano para ayudarla a levantarse.
Jesús no le preguntó a la mujer ni le echó en cara por qué había caído en aquella situación de pecado. La mirada de Jesús fue una mirada llena de amor, una mirada que era como una mano tendida para levantarse, para darle como un plus de confianza, para hacerle sentir que su vida podía ser distinta, para que comenzara una nueva vida, para que comenzara a valorarse dentro de sí misma. La mirada de Jesús era una mirada de amor y de paz que inundaría de ese amor y de esa paz el corazón de aquella mujer.
Es la mirada que tenemos nosotros que aprender a tener para dar confianza, para despertar esperanza, para llenar de paz los corazones, para que en verdad se sientan perdonados y transformados, para que puedan valorarse a sí mismos creyendo que pueden comenzar una vida nueva; somos nosotros los que ahora tenemos que ir mostrando con nuestro amor, con nuestra comprensión, con nuestro corazón lleno de misericordia y amor el corazón misericordioso de Dios.
¿Cambiará nuestra mirada, la forma de acercarnos y de amar a los demás?