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domingo, 25 de noviembre de 2012


Mi reino no es de este mundo… mi reino no es de aquí

Dan. 7, 13-14; Sal. 92; Apoc. 1, 5-8; Jn. 18, 33-37
‘¿Eres tú el rey de los judíos?... ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?’ Es el diálogo que se inicia entre Pilatos y Jesús. Creo que esto nos ayudaría y nos haría reflexionar mucho cuando hoy, en el último domingo del año litúrgico, estamos celebrando esta Solemnidad de Jesús, Rey del Universo.
Ser rey de los judíos no tenía el mismo significado en lo que pudiera pensar Pilatos, lo que soñaban los judíos que fuera el sentido del Mesías y cómo realmente Jesús se presentaba como rey. Claro que Pilatos, representante en Palestina del emperador romano, pudiera tener sus prejuicios y sus miedos en que alguien se presentara como Rey de Israel; es por eso por lo que los judíos aprovechan para llevar a Jesús ante el pretorio con esta acusación. Pero por otra parte sabemos bien del sentido triunfalista que tenían ellos del Mesías que esperaban.
Sin embargo, hemos de reconocer que a nosotros también nos pudiera pasar de manera semejante, porque muchas veces podemos presentar a Jesús como Rey de una manera triunfalista y a la manera de lo que son los reyes de este mundo, y no cómo Jesús es realmente, el Rey y Señor de nuestra vida. ¿Nos habremos creado una imagen distorsionada de Jesús como Mesías y como Rey de Israel?
‘Mi reino no es de este mundo… mi reino no es de aquí’, proclama Jesús. Sí, su reino no es de este mundo, a la manera de los reinos de este mundo. Su reino no es un reino de ejércitos ni un reino que se imponga por la fuerza. Es de otra manera. Pilato ahora no lo comprenderá cuando Jesús le dice ‘tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y he venido al mundo; para ser testigo de la verdad’. Y la verdad de Jesús nos hace libres; la verdad de Jesús nos lleva a la plenitud; la verdad de Jesús pasará por los caminos del amor y del servicio. Eso no lo entenderán los poderosos. A nosotros en realidad, aunque lo sepamos, nos cuesta entenderlo muchas veces.
Es cierto que en todo el evangelio Jesús nos hace otra cosa que hablarnos del Reino de Dios, pero nos dirá que lo poseerán los pobres, los sencillos, los humildes, los que buscan la verdad y el bien, incluso los que son perseguidos por su causa. Recordemos una vez más el mensaje de las bienaventuranzas. Por eso nos dice que su reino no es de aquí, porque la plenitud no la alcanzaremos nunca en esta vida ni en este mundo, porque la plenitud solo podremos obtenerla en Dios, en la plenitud de vida junto a Dios en el cielo.
Cuando los discípulos encandilados por los poderes de este mundo y soñando con el Mesías triunfador comiencen a suspirar por primeros puestos o lugares de honor, les dirá que entre ellos no puede suceder de ninguna manera como con los poderosos de este mundo. ‘Entre vosotros no será así’, les dice. Poseerán el Reino y ocuparán primeros lugares en él, los que se hacen los últimos, los esclavos y servidores de todos. El, que es el Señor, se puso a los pies de los apóstoles para lavárselos con un simple y vulgar sirviente, y nos enseñó que así tendríamos que hacer nosotros. Esto es una constante en su enseñanza.
Hoy nosotros estamos celebrando a Jesucristo, como nuestro Rey y como nuestro Señor. En verdad que Jesús lo es. El nos ha rescatado derramando su sangre por nosotros para que tengamos vida. El abajándose hasta someterse a una muerte de Cruz a nosotros nos ha levantado con El para llenarnos de su vida y al hacernos partícipes de su vida divina, nos ha hecho hijos de Dios.
Y si podemos proclamar en verdad que Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre, sentimos cómo a nosotros nos ha redimido, nos ha comprado, como dice san Pedro, no a precio de oro ni de plata, sino al precio de su Sangre derramada para el perdón de nuestros pecados. ‘Aquel que nos ama, nos decía el libro del Apocalipsis, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre’.
‘A El la gloria y el poder por los siglos de los siglos’. Sí, queremos cantar la gloria del Señor, queremos reconocer la maravilla que ha realizado en nosotros y queremos darle gracias y cantar eternamente la alabanza del Señor. Hoy, para los que creemos en Jesús y le proclamamos como nuestro Rey y Señor, es un día grande, una gran solemnidad y con toda la Iglesia nos alegramos, y con la liturgia queremos cantar la mejor alabanza al Señor. ‘Quienes nos gloriamos de obedecer los mandatos de Cristo, Rey del Universo, pedimos que podamos vivir eternamente con El en el cielo’, como diremos en una de las oraciones de la liturgia.
Pero, ¿sabéis cuál es el mejor cántico de alabanza? ¿Cómo es que en verdad podamos nosotros reconocer que Jesús es el Señor y el Rey del universo? ¿Cómo podemos pertenecer a su Reino?
Proclamaremos en verdad que Jesús es el Señor y Rey del universo cuando nos impregnemos de todos esos valores que Jesús nos enseña en el evangelio. No tendrían que caber ya en nosotros nunca más ni las actitudes violentas y dominadoras que nos alejarían de su Reino de paz, ni la prepotencia ni el orgullo pueden ser acompañantes de nuestra vida cuando queremos pertenecer a su reino de amor y de justicia.
Será por los caminos de la humildad y de la sencillez, por los caminos del servicio y de la solidaridad, por los caminos del amor que nos llevarán a aceptarnos y respetarnos mutuamente, a buscar siempre por encima de todo el bien del otro y a poner de nuestra parte todo lo necesario para vivir unidos y en comunión con los demás, cuando estemos viviendo y realizando en nuestra vida y en nuestro mundo ese Reinado de Dios.
Cuando sepamos perdonarnos y aceptarnos humildemente como somos, cuando nos respetemos y nos comprendamos sinceramente, cuando aprendamos a olvidarnos de nosotros mismos siendo humildes y no importarnos ser los últimos y valorando primero que nada todo lo bueno que hay en los demás, cuando vivamos con autenticidad y sinceridad nuestras relaciones con los demás alejando de nosotros todas las caretas de la falsedad y de la hipocresía, entonces estaremos ya viviendo en el Reino de Dios y estaremos proclamando con nuestras vida que Jesús es el único Señor de nuestra existencia.
La proclamación que queremos hacer en este día de que Jesús es el Rey del Universo y nuestro único Señor no la hacemos solamente con palabras, sino que lo estaremos proclamando desde la autenticidad de nuestras obras y desde nuestro compromiso real de amor.
‘Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria por siempre’, proclamaremos hoy con toda intensidad con la liturgia. Pero no serán solo palabras, sino que será con toda nuestra vida como lo vamos a hacer. Lo haremos con fuerza, porque con fuerza queremos hacer de nuestra vida y de nuestra tierra el Reino de Dios; lo haremos con fe porque confesamos radicalmente que Jesús es nuestro único Señor; pero lo haremos con esperanza porque deseamos alcanzar, y tenemos la certeza de que lo podremos alcanzar, la plenitud del cielo, la plenitud del Reino eterno de Dios, compartir la vida eterna y poder cantar eternamente las alabanzas del Señor.

sábado, 24 de noviembre de 2012


Estos son mis dos testigos que están en la presencia del Señor

Apoc. 11, 4-12; Sal. 143; Lc. 16, 9-15
Ayer tarde en una reunión a partir de una oración en común que hacíamos y partiendo de unos textos que se n os ofrecían, alguien me preguntaba por qué la gente bloquea a la Iglesia. En principio no entendía el sentido de la pregunta pero al irse explicando la persona que hacía la pregunta el sentido era por qué la gente se opone o rechaza a la Iglesia, lo que dice o lo que enseña.
Fuimos comentando luego y tratando de explicarnos de alguna manera el por qué de esos bloqueos, como decía la persona, y veíamos cómo cuando nos enseñan lo bueno se contrasta claramente quizá nuestras actitudes, nuestras posturas o nuestros actos no tan buenos; cuando se presentan delante de nosotros testigos del bien y de lo bueno, ese testimonio puede herir, por decirlo de alguna manera, y denunciar lo malo que pueda haber en nosotros y una postura fácil y pronto que pueda surgir es el rechazo, la descalificación o el tratar de acallar aquello bueno que se convierte en denuncia del mal que haya en nosotros. Molesta la Iglesia, molesta el evangelio, molestan los testigos del bien y de la verdad.
Al escuchar este texto de la Palabra de Dios tomado del Apocalipsis que hoy se nos ha proclamado veo una iluminación para lo que antes decíamos, porque fue lo que le sucedió a aquellos dos testigos de los que nos habla el texto sagrado. ‘Estos son mis dos testigos, los dos olivos y las dos lámparas que están en la presencia del Señor de la tierra’, nos decía el texto; y nos daba las características de aquellos dos pilares del Antiguo Testamento, que fueron Moisés y Elías como signos y emblemas de la Ley y los Profetas.
Pero seguía diciéndonos proféticamente el texto sagrado, ‘cuando terminen su testimonio, la bestia que sube del abismo les hará la guerra, los derrotará y los matará’. Es la lucha y la oposición del maligno a los testigos del bien y de la verdad. Es lo sucedido en todos los tiempos en que los buenos son perseguidos y a los que nos anuncian el evangelio con su palabra y con su vida tratan de acallarlos.
Es la razón de las persecuciones que han sufrido los cristianos de todos los tiempos y que hoy se sigue padeciendo en el corazón de la Iglesia y en tantos lugares del mundo. No es el discípulo mayor ni mejor que su maestro y si a Jesús lo llevaron hasta el calvario y la cruz, lo mismo les sucederá a los testigos de Jesús. Es lo que de manera simbólica trata de describirnos el Apocalipsis.
Pero la victoria del mal no es definitiva, como no fue definitiva la muerte de Jesús en la Cruz porque contemplamos y celebramos al Resucitado, al Señor de la vida y triunfador del pecado y de la muerte en su resurrección. De eso sigue hablándonos hoy el Apocalipsis. ‘Al cabo de tres días y medio, un aliento de vida mandado por Dios entró en ellos y se pusieron en pie en medio del terror de todos los que lo veían’.
Por eso decimos y repetimos que el libro del Apocalipsis es un libro de esperanza, nos alienta en medio de nuestras tribulaciones y persecuciones, porque sabemos que con nosotros estará siempre la victoria de Cristo resucitado porque nosotros estamos también llamados a la resurrección y a la vida. La fuerza del Evangelio que es la fuerza de la vida y de la gracia alcanzará su triunfo y podremos disfrutar del Reino de Dios en plenitud.
Seamos testigos sin ningún temor. No podemos callar lo que hemos visto y oído, como decían los apóstoles cuando les prohibían hablar del nombre de Jesús. No podemos callar aquello que hemos vivido y a nosotros también nos ha llenado de vida. No será fácil nuestro testimonio, pero la gracia del Señor está siempre con nosotros. Seamos siempre valientemente testigos de Jesús y el evangelio.

viernes, 23 de noviembre de 2012


Al paladar dulce como la miel, en el estómago sentirás ardor

Apoc. 10, 8-11; Sal. 118; Lc. 19, 45-48
Es habitual que los profetas nos hablen con imágenes y comparaciones para expresarnos toda la hondura y riqueza que tiene la Palabra del Señor que quieren trasmitirnos. Jesús, como conocemos bien, en el evangelio emplea frecuentemente parábolas para hablarnos del Reino de Dios. No nos quedamos en la literalidad de la imagen o de la comparación sino en el mensaje hondo que quieren trasmitirnos. Así también el Apocalipsis que estamos escuchando en estos días está lleno de imágenes y comparaciones muchas veces tomadas de los profetas de Antiguo Testamento.
Es el caso de la imagen que hoy se nos presenta que nos traslada con toda fidelidad lo que el profeta Ezequiel ya nos había presentado. ‘Ve a coger el librito abierto de la mano del ángel… cógelo y cómelo; al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor’.
Ya se nos había hablado del rollo que nadie podía abrir, pero que el Cordero tomó de la mano del que estaba sentado en el trono y lo abrió para nosotros. Ahora ese libro ha de ser comido. La imagen del comer tiene en sí misma precioso significado. Es asimilar, es hacer vida de sí mismo aquello que se come, es alimentarnos para tener vida, quiere expresar también una unión muy profunda.
¿Qué contiene ese librito? Es la profecía, es la revelación, es la Palabra de Dios, es el mandamiento del Señor, es el camino que hemos de seguir y vivir. Y nos dice ‘al paladar será dulce como la miel’; y ese mismo concepto lo hemos ido repitiendo en el salmo: ‘Qué dulce al paladar tu promesa… es mi alegría el camino de tus preceptos… son mi delicia… mis consejeros. Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata… más dulce que la miel en la boca… la alegría de mi corazón’.
Cuando con fe acogemos y aceptamos el mandamiento del Señor así nos sentimos dichosos y felices. Es la dicha y el gozo de escuchar al Señor y poner en práctica sus palabras. Ya nos lo había dicho desde el principio a manera de bienaventuranza: ‘dichoso el que lee y dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito, porque el plazo está cerca’. Es la riqueza de la Palabra del Señor que es nuestro gozo y nuestra alegría. ‘Más dulce que la miel en la boca’, que nos repite hoy. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’, había dicho un día Jesús.
Pero hoy nos dice también la profecía del Apocalipsis que ‘en el estómago sentirás ardor’. ¿Qué nos quiere decir?  Hoy terminará diciéndonos que ‘tienes todavía que profetizar contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reinos’. Profetizar es decir y proclamar la Palabra; profetizar es dar testimonio y convertirnos en testigos. Nuestra vida tiene que ser profecía; nuestra vida ha de ser la de un testigo. Testigos frente al mundo que nos rodea; testigos frente a un mundo de indiferencia cuando no de increencia.
Y damos testimonio de algo nuevo y distinto, de una vida nueva, de una vida distinta; damos testimonio de nuestra fe; hemos de dar testimonio con las actitudes y comportamientos de nuestra vida. No siempre será fácil, porque nos acecha la tentación, porque nos encontramos un mundo adverso y muchas veces en contra, porque ese testimonio nos costará esfuerzo y sacrificio. Profetizar, como decíamos, es ser testigo. Y el testigo es un mártir porque estará ofreciendo la propia vida como testimonio. Y eso en muchas ocasiones nos costará sufrimiento, dolor, lágrimas, sangre quizá con la que rubricar nuestro testimonio cuando sea necesario. ‘En el estómago sentirás ardor’.
Pero con nosotros está el Señor. No nos faltará su gracia, la fuerza de su Espíritu. Nos sentimos alentados en nuestra esperanza, fortalecidos en nuestra fe, con ánimo para dar siempre el testimonio de nuestro amor.

jueves, 22 de noviembre de 2012


¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar los sellos?

Apoc. 5, 1-10, Sal. 149; Lc. 19, 41-44
‘¿Quién es digno de abrir el rollo y soltar los sellos?’ La visión continúa. Ayer contemplábamos la liturgia celestial y nos queríamos unir con nuestra alabanza al canto a la gloria del Señor. Ayer contemplábamos al Creador del universo, Señor Soberano de todas las cosas, y hoy vamos a contemplar al Cordero que se ha sacrificado y nos ha comprado con su Sangre.
Es Cristo, el Señor, nuestro Salvador y nuestro Redentor. Podíamos recordar aquí lo que nos diría san Pedro en sus cartas cuando nos habla de que no  hemos sido comprados ni a precio de oro ni de plata, sino al precio de la Sangre de Cristo derramada por nosotros.
‘Entonces vi delante del trono, rodeado por los seres vivientes y los ancianos, a un Cordero en pie; se notaba que lo habían degollado… y el Cordero se acercó, y el que estaba sentado en el trono le dio el libro con su mano derecha’.
 Es Cristo verdadera Palabra y revelación de Dios en esa imagen del Cordero que va a abrir el rollo de la revelación para darnos a conocer todo el misterio del amor de Dios. Una cosa sí sabemos y es que los libros en la antigüedad tenían esa forma de rollos, que no tenían la encuadernación que tienen nuestros libros hoy. Recordamos que el Apocalipsis comenzaba diciéndonos ‘esta es la revelación que Dios ha entregado a Jesucristo para que muestre a sus siervos lo que tiene que suceder’. Ahora contemplamos al Cordero que toma de la mano del que está sentado en el trono el libro de la revelación de Dios.
‘Y entonaron un cántico nuevo: Eres digno de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado, y con tu sangre has comprado para Dios, hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal, que sirva a Dios y reine sobre la tierra’. Es el cántico al Cordero pascual que ha sido inmolado; Cristo es nuestra Pascua. Ya no será la pascua recuerdo de la Antigua Alianza, sino será la Pascua en la Nueva Alianza de la Sangre del Cordero. Es el Cordero de Dios, como anunciaba y señalaba el Bautista, el que quita el pecado del mundo.
Es aquel que no sólo nos ha redimido de nuestro pecado cuando ha derramado su sangre por nosotros y por todos los  hombres para el perdón de los pecados, sino que nos ha regalado su Espíritu para darnos nueva vida haciéndonos hijos de Dios. Es quien se ha hecho en todo semejante a nosotros, pero para levantarnos y elevarnos, para darnos una dignidad nueva, para configurarnos con El y hacernos partícipes de su sacerdocio y de su heredad. Somos el nuevo pueblo, el pueblo de la Alianza nueva y eterna, el pueblo sacerdotal que participa del sacerdocio de Cristo, pues con Cristo hemos sido hechos de nuestro bautismo sacerdotes, profetas y reyes.
‘Nos hiciste para nuestro Dios reyes y sacerdotes’, hemos repetido y meditado en el salmo y por eso cantábamos jubilosos la alabanza del Señor. ‘Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de sus fieles, que se alegre Israel por su Creador, los hijos de Sión por su Rey… que los fieles festejen tu gloria y canten jubilosos en filas…’
Desde un principio hemos dicho que el Apocalipsis es un libro de esperanza porque es anuncio y revelación de la victoria de Cristo sobre el mal. Cuando hoy contemplamos cómo en la sangre de Cristo hemos sido redimidos de tal manera que así nos hace partícipes del misterio y de la vida de Cristo no es para menos esa esperanza de la que se llena nuestro corazón.
Grande será el peso de nuestros pecados que nos abruma el corazón, oscuros pueden ser los momentos por los que pasamos en las tribulaciones de la vida, pero mayor es el amor del Señor que nos anuncia ese triunfo sobre el mal, nos revela lo que es el amor de Dios y nos llena de nueva vida. Serán entonces muchos los motivos para amar al Señor, para darle gracias y para cantar eternamente sus alabanzas.

miércoles, 21 de noviembre de 2012


Merezcamos compartir la vida eterna y cantar eternamente la alabanza del Señor

Apoc. 4, 1-11; Sal. 150; Lc. 19, 11-28
‘Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, por haber creado el universo: por tu voluntad fue creado y existe’.
El texto del Apocalipsis que hoy se nos ha proclamado nos invita a la contemplación de la gloria de Dios. No es para comentar y sacar muchas conclusiones, sino para contemplar. Es como una liturgia celestial en el que contemplamos a toda la creación cantando la gloria del Señor. Distintos momentos así contemplamos a lo largo del Apocalipsis. Para un pueblo que vive en la tribulación el contemplar la gloria del Señor les llena de esperanza y levanta su espíritu.
La persecución que sufrían los cristianos por parte del imperio romano en aquel momento era porque no querían reconocer al emperador como a un dios al que habia que adorar. También nosotros sufrimos la tentación de adorar a quienes no pueden ser dios de nuestra vida, porque más bien nos los creamos nosotros. Sólo el Señor, Dios nuestro, merece nuestra adoración, es a quien hemos de adorar. En esta liturgia celestial contemplamos al Señor del universo. ‘Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, por haber creado el universo’. Es el Señor soberano de todo y de todos a quien hemos de adorar.
Las imágenes de esta visión de Juan con que se presenta esa liturgia celestial pretenden resaltarnos la grandiosidad de la gloria del Señor. Por eso nos habla de ese trono lleno de resplandores, rodeado de los ancianos en medio del resplandor de los relámpagos y el retumbar de truenos. Una manera de hablar para expresarnos esa grandiosidad. Y ese cántico celestial ya escuchado en las visiones de los profetas y que nosotros repetimos en la liturgia terrena.
También nosotros queremos unir nuestras voces a los coros de los ángeles y arcángeles, a todos los coros celestiales, a los santos que ya participan de la gloria del cielo para cantar de la misma manera. El mundo entero desborda de alegría en medio del gozo pascual que alienta continuamente nuestra vida. Y proclamamos una y otra vez la alabanza y la gloria del Señor. ‘Santo, Santo, Santo es el Señor soberano de todo: el que es y era y viene… los cielos y la tierra están llenos de tu gloria’.
Lo expresamos hoy también cuando en el salmo responsorial hemos repetido ese cántico del cielo alabando al Señor ‘por sus obras magníficas, por su inmensa grandeza, tocando trompetas, y arpas, y cítaras, con tambores y danzas, con trompetas y flautas, con platillos sonores y con platillos vibrantes, porque todo ser que alienta que alabe al Señor’.
Es el cántico de toda la creación; es el cántico de toda nuestra vida. Todo sea siempre para la gloria del Señor. Y lo hacemos con gozo y alegría, y lo hacemos con amor. Y, aún en medio de nuestras luchas y tribulaciones, queremos cantar la gloria del Señor, porque estamos llenos de esperanza.  
Ahora nosotros en la tierra celebramos nuestra liturgia de alabanza y de acción de gracias cuando celebramos el memorial de la muerte y de la resurrección del Señor, que es celebrar nuestra salvación. Queremos dar gracias al Señor, como decimos en la segunda plegaria eucarística ‘porque nos haces dignos de estar en tu presencia celebrando esta liturgia’, en la espera de un día poder participar en esa liturgia del cielo, porque ‘merezcamos, en virtud de los méritos de Cristo, compartir la vida eterna y cantar eternamente la alabanza del Señor’.
Decíamos al principio que no queremos sacar conclusiones sino contemplar. Contemplamos esa liturgia del cielo llenos de gozo y de esperanza y queremos seguir viviendo nuestra liturgia de aquí en la tierra unidos al misterio de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, que por nosotros se ha entregado, se ofrecido en el altar de la Cruz. Que todo sea en nuestra vida siempre para la gloria de Dios.

martes, 20 de noviembre de 2012


A los vencedores los sentaré en mi trono, junto a mí

Apc. 3, 1-6.14-22; Sal. 14; Lc. 19, 1-10
‘El que tiene oídos que oiga lo que dice el Espíritu a las Iglesias’. Por dos veces se repite en el texto de hoy. En el ritmo litúrgico no podemos leer todo el texto del Apocalipsis y la liturgia nos va ofreciendo unos textos escogidos muy significativos y con gran mensaje para nuestra vida. Hoy son los mensajes dirigidos a las distintas Iglesias lo que se nos ofrece: los dirigidos a la Iglesia de Sardes y a la Iglesia de Laodicea. Ambos terminan con ese mismo dicho de abrir nuestros oídos a lo que el Espíritu dice a las Iglesias, nos dice a nosotros.
‘Acuérdate de cómo recibiste y oíste mi palabra, le dice a la Iglesia de Sardes; guárdala y arrepiéntete, porque si no estás en vela, vendré como ladrón y no sabrás a qué hora vendré a ti…’ Una invitación a la vigilancia para escuchar esa palabra que nos va a purificar. En este mismo sentido le decía a la Iglesia de Laodicea: ‘A los que yo amo, los reprendo y los corrijo… estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos…’  Jesús llega a la puerta de Zaqueo, pasa junto al árbol desde donde Zaqueo quiere verlo pasar, pero Jesús le dice que si le abre la puerta, porque quiere entrar en su casa. Aquel día llegó la salvación a la casa de Zaqueo.
El Señor está a la puerta llamando y espera nuestra respuesta. Ya ayer escuchábamos la invitación al amor primero que se había enfriado. Hoy nos dice que no podemos ser tibios, lo que significa que no podemos como nadar entre dos aguas; tenemos que decidirnos, hacer una opción clara; no podemos andar a medias. Ya nos lo decía Jesús en el evangelio que o estamos con El o estamos contra El.
Hemos de esforzarnos en mantenernos con la vestidura blanca que recibimos en el bautismo para poder ir al encuentro del Señor. Sin embargo, el Señor que conoce nuestra debilidad al mismo tiempo nos ofrece el remedio, nos señala los caminos. Las imágenes que nos ofrece el texto sagrado son significativas y hemos de saber encontrarle su sentido. Así le decía a la Iglesia de Laodicea: ‘Tú dices: soy rico, tengo reservas y nada me falta. Aunque  no lo sepas, eres desventurado y miserable, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro refinado en el fuego, y así serás rico; y un vestido blanco, para ponértelo y que no se vea tu vergonzosa desnudez; y colirio para untártelo en los ojos y ver’.
¿Qué nos querrá decir? ¿Cuál será ese oro purificado al fuego, y esa vestidura blanca, y ese colirio para los ojos? Son las virtudes de las que hemos de revestir nuestra vida; será el fuego ardiente del amor que nos purifica; será esa luz divina de la gracia de la que hemos de dejarnos iluminar para poder conocer la grandeza del misterio de Dios, pero también la grandeza del misterio del hombre.
Es esa sabiduría del Espíritu la que nos abre los ojos para descubrir el sentido grande de nuestra vida. Es esa luz divina del Espíritu la que nos ilumina para que caminemos siempre por el camino recto y no nos desviemos por caminos de maldad y de pecado. Es la gracia divina que nos purifica y que nos enriquece, que es nuestra fuerza y nuestra alegría, la que suscita nuestra esperanza y mantiene viva nuestra fe, la que nos fortalece para que realicemos las obras del amor.
‘A los vencedores los sentaré en mi trono, junto a mí’, decía en el Apocalipsis y hemos ido repitiendo en el salmo. Escuchemos lo que dice el Espíritu a las Iglesias, lo que el Espíritu del Señor nos dice a nosotros también. No cerremos nuestros ojos ni nuestros oídos. Dejémonos iluminar y dejémonos purificar. ‘El que venza se vestirá todo de blanco… no borraré su nombre del libro de la vida, pues ante mi Padre y ante sus ángeles reconoceré su nombre’. ¿No  nos recuerda esto lo que Jesús decía que quien le reconozca ante los hombres, El también le reconocerá ante el Padre del cielo? Sigamos los caminos de la fidelidad y del amor. Nuestros nombres estarán inscritos en el libro de la vida para siempre.

lunes, 19 de noviembre de 2012


Revelación que Dios ha entregado a Jesucristo…

Apoc. 1, 1-4; 2, 1-5; Sal. 1; Lc. 18, 35-43
‘Esta es la revelación que Dios ha entregado a Jesucristo para que muestre a sus siervos lo que tiene suceder pronto’. Así comienza el libro del Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento y de la Biblia. Es el libro de la ‘revelación’, porque eso significa realmente la palabra Apocalipsis. Una revelación que conduce al pueblo cristiano en medio de luchas y dificultades, son todas las descripciones que se nos van haciendo a lo largo del Apocalipsis, en una lucha contra el enemigo y el mal hacia el triunfo final en que contemplaremos la nueva Jerusalén, la ciudad santa que bajaba del cielo, que es el trono y la gloria de Dios.
‘Dichosos el que lee y dichosos los que escuchan esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito’. Es la bienaventuranza; es la invitación al gozo en la esperanza. Podemos pasar por momentos oscuros y difíciles pero no nos falta nunca la esperanza. Cuando a finales del siglo primero de la era cristiana Juan escribe el Apocalipsis no le faltan al pueblo cristiano persecuciones y dificultades. Pero se siente seguro en el Señor; sabe que tiene asegurada la victoria. Esta revelación que recibe de Dios a eso le impulsa, a eso le conduce. Será un camino de fidelidad pero será también un camino de purificación.
‘Juan a las siete Iglesias: gracia y paz a vosotros de parte del que es y del que era y viene…’ El Espíritu se va a dirigir a las siete iglesias que representan la Iglesia toda de entonces y de siempre, siempre en tribulación mientras espera al Dios que viene. A cada una de las Iglesias les va a resaltar en aquello que destacan y son fieles, pero también les va a llamar la atención y corregir en lo que pueden ser los fallos y en lo que han de enmendarse. La voz del Espíritu les va a resonar fuerte en los oídos y va a ser una voz que les invita a la purificación.
En el texto que hoy hemos escuchado el Espíritu se dirige a la Iglesia de Éfeso. ‘Conozco tu manera de obrar…’ y le recuerda todo el esfuerzo que va realizando, cómo no quiere casarse con los malvados ni quiere confundirse con los falsos apóstoles descubriendo a los que son embusteros. ‘Eres tenaz, has sufrido por mí y no te has rendido a la fatiga, pero tengo en contra tuya que has abandonado el amor primero’. No mantiene la intensidad del primer amor que se va enfriando. Es necesario caldear de nuevo el corazón para volver a aquella primera intensidad.
Nos puede decir mucho a nosotros también. Queremos ser buenos, luchamos y nos esforzamos, pero en ocasiones nos puede la debilidad. Queremos ser fieles y queremos hacer siempre el bien, pero nos puede en ocasiones el cansancio y la rutina y se nos enfría el corazón. Como los enamorados que se van acostumbrando a su amor y pierden la frescura y la intensidad del primer amor. Tenemos que recuperarlo. Por eso tenemos que escuchar con atención sin cansarnos ni acostumbrarnos la Palabra de Dios de la que hemos de sentir siempre su novedad para no caer en esa frialdad y rutina.
Por eso aunque a veces nos pueda parecer repetitiva la Palabra que se nos proclama y que vamos escuchando hemos de hacer el esfuerzo de abrir bien siempre los oídos del corazón para que sea una palabra viva que nos interpele, que nos despierte, que enriquezca nuestra vida, que nos haga sentir la gracia y la fortaleza del Señor.
‘Dichosos el que lee y dichosos los que escuchan esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito’. Que sintamos esa bienaventuranza sobre nosotros porque así escuchemos y le demos importancia a lo que el Señor nos revela. Que el Espíritu venga a nosotros y nos hable también al corazón para dejarnos transformar. Aunque seamos débiles con nosotros estará siempre la fortaleza y la gracia del Señor.

domingo, 18 de noviembre de 2012


Entonces se salvará tu pueblo…

Dn. 12, 1-3; Sal. 15; Hb. 10, 11-14.18; Mc. 13, 24-32
El profeta Daniel habla de tiempos difíciles y en el evangelio se nos habla de cataclismos cósmicos. Pero al mismo tiempo el profeta hace anuncios de salvación y de resurrección - ‘entonces se salvará tu pueblo’ - y en el evangelio se nos dice que ‘entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad’. Lo que podría parecer en principio anuncio de males y de muerte, sin embargo se convierte en un anuncio que nos llena de esperanza porque nos habla de salvación y de vida.
¿Son anuncios del tiempo final? ¿Es el final de los tiempos en que esta vida terrena se acaba? Es un género apocalíptico el que emplea el profeta Daniel y también el sentido de las palabras de Jesús. Se nos puede hacer indescifrable y de difícil comprensión pero, aunque a veces el concepto que tenemos del Apocalipsis es que nos habla de cataclismos, de destrucción y de muerte, sin embargo su verdadero sentido es un anuncio de esperanza como un rayo de luz para quienes se ven envueltos en momentos difíciles y que podrían parecer estar llenos de negrura.
Cuando Jesús pronunciaba estas palabras que hemos de ver en su contexto, no sólo anunciaba el tiempo final, sino que estaba hablando también del camino de destrucción al que estaba avocado el templo y la ciudad de Jerusalén, hechos que podrían haber sucedido ya cuando el evangelista nos traslada este relato. Por eso sus palabras tienen ese trasfondo de esperanza porque nos hablan de una salvación final con la venida del Hijo del Hombre en gran poder y majestad. Y es que en Cristo todo un día va a alcanzar su plenitud total.
Es por eso que también nosotros cuando escuchamos hoy estas palabras, como Palabra que Dios nos dice hoy en el contexto también de la vida que vivimos, vemos reflejados, es cierto, los momentos difíciles por los que pueda estar pasando nuestra sociedad y nuestra vida, pero como siempre la Palabra del Señor es una palabra que quiere suscitar en nosotros esperanza porque siempre es camino de vida. Y vaya si necesitamos tener esperanza que nos anime a luchar y hacer en verdad un mundo mejor.
Jesús propone una breve parábola haciendo que se fijen en la higuera que cuando en medio del crudo invierno sin embargo sus ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, es un anuncio de principio de primavera y de verano de frutos cercanos.
En la turbulencia en que vivimos hoy en nuestra sociedad y nuestro mundo afectado por tantas crisis que parece que pueden hacer tambalear los cimientos de nuestra sociedad, hemos de saber descubrir esas ramas que se ponen tiernas y esas yemas que parecen querer brotar. Siempre reflexionamos que la situación por la que pasamos no es sólo una crisis económica, aunque esta pueda ser muy dura y muy real también, sino que detrás, quizá por la forma como hemos ido construyendo nuestra sociedad, hay una crisis de valores muy importante.
La gente está inquieta pero uno puede atisbar los deseos de que las cosas cambien, de que no podemos fundamentar nuestra vida sobre los antivalores sobre los que hasta ahora hemos ido construyendo en parte nuestra vida, y se ven surgir brotes, quizá algunas veces forzados, de deseos de mayor justicia, de solidaridad, de capacidad de sacrificio para buscar algo hondo y bueno, de inquietud en el corazón para hacer que las cosas sean mejor, de unión y de encuentro para entrar en un diálogo donde se busque una mejor manera de hacer las cosas. Creo que hemos de saber hacer también una lectura positiva en cuanto nos sucede.
Creo que podemos ver semillas esperanzadoras en todas esas cosas. Y ahí los que tenemos fe en Jesús y en los valores del evangelio tenemos mucho que decir y mucho que hacer. Porque la esperanza no nos puede faltar en el corazón. Y en Jesús y desde Jesús sabemos que sí podemos hacer un mundo nuevo y mejor. Tenemos en nuestras manos las reglas de juego, podríamos decir, si nos dejamos conducir por esos valores que nos enseña Jesús en el Evangelio. Tenemos la esperanza de la salvación que en Jesús podemos encontrar.
Sabemos que nuestra patria definitiva no está aquí en la tierra ni en lo que aquí podamos vivir, pero sí sabemos también que Dios ha puesto este mundo en nuestras manos para que lo construyamos haciendo de él el Reino de Dios, a pesar de nuestras limitaciones e incluso nuestros fallos humanos. El anuncio del evangelio que estamos obligados a hacer, porque es la misión que a nosotros nos ha confiado, tiene que ir moviendo y transformando los corazones para que logremos lo más hermoso que podamos humanamente conseguir si logramos una mayor armonía entre todos, si logramos que haya verdadera paz en los corazones y en los pueblos, si conseguimos que nos amemos más porque seamos en verdad más hermanos, si hacemos lo posible porque los que están a nuestro lado sean cada vez más felices. Eso es ir sembrando el Reino de Dios que un día podremos llegar a vivir en plenitud.
Y creo que esa es nuestra tarea cada uno en la parcela que le toca vivir y de la que ha de sentirse responsable. Allí donde estamos, donde hacemos nuestra vida, con aquellos con los que convivimos todos los días, en la familia o con los amigos, en nuestro lugar de trabajo o donde descansamos tenemos que ir sembrando esas semillas de amor, de paz, de armonía, de verdad para que cuando broten los corazones se transformen y vayamos haciendo poco a poco un mundo nuevo y mejor.
También en nuestra Iglesia y desde nuestro ser Iglesia tenemos que ir realizando esa transformación de nuestro mundo. En este domingo precisamente estamos celebrando el Día de la Iglesia Diocesana con este lema: ‘La Iglesia contribuye a crear una sociedad mejor’. Efectivamente como creyentes, como miembros de la Iglesia, como seguidores de Jesús no somos ajenos al mundo en el que vivimos. Y desde la Iglesia, con nuestra fe, nos sentimos comprometidos a hacer ese mundo mejor. En la medida en que vivamos con mayor autenticidad nuestra fe más nos sentiremos comprometidos con nuestro mundo, con nuestra sociedad.
La fe no nos aleja de nuestro mundo, como algunos pretenden hacer creer cuando quieren hacer un mundo ateo y sin Dios, sino que, todo lo contrario, nos compromete más con él porque sentimos que Dios lo ha puesto en nuestras manos y tenemos que hacerlo mejor cada día. Y tenemos con nosotros la fuerza del amor que es quien en verdad puede transformar nuestro mundo. Y no hay amor más grande que el que Dios nos tiene y el que ha sembrado en nuestros corazones.
Como nos dice nuestro Obispo en su mensaje para este día La Iglesia se preocupa (y se ocupa) de las necesidades espirituales y materiales de sus hijos y, también, de quienes no están vinculados a ella y que aceptan su servicio. Esto, ni más ni menos, es lo que hace la Iglesia: preocuparse y ocuparse de las necesidades espirituales y materiales de las personas. Por eso, podemos afirmar que directa e indirectamente, con su acción espiritual y socio-caritativa, la Iglesia contribuye a crear una sociedad mejor’. Hemos de saber ver y descubrir la ingente tarea que la Iglesia realiza en este sentido a través de toda su labor pastoral que educa y forma las conciencias, que despierta inquietudes y suscita gente comprometida para luchar por un mundo mejor.
Que no nos falte la esperanza; que los tiempos difíciles no nos obnubilen nuestra mente ni paralicen nuestro corazón. El Señor viene con su salvación. Es una seguridad y una certeza grande que tenemos desde nuestra fe cuando hemos experimentado su amor en nosotros.

sábado, 17 de noviembre de 2012


Ellos se pusieron en camino para trabajar por Cristo

2Jn. 5-8; Sal. 111; Lc. 18, 1-8
‘Ellos han hablado de tu caridad ante la comunidad de aquí’. Así le dice Juan a Gayo, a quien dirige esta carta, la tercera de las del apóstol Juan. Esta semana hemos venido escuchando diversas cartas breves tanto de san Pablo como ahora de Juan.
Esta de hoy es uno de los escritos más breves del Nuevo Testamento y como hemos escuchado Juan hace alabanza del buen hacer de Gayo para con la comunidad y para con los pastores de la comunidad. En lo que hemos citado para comenzar hace referencia a lo que los hermanos han dicho de él, de su buen hacer, de su caridad. Ahora Juan le va a pedir que siga actuando de esa misma manera generosa con los que van a hacer un viaje de evangelización. ‘Por favor, provéelos para el viaje como Dios se merece, ellos se pusieron en camino para trabajar por Cristo… por eso nosotros debemos sostener a hombres como estos, cooperando así con la propagación de la verdad’.
El pregonero del evangelio tiene estricto derecho a vivir del Evangelio, es decir, que la comunidad se preocupe de atenderlos para que puedan dedicarse plenamente a su labor sin otras preocupaciones. Ya lo enseña Jesús en el evangelio, que el obrero de la viña del Señor merece su salario, y también el apóstol Pablo hablará en sus cartas en este sentido.
Nos viene bien esta reflexión a la luz de la Palabra del Señor precisamente cuando estamos en días de celebrar el Día de la Iglesia Diocesana, que será mañana domingo. Y entre los objetivos de esta Jornada está el que tomemos condición de nuestro ser Iglesia, pero también de cómo todos hemos de contribuir al bien de la Iglesia, colaborando incluso económicamente para el desarrollo de sus actividades y para el sostenimiento del clero, de los pastores dedicados plenamente al anuncio del evangelio.
En su mensaje para esta jornada nuestro obispo nos dice: ‘Como en cualquier familia natural, en la Iglesia cada uno –de acuerdo con sus posibilidades- está llamado a poner lo mejor de si mismo para el bien del conjunto de los fieles. De ese modo, todos aportan y todos se benefician. Nadie se basta a sí mismo y, lo mismo que los demás me necesitan de mi aportación, yo también necesito de servicio de los otros. Sin duda alguna, ayudando a la Iglesia ganamos todos.
La Iglesia se preocupa (y se ocupa) de las necesidades espirituales y materiales de sus hijos y, también, de quienes no están vinculados a ella y que aceptan su servicio. Esto, ni más ni menos, es lo que hace la Iglesia: preocuparse y ocuparse de las necesidades espirituales y materiales de las personas. Por eso, podemos afirmar que directa e indirectamente, con su acción espiritual y socio-caritativa, la Iglesia contribuye a crear una sociedad mejor’.
Y continúa más adelante: ‘Para realizar todo esto, la Iglesia pide a sus miembros (a los que se sienten y declaran católicos) que se impliquen y participen en la vida eclesial, no contentándose sólo con ser sujetos pasivos que disfrutan de las cosas de la Iglesia, sino colaborando activamente con la oración, la dedicación personal y, también, con las aportaciones económicas necesarias el sostenimiento de la vida eclesial y para la atención a los pobres’.
Creo que nos pueden valer estas palabras de nuestro obispo para completar la reflexión que nos ofrece hoy la Palabra de Dios y así nos sintamos bien mentalizados de lo que es nuestra pertenencia a la Iglesia y la contribución generosa que en todos los sentidos nosotros podemos y tenemos que hacer.
Recojamos también el hermoso mensaje del evangelio con la parábola que Jesús nos propone para explicarnos cómo tenemos que orar siempre sin desanimarnos. Que así sea siempre nuestra oración en alabanza al Señor y para pedir por nuestras necesidades y las de la Iglesia y el mundo.

viernes, 16 de noviembre de 2012


Atentos y preparados para el día en que se manifieste el Hijo del Hombre

2Jn. 4-9; Sal. 118; Lc. 17, 26-37
Hay momentos en la vida en que nos suceden cosas inesperadas que nos causan sobresalto y sorpresa porque lo imprevisto de lo sucedido nos ha encontrado desprevenidos y sin prepararnos. Un accidente, una muerte repentina de un ser querido, una enfermedad, o algún otro hecho, no siempre tienen que ser cosas malas o negativas, que por lo inesperado nos resulta sorpresivo, como una visita o la llegada de alguien, que quizá de lejos y hace tiempo no habíamos visto, viene a vernos. ¿Por qué? ¿Por qué me sucede esto a mí?, nos preguntamos y nos decimos que si hubiéramos sabido lo que iba a suceder o que íbamos a recibir a alguien hubiéramos estado preparados.
En fin de cuentas, estas cosas que mencionamos con ser importantes, quizá no son tan trascendentales en nuestra vida. Pero con lo que nos dice Jesús hoy en el evangelio sí nos quiere hacer pensar en cosas o momentos que pueden ser, que son hecho trascendentales en nuestra vida. Nos quiere hablar Jesús del ‘día en que se manifieste el Hijo del Hombre’. Una referencia al momento final de nuestra vida, a la segunda venida del Hijo del Hombre que nos anuncia Jesús en el Evangelio, o del momento final de la historia humana.
Cuando estamos finalizando el ciclo litúrgico y lo mismo al comenzar luego el nuevo ciclo con el tiempo del Adviento la liturgia nos va ofreciendo una serie de textos de los evangelios que nos hablan de ese tiempo final. Es un recordatorio que nos hace de algo que por supuesto siempre hemos de tener en cuenta para que no olvidemos de la trascendencia que en todo momento hemos de darle a nuestra vida. Nuestra patria definitiva no es esta tierra ni este mundo, sino que estamos llamados a una vida en plenitud, una vida eterna junto a Dios, cosa que no podemos olvidar, porque realmente dará un sentido profundo a nuestra existencia.
Jesús nos propone varios hechos e imágenes para hacernos pensar y reflexionar. Nos habla de los tiempos de Noé, cuando llegó el diluvio y acabó con todos; sólo Noé y su familia que entraron en el Arca pudieron salvarse. O nos habla de la destrucción de Sodoma y Gomorra cuando bajó fuego del cielo y solo Lot pudo salvarse. ‘Así sucederá, nos dice, cuando se manifieste el Hijo del Hombre’.
No es para asustarnos y llenarnos de temor, sino para que recapacitemos en el sentido de nuestra vida, porque como aquellos que ‘comían, bebían, compraban, sembraban, construían, se casaban’, que no estuvieron preparados los encontró desprevenidos aquel momento de desolación, así nosotros también vamos haciendo nuestra vida preocupados por los afanes de cada día, y perdemos el sentido de trascendencia de nuestra vida, vivimos como si solo nos importara el momento presente, y hasta parece que viviéramos sin fe y hasta olvidándonos de Dios.
No tiene que ser esa la manera de actuar y de vivir del creyente. No somos creyentes sólo porque digamos que tenemos una fe y hasta nos sepamos de memoria el Credo recitándolo con toda fidelidad. Esa fe que tenemos tiene que reflejarse en lo que es la vida nuestra de cada día, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos, en el valor que le damos a las cosas materiales y en el sentido que le vamos dando a todo aquello que hacemos santificándolas con esa gracia del Señor, sirviéndonos para nuestra propia santificación.
Esa es la tarea del verdadero creyente. Así quien cree en Jesús sabe descubrir el verdadero valor de la vida y de lo que hace. Así, aunque a veces tengamos que vivir momentos malos y de dificultad, sabemos que todo eso bueno que vayamos haciendo un día se convertirá en plenitud cuando vivamos junto a Dios. Significa eso, entonces, la atención y tensión con que vivimos nuestra vida sabiendo descubrir también la presencia de Dios junto a nosotros que nunca nos abandona y nunca deja de enriquecernos con su gracia para que podamos vivir cada momento en el mayor sentido y plenitud.

jueves, 15 de noviembre de 2012

El Reino de Dios está dentro de vosotros, que se noten esas señales

Flm. 7-20; Sal. 145; Lc. 17, 20-25
‘Unos fariseos le preguntan cuando va a llegar el Reino de Dios’. El primer anuncio que hace Jesús cuando comienza su predicación por Galilea es invitar a la gente a convertirse y creer en la Buena Noticia de la llegada del Reino de Dios. Fue anuncio repetido una y otra vez y la gente estaba expectante. Era de alguna manera la señal de la llegada del Mesías esperado y con Jesús llegaba el Reino de Dios. Había que convertirse, había que creer, había que cambiar el corazón para poder acoger todo eso bueno que con Jesús llegaba.
Luego, si seguimos los pasos del evangelio, Jesús nos va explicando cómo es ese Reino de Dios. En el Sermón del Monte nos da sus fundamentales características porque nos está diciendo cómo ha de ser esa vida nueva que hemos de vivir. En las parábolas con imágenes nos va señalando también cómo va a ser ese Reino de Dios. ‘El Reino de los cielos se parece…’ y nos habla de la semilla sembrada, nos habla del banquete de bodas, nos habla de la viña entregada a los viñadores, y así nos va poniendo en imágenes cómo es y cómo vivirlo.
Sin embargo les costaba entender. A nosotros también, porque muchas veces tratamos de explicar como es ese Reino de Dios y qué es lo que hemos de hacer y también nos llenamos de confusiones. Pero los judíos seguían pensando en un Mesías victorioso y triunfante al frente de unos ejércitos o de toda una revolución que le devolviese la soberanía a Israel. Los apóstoles incluso les veremos momentos antes de la Ascensión seguir preguntando si ese era el momento de la restauración de la soberanía de Israel.
Les costaba entender. No habían realizado, como nos sucede a nosotros también, aquel necesario cambio del corazón para poder acoger ese Reino de Dios anunciado por Jesús. Seguían pensando en cosas espectaculares. A nosotros también nos gustan las cosas espectaculares. Quizá nos cuesta escuchar y atender a la Palabra de Dios que sencilla y humildemente se nos proclama cada día, pero si  nos dicen que aquí o allá se realizó no sé qué milagro, allá vamos corriendo entusiasmados porque queremos verlo o porque quizá centremos toda nuestra religiosidad en esas cosas. Somos muy dados a apariciones y visiones, a cosas espectaculares y somos capaces de recorrer medio mundo por ir a esos sitios, mientras tenemos a diario el milagro de la Eucaristía delante de nuestros ojos y ya casi  ni nos impresionamos.
¿Qué dice Jesús a la pregunta que le hacen los fariseos? ‘El Reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el Reino de Dios está dentro de vosotros’. Sí, es ahí en nuestro corazón donde tenemos que sentir el Reino de Dios, cuando reconocemos de verdad con todas sus consecuencias que Dios es el único Señor de nuestra vida. Y sentir que Dios es el único Señor de nuestra vida nos exigirá cambiar muchas cosas en nosotros, muchas actitudes y posturas, muchas maneras de ser y de vivir, muchas maneras de actuar.
Muchas veces hemos proclamado, y lo hacemos partiendo de todo lo que nos ha enseñado Jesús en el evangelio, que el Reino de Dios es paz, y es amor, y es justicia, y es verdad. Pues, sí, cuando vayamos poniendo más amor en nuestra vida porque a todos amemos y respetemos, porque todos nos queremos y seamos capaces de comprendernos y de perdonarnos; cuando seamos capaces de buscar el bien por encima de todo y buscar el bien el otro; cuando vayamos siendo sinceros, auténticos en nuestra vida desterrando de nuestro corazón todo lo que sea falsedad y mentira, apariencia o hipocresía, estaremos viviendo el Reino de Dios, estaremos sintiendo que el Reino de Dios está en nosotros y estando en nosotros lo iremos sembrando como buena semilla en nuestro mundo.
Por eso nos dice Jesús que no vayamos de acá para allá cuando nos digan que si está aquí o está allí, porque como el resplandor del relámpago lo ilumina todo con su luz de una vez, así nos sentiremos iluminados por Jesús allá donde estemos y allá donde estemos si vivimos el Reino de Dios estaremos también iluminando con esa luz el mundo que nos rodea. Y eso tenemos que hacerlo aquí donde estamos, con los que convivimos cada día, y con nuestros vecinos, y con nuestra familia, y con toda la sociedad que nos rodea. Demos de verdad esas señales del Reino de Dios por nuestra manera de vivir, por nuestro actuar, por nuestras actitudes, por nuestro compromiso, por nuestro amor. 

miércoles, 14 de noviembre de 2012


Encuentro de Jesús con la miseria humana en el triunfo de la misericordia divina

Tito, 3, 1-7; Sal. 22; Lc. 17, 11-19
Todo el camino de Jesús por la vida es un encuentro con la miseria humana, pero al mismo tiempo un triunfo de su misericordia y su poder sobre el mal, que suscita en nosotros la fe y que nos invita a la obediencia a su Palabra.
La imagen del evangelio en aquellos diez leprosos, que en las afueras del pueblo, pues por su condición de leprosos eran considerados inmundos y apartados de la vida de la comunidad está reflejándonos hasta donde llega la miseria del hombre. No es sólo la enfermedad que manifiesta la debilidad de nuestro cuerpo, sino aquella situación discriminatoria que viven los leprosos nos están señalando el pozo hondo en el caemos los hombres con nuestro mal.
Retrata demasiado bien la negrura en que se ve envuelto el corazón del hombre. Retrata no sólo la situación social de aquel momento con aquellas costumbres tan duras, sino que nos retrata a nosotros con nuestras distinciones y discriminaciones, con esas actitudes que se nos meten tantas veces en el corazón que nos lleva a excluir y apartar a muchos de nuestra vida porque sean de una forma determinada, porque nos hayan hecho algo que no nos gusta o nos haya dañado, o por tantas cosas que como disculpas nos buscamos para no dejarlos entrar en nuestro corazón.
Pero desde aquel pozo donde se ven hundidos aquellos leprosos al enterarse que pasaba Jesús de Nazaret surge el grito suplicando: ‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’. Y Jesús no se hace el sordo ante aquella súplica. Jesús les hace salir de aquel pozo en que se han metido o los han metido. Jesús los envía curados al encuentro de nuevo con la sociedad y con la familia. ‘Id a presentaros a los sacerdotes’. Era el requisito legal para que se reconociese que estaban curados y podían volver al seno de la comunidad y al encuentro con sus familias.
Nos hace falta a nosotros también gritar con fe a Jesús. El está pasando también por la cercanía de nuestra vida y no quiere ser ajeno a nada de cuanto sufrimos. En muchos pozos nos vemos hundidos, ya sea el mal del pecado que hayamos dejado entrar en nuestro corazón, ya sean las actitudes no siempre positivas que nosotros en muchas ocasiones podamos tener hacia los demás, ya sean otras situaciones duras y difíciles por los que estemos pasando por la vida. Jesús también escucha nuestra súplica, está atento a nuestra necesidad, nos tiende la mano a nosotros también para levantarnos y salir de ese pozo, sea cual sea, en que estamos metidos.
No podemos desconfiar de la misericordia del Señor que es grande, como grande es su amor. El ha venido para liberarnos del mal, para arrancarnos del pecado, para enseñarnos y darnos fuerza para salir de ese mal que hemos dejado meter en nuestro corazón; El ha venido para tendernos la mano y darnos esperanza en esas situaciones difíciles por las que pasamos en la vida.
Con El tenemos asegurada la salvación. Dejémonos conducir por El, que también nos está señalando los caminos que hemos de recorrer para llegar a esa vida nueva que nos ofrece. Si aprendiéramos esos caminos de amor, de solidaridad, de justicia, de verdad y autenticidad cuántos problemas se solucionarían, de cuántas maneras podríamos ayudar a los que están a nuestro lado, que estilo más bonito de unión y de comunión viviríamos entre unos y otros.
Y nos queda un comentario, un mensaje que siempre nos enseña este texto del evangelio. Seamos agradecidos con cuánto Dios hace en nosotros. Sepamos ver y reconocer su acción salvadora en nuestra vida y con gozo y humildad sepamos darle gracias. Así caminaremos en verdad hacia la salvación total. De aquellos diez leprosos de los que habla el Evangelio - todos habían sido curados - solo uno volvió a los pies de Jesús y sabemos que para él no solo llegó la curación de su cuerpo sino la salvación total. ‘Levántate, vete; tu fe te ha salvado’, le dice Jesús. 

martes, 13 de noviembre de 2012


Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación a todos los hombres

Tito, 2, 1-8.11-14; Sal. 36: Lc. 17, 7-10
‘Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres’. Es el gran anuncio que hace Pablo en la carta que estamos escuchando. Pero es el gran anuncio de nuestra fe. El gran anuncio que ya resonó en los campos de Belén cuando los ángeles anuncian a los pastores que en la ciudad de Belén les ha nacido un Salvador. ‘Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres’.
Es la Buena Noticia, el Evangelio que se nos anuncia y que nosotros tenemos que anunciar. Fue el mandato de Cristo antes de la Ascensión al cielo: ‘Id por todo el mundo anunciando la salvación, quien crea se salvará’. Es la Buena Noticia siempre nueva que nosotros escuchamos y que mueve nuestra vida a vivir la salvación. No es una noticia que se nos agote, que deje de ser noticia, porque siempre es una invitación a vivir la gracia en el momento presente.
Cuando Pablo le recuerda este mensaje a Tito le está pidiendo también que sea la Buena Noticia que él siga anunciando para que los hombres comiencen a vivir esa vida nueva de la salvación. Para siempre ya nos sentimos en relación intima y profunda con Dios, porque de El hemos recibido la salvación y tendrá que brotar de nuestros corazones la acción de gracias y la alabanza. Y esto no se puede agotar nunca.
Por eso para nosotros nunca una celebración que estemos viviendo es una mera repetición de otras celebraciones que hayamos tenido. Siempre tenemos que darle toda la intensidad, siempre tiene que surgir fuerte esa alabanza y esa acción de gracias desde nuestro corazón. Cuando no seamos capaces de hacerlo así es cuando nuestras celebraciones se vuelven rutinarias y frías. Siempre tenemos que sentirnos, por decirlo así, caldeados en ese amor de Dios que se nos manifiesta y al que queremos responder con toda intensidad.
Pero ese reconocimiento de la gracia y salvación que llega a nuestra vida implica que nuestra vida tiene que ser cada vez más santa. Por eso nos decía el apóstol que hemos de aprender a ‘renunciar a los deseos mundanos, para llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa’.
Previamente cuando ha ido indicando el apóstol lo que Tito ha de ir diciendo a los ancianos, a los hombres y mujeres de aquella comunidad, a los jóvenes y a los niños, señalando cosas muy concretas que parten de su vida misma les dice que se ‘mantengan robustos en la fe, en el amor y en la paciencia… que sean siempre maestros en lo bueno… que no hagan nada que desacredite el evangelio por su mal ejemplo… que tengan ideas justas y buenas, presentándose como modelos de buena conducta’.
Hermoso mensaje que tenemos que aplicarnos a nuestra vida concreta. Y además todo eso ‘aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo’. Vivimos en la esperanza del encuentro en plenitud con el Señor. Nos anunció y nos prometió su vuelta y nosotros vivimos siempre en esperanza. No nos puede faltar esa esperanza que en el fondo nos llena de alegría y de paz.
No sé si mientras nos vamos haciendo esta reflexión estas palabras nos suenan a algo que hacemos o decimos en la liturgia. En el rito de la comunión, como una prolongación del padrenuestro con el que empezamos esa parte de la Misa, eso es lo que le pedimos precisamente a Dios. Vernos libres de todo mal, llenarnos siempre de su amor y de su paz, sentirnos fortalecidos y enriquecidos en la misericordia del Señor para superar toda tentación y todo pecado, como decimos, ‘y protegidos de toda perturbación mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo’.
Hemos de cuidar lo que celebramos y lo que oramos en la liturgia para que siempre lo hagamos con todo sentido y profundidad. Y es que aquello que es nuestra fe y lo que es la lucha y el camino de nuestra vida cristiana eso es lo que celebramos en la liturgia; y lo que oramos en la liturgia, como lo que escuchamos en la Palabra que se nos proclama, hemos de reflejarlo siempre en todo lo que es nuestra vida.
‘Ha aparecido la gracia de Dios que nos trae la salvación… que vivamos esa salvación, que vivamos esa vida nuestra mientras aguardamos la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo’.

lunes, 12 de noviembre de 2012


Promover y despertar la fe de los elegidos

Tito, 1, 1-9; Sal. 23; Lc. 17, 1-6
Varias cosas nos sugiere hoy la Palabra proclamada, de las que desgranaremos algunas en este breve comentario. Decir de entrada que comenzamos leyendo la carta de san Pablo a Tito, que es una de las cartas llamadas pastorales, y que seguiremos en lo que queda de este tiempo ordinario con las cartas de san Juan y el Apocalipsis.
En el texto hoy escuchado de la carta a Tito vemos ese sentido pastoral en las recomendaciones que el apóstol le hace cuando lo ha dejado al frente de la comunidad de Creta y de cómo ha de escoger a los que van a ser pastores en medio de la comunidad. Pero sí quería fijarme en el saludo del Apóstol. Podríamos decir que nos da como su título o la razón de ser de su preocupación por la Iglesia de Dios. Ha sido llamado para ser Apóstol de Jesucristo y enviado con una misión muy concreta.
‘Apóstol de Jesucristo para promover la fe de los elegidos y el conocimiento de la verdad’. Así se presenta Pablo. Es un elegido y un enviado. Enviado para anunciar el evangelio de Jesús, el evangelio de la verdad. Jesús es el Camino, y la Verdad y la Vida, por eso al anunciar a Jesús estamos encontrándonos con esa verdad que nos dará plenitud y sentido a nuestra vida. Y eso es despertar la fe, ‘promover la fe de los elegidos de Dios’.  Es el primer fruto del anuncio que se nos hace de la Palabra de Dios, nuestra fe. Se nos habla de Jesús para que creamos en El; se nos habla de Jesús para que creyendo en El alcancemos la salvación.
De ahí cómo se completa ese saludo del apóstol, que lo tomamos también nosotros para la celebración litúrgica: ‘Te deseo la gracia y la paz de Dios Padre y de Cristo Jesús Salvador nuestro’. Lo escuchamos cada día y ritualmente respondemos al saludo sacerdotal, pero creo que tendríamos que ser conscientes de verdad de la riqueza que se nos está ofreciendo con la gracia y la paz de Dios para nosotros. Gracia y paz de Dios que hemos de saber acoger en nuestra vida, hacerla vida nuestra.
Pero quería fijarme, aunque fuera brevemente, también en el texto del evangelio. ‘Es inevitable que sucedan escándalos’, nos dice Jesús, porque el mal está ahí al acecho como una piedra de tropezar. Precisamente la palabra escándalo eso significa, piedra de tropezar; el mal nos hace tropezar; pero lo peor del escándalo es cuando somos nosotros con nuestro mal los que hacemos tropezar a los demás. Jesús es duro con esa situación, porque quiere precavernos y quiere también que salgamos de esa situación de mal y de pecado que puede hacer tropezar a los demás.
Por eso nos dice a continuación cómo tenemos que ayudarnos mutuamente. Es una consecuencia del amor que nos tenemos. Cuando  nos amamos de verdad no queremos que aquel a quien amamos se vea enrollado en las redes del mal. Por eso cuando vemos tropezar a alguien tratamos de ayudarle, corregirle, estar a su lado para ayudarle a que se aparte de ese mal. Nos pueden decir, yo hago con mi vida lo que quiero, pero aun así nosotros podemos aconsejar, hacer ver el mal en que haya podido caer el hermano para ayudarle a salir de él.
La corrección algunas veces está mal considerada. Y digo esto porque no siempre sabemos corregir; es ayudar, es estar a su lado para que vaya dando esos pasos necesarios que le alejen de esa situación, es poner mucho amor y mucha comprensión. Algunas veces pensamos que con solo una palabra que digamos ya tendría que ser suficiente y nos olvidamos que a nosotros también nos cuesta trabajo y esfuerzo superarnos en nuestras cosas y no siempre lo logramos desde el primer momento. Es la paciencia y la esperanza del hermano que corrige, que ayuda porque ama.
Ante todo esto que les va planteando Jesús los discípulos terminar por exclamar ‘auméntanos la fe’. Aumentanos la fe, sí, le pedimos porque nos cuesta creer, porque nos cuesta superarnos, porque nos cuesta muchas veces hacer el bien, porque en fin de cuentas somos pecadores. Aumenta nuestra fe, Señor, que es aumenta tu gracia sobre nosotros, que no nos falte nunca la gracia y la fuerza del Espíritu.

domingo, 11 de noviembre de 2012


Pongamos la luz del amor en el corazón para transformar nuestro mundo

1Reyes, 17. 10-16; Sal. 145; Hebreos, 9, 24-28; Mc. 12. 38-44
Un cuadro con dos escenas intensamente contrastadas en claroscuro nos ofrece el pasaje del evangelio. En el centro, tratando de iluminar con la verdadera luz está Jesús. Enfrente, nosotros, para quienes es el mensaje y sepamos descubrir los matices de lo que verdaderamente está lleno de luz y podamos descubrir quizá las tinieblas que aún pudieran quedar en nuestro corazón.
Lo que aparentemente pareciera que fuera luminoso porque contemplamos ostentosos ropajes en un personaje que parece que se desenvuelve con soltura porque busca verse reverenciado por los que le rodean u ocupando lugares principales y de honor pudiera estar más lleno de sombras que lo que nos pareciera menos luminoso - hasta sus ropas de viuda pudieran dar señales de oscuridad - porque más bien se oculta tratando de pasar lo más desapercibida posible y sin que nada de lo que hace llame la atención de cuantos le rodean.
Los que tenían la misión de enseñar porque para eso eran escribas y maestros de la ley se presentan con actitudes contradictorias en la búsqueda de vanidades y apariencias para lograr reconocimientos humanos; más bien su apego a la vanidad y a las cosas materiales harán que sus enseñanzas queden anuladas y sin valor. Mientras que quien quiere pasar desapercibida - nada quiere enseñar quizá porque se siente pequeña - nos está mostrando de manera bien plástica cuánto Jesús nos enseñará en el evangelio; en su generosidad se desposeerá incluso de lo que necesitaría para subsistir y además lo hará calladamente porque, como enseñará Jesús en otro lugar, lo que haga tu mano derecha que no se entere la izquierda.
Ya hemos escuchado el evangelio. Será Jesús el que nos haga descubrir dónde está la verdadera luz y cuáles han de las actitudes auténticas que han de brillar desde lo hondo de nuestro corazón reflejándose en todo lo que hacemos en la vida. Jesús previene contra los escribas porque el afán de las vanidades no es el mejor ejemplo que podamos seguir, ni mucho menos. ‘Les encanta pasearse con rico ropaje y que les hagan reverencias en la plaza y ocupar los lugares de honor en los banquetes, mientras devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos’. Sus vidas están llenas de oscuridades.
Enfrente, sin embargo, una viuda pobre se acercará calladamente al arca de las limosnas para depositar no grandes cantidades como hacían los ricos, sino los dos reales que tenía para subsistir en su necesidad. ‘Os aseguro que esa pobre viuda ha hecho en el arca de las ofrendas más que nadie. Los demás han echado de lo que les sobra, ésta que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’. Aquí está la luz que verdaderamente nos ilumina porque está reflejando en su actitud y en su generosidad lo que es la verdadera luz que nos trae Jesús.
Por su parte la primera lectura nos ha presentado la actitud generosa y desprendida de una mujer que ya casi nada le queda ni para sí ni para su hijo y que sin embargo será capaz de desprenderse de todo porque así se lo señala el profeta, porque así siente en su corazón la voz de Dios que le llama a tal generosidad y da valentía y fuerza para tenerla. Es la viuda de Sarepta de Sidón y es el profeta Elías el que de parte de Dios le promete que si hay generosidad en su corazón ‘la orza de harina no se vaciará,  ni la alcuza de aceite se agotará, hasta el día que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra’, como así le sucederá a aquella mujer.
Nuestra vida también está llena de claroscuros porque aunque en la mayoría de las ocasiones conocemos cuales son los caminos del amor, de la generosidad y del desprendimiento por los que tenemos que transitar, sin embargo nos sentimos frenados por nuestro egoísmo, por nuestras dudas de saber si estamos haciendo bien o no o si merece la pena en verdad ser generoso en la vida cuando contemplamos a nuestro lado a tantos encerrados en su egoísmo, en su vanagloria o en la ceguera con que viven sus vidas.
Sí, es cierto que a veces pensamos si estamos haciendo el tonto cuando somos generosos y compartimos, cuando somos capaces de hacer el bien incluso a aquellos que nos hayan hecho mal, cuando ponemos valentía en el corazón para perdonar a quien nos haya injuriado o en los momentos difíciles por los que pasamos pensamos que quizá algo tendríamos que guardarnos para nosotros mismos por si acaso algún día pudiéramos vernos en necesidad; y esas dudas nos frenan, nos hacen retraernos en ocasiones y no poner toda la generosidad que nos pide el corazón para compartir y para darnos por los demás, desoyendo lo que el Señor nos está pidiendo allá desde lo más intimo de nosotros mismos. No olvidemos que ‘los pobres son evangelizados y de ellos es el Reino de los cielos, los sufridos serán consolados y los que tienen hambre y sed de justicia serán saciados’.
Sólo el amor nos salvará porque desde la fe nos estamos queriendo parecer más y más al Dios que nos entregó a su Hijo hasta el extremo de morir por nosotros para darnos la salvación. Es el amor de Dios que transformará nuestro corazón y nos hará alcanzar la verdadera salvación que el Señor nos tiene reservada. Y los que se entregan así con generosidad por los demás tienen asegurada su recompensa en el cielo.
Solo viviendo desde el amor podemos salvar a nuestro mundo que con el egoísmo y la injusticia de tal manera hemos destrozado. Algunas veces podemos pensar que se han de imponer leyes que mejoren la sociedad y el mundo en que vivimos envuelto en tanta maldad, en tanto egoísmo e injusticia, tantas crisis que no son sólo las económicas porque se ha olvidado quizá de los mejores valores que lo pueden transformar desde dentro.
Pero serán nuestros gestos solidarios, la generosidad con que nos acerquemos a los demás para compartir no sólo lo que tenemos sino lo que somos, la humildad en el amor que nos haga entrar en una nueva órbita de relaciones más humanas y fraternales entre los unos y los otros, lo que irán transformando nuestro mundo, lo que lo que lo irá sembrando de nuevas semillas que germinarán en los corazones poniendo ese amor y esa generosidad que tanto necesitan y que producirán los frutos de una revolución del amor para hacer nuestro mundo mejor, más justo, más humano, más auténtico, más fraternal.
La viuda del templo de la que nos habla el evangelio ofreció algo muy pequeño y que pudiera parecer que tenía escaso valor, pero fijémonos como su gesto se ha seguido recordando y aun hoy, veinte siglos después, merece nuestra admiración y alabanza; un gesto pequeño de generosidad y amor y que ha contribuido a generar esa revolución del amor en el corazón de tantos que a lo largo de los siglos se han sentido y se siguen sintiendo motivados desde ese ejemplo y sencillo de aquella viuda.
Es el estímulo que sentimos en nuestro interior al escuchar este texto del evangelio que para nosotros es palabra de Dios, palabra que el Señor nos dice para interpelarnos por dentro. Estamos llamados a realizar esa transformación de nuestro mundo desde esos pequeños gestos que nosotros cada día podemos realizar allí donde estamos y que son semillas que plantamos para ir transformando corazones a nuestro paso y ayudándolos entonces a que también se empapen del espíritu del Evangelio.
No pensemos en cosas grandes y extraordinarias - que si el Señor nos pidiera realizarlas también nos daría su gracia para seguir su impulso - sino en esas pequeñas cosas, pequeños gestos de amor que cada día podemos tener para los que están a nuestro lado. Que no haya oscuridades en nuestra vida sino que todo sea luz porque resplandezcamos por las obras de nuestro amor. Cuando lo hagamos así  nos estaremos llenando de la luz de Dios, de la luz de Cristo resucitado.