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viernes, 2 de septiembre de 2011

En El quiso Dios que residiera toda la plenitud


Col. 1, 15-20;

Sal. 99;

Lc. 5, 33-39

En el evangelio mientras se nos va relatando la vida de Jesús, sus palabras y enseñanzas, sus obras y milagros, su amor y su entrega hasta la muerte y su resurrección se nos va revelando todo el misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús.

No nos quedamos en contemplar la vida de un hombre, por así decirlo, ejemplar; si nos quedáramos sólo en eso sería muy pobre el conocimiento que tuviéramos de Jesús y a poca vivencia de fe podríamos llegar; a quien estamos verdaderamente contemplando cuando vemos a Jesús, cuando lo escuchamos y vemos sus obras es al Hijo de Dios que se ha encarnado; por eso contemplamos a Jesús verdadero Dios, - es el Hijo de Dios - y verdadero hombre. En Jesús se nos revela Dios.

No por nosotros mismos sino por la fuerza del Espíritu que El nos ha dado podemos ir descubriendo todo ese misterio que se nos manifiesta en Jesús y podemos comprender sus palabras en su más hondo sentido y revelación, podemos entender sus obras, podemos descubrir el Reino de Dios que se nos hace presente en Jesús. Tenemos, sí, que invocar al Espíritu Santo que nos llene de su ciencia y de su sabiduría para conocer más plenamente a Jesús.

Por eso, además, la lectura que hacemos de los evangelios no es como la lectura de un libro cualquiera por muy interesante que nos pudiera parecer, sino que ha de ser realmente una lectura en oración, una lectura orante, porque realmente es Dios mismo quien nos va hablando y se nos va revelando. De Santo Tomás de Aquino se decía que estudiaba la teología de rodillas para expresar así la veneración y adoración con que se acercaba al misterio de Dios para mejor comprenderlo y mejor explicarnoslo a nosotros, que es la función de los teólogos.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión? Porque es sublime lo que se nos revela hoy en la Palabra de Dios sobre todo en el texto que hemos escuchado de la carta a los Colosenses. Nos encontramos aquí uno de los pasajes cristológicos más importantes y sublimes de las cartas de san Pablo. Cristo, imagen de Dios, centro de toda la creación, cabeza de la Iglesia y plenitud de la divinidad. Todo el misterio de Dios escondido desde todos los siglos se nos revela en Jesús. ‘Quien me ve a mi, ve al Padre’, nos ha dicho en el evangelio cuando los discípulos le piden que les enseñe, les dé a conocer al Padre. ‘Yo y el Padre somos uno’, nos dirá en otra ocasión manifestándosenos así la Divinidad de Jesús.

Ahora nos dice el apóstol que ‘en El quiso Dios que residiera toda la plenitud, porque El es el principio, el primogenito de entre los muertos y así es el primero en todo’. Efectivamente cuando contemplamos la resurrección de Jesús lo estamos contemplando a El como primicia, como principio de esa resurrección, de esa vida de la que todos hemos de participar. Es Cristo, pues, quien nos revela el misterio del hombre, como nos enseñaba el Beato Juan Pablo II. Y es que en Cristo es donde el hombre va a encontrar todo el sentido de su vida y toda su plenitud.

‘El es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia’, se nos dice resonando aquí lo que san Pablo nos dirá en la carta a los Corintios del Cuerpo Místico de Cristo que formamos todos como miembros pero cuya cabeza es Cristo. Se significa así esa misma vida de Cristo que hay en nosotros de la que El por la fuerza del Espíritu nos hace partícipes, pero que nos hace necesario que siempre vivamos unidos a El como el sarmiento a la vid, como los miembros unidos formando un solo cuerpo cuya cabeza es Cristo.

Y termina este texto diciéndonos algo hermoso. ‘Y por El quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz’. Cristo, nuestra reconciliación y nuestra paz. Para eso derramó su sangre, para traernos el perdón de los pecados – por vosotros y por todos los hombres, como decimos con las palabras de la consagración – y al darnos el perdón reconciliarnos, unirnos, hacernos vivir en una nueva comunión con Dios y con los hermanos.

No tiene sentido que los que seguimos a Jesús andemos divididos y enfrentados, que entre nosotros no haya comunión verdadera cuando Cristo ya nos ha reconciliado en su sangre. Cuánto tendría esto que hacernos pensar para superar todas esas piedrecillas del camino que nos hacen tropezar tantas veces en el desamor y el egoísmo, para buscar siempre esos caminos de reconciliación y de comunión, de amor y de paz.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Nos agolpamos nosotros también alrededor de Jesús


Col. 1, 9-14;

Sal. 97;

Lc. 5, 1-11

‘La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios…’ Tienen deseos de estar con Jesús y escucharle. Muchas esperanzas se iban despertando en su corazón. Algo nuevo estaba sucediendo y se aviva la fe de aquellas gentes. Jesús les habla del Reino de Dios y están sintiendo que algo nuevo está surgiendo. Por eso se agolpan a su alrededor a orillas del lago porque no quieren perder una palabra.

Como nos dice el evangelista había allí unas barcas en la orilla porque los pescadores están lavando las redes después de una noche de pesca que no había sido muy fructuosa y Jesús aprovecha para subirse en ellas y, como si desde un púlpito se tratara, desde allí poder dirigirse a todos. ‘Subió a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la apartara un poco de la orilla, para que todos le vieran y pudieran escucharle y desde la barca, sentado, enseñaba a la gente’. Hermosa imagen hemos de reconocer.

Poniendo toda nuestra fe en estos momentos hemos de sentirnos como aquella gente que se agolpaba alrededor de Jesús allá en la orilla del lago. En torno a Jesús estamos reunidos en nuestra celebración. Hasta El venimos con fe también con deseos de escucharle, de escuchar su Palabra. Algunas veces necesitamos detenernos un poco para hacernos como una composición de lugar y situarnos nosotros en medio de la escena para escuchar esa Palabra que se nos proclama. Un poco de imaginación no nos vendría mal para trasladar la escena del evangelio a este momento en que estamos reunidos y, como si hubiéramos estado allí en el lago, escuchar esa Palabra de Jesús como dirigida de verdad a nosotros.

Podemos detenernos aquí o podemos seguir meditando todo el texto del evangelio proclamado. Jesús que le pide a Simón que reme hacia el centro del lago para echar las redes para pescar. Como hemos escuchado la noche había sido infructuosa porque habían intentado pescar pero no habían cogido nada, sin embargo en todo aquello nuevo que está surgiendo en el corazón de los discípulos con la palabra y la presencia de Jesús hará que Simón con toda su fe puesta en Jesús eche de nuevo las redes. ‘Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada, pero, por tu palabra, echaré las redes’.

El milagro fue aquella pesca maravillosa, pero el milagro había sido la pesca que Jesús había hecho en el corazón de Pedro que se había abierto a la fe. La red reventaba, fue necesario llamar a otros compañeros que ayudaran, pero lo importante es lo que Pedro estaba sintiendo en su corazón. Fe, para reconocer a Jesús. Humildad, para reconocerse a si mismo como pecador. ‘Al ver esto Simón Pedro se arrojó a sus pies, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador’.

Pongámonos también nosotros en la barca con todos estos acontecimientos. Como Pedro intentemos poner también toda nuestra fe y nuestra confianza en Jesús para que en todo momento de nuestra vida podamos decir lo mismo: ‘En tu nombre, por tu palabra, echaré las redes’, quiero seguir caminando, quiero seguir buscando tu voluntad.

Seamos capaces también de abrir los ojos y asombrarnos de las maravillas que el Señor sigue haciendo en nuestra vida o a través de nosotros también en los demás. Con humildad sintámonos, sí, pequeños en su presencia, pero al tiempo que le damos gracias por tantas maravillas pidámosle que siga junto a nosotros, que no nos deje, que nos dé siempre la fuerza de su gracia, la fuerza de su Espíritu.

A Simón Pedro Jesús le dijo ‘no temas, desde ahora serás pescador de hombres’. Escuchemos allá en lo hondo de corazón lo que el Señor ahora nos estará pidiendo, o la misión que nos está confiando. Seamos capaces también de ponernos en camino para seguirle, para vivir nuestra fe, para conocerle cada vez más, para llevar su anuncio de paz a los demás. Como le decia san Pablo a los Colosenses que consigamos ‘un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual’.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios


Col. 1, 1-8;

Sal. 51;

Lc. 4, 38-44

Vamos a fijarnos de manera especial en este inicio de la Carta de San Pablo a los cristianos de Colosas, ‘el pueblo santo que vive en Colosas’, como señala Pablo que dice de sí mismo ‘apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios’.

Pablo no fue el que evangelizó Colosas y es probable que nunca estuviera allí. Ciudad de Frigia, cercana a Hiérápolis y Licaonia, fue evangelizada por Epafras, un colaborador de Pablo, problablemente cuando él estaba en Efeso. Pero se manifiesta también el respeto y el cariño que aquella comunidad siente por Pablo, como se lo comunicará el mismo Epafras en la visita que le hace a Roma y que motivará esta carta. De Colosas era también Filemón a quien, como sabemos dirige una breve carta cuando le reenvía a Onésimo que habia sido esclavo de Filemón del que se había escapado, pero que ahora volverá ya como cristiano, evangelizado y bautizado por Pablo.

Se llama a sí mismo apóstol, pero fijémonos que dice ‘por designio de Dios’. Nadie se ha arrogado este honor, sino que todo ha de partir siempre de la llamada del Señor. No soy apóstol simplemente porque yo quiera, sino porque el Señor me ha elegido y me ha llamado. Una vocación a la que he de responder desde mi libertad, pero también desde la generosidad del corazón fortalecido siempre con la gracia del Señor. Por eso, por ejemplo, oramos por las vocaciones, para que sean muchos los que el Señor elija y llame, y los llamados se sientan fortalecidos con la gracia para dar respuesta a esa invitación que nos hace el Señor.

Lo llama pueblo santo que es una fórmula que emplea Pablo para dirigirse a los cristianos. Y en verdad tenemos que ser pueblo santo, como santos hemos de ser nosotros, que hemos sido consagrados en el bautismo y llamados estamos a glorificar al Señor con nuestra vida santa. Una consecuencia de nuestro bautismo y una exigencia para nuestra vida. Tenemos que ser santos. Con nuestra vida santa hemos de glorificar al Señor. Muchas consecuencias podríamos sacar.

Pero fijémonos en lo que viene a ser como el centro del mensaje de este texto hoy proclamado. Pablo da gracias a Dios por la vivencia y por la respuesta que están dando al mensaje de salvación. ‘En nuestras oraciones damos siempre gracias por vosotros a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todo el pueblo santo’. Da gracias por la fe y por el amor que se manifiestan en aquella comunidad. ‘Vuestra fe en Cristo Jesús y vuestro amor a todo el pueblo santo’.

Pero da gracias por la fe y por el amor pero también por su esperanza. ‘Os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos’, les dice. Viven intensamente su fe desde que recibieron el mensaje de la salvación, ‘desde que conocísteis la Buena Noticia, el mensaje de la verdad’. Acogieron ese mensaje de la verdad y su vida se llenó de fe y de esperanza.

‘Comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios’. El amor generoso de Dios que derrama su gracia sobre nosotros. Cuando nos sentimos inundados del amor de Dios, ese amor generoso, gratuito, porque es así como nos ama el Señor, damos la respuesta de la fe, la respuesta de la esperanza, nos sentimos impulsados a amar de verdad a los demás.

No me canso yo de repetir una y otra vez, de considerar una y otra vez lo bueno que es Dios con nosotros; cuánto nos ama el Señor; con qué generosidad nos ofrece su amor y su perdón confiando siempre en nosotros. ¡Cómo no vamos nosotros a poner en El toda nuestra esperanza! Tenemos que responder con nuestra fe y nuestro amor. Y sabemos lo que nos espera en el cielo si somos fieles, la gloria del Señor.

Mucho tendría que hacernos mirar nuestra vida y nuestra fe todo esto que estamos considerando. Mucho tendríamos que desgastarnos en el amor. Mucha fe y mucha confianza hemos de poner en el Señor. Mucha esperanza tiene que llenar nuestra vida.

martes, 30 de agosto de 2011

¿Qué tiene su Palabra?


1Tes. 5, 1-6.9-11;

Sal. 26;

Lc. 4, 31-37

‘¿Qué tiene su palabra?... comentaban estupefactos’ en la sinagoga de Cafarnaún tras escuchar sus enseñanzas y contemplar los signos maravillosos que hacía.

En la lectura continuada de los días feriales hemos comenzado a leer ahora el evangelio de san Lucas. Ayer, si no hubiera sido la fiesta del martirio de Juan, hubiéramos leído el texto de Jesús en la Sinagoga de Nazaret, con el que comienza la actividad pública de Jesús en este evangelio de Lucas. Ahora lo vemos que baja a ‘Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente en la sinagoga’. Como comenta el evangelista, ‘se quedaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad’.

Había hambre de Dios en aquellos corazones y con la presencia y la palabra de Jesús renacía en ellos la esperanza. Muchos eran los sufrimientos que había en aquellos corazones, estaban como desorientado, como ovejas sin pastor, como se nos dirá en otros momentos del evangelio. Y llegaba Jesús con una Palabra de vida y salvación. Pero había también capacidad de asombro en sus corazones para descubrir en verdad lo que Jesús les estaba ofreciendo.

Pero aún más le vemos hacer un milagro. ‘Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo…’ Se rebela contra Jesús y Jesús con autoridad lo expulsa de aquel hombre. ‘Cierra la boca y sal de él’. Es lo que la gente se pregunta ‘¿qué tiene su palabra?’ No es para menos que se hagan esa pregunta.

Veían llegar la salvación a sus vidas en aquel signo que Jesús estaba realizando. Les enseñaba hablándoles del Reino de Dios, y el Reino de Dios llegaba a ellos, porque Jesús con su presencia hacía desaparecer el mal, como liberaba a aquel hombre del demonio que le poseía. La Palabra de Jesús es siempre palabra que nos salva, palabra que nos transforma, palabra que arranca el mal de nuestra vida.

Nos lo podemos preguntar nosotros también, si con fe nos acercamos a escucharle; si con fe abrimos nuestro corazón para escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos; si con fe nos ponemos ante El sin ningun prejuicio dejando que esa palabra cale hondo en nosotros y nos haga descubrir de verdad todo el misterio de Dios, pero al mismo tiempo nos haga descubrir lo que es la realidad de nuestra vida que necesita esa palabra que nos sane, esa palabra de salvación, esa palabra que nos llene de vida, esa palabra que nos resucita.

Algunas veces parece como que hemos perdido la capacidad de asombrarnos ante la Palabra de Dios; nos hemos acostumbrado a esa Palabra y aunque la oímos realmente no la escuchamos de verdad dentro de nosotros. Siempre la Palabra de Dios tiene que ser Buena Noticia, Evangelio, para nosotros, porque sintamos esa novedad de vida y de salvación que el Señor continuamente nos está ofreciendo. Si con esa fe nosotros escucháramos la Palabra que el Señor nos ofrece nos daríamos cuenta cómo nuestra vida va cambiando, se va transformando por la fuerza de la gracia de Dios.

Pidámosle al Señor que nos haga descubrir y comprender la maravilla que nos ofrece en su Palabra cada día. Pidámosle que se nos abran nuestros oídos y nuestro corazón. Que se despierte esa hambre de Dios en nuestros corazones y sintamos ese deseo hondo de escuchar la Palabra de vida que nos ofrece Jesús. Que no nos acostumbremos nunca ni caigamos en rutinas a la hora de escuchar su Palabra. Démosle gracias porque cada día, cada máñana tenemos la oportunidad de escuchar su Palabra. Pidámosle que sintamos la fuerza y presencia del Espíritu en nosotros que nos la ayude a comprender, que nos la ayude a vivir, que nos ayude a plantarla en nuestro corazón y nuestra vida.

lunes, 29 de agosto de 2011

El Bautista testigo de la verdad y de la justicia con su vida y con su muerte



Jer. 1, 17-19;

Sal. 70;

Mc. 6, 17-29

‘Precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús’, lo proclama la liturgia en este día en que celebramos el martirio de Juan Bautista, cuyo relato hemos escuchado en el evangelio. Pero aún dice más porque lo llama también ‘mártir de la verdad y de la justicia’.

El 24 de junio celebrábamos su nacimiento en una clara referencia al nacimiento de Jesús, cuya natividad celebramos seis meses después. El ángel Gabriel vino a hacer a María el anuncio de la Encarnación a los seis meses del anuncio del ángel a Zacarías en el templo. Y, por otra parte, de manera especial contemplamos la figura del Bautista en el tiempo del Adviento en la cercanía de Navidad, porque su figura de Precursor del Mesías nos ayuda en ese momento litúrgico para avivar nuestra esperanza y prepararnos para el nacimiento de Jesús.

Pero cuando ahora estamos celebrando en este día su martirio lo contemplamos también como nos dice la liturgia como ‘Precursor de la muerte de Jesús’. Juan fue con toda su vida un testigo de la verdad que anunciaba la luz que llegaba a este mundo. Y ese testimonio lo llevó hasta el final, hasta la entrega en el sacrificio y en la muerte.

Fiel a la palabra que anunciaba no tuvo temor ante los poderosos para denunciar siempre lo que era malo e invitar al camino del bien y de la justicia. Igual que le señalaba el camino de rectitud, de justicia y de amor que habían de vivir, como nos cuenta el evangelio, a todos aquellos que venían hasta él para bautizarse en el Jordán como una señal la predisposición a prepararse para la inminente llegada del Mesias que él anunciaba ya cercana, no temió denunciar la maldad del corazón de Herodes que le llevó a la prisión y luego a la muerte al ser decapitado.

Un testigo fue Juan con su vida y con su muerte. ‘Mártir – testigo, que eso significa la palabra – de la verdad y de la justicia’, como nos dice la liturgia hoy. ‘Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos’, anunciaría Jesús en las Bienaventuranzas, que además hemos recordado como antífona del Aleluya antes del Evangelio. En Juan vemos cumplida, realizada esa bienaventuranza. Vislumbraba lo que era el Reino de Dios que venía a instaurar Jesús y él mismo se preparaba con la vida de austeridad y penitencia en el desierto, lo mismo que invitaba a la conversión a los que acudían a él. Vino él a vivir en plenitud ese reino de Dios; de él fue el reino de los cielos, porque dio su vida por la causa de la justicia.

Cuando nosotros hoy celebramos esta memoria litúrgica del martirio del Bautista éste es el mensaje que hemos de aprender a llevar a nuestra vida. Escuchar la palabra de Juan que nos invita a la conversión; pero contemplar esa Palabra de Dios plantada hondamente en la vida del Bautista para aprender a llevarla nosotros de la misma manera a nuestra vida. También nosotros hemos de ser esos testigos de la verdad y de la justicia. Ese amor a la verdad, esa lucha por la justicia es algo de lo que tiene que estar impregnada nuestra vida para que lleguemos a confesar no solo de palabra sino con toda nuestra vida, con nuestras actitudes y nuestros actos esa fe que nosotros tenemos en Jesús para vivir su evangelio.

Algunas veces nos puede costar, hacérsenos difícil ese anuncio y ese testimonio. Pero en nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor que es Espíritu de fortaleza. En la primera lectura hemos escuchado a Jeremías, que, como nos decía ayer, sentía arder en su corazón la Palabra del Señor que no podía callar. Hoy el profeta escucha esa palabra de Dios que le anima y le fortalece: ‘No les tengas miedo… yo te convierto en plaza fuerte, en columna de hierro… lucharán contra ti pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte…’

Así tenemos la certeza de la fortaleza del Señor en nuestra vida para ser esos testigos de la verdad, de la justicia, de la luz, del amor.

domingo, 28 de agosto de 2011

Camino de cruz que es camino de amor, de vida y de resurrección



Jer. 20, 7-9;

Sal. 62;

Rom. 12, 1-2;

Mt. 16, 21-27

¿Por qué me tenía que pasar esto a mí? Nos preguntamos a veces cuando en la vida encontramos contratiempos, problemas, sufrimiento, enfermedad. ¿Es esto un castigo? Yo tan malo no he sido; si yo he querido ser bueno y hacer las cosas bien; bueno errores siempre tiene uno, pero ¿por qué me viene ahora esta enfermedad, este problema al que no encuentro solución? Y es aquel accidente, o una muerte inocente que no entendemos, o aquel desprecio que tenemos que sufrir de los que nos rodean, o aquella ilusión que de repente se vino abajo… Y nos preguntamos muchas veces con el corazón roto y lleno de amargura.

¡Cuánto nos cuesta aceptar la cruz! ¡Cómo nos revolvemos contra ella queriendo quitárnosla de encima! Hasta nos rebelamos a causa de aquella enfermedad, aquel sufrimiento, aquel problema que nos amarga el corazón. Nos hacemos muchas preguntas y nos cuesta encontrar respuesta. Lo contemplamos hoy por partida doble en los hechos que nos narra la Palabra proclamada. Por una parte, Pedro en el evangelio ante los anuncios que hace Jesús. Pero la situación para Jeremías también era difícil.

Señor, ¿pero si yo no he hecho otra cosa que dejarme guiar por ti; si proclamo esta palabra es porque tú las pones en mis labios. ‘Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste’, yo sólo quería cumplir con la misión que me encomendaste, pero ya vez, ‘soy el hazmerreír de la gente todo el día, todos se buslan de mí… la palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día’; quise abandonarlo todo porque me sentía sin fuerzas pero ‘la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en mis huesos, intentaba contenerlo y no podía’. ¿Serán esas también nuestras quejas, nuestra súplica y oración? ¿Nos sentiremos cogidos – seducidos – así por el Señor?

Y, como hemos visto en el evangelio, cuánto le cuesta a Pedro aceptar el anuncio que Jesús hace de pasión, de cruz, de muerte, aunque también habla de resurrección pero parece que esto último es lo menos que Pedro escucha. Eso no te puede pasar, Señor. No le cabe en la cabeza el anuncio de Jesús.. ‘¡No lo permita Diois, Señor! Eso no puede pasarte’.

El Pedro a quien escuchamos el domingo pasado hacer una hermosa proclamación de fe en Jesús, que merecerá la alabanza del mismo Cristo diciéndole además que es revelación del Padre en su corazón, y a quien se le había confiado una hermosa misión, porque iba a ser Piedra sobre la que se edificara la Iglesia, ahora no entiende las Palabras de Jesús.

Pero si Pedro lo había contemplado lleno de gloria y resplandor allá en el Tabor esuchando la voz del Padre que lo señalaba como su Hijo amado a quien habíamos de escuchar; si había contemplado sus milagros, siendo testigo incluso de la resurrección de la hija de Jairo; si se entusiasmaría por Jesús diciéndole que tenía palabras de vida eterna, y que sólo a El podían acudir y sólo a El querían seguir.

Si a Jesús no le habían contemplado sino haciendo el bien, repartiendo amor, curando toda clase de enfermedades, consolando y animando, despertando fe y llenando de esperanza los corazones ¿Cómo podía pasarle eso de que iba a ser entregado, azotado y ejecutado si El era el Hijo del Dios vivo, como ya le había confesado?

Cuesta entender la cruz; le costaba al profeta comprender su situación, como le costaba a Pedro ahora lo anunciado por Jesús que habla de cruz y de muerte, como nos cuesta a nosotros también enfrentarnos con nuestra cruz, con nuestros sufrimientos, afrontar nuestros problemas, caminar por caminos de amor y entrega que entrañan sacrificio.

Jesús le dirá a Pedro que se aleje de El que está siempre para El como el diablo tentador. Ahora le decía que no tenia que pasar por la cruz, como un día le había propuesto aplausos de la gente en la espectacularidad de tirarse del pináculo del templo sin que le pasara nada porque los ángeles de Dios cuidarían que su pie no tropezara en la piedra; también le habían ofrecido honores y todos los reinos del mundo, como también el milagro fácil que le resolviera los problemas; si tienes hambre convierte estas piedras en pan. Ahora es Pedro, a la manera del diablo tentador quiere apartarle del camino de la cruz, que es camino de la verdadera vida, porque es la señal del amor más hermoso y más grande.

Si Jesús caminaba ahora tan seguro hacia la cruz era porque sabía que no hay mayor amor que el de quien es capaz de dar la vida por el amado; y eso era lo que El iba a hacer. No busca el sufrimiento en sí mismo, sino que lo que deseaba era amar hasta el extremo, aunque eso costara sacrificio, ese amor costara cruz y esa entrega llevara hasta la muerte. Quería ofrecernos la flor más hermosa y olorosa aunque tuviera espinas, porque lo que El quería ofrecernos era vida y era amor.

Pero es que además nos está enseñando y diciendo que ese tiene que ser también nuestro camino. Nos está enseñando que no hemos de temer abrarnos a la cruz poniendo todo el amor de nuestra vida, porque eso será siempre camino de gracia y de salvación. Es el camino de su seguimiento; es el camino del sí que hemos de darle para estar con El.

‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga’. Así de tajante es Jesús para con sus discípulos. Es la actitud primera que nos pide. Porque ‘si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará’. Ese tesoro no lo podemos encontrar sino amando. Tenemos nuestra cruz de cada día, pues hagamos como Jesús, pongamos amor. Y en el amor todo encontrará sentido y plenitud. El amor se nos vuelve redentor en nuestra vida, como lo fue el amor de Jesús.

Por eso ahí donde nos encontramos la cruz, en nuestros sufrimientos, en los contratiempos que nos ofrece la vida, en esos problemas que nos van apareciendo y que tienen el peligro de llenarnos de amargura, pongamos amor y veremos cómo todo se vuelve más luminoso. El amor llena nuestra vida de luz aunque haya sufrimiento, porque nos enseña a entregarnos, a darnos, a vaciarnos de nosotros mismos para aprender a abrir los ojos de manera distinta y ver a los que hay a nuestro alrededor.

Son tantos los que llevan cruces y que son más pesadas que la nuestra cuando nosotros pensábamos que nuestro sufrimiento era el más grande y el más agobiador. Y es que el amor nos hará mirar con unos ojos distintos. Porque además el amor nos enseñará a saber hacer ofrenda a Dios de esa cruz de nuestros sufrimientos, de nuestras enfermedades, o de esos problemas que nos tientan para quitarnos la paz. En ese amor ofrecido nos llenaremos de luz y nos llenaremos de paz, porque estamos ganando lo que es la verdadera vida.

Sí, es Jesús, el Hijo de Dios vivo, como confesaba Pedro; es Jesús, el Hijo amado de Dios a quien hemos de escuchar; es Jesús, el pan de vida eterna que comiéndolo nos llenaremos de vida para siempre; es Jesús, que es nuestra vida y nuestra salvación, a quien vemos subir el camino del calvario hasta la cruz, que es camino de sufrimiento pero que es camino de amor y es camino de vida.

Sigamos a Jesús no temiendo cargar también con la cruz, porque sabemos que nos lleva a la resurrección. Mirándolo a El y siguiéndole encontraremos auténtica respuesta a las preguntas que nos hacíamos porque nos dolía el alma con nuestros sufrimientos.

sábado, 27 de agosto de 2011

La fidelidad en lo pequeño nos hace entrar también en el banquete del Reino


1Tes. 4, 9-11;

Sal. 97;

Mt. 25, 14-30

‘Como has sido fiel en lo poco… pasa al banquete de tu señor…’ le decía el hombre de la parábola a aquellos servidores que habían sabido poner en juego los talentos que les había confiado.

¿En dónde están los merecimientos y las grandezas en el Reino de Dios del que nos habla Jesús? ¿Estarán en las grandes obras, en las cosas extraordinarias, en las manifestaciones de grandeza o de poder como solemos hacer los humanos en los reinos, en las cosas de este mundo?

En nuestros caminos humanos buscamos merecimientos o recomendaciones; queremos hacernos notar por las cosas espectaculares que podamos hacer, o por nuestros lucimientos y apariencias; nos manifestamos prepotentes, sabedores de todo, y los que brillan con cosas extraordinarias son los que aparecen… y los que parecen poca cosa, no tienen esos poderes y grandezas y no son tan ‘lucidos’, por así decirlo, pareciera que no tienen merecimientos o derechos y estén condenados a vivir en el silencio o la soledad.

Ese sentimiento acomplejado era el que tenía aquel tercer empleado de la parábola al que sólo se le había confiado un talento de plata. Pensaba quizá que era poca cosa lo que podía conseguir, en su sentirse incapaz pensaba que incluso podía perder el talento que le había confiado. Es un peligro de falsa humildad en el que podemos caer, en el que porque nos parece que somos pequeños o poco importantes nos echamos para detrás, y terminamos escondiendo esos valores que tenemos.

Lo que importa es la fidelidad sean grandes o pequeños los valores o las cualidades de que estemos dotados. Y en lo pequeño también tenemos que saber ser fieles. Porque el que no sabe ser fiel en lo pequeño tampoco sabrá ser fiel en lo importante. Cada uno ha de rendir en la vida, por supuesto, en relación o referencia a lo que son sus valores, pero eso no puede significar que nadie sea mayor ni menor que los demás. Porque nuestra dignidad o valor no se cuantifica en cantidades, sino que está en la misma persona por ser lo que ser lo que es, un ser humano y, decimos nosotros desde nuestra fe, un hijo de Dios.

Pero aquellos dones de los que Dios nos ha dotado es una responsabilidad nuestra el que tengamos que desarrollarlos y además, hemos de pensar, están también al servicio de los demás. Cuando nos encerramos en nosotros mismos relamiéndonos en los dones o cualidades que tengamos, terminamos haciéndonos egoístas y orgullosos y creamos ruptura a nuestro alrededor. Es el mundo duro e insolidario que nos creamos con nuestro egoísmo.

La parábola que nos propone Jesús y que hemos escuchado en el evangelio podemos decir que es una llamada a la responsabilidad y a la fidelidad. Con esa responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida, desarrollando nuestros valores, perfeccionándonos cada día más en lo que somos o valemos, buscando también el bien de los demás, de nuestra sociedad, del mundo en el que vivimos del que no somos ajenos, es una manera de glorificar al Señor, de reccorrer los caminos de santidad a los que nos llama el Señor.

‘Cinco talentos me dejaste; mira he ganado otros cinco… dos talentos me dejaste, mira he ganado otros dos…’ Y, nosotros, ¿habremos puesto en juego de verdad los talentos, las cualidades de las que Dios nos ha dotado? No seamos como aquel que escondió su talento. No olvidemos la responsabilidad que tenemos, empezando por nuestra propia vida que tenemos que cuidar y mejorar cada dia más. Seamos fieles en verdad hasta en lo más pequeño que pueda haber en nuestra vida. Que así le demos gloria al Señor. que podamos escuchar tambien nosotros: ‘Como has sido fiel en lo poco… pasa al banquete de tu señor…’

viernes, 26 de agosto de 2011

Que no se nos apaguen las lámparas con que hemos de salir a recibir al Señor


1Tes. 4, 1-8;

Sal. 96;

Mt. 25, 1-13

El Reino de Dios es esperanza y es luz. Cuánta esperanza suscitó la llegada del Reino; cuánta esperanza suscitaba Jesús en medio de las gentes con su predicación, con sus milagros, con su presencia, con su amor. Por algo el principio del evangelio de san Juan nos habla tanto de luz, la luz que viene a iluminar a todo hombre, la luz que disipa tinieblas, la luz que nos llena de esperanza de vida nueva, de luz nueva.

Hoy hemos escuchado a Jesús decirnos eso en la parábola al mismo tiempo que enseñarnos cómo hemos de vivir esa esperanza, que nunca será una esperanza pasiva. ‘El Reino de los cielos se parecerá a Dios doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo’. Bella y rica la parábola. ‘¡Que llega el Esposo, salir a recibirlo!’ es el grito que se va a escuchar. Y allí tenía que estar la luz que lo iluminara todo.

Es la esperanza del Señor que llega y lo ha de envolver todo con su luz. ‘¡Que llega el esposo…!’ Viene el Señor y nosotros aquí estamos en laboriosa espera. Fue la esperanza del pueblo de Israel en la venida del Mesías prometido. Cómo preparaban al pueblo y alentaban su esperanza los profetas invitándoles a cambiar el corazón de piedra por un corazón de carne. Cómo alentaba al pueblo y lo preparaba Juan Bautista invitándoles a la conversión y a las obras buenas porque la llegada del Señor era inminente.

‘Ven, Señor Jesús’, gritamos también nosotros una y otra vez, porque queremos sentir se presencia, su gracia, su amor. Y cuando somos conscientes de esa presencia del Señor que viene a nuestra vida, nuestro corazón se enardece y buscamos la manera de tenerlo ardiente de amor porque sabemos que en el amor y amor es la mejor manera de encontrarnos con El.

‘¡Ven, Señor Jesús!’, sigue gritando la Iglesia con el grito del Apocalipsis mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo y queremos vernos libres de toda perturbación, purificados de todo pecado, inundados de amor para realizar también las obras del amor. En ese encuentro definitivo y final que nos conducirá a la plenitud de Dios con esas lámparas encendidas en nuestras manos queremos estar. Se nos dio como signo en nuestro bautismo para que con ellas en nuestras manos y con nuestras vestiduras blancas de la gracia saliéramos al encuentro del Señor.

Son las lámparas que hemos de tener encendidas. Es la señal de nuestra esperanza y nuestra preparación,. Es signo de que no nos dormimos sino que siempre estamos buscando el aceite de la gracia que nos fortalece, que nos previene de los peligros, que nos mueve a las cosas buenas que serán siempre expresión de que estamos esperando y nuestra esperanza es viva y por eso no queremos dejar que se nos apaguen nuestras lámparas. Nuestra esperanza nunca será una esperanza pasiva, porque esperamos pero procuramos mantenernos despiertos, atentos, vigilantes, procurando que la lámpara esté encendida y no le falte el aceite, preparando nuestro corazón y nuestra vida a esa llegada del Señor.

Que no se nos apaguen nunca esas lámparas. Que no se nos apague el amor. Que tengamos siempre muy abiertos los ojos de la fe. Que mantengamos siempre la esperanza. Que busquemos tener siempre con nosotros el aceite de la gracia. Que no se nos ahogue nuestro espíritu de oración. Que no abandonemos la práctica de los sacramentos. Que anhelemos siempre vivir en la gracia y la amistad del Señor. Que sepamos ponernos muchas veces de rodillas ante el Sagrario. Que abramos nuestro corazón a la Palabra del Señor. Que estemos atentos en todo momento a la llegada del Señor a nuestra vida. Que sepamos reconocerle también en el hermano que está a nuestro lado. Que no nos falte el amor en nuestro corazón.

jueves, 25 de agosto de 2011

Llega el Señor, llega su gracia


1Tes. 3, 7-13;

Sal. 89;

Mt. 24, 42-51

Al que se ha puesto de vigía en un puesto de vigilancia, como el centinela que tiene que hacer su guardia no se puede dormir ni desentender de la misión que se le ha confiado. En cualquier momento puede suceder algo, aparecer el enemigo, o llegar el personaje que estuviéramos esperando y la misión del vigía o centinela es dar aviso de lo que está por suceder, para prevenir el peligro a tiempo del enemigo que nos asalta, para alertar de la presencia del que llega, para tener todas las cosas a punto ante lo que pueda suceder.

Nos dice hoy Jesús, ‘estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor’. El discípulo, el cristiano ha de estar vigilante, ha de estar atento para la llegada de su Señor. Pero también la vigilancia del cristiano es para estar prevenidos y fortalecidos ante los peligros que nos acechan del enemigo malo que nos aparece con la tentación. No nos podemos dormir, no podemos desentendernos de esa vigilacia, nuestra espera no puede ser algo meramente pasivo.

Es necesario tener muy presente en nuestra vida esa actitud de vigilancia. Como hemos expresado, el Señor llega a nuestra vida y hemos de saber acogerle en nuestro corazón. De cuántas maneras se nos manifiesta el Señor. Nos quiere hablar de esa venida al final del tiempo cuando el Señor el Señor nos llame a juicio en esa hora final de nuestra vida. Pero nos quiere hablar de esa presencia de gracia que en cada momento de nuestra vida podemos y hemos de saber sentir.

Los mismos acontecimientos que suceden a nuestro alrededor o nos suceden en la vida, sean gozosos o sean dolorosos, hemos de saber leerlos como llamadas del Señor, como llegadas de gracia de Dios a nosotros. Dios es un Padre providente que se hace presente en nuestra vida y nos hace llegar su gracia. Pero hemos de estar atentos. Como María hemos de saber guardar en nuestro corazón, rumiar en nuestro interior, reflexionar en lo más hondo de nosotros mismos para saber escuchar esa voz de Dios que nos habla.

Sean momentos gozosos, momentos grandes de cosas especiales, o sean momentos dolorosos en nuestros problemas o en nuestros sufrimientos. Ahí está siempre el Señor con su gracia. Siempre podremos descubrir la acción de Dios en nuestra vida, lo que el Señor nos dice, lo que el Señor nos pide y esa gracia que no nos faltará nunca en ese momento dificil porque el Señor no nos abandona. No tiene por qué el sufrimiento o los problemas apartarnos de Dios; son momentos de gracia en los que el Señor nos llama y desde esa situación dificil descubrir la riqueza de gracia que el Señor nos da.

Incluso pienso en algo más, que algunas veces tenemos el peligro que no saber aprovechar bien hasta las cosas buenas que hacemos o en las que particiopamos, como son, por ejemplo, nuestras propias celebraciones litúrgicas. Tenemos que saberle dar profundidad a cada momento, a cada signo de nuestra celebración. No nos vale simplemente estar. Es necesario estar, pero estar con hondura, conscientes de verdad de lo que vamos haciendo, de lo que vamos diciendo en nuestra oración, de lo que vamos escuchando o vamos sintiendo. Qué importante es que sepamos concentrarnos bien para no distraernos, para no perder ningun instante de gracia para nuestra vida. Es el Señor que viene a nosotros y hemos de abrirle la puerta de nuestro corazon.

Y es la vigilancia para no caer en la tentación, la vigilancia frente al peligro. ‘Comprended que si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche viene el ladrón no le dejaría abrir un boquete en su casa…’ Es la tentación que nos acecha, es el peligro de caer en el pecado. Muchas veces Jesús en el evangelio nos previene para que no nos durmamos. ‘Velad y orad para no caer en la tentación’, nos dice el Señor.

Nos dice hoy Jesús, ‘estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor’. Llega el Señor, llega su gracia.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Afianzar nuestra fe para vivirla sinceramente como san Bartolomé


Apoc, 21, 9-14;

Sal. 144;

Jn. 1, 45-51

En la oración litúrgica de esta fiesta hemos pedido que se afiance en nosotros aquella fe con la que San Bartolomé, tu apóstol, se entregó sinceramente a Cristo’.

La celebración de las fiestas de los santos eso pretenden, ayudarnos a fortalecernos en la fe. Contemplamos su vida, su santidad, su entrega, su amor y nos sentimos estimulados a vivir una vida así. Pero si contemplamos en los santos ese amor y esa entrega, esa vida de santidad es por una cosa, por su fe en Cristo al que ellos querían seguir con toda fidelidad y por la que estaban dispuestos a dar su vida. Así contemplamos una vida santa, pero podemos contemplar una generosidad tan grande como para ser capaces de sacrificar su vida en el martirio.

La vida de los santos, en nuestro caso hoy de los apóstoles porque san Bartolomé formó parte del grupo de los doce escogidos y llamados por Jesús de una manena especial para hacerlos apóstoles, y la vida de los mártires son para nosotros unos testigos. Testigos por nos dan testimonio, nos enseñan un camino; testigos porque su ejemplo por así decirlo nos pone el listón muy alto a la hora de enseñarnos el camino de perfección al que hemos de tender.

Como decimos en el prefacio ‘has cimentado a tu Iglesia sobre la roca de los apóstoles para que permanezca en el mundo como signo de tu santidad y señale a todos los hombres el camino que nos lleva hacia ti’. Un testigo, un signo y una señal que nos señala caminos, siempre el camino que nos lleva hasta Jesús.

San Bartolomé a quien hoy celebramos nos enseña a confesar nuestra fe. El Natanael del evangelio que la mayor parte de los comentaristas nos lo señalan como el mismo que Bartolomé, fue conducido hasta Jesús por otro de los primeros discípulos en seguir a Jesús. Felipe había sido invitado por Jesús a seguirle, pero vemos cómo inmediatamente se encuentra con nuestro Natanael y ya le está diciendo que se han encontrado aquel de quien hablan Moisés en la Ley y los profetas.

Pero Natanael no lo acepta todo así tan rápido por las buenas, porque tendrá que dejarse convencer por Felipe, porque de Nazaret no puede salir algo bueno. Es lo que se pregunta para manifestar su duda, pero podría ser también expresión la rivalidad entre las gentes de pueblos vecinos. Algunos nos lo sitúan como originario de Caná que era un pueblo que estaba bastante cercano de Nazaret. Y ya sabemos cómo se habla de los vecinos en esa rivalidad de pueblos cercanos.

Pero al encontrarse con Jesús y tener un breve diálogo con El, que le descubrirá algo que ha mantenido en el secreto de su corazón y nadie sabe – ‘cuando estabas debajo de la higuera yo te vi’ – pronto confesará firmemente su fe en Jesús. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Reconoce muchas cosas de Jesús en tan breves palabras y en tan breve tiempo que conoce a Jesús.

Ya antes Jesús había hecho una alabanza de nuestro Bartolomé. ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Nos habla, pues, de la rectitud de su vida, de la sinceridad con que vivía su fe y en consecuencia todos los actos de su vida. Con esa misma sinceridad realizará su seguimiento de Jesús. Será misma sinceridad con la que vivirá su fe que le llevará al martirio.

Es lo que pedíamos en la oración litúrgica. Que haya esa sinceridad en nuestra vida, esa rectitud y esa fidelidad en el seguimiento de Jesús; aunque nos cueste, aunque tengamos que llegar al sacrificio y hasta el martirio. Es que nosotros también tenemos que ser testigos, pero unos testigos convincentes porque vivamos de una manera congruente.

Y el mundo necesita testigos, testigos de Jesús resucitado. Cuando estos días hemos estado contemplando a tantos jóvenes venidos de todo el mundo para la Jornada Mundial de la Juventud una cosa que nos admira es el testimonio valiente que dan estos jóvenes de su fe en medio de nuestro mundo. No es fácil en los ambientes en que se mueven nuestros jóvenes, en las influencias de todo tipo que reciben de la sociedad, de la misma universidad, y de los malos testimonios que reciben de los mayores. Una cosa que se decía era que estos jóvenes más que palabras necesitan testimonios, testigos a su lado de una fe que les estimule más y más a ellos.

Que la confesión de nuestra fe que hacemos en la fiesta de este apóstol nos despierte a todos y nos haga esos testigos que necesita nuestro mundo.

martes, 23 de agosto de 2011

Veracidad, sinceridad, auténticidad signos de madurez humana y cristiana


1Tes. 2, 1-8;

Sal. 138;

Mt. 23, 23-26

La veracidad y la sinceridad nos dan señales de la autenticidad y madurez de una persona. Quien no es capaz de ser sincero y auténtico en su vida, dejando a un lado dobleces, fingimientos y apariencias, nos está manifestando la pobreza de su vida cuando necesita cubrirse con las apariencias para no dejar ver lo que auténticamente lleva por dentro. Nos manifiestan muchas carencias y nos están señalando la pobreza espiritual de una vida.

Es lo que Jesús denuncia en los fariseos cuando los llama hipócritas porque detrás de las apariencias de cumplimientos extrictos en cosas realmente nimias, luego dejan a un lado lo verdaderamente importante y lo que es más acepto a Dios. Cuando empleamos la palabra hipócrita lo primero que estamos queriendo decir que es una persona de doble cara; una la fachada, lo que quiere manifestar externamente, y otra lo que realmente es por dentro. Esa palabra hace referencia a las máscaras que usaban los actores en el teatro griego poniéndoselas delante de sus rostros para hacer la representación o el mimo. Seguimos usando la careta, y no ya en el teatro espectáculo, sino en el teatro que queremos hacer de nuestra vida cuando no somos auténticos sino que nos ocultamos tras una careta de apariencia que es realmente de falsedad.

En la vida no podemos ir de esa manera, aunque quizá sea un pecado más frecuente quizá de lo que pensamos. En nuestro infantilismo queremos aparentar lo que no somos, porque a la larga nos cuesta reconocer delante de nosotros mismos lo que realmente somos, o las carencias que hay en nuestra vida. Ponemos la fachada, lo externo de bonita apariencia para ocultar la podredumbre que llevamos por dentro.

¿Será porque queremos ser más o mejores que los demás? Que queramos ser mejores no es malo, lo realmente malo y peligroso es que siempre nos estemos comparando con los demás y para tratar de superarlos llenemos nuestra vida de falsedades y mentiras. Porque incluso aquellos que se dan de muy sinceros y pregonan a los cuatro vientos su sinceridad, porque ellos dicen siempre lo que piensan o lo que creen que es su verdad, realmente están parapetándote detrás de esa apariencia de sinceridad para ocultar la mentira de su vida.

Como nos dice Jesús hoy en su denuncia que hace de los fariseos, limpiemos la copa por dentro que es lo más importante, porque si hay pureza y rectitud en nuestro corazón eso se manfestará espontaneamente en nuestro exterior. Al que es sincero de verdad, al que es auténtico en su vida no hace falta que nos haga gala de sus rectitudes porque en sus actitudes y en la manera de hacer las cosas notaremos la pureza de su corazón.

Como les dice Jesús a los fariseos ‘pagáis el diezmo de la menta, del anís y de la hierbabuena, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la compasión y la sinceridad…’ Caminos por caminos de bien y de justicia, seamos verdaderamente misericordiosos y compasivos en nuestro corazón, vivamos con autenticidad nuestra vida y seremos gratos a los ojos de Dios. Maduremos de verdad en nuestra vida y en nuestra fe, para que nos manifestemos verdaderamente como hombres rectos y de bien.

Llenemos nuestro corazón de misericordia, de amor, de generosidad, de compasión, porque ya sabemos que nuestro Padre Dios es compasivo y misericordioso y ya Jesús nos propone que seamos perfectos como nuesro Padre; pero es que además si miramos con sinceridad nuestra vida, nuestra historia personal seremos capaces de comprender cuán misericordioso y generoso en su amor y su perdón ha sido Dios con nosotros, que somos pecadores. No nos vayamos haciendo de justos y buenos, que somos pecadores y el Señor ha derramado su misericordia tantas veces con nosotros. actuemos nosotros en consecuencia siendo misericodiosos, pero con autenticidad, para con los demás.

lunes, 22 de agosto de 2011

María, eres nuestra Reina de amor


María, eres nuestra Reina de amor

¿Quién no ha escuchado a un enamorado piropear a su amada llamándola su reina? ¿no hemos escuchado a un hijo derritiéndose en la ternura y el cariño del amor filial llamar a su madre su reina? ¿Por qué entonces no podemos llamar nuestra reina a nuestra amada madre del cielo la Virgen María?

Como una culminación de la fiesta de la Asunción de María y su glorificación en el cielo, a los ocho días, celebrando de alguna manera su octava, la Iglesia quiere que hagamos memoria hoy de María llamándola también Reina. Son los efluvios de amor de un hijo enamorado de la madre que la exalta y la eleva y la pone por encima de todo. ¡Qué no hará un buen hijo por su madre! La queremos hoy llamar nuestra Reina y así normalmente en la tradición cristiana queremos tener siempre las imágenes de la Virgen con corona real.

‘El Concilio, después de recordar la asunción de la Virgen «en cuerpo y alma a la gloria del cielo», explica que fue «elevada (...) por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen gentium, 59).

Juan Pablo II, el 23 de julio del 1997, habló sobre la Virgen como Reina del universo. Recordó que "a partir del siglo V, casi en el mismo período en que el Concilio de Efeso proclama a la Virgen 'Madre de Dios', se comienza a atribuir a María el título de Reina. El pueblo cristiano, con este ulterior reconocimiento de su dignidad excelsa, quiere situarla por encima de todas las criaturas, exaltando su papel y su importancia en la vida de cada persona y del mundo entero".

El Santo Padre explicó que "el título de Reina no sustituye al de Madre: su realeza sigue siendo un corolario de su peculiar misión materna, y expresa simplemente el poder que le ha sido conferido para llevar a cabo esta misión. (...) Los cristianos miran con confianza a María Reina, y esto aumenta su abandono filial en Aquella que es madre en el orden de la gracia".

"La Asunción favorece la plena comunión de María no sólo con Cristo, sino con cada uno de nosotros. Ella está junto a nosotros porque su estado glorioso le permite seguirnos en nuestro cotidiano itinerario terreno. (...). Ella conoce todo lo que sucede en nuestra existencia y nos sostiene con amor materno en las pruebas de la vida"’.

Algunas veces nos puede chocar en nuestro espíritu el contemplar a María en sus imágenes adornada de ricos ropajes y coronas. Podríamos pensar que no nos termina de convencer el contemplar a la que se llamó a sí misma la humilde esclava del Señor con esos signos de esplendor y coronándola como reina. Por una parte es la devoción y el amor de los hijos para con la madre que algunas veces nos puede hacer que nos excedamos en esos signos externos con que acompañamos nuestro cariño de hijos y que quizá tendríamos que cuidar. Claro que siempre queremos poner como la más bella a la madre amada y así queremos hacerlo con la Virgen María.

Pero en verdad que podemos llamarla nuestra reina y vestirla como tal, siguiendo incluso el espíritu del Evangelio. Jesús nos dice que serán grandes, importantes, los primeros en su reino los que se hagan los últimos, los que se hagan servidores y esclavos de los demás. ¿Qué es lo que hizo María? Ya vemos como se llama a sí misma la humilde esclava del Señor y siempre estará con sus ojos bien abiertos y sus pies dispuestos a caminar para ir allá donde se la necesite, donde pueda prestar su servicio de amor. Es grande María, importante, la primera en el Reino de los cielos desde su amor y desde su entrega. Con razón en nuestro amor la queremos contemplar como una reina y así hoy la celebramos.

Claro que todo este amor tendría que llevarnos a que cada día imitemos más a María, copiemos en nosotros su santidad, su entrega, su amor, su espíritu de servicio. Es el mejor regalo, el más precioso que le podamos ofrecer; es la verdadera corona de Reina con que podemos coronarla.

domingo, 21 de agosto de 2011

Una pregunta de Jesús también para nosotros hoy

Is. 22, 19-23;

Sal. 137;

Rom. 11, 33-36;

Mt. 16, 13-20

Seguían aun por las zonas fronterizas del norte de Palestina. El domingo pasado lo veíamos en la región de Tiro y Sidón con la cananea que llena de fe acudía a Jesús pidiendo la curación de su hija. Hoy está en la región de Cesarea de Filipo, allá muy cerca de las fuentes del Jordán.

Jesús aprovecha siempre estos momentos de mayor soledad e intimidad con el grupo de sus discípulos más cercanos para irlos instruyendo, vemos en otros lugares del evangelio, o como en este caso para entrar en un diálogo profundo de mayor intimidad. ¿Qué piensan de El? La opinión de la gente y también de sus propios discípulos. Es como una encuesta. ‘¿Qué dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Y tras la primera respuesta será más directo con ellos. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’

Las respuestas de la opinión de la gente es diversa. ‘Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas’. No todos lo tendrán igualmente de claro aunque vean en El algo especial. Pero a la pregunta directa a ellos será Pedro el que se adelanta. Ya conocemos sus impulsos, pero en este caso van a ser sorprendentes. Adelantándose a la respuesta de los demás, ‘Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’.

Detengámonos aquí. ¿ No seguirá Jesús haciendo esa doble pregunta hoy? ¿No será la pregunta que está en el aire detrás de esta gran manifestación de la Jornada Mundial de la Juventud que se está celebrando en Madrid? Será, sí, la pregunta que se están haciendo y queriendo dar respuesta esos miles y miles de jóvenes que allí estos días se han congregado. Será la pregunta que les está haciendo Jesús a cada uno de ellos, como nos las hace a nosotros también, allá en lo profundo de su corazón en esos momentos especiales que cada uno de ellos está viviendo en los encuentros, en las catequesis, en las celebraciones, en la escucha de la Palabra del Papa.

Pero pienso también que es la pregunta que se les hace también a cuantos rodean estas jornadas, quizá como espectadores, quizá con curiosidad ante esta masiva afluencia, o quizá también a esos que se ponen a una cierta distancia o que se oponen y hasta luchan contra esta Jornada. Ahí está la pregunta. ‘¿Qué dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ o la pregunta mas directa que se le hace a cada uno. ‘Y vosotros, y tú, ¿Quién dices que soy yo?’

Las respuestas en unos y otros pueden ser variadas también. Pero seguro que a la mayoría de esos jóvenes que han venido de tan diversos lugares allá en su corazón, como a Pedro que el Padre del cielo se lo revelaba, se les está revelando ese misterio de Jesús que hace que merece que lo dejemos todo por seguirle. Han venido esos jóvenes queriendo afirmar valientemente, y lo están haciendo, su fe en Jesús, queriendo sentirlo en lo hondo de su corazón; pero habrán venido también muchos en camino de búsqueda porque quieren encontrar esa respuesta que les haga conocer profundamente a Jesús para confesar también valientemente su fe en El. ¡Cuántas cosas suceden en el corazón por la fuerza de la gracia del Señor! Ojalá a todos llega la gracia de Dios y les mueva el corazón, también a esos que miran desde posturas bien distantes.

Para eso y por eso hemos orado mucho en estos días por la Jornada Mundial de la Juventud, como ellos también lo hacen, porque no se han reunido simplemente para una fiesta o para escuchar a un cantante de moda. Han venido por Jesús en el que quieren creer, al que quieren buscar, al que quieren llevarse en su corazón. A muchos no les habrá sido fácil, pero ahí están en torno al sucesor de Pedro, en torno al Papa que con la misión que Cristo le confió ha venido a confirmar en la fe a sus hermanos, ha venido a alentarnos en nuestra fe y a ayudarnos a caminar y encontrarnos con Cristo.

Pero, repito, es la pregunta que también se nos está haciendo a cada uno de nosotros los que ahora estamos aquí reunidos en esta celebración. Muchas veces se nos puede enturbiar la mente y el corazón y podremos andar un tanto confundidos. Pero una cosa podemos hacer, como Pedro dejemos que el Padre nos hable al corazón, y nos revele allá en lo hondo del corazón todo ese misterio de Jesús en quien queremos creer, a quien queremos seguir, a quien queremos amar desde lo más profundo de nosotros mismos.

‘Tú eres el Cristo, tú eres el Mesias, Tú eres el Hijo de Dios vivo?’, queremos nosotros confesar también reafirmándonos firmemente en nuestra fe y en nuestro seguimiento de Jesús. La verdad, confieso, que la contemplación en estos días de algo tan maravilloso como ha sido esta Jornada Mundial de la Juventud, viendo a tantos y tantos jóvenes entusiasmados por su fe, es un aliento, un aliciente en nuestra vida para seguir buscando más y más a Jesús, para también con valentía confesar nuestra fe en El.

A la respuesta de fe de Pedro por la revelación del Padre en su corazón se sigue una revelación de Jesús y es la Iglesia que El quiere convocar en torno a Pedro de todos los que también confiesan su fe en El. Es una revelación, porque Jesús nos está dando a conocer lo que es su voluntad para nosotros. Nos quiere Iglesia, nos quiere convocados – eso significa la palabra Iglesia realmente – y por eso le dirá a Simón: ‘Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Y te daré las llaves del Reino de los cielos…’

Tú serás la piedra en torno a la cual serán convocados a todos los que crean en mi nombre, le viene a decir; y no temas, grandes serán las fuerzas del mal pero no podrán con ella, porque os doy mi Espíritu, y tú serás el servidor de todos esos convocados, de toda esa Iglesia, que para eso te doy las llaves del que administra y sirve, que siempre os he dicho que ser primero es ser el servidor de todos. Esa es tu misión, Pedro.

Esta eclesialidad universal la estamos viviendo en estos días con la Jornada Mundial de la Juventud. Ahí está Pedro en su sucesor el Papa convocándonos para hacernos sentir de verdad Iglesia e Iglesia universal. Esa universalidad de nuestra fe y de la salvación de Jesús se palpa fuertemente en encuentros como los que estos días se están celebrando, donde vemos en este caso jovenes venidos de todas partes del mundo. Han venido de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur para sentarse en la mesa del Reino, como había anunciado Jesús. Y qué hermoso el espectáculo de ese banquete, con la fiesta, la convivencia, el encuentro, la alegría, el amor de hermanos que se palpa en todos los convocados.

Vuelvo a decir, todo esto es un aliciente, un empuje grande para nuestra fe y para que vivamos hondamente nuestro sentido de Iglesia. ‘Creemos en la Iglesia, una, santa, católica, apostólica…’ como confesamos en el credo. Porque todos nos hemos sentido en estos días en verdadera comunión aunque fisicamente quizá hayamos estado lejos porque no todos hemos podido asistir pero seguro que en el corazón lo hemos sentido muy vivo y lo seguimos sintiendo.

Junto a esa afirmación de nuestra fe en Jesús, tenemos que hacer afirmación también de nuestra fe en la Iglesia, la que Jesús instituyó, la que se siente siempre asistida por el Espíritu Santo, la que formamos todos los que creemos en Jesús que a pesar de nuestras debilidades sin embargo queremos ser rostro de Jesús en medio del mundo, como estos días se ha manifestado. Ni nuestras debilidades, ni las fuerzas del mal que quieren luchar contra la Iglesia podrán hundirla, porque por encima de todo eso está asistida por el Espíritu Santo. ‘El poder del infierno no la derrotará’, nos ha prometido Jesús.

Proclamemos firme y valientemente nuestra fe. Merece estar con Jesús y seguirle y amarle.