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domingo, 23 de enero de 2011

Con Jesús llega la luz y se disipan las tinieblas


Is. 8, 23-9, 3;

Sal. 26;

Mt. 4, 12-23

En la navidad escuchamos que ‘la Palabra era la Luz y que la Luz vino a las tinieblas…’ Ese ha sido un mensaje repetido desde entonces muchas veces de una forma o de otra en la Palabra que hemos ido escuchando y podríamos decir que de alguna manera es el mensaje que hoy escuchamos.

Vuelve a hablársenos de tinieblas y de luz, de manera que incluso la primera lectura de hoy, del profeta Isaías, es la misma que escuchamos en la noche del nacimiento del Señor. Y Mateo en el evangelio para hablarnos de lo que significó la aparición de Jesús anunciando el Reino de Dios en Galilea viene a citarnos también ese mismo texto. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte una luz les brilló’. Y continúa el evangelista diciéndonos: ‘Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos’.

Ha aparecido la luz que viene a disipar todas las tinieblas. Ha aparecido la vida que viene a arrancarnos de las sombras de la muerte. Comienza Jesús su predicación, los signos y las llamadas. ‘Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo’. Pero había pasado también por la orilla del lago y había invitado a los primeros discípulos. ‘Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres’.

Es todo un signo de gran significado que Jesús comience por Galilea y en concreto por Cafarnaún. Podía haber ido directamente al templo y hablar con los sacerdotes y los maestros de la ley donde se enseñaban las Escrituras; podría haber comenzado por buscar a personajes influyentes que le hicieran caso y así atrajera a mucha gente para el Reino de Dios que anunciaba. Sin embargo comienza por ‘la Galilea de los gentiles’, por Cafarnaún una zona en cierto modo históricamente muy paganizada. Allí estaban las tinieblas, y allí tenía que comenzar a brillar la luz.

Era el que se había desprendido de su categoría de Dios, no hacía alarde de su categoría de Dios, sino que se había hecho el último pasando por uno de tantos; había nacido entre los pobres como un desplazado que no tenía ni sitio en la posada para su nacimiento, y un día diría que el Hijo del hombre no tenía donde reclinar la cabeza; era el que se había escondido en la pequeña aldea de Nazaret perdida entre los valles de Galilea, y ahora se había venido a estar con los pequeños, los pobres, los que sufren, los pobres y sencillos pescadores del mar de Galilea.

Así brillaría la luz de Dios; la luz que un día había envuelto con su resplandor a los sencillos pastores de Belén en su nacimiento; la luz que comenzaría ahora brillar en la Galilea de los gentiles pero no desde la fuerza del poder o de las grandezas, sino desde la misericordia y el amor de quien se compadecía de los que andaban como ovejas sin pastor y de quien ofrecía ese amor y misericordia hecho salud, hecho perdón y hecho vida a quienes quisieran escucharle y seguirle.

¿Quiénes iban a ser sus primeros seguidores y compañeros de camino? Unos humildes pescadores que se entregaban con todo afán a sus tareas de la pesca, pero en cuyo corazón había comenzado a arder la esperanza cuando le escuchaban anunciar el Reino Nuevo que estaba llegando, y en quienes surgiría el fuego de la generosidad y de la entrega para dejarlo todo y seguirle porque comprendían que era algo grande lo que les anunciaba y a lo que les invitaba.

‘Pasando junto a la orilla del lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón al que llaman Pedro y a Andrés su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores… y más adelante, vio a otros dos hermanos; a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre… venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres…’

Las tinieblas comenzaron a disiparse en sus corazones porque en ellos nacía la generosidad y la disponibilidad. ‘Inmediatamente dejaron las redes y la barca y lo siguieron’. Comenzaba una tarea nueva para ellos, pero era algo luminoso porque era estar con Jesús. Tenía que haber una alegría nueva en sus corazones como decía el profeta: ‘Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia como gozan al segar…’

¿Será esa nuestra alegría también? ¿Sentiremos en verdad que Jesús es esa luz para nuestra vida que nos arranca de las tinieblas? Creo que al escuchar hoy esta Palabra del Señor a eso tendría que conducirnos. A encontrarnos con esa luz, a llenarnos de esa alegría; a disipar todo lo que sea tinieblas en nuestra vida desde el encuentro con Jesús. Y es que encontrarnos con Jesús y tener la disposición de seguirle es la alegría más grande que podamos alcanzar. Que sintamos de verdad la alegría de la fe, la alegría de seguir a Jesús.

Ojalá tuviéramos nosotros el ardor de la generosidad y de la disponibilidad que tuvieron aquellos primeros discípulos. No es fácil como no les fue a ellos, porque muchas veces los veremos a lo largo del evangelio aún con resabios de tinieblas en su vida cuando pensaban quizá en primeros puestos o estaban midiendo hasta donde llegaba su entrega y los beneficios que pudieran alcanzar. ‘Y a nosotros que lo hemos dejado todo por seguirte, ¿qué nos va a alcanzar, qué vamos a ganar?’, se preguntaban alguna vez. Y es que la tentación de las tinieblas siempre nos está acechando.

Pueden aparecernos muchas tinieblas que nos llenen de tristeza, pero sabemos que Jesús es nuestra luz y nuestra alegría. También como les sucedería a los discípulos en el largo camino que hicieron con Jesús a nosotros nos pueden aparecer las tinieblas de la duda, de la envidia, del orgullo, de las discordias, de las aspiraciones egoístas, del individualismo y hasta de las divisiones. San Pablo llama la atención de la Iglesia de Corinto en la que iban apareciendo cosas así. Pero que prevalezca la luz sobre la oscuridad en nuestra vida; que no abandonemos nuestra fe en Jesús y desde ahí encontremos fuerzas para mantenernos siempre en su luz.

Pero, bueno, intentemos ponernos en marcha tras Jesús para conocerle y seguirle, para aprender de su amor y amar con un amor como el de El, para llenar de verdad nuestro corazón de esperanza desde la Buena Nueva del Evangelio que escuchamos, para que lleguemos a comprender el camino de cruz que quizá tengamos que tomar. Pero aunque nos puedan aparecer las tinieblas de la duda, que al final nos reafirmemos en nuestro deseo de estar con Jesús, porque seamos capaces de decir como diría un día Pedro ‘Señor, ¿adónde vamos a acudir si tu tienes palabras de vida eterna?’

‘El Señor es mi luz y mi salvación'. ¿A quién temeré?... ¿qué me hará temblar?’ fuimos diciendo el salmo responsorial. Que gocemos en verdad de la dicha de su luz, de su presencia, de su vida.

sábado, 22 de enero de 2011

Necesitamos voces proféticas que nos despierten para vivir el Reino de Dios hoy


Hebreos, 9, 2-3.11-14;

Sal. 46;

Mc. 3, 20-21

‘Vinieron a llevárselo,, porque decían que no estaba en sus cabales’. Mientras la gente se agolpa a la puerta de la casa de Jesús ‘que no los dejaban ni comer’, sus familiares quieren llevárselo, porque no terminan de entender lo que Jesús está haciendo.

‘Los fariseos se habían puesto a planear con los herodianos la forma de acabar con Jesús’ porque no entendían la manera de actuar de Jesús, que como decían ellos no respetaba el sábado. Antes los escribas dirán que es un blasfemo porque se atribuía el poder de Dios de perdonar pecados. Ahora será la familia también la que no entiende y quieren llevárselo a casa.

Algo nuevo estaba sucediendo con el anuncio del Reino de Dios que Jesús hacía y con su forma de actuar. Había pedido conversión, cambio del corazón para aceptar la Buena Noticia que anunciaba, pero a muchos les podía parecer que eran muchos los cambios. Sin embargo la gente sencilla descubre esas maravillas que Jesús hace y como decían en ocasiones ‘un gran profeta ha aparecido entre nosotros’. Pero eso sucede siempre que se plantean cosas nuevas. ‘Tú estás loco, no sabes lo que haces…’ frases así escuchamos muchas veces en gentes que quieren afirmarse en su inmovilismo frente a alquien que plantea cosas nuevas.

Y los profetas siempre encontraron oposición a sus mensajes denunciadores de una vida no concorde con lo que era la voluntad del Señor. Los santos que arriesgan todo por una radicalidad de vida conforme al Evangelio y según lo que sienten en su interior que les pide el Espíritu del Señor también han encontrado reacciones de ese tipo. Visionarios, radicales, ilusos son las cosas más suaves que escuchan cuando plantean la radicalidad del seguirmiento de Jesús.

Necesitamos profetas y santos en nuestro mundo de hoy que nos despierten porque algunas veces parece que andamos adormilados y tenemos el peligro de caer en una rutina que nos lleva a una tibieza de vida y que nos puede hacer caer en una muerte espiritual. Por otra parte tenemos el peligro de dejarnos envolver por esos contravalores que nos ofrece el mundo y como vemos que todos lo hacen así y pueden parecernos tan felices nosotros podemos caer también en esas redes.

Pero el Señor siempre nos ha enviado esos profetas de Dios en todos los tiempos para ayudarnos a despetar. En todos los momentos de la historia y cuando parecía que las cosas podían ser más difíciles para la iglesia o para el cristianismo siempre han surgido esos santos que como profetas nos han hecho mirar de frente al evangelio para que en verdad nos convirtamos a él.

Podríamos repasar la historia, aunque no es éste el momento más apropiado, pero recordamos a santos y santas como Teresa de Jesús, Juan de Dios, Ignacio de Loyola que en tiempos que no eran fáciles para la humanidad surgieron en la Iglesia. O pensemos en el siglo XIX que no fue un siglo fácil cuantos santos y cuantas congregaciones religiosas surgieron en la Iglesia para mantener esa voz profética que la iluminara con la luz de Dios. En nuestra cercanía tenemos a Santa Teresa Jornet con su congregación de las Hermanitas de los ancianos desamparados, por ejemplo. En nuestro tiempo también el Señor ha ido haciendo surgir esos santos con voz profética, pienso en Teresa de Calcuta, en Juan XXIII o en Juan Pablo II, a quien pronto veremos beatificado, que han ayudado a ese despertar de la Iglesia. Asi podríamos nombrar muchos más.

Que el Señor nos haga descubrir esos profetas de nuestro tiempo y escuchar su voz, aunque para algunos pueda parecer estentórea, que nos ayuden a mirar más de frente al evangelio y a meterlo en el corazón para hacer ese seguimiento vivo de Jesús. Y es que el mundo nos necesita a nosotros también para que con nuestra vida humilde y sencilla, pero iluminada por la luz de Jesús, llevemos también esa luz de Cristo que disipe tantas tinieblas.

viernes, 21 de enero de 2011

Llamó a los que quiso y los hizo sus compañeros


Hebreos, 8, 6-13;

Sal. 84;

Mc. 3, 13-19

‘Subió a la montaña, llamó a los que quiso, y se fueron con El’. Y a continuación el evangelista nos da el listado de los discípulos escogidos con los detalles incluso de los sobrenombres que les puso Jesús o de lo que hicieron.

‘Llamó a los que quiso y se fueron con El’. Les iba a confiar una misión, su mismo misión, pero tenían que ser sus compañeros. ‘Los hizo sus compañeros…’ Los que estaban con El, los que caminaban juntos. Era necesario que estuvieran con El, fueran sus compañeros si les iba a confiar su misma misión. ‘Para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios’, dice el evangelista. Sólo estando con El aprenderían, más aún podían llenarse de su ser, de su vida para poder realizar su misma obra.

Os confieso que al escuchar este texto del evangelio e ir reflexionando sobre él, primero que nada me miro a mí mismo. Llamado también por el Señor. Los sacerdotes tenemos que escuchar con especial agrado, por así decirlo, este pasaje del evangelio, esta llamada que Jesús hace a aquellos que quieren que estén con El. Me ha llamado el Señor y me ha confiado una misión, también anunciar la Palabra y haciendo el bien liberar a todo hombre de todo mal.

Pero necesito antes estar con el Señor, ser su compañero, caminar a su lado, empaparme de su vida. Compañero viviendo un espiritu de oración grande que me ha sentirme siempre unido al Señor; compañero sintiéndole a mi lado y sintiendo su palabra allá en lo más hondo de mi corazón; compañero con una espiritualidad especial nacida de mi sacerdocio. No podría de otra manera realizar la misión que me confía.

Pienso al meditar este texto y compartirlo con vosotros en todas aquellos que en la Iglesia ejercen algun ministerio especial, se han consagrado al Señor o viven comprometidos en el apostolado. Prolongan también en sus vidas la misión del Señor. Han de ser también compañeros del Señor. Sin esa unión con El en la oración, en la escucha y la meditación de la Palabra del Señor no podrían realizar su misión. Porque no van a realizar obra, sino la obra del Señor. Cuánto hemos de crecer en espiritualidad entonces.

Pero tendríamos que decir que todos los que escuchan este evangelio escuchan también Palabra de Dios para sus vidas. A todos tiene algo que decir el Señor. Por nuestra fe también todos, en nuestra condición de bautizados, de cristianos, hemos de vivir unidos al Señor. Hay también una llamada e invitación del Señor a estar con El. Todo cristiano ha de vivir una espiritualidad profunda, que es unión con el Señor para dejarme conducir por su Espíritu. Desde esa espiritualidad vivirán su ser cristiano allí donde está su vocación, en la vida familiar y el matrimonio, en el trabajo y el ejercicio de una profesión, en la vida de relación con los demás y en todo el compromiso social que viva en medio de la comunidad.

‘Llamó a los que quiso y se fueron con El… los hizo sus compañeros…’ Y pensamos en los sacerdotes; y pensamos en los religiosos/as que se han consagrado al Señor; pero pensamos en todos los que viven un compromiso apostólico en medio de la Iglesia; pero pensamos también en todos los cristianos, porque todos estamos invitados a estar con El. Cuántas cosas más podríamos decir.

jueves, 20 de enero de 2011

El martirio de san Sebastián un aliento y un estímulo para nuestra fe y nuestro amor


Hebreos 10, 32-36;

Sal. 1;

Mt. 10, 17-22

La celebración de los mártires siempre es un motivo de alegría y de aliento en nuestra esperanza para nuestro camino de fe, para el camino de la vida cristiana, que muchas veces no se nos hace fácil. El testimonio de su fortaleza, de su entrega, de su fe, de su amor hasta el final nos ayuda a nosotros a luchar también para mantenernos firmes en esa fe, fortalecidos en esa lucha de amor, alentados en esa superación que cada día queremos realizar en nuestra entrega y en nuestra vida cristiana.

Celebramos hoy a san Sebastián, un santo de gran devoción en el pueblo cristiana y al que tantas veces se le ha invocado como abogado celestial en momentos difíciles de epidemias y de pestes a través de la historia. Su imagen, con el cuerpo asaeteado por las flechas nos habla de su sufrimiento y enteresa en el martirio. Nacido en Milán había entrado al servicio del emperador en sus ejércitos quizá con el deseo de poder ayudar a los cristianos en las persecusiones que sufrían desde su posición privilegiada en los ejercitos. Pero prefirió, podíamos decir, la carrera del ejército celestial antes que el servicio ciego a los hombres que pudieran apartarle de su camino de rectitud y de fe. Así se enfrentó a todos prefiriendo la muerte antes que desertar del ejército de Jesús.

La Palabra del Señor escuchada en nuestra celebración nos ayuda a comprender el testimonio valiente hasta el martirio de su vida y nos ayuda en nuestras propias luchas de fidelidad y amor como cristianos. En el evangelio escuchamos el anuncio de Jesús. ‘Os entregarán a los tribunales… os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y los gentiles…’

Ante ese anuncio de Jesús por una parte tenemos la promesa de la asistencia del Espíritu Santo que nos dará la fuerza necesaria. ‘No os preocupéis de lo que váis a decir o de cómo lo diréis… no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros…’

Cuando leemos las actas de los mártires que nos narran su martirio uno se admira del valor con que actuaban, de las palabras valientes que pronunciaban, de la entereza con que reaccionaban ante los tormentos que sufrían. Así ha sucedido en los mártires de todos los tiempos. Tenemos que pensar en la fortaleza de la fe, en la fuerza del Espíritu del Señor, que Jesús nos prometió que no nos faltaría en esos momentos difíciles. Si con fe miramos nuestra propia vida quizá también nos podamos sentir admirados por reacciones valientes que hemos podido tener nosotros también en momentos difíciles. Con mirada de fe veamos esa asistencia del Espíritu del Señor.

Por otra parte nos alienta también lo que Jesús nos dice en las Bienaventuranzas cuando nos habla de que seremos felices y dichosos cuando seamos perseguidos, calumniados, o vejados por el nombre de Jesús. Y nos dice que nuestra recompensa será eterna, nuestra recompensa es el Reino de los cielos. ¿No merece, pues, con tal recompensa esa fortaleza con que hemos de manifestarnos en momentos así?

En la carta a los Hebreos que estos días hemos venido escuchando y hoy tambien de manera especial se nos ha proclamado se hace ya referencia a esos sufrimientos que están sufriendo los cristianos de aquellas primeras comunidades. Como nos dice hoy ‘pues compartísteis el sufrimiento de los encarcelados, aceptasteis con alegría que os confiscaran los bienes sabiendo que teníais bienes mejores y permanentes. No renunciéis, pues, a vuestra valentía que tendrá una gran recompensa…’

Es el aliento, como decíamos al principio, que recibimos del testimonio de los mártires. Que ellos intercedan por nosotros ante el Señor, que san Sebastián a quien hoy celebramos e invocamos, interceda por nosotros para que tengamos también esa valentía de la fe y también demos ese testimonio cristiano en medio de nuestro mundo. Nos costará, pero la recompensa que esperamos del Señor es grande, porque nos hará partícipes para siempre del Reino de los cielos.

miércoles, 19 de enero de 2011

Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec


Hebreos, 7, 1-3.15-17; Sal, 109; Mc. 3, 1-6

‘Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec’, es lo que hemos repetido en el salmo. Aunque muchas veces la liturgia nos ofrece este responsorio, sacado precisamente del mismo salmo 109 que hoy hemos rezado y con el que hemos respondido a la Palabra de Dios que se nos ha ido proclamando no sé si a todos nos dice o significa algo lo que decimos.

El texto de la carta a los Hebreos hoy proclamado ha hecho referencia también a Melquisedec del que nos dice que es ‘rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo’ y que ‘su nombre significa rey de justicia y lleva también el título de rey de Salem, es decir, rey de paz’. Abraham a la vuelta de la batalla contra sus enemigos, cuando le sale al encuentro Melquisedec que le da pan y vino y lo bendice, le ofrece los diezmos de toda su conquista.

¿Quién era este personaje al que vemos en relación con Abrahán al que le salió al encuentro y lo bendijo a la vuelta de sus batallas y a quien ofrece pan y vino? Aparece en el Génesis y realmente todo lo que se nos dice es lo que ahora nos ha repetido la carta a los Hebreos. Y como se nos explica en la carta es imagen del Sacerdote eterno que es Cristo Jesús, el que tiene ‘el sacerdocio que dura para siempre’.

Por eso para nosotros es imagen del nuevo sacerdocio en Cristo Jesús. No es imagen del sacerdocio de la Antigua Alianza, del Antiguo Testamento, el Sacerdocio de Aarón que tenía una ascendencia y una prolongación familiar. No es imagen del sacerdocio donde se ofrecían sacrificios y holocaustos de animales todos los días, sino del sacerdocio de Cristo el que se ofreció de una vez para siempre por nosotros en el sacrificio de la cruz. El Sacerdocio de Cristo es único e irrepetible porque es un sacerdocio para siempre. Cristo Jesús el Pontifice que además es sacerdote, víctima y altar al mismo tiempo. Pues es Cristo mismo el que se ofrece a si mismo como ofrenda y como víctima de salvación y redención para todos nosotros.

‘El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote eterno, según el rito del Melquisedec’, sacerdote para siempre, pero que nos hace participar de su sacerdocio real como nos enseñaría la carta de san Pedro. ‘Vosotros, en cambio, sois linaje escogido, sacedocio regio y nación santa, pueblo adquirido en posesión para anunciar las grandezas del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable’.

Consagrados fuimos en el Bautismo con el Crisma Santo para ser con Crito ‘sacerdotes, profetas y reyes’. Así pues nos unimos a Cristo para con Cristo también nosotros ofrecernos al Padre, para ofrecer el sacrificio espiritual y verdaderamente agradable a Dios. Como decimos en la primera plegaria eucarística, el canon romano, ‘dirige tu mirada serena y bondadosa sobre esta ofrenda: acéptala como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abraham nuestro padre en la fe, y la oblación pura de su sumo sacerdote Melquisedec’.

Cristo es, pues, el que tiene el sacerdocio eterno, el sacerdocio para siempre. Cristo, como Melquisedec, rey de paz y rey de justicia. Así lo proclamamos y lo reconocemos cuando cantamos a Cristo Rey y cuando cantamos y celebramos a Jesucristo sumo y eterno sacerdote. Cómo nos recuerda el pan y vino ofrecido por Melquisedec a Abraham el pan y vino de la Eucaristía donde es Cristo mismo el que se nos ofrece en el signo del pan y el vino eucarísticos como alimento y como vida y salvación para nosotros. Una imagen de la Eucaristía en la que Cristo se nos da.

Muchas cosas podríamos concluir para nuestra vida. Unidos a Cristo sacerdote y unidos al sacrificio de Cristo ofrecemos también nuestra vida con sus dolores y alegrías al Señor como ofrenda agradable a Dios. Cada uno de los momentos de nuestra vida unidos a Cristo adquieren un valor y una riqueza grande, porque en todo lo que es nuestra vida hemos de saber ver siempre la gracia del Señor que nos ama. Melquisedec, sacerdote del Dios altísimo que es al mismo tiempo rey de justicia y rey de paz nos recuerda cómo hemos de vivir nosotros ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia, que es reino de paz y de justicia, de amor y de perdón.

martes, 18 de enero de 2011

El sábado para el hombre no el hombre para el sábado

El sábado para el hombre no el hombre para el sábado

Hebreos, 6, 10-20; Sal. 110; Mc. 2, 23-28
‘Oye, ¿Por qué hacen – tus discípulos – en sábado lo que no está permitido?’ Ahora son los fariseos. Ya sabemos era el partido de los observantes y estrictos cumplidores de la ley.
Atravesaban un sembrado y eso que se hace casi inconscientemente los discípulos cogían espigas que estrujaban en sus manos para comer sus granos. Pero era sábado y lo que hacían podía considerarse un trabajo. Estaba estrictamente tasado y determinado lo que se podía hacer y lo que no se podía hacer el sábado. Era el día del Señor y en consecuencia del descanso. Pero los fariseos lo llevaban en todo su rigor hasta límites en cierto modo incomprensibles. Eran esclavos del cumplimiento de la ley. ¿Era eso lo que en verdad quería el Señor?
Les recuerda Jesús hechos que la misma Escritura narraba como el caso de David con sus seguidores que comió de los panes presentados en la casa del Señor de los que sólo podían comer los sacerdotes. Por eso Jesús termina sentenciando: ‘El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado’. Será un tema, el del sábado, que volveremos a encontrar en otras ocasiones a lo largo del evangelio.
Es cierto que era el día del Señor – para nosotros los cristianos bien sabemos que es el domingo, porque en el primer día de la semana resucitó el Señor – y el día del Señor dedicado al descanso es sobre todo para que lo dediquemos al culto al Señor. Pero es también la búsqueda del bien del hombre, de la persona. También en la norma legal que nos recoge la ley mosaica ya podríamos ver esa preocupación por el hombre, por el respeto a la persona y a su dignidad, que conllevaría ese descanso en su trabajo no sólo como una recuperación de fuerzas, sino también como motivo y tiempo para el encuentro y la relación con la familia y con las demás personas. Es buena, pues, esa legislación en cuanto que también busca el bien de la persona como se recoge en las leyes de todos los pueblos.
Pero nuestra relación con el Señor no la podemos tener simplemente desde una postura legalista como nos refleja la actitud de los fariseos. Tendrá que ser en verdad una ofrenda de amor que le queramos hacer al Señor con toda nuestra vida. De lo contrario, quedándonos sólo en el mero cumplimiento, perdería todo su sentido y valor. Es lo que nos quiere enseñar Jesús. Porque no podemos ser esclavos nunca de la norma o de la regla que tengamos, sino que con ello lo que buscaremos será el bien de la persona y en este caso del culto al Señor del que estamos hablando el poder hacer esa mejor ofrenda de amor.
Todo esto nos podría llevar a hacernos otras reflexiones. Una primera reflexión es sobre esas interpretaciones tan rigoristas o literales que muchas veces se hacen de las palabras de la Biblia sin saberle encontrar su verdadero sentido. Muchos leen textos del Antiguo Testamento en un sentido literal en sus interpretaciones sin pasarlos por el tamiz del Evangelio, de Jesús, del Nuevo Testamento. Olvidamos que será Jesús el que va a darle plenitud a toda esa ley y desde Jesús y su evangelio hemos de saberle dar la interpretación más correcta. Y será la Iglesia, en su sabiduría y con la asistencia del Espíritu, quien en verdad nos pueda ayudar. ‘Quien a vosotros escucha, a mi me escucha’, dijo Jesús a sus apóstoles. Podría llevarnos esto a una más extensa reflexión.
Por otra parte, como decíamos, para nosotros el día del Señor es el domingo, porque nosotros tenemos como centro de nuestra fe y en consencuencia de nuestra vida cristiana, la resurrección del Señor. Fue el primer día de la semana – en la ordenación de la semana de los pueblos antiguos, y este caso de los judíos era el sábado el día septimo, luego el día siguiente que para nosotros es el domingo es el día primero – en el que resucitó el Señor. Recordemos lo que hemos oído tantas veces de cómo las mujeres al amanecer de aquel primer día fueron muy temprano al sepulcro a embalsamar el cuerpo del Señor, pero encontraron la tumba abierta y que el Señor había resucitado.
La reflexión tendríamos que hacerla preguntándonos cómo vivimos nosotros el día del Señor. Es el día en que de manera especial los cristianos nos reunimos para celebrar la Eucaristía, y es también un día de descanso. Un día para el culto al Señor, en el que nos alimentamos de su Palabra y de su Eucaristía, pero un día propicio para ese encuentro familiar y para ese encuentro con los demás. Un día que tendríamos que vivir con una alegría prounda desde esa fe y desde ese encuentro con el Señor. Un día santo porque también queramos dedicarlo a los demás, a las obras del amor y de la misericordia. ¿Será así cómo lo celebramos y lo vivimos? Muchas cosas quizá tendríamos que revisar.

lunes, 17 de enero de 2011

Ser odre nuevo para el vino nuevo del Evangelio


Hebreos, 5, 1-10;

Sal. 109;

Mc. 2, 18-23

Cuando Jesús comenzó a anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios invitaba a la gente a la conversión para creer en el Evangelio que proclamaba. Los signos acompañaban su predicación como un medio, podríamos decir, para acrecentar la fe en El y se fuera logrando esa transformación de los corazones.

Pero muchas veces tenemos como endurecido el corazón en las cosas que hacemos y nos cuesta aceptar lo nuevo que nos propone Jesús y aceptar que tenemos que cambiar nuestra mentalidad y nuestro corazón para llegar a comprender el sentido del Reino que Jesús nos anuncia.

Es lo que vemos que le va sucediendo a la gente cuando escucha a Jesús o cuando contemplar su nueva forma de actuar o la novedad del evangelio. La gente sencilla y humilde se entusiasma con Jesús y sus corazones se llenan de esperanza, pero hay gente, sin embargo, a los que les cuesta aceptar toda esa novedad del Evangelio de Jesús porque eso quizá les obligará a un cambio de actitudes y posturas, o a un cambio en la forma de vivir y de entender incluso la relación con Dios.

Por fijarnos en algunas de las cosas aparecidas en los textos del evangelio escuchados en los últimos días, primero fue el aceptar que Jesús tuviera poder para perdonar pecados y así mostrara su corazón misericordioso y compasivo para decirnos que así es el amor que Dios nos tiene.

Luego sería la llamada de Leví y el sentarse Jesús a la mesa con toda clase de gente, con publicanos y pecadores, porque como nos decía el médico es para los enfermos y no para los sanos y el ha venido no a llamar a los justos sino a los pecadores. Hoy es la cuestión del ayuno, que si los discipulos de Juan y de los fariseos ayunan y los discípulos de Jesús no lo hacen.

La respuesta de Jesús es contundente, porque si había dicho que El venía a buscar no a los justos sino a los pecadores, ahora les pone la imagen del novio y de la boda, que si los amigos están en el banquete de bodas no van a estar ayunando sino que estarán participando de la alegría del novio, de la alegría del banquete de bodas. La llegada del Reino de Dios, nos dirá en sus parábolas será como un banquete de bodas al que todos estamos invitados y en ese banquete tendrá que brillar la alegría, la comunión y la amistad y no tiene por qué estar cargada de tintes negros.

Pero Jesús nos dirá más. Habla del remiendo que no se puede poner con un paño nuevo en un paño viejo y ajado, ni de los odres viejos que no podrán contener la fuerza del vino nuevo. ¿Qué nos quiere decir Jesús? Recordemos lo que ya comentábamos de lo anunciado por Jesús. Para aceptar la buena nueva del Reino hay que convertirse de verdad, hay que darle la vuelta a la vida. No valen los apaños, los arreglitos, las componendas, sino que el corazón tenemos que hacerlo nuevo porque tenemos que ser hombres nuevos.

Y eso nos cuesta. Queremos nadar y guardar la ropa. Queremos nadar entre dos aguas. Y no quiero poner otras frases más fuertes. De ahí la tibieza con que andamos en la vida. ‘Porque no eres frío ni caliente, te vomitaré de mi boca’, escucharemos al ángel del Apocalipsis decir en nombre del Señor a una de las Iglesias de la antigüedad. Ya nos dirá Jesús que con Él o contra Él, porque ‘el que no recoge conmigo, desparrama’.

Eso nos va pidiendo más valentía y radicalidad a la hora del seguimiento de Jesús. Pero eso lo iremos logrando en la medida en que nos sintamos cogidos desde lo más hondo del corazón por el amor del Señor. Por eso es tan importante ese conocimiento que hemos de tener de Jesús cada vez más grande, ese crecimiento en el amor considerando en verdad cuánto es el amor que El nos tiene.

Pidámosle al Señor que nos conceda ese don de ser ese odre nuevo para ese vino nuevo que El nos ofrece en el Evangelio.

domingo, 16 de enero de 2011

El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo


Is. 49, 3.5-6;
Sal. 39;
1Cor. 1, 1-3;
Jn. 1, 29-34


He de confesar que cuando me he dispuesto a preparar la celebración de este domingo segundo del tiempo ordinario, repasando todos los textos de la celebración, no sólo la Palabra proclamada sino también las distintas oraciones que nos ofrece como propias la liturgia de este día, me he fijado de manera especial en una de las oraciones,
Nos recuerda algo muy importante que siempre hemos de tener presente en toda celebración de fe, en toda celebración cristiana. Es el ‘hoy’ de la salvación que celebramos. No hacemos un mero recuerdo como podríamos recordar otros hechos históricos. Es memorial del sacrificio de Cristo, decimos, que es lo mismo que vivir ahora, hacer presente sacramentalmente el sacrificio pascual de nuestra salvación.
Pediremos ‘participar dignamente de estos misterios, pues cada vez que celebramos este memorial del sacrificio de Cristo se realiza la obra de nuestra salvación’. Se realiza aquí y ahora. Aquí y ahora estamos viviendo la salvación en el misterio de Cristo que celebramos. Algo hermoso que no hemos de olvidar. Algo, por supuesto, que podemos vivir por la fe y desde la fe. Muchas consecuencias se tendrían que sacar para la vivencia de nuestras celebraciones y que nos ayudaría tanto en nuestra vida cristiana.
Litúrgicamente entramos en el tiempo ordinario el lunes pasado una vez celebrado el Bautismo de Jesús. Pero por la Palabra del Señor que hoy se nos ha proclamado, la Palabra que ‘hoy’ nos ha dicho el Señor, podemos decir sigue siendo Epifanía. Es lo que se nos expresa en el texto del Evangelio que sigue teniendo resonancias del Bautismo de Jesús en las palabras del Bautista.
Se nos está manifestando, se nos está señalando, como lo hace el profeta y como lo hace Juan, quién es Jesús: Siervo, luz de las naciones, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, Hijo de Dios. Con estas palabras, progresivamente, se nos va manifestando quién es Jesús y su misión con una hondura grande y que podemos llegar a descubrir porque el Espíritu de Dios nos lo va revelando en el corazón, como le sucedió al Bautista.
‘Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso… desde el vientre me formó siervo suyo’, que nos dice el profeta Isaías. Resuenan de alguna manera las palabras escuchadas en el Jordán: ‘Tú eres mi Hijo, amado, mi predilecto’. El Hijo de Dios que se humilló, se hizo el último, se hizo siervo para su entrega, para su inmolación como el Cordero inmolado en el sacrificio, como el cordero pascual que al comerlo les hacía hacer memoria del paso salvador del Señor que los sacó de Egipto.
Por eso ahora lo señalará Juan como el Cordero de Dios, el que se va a inmolar para quitar el pecado del mundo. Es el Cordero de Dios, pero sobre quien va a bajar el Espíritu en forma de paloma para estar sobre El porque es el Hijo de Dios. ‘Yo lo he visto, dice Juan, y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios’. Juan dice, ‘no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel’. Pero ha recibido revelación de Dios para que pueda dar testimonio. ‘El que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu Santo… ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo… ése es el Hijo de Dios’.
Nos está haciendo referencia a todo lo sucedido en el Bautismo de Jesús en el Jordán; lo que escuchábamos ya el domingo pasado en el relato de Mateo o de cualquiera de los otros sinópticos. Por eso decíamos aunque litúrgicamente en tiempo ordinario de alguna manera sigue siendo Epifanía, manifestación del Señor, de la gloria del Señor.
También nosotros tenemos que escuchar lo que nos señala el Bautista. ‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’. Y confesamos así nuestra fe en Jesús, nuestra salvación, nuestra luz y nuestra vida. Por esa fe en Jesús somos nosotros bautizados en ese bautismo nuevo en el Espíritu. Confesamos así nuestra fe en Jesús el Hijo de Dios, como terminará Juan señalándonos. Pero al mismo tiempo estaremos reconociendo todo lo que al ser bautizados en el Espíritu nosotros recibimos al ser también en el Hijo hijos de Dios, con esa gracia y dignidad nueva que Cristo nos regala.
La liturgia recogerá estas palabras del Bautista haciéndolas suyas para que así nosotros en distintos momentos invoquemos también a Jesús. ‘Señor Dios,Cordero de Dios, Hijo del Padre, tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros… atiende nuestras súplicas’, cantamos y pedimos en el himno del Gloria. ‘Cordero de Dios, tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros… danos la paz’, volveremos a repetir como invocación y como súplica en el rito de la Comunión en la Eucaristía.
Y finalmente al presentarnos a Cristo Eucaristía invitándonos a sentarnos y participar de la mesa del Señor se nos vuelve a señalar: ‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’. Ya no es el cordero de la antigua pascua que comían los judíos cada año recordando el paso del Señor que les liberó de la esclavitud de Egipto, sino que será Cristo mismo al que somos invitados a comer para que se produzcan en nosotros los frutos de la nueva Pascua, la de la Alianza nueva y eterna.
La sangre de aquel cordero marcó las puertas de los judíos como señal para su liberación. La Sangre del Cordero de la Nueva Alianza nos lava y nos purifica, nos da vida, nos llena de gracia, nos marca como los hijos del Reino, nos hace miembros del nuevo pueblo que es la Iglesia. Somos los santos y consagrados en la Sangre y en el Espíritu que invocamos el nombre del Señor para cantar siempre su gloria, como nos señalaba Pablo en la carta a los Corintios.
Dichosos nosotros, sí, que podemos comerle, sentarnos a su mesa, la mesa de los hijos. Dichosos nosotros, sí, que al comerle nos sentiremos inundados de su gracia, de su paz, de su amor, de su vida nueva. Dichosos nosotros por esa santidad a la que nos llama cuando nos ha consagrado en el Espíritu al recibir el Bautismo.
Y todo eso lo celebramos y lo vivimos, como decíamos al principio, no como un recuerdo, sino como algo presente ahora y aquí en nuestra celebración y en nuestra vida. Aquí y ahora estamos viviendo ese momento salvador. Aquí y ahora está Cristo, Cordero de Dios, presente en medio nuestro. Aquí y ahora estamos celebrando todo el misterio de nuestra salvación.
¿Nuestra respuesta a todo este misterio de salvación que celebramos? Primero que nada la fe que nos haga reconocer esa presencia salvadora de Cristo en medio nuestro. Pero también, como hemos dicho en el salmo, ‘aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’; la ofrenda de nuestro corazón, de nuestro yo, de nuestra vida toda, de nuestra obediencia de fe, del cumplimiento de su voluntad en todo momento. Vivir como esos consagrados que somos, como esos santos tal como nos llama San Pablo.

sábado, 15 de enero de 2011

Palabra que nos llama y nos invita a ponernos en camino de nueva vida

Hebreos, 4, 12-16;
Sal. 18;
Mc. 2, 13-17

‘La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espiritu…’ Hermoso texto de la carta a los Hebreos que nos hace ponderar la maravilla y el poder de la Palabra de Dios. Palabra viva y Palabra de Vida; Palabra que nos sana y que nos sana; Palabra que nos llama y nos invita y Palabra que nos pone en camino de nueva vida; Palabra que nos llega a lo más hondo de nosotros mismos y Palabra que nos inquieta e interroga. Es Palabra de gracia y de salvación, de luz y de vida.
Lo contemplamos en Jesús. Estos días así lo hemos venido contemplando en estos textos del inicio del evangelio de Marcos. Anuncia el Reino de Dios, recorre los pueblos y las aldeas de Galilea, va a la sinagoga, les propone la Palabra en casa, llama a los pescadores junto al lago o al pasar por el camino invita a seguirle a Leví, el publicano, pero sirve de interrogante e inquietud en el corazón a todos los que le escuchan aunque no quieran recibirle, sana y salva porque cura de la enfermedad y del mal y perdona los pecados, busca al hombre pecador para llevarle a nueva vida y no teme sentarse a la mesa incluso con aquellos que consideran de mala fama. Es el médico que viene a buscar al hombre enfermo porque quiere la salud y la salvación siempre para el hombre.
Ya lo hemos escuchado en el evangelio proclamado. Cuánto nos enseña Jesús con su manera de actuar buscando siempre al pecador. Llamó a Leví, el de Alfeo, que estaba sentado al mostrador de los impuestos, pero vemos también la prontitud y generosidad de éste para seguir la llamada de Jesús. ‘Se levantó y lo siguió…’ y hasta sentó en su mesa a Jesús y sus discípulos agregándose a este banquete los que eran sus amigos y compañeros de profesión.
Pero las actitudes buenas provocan siempre reacción en quienes las contemplan. Ojalá sea siempre una reacción positiva para hacer lo mismo, pero bien sabemos quien está siempre con la desconfianza y con la sospecha y hasta en los mejores gestos puede ver malas o aviesas intenciones. ‘Algunos letrados fariseos, al ver que comía con recaudadores y otra gente de mala fama, les dijeron a los discípulos: ¡De modo que come con recaudadores y pecadores!’
Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos sino pecadores’. ¿Quién puede considerarse justo delante del Señor? Si somos sinceros con nosotros mismos nos reconoceríamos pecadores. Porque la actitud de aquellos letrados fariseos no es muy distinta de la que tenemos la tentación tantas veces en la vida de tener nosotros también en referencia a los que nos rodean.
Cuántas discriminaciones hacemos en la vida. Cuántas veces llenamos nuestro corazón de sospechas y de juicios contra los demás. Con qué facilidad vemos la paja del ojo ajeno sin darnos cuenta de la vida que llevamos en el nuestro. No tendría que ser esa la actitud que cultiváramos en el corazón. Qué fáciles son las actitudes orgullosas y llenas de soberbia. Pero el hombre humilde es el que es grato al Señor.
Dejemos que esta ‘palabra viva y eficaz’ que estamos escuchando penetre hasta lo más hondo de nosotros y dejémonos interrogar por ella con toda sinceridad allá en nuestro interior. Que siembre la inquietud en nuestro corazón para que sintamos deseos sinceros de acercarnos a Jesús para que nos cure, para que nos sane, para que nos llene de su salvación. El también nos invita a levantarnos de esa situación en la que a veces estamos como apoltronados en nuestra vida y quiere ponernos en camino de vida nueva. Escuchemos su voz. Seamos generosos en nuestra respuesta. Llenemos nuestra vida de la salvación que Jesús nos ofrece.
Quizá, como Leví fue una mediación para que también otros estuvieran junto a Jesús, aquellos otros recaudadores y pecadores, también nosotros podemos ser mediación para que otros lleguen también hasta Jesús. Cuando Jesús nos llama y nos invita a levantarnos seguro que nos quiere confiar una misión, el hacer que otros también puedan conocer la salvación, puedan llegar hasta este médico divino que viene siempre buscando nuestro corazón enfermo para sanarlo y para llenarlo de vida. No nos hagamos sordos a la llamada que el Señor nos hace.

viernes, 14 de enero de 2011

Una palabra de salvación, tus pecados están perdonados

Hebreos, 4, 1-5.11;

Sal. 77;

Mc. 2, 1-12


Jesús va recorriendo los caminos y los pueblos de Galilea anunciando el Reino de Dios. ‘Vamos a otros lugares’, había dicho. Su Palabra es Palabra de vida y de salvación. Hoy nos lo va a mostrar con todas sus consecuencias. Su fama se extendía. Nos había comentado el evangelista que en ocasiones no entraba en los pueblos sino que se quedaba en el descampado y aún así acudían muchos.


Ahora ha llegado de nuevo a Cafarnaún y ‘acudieron tantos, que no había sitio ni a la puerta’. Y el seguía anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios para despertar la fe de aquellas gentes y desearan en verdad la salvación que El venía a ofrecernos. Los hechos que nos narra hoy el evangelio ayudan a despertar esa fe aunque haya algunos que lo rechacen, pero al final todos darán gloria al Señor. ¿No es la gloria de Dios lo que hemos de buscar? Con Cristo, por Cristo y en Cristo nosotros queremos dar todo honor y toda gloria al Padre del cielo. Eso queremos hacer en la Eucaristía que celebramos pero es lo que queremos que sea toda nuestra vida.


Le traen un paralítico. ‘No pueden meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico a los pies de Jesús’. Allí hay fe. Lo destaca el evangelista. ‘Viendo la fe que tenían’. Bueno, ¿veremos a Jesús levantar de su camilla al paralítico? Pero lo que Jesús le va a decir es ‘hijo, tus pecados quedan perdonados’. Pero ¿no habían traído a aquel hombre para que Jesús lo curara? Y Jesús lo cura, sí, lo sana del mal más profundo que puede afectar al hombre. Perdona sus pecados. Es la salvación que Jesús viene a ofrecernos.


No todos lo entenderán. Por allí están los letrados haciendo juicios en su interior. ‘Este blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino Dios? ¿cómo habla así?’. Pero allí estaba quien podía perdonar pecados. Allí estaba quien iba a derramar su sangre para el perdón de nuestros pecados. Allí estaba el Hijo de Dios que se había hecho hombre para nuestra salvación, el Dios compasivo y misericodioso que nos está ofreciendo siempre su amor y su perdón, su vida y su gracia.


Vamos a ver, ¿no es el poder de Dios el que puede restablecer la salud al enfermo, el movimiento a aquellos miembros inválidos, hacer volver a la vida a los muertos? Quien podía hacer levantar a aquel hombre de su camilla solo con su Palabra salvadora, es también el que por esa misma Palabra de Salvación puede darnos el perdón de Dios. ‘Para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados, entonces le dijo al paralítico: contigo hablo. Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa… y se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: nunca hemos visto una cosa igual’.


Queremos nosotros también dar gloria a Dios. No hemos terminado de agradecer lo suficiente lo que el Señor nos regala cuando nos perdona los pecados. También tendríamos que decir ‘no hemos visto una cosa igual’. El Señor nos ama y nos perdona. Con qué gozo tendríamos que ir nosotros hasta Jesús cuando celebramos el sacramento del perdón, el sacramento de la Penitencia.


Vamos quizá muchas veces más bien abrumados por la vergüenza de tener que decir los pecados, muy preocupados que no nos falte nada de la lista de las cosas que hemos hecho mal para decirlas con todo detalle, pero pensamos menos en ese encuentro con Jesús que vamos a vivir en el sacramento. Y es esto en lo que tendríamos que prestar más atención, para ir, con humildad sí, pero con mucho amor y con el anticipo ya de la alegría que el Señor nos va a dar cuando nos regale su perdón.


Es algo en lo que tenemos que pensar y para lo que más tendríamos que prepararnos. Triste sería que fuéramos al Sacramento, pero no saliéramos con el gozo en el alma de ese encuentro de amor con el Señor, con esa paz honda que Cristo nos regala con su amor y su perdón. En este sentido mucho tendríamos que revisar sobre la forma cómo nos confesamos, o mejor, cómo celebramos este sacramento de alegría y de paz que es el Sacramento de la Penitencia.

jueves, 13 de enero de 2011

Un doble reconocimiento y una súplica llena de esperanza

Un doble reconocimiento y una súplica llena de esperanza

Hebreos, 3, 7-14; Sal. 94; Mc. 1, 40-45

‘Si quieres, puedes limpiarme’, le dice el leproso que se acerca hasta Jesús. Un doble reconocimiento y una súplica llena de esperanza.

Reconoce su lepra, su mal, la realidad llena de negrura de su vida. Pero no quiere quedarse hundido en esa negrura. Bien sabemos que los leprosos en aquellos tiempos eran obligados a vivir al margen de la comunidad y al margen incluso de la familia. Diciéndolo con buenas palabras diríamos que estaban condenados a vivir en una leprosería, pero quitando la bondad que puediera haber en esa palabra, la vida era muy dura por la marginación en la que tenían qque vivir.

Pero aquel leproso hace otro reconocimiento. Puede salir de aquella situación. Hay alguien que puede sacarle, liberarle, limpiarle de aquella lepra. Por eso acude a Jesús. Por eso además de reconocer su situación, sus deseos y esperanzas de verse liberado, está haciendo también un reconocimiento del poder de Jesús.

Y surge la súplica humilde, pero llena de esperanza. ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Ya no depende sólo de sí mismo sino que toda su esperanza la tiene puesta en Jesús. ‘Si quieres…’ Suplica, se pone ante Jesús con su situación, tiene esperanza. ‘Jesús, sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio’.

No es necesario en este momento que nos extendamos en más consideraciones de lo que le dice Jesús que haga y de lo que realmente luego hizo aquel leproso curado. Simplemente pongámonos nosotros también delante de Jesús con nuestro mal, con nuestro pecado, con las negruras que puedan haber en nuestra vida. Es necesario comenzar por reconocerlo, como aquel leproso que reconoció su lepra, su enfermedad.

Hay ocasiones en que nos sentimos hundidos en nuestro mal, en nuestro problema, en nuestra situación. O nos cuesta reconocer la pendiente en la que hemos caído o nos sentimos tan mal que parece que no vemos salida. Por eso tenemos que seguir aprendiendo de aquel leproso. ‘Si quieres…’ le dice a Jesús. Es lo que tenemos que hacer. Es a quien tenemos que acercarnos con la confianza de también va a extender su mano hacia nosotros para limpiarnos, para levantarnos, para darnos la esperanza de una nueva vida que podemos recomenzar.

Y la podemos recomenzar con su perdón como un bálsamo sobre nuestro corazón, sobre las heridas de nuestra vida. Será su Sangre la que nos lave, nos purifique, nos de el perdón. Y el Señor sigue confiando en nosotros. Y en El vamos a encontrar esa paz que necesitamos, aunque muchas veces los que estén a nuestro lado puedan estar empeñados en que no tengamos esa paz porque seguirán recordándonos esa lepra que tuvimos y de la que fuimos curados. Cuánto necesitamos todos aprender, porque a veces se nos pegan las actitudes del mundo que no entiende de perdón sino de revancha y de venganza. Y podemos actuar los cristianos, podemos actuar en la Iglesia con esos criterios vengativos del mundo, olvidándonos de lo que es la misericordia y el amor del Señor. No sé si algunos aún quisiera que hubiera inquisisiones que decreten destierros de marginación para siempre. Me duelen en el alma actitudes asi en quienes nos llamamos seguidores de Jesús.

Cómo tenemos que aprender de la misericordia de Jesús que nos manifiesta el rostro de Dios. Es un detalle que no es baladí el que Jesús tiene con aquel leproso. ‘Extendió la mano y lo tocó’. No tuvo miedo Jesús a contagiarse porque lo que quería Jesús para aquel hombre era vida y salud. Seguro que esa mano de Jesús sobre aquel cuerpo malherido por la enfermedad fue como un calambre de gracia que llegó al corazón del leproso que era curado, porque allí se estaba manifestando la cercanía de Dios, el amor de Dios que es siempre compasivo y misericordioso.

Sintamos sobre nosotros esa mano de Dios que nos sana, que nos salva, que nos llena de gracia, que nos regala su vida, que nos da la dignidad nueva de hijos de Dios.

miércoles, 12 de enero de 2011

Busquemos a Jesús y su salvación: Palabra y oración

Busquemos a Jesús y su salvación: Palabra y oración

Hebreos, 2, 14-18; Sal. 104; Mc. 1, 29-39

‘Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea’. Así terminaba la perícopa que se nos proclamaba ayer.

Es lo que nos refleja también el texto de hoy. Será primero la suegra de Simón, luego se agolpará a la puerta la población entera trayendo todos los enfermos e impedidos. ‘Al salir de la sinagoga fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles’. Más tarde ‘curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios…’

Ya comentábamos ayer que con Jesús se están dando las señales del nuevo Reino de Dios. las curaciones diversas que realiza son signos de esa salvación que Jesús nos viene a ofrecer. No podemos ver el milagro por el milagro, aunque los hombres nos sentimos tentados fácilmente a pedir el milagro que nos resuelva las cosas. Claro que contamos con el poder de Dios. Es el Señor todopoderoso que nos ama y está a nuestro lado en nuestras dificultades o debilidades. Y manifiesta su amor por nosotros ayudándonos en nuestras necesidades. Pero ¿sólo buscamos a Dios como un resuelve problemas?

No deja Jesús de curar a los que vienen a El, pero en el texto escuchado podemos descubrir algo más que nos ofrece. El viene a ofrecernos su salvación. Es el anuncio que nace cuando proclama el Reino de Dios. Y quiere además que esa salvación llegue a todos porque para salvarnos a todos ha venido. Lo podemos ver expresado en diversos detalles de este texto.

Primero en su conciencia de enviado del Padre no puede faltar esa comunicación íntima y profunda con El. Cuánto nos enseña. ‘Se levantó de madrugada y se fue al descampado y allí se puso a orar’.

Cuando vienen a buscarle – ‘todo el mundo te busca’, le dice Simón Pedro cuando lo encuentra en el descampado – El manifiesta que ha venido para todos y a todos ha de ir a anunciar el Reino. ‘Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas a predicar también allí que para eso he venido’. A predicar. El Reino de Dios tiene que seguirse anunciando por todas partes. Todos han de conocer la salvación que nos ofrece. No es sólo, entonces, los milagros sino el anuncio de la Palabra que ha de hacer. ‘Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios’. Anuncio de salvación y señales de esa salvación al ir expulsando el mal.

Ya decíamos cuánto nos enseña. Queremos escuchar a Jesús. Queremos vivir su salvación. A El tenemos que ir, con ahinco tenemos que buscarle. ¿Cómo lo vamos a encontrar? Dos detalles hermosos nos ofrece este texto del evangelio. A Jesús lo vamos a encontrar en la Palabra que se nos proclama; allí le vamos a conocer, nos vamos a impregnar de su mensaje de salvación. Escuchándole nos vamos a empapar de evangelio, nos vamos a empapar de su vida, de esas actitudes nuevas, de esos valores que nos enseña, de ese nuevo sentido de vivir.

Pero hay algo más para encontrarle. Le vamos a encontrar en la oración, la oración personal y la oración comunitaria que hacemos en nuestras celebraciones. Oración personal, diálogo en un tú a tú de amor con Dios, sintiéndonos en su presencia, inundándonos de su inmensidad, metiéndonos en la hondura profunda de ese pozo de amor que es su corazón. Busquemos esa paz del encuentro vivo con el Señor. Que nuestra oración sea en verdad ese llenarnos de Dios. Que hagamos ese silencio del espíritu, en nuestro espíritu, para que podamos escuchar ese susurro de la voz de Dios que nos habla allá en lo más hondo de nuestro corazón. Una oración llena de paz, una oración sin prisas, una oración de apertura profunda de nuestro yo, de nuestro corazón a Dios.

Tendríamos que hablar también de la oración de nuestras celebraciones. Que sean en verdad celebraciones vivas, orantes, de escucha de Dios, de alabanza al Señor y acción de gracias en comunión con los hermanos; por eso decimos que son comunitarias. Mucho tendríamos que decir, pero baste esto en esta ocasión.

Busquemos al Señor para sentir su salvación viva en nuestra vida.

martes, 11 de enero de 2011

El Reino de Dios se manifiesta en Jesús con obras y palabras


Hebreos, 2, 5-12;

Sal. 8;

Mc. 1, 21-28

Ayer de una forma genérica se nos decía en el evangelio que ‘Jesús marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios’, anunciando la llegada del Reino de Dios y la conversión para creer en El.

Llama a unos primeros discípulos, los pescadores del lago de Galilea, que le siguen, pero hoy vemos a Jesús que va a la sinagoga a enseñar. ‘Cuando fue el sábado siguiente a la sinagoga a enseñar se quedaron asombrados de su enseñanza’, pero pronto comienzan los signos que les hará preguntarse más estupefactos ‘¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen’.

Jesús está manifestando que llega el Reino de Dios. Claro que había que convertirse, darle la vuelta a la vida, para creer en el Reino de Dios. Lo está manifestando con obras y palabras. Ahí está su enseñanza que poco a poco iremos descubriendo en el evangelio. Pero ahí están las señales de que el Reino de Dios llega. No son sólo palabras sino que es una realidad.

Decir Reino de Dios es decir que Dios es el único Rey, el único Señor de nuestra vida. De nada más ni de nadie podemos ser si reconocemos el Reino de Dios. Ahí está el signo que Jesús realiza. ‘Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar’. Es decir, un hombre poseído por el mal, por el maligno. Cristo viene a vencer ese mal, a derrotar el maligno para que al final Dios sea el único Señor de nuestra vida. Ahí en ese milagro está el signo de que llega el Reino de Dios, el Reinado de Dios.

‘¿Qué es esto?’ ¿Qué autoridad es ésta que tiene Jesús? Era la pregunta que se hacían las gentes asombradas, estupefactos por lo que está sucediendo. A muchos les costará entender lo que Jesús hace, el mensaje de Jesús. Será la lucha, por decirlo de alguna manera, que veremos a lo largo de toda su vida en el evangelio. Y seguirá sucediendo así porque aún muchos no terminar de reconocer en verdad quien es Jesús. No olvidemos que cuando hace el primer anuncio del Reino de Dios que llega pide fe y conversión. Es lo que seguimos nosotros necesitando.

Necesitamos, sí, reavivar nuestra fe en Jesús. Tenemos que pedírselo también, porque todo es gracia y la fe es don sobrenatural que Dios nos da y al que nosotros hemos de ir respondiendo con nuestra vida. Necesitamos esa apertura de nuestro corazón para dejarnos transformar por El. Que se realice ese cambio de nuestro corazón, de nuestra mentalidad, de nuestras actitudes.

Cristo sigue viniendo a nosotros para liberarnos del mal, de la muerte, del pecado. Algunas veces ante la presencia de Jesús, de su Palabra y de su gracia ponemos reticencias. Como aquel hombre de la sinagoga de Cafarnaún nos resistimos. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’.

La resistencia la ponemos cuando no hacemos todo lo posible para dejarnos transformar por la gracia del Señor; cuando hacemos oídos sordos a su Palabra; cuando pensamos que ya nosotros somos buenos y nada tenemos que cambiar; cuando seguimos dejando meter en nuestro corazón actitudes orgullosas, cuando nos falta humildad. Pueden ser tantas cosas en las que ponemos resistencia porque el pecado sigue estando en nuestra vida y no luchamos lo suficiente para vencer en la tentación.

Dejémonos hacer por el Señor. Dejémonos impresionar por las obras maravillosas que Jesús sigue haciendo en nosotros y en los que nos rodean. Alguna vez hemos hablado de que hemos perdido la capacidad de asombro ante las cosas de Dios. Recuperémosla. Seamos capaces de asombrarnos ante el actuar de Dios en nuestra vida. El sigue llegando a nosotros con su gracia. No la desaprovechemos.

lunes, 10 de enero de 2011

Ahora en la etapa final nos ha hablado por el Hijo que nos anuncia la Buena Noticia del Reino



Hebreos, 1, 1-6;

Sal. 96;

Mc. 1, 14-20

Al iniciar hoy el tiempo Ordinario, terminadas ayer las celebraciones de la Navidad y de la Epifanía con el Bautismo del Señor, en la lectura de la Palabra de Dios que iremos proclamando escucharemos por una parte la carta a los Hebreos durante varias semanas y en el evangelio escucharemos a san Marcos.

La carta a los Hebreos es una hermosa Catequesis a las primeras comunidades cristianas de una gran densidad doctrinal que trata de animar en la fe a aquellos primeros cristianos cuya vida no estaba exenta de dificultades. Ya nos iremos introduciendo en su hermoso mensaje a través de las perícopas que la liturgia nos irá ofreciendo.

Es hermoso cómo a través de esta lectura semicontínua que vamos haciendo día a día de la Biblia vamos enriqueciendo nuestra vida de fe, nos sentimos iluminados por los diferentes textos de la Palabra de Dios. Es muy enriquecedor el que podamos así irnos introduciendo más y más en el mensaje de Jesús y del Evangelio y tendríamos que prestarle mucha atención. Seguro que si lo hacemos iremos creciendo más y más en nuestra espiritualidad cristiana. Es una oportunidad hermosa que se nos ofrece, una gracia del Señor el que cada día así nos vayamos acercando a su Palabra.

‘En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los Profetas’. Es un recuerdo a todo el Antiguo Testamento y a toda la historia de la salvación vivida por el pueblo judío. Pero todo ello era preparación y camino para la etapa final. Y llama etapa final al momento de la aparición de Jesucristo, misterio que hemos venido celebrando de manera especial en los días pasados.

‘Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo’. Es la Palabra que se hace carne, la Palabra por medio de la cual se hizo todo. Lo hemos escuchado y meditado estos días. ‘Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir…’ Ahora nos dice refiriéndose a Cristo, ‘El es reflejo de su gloria, impronta de su ser. El sostiene el universo con su palabra poderosa’.

Y en el evangelio – comenzamos a leer a san Marcos, como indicamos – comenzamos a escuchar la proclamación de esa Palabra en labios de Jesús. ‘Marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia’.

Dios nos habla por Jesús, Palabra eterna de Dios que se ha encarnado. Es la Buena Noticia que se proclama y que hay que creer. Pero necesitamos convertirnos a Jesús para aceptar esa Buena Noticia. Tenemos que escuchar y decir ‘sí’. Tenemos que escuchar ese anuncio de Buena Noticia que se nos hace y ponernos en camino para seguir a Jesús. Aunque tengamos que dejar cosas atrás porque va a significar un cambio de vida. La noticia del Reino de Dios que se nos trae no es para que sigamos igual, de la misma manera, con las mismas cosas. Aceptar el Reino de Dios que llega es comenzar a vivir una nueva vida.

Vemos la respuesta de los primeros discípulos, los pescadores de Galilea. ‘Pasando junto al lago de Galilea, vió a Simón Pedro y a su hermano Andrés… un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo y a su hermano Juan… venid conmigo y os haré pescadores de hombres…’ Lo dejaron todo, se pusieron en camino con Jesús.

Jesús llega también a la orilla de nuestra vida – ‘Tú has venido a la orilla’, hemos cantado muchas veces – y nos invita, y nos mira a los ojos, y toca en las puertas de nuestro corazón, y nos anuncia la Buena Noticia del Reino que llega, y nos dice que le sigamos… ¿qué le vamos a responder?

domingo, 9 de enero de 2011

El Bautismo de Jesús Epifanía de Dios que nos muestra al Hijo y nos hace hijos



Is. 42, 1-4.6-7; Sal. 28; Hechos, 10, 34-38; Mt. 3, 13-17

El bautismo de Jesús en el Jordán, que hemos escuchado en el relato del evangelio fue una impresionante Epifanía. Hemos venido contemplando la gloria del Señor desde su nacimiento en Belén en muchos signos que se iban manifestando en cada uno de los momentos. Hoy, allí en el Jordán, se manifiesta en todo su esplendor la gloria del Señor.

Comencemos por recordar el sentido o el significado del bautismo de Juan en el Jordán. El Bautista invitaba a las gentes a preparar los caminos del Señor y un signo por el cual manifestaban su arrepentimiento y sus deseos de conversión era el sumergirse en las aguas del Jordán. Aquel bautismo tenía un sentido penitencial. Sintiéndose pecadores y con esos deseos de conversión acudían a Juan para que los bautizara.

Pero allí se acerca Jesús, el que no tenía pecado, en la fila de los pecadores que acudían a que Juan los bautizara. ¿Lo necesitaba Jesús? El es el justo y el santo de Dios. En El no había pecado, pero quería cargar con nuestros pecados. No sería un bautismo de agua el que en verdad nos purificara, el que iba a redimirnos. Sería su sangre derramada en la Cruz; sería la entrega de su vida; sería su amor redentor. Por eso diferenciamos bien el bautismo de Juan al bautismo que nosotros recibimos en nombre de Jesús.

‘Soy yo el que te necesita que Tú me bautices, ¿y acudes a mí?, intentaba Juan disuadirlo… Cumplamos lo que Dios quiere’, le replica Jesús. Ya Juan había sido santificado en el seno de su madre cuando la visita de María a Isabel. Grande era la misión que realizaba Juan preparando los caminos del Señor, señalándonos al que había de venir para traernos la salvación. ‘Cumplamos lo que el Señor quiere’. Iban a manifestarse allí las maravillas del Señor como imagen también del nuevo Bautismo.

‘Juan se lo permitió’, como dice el evangelista. Pero comenzaron a suceder cosas maravillosas. Se manifestaba la gloria del Señor. Era el por qué de Jesús acudir al bautismo de Juan. Se nos iba a decir en verdad quien era Jesús. ‘Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre El. Y vino una voz del cielo que decía: Este es mi Hijo, el amado, el predilecto’.

Aquel Jesús venido desde Galilea era, es el Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación. Lo está señalando el Padre desde el cielo, ‘el Hijo amado de Dios’. El Espiritu de Dios lo está envolviendo con la gloria de la divinidad. ‘Hiciste descender tu voz desde el cielo para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros…’ decimos en el prefacio.

El evangelio de san Juan no nos narra el bautismo de Jesús, pero sí nos dice que ‘la Palabra que estaba junto a Dios y que era Dios, que era la vida y que era la luz de los hombres, se hizo carne y acampó entre nosotros’. Los evangelios sinópticos por su parte nos hacen oír la voz del Padre en el Bautismo de Jesús para decirnos que allí está el Hijo de Dios que se hizo carne, que se hizo hombre y que es ‘el ungido por medio del Espíritu para que los hombres reconociesen en El al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres’, como nos dice el prefacio; ‘el que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con El’, como hemos escuchado a Pedro en el relato de los Hechos de los Apóstoles.

Es la maravilla que hoy estamos celebrando. Es la culminación de las fiestas de la Navidad y de la Epifanía del Señor que hemos venido celebrando. En todo su esplendor se nos manifiesta la gloria del Señor, como decíamos. Es Jesús en quien creemos y a quien queremos seguir; es Jesús que se abajó y se hizo el último y el servidor de todos – ‘mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido a quien prefiero’, como nos decia el profeta – a quien vemos exaltado y glorificado con la gloria del Señor. Es lo que nos decía san Pablo en el texto que tantas veces hemos escuchado ‘se abajó, se despojó de su rango, pasó por uno de tantos, se rebajó hasta someterse a una muerte de Cruz, pero Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble y toda lengua proclame Jesús es Señor para gloria de Dios Padre…’

Pero Jesús ha venido a levantarnos a nosotros. Quiere que nos unamos a El para vivir su misma vida. Se hizo semejante a nosotros en su humanidad para que podamos transformarnos interiormente a su imagen. A partir de Jesús el Bautismo tendrá un nuevo significado porque para nosotros no será sólo purificación como lo era el de Juan sino una participación en todo el misterio de Cristo, en su muerte y en su resurrección para darnos su vida, para hacernos hijos de Dios.

Es el nuevo baustismo, el nuevo renacer del que le hablaba Jesús a Nicodemo. No somos bautizados solo en agua sino en agua y el Espíritu para ser hijos de adopción. ‘Si no naces de nuevo… si no naces del agua y del Espíritu no puedes ver el Reino de Dios’. Bautizados somos nosotros en el Espíritu para entrar en el Reino de Dios, en el reino donde todos somos hijos. ‘A cuántos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios si creen en su nombre… no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios…’ que hemos escuchado repetidamente estos días.

Sí, que escuchemos con fe la Palabra de Jesús, que pongamos toda nuestra fe en El, que le sigamos con toda nuestra vida y con todo nuestro amor para que podamos llamarnos y ser en verdad hijos de Dios. Grande es la dignidad a la que nos ha llamado, que se nos ha concedido en Jesús. También escuchamos esa voz del cielo en nuestro corazón llamándonos hijos amados. Que vivamos en consecuencia como hijos. Que resplandezcamos entonces con la santidad de los hijos, con el amor de los hijos. Que nos sintamos, pues, transformados y en verdad eso se note en nuestra vida, en nuestras actitudes, en nuestros comportamientos, en nuestro trato a los demás.

Cómo tenemos que saber dar gracias al Señor porque podemos contemplar su gloria como hoy en la fe la contemplamos en el Evangelio y en toda nuestra celebración. Somos dichosos porque cuánto el Señor en su amor nos regala. Nuestra celebración tiene que ser algo muy vivo para que podamos sentir esa gloria de Dios en nosotros; es una dicha que podamos escuchar su Palabra; es una dicha que podamos alimentarnos de El en el Sacramento. Por eso hemos de poner a tope nuestra fe y en consecuencia que surga llena de amor nuestra alabanza.

Que se nos abran los ojos del alma para gustar de la gloria del Señor que aquí se nos manifiesta.