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lunes, 9 de noviembre de 2009

Iglesia en marcha y comunidad que se construye en comunión

DEDICACION BASILICA SAN JUAN DE LETRÁN
Ez. 47, 1-2.8-9.12
Sal. 45
Jn. 2, 13-22


El día 9 de noviembre litúrgicamente se celebra la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma. Es la Catedral de Roma, la sede del Obispo de Roma y en consecuencia del Papa, Pastor de la Iglesia universal.
La fiesta nos quiere recordar y celebrar la Dedicación, la consagración de este templo, que se le llama el templo madre de toda la cristiandad. Y es al mismo tiempo una celebración profundamente eclesial, no sólo por este aspecto de la consagración de este templo, Iglesia, sino fundamentalmente porque quiere ser un signo de la comunión de todas las Iglesias con la Sede del Papa. Es la comunión necesaria de toda la Iglesia de Jesús, de todos los seguidores de Jesús.
En el marco de esta celebración la liturgia nos ofrece en la Palabra de Dios el texto que hace referencia a la expulsión de los vendedores del templo por parte de Jesús. ‘El celo de tu casa me devora’, recuerda el evangelista las palabras proféticas para aplicárselas a Jesús en este gesto de querer purificar el templo de Jerusalén de aquel mercado en que se había convertido.
La clave de la comprensión de este texto está en la respuesta de Jesús a los requerimientos de los judíos pidiendo explicación de con qué autoridad hacía aquello. ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’, les responde Jesús. No lo entienden, hablan del tiempo que habían tardado en su reconstrucción en los tiempos de Herodes, que incluso aún no había concluido, pero el evangelista nos dice que ‘él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron y dieron fe a la Palabra de Jesús y a la Escritura’. Una clara referencia en principio a su resurrección.
Pero en el marco de esta celebración se nos quiere decir algo más. Hablar de ese cuerpo y de ese templo, es hablar del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, que somos todos nosotros los que creemos en Jesús. Y aquí queremos centrar nuestra reflexión.
La imagen del templo edificio que se construye nos evoca no sólo la materialidad de un edificio material que se construye, sino que nos está hablando de ese templo que somos nosotros y que es la Iglesia.
Como dice uno de los prefacios de la Dedicación de una Iglesia, ‘esta casa visible… donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros…’ Podíamos decir, pues, que esta celebración es una invitación a la comunión; esa comunión necesaria que hemos de vivir en cuanto somos iglesia, comunidad, pueblo de Dios, o familia de Dios. Las mismas palabras lo indican; Iglesia es la convocatoria a un encuentro, los convocados a un encuentro que se encuentran unidos y reunidos; comunidad, ya la misma palabra la indica, los que viven en comunión; pueblo de Dios y familia que siempre implica que muchas se encuentran reunidos y en unidad.
Peregrinos que caminamos unidos; peregrinos hacia la Jerusalén del cielo, somos imagen y anticipo de esa Jerusalén celestial; peregrinos y constructores de esa Iglesia, de ese templo, de esa comunión que necesitamos tener los unos con los otros. ¡Cómo tenemos que cuidar la comunión entre nosotros! No puede faltar si en verdad nos sentimos Iglesia, nos sentimos familia y pueblo de Dios. Una tarea constante que tenemos que realizar. Un empeño y un compromiso, constructores de comunión. De cuántas maneras lo podemos expresar, lo tenemos que expresar en el día a día. Nunca destructores ni demoledores, siempre contribuyendo a la unidad, a la concordia, a la comunión.
Somos Iglesia en marcha, comunidad que se construye, familia que crece, cuerpo que se mantiene unido. Si nos faltara estaríamos destruyendo por la base nuestra fe, nuestro ser cristiano y no habría un auténtico seguimiento de Jesús. Que ese sea nuestro empeño.

domingo, 8 de noviembre de 2009

¿Una medida para nuestro amor?


2Rey. 17, 10-16;

Sal. 145;

Heb. 9, 24-28;

Mc. 12, 38-44

¿Cuál es la medida de nuestro amor? Se me ocurre esta pregunta después de escuchar y meditar los textos que nos ofrece en este domingo la Palabra del Señor. Dos hermosos testimonios y ejemplos escuchamos sobre todo en la primera lectura y en el evangelio. En ambos casos unas viudas capaces de dar todo lo que tienen. ¿Cuál era la medida de su amor?
El libro de los Reyes nos habla de la viuda de Sarepta a la que el profeta le pide en principio un poco de agua y luego un trozo de pan. ‘Por favor, tráeme un poco de agua… tráeme también un trozo de pan…’ La respuesta de aquella mujer manifiesta su pobreza: ‘No tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza… voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos…’
Pero el profeta le hace poner su confianza en Dios. ‘Anda, no temas, prepáralo como has dicho….así dice el Señor Dios de Israel: la orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra…’ La mujer con la confianza puesta en Dios ‘hizo como le había dicho Elías y comieron él, ella y su hijo… ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó…’ La confianza en Dios hizo el milagro. Y el milagro fue la generosidad de aquella mujer capaz de desprenderse de lo poco que le quedaba porque se fiaba de la palabra del Señor por el profeta.
En el evangelio es otra la situación, pero se trata de la mujer viuda que fue capaz de desprenderse también de todo lo que tenía para vivir para poner su limosna en el cepillo del templo. ‘Jesús estaba sentado enfrente del arca de las ofrendas en el templo…’ Observa Jesús lo que sucede. ‘Muchos ricos echaban en cantidad; pero se acercó una viuda pobre y echó dos reales’. Ya conocemos el comentario y la alabanza de Jesús: ‘Esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Por eso la pregunta que me hacía desde el principio. ¿Cuál es la medida de nuestro amor? Porque nos podemos ver gratamente sorprendidos y hasta emocionados por la actitud de estas dos viudas pobres de las que nos ha hablado la Palabra de Dios, pero ¿hasta dónde estamos dispuestos a imitarlas? ¿Hasta donde llega nuestro desprendimiento?
Me preguntaba por la medida de nuestro amor, pero es que muchas veces andamos midiendo lo que hacemos por los demás, lo que damos o hasta donde nos damos nosotros, pero con una medida de tacañería. Siempre nos parece que es suficiente o que es mucho lo que hacemos o damos. Nos parece que si damos de lo nuestro luego nos va a faltar. Siempre andamos haciéndonos nuestros cálculos.
No podemos olvidar que el hombre encuentra la vida cuando ama y se da con generosidad. Porque de eso se trata, de darse. Aun con nuestros egoísmos pasamos por dar cosas. Quizá hasta decimos que somos generosos y damos de aquello que nos sobra. pero ahí falta una actitud interior que de verdad nos enriquezca; una actitud interior de amor real, que nos lleve al desprendimiento, que nos lleve a la generosidad, que nos lleve a la donación de sí mismo. Que no son sólo cosas lo que hemos de dar. Pero ¿qué es lo importante, dar o darse?
No podemos vivir de fachadas. Recuerdo que en un viaje en una ciudad nos enseñaban una casa con una fachada muy hermosa y muy llena de arte; pero el guía nos decía que allí no vivía nadie, no se podía vivir porque la profundidad que tenía la vivienda era tan poca que la hacía inhabitable. Era sólo fachada. Cuidado que así seamos nosotros algunas veces.
Cuando Jesús está observando a los que echaban dinero en el cepillo del templo, antes nos había prevenido de aquellos que sólo vivían de lo exterior. ‘Cuidado con los letrados: les gusta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos… esos recibirán la sentencia más rigurosa’. Sólo fachada y apariencia pero con el corazón vacío. Falsedad e hipocresía.
Es el amor el que va a dar verdadera profundidad a nuestra vida. Para que no seamos sólo fachada. Porque es con un amor generoso y sin medida cómo tenemos que aprender a hacer las cosas. No por cumplimiento, ni para quedar bien; no para que vean lo generoso que soy y pueda recibir alabanzas por ello. Ya nos dice Jesús ‘que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha’.
Cuando lo hacemos con amor verdadero seremos capaces de olvidarnos de nosotros mismos, porque sólo pensamos en darnos y el bien que podamos hacer al otro. Porque amar es eso, darnos y entregarnos, sin buscar alabanzas ni recompensas. La única satisfacción es el amor mismo que nos hace llenarnos así de Dios.
El que ama y se da con generosidad es el que encuentra la verdadera vida, la vida de Dios. Y la persona que vive en Dios es la que ama y la que es capaz de desprenderse de todo. Como lo hizo Jesús, que se desprendió de su vida y dio hasta la última gota de su sangre por nosotros.
Por eso a la pregunta que nos hacíamos al principio a mi se me ocurre responder. La medida de nuestro amor tiene que ser Dios, el amor que Dios nos tiene y se nos manifiesta en Jesús. Que así sea siempre nuestro amor.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Fidelidad en las cosas pequeñas

Rom. 16, 3-9.16. 22-27
Sal. 144
Lc. 16, 9-15


Como una prolongación del mensaje de la parábola del administrador injusto nos deja Jesús una serie de sentencias de rico contenido.
Nos viene a decir que hemos de santificarnos en esas cosas de cada día que traemos entre manos, ya sean tan pequeñas e insignificantes que nos parezcan sin importancia como en las cosas materiales como el dinero o las riquezas que tenemos que administrar. Es ahí en ese lugar concreto y con esas cosas concretas donde nos quiere Dios y ya hemos de saber utilizarlas de modo que no nos impidan que Dios sea el único Señor de nuestra vida, como de saber utilizarlas con honradez y responsabilidad de modo que sean un camino seguro de nuestra santificación.
Fijémonos en cosas concretas que nos señala Jesús. ‘El que es de fiar en lo menudo… el que es honrado en lo menudo… también en lo importante es de fiar… es honrado’. No podemos decir yo no me fijo en esas menudencias, esas cosas sin importancia, me reservo para cosas grandes. Es un error. ¿Quién te ha dicho que se te van a confiar cosas grandes? Además las menudencias, pueden ser un buen entrenamiento y un aprendizaje para las cosas grandes. Pero es que además está en juego la fidelidad. Y la fidelidad hemos de tenerla también en las cosas pequeñas.
Como había hablado del administrador injusto que no había sabido ser responsable, sino más bien corrupto en la administración de los bienes que se le habían confiado, nos habla ahora de la necesaria responsabilidad y fidelidad también en esas materialidades de la vida como puede ser el dinero. ‘Si no fuisrtes de fiar en el vil dinero, ¿quién os va a confiar lo que vale de veras?’ No lo olvidemos, somos unos simples administradores, pero que hemos de saber ser fieles hasta en lo más pequeño.
Pero además vendrá a decirnos que nunca el dinero o la riqueza pueden ocupar el lugar de Dios. ‘Ningun siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo’. Y tajantemente nos dice: ‘No podéis servir a Dios y al dinero’.
¡Cómo se adueña de nuestra vida si no estamos lo suficientemente vigilantes, el dinero y la riqueza! ¡Qué fácilmente nos hacemos avaros y egoístas con la ambición de la posesión de las riquezas! Fácilmente se convierten en dioses de nuestra vida. De ahí la sentencia de Jesús.
Por allá estaban ‘los fariseos, amigos del dinero y se burlaban de él’. Quienes tienen apegos en el corazón les cuesta mucho entender que las cosas puedan ser de otra manera. Además, en consecuencia, lo que les decía Jesús les resbalaba por su endurecida conciencia. ‘Vosotros presumís de observantes delante de la gente, pero Dios os conoce por dentro’, les desenmascara Jesús. Terminará diciéndoles: ‘La arrogancia de los hombres, Dios la detesta’. Dios que se revela y se manifiesta no a los arrogantes, que se creen sabios y entendidos, sino a los pequeños, a los sencillos y a los humildes.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Astucia, sagacidad, esfuerzo, sacrificio…

Rom. 15, 14-21
Sal. 97
Lc. 16, 1-8


Una parábola que siempre desconcierta. Y nos desconcierta porque nos habla de un administrador injusto, o sea, de alguien que no está actuando correctamente y si mal había administrado antes que su amo le pidiera cuentas, después se vale de su cargo para hacer sus apaños corruptos que le beneficiarían a posteriori.
¿Qué nos quería decir Jesús? ¿por qué nos propone esta parábola tan desconcertante a primera vista? Porque ciertamente la parábola casi termina con una felicitación del amo por la astucia con que actuó. ¿Nos justifica eso las malas mañas? Seguro que no. Por eso hemos de buscar el verdadero sentido de la parábola y no quedarnos en apariencias.
Pero Jesús sí nos hace pensar con su sentencia final. ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’. El que obra el mal se vale de lo que sea para conseguir sus fines. Pone su empeño, su ingenio, todo lo que sea por conseguirlo.
Y nosotros ¿qué hacemos? ¿en verdad nos esforzamos por mostrarnos siempre como hijos de la luz? Tenemos de nuestra parte la verdad de Dios, a Jesucristo y su evangelio; sabemos cuál es el camino de rectitud, de amor, de justicia por el que tenemos que caminar; se nos ofrece la vida eterna, la gloria del cielo como premio, ¿nos afanamos por conquistarla? ¿Qué camino preferimos o escogemos? ¿El camino del amor, de la justicia, de la verdad, la santidad, o buscamos otras cosas donde simplemente nos dejemos arrastrar por la pasión, envolver por nuestro egoísmo, seducir por la pereza y el engaño?
Lo que nos cuesta esfuerzo lo dejamos de lado para otro momento. Lo que nos exige superación, ya en otro momento comenzaremos. Esa lucha con la tentación y contra el pecado, vamos a ver qué es lo que podemos hacer porque es difícil, decimos.
Algunas veces por evitar el esfuerzo o el sacrificio vivimos una vida ramplona donde no crecemos espiritualmente, sino que más bien tenemos la tendencia de ir hacia atrás, hacia el pecado.
Esa sagacidad y astucia – dos palabras que aparecen en la parábola y en el evangelio – tendrán que significar ese esfuerzo, ese sacrificio, esos deseos de crecimiento y superación. Aunque nos cueste.
El deportista que quiere alcanzar una meta y un triunfo en su competición deportiva, tiene que sudar la camiseta, se suele decir. Será el entrenamiento previo y duro, y será toda la tensión y el esfuerzo en el momento de realizar la prueba. Es lo que necesitamos en nuestra vida cristiana, en el camino de nuestra fe y seguimiento de Jesús. Por eso El nos hablará en otras partes del evangelio de ser capaces de cargar la cruz.

Jesús se acerca a todos y todos se acercan a Jesús

Rom. 14, 7-12
Sal. 26
Lc. 15, 1-10


Jesús se acerca a todos y todos se acercan a Jesús. No hace ninguna discriminación. ‘Su gozo es estar con los hijos de los hombres’, como dice la Escritura.
Lo vemos a la orilla del lago con los pescadores o caminando los caminos de Palestina. Le veremos en la casa de la suegra de Pedro, yendo a la casa de Jairo, comiendo a la mesa de un fariseo, u hospedándose en la casa del publicano Zaqueo.
Todos le buscan y quieren escucharle. Todos quieren tocarle o que El ponga su mano sobre ellos. La mujer pecadora se atreverá a introducirse en casa de Simón, el fariseo, y poner a sus pies para lavárselos con sus lágrimas y ungirlo con caros perfumes, o Mateo hará un banquete con sus amigos los publicanos para invitar también a Jesús. Los niños llegan hasta El porque sus madres los traen para que los bendiga o aquellos hombres se atreverán a romper la terraza para bajar hasta los pies de Jesús al paralítico.
Es Dios con nosotros que camina en medio nuestro y siente como suyas nuestras preocupaciones y anhelos, nuestras debilidades y flaquezas, y para todos tiene un corazón acogedor y misericordioso para impulsarnos a que vayamos hasta El porque en El vamos a encontrar nuestro descanso y nuestra paz. Muchos textos y páginas del evangelio podríamos recorrer y recordar en este sentido.
Como sucede siempre surgirá la envidia o el puritanismo de algunos que se creen más puros o más merecedores que nadie y a quienes no les gustará esa actitud abierta y misericordiosa de Jesús para con todos y en especial para los pecadores. Nos lo dice hoy el evangelio.
‘Se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. No será sólo en esta ocasión donde contemplemos esa actitud discriminatoria y despreciativa de los fariseos y los letrados.
No importa que ellos se pongan a murmurar así, porque esto dará ocasión y motivo para que Jesús nos deje hermosas y bellas parábolas y el rico mensaje del amor y la salvación que Dios ofrece para todos.
Nos hablará hoy del ‘pastor que tiene cien ovejas y se le pierde una, o de la mujer que pierde la moneda preciosa’, para indicarnos cómo Dios nos busca hasta que nos dejemos encontrar por su amor, pero también para hablarnos de ‘la alegría del cielo por un solo pecador que se convierta’.
Es un gozo el mensaje que nos deja Jesús. Nos manifiesta una vez más el rostro misericordioso de Dios que tanto nos ama y que nos busca y espera nuestro regreso. Nos busca hasta encontrarnos y nos lleva sobre sus hombres para curar nuestras heridas. Nos busca para lavarnos de nuestras manchas y miserias y para vestirnos del traje nuevo de fiesta, de la gracia y de la vida nueva, como nos dirá más adelante en la otra parábola que todos conocemos como la del hijo pródigo o que podemos llamar también del padre misericordioso.
Dios sigue buscándonos y ofreciéndonos su amor. Su Palabra sigue llamándonos y nos invita una y otra vez para que vayamos hasta El para vestirnos de su gracia. Sigue llamándonos y ofreciéndonos el traje de fiesta de la gracia en los sacramentos donde podemos experimentar una y otra vez ese gozo del reencuentro y del perdón, esa alegría honda del perdón recibido, esa fiesta del banquete del Reino de Dios, cuando en la Eucaristía se nos da y se nos ofrece como comida, como alimento de gracia donde le comemos a El mismo que así se quiere hacer vida para nosotros.
No nos olvidemos y nos cansemos de darle gracias a Dios por tanto amor, por el perdón que nos ofrece, por la vida nueva que nos da. Que nosotros también por nuestra misericordia y amor para con todo hermano manifestemos ese rostro de amor de Dios.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Tendremos que conocer la meta antes de emprender el camino

Rom. 13, 8-10
Sal. 111
Lc. 14, 25-33


‘¿Quién de vosotros si quiere construir una torre no se sienta primera a calcular los gastos a ver si puede terminarla?’ El evangelio dice que ‘mucha gente acompañaba a Jesús’. Siguen a Jesús, pero ¿por qué le siguen? ¿hasta donde están dispuestos a llegar? Y a la hora de plantear el interrogante no sólo les habla de construir la torre sino también del rey que va a hacer la guerra.
¿Qué nos quiere decir Jesús? Creo que nos quiere hacer pensar. Tendríamos que conocer la meta antes de emprender el camino. Tendremos que conocer los planes antes de iniciar una obra. Tendremos que conocer las exigencias antes de hacer una opción de vida. Tendremos que conocer cuál es el sentido de Cristo antes de decir que nos llamamos cristiano.
La cosa es seria. Si queremos seguir a Jesús necesariamente tenemos que querer conocerle, buscarle a fondo, como aquellos primeros discípulos que preguntaban ‘Maestro, ¿dónde vives?’ y es que nos encontramos con muchas carencias en el conocimiento de Cristo y su evangelio, lo que es su plan de vida y salvación. ‘¿Dónde vives?’ es algo más que saber un lugar. Alegremente nos llamamos cristianos sin haber profundizado lo suficiente en lo que es el meollo de nuestra fe.
Nos decimos cristianos y nos contentamos con vivir como todos, sin diferenciarnos mucho de los que no tienen fe o tienen otros planteamientos distintos en la vida y distantes de lo que son los principios cristianos o lo que nos dice el evangelio. Muchas veces por ignorancia, vamos a decir.
Hemos de tener claro que cuando hacemos una opción por Jesús, o sea, nos decidimos a ser cristianos de verdad, porque queremos seguirle y ser sus discípulos, hemos de saber bien qué camino emprendemos, cuál es el sentido que quiero darle a la vida, cuál el planteamiento que me hago en mi relación con Dios, conmigo mismo, con los demás o con la sociedad y el mundo en el que vivo. Eso nos exigirá ese conocimiento de Jesús, de su evangelio, de lo que es la doctrina cristiana, o sea, en qué consiste la fe que tengo en Jesús.
Hoy Jesús nos habla en el evangelio de renuncias, de tomar la cruz para seguirle, de qué es lo que tengo que poner en primer lugar en mi vida. Precisamente por esto último, por cuál es la cosa que va a tener lugar preferencial en mi vida, es por lo que Jesús nos habla de esa renuncia y de esa cruz, de ese valor relativo que tengo que darle a las cosas materiales, etc…
Quitar esos apegos del corazón suele ser algo doloroso. Ir a la contra de lo que es el sentido del mundo para poner a Dios y su amor en el primer lugar y en el centro de mi vida, es algo que nos tiene que costar. Decir no a cosas que nos pueden encantar puede ser algo costoso y difícil en ocasiones. Muchas son las cosas, e incluso las personas y uno mismo que tengo que posponer para en verdad llamarme su discípulo.
Vivir en un estilo de amor generoso hasta el límite de lo infinito algunas veces nos puede costar porque bien sabemos que se nos mete el egoísmo, el orgullo y tanta pasión por medio que nos hace tambalearnos.
Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío… quien no renuncia todos sus bienes…’, que le atrapan y le esclavizan, ‘no puede ser discípulo mío’.
‘A nadie debáis nada, más que amor; porque el que ama tiene cumplido el resto de la ley’,
que nos decía san Pablo en la carta a los Romanos. ‘Amar es cumplir la ley entera’. Es lo que nos pide Jesús.

martes, 3 de noviembre de 2009

Unas pautas para la comunión y la unidad entre hermanos

Rom. 12, 5-16
Sal. 130
Lc. 14, 15-24


¡Qué maravillosa y admirable es la unidad que existe entre todos los que creemos en Jesús y nos unimos a El por la gracia y los sacramentos! San Pablo nos lo expresa con la imagen del cuerpo en la que todos los miembros están unidos formando una unidad y están todos en función los unos de los otros. En varios lugares de sus cartas nos presenta la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo. Es lo que hoy hemos escuchado en esta carta a los Romanos.
‘Nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros’. Y nos habla a continuación que aquellos dones o carismas que hayamos recibido no están en función solo de nosotros mismos, sino en función de todo el cuerpo. En el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia cada uno de sus miembros, o sea nosotros los que creemos en Cristo y en virtud de esa fe nos unimos a Cristo y formamos ese cuerpo, esa unidad, con lo que somos, con los dones recibidos estamos llamados a enriquecer la unidad de la Iglesia.
Nos hablará de la predicación, del servicio, de la administración, del ejercicio de la caridad, de la presidencia en el amor todo para el bien de los demás, para el bien de la comunidad. No somos para nosotros mismos sino para los demás.
Pero todo esto no lo podemos hacer o realizar como si fuera una imposición, o un mero cumplimiento, porque el corazón estaría bien lejos de lo que hacemos. Todo tiene que estar impulsado por el amor.
El apóstol nos da unas pautas. Nos habla de autenticidad –‘que vuestra caridad no sea una farsa’, viene a decir – nuestro amor tiene que nacer desde lo más hondo del corazón; habla de bondad para con todos, de atención, cuidado e intensidad en lo que hacemos – ‘como buenos hermanos sed cariñosos unos con otros’ -; nos habla de la alegría y de la esperanza – ‘que la esperanza os tenga alegres’ nos dice - , de la hospitalidad y de la acogida a todos –‘contribuid a las necesidades del pueblo de Dios, practicad la hospitalidad’ -.
Nos habla de capacidad de comprensión, aguante y perdón – ‘bendecir a los que os persiguen, bendecir, sí, no maldigáis’ – nunca podremos desear mal al otro sino que todo tendrán que ser deseos de bendición; de cercanía y solidaridad – ‘con los que ríen, estad alegres, con los que lloran, llorad’ -; de sencillez y humildad y en consecuencia lejos la arrogancia y las ambiciones desmedidas – ‘tened igualdad de trato unos con otros, no tengáis grandes pretensiones, sino poneos al nivel de la gente humilde’ – porque entre hermanos no caben suspicacias ni envidias.
Y todo con espíritu de fe y alimentado con la oración – ‘servid constantemente al Señor… sed asiduos en la oración’ – porque sólo con la fuerza del Señor podremos lograrlo.
¡Qué texto más hermoso! ¡Qué distinta seria nuestra vida, nuestras relaciones mutuas, nuestra convivencia si nos dejáramos conducir por estas pautas! ¡Qué distinto a la prepotencia con que nos relacionamos, las vanidades que mueven nuestras relaciones y deseos!
Todo es cuestión de dejarse conducir por el espíritu del amor. Es el distintivo del cristiano, aunque a veces parece que lo olvidamos. Porque nos amamos tenemos que saber estar al servicio de los otros. Porque nos amamos aquello que tengo yo, ya no es solo mío sino que también es de mi hermano, está al servicio del hermano. Porque nos amamos y haya esa hermosa comunión, esa hermosa unidad entre nosotros todo lo que somos y valemos hará crecer precisamente más y más esa comunión y esa riqueza mutua.

lunes, 2 de noviembre de 2009

A los que han muerto admítelos a contemplar la luz de tu rostro

Lam 3, 17-26
Sal. 24
Mc. 15, 33-39; 16, 1-6


Si ayer celebrábamos la gran fiesta de la Iglesia, de Todos los Santos, y contemplábamos a quienes en la Jerusalén del cielo eternamente alaban a Dios con el Cántico del Cordero, el cántico de los vencedores que han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero, y al mismo tiempo queríamos echar una mirada a los que peregrinos aún en esta tierra quieren vivir en fidelidad y santidad, hoy queremos recordar, contemplar y sentirnos en una comunión solidaria con aquellos que habiendo salido ya de este mundo se purifican para poder entrar en el Banquete de las Bodas eternas.
Es la conmemoración de todos los fieles difuntos que hacemos en este día. Un día en el que, aún enfrentándonos a la cruda y dolorosa realidad de la muerte, sin embargo no queremos vivir desde la amargura sino desde la esperanza.
Es cruda y dura le realidad de la muerte a la que todos tenemos que enfrentarnos. Ya sea en la desaparición de nuestros seres queridos, familiares, amigos, conocidos, personas cercanas a nosotros, ya sea en esa realidad de la muerte que estamos viendo todos los días a nuestro alrededor, muchas veces muy dolorosa como consecuencia de la violencia de la vida manifestada en tantas cosas, ya sea la realidad de nuestra propia muerte a la que un día tenemos que enfrentarnos y que nos lo recuerda la propia debilidad de nuestro cuerpo, las enfermedades o también los achaques como consecuencia de la longeva edad.
Pero ante el hecho de la muerte nosotros no sufrimos como los hombres sin esperanza, como nos lo recuerda san Pablo en ese texto de la carta a los Tesalonicenses que tantas veces habremos escuchado y meditado. Nuestra esperanza está en el Dios de la vida. Nuestra esperanza está en Jesucristo, muerto y resucitado.
Sí, Jesús, el Hijo del Dios vivo que se hizo hombre como nosotros asumiendo nuestra naturaleza humana en toda su condición; asumiendo también el hecho de la muerte. Lo contemplamos muerto en la Cruz, pero lo contemplamos vivo y resucitado. Va delante de nosotros asumiendo nuestra realidad humana porque quiere conducirnos a la vida, y a una vida sin fin.
Cristo resucitó y quiere así llevarnos a nosotros a la vida. ‘Sé que mi Redentor vive’, decía el santo Job. Y, desde la experiencia dura de dolor que experimenta en su vida - muerte de sus hijos, pérdida de sus posesiones, enfermedad que envuelve su vida, desprecio de amigos y conocidos -, porque mi Salvador vive, sabe que él también vivirá. Podemos sentirnos abrumados por el dolor o la muerte que nos aterra, como veíamos en el autor de las Lamentaciones - ‘Se me acabaron las fuerzas y mi esperanza…’ decía el autor sagrado -, para enseguida sin embargo reacciona y pone toda su confianza en ‘la misericordia del Señor que no termina y en la compasión que no acaba’. Así nos confiamos en el Señor.
En la liturgia lo expresamos de muchas maneras. Cuando pedimos por los difuntos en la plegaria eucarística decimos ‘a cuantos murieron recíbelos en tu Reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria, allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas’.
Llegaremos al Reino eterno de Dios. Es nuestra esperanza y eso pedimos para el que ha muerto. Pero decimos más, vamos a gozar de la plenitud eterna de la gloria de Dios. ¿No hay ansias de plenitud en nuestro corazón? Pues esa es nuestra certeza y esperanza. Pero aún más, podremos contemplar cara a cara a Dios. ¿Todos no deseamos ver a Dios, conocerle tal cual es? Lo podremos contemplar, pero la dicha está además en que seremos para siempre semejantes a El. Así nos unimos a Dios.
¿Queremos más razones para la esperanza? ¿Queremos más motivos para que el recuerdo de nuestros difuntos no sea para el llanto y la amargura? Por supuesto que sentimos la pena y el desgarro de la separación, pero nuestros lloros, ¿no serán muchas veces una falta de fe y de esperanza?
Iremos a gozar de la visión de Dios ¿por qué tenemos miedo? Tenemos la esperanza de que nuestros seres queridos estén gozando de esa visión de Dios y para eso rezamos por ellos, ¿por qué tantas lágrimas y tanta amargura? Recemos, pidamos por ellos, con esperanza, con confianza en la Palabra del Señor. ‘A todos los que han muerto en tu misericordia admítelos a contemplar la luz de tu rostro… concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz’.
Es por eso por lo que podemos dar gracias a Dios, como hacemos en uno de los prefacios ‘porque, al redimirnos con la muerte de tu Hijo Jesucristo, por tu voluntad salvadora nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en su gloriosa resurrección… quiso entregar su vida para todos tuviéramos vida eterna’.
Todo esto tiene que motivarnos a que no tengamos miedo a nuestra propia muerte. En el temor del Señor, sí, nos prepararemos tratando de vivir en la santidad a la que estamos llamados, apartando de nosotros el pecado pero, acogiéndonos a la misericordia infinita de Dios, nos ponemos en sus manos amorosas de Padre.

domingo, 1 de noviembre de 2009

La fiesta de Todos los Santos es la fiesta de toda la Iglesia


Apoc. 7, 2-4. 9-14;

Sal. 232;

1Jn. 3, 1-13;

Mt. 5, 1-12


Una fiesta importante para los cristianos la que hoy celebramos. Una fiesta, podemos decir, de toda la Iglesia o, si queremos, una fiesta en que celebramos a toda la Iglesia. Me explico. Decimos que celebramos hoy a todos los Santos. ‘Nos has otorgado celebrar en una misma fiesta a todos los santos’, decimos en la oración litúrgica. Pues bien, por eso mismo, es la fiesta de toda la Iglesia.
Nuestra mirada se dirige quizá en primer lugar a la ‘Jerusalén celeste, a la asamblea festiva de todos los santos que ya en la gloria del cielo eternamente alaba al Señor’. La Iglesia triunfante, decimos. Esa multitud incontable de la que nos ha hablado el Apocalipsis que cantan el cántico eterno de la gloria de Dios.
Pero, como sabemos, muy unida a esta fiesta está la conmemoración que el día 2 de noviembre hacemos de aquellos que han muerto y que purificándose en el purgatorio esperan llegar también a la gloria del cielo. Nosotros nos sentimos también unidos a ellos y por ellos oramos para que pronto puedan ya participar de la Jerusalén celestial. Dicha conmemoración, como ya reflexionaremos en otro momento, es también para la Iglesia una fiesta y celebración de esperanza.
Pero hoy también contemplamos y celebramos a la Iglesia que peregrina aún en la tierra, los santos que en medio de nosotros están caminando como nosotros peregrinos hacia esa patria del cielo; peregrinos todos nosotros que hemos de ser santos porque para eso fuimos consagrados en el Bautismo; nosotros que queremos ser santos y a pesar de nuestra debilidad y tropiezos queremos vivir en fidelidad al espíritu de las Bienaventuranzas que Cristo nos deja y enseña como verdadero camino de santidad.
Cuando nos miramos a nosotros mismos tan pecadores nos pueden parecer utópicas estas palabras que ahora nos están sirviendo de reflexión. Pero tenemos que ser utópicos y soñadores que con ilusión y esperanza queramos recorrer ese camino. Nos hace falta mirar hacia lo alto, aspirar a alcanzar los más altos niveles de santidad porque no es propio de un cristiano que se toma en serio su condición quedarse en la mediocridad, en simplemente irnos arrastrando sin más, porque sería además la manera de que nunca lleguemos a alcanzar esas altas cotas de la santidad.
Digo altas cotas, pero eso no significa que sean inalcanzables, porque además si nos fijamos bien en el evangelio Jesús no nos pide habitualmente heroicidades sino la fidelidad de las cosas pequeñas y sencillas que se hacen grandes por el amor. Es el camino de las Bienaventuranzas que hoy nos propone.
Sin seguir adelante, dejadme deciros una cosa; las bienaventuranzas que Jesús nos propone son su autorretrato. Miramos el espíritu de las Bienaventuranzas y como al trasluz a quien estamos viendo a Jesús. En ellas está retratada su vida, sus actitudes, su entrega, su amor. Y a ese Cristo lo vemos caminando a nuestro lado, en medio de nosotros, en tantos que calladamente y con sencillez viven, quieren vivir el espíritu de las Bienaventuranzas.
Jesús nos está diciendo que es el camino verdadero que nos lleva a la dicha, a la felicidad. Nos cuesta a veces entenderlo. Depende de verdad en lo que nosotros hayamos puesto como ideal o meta de felicidad. Cuando queremos impregnarnos del espíritu del evangelio quizá choquemos con la manera de pensar del mundo.
Algunos no conciben que se pueda ser feliz si no tienen de todo como si la abundancia de las cosas o la posesión de las riquezas sea lo único que les diera la felicidad llenando así su vida de mil cachivaches sustitutivos de lo que les falta en lo más hondo; piensan en pasárselo bien en la vida despreocupándose de todo y de todos; sólo se preocupan de sí mismos no permitiendo que nada ni nadie interfiera en su vida con problemas o sufrimientos, porque eso les podía mermar su aparente felicidad; que nada ni nadie los haga sufrir; lo importante es ganar o estar en el pedestal de la fama del poder o de la gloria a costa de lo que sea; los problemas del mundo o de los demás, que cada uno se las arregle; sólo piensan en disfrutar y pasárselo bien.
Claro que a quienes así piensan les puede sonar raro o inútil lo que Jesús nos propone, porque ellos no se van a complicar la vida. Pero ¿se es feliz así de verdad? ¿tendrán una felicidad duradera y que a la larga les haga sentirse bien por dentro? ¿no será todo vanidad y vacío interior?
Nosotros queremos mirar el sentido de lo que Jesús nos propone en el evangelio y de manera especial en las Bienaventuranzas. Y, como decíamos antes, esa mirada no es otra que mirar a Jesús, mirar lo que Jesús hacía y lo que era en verdad su vida. Y queremos tener una mirada sincera, auténtica porque también nosotros sentimos la tentación de lo que describíamos antes en el espíritu del mundo; nos sentimos muchas veces atraídos por esos cantos de sirena. Y hasta podemos tener la tentación algunas veces de poner en duda las palabras de Jesús.
Pobres y sin apegos, sintiendo hondamente la inquietud por los demás, por su bien, por su dicha y felicidad, aunque eso algunas veces nos haga sufrir; alejando de nosotros la malicia del corazón; haciendo nuestras las preocupaciones de los demás y queriendo poner nuestro granito de arena de cada día para que todos vivamos en paz; no temiendo el sufrir la incomprensión o el sarcasmo de los otros porque nosotros hayamos optado por una vida así; poniendo toda nuestra confianza en Dios, porque sabemos que es Padre, pero aprendiendo también a confiar en el hombre – cuánto necesitamos esa confianza de los unos en los otros – podíamos decir que son como traducción a hechos concretos lo que formula Jesús en la Bienaventuranzas; si lo hacemos así estaremos dando pasos y pasos muy certeros y seguros por el camino que nos conduce a la felicidad más plena, que nos conduce a una dicha sin fin.
No se nos piden cosas extraordinarias sino que lo extraordinario está en esa fidelidad a esas pequeñas cosas con las que sabemos que en verdad estamos construyendo el Reino de Dios. Y queriendo vivir todo eso hay muchos a nuestro lado que muchas veces nos pasan desapercibidos, pero que ahí están calladamente construyendo el Reino de Dios. Son esos santos que hoy también celebramos, porque como decíamos también tenemos que echar una mirada y celebrar a los santos de nuestro alrededor.
Que los santos que ya están en el cielo y que lo único que hicieron mientras peregrinaron por esta tierra fue el vivir el espíritu de las Bienaventuranzas de Jesús, sean para nosotros poderosos intercesores en el cielo para alcanzarnos del Señor esa gracia que tanto necesitamos y nos ayude a vivir ese camino de santidad, ese camino verdadero de dicha y felicidad.
Por último decir que celebrar esta fiesta de todos los Santos no la podemos entender sin nuestra fe en la resurrección y en la vida eterna. Sin esta fe y esperanza todo lo otro podría carecer de sentido. Porque es en esa vida eterna, en ese cielo al que aspiramos donde podremos vivir esa felicidad total, en plenitud y por toda la eternidad con Dios. Por eso pediremos en esta liturgia que ‘pasemos de esta mesa de la Iglesia peregrina al banquete del Reino de los cielos’. Cuando comemos a Cristo en la Eucaristía se nos está dando en prenda la vida futura.

sábado, 31 de octubre de 2009

Vanidades, apariencias, oropeles, primeros puestos… ¿qué nos dice Jesús?

Rom. 11, 1-2.11-12.25-29
Sal. 93
Lc. 14, 1.7-11


En la vida andamos muy llenos de vanidades y apariencias. El enemigo malo nos tienta y nos quiere seducir atacándonos precisamente por esos caminos de orgullo y vanidad. Prestigios, reconocimiento, sueños de grandeza ocultan quizá la realidad pobre que llevamos por dentro.
Aunque no tengamos, aparentamos tener; rodeamos la vida de brillos de oropeles ocultando quizá la pobreza de nuestro ser. Cuando no tenemos esa riqueza interior del ser en sí mismo, nos cubrimos de oropeles, de falsos brillos de oro que nada son y que pronto pasan y se desvanecen.
Cuando se nos quiere hacer pensar para que nos demos cuenta de lo que verdaderamente es importante en la vida, se nos dice que es más importante el ser que el tener. Lo que somos en nosotros mismos vale muchísimo más que todo lo que podamos poseer en lo exterior. Pero en nuestros sueños ambiciosos gastamos toda nuestra vida en tener y cuando no podemos tener en apariencias, pero no empleamos el más mínimo esfuerzo en cultivar nuestro ser interior.
Me ha dado pie a estos pensamientos lo que contemplamos hoy en el evangelio y lo que Jesús quiere enseñarnos. Lo habían invitado a comer ‘en la casa de un fariseo principal’ y observa cómo el resto de invitados poco menos que se da de codazos para ocupar los puestos de honor en la mesa del banquete.
Ya sabemos que el que lo había invitado era un fariseo muy importante y, como es de suponer, el resto de invitados tenían que amigos de este hombre y de su partido. Por otra parte, deduciendo de otros momento del evangelio, sabemos también cuál era el estilo de aquella gente; les gustaba las reverencias y reconocimientos, se ponían en pie en las sinagogas para rezar delante de todo el mundo y todos los vieran, poco menos que tocaban campanillas en las esquinas cuando iban a dar limosna para que todos supieran lo buenos y generosos que era, eran de los que buscaban primeros puestos y asientos de honor en cualquier reunión.
Jesús aprovecha la ocasión para darnos la lección; parte de la vida para dejarnos su mensaje. ‘Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal…’ les dice Jesús. ‘Vete a sentarte en el último puesto…’ ¡Qué vergüenza si te hacen ceder el puesto que has escogido porque hay otro más importante que tú! Si ocupas el último lugar puede venir el que te invitó y llevarte a un puesto mejor…
Y sentencia Jesús: ‘Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido’. Es el estilo de Jesús que tiene que ser el estilo del cristiano. Lo podemos contemplar en muchos textos y lugares del evangelio. ‘Venid y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón’, nos dice Jesús.
San Pablo nos habla de que siendo de categoría divina se despojó de su rango, se anonadó, se hizo como uno de tantos, se sometió a muerte de cruz… Y en la cena pascual lo vemos postrarse delante de los discípulos para lavarles los pies. ‘Me llamáis el Maestro y el Señor y en verdad lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, así tenéis que lavaros los unos a los otros…’ Cuando los discípulos se pelean por los primeros puestos les dice que hay que hacerse los últimos, los servidores y esclavos de todos.
No nos valen las apariencias ni las vanidades. Nuestro estilo es el de la sencillez, la humildad, el servicio. Esa es nuestra verdadera grandeza si queremos seguir a Jesús, si queremos vivir a Jesús, como tiene que ser nuestro ideal.

viernes, 30 de octubre de 2009

La auténtica celebración del día del Señor

Rom. 9, 1-5
Sal. 147
Lc. 14, 1-6


Con diferencia de pocos versículos - realmente en el capítulo anterior – nos encontramos con otro caso de una curación en sábado y ante lo cual Jesús hace razonar con semejantes palabras.
En el capítulo anterior – lo escuchamos el lunes – se nos habló de la mujer encorvada y el milagro tiene lugar en la sinagoga con la reacción airada del jefe de la sinagoga: ‘Tenéis seis días para trabajar: venid esos días a que os curen y no el sábado’.
Ahora no es en la sinagoga sino ‘en casa de uno de los principales fariseos’ donde habían invitado a Jesús a comer. También es sábado. Ahora es un hombre con una hidropesía. ‘Le estaban espiando’, dice el evangelista. Ya se imaginaban lo que Jesús iba a hacer, por eso estaban al acecho. Jesús se les adelanta. Les pregunta. ‘¿Es lícito curar los sábados o no?’
Si se consideraba un trabajo, la ley judía prohibía todo trabajo el sábado porque era el día dedicado al culto al Señor. Sin embargo, también podíamos preguntarnos si venían a que Jesús los curara cual si se tratara de un médico, o buscaban en Jesús un poder superior, sobrenatural, de acción de Dios. Si esto es así, ¿cómo poner límites al campo? ¿Cómo impedir a Dios actuar con su salvación?
Son razonamientos que se podían hacer. Ellos se quedan callados. Simplemente ‘Jesús tocando al enfermo, lo curó y lo despidió’. Pero Jesús quería hablarnos de algo más, porque nos quiere hablar de su amor, rostro del amor y la misericordia del Padre. Pero les pone un ejemplo sencillo del hijo o del buey que se cae al pozo. ¿Lo dejaremos morir allí o lo sacaremos, aunque sea sábado? No tienen respuesta.
¿Está reñida la compasión y la misericordia con el culto dedicado al Señor? Porque eso podría parecer al no poder curar en sábado. El mensaje de Jesús es otro. Lo que Jesús está haciendo es revelándonos su corazón amoroso, el rostro amoroso de Dios.
Y si queremos dedicar un día a lo sagrado, al culto al Señor, como así era el sábado para los judíos y el domingo para nosotros los cristianos, ¿el verdadero culto al Señor no pasa por la misericordia, la compasión y el amor al hermano que sufre? ‘Misericordia quiero y no sacrificios’ dice la Escritura. Es de lo que tendríamos que llenar los cristianos el día de descanso dedicado al Señor.
Queremos descansar el domingo y el fin de semana, queremos estar con la familia y con los amigos. Es muy hermoso. Pero algo más tendríamos que saber hacer. Además del culto al Señor que es celebrar la Eucaristía, que tiene que ser el verdadero centro del día del Señor, no deberían faltar entre los cristianos las obras de misericordia. Visitar a los enfermos, acompañar a los que se sienten solos, compartir generosamente con los más necesitados… ¡cuántas cosas podríamos hacer!
Un punto a tener en cuenta.

jueves, 29 de octubre de 2009

¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?

Rom. 8, 31-39
Sal. 108
Lc. 13, 31-35


‘Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?... ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?...’ Dos preguntas que se hace un enamorado de Cristo y que ha experimentado de manera muy profunda el amor de Dios en su vida.
‘El que no perdonó a su propio Hijo sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con El?’ Y a continuación manifiesta la certeza grande que tiene de lo que es el amor de Dios que no lo condena sino que lo justifica y lo salva. Cristo Jesús murió por nosotros, resucitó y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros.
Esto es algo que Pablo ha experimentado en su vida. Como reconocerá en otros momentos de sus cartas era él un pecador y Cristo vino a su encuentro y en su búsqueda. Se sabe perdonado y amado por Dios. Por eso dirá a continuación que nada podrá apartarlo de ese amor de Dios, de ese amor de Cristo.
Tiene que hacernos pensar. ¿Actuaremos siempre nosotros así y en todo? ¿podríamos decir nosotros lo mismo que san Pablo? Reconocemos que somos débiles y pecadores. ‘El espíritu está pronto pero la carne es débil’, que nos dice Jesús para insistirnos en que oremos y estemos vigilantes. Pero, ya sabemos, qué pronto nos viene la tentación y caemos.
La tentación es el pecado, pero tentación para nosotros son también muchas situaciones donde manifestamos nuestra debilidad, nuestra inseguridad, nuestra poca vigilancia. En los momentos fáciles más o menos marchamos, por decirlo de alguna manera, pero hay momentos de dolor y sufrimiento, de pruebas o dificultades, momentos en que las cosas no marchan sobre ruedas, sino que surgen los problemas, momentos de incomprensiones o de críticas que no nos gustan o nos molestan, ¿cómo reaccionamos? ¿nos mantendremos firmes en nuestra fe, en el camino emprendido, en la lucha por nuestros ideales, o flaqueamos, nos llenamos de dudas y hasta nos rebelamos?
Es ahí donde hay que sacar a flote y hacer brillar nuestra fe, lo que tiene que ser la autenticidad de nuestra vida cristiana. Lo que nos dice san Pablo hoy. ‘Nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro’.
Pidámosle a Dios que nos dé esa certeza y esa seguridad en su amor. Para ello tendríamos que recordar esas hermosas experiencias que tenemos de sentirnos amados por Dios. No las podemos echar en el olvido. Nos ayudará mucho en nuestra lucha contra la tentación y el pecado.
Pidámosle a Dios que nos dé la fortaleza de su Espíritu. Como don y regalo lo hemos recibido de manera especial en el sacramento de la Confirmación y su gracia está ahí para hacernos fuertes, para hacernos testigos valerosos. Reavivemos el don del Espíritu en nosotros.
Pidámosle que nos dé clarividencia y sabiduría para discernir lo bueno y lo malo y para seguir siempre por el camino recto aunque nos cueste.
Que se manifieste la salvación de Dios en mi vida.

miércoles, 28 de octubre de 2009

La fiesta de los apóstoles enriquece nuestra comunión eclesial


- San Simón y San Judas -


Ef. 7, 19-22
Sal. 18
Lc. 6, 12-19


Celebramos hoy la fiesta de los Apóstoles san Simón y san Judas. Juntos aparecen siempre en las listas del Colegio Apostólico que nos ofrecen los evangelistas sinópticos y también en los Hechos de los Apóstoles. Hemos tenido la oportunidad de escuchar cómo Jesús después de pasar la noche en oración escogió a Doce y los nombró Apóstoles.
Poco sabemos de estos apóstoles porque el Evangelio es bien parco acerca de ellos. Simón, apodado el Celotes o el Cananeo, como dice san Marcos, perteneció antes de formar parte del grupo de los discípulos de aquellos partidos extremistas, celosos de la identidad judía y de su independencia del poder romano. De ahí que se le apode como el Celotes.
Judas, que no el Iscariote, es llamado el hijo de Santiago y también con el sobrenombre de Tadeo. Aparece en el evangelio de san Juan preguntando a Jesús en la última cena ‘¿qué ha sucedido para que te manifiestes a nosotros y no al mundo?’ Una pregunta interesante, porque vemos cómo Jesús al grupo de los Doce les manifiesta más la intimidad de su persona y a ellos les explica cosas que a la gente en general no le explica.
No responde Jesús directamente a la pregunta pero sí hay una respuesta bien hermosa. ‘Si alguno me ama, guardará mi palabra, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’. Y terminará Jesús anunciando el envío del Espíritu Santo ‘que os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho’.
Como muchas veces hemos reflexionado la fiesta de los Apóstoles tiene mucha importancia en el devenir de la Iglesia. Como nos dirá Pablo en la carta a los Efesios ‘sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios… estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo es la piedra angular…’
Formamos ese entramado del edificio de la Iglesia, donde cada uno ocupa su lugar y tiene su función; precisamente por esa comunión de fe que recibimos de los apóstoles llegamos a estar profundamente unidos a Cristo que es la piedra angular, el verdadero fundamento.
Esto tiene sus consecuencias para nosotros. Esto nos exige comunión en una misma fe y una comunión especial en el amor entre los unos y los otros. No vamos viviendo nuestra fe por libre, cada uno por su lado. Tenemos que estar ensamblados en ese edificio que es la Iglesia, que somos todos los que creemos en Jesús. Comunión eclesial que es comunión apostólica, con el sucesor de Pedro pero también con toda la Iglesia con sus obispos verdaderos sucesores de los apóstoles.
Comunión es amor, es cercanía, es caminar juntos, es poner cada uno su granito de arena que nunca nos puede parecer pequeño ni innecesario, sino siempre fundamental para crear esa unidad y esa comunión. Es importante lo que cada uno es y lo que cada uno hace. Lo que puedo y tengo que hacer ya nadie lo hará por mí. Lo que yo deje de hacer será pobreza para la comunidad y para la Iglesia. De ahí la seriedad del compromiso de nuestra fe y lo importante de nuestra comunión.
Que la celebración de la fiesta de estos dos apóstoles enriquezca nuestra comunión y la haga crecer. Que escuchemos y guardemos en lo hondo de nuestro corazón la Palabra de Dios que se nos dice, para que amados de Dios nos sintamos amados por el Padre e inhabitados por su presencia misteriosa y maravillosa.

martes, 27 de octubre de 2009

Unas pequeñas semillas de mostaza y unos granos de levadura

Rom. 6, 18-25
Sal. 125
Lc. 13, 18-21


‘¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿a qué lo compararé?’ Y nos habla Jesús de la mostaza y nos habla de la levadura. Algo pequeño e insignificante que se hace planta grande o que colocada en pequeñas proporciones en medio de la masa la hace fermentar y la transforma.
El Reino de Dios, pequeño e insignificante en los comienzos de la predicación del Evangelio pero que se ha extendido a todas partes y a través de todos los tiempos dando un sentido nuevo al mundo y a la sociedad. Unos discípulos reclutados en principio entre pescadores o discípulos de Juan. Un grupo de doce apóstoles que en los momentos difíciles de la pasión se dispersaron. Un pequeño grupo que no llegaba a un centenar de discípulos que a partir de Pentecostés comienza a crecer y con el paso de los siglos vemos extendida su semilla por el mundo entero. Es la fuerza del Reino de Dios que crece y se extiende por todas partes.
Creo que no podemos perder de vista hoy el sentido de las parábolas que siguen siendo muy válidas en todo tiempo y para nuestro tiempo. Por el Evangelio, el Reino de Dios tiene que seguir siendo el dinamizador y transformador de la sociedad en que vivimos, como transformador desde lo más hondo del corazón del hombre.
Nos pueden parecer tiempos difíciles los que vivimos. Creo que todos los tiempos a través de la historia han tenido sus propias dificultades. Nos puede parece que se haya diluido en nuestra sociedad hoy el mensaje cristiano y del evangelio. Muchas nos pueden parecer las sombras que nos rodean cuando vemos una pérdida de fe en tantos y la aparente desaparición de valores evangélicos y cristianos.
Pero siguen habiendo semillas del Reino de Dios en medio de los hombres. La fe sigue iluminando muchos corazones, y muchos valores nacidos del corazón del evangelio, paz, justicia, verdad, amor… quedan como rescoldos que reavivar en muchos en nuestra sociedad. Serán semillas pequeñas como las de la mostaza, o unos pequeños granos como los de la levadura. Pero tienen el poder de la gracia, tienen la fuerza de Dios. Han de seguir siendo dinamizadores y transformadores de nuestra sociedad.
Por eso mismo digo que el sentido de estas parábolas nos siguen siendo válidos y hemos de saber apoyarnos en ellos para darle fuerza y sentido a nuestra labor y tarea cristiana. Meditar estas parábolas además nos tiene que llenar de esperanza, porque eso quiere despertar el Señor en nuestro corazón para que aprendamos además a confiar en El.
Podremos parecer pocos, un resto, pero tenemos que ser ese puñado de levadura que haga fermentar con los valores del Evangelio nuestra sociedad. No hemos de acobardarnos ni tener miedo a la tarea. Tenemos que creer en la Palabra de Jesús. Y creer que es posible y que se hace realidad en nosotros y en nuestra vida.
Necesitamos orar mucho en la presencia del Señor para sentir la fuerza de su Espíritu que impulsa a la Iglesia a su tarea evangelizadora. Hemos de orar mucho para, en la presencia del Señor, descubrir los caminos que El nos inspira. Es su obra y no nos deja solos; nos asiste con la fuerza y la inspiración del Espíritu.
De ninguna manera podemos decir que ‘no hay nada que hacer’, como hacen muchos derrotistas. Ese no puede ser el sentimiento de un cristiano. Esa pequeña semilla puede darnos una planta grande. Ese pequeño puñado de levadura puede en verdad transformar nuestro corazón primero y transformar nuestro mundo. Repito, confiemos en la Palabra de Jesús.

lunes, 26 de octubre de 2009

Demos gracias a Dios que nos da su Espíritu que nos hace hijos

Rom. 8, 12-17
Sal. 67
Lc. 13, 10-17


‘Y toda la gente se alegraba por los milagros que hacía’, termina diciendo el texto del evangelio. Jesús había curado a una mujer encorvada y había mantenido sus más y sus menos con el jefe de la sinagoga que les decía a la gente ‘seis días tenéis para trabajar: venid esos días a que os curen, y no los sábados…’ Y Jesús le había razonado que el día del Señor, el día para santificar al Señor tenía que ser un día también para hacer lo bueno, para hacer el bien a los demás, que era la mayor gloria de Dios. Esos rigorismos de cumplimientos rituales no tienen sentido cuando se trata del amor.
Por eso ‘la gente se alegraba por los milagros que hacía’. Sólo veían sus milagros y aún no habían contemplado todo lo que Jesús iba a hacer por nosotros, entregando su vida por amor nuestro. No veremos milagros a la manera de la gente de aquella época pero sí tenemos nosotros muchas más razones para alegrarnos con el Señor y darle gracias. Por su amor, por entrega por nosotros muriendo en la cruz nos ganó nueva vida, nos hizo hijos de Dios.
Es de lo que nos habla hoy san Pablo en la carta a los Romanos. ‘Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios’, nos dice. Nos recuerda aquello que se nos dice en el principio del evangelio de Juan: ‘A cuantos le recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, sino de Dios’.
Creemos en Jesús y por la fuerza de su Espíritu nos hacemos hijos de Dios. ‘Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba!, Padre’. Como nos decía san Juan en su carta: ‘Mirad qué amor nos ha tenido para llamarnos hijos de Dios: pues ¡lo somos!’
Cristo nos ha liberado, nos ha comprado con su sangre para pertenecer a El. Pero ser de Cristo no nos hace esclavos, sino libres; siendo de Cristo no cabe en nosotros el temor, sino el amor; siendo posesión de Cristo en Cristo nos hacemos hijos también nosotros porque nos da la fuerza de su Espíritu.
Somos hijos de Dios. Cuánto tenemos que pensarlo una y otra vez y no nos podemos cansar nunca de darle gracias a Dios. Es la primera conclusión que tendríamos que sacar de esta reflexión que en torno a la Palabra hoy nos hacemos. Darle gracias a Dios que ha querido hacernos sus hijos; darle gracias a Dios porque hemos sido redimidos por la sangre de Cristo; darle gracias a Dios porque nos ha liberado de la esclavitud y de la muerte. Es lo primero que tenemos que hacer.
Luego, por supuesto, tenemos que sacar más conclusiones para nuestra vida, para nuestra relación con Dios y para nuestra relación con los demás. Los que son esclavos de la muerte y del pecado viven en el temor. Nosotros hemos sido liberados, fuera de nosotros todo temor, en nosotros tiene que brillar la alegría y el amor. El amor que a Dios hemos de tener sobre todas las cosas. El se lo merece. Es nuestro Dios, pero también nuestro salvador. Pero un amor que tenemos que reflejar en nuestro trato con los demás. Ya los otros para nosotros serán siempre unos hermanos, porque todos somos hijos de Dios. Y decir que somos hermanos entrañará por supuesto ese amor que hemos de tenernos los unos a los otros.
Demos gracias a Dios por tanto amor que nos hace sus hijos.

domingo, 25 de octubre de 2009

¿Qué quieres que haga por ti?


Jer. 31, 7-9;

Sal. 125;

Heb. 5, 1-6;

Mc. 10, 46-52


De entrada decir que Jesús quiere llegar a todos con su vida y su salvación. ‘Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’, nos dice el evangelio. Pero para que todos puedan llegar hasta El y alcanzar la salvación, Cristo quiere valerse de nosotros. Lo malo sería que en lugar de ser mediaciones positivas seamos obstáculo que impida a algunos el encuentro con Jesús salvador. En resumen casi podríamos decir que es el mensaje que contemplamos hoy en el evangelio.
Jesús sale de Jericó acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Como era normal entonces allí junto al camino hay un ciego pidiendo limosna, ‘Bartimeo, el hijo de Timeo’. Los hemos encontrado así con sus discapacidades a través de los tiempos en nuestras plazas, calles o caminos pidiendo limosna. Una discapacidad, su ceguera, que le impedía realizar cualquier trabajo, lo que le marginaba y hundía en la más absoluta miseria; lo único que podía hacer era pedir limosna al lado de los caminos a todo el que pasara. Una vida dura y triste. Aquel camino de Jericó era el camino habitual para quien subía a Jerusalén sobre todo con ocasión de la fiesta de la Pascua u otras fiestas judías en las que eran muchos los que afluían a la ciudad santa, ya vinieran desde Galilea por el valle del Jordán o vinieran desde la transjordania, más allá del Jordán. Un lugar apropiado para quien ptuviera que pedir una limosna.
Pero la muchedumbre que en esta ocasión pasa junto al camino parece distinta a unos oídos acostumbrados a diferenciar las diferentes personas y los grupos que lo cruzaban. A sus preguntas se entera que es Jesús, el profeta de Nazaret, que viene con sus discípulos y mucha gente. ‘Hijo de David, ten compasión de mí’, comienza a gritar. ¿Qué es lo que pide? ¿una limosna como siempre? Pero no pide a la gente, sino grita al profeta de Nazaret, al Hijo de David; grita por Jesús.
Algunos, muy preocupados por escuchar las palabras del Maestro y que con estos gritos no le pueden oír claramente, le mandan callar. ¿Son una molestia sus gritos o más bien ellos una molestia, un obstáculo para que ese pobre ciego se haga oír por Jesús? El ciego grita más fuerte. ‘Jesús se detuvo y lo mandó llamar’. Ahora sí le dicen: ‘¡Ánimo, levántate que te llama!’ Ahora lo animan para que vaya hasta jesus. Con Jesús las actitudes tienen que cambiar.
‘Soltó el manto – para ir hasta Jesús hemos de dejar atrás los impedimentos, todas las cosas que puedan ser estorbos para poder acercarnos con mayor prontitud – dio un salto y se acercó a Jesús’. Ahora había quien le llevara hasta Jesús.
‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué le pediríamos nosotros a Jesús? El quiere escuchar nuestros anhelos y nuestras peticiones más profundas. Quizá meditando este pasaje del evangelio tendríamos que analizar muy bien qué es lo que tendríamos que pedir a Jesús. ¿Seremos nosotros como aquel ciego Bartimeo que le pedía ‘Maestro, que pueda ver’, o acaso como aquellos acompañantes le tendríamos que pedir un cambio de actitudes?
Podríamos pensar en cómo estaba aquel hombre sentado al borde del camino, su situación. Es muy significativo. No veía y se había quedado sentado pasivamente al borde de la vida contentándose con suscitar compasión y pedir una limosna. Algunas veces nos hundimos fácilmente por problemas, carencias, debilidades, cosas que nos pasan. ¿Sólo queremos provocar compasión en los demás? Haría falta algo que nos levantara, nos hiciera sentir vivos de nuevo, salir de la pasividad, comenzar a dejar atrás negruras para ver de nuevo la luz.
Quizá haya mucha negatividad en nuestra vida. Quizá nos sentimos aplastados por el peso del mal y del pecado que hemos dejado meter en nuestro corazón. En Jesús podemos encontrar esa luz, esa vida que necesitamos, esa mano que se nos tiende; en Jesús puede renacer de nuevo nuestra esperanza. ‘Hijo de David, Jesús Salvador, ten compasión de mí’.
Pero podemos pensar también en los acompañantes de Jesús. Como decíamos, quizá muy preocupados por escuchar las palabras de Jesús, sin embargo querían cerrar los ojos y los oídos para no ver ni oír a quien estaba al margen del camino. Incluso aquellas personas se habían convertido en obstáculo para que el ciego no molestara con sus gritos pidiendo ayuda. Pobrecito, quizá pensaban sintiendo lástima por aquel pobre hombre en su necesidad, pero de ahí no pasaba su compasión. Para ellos la vida de aquel hombre con su ceguera y sus gritos era una molestia. Quieren pasar de largo y que no los molestaran.
No nos queremos molestar porque nosotros no nos queremos mezclar con cualquiera, esos que vienen de otros países, son de otra raza, tienen unas limitaciones o discapacidades, están enfermos o nos pueden contagiar. Nos hacemos insensibles, cerramos los ojos y pasamos de largo – podemos recordar también la parábola que Jesús propuso donde nos hablaba de aquellos que dieron un rodeo para no encontrarse con el malherido junto al camino -. Encima les echamos la culpa de su situación por que son unos desgraciados que no saben aprovechar lo que tienen o se les da. Hasta somos capaces de decir cosas bonitas, hacer hermosas estadísticas o preciosos proyectos, pero que al final nos quedamos en nada como siempre.
¿Qué le pediríamos al Señor, porque El también nos está pregunta que queremos que haga por nosotros? ‘Hijo de David, ten compasión de mí’. Transforma mi vida y mi corazón. Dame un corazón nuevo. Que se me abran los ojos para ver, el corazón para sentir el latido del corazón del hermano que sufre a mi lado. Que nunca sea un obstáculo; que sea una mediación bien positiva para que Jesús llegue a todos, para que todos los ‘bartimeos’ que están a mi lado a través de mi puedan llegar a Jesús.
‘Tu fe te ha curado. Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino’. Es lo que nos tiene que suceder también hoy a nosotros. Que, porque con fe venimos hasta Jesús con nuestra cegueras, recobremos la luz de nuestros ojos, de los ojos de nuestro corazón, para mirar con mirada distinta, la mirada de Jesús. Para que también nosotros le sigamos por el camino, sigamos el camino de Jesús, caminemos tras sus huellas siguiendo sus mismos pasos, viviendo su mismo estilo de amor. Que también dejemos atrás los mantos que nos estorban, son tantos y tantos los apegos del corazón, para que con prontitud sigamos a Jesús.
Que podamos cantar en verdad ‘el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’ porque así nos sintamos transformados, curados por Jesús. Que nos inunde la alegría de la fe, de la luz, de la vida de Jesús.

sábado, 24 de octubre de 2009

Si no os convertís… el árbol que hay que cuidar para que dé fruto

Rom. 8, 1-11
Sal. 23
Lc. 13, 1-9


Habían sucedido unos hechos calamitosos y desagradables en Jerusalén y vienen a contárselo a Jesús. Unos galileos que se habían rebelado contra los romanos Pilatos los había ejecutado dentro del recinto del templo, lo cual para los judíos era una profanación de lo sagrado porque se había derramado sangre humana allí donde se ofrecía la sangre de los sacrificios al Señor.
Por otra parte no hacía mucho tiempo dieciocho personas habían muerto aplastadas por la caída de la torre de la piscina de Siloé. Recordamos allí donde Jesús había enviado al ciego de nacimiento para que se lavara y recobrara la vista.
Los judíos hacían diversas interpretaciones de estos hechos y los veían como un castigo de Dios por algún pecado oculto quizá de los que murieron. Y es aquí donde Jesús quiere hacerles pensar. ‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque acabaron así?... y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?’
Jesús quiere hacerles comprender que Dios nos habla a través de los hechos para que saquemos lecciones para nuestra vida. En versículos anteriores del evangelio había hablado de los signos de los tiempos que hemos de saber interpretar. ‘Si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?’, había dicho Jesús.
Estos hechos son una invitación, una llamada del Señor a la conversión. ‘Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera’, les viene a decir Jesús. Y les propuso una parábola que viene a señalarnos la paciencia de Dios esperando que demos frutos, esperando nuestra conversión. ‘A ver si da fruto’, dice el viñador después de cavar y abonar una vez más la higuera que no daba frutos.
A nosotros también nos dice: ‘Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera’. La conversión ha de ser una actitud constante en la vida del cristiano. Siempre hemos de estar en esa actitud de conversión para lograr una mayor perfección y una mayor santidad en nuestra vida. Siempre hay cosas en nuestra vida que tenemos que purificar, que podemos mejorar.
Algunas veces nos contentamos con decir ‘yo no tengo grandes pecados… yo no tengo de qué confesarme… de qué me voy a convertir’. Todo en la vida no lo hacemos a la perfección. Pero si no somos exigentes con nosotros mismos y simplemente dejamos pasar las cosas y en principio dejamos a un lado algunas cosas que no nos parecen tan importantes, ya sabemos que este camino es muy resbaladizo y poco a poco iremos dejando de darle importancia a cosas que sí la tienen y caemos por la pendiente primero de la mediocridad, luego de una frialdad espiritual y terminaremos por volver a una vida de pecado.
Jesús nos proponía la parábola de la higuera que no daba fruto, pero que el viñador la podó, la abonó y la cuidó con mimo especial. Acostumbrados estamos a ver en nuestros campos por ejemplo árboles frutales a los que se les ha abandonado en su cuidado, y que al final nos darán malos frutos que se nos vuelven hasta incomestibles. Cuando de nuevo son cuidados con mimo por el agricultor, volverán a dar buenos frutos y merecerá la pena tenerlos en nuestras huertos.
Así nos puede suceder en la vida espiritual. Esa conversión de la que se nos habla hoy es ese cuidado constante, creciente que hemos de tener con nuestra vida espiritual y nuestra vida cristiana si en verdad queremos mantener nuestra fidelidad a Jesús y su evangelio. Es a lo que hoy nos está invitando la palabra del Señor.

viernes, 23 de octubre de 2009

¿Quién me librará de este ser mío presa de la muerte?

Rom. 7, 18-25
Sal. 118
Lc. 12, 54-59


‘¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este ser mío presa de la muerte?’ Así se pregunta san Pablo en este texto de su carta a los romanos. Se lo pregunta por lo que ve en su propia vida y en la vida de todos. Queremos ser buenos, digámoslo así. Porque queremos hacer el bien, nunca el mal, nada que haga daño o haga daño a los demás. Pero bien sabemos cuántas veces hacemos cosas que parece irresistibles. Cuánto nos cuesta superar esos malos momentos y situaciones.
Hoy el apóstol dice en su carta: ‘El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago’. Parece que nos sintamos arrastrados por una fuerza superior. ¿Por qué actuamos así? Es nuestra debilidad, nuestra flaqueza, nuestra inconstancia, nuestra falta de voluntad, nuestras incongruencias. Nos proponemos algo, tenemos buenos propósitos pero no los llevamos a cabo, nos sentimos como sin fuerzas.
Las tentaciones por otra parte nos acechan; el mal parece que nos engaña porque nos sentimos cautivados por él; nos confundimos tantas veces sin saber bien lo que es bueno y lo que es malo; nos vemos rodeados por tantas luces fatuas que quieren encandilarnos. El pecado se nos mete en la vida y nos esclaviza, nos llena de sombras, de muerte. ¿Seremos libres de verdad para escoger lo bueno y hacerlo o para apartarnos de lo malo?
‘¿Quién me librará de este ser mío presa de la muerte?’ se preguntaba el apóstol. Pero él también nos daba una respuesta. ‘Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias’. Recordemos lo que había anunciado el profeta y Jesús proclama en la sinagoga de Nazaret. ‘El Espíritu está sobre mí porque me ha ungido y me ha enviado… para dar libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor’. Es Jesús, nuestro salvador. Jesús que nos libera. Jesús que está con nosotros, porque no estamos solos en esa lucha contra el mal. Jesús, el lleno y ungido del Espíritu del Señor, que nos da su Espíritu para que nosotros tengamos fuerzas para esa victoria contra el mal.
En el salmo hoy pedíamos ‘instrúyeme, Señor, en tus leyes’. Dejarnos enseñar por el Espíritu divino. Espíritu de Sabiduría y Espíritu de fortaleza. Aquello que le pedía Salomón al Señor. Sabiduría para saber discernir el mal y el bien. Decíamos que muchas veces nos vemos confundidos. El Espíritu de Sabiduría nos ilumine, para que no nos dejemos confundir. Porque no discerniremos lo bueno de lo malo sólo por nosotros mismos. Estamos marcados por el pecado y eso nos puede llevar a la confusión. Por eso tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu del Señor, que nos lo enseñará todo y nos llevará a la verdad plena. Conocer sus mandamientos, saber lo que es la voluntad del Señor para poder realizarla. Tarea importante que hemos de realizar.
Abramos los ojos para saber leer las lecciones de Dios, los signos de los tiempos, que nos habla a través también de lo que nos sucede. Es lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Les echa en cara a sus oyentes que saben discernir cuando el tiempo está de lluvia o de bochorno según sean los vientos o las señales del firmamento, pero ‘¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer?’ Que con la fuerza del Espíritu del Señor sepamos leer esas señales de Dios y actuemos luego siempre en consecuencia.
‘Instrúyeme, Señor, en tus leyes… enséñame a gustar y comprender… tus mandatos… mi delicia será hacer tu voluntad… jamás olvidaré tus decretos, pues con ellos me diste vida…’

jueves, 22 de octubre de 2009

He venido a prender fuego en el mundo…

Rom. 6, 19-23
Sal. 1
Lc. 12, 49-53

En una primera impresión quedándonos sólo en la literalidad del texto las palabras de Jesús nos pueden resultar desconcertantes. Parecieran excesivamente violentas y hasta aparentemente contradictorias con otros textos del evangelio.
Pero precisamente vamos a hacer una lectura en este comentario en paralelo con otros textos y situaciones del Evangelio. ‘He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!’ Recordemos lo que fueron las primeras palabras de Jesús al comienzo de la cena pascual. San Lucas nos relata: ‘Cuando llegó la hora se puso a la mesa, y los apóstoles con El. Y les dijo: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer…’ Y por su parte Juan en su evangelio nos dice: ‘Viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo’.
Ahí contemplar arder el corazón de Cristo en amor, un amor hasta el final. Un amor hasta la muerte, tal era el deseo de Cristo. Sabía Jesús lo que significaba aquella pascua cuya celebración se estaba iniciando. Ya era cruento, podíamos decir, comer aquel cordero pascual, que era un signo del paso de Dios en medio de su pueblo liberándolos de Egipto; pero ahora era el verdadero Cordero Pascual el que se inmolaba, ‘el Cordero que quita el pecado del mundo’.
No nos extrañan, pues, las palabras ‘tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!’ Entendemos bien que el bautismo al que se refiere es precisamente su pasión y su muerte, su entrega. Recordamos que cuando los hermanos Zebedeos le piden los primeros puestos, Él les pregunta: ‘¿Estáis dispuestos a beber el cáliz que yo he de beber, a bautizaros en el bautismo con que yo me voy a bautizar?’ Ese bautismo del que les habla es precisamente su pasión. Lo que ahora escuchamos de nuevo.
Optar por seguir a Jesús exige radicalidad en los planteamientos, en su seguimiento. Con Jesús no podemos andar a medias tintas, aunque nos cueste la incomprensión e incluso la persecución de los que nos rodean. Unos optarán por seguir a Jesús, otros por ponerse en contra. Cuando la presentación de Jesús niño en el templo el anciano Simeón anuncia que aquel niño va a ser un signo de contradicción. ‘Está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten. Será una bandera discutida’.
Ahora nos ha dicho: ‘¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división’. Y nos habla de división en las familias. El anuncio y vivencia del Evangelio no va a ser comprendido ni aceptado por todos de la misma manera. Y habrá quienes nos hagan frente. Ya lo anunció Jesús cuando envía a sus discípulos a predicar. Les anuncia incluso persecuciones. ‘Os entregarán a los sanedrines y en las sinagogas seréis azotados, y compareceréis ante los gobernadores y reyes por amor de mí para dar testimonio….El hermano entregará a muerte al hermano, y el padre al hijo, y se levantarán los hijos contra los padres y les darán muerte, y seréis aborrecidos de todos por mi nombre. El que perseverare hasta el fin, se salvará’. Pero ya promete la asistencia y fuerza del Espíritu Santo que pondrá palabras en nuestros labios. Es de lo que ahora nos ha hablado en el texto hoy proclamado.
Es lo que sigue sucediendo, porque muchas veces hasta de los más cercanos a nosotros vamos a encontrar oposición. Es la historia de los mártires de la Iglesia a través de todos los tiempos. Mártires que hoy siguen dando testimonio de Jesús y del evangelio en medio de nuestro mundo. No suelen ser noticias de las que nos hablen los medios de comunicación habituales, pero en distintos lugares del mundo sigue habiendo mártires que derraman su sangre, dan su vida por su condición de cristianos.
Pero sin llegar a eso también en nuestro propio entorno muchas veces y de maneras algunas veces bien sutiles se siguen sufriendo descalificaciones, burlas, desprecios, oposición y hasta una larvada persecución cuando se quiere dar un testimonio auténtico de la fe, o se quiere proclamar la verdad del evangelio.
En nombre de ese laicismo que va imperando en nuestra sociedad contemplamos como se quiere acallar la voz de la iglesia, el testimonio del evangelio. Cualquiera puede expresar su opinión o su manera de concebir la vida o la sociedad, pero cuando habla la Iglesia, cuando un cristiano habla en nombre de su fe, vemos cómo se le quiere acallar, se manipulan sus palabras o se le ridiculiza, porque la verdad del evangelio y los valores cristianos a muchos le molestan.
Que el Señor nos ponga ese fuego divino en nuestro corazón para que con coraje y ardor proclamemos su nombre. Que nos contagiemos con el fuego de su amor y con él prendamos nuestro mundo para en verdad hacerlo mejor. Que el fuego de su Espíritu nos inunde – pensemos que una imagen precisamente que nos habla del Espíritu Santo son las llamaradas de fuego que aparecieron sobre las cabezas de los apóstoles en Pentecostés – y que incendiemos nuestro mundo con una vida nueva de amor y de gracia.

miércoles, 21 de octubre de 2009

A la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre

Rom. 6, 12-18
Sal. 123
Lc. 12, 39-48


‘Estad en vela, preparados porque a la hora que menos pensáis, viene el Hijo del Hombre’. El que no espera nada ni a nadie, no tiene nada que preparar. El que tiene esperanza se prepara debidamente para aquello que espera, que es su esperanza. ¿Tendremos nosotros esperanza? ¿Qué esperamos? ¿Esperamos algo o a alguien?
En el tiempo litúrgico que se prolonga ahora hasta el Adviento, e incluso, iniciado el mismo Adviento será algo que se nos irá repitiendo. ¿Qué esperamos? La segunda venida del Señor, como El nos lo anunció en el evangelio y como es parte fundamental de nuestra fe. Vendrá el Señor al final de los tiempos. ¿Cuándo será ese final? ‘¿Cuándo sucederá todo eso?’ le preguntaban los discípulos cuando Jesús les habla de esos momentos finales. Pero Jesús no nos dio respuesta. Sólo nos invita a estar vigilantes.
Viene el Señor cuando nos llegue la hora de nuestra muerte, porque también así hemos de verla. Una llamada del Señor, una venida del Señor a nosotros para llevarnos con El. Y viene el Señor a cada momento, en cada instante de nuestra vida hemos de saber descubrir esas venidas, esas llamadas que el Señor nos va haciendo.
Como decíamos es parte de nuestra fe. Así lo confesamos en el Credo. Creemos en la vida eterna, creemos en la resurrección de los muertos, creemos y esperamos esa venida del Señor Jesús, que murió, resucitó y ‘está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso; y de allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’.
Jesús nos lo había anunciado. ‘Veréis venir al Hijo del Hombre con gran majestad y gloria entre las nubes del cielo’. Pero son otros los momentos en que nos habla de esa venida, como lo ha hecho hoy mismo para decirnos que estemos preparados. ‘A la hora que menos esperéis viene el Hijo del Hombre’.
Y en la liturgia lo proclamamos y celebramos en distintos momentos, por ejemplo, de la celebración de la Eucaristía. ‘¡Ven, Señor Jesús!’, aclamamos como una profesión de fe también tras la consagración. Pero será también en el embolismo del Padrenuestro, esa oración que lo prolonga, donde decimos ‘mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo’, y queremos que nos libre de todo mal y tentación, que nos libre de toda perturbación.
Sin embargo, aunque esto lo vamos repitiendo cada día, muchas veces parece que viviéramos sin esperanza del mundo futuro, como si todo se redujera al momento presente y fuera la único importante. Y entonces no nos preparamos, ni estamos vigilantes para evitar aquello que nos pueda distraer o apartar de ese encuentro con el Señor en su segunda venida; estamos con las lámparas apagadas como las vírgenes necias de la parábola, porque dejamos agotar nuestro aceite; no tenemos conciencia de la trascendencia que tiene los actos de nuestra vida.
A esto nos está invitando el evangelio de hoy. A mantener viva nuestra esperanza, a vivir con esperanza, a tomarnos en serio y con gran responsabilidad nuestra vida. Una vida que decimos es nuestra pero de la que sólo somos administradores de todos esos dones que Dios nos entregó empezando por la vida misma, con todos sus valores, sus cualidades, con tanto con lo que el Señor nos ha enriquecido.
Y este no caer en la cuenta que somos administradores de la vida que Dios nos dio tiene muchas consecuencias, porque a veces nos creemos dueños absolutos que podemos hacer con ella lo que queramos, ya sea nuestra vida o la de los demás, ya sea un anciano o un enfermo terminal o en una criatura en gestación en el seno de su madre, al que pretendemos eliminar desde nuestra sinrazón.
Estemos, pues, vigilantes y preparados, que viene el Señor y al que hemos de recibir con las lámparas encendidas de nuestra fe y nuestro amor. Muchas consecuencias podríamos sacar.

martes, 20 de octubre de 2009

Un derroche de gracia y el don de la salvación

Rom. 5, 12.15.17-19-21
Sal. 39
Lc. 12, 35-38


‘Por el pecado de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte.¡Cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la salvación!’. Hermoso el mensaje que nos ofrece este texto de la carta a los Romanos de la liturgia de este día. Mucha tendría que ser la reflexión que sobre él hagamos y comprometida y seria tendría que ser la respuesta que diéramos.
Misterio del pecado y misterio de la gracia. El pecado que nos llena de muerte. La gracia que nos hace renacer a la vida. ‘Vivirán y reinarán’, nos dice el Apóstol.
‘Por un hombre…’, estamos hablando del principio de la humanidad, de Adán en el paraíso en la primera página de la Biblia, el pecado original que llenó de muerte a toda la humanidad. Es el mal en el que todos nos vemos involucrados. Es la inclinación al mal que sentimos dentro de nosotros mismos como una tentación que nos parece irresistible.
Pero ‘por un hombre, Jesucristo…’ No es un hombre cualquiera porque es el Hijo de Dios hecho hombre, en el Señor y el Mesías de nuestra salvación, por eso decimos Jesucristo, Jesús el Señor, Jesús el Cristo. Nos inunda la gracia. El Apóstol nos habla de derroche de gracia. Si es derroche significa que es sobreabundante. Si es gracia es un don y un regalo que nosotros no merecemos. ‘Derroche de gracia y don de salvación’, regalo que nos justifica y que nos salva.
San Pablo nos dirá más adelante. ‘Si creció el pecado, más desbordante fue la gracia’. Si poderosa es la inclinación al mal, bien lo sabemos cuando somos tentados y parece que nos sentimos sin fuerzas, que es algo irresistible, sin embargo tenemos que decir más fuerte y poderosa es la gracia del Señor que nos salva y nos arranca del mal. Claro que estamos hablando del valor infinito de la muerte de Cristo, que es el Hijo de Dios. ‘Así como reinó el pecado causando la muerte, así también, por Jesucristo nuestro Señor, reinará la gracia causando la salvación y la vida eterna’.
No son necesarias muchas explicaciones para esto que nos dice el Apóstol. Sólo tenemos que ponernos con sinceridad ante ese misterio de gracia de Dios con nosotros. Así es su amor, un amor infinito, un amor que no se acaba ni se agota. Así nos regala El con su vida divina. Misterio maravilloso de la gracia divina.
Si lo consideramos bien, cuánta esperanza se suscita en nuestra alma. Nos vemos desbordados por la gracia de Dios que nos arranca del pecado. Nos podríamos sentir hundidos bajo el peso de nuestros pecados si no tuviéramos esperanza. Pero contemplando todo lo que es ese amor que Dios nos tiene que así nos regala se despierta esa esperanza y ese gozo de la salvación que el Señor nos ofrece.
Sólo nos pide respuesta. Una respuesta en principio que tiene que ser de amor. Una respuesta que nos impulsa a una vida más santa. Lejos de nosotros el pecado, porque en Cristo podemos vencer al mal y a la muerte. Cuánto tenemos que amar. Cómo tenemos que ser agradecidos a tanta gracia que el Señor derrocha en nuestra vida. Si lo consideráramos lo suficientes, qué santos seríamos en nuestra vida.

lunes, 19 de octubre de 2009

La vanidad de las cosas que nos atrapan

Rom. 4, 20-25
Sal.: Lc. 1, 69-75
Lc. 12, 13-21


‘Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos’. Este primer versículo de las Bienaventuranzas que es la mejor antífona que la liturgia nos propone en el aleluya como aclamación al Evangelio que hoy hemos escuchado y ahora comentamos.
Recordamos el evangelio. Alguien la plantea a Jesús que intervenga en un problema de herencia que tiene con su hermano. ‘¿Quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?’, le responde Jesús. Pero aprovecha para darnos una hermosa lección con una sentencia y una parábola. ‘Mirad: Guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’.
¡Cómo se nos apega el corazón a los bienes materiales, a las posesiones que tengamos sean muchas o sean pocas! Os digo sinceramente que este evangelio que estamos comentando a mí me hace pensar mucho, plantearme muchas cosas, de qué me valen o me sirven tantos cachivaches de los que vamos llenando la vida. La vida no depende de los bienes, nos dice Jesús. Pero no terminamos de escucharlo y aceptarlo. Y nos volvemos egoístas, insensibles, insolidarios, duros de corazón. Todo eso que has acumulado, al final, cuando nos llegue la hora de la muerte, ¿de qué nos servirá? ¡Cuánta vanidad en la vida!
Recordemos la parábola que propone Jesús. El hombre que obtiene grandes cosechas, se construye grandes graneros que llena abundantemente con el fruto recogido y piensa que ya lo tiene todo conseguido. ‘Entonces me diré a mí mismo: hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida…’
Porque tenemos los bolsillos llenos, o buena cuenta en el banco, o muchas posesiones, ya pensamos que lo tenemos todo. ¿Habremos olvidado lo principal? ¡Es sólo eso lo que da la verdadera felicidad a la persona? Ya sé que algunos dicen que no lo da pero ayuda, pero ¿lo creeremos de verdad?
No quiero extenderme demasiado, sino que creo que tenemos que pararnos un poco para pensar y reflexionar sobre nuestros apegos y apetencias, nuestra manera de buscar la felicidad o los sueños que tenemos en la vida. Porque tendríamos que preguntarnos quizá, ¿al final somos nosotros los que poseemos las cosas o resultará por el contrario que son las cosas las que nos atrapan a nosotros? Vanidad y nada más que vanidad, que decía el sabio del Antiguo Testamento. Los bienes materiales y las riquezas se esfuman y desaparecen como el humo, porque eso hemos de buscar lo que tenga una consistencia con valor de eternidad.
Da este evangelio para pensar mucho y para orar mucho delante del Señor. Pidámosle que nos de un corazón generoso, desprendido, abierto, solidario. Que sepamos desprendernos de nuestros apegos. Que nunca las cosas nos posean ni nos dominen. Que valoremos más el encuentro con las personas, el amor y la amistad que nos une, la compasión misericordioso que nos hace estar cerca de su corazón con sus sufrimientos y también sus alegrías. Que busquemos el tesoro que tiene duración eterna. Que en verdad seamos siempre ricos para Dios.
‘Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos’.

domingo, 18 de octubre de 2009

Una diaconía de servicio que nos lleva a dar la vida


Is. 53, 10-11;

Sal. 32;

Heb. 4, 14-16;

Mc. 10, 35-45


A todos nos gusta - ¿por qué no reconocerlo? – ser tenidos en cuenta, ser valorados, reconocidos y, podríamos decir, triunfar en la vida. Nos eleva la autoestima. Nos estimula en el desarrollo de nuestras cualidades y valores, para poner en práctica aquello otro que se nos dice, que hemos de hacer fructificar los talentos que Dios nos ha confiado.
Esto que digo no está reñido ni en contradicción que lo que Jesús nos enseña hoy en el Evangelio. Porque lo que nos quiere enseñar Jesús es el evitar que nos llenemos de tales ambiciones que lo que a la larga deseemos es estar por encima de los demás, ser considerados mejores o más importantes, y para lograrlo nos valgamos incluso de malas mañas como puedan ser los codazos o la manipulación de las situaciones o de las personas.
Aquello que decíamos que nos agrada no es porque todo lo hagamos pensando sólo en nosotros o en nuestra ganancia personal. Es que tendríamos que pensar en la repercusión social que tienen nuestros actos, porque somos seres sociales que hemos de vivir en plena y sana convivencia con los demás. Nuestros valores no están sólo en función de nosotros mismos sino que tienen una repercusión en beneficio de los demás. Creo que es el momento de profundizar en el mensaje que hoy nos ofrece el evangelio y toda la Palabra de Dios proclamada, y lo que es el sentido mismo de lo que hoy estamos celebrando, de lo que tiene que ser nuestra celebración cristiana.
Ya hemos escuchado el Evangelio con la petición, las ambiciones y hasta las manipulaciones de los hermanos Zebedeos. Comenzando por esto último, vemos que ellos se estaban valiendo de que eran parientes de Jesús para hacer esta petición y esto les podría dar ‘derecho’ a unas preferencias especiales – eso creían – o a unos puestos especiales en el Reino que Jesús estaba anunciando. Además el otro evangelista que nos relata este mismo hecho habla en el mismo sentido de la madre ambiciosa que hace las peticiones para sus hijos.
¿Sería buena o sería mala la petición que hacen a Jesús? Podríamos pensar muchas cosas. Habían estado con Jesús desde el principio. En el cuarto evangelio vemos que Juan es uno de los que oyeron al Bautista y fueron él y Andrés los primeros que se vinieron con Jesús. Los otros evangelistas nos hablan de la orilla del lago y del paso de Jesús llamando primero a Pedro y Andrés y luego a Santiago y Juan que estaban con su padre repasando las redes después de la pesca. Cómo lo dejaron todo, las redes, la barca, su padre por seguir a Jesús para ser como luego les llamaría ‘pescadores de hombres’. Ser reconocidos por esa prontitud no estaba mal, pero es que ellos pedían otra cosa, tenían otras ambiciones, que provocarían los comentarios y envidias de los demás discípulos. Querían ser los primeros, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Y es aquí donde Cristo quiere enseñarnos. Seguir a Jesús para estar junto a El, muy cerca de El, significaba un bautismo de sangre, un beber el cáliz de la pasión, les viene a decir. Y el aceptar ese bautismo y ese cáliz no se podía quedar en bonitas palabras o buenas intenciones. Eso tenía que traducirse en unas actitudes profundas de dar la vida. Actitudes que tenían que pasar por el servicio incondicional y total hasta llegar a ser capaces de dar la vida. No era cualquier cosa lo que Jesús les planteaba.
Si Jesús les llega a decir que el que quiera ser grande, ‘sea vuestro servidor’, y el que quiera ser primero, ‘sea vuestro esclavo’, es porque el modelo lo tenemos en El. ’El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’.
Como nos dice la carta a los Hebreos ‘se hizo en todo semejante a nosotros menos en el pecado’, pero es ‘el siervo que nos justificará a todos, porque carga con los crímenes de todos’.
Así lo vemos a través de todas las páginas del evangelio. Porque el dar la vida no fue un acto puntual de un momento, no es un hecho aislado, sino la consecuencia de una actitud constante de servicio que envuelve toda su vida como su razón de ser. El que veremos dando su vida en la cruz y muriendo por nosotros, fue el que pasó haciendo el bien, el que compasivo en todo momento ofrece salud y salvación, compasión para aliviar el dolor de los que sufren y perdón para rehabilitarnos de todo pecado y llenar de paz nuestro corazón; será el que nos hable de amor y de servicio, pero al que veremos de rodillas delante de sus discípulos para lavarles los pies.
No seremos ya nosotros como los poderosos que por ser jefes tiranizan a los demás, no como los que se consideran grandes e importantes y por eso oprimen a todos. ‘Vosotros, nada de eso’, nos dice Jesús. Ese no puede ser nuestro estilo. Esa no puede ser nuestra vida. Mucho tendría que hacernos pensar este evangelio para que en verdad vivamos una diaconía de servicio a favor de los hermanos.
Quisiera conectar esta reflexión con la jornada misionera que hoy estamos celebrando en toda la Iglesia. Podríamos decir que la Iglesia misionera es la expresión de esa diaconía de servicio que la Iglesia quiere ser para toda la humanidad. Y el mejor mensaje de servicio que ofrecemos es el anuncio de Jesús, su salvación a todos los hombres, a toda la humanidad. Es el regalo de la fe y del amor que la Iglesia ofrece a todos los hombres. Es el regalo también de la esperanza. Al anunciar a Jesús queremos ofrecer la posibilidad de una nueva humanidad; queremos hacer una nueva humanidad, un hombre nuevo, una civilización nueva, la civilización del amor, como le gustaba decir a Juan Pablo II. Cuánto se va transformando el corazón del hombre y en consecuencia, cuánto se va transformando también nuestra sociedad cuando hacemos un auténtico anuncio de Jesús y de su Evangelio. Hoy se nos recuerda que somos una Iglesia misionera.
Tenemos reciente, del pasado domingo, la canonización de varios testigos que supieron encarnar en su vida el mensaje del evangelio que hoy hemos meditado. Me quiero referir de manera especial al P. Damián de Molokai que todos quizá conocemos más, aunque podríamos referirnos también a los otros santos canonizados. El P. Damián de Veuster se fue con los últimos, se unió a la vida de los últimos y de los que nadie quería, los leprosos de Molokai, hasta morir contagiado de la lepra con ellos y por ellos sin ni siquiera poder salir de la isla para buscar su propia curación. Es el testimonio vivo, el testigo con su vida inmolada del evangelio que hoy hemos escuchado. Supo plasmar en su vida lo que Jesús nos enseña hoy. Creo que nos sobran palabras y comentarios.
¿Aprenderemos a hacernos los últimos y servidores, a inmolar nuestra vida en el amor aunque no seamos reconocidos y valorados?