Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta imaginación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta imaginación. Mostrar todas las entradas

sábado, 25 de noviembre de 2023

Cuestión de fe y cuestión de amor, creer en la vida eterna, es la sorpresa de Dios, no nos queda sino fiarnos de Jesús y de su Palabra, poner todo nuestro amor para una vida sin fin

 


Cuestión de fe y cuestión de amor, creer en la vida eterna, es la sorpresa de Dios, no nos queda sino fiarnos de Jesús y de su Palabra, poner todo nuestro amor para una vida sin fin

1Macabeos 6,1-13; Sal 9; Lucas 20,27-40

Aquellas cosas que no hemos visto, aunque nos describan maravillas de ellas, como no las hemos visto, no lo creemos, o ponemos nuestra imaginación según el concepto que tengamos para de alguna manera intentar ver, imaginar decimos, cómo quizás nos gustaría que fuera. Nos pasa en muchas cosas humanas de nuestras relaciones de los unos con los otros; nos pasa en referencia a los lugares o países que no conocemos, y aunque hoy tenemos muchos más medios para conocer otros lugares aunque no los hayamos visitado sigue pudiendo mucho en nosotros nuestra imaginación o la idea que desde siempre nos hemos forjado.

Y nos sucede en el ámbito de nuestra fe. Podemos, es cierto, llegar a tener una experiencia de Dios en nuestra vida, que es lo que fundamentalmente nos hará creer, nos hará tener fe; está, por supuesto lo que nos han enseñado, cada cual según su propia experiencia fe, siguiendo la tradición y el mensaje de la Iglesia depositaria de esa revelación de Dios, pero tenemos que llegar a nuestra propia vivencia, a nuestra propia experiencia de esa presencia de Dios en nuestra vida que será lo que pondrá fundamento a esa fe y se transformará en nuestra propia experiencia religiosa y en el caso nuestro experiencia cristiana.

Pero aun así nos quedan misterios que resolver. Y en esa búsqueda de Dios y de todo su misterio muchas veces pesa también mucho nuestra imaginación. Jesús continuamente nos habla de vida eterna, siendo así la meta a la que caminamos, pero no siempre vamos a tener claro en que consistirá esa vida eterna. Algo nuevo y distinto que nos ofrece Jesús a quienes creemos en El y en El queremos vivir para siempre. Nos habla de vida y de resurrección para quienes creemos en El. Pero ¿cómo será esa vida eterna? ¿Cómo será esa resurrección?

Y hablamos de resurrección y pensamos en un volver a la misma vida que teníamos; y hablamos de vida eterna y queremos que sea feliz y entonces nos imaginamos todo lo bueno que nos ha hecho felices en esta vida multiplicado por eternidad. Pero vida eterna no es trasplantar para poder volver a vivir lo que ha sido nuestra vida de ahora. ¿En qué consiste esa eternidad? Y algunas veces en nuestra débil fe pensamos que hasta sería algo cansino el estar viviendo lo mismo y de la misma manera, por muy bueno que sea, para siempre, por toda una eternidad.

Entramos en algo misterioso, donde no nos queda sino hacer el obsequio de nuestra fe; y fe es confiarnos en aquel en quien creemos, confiarnos en lo que nos dice aquel en quien hemos puesto nuestra confianza. Y entonces nos dejamos llevar por esa fe, y nos entran esas ansias de trascendencia para nuestra vida para vivir una vida sin fin junto a Dios. ¿No nos ha dicho Jesús que El quiere que nosotros estemos donde está El?

Pero hoy nos dice otra cosa ante lo que le están planteando los judíos. ‘En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección’. Algo nuevo y distinto. Algo que solo podremos disfrutar en Dios. Es cuestión de fe y de amor, creer en Jesús y su palabra para una vida sin fin. ‘No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos’.

Pueden seguir quizá las dudas en nuestro interior, porque somos humanos y solo somos capaces de razonar desde nuestra capacidad, donde también como decíamos ponemos mucha imaginación. Pero nos fiamos, confiamos, ponemos a juego toda nuestra fe, creemos en la Palabra de Jesús que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Será la sorpresa de Dios en su amor infinito para con nosotros.

domingo, 6 de noviembre de 2022

La esperanza de resurrección y de vida eterna marcará el sentido de nuestra vida comprometida con nuestro mundo en la espera de la plenitud en la vida en Dios para siempre

 


La esperanza de resurrección y de vida eterna marcará el sentido de nuestra vida comprometida con nuestro mundo en la espera de la plenitud en la vida en Dios para siempre

2Macabeos 7, 1-2. 9-14; Sal 16; 2Tesalonicenses 2, 16 – 3, 5; Lucas 20, 27-38

Aunque en la sociedad en que vivimos mantenemos una serie de ritos o de prácticas religiosas que de alguna manera están relacionadas con el hecho de la muerte, con un futuro de vida o de muerte, de resurrección y de vida eterna – por las expresiones que incluso seguimos empleando – sin embargo hemos de reconocer que en el fondo hay como una perdida del sentido de la esperanza en un mundo futuro y aunque no lo lleguemos a decir o a expresar de alguna manera ponemos en duda esa vida futuro.

Vivimos más para el presente y si algo queremos o deseamos mejor queremos que sea en el ahora que vivimos y así nos proponemos crearnos un mundo de felicidad total, nos hemos creado unas terminologías que nos hablan de la sociedad del bienestar pero de alguna forma le hemos quitado esa trascendencia espiritual a la vida misma. ¿Cómo llegamos a aplicar a este estilo de vida que queremos vivir eso que se nos habla de esperanza de futuro, de resurrección o de vida eterna? para muchos parece que es algo que no tiene cabida en el presente que vivimos.

Pero ¿nos podemos quedar satisfechos con algo así? En el fondo, aunque no sepamos muchas veces cómo expresarlo, ¿no tenemos deseos de una mayor plenitud para nuestra vida? De alguna manera, ¿no echaremos de menos eso de la esperanza cristiana que nos habla de eternidad, de vida eterna?

Es cierto que en nuestra mente y en nuestra imaginación nos hacemos unas mezcolanzas difíciles de entender. Queremos explicarnos esa vida futura y nos parece que no nos podemos imaginar sino una vida semejante a lo que ahora vivimos pero ya sin ningún tipo de limitación, de sufrimiento, o de mal. No es bueno poner demasiada imaginación en estas cosas, porque nuestra capacidad no nos lleva a imaginar otra cosa que lo que ahora vivimos pero en mejor. Y es aquí donde tenemos que poner en juego nuestra fe y nuestra confianza en las palabras de Jesús.

El nos habla de resurrección y de vida eterna y no nos da opción para esas imaginaciones. En el evangelio que escuchamos en este domingo los saduceos que no creían en la resurrección y en la vida futura vienen a plantearle unas cuestiones a Jesús partiendo de las costumbres o de la ley del levítico que obligaba al hermano del difunto esposo de una viuda a casarse con ella. En el planteamiento que le hacen a Jesús como ejemplo se hablará de siete hermanos que uno tras otro han de irse casando con aquella mujer al quedar viuda y sin descendencia. Es la cuestión que ahora le plantean a Jesús, en esa vida del mundo futuro de quien será esposa aquella mujer.

Y Jesús les dice algo importante que también viene a cortar nuestras imaginaciones cuando pensamos en la vida del mundo futuro después de la resurrección. En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección’. Viene a decirnos que no imaginemos ese mundo futuro casi como una continuidad de lo mismo que ahora en este mundo vivimos. Es una plenitud de vida distinta, es algo nuevo, es algo que nos queda en el misterio de Dios, porque será vivir en Dios.

‘Vendré y os llevaré conmigo, nos dirá en otro momento en la última cena, porque voy a prepararos sitio para que donde yo esté estéis también vosotros’. Si antes nos había dicho que si creemos en El y cumplimos sus mandamientos el Padre y El vendrán a habitar dentro de nosotros, ahora podemos decir cuando hablamos de la vida eterna es que nosotros vamos a habitar en Dios para siempre. ‘El que cree en mi, yo lo resucitaré en el ultimo día’, nos diría también en el diálogo de Betania ante la tumba de Lázaro.

Claro que esa esperanza de resurrección y de vida eterna por otra parte va a marcar el sentido de nuestra vida, de este camino que ahora vamos haciendo. Claro que tenemos que luchar por un mundo mejor, claro que tenemos que esforzarnos para que en este momento presente nos vayamos viendo liberados de todo mal y de todo sufrimiento, claro que tenemos que hacer que la vida sea mejor para todos, es nuestro compromiso, un compromiso desde esa fe y desde esa esperanza, porque ansiamos esa plenitud, porque deseamos lo mejor.

No nos vamos a desentender de este mundo, vamos a luchar ciertamente por hacerlo mejor, y lo hacemos con esperanza, pero no una esperanza que se acaba en el hoy, o de lo que ahora vayamos consiguiendo, sino con esa esperanza de plenitud en la vida eterna. Por eso ni nos amargamos porque ahora no todo lo podamos conseguir, ni nos llenamos de angustia porque un día tengamos que irnos separando de aquellos seres que amamos y que van caminando con nosotros en esta vida.

Sabemos que caminamos hacia la eternidad, sabemos que podemos seguir sintiéndonos en comunión espiritual con aquellos seres que amamos y nos han precedido en la vida, sabemos que un día en Dios nos vamos a encontrar para vivir esa felicidad del cielo, esa felicidad de vivir en Dios para siempre.

martes, 2 de agosto de 2022

Nos falta aprender a estar con Jesús aunque los momentos sean difíciles, aunque no lo veamos con la cara, ni con sueños ni imaginaciones, sino sintiendo la fuerza de su Espíritu

 


Nos falta aprender a estar con Jesús aunque los momentos sean difíciles, aunque no lo veamos con la cara, ni con sueños ni imaginaciones, sino sintiendo la fuerza de su Espíritu

Jeremías 30,1-2.12-15.18-22; Sal 101; Mateo 14,22-36

Hay ocasiones en que nos hacemos nuestros planes, y nos parece que todo va a salir bien tal como nos lo habíamos planeado, pero en un momento determinado por unas circunstancias, que no podemos decir siempre que sean malas, los planes se nos cambian, no podemos hacer aquello tal como lo habíamos planeado y pueden ir surgiéndonos al paso muchas cosas, incluso muy positivas que tenemos que saber aprovechar; nos suele pasar que cuando nuestros planes se nos trastruecan nos ponemos de mal humor porque no conseguimos las metas que habíamos previsto, y no sabemos sacar provecho de lo nuevo que nos acontece que también nos puede llenar de mucha riqueza humana y espiritual; quizás en otro momento podemos retomar aquellos proyectos, y vamos a ver si acaso no nos van a salir de alguna manera enriquecidos.

Siguiendo el hilo del evangelio de estos días, Jesús al enterarse de que a Juan Herodes lo había mandado decapitar había querido irse con los discípulos más cercanos a un lugar apartado; pero las cosas también se le torcieron, allá se encontró con una multitud que lo esperaba, muchos enfermos que curó, la multitud hambrienta a la que tuvo que alimentar. Mucha bendición de Dios se fue repartiendo en aquellos momentos aunque pareciera que salieron otros planes.

Llega el momento en que todo termina, y después de haber multiplicado el pan milagrosamente para toda aquella gente apremia a los discípulos para que se vayan a la otra orilla en barca; mientras El se retira solo a la montaña para orar, apartándose incluso de aquella multitud que allí se había congregado. Había buscado aquellos momentos de paz, y ahora marcha solo a la montaña para orar pasando casi toda la noche en oración.

Mientras los discípulos que van en la barca se ven en una prueba. La barca no avanza, da la impresión que tienen el viento en contra, todo se les está haciendo cuesta arriba, y encima están solos, porque Jesús se quedó en la orilla. Esa prueba de la dureza de la travesía puede ser también para ellos un signo. Algo les faltaba. Les faltaba Jesús, pero era algo más, les faltaba confianza, les faltaba fe para afrontar la dificultad. Lo que al principio cuando venían con Jesús parecía que iban a ser momentos de paz y de descanso todo se trastocó. Y ahora están solos en la dificultad de enfrentarse a aquel lago cuya travesía se les está haciendo dura.  Cuántas veces la travesía se nos hace dura, y también nos encontramos con dificultades, con el viento en contra. Cómo tendría que hacernos pensar.

Como decíamos les faltaba fe para afrontar aquella dificultad, porque ahora hasta les parece ver fantasmas. Algo viene caminando sobre el agua. Se llenan de temor. Cuántos fantasmas nos creamos en nuestra mente cuando estamos pasando por un momento duro, cuantas noches de insomnio donde todo se nos revuelve en la mente y hasta nos parece todo mucho más difícil. Estaban llenos de temor.

Será Jesús el que se les adelante a decirles que no teman porque es El quien viene hasta ellos, pero les cuesta creer. Y como sucede tantas veces allí están, el primero Pedro, pidiendo pruebas. ‘Que yo pueda ir hasta ti caminando sobre el agua también’. Y Jesús le invita a acercarse. Pero Pedro no las tiene todas consigo, y teme aunque intenta caminar, pero ante la más pequeña ola comienza a dudar y a hundirse. Con qué facilidad nos hundimos. Tenemos a Jesús a nuestro lado que pronto nos tenderá la mano, pero nuestro espíritu sigue lleno de dudas y de miedos. Tendremos que aprender a orar y gritarle que nos hundimos para que tienda su mano sobre nosotros y nos salve.

Luego ya podrán decir cuando Jesús está con ellos en la barca, Pedro ha sido rescatado de su hundimiento, y el viento se ha calmado, que realmente era el Hijo de Dios. Pero el paso por la prueba había sido duro. Les faltaba aprender a estar con Jesús aunque no lo vieran con los ojos de la cara. Más tarde terminarán aprendiéndolo sobre todo después de la resurrección, aunque entonces también pasarán por momentos difíciles y delicados, hasta darse cuenta de que Jesús para siempre estaría con ellos, aunque los ojos de la cara no lo vieran, pero la presencia de Jesús ya es otra cosa.

Es lo que nosotros tenemos que vivir, lo que nosotros tenemos que aprender, lo que nosotros tenemos que saber hacer irnos a estar con Jesús, como los que se fueron al monte alto con El, como los que ahora sentían su presencia en la barca, como lo van a sentir después de la venida del Espíritu Santo, como la Iglesia sigue sintiéndolo hoy. No son fantasmas, ni sueños, ni imaginaciones, es la presencia del Espíritu de Jesús que siempre estará con nosotros.

martes, 24 de noviembre de 2020

Nos da mucha esperanza y nos anima saber que, a pesar de los momentos tormentosos, hay muchas personas en nuestro entorno que están haciendo mucho bueno por los demás

 


Nos da mucha esperanza y nos anima saber que, a pesar de los momentos tormentosos, hay muchas personas en nuestro entorno que están haciendo mucho bueno por los demás

Apocalipsis 14,14-19; Sal 95; Lucas 21,5-11

Por supuesto que necesitamos soñar; en nuestros sueños la imaginación se vuelve creativa y desde ahí pueden ir surgiendo las ideas y el pensamiento con el que deseamos un mundo mejor y más lleno de felicidad. Nuestros sueños pueden ir forjando ese mundo mejor cuando pasamos del sueño a la realidad y aunque la realidad muchas veces es más cruda que los sueños sin embargo nos pueden dar la pauta de por donde mejor podemos caminar. Pero bien sabemos que no nos podemos quedar en fuegos fatuos, en sueños en los que no veamos la posibilidad de hacer realidad todo eso que soñamos y que anhelamos. Y ahí está el peligro. Porque también habrá quien alimente esos sueños vanos y sin fundamento y nos hagan creer que todo lo podemos conseguir a la mayor perfección y prontitud.

Y hay en la vida quienes nos alimentan esos sueños vacíos y sin fundamento haciéndonos creer que simplemente desde el poder o el dinero podamos alcanzar ya ese paraíso en la tierra; cuántos nos hablan de una sociedad del bienestar, y no es que no la deseemos y luchemos por un mayor bienestar en la vida, pero si tenemos que discernir muy bien cual es el mejor bienestar para la persona y lo que tendríamos que construir para nuestra sociedad. Cuantas promesas fatuos escuchamos en este sentido que nos encandilan y nos encantan de tal manera que nos parece que ya lo tenemos todo conseguido. Pero quizás no nos hemos preocupado de darle una hondura a la vida, de buscar los verdaderos valores que nos pueden hacer más felices sabiendo también que para luchar por esos valores algunas veces tendremos que hacer caminos difíciles de compromiso y sacrificio.

De esto no nos quieren hablar cuando nos hacen tantas promesas. Luego vendrán los desencantos, las frustraciones, cuando las cosas cambian y parece que el mundo se nos viene abajo. Cuántas angustias y cuánta desesperación cuando vemos que todo aquello con lo que habíamos soñado como una cosa muy fácil ahora a la menor dificultad se nos ha venido abajo como un castillo de naipes. No habíamos puesto quizá aquellos valores que amasasen bien la vida para darle fortaleza y estabilidad. Lo que nos está sucediendo con los momentos que ahora nos ha tocado vivir.

Creo que las palabras que hoy escuchamos a Jesús en el evangelio y más dichas en los momentos y circunstancias que Jesús les anunciaba nos pueden venir bien también a nosotros hoy. Está en el templo rodeado de sus discípulos y de mucha gente. Era un gozo y placer para todo judío encontrarse en el templo de Jerusalén y fácilmente se quedaban también extasiados ante tanta belleza y esplendor con que el templo resplandecía. Estaba, por otra parte, lo que en el orden religioso significaba para ellos el templo de Jerusalén que venía a ser como el centro de toda su vida pues allí se sentían en la morada de Dios.


Y es entonces cuando les dice que todo aquel esplendor que ahora están contemplando un día va a ser destruido. Está anunciándoles proféticamente lo que sucedería años treinta o cuarenta años más tarde con la destrucción de Jerusalén y de su templo. Aquello para el alma de un judío era un mazazo muy fuerte y algo que no se podían creer que les sucediera. Pero Jesús les dice que no pierdan la calma. Y les habla de catástrofes y de guerras, de destrucción y de exterminio… un poco se mezclan en las palabras de Jesús la destrucción del templo pero también los últimos tiempos que era algo que también estaba muy metido en el alma del pueblo judío sobre todo después de los grandes últimos profetas.

Ellos preguntan cuando va a suceder todo esto, pero Jesús sobre ello no da señales, pero si les habla de la serenidad del espíritu que han de mantener en esos tiempos difíciles. ‘No os dejéis engañar’, les dice, porque esos tiempos difíciles son los propicios para anuncios de apariciones y de cosas milagrosas. Bien lo sabemos por la historia y como cada cierto tiempo aparecen esas manifestaciones que llamamos milagrosas. ‘No tengáis pánico’ cuando todas esas cosas vayan sucediendo.

¿No será lo que también necesitamos escuchar hoy? Ante los problemas que se acumulan, la situación no solo sanitaria sino social que estamos viviendo es fácil que nos entren las angustias y los agobios, que perdamos la serenidad. Bien sabemos por otra parte que son momentos muy aprovechados desde diversos intereses que siempre los hay en la sociedad y hay gente que además siembra esa inquietud. Solo con serenidad y paz podemos afrontar la situación, por eso hemos de mantener la esperanza en el corazón, sentir la fuerza del Señor que nunca nos abandonará por muy oscura que nos parezca la noche, y hemos de saber rescatar todos esos valores que nos ayuden a crecer como personas y que dan verdadera fortaleza a nuestro espíritu.

Es el momento de la solidaridad, pero también de la cercanía que hemos de mantener con las personas aunque ahora por la situación parezca que lo que tenemos que hacer es alejarnos, pero hay muchas maneras de poder acercarnos hoy a los demás para que no se sienta tanto la soledad; es el momento del buen ánimo que también dé ilusión y alegría a los que están cerca de nosotros, porque siempre hay cosas hermosas de las que podemos disfrutar, siempre pueden haber buenos gestos que llenan de un perfume nuevo la vida. Miremos que hay muchas personas buenas en nuestro entorno que están queriendo hacer mucho por los demás, y esto nos tiene que dar esperanza y animarnos.

 

martes, 27 de octubre de 2020

Creer en el Reino de Dios y vivirlo no es un simple entretenimiento ni el extraordinario espectáculo que nos va a impresionar de forma asombrosa y momentánea

 


Creer en el Reino de Dios y vivirlo no es un simple entretenimiento ni el extraordinario espectáculo que nos va a impresionar de forma asombrosa y momentánea

Efesios 5, 21-33; Sal 127; Lucas 13, 18-21

Nos gusta lo espectacular. Como ahora cuando vemos una película con efectos extraordinarios y espectaculares como se pueden obtener con los medios digitales y tecnológicos de los que hoy se dispone. Nos llama la atención el espectáculo cuánto más insólito mejor, nos entretiene, nos lleva quizá en nuestra imaginación por caminos insospechados y vamos de asombro en asombro. Pero aunque no siempre se ha tenido esa posibilidad de crear lo espectacular como lo podemos hacer hoy por ejemplo con el cine, cualquier cosa que se saliera de lo normal en todos los tiempos a la gente le apasionaba, aunque hubiera algo de terror y pudiera producir temores y miedos.

En los tiempos de Jesús cuando les hablaba del Reino de Dios que venía a instaurar, de alguna manera la gente que lo escuchaba también estaban esperando cosas espectaculares; quizás las guerras con toda la destrucción que les acarreaban de alguna manera subirán en la mente de los hombres esas ansiedades y deseos que de alguna manera podían estar latiendo en el corazón; y si no, eran los espectáculos que nos podía ofrecer la naturaleza en medio de una tormenta; es por eso que los profetas utilizaron esas imágenes, pero también ahora se emplearían para hablar del sentido o de la forma del final de la historia; recordemos algunas cosas que nos dirá Jesús y que próximamente en el final del año litúrgico vamos a escuchar de nuevo.

¿Sería algo así como se imaginaban que se iba a realizar el Reino de Dios que tanto anunciaba Jesús y que estaba en la esperanza de la llegada del Mesías? No olvidemos que en el concepto del pueblo venía algo así como un guerrero al frente de un ejército liberador de aquellas esclavitudes que vivían bajo la dominación de pueblos extranjeros. En ese sentido eran los diversos movimientos que había entre en el pueblo dispuestos a esas guerrillas liberadoras.

En algún momento le preguntarán a Jesús si era ya llegado el momento de la liberación del pueblo como signo de la constitución del Reino de Dios del que El les hablaba. Ya andaban los discípulos cercanos a Jesús preparándose para conseguir los primeros puestos de poder, como tantas veces hemos reflexionado. Pero Jesús propone hoy dos parábolas que rompen todos esos parámetros que se habían construido en sus mentes, porque no habrá nada más espectacular como sencillo que la imagen de una insignificante semilla sembrada y que nos podría dar una gran arbusto capaz hasta de acoger a los pajarillos para que en él hicieran sus nidos; o les habla también de ese pequeño puñado de levadura, algo tan fino que parece como polvo, que sin embargo es capaz de transformar la masa para darnos buen pan. Y nos dice Jesús, así es el Reino de Dios.

Nosotros también soñamos con una iglesia de cristiandad, triunfante sobre todo y sobre todos, acompañada de los sones de los himnos que más bien en algunas ocasiones parecen guerreros y donde todo parece que tendría que someterse a nuestros pies. Algo de eso nos queda de espectacularidad con la herencia de signos grandiosos que con el arte a través de los tiempos nos han levantado grandes edificios a los que hoy quizá contemplamos vacíos porque no se encuentran los verdaderos adoradores del Padre en espíritu y verdad de lo que nos habla Jesús en el evangelio.

Nos ponemos tristes muchas veces porque ya no podemos hacer esas espectaculares procesiones que más bien podrían parecer los desfiles victoriosos de los generales cuando venían de la guerra y en cuyo honor se levantaban arcos de triunfo que han quedado para la posteridad. No toda la gente está hoy por esas espectacularidades o cuando hay quien las promueve tenemos el peligro de que se desvíen de su verdadero sentido y no sea una auténtica expresión religiosa lo que allí estemos manifestando, y por otra parte ya son cada vez menos los que participan en esos desfiles procesionales.

Nos olvidamos quizás – y ya son varias las veces que empleo la palabra olvido – de esa pequeña semilla que tenemos que sembrar y que tenemos que cultivar, quizá de forma callada y silenciosa, pero haciendo que cada día más y mejor llegue el mensaje del evangelio al corazón de las personas. Ese tendría que ser nuestro esfuerzo como cristianos, como iglesia, donde en un tú a tú con las personas, en unos encuentros personales pero también en los pequeños grupos que se formen en nuestras comunidades vayamos de verdad difundiendo la buena nueva del evangelio.

Que en verdad seamos como esa levadura que nos transforme a nosotros y que ayude a transformar a los que están a nuestro lado y que ese bien de la buena nueva de Jesús, esa verdad del evangelio se vaya difundiendo por sí misma y extendiéndose cada vez más como una mancha de aceite que vaya contagiando todos los corazones. Eso es lo grande en lo que tenemos que soñar, eso es lo verdaderamente espectacular del Reino de Dios.

Creer en Jesús y en el evangelio no es simplemente un entretenimiento ni el espectáculo de algo extraordinario que nos va a impresionar con mucho asombro de forma momentánea. Será, tiene que ser, algo que de verdad nos transforme desde lo más hondo de nosotros mismos. Mucho tendríamos que cambiar los cristianos en esas cosas que se nos han metido en la cabeza.