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viernes, 30 de mayo de 2025

Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos la alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios entusiasmados por contagiar su fe

 


Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos la alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios entusiasmados por contagiar su fe

Hechos 18, 9-18; Salmo 46;  Juan 16, 20-23a

Qué alegría se siente en los reencuentros. En imagen de mi infancia tengo grabadas imágenes de despedidas y de reencuentros que no se borran tan fácilmente. Es la despedida de un familiar, un hermano o el padre, que marchaba para América. En los años cincuenta para los canarios Venezuela era el punto de destino de tantos familiares nuestros que allí tuvieron que emigrar a causa de la pobreza que se vivía en nuestras islas. El acompañar al familiar hasta el muelle para verlo embarcar era la parte triste de la historia; cuando años más tarde aquel familiar regresaba cuánta era la alegría que se vivía en la casa familiar.

Al rememorar todo esto no puedo menos que pensar en la tragedia de los inmigrantes que llegan hoy a nuestras islas, siempre dolorosas y en momento trágicas como lo sucedido ayer mismo en quienes estaban a punto de abordar el mismo muelle que les recibía. Puede parecer ajeno este recuerdo al evangelio que pretendemos comentar, pero va con el ánimo que vivían los discípulos de Jesús en aquellos momentos de la última cena donde escuchamos las palabras que hoy nos ofrece el evangelio. Vaya como recuerdo hecho oración por quienes pasan por esta tragedia de la inmigración o emigración.

Hoy Jesús sigue abundando en esa tristeza por la que han de pasar los discípulos, pero también anuncia una alegría, como les dice, que nadie les podrá arrebatar. ‘Vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’, les dice. Parece que les está adelantando una descripción del regocijo de aquellos que se sentían satisfechos por ver a Jesús clavado en una cruz, pero es también anticipo de lo que será la alegría de la pascua. ‘Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Me evoca aquel momento del encuentro con Jesús en la orilla del lago, que cuando todos llegaron a donde estaba Jesús, nadie le preguntaba nada porque todos sabían bien quién era.

Todo esto me hace pensar en la alegría de la fe que nosotros hemos de vivir, o mejor, en la alegría con que hemos de vivir nuestra fe y ser capaces de mostrarla al mundo que nos rodea. Muchas veces nos falta esa alegría a los cristianos, muchas veces a nuestras celebraciones les falta alegría, con lo que le estamos quitando un matiz importante para que en verdad sea una celebración. Qué lástimas nuestros rostros adustos en nuestras reuniones, muchas veces parece con cara de aburrimiento. Nos falta entusiasmo cuando nos reunimos para celebrar y proclamar nuestra fe. La alegría de los que se sienten amados y engrandecidos por el amor de Dios.

Nos dejamos envolver por un ambiente de pasividad y desgana; vamos por la vida como arrastrándonos y sin entusiasmo; parece que eso de ser cristiano o ser creyente es simplemente una pegatina que nos han puesto, pero no es algo que haya de verdad arraigado en nuestra vida; parece que hiciéramos las cosas por obligación y entonces se nos convierten en una rutina; no llegamos a contagiar, no sabemos trasmitir porque quizás tampoco lo estamos viviendo con toda intensidad dentro de nosotros mismos.

Es un desgaste que es peligroso; es una forma de no darle continuidad a nuestra fe, es el decaimiento que estamos viendo en nuestras comunidades poco entusiastas para los valores cristianos y que nos quedamos en unas fiestas tradicionales pero a las que les falta una verdadera hondura espiritual. ¿Llegaremos un día a despertarnos los cristianos y a vivir la alegría de la fe? Nuestros encuentros cristianos tienen que estar más llenos de alegría.


jueves, 13 de febrero de 2025

Miremos tras los ojos suplicantes toda una historia de sufrimiento detrás y comenzaremos a derramar el amor y la misericordia desde nuestro corazón

 


Miremos tras los ojos suplicantes toda una historia de sufrimiento detrás y comenzaremos a derramar el amor y la misericordia desde nuestro corazón

Génesis 2,18-25; Salmo 127; Marcos 7,24-30

No somos racistas, decimos y lo repetimos muy fuerte y muy claro no sé si en el fondo para justificarnos de algún resabio que nos queda por dentro en algunas actitudes o posturas que podamos mantener en relación a los que nos vienen de fuera. En nuestra tierra con tanta gente que nos llega del exterior, ya sea por turismo o por inmigración, de una forma legal o también de esos que llamamos inmigrantes ilegales porque llegan a nuestras costas en pateras y de muy mala manera, algunas sentimos cosas que se hablan con comparaciones entre el trato que le damos a unos o a otros, ya sea de los que nos dejan su dinero o de los que tenemos que ayudar, que no sé si esos comentarios dejan mucho que desear en referencia lo que primero decíamos en nuestra reflexión. Pero creo que son cosas, palabras y frases que decimos, actitudes o posturas que pueden reflejar algo y tenemos que revisar de alguna manera. ¿Cómo actuar?

Me estoy plateando toda esta reflexión desde el evangelio que hoy escuchamos y que no sé si siempre sabemos darle una buena interpretación. Jesús está fuera del territorio de Israel, o de aquellos lugares donde más se habían asentado los israelitas; está ya en territorio de Fenicia donde ya no todos son judíos sino que hay muchos cananeos, de aquellos que allí estaban asentados cuando llegaron los judíos desde su peregrinar por el desierto en su liberación de Egipto.

Jesús intenta pasar desapercibido. Su misión, como misión divina, que tenía su carácter universal porque para todos era la salvación que venía ofreciéndonos, sin embargo estaba reducida al territorio de Israel. Pero la misericordia de Dios de la que venía a ser signo en medio de nosotros estaba presente en su corazón. Nos cuesta entender algunas veces que Jesús no quisiera escuchar a aquella mujer cananea que suplicaba por su hija enferma, pero su corazón estaba abierto porque con ella entra en diálogo. Y esto es un punto importante. Hay expresiones que nos resultan duras como el hablar de perros, pero tenemos que entender el lenguaje que utilizaban los judíos para  hacer referencia a quienes no fueran de su raza o su religión. Y de aquel diálogo surgirá el milagro del amor porque la fe de aquella mujer era sincera, como hará luego notar Jesús. ‘Por eso que has dicho, ya el demonio salió de tu hija’, le dirá.

Nos surgen también en ocasiones, influenciados por el ambiente o por lo que escuchamos expresiones o sentimientos que pudieran poner en duda la calidad de nuestro amor. Quizás muchas veces nos encerramos en nuestros criterios, ponemos por delante lo que nos parece que pudieran ser nuestros intereses, y surgen así esas actitudes o esas palabras negativas que podamos emplear. Pero ¿no necesitaremos, como lo hizo Jesús, entrar en diálogo con aquellos que nos puedan parecer diferentes para descubrir por ejemplo lo duro del sufrimiento por el que están pasando, o los buenos sentimientos que ellos también pueden tener?

¿Qué sabemos que hay detrás de esas personas, de esas manos tendidas en búsqueda de ayuda? ¿Qué conocemos de sus historias o del sufrimiento que sido su recorrido para llegar hasta donde ahora están? Cuando conocemos de verdad al que está delante de nosotros quizás tendiéndonos su mano o con unos ojos suplicantes podrían cambiar nuestras actitudes y nuestras posturas. No podemos encerrarnos en nuestros propios criterios o en nuestros prejuicios; los prejuicios sabemos que siempre los realizamos cuando no tenemos un conocimiento de verdad de la realidad. Sólo así podrá surgir el milagro del amor que primero que nada tiene que realizarse en nuestros corazones. Solo así podremos ser signos en verdad de ese amor de Dios que tenemos que ser en medio del mundo.

También esas personas tienen derechos a esas migajas de amor que han de desprenderse de la mesa de nuestra vida. Es algo más que una migaja lo que tiene que salir de nuestra vida cuando en verdad nos sentimos envueltos por el amor y la misericordia del Señor. Tenemos que ser verdaderos señales con nuestra vida, con nuestras actitudes, con lo que hacemos de lo que es el amor de Dios.

lunes, 24 de octubre de 2022

Nos hace falta madurar más nuestro amor, nos hace falta madurar más nuestra relación con Jesús, nos hace falta madurar más el evangelio en nuestra vida

 


Nos hace falta madurar más nuestro amor, nos hace falta madurar más nuestra relación con Jesús, nos hace falta madurar más el evangelio en nuestra vida

Efesios 4, 32 — 5, 8; Sal 1; Lucas 13, 10-17

‘Hay seis días para trabajar; venid, pues, a que os curen en esos días y no en sábado…’ era la argumentación que ponía el jefe de la sinagoga ante la situación embarazosa que se había producido. Es más, en este caso, nadie había pedido nada. Estaban el sábado en la sinagoga como era costumbre y es Jesús el que se adelante cuando ve a aquella mujer enferma, encorvada sin poderse enderezar, allí en medio de la gente. ‘Mujer, quedas libre de tu enfermedad’, le dice Jesús cuando la llama.

Que vengan otro día a curarse, que bastantes días tiene la semana. No es tan lejano de muchas cosas que suceden, siguen sucediendo hoy. También tenemos unos horarios, pero eso sería lo de menos si no fueran otros límites que también seguimos poniendo. Un larvado racismo que algunas veces nos aparece aunque queramos disimularlo de muy buenas intenciones. Esos emigrantes que les quitan trabajo a los que aquí no tienen trabajo, decimos en ocasiones; esas ayudas que se reparten mientras los de aquí no tienen donde caerse muertos, y ponemos cara de tragedia, pero no vemos cuales son los trabajos y las condiciones de trabajo que les imponemos a muchos de esos emigrantes.

Y la gente discute por estas cosas con mucha pasión que algunas veces ciega. Pero vamos poniendo etiquetas, y vamos creando principios, y queríamos poner no se cuentas condiciones, y cargamos con el sambenito de maleantes simplemente porque vienen de otro país, y pasamos de largo cuando nos tienen la mano a nuestro paso por la calle o incluso en la puerta de nuestras iglesias. Claro que podríamos pensar también en otras situaciones, porque desde muchos aspectos y conceptos seguimos discriminando a muchos que están en nuestro entorno.

¿Habremos pensado alguna vez en el drama que hay detrás de ese rostro? ¿Seremos conscientes del sufrimiento que puede haber en ese corazón? Si junto a ti estando caído en la calle pasaran de largo sin ni siquiera mirarte, ¿cómo te sentirías? ¿Qué es lo que pensarías? ¿Nos habremos atrevido alguna vez a acercarnos a alguna de esas personas para preguntarle qué es lo que necesita?

Te digo una cosa, eso cuesta. No siempre nos sentimos fuertes para acercarnos a una persona y preguntarle cual es su problema o en qué podemos ayudarle. Aparecen nuestros miedos, nuestros temores, qué nos va a responder, por qué tengo que interesarme por esa persona, y si no soy capaz de hacer nada estaré creando falsas esperanzas… muchas cosas que nos pueden dar vueltas en nuestra cabeza y en nuestro interior. Nuestro miedo quizás a sentirnos comprometidos. El no saber hasta dónde podemos llegar. Y no son disculpas que estoy poniendo ante esa pasividad que muchas veces nos envuelve, pero es nuestra realidad, nuestra débil realidad.

Yo soy el primero que soy débil, que me siento débil; que reconozco que muchas veces soy cobarde. Al  hacer esta reflexión que os ofrezco siento que soy el primero que me siento recriminado por la Palabra de Dios que a mi me está haciendo también muchas preguntas.

No terminado nosotros aun de sentirnos cogidos y envueltos por el amor de Dios. Nos hace falta madurar más nuestro amor; nos hace falta madurar más nuestra relación con Jesús; nos hace falta madurar más el evangelio en nuestra vida, para que casi como de forma espontánea surjan esos gestos comprometidos de amor.

jueves, 11 de febrero de 2021

Nos pide Jesús un corazón nuevo, unas nuevas actitudes, una forma distinta de actuar donde han de resplandecer los valores del evangelio y del Reino de Dios

 


Nos pide Jesús un corazón nuevo, unas nuevas actitudes, una forma distinta de actuar donde han de resplandecer los valores del evangelio y del Reino de Dios

Génesis 2,18-25; Sal 127; Marcos 7,24-30

Con la lectura de este evangelio, con el episodio de la cananea, que tantas veces, al menos en alguna de sus partes, tan difícil se nos ha hecho para interpretar he traído a la memoria una situaciones que ahora estamos viviendo en Europa, ahora mismo en nuestra tierra canaria, y en tantos lugares del mundo y que de alguna manera en este mismo evangelio podemos encontrar luz para hacer una lectura digna.


Algunos con excesivo dramatismo están ya diciendo que estamos viviendo una invasión, en nuestro caso canario, de africanos; en sus pateras o en los pobres medios de los que disponen se lanzan al mar a la aventura de llegar a nuestras tierras con su sueño de ir a Europa. Y ya nos van apareciendo los problemas, porque como dicen algunos se sienten invadidos, realmente la acogida que se les da no termina de ser todo lo humana que tendría que ser, porque algunas veces nos cuesta comprender los dramas que hay detrás en esas familias que han dejado en sus tierras, en la pobreza de sus vidas tan angustiosa que se lanzan al mar buscando una salida y un nuevo sol para sus vidas.

Y el problema lo encontramos en la reacción que por parte de nuestras gentes se tiene ante esta situación, que nos vuelve egoístas e insolidarios, que termina haciendo de nosotros unos racistas, en unas discriminaciones y encerronas nada humanas para estas personas, en los juicios de valor que nos hacemos cuando algunos piensan que les vienen a robar sus trabajos y sus medios de vida, en los casi apartheid en que queremos convertir los campamentos que se han levantado de acogida no siempre en las mejores condiciones.

Yo a mi gente canaria les recordaría que inmigrantes hemos sido nosotros y pocas son las familias canarias que en distintos momentos de nuestra historia algunos de sus miembros tuvieron que emigrar, en nuestro caso canario sobre todo a América, en condiciones muchas veces muy deshumanizante. Se suele decir, en el camino nos encontramos, pero es que tendríamos que decir que  ya hicimos nosotros ese camino, porque emigrantes fuimos o nuestros padres y no lo olvidemos.

 ¿Cómo tendríamos que reaccionar hoy? Nos decimos tan avanzados en muchas cosas pero algunas veces nos faltan grados de humanidad, y todavía seguimos fijándonos en el color de la piel o en el lugar de donde proceden quienes llegan a nuestro lado. ¿No estaremos diciendo de alguna manera y con mucha crueldad que el pan de los hijos no se lo queremos dejar comer a los perritos?

Ya sé que esa es la frase que nos duele en este pasaje del evangelio, pero pensemos si acaso nuestras actitudes insolidarias y hasta racista en ocasiones no son peores que aquella frase que dice Jesús como para poner a prueba la fe de aquella mujer. Aunque pareciera en principio que Jesús la evitara sin embargo estaba hablando con aquella mujer, algo había en su mirada y en las actitudes de su acogida que aquella mujer descubría lo que era en verdad el corazón de Jesús para insistir con toda confianza en que iba a ser escuchada.

Ya sé que muchas veces nos hacemos explicaciones sobre que esa era la manera de tratar los judíos a los que no fueran de su raza, pero Jesús quiere venir cambiando nuestros corazones y cambiando la manera en que hemos de saber acoger siempre a los demás. Nos pide Jesús un corazón nuevo, unas nuevas actitudes, una forma distinta de actuar y pudiera ser hasta escandaloso que en unos lugares donde decimos que somos cristianos y seguidores de Jesús nuestras actitudes con el inmigrante, ya sea africano o latinoamericano, ya sea del este de Europa o ya venga de los más lejanos lugares tendrían que ser totalmente distintas.

¿Dónde está el corazón nuevo del que se dice seguidor de Jesús? ¿Dónde están esos valores del evangelio que en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en nuestra manera de actuar tendrían que resplandecer? Empeñados tendríamos que estar para que entre todos encontremos soluciones a estos problemas en lugar de estar peleándonos desde unos intereses partidistas como tantas veces vemos a nuestros dirigentes. Pero no olvidemos que eso es tarea de todos, de nosotros también.


domingo, 9 de septiembre de 2018

Tenemos que aprender a despojarnos de miedos y desconfianzas para acercarnos con el Espíritu de Jesús a cuantos tenemos en las periferias de la vida y no queremos ver


Tenemos que aprender a despojarnos de miedos y desconfianzas para acercarnos con el Espíritu de Jesús a cuantos tenemos en las periferias de la vida y no queremos ver

Isaías 35, 4-7ª; Sal. 145; Santiago 2, 1-5; Marcos 7, 31-37
Confieso que hay ocasiones en que me siento un poco perplejo y me pregunto cuales son nuestros valores o por donde llevamos nuestro mundo y nuestra sociedad. Se proclaman fácilmente valores humanos, hablamos de derechos y de libertades, pareciera que entramos en una honda, por decirlo de alguna manera, de respeto y de valoración de las personas, nos encontramos grupos muy sensibilizados en estas cuestiones, pero al mismo tiempo parece que cuando nos tocan nuestros intereses – y aquí en lo de intereses pueden caber muchas cosas – reaccionamos olvidando mucho de lo dicho, nos aparecen resabios de insolidaridad y de orgullos y hasta comenzamos a querer cerrar fronteras poniendo todo tipo de dificultades.
En nuestro mundo occidental, en nuestro entorno del Mediterráneo se están viviendo, es cierto situaciones difíciles, alarmantes incluso donde está apareciendo tanta miseria en nuestra humanidad, aunque también en otras zonas de nuestro mundo – pensemos en América latina - se viven situaciones similares.
El fenómeno emigratorio está en momentos de mucha intensidad, es algo candente, bien nos duele escuchar noticias de cuantas vidas se pierden queriendo atravesar el Mediterráneo en búsqueda de una vida mejor en Europa, y aun así siguen llegando a nuestras costas miles y miles de personas que llamamos ilegales por aquello de los papeles, y en nuestras ciudades es normal encontrarnos con personas procedentes de otros lugares, y no ya por turismo.
Afloran sentimientos de humanidad, es cierto, aunque bien sabemos de tantas reticencias en muchos ambientes y hasta del miedo que nos quieren meter algunos por esta invasión de personas de otros lugares.
Y es ahí en donde en cierto modo me quedo perplejo, en una cultura como la nuestra, en unas raíces cristianas como tiene nuestra sociedad, en un recuerdo que tendríamos que hacer de cuando nuestros padres o nuestros vecinos y en tiempos no tan lejanos también tuvieron que emigrar – emigraciones interiores de un lugar a otro del mismo país o emigraciones hacia fuera -  buscando una mejor vida. ¿Por qué reaccionamos así con tantas reticencias y miedos en tantas ocasiones? ¿Por qué esas desconfianzas?
Con este fondo quiero hacer hoy la lectura del evangelio que se nos ofrece en este domingo. Se nos habla que Jesús venía de la Fenicia pagana, de Tiro y de Sidón en cuyas cercanías había andado, y ahora caminaba por la Decápolis medio adentrándose en lo que hoy seria Siria o norte de Jordania que era una región pagana. Ya sabemos cuales eran las actitudes que los judíos tenían hacia lo gentiles con los que no querían ni mezclarse.
Y es por ahí, por esas regiones periféricas por donde ahora camina Jesús y hasta le veremos hacer milagros. Allí cura a aquel sordomudo con todos aquellos gestos que realiza que son bien significativos. No se queda Jesús solo con las ovejas de Israel sino que le estamos viendo ir en búsqueda de otras ovejas, aunque sea en aquellos lugares que los judíos consideraban malditos.
Es todo un signo que nos quiere manifestar Jesús. un signo que hemos de saber leer en esas situaciones que antes mencionábamos y también escuchar desde lo que nos dice el Papa de que no nos podemos quedar encerrados solo en los que consideramos nuestros sino que hemos de saber salir a las periferias. Pienso en el momento en que se quiere estar viviendo en nuestra Diócesis, donde estamos hablando de una Iglesia en salida.
¿Somos en verdad esa Iglesia en salida? ¿A dónde estamos yendo? Podemos seguir pensando en mundos lejanos, podemos seguir pensando en misiones en lugares de los infieles en lenguaje que tanto hemos utilizado, pero, ¿dónde están esas periferias? Creo que tendríamos que darnos cuenta que no tenemos que ir muy lejos. Y podemos pensar en las bolsas de pobreza que nos rodean con tantos y tantos que vamos marginando de nuestra sociedad con tantas desconfianzas con las que llenamos nuestro corazón, pero ¿no podemos pensar también en esa situación difícil que decíamos antes que estamos viviendo, y entonces comenzar a mirar y ver a todos esos que nos llegan? Sí, comencemos a mirar y a ver. Porque ni miramos ni queremos ver.
Jesús no solo caminaba por aquella región sino que se acercó allí donde estaba el sufrimiento de aquella gente. Es significativo el encuentro con aquel sordomudo. Le piden que le imponga las manos, pero Jesús se lo lleva aparte; es como entrar en una comunicación distinta. Jesús le impone las manos, pero toca los sentidos discapacitados, porque así quiere llegar Jesús hasta la persona, es como una relación interpersonal; le mete los dedos en los oídos, le toca con la saliva la lengua. Y allí está la acción de Dios, mirando al cielo suspiró y le dijo ‘Effetá (ábrete)’ y se les abrieron los oídos y se le soltó la lengua.
Unos gestos de Jesús de cercanía, de contar con la persona, de hacer sentir con su mano el calor de la vida y del amor. Y vemos a los que se nos acercan y quizás terminamos desviando la mirada; y sentimos la presencia de alguien que nos parece distinto y tratamos de acomodarnos bien como si tuviéramos miedo de acercarnos; queremos quizás responder al saludo que nos hacen y no nos salen las palabras y nos quedamos solo en una inclinación de la cabeza; y quizá conmovido nuestro corazón queremos compartir algo con quien nos mira o nos tiende la mano y simplemente lo depositamos en la cesta que está a los pies como si temiéramos tocarle con nuestra mano. Cuántos gestos tenemos que revisar, cuantos miedos y desconfianzas tenemos que quitar, cuantas formar nuevas tenemos que realizar.
Y estoy reflexionando y compartiendo todo esto que me dice hoy el evangelio y aun sigo en mi perplejidad. Pero no es por los otros, es por mi mismo, porque aunque quiero escuchar todo esto en mi corazón, todavía sigo reticente porque no termino de dar los pasos que tendría que dar, todavía quizás siguen aflorando en mi interior mis cobardías y mi indecisión.
Pido al Señor que me ayude a transformar mi corazón, que toque mis oídos para que oiga bien, que toque mis labios y mi lengua para que comience a relacionarme de forma distinta, que toque mis manos y mis pies para que se suelten de mis miedos y vaya al encuentro del otro sea quien sea; que sienta yo el calor del amor de Dios en mi vida, pero que sepa llevar ese calor del amor a cuantos me rodean.

lunes, 1 de enero de 2018

María, que nos presenta siempre a Jesús en sus brazos, nos enseña que felicitarnos por un año que comienza ha de significar comprometernos a trabajar por un mundo nuevo de paz

María, que nos presenta siempre a Jesús en sus brazos, nos enseña que felicitarnos por un año que comienza ha de significar comprometernos a trabajar por un mundo nuevo de paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7;  Lucas 2, 16-21

‘Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción’. Alguien ha dicho que esta es la versión o la descripción que nos hace san Pablo del misterio de la Encarnación de Dios y de la Navidad. Ahí está condensado, podríamos decir, todo el misterio salvífico de Dios por el que ha querido hacerse hombre para ser nuestro Salvador. No nos suele hacer san Pablo en sus cartas descripciones de los distintos momentos de la vida de Jesús; eso se  nos trasmite en los evangelios; san Pablo hará una profundización teológica para expresarnos como Cristo nos ha liberado de nuestros pecados y la vida que como hombre nuevo nosotros hemos de vivir en la libertad de los hijos de Dios.
Cuando estamos en la octava de la celebración de la Navidad bien nos viene escuchar este texto de la carta de san Pablo a los Gálatas. Y ahí estamos contemplando el lugar que Dios ha dado a María en este misterio de salvación. ‘Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer…’ nos dice. Es el lugar de María, la Madre de Jesús, la Madre de Dios que se ha encarnado en sus entrañas para nacer siendo Dios y hombre verdadero. Pero será el lugar que María seguirá ocupando en toda la historia de nuestra salvación, para ser la Madre que nos señale a Jesús, nos enseñe a conocer a Jesús, nos lleve hasta Jesús que hacernos participes de la salvación que en Jesús hemos obtenido.
Por eso la Iglesia hoy quiere confesar y proclamar que María verdaderamente es la Madre de Dios. Los evangelios, en esos breves retazos que nos dan de la infancia de Jesús, siempre nos presentarán a Jesús al lado de María. Es el lugar de la Madre. Es lo que hoy escuchamos cuando se nos describe que los pastores tras el anuncio del ángel corren a la ciudad de David y allí se encontrarán a Jesús envuelto en pañales y al lado de María. De la misma manera, como escucharemos en la Epifanía del Señor dentro de unos días, los Magos de Oriente cuando llegan a Belén así se van a encontrar a Jesús en brazos de María.
María que nos presenta a Jesús, nos ofrece a Jesús. Es la función de la madre. Cuando ya Jesús inicie su vida pública aparecerá María para decirnos en las bodas de Caná que hagamos lo que Jesús nos diga; luego la contemplaremos como un ejemplo para nosotros buscando a Jesús, y El nos dirá de María que es la que ha escuchado la Palabra de Dios y la ha plantado en su corazón, la ha puesto en practica. Como María, la que guardaba en su corazón todo el misterio de Dios que ante sus ojos se realizaba, Jesús nos dirá que nosotros seremos igualmente dichosos, como María, si plantamos la Palabra de Dios en nuestro corazón para hacerla vida en nosotros.
Hoy contemplando el misterio de la Navidad no nos cansamos de contemplar a María. Con ella  nos gozamos y la festejamos, la felicitamos por ser la Madre, la Madre de Dios que va a convertirse también en nuestra Madre. Hoy queremos aprender de María a estar junto a Jesús. En silencio, como lo hizo ella, contemplando todo ese misterio de amor que para nosotros va a ser la salvación. Contemplamos a María y con ella aprendemos a escuchar a Jesús, a llenarnos de Jesús, a vivir la vida de Jesús. Contemplamos a María y con María nosotros también queremos exultar de gozo en nuestro corazón porque a través de ella también quiere realizar en nosotros cosas grandes.
Contemplar a María y sentir su amor de madre en nosotros nos impulsa también a caminos nuevos, a caminos de amor, de servicio, de búsqueda del bien, de construcción de un mundo nuevo en el que brille esa nueva civilización del amor. Y es que la celebración del todo el misterio de Cristo que hacemos en estos días, y hoy en especial de mano de María, nos compromete.
Ya lo hemos reflexionado que si queremos en verdad vivir Navidad en nosotros tiene que comenzar algo nuevo. Hoy es una jornada especial de la paz. Cuando estos días nos estamos deseando tantas cosas buenas, cuando en este principio de año todos nos felicitamos y deseamos lo mejor para el año que comienza, algo que tenemos que desear de verdad es la paz para nuestro mundo. Decimos feliz año nuevo y eso tendrá que significar algo mas palabras formales que nos decimos todos unos a otros. Tenemos que querer un mundo en paz, tenemos que sentirnos comprometidos con la paz.
No es solo desear que se acaben tantas guerras violentas que sigue habiendo en tantas partes del mundo, sino que buscar la paz es querer que todos podamos vivir con dignidad, que entre todos haya entendimiento, que quitemos esos presupuestos que ponemos tantas veces hasta casi sin darnos cuenta que nos llevan al sufrimiento de tantos.
Hoy el Papa en su mensaje nos hace pensar en tantos que por diferentes motivos y en mucho de ellos violentos tienen que dejar su tierra, su casa, sus familias, el lugar donde han habitado siempre para buscarse una vida mejor en otro lugar; emigrantes, desplazados, refugiados, personas que muchas veces tienen que huir de sus lugares a causa de la miseria, la pobreza, el hambre, la guerra, las discriminaciones raciales y tantas y tantas cosas que causan terribles sufrimientos.
No nos podemos cruzar de brazos ante esas situaciones, no podemos mirarlas con cierta suspicacia porque vengan a nuestras tierras con otras costumbres y necesidades y pueda parecer que nos van a quitar lo nuestro, no podemos encerrarnos en nuestros egoísmos y nuestros miedos; en nuestro corazón tenemos que sentir el dolor de tantos que sienten también como su corazón se desgarra cuanto tienen que dejar atrás sus lugares de origen y hasta sus familiares; tenemos que saber hacer nuestras tantas inquietudes e incertidumbres de quien se pone en camino y no sabe a donde va ni lo que va a encontrar.
Hacer nuestros esos sentimientos, esos sufrimientos, comenzar a pensar en ello es también trabajar por la paz, porque no podremos quedarnos insensibles. En el  nombre del amor que guía nuestras vidas y que contemplamos en el misterio del nacimiento de Jesús no podremos cruzarnos de brazos sino que tendremos que poner manos a la obra.
Que el Señor nos ilumine, vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz, como diremos en la bendición; que el Señor vuelva su rostro sobre nuestro mundo y nos inspire cuanto tenemos que hacer. Que María, la Madre de Dios y nuestra Madre, la Reina y Madre de la paz camine a nuestro lado enseñándonos a caminar esos caminos nuevos del amor y de la paz.