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domingo, 4 de mayo de 2025

Tenemos que dejarnos examinar del amor por Jesús porque solo en esa sintonía del amor seremos capaces de reconocerle y sentirle vivo y resucitado en nosotros

 


Tenemos que dejarnos examinar del amor por Jesús porque solo en esa sintonía del amor seremos capaces de reconocerle y sentirle vivo y resucitado en nosotros

Hechos 5, 27b-32. 40b-41; Salmo 29; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19

Qué reconfortante cuando en el desarrollo de nuestras tareas y responsabilidades no nos sentimos solos; tendremos que realizar nuestras tareas de forma personal y en algunas ocasiones parece que nos tenemos que valer por nosotros mismos, pues en ese momento cada uno está en su tarea, pero cuando en ese camino de la vida nos sentimos queridos y valorados, podemos pensar en nuestra familia, podemos pensar en los amigos, podemos pensar en la valoración que nos hacen de nosotros mismos aquellas personas que nos han confiado esa tarea, interiormente nos sentimos reconfortados, intuimos la presencia de esas personas que nos quieren o nos valoran y sabemos que nos están dando su apoyo. Tener esa experiencia interior nos reconforta y nos da fuerza, nos impulsa y nos hace sentir un gozo interior que no tenemos palabras para expresarlo.

Es cosa de pensar en esto de manera en especial en estos días en que seguimos celebrando la pascua y en el evangelio vemos esas diversas manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos, como es el texto que hoy se nos ofrece. Habitualmente empleamos la palabra ‘apariciones’ como si fuera que Jesús está en otra parte y en un momento determinado viene y se nos hace presente. 

Pero la experiencia del resucitado es mucho más que eso, es algo mucho más hondo, porque confesar que Cristo ha resucitado es confesar que Cristo vive, pero vive no en un sitio como etéreo y apartado, sino que sentir que Cristo vive es sentir que Cristo está en nuestra vida, que Cristo está siempre presente en nosotros y con nosotros. Por eso he empleado mejor esa palabra manifestación, El está pero en momentos determinados se nos manifiesta de forma más clara.

Cristo está con nosotros en ese camino de nuestra vida, en cada momento y en cada situación, no siempre quizás sabemos descubrirlo y sentirlo, pero El nos dijo que estaría con nosotros siempre, hasta el final de los tiempos. En aquel irse de pesca el grupo de los apóstoles aquella noche en el lago de Tiberíades estaba Jesús; en la penumbra de la orilla solo parece estar alguien que está interesado por la pesca y si han cogido o no cogido pescado. 

Pero es Jesús que está allí, y cuando se dejan conducir, cuando en verdad escuchan su voz podrán tener una pesca hermosa. Es lo que comienza a reconocer aquel discípulo amado, ‘¡es el Señor!’ le dice a Pedro, y ahora será Pedro el que quiere estar con Jesús, el que va a vivir esa experiencia profunda de su encuentro con Jesús.

Será por los caminos del amor por donde podrán sentir de verdad la presencia de Jesús en sus vidas; primero el discípulo amado, luego Pedro respondiendo a aquella triple pregunta de Jesús de si lo amaba, si había amor en su vida. Y Pedro sentirá de verdad que Jesús está en su vida, a pesar de sus pasadas dudas y de sus negaciones. Jesús sigue contando con El, porque en Pedro hay amor.

¿Será la sintonía que nosotros tenemos que despertar y oír en el corazón? Cuando despertemos a esa sintonía nuestro camino será distinto porque ya nunca nos vamos a sentir solos; pueden venir las dificultades y las tentaciones, pueden aparecer dudas en nuestro corazón porque eso forma parte de nuestra vida, podremos encontrarnos un mundo en contra que no querrá que nosotros proclamemos el nombre de Jesús, podremos sentirnos débiles algunas veces porque nos parece que la tarea es inmensa y no vamos a ser capaces de realizarla, pero por encima de todo eso, más allá de todo eso tenemos la certeza de que Jesús está en nosotros. ‘Tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres’, diremos como los apóstoles ante el Sanedrín. Pero tenemos que dejarnos examinar de amor por Jesús y Jesús se manifestará claramente en nuestra vida.

Quiero pensar y decir también una palabra en este momento que estamos viviendo en la Iglesia con la próxima elección de un nuevo Papa. Me gustaría imaginar que los Cardenales encargados de su elección pudieran estar sintiendo también en su interior este mismo examen de amor, del que nos habla hoy el evangelio. Es inmensa la responsabilidad ante Dios y ante la Iglesia que tienen en sus manos en estos momentos.

Ellos, no queriendo dejarse influir por ningún tipo de presión que desde todas partes reciben donde cada uno da un perfil del Papa que deben elegir, tendrán que estar diciéndose en su corazón ‘tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres’. Escucharán, es cierto, el gemido del pueblo de Dios, pero al mismo tiempo están escuchando esa Palabra de Jesús y no solo quien en su momento sea el elegido del Señor sino todos para poder dejarse guiar por la acción del Espíritu Santo escucharán en sus corazones ‘¿me amas?... ¿me amas más que estos?’ Porque es una forma de sentir que Cristo resucitado con la fuerza de su Espíritu está en ellos.

Es la actitud de fe y de esperanza que tiene que anidar en nuestros corazones en este momento de la Iglesia y lo que ha de guiar nuestra oración. Es el amor que hemos de poner en nuestra vida para que cual discípulo amado también decir ‘es el Señor’.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Caminemos con Jesús de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, proclamando a anunciando la Buena Nueva del Reino que tanto necesita hoy nuestro mundo

 


Caminemos con Jesús de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, proclamando a anunciando la Buena Nueva del Reino que tanto necesita hoy nuestro mundo

1Corintios 15, 12-20; Sal 16; Lucas 8, 1-3

‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios’. Así nos dice hoy el evangelio. Y es una imagen que grabamos fácilmente en nuestra imaginación y que casi contemplamos con gran realismo como si nosotros hubiéramos ido también insertos en aquella comitiva. Ya lo había dicho Jesús que tenía que salir también por otros lugares, no podía quedarse en Cafarnaún en las orillas del Tiberíades.

En distintos momentos del evangelio contemplamos esa comitiva, unas veces solo los discípulos más cercanos, en ocasiones gentes que se les iban agregando a su paso por los pueblos, había gente que se ofrecía para formar parte del grupo aunque Jesús les pusiera sus condiciones, o como en esta ocasión también le acompañaban algunas mujeres que o bien se habían visto liberadas del mal por el poder de Jesús o quienes en su generosidad incluso aportaban sus bienes para las necesidades del grupo.

En ocasiones atravesaban en barca el lago para llegar con mayor prontitud a los lugares más distantes, o se dirigían incluso al otro lado del lago a la región de los gerasenos. Le contemplamos en la alta Galilea ya en los límites con las ciudades fenicias donde incluso una mujer arrancará de Jesús la curación de su hija, o irán cercanos incluso a las fuentes del Jordán, en la región donde se había levantado en honor del Cesar la ciudad de Cesarea de Filipo, lugar de hermosas confesiones de Simón y de promesas de Jesús.

Igualmente le veremos atravesar Samaria, o  bajar por el valle del Jordán atravesando Jericó para dirigirse a Jerusalén. En Judea lo contemplaremos en Jericó como hemos mencionado o en las poblaciones cercanas a Jerusalén por donde solían atravesar las caravanas venidas de Galilea por el Valle del Jordán siendo Betania una de las más mencionadas como lugar de paso de Jesús. La ciudad santa será escenario en repetidas fiestas de la presencia, de la Palabra y de los signos de Jesús, el ciego de Nacimiento enviado a Siloé, o el paralítico de la piscina de las ovejas que serán los más destacados.

Al hilo de lo que nos ha dicho hoy el evangelio he querido recordar aunque no de forma exhaustiva algunos de esos recorridos que Jesús hacía por los pueblos y ciudades anunciando el Reino, proclamando la Palabra de Dios. De Galilea podríamos mencionar Nazaret, su pueblo, o la vecina Caná de Galilea de donde procedía alguno de los apóstoles, Betsaida la patria de Andrés y Simón Pedro, como otros lugares donde no siempre acogieron con buen espíritu su predicación. Pero igual le vemos detenerse en los caminos, participar en los acontecimientos de las familias o dejarse invitar a reuniones o comidas familiares, irse a lugares apartados y descampados, o subir a la montaña para desde allí enseñar a la multitud reunida.

Cuando tenemos la suerte de visitar Tierra Santa – tuve esa dicha en dos ocasiones hace ya unos cuantos años - la tierra que hollaron los pies de Jesús, podíamos decir que a cada paso que damos vamos teniendo un recuerdo de esa presencia de Jesús y cuando con espíritu de fe hacemos ese camino casi parecen resonar en nuestros oídos las palabras de Jesús, sus parábolas y sus enseñanzas, sus anuncios del Reino de Dios.

Mientras hemos ido reviviendo este recorrido en la reflexión en torno al evangelio que nos estamos haciendo quizá haya podido resonar en nuestro corazón una llamada del Señor. Antes de su Ascensión al cielo nos prometió que recibiríamos el don del Espíritu Santo para que con su fuerza fuéramos sus testigos hasta los confines del mundo. ‘Id al mundo entero…’ nos dijo. Ha sido la labor que otros testigos de Jesús han ido realizando a lo largo de los siglos y por eso ha llegado la Buena Nueva de Jesús hasta nosotros.

Pero ese testigo está también en nuestras manos, somos también enviados y tenemos que comenzar por la Jerusalén de donde vivimos, pero salir también a los caminos, tenemos que saber llegar a cuantos nos rodean porque el mundo está necesitando esa Buena Noticia del Evangelio. Creo que los cristianos estamos medio adormecidos o quizá con muchos temores en el corazón. Necesitamos despertar, necesitamos salir a los caminos, necesitamos volver a ir al encuentro de los demás con el mensaje de Jesús.

Hay tantos en nuestro entorno que no le conocen, aunque decimos que vivimos en un mundo o en un ambiente cristiano, aunque una gran mayoría incluso esté bautizada – que ya no todos en nuestro entorno están bautizados -, y es necesario anunciarles el evangelio de Jesús. Dejemos a un lado nuestros miedos y cobardías y no olvidemos que con nosotros siempre está la fuerza del espíritu Santo prometido por Jesús.

martes, 14 de julio de 2020

El dolor del corazón de Cristo por aquellas ciudades donde tanto se había prodigado y no le habían respondido es una llamada a la respuesta que nosotros hemos de dar


El dolor del corazón de Cristo por aquellas ciudades donde tanto se había prodigado y no le habían respondido es una llamada a la respuesta que nosotros hemos de dar

Isaías 7, 1-9; Sal 47; Mateo 11, 20-24
¿Qué hacemos cuando hemos estado preocupándonos por alguien de quien no veíamos clara su situación y tratábamos de ayudarle ya fuera con un buen consejo para que recapacitara de cuál era la situación en la que estaba viviendo y que le estaba llevando a la ruina de su vida o quizás pusimos recursos de nuestra parte hasta de orden material para que fuera capaz de emprender algo distinto pero esa persona no quería escucharnos, rechazó cuantos ofrecimientos le hicimos y siguió en su empeño, por decirlo de alguna manera, de despeñarse por esa corriente?
Sentimos quizá hasta ira dentro de nosotros, la tentación de abandonarla a su suerte desentendiéndonos y tratando quizá de olvidar. Nos sentimos impotentes, sentimos rabia en nuestro interior por no poder hacer nada, y quizá abandonamos nuestra lucha  dejándola a su suerte que se la había buscado. Tendríamos que tener una sensibilidad especial y una fuerza de voluntad grande por querer hacer el bien, para seguir intentándolo por todos los medios.
¿Qué sentía Jesús cuando había gente que lo ignoraba, se encontraba con aquellos que siempre le estaban buscando las cosquillas, o cuando no había una respuesta sincera y auténtica ante todo lo que le ofrecía?
Claro que podemos pensar también quienes hemos vivido o vivimos algunos compromisos dentro de la Iglesia y hemos querido trabajar por los demás en distintas tareas o servicios que se pueden ofrecer desde la comunidad eclesial cómo nos sentimos o cómo reaccionamos ante la indiferencia que encontramos en nuestro entorno; o lo que sentimos por la en cierto modo manipulación que se quiere hacer de nuestro trabajo porque ofrecemos un mensaje, tratamos de hacer un anuncio del evangelio, pero luego vemos que convierten nuestras celebraciones cristianas poco menos que en un circo de vanidades sociales. Pensamos en lo que se han convertido las primeras comuniones y también la celebración de las bodas en la Iglesia, por señalar algunas cosas. Todo aquello que tratábamos de transmitir en nuestras catequesis ¿en qué se ha quedado?
También podemos sentir frustración y cansancio, sentir que no merece la pena porque no encontramos la respuesta deseada, o dejarnos arrastrar por esas vanidades de la vida y vivir todas esas situaciones de una forma conformista. Aunque quizá algunas veces nos puede sobrevenir la ira como cuando los apóstoles pidieron a Jesús que hiciera bajar fuego del cielo porque en una población no los habían querido recibir porque iban a Jerusalén.
En el evangelio que hoy se nos ha propuesto en la liturgia podemos decir que estamos contemplando el dolor del corazón de Cristo ante la respuesta negativa que en algunos lugares están dando a su predicación. Habla en concreto de aquellas ciudades o poblaciones del entorno del lago de Tiberíades, como Corozaín, Betsaida o la misma Cafarnaún donde de alguna manera Jesús se había establecido como centro de operaciones. Se lamenta Jesús por aquellas ciudades como un día le veremos llorar sobre la ciudad de Jerusalén porque no le ha escuchado.
Mucho había realizado Jesús en aquellos pueblos y aldeas con su predicación, con sus milagros, con su presencia pero no habían terminado de entrar en el camino de la conversión. Y compara con Sodoma o aquellas ciudades malditas en el entorno del mar Muerto, o con las ciudades paganas de Tiro y Sidón en la cercana Fenicia. Si allí se hubieron hecho los signos que en estas ciudades habrían dado respuesta. Por eso, como les dice, para esas ciudades el juicio será más llevadero que el que merezcan estas ciudades del entorno de Tiberíades. Pero Jesús allí estaba y allí seguía porque el anuncio de la Buena Nueva no podía dejar de realizarse.
Claro que en nuestra reflexión miramos nuestra vida y tratamos de ser conscientes de cuánto hemos recibido del Señor. No se trata de juzgar o condenar a los demás sino de mirarnos a nosotros mismos; cuánto ha derrochado de su amor Dios sobre nosotros a lo largo de nuestra vida.
Pensemos en cuánta predicación escuchada, cuántos sacramentos recibidos, cuántos momentos de gracia hemos vivido, cuánto hemos participado de la celebración de la Eucaristía, y aun así seguimos siendo inconstantes, muchas veces mantenemos una frialdad o una tibieza en nuestro espíritu que no se corresponde al calor del amor de Dios que hemos recibido. ¿No tendríamos de alguna manera que despertar ya de una vez por todas? De una cosa estamos seguros, el Señor no nos abandona y nos sigue regando con su gracia, sigue llamando a la puerta de nuestro corazón.

domingo, 5 de mayo de 2019

Solo el que tiene afinado el corazón en el amor será capaz de descubrir a Jesús incluso en la lejanía y esa es la sintonía de amor que tendría que sonar hoy en la Iglesia


Solo el que tiene afinado el corazón en el amor será capaz de descubrir a Jesús incluso en la lejanía y esa es la sintonía de amor que tendría que sonar hoy en la Iglesia

Hechos 5, 27b-32. 40b-41; Sal 29; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19
Seguimos saboreando los olores de la Pascua; seguimos con la alegría pascual en el corazón y queriendo envolver toda nuestra vida; la liturgia se sigue rodeando de los signos pascual en el blanco resplandeciente de los ornamentos litúrgicos, pero en el color de primavera que todo lo envuelve y perfuma con el olor de las flores. Parece como si todo resplandeciera de una forma especial y la liturgia nos muestra numerosos signos de ese gozo vivo del corazón al cantar a Cristo resucitado. Y hemos de tener cuidado que no se nos muestren no solo las flores de nuestros adornos, sino más bien el corazón a causa de que entremos de nuevo en la rutina que nos hace olvidar aquel primer fervor.
Los textos de la liturgia tienen olores y color de pascua y toda la palabra de Dios proclamada sigue mostrándonos a Cristo resucitado e invitándonos a proclamar de forma viva nuestra fe. Vayan a Galilea y allí me veréis era el mensaje que trasmitieron en nombre de Jesús las mujeres a los discípulos cuando les anunciaron la resurrección. Y el texto del evangelio de Juan nos sitúa de nuevo en el lago de Tiberíades en Galilea testigo de tantos momentos vividos con Jesús.
Allá estaba parte del grupo de los apóstoles y siguiendo a Pedro habían cogido de nuevo sus barcas y aquella noche se había ido de nuevo a pescar. No entramos ahora en las circunstancias que vivían o los sentimientos que podían embargarles para volver de nuevo a la pesca, sino que nos quedamos contemplando el hecho que tanto nos puede decir y enseñar. Tampoco aquella noche habían recogido ningún fruto de su trabajo.
Es allí cuando están en sus faenas, con el desanimo quizá de una noche de trabajo en balde, cuando Jesús les viene a su encuentro. No lo reconocen. Nos escudamos tantas veces en que no había amanecido lo suficiente, pero si escucharon su voz que tampoco reconocieron. Demasiado enfrascados estaban en sus faenas o en sus desánimos.
Como tantas veces que oímos y no escuchamos, que vemos pero no observamos ni prestamos atención. Estamos quizás en lo nuestro, en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones y pasan maravillas delante de nosotros y no somos capaces de sorprendernos. Hará falta quizá una mirada distinta, hará falta una sintonía del corazón que solo con la cuerda tensada del amor podríamos sintonizar de verdad. ¿Andaremos desafinados algunas veces en nuestra sintonía? ¿Qué nos podrá hacer perder esa afinación?
Hay un diálogo entre el desconocido y los pescadores del barco que al final se dejarán conducir por las indicaciones que se les hacen desde la orilla. Habrá peces en abundancia y todas aquellas sombras de desánimo quizá se transformaron en la alegría de la pesca inesperada. ¿Habrían olvidado la pesca que un día hicieran en ese mismo lago siguiendo las indicaciones del Maestro? Pero a alguien se le tensó la cuerda del amor – era el discípulo amado – para susurrar a Pedro que quien está en la orilla es el Señor. No fueron necesarias muchas palabras para que Pedro saltara al agua para llegar pronto a los pies de Jesús. Los demás vendrían arrastrando la red llena de peces de todas clases.
Cuando todos están en tierra Jesús les invita a comer, que sobre unas brasas había ya unos peces y se había preparado también el pan. Nadie se atrevía a preguntar porque todos ahora sí sabían que era Jesús. Eran ya muchos los signos que se iban sucediendo para que al fin se les abrieran los ojos y se encontraran de verdad con Jesús resucitado que había venido a su encuentro allí donde estaban con sus faenas, como se había encontrado en otra ocasión con los discípulos que hacían camino a su casa en la que le ofrecieron hospitalidad.
¿Tendremos que tensar las cuerdas del amor que muchas veces también a nosotros nos desafinan? Por eso la pregunta de Jesús a Pedro repetida tres veces. Preguntas a Pedro que presumía tanto de querer a Jesús que un día había dicho que estaba dispuesto a morir por El, pero sin embargo porque la carne es débil no solo se había dormido en el huerto sino que le había negado en el patio del pontífice.
No era solo el mantenerle la promesa que un día le hiciera de ser piedra sobre la que fundamentar su Iglesia señalándole ahora como debía pastorear a los corderos y a las ovejas, sino que era necesario fundamentar bien el corazón en el amor porque sin eso no habrá nunca verdadera seguimiento de Jesús ni habrá verdadera comunión de hermanos en la Iglesia que estaba naciendo.
¿No será por esa falta de afinación y sintonía por lo que nos encontramos con la atonía de tantos cristianos que viven con frialdad su fe? Hoy nos quejamos mucho de los males de la Iglesia, de tantas cosas que nos desagradan y que se pueden convertir en contra testimonio frente al mundo al que tendríamos ir como verdaderos mensajeros del evangelio, pero ¿no podrá sucedernos que se nos está enfriando el amor, que se nos están aflojando esos lazos del amor con los que tenemos que crear verdadera comunión de hermanos entre todos los que creemos en Jesús?
Triste sería que a la iglesia la convirtiéramos en una organización más en medio de la sociedad pero donde no estamos dando ese testimonio valiente de comunión y de amor que sería el que nos impulsara a ese anuncio del evangelio en medio del mundo. ¿Será esa la imagen que ven en nosotros, que ven en la Iglesia, los que están lejos de ella o el mundo que nos rodea?
Fijémonos que hoy nos ha dicho el evangelio que solo el que tenia afinado su corazón en el amor – era el discípulo amado – fue capaz de descubrir a Jesús en la lejanía. ¿Seremos capaces de descubrir a Jesús allí donde quiere El que le encontremos? Y ya sabemos donde y en quienes hemos de reconocerle. Por eso el evangelio hoy nos interpela con esa triple pregunta sobre nuestro amor. ¿Cuál es la respuesta que verdaderamente podremos dar?

viernes, 26 de abril de 2019

Vayamos a Jesús con nuestras redes una veces vacías por las desilusiones y siempre llenas cuando nos fiamos de Jesús


Vayamos a Jesús con nuestras redes una veces vacías por las desilusiones y siempre llenas cuando nos fiamos de Jesús

Hechos 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14
‘Y aquella noche no cogieron nada…’ Habían vuelto a Galilea después de todo lo que había acontecido en Jerusalén. Eran también las indicaciones del Maestro. Allá estaban de nuevo en su tierra y en sus casas. ¿Aburridos quizá cuando tanta había sido la actividad que habían tenido con Jesús? ¿Desalentados porque un poco se habían frustrado sus esperanzas? ¿Qué hacer? ¿Volver a la tarea de siempre? Allí estaban las barcas con todos sus aparejos.
Después de intensas actividades, cuando nos suceden cosas que nos desconciertan y tienen el peligro de apagar nuestras esperanzas, nos quedamos en ocasiones en ese tiempo o ese estado en el que no sabemos que hacer. Quizás aquello que habíamos emprendido con tanta ilusión parece que se nos viene abajo y algo tenemos que recomenzar. ¿Una tarea nueva? ¿Una nueva aventura de explorar nuevos campos? ¿Volvernos quizá a lo de siempre? Nos hace falta algo, un revulsivo que nos despierte; hacemos tentativas pero parece como que no estamos muy estabilizados en aquello que hacemos o las cosas no nos salen.
Es Pedro en este caso como en tantas ocasiones – madera de líder – el que se decide. ‘Me voy a pescar’ Y es cuando los demás dicen también ‘nos vamos contigo’. El evangelista nos detalla aunque no nos da el nombre de todos los que se fueron a pescar aquella noche. Pero una noche más de fracaso; después de tanto esfuerzo y trabajo no han cogido nada. ¿Un nuevo fracaso a añadir para la desilusión?
En la orilla hay alguien que pregunta que si han cogido peces. A la respuesta negativa – y vamos a ver con qué malos humores, porque todos somos humanos – aquel desconocido se atreve a indicarles que lancen la red por el otro lado de la barca. Por probar no pasa nada y se confían. Merecía la pena confiarse, porque la pesca resulto sorprendentemente muy grande cuando se habían pasado toda la noche faenando sin coger nada. Ahora sí que volvía la alegría a sus rostros a pesar del esfuerzo.
Pero es uno de los discípulos – el que era especialmente amado por Jesús – el que le susurra a Pedro que ‘es el Señor’. No hace falta nada más, pues Pedro los deja a todos en la estacada y se lanza al agua tal como estaba porque quería llegar pronto a los pies de Jesús a pesar de que solo estaban como a unos cien metros de la orilla. Es el impulso del amor, de quien tanto amaba a Jesús.
Allí estaba el que podía levantarles los corazones de nuevo, el que les hacia renacer las esperanzas, el que llenaba su corazón de alegría en el amor. Los demás discípulos arrastran la red a tierra y vienen también al encuentro con Jesús. Allí están ante Jesús llenos de alegría; allí están con las redes que habían sido de sus desilusiones pero ahora repleta porque Jesús les ha llenado de vida.
Como tenemos que aprender nosotros ir hasta Jesús, con lo que somos, con nuestros momentos negativos, pero también con esa luz que Jesús nos da y pone un sentido nuevo a nuestra existencia. Tenemos que dejarnos conducir por Jesús, porque no podemos caminar solos y a nuestra manera. Cuando nos quedamos en nuestro yo o en nuestras apetencias nada más, vemos que las redes se van a quedar vacías. No pensemos que por nosotros mismos sabemos manejar los aparejos de la vida, sino que tenemos que aprender a dejarnos llenar por la Sabiduría del Espíritu. Tenemos que aprender a realizar en todo la obra de Jesús.

viernes, 29 de abril de 2011

Los ojos del amor podrán descubrir al Señor en la orilla de nuestro mar


Hechos, 4, 1-12; Sal. 117; Jn. 21, 1-14

‘Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades’. Esta vez están en Galilea. En las apariciones de Jesús resucitado en el evangelio de san Mateo siempre encomienda a los discípulos que vayan a Galilea; ‘allí me verán’, así les dice primero el ángel a las mujeres que fueron de mañana al sepulcro y luego Jesús mismo cuando les sale al encuentro.

Están en Galilea, junto al lago, y deciden ir a pescar. ‘Simón Pedro les dice: Me voy a pescar’, y el resto de discípulos que están con él le acompañan. ¿Una vuelta al trabajo que un día habían dejado por seguir a Jesús? ¿Podría indicar eso algo?

‘Salieron y se embarcaron y aquella noche no cogieron nada’. Como en aquella otra ocasión antes de la llamada de Jesús que habían estado toda la noche bregando y no cogieron nada. Este episodio nos recuerda el narrado por san Lucas. Entonces fue el principio de una confianza total en Jesús como dejarlo todo y seguirle; ahora puede servir para un nuevo encuentro con Jesús y que en lo que sucederá a continuación ayudará a mostrar el amor que sienten por Jesús y cómo Jesús sigue confiando en ellos para la misión que les va a encomendar. Pero necesitarán un descubrimiento de Jesús resucitado.

En la noche no cogieron nada pero al amanecer Jesús está en la orilla aunque, siendo apenas cien metros la distancia que media entre ellos, no le reconocen. Una voz que les pregunta si tienen pescado - ¿será alguien interesado en la pesca? – y que les señalará por donde han de echar la red. La pesca va a ser grande. Se han fiado de quien está a la orilla, como un día Pedro había confiado en Jesús para en su nombre echar la red aunque en la noche no habían cogido nada.

Pero los ojos del amor descubrirán quién es el que está allá en la orilla. ‘Aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: Es el Señor’. No hace falta más. Tampoco se va a detener en ayudar a sacar la red o arrastrarla hasta la orilla, eso se puede hacer después. Tal como estaba se lanzó al agua para llegar a los pies de Jesús. El amor había dado ojos a uno para reconocerlo y el amor impulsaba al otro a estar pronto con Jesús. ¿Quería Pedro protestar su amor y decírselo pronto, ya que antes le había negado a pesar de que Jesús lo había prevenido? Ya Jesús se lo preguntará después, no para echar en cara, sino para foguear ese amor cada vez más ardiente en su corazón.

Cuando llega Pedro y cuando llegan los restantes discípulos ya se encontrarán las brases encendidas con un pescado puesto encima y pan. Jesús quiere seguir alimentándolos El que se había llamado a sí mismo el Pan de vida eterna; El que en la cena ya les había dado su Cuerpo como comida y su Sangre como bebida. Pareciera que ahora hay una repetición en cierto modo. ‘Jesús se acerca, toma el pan y se los da, y lo mismo el pescado’.

‘Es el Señor’, había dicho Juan; ahora ‘ninguno se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor’, comenta el evangelista.

Es el Señor que viene también a nuestro encuentro en nuestras noches oscuras, o en nuestros momentos de decaimiento o desánimo; es el Señor que viene a nosotros cuando nos puede faltar el ánimo o la fe y sentimos la tentación de dejarlo todo para volver a lo de antes; es el Señor que viene a nosotros y nos está diciendo por donde tiene que ir nuestra vida, por donde echar las redes, por donde tenemos que manifestar nuestro compromiso y nuestro amor.

Que se nos abran los ojos; que se despierte el amor en nuestro corazón para que podamos verle, para que podamos correr hasta El y no separarnos nunca de El y de su camino. Que en su nombre echemos la red y sigamos siempre su camino.

domingo, 18 de abril de 2010

Exultantes de gozo por la resurrección aprendamos a reconocer al Señor


Hechos, 5, 27-32.40-41;
Sal. 29;
Apoc. 5, 11-14;
Jn. 21, 1-19


Confieso que no sé por dónde comenzar mi comentario. Para comenzar resaltar toda la invitación a la alegría y el gozo al que nos invita hoy la liturgia en sus textos eucológicos sobre todo, pero también en el mensaje que nos ofrece la Palabra proclamada. Una ‘Iglesia exultante de gozo’, como diremos en una de las oraciones, ‘pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivos de tanta alegría…’ por eso que ‘tu pueblo exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu… y concédenos participar también del gozo eterno…’
Alegría y gozo al seguir celebrando la Pascua, la resurrección del Señor, pero deseos de poder disfrutar de ese gozo eterno. ¿Cómo será ese gozo eterno? ¿Será como nos lo describe el libro del Apocalipsis en la visión de Juan que hoy hemos escuchado? ‘Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza’, proclaman ‘millares y millones de ángeles alrededor del Trono y de los vivientes y los ancianos y todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar…’
La trascendencia y la esperanza con que hemos de vivir. Aunque aún caminamos en este valle de lágrimas en la esperanza vivimos anticipadamente ese gozo sabiendo que el Señor nos ama y está con nosotros, caminando a nuestro lado. Por eso, en esa esperanza podemos ser esa Iglesia exultante de gozo y también nosotros cantamos la alabanza y la bendición al Señor reconociendo su presencia y su gracia en nuestro camino.
Y es que Cristo resucitado se hace presente en medio de la vida, allí donde estamos y donde vivimos, allí donde son nuestros trabajos y nuestras luchas. Los discípulos se habían vuelto a la pesca, a lo que había sido su trabajo de siempre. ‘Me voy a pescar’, había dicho Pedro. ‘Vamos también nosotros contigo’, diría también el resto de los discípulos que estaban en Galilea. Pero allí está Jesús. Quizá en principio no se percatan de su presencia, no lo distinguen en aquel amanecer. Pero allí está el Señor.
Necesitaremos unos ojos de fe y de amor, como los apóstoles, también nosotros para descubrirlo. Necesitaremos caldear fuertemente nuestro corazón de amor para sentirlo. Fue el discípulo amado el primero que cayó en la cuenta. ‘Es el Señor’, le dice a Pedro. Y aquel entusiasmo de Pedro por Jesús, del Pedro que un día había hecho la más hermosa confesión de fe en Jesús, le hará saltar al agua para llegar pronto hasta donde está Jesús.
Nos vamos a la pesca, o andamos afanados en nuestras preocupaciones y responsabilidades; estamos ahí en lo que es nuestra vida de cada día. Pero es Jesús el que está a nuestro lado señalándonos caminos y tareas, interesándose por nuestras preocupaciones, nuestras tareas, nuestros fracasos o nuestras ilusiones, dándonos la fuerza y la luz que necesitamos. ‘Muchachos, ¿tenéis pescado?’ les había preguntado. ‘Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’, les señala. Es la Palabra de Jesús que llega llena de vida a nosotros; esa palabra que ilumina y da vida.
Qué a oscuras o a ciegas andamos muchas veces. Queremos hacer y no podemos; buscamos lo bueno y andamos confundidos; intentamos e intentamos pero nos parece que ya nada sabemos hacer; andamos llenos de dolores y sufrimientos y nos parece que nada tiene sentido. Jesús viene a nosotros con su Palabra para iluminarnos, para darnos fuerzas, para crear ilusión y da esperanza a nuestro corazón, para darnos el verdadero sentido a nuestra vida. Escuchemos esa Palabra de Jesús en nuestro corazón como la escucharon aquella mañana los discípulos en el lago y todo comenzó a ser distinto para ellos.
‘Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan… traed de los peces que acabáis de coger… vamos almorzad… y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor’. Jesús invita a comer a los discípulos que vuelven exhaustos de la tarea. Ese pescado asado y ese pan con la invitación de Jesús nos puede estar señalando muy bien esa invitación que nos hace Jesús para que vayamos a El y de El nos alimentemos. Es Jesús el que les da de comer. Es Jesús quien en verdad alimenta nuestra vida.
El se nos da en la Eucaristía, bien lo sabemos. Tampoco nosotros necesitaríamos preguntar porque sabemos que cuando venimos a la Eucaristía es Cristo mismo el que se nos da. Comiéndole a El vamos a tener vida y vida para siempre. El quiere ‘renovarnos con los sacramentos de vida eterna’, como expresaremos en la oración final de la Eucaristía, para que nos llenemos de vida para siempre, ‘alcanzar la resurrección gloriosa’.
Finalmente tomará aparte a Simón Pedro. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ Será la triple pregunta, el examen de amor que Jesús hará a Pedro. Este se pondrá triste a la tercera vez que le hace la misma pregunta, ‘Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero’, porque quizá el recuerde su negación y traición. Pero Jesús no está preguntando por fracasos ni fallos, sino que Jesús está preguntando por el amor, para que sea un amor en plenitud.
Un día le había dicho que sería piedra sobre la que fundamentar la Iglesia, ahora le dice que tiene que apacentar el rebaño. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas…’ Pescador o pastor Pedro estaba recibiendo una misión grande que Jesús le confiaba. Jesús sólo necesitará de su amor porque así sabe que será fiel para siempre, de manera que pueda confirmar en la fe a los hermanos.
‘Sígueme’, le dice Jesús. Le sigue en la fe; le sigue en el amor. Ahí estará siempre Pedro caminando delante porque está junto a Jesús, porque nos querrá llevar hasta Jesús. Será hoy Pedro el primero que se suba de nuevo a la barca para arrastrar la red hasta la orilla. Había aprendido la lección de cómo hay que hacer para ser el primero. Se hace servidor y por eso ahora sí será el primero, el que en nombre de Cristo nos apaciente, nos guíe nos ayude a caminar siempre hasta Jesús.
Pero nosotros, todos, también hemos de pasar ese examen de amor, como el que le hizo Jesús a Pedro. Serán muchas nuestras debilidades y flaquezas, pero el Señor quiere mirar ahora la medida de nuestro amor. ¿Podremos decirle también como Pedro ‘tú sabes que te amo, tú lo conoces todo, y sabes que te quiero’?
Creemos en El, queremos reconocerle siempre y correr para estar a su lado; queremos escuchar su Palabra que nos ilumine, nos guíe y nos fortalezca; queremos alimentarnos de El porque también nos sentimos invitamos a que vayamos a su Mesa. Será ahí donde alimentemos esa fe y ese amor. Será ahí donde aprenderemos a reconocerle como los discípulos de Emaús al partir el pan, pero caminando ese camino de amor aprenderemos también a reconocerle en el hermano, el que está a nuestro lado o más lejano, en el que sufre o en el que padece necesidad. Llenémonos de ese amor, sintámonos también nosotros amados del Señor y podremos como Juan reconocerle y decir ‘es el Señor’.

miércoles, 1 de julio de 2009

Le rogaron que se fuera de su país, ¿y nosotros?

Gén. 21, 5.8-20
Sal. 33
Mt. 8, 28-34


‘Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gerasenos…’ Ayer le contemplábamos atravesando el lago en medio de un fuerte temporal. Llegar a la otra orilla del lago de Tiberíades era ir a tierra de no judíos. En el territorio de Palestina había otros pueblos asentados. En este caso no eran judíos, lo que se puede ver incluso por sus costumbres y trabajo. ‘Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando’. El cerdo para el judío era un animal impuro que ni podía comer ni podían tener.
Se encuentran con unos endemoniados que salen del cementerio ‘tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino’. Los poseídos por el demonio reconocieron a Jesús y su poder; por eso lo rechazaban. ‘¿Qué quieres de nosotros, hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?’ Ya conocemos por el relato del evangelio lo sucedido. Pidieron ser metidos en los cerdos que ‘se abalanzaron acantilado abajo y se ahogaron en el agua’.
‘Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados’. Y cuando nos parecía que el pueblo agradecido por verse libre de aquellos endemoniados saldría a recibir y a acoger a Jesús, sin embargo ‘le rogaron que se marchara de su país’.
Nos extraña quizá esta actitud incomprensible. Pero la presencia de Jesús les trastocaba sus planes de vida. El cuidar de los cerdos era su modo de vida y ahora todo cambiaba. No podían permitir que Jesús siguiera con ellos, que sería para ellos una ruina económica. Nos puede parecer una respuesta demasiado economicista, pero hemos de considerar además que no eran judíos, y podían en principio comprender menos la idea de un Mesías Salvador para sus vidas.
Si nos entretenemos en estos detalles es porque todo esto puede hacernos pensar en nosotros mismos y en la acogida que nosotros podamos hacer del Señor y su Palabra de salvación. ¿No nos sucederá a nosotros de una manera semejante?
Nuestro seguimiento de Jesús y nuestra fe en El nos obligaría a hacer cambios en la vida, en la actitudes, en la forma de actuar. Porque si soy cristiano, se presupone que sigo a Jesús, que Jesús es mi vida, y en todo mi ser y mi actuar he de seguir a Jesús, he de vivir como Jesús. Pero ¿no nos sucede, y algunas veces quizá lo hemos dicho, que decimos, es que yo soy así, cómo voy a cambiar si siempre he hecho las cosas así, y cosas por el estilo?
Y ahí está por ejemplo mi forma violenta de ser y de hablar con los demás, o esos resentimientos que guardamos en el corazón porque decimos que no podemos olvidar, o esa forma intransigente que tengo con los demás… es que yo soy a sí, respondemos, es mi manera de actuar. Si eres cristiano seguidor de Jesús esas actitudes no podrías permitírtelas, tendrías que esforzarte por mejorar tus actitudes hacia los otros. Pero cuánto nos cuesta. Y puesto en la disyuntiva aunque el evangelio me pida ese cambio en mi vida, sigo siendo igual. ¿No es esta una manera de decir no a Jesús?
En muchas cosas podríamos pensar. A mí que mis negocios no me los toquen, porque los negocios son los negocios… A mí en mis relaciones en mi matrimonio, nadie tiene que decirme nada, porque eso es cosa mía… y vamos haciendo una separación entre lo que vivimos y el evangelio, y escogemos del evangelio aquello que nos conviene o que no nos exige muchas cosas…
Pero Jesús en un momento del evangelio nos dirá que estamos con El o estamos contra El. ‘El que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama…’ Y cuando nos habla de seguirle y ser sus discípulos nos pide cargar con la cruz. ‘Si quieres ser discípulo mío, niégate a ti mismo y toda la cruz de cada día y sígueme’, nos dice.
Negarnos a nosotros mismos, porque nos damos cuenta en las cosas que tenemos que decirnos no, que tenemos que cambiar en nuestra vida. Y nos costará, porque cuesta arrancar malas costumbres que se convierten en vicios, cuesta arrancar rutinas de nuestra vida.
Pero ya sabemos que es una tarea que no hacemos solos ni sólo por nuestras fuerzas, El está con nosotros, nos da la fuerza de su Espíritu. Que lo sintamos operando en nuestra vida, que nos dejemos cautivar por El.