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jueves, 5 de noviembre de 2026

Busquemos a la persona, sea quien sea, y sintamos la alegría del encuentro con los demás porque todos igualmente merecen nuestro respeto y amor

 


Busquemos a la persona, sea quien sea, y sintamos la alegría del encuentro con los demás porque todos igualmente merecen nuestro respeto y amor

 Filipenses 3, 3-8a; Salmo 104; Lucas 15, 1-10

Todavía escuchamos algunas veces aquello de que dime con quien andas y te diré quien eres, por aquello de que una manzana podrida arruina todo el cesto, pero que en cierto modo son ciertos visos de discriminación que consciente o inconscientemente muchas veces seguimos manteniendo. Es aquello de que yo no me mezclo con toda clase de personas; es por donde vamos midiendo a las personas por su apariencia y aspecto y donde aún quedan restos de vanidad donde todavía seguimos considerando a las personas y valorándolas por lo que tienen o lo que aparentan, por las joyas de su corona o la pobreza de su ropa raída, aunque hoy hay modas para todos los gustos.

¿Dónde está el valor de una persona? ¿En su riqueza material? ¿En la vanidad de sus títulos? ¿En su bonita presentación? Seguimos encandilándonos y engañándonos, seguimos poniendo escalones en que nos podamos ver más altos que los demás, seguimos mirando por encima del hombro porque suponemos que los otros están siempre un escalón por debajo, o porque nos consideramos mejores más santos que los demás. ¿Tendremos en cuenta los valores de la persona más allá de su apariencia? ¿Seremos capaces de darnos cuenta de cuál es la verdadera riqueza humana y espiritual de la persona?

¿Habremos encontrado aquello por lo que merece la pena dejarlo todo despojándonos de tanta vanidad? En lo que escuchamos hoy de la carta a los Filipenses de San Pablo encontramos un testimonio muy hermoso de San Pablo. Les dice cómo el podría gloriarse de muchas cosas tanto como los demás y recuerda algunos aspectos de su vida antes de haberse encontrado con Cristo; se consideraba una buena persona y además preparada para afrontar muchas cosas como el mejor de los judíos, pero terminará diciéndonos que eso que antes consideraba una ganancia o un motivo de orgullo lo considera ahora ‘como una pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús’. En Cristo encontró los verdaderos valores que dignifican a la persona y lo vemos en su entrega hasta la extenuación por predicar el evangelio.

Es lo que viene a enseñarnos hoy Jesús en el evangelio. Los fariseos y los escribas murmuraban porque los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús. Ya sabemos los dos bandos por decirlo de alguna manera que unos y otros significaban. Por una parte los puros y los cumplidores que se creían en la posesión de la verdad y del bien, que estaban continuamente al acecho de lo que dijera o hiciera Jesús, y por otra parte los que eran considerados pecadores y así se les llamaba; simplemente por su profesión de recaudadores de impuestos eran despreciados y nadie quería mezclarse con ellos; recordamos cuando quiere ver el paso de Jesús no encuentra sitio para situarse y no era solo el problema de estatura sino el rechazo que recibía de los demás de manera que tiene que subirse a la higuera para desde allí conocer a Jesús.

‘Ese acoge a los pecadores y se sienta a la mesa con ellos’, son las murmuraciones cuando contemplan a Jesús rodeado de publicanos y pecadores. Pero Jesús nos deja en sus consideraciones dos parábolas con un mismo sentido. Un pastor que pierde una oveja o una mujer a la que se le extravía una moneda. No dice que fuera una oveja especial ni una moneda de gran valor, una más del rebaño, una de aquella calderilla que la mujer llevaba en su bolso. Pero uno y otro buscando lo perdido o extraviado, uno y otro manifestarán su alegría cuando lo encuentren de manera que invitarán a compañeros y vecinos a participar de su alegría. La alegría de Dios.

¿Será también nuestra alegría? ¿Será igualmente la búsqueda que nosotros realizamos? ¿será el gozo en el alma que sentimos en todo lo que sea un encuentro con los demás sea quien sea? ¿Será nuestra manera de salirnos de nosotros mismos para buscar ese encuentro con todos sin distinción? ¿Qué es lo que miramos o buscamos en las personas? ¿Solo estaremos disfrutando de aquellos que son como nosotros quedándonos también encerrados en los apriscos de aquellos que nos caen bien?


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