Tenemos que aprender a salir a los caminos porque ese gozo del banquete del Reino no lo podemos dejar encerrado sino que a todos hemos de llevar la invitación
Filipenses 2, 5-11; Salmo 21; Lucas 14, 15-24
¡Qué bonito es esto! Así sí me gustaría vivir a mi, esto parece poco menos que la gloria, mira cómo la gente participa y colabora, me gustaría ser parte de esto. Expresiones así tenemos en ocasiones bien sea en referencia a una forma de vivir, bien sea porque nos gusta aquel lugar, bien sea porque nos parecen apetitosas las cosas que nos ofrecen, pero no terminamos de engancharnos, no ponemos todo el ánimo por nuestra parte para comenzar a participar, el propósito que quizás nos hicimos de participar, de poner yo también de mi parte, de entrar a formar parte de aquel grupo que nos parecía tan entusiasmante lo vamos posponiendo, voy a resolver estas cosas que tengo entre manos y luego ya me dedicaré plenamente a eso, bueno ya pronto comenzaré como decimos tantas veces cuando tenemos que tomar una decisión desde un buen propósito, pero que nunca llegamos a implicarnos, nunca llegamos a comenzar, siempre lo vamos posponiendo.
¿Por qué seremos así? Parece que siempre tenemos una disculpa favorable a nosotros en cuanto con ello queremos justificarnos.
Alguien que está escuchando a Jesús que continuamente habla del Reino de Dios, entusiasmado por las palabras de Jesús, exclama en alta voz en medio de las gentes, parece ser que era uno de los comensales que estaban a la mesa con Jesús en aquella invitación que le habían hecho y con aquellas recomendaciones que Jesús hacía. ‘¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!’ Parece que todas aquellas consideraciones que Jesús en aquella o ocasión hacía le convencían. Pero fácil es hablar en medio de un entusiasmo, fácil es hacernos propósitos en un momento de fervor, fácil es sentirse arrastrados quizás por el impulso de otros que toman iniciativas, pero luego ¿dónde estará la continuidad?
Es lo que Jesús quiere ahora decirles. La mesa del Reino de Dios está preparada e incluso nos puede parecer apetitosa, pero quizás pueden ser otros los intereses que tiran de nosotros y nos arrastran por otras sendas. Propone Jesús la parábola de los que son invitados al banquete de bodas y cuando todo está preparado y se les dice a los invitados que pasen a sentarse a la mesa comienzan las disculpas, comienzan a acordarse de cosas que tienen que hacer y que ahora no pueden dejar, comienzan a pensar en sus trabajos y todos van dejando la mesa puesta para irse a sus ‘quehaceres’, digámoslo entre comillas.
¿Nos estaremos viendo retratados? ¿Dónde están nuestros entusiasmos y lo que luego realmente hacemos? ¿Dónde están nuestros propósitos y cuándo realmente comenzamos a cumplirlos? ¿Dónde está aquello de que este grupo, esta institución me parece algo estupendo, pero cuando nos decidimos a comenzar a participar? ¿Dónde están nuestros olvidos, nuestros entretenimientos o la poca importancia que al final le damos a aquello que nos parecía tan ideal y tan bueno? ¿Mereceremos que se nos mantenga la invitación?
La mesa está preparada y aunque los invitados no se la merecían el banquete no ha de dejar de celebrarse. ‘Salid aprisa a las plazas y calles de la ciudad y traigan aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos’, le dice a sus criados; y como aún no se termina de llenar la sala del banquete vuelve a insistir para que ‘salgan por los caminos y senderos, e les insistan hasta que entren y se llene mi casa. Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete’.
La mesa no puede estar vacía. Toda persona merece estar en la mesa del Señor. Toda persona está dotada de dignidad para compartir la fiesta. Sin distinción alguna. Sin discriminación. La vida se convierte en una verdadera celebración cuando nadie queda fuera. Seamos anfitriones que construyan, incluyan y que nunca pongan excusas para compartir el banquete del Señor.
Es una invitación a que analicemos nuestras respuestas, nuestras decisiones que tantas veces se quedan indecisas, los propósitos que se quedan en buenos deseos, las promesas que muchas son interesadas para obtener lo que queremos aunque luego no correspondemos. Muchas son las actitudes y las maneras de actuar que tenemos que revisar.
Pero es también una invitación a la apertura del corazón, porque muchas veces cerramos puertas, ni entramos ni dejamos entrar, mantenemos reservas, hacemos distinciones y todos merecen participar de esa mesa, todos están invitados y llamados; hagamos la mesa grande para que todos quepamos, sintamos el gozo de encontrarnos con tantos a los que muchas veces hemos excluido.
Tenemos que aprender a salir a los caminos porque ese gozo del Reino no lo podemos seguir dejando encerrado. Algo nuevo tiene que haber en nuestra vida, no nos quedemos en buenos deseos, sino pongámonos por obra.

No hay comentarios:
Publicar un comentario