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sábado, 24 de octubre de 2026

La paciencia de Dios es infinita porque grande es su misericordia y su amor y va dejando a nuestro lado señales que nos llaman a dar frutos de conversión

 


La paciencia de Dios es infinita porque grande es su misericordia y su amor y va dejando a nuestro lado señales que nos llaman a dar frutos de conversión

Efesios 4, 7-16; Salmo 121; Lucas 13, 1-9

¿Por qué me tiene que pasar esto a mi?, nos habremos preguntado alguna vez cuando los problemas se nos acumulan, parece que las desgracias y los accidentes nos persiguen y caemos en las sombras del desánimo y la desilusión; o es también cuando nos preguntamos a nosotros mismos, o le preguntamos a Dios, ¿por qué me pasa esto a mi? ¿qué he hecho yo para merecer esto? Y pensamos en castigos, en culpabilizaciones por cosas pasadas, en sentirnos como malditos por las cosas que nos suceden.

No estamos lejos aun del pensamiento que tenían los judíos en el tiempo de Jesús que pensaban en la enfermedad como una maldición de Dios, en los accidentes como castigos y se preguntaban también que habrá hecho ese en su vida para ahora estar sufriéndolo así; recordamos cuando los discípulos le preguntaban a Jesús a su paso por las calles de Jerusalén se encontraron con un ciego de nacimiento. ´¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?’ aún nos quedan antiguos resabios de pensamientos así a pesar de tantos siglos de cristianismo.

Es lo que ahora vienen a contarle a Jesús por diferentes hechos acaecidos en Jerusalén en aquellos días; una torre en la piscina de Siloé que se derrumbó y en su caída murieron algunos de los enfermos que allí estaban esperando la curación en el movimiento de aquellas aguas; también Pilatos había condenado a unos Galileos por ciertos hechos sucedidos en el templo y allí fueron ejecutados. Algo sacrílego para ellos en este caso pero que en una y otra situación estaban hablando también de castigos. Jesús les pregunta que si ellos se consideran más justos que quienes murieron de esa manera violenta, pero les advierte también que peor les puede pasar si no se convierten. ¿Tendrían que saber descubrir un signo del amor de Dios que nos llama continuamente a la conversión para enderezar nuestras vidas?

Pero para hablarnos de esa ‘paciencia’ de Dios que siempre está esperando nuestra respuesta les propone una sencilla parábola. La del hombre que año tras año venía a buscar frutos en la higuera de su huerta y nunca conseguía; le pide al viñador que la arranque pero el viñador le dice que espere un año más que él la va a cuidar con especial mimo abonándola una y otra vez esperando que de fruto.

La misericordia del Señor es grande y en su amor nos está poniendo señales continuamente al lado de nuestro camino para que descubramos su llamada, para que convirtamos nuestro corazón. Pero nos quedamos cegados en nuestras rutinas o en nuestras viejas costumbres y no somos capaces de ver la luz.

Son también las actitudes negativas que nosotros muchas veces vamos mostrando en nuestra vida; primero no somos capaces de darnos cuentas de nuestras propias sombras, como se suele decir, nadie ve su propia sombra, pero qué atentos estamos para ver las sombras de los demás y cómo reaccionamos, como si nosotros fuéramos los hombres perfectos que lo hacemos todo bien y caminamos siempre con rectitud. Sin embargo nuestra higuera sigue sin dar los frutos que el Señor nos pide.

¿Nos dejaremos cultivar por la gracia del Señor que es para nosotros una llamada? Una llamada que nos llega por la mano o por la palabra de ese viñador que está a nuestro lado y nos quiere hacer ver nuestras propias sombras; pero no queremos escuchar, rechazamos esa mano, en nuestra autosuficiencia que se convierte en orgullo y en soberbia nos hacemos sordos, o queremos poner distancia de allí donde sabemos que nos van a recordar nuestra debilidad o nuestra torpeza. Cuántas veces ante una palabra de advertencia que con cariño alguien nos puede hacer llegar – porque si se preocupan de nosotros y nuestra manera de ser o de hacer las cosas es porque nos aprecian y nos quieren – sin embargo reaccionamos diciendo que nosotros sabemos lo que tenemos que hacer.

Y Dios sigue llamándonos y poniendo señales al borde del camino que transitamos, sigue ofreciéndonos el abono de su gracia porque Dios sigue esperando que un día demos esos buenos frutos.


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