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miércoles, 21 de octubre de 2026

Es algo serio lo que nos dice Jesús de la vigilancia que hemos de mantener para ver las señales de su llegada, atención y disponibilidad para hacer sitio en nuestro corazón

 


Es algo serio lo que nos dice Jesús de la vigilancia que hemos de mantener para ver las señales de su llegada, atención y disponibilidad para hacer sitio en nuestro corazón

 Efesios 3, 2-12; Is 12, 2-3. 4bcde. 5-6; Lucas 12, 39-48

Supongamos que un amigo nos anuncia que nos va a venir a visitar, aunque no nos señala en principio el día de su llegada; simplemente nos lo dice para que lo sepamos y tengamos en cuenta aunque no nos pide nada especial; sin embargo ese amigo es para nosotros algo importante, ha sabido estar con nosotros en el momento que más lo necesitábamos y nos ha expresado de mil maneras su cariño y amistad.

¿Qué hacemos ante su anuncio aunque no nos haya señalado fecha aunque suponemos que puede ser inminente y nos llegue en el momento menos pensado porque sabemos además que a él le gusta darnos esas sorpresas? Seguro que ya desde el primer momento estaremos pensando cómo lo vamos a recibir, qué hospedaje le vamos a brindar, tendremos preparado aquello que sabemos que son sus gustos y nos prepararemos para darle la mejor de las estancias. Es la mejor respuesta que podemos dar a las muestras de su amor y no será para nosotros agobio su llegada sino motivo de gran alegría; no son los temores a quedar mal sino el deseo de ofrecer lo mejor de nuestro amor y nuestra amistad.

¿Actuaremos así en todas las facetas de la vida? ¿Le daremos ese sentido a esa vigilancia de la que nos habla Jesús en el evangelio porque siempre tendríamos que estar atentos a su venida a nuestra vida? ¿Es el sentido que le damos a nuestra esperanza?

De muchas maneras y en distintos momentos del evangelio nos habla Jesús de su venida para la que hemos de estar preparados. Fácilmente le estamos dando imagen a estas palabras de Jesús en referencia a una segunda venida al final de los tiempos, o a lo más pensamos en el final de nuestros días cuando vamos a encontrarnos definitivamente con El.

Pero Jesús en distintos momentos nos dirá también cómo viene a nosotros, porque en todo lo que le hagamos al otro es a El a quien se lo estamos haciendo, luego nos está diciendo cómo viene a nosotros en la persona del otro, cómo viene a nosotros en los diferentes acontecimientos que nos van sucediendo en nuestra vida que vienen a ser unos y otros también como sacramentos de su presencia, y pensamos en esa presencia y venida a nosotros cuando celebramos los sacramentos, de lo que también tendríamos mucho que reflexionar.

¿Estaremos, pues, vigilantes y preparados para sentir esa presencia con la que de esa manera viene a nosotros?

Ya no podemos estar pensando en momentos especiales o extraordinarios. Viene el Señor a nosotros de forma sencilla, en pequeñas cosas y gestos; llega el Señor a nosotros en el hermano con el que nos encontramos, en ese pobre que un día nos tiende su mano, en esa persona con la que convivimos o con la que trabajamos, en ese inmigrante o persona desconocida con la que nos cruzamos en la calle, en ese amigo con el que compartimos tantas cosas pero también en ese con el que ocasionalmente hemos hablado porque estábamos juntos en la parada del autobús. Pero quizás no estábamos vigilantes, para nosotros fue una cosa más que nos sucedió o un encuentro con alguien que tuvimos en ese momento y no supimos darle trascendencia a ese momento, y no fuimos capaces de que Dios estaba llegando a nosotros en esa persona, en esa palabra, en ese gesto, en ese acontecimiento.

Es algo serio lo que nos dice Jesús de la vigilancia que hemos de mantener, de la atención que hemos de prestar, de la disponibilidad de nuestro espíritu que siempre ha de estar atento y vigilante, de la apertura que siempre tiene que haber en nuestro corazón para hacer sitio en el para cualquiera que llegue a nosotros. El Señor nos ha avisado y a lo largo del evangelio nos ha ido dejando muchas pautas por las que tenemos que reconocer su presencia. ¿Pasará el Señor a nuestro lado y no nos daremos cuenta? ¿No tendríamos que despertar más nuestra fe y nuestra esperanza? No perdamos la alegría del encuentro con el amigo, de nuestro encuentro con el Señor.


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