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sábado, 17 de diciembre de 2022

Miramos hoy las raíces de Jesús nacido en medio del pueblo elegido pero damos gracias a Dios por los que han sido para nosotros raíces de lo que ahora es nuestra fe

 


Miramos hoy las raíces de Jesús nacido en medio del pueblo elegido pero damos gracias a Dios por los que han sido para nosotros raíces de lo que ahora es nuestra fe

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17

Algunas veces también nosotros nos preguntamos sobre nuestros antepasados, sentimos curiosidad quizás de donde proviene ese apellido que heredé de mi padre o de mi padre, de dónde procede nuestra familia, sobre todo aquí en las islas que ha sido poblada por gentes venidas de distintos sitios y donde también ha habido una migración entre las diferentes islas; nos proponemos hacer un árbol genealógico y poco más allá de nuestros abuelos o quizás nuestros bisabuelos no pasamos salvo que vayamos a los archivos para buscarlos.

Esa búsqueda de nuestra procedencia nos ayudaría a conectar con nuestra historia o con el pueblo en que estamos enraizados y donde hacemos nuestra vida. Es bueno, y no solo por curiosidad, conocer nuestras raíces, porque es nuestra historia que nos da como fruto lo que ahora vivimos; es mucho más que conocer unos nombres, porque es el encontrar las razones de nuestras costumbres y es lo que ha ido construyendo también nuestra cultura.

Cuando nos acercamos ya a la navidad y entramos en este como octavario de preparación especial la liturgia hoy nos ofrece precisamente la genealogía de Jesús como nos la presenta el evangelista Mateo. Es decirnos que Jesús pertenecía a aquel pueblo, el pueblo de Israel, llamado el pueblo elegido de Dios, porque en él había depositado Dios las promesas del envío de un salvador. Es hablarnos de cómo aquel Jesús de Nazaret, que pronto veremos nacer en Belén tiene una historia, pertenece a una familia y a un pueblo, forma parte de nuestra humanidad aunque estemos celebrando el gran misterio de la Encarnación de un Dios que se hace hombre para ser para nosotros Emmanuel.

Una historia y unos orígenes que pueden tener también sus luces y sus sombras, en ella hay santos como hay pecadores, como la historia de todos los hombres, pero que así nos señalan la verdadera humanidad de Jesús, pero que para nosotros es el Hijo de Dios encarnado para nuestra salvación. Es Jesús porque es nuestro Salvador, es Cristo, porque es el Ungido de Dios para ser nuestra vida y nuestro Redentor.

Pero es quien va a constituir un nuevo pueblo al que se va a pertenecer en nombre de una raza o de una procedencia geográfica concreta, porque es el pueblo al que están llamados a pertenecer todos los hombres porque a todos se nos abre la puerta para ser esos elegidos de Dios cuando seamos constituidos nosotros también en hijos de Dios. ‘Porque a cuantos le recibieron el dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’, como nos dirá el evangelio de san Juan.

También, por otra parte, estas consideraciones que nos ofrece hoy el evangelio con la genealogía de Jesús podría ayudarnos a pensar en nuestras raíces pero más allá de lo que es nuestro origen en razón de la sangre, por la raíces de nuestra fe. Una fe fundamentalmente que recibimos de nuestros padres que quisieron desde un principio que fuéramos cristianos y pronto nos llevaron a bautizar; una fe que nos alimentaron e hicieron crecer en nosotros desde aquellas primeras oraciones que de ellos aprendimos de pequeños, pero también con el testimonio de su vida de fe, con su vida religiosa vivida de muchas formas sencillas quizás también en el seno de nuestro hogar, desde todo lo que de ellos recibimos y aprendimos a lo largo de la vida para hacernos madurar como personas y como cristianos cuando nos llevan a Misa o a la recepción de los sacramentos.

Cada uno tendrá muchas cosas que recordar, muchas cosas que agradecer, muchas cosas también por las que bendecir a Dios que nos dio tal familia y tales padres. Seguramente que junto a ellos podremos recordar a otros familiares, abuelos, tíos, padrinos que fueron también para nosotros unos testigos; en nuestro entorno, en nuestro pueblo o en nuestra parroquia también recordaremos el testimonio de tantas personas que con su fe sencilla pero viva fueron hitos de luz en nuestro camino.

Muchos tendríamos que detenernos a pensar en todo ello y valorar lo que hemos recibido y a las personas de quienes lo hemos recibido. Demos gracias a Dios por ello. Qué raíces más hermosas tiene esa fe que vivimos y que han de darle fecundidad a nuestra vida cristiana.

viernes, 16 de diciembre de 2022

En la cercanía de la navidad nosotros hemos de ser resplandores y destellos de luz que por nuestras obras anunciemos a quien va a venir para llenar el mundo de luz

 


En la cercanía de la navidad nosotros hemos de ser resplandores y destellos de luz que por nuestras obras anunciemos a quien va a venir para llenar el mundo de luz

 Isaías 56,1-3a.6-8; Sal 66; Juan 5,33-36

Los destellos de luz nos anuncian la llegada de algo o de alguien, los resplandores son antesala de la luz que llega; pienso en el resplandor del horizonte en el amanecer que nos anuncian la pronta salida del sol por el horizonte para iluminar un nuevo día; por aquello de los destellos me recordaba cuando circulábamos por caminos más tortuosos y llenos de curvas nuestro vehículo antes de llegar a la curva hacía unos destellos de luz para que quien viniera detrás de la curva sin visibilidad estuviera atento a la llegada de nuestro vehículo, o por sus destellos nosotros conociéramos su venida.

¿Será algo así lo que vamos viviendo en este adviento? Hemos ido escuchando a los profetas que con sus profecías nos estaban haciendo destellos para que nos preparáramos para la llegada del que había de venir; hemos escuchado con insistencia la voz que clama en el desierto, la voz del bautista preparando ya en la inmediatez los caminos del Señor.


Y es que hoy hemos escuchado en el evangelio a Jesús hablar de Juan el bautista, a quien, como les recuerda, habían enviado una embajada para saber cuál era su misión y si acaso era el Mesías; recuerda Jesús el testimonio que dio con su anuncio Juan el Bautista de Jesús. Ahora Jesús nos dice que Juan brilló por un instante con su luz que era luz anunciadora de una nueva luz permanente. ‘Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz’.

Todo nos conduce a la luz verdadera que viene a nuestro mundo, aunque muchas veces las tinieblas quisieran apagar esa luz. ‘La luz brilla en medio de la tiniebla’, nos dice Juan al inicio de su evangelio, ‘pero la tiniebla no la recibió. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron’.

Nosotros ahora, queriendo vivir este adviento, queremos recibirle, queremos dejarnos iluminar por su luz. Busquemos la verdadera luz. Estos días nuestras calles se llenan de luces, nuestras casas se quieren adornar igualmente con muchas luces. Es navidad. Y la alegría de estas fiestas el mundo quiere manifestarla con esos derroches de luz. No está mal, pues en fin de cuentas es tomar una imagen muy nuestra, muy de nuestra navidad cristiana, aunque el mundo hoy la utilice o con otros intereses – por medio anda mucho lo comercial – o sin darle todo el sentido que tendría que tener.

No la rechacemos sin más; aprovechemos esos rayos de luz para anunciar la luz verdadera. Es el tinte que todo cristiano debe poner en todo momento. Recordar, y tenemos que hacerlo principalmente con el testimonio de nuestra vida, de nuestras obras, quien es la luz verdadera que tenemos que buscar para que no nos quedemos en lo fatuo y lo efímero. Tenemos que hacer que de verdad todas esas luces conduzcan hasta Jesús, la luz verdadera.

Es nuestra tarea para que le demos un verdadero sentido a nuestra navidad, para que la navidad sea en verdad evangelio para el mundo. De nuevo tenemos que anunciar la verdadera navidad, de nuevo tenemos que seguir anunciando a Jesús y el evangelio de Jesús. Tenemos que hacer más presente a Jesús en nuestro mundo, volver a bautizar la navidad.

Hoy nos ha dicho Jesús: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que yo hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado’. Es lo que ahora nos toca hacer a nosotros, es el evangelio que tenemos que anunciar. Unos resplandores, unos destellos que tienen que haber en nuestra vida que anuncien a quien va a venir.

jueves, 15 de diciembre de 2022

No son calzadas para el paso fácil y cómodo de quienes tengan que atravesar el desierto o vayan allá por curiosidad, sino un camino que abrir en el corazón

 


No son calzadas para el paso fácil y cómodo de quienes tengan que atravesar el desierto o vayan allá por curiosidad, sino un camino que abrir en el corazón

 Isaías 54,1-10; Sal 29; Lucas 7,24-30

¿Qué es lo que nos llama la atención y nos hace detenernos en nuestro camino para contemplarlo? La respuesta puede ser muy variada y muy personal; cada uno tenemos ese punto de atracción, eso que nos puede llamar la atención como para que nos detengamos en nuestro camino para contemplarlo; no siempre son cosas, aunque la naturaleza si estuviéramos más atentos a ella nos ofrece mucho que contemplar, que descubrir y ante lo que admirarnos. ¿Quién no se ha detenido alguna vez en la carretera para contemplar una bella puesta de sol, o un bello amanecer? Aunque vamos tan a la carrera por la vida no sé a qué dándole más importancia, que no solemos detenernos ante una cosa tan sencilla y tan maravillosa a la vez.

No son cosas, decíamos, no son acontecimientos, pero puede ser una persona, unas actitudes muy especiales ante determinados acontecimiento, una forma de ser o de vestir, unos planteamientos que con su testimonio pudieran ser para nosotros unos interrogantes. ¿Qué nos llama la atención hasta el punto de detenernos en el camino? Seguimos preguntándonos.

Es lo que Jesús está hoy planteándonos en el evangelio. Habían venido los discípulos del Bautista a buscar señales de si era en verdad el Mesías, como Juan había anunciado. Tras su marcha con lo que han descubierto en Jesús, tras lo que han convivido con El, con el mensaje que han de llevar a Juan, el evangelista nos presenta la figura del Bautista en lo que Jesús decía de él.

Comienza Jesús preguntando ¿qué es lo que han ido a buscar en el desierto, qué es lo que han contemplado? No se habrán ido allá solamente por ver unas cañas que se mueven al son y al ritmo del viento del desierto. Lo que sí les había llamado la atención en el desierto era la figura de Juan. Era su presentación un tanto extraña con aquellas vestiduras de pieles de animales, con aquella austeridad incluso en su comida que solo se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Pero es que a la figura así descrita se añaden las palabras de Juan.

Es la voz que grita en el desierto preparando los caminos del Señor. Una voz que resuena y que no todos escuchan de la misma manera incluso en aquellos que han tenido el atrevimiento o la valentía de llegar hasta el desierto. Ya no era camino fácil el acceder a aquellos lugares donde no habría caminos. Pero allí estaba una voz que quería abrir caminos. No son calzadas para el paso fácil y cómodo de los que tengan que atravesarlo o vayan allá por simple curiosidad – no es la comodidad de un turista que en un autobús con aire acondicionado lo atraviesa por curiosidad -, sino que es un camino que hay que abrir en el corazón.

Y es eso lo que resuena fuerte y que no todos escucharán de la misma manera. Como hemos reflexionado en más de una ocasión solo aquellos que son capaces de mirar con sinceridad su vida reconociendo la verdad de su propia realidad, tendrán la valentía de querer empezar a abrir caminos. Quienes se encierran en si mismos, en sus logros o sus orgullos, en su autosuficiencia y en la vanidad de ponerse por encima de esas cosas y solo querer mirar de lejos, serán lo que en verdad se llenarán de oscuridades y no sabrán ni se imaginarán como podrán empezar a hacer nuevos caminos.

Nos habla de los publicanos y de los pecadores que escuchan la invitación a la conversión y se bañarán en las aguas del Jordán, pero los habla de lo que desde la distancia, desde esas distancias que bien saben poner por medio, los fariseos y los maestros de la ley rechazarán las palabras de Juan, ‘frustrando el proyecto de Dios para ellos.

¿Dónde nos colocamos nosotros? ¿En la sinceridad de quien quiere intentar comenzar a abrir caminos, o la postura del que se encierra en las negruras de su orgullo que tan confundidos están que se creen poseedores de la luz?

miércoles, 14 de diciembre de 2022

A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo y que manifestaremos con las obras de nuestro amor

 


A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo y que manifestaremos con las obras de nuestro amor

Isaías 45, 6c-8. 18. 21b-25; Sal 84; Lucas 7, 19-23

Siempre hemos repetido hasta la saciedad aquel refrán de que ‘una imagen vale más que mil palabras’; de mil maneras, y valga la redundancia, hemos cuidado lo de las imágenes; con ellas queremos trasmitir lo mejor, estamos convencidos de que convencen más que las palabras, en cualquier publicidad que se precie se tiene sumo cuidado en las imágenes que presentamos para que digan lo que no somos capaces de decir con palabras, y nosotros mismos también cuidamos la imagen, o sea que nos cuidamos de la apariencia que queramos dar, de la presentación que hacemos de nosotros mismos, hasta tenemos asesores de imagen.

Hacemos referencia a esto por lo que escuchamos hoy en el evangelio. Vienen los discípulos de Juan de parte de su maestro, el profeta que está en la cárcel de Herodes, para preguntarle a Jesús si es o no el Mesías, si es realmente quien tenía que venir o debían de esperar a otro. Pudiera parecernos extraño que sea Juan el que pida estas explicaciones a Jesús, cuando fue quien allá junto al Jordán lo señaló a sus discípulos como ‘el cordero de Dios que quita el pecado del mundo’, y ya en aquel momento algunos se fueron tras Jesús.

Pero Juan seguía teniendo discípulos incondicionales, aquellos que le permanecieron fieles incluso cuando estaba en la cárcel encerrado por Herodes; serán los que después de decapitado irán a recoger su cuerpo para darle sepultura como el mismo evangelio nos dice. Seguro que en aquellos diálogos con sus discípulos tenían que salir las andanzas de Jesús, le contarían de su predicación y de sus milagros, de la gente que lo seguía y probablemente también, ¿por qué no?, de aquellos que también se estaban oponiendo a la Buena Nueva de Jesús. Quiere ahora Juan que sus discípulos palpen con sus propias manos, vean con sus propios ojos, escuchen directamente a Jesús y por eso los envía con aquella embajada.

En el evangelio vemos que Jesús no da respuesta directa sino que sigue con lo que está haciendo, enseñando a la gente y curando a cuando acudían a El con todo tipo de enfermedades. No sería un hecho momentáneo o de poco tiempo el que estuvieran los discípulos de Juan con Jesús; seguirían el camino de Jesús que marchaba de aldea en aldea, que recorría los caminos de Galilea, que predicaba en las sinagogas, junto al lago o en la ladera de la montaña, hasta que son enviados de nuevo hasta Juan. ‘Id y decidle a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!’

Es la imagen de Jesús, es la imagen del Mesías, es la imagen de la salvación. Es la imagen que nosotros también hemos de dar. Es la imagen que nos lleva al encuentro con la Palabra, el Verbo de Dios en quien tenemos la salvación, al encuentro con Jesús.

El refrán se nos queda corto. Es cierto que tenemos que hablar y transmitir con la imagen, que es importante la imagen que nosotros demos de aquello que anunciamos, pero no olvidemos que es la Palabra la que tenemos que escuchar. ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto, escuchadle’, nos dice la voz del Padre desde lo alto en el Tabor.  Es en quien tenemos que centrar nuestra vida, porque sin esa presencia de Jesús de nada nos valdría todo lo que nosotros quisiéramos hacer. Si nuestras obras de amor tienen valor es porque están ancladas en la Palabra de Dios, ancladas en el amor de Dios que en Jesús se nos manifiesta.

Algunas veces alguno dice lo importante son las cosas que hagamos, y tenemos que decir lo importante es lo que vivimos que se traducirá en obras, que manifestaremos como señales de esa salvación de Dios, de ese Reino de Dios, porque lo importante es que Dios sea en verdad el Señor de nuestra vida.  

Nuestro amor no es puro altruismo, sino que tiene que tener un fundamento más profundo, el amor de Dios. Por supuesto, luego eso se va a traducir en lo que vivimos, en lo que hacemos, y será la imagen hermosa que nosotros demos de lo que en verdad es el Reino de Dios. A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo.

martes, 13 de diciembre de 2022

Cuando tengamos la humildad de ser sinceros en nuestra debilidad buscaremos salvación, buscaremos a Dios y podremos sentirnos llenos de Dios

 


Cuando tengamos la humildad de ser sinceros en nuestra debilidad buscaremos salvación, buscaremos a Dios y podremos sentirnos llenos de Dios

Sofonías 3,1-2.9-13; Sal 33; Mateo 21,28-32

El arrogante que se cree autosuficiente nunca será capaz de pedir ayuda, el que se siente lleno y satisfecho no querrá probar otros sabores sino que en su glotonería se quedará con aquella que primero apetece, el que se cree sabio y entendido en todo y para todo cree tener una respuesta o una solución, no creerá que sea posible que haya algo distinto a lo que es su sabiduría y rechazará todo lo que se le presente. Son las vanidades de la vida en que nos creemos que nos valemos solo por nosotros mismos y nunca nos abriremos entonces a algo nuevo y distinto. Nos creemos perfectos y no tendré la humildad de que pueda haber algún error en mi vida, ni necesitaré pedir perdón, ni necesitaré corregir, ni buscará una salvación. Somos muchos los que andamos por la vida tan llenos de autosuficiencias que luego se traducirán en muchas incongruencias en la manera de actuar.

Hoy nos dice el evangelista que Jesús les propone una parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Les habla de los dos hijos a los que el padre quiere enviar a trabajar a su viña. Uno, que nos parece rebelde, dice rotundamente al padre que no irá; el otro muy obsequioso según abre la boca su padre ya se está ofreciendo y diciendo que sí irá; pero sucede lo contrario, quien se ofreció obsequioso para corresponder pronto a su padre, pronto lo olvidará y se marchará por otras cosas desentendiéndose de lo que le ha pedido el padre. Mientras que quien se había negado a ir, arrepentido pronto accederá a la petición del padre siendo el único que fue a la viña a trabajar.

Cuántas veces vamos de obsequiosos por la vida. no queremos llevarle la contra a nadie, para que todos vean que somos buenos, pero lo somos de palabra, porque en el fondo no estamos dispuestos a hacer aquello que se nos ha pedido; queremos quedar bien con la incongruencia de que luego nada hacemos; queremos quedar bien y decimos que estamos de acuerdo mientras en nuestro interior quizás estamos pensando en algo bien distinto; a todo bajamos la cabeza para decir sí y vean lo buenos que somos pero nuestros corazones están llenos de otras sombras.

Aquel que fue sincero, porque quizá en aquel momento no tenía ganas de hacer lo que le pedía su padre y había dicho no, luego recapacitó y volvió a la senda del buen camino haciendo lo que realmente le pedía su padre. Tuvo la osadía de negarse, pero tuvo luego la valentía de arrepentirse; quizás fue mal mirado por aquella primera rebeldía de querer hacer la vida a su manera, luego quizás nos costará reconocer la valentía de su arrepentimiento y siempre le estaremos cargando con el sambenito de su pecado. Porque hasta ahí llegan nuestros orgullos, nuestras autosuficiencias, nuestras incongruencias, pero no reconocer que es posible un cambio y un arrepentimiento para comenzar una vida nueva.

Qué necesaria es la humildad de reconocer como somos, con nuestras deficiencias, con nuestras debilidades y tropiezos, con las sombras que tantas veces nos han acompañado en la vida. Aunque ahora estamos intentando hacer las cosas bien, sin embargo nos cuesta reconocer que un día cometimos errores, nos parece que nos vamos a sentir humillados, cuando en verdad sería todo lo contrario, porque la grandeza no está en que nos sintamos siempre perfectos, sino en reconocer que no lo somos, que hemos tropezado y que somos capaces de levantarnos. Cuantos velos queremos poner en tantas ocasiones en nuestra vida que tapen esos sombras que un día hubo en nosotros.

Será así cuando en verdad busquemos la salvación; será así cuando busquemos la verdadera sabiduría; será así cuando en verdad busquemos a Dios y terminaremos sintiéndonos llenos de Dios.

lunes, 12 de diciembre de 2022

Dejémonos sorprender por el evangelio porque vayamos con corazón limpio de prejuicios y corazón abierto para descubrir la novedad de vida que siempre nos ofrecerá

 


Dejémonos sorprender por el evangelio porque vayamos con corazón limpio de prejuicios y corazón abierto para descubrir la novedad de vida que siempre nos ofrecerá

Números 24, 2-7. 15-17ª; Sal 24; Mateo 21, 23-27

¿Quién te crees que eres tú? ¿Qué te da derecho para hacer lo que haces? Con palabras semejantes queremos parar los pies algunas veces a quien nos parece que se está metiendo donde no debe, que se está atribuyendo una atribuciones o poderes que no tiene. Porque en la vida nos encontramos con todo. El listo que todo se lo sabe y en todo quiere meter el hocico, hablando pronto y mal, pero que no podemos tolerar y buscamos la forma como pararlo en esas atribuciones que con tanta libertad se ha tomado.

¿Era algo así lo que querían decirle los judíos a Jesús? Ya muchos veían con malos ojos sus enseñanzas y les parecía que estaba soliviantado al pueblo haciéndoles unas promesas que no tenían sentido; algunos quizás veían sus intereses en peligro y había que buscar la manera de desprestigiar a Jesús, para otros Jesús era poco menos que un blasfemo porque les parecía que se atribuía un lugar que solo Dios ocupaba, les molestaba quizás que la gente sencilla encontrara esperanza en las palabras y en la presencia de Jesús.

Ahora había llegado hasta el colmo. Se había permitido meterse en el templo y con las costumbres y normas de régimen interior que allí se tenían – quizá por el interés de algunos que encontraban ganancias y posicionamientos de poder – y Jesús se había atrevido a echar a los vendedores del templo y a derribar las mesas de los cambistas. Por eso algunos se habían atrevido a enfrentarse a Jesús para pedirle cuentas sobre la autoridad con que se creía para actuar así. ‘¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’

Pero Jesús no les responde directamente sino que a su vez les plantea otra pregunta a la que no saben como contestar porque entonces serían ellos los que se vieran comprometidos. Y como Jesús les dice, si ustedes no me contestan yo tampoco os doy respuesta a lo que me planteáis. La malicia que pervertía sus corazones es con la que acuden con sus exigencias a Jesús. Pera a Jesús no podemos ir con exigencias. Es necesario una sinceridad de corazón y una pureza de malas intenciones.

Pudiera parecer anécdota este episodio que nos narra el pasaje evangélico. Pero para nosotros siempre toda palabra de Jesús, todo gesto de su vida, su presencia tiene para nosotros un mensaje, nos plantea interrogantes para nuestra vida y nos quiere hacer pensar. Hay gente que dice no encontrar respuestas a sus interrogantes cuando leen el evangelio. Y es eso lo que tenemos que plantearnos, cómo acudimos nosotros al evangelio, cual es nuestra mirada o qué es lo que llevamos en el corazón.

No vamos al evangelio como quien va a un libro de historia porque quiere saber cosas, porque quiere aprender cosas; no podemos quedarnos en la belleza literaria que en el evangelio, en las parábolas de Jesús, en el mismo relato que nos hacen los evangelistas, sin negar su belleza. No son palabras bonitas lo que nosotros vamos buscando; no podemos ir desde nuestros prejuicios con nuestras preguntas ya como predeterminadas para que nos den una respuesta que concuerde con nuestras ideas o con nuestros pensamientos. No podemos acudir con un prejuicio crítico que ya llevamos elaborado de antemano. Así no encontraremos nada porque el evangelio es mucho más que todo eso.

Dejémonos sorprender por el evangelio porque vayamos con corazón limpio de prejuicios, con corazón abierto para poder descubrir esa novedad que siempre nos ofrecerá a nuestra vida. Siempre será para nosotros buena nueva, buena noticia, desde la apertura de nuestro corazón, desde la sinceridad de nuestra humildad. Será entonces para nosotros esa perla preciosa, ese tesoro escondido que vamos a encontrar para llenar de riqueza nuestro espíritu, nuestra vida. No es algo material lo que vamos a encontrar, será que nos eleve y nos llene nuestro espíritu. Es algo sobrenatural porque es encontrarnos con Dios y encontrarnos con la vida.

domingo, 11 de diciembre de 2022

Las obras comprometidas de nuestro amor son las señales de la auténtica esperanza con la que hemos de contagiar nuestro mundo, señales de una verdadera navidad

 


Las obras comprometidas de nuestro amor son las señales de la auténtica esperanza con la que hemos de contagiar nuestro mundo, señales de una verdadera navidad

Isaías 35, 1-6a. 10; Sal 145; Santiago 5, 7-10; Mateo 11, 2-11

Nos encontramos ya recorriendo el tercer domingo de adviento e iniciando la tercera semana que nos acerca a la navidad. A pesar de los problemas que siguen marcando el ritmo de la vida de nuestro mundo, en la calle nos vamos encontrando un ambiente de fiesta, una luminosidad distinta aunque solo sea por las luces que adornan nuestras ciudades y nuestros pueblos, una cierta alegría en el consumo por aquello de los regalos, unos aires y sones que suenan con música distinta que llaman o llamamos ambiente navideño.

Pero parece sin embargo que la alegría no es completa porque o nos hablan del encarecimiento de la vida y eso nos coarta en algunos de nuestros deseos, o en la lejanía siguen sonando oscuros cañones de guerra que se trasluce también en un cierto desasosiego que de alguna manera nos inquieta. Algunas cosas de nuestro ambiente parecen como un telón que quisiera ocultar algunas zonas oscuras de la vida en las que no quisiéramos pensar; hay cierta desesperanza, porque muchas cosas siguen turbias y llenas de una cierta oscuridad y nos parece que el ritmo que seguimos viviendo y esas cosas que queremos en cierto modo ocultar no tienen una salida y es como si viviéramos sin esperanza.

Pensemos en la acritud y desencuentro que se vive en la vida social y política con una violencia soterrada generadora de nuevas violencias y enfrentamientos, en la manipulación que se hace desde determinadas propagandas para llevarnos por algunos derroteros de nuestra sociedad en la que se quieren cambiar nuestros valores, en el rechazo a todo lo que no sea como yo pienso o como yo quiero, a la superficialidad con que se están ofreciendo soluciones para la vida y para la sociedad.

Ese ambiente que decimos navideño que notamos en nuestras calles, como decíamos al principio de esta reflexión, ¿será quizá como una cortina que quiere ocultar esas otras sombras que nos envuelven por otros lados? Claro que eso no nos satisface.

Sin embargo nosotros los cristianos queremos seguir celebrando la navidad, pero ¿qué tendría que significar? Este tiempo con que nos preparamos para la navidad lo queremos llamar tiempo de esperanza, pero a esa esperanza creo que tendríamos que darle otro sentido y otro valor. La esperanza no es solo porque vienen unos días de fiesta que nos quieren hacer olvidar o al menos ocultar otros problemas que tengamos por otros lados. Una esperanza muy efímera sería entonces porque le estamos dando poco fundamento, poca profundidad.

Nosotros sí tenemos una esperanza que no queremos simplemente poner como unas luces de colores que se encienden y se apagan. Nosotros sí creemos que ese mundo de sombras puede cambiar. Creemos y esperamos a Aquel que viene a nosotros para darnos esa luz verdadera, para poner la auténtica esperanza en el corazón, que viene y nos ofrece caminos de salvación que transformen de verdad nuestra vida y nuestro mundo. Es la esperanza en Jesús que es nuestro Salvador al que tenemos que escuchar, al que tenemos que hacer más presente en nuestra vida, del que tenemos que dejarnos iluminar para poner auténtica luz en nuestro mundo. Es el que viene a transformar nuestros corazones, es el que nos viene a poner en camino de compromiso por un mundo nuevo y mejor, es el que viene para arrancar ese mal que ennegrece nuestro mundo y nuestra vida.

Claro que lo vamos a celebrar con alegría, claro que queremos hacer que sea una auténtica navidad con toda la profundidad que se merece, que no se quede ni en apariencias ni en superficialidades. Y aunque sigamos envueltos en tantas cosas que siguen haciendo sufrir a las personas, siguen haciendo presente el sufrimiento en el mundo, nosotros podremos cantar porque tenemos esperanza de que todo se puede transformar, porque para eso se hace Cristo presente en nuestro mundo, para eso vamos a hacer presente a Cristo en nuestro mundo. Sed fuertes, no temáis, nos decía el profeta. ¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará’. Es la esperanza que anima nuestra vida. Es la esperanza que nos obligará a ir poniendo señales de algo nuevo en nuestro mundo.

¿Cuáles serán esas señales? El profeta nos decía:Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo. Retornan los rescatados del Señor. Llegarán a Sión con cantos de júbilo: alegría sin límite en sus rostros. Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la pena y la aflicción’.

Es el mismo sentido en el que nos hablaba Jesús en el evangelio. Cuando vienen a preguntarle de parte de Juan si era el que había de venir o tenían que esperar a otro, Jesús les dice: Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan
y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!’


Era como tenían que reconocer que en Jesús se cumplía lo anunciado por los profetas. Pero eso nos está diciendo algo a nosotros también. Es así cómo el mundo tiene que seguir reconociendo que en Jesús tenemos nuestra salvación. Son los signos que nosotros tenemos que realizar, es el testimonio que nosotros tenemos que dar, es cómo que tiene que reflejarse en nuestra vida esa esperanza que tenemos, es cómo vamos a manifestar que es posible esa transformación porque lo estaremos manifestando con nuestras obras de amor.

Son las señales de la auténtica esperanza de la que tenemos que contagiar a nuestro mundo. No unas luces de colores que se encienden y se apagan, no unas cortinas con las que ocultar lo que nos avergüenza. Es el camino para una verdadera navidad.

 

 

sábado, 10 de diciembre de 2022

Tengamos la valentía de ponernos con sinceridad ante la Palabra del Señor y dejémonos interpelar por esa Palabra que es luz, fortaleza y camino hacia la verdad en plenitud

 


Tengamos la valentía de ponernos con sinceridad ante la Palabra del Señor y dejémonos interpelar por esa Palabra que es luz, fortaleza y camino hacia la verdad en plenitud

Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Sal 79; Mateo 17, 10-13

Muchas veces nos rondan preguntas en nuestro interior que de alguna manera se quedan en el tintero, porque parece que no encontramos el sitio ni el momento oportuno donde nos sintamos con confianza; puede ser la timidez o la inseguridad que muchas veces sentimos que nos hace como avergonzarnos de lo que nos ronda por dentro, pero en el fondo estamos deseando encontrar ese momento y esa persona. Sucede más de lo que pensamos; aunque parezca muchas veces que la relación es fluida entre las personas, entre los que se dicen amigos, o con aquellos que están ahí en la vida para ayudarnos, nos falta ese momento de coraje, de humildad y de valentía al mismo tiempo para plantearnos las cosas.

Hay cosas de las que nos cuesta hablar; nos parecen de nuestra particular intimidad, aunque en otras cosas seamos muchas veces muy locuaces y hasta muy liberales; pensemos que de nuestro interior poco decimos, de la vida espiritual no parece que sea un tema fácil o nos parece que nos van a tratar como ñoños o infantiles porque eso para algunos no está de moda, de las aspiraciones profundas de la vida solo contamos con muy pocas personas, de las dudas en cuestiones importantes nos callamos para no parecer unos analfabetos.

A los discípulos con Jesús les pasaba también muchas veces. Estaban con El, les explicaba con todo detalle las cosas que los demás no entendían, pero les vemos muchas veces por detrás discutiendo sobre sus ambiciones, y los recelos y envidias que entre ellos mismos se generaban porque siempre se andaban preguntando quien sería el más importante, algo así, que como quien iba a heredar el mando cuando Jesús faltase, lo hacían por detrás y como a escondidas, mientras iban de camino en que de alguna manera se dispersaban un poco.

Ahora parece que ha llegado el momento, sobre todo para aquellos tres que habían subido especialmente con El a la montaña y habían sido testigos de lo que allí había sucedido, la transfiguración del Señor. Parece que ahora se sienten con confianza y mientras van bajando surge alguna pregunta que llevaban rumiando en su interior. Habían conocido a Juan, el Bautista, allá en el desierto y alguno había sido incluso su discípulo, oían hablar de los antiguos profetas y de sus anuncios y promesas mesiánicas, ahora habían sido testigos en medio de la transfiguración de Jesús en la oración que habían aparecido Moisés y Elías hablando con Jesús.

De este profeta quieren preguntar. Estaba la nebulosa del misterio de su subida al cielo en un carro de fuego y los anuncios proféticos que hablaban de la vuelta de Elías cuando llegasen los momentos de plenitud. De alguna manera estaban presintiendo que esos momentos estaban llegando por lo que vislumbraban de Jesús y ahora más después de la teofanía del Tabor. ¿Había llegado ya el momento de la vuelta de Elías y eran entonces los tiempos del cumplimiento de las promesas mesiánicas?

‘¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?’ Jesús viene a decirles que muchas veces será difícil para la gente interpretar los signos de Dios. No siempre eran aceptados los profetas, muchos fueron rechazados violentamente. Allí habían tenido a Juan Bautista y no todos habían querido creer en El, y ya todos sabían cómo había terminado a manos de Herodes. Pero aprovecha Jesús para anunciar que al Hijo del Hombre le va a suceder de manera semejante porque no todos quieren aceptarlo. Aquí a ellos ahora mismo tampoco sabían interpretar estas palabras de Jesús. Pero Jesús les había día que Elías había venido ya, aunque no lo supieron ver. Interpretarían después ellos que Jesús se estaba refiriendo precisamente a Juan el Bautista.

El ángel en su aparición a Zacarías en el templo lo había anunciado como el que ‘venía con el espíritu y el poder de Elías para convertir los corazones de los padres hacia los hijos y a los desobedientes a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’. ¿No era eso precisamente lo que Juan había realizado con su predicación allá en el desierto junto al Jordán?

Dejémonos instruir por el Espíritu del Señor. Dejémonos conducir y no cerremos nuestros corazones. Tengamos la valentía de ponernos con sinceridad ante la Palabra del Señor y dejémonos interpelar por esa Palabra que al mismo tiempo irá siendo luz en nuestras dudas, fortaleza en nuestra debilidad y camino cierto que nos conducirá a la Verdad plena.

viernes, 9 de diciembre de 2022

Busquemos la sabiduría que nos enseña a valorar lo bueno que los otros hacen y estaremos en camino de encontrar a Dios que ahí y así se hace presente en la vida

 


Busquemos la sabiduría que nos enseña a valorar lo bueno que los otros hacen y estaremos en camino de encontrar a Dios que ahí y así se hace presente en la vida

 Isaías 48, 17-19; Sal 1; Mateo 11, 16-19

Algunas veces no nos es fácil entendernos. Da la impresión que hablamos lenguajes o idiomas distintos. Nos hacemos nuestras particulares interpretaciones no solo de las palabras que escuchamos, sino que en nuestro juicio estamos queriendo mirar con lupa lo que los otros hacen, aunque da la impresión que la lupa está empañada. Si tenemos el cristal empañado, difícilmente podemos ver con claridad lo que hay al otro lado.

Los que utilizamos lentes o gafas, como comúnmente decimos, a veces nos damos cuenta que no vemos con claridad, pero es por la suciedad que se ha acumulado en nuestros cristales. Así nos pasa en el juicio o la interpretación que hacemos de los demás, vamos desde nuestras particulares ideas ya preconcebidas, vamos con nuestros prejuicios, o vamos también con nuestra malicia. Cuántos conflictos se generan.

Es cierto que cada uno tiene su manera de pensar, pero eso no nos debe encerrar nunca en nosotros mismos. Tiene que haber apertura en el corazón para ser capaces de ver lo bueno que hay en los demás. Cuando en la lucha de la vida nos volvemos opositores los unos de los otros, cuánto nos cuesta aceptar que el otro pueda tener razón, cuánto nos cuesta aceptar lo bueno que realiza el otro.

Y así andamos en nuestra sociedad, lo vemos en la vida social y política, pero lo vemos en las relaciones más cercanas, ya sea con los vecinos, con los compañeros de trabajo o incluso en la propia familia. Nosotros queremos tener siempre la razón y no aceptaremos que el otro pueda ofrecernos algo positivo.

Qué difícil es construir así. Más bien muchas veces nos destruimos. Siempre andamos enmendando pero desde nuestra particular vara de medir y nos cuesta ser objetivos. Nos falta serenidad de espíritu, nos falta madurez. Y no es cuestión de hacer sincretismos en cosas que puedan ser irreconciliables, pero tenemos que aprender a ser tolerantes y respetuosos, para poder ser en verdad constructores.

Les costaba entender a Jesús las gentes de su época. Vemos la diversidad de reacciones. La gente sencilla que se entusiasmaba porque se despertaban las esperanzas en su corazón, pero al mismo tiempo les costaba quitarse de la cabeza la idea preconcebida de lo que tenia que ser el Mesías, y eso no era lo que encontraban en Jesús, por eso se dejarán manipular fácilmente. Por otra parte los que veían que el mundo que se habían construido se les venía abajo, porque su postura era estar siempre en un escalón por encima de los demás, para sentirse con poder, para manipular para que todo fuera a su conveniencia, por sus interpretaciones erradas que hacían de la ley de los profetas.

Unos decían que nadie hablaba como este hombre, en referencia a Jesús, y otros venían con preguntas capciosas para intentar cogerle y para tener de donde desprestigiarle ante el áurea que se había creado en torno a Jesús. No podían aceptar la sabiduría de Jesús, aunque la tuvieran palpable ante sus ojos.

Era la queja de Jesús contra aquella generación. Son como los niños de la plaza, dice, que ni juegan ni dejan jugar. Juan les parecía demasiado austero y exigente en su petición de conversión, a Jesús lo veían como un comilón que se comía con gente de mala calaña, con publicanos y pecadores.

Pero no nos quedemos en hacer juicio de aquella generación, sino que esta Escritura lo que quiere es que nosotros nos enfrentemos con nosotros mismos. ¿Cuál es nuestra verdadera actitud ante Jesús y ante su Buena Nueva? ¿No andaremos también con nuestras componendas o con nuestros prejuicios? Con sinceridad tenemos que ponernos ante Jesús quitando todo lo que empañe nuestra mirada. Escucharle con sinceridad. Abrir nuestro corazón y dejarnos conducir por su espíritu. Tendremos que limpiar el corazón. Por algo siempre nos pide conversión. Es una mirada nueva y limpia con la que tenemos que mirar el evangelio para poder dejarnos conducir por el Espíritu.

Cuando vayamos limpiando nuestra mirada nos daremos cuenta que en los demás, en lo que hacen los otros, hay más belleza de la que nosotros imaginábamos. Es que no tenemos que andar con imaginaciones y prejuicios, sino que tenemos que aprender a valorar a los otros, valorar sus ideas y pensamientos, valorar su manera de actuar sin entrar en juicios sobre lo que hacen.

Así nos enriqueceremos todos, así podremos en verdad construir ese mundo mejor, así caminaremos con verdadera esperanza llena de optimismo por la vida, así estaremos haciendo verdadero adviento en nosotros. Encontraremos la verdadera sabiduría.

jueves, 8 de diciembre de 2022

Con María desbordamos de gozo en el Señor porque a ella la hizo la llena de gracia y por ella somos nosotros bendecidos con toda clase de bendiciones

 


Con María desbordamos de gozo en el Señor porque a ella la hizo la llena de gracia y por ella somos nosotros bendecidos con toda clase de bendiciones

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

¡Qué suerte hemos tenido! Pensamos, por ejemplo ahora que estamos en fechas de eso, si nos toca la lotería. Es como un regalo que no esperábamos, aunque quizás lo deseamos. Nos volvemos locos de alegría. Como si nos hacen un regalo muy valioso que ni esperábamos y ni siquiera habíamos pensado en ello. No lo podemos callar, desborda la alegría de nosotros y queremos contagiar de ello a los demás.

‘Desbordo de gozo en el Señor mi Dios, porque se ha fijado en la pequeñez de su esclava y el Señor ha hecho maravillas en mi’, cantará María cuando llega a casa de Isabel y no puede callar la noticia que lleva dentro de sí. Todo el camino había sido como un ensayo de cómo decirlo, de cómo cantar a Dios, de cómo dejar que todo aquel río de alegría y felicidad que lleva dentro de ella desborde y contagie a los demás. Por eso dirá Isabel que tan pronto oyó las palabras de saludo de María, la criatura – Juan el Bautista - saltaba de gozo en su seno.

No era para menos. El ángel en su saludo la había llamado la ‘llena de gracia’, y ante las dudas de María el ángel insiste en que ‘ha hallado gracia’ en la presencia de Dios y por eso ha sido elegida para ser la madre del Altísimo. Es más, el ángel le dirá que el Espíritu divino vendrá sobre ella y la cubrirá con su sombra para que lo que de ella ha de nacer sea llamado el Hijo de Dios.

Ha hallado gracia ante Dios, la llena de gracia, nos hemos acostumbrado a estas palabras que terminamos por no captar su hondo sentido. Gracia significa don, significa regalado; es lo que se regala gratuitamente, simplemente porque se quiere, no como pago a unos merecimientos, sino como un don que nos enriquece, porque nos da algo nuevo. Y María es la agraciada del Señor, la regalada del Señor; Dios derrocha en ella toda gracia, todo don, porque nada menos que le regala el que pueda ser su madre, la Madre de Dios. Y colmada de la bendición del Señor todo en ella será belleza porque será vida y será amor.

Es lo que se derrocha del corazón de Maria. En ella ya no podemos ver ninguna mancha, ninguna impureza, ningún pecado. Por eso hoy la llamamos Inmaculada, porque en ella ni siquiera la mancha del pecado original con el que todos nacemos la pudo manchar, porque en virtud de los méritos de Cristo, como decimos en el catecismo y en la teología, Maria fue preservada de toda mancha de pecado original. Es lo que hoy celebramos, es lo que hace que hoy la Iglesia se vista de fiesta con María.

Hoy nosotros nos sentimos bendecidos con María. Ese don de Dios, esa gracia de Dios para María no era solo para ella; somos nosotros los bendecidos también, somos nosotros los agraciados también. Porque en María, podemos decirlo así, se hizo presente la salvación de Dios para nosotros; quien nació de María, se llamaría Jesús, porque sería el Salvador, porque seria la salvación de Dios para la humanidad. El que nacerá de María, y ya prontamente lo vamos a celebrar, será el Emmanuel, el Dios con nosotros.

Dios que se encarna en el seno de María, Dios que se hace hombre en las entrañas de María para participar de nuestra humanidad a la que iba a divinizar, iba a elevar también con ese don y esa gracia sobrenatural que a nosotros nos haría hijos de Dios. Es hermoso. Es motivo para que nosotros también desbordemos de gozo en el Señor, desbordemos de gozo con María porque también nos sentimos unos bendecidos de Dios, y para nosotros sería también la gracia, para nosotros sería también ese regalo del amor de Dios.

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos’, decía el apóstol en la carta que hemos escuchado en la segunda lectura. Toda clase de bendiciones, porque ‘nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor… nos ha destinado a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado’.

Somos, pues, también nosotros los agraciados, los regalados del Señor. Llamamos a María, la llena de gracia, pero es lo que también tendría que rebosar en nosotros. Tendríamos que aprender de María a decir sí, a reconocer la inmensidad de gracias y de maravillas que el Señor también realiza en nosotros, aunque seamos indignos, pero es el regalo del amor, que en María comprendemos mejor, que con María queremos por ello dar gracias a Dios.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

Nos preparamos porque vamos a celebrar a quien viene a nosotros en el hoy de nuestra vida para poner esperanza en el corazón, ser nuestro descanso y nuestra fortaleza

 


Nos preparamos porque vamos a celebrar a quien viene a nosotros en el hoy de nuestra vida para poner esperanza en el corazón, ser nuestro descanso y nuestra fortaleza

Isaías 40, 25-31; Sal 102; Mateo 11, 28-30

Nos creemos que todos son felices, pero no lo son tanto. Quizás vivimos tan ensimismados en nuestras cosas que no se nos ocurre mirar alrededor, pero no por fuera, por la apariencia, sino en lo más hondo detrás de esa puerta, de ese rostro, de esa persona que pasa a nuestro lado corriendo a sus tareas, en medio de sus ocupaciones. También detrás de esa apariencia que nosotros manifestamos hay también muchas cosas que solo tu sabes si no lo compartes con nadie; aunque participemos en muchas cosas, hagamos fiesta o convivencia en muchas ocasiones juntos, siempre hay algo detrás que no a todos manifestamos y también la gente creerá que somos felices del todo, pero nos decimos ¡si tú supieras todo lo que hay dentro de mi, no tendrías esa opinión! Pero es lo que nos sucede con los otros.

La misma situación que vivimos en el momento presente no es propicia para muchas alegrías si nos paramos a pensar y a hacernos concientes de lo que hay a nuestro alrededor. En ocasiones parece que nos envolvieran tinieblas, o el túnel que atravesamos es tan oscuro que nos cuesta ver el final.

¿No nos duele el sufrimiento de los que llegan a nuestras costas – y pienso en nuestras costas canarias – en pateras que van dejando tras de sí un reguero de cadáveres mientras atraviesan nuestras aguas, o sobre el timón de carguero – como ha sucedido en estos días - en búsqueda de una vida mejor? Menciono lo más cercano a mi geografía, pero podemos pensar en esa riada continua que atraviesa Centroamérica en búsqueda de ese mundo mejor más al norte. Tantos desplazados de un lugar para otro en tantos lugares del mundo, o como sucede también cercano a nosotros en quienes dejan el campo para irse a las ciudades, o se van de una isla a otra, con todas las incógnitas e interrogantes que llevan en lo profundo de sí mismos ante lo que les deparará ese cambio de vida.

Pero está la lucha del día a día, con sus trabajos y preocupaciones, con los problemas que surgen en las familias o en los lugares de trabajo, con la convivencia que se hace cuesta arriba entre vecinos que no se hablan, con las enfermedades que no siempre se esperan y nunca se desean que nos van apareciendo en nosotros mismos o en los seres queridos que tenemos a nuestro lado, y así podríamos pensar en tantas cosas que nos llenan de angustias y de agobios, que nos quitan la sonrisa de nuestro semblante y nos hacen perder la paz en el corazón, aunque muchas veces intentemos por fuera mantener el tipo. A veces parece que perdemos la ilusión y la esperanza. Y eso amarga los corazones, nos hace perder la paz interior.

¿Dónde podremos encontrar una luz que nos haga soñar en algo mejor? ¿Podrá haber una esperanza que nos ilusione de nuevo y nos haga levantarnos de la angustia que nos envuelve? ¿Será posible la esperanza?

Es lo que los cristianos queremos proclamar en este tiempo de Adviento de una manera especial. Nos preparamos para celebrar algo que en verdad cambió la historia de la humanidad, aunque por falta de fe hayamos perdido de nuevo las esperanzas. Lo que vamos a celebrar próximamente no son unas fiestas de añoranzas, que al final nos pudieran dejar más tristes. Vamos a celebrar que viene a nosotros – y viene realmente nosotros en el hoy de nuestra vida – aquel que nos dice, como hemos escuchado en el evangelio, Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’.

No son unas palabras cualquiera, no son algo que repe

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timos sin más porque queda bonito, es escuchar que Jesús se nos ofrece para que vayamos y descarguemos en El todos nuestros agobios y cansancios porque en el encontramos descanso, encontramos alivio, encontraremos paz. No son palabras para adormecernos, sino para comprometernos. Es que en Jesús vamos a encontrar un camino nuevo, un nuevo sentido de vida, un compromiso que nos transforma, una nueva manera de actuar, una sensibilidad especial para el corazón. Es un evangelio, es una buena noticia, que nos llenará de alegría porque toda buena noticia siembra paz y esperanza en el corazón.

Y vamos a escuchar a Jesús, y vamos a sentirnos unidos a El, y vamos a vivir en su mismo sentido de vida, y entonces iremos llenando de luz nuestro mundo porque nos sentiremos comprometidos a hacer un mundo mejor. No nos cruzaremos de brazos ante el sufrimiento sino que vamos a poner todo nuestro amor para mitigarlo, para transformarlo. Es algo grande lo que nos ofrece, es algo grande lo que vamos a celebrar, por eso queremos ir haciendo este camino de Adviento con toda intensidad para estar bien preparados, para que demos nuestra respuesta.

martes, 6 de diciembre de 2022

Quien tiene esperanza busca salidas, se esfuerza, lucha porque sabe quien viene en su rescate, nuestra fe en Jesús Buen Pastor que busca la oveja perdida nos llena de esperanza

 


Quien tiene esperanza busca salidas, se esfuerza, lucha porque sabe quien viene en su rescate, nuestra fe en Jesús Buen Pastor que busca la oveja perdida nos llena de esperanza

Isaías 40, 1-11; Sal 95; Mateo 18, 12-14

No sé, solo puedo imaginarlo, lo que sentirá una persona que en un lugar desconocido para ella se siente perdido, sin ningún tipo de orientación ni a quien poder acudir para encontrar una salida; son experiencias duras y no me atrevo a hablar con detalle de esa situación, porque, al menos no lo recuerdo, no he tenido esa experiencia. Pero todos hemos leído alguna vez relatos de este tipo, aunque sea en forma muchas veces novelada y nos podemos hacer una idea.

Pero, pienso, tiene que ser muy duro. Pero si por algún motivo a esa persona le llegaran indicios de que hay alguien que está buscándola, que se han organizado quizá equipos de rescate para ir en su búsqueda, en medio de sus amarguras está sintiendo algún tipo de consuelo y alguna esperanza se está suscitando en su corazón. Y una persona con esperanza lucha, busca salidas, se esfuerza por mantenerse firme en la espera de su rescate. No ha perdido la esperanza.

Es la esperanza que nos anima a los que tenemos fe. Es la esperanza que queremos revivir y cultivar con intensidad en este tiempo de Adviento. Y bien que lo necesitamos. Son muchas las sombras que nos envuelven. Necesitamos esperanza cuando vivimos la situación de nuestro mundo hoy. Algunas veces queremos encerrarnos en nosotros mismos en una campana que nos aísle de la situación que vive nuestro mundo, pero no podemos.

Ahí está la realidad de la vida con sus problemas, con sus guerras, con su racismo, con su pobreza, con tanta destrucción que parece que fuera lo favorito de muchos, con esa carrera que vivimos en medio de los pisotones de los más ambiciosos o de las angustias a los que les parece que se le cierran las puertas. ¿Podemos seguir así? ¿No tiene salida nuestro mundo? Necesitamos una luz que nos llene de esperanza.

Pero nos miramos a nosotros mismos y vemos que somos igual, que también nos dejamos envolver por nuestros orgullos, ambiciones y egoísmos, que muchas veces vestimos el traje de la vanidad con el que queremos disimular nuestras carencias, pero carencias de las peores cuando nos faltan valores, cuando nos olvidamos de unos principios, cuando dejamos a un lado los más elementales principios éticos. Nos sentimos mal,  nos sentimos perdidos, nos sentimos pecadores. ¿Habrá un rayo de luz que nos llene de esperanza?

Hoy Jesús nos dice algo muy hermoso, muy bonito, que siembra esperanza en el corazón. Somos esa oveja perdida que El viene a buscar. Como le he escuchado decir a algún comentarista ha dejado las noventa y nueve del cielo y se ha querido venir a la tierra, a esta tierra nuestra de sombras, a esta tierra nuestra donde nos hemos creados esos barrancos y abismos inmensos que nos hacen estar perdidos, pero para buscarnos.

Es lo que ahora en este tiempo de adviento nos estamos preparando para celebrar, para vivir. Navidad es ese Dios que como Buen Pastor viene a buscar a la oveja perdida y para eso se hace como nosotros, para caminar nuestros caminos, para enseñarnos el sendero que nos lleva a la vida, para poner esperanza, vida, salvación en nuestro corazón. Podemos sentirnos con esperanza, porque sabemos que hay alguien que nos busca, que viene a nuestro encuentro, que nos quiere hacer salir de esa piscina de nuestras imposibilidades donde nos hemos hundido, levantar de esa camilla de nuestro pecado donde nos hemos postrado, nos hace salir de nuestro camino de sombras.

Estaremos perdidos, pero para nosotros hay una esperanza, a nosotros llega la salvación.

domingo, 4 de diciembre de 2022

Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos, con nuestras parálisis o con nuestros corazones endurecidos, dejémonos sorprender

 


Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos,  con nuestras parálisis o con nuestros corazones endurecidos, dejémonos sorprender

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

El amor siempre sorprende. Por amor seremos capaces de hacer aun aquello que no haríamos por todo el oro del mundo. Siempre seremos capaces de tener un nuevo gesto amor. Nos hace creativos. Nos hace que cuando por cualquier otro motivo no nos ofreceríamos para ser los primeros, por amor siempre estaremos dispuestos. Y el amor nos sorprende, lo que no imaginamos allí lo vamos a encontrar. Nos deja descolocados, porque aquello que no esperábamos lo vamos a encontrar.

Por eso siempre nos sorprende Dios, por eso Jesús continuamente nos estará sorprendiendo con nuevos gestos, con nueva cercanía, ofreciéndonos lo que nadie podría ofrecernos. Continuamente nos está dando muestras de lo que es su amor, de lo que es el amor de Dios, del que es la mejor imagen. 

Igual le vemos con la gente más sencilla rodeado de pescadores, o no le importa sentarse a la mesa tanto del fariseo que lo invita como del publicano que ofrecerá un banquete porque se ve honrado con la amistad de Jesús que lo admite a formar parte del grupo de sus seguidores más cercanos, igual lo veremos que la mujer pública se acerca para lavarle los pies con sus lágrimas y ofrecerle el ungüento que no recibirá en su sepultura como se deja tocar el manto por aquella mujer impura por sus hemorragias.

Pero  hoy la sorpresa será mayor. Cuando está rodeado de tanta gente que ya ni por la puerta pueden entrar, se van a descorrer las tejas de la azotea para bajar hasta él a un paralítico para que lo cure. Pero la sorpresa va más allá de la audacia de aquellos hombres que no temen romper el tejado para hacer llegar al paralítico a los pies de Jesús, sino que sus primeras palabras no serán para curar lo que tanto ansían, la invalidez de aquellas piernas, sino para ofrecerle el perdón de sus pecados.

El estupor y la sorpresa fueron grandes, sobre todo para aquellos que estaban allí para acechar sus gestos y sus palabras, porque ya comenzaban a desconfiar del mensaje nuevo que Jesús está propagando. Por allá estaban sentado unos escribas y unos fariseos, no porque tuvieran interés de escuchar a Jesús en provecho de sus vidas, sino para acecharlo en aquello que pudiera parecer un desliz y tener con qué acusarlo. Ahora tienen motivos porque aquellas palabras de Jesús parecen blasfemas porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. No han terminado de entender quien realmente es Jesús.

Este hombre blasfema. ¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?’, fue la reacción de los que estaban allí al acecho. Parecía que no tenían capacidad en su corazón para ver más allá de este gesto y estas palabras de Jesús que les sorprenden por lo que parece un atrevimiento de Jesús.

Solo Dios puede perdonar pecados, pero solo Dios es el que da la vida y nos puede liberar de la enfermedad, solo en Dios podemos alcanzar la salvación, les viene a decir Jesús. ‘¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y echa a andar?’. Y tomó de la mano al paralítico, ‘levántate y anda’. Podía hacerlo Jesús. Podía perdonarnos Jesús. Es que en Jesús estaba la salvación. Y el paralítico ‘tomó su camilla donde había estado tendido y marchó a su casa dando gloria a Dios’. Todos quedaron admirados y sorprendidos. ‘Hoy hemos visto maravillas’, no les quedó más remedio que reconocer a todos los allí presentes.  Allí se había manifestado el amor de Dios que nos sana y nos da vida porque nos da su perdón, que nos levanta de nuestras camillas pero llena de gracia nuestro corazón.

¿Nos dejaremos sorprender nosotros igualmente por el amor de Dios? ¿Qué necesitamos nosotros más? ¿Seremos el paralítico tendido en la camilla o seremos aquellos que aunque sorprendidos seguimos desconfiados de la salvación de Dios? 

Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos, allí con nuestras parálisis que son algo más que unos miembros que no se pueden mover, o unos corazones endurecidos que muchas veces no sabemos sintonizar con el amor.