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sábado, 13 de abril de 2019

¿Qué hacemos? se preguntaban en el Sanedrín, pero tenemos que preguntarnos nosotros también ¿en qué se quedará la semana Santa para nosotros?

¿Qué hacemos? se preguntaban en el Sanedrín, pero tenemos que preguntarnos nosotros también ¿en qué se quedará la semana Santa para nosotros?

Ezequiel 37, 21-28; Sal. Jr. 31; Juan 11,45-57
‘¿Qué hacemos?’, se preguntaban los principales entre los judíos de Jerusalén viendo cómo se iba desarrollando la actividad de Jesús y cómo era mucha la gente que le seguía. Han llegado noticias de lo sucedido en Betania con la resurrección de Lázaro y eran muchos los que seguían a Jesús.
Siempre desde sus particulares intereses de los posicionamientos y lugares de privilegio que tenían, con una visión interesada, partidista y en cierto modo político veían peligrar  su status. Reunidos en el Sanedrín andan discutiendo lo que tienen que hacer y es cuando el Sumo Sacerdote pronuncia aquella frase que se convierte en profética. ‘Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Y toman la decisión de eliminar a Jesús de la manera que sea. Nada se va a interponer a su decisión.
Como se acercaba la Pascua y ya iban subiendo muchos judíos venidos de todas partes, que adelantaban su llegada para realizar las necesarias purificaciones para poder participar en la cena pascual, se preguntaban si Jesús subiría o no a la fiesta de la Pascua. Jesús se había retirado más allá del Jordán, en las cercanías del desierto, esperando la ocasión de subir también El a Jerusalén.
Esa era la situación en aquellos momentos y que el evangelio en la liturgia de este sábado víspera del domingo de ramos nos presenta. Pero creo que ambas cosas pueden y deben darnos pie para una reflexión necesaria e importante que nos hagamos nosotros también en estas vísperas de la semana santa.
¿Qué vamos a hacer?, nos preguntamos nosotros también. Claro que esa pregunta tenemos que hacérnosla muy dentro de nosotros mismos. En nuestro entorno hay mucha gente que se la hace pero desde otros parámetros, porque quizá en estos días solo ven una ocasión de unas vacaciones o de un descanso. Se mantiene la expresión de semana santa, pero quizá en lo menos que se piensa es en el hecho religioso. Las procesiones se hacen kilométricas pero en nuestras carreteras o medios de transporte y comunicación para acercarnos a aquellos lugares de descanso y vacaciones a los que dedican estos días.
Por supuesto no está reñido el necesario descanso de nuestras actividades con una vivencia religiosa y cristiana, y es cierto que muchos se acercan, al menos en ocasiones como espectadores, al hecho religioso que vivimos en estos días. Va desde la presencia en las procesiones y manifestaciones externas de nuestra fe para los creyentes, o también nos encontraremos con personas que aunque no sea en su lugar habitual de residencia se acercan a los templos para participar y vivir las celebraciones de estos días.
Pero la pregunta sigue ahí latente, ‘¿qué vamos a hacer?’, porque para un cristiano comprometido con su fe y su seguimiento de Jesús estos momentos son muy importantes porque centralizan todo el misterio de Cristo. Es la Pascua del Señor lo que vamos a celebrar y a lo que tenemos que disponernos. No es una cosa trivial y que podamos vivir superficialmente, sino que estamos centrándonos en lo que es el meollo de nuestra fe, la pasión, muerte y resurrección del Señor.
No podemos perderlo de vista. Es Cristo Jesús que murió para nuestra salvación, uno tiene que morir por todo el pueblo, que había dicho el sumo sacerdote. Celebramos el misterio central de nuestra fe, la muerte y la resurrección del Señor. Aquel día de gracia anunciado por el profeta y que Jesús recordaba en la sinagoga de Nazaret ha llegado a su culminación y es lo que celebramos y tenemos que vivir. Y es a eso a donde vamos, a vivir no simplemente a asistir.
¿Estaremos dispuestos a vivir? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos. Por eso recordamos aquella imagen que también el evangelio de hoy nos ofrece de los que subían a la ciudad santa para purificarse para la pascua. ¿Qué purificación estamos dispuestos nosotros a realizar? Tenemos que pensar en la gracia de los sacramentos.

Por eso una última pregunta ¿en qué se quedará la semana santa para nosotros?

viernes, 12 de abril de 2019

Junto a la cruz de Jesús estaba María, su Madre, queremos ponernos a su lado, sentirla a nuestro lado en nuestro camino, hacerla también presencia de amor para los que sufren

Junto a la cruz de Jesús estaba María, su Madre, queremos ponernos a su lado, sentirla a nuestro lado en nuestro camino, hacerla también presencia de amor para los que sufren

‘Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala’ (Juan, 19, 25)
Tenemos que recordarlo hoy. En la piedad popular este viernes anterior a la semana de pasión conmemoramos a la Virgen de los Dolores. María al pie de la cruz; Maria junto a su Hijo colgado del madero que todo su dolor y sufrimiento está uniéndose a su Hijo en el Sacrificio de nuestra Redención; María que está también viviendo su pascua unida a la pascua redentora de su Hijo; María que está allí de pie, firme al lado de la cruz, uniéndose al sacrificio de su Hijo como solo una madre sabe hacerlo.
Madre de los Dolores, de las Angustias, de la Soledad, de la Esperanza son algunas de las invocaciones con que la llamamos en este día. Por eso a este anticipo del pórtico de la Semana Santa lo llamamos Viernes de Dolores.
Junto al dolor y al sufrimiento no hacen falta muchas palabras, solamente hay que saber estar. Como lo estuvo María junto a la cruz de Hijo con una presencia de amor, como es la presencia de las madres. Alguna vez estuvimos enfermos o envueltos en medio de muchos problemas y adversidades y allí tuvimos o quisimos tener la presencia de la madre; sin palabras, con su mirada y acaso con sus lágrimas nos estaba diciendo que estaba junto a nosotros; quizá una caricia por nuestra frente calenturienta o una mano sobre nuestros temblorosos hombros nos dieron fuerza para salir adelante, para encontrar alivio en la enfermedad o en el dolor, para sentir el ánimo en nuestro espíritu que nos hacían seguir luchando. Qué hermosa es esa presencia amorosa de una madre junto a nosotros.
Allí junto a la cruz de Jesús estaba María. El evangelio no nos transmite ninguna palabra salida de sus labios, pero podemos imaginar su mirada, podemos contemplar su corazón atravesado por el dolor en el sufrimiento de la pasión y la muerte de su Hijo. Pero nosotros queremos ponernos allí cerquita de la Madre, porque así sabemos que estaremos también cerca de su Hijo Jesús.
Pero es que contemplar la pasión de Jesús, como vamos a hacerlo en estos días con especial intensidad, nos hace mirarnos a nosotros mismos con nuestra pasión, nuestros dolores y nuestros fracasos, con esa debilidad que hemos sentido tantas veces en la vida o con esos caminos tortuosos de pecado que quizá hemos atravesado, con nuestras luchas y con nuestras soledades, con nuestros deseos de levantarnos y con la impotencia de nuestra debilidad. Sabemos que en la pasión de Jesús encontraremos el camino de la victoria, aunque tantas veces dudemos o nos tambaleemos.
Por eso hoy queremos ponernos al lado de María, porque es la Madre que queremos sentir a nuestro lado, para que nos enseñe a mirar con el sentido más profundo la pasión de Jesús que vamos a contemplar, pero para que nos enseñe a mirar la realidad de nuestra propia vida y que nazca en nuestro corazón la esperanza de que ese vida nuestra tan tortuosa se va a renovar, se va a transformar.
Con la presencia de la Madre a nuestro lado  nos sentimos alentados, nos sentimos estimulados para mantenernos firmes en ese camino que nos lleva a Jesús, sentiremos que es posible esa nueva vida y nuestro corazón se llena de esperanza; con la presencia de María a nuestro lado no nos sentiremos solos, por muchas que sean las soledades que tengamos en la vida, porque su presencia llena nuestro corazón y lo caldea en el amor.
Esa presencia de María junto a la cruz de su Hijo en el calvario y esa presencia de María que sentimos a nuestro lado en esos caminos de soledad de nuestra vida nos enseñan algo más. Nos enseñan a poner presencia con nuestra vida junto a tantos hermanos que sufren en silencio a nuestro lado, a tantos hermanos que ven sus corazones desgarrados por el dolor y el sufrimiento que atenaza sus vida, a tantos hombres y mujeres que vagan por la vida desorientados quizá sin saber en quien apoyarse, sin encontrar un rumbo para sus vidas.
Pensemos cuánto podemos y tenemos que hacer. Como María tenemos que aprender a estar a su lado y con nuestro silencio o con nuestros gestos de solidaridad y cercanía ser signos para ellos de esa presencia de Dios que nunca les abandona, por duros que sean los calvarios que van pasando en la vida.
Junto a la cruz de Jesús estaba María, su Madre, queremos ponernos a su lado, queremos sentirla a nuestro lado en nuestro camino, queremos hacerla también presencia de amor para todos los que sufren.
Que María de los Dolores nos introduzca en este camino de pasión y de pascua que vamos a vivir en los próximos días.

jueves, 11 de abril de 2019

Ansiemos de verdad la vida que nos ofrece Jesús, pongamos toda nuestra fe en El y escuchemos su Palabra tendremos vida y trasmitiremos vida



Ansiemos de verdad la vida que nos ofrece Jesús, pongamos toda nuestra fe en El y escuchemos su Palabra tendremos vida y trasmitiremos vida

Génesis 17,3-9; Sal 104; Juan 8,51-59
Queremos vivir, creo que es algo que no podemos negar. No nos gusta la muerte, ¿quién se quiere morir? Y normalmente pensamos en esta nuestra vida de cada día, nuestra vida terrenal, en el aquí y ahora que no queremos que se acabe, aunque sepamos que esta vida terrenal algún día se acabará, pero pretendemos prolongarla cuanto más mejor aunque en ocasiones quizá lo estemos pasando mal. Aunque ahora nos vengan hablando hasta la saciedad en ciertos medios de la eutanasia, y de para qué vivir en medio de sufrimientos; pero a pesar de todo deseamos vivir, aunque siempre queramos que sea en las mejores condiciones.
Puede ser que en ocasiones perdonamos el sentido de trascendencia en nuestro vivir, pero queremos darle un sentido de plenitud a la vida diríamos que nuestras ansias de vivir se multiplican. Es la trascendencia y el valor que le damos a lo que hacemos, pensando en algo que va más allá de los actos que en el momento realicemos; porque pensamos en la vida que podemos dar a los que nos rodean desde nuestras actitudes positivas, en lo que contribuimos con lo que hacemos a que nuestro mundo sea mejor lo que es dejar una buena huella en nuestro mundo; pero la trascendencia que le damos a la vida no se queda en el presente o en el aquí, sino que nuestra esperanza nos hace ansiar una vida que en verdad no se acabe, que podemos encontrar en la plenitud de Dios. Algo importante y trascendental de nuestra fe.
Jesús en el evangelio nos está hablando de esa plenitud de vida que El nos ofrece. Muchos son los momentos en que Jesús nos habla de una vida sin fin, de una vida eterna. Nos ha dicho que ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia, que nos puede hacer pensar en esa plenitud que le damos a la vida en el ahora y en el aquí pero que nos lleva a esa plenitud del cielo donde tendremos vida en Dios para siempre.
Hoy nos ha dicho que quien cree en sus palabras tendrá una vida que no se acaba. En otros momentos nos dirá que el que come su carne y bebe su sangre tendrá vida para siempre porque El le resucitará en el último día. Ayer nos hablaba de que escuchándole y siguiéndole seríamos libres para siempre. Diversos textos que nos están hablando de esa vida que Jesús nos ofrece si en verdad creemos en El.
Y es que creer en El es ponernos en camino de algo nuevo; escucharle y creer en sus palabras significa transformar nuestra vida para arrancar de nosotros todo signo de muerte, porque arrancamos el mal, porque arrancamos el odio, porque comenzamos a amar de una manera nueva y el que ama tiene vida y vida de verdad; andamos en la muerte cuando no amamos, cuando nos encerramos en nosotros mismos, cuando dejamos que el desamor y la insolidaridad se apoderen de nuestro espíritu, cuando nos llenamos de odios y de violencias.
Los judíos no entendían o no querían entender las palabras de Jesús, no llegaban a captar todo el sentido de lo que les decir. Cuando Jesús les dice que escuchándole y creyendo en El no sabrían lo que es morir para siempre se quedaban solo en la vida terrenal, la vida vegetativo o animal que hay en nosotros y no llegaban a captar toda la profundidad de las palabras de Jesús; por eso comparaban con Abrahán, con Moisés, con los profetas, que como ellos decían habían muerto. No hay peor ceguera que la del que no quiere ver. Eso les pasaba a los judíos. ¿Nos pasará a nosotros también?
Ansiemos de verdad la vida que nos ofrece Jesús; pongamos toda nuestra fe en El y escuchemos su Palabra, llenaremos nuestra vida de amor, tendremos vida en plenitud, con nuestra vida trasmitiremos también vida a los que están a nuestro lado.

miércoles, 10 de abril de 2019

Encontrarnos con Jesús es encontrarnos con un camino de plenitud porque El es la Verdad de nuestra vida



Encontrarnos con Jesús es encontrarnos con un camino de plenitud porque El es la Verdad de nuestra vida

 Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Salmo: Dn 3; Juan 8, 31-42
Nos sucede muchas veces que estamos en una discusión acalorada con alguien sobre cualquier tema que sea de interés o sobre algo que nos afecta profundamente y resulta que parece al final un diálogo de sordos; cada uno mientras el otro expone sus razones está ya pensando de antemano lo que le va a responder, pero sin ni siquiera escuchar el razonamiento que se nos pueda estar haciendo.
No nos escuchamos y porque no nos escuchamos no nos comprendemos, y hasta podemos llegar a violencias innecesarias o a que en verdad perdamos la paz dentro de nosotros por lo que dijimos en nuestro acaloramiento o porque realmente al final nos sentimos ambos insatisfechos y hasta crecidos en nuestro orgullo.
Que importante es que nos escuchemos, que sepamos estar atentos a lo que el otro  nos dice, a tratar de descubrir también lo que me puede beneficiar, hacer bien. Sucede que leemos o escuchamos una reflexión y no estamos tratando de seguirla para ver en qué nos puede enriquecer, sino quizá prejuzgamos o estamos pensando en como nosotros diríamos aquello que se nos está ofreciendo. Así nunca llegaremos a un verdadero enriquecimiento personal con la aportación que recibamos de los demás, porque lo que hacemos es encerrarnos en nuestras propias ideas o nuestro propio pensamiento.
Y esto que estamos diciendo que nos vale humanamente en nuestra relación con los demás en los caminos de la vida, nos lo tenemos que aplicar también en nuestra escucha de Jesús y su evangelio. No nos podemos quedar nunca en ideas preconcebidas sino saber descubrir siempre la novedad del evangelio como su misma palabra indica. Y esto tiene que ser Jesús para nosotros. No podemos decir que ya nos lo sabemos y querer ir con nuestras propias ideas por delante, sino en verdad abrir nuestro corazón a su palabra.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio: ‘Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. Muy importante esto que nos dice Jesús. ¿Cómo podemos ser discípulos de Jesús si no le escuchamos? Ser discípulo entraña ponernos en camino para seguir al maestro, al que nos enseña, pero para eso es necesario que le conozcamos, que sepamos que es lo que nos dice, que aquello que le escuchamos haga mella en nuestra vida, signifique algo para nosotros.
Sería incomprensible que queramos seguir a un maestro sin saber lo que nos enseña; no podemos seguir a Jesús sin escucharle y cuando sentimos que ahí estamos encontrando el sentido y el valor de nuestra vida eso no lo queremos olvidar nunca, lo mantenemos grabado a fuego en nuestro corazón.
Encontrarnos con Jesús es encontrarnos con la verdad. Ya nos lo dice en otro momento ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’. Y cuando encontremos esa verdad que se hace vida en nosotros, es encontrar el sentido, el valor de nuestra vida, aunque tantas veces la veamos maltrecha. Pero queremos seguir sus pasos, hacer su camino, vivir su vida, dejarnos inundar por su verdad. Entonces encontraremos lo que de verdad nos hace dichosos, felices, nos introduce en caminos de plenitud. Nada ni nadie nos hará abandonar ese camino. Sentiremos que es la plenitud de nuestro ser. ¿Y qué es la libertad? Ahí, en Jesús, tenemos la respuesta.

martes, 9 de abril de 2019

Nos será difícil leer la vida y escuchar lo que Dios quiere decirnos a través del sufrimiento, no desaprovechemos la ocasión de aprender mirando a la cruz de Jesús


Nos será difícil leer la vida y escuchar lo que Dios quiere decirnos a través del sufrimiento, no desaprovechemos la ocasión de aprender mirando a la cruz de Jesús

Números 21,4-9; Sal 101; Juan 8,21-30
Hay ocasiones en que nos aparecen oportunidades en la vida y las dejamos pasar; desde un buen trabajo que alguien nos ofreció pero que quizá no lo vimos claro, porque no nos atrevíamos a embarcarnos en aquella nueva situación, porque quizá desconfiamos de nosotros mismos, o porque no nos aparecía con las debidas garantías que nosotros buscamos o queríamos tener y dejamos pasar la ocasión. Luego, cuando nos lo pensamos mejor, vimos que habíamos perdido una oportunidad, oportunidad que ya luego no se nos presentó, y por más que buscábamos o deseábamos ya habíamos llegado tarde.
He puesto ese ejemplo, como podríamos quizá pensar en más cosas en la vida en que dejamos pasar la ocasión de tener un futuro mejor, de poder soñar con cosas grandes, de llegar a desempeñar una función o prestar un servicio y por nuestros prejuicios, nuestros miedos y hasta quizá cobardías no llegamos a nada verdaderamente importante. Nos hace falta tener una buena visión, para el futuro, para las oportunidades que se nos presentan en la vida.
¿Estaría pasando algo así con Jesús y las reacciones que iban teniendo los judíos? Aunque muchos habían vivido momentos de verdadero entusiasmo cuando escuchaban a Jesús o cuando veían sus obras, quizá pronto se enfriaron, les entraron las dudas o se dejaban arrastrar por las desconfianzas que otros pretendían inocular en los corazones de lo que querían seguir a Jesús, de manera que muchos se volvían atrás, en ocasiones les parecía duro lo que Jesús les planteaba y lo que significaba tener que arrancar su corazón de tantos apegos o cambiar tantas ideas preconcebidas.
Había otros que hacían fuerte oposición a Jesús y hasta buscaban la forma de quitarle de en medio. Y Jesús les está diciendo que algún día se arrepentirán y querrán volver a escuchar a Jesús, o contemplar sus obras, pero ya podía ser tarde. ¿Nos sucederá algo a si a nosotros? No estamos quizá entre los que nos opongamos a Jesús de una forma radical, pero sí de los que dejamos que las dudas encuentren un caldo de cultivo en nuestro corazón, en tantas ocasiones nos parece difícil superarnos, en aquellas cosas que sabemos que tendríamos que superarnos, o también tenemos tantos apegos en el corazón que nos parece que se nos desgarra la vida por dentro.
La llamada y la invitación del Señor es permanente, pero quizás dar el paso que tendríamos que dar para hacer un mejor seguimiento de Jesús y vivir nuestro compromiso cristiano lo dejamos para mas adelante, pensamos que ya tendremos tiempo. Tendríamos que pensar en el tiempo de Dios, el tiempo de Dios que es o tiene que ser el hoy de nuestra vida, no lo podemos dejar para mañana. Y tendríamos que ponernos en camino, tomarnos en serio nuestro seguimiento de Jesús.
Hoy Jesús nos dice: Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros’. Les fue difícil entender a los judíos estas palabras de Jesús y hasta comenzaron a hacerse suposiciones un tanto disparatadas. Puede ser que pierdan una oportunidad. Y Jesús les dice que esa indecisión va a ser causa de muerte para ellos, aunque no entienden y siguen preguntándose quien es Jesús.
Y es entonces que les dice que cuando el Hijo del Hombre sea levantado en lo alto, es cuando lo van a reconocer. Es una imagen de resonancia bíblica en aquel episodio del camino del desierto cuando mordidos por las serpientes por haber desconfiado de Dios, al sentir arrepentimiento de su infidelidad Moisés levantará aquella serpiente de bronce en medio del campamento que va a ser una señal para ellos. Así es la señal del Hijo del Hombre levantado en lo alto con clara referencia a lo que va a ser la muerte de Jesús. La cruz será la señal.
La cruz de Jesús es el signo de nuestra salvación porque es la muestra de hasta donde llega el amor de Dios. Nos puede parecer algo cruento y duro, a nadie le gusta ni contemplar ni padecer en si el sufrimiento. Pero fue la gran prueba del amor. La cruz que se hace presente también tantas veces en nuestra vida tiene que ser también para nosotros la señal. Nos será difícil leer la vida y escuchar lo que Dios quiere decirnos a través del sufrimiento, de nuestro propio sufrimiento y dolor, pero es algo que tenemos que aprender mirando a la cruz de Jesús. Será así cómo podremos conocer el sentido de Jesús y también el verdadero sentido de nuestra propia vida. No desaprovechemos la oportunidad.
Es lo que tenemos que hacer en la semana de pasión que se acerca para que comprendamos el sentido de la pascua, el sentido verdadero de esa pascua que tenemos que vivir en nosotros, uniéndonos a la Pascua de Jesús. Solo así llegaremos a la vida, solo así podremos gozar de la resurrección, la de Jesús que vamos a celebrar y la que tendrá que haber también en nuestra propia vida.

lunes, 8 de abril de 2019

Seamos humildes reconociendo que también cometemos errores y así seremos compasivos y misericordiosos con los demás a imagen de nuestro Padre del cielo


Seamos humildes reconociendo que también cometemos errores y así seremos compasivos y misericordiosos con los demás a imagen de nuestro Padre del cielo

Daniel 13,1-9.15-17.19-30.33-62; Sal 22; Juan 8,1-11

No siempre conocemos lo que hay en el interior de las personas y muchas cosas hermosas se pueden escoger en la intimidad de nuestro ser, de la misma manera que también podemos tener lados oscuros en nuestro interior llenos de malicia y de malas intenciones. Conocemos a las personas desde lo que manifiestan, desde lo que es su apariencia exterior, pero no tenemos por que andar en la vida desconfiando de la sinceridad de lo que muestran para llenarnos de sospechas y de juicios condenatorios. Es cierto que por el fruto de conoce el árbol, pero también en la apreciación de ese fruto podemos entrar en confusiones que nos pudieran llevar al juicio y a la condena.
Esto por una parte donde tenemos que aprender a no juzgar ni condenar, pero donde también hemos de presuponer la buena voluntad y la buena intención en lo que hacen los demás. Pero aun así me podéis decir, es que estamos viendo claramente lo malo que está haciendo y entonces claro que podemos condenar. ¿Y a ti por cualquier debilidad que tenga siempre tenemos que condenarte? Porque somos débiles, no siempre somos capaces de sentir la verdadera fortaleza para superar aquel mal momento, aquella tentación que nos sobreviene y en nuestra debilidad podemos cometer el error. ¿Y ya por eso condenamos?
Se suele decir que el mejor escribano hace un borrón, por lo que siempre tendríamos que estar en disposición de disculpar el error, dar la posibilidad a que esa persona se corrija y cambien su manera de actuar o las actitudes que pueda tener dentro de si, pero en otro momento no tener el mismo tropezón o hacer el mismo borrón.
Distintas y nuevas tienen que ser nuestras posturas y actitudes ante los errores o los pecados, como queramos decir, que puedan cometer los demás. Y pensemos que con el mismo juicio que nosotros condenamos, vamos a ser juzgados nosotros y condenados a la mínima también. Somos seres humanos, y en consecuencia sujetos a errores, y conociendo como todos tenemos nuestras debilidades, con esas buenas posturas hemos de ir por la vida en nuestra relación y trato con los demás. De eso nos habla mucho el evangelio.
Hoy en la celebración volvemos, en este ciclo, a escuchar el mismo evangelio que ayer domingo. La mujer sorprendida en adulterio que traen a la  presencia de Jesús ya condenada previamente pero para ver cual sería la postura que iba a tomar Jesús. Y el que ya en el evangelio nos había dicho ‘no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados’, es la respuesta que da Jesús a aquellos que vienen con exigencias de condenas, haciéndoles recapacitar que todos en la vida tenemos pecados, porque no siempre somos fieles al mandamiento del Señor.
Con esa hipocresía andamos muchas veces en la vida, porque nos damos por buenos, nos presentamos fácilmente como cumplidores, sabiendo que nuestro corazón está muy lejos de los caminos del Señor. Pero en nuestra vanidad queremos siempre aparentar que somos buenos, que no vayan a pesar mal de mí los demás cuando ya me he creado un prestigio. Con lo fácil que sería ser humilde reconociendo que también somos débiles, que también cometemos errores, y así seríamos siempre comprensivos con los demás.
No olvidemos lo que nos repite Jesús en el evangelio, que seamos santos, que seamos compasivos y misericordiosos porque nuestro Padre del cielo – que El si es el único Santo – es siempre compasivo y misericordioso con nosotros. Qué distinto sería nuestro caminar por la vida.

domingo, 7 de abril de 2019

Tenemos que impregnar a nuestro mundo con la levadura del perdón y de la misericordia pero cuidemos no nos estemos contagiando de los contravalores del mundo

Tenemos que impregnar a nuestro mundo con la levadura del perdón y de la misericordia pero cuidemos no nos estemos contagiando de los contravalores del mundo

Isaías 43, 16–21; Sal 125; Filipenses 3, 8-14; Juan 8, 1-11
‘El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’ se nos invita a confesar, a repetir una y otra vez en la liturgia con el salmo responsorial. ¿Y qué menos podemos sentir y decir cuando comprendemos lo grande que es la misericordia del Señor? ¿No sería lo que repetiría una y otra vez, iría cantando sin cansarse por las calles de Jerusalén rumbo a su casa la mujer de la que nos habla el evangelio de hoy?
Una mujer pecadora, sorprendida en adulterio, que arrastran por las calles de Jerusalén hasta el templo los que se creían puros y santos para tirarla a los pies de Jesús, aunque tendríamos que preguntarnos dónde estaba el adúltero que pecó con ella, que merecía también el castigo que imponía la ley de Moisés. Había destrozado su dignidad aquella mujer con su pecado, pero aun la hundían más restándole lo que aún le podía quedar de dignidad al arrastrarla así y acusarla públicamente. Claro que poco importaba a aquellos puritanos cuando ya sabemos las intenciones que traían porque era como una prueba o una zancadilla que querían ponerle a Jesús para tener también de qué acusarle.
Los adúlteros habrían de ser apedreados públicamente y vamos a ver cómo reaccionaría aquel que hablaba del perdón hasta setenta veces siete, que hablaba del Dios compasivo y misericordioso al que teníamos que parecernos con nuestra misericordia, que hablaba de amar incluso a los que nos hicieran daño y hasta rezar por nuestros enemigos. ¿Cómo se iban a compaginar estas enseñanzas de Jesús con lo que la ley de Moisés decía? Era lo que ellos realmente estaban tramando porque ya no encontraban forma de quitar de en medio a Jesús.
Ante aquel cuadro angustioso y trágico que se presenta allí en medio del templo Jesús calla, en silencio parece que quiere distraerse haciendo dibujos en el suelo mientras los acusadores siguen insistiendo. ‘Tú ¿qué dices?’ Pero nadie se ha preocupado de la dignidad de aquella mujer, nadie se ha preocupado por las razones de su vida y su situación personal, nadie se ha preocupado de la recuperación de la persona porque las personas también pueden cambiar. Jesús escucha y calla, no responde, cuando tanto insisten le mira a la cara a todos y les lanza un reto. ‘El que esté sin pecado que le tire la primera piedra’. Y entonces se hizo silencio.
Podría estar allí o no estar en medio de todos el adúltero con quien había pecado aquella mujer, no quería decir Jesús que todos aquellos que acusaban a la mujer también fueran reos de ese pecado, pero, ¿quién se puede presentar justo y sin pecado ante Dios? ¿Queremos acaso que salgan a la luz pública nuestros errores y pecados o acaso no se quedan ocultos en nuestra conciencia y en silencio le pedimos al Señor que sea misericordioso con nosotros?
Pero ¿cómo podemos pedir que Dios tenga misericordia de nosotros si lo que hacemos es condenar a todo aquel en quien encontramos un error, una debilidad, un pecado? ¿Cómo es que tenemos valor para hacerlo si nosotros también somos pecadores? Por algo Jesús nos enseñó a pedir a Dios que perdone nuestros pecados así como nosotros perdonamos también a los que nos ofenden. Pero quizá lo decimos demasiado a la carrerilla y sin pensárnoslo bien.
Ya conocemos el desfile de huidas que se produjo entonces en el templo de Jerusalén. Al final solo quedó aquella mujer, rota en su dignidad y tirada por tierra, ante los pies de Jesús. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’, son las palabras de Jesús. Y levanta a aquella mujer de su postración, la levanta y la pone en camino. Que vuelva a su casa, que vuelva con los suyos.
Por parte de Jesús no hay preguntas recriminatorias. Por parte de Jesús no hay sino una palabra de vida, una palabra que llenaría de paz y alegría el corazón de aquella mujer. Jesús la había levantado y le había devuelto su dignidad. Es cierto que recordaremos el pasaje de la mujer adúltera, pero lo que más bien estamos recordando es la misericordia que el Señor tuvo con ella. Bien podría cantar en su carrera hasta su casa aquello del salmo, ‘el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’.
Si, cuando contemplamos este evangelio consideramos lo grandiosa que es la misericordia del Señor y queremos darle gracias por tantas veces como en nuestra vida personal hemos experimentado esa alegría de la misericordia de Dios para con nosotros- Aunque quizás tengamos que considerar también si eso lo pensamos y la reflexionamos lo suficiente cuando recibimos el perdón de Dios en el sacramento y si en verdad sentimos esa alegría en nuestro corazón.
Claro que quizá tantos que se acercan a Dios arrepentidos de su pecado y sienten cómo se derrama el amor de Dios en sus corazón con el perdón, queden sin embargo con alguna pena o desconfianza en su corazón, porque quizás saben que ese perdón no lo van recibir de igual manera de los demás. Y es que somos demasiado inmisericordes con nuestros hermanos, quizá seguimos planteando muchas exigencias y reparaciones y no somos lo suficientemente generosos con el perdón, quizá seguimos recriminando y recordando que un día aquella persona cometió tal delito o hizo tal cosa horrible y queremos seguirla manteniendo en esa indignidad, no terminamos de quitarle el sambenito que cuelga sobre su cabeza.
Yo creo que también entre nosotros, en nuestra iglesia, esto es algo que tendríamos que pensar y analizar para ver si actuamos en el estilo de Jesús. ¿Nos preocupamos desde la Iglesia de verdad por la recuperación del pecador? ¿Le ayudamos a que en verdad recobre su dignidad y podamos seguir contando con esas personas a las que mantenemos en su dignidad?
Yo tengo miedo de que en lugar de que la iglesia sea sal y levadura en medio del mundo impregnando de ese sentido de Cristo cuanto hacemos, lo que nos sucede es que nos contagiamos de los estilos del mundo que nos rodea y pudiera ser que no se manifestara del todo esa misericordia del Señor en su actuar. Qué triste si nos dejamos contagiar del mundo, porque la sal que tenemos que ser se estaría desvirtuando.

sábado, 6 de abril de 2019

Dejémonos sorprender por el evangelio y no lo escuchemos con ideas preconcebidas sino abriéndonos a él conducidos por el Espíritu del Señor


Dejémonos sorprender por el evangelio y no lo escuchemos con ideas preconcebidas sino abriéndonos a él conducidos por el Espíritu del Señor

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53
Nos cuesta muchas veces liberarnos de prejuicios o de ideas preconcebidas en nuestra relación con los demás. Un dato claro en este aspecto es lo que nos está sucediendo y muchos quizá alentado con el problema tan actual de las migraciones. Hay un flujo migratorio muy grande en nuestra sociedad y llegan a nuestras tierras personas que vienen de otros continentes, de otra raza, de otra religión o de otras costumbres, y ya de alguna manera nos sentimos como prevenidos hacia esas personas, a las que en muchas ocasiones, o desde ciertos ambientes se le acusa de todos los males, resistiéndonos interiormente y muchas veces también con manifestaciones externas a la aceptación o a la acogida.
Esto que es una problemática social que se vive hoy con mucha intensidad y no solo es en Europa sino también en otros continentes y en otros ambientes, es también algo que de alguna manera vivimos en la cercanía del cada día en nuestra relación con los pueblos vecinos o de nuestro entorno. En mi tierra porque se es de otra isla, por ejemplo, surgen muchas veces reticencias y desconfianzas que nos llevan en muchas ocasiones a desaires e incluso desprecios.
¿Esta manera de actuar entra en nuestros sentimientos humanos? ¿No habrá una cierta inhumanidad en actitudes o posturas de este tipo? Claro que tendríamos que preguntarnos si actuando así estamos con actitudes verdaderamente cristianas. Mucho tendríamos que reflexionar y revisar en este aspecto, porque no siempre podemos tirar la primera piedra por mucho que hablemos de humanidad.
 Me surge esta reflexión a raíz de lo que escuchamos en el evangelio. La gente se preguntaba si Jesús era o no era el Mesías esperado. Y hoy vemos en este pasaje del evangelio diferentes posturas en esa aceptación o no aceptación de Jesús como profeta y como Mesías.
Está la reacción de algunos que se preguntan.¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?’ Y nos dice el evangelista que surgió una gran discordia entre las gentes por este motivo. Pero veremos luego también la reacción de aquellos que de ninguna manera quieren aceptar a Jesús en las discusiones que surgían en el Sanedrín y entre los sumos sacerdotes y fariseos y saduceos. Cuando  Nicodemo de forma prudente les dice que no se puede juzgar a nadie sin haberlo escuchado, le echan en cara si él se está poniendo de parte de Jesús y le cuestionan sus planteamientos. ‘Ellos le replicaron: ¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas’. Eran las ideas preconcebidas con las que ellos actuaban.
Pero en medio nos encontrábamos con una proclamación muy hermosa que se hace de Jesús por parte de aquellos que habían sido enviados para prenderle. Al volver con las manos vacías a la presencia del Sanedrín y echarles en cara que no han cumplido con lo que se les había mandado, ellos replican: ‘Jamás ha hablado nadie como ese hombre’. Una proclamación de la admiración que todos sentían por Jesús.
Muchas lecciones, podríamos decir, se derivan para nuestra vida de este corto pasaje del evangelio. Empecemos por esto último y aprendamos a sentir verdadera admiración por la Palabra de Jesús, que para nosotros es Palabra de Dios. Dejémonos sorprender por el evangelio, no lo demos por sabido que es nuestra terrible tentación.
Cuantas veces cuando nos acercamos a una página del evangelio casi no la leemos ni la escuchamos en nuestro corazón porque la damos por sabida. Pensemos que siempre el Evangelio es Buena Noticia; y la noticia es algo fresco, algo de hoy, algo que escuchamos como nuevo, y así tenemos que abrir nuestro corazón al Evangelio. El Espíritu siempre va a sugerirnos algo nuevo para nuestra vida de cada página del evangelio que escuchemos con atención en nuestro corazón.
No podemos ir con ideas preconcebidas ante Jesús y su mensaje, como tenemos que aprender a arrancar de nuestros corazones esas cosas, como prejuicios, que nos predisponen contra los demás. Y aquí tendríamos que interrogarnos en nuestro interior por muchas cosas de nuestras mutuas relaciones con todos.

viernes, 5 de abril de 2019

No pongamos tanta resistencia a los que nos pide Jesús que es vivir su misma vida cuando ponemos nuestra fe en El como el enviado de Dios


No pongamos tanta resistencia a los que nos pide Jesús que es vivir su misma vida cuando ponemos nuestra fe en El como el enviado de Dios

Sabiduría 2, 1.12-22; Sal 33; Juan 7,1-2.10, 25-30
En la medida en que nos  vamos acercando a la semana de Pasión y a la Pascua el evangelio de cada día – estamos leyendo a san Juan – nos va presentando la oposición que Jesús va encontrando sobre todo en Jerusalén a su persona y a su mensaje; surgen diatribas y enfrentamientos dialécticos entre los judíos y Jesús; cuando el evangelio de Juan emplea la palabra judíos, no se refiere al pueblo en general, sino sobre todo a sus dirigentes, los sumos sacerdotes y el sanedrín compuesto principalmente por fariseos y saduceos, y por los escribas y maestros de la ley. Quieren quitar de en medio a Jesús.
Por eso los detalles que  hoy nos ofrece el evangelio con ocasión de la fiesta de las Tiendas en la que muchos de todas partes subían a Jerusalén; en principio no encuentran a Jesús, que había decidido  no ir, precisamente por ese malestar que se palpaba en la ciudad, porque todos sabían que sus dirigentes no querían a Jesús, aunque finalmente Jesús sube a la fiesta aunque sin hacerse mucho presente. Sin embargo algunos lo reconocen, y se preguntan si acaso ya sus dirigentes han terminado de aceptar que Jesús es el Mesías. Aun permanecía la duda en muchos, porque a Jesús lo conocían como el Galileo, y sin embargo del Mesías pensaban que no sabrían de donde procedía; siempre a la expectativa de cosas milagrosas y extraordinarias.
‘A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado’. Es la afirmación rotunda que Jesús hace de si mismo. Nos hace recordar lo que ya antes habíamos escuchado en este mismo evangelio de san Juan. ‘Tanto amó Dios al mundo que nos envió a su Hijo’. Jesús es el enviado de Dios Padre; Jesús es la manifestación grandiosa del amor que Dios Padre nos tiene.
Por eso ya nos había dicho que creer en El, era creer en el que lo había enviado; que quien cree en El ya tiene en si la vida eterna. En otros momentos nos hablará de la unión intima y profunda que significa creer en Jesús. No son solo palabras, sino que es vida. Por eso nos invitará a que le comamos para que tengamos vida para siempre, porque ‘quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna… yo lo resucitaré en el ultimo día’.
Es maravilloso lo que significa nuestra fe en Jesús. No se trata simplemente de hacer cosas y de hacer cosas buenas; es cuestión de vida, de vivirle a El, de vivir su misma vida. A eso nos invita y nos llama. Eso es lo que nos ofrece. Por eso quiere inundarnos de su Espíritu, para que podamos tener su misma vida.
Muchas son las cosas que tenemos que cambiar en nuestra propia mente. Es una nueva visión, un nuevo sentido, un nuevo vivir. Por eso desde el principio nos ha hablado de conversión; y conversión es darle la vuelta a la vida; no es simplemente hacer unos arreglitos en algunas cositas que tendríamos que cambiar o mejorar, es darle la vuelta a la vida, porque es nuevo vivir, es una nueva vida la que ha de haber en nosotros.
Claro que eso nos cuesta, nos descoloca, podríamos decir. Es lo que le pasaba a los judíos que no querían entender todo el alcance de las palabras de Jesús. Vivian tan cómodos en su vivir, que dejarse transformar era algo que les parecía imposible, porque ellos querían seguir con sus cosas, con sus ansias, con sus ambiciones, con sus brillos de poder, con su vanidad. Y cambiarlo todo para vivir como Jesús en un estado de servicio constante, era mucho pedir.
Como nos sucede a nosotros tantas veces que nos llenamos de miedo, que miramos hacia atrás y no queremos dejar nada de lo que vivíamos o de los que teníamos, y nos resistimos. No nos extrañe la actitud de los judíos, de los fariseos, de los sumos sacerdotes y de los principales del pueblo, porque a nosotros nos sucede igual y muchas veces queremos quedarnos en pequeños arreglitos, y lo que nos pide Jesús es una nueva viva, es vivir su vida, es vivirle a El. No pongamos tanta resistencia.

jueves, 4 de abril de 2019

Que no nos tambaleemos en nuestra fe y en el compromiso de nuestra vida cristiana por muchas que sean las oscuridades y tormentas siempre permanece la luz de nuestra fe en Jesús


Que no nos tambaleemos en nuestra fe y en el compromiso de nuestra vida cristiana por muchas que sean las oscuridades y tormentas siempre permanece la luz de nuestra fe en Jesús

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47
Nos cansamos hasta de lo bueno; así somos en la vida, inconstantes, en cierto modo olvidadizos, nos dejamos impresionar por cosas pero pronto nos acostumbramos y entramos en rutina; nos hacemos nuestras ilusiones desde lo que son nuestras apetencias y de alguna manera queremos manipular aquello que nos llama la atención y cuando no conseguimos lo que nos habíamos imaginado, pronto lo descartamos; andamos muchas veces como en un vaivén de la vida y no terminamos de ser perseverantes ni en unos principios que sean motor de lo que hacemos, ni en la lucha por alcanzar una meta.
Y esto nos sucede en muchos aspectos de la vida, en nuestras responsabilidades, en nuestro encuentro con los demás que lo hacemos muchas veces de manera superficial, en muchas cosas de nuestra vida y nuestras relaciones sociales, en aquellas cosas que tienen que darnos un sentido a la vida, en nuestra fe, en nuestra vida religiosa. Necesitamos de darle una mayor profundidad a la vida; necesitamos aprender a saborear lo bueno que encontramos y aquello que hacemos y vivimos. No podemos dejarnos arrastrar por nuestros cansancios ni por nuestra inconstancia.
Estaba sucediendo con Jesús en la vida de los judíos, como nos puede suceder en nuestra vida de fe y en nuestro compromiso cristiano. Con Jesús se habían entusiasmado al ver sus milagros, al escuchar sus enseñanzas y se había despertado una nueva esperanza. Los pobres, los sencillos y humildes, los que sufrían y no solo con dolores del cuerpo sino también por la situación social que Vivían parecía que despertaban a algo nuevo con lo que Jesús les anunciaba.
Pero como sucede en muchas situaciones, había siempre quien quería sembrar cizaña, quien quería sembrar desconfianza, o también aquellos que podían ver peligrar sus posiciones, la situación de fuerza y poder que querían ostentar con sus manipulaciones con aquel mundo nuevo que Jesús les anunciaba. Y comienza a aparecer la oposición a Jesús, porque lo que Jesús les enseñaba no respondía a sus intereses muy particulares. Y quieren comenzar a influir sobre el pueblo sencillo negándose a aceptar a Jesús y queriendo, como decíamos, sembrar desconfianza. Niegan y rechazan la autoridad con que se presenta Jesús.
Es a lo que Jesús les está respondiendo con lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. Ahora querían negar incluso el testimonio que Juan el Bautista había dado de Jesús, pero es que tampoco quieren ver que se cumplía en Jesús lo anunciado en las Escrituras, lo que anunciaba Moisés y los Profetas que eran para ellos sus principales valedores. Pero es que además querían negar el testimonio de las mismas obras que Jesús realizaba que solo se podían realizar con el poder de Dios. Por eso Jesús les dice que Moisés y los profetas dieron testimonio de El, que ahora es el Padre del cielo el que da testimonio de Jesús. Pero ellos no lo quieren aceptar.
Nosotros nos cegamos también muchas veces y no queremos ver. Somos culpables de nuestra propia ceguera, por encerrarnos en nosotros mismos y hasta en cierto modo perder la esperanza. Algunas veces se nos presentan situaciones difíciles en nuestra propia vida, en la sociedad en la que vivimos, o en la Iglesia a la que pertenecemos. Y nos podemos sentir confundidos.
Tratemos de ver las obras de Dios detrás de todo eso; sepamos sentir su presencia y la fuerza de su Espíritu que es el que nos guía en estos momentos en que podamos sentir confusión por muchas cosas. Apoyémonos de verdad en Jesús y en su evangelio y no decaigamos.
Necesitamos fortalecer nuestra fe y así se fortalezca nuestra vida para ser perseverantes, para que no hagamos de nuestra vida, como decíamos antes, un vaivén. Que no nos tambaleemos en nuestra fe y en el compromiso de nuestra vida cristiana. Aunque muchas sean las oscuridades y hasta las tormentas siempre permanece la luz de nuestra fe en Jesús. No la dejemos apagar.

miércoles, 3 de abril de 2019

Nos acercamos a la Pascua y vamos a contemplar la pasión y muerte de Jesús teniendo claro que ahí está nuestra salvación porque es el Hijo de Dios y nuestro Salvador


Nos acercamos a la Pascua y vamos a contemplar la pasión y muerte de Jesús teniendo claro que ahí está nuestra salvación porque es el Hijo de Dios y nuestro Salvador

Isaías 49,8-15; Salmo 103; Juan 5, 17-30
Os lo aseguro: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio,-,- porque ha pasado ya de la muerte a la vida…’ Escuchar a Jesús es creer en El y quien cree en Jesús se llena de vida. ‘Ha pasado de la muerte a la vida’, nos dice. El es nuestro Salvador. No hay bajo el cielo otro nombre que pueda salvarnos, en quien podamos encontrar la salvación. Es importante que afirmemos con rotundidad nuestra fe en Jesús.
No es solamente un personaje de la historia; no es simplemente un  hombre bueno que  nos enseña a ser buenos; no es solamente alguien que viene a enseñarnos metas nuevas para nuestra vida porque ansiemos algo más alto, algo mejor para nosotros y para nuestro mundo; no es simplemente un hombre con su mente llena de utopías que encontraría la incomprensión de sus contemporáneos; no es simplemente un reformador que viene a hacernos propuestas nuevas porque haya muchas cosas que cambiar, quien quisiera proponerle cosas nuevas a los judíos insatisfecho por el estilo de vida que se hubieran creado y que eso le costara el enfrentamiento con los más atrincherados en posturas conservadoras de manera que eso le costara la vida.
Jesús es algo más. Es cierto que podemos ver muchas de esas cosas que hemos mencionado en Jesús, pero Jesús no se queda ahí. Nos anuncia el nuevo Reino de Dios para hacer que en verdad Dios fuera el centro de la vida y del hombre, y en consecuencia que hubiera un nuevo estilo de humanidad. Pero tenemos que ir a lo más hondo de Jesús. Aquello que tanto les costó comprender a los contemporáneos de su tiempo, e incluso a sus mismos discípulos que estaban más cercanos a El.
No siempre fueron capaces de definir quien era Jesús. Recordemos cuando les pregunta que es lo que pensaban de El, y como fueron divagando por muchas ideas preconcebidas, y si Pedro fue capaz de hacer una hermosa confesión de fe, Jesús le dice que lo ha hecho no porque lo conociera por si mismo, sino porque el Padre se lo había revelado en su corazón.
Hoy Jesús habla claramente, aunque aquello que les dice provocara el rechazo de muchos e incluso ya hasta quisieran quitarlo de en medio por blasfemo. Habla de Dios como su Padre; habla de que El es el enviado del Padre que no hace sino lo que es la voluntad del Padre. Nos habla claramente de que creer en El como el enviado del Padre es ponerse en camino de alcanzar la vida eterna. Habla de resurrección y de vida nueva ‘porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida’. Nos habla de que aceptarle a El es aceptar al Padre que lo ha enviado. ‘El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió’.
En los textos que se nos van proponiendo en los próximos días hasta llegar a la semana de pasión Jesús nos irá manifestando lo más hondo de si mismo para que reconozcamos en verdad que es el Hijo de Dios en quien hemos de creer, al mismo tiempo que iremos viendo también el rechazo de los judíos que no quieren aceptarle como Hijo de Dios. Nos ayudará a que vamos clarificando nuestra fe en Jesús para que en verdad le sintamos y le reconozcamos como Hijo de Dios y como nuestro único Salvador.
Nos acercamos a la Pascua y hemos de contemplar su pasión y su muerte, pero tenemos que tener claro que ahí está nuestra salvación. La liturgia con la Palabra de Dios nos irá ayudando a profundizar en nuestra fe para que podamos vivir con hondo sentido estos días de pasión y de pascua. Dejémonos conducir por la Palabra de Dios, dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. Por nuestra fe en Jesús pasaremos de la muerte a la vida, viviremos intensamente nuestra pascua y la Pascua del Señor

martes, 2 de abril de 2019

A pesar de las negruras, soledades y desorientación en que tantas veces andamos tenemos la certeza de que Dios nos ama y llega a nosotros para levantarnos y ponernos en camino


A pesar de las negruras, soledades y desorientación en que tantas veces andamos tenemos la certeza de que Dios nos ama y llega a nosotros para levantarnos y ponernos en camino

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-3. 5-16
Nos ponemos enfermos un par de día con la gripe y nos ponemos incómodos y hasta insoportables, porque no nos gusta estar enfermos y en cama, sentirnos imposibilitados, imaginemos lo que puede sentir un hombre que lleva postrado 38 años sin poder valerse por si mismo. A nuestro lado en la vida nos encontramos personas postradas en cama en larga enfermedad, personas que vemos discapacitados sin poder valerse por si mismos y los que nos decimos sanos nos interrogamos como pueden sentirse esas personas y nos preguntamos quizá si nosotros tuviéramos la paciencia para soportar un estado así.
Muchas veces no solo es la enfermedad, el dolor físico lo que se padece, sino que la imposibilidad nos hace sentirnos quizá inútiles, el vernos en una situación así que se prolonga nos hace sentirnos solos y es la soledad una de las cosas que más dañan por dentro. Triste es verse solo y sin valernos por nosotros mismos, nos humilla quizás el tener que recurrir a quien nos pueda ayudar y pedirlo, y terrible es llegar a la situación en que nadie se acerca a nosotros no solo para interesarse por nosotros sino además para prestarnos una ayuda cuando lo necesitamos.
Muchas más cosas podríamos pensar de situaciones de este tipo, de las que en nuestro entorno podemos conocer muchas y quizá somos nosotros también quienes no nos acercamos al que sufre para hacerle compañía o para tender una mano de ayuda. Me ha surgido toda esta reflexión, que podría llevarnos por demás a muchas conclusiones y también a muchos compromisos, desde lo que nos cuenta hoy el evangelio.
Nos habla de aquella piscina cercana a la puerta de las ovejas del templo – llamada así porque era por allí por donde se llevaban al templo los animales para los sacrificios que nos podría dar también alguna otra pista de reflexión – alrededor de la cual se arremolinaban muchos enfermos, impedidos, discapacitados de todo tipo, porque tenían la esperanza de que un ángel del Señor removía aquellas aguas y el primero que entrara quedaba curado. Nunca faltaba la esperanza.
Allí estaba un hombre que llevaba 38 años en aquella situación de sufrimiento, de impotencia y de soledad. Hasta El se acerca Jesús. ‘¿Quieres quedar sano?... Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, ya otro se me ha adelantado’. Es escueto el diálogo, pero se manifiestan muchas cosas. Aquel hombre seguía manteniendo la esperanza, a pesar de su impotencia y su soledad; no podía, pero lo intentaba. Nadie le ayudaba, otros se le adelantaban. Las soledades y las carreras locas de la vida en la que cada uno por sí mismo quiere llegar más allá.  
Todo esto nos puede decir muchas cosas de cara a las actitudes que tenemos en la vida, de las luchas que queremos hacer, de cansancios y de impotencias, de soledades y de lágrimas derramadas por dentro, de egoísmos y de insolidaridades, de las ganas de tirar la toalla o de las veces que una vez queremos intentarlo aunque nos parezca que no vamos a llegar; cosas positivas y cosas negativas como es la vida misma, queremos tener esperanza pero en ocasiones todo se nos nubla y se nos llena de tinieblas otra vez la vida. ¿No habrá mucho de todo eso por dentro de nosotros?
Allí está Jesús que le dice que tome la camilla y se vaya a su casa. El paralítico no sabe a ciencia cierta con quien está hablando, pero cree en la palabra de aquel que se lo dice. Y puede tomar la camilla y cargar con ella y marcharse a su casa aunque sea sábado y ese trabajo no le está permitido. Mas tarde se encontrará con Jesús que ya sí lo reconocerá y de nuevo Jesús tiene palabras de paz y de fortaleza para aquel  hombre. No olvides lo que Dios ha hecho por ti, en cierto modo le dice Jesús, y mantente fiel, no olvides la fidelidad a quien te ama y te ha regenerado la vida, no vayas a perder de nuevo el sentido de todo. Algo así podemos traducir las palabras que Jesús le dice. Y ahora sí puede decir que fue Jesús el que le había sanado.
Jesús también llega a nuestro lado, aunque en lo nublado que vivimos la vida no siempre lo reconozcamos. Dejémonos encontrar por Jesús, que El toma la iniciativa tantas veces de venir a nosotros. Descubramos que a pesar de las negruras que puede haber en la vida, a pesar de la desorientación en que tantas veces andamos, Dios es fiel en su amor por nosotros, Dios nos ama. Tratemos de responder con fidelidad en el amor para que nunca más volvamos a perder el rumbo y sentido de la vida. Y desde esas soledades en que nosotros quizás hayamos vivido veamos cómo tenemos que hacernos solidarios de tantos que sufren a nuestro lado en los caminos de la vida.