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sábado, 19 de enero de 2019

Los pobres y los sencillos, los pecadores o los que son rechazados por los demás, los que nadie quiere y con los que nadie quiere sentarse a la mesa de la vida serán también nuestros preferidos como lo fueron de Jesús


Los pobres y los sencillos, los pecadores o los que son rechazados por los demás, los que nadie quiere y con los que nadie quiere sentarse a la mesa de la vida serán también nuestros preferidos como lo fueron de Jesús

Hebreos 4,12-16; Sal 18; Marcos 2,13-17

Si en nuestra mano está el elegir a una persona que sabemos que un día va a tener una responsabilidad seria y a quien le vamos a confiar grandes misiones, seguramente que primero pensemos en el perfil de la persona que podría desempeñar esas responsabilidades y luego trataremos de escoger entre aquellos que no puedan recibir ningún rechazo por esa sociedad en la que vivimos. Y no hacemos mal, nadie nos lo podría reprochar el que nos tracemos un perfil y según ese perfil hagamos nuestra elección. Claro que tambien tendriamos el peligro de desechar talentos ocultos, que precisamente porque no les damos una oportunidad se van a quedar como piedras preciosas sin tallar y sin sacarles entonces todo su valor.
Jesús en estos comienzos de su actividad por aquellos pueblos y caminos de Galilea principalmente se ve rodeado de muchas personas que quieren seguirle, pero El tambien va llamando a los que El quiere tener cerca de sí y van a ser como sus especiales amigos. Así ha elegido a unos pescadores del mar de Galilea para que estén con El prometiéndoles que de pescadores en aquel lago un día serán pescadores de hombres, aunque ellos aún no entiendan bien el significado de las palabras de Jesús. Así se va formando el grupo con distintas personas provenientes de lugares y de oficios dispares. Pero hoy le vamos a ver llamar a alguien que parecería que no daría la talla, el perfil de los que han de ser sus amigos y a los que un dia confiará una gran misión, pre-adelantado de alguna manera con lo que le dice a los pescadores de Galilea.
Se detiene junto a la garita de un cobrador de impuestos y Jesús le invita a seguirle. ¿Entraría en el perfil de los amigos del profeta? No parece, al menos eso le va a parecer a muchos que están muy vigilantes con lo que hace Jesús, que sea la persona adecuada por su profesión. ya de antemano sin pensar nada más todos los que se dedicaban a esa actividad eran despreciados por la mayoría del pueblo; claro que a nadie nos gusta que vengan a cobrarnos impuestos y ya sabemos como siempre popularmente los tratamos. En Israel además era como un colaboracionista con el poder extranjero opresor, porque los impuestos los cobraba para ellos, pero además en sus operaciones de intercambios y de préstamos se habían ganado la fama de ser usureros y ladrones. Por eso los llamaban los publicanos, los pecadores y eran despreciados por todos.
Los criterios de Jesús son bien distintos. Si en verdad El ha venido a hacer un mundo nuevo y distinto esas barreras que nos interponemos los hombres tendrán que caer. El Reino de Dios que Él anuncia viene con otros valores y toda persona ha de ser valorada siempre, porque lo que ha de imperar en El es el amor. Y el amor me ha de hacer tener en cuenta el verdadero valor de la persona que está dentro de sí. No son los prejuicios humanos los que tienen que interponerse y siempre a toda persona ha de darse una nueva oportunidad. Cada hombre y cada persona es como un diamante en bruto que hemos de saber reconocer y hacer florecer todos sus valores y todas su cualidades, y además toda persona ha de poder siempre regenerarse para salir de condición de hombre viejo y ser siempre ese hombre nuevo del Reino.
Jesús ha escogido a Leví y con él se ha ido a su casa con sus discípulos cuando el publicano le ofrece una comida en la que estarán sentados también los que han sido sus amigos y compañeros de profesión. Claro que esto no gustará a los puritanos de siempre y por allá andan criticando que Jesús se junta con publicanos y pecadores y come con ellos. Pero Jesús ha venido a redimir a los pecadores y aquellos que son los más despreciados de la humanidad esos serán sus amigos. Para los pobres y los oprimidos es el anuncio de la Buena Nueva que trae Jesús para hacer ese hombre nuevo y ese mundo nuevo que es el Reino de Dios. Y si Dios es el Señor lo es de todos porque a todos ama, todos sus hijos y para todos regala en abundancia su amor.
Y nosotros que decimos que queremos vivir el reino de Dios, ¿de quienes nos rodeamos? ¿A quienes escogemos como nuestros amigos? ¿con quienes queremos contar para caminar juntos por la vida haciendo ese mundo nuevo? ¿Serán también los pobres y los sencillos, los pecadores o los que son rechazados por los demás, los que nadie quiere y con los que nadie quiere sentarse a la mesa de la vida también nuestros preferidos como lo fueron de Jesús?




viernes, 18 de enero de 2019

No nos quedemos a la vera del camino sino levantémonos de la camilla de nuestra comodidad para poner nuestro compromiso de amor como una rayo de luz y de esperanza en la vida


No nos quedemos a la vera del camino sino levantémonos de la camilla de nuestra comodidad para poner nuestro compromiso de amor como una rayo de luz y de esperanza en la vida

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12

En más de una ocasión habremos sido testigos de cómo una persona de buena voluntad ha ayudado a una persona mayor o a alguna persona con cierta discapacidad, por su ceguera, por su invalidez o dificultad para moverse con facilidad a subir o a bajar un escalón en la acera para cruzar la calle, o incluso le haya ayudado a cruzar a la acera de enfrente para sortear el peligro de los coches que van de un lado para otro. Quizás nos hemos quedado pensativos admirando la generosidad y la iniciativa de personas así, preguntándonos si nosotros también lo hubiéramos hecho.
Aunque hablamos muchas de la insensibilidad en la que tenemos el peligro de caer en nuestras correrías de la vida moderna, quedan buenos sentimientos en muchos corazones, y si hay nos encontramos con personas generosas dispuestas a echar una mano, en situaciones como las que mencionamos o en otras circunstancias entre vecinos que siempre están dispuestos a poner ese bonito grano de arena para hacer que nuestro mundo sea mejor y nosotros mismos sintamos que no somos tan malos, aunque sin caer en tontos orgullos.
Esas cosas no se hacen buscando ganancias ni intereses egoístas sino solamente desde ese buen corazón que llevamos en nuestro interior. no siempre los vemos pero muchos son los voluntarios que por su cuenta o participando en muchas instituciones o en muchas organizaciones de esas que llamamos ahora ONG’S o en movimientos de nuestros barrios o comunidades están dándole un sabor de mayor humanidad a nuestra sociedad. Tendríamos que aprender a reconocer esas cosas, aunque quienes las hacen no están buscando gratitudes ni diplomas, porque además así nos sintamos nosotros movidos a realizar esa bonita función social en el voluntariado.
Es lo que estamos viendo en el texto del evangelio que hoy se nos ofrece. Jesús había vuelto a Cafarnaún y allí en la casa estaba rodeado de mucha gente que venía a escucharle cuando llegan unos hombres portando en una camilla a un paralítico que quieren hacer llegar a los pies de Jesús. La gente se agolpaba a la puerta y les impiden el paso, pero ellos quieren llegar. Se atreven a subirse a la terraza para, quitando una tejas encima de donde estaba Jesús, por allí descolgar el paralítico para hacerlo llegar a los pies de Jesús.
Ya conocemos la reacción de Jesús, aunque también la reacción en cadena de aquellos que no  hacen nada pero siempre están observando todo para ver qué es lo que pueden criticar; cuantos así nos encontramos en la vida en nuestro entorno. Jesús se admira de la fe no solo del paralítico sino de aquellos que han hecho todo lo posible por traerlo hasta Jesús. Perdonados están tus pecados’, le dice al paralítico lo que provoca la reacción de los escribas y fariseos que por ahí andan.
Ya nosotros entendemos bien el poder de Jesús y el signo grande que Jesús quiere que todo este episodio sea para nuestra vida. Jesús quiere liberarnos desde lo más hondo, y la liberación de una enfermedad o una discapacidad es la señal de ese hombre nuevo que Jesús quiere hacer de nosotros. No lo entenderán aquellos que andan con la mente cerrada en sus prejuicios o en su poca fe, aunque mucho quieran aparentar. Pero aquel hombre va a salir de la presencia de Jesús como un hombre nuevo, liberado de todas las peores ataduras que pudiera tener en su vida.
Tras aquel diálogo entre Jesús y quienes le escuchan y hasta la juzgan, aquel hombre tomará su camilla y saldrá de nuevo a la vida, volverá a los suyos, irá al encuentro de los demás con algo nuevo en su corazón.  Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Aquel hombre se puso en camino.
Levantarnos de la postración de nuestra camilla y ponernos en camino. Cuántas veces tenemos que saber hacerlo en la vida, aunque luego sabemos que podemos quizá volver a tropezar, o que en el camino nos vamos a encontrar otras camillas, otras personas a las que como a aquellos buenos voluntarios nosotros también tenemos que ayudar a levantarse, ayudarles a ir al encuentro con Jesús, ayudarles a que se liberen de esas camillas o de esas limitaciones que tenemos tantas en la vida y que nos impiden caminar con dignidad.
Esta puede ser la invitación que nos esté haciendo Jesús hoy; éste puede ser el camino que nosotros tenemos que aprender a recorrer, no solos y por nuestra cuenta, sino sabiendo descubrir a esas personas a las que podemos ayudar, o a esas personas con las que podemos contar para tantos nuevos proyectos de vida que tendríamos que realizar. No podemos quedarnos en la acera, a la vera del camino contemplando a esos buenos voluntarios que tanto bueno hacen, sino que nosotros tenemos que despertar y levantarnos de esa camilla de nuestra comodidad o de nuestra insensibilidad para poner una rayo de luz y de esperanza en la vida con nuestro compromiso de amor.

jueves, 17 de enero de 2019

Si en verdad creemos  en la Buena Noticia del Reino de Dios un cambio grande de apreciación, de actitudes y de comportamientos hemos de hacer en nosotros


Si en verdad creemos  en la Buena Noticia del Reino de Dios un cambio grande de apreciación, de actitudes y de comportamientos hemos de hacer en nosotros
Hebreos 3,7-14; Sal 94;Marcos 1,40-45
Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme…’ Las noticias de Jesus corren como un reguero de pólvora; prontos todos sabrán de sus milagros y signos, de su compasión y misericordia, y como habíamos visto a la gente que se agolpaba a la puerta de la casa de Simón Pedro para que les curara de sus dolencias y enfermedades, ahora por donde quiera que vaya se acercarán a Él los que tienen algún sufrimiento en su vida porque saben que en Él encuentran salud y salvación.
Había decidido seguir recorriendo los caminos de Galilea, porque también a otros sitios había de llevar la Buena Noticia del Reino y hasta en el camino se acercan a Él para que los cure. Ahora es aquel leproso que se atreve a saltar todas las prescripciones que habían de observar los que se consideraban inmundos, como el leproso, y se acerca hasta de Jesús poniéndose de rodillas a sus pies.
Es la humildad del que se siente pobre y pequeño y en su necesidad pide y suplica. Es el gesto de ponerse a sus pies pero también son las palabras; no exige, solo suplica; tiene la certeza de que Jesús puede curarlo, pero lo deja a su voluntad. Si quieres…’ No son reivindicaciones como estamos acostumbrados a escuchar, donde siempre nos creemos con derechos y lo que hacemos es reclamar.
Pero aunque aquel hombre se manifiesta así de humilde - lo que está manifestando su grandeza y también su dignidad aunque está herida por tantos desprecios y discriminaciones - Jesús no lo quiere postrado en el suelo. Si aquel hombre se ha atrevido a saltarse todas las prescripciones como ya mencionamos sobre el lugar donde debían estar los que consideraban impuros para que con su impureza no contagiaran a los demás, Jesús también se salta esas normas porque no puede dejar que aquel hombre siga hundido y postrado porque le han quitado su dignidad. Quiero, queda limpio’, le dice Jesús acercándose y tocándolo con su mano.
El que ha venido a curar a los leprosos y dar libertad a los oprimidos, lo vemos levantando a aquel leproso de su postración y haciéndole recobrar su dignidad. ¡Cuánto nos dice este gesto de Jesús! Cuántos siguen postrados y hundidos por la vida porque han perdido su dignidad o nosotros con nuestra insolidaridad y la maldad de nuestro corazón quizá se las hemos restado. seguimos en la vida haciendo discriminaciones, distinciones; sigue habiendo gente que se llama importante y se creen con todos los derechos a estar por encima de los demás, y seguimos encontrándonos personas a las que ponen siempre en segundo lugar o en la cola de la vida, y a lo sumo les dejamos caer las migajas que nos sobran de nuestras mesas o nuestras vidas opulentas.
Seguimos escuchando las listas que nos hacemos los hombres de quienes pueden convivir con nosotros, que si son legales o son ilegales como hablamos por ejemplo de los inmigrantes que de mil manera llegan a nuestras tierras, o hacemos un apartheid porque son de esta raza o de aquella religión, de aquel lugar o de aquel país o continente, y son violentos y no sé cuántas cosas más con que los catalogamos.
¿No nos estará señalando  hoy Jesús en el evangelio en la curación de este leproso como tenemos que saltarnos esas barreras que  nos hemos impuesto, como no tenemos que dejar hundirse en la falta de dignidad a tantas que de una manera u otra seguimos viendo arrastrándose por la vida?
Si en verdad creemos en Jesús, en la Buena Noticia del Reino de Dios que nos anuncia un cambio grande de apreciación, de actitudes y de comportamientos tenemos que hacer en nuestra vida.




miércoles, 16 de enero de 2019

Los gestos de Jesús nos enseñan cómo también hemos de ir al encuentro de los demás, tender nuestra mano con generosidad y ayudar a que todos se levanten con la misma dignidad


Los gestos de Jesús nos enseñan cómo también hemos de ir al encuentro de los demás, tender nuestra mano con generosidad y ayudar a que todos se levanten con la misma dignidad

Hebreos 2,14-18; Sal 104;  Marcos 1,29-39

Siempre recuerdo el cariño y confianza que mi madre tenía con una doctora que nos correspondió en el Centro de Salud, porque aquella doctora tenía como un carisma especial para con los enfermos que les hacía sentirse bien con ella; ya cuando entraba por la puerta de la consulta con una alegría especial llamaba al enfermo por su nombre, recordaba sus anteriores visitas, se interesaba no solo por el problema de salud que en aquel momento llevara, sino que era capaz de acordarse de acontecimientos familiares interesándose por ellos, les hablaba con una alegría especial y siempre con una sonrisa en su rostro, de manera que el enfermo se sentía cariñosamente atendido y no como un número de una tarjeta. Era el calor humano que aquella doctora ponía en el trato con los enfermos.
Quien se siente agobiado por sus problemas ya sea de enfermedad o de otro tipo el encontrarse con alguien que se le acerca y con sencillez y cariño se interesa por su vida y por su cosas le hace sentirse bien y de alguna manera parece como si lo problemas desaparecieran o fuera menor su intensidad. una mano tendida, un acercamiento a la persona  poniéndose a su altura, un sonrisa en los labios, una muestra de interés y al mismo tiempo de preocupación por aquello que nos pudiera suceder nos hace sentirnos renovados, valorados, tenidos en cuenta y de alguna manera nos hace salir del pozo profundo en que nos encontremos para renovarnos en nuestra propia dignidad y autoestima.
No siempre nos encontramos en los caminos de la vida personas así de cercanas. y lo triste es que en ocasiones aquellos que por su profesionalidad tendrán que actuar de esa manera, se quedan en una relación fría y distante que muchas veces parece que nos hunde más. Me estoy haciendo esta reflexión sobre esas situaciones humanas que nos encontramos en la vida y que muchas veces se pueden volver inhumanas, desde lo que hoy descubrimos en Jesús cuando se acerca a la casa de Simón Pedro y le dicen que la suegra de Simón Pedro está enferma.
Fijémonos en los gestos de Jesús. cuando le dicen que aquella mujer está enferma es Jesús el que se acerca hasta su cama. Ha habido, es cierto, una mediación que no hemos de dejar de tener en cuenta. Pero Jesús se acerca y la toma de la mano. Es mucho el significado de ese acercamiento de Jesús, como mucho es también ese gesto de tomarla de la mano. es un gesto humano de gran valor que contemplamos en la vida; quien se coge de la mano parece que ya comienza a sentirse seguro porque tiene como un apoyo que le hace perder sus miedos; pero quien ofrece su mano está ofreciendo su persona, que es su atención, que es su escucha, que es el apoyo y comprensión que le puede ofrecer y hacer sentir al otro; muchas cosas podemos descubrir en ese gesto que nos parece sencillo y hasta intrascendente, pero que sin embargo es muy importante.
Te tomo de la mano y te ofrezco lo que soy, te ofrezco mi mano y soy todo oídos, te ofrezco mi mano y te estoy ofreciendo mi cariño y mi amistad, te ofrezco mi mano y rompo barreras y distancias porque llegó a estar junto a ti.
Pero Jesús hizo más, la tomó de la mano y la levantó. Nos quedamos en el hecho de la curación pero es mucho más que la curación de una enfermedad corporal. No tienes que quedarte postrado sino que tienes que levantarte; no te puedes quedar hundido en tu miseria o tu debilidad sino que tienes que recuperar tu vida, tu dignidad; no te puedes quedar ahí postrado viendo pasar la vida ante tus ojos, sino que tienes que comenzar a vivir. Cuántas cosas puede significar ese ayudar a levantar; a cuantos en la vida tenemos que ayudar a levantarse, como quizá un día también hicieron con nosotros.
Y aquella mujer fue respondiendo a todos aquellos gestos de Jesús, dejándose tomar de la mano, dejándose levantar, pero es que además inmediatamente se puso a servirles. Aquella mujer comenzó de nuevo a vivir en toda plenitud y la plenitud la encontramos en el amor y en el servicio. Había sentido el amor en su vida a través de aquellos gestos de Jesús y comenzó a amar también sirviendo a los demás. Cuanto tiene que decirnos eso para nuestra vida.
El evangelio termina diciéndonos que Jesús después que curara a muchos enfermos que le trajeron a la casa, desde muy temprano se fue al descampado para orar, y que cuando vinieron a decirle que toda la gente le buscaba, les dijo que tenía que ir también a otros sitios con la misma misión. ¿Esos gestos de Jesús nos dirán algo para la actitudes y gestos que nosotros habremos de realizar también en la vida?

martes, 15 de enero de 2019

Acojamos nosotros esa palabra de vida y esa palabra liberadora y de salvación que Jesús nos ofrece en su Iglesia


Acojamos nosotros esa palabra de vida y esa palabra liberadora y de salvación que Jesús nos ofrece en su Iglesia

Hebreos 2,5-12; Sal 8; Marcos 1,21-28

Sigue pasándonos hoy. Escuchamos a alguien que nos habla y nos damos cuenta de que no está hablando por sí mismo sino que parece que habla palabras aprendidas de memoria, se reduce a repetir mecánicamente lo que otros dicen o le han dicho, no hace sino repetirse a sí mismo dando vueltas y más vueltas sobre lo mismo y no habla con la autoridad del que sabe, del que ha rumiado las cosas, del que esté sacando lo que lleva en lo más hondo de sí mismo. su discurso nos cansa y nos aburre, salimos vacíos sin recibir nada nuevo que aprendamos para la vida o que nos haya hecho pensar y reflexionar sobre la vida misma o echar una mirada a su propio interior.
Suele pasar con más frecuencia de lo que imaginamos; lo tenemos que soportar con demasiada frecuencia y ya que nos estamos haciendo estas reflexiones en un ámbito espiritual y cristiano hemos de reconocer que nos sucede demasiado en nuestras iglesias con los que tienen la misión de transmitirnos la Palabra de Dios para nuestra vida. Cuántos sermones y homilías cansinos y aburridos tenemos que soportar tantas veces y que no llegan al meollo de nuestra vida. Y me critico a mi mismo en estas reflexiones que os ofrezco en la semilla de cada dia, en la que sé que no siempre soy capaz de llegar a los que las leen.
Cuando la gente escucha a Jesús en la sinagoga de Cafarnaún se quedan admirados por su manera de enseñar. Este sí que habla con autoridad, se dicen. Estaban acostumbrados a las enseñanzas de los doctores de la ley que les aburrían y sobre todo cuando estaban relacionados con los fariseos lo único que hacían era imponerles normas y leyes que los hacían sentirse más oprimidos, que con las palabras de Jesús y sus acciones parece que respiran libertad.¿Qué es esto?, se dicen unos a otros. Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen’.
Es también el hecho que había sucedido en aquella ocasión que venía a rubricar las palabras de Jesús que anunciaban el Reino nuevo de Dios. Para los oprimidos la libertad’, había dicho en la sinagoga de Nazaret. Y ahora aquello era palpable. allí estaba un hombre poseído de un espíritu inmundo, que se opone y hasta rechaza la presencia y las palabras de Jesús. Pero Jesús lo había liberado de aquella esclavitud, el hombre había sido curado. De ahí la reacción de la gentes allí presentes, pero que aquel hecho comenzó a divulgarse por todas partes. Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea’.
Escuchamos a Jesús y con actitud positiva tenemos que ponernos en su presencia, sabiendo que incluso en las palabras torpes de quienes hoy nos trasmiten su evangelio podemos descubrir esa buena noticia liberadora que siempre nos anuncia Jesús. Porque ahí está la fuerza de la Palabra de Dios que no tiene nunca que aburrirnos ni cansarnos. De nuestras actitudes positivas de escucha también depende. Siempre habrá algo nuevo que podemos descubrir; siempre tiene el Señor una palabra de vida que transmitirnos.
Acojamos nosotros esa palabra de vida y esa palabra liberadora y de salvación que nos ofrece. escuchemos con humildad y podremos descubrir la grandeza de lo que el Señor cada día nos ofrece como alimento para nuestra vida cristiana.



lunes, 14 de enero de 2019

Sintonicemos con el Evangelio, con la Palabra de Jesús, sintamos que es algo  nuevo que llega a nuestra vida y dejémonos transformar


Sintonicemos con el Evangelio, con la Palabra de Jesús, sintamos que es algo  nuevo que llega a nuestra vida y dejémonos transformar

Hebreos 1,1-6; Sal 96; Marcos 1,14-20
Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio. Fue el primer anuncio de Jesús al comenzar su actividad en Galilea. Ha llegado el tiempo nuevo, ha llegado el tiempo del Reino de Dios. Una Buena Noticia comienza a resonar por las aldeas y ciudades de Galilea, de la que se hacen eco por todas las regiones de Palestina. Un nuevo profeta ha surgido, así al menos lo entienden las gentes que le escuchan.
Esa Buena Noticia entraña algo nuevo que hay que aceptar, y para creer en esa Buena Noticia hay que tener una actitud nueva en los corazones. Es necesario cambiar, es necesario convertirse. Es algo más que aquel bautismo que Juan proponía allá en la orilla del Jordán en el desierto de Judea. No es un simple arrepentimiento de lo bueno que se había hecho en el pasado, sino una transformación total de la vida, de las actitudes, de las posturas, de los comportamientos, de la forma de vivir. Como ya más adelante irá explicando aquel nuevo profeta, no se trata de arreglos y remiendos, sino de un nuevo tejido, unas nuevas vasijas, una nueva vida.
Pero aunque se presentaba con exigencias, que quizás sus oyentes en principio no eran capaces de calibrar en todo su sentido, ese Reino nuevo de Dios que anunciaba suscita esperanzas en los corazones, y las gentes acudirían a escucharle, y comenzaban a seguirle por los caminos, y ya comenzaba a haber gente que estaba dispuesta a estar siempre con Él en la esperanza de que todo iba a cambiar. Quizá todavía en sus mentes había confusiones poque pensaban más en un reino temporal en el concepto que se habían creado de la imagen del Mesías que había de venir, pero ahí estaban sus esperanzas para aquellas gentes atormentadas en su pobreza, que se veían a sí mismas envueltas en sufrimientos y angustias, que sentían la vara opresora sobre sus hombros y sobre su vida. Pero algo nuevo parecía que iba a comenzar.
Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago… Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes…’ Y Jesús está allí donde están las gentes. Camina en medio de ellos; recorre la orilla del lago donde ahora están los pescadores que han regresado de su tarea preparando sus aperos para un nuevo día de trabajo. Y allí se detiene junto a ellos, porque para ellos es también ese anuncio del Reino de Dios y del cambio que ha de haber en sus vidas. Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, les dice a unos y otros. Y aquellos pescadores están dispuestos a todo. Dejan sus redes y sus barcas y se van tras Jesús.
Llega el momento en que nos detengamos en el relato y comencemos a mirarnos a nosotros mismos. Mirarnos a nosotros mismos para escuchar. Ese anuncio es hoy, aquí y ahora, también para nosotros. Es una Buena Noticia que tiene que llegar a nuestros corazones. Pero así como Buena Noticia. Y es noticia lo que sucede hoy, no lo del pasado que serían ya viejas noticias y como tales no hacen impacto. Cuando me cuentan algo que sucedió en tiempo pasado decimos que eso nos los sabíamos ya. La nueva noticia que nos llega ahora es lo que nos impacta, la que nos dice algo, la que nos hace ver las cosas nuevas o de manera distinta. Y eso tiene que ser el Evangelio para nosotros. Con esa apertura del corazón tenemos que disponernos a escucharlo. Y es así como nos impactará, nos dirá algo, nos propondrá algo nuevo para nuestra vida.
Sintonicemos con el Evangelio, con la Palabra de Jesús, sintamos que es algo  nuevo que llega a nuestra vida y dejémonos transformar. Será así como nos sentiremos hombres nuevos, como se realizará de verdad el cambio de vida, la conversión, el comenzar a caminar por derroteros nuevos. Hagamos esa sintonía de Dios en nuestro corazón.

domingo, 13 de enero de 2019

Bautizado en el Espiritu es el Ungido del Señor para el anuncio del Evangelio a los pobres y la liberación a los oprimidos en el Año de Gracia del Señor


Bautizado en el Espíritu es el Ungido del Señor para el anuncio del Evangelio a los pobres y la liberación a los oprimidos en el Año de Gracia del Señor

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38;Lucas 3, 15-16. 21-22
Con este segundo domingo de enero cerramos el ciclo de la Navidad y de la Epifanía, comenzando a partir de ahora lo que llamamos litúrgicamente el tiempo Ordinario hasta que lleguemos a iniciar la Cuaresma el miércoles de ceniza. Y en este domingo con ese sentido de Epifanía vivido el pasado 6 de enero celebramos el Bautismo de Jesús en el Jordán. Epifanía, manifestacion que nos da a conocer plenamente quien es Jesús, ungido por el Espíritu como verdadero Hijo de Dios que se va a manifestar en la teofanía que se nos describe en el Evangelio.
Juan bautizaba en el Jordán anunciando la inminente llegada del Mesías esperado. La gente acudía desde todos los rincones de Israel a Juan escuchando su invitación a la conversión y se sumergían en las aguas del Jordán, como un signo de su penitencia y arrepentimiento para purificar los corazones en aquel preparar los caminos del Señor que proclamaba el Bautista. Y allí acudió Jesús. San Lucas es escueto en el relato pues no establece diálogos entre Juan y Jesús sino que no dice que al salir del agua y Jesús ponerse en oración se abrieron los cielos para que el Espíritu de Dios viniera sobre Jesús y escuchándose se la voz del cielo que le señalaba como el Hijo amado y predilecto del Padre. 'Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto'.
Cuando pensamos o hablamos del bautismo nos quedamos habitualmente con la imagen del agua, del sumergirse en agua del río, pero quizá por quedarnos con la imagen no llegamos a captar el más profundo sentido del bautismo de Jesús y en consecuencia también de nuestro propio bautismo. El agua, si queremos, es el signo. pero es algo más que el agua lo que produce en nosotros la gracia de Dios, la acción salvadora de Dios. Aquel bautismo en agua de Juan era simplemente un signo de la purificación y la penitencia, pero el sentido profundo del bautismo es mucho más.
Recordemos varios textos de la Palabra de Dios. Cuando Jesús le habla a Nicodemo de nacer de nuevo, cosa que no llega a entender aquel maestro de Israel y de ahí sus objeciones y preguntas, le explica que hay que nacer del agua y del Espíritu. Ahora cuando Juan nos está señalando al que ha de venir, dice que si él ha bautizado con agua 'el que va a venir bautizará con Espíritu Santo y fuego'. Y cuando jesus envía a sus discípulos por el mundo a anunciar el evangelio a aquellos que crean los bautizarán en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Aquí está ante Juan, en aquel bautismo general de tantos en las aguas del Jordán el que el profeta anunció como 'el Ungido por el Espíritu enviado a anunciar el evangelio a los pobres, la liberación a los oprimidos y el año de gracia del Señor', como Jesús proclamará en la Sinagoga de Nazaret. Ahora lo contemplamos en este momento del Bautismo cómo el Espíritu Santo baja sobre El y está siendo señalado desde el cielo como el Hijo amado y predilecto de Dios. Ese es el bautismo de Jesus, la unción con el Espíritu. Y cómo nos dirá Pedro, en el texto de los Hechos que hemos escuchado hoy es 'Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él'.
Es esa la maravilla del nuevo Bautismo. No solo es una purificación sino un renacer, un volver a nacer. Es una nueva vida que nace en nosotros por la fuerza del Espíritu, porque también nosotros somos los ungidos por el Señor. Y si Jesús por naturaleza divina es verdadero hombre pero tambien verdadero Dios, a nosotros por esa unción del Espíritu en el Bautismo se nos hace también hijos de Dios, coherederos con Cristo. 'Es el Espíritu que clama en nosotros para hacernos hijos adoptivos de Dios', como nos enseñará san Pablo en sus cartas.
Estamos hoy, finalizando el tiempo de la Navidad y la Epifanía, como antes decíamos, celebrando la fiesta del Bautismo del Señor. Una fiesta y una celebración de hondo sentido que nos manifiesta lo que es la gloria del Señor. Una fiesta del Espíritu podemos decir también porque asi se nos manifiesta ungiendo a Jesús para que se nos manifieste verdaderamente como Hijo de Dios que nos trae la salvación abriéndonos a caminos de nueva vida. Una fiesta que al mismo tiempo nos remite a nuestro propio Bautismo que por la fuerza del Espíritu nos ha hecho comenzar a vivir nueva vida, al vida de los hijos de Dios.
Se abren ante nosotros caminos de nueva vida, porque el bautismo es un renacer, un nacer de nuevo 'por el agua y el Espíritu', como le decía Jesús a Nicodemo. Si Juan pedía conversión para preparar los caminos del Señor, si Jesús desde el principio del Evangelio nos pide conversión porque llega el Reino de Dios y hemos de creer en esa Buena Noticia, la conversión no es solo purificación, sino que es transformar nuestra vida, cambiar nuestra vida, porque ya desde el bautismo es una nueva vida la que hemos de vivir, son unos nuevos valores los que han de adornar nuestra vida, es un nuevo sentido y estilo de vivir lo que ha de marcar nuestra existencia que ha de estar envuelta toda ella por el amor, el amor de Dios que nos inunda con su Espíritu y el amor en nosotros que ha de ser nuestro distintivo.



sábado, 12 de enero de 2019

El espíritu de humildad de Juan Bautista que se gozaba en las obras de jesus nos enseñe a valorar tambien lo bueno que realizan los demás


El espíritu de humildad de Juan Bautista que se gozaba en las obras de Jesús nos enseñe a valorar también lo bueno que realizan los demás

1Juan 5,14-21; Sal 149; Juan 3,22-30
Hay como una tentación que todos podemos sufrir en ocasiones, nacida quizás de nuestros orgullos personales, de los recelos o sentimientos de envidia que se puedan albergar en nuestro corazón y es que si vemos que alguien que está a nuestro lado comienza a brillar con luz propia, comienzan a verse los logros que va teniendo en la vida, nosotros nos llenemos de desconfianza y recelo, no nos guste que quizás nosotros comencemos a estar como a su sombra, y ya sabemos bien como son las luchas que van apareciendo en la vida.
En una madurez humana si vemos que alguien que ha nacido y ha crecido como persona a nuestro lado o a nuestra sombra le vemos triunfar tendríamos que llenarnos de alegría, porque en fin de cuentas nos vamos dando pasos los unos a los otros y siempre tendríamos que desear lo mejor para las generaciones que nos siguen. Pero como decíamos, ya sabemos cómo son las negruras que muchas veces pueden aparecer en nuestro corazón y las luchas que nos tenemos unos y otros.
Eso pudo haber pasado en la relación entre Juan el Bautista y Jesús. Juan, ya lo había dicho, había venido como 'la voz que clamaba en el desierto para preparar los caminos del Señor'. Esa era su misión. Y él se atuvo a lo que era su misión, de manera que ni profeta quería considerarse, cuando como diría Jesús más tarde era profeta y más que profeta. Embajadas habían venido de Jerusalén para indagar sobre lo que hacia y realmente quién era. Las gentes lo escuchaban y venían de todas partes para escucharle y para someterse a aquel bautismo en las aguas del Jordán al que él les invitaba. Su llamada había sido siempre la conversión para preparar los caminos del Señor.
Una conversión que era purificación pero que era también abrirse a caminos nuevos. Porque por ahí ha de ir la verdadera conversión. Borramos, es cierto, lo viejo, porque queremos el perdón que el Señor nos ofrece, pero emprendemos un nuevo camino. No el volver a lo de antes, es algo nuevo que tiene que vivirse. En este caso en la invitación que Juan estaba haciendo era creer en Aquel a quien él estaba anunciando, en el Mesías esperado.
Acuden a él preguntando si acaso él no es el Mesías, pero les recuerda que el bautiza con agua pero que viene, y en medio de ellos está, quien los va a Bautizar con Espíritu Santo y fuego. Llegan noticias a Juan ya de lo que Jesús está realizando. Es este evangelista el único que nos dice que Jesús también estuvo bautizando junto al Jordán, pero ahi está la hermosa respuesta de Juan. 'El tiene que crecer y yo tengo que menguar'. Esa era su misión señalar al que venia como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Este texto del evangelio de hoy que bien nos prepara para la celebración del Bautismo del Señor que celebraremos mañana domingo, nos viene muy bien para revisar actitudes y posturas que nos tenemos tantas veces en la vida, conforme a aquello con lo que comenzábamos esta reflexión.
Tenemos que saber dar paso en la vida a los que nos siguen; tiene que haber buenos sentimientos de alegría y también en cierto modo de gratitud cuando vemos a nuestro lado a personas que avanzan en la vida, que van logrando progresos en su persona y en aquello que realizan, saludar agradecidos los logros y las cosas buenas que los otros hacen. No importa que nosotros pasemos a un segundo plano si vemos a alguien que hace el bien; no busquemos nosotros, como se suele decir, arrimar el ascua a nuestra sardina, atribuyéndonos méritos que no nos pertenecen.
Sepamos alabar y engrandecer a los demás reconociendo las cosas que hacen; que haya en nosotros un verdadero espíritu y sentimiento de humildad para reconocer lo bueno que hacen los demás, que tantas veces nos cuesta.

viernes, 11 de enero de 2019

Con qué sencillos gestos podríamos ir nosotros repartiendo salud y vida y curando los dolores del alma que tantos sufren


Con qué sencillos gestos podríamos ir nosotros repartiendo salud y vida y curando los dolores del alma que tantos sufren

1Juan 5,5-13; Sal 147; Lucas 5,12-16

Los signos y los gestos con que nos expresamos y relacionamos los unos y los otros son verdaderos medios de comunicación que sin palabras nos expresan y nos dicen en muchas ocasiones mucho más que lo que incluso podamos expresar con palabras. Una mano sobre el hombro, unos brazos que nos cubren con cariño, una mirada a los ojos que sin palabras nos dice muchas cosas, una sonrisa que es mucho más y mejor que una simple mueca, una mano tendida que nos acerca hasta lo más profundo de nosotros mismos, una presencia quizá silenciosa a nuestro lado en un momento de dolor, una inclinación de cabeza quizá desde la distancia, el dar unos pasos hacia el otro cuando vemos indecisión para acortar distancias… son algunos de los muchos gestos que podemos tener los unos con los otros.
Hay quien quizá evita el contacto físico, y rehúsa quizás esa mano que nos toca o esos brazos sobre nuestros hombros, puede ser también un signo de la distancia que queremos poner ante el otro, o de otras actitudes que podamos tener en nuestro interior donde quizá nos sentimos tan puros y tan rectos que podríamos pensar que ese contacto nos llenaría a nosotros también de suciedad. Hay muchos que van de puritanos por el mundo y no quieren que nadie les pueda mancillar. Es quizá un signo negativo, pero signo en fin de cuentas con lo que queremos expresar algo que no somos capaces de decirlo con palabras.
Pero bien agradecemos esos signos que nos muestran cercanía y hoy es muy normal que pronto nos demos un abrazo o ya desde el principio nos demos un beso de saludo para expresar la buena voluntad o los buenos deseos con que nos acercamos a los demás. Un gesto que nos puede decir mucho más que muchas palabras que quizá no sabemos encontrar para expresar lo mejor de nosotros mismos.
El evangelio nos habla de muchos gestos de Jesús con los que quería manifestarnos su cercanía y su amor misericordioso y compasivo. Ya incluso aquellos hechos extraordinarios como son los milagros los evangelistas nos emplean la expresión de signos porque quiere manifestarnos cómo tenemos que saber leer en esos hechos todo lo que Jesús quería de nosotros y para nosotros.
Pero es que además nos encontramos con gestos sencillos, que quizá hasta nos pudieran pasar desapercibidos, con los que Jesús quiere decirnos tanto lo que es su amor. Hoy vemos uno de esos gestos; un gesto que no era comprendido por las gentes de su tiempo, e incluso era poco menos que prohibido para evitar contaminaciones que iban mucho más allá del contagio de una enfermedad. Un leproso no se podía tocar; incluso al mismo leproso se le consideraba impuro y quien osara tocarlo se contagiaba de esa misma impureza legal que, repito, era mucho más que el contagio de una enfermedad.
Y hoy contemplamos a Jesús extendiendo la mano para tocar al leproso. Había acudido aquel hombre, saltándose incluso las rígidas normas que le impedían estar en medio de los que estaban sanos, acercándose a Jesús para implorar misericordia y compasión. ‘Si quieres, puedes curarme’, era la súplica de aquel hombre. Y antes que las palabras la respuesta de Jesús está en el gesto. Se acercó – ya es un gesto y un detalle – y extendió la mano y lo tocó. ‘Quiero, queda limpio’, serán las palabras de Jesús.
¡Con qué sencillos gestos podríamos ir nosotros también repartiendo salud y vida! Es la cercanía de nuestro corazón, es la sonrisa amable que descorre los velos de las tristezas y las soledades, en la mirada comprensiva que sana desde dentro a quien se siente valorado y hasta perdonado, es la presencia silenciosa quizá que rompe soledades y que se convierte en cercanía que despierta una nueva ilusión y esperanza cuando se sienten comprendidos sin recriminaciones, es el oído atento para escuchar pero con labios cerrados para no escarbar en heridas pero que crea nuevas sintonías que hacen que la vida sea mas maravillosa en su música que ya no será tan monótona.
Así podríamos pensar en nuestra manera de acercarnos a los demás, en la forma cómo manifestamos nuestra comprensión, en el estímulo que pretendemos infundir en quien quiere comenzar de nuevo y no sabe cómo. Repasemos aquellos múltiples gestos de los que antes hablábamos para iniciar nuestra reflexión. ¡Cuántos dolores del alma podemos curar!

jueves, 10 de enero de 2019

Nunca podemos decir ante la Palabra que se nos proclama eso ya me lo sé, sino que siempre ha de ser Buena Noticia de salvación para nosotros y nuestro mundo


Nunca podemos decir ante la Palabra que se nos proclama eso ya me lo sé, sino que siempre ha de ser Buena Noticia de salvación para nosotros y nuestro mundo

1Juan 4,19–5,4; Sal 71; Lucas 4,14-22a

No hay cosa más reconfortante para un enfermo que el que vengan un día y le digan te vas a curar, ya hemos encontrado el remedio para tu mal, para tu enfermedad; así se sentirá el que está en la cárcel sin esperanza de salir de ella en mucho tiempo, y de repente le anuncian que hay una amnistía y ya va a ser liberado inmediatamente de la prisión; así el que se ve oprimido, y ya no es solo de esclavitudes que las hay todavía de muchas maneras, sino quizá del acoso de alguien que lo quiere mal y le hace la vida imposible. El anuncio de una liberación, de una curación es una esperanza cumplida y llena de alegría los corazones de los que sufren.
Así se sentirían en aquella mañana de sábado en la sinagoga de Nazaret. Un hijo del pueblo se había levantado y ofrecido para hacer la lectura del profeta y había que escuchar de sus labios, porque no es fácil explicarlo con palabras nuestras, como iba derramando aquellas palabras del profeta pero sintiendo cada uno en su corazón que aquello anunciado siglos atrás por el profeta ahora tenia cumplimiento. Tal era la fuerza con que eran pronunciadas por Jesús, que llegaban al corazón de cada uno como un rayo de luz, como un despertar de un sueño a una esperanza que ya veían inminentemente cumplida. Más aun cuando al terminar la proclamación de la lectura de labios de Jesús salen aquellas palabras de gracia ‘esta Escritura que acabáis de oír se cumple hoy’.
Era, sí, una buena noticia que llegaba para los pobres y para cuantos tenían su corazón lleno de sufrimientos; era una buena noticia que anunciaba libertad y vida nueva; era una buena noticia que anunciaba un perdón universal que era mucho más que lo que vivian solo en esperanza en los años jubilares que anunciaban los profetas y que eran ley en Israel. Esos años jubilares, por la situación de la opresión de otros pueblos que sufrían, que habían sufrido de hacia tanto tiempo, se quedaba en una esperanza en cierto modo lejana, porque aunque era ley en Israel, sin embargo a ello no podían dar cumplimiento.
Ahora llegaba quien les decía que eso tenía cumplimiento ya. ¿Cómo no se iba a enardecer el corazón de todos los presentes al escucharlo? ¿Cómo no iban a estar pendiente de sus labios con esas palabras de gracia que de ellos brotaban? Y ya habían escuchado cómo este nuevo profeta, hijo de su pueblo y cuyos parientes estaban entre sus convecinos, había ido dando señales de ello con las curaciones que escuchaban que hacía en Cafarnaún y en otros sitios.
Esto nos llevaría a muchas consideraciones para nuestra vida. Lo primero sería preguntarnos con qué sentido escuchamos las palabras de Jesús. ¿Nos ponemos de verdad con nuestra vida, con la realidad de lo que somos, con nuestros sufrimientos y con nuestras esperanzas, con nuestras angustias o con los problemas que sabemos que tienen tantos a nuestro lado ante Jesús y su Palabra para escucharle? ¿Estamos en verdad pendientes de sus labios porque sabemos que sus palabras son en verdad palabras de vida para nosotros?
No es ajena nuestra vida y nuestros sufrimientos, nuestras angustias o nuestras alegrías a las palabras de Jesús. Tenemos que sentir seriamente, y para eso la sinceridad con que nos ponemos ante el Señor, que son en verdad un rayo de esperanza para nosotros, para nuestras preocupaciones, por los sufrimientos de los  hombres de hoy. Por eso fue un rayo de luz y esperanza para aquella gente que estaba aquel día en la Sinagoga de Nazaret.
Es así como tenemos que escucharlas para que no se conviertan en una rutina que nos aburre, como tantas veces quizás nos sucede cuando venimos a nuestras celebraciones y escuchamos la proclamación de la Palabra de Dios. Nunca podemos decir, esto  nos lo sabemos, sino siempre hemos de escucharlas como Buena Nueva para nuestra vida y nuestro mundo.


miércoles, 9 de enero de 2019

Dudas y miedos, silencios y soledades, oscuridades y abandonos, pero tenemos una Palabra de vida que anunciar, Jesús está con nosotros y no estamos solos


Dudas y miedos, silencios y soledades, oscuridades y abandonos, pero tenemos una Palabra de vida que anunciar, Jesús está con nosotros y no estamos solos

1Jn. 4, 11-18; Sal 71; Marcos 6,45-52

Hay ocasiones en que la travesía de la vida se nos hace dura. Son las luchas y trabajos, es cierto, de cada día  en el cumplimiento de nuestras responsabilidades o de aquellas cosas que hemos asumido con entusiasmo pero que luego la constancia en la tarea se nos hace dura, en ocasiones nos parece estéril y hasta tediosa por no ver los frutos que nos proponíamos conseguir.
En ocasiones quizá las circunstancias nos han embarcado en tareas porque queríamos ponernos metas y queríamos avanzar en la vida, o bien porque alguien nos ha entusiasmado en un proyecto, en el que luego  nos vimos solos porque incluso aquellos que nos parecían mas entusiasmados abandonaron y nos dejaron solos en la tarea.
Es, por otra parte, la soledad que podemos sentir cuando no nos vemos valorados, o quizá por errores que hemos cometido en la vida la gente se ha apartado de nosotros porque quizás ya nuestra presencia no les era rentable para sus prestigios personales. Se nos convierte la vida en un túnel oscuro en el que no somos capaces de vislumbrar una luz al final, y el hacerlo con la apariencia al menos de la soledad nos lo hace largo de atravesar, o porque quizá los que van a nuestro lado van tan acobardados como nosotros.
Qué aliento recibimos si aparece en momentos así una mano amiga que se posa sobre nuestro hombro y ya con su sola presencia nos hace renacer fuerzas y esperanzas de que merece bien la pena lo que podamos estar pasando. Aunque también en nuestra confusión podemos mal interpretar esa presencia y esa mano que nos tienden y aparecen en nuestro desconcierto las desconfianzas de todo y de todos.
El evangelio de hoy nos describe un episodio así. Habían vivido una tarde de gloria allá en el descampado cuando dieron de comer a aquella multitud inmensa a parte de cinco panes y dos peces. Se había mostrado la gloria del Señor e incluso las gentes entusiasmadas hasta querían hacer rey a Jesús que milagrosamente les había dado pan en abundancia. Pero Jesús los había embarcado para la otra orilla del lago, mientras El se quedaba a solas en la montaña para orar. Pero la travesía se les había hecho difícil. El viento se les había puesto en contra y no podían avanzar en medio de las olas del lago que se iban encrespando cada vez más.
¿Les recordaba quizá una tempestad que habían soportado un día, estando Jesús con ellos, aunque dormido en la barca en medio de la tormenta? Al final Jesús los había salvado, pero ahora estaban solos, porque Jesús se había quedado en la orilla. Se sentían sin fuerzas y la travesía era dificultosa en medio de la  noche y la tormenta. Como nos vemos nosotros tantas veces, porque esto tenemos que aplicarlo a lo que es nuestra vida de cada día con sus luchas y dificultades, con sus soledades y silencios.
Jesús sin embargo estaba acercándose a ellos aunque de entrada no comprendieran su presencia. Parecía un fantasma en la noche caminando sobre el agua. Cuantos fantasmas vemos en tantas ocasiones y no sabemos discernir lo que realmente son las cosas, los signos que Jesús pone a nuestro lado.
‘No temáis, soy yo’, escuchan que les dice Jesús, pero siguen sin creer; Pedro pretende caminar también sobre el agua al encuentro de Jesús, pero siguen las dudas en el corazón y comienza también a hundirse.
Son nuestras dudas y miedos, son las dudas y miedos que también vemos en los demás y que algunas veces  nos desaniman. Pero ¿no será así como hemos de presentarnos ante el Señor? Pero ¿no será así también con nuestras dudas y miedos en nuestro interior cómo nosotros tenemos que ir a los que también están con sus miedos para llevar una palabra de aliento?
Tenemos que creer de verdad en la Palabra que tenemos que llevar a los demás. Tenemos que confiar en que es una Palabra de vida, que nos llena de vida a nosotros y llena de vida también a nuestro mundo. No nos podemos acobardar; no podemos decir que nosotros no podemos; no podemos decir que estamos solos. Sabemos quien está con nosotros, porque El nos ha prometida su presencia para siempre y su palabra nunca nos fallará.

martes, 8 de enero de 2019

Si lo que se reparte es amor por mucho que se comparta nunca se acaba ni se desgasta, sino que crece y se multiplica


Si lo que se reparte es amor por mucho que se comparta nunca se acaba ni se desgasta, sino que crece y se multiplica

1Juan 4,7-10; Sal 71; Marcos 6,34-44

‘¡Que se las arreglen ellos! Es su problema…’ escuchamos decir en más de una ocasión y también nosotros tenemos esa tentación. Cuando vemos a alguien enrollado en sus problemas o necesidades, no queremos complicarnos, porque si les das un dedo se cogen la mano, solemos decir. Y es que ya sabemos si empezamos por poco, luego se nos van complicando las cosas y no sabremos como nosotros nos podemos desenredar del problema en que por nuestra buena voluntad nos hemos metido. Así piensan muchos; así tenemos la tentación nosotros de pensar y de escurrir el bulto. ¿Es eso humano? ¿Tiene algún sentido el actuar de esa manera? Quizás no sabemos responder pero a nosotros que no nos compliquen.
Algo así les daba por pensar a los discípulos más cercanos a Jesús en aquella ocasión. Había una multitud inmensa que se había ido tras Jesús en sus correrías de pueblo en pueblo. Ahora se les está haciendo de noche, están en descampado y aquella gente lleva ya mucho tiempo con Jesús y sus provisiones se habrán acabado. ‘Despide a la gente, para que se vayan a los cortijos cercanos y busquen que comer’, le dicen a Jesús. No saben cuál es la solución y lo más fácil sería que cada uno se buscara su camino por su cuenta.
Pero Jesús no está por esa labor, no es ese su estilo y es lo que quiere que sea nuestro estilo. Por eso directamente les dice: ‘Denles ustedes de comer’. Mira por donde nos sale. Ni aunque tuviéramos mucho dinero podríamos darles de comer porque además de necesitarse mucho que no tenemos aquí en descampado tampoco hay donde comprar pan. Doscientos denarios necesitarían para darle de comer a toda aquella gente.
Pero Jesús insiste. ‘¿Cuántos panes tenéis? Id a ver’. Y se ponen a averiguar con sus esperanzas perdidas, pero también con el apuro de lo que les ha dicho el maestro. Por más que buscan solo hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces. Pero ¿qué van a hacer con esas migajas para tantos? Pero al menos hay uno que ha comenzado a compartir.
Jesús insiste. Hay que darles de comer. Y manda que la gente se siente por el suelo, en la hierba, donde encuentren. Y les da el pan, aquellos pocos panes y peces, para que los repartan ante el asombro de los discípulos que no saben qué hacer. pero Jesús si sabe lo que hace, ha vuelto su mirada al cielo, nos dice el evangelista; es una invocación divina, es una bendición, es la confianza de quienes se sienten en las manos del Padre; un día dirá, ‘en tus manos, Padre, pongo mi espíritu’. Y se reparten los panes y todos comen. Es el amor lo que se está repartiendo y el amor por mucho que se comparta nunca se acaba ni se desgasta, sino que más bien crece y se multiplica.
¿Aprenderemos nosotros a multiplicar el amor? ¿Aprenderemos nosotros a mirar a lo alto para aprender a mirar bien y con sentido a los que están a nuestra altura? ¿Aprenderemos a vaciarnos de nosotros mismos, por muy pequeña cosa que nos consideremos, o por muy pequeñas cosas que pensemos que tenemos? ¿Aprenderemos a tener una mirada distinta al que camina a nuestro lado, al que sufre a nuestro lado para no encerrarnos jamás en nosotros mismos o pensar solo en  nosotros mismos?
Con esa mirada nueva seguro que ya no diremos nunca jamás, que les arreglen ellos que es su problema, porque ya sentiremos que el problema del otro es también mi problema, y que no importa complicarme cuando hay amor, porque desde el amor siempre encontraremos una salida, una solución.


lunes, 7 de enero de 2019

En la casa de nuestra mente tan llena de baratijas tenemos que dejar sitio para el tesoro nuevo que nos ofrece Jesús con el evangelio del Reino de Dios


En la casa de nuestra mente tan llena de baratijas tenemos que dejar sitio para el tesoro nuevo que nos ofrece Jesús con el evangelio del Reino de Dios

1Juan 3,22–4,6; Sal 2; Mateo 4,12-17.23-25

En pocas líneas el evangelista casi al principio de su relato evangélico nos resume el comienzo de la actividad de Jesús en Galilea. Una presencia y un anuncio de llena de la luz de la esperanza a aquellos pueblos y a aquellas gentes. Por eso el evangelista Mateo, que haría siempre muchas referencias al Antiguo Testamento sobre todo a los profetas, nos recuerda aquel anuncio del profeta. A los pueblos que habitaban en tinieblas y en sombras de muerte les apareció una gran luz que los llenaba de esperanza.
‘País de Zabulón y país de Neptalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles, el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, una luz les brilló’. En clara referencia precisamente a aquel lugar donde Jesús comenzó su predicación. No fue en Jerusalén ni en el templo, fue casi en los bordes de Palestina, en aquellos pueblos que se sentían más influenciados por las costumbres paganas, ‘Galilea de los gentiles’, que dice el profeta.
Cuando surge algo nuevo y distinto para comenzar a creer en eso que se nos comunica o que se nos anuncia, es necesario realizar un cambio de mente, un cambio de manera de ver las cosas. Si seguimos obcecados en nuestra manera de pensar o en nuestra manera de ver las cosas no seremos capaces de descubrir lo nuevo que se nos presente, ni aunque lo viésemos creer en ello y aceptarlo. Por eso ese primer anuncio del Reino de Dios que hace Jesús va unido a la invitación al cambio, a la conversión, a dar la vuelta a la mentalidad y a la manera de ver las cosas para poder aceptar lo nuevo que se nos anuncia y que se nos trae,
En la casa de nuestra mente tan llena de baratijas, podríamos decir, tenemos que dejar sitio para el tesoro nuevo que se nos ofrece. Si la casa está llena de ‘cositas’ hasta reventar no cabe lo nuevo que se nos ofrece; tenemos un espacio limitado. Por eso tenemos que vaciarnos de esas baratijas de nuestra vida en la que tantas veces habíamos puesto nuestra confianza o nuestra esperanza. Sabemos que en esas cosas no vamos a encontrar la salvación ni la vida, por eso tenemos que despojarnos, vaciarnos. Es lo que Jesús nos dice, conversión.
Cuando en verdad nos hemos convertido a lo nuevo que se nos ofrece, no es para que las cosas sigan igual, para que sigamos manteniendo aquellas viejas cosas en nosotros y vayamos haciendo unas mezcolanzas, vayamos tratando de hacer unos arreglos y unos remiendos, porque no queremos quitar lo antiguo sino que queremos compaginarlo con lo nuevo. No nos valen esas mezclas. Odres nuevos, vestido nuevo nos dirá Jesús en otros momentos. Es el cambio, es la conversión que se nos pide para nuestra vida.
Muchas veces pensamos que no vemos avance en nuestra vida, que espiritualidad no crece, que nuestras comunidades no cambian sino que parece que envejecen. Cuando vamos haciendo mezclas de unas cosas y de otras al final todo se nos romperá, no podremos presentar esa vida nueva, no podremos tener una autentica espiritualidad. Si mezclamos el viejo cemento que ya está corrompido y estropeado con un nuevo cemento para la construcción veremos que esa masa no funciona, se nos agrietará bien pronto y el edificio se nos vendrá abajo. ¿Pasará algo así en nuestra Iglesia de hoy?
Es lo que pasa con nuestra vida cristiana, con nuestra auténtica espiritualidad, al final nos quedamos en nada. No hemos desechado del todo aquello que ya no nos valía, sino que hemos pretendido hacer unos arreglos. También nos sucede que nos llegan voces de distintos lugares, nos hablan de otras espiritualidades que no tienen que ver nada con la espiritualidad auténticamente cristiana, y queremos coger de aquí y de allá, y al final no seremos nada. Es una tentación que tenemos los hombres de hoy. Nos dicen aquella persona es muy espiritual, nos dice cosas tan bonitas que ha aprendido en no sé qué espiritualidades que vienen de aquí o de allá, y al final veremos un vació y una nada.
Tenemos que centrarnos de verdad en nuestra espiritualidad cristiana, que tiene su fundamento en Cristo y en su evangelio. No lo conocemos y pretendemos conocer otras cosas. Vayamos a ese autentico conocimiento de Cristo, de su evangelio y encontraremos de verdad la luz para nuestra vida, como nos dice hoy el evangelio. Nuestro centro no puede ser otro que Jesús y su evangelio, el Reino de Dios que nos anuncia y tal como nos anuncia.