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sábado, 16 de julio de 2016

Llevar el Escapulario de la Virgen del Carmen es revestirnos del traje de María copiando en nosotros todas sus virtudes y toda su santidad

Llevar el Escapulario de la Virgen del Carmen es revestirnos del traje de María copiando en nosotros todas sus virtudes y toda su santidad

Hoy se multiplican las felicitaciones de un lado para otro porque muchos son los que llevan – llevamos – el nombre de la Virgen del Monte Carmelo; por otro lado los marineros la invocan como la Estrella del Mar que les guía en sus travesías y en las zozobras de sus trabajos, mientras muchos pueblos a lo largo de toda la geografía se engalanan para celebrar a María en esta advocación tan hermosa de la Virgen del Carmen.
Así la llamamos, la Virgen del Carmen, aunque bien sabemos que el auténtico titulo de esta advocación es la Virgen del Monte Carmelo. Las montañas del Carmelo al norte de Palestina e Israel naciendo de las llanuras de Galilea vienen como a desplomarse sobre el mar Mediterráneo formando una cadena montañosa de gran belleza; y fueron unos religiosos, nacidos quizá al calor de las cruzadas como unos eremitas en aquellas montañas para imitar en cierto modo al profeta Elías que allí había encontrado refugio, los que entronizaron en aquellas montañas un altar a la Virgen; de ahí nació el nombre de la Virgen del Monte Carmelo, la bendita imagen de María que allí en el Monte Carmelo se había entronizado.
La Biblia y los poetas cantan la belleza del monte Carmelo, cuyo nombre significa en sí mismo poesía y la belleza de un jardín, cuyo cántico nosotros queremos entonar en honor de la Madre que allí tenemos entronizada, para llevarla también en lo hondo de nuestro corazón.
Bien conocemos que la devoción a la Virgen del Carmen está unida al uso del escapulario. Escapulario que, es cierto, hemos reducido en su tamaño casi a la mínima expresión pero que en su origen eran como un traje que se ponía sobre la ropa normal como un resguardo para el trabajo. Que ese escapulario o medalla de la Virgen que nos acompaña sea, sí, ese resguardo contra los peligros del mal; que sea un recuerdo para nuestra vida de esa presencia de María junto a nosotros que quiere ayudarnos con la gracia que nos alcanza del Señor para que tengamos fuerza en las dificultades, pero para que nos veamos libres de toda tentación y de todo pecado.
Ya sabemos que la verdadera devoción a María es revestirnos de sus virtudes, imitar en nosotros la santidad de su vida, que en verdad copiemos en nosotros todo lo bueno de María y con su protección nos veamos siempre llenos de la gracia del Señor. Sí, es un revestirnos de María, ponernos no solo el traje externo de María con su escapulario sino desde lo más hondo de nosotros mismos vernos transformados a imitación de María para llenarnos así de la santidad de Dios.
Y tal como comenzábamos diciendo felicidades a todos los que llevan el nombre de María, Virgen del Monte Carmelo, Virgen del Carmen, que nos sintamos siempre protegidos con su amor.

viernes, 15 de julio de 2016

Poniendo misericordia en nuestro corazón ayudaremos en verdad a que nuestro mundo sea más feliz porque seremos capaces de amarnos y perdonarnos

Poniendo misericordia en nuestro corazón ayudaremos en verdad a que nuestro mundo sea más feliz porque seremos capaces de amarnos y perdonarnos

Isaías 38,1-6.21-22.7-8; Sal.: Is. 38;  Mateo 12,1-8 

Todos conocemos personas que están excesivamente preocupadas por el orden, porque las cosas estén en su sitio, porque todo esté brillante y reluciente, de manera que se convierte en una obsesión y una manía. Un amigo mío cuando se enteró que ahora yo tenia un perrito lo primero que comentó como lamentándose es que ahora con un perrito en casa cómo iban a estar las cosas todas desordenadas y cuanto me iba a costar el mantenerlo todo limpio y en su sitio. No pretendo con esto justificar mi afición porque además no viene al caso, sino hago referencia a ello por la obsesión de mi amigo por el orden y la limpieza.
Pero esto que digo del orden se convierte en muchos en la obsesión por el cumplimiento de la ley y la observancia escrupulosa de los más pequeños detalles que al final se convierten en cosas esclavizantes. Muy cumplidores de la ley y de las consecuencias practicas que se han sacado para convertirlas en normas que establecen hasta los más mínimos detalles, pero que se convierte en algo frío y poco menos que ritual pero a lo que le falta un alma, un espíritu que anime y dé verdadero sentido a lo que hacemos. Falta humanidad, falta amor y comprensión, falta misericordia y capacidad de perdón que ayude a levantarse a los que hayan errado o cometido pecado.
Es la referencia o la respuesta que Jesús les da a aquellos quisquillosos que se estaban fijando si los discípulos de Jesús al pasar por un sembrado un sábado arrancaban algunas espigas para estrujarlas en la mano y comérselas. Ese gesto ya se convirtió en un trabajo, como si fuera la siega, que no estaba permitido por la ley realizar en el sábado, día del descanso porque estaba dedicado al Señor.
Cumplidores estrictos pero sin corazón. Observantes de leyes y normas pero sin darle ternura a la vida y a las relaciones con los demás. Personas que se dicen buenas porque no faltan a ningún rito o actos religiosos, cumplidoras de ayunos y abstinencias y capaces de muchos sacrificios quizá,  allá las vemos en todas las novenas, en todas las procesiones, en todos los actos piadosos que podamos imaginar, pero luego las veremos con gesto adusto, mala cara, sin una sonrisa en los labios, sin ternura en su corazón con un trato siempre displicente hacia los demás.
‘Misericordia quiero y no sacrificios’, nos dice Jesús hoy en el evangelio. Que no nos falte nunca esa ternura en nuestro corazón; que seamos en verdad comprensivos con los demás, porque nosotros también podemos caer en los mismos fallos; dispuestos siempre al perdón y a tender la mano que levanta, que anima, que ayuda; que no nos falte nunca un corazón generoso para compartir, para amar de verdad, para sembrar ilusión y esperanza en los corazones de los demás; que la sonrisa sincera de nuestros labios despierte simpatías y alegrías para hacer que nuestra convivencia sea siempre agradable para todos y así hagamos en verdad felices a los demás.
Poniendo misericordia de verdad en nuestra vida haremos que todos seamos más felices comprendiendo, amándonos, perdonándonos y siendo siempre capaces de tener la oportunidad de comenzar de nuevo después de nuestros errores.

jueves, 14 de julio de 2016

Seguir a Jesús no será para nosotros una carga pesada porque nos hace caminar por caminos de verdadera libertad que son los caminos del amor

Seguir a Jesús no será para nosotros una carga pesada porque nos hace caminar por caminos de verdadera libertad que son los caminos del amor

Isaías 26,7-9.12.16-19; Sal. 101; Mateo 11,28-30

‘Venid a mí todos los que estáis cansado y agobiados y yo os aliviaré… y encontraréis vuestro descanso…’ ¡Qué palabras más consoladoras! En la vida tenemos muchos momentos de desánimo, de desaliento, en los que los agobios de la vida nos tientan a rendirnos, nos sentimos cansados de nuestras luchas,  no vemos salida a tantos esfuerzos que nos parecen en vano. Necesitamos esa mano que se pose sobre nuestro hombro y nos diga ‘¡Ánimo! Adelante’.
Todos tenemos alguna vez esos momentos bajos y esos cansancios que no solo es lo físico, sino que son cansancios del alma porque nuestro espíritu se siente decaído. ‘El espíritu está pronto, pero la carne es débil’, les decía Jesús allá a la entrada de Getsemaní. Sí, nos parece estar prontos para todo y parece que nos queremos comer el mundo, pero cuando vienen las luchas del día a día y los problemas se acumulan, y parece que nada a nuestro alrededor nos estimula, sino que más bien vemos las cosas negras, estamos prontos, sí, pero para tirar la toalla; aparecen nuestras debilidades, nuestras flaquezas, y nos parece que no somos capaces, y no tenemos fuerzas para seguir adelante.
Vemos cómo Jesús viene a nuestro encuentro para ser ese alivio que nos haga sentir paz aunque sean muchos los agobios, esa fuerza para vencer nuestra debilidad y levantarnos de nuestras apatías, esa luz que nos ilumine y nos haga caminar con esperanza porque no todo es oscuridad y estando con El nunca nos faltará esa luz y ese sentido y valor para nuestra vida.
A Jesús, vemos en el evangelio, que acudían todo tipo de gentes con sus enfermedades, sus sufrimientos, sus dolencias; nos quedamos muchas veces aparentemente solo en las enfermedades o limitaciones físicas porque nos aparecen delante de nuestros ojos las cegueras o las invalicedes, las lepras o la carencia de alguno de los sentidos, pero cuanto se encierra en esas dolencias y sufrimientos; aislamiento y soledad, pobreza e incapacidades que angustiaban el alma, estaban detrás de esas limitaciones físicas y que hacían aumentar los sufrimientos en el interior de las personas. Estaban también las angustias y las esperanzas frustradas en tantas cosas que coartaban su libertad, que limitaban sus posibilidades desde el dominio de los poderosos o las manipulaciones de los que trataban de dominar y controlar sus aspiraciones.
A todos Jesús les dice: ‘Venid a mí todos los que estáis cansado y agobiados y yo os aliviaré… y encontraréis vuestro descanso…’ Jesús con su presencia hace renacer las esperanzas; Jesús quiere en verdad liberar los corazones; Jesús quiere rescatar la dignidad perdida de todas las personas que merecen la mejor de las consideraciones; Jesús quiere un mundo nuevo donde nos sintamos en verdad hermanos porque todos nos queremos; Jesús viene a ser esa luz verdadera que ilumina los corazones para dar un verdadero sentido a sus vidas, a nuestras vidas.
Escuchamos en nuestro corazón también tantas veces atormentado las palabras de Jesús y que renazca nuestra esperanza. Seguir a Jesús no será para nosotros una carga pesada porque nos hace caminar por caminos de verdadera libertad que son los caminos del amor.

miércoles, 13 de julio de 2016

Sintamos la pobreza y la oscuridad en que vivimos, dejemos a un lado nuestros orgullos y podremos sentir ese amor de Dios nos dignifica y nos engrandece

Sintamos la pobreza y la oscuridad en que vivimos, dejemos a un lado nuestros orgullos y podremos sentir ese amor de Dios nos dignifica y nos engrandece

Isaías 10,5-7.13-16; Sal. 93; Mateo 11,25-27

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla’. Es la oración espontánea que surge del corazón de Cristo para dar gracias al Padre que así se está manifestando a los pequeños y a los sencillos. Solo el corazón que busca con humildad podrá encontrar a Dios. Los engreídos, los que se creen que se las saben todas, los que tienen el corazón henchido por el orgullo no podrán alcanzar el misterio de Dios.
Si estamos hablando del misterio de Dios pareciera que solo los entendidos, los que están llenos de sabiduría podrían en sus elucubraciones intelectuales podrían vislumbrar y descifrar ese misterio. Es cierto que tenemos que utilizar esa inteligencia con la que Dios nos ha creado a su semejanza y ahí entraría ese estudio que pudiéramos hacer de las cosas de Dios. Pero aun así Dios en su inmensidad nos sobrepasa y si podemos encontrarnos con ese misterio de Dios es porque Dios se nos revela, Dios se acerca a nosotros para dársenos a conocer.
Pero no intentemos buscar a Dios y tratar de comprenderlo como si fuera a imagen nuestra, porque en eso erramos tantas veces queriéndonos hacer un Dios a nuestra imagen y así nos creamos una imagen falsa de Dios, y tenemos el peligro de convertir en ídolos de nuestra vida esas mismas cosas que utilizamos aquí en la tierra. Son los que viven el politeísmo de tener muchos dioses y a cada dios, por así decirlo, le asignamos algunas de esas nuestras realidades terrenas como hacían los antiguos.
Miremos el evangelio y veamos cómo Dios se nos manifiesta en Jesús, su Hijo, pero miremos el evangelio y contemplemos quienes son los que verdaderamente abren su corazón a Dios cuando escuchan y aceptan a Jesús, cuando ponen toda su fe en El. Los que se manifiestan hambrientos de Dios en su pobreza podrán palpar ese misterio de Dios que se hace amor y viene a llenar sus vidas.
Los profetas habían anunciado que los pobres serian evangelizados, como recordaría Jesús en aquel texto proclamado en la sinagoga de Nazaret, porque a ellos, los que nada tienen, los que se sienten oprimidos y faltos de libertad, los que en su pobreza e ignorancia van como ciegos en la oscuridad de los caminos de la vida será a los que se va a anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios. Para ellos será el año de gracia, en ellos se va a manifestar la misericordia de Dios que les sana y les abre sus ojos para que puedan contemplar y disfrutar de ese amor de Dios, serán que se van a llenar de la luz de Dios.
Sintamos nuestra pobreza y la oscuridad en que vivimos, dejemos a un lado nuestros orgullos y nuestros ‘saberes’, abramos nuestro corazón con humildad sintiendo quizá el peso de muchas cosas que nos llenan de amarguras y de tristezas, y podremos sentir esa presencia de Dios, ese amor de Dios que nos salva, nos dignifica y nos engrandece, nos llena de luz y de vida nueva cuando sintamos que Dios es en verdad el único Señor de nuestra vida.

martes, 12 de julio de 2016

Seamos agradecidos a cuanto hemos recibido del Señor con su gracia a lo largo de nuestra vida

Seamos agradecidos a cuanto hemos recibido del Señor con su gracia a lo largo de nuestra vida

Isaías 7, 1-9; Sal. 47; Mateo 11,20-24

¿Sabremos ser agradecidos por lo que recibimos? Pudiera dar la impresión en muchas ocasiones nos creemos con derecho siempre a que los demás hagan cosas por nosotros y no sabemos valorar la gratuidad y la generosidad de los demás. Hemos de aprender a valorar lo que hacen los otros y ser agradecidos.
En la vida no solo deberíamos estar atentos a lo que recibimos de los otros y saber manifestar nuestra gratitud, sino que tendríamos que saber estar con los ojos bien abiertos para aprender de lo bueno que hacen los demás como al mismo tiempo aprovecharlo todo para nuestro enriquecimiento como personas. No podemos ser insensibles al bien y a lo bueno que hay en los demás. Sería un signo de nuestra pobreza como personas.
Descubrimos así valores en los que quizá no habíamos pensado ni caído en la cuenta, aprenderemos de la manera de actuar no para actuar miméticamente sino que nos sirva de pauta para nuestra manera de hacer las cosas. Hay tantos detalles en los que caminan a nuestro lado que podrían ser lecciones que nos abrieran los ojos en la vida. Si supiéramos aprovecharlos cuanto nos ayudarían en nuestro enriquecimiento humano, en la riqueza de valores que adornarían nuestra vida.
Esto que estamos reflexionando en un lado meramente humano que tanto nos ayudaría en nuestra convivencia podemos ahondarlo un poco mas haciendo referencia a nuestra vida espiritual en el camino de nuestra fe y de nuestra vivencia cristiana. Siendo nuestra fe una respuesta personal que cada uno damos a las maravillas del amor de Dios que se manifiesta en nuestra vida, hemos de ser conscientes que la vivencia de la fe la expresamos en medio de una comunidad y en comunión con los otros creyentes que caminan a nuestro lado.
Somos herederos de una fe que nos trasmitieron nuestros padres pero que estamos recibiendo y al mismo tiempo en el seno de la Iglesia. Ahí en Iglesia la celebramos y también la alimentamos, porque en ella celebramos los sacramentos con los que alabamos a Dios y en los que recibimos su gracia; es en la Iglesia donde recibimos el alimento de la Palabra de Dios que ilumina nuestro camino; es desde la experiencia de fe de la comunidad desde donde nos sentimos estimulados e impulsados a dar testimonio de esa fe en medio de nuestro mundo.
Y es aquí donde siguiendo la reflexión que antes nos hacíamos nos tenemos que plantear y revisar en nuestra vida cuánto hemos recibido en ese camino de nuestra vida cristiana de la Iglesia, de nuestros padres y de tantos que han sido ejemplo y estimulo para nuestro camino creyente. Ha sido una riqueza grande a lo largo de nuestra vida en la Palabra escuchada, en los sacramentos celebrados y recibidos, y en tanto que hemos compartido en el seno de nuestra comunidad cristiana.
¿Cuál ha sido nuestro aprovechamiento espiritual? ¿Cómo ha crecido nuestra espiritualidad? ¿Cuál ha sido nuestra respuesta y el fruto que hemos dado de tanta gracia recibida? Muchas preguntas tendríamos que hacernos. Hoy en el evangelio hemos escuchado la queja de Jesús por aquellas ciudades donde tanto se había prodigado con su predicación, con sus milagros, con su presencia, pero que no dan fruto, no dan respuesta. ¿Tendrá también queja de nosotros? ¿Somos agradecidos a tanta gracia que hemos recibido del Señor? Es mucho quizá lo que tendríamos que revisar.

lunes, 11 de julio de 2016

No busquemos ganancias materiales por lo bueno que hacemos sino que tengamos la esperanza de la plenitud de vida que en Cristo vamos a alcanzar

No busquemos ganancias materiales por lo bueno que hacemos sino que tengamos la esperanza de la plenitud de vida que en Cristo vamos a alcanzar

Proverbios 2,1-9; Sal 33;  Mateo 19,27-29

‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’ Una pregunta muy humana que se hace Pedro y que le plantea a Jesús aunque nos pudiera parecer  por otra parte interesada desde aquello bueno que ha hecho de seguir a Jesús. Una pregunta que en el fondo todos nos hacemos cuando quizá no vemos un fruto inmediato de aquello por lo que quizá nos estamos sacrificando tanto y con una efectividad o ganancia para nosotros. Tanto que he hecho yo por esa persona y así me paga, tenemos la tentación de decir.
De qué me vale todo esto que estoy haciendo si luego sigo en las mismas y no me trae sino sacrificios y renuncias, nos planteamos quizá en alguna ocasión. Para qué todo eso que hago si luego en lugar de agradecimiento lo que encuentro son incomprensiones, malos juicios, desconfianzas porque quizá están viendo segundas intenciones en aquello que hago gratuita y generosamente.
De aquello que hacemos queremos obtener un fruto, un resultado, algo que signifique ganancia para mi vida. Podemos decir que somos interesados pero en fin de cuentas es humano querer ver el fruto de lo que hacemos. Claro que muchas veces el fruto lo queremos ver en lo material y quizá no nos damos cuenta de la riqueza interior que vamos ganando en los valores que vamos desarrollando, en la madurez que vamos alcanzando en nuestra vida, en todo eso que nos enriquece por dentro espiritualmente cuando somos generosos, cuando cumplimos con nuestro deber, cuando hacemos algo por los demás o por mejorar ese mundo en el que vivimos.
Es, repito, la pregunta que se hacia Pedro y le estaba planteando a Jesús. Un día Jesús les había invitado a seguirle y ellos lo habían dejado todo, la barca, las redes, la pesca, lo que era su trabajo y su vida para seguir a Jesús. Con El se habían ido por aquellos caminos de Galilea y de toda Palestina siguiendo al Maestro que anunciaba un mundo nuevo, el Reino de Dios que llegaba pero ellos aun no terminaban de ver las señales de esa llegada.
Algunas veces en su interior estaban aspirando a ver qué lugar iban a ocupar en ese reino nuevo porque no habían terminado de entender el sentido de ese Reino. Discutían por los primeros puestos, Santiago y Juan valiéndose de los parentescos un día le habían pedido a Jesús ocupar  el puesto de la derecha y de la izquierda, los discípulos habían reaccionado llenos de recelos, y Jesús les explicaba que la grandeza estaba en hacerse el último y el servidor de todos, pero era algo que les costaba entender.
Sin embargo Jesús les había ido anunciando también que iban a encontrar incomprensiones y persecuciones, como a El mismo le iba a suceder; anunciaría Jesús lo que significaría su subida a Jerusalén como un camino de pascua, porque iba a ser  entregado a los gentiles, incluso, y lo condenarían a muerte; es cierto que anunciaba resurrección pero ellos seguían teniendo sus dudas. ¿Y si era cierto lo que decían los saduceos que no había resurrección?
Ahora Jesús les dirá claramente ‘Os aseguro: cuando llegue la renovación, y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir a las doce tribus de Israel. El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna’. Pero ¿cómo habían de entender estas palabras?
Un anuncio de vida eterna, un anuncio de plenitud, una esperanza que ha de haber en el corazón, un descubrir lo que son en verdad los auténticos valores por los que luchar y hasta sacrificarse. Si en otra ocasión diría que un vaso de agua dado en su nombre no se quedaría sin recompensa, esa entrega, ese darse, esas renuncias que habían hecho en sus vidas un día se transformarían en plenitud. No nos importe hacer el bien aunque quienes estén a nuestro lado no lo entiendan; entendamos cuál es la verdadera ganancia para nuestra vida, busquemos lo que es la plenitud de la vida eterna que el Señor nos ofrece.

domingo, 10 de julio de 2016

Portémonos como prójimos practicando la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano

Portémonos como prójimos practicando la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano

Deuteronomio 30, 10-14; Sal 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37
‘Maestro, ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Es la pregunta con la que aquel letrado se presentó delante de Jesús. Pero tres preguntas se suceden y ya de antemano podríamos decir que tienen la misma respuesta. ‘¿Qué está escrito en la ley?... ¿Quién es mi prójimo?... ¿Quién te parece que se portó como prójimo…?’ Y la respuesta fundamental la tenemos al final. ‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ nos preguntamos. Pórtate como prójimo del que está a tu lado, practica la misericordia con él sea quien sea.
Yo me atrevería a decir que no se trata ya solamente de saber quién es mi prójimo sino de aprender a portarse como prójimo del otro. Saber quien es mi prójimo – aunque quizá a veces interesadamente lo olvidamos o no queremos saber quien es – es muy fácil porque la misma palabra lo expresa. Prójimo, el que está próximo, el otro sea quien sea, y dándole hondura la proximidad no significa solo una proximidad física sino que va más allá para abarcar en esa palabra al otro, como decíamos, sea quien sea, esté cercano o esté lejos, pero es aquel que como persona tiene la misma dignidad que yo porque es una persona, aunque no siempre la queramos reconocer.
Prójimo entonces no es solo mi pariente o mi vecino, aunque también algunas veces los olvidamos y no es con esas personas cercanas y a quien más conocemos con quienes nos comportamos como prójimos, no es solo es que es de mi misma raza o condición o del mismo lugar o nación donde yo esté, no es solo el que me cae bien o en algún momento quizá ha sido bueno conmigo, no son solo los amigos de siempre sino también ese desconocido con el que me encuentro en los caminos de la vida. Es el otro y no puede haber ninguna exclusión.
Pero como decíamos no se trata solamente de saber quien es mi prójimo sino cuál ha de ser mi actitud, cómo he yo de comportarme con él. En el diálogo entre aquel letrado y Jesús – que hemos de reconocer que no venía con demasiadas buenas intenciones a hacer la pregunta a Jesús – la pregunta que le hace a Jesús de quien es su prójimo es, como diríamos vulgarmente, una manera de escurrir el bulto.
La primera pregunta que le hace a Jesús es realmente ociosa, pues era un letrado, un maestro de la ley, alguien formado y encargado en medio de la comunidad para enseñar la ley. Por eso la respuesta de Jesús es remitirlo a lo que estaba escrito en la ley. ‘¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?’, le pregunta Jesús y será el letrado el que exprese con sus palabras lo que todo buen judío había de saber incluso de memoria. Y es cuando viene su pregunta que podría parecer la principal ‘¿Quién es mi prójimo?’, pero tras escuchar la parábola que propone Jesús vendremos a decir que la pregunta más incisiva será la que Jesús haga finalmente. ‘¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’
Para el sacerdote y el levita que pasaron por el camino prójimo era, es cierto, el que estaba allí tirado por los suelos malherido; es más, podríamos decir, que había una cierta cercanía porque era judío probablemente de Judea como ellos, pero no supieron abrir los ojos ni abrir su corazón a la misericordia y a la compasión. Quisieron cerrar los ojos, ‘dieron un rodeo y pasaron de largo’ que dice la parábola.
No tan próximo, sin embargo, era aquel samaritano que hacia el mismo camino, y digo no tan próximo porque era de un pueblo diferente con el que había una enemistad ya de siglos de manera que ni siquiera se hablaban judíos y samaritanos. Sin embargo no solo lo vio como prójimo sino que se comportó como prójimo, tuvo compasión y misericordia conmoviendo su corazón para atenderle, para curarle, para llevarle a una posada y correr con todos los gastos de su recuperación.
Por eso a la pregunta fundamental de Jesús ya conocemos la respuesta. Se comportó como prójimo aquel que tuvo misericordia del que estaba caído a la vera del camino. Y es cuando nos sentencia Jesús: ‘Pues, anda, haz tú lo mismo’.
¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?  Practicar la misericordia con el prójimo que siempre para mí será un hermano. Cuántas oportunidades tenemos cada día. Porque no vamos a estar esperando a que nos encontremos a alguien a quien hayan dejado malherido algunos malhechores. Cercanos o lejanos siempre encontraremos a nuestro lado con quien practicar la misericordia.
Desde esa palabra de aliento que hemos de saber decir al que está decaído a nuestro lado, hasta esos ojos bien abiertos para descubrir cuantos sufrimientos padecen tantos a nuestro alrededor; desde esa mirada nueva y esa sonrisa en mis labios y en mi semblante con el que voy a ir caminando por la calle haciendo agradable el encuentro con los demás, hasta esa mirada nueva a ese que tenemos el peligro de discriminar porque nos parece tan desagradable y que nos está pidiendo a nuestra puerta o en las puertas de la iglesias, porque tiene no sé qué vicios que siempre sabemos ver enseguida, porque no es de nuestra tierra o ha venido de emigrante o refugiado desde lugares lejanos.
Es ese aceite y vino con que hemos de saber vendar tantas heridas y tantos sufrimientos que si abrimos bien los ojos vamos a ir descubriendo a nuestro alrededor. Cuidado con los rodeos que vamos dando en la vida, muchas veces disimulados y muchas veces descaradamente porque se nota que no queremos encontrarnos con ese dolor humano que marca tantas vidas. Es cierto que cuesta, que no es fácil, que hay muchas rémoras en nuestro corazón que nos arrastran hacia abajo, que nos llevan por caminos de egoísmo y de insolidaridad. Pidámosle al Señor que nos transforme el corazón con su gracia, pero nosotros dejémonos transformar.
Portémonos como prójimos porque en verdad practiquemos la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano.


sábado, 9 de julio de 2016

No temamos que Jesús siempre nos llenará de su paz, que es un fruto de la pascua

No temamos que Jesús siempre nos llenará de su paz, que es un fruto de la pascua

Isaías 6,1-8; Sal 92; Mateo 10,24-33

‘No tengáis miedo…’ repetidamente nos lo dice Jesús hoy en el texto de este sábado. En contrapartida repetidamente también el saludo de Jesús es la paz; será el saludo pascual en el cenáculo cuando están todos los apóstoles reunidos, como el de Jesús resucitado en las diversas apariciones, como también veremos despedir con la paz a los enfermos o pecadores que se han encontrado con El. Igualmente hemos escuchado estos días que será el saludo con que vayan los discípulos enviados al encuentro con las gentes para el anuncio de la Buena Noticia del Reino.
‘No tengáis miedo…’ nos dice a nosotros hoy. Sí, a nosotros que también muchas veces nos vemos turbados en nuestras dudas, cuando reconocemos nuestros pecados y nos falta paz en nuestro interior porque la conciencia nos remuerde; a nosotros que vamos con cierto temor al encuentro con los demás porque no sabemos si nos van a aceptar o nos van a entender; el encuentro con el otro en cierto modo está siempre lleno de misterio porque cada persona es un mundo, cada uno tiene su manera de ser o de pensar, porque al llegar al otro en cierto modo nos vamos a introducir en su intimidad y no sabemos si seremos aceptados, nos van a abrir el corazón o tenemos cabida en el otro.
No tengáis miedo…’ nos dice porque tememos dar el paso, dar el ‘sí’ que nos va a comprometer y no sabemos a donde nos llevará; porque amar es vaciarnos de nosotros mismos y siempre queremos tener nuestras reservas para nosotros y eso es comprometido y arriesgado; porque tememos el mañana que no sabemos lo que nos deparará; porque tememos la soledad, no nos agrada quizá el vernos en boca de los otros, porque somos desconfiados y le ponemos pegas a las personas con las que nos encontramos y no llegamos a una autentica sinceridad en nuestras vidas…
Son tantos los miedos porque cada uno tenemos nuestros secretos en ese sentido y no queremos que descubran nuestra debilidad y damos largas a esa apertura de corazón que tendríamos que hacer, o damos por callada la respuesta a preguntas que nos puedan comprometer a descubrir esa nuestra intimidad tan guardada.
Y es que con Jesús a nuestro lado no nos faltará la paz; y Jesús nos habla del amor del Padre que nos cuida y nos protege en su providencia amorosa e infinita; y Jesús nos dice de esa valentía con que hemos de ir a hacer ese anuncio del Reino porque no nos faltará nunca la fuerza y la asistencia del Espíritu; y Jesús quiere que tengamos esa apertura del corazón para ir con sinceridad a los demás, para aceptarnos mutuamente y comprendernos, para que vayamos llevando siempre ese anuncio de la paz; y Jesús inunda nuestra vida para que siempre sintamos paz en el corazón y con esa paz vayamos al encuentro con los demás sin desconfianzas, sin reservas, con generosidad, repartiendo la ternura del amor.
No nos dice que el camino sea fácil, porque andamos como ovejas entre lobos y el discípulo no es más ni mayor que su maestro, y ya sabemos cual fue su camino que le llevó a la cruz. Pero sabemos que su Pascua termina siempre en vida, en resurrección, porque el amor nos llena de vida, porque el amor tiene asegurada la victoria.
No temamos que El siempre nos llenará de su paz, que es un fruto de la pascua.

viernes, 8 de julio de 2016

La sencillez, la autenticidad, la humildad tienen que brillar en nuestra vida que son nuestras armas porque son las armas del amor

La sencillez, la autenticidad, la humildad tienen que brillar en nuestra vida que son nuestras armas porque son las armas del amor

Oseas 14,2-10; Sal 50; Mateo 10,16-23

Ya quisiéramos que en la vida todo fuera bueno y todos fuéramos buenos también. Sabemos que el mal está también presente porque no todo es bueno y porque no todos somos buenos. Están es cierto las dificultades que la vida misma nos ofrece y que nos exige esfuerzo y superación cada día para vencer esas dificultades, para realizar nuestros trabajos, para mantener la constancia en esos deseos que tenemos de ayudar, de colaborar, de poner nuestro granito de arena para hacer que nuestro mundo sea mejor cada día.
Nos cuesta. Encontramos una cierta oposición en muchas ocasiones. Muchas veces ese mal como que se nos disfraza y quiere engañarnos y seducirnos; son las tentaciones de todo tipo y que por un lado y por otro nos acechan. Por eso es necesario poner toda nuestra atención, estar prevenidos, vigilantes; tener una cierta sagacidad para descubrir esas raíces del mal que quieren embrollarnos. Pero esa sagacidad no significa que nosotros actuemos con malicia, utilizando las mismas armas del mal. Muchas veces nos vemos confundidos.
Por eso la sencillez, la autenticidad, la humildad tienen que brillar en nuestra vida; son nuestras armas porque son las armas del amor, del que ama de verdad e incondicionalmente; el que ama de verdad no actúa con malicia; el que ama de verdad, aunque esté vigilante sabe también confiar; el que ama de verdad trata de contagiar eso bueno que lleva en su corazón; el que ama de verdad no utilizará nunca las armas de la malicia, de la mentira, ni la falsedad, ni del engaño. El ama de verdad contagia de todo lo bueno que lleva en su corazón; irradia siempre paz y trata de contagiar de esa paz tanto lo que hace como a cuantos le rodean.
Son las semillas buenas que hemos de ir sembrando en nuestro mundo, tratando de cultivar bien esa tierra que está en nuestras manos para irlo transformando desde lo más hondo; porque nos encontremos el mal no lo damos todo por perdido, sino que siempre tenemos la esperanza de la transformación de los corazones. Por eso nuestras posturas no pueden ser las de la condena, sino las de la comprensión; nunca podemos responder con violencia a la violencia que nos puedan hacer, sino que siempre irá por delante la humildad, la sencillez, la capacidad de perdón,  la ternura y el amor. Son las semillas que nosotros hemos de sembrar.
Hoy en el evangelio vemos que Jesús previene a los discípulos que envía al mundo con la misión de anunciar la buena nueva del Reino de Dios, diciéndoles que los envía como ovejas en medio de lobos; nos habla de sagacidad, pero nos habla también de sencillez. Es en lo que hemos venido reflexionando.
¿Seremos capaces de contagiar a nuestro mundo de esos valores del Reino de Dios? Tenemos nosotros que empaparnos bien de ello, para que resuma de nosotros toda esa bondad que contagie a los demás. 

jueves, 7 de julio de 2016

Id y proclamad que el Reino de Dios está cerca, que Dios está cerca de nosotros y está manifestándonos continuamente su amor

Id y proclamad que el Reino de Dios está cerca, que Dios está cerca de nosotros y está manifestándonos continuamente su amor

Oseas 11,1-4.8c-9; Sal 79; Mateo 10,7-15

‘Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca’. Es el encargo que Jesús les encomienda a aquellos a los que había llamado y elegido y que ahora envía por el mundo para anunciar esa Buena Noticia. ‘El Reino de los cielos… el Reino de Dios está cerca’. ¿Qué viene a significar ese anuncio? ¿Por qué ese anuncio es Buena Noticia, Evangelio, que hemos de creer?
¿No es una buena noticia que nos anuncien y nos digan que nos aman y nos quieren? Pensemos, por ejemplo, en una persona que se siente sola y abandonada, con muchas carencias en su vida y que no es tenida en cuenta por los demás, que la gente pasa a su lado y nadie se fija o se quiere fijar en ella; pensemos en alguien que se acerca a esa persona, se preocupa por ella, la atiende en sus necesidades, busca salida a sus problemas, trata de despertar una nueva ilusión en su vida, a través de muchos gestos y acciones y también a través de su cercanía y sus palabras le está manifestando que la quiere, que la aprecia, que quiere lo mejor para ella, ¿no será una buena noticia, una alegría inmensa la que esa persona está recibiendo?
Decirnos que el Reino de Dios está cerca es anunciarnos esa cercanía de Dios, es decirnos que Dios nos ama y que nosotros somos importantes para El, es un comunicarnos de alguna manera que nuestra vida tiene un sentido y tiene un valor, y que a pesar de todas las negruras que podamos tener en la vida y envuelvan a nuestro mundo para nosotros hay una luz, para nosotros y para nuestro mundo hay una esperanza de algo nuevo y mejor. Sí, anunciarnos la cercanía del Reino de Dios, es anunciarnos la cercanía de Dios, es anunciarnos que Dios nos ama y eso se va a manifestar de muchas maneras para ser un hombre nuevo y para poder tener un mundo mejor.
 Y este anuncio para nosotros es un regalo del amor de Dios. Por eso nos dirá Jesús que lo que gratis hemos recibido, gratis hemos de darlo también. Esta hermosa noticia del amor y de la cercanía de Dios no nos la podemos guardar para nosotros. Por eso Jesús nos envía a que también la comuniquemos a los demás. Por esto tenemos que ir llevando el anuncio de la paz; por eso tenemos que ir en verdad haciendo que nuestro mundo sea mejor porque seamos capaces de mitigar todo dolor y todo sufrimiento, porque hemos de ser capaces de ir sembrando esperanza en cuantos nos rodean y se ven envueltos también en tantas negruras y tristezas; por eso tenemos que ir curando tantos corazones rotos; por eso vamos a compartir todo lo que somos para que los demás no sufran.
Es la misión que Jesús nos confía; es el anuncio que hemos de hacer. Con nuestros gestos, con nuestro amor, con nuestro corazón lleno de paz que trata de compartir con los demás estamos diciéndole a los demás que Dios nos ama, que Dios está cerca de nosotros porque esta a nuestro lado, porque quiere estar también en nuestro corazón.
Id y proclamad que el Reino de Dios está cerca, que Dios está cerca de nosotros y está manifestándonos continuamente su amor. Que seamos capaces de abrir los ojos para descubrir tantas señales de ese amor de Dios.

miércoles, 6 de julio de 2016

Anunciar el Reino y curar toda enfermedad y dolencia siempre han de ir unidos en el camino de la evangelización

Anunciar el Reino y curar toda enfermedad y dolencia siempre han de ir unidos en el camino de la evangelización

Oseas 10,1-3.7-8.12; Sal 104; Mateo 10,1-7

‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca… y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia…’ Había elegido a los doce llamándolos por su nombre y los había enviado con esa misión.
Anunciar el Reino y curar toda enfermedad y dolencia siempre han de ir unidos en el camino de la evangelización. Una buena noticia acompañada de señales. La Buena Noticia anuncia que Dios es el único Señor de nuestra vida y en consecuencia ha de ser vencido todo mal. La curación de las enfermedades y dolencias son un signo, una señal de lo que con el Reino de Dios se realiza en nuestra vida, se ha de realizar en nuestro mundo. El mal ya no ha de tener dominio sobre nosotros.
Pero es la misión que se nos confía. También nosotros hemos de ir con esa Buena Noticia a los demás y también hemos de ir curando, sanando. Son tantas las dolencias y los sufrimientos que tenemos que sanar. Fácilmente lo primero que se nos ocurre pensar es en las enfermedades como si fueran el único dolor del hombre. Pero hay tantas cosas que nos esclavizan, tantas cosas que nos producen dolor en el corazón, tantas cosas que pueden llenar de amargura la vida. ¿Seremos capaces de descubrir ese sufrimiento de los demás?
Es la tarea del día a día que tenemos que ir realizando los que creemos en Jesús poniendo amor, llevando la paz, suscitando esperanza, abriendo los corazones cerrados y encadenados en sus egoísmos e insolidaridades. Y eso hemos de hacerlo en nuestras familias creando el ambiente apropiado, poniendo de verdad paz y armonía en las relaciones entre unos y otros, haciendo que resplandezcan de verdad los lazos del amor.
Y es que ahí también tenemos el peligro y la tentación de dejarnos llevar por nuestros egoísmos, orgullos, vanidades y podemos ir creando rupturas algunas veces sin darnos cuenta. Tenemos que estrechar más y más los lazos del amor que nos darán la verdadera paz en el corazón, y nos ayudarán a acercarnos más y más los unos a los otros. Quitemos esas reacciones violentas que algunas veces nos pueden brotar; no dejemos que por nuestro orgullo humillemos a los demás o provoquemos envidias y recelos innecesarios. Cuantas dolencias podemos curarnos los unos a los otros, ahí también en ese ámbito de la familia, entre los esposos, entre padres e hijos, entre los hermanos, entre todos los que conformamos ese ámbito familiar de nuestro hogar.
He comenzado pensando en la familia porque es lo más cercano que tenemos y que algunas veces nos pudiera suceder que no cuidamos lo suficiente, pero bien sabemos que todo eso tenemos que ampliarlo a cuantos nos rodean desde los más cercanos que son nuestros convecinos hasta los que compartimos el lugar del trabajo o allí donde vamos haciendo nuestra vida social. Tenemos que ir también curando dolencias, dando señales con nuestro amor y nuestra preocupación por los demás de ese Reino que vivimos y que queremos anunciar.
Decíamos que Jesús los había llamado por su nombre. Por nuestro nombre personal nos llama a cada uno como ama de una personal también a cada uno. No podemos pensar que aquella misión que Jesús confiaba a los Doce era exclusivamente para ellos; es a nosotros a quienes sigue confiando esa misma misión del anuncio del Reino y de las señales que hemos de dar curando toda dolencia. Es lo que cada día tenemos que seguir haciendo los que nos llamamos seguidores de Jesús porque en El hemos puesto nuestra fe y es su camino el que queremos seguir.

martes, 5 de julio de 2016

Un mundo que necesita ser fermentado por la levadura del evangelio y en el que hemos de ser verdaderos testigos de la luz de Jesús

Un mundo que necesita ser fermentado por la levadura del evangelio y en el que hemos de ser verdaderos testigos de la luz de Jesús

Oseas 8,4-7.11.13; Sal 113; Mateo 9,32-38

‘Jesus recorría todas las ciudades y aldeas Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor… rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies…’
Cuando voy caminando en medio de la ciudad o por las calles de nuestros pueblos en cierto modo recuerdo este pasaje del evangelio. Casas y casas pero en las que habitan muchas personas que diríamos, al menos en nuestros ambientes, son cristianos que han sido bautizados pero en los que muchas veces no vemos ninguna otra referencia a una vida de creyentes o de cristianos miembros vivos de unas comunidades cristianas que son nuestras parroquias.
Son cristianos pero ¿sus vidas están fermentadas con la levadura del evangelio? Son cristianos pero ¿Cristo significa de verdad algo en sus vidas? Quizá reducen su vida cristiana a una asistencia de forma esporádica a unos actos religiosos, pero sin que en verdad cale en sus vidas la semilla del evangelio. Son personas buenas con toda seguridad porque seguramente querrán llevar una vida recta a su manera, pero quizá no han encontrado esa luz de Jesús y su evangelio que transforme sus vidas. Como todos tendrán sus problemas y sus necesidades, se harán preguntas en su interior que muchas veces no sabrán contestar, quizá tienen hambre o deseos de más pero no han encontrado el camino por donde dar satisfacción a esos buenos deseos.
Quisiera tener la mirada de Jesús y siento en mi corazón la desazón de cuanto se podría hacer y no se hace, o de la imposibilidad quizá de poder llegar a toda esa gente con el mensaje del evangelio. Como decíamos ahí están esas multitudes que no han encontrado respuestas para los interrogantes profundos de su vida, porque quizá nadie ha llegado hasta ellos para ayudarles a encontrar esa luz. Y he de confesar que eso me hace sentir inquietud en mi interior porque quizá yo tampoco he sabido ser esa luz que ayude a encontrar la verdadera luz.
Hoy la iglesia está sintiendo un nuevo impulso misionero en ese deseo de salir al encuentro de tantos que buscan la luz y no la encuentran. Los planes pastorales de nuestras parroquias y nuestras diócesis van por ese camino. Pero como nos decía Jesús hoy en el evangelio ‘La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos…’ Necesitamos en verdad comprometernos en esa tarea evangelizadora de la Iglesia; tenemos que aprender a ser luz para los demás y convertirnos en testigos del evangelio con nuestra vida. Es inmenso ese mundo que nos rodea que necesita esa luz, que necesita esos testigos y no podemos defraudarles.
Roguemos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies; pidamos con intensidad al Señor para que surjan muchas vocaciones al apostolado y en verdad la Iglesia sea verdadero anuncio y signo de salvación en medio del mundo.


lunes, 4 de julio de 2016

En silencio caminamos sabiendo que vamos siguiendo los pasos de Jesús poniendo nuestro corazón y nuestra vida en sus manos con toda confianza

En silencio caminamos sabiendo que vamos siguiendo los pasos de Jesús poniendo nuestro corazón y nuestra vida en sus manos con toda confianza

 Oseas 2,16.17b-18.21-22; Sal 144;  Mateo 9,18-26

‘¡Ánimo, hija! ¡Ten confianza…! Tu fe te ha curado’. Son las palabras de Jesús a aquella mujer que con sus hemorragias y sus flujos de sangre se había atrevido a meterse entre la gente y acercarse a Jesús hasta tocarle el manto con la confianza de que podía ser curada. Lo que aquella mujer padecía producía una impureza legal que incluso trasmitía a quien la tocase o a quien ella se atreviera a tocar. Normalmente ese le impediría estar en medio de la gente por ese peligro de hacer incurrir en impureza a quien con ella tropezase. Pero sin temor a ninguna de esas consecuencias se acerca a Jesús. Cuando se siente curada y Jesús se vuelve hacia ella, todavía podía quedar en ella un cierto temor  ante lo que Jesús le dijera. Pero ya vemos las palabras de ánimo y de confianza que le dice Jesús.
‘¡Ánimo! ¡Ten confianza…!’  También quizá necesitamos escuchar nosotros en tantos momentos. Ahí están nuestras dudas y temores; ahí están tantas cosas que muchas veces nos pueden conducir a la desconfianza; ahí está lo que podemos temer que nos puedan decir los demás ante nuestras posturas o nuestra manera de ser; ahí están esas sombras que aparecen en nuestra vida quizá desde nuestras debilidades, nuestros tropiezos y fallos; ahí está nuestra fe débil que nos hace sentir tormento en nuestro corazón porque no sabemos si vamos a encontrar esa misericordia que nos aliviase por dentro.
Pero Jesús nos dice: ‘¡Ánimo! ¡Ten confianza…!’ y nos llama hijos, y nos manifiesta que el amor de Dios nunca falla, y se muestra la misericordia que cura nuestras dudas, nuestros temores, nuestras debilidades, que llena de luz nuestra vida porque nos hace sentirnos amados y comprendidos y perdonados y llenos de una nueva vida.
Aquella mujer se había acercado en silencio hasta Jesús y en silencio sigue ahora dando gracias en su corazón. Desde el corazón había hablado pidiendo y poniendo su confianza en Dios y desde su corazón en silencio, porque en el evangelio no escuchamos ninguna de sus palabras, da gracias a Dios por la nueva vida que siente dentro de si.
En silencio camina Jairo tras Jesús tras haberle hecho la petición de vida para su hija que acaba de morir y en silencio contempla ahora todo lo que sucede en intermedio con aquella mujer; en silencio le veremos llegar de nuevo a la casa con Jesús en medio de los alborotos de los que lloran la muerte de su hija, pero ha ido aprendiendo a confiar en Jesús que camina a su lado. ‘Basta que tengas fe’, le dice Jesús, y él ha puesto toda su fe en Jesús. Aunque la gente no entiende las palabras de Jesús ‘La niña no está muerta, está dormida’ el sigue confiando en silencio en que Jesús pondrá su mano sobre ella y vivirá.
En silencio caminamos nosotros sabiendo que vamos siguiendo los pasos de Jesús. Algunas veces habrá cosas que no entendemos, la gente nos dirá que estamos equivocados, el mundo querrá atraernos con sus concupiscencias, el materialismo ronda nuestra vida queriéndonos arrastrar tras sus redes, nos aparecen momentos oscuros en que parece que la soledad cae sobre nosotros como una loza que nos oprime o nos hunde, pero queremos tener confianza, queremos poner toda nuestra fe en Jesús, queremos seguir sus mismos pasos que sabemos que nos llevan a la vida. Que no se nos debilite la fe.

domingo, 3 de julio de 2016

Ser discípulo de Jesús no es solo seguirle sino ser también mensajeros de la Buena Nueva de Jesús con el anuncio de la paz y del Reino de Dios

Ser discípulo de Jesús no es solo seguirle sino ser también mensajeros de la Buena Nueva de Jesús con el anuncio de la paz y del Reino de Dios

Isaías 66, 10-14c; Sal 65;  Gálatas 6, 14-18; Lucas 10, 1-12. 17-20
Ser cristiano, ser discípulo de Jesús no solo significa seguirle, sino también necesariamente convertirse en anunciador, en mensajero de Jesús ante los que nos rodean. Como bien nos decía el catecismo que estudiamos desde pequeños ser cristiano es ser discípulo de Cristo y discípulo es el que sigue los pasos de su maestro.
Ser cristiano, ser discípulo de Jesús nos compromete, es cierto, a vivir su misma vida, pero la razón de ser de la vida de Jesús que era cumplir la voluntad del Padre era la misión del anuncio del Reino de Dios. Por eso, como decíamos, cuando nos hacemos discípulos de sus para seguir sus pasos, para vivir su vida, necesariamente nos hemos de convertir en anuncio del evangelio.
En el evangelio de este domingo escuchamos el envío que Jesús hace de aquellos setenta y dos discípulos que había escogido para que fueran delante de El, por donde habría de ir El, haciendo ese primer anuncio del Evangelio, esa Buena Noticia del Reino de Dios.
‘Poneos en camino’, les dice. El discípulo de Jesús ha de ponerse en camino. Bien nos lo está recordando una y otra vez el papa Francisco, de que nos pongamos en camino, que salgamos, que no nos quedemos encerrados, que no nos quedemos solamente donde estamos cómoda y plácidamente viviendo nuestra vida, con los nuestros, con los de siempre, con los ‘buenos de siempre’, sino que vayamos a las periferias, que vayamos a ese mundo que nos rodea aunque no siempre sea fácil, aunque nos parezca que no nos van a entender, porque quizá están hambrientos de Dios y más de lo que nosotros pensamos o pudiera parecer.
‘Poneos en camino’, les dice y ¿cuál es el anuncio que han de hacer? ¿Cuál es su misión? Es el anuncio del Reino, la Buena Noticia del Reino de Dios que llega y nos trae la paz. Ese es el primer anuncio, la paz. ¿Cómo no va a ser ese el primer anuncio si con Jesús nos viene el perdón para nuestras culpas y pecados? ¿Cómo no va a ser ese el primer anuncio, la paz, si con Jesús llega el amor? Jesús nos trae el anuncio del amor de Dios que nos hace sentirnos amados, pero el amor como sentido y razón de ser de nuestra vida, porque ya para nosotros siempre ha de estar presente el amor en nuestra vida y será el amor el que guíe, dé sentido y valor a nuestras relaciones con los demás.
‘Poneos en camino’ les dice pero su fuerza y su valor no será lo que lleven con ellos, no serán recursos humanos. La fuerza está en la Palabra que anuncian, la fuerza está en el Espíritu del Señor que está con ellos y hará que puedan realizar maravillas. Por eso les pide que vayan desprendidos de todo. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias… Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa…  Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios…’
Es el desprendimiento y será el compartir; será el anuncio de la Paz con el Reino de Dios que llega, pero serán las señales de ese Reino haciendo desaparecer el mal. ‘Curad a los enfermos que haya’, les dice. Será la enfermedad pero como una señal de que con el Reino de Dios todo mal y todo sufrimiento será vencido. Es lo que queremos expresar cuando decimos que comienza el Reino de Dios; donde Dios es en verdad el Señor de nuestra vida el mal no tiene que existir; con Jesús nos llega el perdón, pero con Jesús nos llega una vida nueva de la que hemos de desterrar para siempre el mal, el pecado, la muerte. No nos quedemos en los enfermos por los enfermos en las palabras de Jesús de la misión que hemos de realizar, sino que en ellos hemos de ver un signo de todo ese mal del que Cristo nos quiere sanar, nos quiere salvar.
Un ponerse en camino y un anuncio del Reino que no siempre será tarea fácil. ‘Mirad que os mando como corderos en medio de lobos’. Y más adelante nos hablará de cómo en algunas casas no nos recibirán bien. Pero eso no nos ha de acobardar ni hacer que nos echemos para detrás. El anuncio ha de seguir haciéndose en medio de nuestro mundo. Muchos serán los que lo escucharán, los que estarán ansiosos quizá de escucharlos, pero nuestra cobardía y nuestro encerrarnos en nosotros y en los nuestros habrá impedido que llegue esa Buena Noticia a todos. Al final nos dirá que los discípulos volvieron contentos de la misión que habían realizado y así se lo contaban a Jesús. Sus nombres estarían inscritos para siempre en el cielo. Lo que nos ha de llenar a nosotros también de esperanza y de paz.
Una página del evangelio que nos ha de hacer pensar mucho en lo que hacemos, en el cumplimiento de esa misión que el Señor nos ha confiado. Lo que tenemos que ser anunciadores, mensajeros del Evangelio con nuestra vida. ¿Seremos en verdad signos con lo que hacemos del Reino de Dios que queremos vivir y anunciar? Que seamos verdaderos instrumentos de paz, constructores de la paz porque así alcanzaremos la bienaventuranza de ser verdaderos hijos de Dios.

sábado, 2 de julio de 2016

La alegría con que manifestamos nuestra fe sea evangelio para los demás que anuncia el gozo del Reino de Dios que queremos vivir

La alegría con que manifestamos nuestra fe sea evangelio para los demás que anuncia el gozo del Reino de Dios que queremos vivir

 Amós 9,11-15; Sal 84; Mateo 9,14-17

‘¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos?’ Es la respuesta que les da Jesús a aquellos que vienen a preguntarle por qué sus discípulos no ayunan mientras sí lo hacen los discípulos de Juan y los de los fariseos.
Hemos de entender esta comparación entre el ayuno y la alegría de una fiesta de bodas por lo que eran las costumbres entonces. Recordamos que en una ocasión Jesús nos dirá que cuando ayunemos que no lo note la gente, sino que nos lavemos la cara y nos perfumemos para que nadie sepa que estamos ayunando; y es que la costumbre era que quien ayunara tenía que mostrar con esas señales exteriores de tristeza y de duelo que estaba haciendo ayuno. De ahí la respuesta de Jesús ‘¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos?’
Creo que nos pasa a muchos cristianos, no manifestamos con nuestro porte, con nuestra manera de presentarnos la alegría de nuestra fe, el gozo de sentir con nosotros la presencia del Señor. Hay tantos que van siempre con el ceño fruncido, que parece que van amargados por la vida, a pesar quizá de ser muy religiosos, de venir mucho a la Iglesia. No se les nota la alegría de la fe, parece que siempre están malhumorados. Creo que es un contrasentido.
El cristiano tendría que ser la persona más alegre del mundo. ¿Sabéis por qué? Porque un cristiano se siente siempre amado de Dios. Y quien se siente amado tiene que sentir gozo en su corazón; y esa alegría y ese gozo del corazón no es para guardárselo y tratar de ocultarlo sino manifestarlo con toda nuestra vida, con ese entusiasmo por la vida, con ese optimismo en sus luchas y por su esperanza. Y eso contagia a los demás, eso despierta en los demás deseos de vivir también esa alegría y esa esperanza. Es lo que tenemos que hacer.
Todavía pesa quizá en nosotros aquello que nos decían de pequeños que en la Iglesia teníamos que comportarnos bien, y eso significaba estar seriecitos, poco menos que inmóviles para no molestar a nadie mientras durara la celebración. Casi no nos podíamos reír. Y eso queda de alguna manera en muchos cristianos en nuestras celebraciones tan serias, tan faltas de alegría y de entusiasmo. Quizá escuchemos aun a alguna persona mayor, y no solo por los años, quejándose de lo bulliciosas que pueden ser unas celebraciones en las que los jóvenes participan intensamente con sus cantos y con su alegría.
Hoy Jesús termina diciéndonos en el evangelio que es necesario unos odres nuevos para el vino nuevo y que no nos valen remiendos. Tenemos el vino nuevo de la fe, del Reino de Dios que queremos vivir, de la presencia del amor del Señor en nuestra vida, unas nuevas actitudes, una nueva alegría tiene que brillar de verdad en nuestra vida. Con esa alegría con que manifestamos nuestra fe también nos estamos haciendo evangelio para los demás, porque contagiar esa alegría de la fe es contagiar del evangelio nuestra vida y la vida de los demás.

viernes, 1 de julio de 2016

Que sea auténtica la misericordia que proclamamos porque le demos cabida en nuestro corazón a todos sin ninguna distinción

Que sea auténtica la misericordia que proclamamos porque le demos cabida en nuestro corazón a todos sin ninguna distinción

Amós 8,4-6.9-12; Sal. 118; Mateo 9,9-13

¿Cómo es que te mezclas con esa gente? Hay que mirar bien con quien uno anda, porque el que nos vea va a pensar que somos todos iguales, hay que andarse con cuidado con quien uno anda no nos vayan a catalogar de la misma manera, hay que mantener y cuidar la imagen… Cosas así habremos oído muchas veces y no sé si las habremos pensado o actuado de esa manera.
Decimos que no somos racistas, que respetamos a todos, pero luego en la forma de actuar, en la forma de mantener una relación nos queremos guardar, queremos mantener las distancias, por si acaso… Y nos fijamos en las apariencias, y cuando tienen otra manera de presentarse que no es de nuestro agrado los queremos como apartar de nuestro lado; y si tienen una manera de pensar que nos pueda parecer revolucionaria, somos tan conservadores que no somos capaces de atisbar lo bueno que pudiera haber en su pensamiento, o la crítica que pudiera significar para nuestra manera de actuar en la que algunas veces caemos en el fariseísmo. Que eso nos está pasando todos los días, hemos de reconocerlo, y no siempre nuestra forma de actuar está muy acorde con lo que nos enseña Jesús en el Evangelio, que no hace ninguna discriminación.
Fijémonos en el evangelio que hoy nos propone la liturgia. Jesús pasa por delante del mostrador de los impuestos donde está Leví realizando su responsabilidad. Y Jesús se detiene para decirle a Leví que quiere contar con él. Jesús que quiere contar con un recaudador de impuestos entre el grupo de sus discípulos más cercanos. Pero si es un publicano, ya están pensando muchos; cómo es que a Jesús se le ocurre traerse a una persona de esa condición para formar parte del grupo.
Y Leví sigue a Jesús. Es más, agradecido por ese llamamiento e invitación de Jesús le ofrece una comida en la que van a estar también los que han sido siempre sus amigos y compañeros de profesión. Allí con Jesús y los discípulos que le han seguido siempre, en casa de Leví están sentados también un grupo de publicanos, que es como los llamaban los judíos a los recaudadores de impuestos, considerándolos a todos unos pecadores y ladrones.
¿Cómo es que a Jesús se le ocurre sentarse a la mesa con publicanos y pecadores? Allá aparecen pronto las críticas de los escribas y fariseos comentándoselo a los discípulos de Jesús. ‘¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ Y Jesús que escucha estos comentarios. Es verdad pueden ser pecadores, aunque no los podemos considerar a todos de la misma manera, meterlos a todos en el mismo saco, pero el médico está para curar a los enfermos. Y esa es la misión de Jesús. Por eso en su corazón siempre va a resplandecer la misericordia.
¿De qué nos vale considerarnos buenos porque somos muy cumplidores religiosamente pero luego no somos capaces de tener misericordia con el hermano? ¿Cómo es que podemos decirle a Dios ‘perdona nuestras ofensas como nosotros también perdonamos a los que nos ofenden’, si no hay la más mínima misericordia en nuestro corazón? ¿Cómo podemos hablar de misericordia y hasta querer convertirla en un lema y programa si luego discriminamos, si no somos capaces de perdonar de verdad, si no llegamos a tener la osadía y valentía de restituir en su dignidad al hermano que quizá haya caído pero se ha arrepentido?
Todo esto tenemos que reflexionarlo mucho y reflexionarlo también en nuestra iglesia. Que resplandezca esa misericordia no porque hagamos en un momento determinado unos gestos muy bonitos o hablemos mucho de eso si luego seguimos discriminando, no aceptando de verdad, marginando y olvidando a tantos porque no los consideramos dignos porque son unos pecadores. Cuántas personas puede haber heridas por esta causa y nadie se fija en ellas porque quizá eso no vende ante los ojos del mundo.
Misericordia quiero y no sacrificios’, nos dice hoy el Señor. Misericordia que de verdad salga del corazón, de lo más profundo de nuestro ser. 

jueves, 30 de junio de 2016

Lo que Jesús nos ofrece no es solo la curación de nuestras enfermedades físicas sino otra curación más profunda de la persona que nos regala con su perdón y su gracia

Lo que Jesús nos ofrece no es solo la curación de nuestras enfermedades físicas sino otra curación más profunda de la persona que nos regala con su perdón y su gracia

 Amós 7,10-17; Sal. 18; Mateo 9, 1-8

¿Qué nos pediría una persona que se siente discapacitada en su invalidez, que no puede moverse por si misma, que tiene que valerse de los demás para cualquier cosa que quisiera hacer, que pasa muchas horas de soledad y angustia en su postración? Poder moverse, poder valerse por si misma, recuperar la capacidad de sus miembros para vivir su vida en lo que solemos llamar total normalidad.
Pero quizá nosotros nos preguntemos o esa persona nos ofrecerá su experiencia más profunda y nos daremos cuenta que su discapacidad física no será lo más importante porque como ya hacíamos mención hay otras penas en su interior, otras angustias que corroen el alma, otras discapacidades  más profundas que lo físico o lo corporal. Cuántos interrogantes y preguntas, cuántas dudas, cuántas angustias, cuántas soledades, cuántas miradas perdidas, cuántos silencios… van surgiendo en el corazón de la persona que nos callamos muchas veces pero que se pueden reflejar en actitudes, en reacciones en determinados momentos, en silencios prolongados, en miradas que van más allá de lo que tengamos delante de los ojos.
O quizá también nos demos cuenta que discapacitados no son solamente los que tienen esas limitaciones físicas, porque nosotros los que nos llamamos normales (?) también tengamos muchas discapacidades en el alma que quizá tratamos de obviar pero que también nos producen muchos pesares y muchas angustias en nuestro espíritu. ¿Qué hay en nuestro interior? ¿Todo es tan sano y brillante como muchas veces queremos aparentar?
¿Queremos entonces solo la curación de nuestras enfermedades físicas o realmente estaremos necesitando otra curación más profunda de la persona? Son cosas que algunas veces nos cuesta entender y aceptar,  pero ahí están en nuestra vida.
Me surgen estos pensamientos reflexionando con el texto del evangelio que hoy se nos presenta. ¿Qué nos ofrece Jesús? Como nos narra el evangelio en el relato de Mateo con menos detalles que los que nos ofrece san Lucas le traen a Jesús a un paralítico para que Jesús lo cure. Y Jesús quiere curarlo, pero curarlo desde lo más hondo de su ser. Ya conocemos el relato del evangelio, las palabras de Jesús, las reacciones de los que allí están y la salud más profunda que aquel hombre va a alcanzar.
‘Tus pecados están perdonados’, le dice Jesús. Luego completando la escena y tras la reacción de los presentes le dirá ‘ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa’. Ponte en pie, no te quedes postrado, levántate de esa angustia, no dejes que las penas agobien tu espíritu, no te encierres en ti mismo, abre tu corazón a los demás; vete a tu casa, a los tuyos, a aquellos con los que convives aunque algunas veces cueste, sigue caminando en la vida y no permitas que nadie coarte tu libertad, tus inquietudes, tus sueños; no te sientas limitado, porque tu vales también mucho; siéntete querido y valora lo que otros hacen por ti como esos que han cargado tu camilla para llegar hasta aquí; ahora te toca ir a cargar con la camilla de los demás, para también darles esperanza, ve sembrando vida por la vida.
‘Levántate y anda’, nos está diciendo Jesús a nosotros también.