Vistas de página en total

sábado, 26 de marzo de 2016

Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad

Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad


Os ofrezco esta hermosa meditación que nos propone el Oficio de Lecturas para este día

De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado
¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.
En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.
El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está con todos vosotros.» Y responde Cristo a Adán: «Y con tu espíritu.» Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.
Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: "Salid", y a los que estaban en tinieblas: "Sed iluminados", y a los que estaban adormilados: “Levantaos."
Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.
Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.
Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.
Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba
contra ti.
Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.
Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos.»

viernes, 25 de marzo de 2016

Contemplamos a Jesús nuestro Rey glorificado en la Cruz y nos llenamos de esperanza porque con el triunfo de Cristo podemos vivir el reino nuevo de Dios

Contemplamos a Jesús nuestro Rey glorificado en la Cruz y nos llenamos de esperanza porque con el triunfo de Cristo podemos vivir el reino nuevo de Dios

Is. 52, 13-53, 12; Sal.30; Hb. 4, 14-16; 5.7-9; Jn.18, 1-19, 42
Hoy es un día para la contemplación en silencio a la sombra de la cruz. Es tan sublime lo que contemplamos que casi no hay palabras con las que poder expresar lo que sentimos allá en lo más profundo de nuestro corazón.
Miramos a la cruz y aunque su desnudez nos pueda parecer terrible; aunque lo horroroso que nos pueda parecer lo que en ella la maldad del corazón humano es capaz de realizar nos pueda descentrar un poco, sin embargo en ella desde la muerte de Jesús podemos contemplar algo más que es bien hermoso. Allí está reflejada la grandeza del amor de un Dios que no solo se hizo hombre sino que en ella quiso ser traspasado para mostrarnos todo lo que es capaz de hacer el amor de Dios por el hombre. Ahí está la entrega más sublime, la que llega hasta el final, la que lo convierte en el amor más grande.
Para nosotros no es el triunfo de la muerte y el pecado aunque en ella se pueda ver reflejada la maldad del hombre de todos los siglos, sino que para nosotros se convierte en el signo del amor más sublime y de la victoria sobre el pecado y la muerte.
Aunque ante nuestros ojos desfilan las imágenes más horrendas en todo lo que significó el sacrificio de Cristo – reflejo de todas las maldades y crueldades de los hombres de todos los tiempos – hoy queremos contemplar ya la cruz vacía y desnuda, porque sabemos que quien en ella fue crucificado vive, y vive para siempre, porque tenemos la certeza y la seguridad de la resurrección. No separaremos la tarde que nos pueda parecer oscura y de muerte del viernes santo de la luminosidad de la mañana de la resurrección.
La muerte de Jesús fue una victoria, fue la victoria sobre el pecado y la muerte porque le contemplaremos resucitado para siempre. Nos podemos sentir aturdidos por nuestras maldades y pecados que tan bien vemos reflejados en la cruz de Jesús, pero nuestro corazón se llena de esperanza cuando contemplamos cuanto significa de verdad la muerte de Cristo. Con Cristo nuestro pecado ha sido redimido; con la muerte de Cristo entramos en el camino donde podremos vencer para siempre la maldad y la inhumanidad del hombre porque entramos en un reino nuevo el reino del amor.
Si nos fijamos en pasión de Jesús que nos narra Juan - que es la lectura que hacemos en este día del viernes santo – se va repitiendo una y otra vez que Jesús es Rey. Lo entenderán quizá de manera distinta todos aquellos que hacen mención al reinado de Cristo, pero es que estamos viendo el cumplimiento de lo que Jesús había anunciado desde el principio de su predicación. Llega el Reino de Dios y hay que creer en esa buena noticia; llega el reino de Dios y tenemos que convertir nuestros corazones a ese reino.
Quienes no quisieron creer en la palabra de Jesús y lo rechazaban seguirán entendiendo el reino solo a la manera de los reinos de este mundo; por eso será la acusación que presentan contra El y lo que les llevará hasta Pilatos para que lo condene a muerte porque es un rey que atenta contra los reinos de este mundo. Pilatos preguntará a Jesús si es Rey y ya conocemos la respuesta de Jesús porque es lo que siempre había explicado a sus discípulos. Su reino no es a la manera de los reinos de este mundo. Su reino es distinto porque quiere paz y amor del verdadero, porque quiere la verdadera justicia y se basa en la autentica verdad. Pero habrá quien siga desconfiando y haciendo sus interpretaciones; quizá muchas veces hasta nosotros los cristianos no hemos sabido entender bien estas palabras de Jesús y nos hemos llenado de demasiados oropeles y grandezas a la manera de las grandezas de este mundo.
Necesitamos convertirnos a El para entender de verdad que El es Rey y que hoy en la cruz estamos viendo su proclamación y coronación. El había anunciado que iba a ser glorificado cuando fuera levantado en lo alto y hoy estamos contemplando su glorificación y queremos creer en El. Hoy ante la cruz podemos confesar de verdad que Cristo es el verdadero Rey de este mundo, el verdadero Rey de nuestra vida.
Y teniendo a Jesucristo como nuestro Rey nuestra vida será en verdad distinta, encontraremos la verdadera paz, podremos entender y disfrutar del gozo del perdón, entraremos en verdaderos caminos de amor, de fraternidad, de solidaridad, nuestra vida y nuestro mundo comenzarán a ser distintos.
Todo esto que estamos meditando a los pies de la cruz de Jesús comencemos a realizarlo de verdad en nuestra vida; que con Cristo en la mañana luminosa de la resurrección nos sintamos resucitados, porque sintamos renovada nuestra vida, para ser los hombres nuevos que viviremos para siempre en el Reino de Dios.



jueves, 24 de marzo de 2016

Celebramos hoy la cena del amor, de la gran manifestación del amor por el que para siempre tendremos la presencia de Jesús que nos llena de vida

Celebramos hoy la cena del amor, de la gran manifestación del amor por el que para siempre tendremos la presencia de Jesús que nos llena de vida

Ex. 12, 1-8.11-14; Sal. 115; 1Cor. 11, 23-26; Jn.13, 1-15
Cuando tenemos que desprendernos de las personas que amamos bien porque vayamos a tener una larga ausencia o por cualquier otro motivo por el que tengamos que separarnos, tratamos de juntar todos los buenos recuerdos que tengamos de esa persona para llevarlos siempre consigo, o bien tratamos también de mostrarles muchas señales de nuestro amor y cariño y si pudiéramos hacer algo que le dejemos como un recuerdo permanente de nuestra presencia, para que sientan que si físicamente tenemos que alejarnos siempre con el corazón estamos a su lado.
La cena pascual de Jesús con sus discípulos tiene de alguna manera estas connotaciones; todo suena a despedida, porque algo grande va a suceder, pero Jesús quiere dejarles la certeza de que siempre estará con ellos. ‘Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo’, comienza diciéndonos el evangelista.
Los signos y señales se suceden unos tras otros en medio de la cena, en los gestos que realiza Jesús para mostrarnos su amor y lo que ha de ser también nuestro amor, y no serán solo sus palabras, sino que nos dejará el signo más grande de su presencia y de su amor en la Eucaristía que instituye en este día.
Es la cena del amor, de la gran manifestación del amor por el que para siempre tendremos su presencia que nos llena de vida. Todo nos habla de amor en este día. Todo son signos del amor.
Así comienza la cena en lo que era el signo de la hospitalidad que se realizaba siempre cuando alguien llegaba a nuestra casa. Pero es Jesús el que va a postrarse delante de sus discípulos para lavarles los pies. A los discípulos les va a costar entender aquel gesto de Jesús e incluso alguno no querrá que Jesús le lave los pies. Pero es una señal del Reino que tenemos que aprender y si no es así no entenderemos lo que es el Reino de Dios. ‘Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo’ le dice Jesús a Pedro que se resiste.
‘Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy. Pues si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros. Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’.
Nos recuerda lo que ya nos había dicho. ‘Todo lo que hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’, nos decía en la alegoría del juicio final. Ahí, en el hermano, está Jesús. Ahí desde el amor podemos y tenemos que descubrir su presencia. Jesús estará siempre con nosotros. No nos deja solos. Tenemos que saber descubrir su presencia.
Pero algo más sucede en aquella cena. Un día había dicho que teníamos que comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna. A los discípulos les había costado entender entonces las palabras de Jesús pero lo habían aceptado porque era la Palabra de Jesús. ‘Tu tienes palabras de vida eterna, ¿a quien vamos a acudir?’ se habían dicho entonces poniendo toda su fe en Jesús.
Ahora llega el momento en que aquello se hace realidad. ‘Esto es cuerpo que se entrega por vosotros’, les dice ahora después de tomar el pan y hacer la bendición. ‘Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía’, les dice pasándole la copa. Como nos recordaría san Pablo más tarde terminaría diciéndoles ‘por eso cada vez que comáis de este pan y bebáis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva’.
Proclamamos la muerte del Señor, bebemos del cáliz de la Nueva Alianza, nos alimentamos de su cuerpo y de su sangre para tener vida eterna, nos hacemos participes de la resurrección del Señor. El Señor estará para siempre con nosotros. Sigue alimentando nuestra vida, sigue iluminándonos su Palabra, seguimos sintiendo la fuerza de su Espíritu. El Señor viene continuamente a nuestra vida y vivimos su presencia cada vez que celebramos la Eucaristía, nos alimentamos de su vida, y su presencia será permanente en nuestros sagrarios.
‘Haced esto en conmemoración mía’, les dice a los apóstoles instituyendo en esta noche el sacerdocio de la Nueva Alianza. Podremos celebrar la Eucaristía, podremos sentir la gracia del Señor en todos y cada uno de los sacramentos porque Jesús nos hace participes de su sacerdocio y elige a quienes en su nombre ejerciten ese ministerio. Una prueba más del amor del Señor que nos asegura su presencia para siempre junto a nosotros. Por eso este día del amor y de la Eucaristía es también el día del Sacerdocio.
Es grande el misterio de amor que hoy celebramos y con el que iniciamos el triduo pascual para celebrar su entrega y su pasión, para alegrarnos de su resurrección, para poder comenzar a vivir en plenitud esa vida nueva que El quiere regalarnos en su amor.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Jesús quiere venir a nuestra casa, que es nuestra vida y nuestro mundo, con sus luces y con sus sombras, para celebrar la pascua con nosotros

Jesús quiere venir a nuestra casa, que es nuestra vida y nuestro mundo, con sus luces y con sus sombras,  para celebrar la pascua con nosotros

Isaías 50,4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25

‘Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’ es el recado que Jesús envía a quien en Jerusalén le va a facilitar un lugar para celebrar la pascua que tan especial iba a ser. Los discípulos, estando en Jerusalén y viendo que aun no se había decidido donde celebrar la pascua, le habían preguntado a Jesús ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’
Era algo  habitual en aquellos días en Jerusalén que se veía atestada de judíos que subían de todas partes para celebrar la Pascua. La hospitalidad judía brillaba en todo su esplendor y era normal que los habitantes de Jerusalén facilitaran a los parientes venidos de otros lugares un sitio para que pudieran preparar y celebrar la cena pascual. Es lo que sucede entonces con Jesús y sus discípulos que siguiendo las instrucciones muy precisas de Jesús encuentran la hospitalidad de aquel individuo del que no se nos da nombre para tenerlo todo preparado para la pascua.
Es el hecho que nos narra el evangelio en esta víspera de iniciar el triduo pascual con los detalles que se suceden antes y en el entorno de aquella cena de la que saldrá Judas a cumplir sus propósitos.  Pero no nos quedamos en contemplar lo que entonces sucedió sino cómo traer eso a nuestra propia vida en estos momentos precisos en que estamos por un lado siguiendo el ritmo de la liturgia y en las circunstancias concomitantes que vive nuestra sociedad.
Nos haremos la pregunta de los discípulos o escucharemos la solicitud de Jesús. Nos preguntaremos cómo vamos a celebrar esta pascua, mientras al mismo tiempo escuchamos que Jesús quiere venir a nuestra casa, a nuestra vida para hacer pascua en nosotros. Un día que también había sido día de salvación se había auto invitado a la casa de Zaqueo porque quería comer en su casa. Hoy quiere llegar a nosotros, a nuestra vida para que celebremos de manera autentica la pascua sintiendo ese paso salvador de Dios por nosotros.
¿Cómo estaremos dispuestos a prepararnos? ¿Cómo estaremos dispuestos nosotros a celebrar auténticamente la pascua para que no se quede en algo anecdótico o superficial como quizá muchas veces nos ha sucedido? Podemos recordar lo que un día les dijera a aquellos dos discípulos que se habían atrevido a pedirle los primeros puestos, uno a su derecha y otro a su izquierda. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’
¿Podemos beber el mismo cáliz del Señor? ¿Seremos capaces de realizar esa pascua en nosotros? Aquella pascua judía suponía un sacrificio, el sacrificio del cordero pascual que luego había de ser compartido en la cena pascual. ¿Cuál es el sacrificio, la ofrenda que nosotros hemos de realizar?
Miremos nuestra vida y veamos esas cosas concretas a las que tenemos que morir. La Pascua tiene el primer paso del morir, del sacrificio, de la entrega. Ahí tenemos que poner nuestra vida con sus limitaciones, con sus debilidades, con las negruras que tantas veces nos aparecen en el corazón, con los sufrimientos y los problemas, con las angustias propias o con las angustias y sufrimientos de cuantos nos rodean, con las negruras de nuestro mundo y las desesperanzas de muchos, con tantas muertes inocentes en guerras o en atentados como se están viviendo en estos mismos días en nuestro mundo, o con tantas personas que caminan sin rumbo en la vida y llenos de sufrimientos en desplazamientos obligados, en rechazos insolidarios, en hambre, miseria y dolor de tantos que injustamente pierden su vida.
Ahí tenemos una lista muy grande de momentos de pasión, de sufrimiento, a los que tendríamos que ser capaces de dar vida. Porque la pascua no se queda en la muerte sino que ha de hacernos renacer a nueva vida. La pascua ha de realizar esa transformación para hacer un mundo nuevo. Y es ahí donde tenemos que poner nuestra pascua, es ahí y así como tenemos que celebrar la Pascua de Jesús en nosotros. Nos va a costar, no llegaremos a mucho quizá, pero tengamos la certeza de que el Señor va con nosotros y con su gracia podemos sentirnos transformados.
El Señor quiere celebrar la pascua en nuestra cada, en nuestra vida, en ese mundo concreto en que vivimos.

martes, 22 de marzo de 2016

Que la negrura de la noche de nuestro pecado se vea transformada en el resplandor de vida nueva que alcanzamos con la gracia del Señor

Que la negrura de la noche de nuestro pecado se vea transformada en el resplandor de vida nueva que alcanzamos con la gracia del Señor

Isaías 49, 1-6; Sal 70; Juan 13, 21-33. 36-38

Momentos realmente emotivos con anuncios dolorosos que desgarran el corazón, confidencias arrancadas desde el amor, promesas impulsivas desde un deseo grande de mantener la fidelidad y la lealtad hasta el final, anuncios de promesas rotas y de negaciones a pesar de los impulsos del amor, momentos decisivos que son inicio de una traición anunciada, cercanía de la hora de la glorificación aunque no todos terminen de entender, son las emociones que se van desgranando en este episodio del evangelio que en este martes santo se nos proclama en la cercanía ya del inicio de la pasión y de la pascua.
Son momentos, pensamientos, emociones, reflexiones que nos tenemos que hacer y que tenemos que vivir intensamente en esta semana en la que celebramos la pasión de Jesús. No podemos ser insensibles, no podemos quedarnos como espectadores, tenemos que sentir todo eso en lo más hondo del corazón, impregnándonos así de su amor y dejándonos inundar por su vida y por su gracia. Algo nuevo Cristo quiere ofrecernos para nuestra vida.
Ahí está nuestra vida con sus negruras, con tantas oscuridades que con nuestro pecado hemos metido en nuestro corazón. Cuando salió Judas del cenáculo nos dice el evangelista que era de noche. Era la noche que se había apoderado de su corazón. Es la noche en que nos vemos envueltos en nuestras infidelidades, en nuestro pecado, en la debilidad que nos hace tropezar tantas veces en la vida, en nuestras rutinas y nuestros cansancios que nos desgastan, que nos debilitan, que nos ponen en esa pendiente resbaladiza que nos lleva al pecado, a dar la espalda a los designios de Dios.
Queremos salir de la oscuridad a la luz, de la negrura de nuestro pecado al resplandor de la gracia, de la noche de nuestra muerte al día lleno de luz de la vida nueva en Cristo resucitado. Intentemos llenar nuestra vida de amor, impregnándonos de ese amor que contemplamos en Jesús, para que así como aquel discípulo amado logremos entrar en esa intimidad con el Señor. Recostémonos en su pecho como el discípulo amado para sentir el latir de amor del corazón de Cristo sobre nosotros y para sintonizar con cuanto El quiere manifestarnos.
Que como Pedro estemos dispuestos a todo por Jesús pero cuidado no nos llenemos de autosuficiencia para creer que por nosotros solos lo podremos lograr. Queremos, sí, darlo todo por Jesús, pero sabemos que lo podremos hacer si nos fiamos de su gracia, si nos fortalecemos en su amor, si entramos en esa sintonía de Dios cada día con nuestra oración.
Sigamos día a día queriendo vivir con intensidad esta semana de pasión para que sea verdadera pascua en nosotros y podemos alcanzar esa vida nueva porque con Cristo lleguemos a la resurrección.

lunes, 21 de marzo de 2016

Derramemos a los pies de Jesús el perfume de nuestro amor que se verá enriquecido y engrandecido al dejarnos impregnar al mismo tiempo por su amor y su misericordia

Derramemos a los pies de Jesús el perfume de nuestro amor que se verá enriquecido y engrandecido al dejarnos impregnar al mismo tiempo por su amor y su misericordia

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12,1-11

Por allí anda Judas preocupado por lo que considera un gasto superfluo en aquel perfume tan caro cuyo importe se podría haber empleado en otras cosas – aunque el evangelista nos previene de las negruras que se han metido en su corazón -; por otro lado está la curiosidad de tantos judíos que habían venido porque a Jesús se le ofrecía una cena en Betania aunque vinieran mas por la curiosidad de ver a Lázaro a quien Jesús había resucitado; está también aquella querida familia de Betania que ofrece aquel banquete en reconocimiento quizá por las maravillas que Dios había obrado en ellos a través de Jesús; y tomando un protagonismo especial María que ofrece a Jesús en aquel gesto de hospitalidad tan habitual de ofrecer agua y perfume al huésped que llegaba hasta un hogar pero con ese perfume de nardo, auténtico y costoso, con el que le unge los pies a Jesús enjugándoselos con su cabellera.
Un paralelismo encontramos con aquel hecho que nos narra otro evangelista de la mujer pecadora que en casa del fariseo se introduce también hasta los pies para lavárselos con sus lagrimas, perfumarlos también con un caro ungüento y enjugárselos igualmente con sus cabellos como señal del profundo amor que cubriría sus muchos pecados para merecer el perdón de Jesús.
Es el amor el que ahora lleva a Maria a derramar el caro perfume también en los pies de Jesús, anuncio del ungüento para su sepultura que más tarde no podrían realizar debidamente. Es lo que Jesús nos hace descubrir en el gesto de María de Betania y es lo que ahora nosotros nos puede ayudar en este momento de nuestra vida espiritual en medio de las celebraciones que nos ayudan a celebrar y vivir la Pascua del Señor.
¿Qué buscamos o con qué espíritu nos disponemos a vivir estos días de celebración especial? ¿Cuál va a ser el perfume del que vamos a impregnarnos en la celebración de los Misterios pascuales que vivimos?
De nosotros hemos desterrar, por supuesto, intereses torcidos, pues con corazón limpio tenemos que acercarnos al Señor en la celebración de sus misterios. No es la simple curiosidad o simplemente dejarnos enternecer por la emoción que puede provocar en nosotros la contemplación de las imágenes de la pasión. Muchos colocados como espectadores que contemplaran un desfile es todo lo más que hacen ante la pasión de Jesús en lo cruento y duro de las imágenes que nos reflejan el dolor de un hombre que sufre tan crueles tormentos. Es algo más que una emoción pasajera que se evapora como una lágrima al sol lo que se tiene que provocar en nosotros y mover nuestro corazón.
Tenemos que contemplar lo que es la raíz más honda, el motivo más profundo de lo que fue la pasión de Jesús. Es el amor que lleva hasta la más profunda entrega, hasta la entrega total de la vida y de la forma más ignominiosa, pero que es la señal del más grande amor. Y ese amor lo vemos derramado sobre nosotros para ungir nuestra vida con el más precioso perfume  que es el de la gracia que va a limpiar nuestro corazón pecador, pero que aun así quiere poner amor. Como aquella otra mujer que lavó los pies de Jesús limpiando sus muchos pecados al dejarse inundar por tan grande amor.
Derramemos a los pies de Jesús el perfume de nuestro amor que se verá enriquecido y engrandecido cuando al mismo tiempo nos dejemos impregnar por su amor y su misericordia en el sacramento del perdón.

domingo, 20 de marzo de 2016

Proclamando hoy que viene como rey por su misericordia nos adelantamos a las aclamaciones de la noche de la Pascua al contemplar entonces la victoria de su resurrección

Proclamando hoy que viene como rey por su misericordia nos adelantamos a las aclamaciones de la noche de la Pascua al contemplar entonces la victoria de su resurrección

Lucas, 19, 28-40; Isaías 50, 4-7; Sal 21; Filipenses 2, 6-11; Lucas 22, 14 - 23, 56
‘¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!’ Eran las aclamaciones de la masa de los discípulos cuando bajaba del monte los olivos acercándose a la ciudad, entusiasmados por los todos los milagros que le habían visto hacer. Y alababan al Señor con estas aclamaciones, ‘paz en el cielo y gloria en lo alto’.
Son las aclamaciones que nosotros también queremos hacer en este domingo que llamamos de los ramos, porque rememoramos aquella entrada en Jerusalén y también con ramos y palmos en nuestras manos queremos aclamar al Señor. ‘¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!’ son también nuestras aclamaciones.
¿Cómo lo podemos ver entrar en la ciudad santa como rey si simple y llanamente va a lomos de un borrico que había pedido prestado en la cercana aldea de Betfagé? No son los poderosos los que le aclaman ni va rodeado de ejércitos triunfadores, como era la entrada en la ciudad de Roma de las legiones victoriosas con su caudillo al frente. Pero en verdad le podemos proclamar como rey porque en la forma de manifestarse nos está mostrando lo que ya nos había enseñado que era el estilo de su reino.
No será a la manera de los poderosos de este mundo, les había dicho a los discípulos y hoy mismo volveremos a escucharlo en los prolegómenos de la cena pascual. ‘Los reyes de las naciones los dominan, y los que ejercer autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el primero sea entre vosotros como el menor, y el que gobierne, como el que sirve’.
Hoy le vamos a contemplar en la mayor muestra del servicio y del hacerse en verdad el último de todos. Precisamente a san Pablo le vamos a oír decir que ‘Cristo a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos y, actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz’. Deberíamos de tomar nota muy bien de estas palabras. ‘Pasando por uno de tantos… actuando como un hombre cualquiera…’ quien era Dios, quien es el Señor, a quien proclamamos como nuestro Rey y Señor. Cuánto nos enseña para nuestro actuar cuando siempre queremos sobresalir y resaltar.
A este domingo lo llamamos de Ramos, pero lo llamamos también de la Pasión del Señor. Es que comenzamos la verdadera semana de la pasión cuando nos disponemos a celebrar todo el misterio pascual de Cristo, en su pasión, muerte y resurrección. Por eso la liturgia nos propone en este día la proclamación de la pasión y en este año y ciclo es la pasión según el evangelista san Lucas. Bueno es que a nivel personal durante el día nos detengamos de una forma personal a leerla con detenimiento además de la proclamación que escuchemos en la liturgia. Solo de una lectura de corrido no podemos extraerle todo el mensaje que nos ofrece la Palabra del Señor.
Podemos fijarnos en muchos aspectos, porque además cada evangelista nos destaca especiales cosas según sus propias características. En lo que puede ser esta breve reflexión no podemos entrar en todo detalle pero podríamos destacar algunas cosas que nos puedan ayudar y lo haremos también en concomitancia con este año de la misericordia que estamos celebrando.
Todo el relato de la pasión y muerte de Jesús hemos de reconocer que es una muestra de lo que es la misericordia de Dios que así nos entregó a su Hijo para que tuviéramos vida y vida en abundancia derrochando sobre nosotros su amor y su misericordia. Todo es una llamada al amor, a sentir cómo Dios siempre está esperando nuestra respuesta de arrepentimiento pero El se adelanta a nosotros para ofrecernos su perdón, su amor, su misericordia.
A Judas en el momento de la entrega lo llama ‘amigo’; palabra hermosa que tendría que hacernos revolver el corazón el sentirnos así llamados cuando con nuestro pecado estamos culminando nuestra traición.
Se adelanta Jesús a atajar la violencia que surge con sus espadas en los discípulos a la hora del prendimiento, pero acercándose además al que está herido para tener tiempo aun en ese momento para curar la oreja herida. ¿En medio de la violencia que de tantas formas nos rodea seremos capaces de detenernos para tener un gesto de paz?
¿Qué decir de la mirada de Jesús a Pedro tras su triple negación? Es la mirada del amor, no es la mirada del reproche como podríamos pensar, es la mirada que llama y nos recuerda que seguimos siendo amados y se seguirá contando con nosotros a pesar de nuestras debilidades como le confirmaría más tarde a Pedro cuando le seguirá confiando apacentar el rebaño a él confiado.
Haciendo algún salto en el relato para no extendernos excesivamente fijémonos cómo se detiene junto a las mujeres que lloran a la vera del camino. Un gesto de gratitud pero una muestra del amor; una atención a unos corazones doloridos en aquel momento por la tragedia que contemplan pero una reflexión para que consideremos de verdad cual es la tremenda tragedia que nosotros sufrimos pero invitándonos al arrepentimiento y a la conversión porque para nosotros se manifestará siempre el amor y la misericordia hecha perdón.
‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’ será el primer grito de Jesús en la cruz. Grito implorando la misericordia, grito ofreciendo el perdón, grito de intercesión que hasta se convierte en disculpa ¿no nos moverá a nosotros a reconsiderar nuestra vida, nuestro pecado para contemplar lo que es la misericordia del perdón que se nos ofrece?
Es la seguridad que ofrece al que se siente arrepentido. ‘Te lo aseguro: hoy mismo estarás conmigo en el paraíso’, que le dice al ladrón arrepentido que junto a El está crucificado. ¿Hay mayor seguridad que se nos pueda ofrecer de lo que es la misericordia de Dios si reconocemos nuestro pecado y a El acudimos arrepentidos y llenos de amor?
Sí, es el Señor. En verdad lo podemos y tenemos que proclamar Rey de nuestra vida. Nos ha rescatado con su sangre, ha dado por nosotros la vida, nos ofrece el perdón y la gracia de una nueva vida, nos está manifestando lo que es el amor misericordioso de Dios. Claro que lo proclamamos como el que viene como rey en nombre del Señor. Nuestros cantos y aclamaciones en el domingo de Ramos son un adelanto de las aclamaciones que haremos en la noche de Pascua cuando en verdad contemplemos su victoria en la resurrección.

sábado, 19 de marzo de 2016

San José nos enseña a abrir nuestro corazón a Dios para descubrir incluso en medio de las sombras de la vida lo que es el designio de Dios para nosotros

San José nos enseña a abrir nuestro corazón a Dios para descubrir incluso en medio de las sombras de la vida lo que es el designio de Dios para nosotros

2Sam. 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Rom. 4, 13. 16-18. 22; Mt. 1, 16. 18-21. 24a

Nos planificamos las cosas que queremos, nos hacemos proyectos, queremos llevar adelante aquello soñamos. Eso es bueno y una forma madura de actuar, pero el creyente creo que ha de tener en cuenta algo más y es descubrir el designio de Dios sobre nuestra vida. Ojalá sepamos hacer que nuestros planes entren en los planes de Dios, en los designios de Dios para nuestra vida.
Hoy, podríamos decir, que estamos entre dos pensamientos. Por una parte estamos en las vísperas de la Semana Santa porque ya mañana es Domingo de Ramos con el que iniciamos la semana de la Pasión que culminará con la celebración de la Pascua del Señor, pero por otro lado tenemos la celebración propia de este día 19 de Marzo, día de San José.
En el evangelio propio del sábado de esta quinta semana de Cuaresma se nos narra el anuncio que hace el sumo sacerdote de que alguien tiene que morir por todo el pueblo. Los sumos sacerdotes y los fariseos andan tramando la manera de quitarse de en medio a Jesús. Se escudan por una parte de que pudiera ser peligro de una rebelión por parte del pueblo y las represalias en consecuencia por parte de los romanos que pondría en peligro muchas vidas. Pero son sus tramas porque realmente a ellos quien les molesta es Jesús y no quieren aceptarle ni su mensaje.
Pero ya el evangelista con inspiración no está dando a entender que aquellas palabras del sumo sacerdote aunque pudieran parecer duras e interesadas tienen un sentido profético. Detrás de todo están los designios de Dios y el cumplimiento de la misión de Jesús. Allí estaba por encima de todo el designio de Dios que era la salvación del hombre. En verdad Cristo había de morir por todo el pueblo, por todos los hombres, porque con El nos viene la vida y la salvación.
Esto nos ha de llevar a un primer planteamiento. ¿Sabremos descubrir en todo eso que nos podamos planificar para nuestra vida donde está el designio de Dios? ¿Podríamos descubrir incluso en esas sombras que algunas veces nos envuelven que detrás de todo ello hay una luz en el designio de Dios  para que encontremos un sentido y un valor para todo?
En ese descubrir el designio de Dios para nuestra vida tenemos un ejemplo muy concreto en san José a quien hoy celebramos. Era el hombre justo, el hombre bueno, como nos dice el evangelio. Era el hombre abierto a Dios.
Su vida se llenaba de sombras, al menos eso era lo que parecían en principio, en las dudas, en las dificultades, en los viajes que tuvo que afrontar hasta el destierro en la huida a Egipto, pero él siempre supo descubrir la luz porque era un hombre abierto a Dios. Lo que parecían sombras se convirtieron para él en resplandores de luz al aceptar a Maria y acogerla en su casa, en el niño que iba a nacer que iba a ser el salvador de los hombres, en los caminos que hubo de recorrer que para él siempre fueron caminos de luz. Todo porque estaba abierto a Dios y supo descubrir el designio de Dios para su vida.
Es lo que queremos aprender de san José en este día de su fiesta y en este momento concreto de la vida que cada uno vivamos, pero también en este momento del inicio de la Semana Santa. Que resplandezca siempre en nosotros esa luz de Dios. Que lleguemos de verdad a ser pascua y a vivir pascua, porque ahí en eso que somos y donde estamos, sean como sean algunas veces las oscuridades que podamos tener en nuestra vida, está el paso de Dios que hemos de descubrir y hacer realidad en nosotros. Eso nos llevará a vivir con un sentido pleno esta semana que vamos a iniciar y esto como una consecuencia nos hará vivir con pleno sentido pascual toda nuestra vida.

viernes, 18 de marzo de 2016

En las vísperas de la semana de pasión nos predisponemos a contemplar la pascua del Señor en lo que es nuestra vida y el sufrimiento de los que nos rodean

En las vísperas de la semana de pasión nos predisponemos a contemplar la pascua del Señor en lo que es nuestra vida y el sufrimiento de los que nos rodean

Jeremías 20,10-13; Sal 17; Juan 10,31-42

Hace pocos días en los comentarios que vamos haciendo a la Palabra de cada día recordábamos aquellas palabras de Jesús que anunciaban que cuando fuera levantado en lo alto lo conocerían, sabrían bien quien es El. Estamos ya en las puertas de la semana de la pasión que culminará con la Pascua. Nos vamos ya predisponiendo a contemplar y escuchar en el corazón una vez más el relato de la pasión del Señor.
Podríamos decir que la pasión del profeta, de todos los profetas, en la primera lectura de hoy contemplamos a Jeremías que sufrió grandes persecuciones por ser fiel a su misión, la vemos plasmada en la pasión de Jesús, como tenemos que traducirla en nuestra propia vida que también ha de tener su pascua. Como decíamos el profeta Jeremías sufrió grandes persecuciones hasta llegar a meterlo incluso en una cisterna sin agua ni comida para que muriera de inanición. Pero el profeta no perdió su confianza en el Señor, en cuyas manos se ponía. ‘El Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo’.
Es lo que contemplamos en Jesús, a quien hoy en el evangelio vemos que incluso quieren apedrear. Pero Jesús se sabe fiel a su misión, es el enviado del Padre y no realiza sino las obras del Padre. ‘Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre’. Y nos hace una gran revelación. ‘El Padre está en mí y yo en el Padre’. Está manifestándonos no una simple unión con Dios como la que nosotros desearíamos tener, sino está manifestándonos su divinidad. Llama a Dios Padre y se siente unido a El porque es el Hijo de Dios. Recordemos la voz surgida del cielo en la teofanía después del bautismo en el Jordán o allá en lo alto del Tabor. ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’.
En la cruz, en el momento supremo de su entrega su grito será siempre al Padre. Para implorar el perdón por los que le han llevado hasta la cruz, que es el perdón para todos que nos alcanza con su sangre derramada para el perdón de los pecados. Grita al Padre para sentir y experimentar su presencia en el momento del dolor y de la soledad frente a ese dolor; no se siente abandonado de Dios en cuyas manos se pone, ‘en tus manos, Padre, entrego mi espíritu’.
Y decíamos que todo esto tenemos que traducirlo en nuestra propia vida. Estamos casi a las vísperas de la semana de la pasión y de la Pascua. Pero es algo que no podemos contemplar ni vivir a la distancia, como si fuéramos espectadores. Demasiadas celebraciones de semana hemos tenido a lo largo de la vida, pero quizá demasiado lo hemos vivido como espectadores. Nos contentamos con ver pasar ante nuestros ojos todos esos momentos de la pasión para quizá motivar en nosotros unos sentimientos de emoción y quizá unas lágrimas de compasión. Pero no nos hemos metido dentro de la pasión, no hemos metido de verdad la pasión y la pascua del Señor en lo más hondo de nuestra vida para hacerla vida en nosotros.
Tenemos que mirar nuestra vida concreta, con sus momentos altos y con sus momentos malos, con los sufrimientos y las luchas que cada día hemos de sostener cuando queremos ser fieles a unos compromisos y responsabilidades, cuando queremos ser fieles a unos principios y a un sentido de humanidad en nuestra vida, cuando nos llegamos a sensibilizar con tanto sufrimiento que nos rodea y que nos es necesario saber descubrir y hacerlo nuestro también.
Será entonces cuando nos daremos cuenta de nuestra pasión y de lo que ha de ser nuestra pascua. Porque en medio de todo eso hemos de saber descubrir el paso del Señor, la llamada e invitación del Señor, la presencia del Señor junto a nosotros que nos hará en consecuencia tener una mirada distinta a todo eso que es nuestra vida, pero también a todo eso que contemplamos a nuestro alrededor. Será entonces la mirada de la fe, la mirada que hacemos a nuestra vida desde la pascua, desde la pasión del Señor que entonces la vemos de forma distinta reflejada en nuestra vida.
Pensemos en todo esto en estas vísperas de la pasión y de la pascua y pensemos entonces cómo vamos a vivirlo para que en verdad lleguemos a vivir intensamente en nosotros la pascua del Señor, el paso del Señor.

jueves, 17 de marzo de 2016

Ansiamos y deseamos esa vida eterna que Jesús nos promete y nos regala queriendo vivir un camino de fidelidad y de amor

Ansiamos y deseamos esa vida eterna que Jesús nos promete y nos regala queriendo vivir un camino de fidelidad y de amor

Génesis 17,3-9; Sal 104; Juan 8,51-59

Jesús es el regalo de Dios que nos llena de vida. Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia, nos repite Jesús en el evangelio. El es la manifestación del amor de Dios. Lo hemos meditado muchas veces, ‘tanto amó Dios al mundo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna’. Y cuando en el principio de su evangelio Juan nos hace una descripción del misterio de Dios que se realiza en Jesús nos habla de luz y de vida. Es la Palabra en la que estaba la vida, vida que es luz y que es salvación, vida que nos llena e inunda a los que creemos en El, para hacernos partícipes de la vida de Dios.
Hoy nos dirá Jesús en el Evangelio: ‘Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre’. Nos dice que tendremos vida para siempre si creemos en El, la muerte no podrá tener poder sobre nosotros. ‘No sabrá lo que es morir para siempre’, nos dice. Y más tarde en el encuentro con Marta y Maria cuando la resurrección de Lázaro volverá a hablarnos de resurrección y de vida. ‘Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí aunque haya muerto vivirá; y todo el que esté vivo y cree en mí, jamás morirá’.
Los judíos, como vemos hoy en el evangelio, no entendían las palabras de Jesús. Hacen sus interpretaciones pero no llegan en entender lo que Jesús les dice. Pero quizá tendríamos que preguntarnos nosotros si entendemos y si creemos en estas palabras de Jesús. Preguntarnos si en verdad nosotros deseamos esa vida de la que Jesús nos habla, si aspiramos a llenarnos de esa vida para siempre.
Por una parte está lo que sea la fortaleza de la fe que tengamos en Jesús para escucharle, para creerle, para ser en verdad sus discípulos, para seguir su camino. Nos puede suceder que decimos que tenemos mucha fe en Jesús, pero simplemente para pedirle que nos ayude cuando nos vemos apurados o tenemos problemas. Una fe simplemente desde la necesidad, porque necesitamos un apoyo, una fortaleza para enfrentarnos a nuestros problemas.
Pero la fe que tenemos en Jesús tendría que llevarnos a mucho más. Creer en su palabra es plantarla en nuestra vida; creer en su palabra es decirle si con todo nuestro corazón pero en verdad dispuestos a hacer lo que El nos dice, a seguir el camino que El nos propone. Eso es querer su vida, para vivir en la gracia del Señor, para vivir en su amor y amistad, para repartir nosotros también ese amor y esa vida entre los que nos rodean.
Y preguntándonos si en verdad creemos en la palabra de Jesús y deseamos esa vida que El nos ofrece es plantearnos nuestra fe y nuestra esperanza en la vida eterna, en esa trascendencia de eternidad con que hemos de vivir. Muchos cristianos hay que no creen en la vida eterna, que piensan que todo se acaba en la muerte y no hay vida ya junto a Dios para siempre. Es un artículo importante de nuestro credo, del credo de nuestra fe porque decimos que creemos en la resurrección y en la vida del mundo futuro, en la vida eterna. Y creer en la vida eterna es pensar en esa plenitud que junto a Dios vamos a tener, y es en consecuencia vivir ahora ya en esa unión con Dios alejándonos del pecado que podría apartarnos de Dios y de esa vida eterna feliz y dichosa junto a El.
A muchas consecuencias nos tendría que llevar esa reflexión que desemboque en una vida mejor, en una vida más santa.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Mantenernos con perseverancia en la Palabra de Jesús, escuchándole, queriendo ir plasmando su Palabra en nosotros para llegar a la plenitud de vida que nos ofrece


Mantenernos con perseverancia en la Palabra de Jesús, escuchándole, queriendo ir plasmando su Palabra en nosotros para llegar a la plenitud de vida que nos ofrece

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal.: Dn. 3, 52. 53. 54. 55. 56; Juan 8, 31-42

La perseverancia es lo que nos permite llegar a conseguir nuestras metas y deseos. Mantenernos firmes en un dirección, constantes en la lucha por conseguir nuestras metas, no perder la intensidad del empeño con que nos esforzamos para alcanzar unos objetivos, ser fieles a unos principios que hemos adoptado o nos hemos propuesto como motor o raíz de lo que hacemos en la vida, mantener la palabra dada y no es solo porque se lo hayamos prometido a algo sino por fidelidad a nosotros mismos es algo que muchas veces nos cuesta.
Nos viene el cansancio, los fracasos o la dificultad en la lucha nos hacen perder la ilusión, los espejismos de lo que vemos alrededor que nos parece más fácil o que nos va a costar menor esfuerzo son tentaciones que nos van apareciendo y nos hacen bajar la guardia, perder intensidad, y hasta el peligro de olvidar aquellas metas que nos propusimos. Qué importante es ser perseverantes. Qué necesario para ir logrando esa plenitud de nuestra vida.
En el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana eso es importante. Importante para que no se nos enfríe nuestra fe, importante para no quedarnos en una vida cristiana superficial, importante para ir logrando una verdadera hondura espiritual en la medida en que vayamos creciendo en el conocimiento de Cristo e impregnándonos de su sentido de la vida, importante para que lleguemos a ese necesario compromiso que sufre de nuestra fe y nos abre a los demás y al mundo en el que tanto bueno podemos hacer.
Nos aparecen también sombras, tentaciones, desganas, cansancios cuando no ponemos esa necesaria intensidad. Crecer en el conocimiento de Cristo es crecer en nuestra relación con El, en nuestra vida espiritual, en nuestra oración, en esa reflexión que nos hacemos cada día iluminados por su palabra sobre la vida que vamos haciendo y donde está nuestra misión.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio. ‘Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. Les estaba hablando a aquellos más cercanos que habían creído en El. El evangelio en estos días nos va relatando los enfrentamientos que tiene con los judíos en Jerusalén, donde hay muchos que no le aceptan. Pero algunos escuchan en lo hondo de su corazón las palabras de Jesús y comienzan a creer en él. A ellos de manera especial se dirige con palabras que nos viene bien recordar.
Mantenernos en la Palabra de Jesús, perseverar en su escucha, perseverar en el querer ir plasmando esa Palabra de Jesús en nuestra vida, para ser sus discípulos de verdad, para seguirle, para hacer su camino, pero un camino que nos conduce a la plenitud, a la verdad, a la autentica libertad, como nos dice.
La palabra de Jesús nos libera porque nos hace grandes, nos hace descubrir nuestra dignidad, nos da motivos grandes e importantes para luchar por ser mejores, por hacer un mundo mejor.
La Palabra de Jesús nos traza metas que nos llevan a la plenitud y nosotros queremos seguirle, nosotros queremos alcanzar esa plenitud que nos ofrece, aunque nos cueste. Pero hemos de ser perseverantes, mantenernos en esa palabra de Jesús. 

martes, 15 de marzo de 2016

Miramos a lo alto de la cruz y descubriremos la gran señal del amor misericordioso y conoceremos a Dios

Miramos a lo alto de la cruz y descubriremos la gran señal del amor misericordioso y conoceremos a Dios

Números 21,4-9; Sal 101; Juan 8,21-30

Conocer al otro, conocer a las personas creo que es un deseo que todos llevamos dentro; no nos queremos quedar en un conocimiento superficial, por las apariencias o detalles de un momento, sino que deseamos entrar en una relación personal más profunda, que es lo que hace la amistad. Es lo que nosotros deseamos y buscamos y es lo que el otro pueda ofrecernos de si mismo. Sin embargo muchas veces estamos junto al otro y no terminamos de conocerlo, nos cuesta entrar en el profundo yo del otro. Pero quizá aparecerá un momento, surgirá un detalle, contemplaremos un gesto o un momento de su vida en que se nos manifieste profundamente todo su ser, todo lo que es. También por nuestra parte es necesario estar atentos para descubrirlo.
Nos vale todo esto para lo que son nuestras relaciones interpersonales con los que nos rodean, nuestra familia, nuestros amigos, aquellas personas con las que nos relacionamos. Nos vale todo esto para ahondar en nuestra fe, en ese sentido humano en nuestras relaciones con los demás, pero también para la trascendencia que hemos de dar a nuestra vida y hablamos entonces de nuestra fe en Dios, de nuestra fe en Jesús.
Si nos tomamos en serio nuestra fe creo que estamos en ese deseo de crecer en ese conocimiento del misterio de Jesús, del misterio de Dios. Consideramos también que la fe es un don sobrenatural, algo que realmente nos supera y nos viene de Dios, pero a lo que nosotros hemos de estar abiertos. Hay, es cierto, quien se cierra a la posibilidad de la fe. Pero si hay esa apertura en nuestro corazón en ese deseo estamos. Esa pregunta que vemos surgir hoy en el evangelio en aquellos judíos que rodeaban a Jesús, de alguna manera está presente a lo largo del evangelio. ‘¿Quién eres tú?’
Estaban con Jesús, escuchaban sus palabras, veían sus obras y, acaso por ya había un prejuicio por su parte de lo que habría de ser el Mesías, no terminaban de conocer realmente a Jesús. Y ahora Jesús les da la clave. ‘Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada’. 
¿Qué quiere decirles Jesús? ¿Qué significa ese ser levantado en lo alto? Nosotros sí podemos entenderlo, porque ya le hemos contemplado en lo alto. La liturgia de este día nos da también una clave, cuando nos recuerda el episodio de las serpientes en el desierto, en el signo de aquella serpiente levantada en lo alto como una señal del arrepentimiento por el pecado y de la misericordia de Dios que perdonaba a su pueblo pecador.
Es el signo y la señal del amor de Dios. Es el signo de la Pascua. Es ese gesto inaudito que nos sobrecoge. Es la señal que quizá no todos podrán comprender cuando no saben descubrir la inmensidad del amor de un Dios que es capaz no solo de hacerse hombre sino de morir por nosotros. Por eso Jesús nos dirá en otro lugar que la mayor prueba del amor es dar la vida por aquellos a los que se ama. Es lo que hace Jesús. El ser levantado en lo alto es la prueba de ese amor porque ahí está su entrega, ahí está la vida que nos da, ahí está nuestra salvación, ahí está el amor maravilloso, el amor misericordioso de Dios. Conoceremos en verdad a Jesús, su ser más profundo, conoceremos su entrega y su amor, conoceremos a Dios.

lunes, 14 de marzo de 2016

Busquemos a Cristo, verdadera luz de nuestra vida, que da plenitud de sentido a nuestra existencia

Busquemos a Cristo, verdadera luz de nuestra vida, que da plenitud de sentido a nuestra existencia

Daniel 13,1-9.15-17.19-30.33-62; Sal 22; Jn. 8, 12-19
Cuando hablamos de luz pensamos en primer término en la luz natural que nos ofrece el sol cada día. Qué bello es el amanecer con los radiantes rayos del sol surgiendo en el horizonte y dando forma y color a cuanto nos rodea que en la oscuridad de la noche no podíamos apreciar. Pensamos también en tantas fuentes de luz que hacemos surgir de las diferentes energías para iluminarnos en la noche cuando nos falta la luz del sol. Que oscura se nos vuelve la noche cuando ocasionalmente nos pueden fallar esas otras fuentes de energía y nos vemos sumergidos en la oscuridad.
Pero cuando hablamos de luz queriendo ahondar un poco más pensamos en la inteligencia que nos hace razonar y comprender las cosas y decimos que así en esa reflexión vamos iluminando nuestra vida porque vamos encontrando ideas y principios que nos iluminen, decimos, que nos hagan dar un valor y un sentido a lo que hacemos y a lo que vivimos. Surgen pensamientos, surgen ideologías, surgen filosofías, surgen razonamientos que encauzan de alguna manera nuestra vida  y nos hacen comprender mejor lo que está más allá de lo que los ojos de la cara pueden ver.
Aún así nos aparecen oscuridades en la vida, cosas que nos cuesta comprender, preguntas e interrogantes que se van hilvanando unos a otros en nuestra mente o en nuestro interior y que algunas veces nos pueden hacer dudar para encontrar ese camino y ese sentido de nuestra vida que parece muchas veces que aun sigue en tinieblas.
 Hoy nos dice Jesús en el evangelio: ‘Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida’. Cristo se nos presenta a si mismo como la verdadera luz que ilumina nuestro mundo, nuestra vida. Cuando proclamamos que Cristo es nuestra salvación, nuestro salvador, no solo estamos diciendo que El nos ha redimido de nuestros pecados, nos ha traído el perdón para nuestro pecado, sino más aun que es nuestro salvador porque nos ha venido a trazar el verdadero camino que nos lleva a la plenitud de la vida y de la felicidad.
La luz ilumina hemos venido reflexionando, nos hace ver con claridad las cosas que tenemos delante de los ojos, pero también allá en lo más hondo de nuestra vida lo que va a dar sentido a nuestra existencia. Jesús nos pone en camino de encontrar ese sentido profundo de nuestra vida, de nuestro ser. Ya proclamará en otro momento del evangelio que El es el Camino, y la Verdad y la Vida. Es la verdad que nos ilumina; es la verdad que nos enseña a recorrer los caminos de la plenitud de la vida; es la verdad que nos hace encontrar ese verdadero sentido de nuestra vida. ‘Tendrá la luz de la vida’ nos ha dicho hoy.
Es lo que tenemos que buscar. Es el camino que hemos de recorrer. Encontrarnos de verdad con Jesús para que nuestra vida sea iluminada de verdad y no con luces caducas o efímeras que un día nos puedan fallar. Cristo no nos falla. Cristo es la verdadera certeza de nuestra vida. La fidelidad de Cristo no nos fallará. Cristo está siempre con nosotros.

domingo, 13 de marzo de 2016

Cristo se acerca a la negrura de nuestra vida con el corazón en la mano como signo de la misericordia de Dios para ponernos en el camino del amor

Cristo se acerca a la negrura de nuestra vida con el corazón en la mano como signo de la misericordia de Dios para ponernos en el camino del amor

Is. 43, 16-21; Sal. 125; Filp. 3, 8-14; Jn. 8, 1-11
Detengámonos brevemente a contemplar la escena que nos describe el evangelio con sus personajes. Se desarrolla en el templo, en aquellos soportales donde la gente se reunía y los maestros de la ley enseñaban. Nos encontramos un grupo de personas que quieren escuchar a Jesús y en torno a El se arremolinan; son la gente sencilla, la gente que tiene hambre de Dios y que quiere escuchar a Jesús, porque nadie ha hablado como El, según dicen y reconocen en ocasiones incluso quienes quieren quitarle de en medio.
Pronto aparecen los escribas y fariseos, los intransigentes a quienes no les gusta el mensaje de Jesús y que buscan mil maneras cogerle en sus palabras y poderle condenar. Ahora le traen a una pobre mujer pecadora, sorprendida en adulterio; para la adulteras el castigo es ser apedreadas hasta la muerte. Es lo que plantean a Jesús. Allí está la mujer en medio, muchas veces la imaginamos tirada por los suelos, pero que bien expresa su humillación y su vergüenza, su indignidad quizá por su pecado, pero la dignidad de persona que todos quieren arrebatarle, porque para ella nadie tiene compasión.
Bueno, no podemos decir que nadie, porque allí está Jesús. Allí está manifestándose el rostro misericordioso de Dios. Aunque nos pudiera parecer que protagonistas de la escena pudiera ser aquella mujer pecadora, o incluso los escribas y fariseos porque de tantas maneras nos vemos reflejados tanto en la mujer pecadora como en los otros porque muchas veces tenemos actitudes semejantes, el verdadero protagonista es Jesús con su misericordia.
Ya hemos escuchado cómo Jesús se pone de parte de aquella mujer pecadora y humillada y su postura sirve de denuncia para las intransigencias e intolerancias de los fariseos que solo juzgan y buscan condenar; pero realmente el gran mensaje está en la manifestación de la misericordia de Dios que nos busca y se acerca a nosotros para transformar nuestro corazón.
Misericordia es, me atrevo a reflexionar, acercarse con el corazón en la mano hasta el otro a quien siempre veremos como un hermano porque los ojos del amor no lo pueden mirar de otra manera.
Misericordia es acercarse con el corazón en la mano hasta el pequeño, hasta el pobre y el que se siente indefenso, hasta el que sufre y se siente solo; hasta el que se ve hundido en la miseria, en la necesidad y la pobreza y no encuentra cómo levantarse ni como salir de su situación. Es acercarse con el corazón en la mano al que nadie quiere y se ve despreciado por todos; al que se encuentra hundido en el pozo de su pecado y le tendemos con nuestro amor una escalera para poder salir de él y encontrar el perdón.
Misericordia es acercarse con el corazón en la mano hasta el que nada tiene y ya no sabe a donde acudir; al que se ve envueltos en los vientos y torbellinos de la violencia y le ofrecemos la paloma de la paz que le ayude a encontrar derroteros de armonía y fraternidad.
Misericordia es acercarnos con el corazón en la mano al que ya se siente condenado para siempre y le ofrecemos una tabla de salvación que le ayude a encontrar la paz para su corazón con el perdón.
Misericordia es también acercarnos con el corazón en la mano a tantos que han endurecido el corazón por el desamor y ya no saben amar ni se sienten capaces de hacerlo de nuevo, pero a quienes les ofrecemos las mieles del amor para que gustando de nuevo lo que es sentirse amados vuelva a renacer en ellos esa capacidad para el amor.
Misericordia es acercarnos con el corazón en la mano también a aquellos que se encastillan en sus  orgullos, vanidades y aires de grandeza y se creen que no necesitan de nada ni de nadie en su autosuficiencia, para que con nuestras actitudes se les abran algunos resquicios en su alma por donde entren nuevos destellos del amor y lleguen a comprender que ellos también necesitan sentirse amados y así aprendan a amar de nuevo a los demás.
Es lo que le estamos viendo hacer a Jesús en esta escena del evangelio que estamos contemplando pero que ha sido la constante de toda su vida que pasó siempre haciendo el bien. Hoy le vemos tender su mano en la que lleva su corazón a esta mujer para levantarla de ese pozo de indignidad en el que ella con su pecado había caído pero donde otros querían hundirla aún más. Pero Jesús lleva también su corazón en la mano que tiende hacia aquellos que solo saben juzgar y condenar, que se han encastillado en sus autosuficiencias y orgullos, que parece que ellos quieren ir solos por la vida sin querer necesitar de nadie, porque a todos van apartando de su lado, pero a quienes Jesús también está llamando desde lo hondo de su corazón misericordioso.
Sintamos que ese corazón misericordioso de Dios llega a nuestra vida y a nosotros también nos llama, pero sintamos al mismo tiempo que tenemos que ser signos por nuestra vida, por nuestras actitudes, por nuestro amor hecho de muchas cosas concretas para que todos también puedan sentir y experimentar en sus vidas el amor de Dios.
No olvidemos que nuestra vida ha de ser también evangelio, buena nueva de la misericordia de Dios para los que nos rodean en ese mundo concreto en que vivimos, como la Iglesia tiene que ser evangelio de misericordia para todos sin exclusión. ¿Lo seremos de verdad? ¿será eso en verdad lo que siempre manifiesta la Iglesia?
Como le dice Jesús a la mujer a nosotros también nos dice, levántate, ponte en camino, no peques más, aprende a recorrer los caminos del amor.

sábado, 12 de marzo de 2016

Desterremos de nosotros todo apriorismo que nos lleve al juicio, la discriminación y la condena viviendo el estilo nuevo de los valores del Reino de Dios

Desterremos de nosotros todo apriorismo que nos lleve al juicio, la discriminación y la condena viviendo el estilo nuevo de los valores del Reino de Dios

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53

Con qué facilidad con nuestros apriorismos nos hacemos nuestros juicios y detrás de los juicios con sus críticas y murmuraciones surgen las discriminaciones que terminan en condenas. A priori, a primera vista, nos dejamos engañar por las apariencias en muchos casos muy subjetivas por nuestra parte, juzgamos a las personas, los consideramos unos ignorantes porque somos nosotros los que nos lo sabemos todo, ponemos nuestras pegas porque son de tal o cual familia, de tal o cual lugar.
Y porque no saben, prejuzgamos nosotros, no pueden opinar, no tienen derecho a decir nada, los miraremos con desconfianza, los encasillamos o los encerramos en unos guetos, no nos queremos mezclar con ellos o los miraremos mal, no queremos que estén en nuestro entorno o los queremos expulsar lejos de nosotros, los quitamos de en medio, de la sociedad, de la vida, de nuestro mundo.
Pensemos lo que hacemos en este sentido con mucha gente de nuestro entorno a los que siempre miramos con desconfianza y nos damos mil razones, porque algún día cometieron algunos errores, porque son hijos de tal o cual familia y muchas cosas más que bien nos entendemos; pensemos lo que hacemos con el emigrante que quizá viene a pedirnos una ayuda a nuestra puerta o lo encontramos por la calle, por lo que quizá haya hecho algunos los prejuzgamos a todos; pensemos en lo que estamos haciendo hoy desde altos ámbitos del poder o de la política con el problema de los refugiados; no tenemos más que recordar lo que estos mismos días se está decidiendo en nuestra comunidad europea.
Me hago esta reflexión y estas preguntas porque de alguna manera es también traducir a nuestra realidad lo que estaba pasando con Jesús, como nos cuenta hoy el evangelio.  No todos aceptaban a Jesús y también ponían sus pegas y en cierto modo discriminaciones. Al escucharle hablar algunos con muy buena voluntad y muy buenos deseos se preguntan si Jesús es un profeta o acaso es el Mesías. Pero estarán los que siempre ponen sus pegas, o más incluso, los que ya por sistema rechazan a Jesús. Que si de Galilea no podía ser el Mesías porque siendo hijo de David tenia que proceder de Belén – lo que ya entraña un desconocimiento de quien era realmente Jesús –, que si los profetas no surgían nunca en Galilea porque era llamada algo así como la tierra de los gentiles, como su reacción a la libertad con que Jesús se expresaba y anunciaba una nueva forma de vivir el Reino de Dios que anunciaba.
También nosotros cuando queremos ser en verdad fieles a la novedad que nos ofrece el evangelio que transforma nuestros corazones y nos hace vivir en unos nuevos valores, vamos a encontrar resistencia. Es la lucha que ya Jesús nos anunció que nosotros padeceríamos también.
Resistencia que incluso podemos quizás encontrar en los más cercanos que no quieren salir de sus rutinas y que rehuyen todo lo que pueda ser compromiso por los demás. Es la lucha que mantenemos en nuestro interior con nosotros mismos para vivir ese sentido nuevo de nuestra relación con Dios y con los demás en ese deseo de hacer que nuestro mundo sea mejor donde desaparezcan, por ejemplo, aquellas discriminaciones a las que hacíamos referencia al principio de esta reflexión.
Hemos de tener claro nuestro camino y lo que nos exige ser en verdad seguidores de Jesús. Sabemos que en ese camino no estamos solos porque El nos prometió que siempre estaría con nosotros y no nos faltará la fuerza de la gracia, la fortaleza del Espíritu del Señor. Vivamos valientemente nuestro compromiso por hacer un mundo mejor.