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sábado, 30 de enero de 2016

Atravesamos los mares de la vida haciendo camino y a pesar de las tormentas seguros de la presencia de Jesús con nosotros

Atravesamos los mares de la vida haciendo camino y a pesar de las tormentas seguros de la presencia de Jesús con nosotros

2Samuel 12,1-7a.10-17; Sal 50; Marcos 4,35-41

Se suele decir que la vida es un camino, un camino que vamos recorriendo con nuestra existencia día a día en búsqueda de nuestro desarrollo personal, trazándonos metas que queremos alcanzar, buscando también el desarrollo armónico de ese mundo en el que vivimos; camino en el que nos salimos de nosotros mismos para ir al encuentro con el otro con lo que es mi vida, pero aceptando y acogiendo su vida con lo que mutuamente nos enriquecemos; en camino que los creyentes vivimos llenos de trascendencia porque sabemos que no nos quedamos en lo que cada día ahora vivimos sino que esa plenitud que deseamos solo la podemos encontrar en Dios.
Un camino que desearíamos que siempre estuviera lleno de luz, pero que sabemos que nos vamos a encontrar muchas sombras y oscuridades en su desarrollo; nos aparecerán tormentas de todo tipo en nosotros mismos porque aunque siempre aspiramos a lo mejor sin embargo en muchas ocasiones confundidos no escogemos lo mejor y eso nos traerá siempre consecuencias; tormentas en los problemas que la misma vida nos da porque algunas veces se hace dificultoso ese encuentro con los otros o con esa sociedad en la que vivimos; y no digamos cuando nos atenaza el dolor o el sufrimiento ya sea físico en nuestras enfermedades, o ya sea algo más profundo al constatar quizá nuestras propias limitaciones.
Es un camino que como creyentes que somos sabemos que no lo hacemos solos. Al crearnos Dios nos ha puesto en ese camino de la vida, pero con fe podemos sentir su presencia. Jesús, con su mensaje de salvación quiere también ponernos en camino, ‘id…’ nos dice y nos confía una misión en ese mundo global en el que vivimos. ‘Vamos a la otra orilla… y tal como estaban subieron a la barca para atravesar el lago’, nos dice hoy el evangelio.
Allí estaba con ellos, y es bien significativo que se durmió allá en un rincón de aquella barca. Y surgió la tormenta. ‘Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua’.  Y los discípulos estaban asustados, tenían miedo a pesar de tantas veces que habían atravesado el lago y también quizá en medio de tormentas. Ahora les parecía sentirse solos porque Jesús dormía y no se despertaba a pesar de lo fuerte de la tormenta.
Les parecía sentirse solos. Como nos sucede muchas veces a nosotros cuando tenemos que enfrentarnos a esas tormentas o a esas oscuridades de la vida que antes mencionábamos. Nos parece ir a la deriva y que no hay norte que nos guíe o nos libere de esa fortaleza que nos tienta y pone a prueba nuestra fe.
Por fin despertaron a Jesús. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ poco menos que le reclaman. Es el grito de la angustia. ‘¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?’ ¿Por qué somos tan cobardes? ¿Dónde hemos puesto nuestra fe? Tendríamos que ser nosotros los que reflexionáramos y nos preguntáramos por nuestra fe. Allí está Jesús, aquí está Jesús que con El sabemos seguros que tendremos la victoria.
Despertemos nuestra fe porque somos nosotros los que nos dormimos y muchas veces nos olvidamos de nuestra fe.  Aunque nos parezca que Dios no nos oye, El está ahí siempre a nuestro lado. Es nuestra fortaleza. Es la Roca segura de nuestra salvación. Con El siempre tendremos la luz que venza la oscuridad aunque las tinieblas quisieran vencer la luz.
Sigamos haciendo el camino seguros de la presencia del Señor, conscientes de cual es nuestra tarea y cual nuestra meta, sin temor a la oscuridad porque nunca nos faltará su luz. Busquemos esa plenitud de nuestra vida que ahora nos vaya enriqueciendo y vaya enriqueciendo ese mundo que nos rodea haciéndolo mejor.

viernes, 29 de enero de 2016

La semilla que germina hasta dar fruto nos llena de esperanza en nuestra lucha por el bien y en el compromiso de construir el Reino de Dios

La semilla que germina hasta dar fruto nos llena de esperanza en nuestra lucha por el bien y en el compromiso de construir el Reino de Dios

2Samuel 11,1-4a. 5-10a.13-17; Sal 50; Marcos 4,26-34

Es hermosa la imagen de la semilla que es plantada y que a su tiempo germina, crece una planta y llega a dar frutos. Es el misterio de la vida. Es la imagen que yo diría nos da esperanza en la vida. Es la imagen que Jesús nos propone hoy en el Evangelio para hablarnos de Jesús. No es la única parábola que Jesús nos propone con la imagen de la semilla. Nos hablará en otras ocasiones con distintas referencias ya sea porque nos habla de la tierra en que es sembrada esa semilla, o porque con la buena semilla se entremezclan también las malas semillas que nos llenarán de la cizaña del mal.
Hoy simplemente nos hace fijarnos en la semilla en si misma capaz de germinar en la vida y llenarnos de frutos buenos. Nos dice así es el Reino de Dios que nos llena de vida, que tiene en si mismo la fuerza de la gracia de Dios. Es la semilla que El vino a plantar entre nosotros que tiene que llegar a transformar nuestro mundo. Es la semilla, sí, que ha puesto en nuestras manos para que nosotros continuemos la siembra, conscientes y seguros de la fuerza del Reino, de la vida que nos trae la Palabra de Dios con la seguridad de que un día ha de dar fruto.
Como ya expresaba desde el principio es una imagen que nos llena de esperanza. Un día esa semilla germinará y tiene fuerza en si misma para transformar nuestro mundo. Muchas veces cuando queremos hacer el bien, cuando educamos o queremos trasmitir cosas buenas a los que nos rodean, cuando luchamos por ser mejores nosotros mismos pero también por hacer que nuestro mundo sea mejor, podemos sentirnos defraudados porque no vemos el resultado de nuestro trabajo tan pronto como nosotros querríamos.
Pero tengamos esperanza, confiemos en la fuerza de esa semilla del Reino de Dios que nosotros queremos plantar. Seamos capaces de tener una mirada positiva para ir viendo también cómo van surgiendo muchas señales de ese Reino de Dios en tantas personas buenas, en tanta gente que lucha por la verdad y la justicia, en tantos que trabajan comprometidos por hacer que nuestro mundo sea más humano y mejor, en quienes se esfuerzan por vayan apareciendo destellos de paz.
Muchas veces, por ejemplo, los padres se preguntan qué habré hecho mal, quise educar bien a mi hijo, trasmitirle unos buenos valores, pero mira por donde andan. Yo pienso, no nos sintamos derrotados; pensemos que esa buena semilla que un día quisimos plantar en ellos algún día germinará. Sigamos cuidando que haya buena tierra y abonémosla al menos con nuestros buenos deseos, pero además desde nuestro sentido de creyentes con nuestra oración. La esperanza no nos puede faltar nunca en nuestra vida.
Es el Reino de Dios que se hace presente entre nosotros, que quiere surgir con fuerza en nuestro corazón y que también podemos y tenemos que ver en las cosas buenas de los demás. Vivamos con esperanza.

jueves, 28 de enero de 2016

Vayamos con nuestra luz, la de nuestra fe y la de nuestro amor a iluminar nuestro mundo

Vayamos con nuestra luz, la de nuestra fe y la de nuestro amor a iluminar nuestro mundo

2Samuel 7,18-19.24-29; Sal 131; Marcos 4,21-25

¿Para que queremos un farol o una linterna si los tenemos apagados? ¿Para qué encendemos una luz si la metemos en el cajón? La luz es para que nos ilumine; la luz no nos la podemos guardar para nosotros solos. Si vamos haciendo juntos un camino en la noche oscura ya pondremos la luz en el lugar más oportuno para que alumbre los pasos de todos, igual que si la encendemos en una habitación donde habemos muchos la pondremos en un lugar alto para que el resplandor de esa luz llegue a todos.
Así tiene que ser nuestra vida de cristianos; así tiene que ser la fe que vivimos. Tenemos que ser luz, tenemos que iluminar nuestro mundo para que encontremos el camino y el sentido de ese camino. No sé, pero pareciera que algunas veces los cristianos olvidamos eso. Podemos ser muy devotos pero si nos quedamos en nuestros rezos y encerrados en nuestros templos, y cuando salimos fuera no somos capaces de llevar esa luz que encontramos en Cristo a los demás, nuestra vida andaría coja, por así decirlo.
Por supuesto como creyentes vamos a buscar la luz allí donde sabemos que encontraremos la luz verdadera que va a dar sentido a nuestra vida y a nuestro mundo; vamos hasta Jesús y nos queremos llenar de su luz; vamos hasta Jesús y en El encontraremos el sentido de todo. Pero no escondamos esa luz ni nos la guardemos para nosotros mismos. Esa luz tiene que ser dentro de nosotros como un fuego que nos impulse a ir a los demás y a nuestro mundo. Una antorcha es un fuego encendido que arde desde lo más adentro de ella misma para poder iluminar, para poder llevarla señalando caminos.
Es lo que tenemos que hacer los cristianos. No nos podemos quedar tan tranquilos cuando vemos tantas tinieblas a nuestro alrededor, en tantos odios, en tantas violencias, en tanto egoísmo e injusticia, en tanta mentira y falsedad, en tantas personas que sufren, en tanta falta de paz. No nos podemos cruzar de brazos. Tenemos que poner manos a la obra y allí donde haya odio yo ponga amor, allí donde haya violencia yo ponga paz, allí donde haya injusticia nosotros luchemos por la justicia y el bien, allí donde hay mentira e hipocresía yo haga brillar la verdad, allí donde hay personas que sufren sepa llevarles el bálsamo y la medicina que cure su dolor, allí donde hay carencias y necesidad yo ponga verdadera solidaridad.
En ese amor que vivimos y queremos contagiar a los demás, en esa paz que buscamos desde la reconciliación y el encuentro, en esa lucha por la justicia, en esa autenticidad con que me presento en mi vida, en ese consuelo que voy repartiendo, en esa esperanza que voy despertando, en esa sonrisa que nos llene de alegría el corazón,  yo iré entonces resplandeciendo con mi luz.
‘¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero?’ Vayamos con nuestra luz, la de nuestra fe y la de nuestro amor a iluminar nuestro mundo. ¡Cuánto tenemos que hacer los cristianos!

miércoles, 27 de enero de 2016

Todos soñamos con cosas buenas y todos hemos de sembrar en nosotros y en nuestro mundo buenas semillas que fructifique en frutos hermosos de un mundo mejor

Todos soñamos con cosas buenas y todos hemos de sembrar en nosotros y en nuestro mundo buenas semillas que fructifique en frutos hermosos de un mundo mejor

2Samuel 7,4-17; Sal 88; Marcos 4,1-20

Todos soñamos con cosas buenas. Tenemos metas en la vida más o menos grandes, anhelamos conseguir cosas, los ideales nos mueven desde dentro, nos hacemos promesas de hacer siempre lo mejor. Pero bien sabemos que muchas veces no lo conseguimos; se nos quedan en el sueño de un momento mas o menos de fervor o entusiasmo, vienen los cansancios, somos inconstantes en el mantener la luchas por ir consiguiendo esos objetivos, nos rendimos ante las dificultades que vamos encontrando, o nos dejamos arrastrar por la rutina, por lo que hacen los demás para no llevar la contraria al ambiente. Solo los esforzados, los que no solo tienen claras las ideas o las cosas que quieren conseguir sino que han cultivado una fuerza interior serán capaces de alcanzar esas metas o ver realizados sus sueños al menos en gran parte, porque siempre desean más y lo mejor.
Esto podría ser una forma de hacer una lectura o de traducir a esa lucha nuestra de cada día la parábola que Jesús nos propone hoy en el evangelio. Nos habla del sembrador, de una semilla, de un terreno más o menos favorable y de unos frutos que al final solo consiguen los que han sabido preparar una tierra buena y hacer un buen cultivo de aquella semilla en ellos plantada.
Es una clara referencia a la Palabra de Dios y al Reino de Dios que Jesús quiere plantar en nosotros y que hemos de saber cultivar. Con sus dificultades, con sus fracasos, con sus abandonos, o con el buen cultivo en nuestra vida de esos valores del Reino de Dios. La imagen la tenemos en Jesús, el buen sembrador que sale por los caminos y los pueblos, que anda en medio de las gentes siempre sembrando la semilla de la Palabra de Dios, de la Buena Noticia del Reino de Dios. No en todos fructificó, no todos lo acogieron de la misma manera, muchos incluso lo rechazaron, solo aquellos que fueron capaces de ser fieles, fieles en su fe y fieles en la gracia que el Señor en ellos iba derramando permanecieron hasta el final.
Nos miramos a nosotros y miramos a la Iglesia. No solo somos esa tierra en la que el Señor siempre esa buena semilla, sino que además nosotros también hemos de ser sembradores,  la Iglesia es sembradora en medio del mundo de esa semilla del Reino. Lo malo sería que no fuéramos buenos sembradores, que no pusiéramos todo el entusiasmo y todo el esfuerzo por hacer esa siembra; lo malo seria que en el sembrador ya hubiera también esa dureza del corazón porque no lo habría empapado de la misericordia y del amor divino; nos puede pasar a nosotros y le puede pasar también a la misma Iglesia. Que hubiera otras cosas que nos distraen o que nos atraen, que brillara demasiado en nosotros la vanidad de las apariencias o de las cosas ostentosas y no fuéramos lo suficiente humildes para presentarnos con sencillez y con amor en el corazón. Muchas piedras podremos encontrar en el camino, muchos zarzales que nos enreden o muchos perfumes que nos engañen. Como sembradores hemos de ser los primeros en ser tierra buena y cultivada, nosotros y la Iglesia.
Hace referencia a lo que es nuestra vida de cada día con sus sueños y con sus metas, como decíamos al principio. Serán nuestros trabajos y responsabilidades, será nuestra familia, será ese circulo donde convivimos, será ese mundo con el que tenemos que sentirnos comprometidos para hacerlo mejor poniendo nuestro grano de arena, sembrando nuestra buena semilla. Que nada nos aparte de nuestras metas, que nada nos engañe ni nos distraiga, que no  nos pueda el cansancio ni la rutina, que haya en nosotros perseverancia y esfuerzo, que haya en nosotros apertura a la gracia del Señor para dejarnos motivar y conducir. Podremos llegar a dar fruto hasta del ciento por uno, como nos dice la parábola.

martes, 26 de enero de 2016

María, antes que hacerse carne de su carne el Hijo de Dios que se hacia hombre, había hecho carne de su carne la Palabra de Dios

María, antes que hacerse carne de su carne el Hijo de Dios que se hacia hombre, había hecho carne de su carne la Palabra de Dios

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 3, 31-35

En la Sinagoga de Nazaret sus conciudadanos se habían puesto orgullosos cuando Jesús se había adelantado a hacer la lectura del profeta y hacer los comentarios. Era uno de allí que conocían de siempre, era el hijo de José el carpintero, el hijo de María y allí estaban sus parientes. Su relación de vecindad y los lazos familiares hacían que se llenaran de orgullo al tiempo que se preguntaban que de donde sacaba todas aquellas cosas porque nadie había hablado hasta entonces como El.
Hoy contemplamos como se acercan a Jesús sus familiares mientras está reunido con una multitud grande de gente que ansiaba escuchar su Palabra. ¿Pretenden sus familiares aprovecharse de su relación para poder acercarse a Jesús y tomar los mejores puestos en medio de la gente? Si no fuera porque se menciona expresamente que allí está la madre de Jesús podríamos pensar eso. De todas maneras los cercanos a El se lo anuncian. ‘Ahí están tu madre y tus hermanos’. Como para que El sabiendo que está allí su madre y su familia busque los mejores puestos para ellos.
Pero a su lado están todos aquellos que quieren escuchar la Palabra de Dios. De ahí la respuesta de Jesús que no es un desprecio a su madre ni una minuvaloración de los lazos familiares. Los importantes en su reino son los que humildemente se acercan a El queriendo en verdad escuchar la Palabra de Dios para llevarla a su corazón, para plantarla en sus vidas, para hacerla vida de sus vidas. De ahí la respuesta. ¿Veis todos estos que están aquí en mi entorno ansiosos de mi Palabra? Esos son los ahora importantes. ¿Quiénes son en verdad mi familia? Mirad a todos estos.  Los que en verdad quieren plantar la Palabra de Dios en sus vidas, esos son mi madre y mis hermanos, esa es la verdadera familia de los hijos de Dios, porque los que acogen la Palabra y creen en ella se convierten en hijos de Dios.
No son los lazos de la carne o de la sangre, no es simplemente la pertenencia a un mismo pueblo, son esos lazos humanos tan hermosos que podamos tener los unos con los otros, es la acogida a la Palabra, es el creer en la Palabra plantadla en su corazón, haciéndola vida de su vida. Y recordaríamos aquí también el principio del evangelio de san Juan. ‘A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio el poder ser hijos de Dios. Estos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios’.
¿Qué decir de María? ¿Era o no era en verdad la madre de Jesús? No lo podemos poner en duda, pero partiendo también de estas mismas palabras de Jesús en ellas podemos ver la mejor alabanza de María. Ella había engendrado en su corazón la Palabra de Dios, porque ella fue siempre la mujer abierta a la Palabra del Señor. Toda su vida fue un ‘fiat’, un ‘hágase en mí la voluntad del Señor’. Si en la carta a los Hebreos vemos a Jesús que al entrar en el mundo había dicho, ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, a María la contemplaremos siempre diciendo ‘sí’ a Dios. Ella antes que hacerse carne de su carne el Hijo de Dios, había hecho carne de su carne la Palabra de Dios.
Podríamos recordar aquí también la respuesta de Jesús cuando aquella mujer anónima levanta su voz en medio de la multitud para alabar a la madre de Jesús ‘dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron’, a lo que Jesús replicará también como una alabanza a María, ‘Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’.


lunes, 25 de enero de 2016

Preguntemos también nosotros como Saulo ‘¿qué quieres que haga, Señor?’

Preguntemos también nosotros como Saulo ‘¿qué quieres que haga, Señor?’

 Hechos de los Apóstoles 22,3-16; Sal. 116; Marcos 16,15-18

‘¡Saulo, Saulo! ¿por qué me persigues?... ¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús, a quien tu persigues... ¿Qué debo hacer, Señor?’ Es el diálogo que se desarrolló en el camino de Damasco. Y Saulo cayó. No es solo el hecho de que rodara por tierra en aquel momento ante el impacto de la visión. Saulo se cayó de su orgullo y de su prepotencia, de su fatalismo y de su violencia. Saulo se transformó con la experiencia del encuentro con Jesús.
Es lo que hoy recordamos y celebramos. En su fanatismo religioso se había dedicado a destruir cuanto no fueran sus ideas. Por eso perseguía a los cristianos. Por eso iba ahora a Damasco con cartas de los sumos sacerdotes que le autorizaban para coger a todos los que creyeran en el nombre  de Jesús y llevarlos presos a Jerusalén. Saulo se había formado sólidamente en la fe judía a los pies de su maestra Gamaliel. Se había hecho del partido de fariseos su fanatismo no tenía limites. Había sido incluso testigo de la muerte de Esteban encargándose de guardar los mantos de aquellos que le apedreaban, porque aun era muy joven. Pero todo aquello había ido haciendo mella en su corazón que se iba endureciendo más y más.
No contaba con las maravillas de la gracia divina, pues pensaba quizá que todo había de hacerlo por si mismo y no por las fuerza de las convicciones sino por la fuerza de la violencia. Ahora se iba a encontrar con otro Maestro, el Maestro que venía a su encuentro aunque él lo persiguiera, el Maestro que iba a trastocar todos sus planes violentos y le iba a enseñar que toda aquella energía de su corazón había de dedicarla a algo mejor. El que hasta entonces perseguía a los cristianos iba a convertirse en apóstol de los gentiles para traerlos a la fe, pero a la fe de Jesús.
Era, aunque él no lo sabía o lo había interpretado de manera equivocada, un elegido del Señor, un instrumento de salvación para muchos como le manifestara el Señor en la visión a Ananías. Se acabarían los recelos contra Saulo porque se había encontrado con el Señor y su vida iba a ser distinta. Al final de aquel encuentro había llegado a decir ‘¿qué quieres que haga, Señor?’ y se había dejado conducir por el Señor.
Como un ciego al que llevan de la mano fue al encuentro de la luz verdadera porque las otras luces lo habían cegado. Todos los gestos e imágenes de este relato son verdaderos signos para nosotros, que tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Señor porque mientras no estemos con El andaremos también como ciegos por los caminos de la vida subidos sobre los caballos de nuestra soberbia que también nos hace violentos tantas veces e intolerantes.
Creo que es el mensaje sencillo pero capaz de transformar nuestro corazón que podemos recibir hoy en esta fiesta en que recordamos y celebramos la conversión de san Pablo. El Señor le dio otra oportunidad a Saulo para rehacer su vida y Saulo fue capaz de hacerlo. El Señor sigue dándonos oportunidades a nosotros; seamos capaces de dejarnos conducir por el Espíritu del Señor y reconozcamos cuantas maravillas realiza en nosotros.
Preguntemos también nosotros como Saulo ‘¿qué quieres que haga, Señor?’

domingo, 24 de enero de 2016

La palabra de vida y de luz que Jesús anunciaba y que era El mismo tiene su cumplimiento hoy en nuestro mundo si nosotros la acogemos y nos convertimos en testimonio de ella por nuestra vida

La palabra de vida y de luz que Jesús anunciaba y que era El mismo tiene su cumplimiento hoy en nuestro mundo si nosotros la acogemos y nos convertimos en testimonio de ella por nuestra vida

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Sal 18; 1Corintios 12, 12-30; Lucas 1,1-4; 4,14- 21
‘Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan’, nos comentaba el evangelista. ‘Enseñaba en las sinagogas y todos los alababan’. Y ahora le vemos en Nazaret, su pueblo, y allí también va a la sinagoga el sábado y se ofrece para hacer la lectura de la Palabra.
Es la Palabra de vida y de luz, como nos decía Juan en el comienzo de su relato evangélico, que existía desde el principio, que estaba desde siempre en Dios, y por quien se hizo todo. Palabra de vida, Palabra creadora, Palabra de Luz que venia a disipar las tinieblas de los que andaban en tierras y sombras de muerte; por eso su aparición por toda la comarca de Galilea, enseñando en todas las sinagogas, fue como un rayo de luz y de esperanza para aquellas gentes. ‘Todos los alababan’.
Es la Palabra de la verdad que viene a revelarnos a Dios, que viene a descubrirnos el verdadero misterio del hombre; es la luz y la vida de los hombres porque a su encuentro todos podían conocer la verdad de Dios, la verdad del hombre, el misterio de amor de Dios y el verdadero sentido de la vida del hombre. A los que la reciben y creen en su nombre les da el poder ser hijos de Dios.
‘Enseñaba por las sinagogas’ porque era la Palabra que estaba junto a Dios pero que ahora planta su tienda entre nosotros. Es Dios desde toda la eternidad, pero que lo podemos ver y palpar en carne humana porque se ha hecho hombre para caminar entre nosotros los hombres. Ahora le vemos entrar en la sinagoga de Nazaret y proclamar el texto del profeta. Y proclamará el misterio de si mismo. Es una revelación lo que Jesús nos está haciendo, dándosenos a conocer. Es también Epifanía de Dios, manifestación de la gloria del Señor. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, les dice. Aquella escritura era la Palabra de Dios y allí ante ellos estaba la Palabra de Dios. El era el que estaba lleno del Espíritu de Dios que le había ungido y le había enviado.
El era el enviado de Dios. ‘Bendito el que viene en nombre del Señor’, proclamarían proféticamente los niños en la entrada a Jerusalén. Había sido enviado para anunciar la Buena Noticia de la libertad y de la paz, de la salvación y de la vida, la Buena Noticia del Reino de Dios que comenzaba, el Reino de Dios que El instauraba. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor’. Era el texto de Isaías que había proclamado y que en él tenía su cumplimiento.
La gente estaba admirada de lo que decía y aunque como veríamos en su continuación o en lugares paralelos la gente se preguntaba de donde había sacado toda aquella sabiduría pues todos lo conocían como el hijo del carpintero, el hijo de María, la de José, y se había criado entre ellos, no salían de su asombro. En la primera lectura escuchábamos como la gente lloraba de alegría cuando se les había proclamado la Palabra del Señor y el sacerdote y el gobernador les mandaban hacer fiesta y no llorar. Es la emoción que contemplamos en las gentes de Nazaret y luego de todas aquellas poblaciones de Galilea por donde Jesús iba enseñando.
Y me pregunto, ¿no tendría que ser también la emoción con que nosotros nos acercamos a la Palabra porque bien sabemos que nos estamos acercando a la vida y a la salvación, estamos llenándonos de la luz de la Sabiduría divina, estamos acercándonos a Dios cuando nos acercamos a Jesús? Cuidado nos acostumbremos a la Palabra y ya no seamos capaces de saborearlo en todo su sentido y sabor. Es un peligro y nuestra tentación.
También cuando escuchamos la Palabra, bien sea en la proclamación solemne que se nos hace en la liturgia, o bien cuando con amor y humildad nos acercamos a ella en la soledad de nuestra oración, se nos está diciendo de la misma manera ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, porque esa Palabra se está haciendo vida en nosotros, porque con esa Palabra nos está llegando la luz de Dios a nosotros, porque en esa Palabra nos estamos acercando a la salvación.
No es una palabra cualquiera la que escuchamos. Es Dios mismo que nos habla, que nos inunda con su gracia y con su vida. Es Dios mismo que está ahí en nosotros y con nosotros.  Palabra viva de Dios plantada en nosotros, que pone su tienda en nuestros corazones. Palabra de Dios que nos transforma si en verdad nosotros la aceptamos y acogemos en nuestra vida y creemos en ella para hacernos participes de la dicha de poder ser llamados hijos de Dios. Con esa fe tendríamos que acercarnos siempre a la Palabra de Dios, sintiendo el gozo de que Dios nos hable y se nos revele.
Es la Palabra que nosotros también tenemos que anunciar, trasmitir a los demás. Esa riqueza de la revelación de Dios que se nos hace en su Palabra nos sentimos obligados a llevarla a los demás. Ese Espíritu que nos ungió a nosotros en el Bautismo y en la Confirmación también nos envía a anunciar esa Buena Nueva a los pobres, esa libertad a los oprimidos, ese año de gracia del Señor.
Ahí tenemos delante de nosotros una inmensa tarea. Ese anuncio y esa liberación de la que tenemos que convertirnos en testigos y en testimonio con el compromiso concreto de nuestra vida. Cuánto es lo bueno que nosotros tenemos que anunciar pero también que realizar en los demás. El Señor nos compromete a la transformación de nuestro mundo impregnándolo de los valores del Evangelio. Y no podemos cerrar los ojos ante la pobreza, la opresión y las esclavitudes en que vemos envueltos a tantos hermanos nuestros. Es la tarea y el compromiso de nuestra fe, de nuestra condición de cristianos.
A Jesús le vemos enseñando y curando de todo mal. Cuántas curaciones tenemos nosotros que realizar con nuestro amor y nuestra acogida a todos, con nuestro acercamiento a aquellos que sufren y nuestra palabra de consuelo, con nuestra lucha para vencer ese mal que daña a los demás y con la alegría del Espíritu que llena de esperanza los corazones atormentados.
Si así nosotros acogemos la Palabra y dejamos que plante en verdad su tienda en nuestro corazón y así vamos al encuentro con los demás, podremos decir también con toda razón ‘esta Escritura - esta Palabra- se cumple hoy también entre nosotros’

sábado, 23 de enero de 2016

Que se despierte de verdad inquietud en nuestro corazón y con alegría seamos capaces de gastarnos por los demás en la causa del Evangelio

Que se despierte de verdad inquietud en nuestro corazón y con alegría seamos capaces de gastarnos por los demás en la causa del Evangelio

1Samuel 1, 1-27; Sal 79; Marcos 3, 20-21

‘Jesús fue a casa con sus discípulos y se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales’. Así es el breve texto del evangelio que nos ofrece la liturgia en este día; apenas dos versículos.
Unas reacciones que me atrevo a decir entran dentro de lo normal. Era tanta la gente que estaba en torno a Jesús, que le buscaba, que quería escucharle, que le traían enfermos para que los curase… que no les dejaban tiempo ni para comer. Los familiares de Jesús reaccionan. Eso no podía ser, tanta actividad no era bueno, al final terminaría enfermándose… cosas así  habremos escuchado muchas veces o habremos vivido esa experiencia. Vemos a una persona que se entrega, que trabaja por los demás, que anda de un lado para otro intentando solucionar problemas de los demás, que no descansa, que siempre está en plena faena y decimos este hombre va a acabar mal. Y le aconsejamos, tómate las cosas con calma,  piensa también en ti mismo, tú no tienes que resolverlo todo, que haya otros que se impliquen, así no puedes seguir. Son reacciones que nosotros también tenemos.
A Jesús no le dejaban tiempo ni para comer dice el evangelista. Ya por otras partes hemos visto como en Cafarnaún hasta por la mañana temprano vienen a buscarlo; no hace muchos días escuchábamos como habían hasta roto el tejado para hacer llegar a un paralítico a los pies de Jesús. Y nos cuentan también los evangelistas que cuando quiso llevarse a los apóstoles a un sitio apartado y tranquilo porque quería estar con ellos para instruirles de manera especial y para hacerlos descansar después de la actividad apostólica que ellos también habían realizado se encontraron con la multitud que había venido por la orilla y se habían congregado allí donde Jesús iba a desembarcar.
Es la acción de Jesús; es la acción del amor; es la acción del apóstol convencido de su misión y que a todos quiere hacer llevar la buena nueva del Evangelio; es la urgencia que sentimos dentro de nuestro interior, el celo de Dios, por ir implantando el Reino de Dios; es el sufrimiento que se nos mete por dentro cuando  vemos a tanta gente sufriendo y que queremos ayudar y algunas veces no podemos; es la inquietud de nuestro corazón lleno de esperanza, impulsado por el amor para hacer el bien, para anunciar a Jesús.
Ojalá todos sintiéramos en nuestro interior esa urgencia y esa inquietud. Sería porque en verdad hemos tomado en conciencia nuestra responsabilidad y que la grandeza del evangelio no la podemos encerrar, que la luz es para que ilumine y no le podemos poner encima nada que la oculte. Si los cristianos fuéramos más conscientes de la riqueza que poseemos en la gracia del evangelio seguro que otra inquietud habría en nuestra vida. Y es que andamos muchas veces cansados antes de comenzar, con falta de ilusión y de esperanza, dejándonos arrastrar por nuestras rutinas y no buscamos la manera de hacer llegar esa luz a los demás.
Que se despierte de verdad esa inquietud en nuestro corazón. Que no  nos guardemos nada para nosotros; que no nos estemos haciendo tantas reservas para nosotros; que no temamos el compromiso; que con alegría seamos capaces de gastarnos por los demás en la causa del Evangelio.

viernes, 22 de enero de 2016

El Señor también nos llama para que estemos con El, nos gocemos de su presencia, nos inundemos de su amor y seamos los discípulos que siguen siempre sus pasos

El Señor también nos llama para que estemos con El, nos gocemos de su presencia, nos inundemos de su amor y seamos los discípulos que siguen siempre sus pasos

1Samuel 24,3-21; Sal 56; Marcos 3,13-19

Mucha gente se aglomeraba en torno a Jesús. Como escuchábamos y comentábamos ayer multitudes venidas de todos los rincones de Palestina acudían a Jesús. Luego, algunos se quedaban más tiempo con él, eran más fieles seguidores; son los que llamamos los discípulos, los que quieren seguir el camino de su Maestro, seguir los pasos del Maestro.
‘Llamó a los que quiso’, nos dice hoy el evangelista. A lo largo del evangelio vemos como es constante su llamada, su invitación a seguirle, aunque no todos quizá responden siempre, como recordamos a aquel joven rico que venia con buenas intenciones pero cuando vio que había que despojarse de todo para ser buen discípulo de Jesús no fue capaz y se marchó. Unos a la invitación de Jesús, otros entusiasmados por lo que ven y por lo que le oyen al maestro están dispuestos a seguirle.
En medio de todos ellos hay algunos a los que había hecho una llamada especial, y ya desde el principio siempre estaban con El. Ahora llama a doce de manera especial para que sean sus compañeros, porque los va a constituir apóstoles, es decir, sus enviados. Estos van a estar más cercanos al Maestro, a ellos de manera especial explica las cosas que a la multitud de los discípulos se las enseña en parábolas, en ocasiones veremos que los toma aparte, se los lleva a lugares tranquilos para poder hablar, para poder enseñarles, para poder instruirles porque van a ser sus enviados.
El evangelista nos da la relación del hombre de los doce. Allí están aquellos pescadores llamados desde la primera hora, allí estará el recaudador de impuestos que un día llamara a su paso por delante de su garita, allí están unos discípulos, hombres sencillos de aquellas aldeas y pueblos pero en los que hay una gran inquietud en sus corazones. Van a estar con Jesús. Van luego a ser enviados de manera especial por Jesús.
El Señor nos llama, quiere que estemos con El. Ojalá nosotros seamos capaces de entrar en esa intimidad divina con Jesús para escucharle con intensidad en nuestro corazón, para gozarnos continuamente de su presencia, para ser testigos de su amor, para sentirnos envueltos en su luz que nos transforma, para aprender de las maravillas de Dios.
El nos llama y de nosotros depende la respuesta. Que queramos en verdad estar con El. Que seamos capaces de desprendernos de nosotros mismos, como un día Leví se levantó de su garita de cobrador de impuestos y alegre y feliz ser fue con El, como aquellos pescadores que dejaron sus redes y sus barcas. Ellos también en ocasiones tenían sus dudas, como nosotros también las tenemos, se preguntaban si merecía la pena, qué es lo que iban a ganar con aquel seguimiento que estaban haciendo de Jesús. ‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo por seguirte…’ le decía un día Pedro. Pero se confiaban en Jesús porque ‘Tú tienes palabras de vida eterna y ¿adonde vamos a ir sin ti?’
Nos queremos nosotros también confiar plenamente en Jesús, para ser sus discípulos, para seguir sus pasos, para ser también apóstoles en medio de nuestro mundo. El prometió que siempre estaría con nosotros. Confiemos y amemos.


jueves, 21 de enero de 2016

Hacemos llegar la buena noticia de Jesús a nuestro mundo aquejado de tantos males con el testimonio de la misericordia que rebosa de nuestro corazón

Hacemos llegar la buena noticia de Jesús a nuestro mundo aquejado de tantos males con el testimonio de la misericordia que rebosa de nuestro corazón

1Samuel 18, 6-9; Sal 55; Marcos 3, 7-12

Venían de todas partes. ‘Lo siguió una muchedumbre de Galilea… acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de la Transjordania, de las cercanías de Tiro y Sidón’. Oían hablar de Jesús y hasta El venían. No era ya solo su palabra. . Era también ‘al enterarse de las cosas que hacía’. Le traían toda clase de enfermos y aquejados de todos los males. A todos curaba. Se le echaban encima porque querían al menos tocarlo. Los discípulos más cercanos andaban preocupados, no fueran a estrujarlo, y le preparan una barca para que desde la orilla les hable.
Convencían sus palabras que despertaban esperanza en un nuevo y distinto. Las cosas habían de cambiar en la vida de los hombres. Pero veían sus obras, veían su amor, se sentían beneficiarios de su compasión y misericordia. Era el Reino de Dios que se acercaba, que se plantaba entre ellos. Crecía la fe de sus discípulos en El, como decía Juan después de ver los signos en las bodas de Caná.
Una invitación a ir nosotros también hasta Jesús para escucharle, para sentir su salvación en nuestra vida, para sabernos beneficiarios de la bondad y de la misericordia del Señor. También tenemos nuestras esperanzas, como reconocemos cuánto tiene que curar Jesús en nuestra vida; que no son solo las necesidades o carencias materiales, las enfermedades que podamos padecer; son las angustias de nuestro espíritu, son tantas tinieblas que muchas veces nos envuelven con nuestras dudas, con el mal que sentimos que aparece y reaparece una y otra vez en nuestro interior, en nuestras soledades o en esa debilidad de nuestro espíritu. Jesús nos sana, Jesús nos salva, Jesús nos manifiesta una y otra vez lo que es la misericordia del Señor que nos perdona.
Pero es también una invitación para que llevemos a los demás la noticia de Jesús. Como corría entonces de boca en boca, y de una población se iba trasmitiendo a otra la noticia de Jesús, así tendríamos nosotros también que hacer ese anuncio hoy.  El mundo que nos rodea también necesita el anuncio de esa Buena Noticia de Jesús. Y hemos de saber hacerla. Y tenemos que hacernos creíbles. Nuestras palabras tienen que ir acompañadas de nuestras obras. Igual que la gente venía a Jesús porque veían las cosas que hacia, así nosotros hemos de mostrar al mundo lo que en Jesús podemos encontrar y eso hemos de reflejarlo en nuestra vida, en nuestro amor, en la luz de alegría que brille en nosotros los creyentes, en ese concreto compromiso de amor que nosotros vivamos, porque así estaremos reflejando las obras de Jesús.
Así tiene que manifestarse la Iglesia. Así tenemos que manifestarnos nosotros, cada uno de nosotros como miembros de esa Iglesia que somos, con las obras de nuestro amor, con ese compromiso serio por la justicia y la paz, por esa salud del corazón que iremos llevando a todos los atormentados por sus problemas y por sus males, por esa esperanza que iremos despertando cuando vamos haciendo el bien, por esa misericordia que rebosa de nuestro corazón. Es una invitación y es un compromiso.

miércoles, 20 de enero de 2016

Jesús viene a nuestra vida para liberarnos de tantas discapacidades del alma que nos anulan y ayudarnos a encontrar la verdadera grandeza de la persona

Jesús viene a nuestra vida para liberarnos de tantas discapacidades del alma que nos anulan y ayudarnos a encontrar la verdadera grandeza de la persona

1Samuel 17,32-51; Sal 143; Marcos 3, 1-6

¿Quién o quienes eran realmente los inválidos, los discapacitados? Me hago la pregunta, y lo hago también por mí mismo, ante el episodio que nos narra el evangelio.
‘Entró Jesús otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre con parálisis en un brazo. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo’. Había, es cierto, un hombre con una parálisis en un brazo, como nos dice el evangelista. Su invalidez y su limitación era física con todas las consecuencias que por supuesto se podían derivar.
Pero hay otras muchas cosas que nos paralizan en la vida. Allí estaban algunos al acecho, con sus desconfianzas, con su hipocresía, con el corazón insensible ante el sufrimiento de un hombre, atados por las normas y preceptos que realmente les esclavizaban, con su obstinación farisaica, con sus juicios y prejuicios, con las ganas de poner trampas para hacer tropezar a los demás. Dice el evangelista que Jesús se sintió dolido por su obstinación, por la cerrazón de aquellas mentes y la dureza del corazón. Eso si era una invalidez que paraliza desde lo más hondo.
La pregunta tenemos que hacerla sobre nosotros mismos porque podemos caer fácilmente en esas actitudes negativas en la vida con nuestras malicias y con nuestras desconfianzas; porque somos muy fáciles para juzgar las acciones de los demás y para condenar; porque llenamos nuestras relaciones de recelos y desconfianzas y nos cuesta aceptar a los otros como son; porque también tantas veces estamos al acecho a ver en lo que el otro tropieza para gloriarnos de nosotros mismos y despreciar a los demás; porque fácilmente aunque digamos que no, surgen actitudes o posturas racistas en nuestros pensamientos y hasta en nuestros comportamientos; porque queremos imponer nuestros criterios y no somos capaces de dialogar; porque nos creemos poseedores de la verdad suprema y solo es válido lo que nosotros pensemos u opinemos y no somos capaces de respetar a los demás y ver todo lo positivo que hay también en los otros, que incluso muchas veces nos superan.
Vamos a acercarnos a Jesús con nuestras discapacidades en el alma para que nos cure, para que nos llene y nos inunde con su salvación, para que nuestro corazón se transforme en su amor, para que sintamos lo que es la verdadera libertad en el alma que nace de un corazón lleno de amor. Aprendamos a valorar a las personas como Jesús lo hizo, vayamos siempre con el corazón abierto al encuentro con los demás dispuestos a servir, dispuestos a amar de verdad a todos y sin distinción.
Que la gracia del Señor en nuestra vida nos ayude a transformar nuestro corazón para que en verdad entre todos podamos hacer un mundo mejor donde vayamos haciendo desaparecer tantas discapacidades del alma que nos anulan. Con Cristo encontraremos siempre la verdadera grandeza y la verdadera libertad.

martes, 19 de enero de 2016

Nuestra relación con Dios siempre ha de ser una relación de amor haciendo la mejor ofrenda de amor con toda nuestra vida

Nuestra relación con Dios siempre ha de ser una relación de amor haciendo la mejor ofrenda de amor con toda nuestra vida

1Samuel 16,1-13; Sal 88; Marcos 2,23-28
¿Quien le puede poner reglas al amor? El amor no lo podemos encorsetar con normas y reglamentos. Dejaría de ser amor. Sería poner límites y fronteras. Cuando el amor es verdadero, genuino, auténtico, todo es darse y entregarse sin limites, todo es buscar lo bueno, todo es buscar el bien de la persona amada, de ninguna manera querrá hacer daño, nunca se encierra en si mismo; porque el amor nunca es egoísta ni se encierra en si mismo, no se queda en la satisfacción propia ni se dejará llevar por la comodidad, ni estará poniendo limites a su entrega; eso no sería amor, sería una falacia del amor.
Nuestra relación con el Creador, nuestra relación con Dios siempre ha de ser una relación de amor. Reconociendo la grandeza y lo infinito del ser de Dios nos sentimos sobrecogidos por su amor. Y es que en nuestra relación con Dios siempre partimos del amor que El nos tiene; nos ha creado por amor y por amor nos ha entregado a su Hijo para ser nuestra salvación.
Aunque no somos dignos ni merecedores de ese amor, no ha querido Dios dejarnos en nuestro pecado, sino que continuamente nos está ofreciendo su amor hecho perdón y misericordia para llenar nuestra vida de su paz. Y a ese amor nosotros respondemos, nosotros correspondemos intentando amor con un amor semejante en la medida en que con nuestras limitaciones seamos capaces.
La religión, la relación con Dios no es un ofrecer cosas para aplacarle, sino siempre una respuesta de amor. Por algo ya desde siempre el primer mandamiento ha sido el reconocer la grandeza de Dios que es único en su amor para nosotros amarle con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida, como hemos resumido en los diez mandamientos, amar a Dios sobre todas las cosas.
Sin embargo los judíos, que sabían muy bien este primer mandamiento pues cada día lo repetían de memoria muchas veces reglamentaron con mil preceptos, por decirlo de alguna manera, la manera de esa relación con Dios. Y las reglamentaciones que tendrían que haber servido para ayudar al hombre a hacer la mejor ofrenda de amor a Dios, sin embargo terminaron esclavizando de alguna manera al hombre, poniéndole muchas limitaciones a su vida.
Hoy hemos escuchado en el evangelio una forma de esas reglamentaciones por las que los fariseos le echan en cara a Jesús que sus discípulos no cumplen con la ley del descanso sabático por coger unas espigas al paso en medio de los trigales del campo. En la relación con Dios el hombre no se siente ni se puede sentir ni limitado ni esclavizado, porque Dios siempre querrá el bien del hombre, la grandeza del hombre al que doto de gran dignidad. Por eso terminará sentenciando Jesús: ‘El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado’
Mantengamos viva esa relación de amor con Dios en nuestro culto, pero también en lo que es la ofrenda de amor que es nuestra vida. Todo es cuestión de amor, y de amor verdadero.

lunes, 18 de enero de 2016

La Buena Nueva del Reino de Dios que nos anuncia Jesús nos exige desprendernos de viejas formas de vivir para vivir radicalmente el sentido del Evangelio

La Buena Nueva del Reino de Dios que nos anuncia Jesús nos exige desprendernos de viejas formas de vivir para vivir radicalmente el sentido del Evangelio

1Samuel 15, 16-23; Sal. 49; Marcos 2, 18-22

Cuántas veces nos sucede que tenemos un objeto que apreciamos mucho porque nos ha servido para muchas cosas, o una ropa sea cual sea a la que tenemos mucho cariño, porque es un recuerdo o porque nos gustaba mucho, pero que, sea una cosa u otra, con el paso del tiempo se va deteriorando y aunque tratamos de arreglarla, ponerle remiendos ya se nos hace inservible, pero aún así no queremos desprendernos de ello. Es una imagen que nos puede traducir muchas actitudes que podamos tener ante la vida y ante lo que pueda significar un cambio que nos cuesta aceptar. Como nos cuesta desprendernos de aquella pieza de ropa y buscarnos otra mejor, nos cuestan esos cambios radicales que con el evangelio hemos de hacer en nuestra vida.
Eso viene a decirnos hoy Jesús en el evangelio. La Buena Nueva del Reino que nos anuncia Jesús nos está presentando algo nuevo para nuestra vida. Una Buena Nueva que nos exigirá desprendernos de viejas actitudes o viejas formas de ver el sentido de la vida. ¿Era inservible todo lo que había vivido el pueblo de Israel a lo largo de su historia? En cada momento con sus circunstancias Dios se les había ido manifestando y señalando los caminos que habían de seguir. Pero quizá había que reconocer que con el paso de los años se habían ido acumulando muchas cosas, muchas actitudes, muchas rutinas de las que ahora había que desprenderse. Con cuantas normas y preceptos habían llenado su vida olvidando lo esencial del mandamiento de Dios.
Por eso el primer anuncio que Jesús hacia del Reino iba acompañado de la invitación a la conversión. Había que transformar la vida con lo nuevo que Jesús les anunciaba. De muchas cosas ya inservibles había que desprenderse. Era una renovación total de los corazones, de la vida lo que Jesús estaba pidiendo. No valían apaños, arreglos, remiendos porque la vivencia del Reino de Dios que Jesús anunciaba exigía actitudes nuevas, corazones nuevos.
Venían hoy planteándole a Jesús el problema de los ayunos. No está mal el sacrificio del renunciar en un momento determinado a unos alimentos, mientras no pongamos, por supuesto, en peligro nuestras vidas. Pero eso no era lo esencial para la vivencia de la fe en el Dios que nos salva. Quizá se había puesto tanto empeño en el ayuno, como si el ayuno fuera el que nos iba a salvar, o nos íbamos a salvar por nuestros méritos propios, que se había desvirtuado su sentido. La salvación nos viene de Jesús. Es una gracia, un regalo de Dios que hemos de acoger en nuestra vida, viviendo unas nuevas actitudes. Ese cambio exigiría sacrificios y el sacrificio del ayuno quizá nos enseñase el valor de esos sacrificios nuevos que habíamos de hacer con ese cambio del corazón para buscar lo que en verdad es esencial.
Esa actitud de conversión, de transformación radical de nuestro corazón para vivir en su integridad el espíritu del Evangelio es algo que tiene que seguir estando presente en nuestra vida. Quizá también se nos van acumulando rémoras en nuestra vida que se llena de rutinas que nos impiden caminar con libertad total en los caminos del evangelio. Por eso hemos de dejarnos transformar radicalmente desde lo más hondo de nosotros mismos. Es de lo que nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Es la nueva vida que hemos de vivir cuando de verdad queremos vivir el Reino de Dios.

domingo, 17 de enero de 2016

Que los signos de nuestra vida de cada día manifiesten la gloria del Señor y crezca así la fe de todos los hombres en Jesús

Que los signos de nuestra vida de cada día manifiesten la gloria del Señor y crezca así la fe de todos los hombres en Jesús

 Isaías 62, 1-5; Sal 95; 1Corintios 12,4-11; Juan 2, 1-12
Me atrevería a decir que estos domingos del tiempo ordinario que median hasta que ya pronto este año comencemos la Cuaresma son en cierto modo como una prolongación de las fiestas de la Epifanía que hemos celebrado para concluir la Navidad. La fiesta de la Epifanía fue la manifestación de Jesús por medio de la estrella a los Magos de Oriente como la salvación para todos los hombres; en el pasado domingo escuchábamos la voz del Padre que desde el cielo señalaba a aquel Jesús que salía de las aguas del Jordán como el que está lleno del Espíritu de Dios y en verdad es el Hijo de Dios.
Jesús ahora se nos irá manifestando, dando a conocer para que en verdad crezca más y más nuestra fe en él, como hoy mismo nos dirá el evangelio. Es el Emmanuel, en verdad Dios entre nosotros, que se hace presente, no solo porque se ha encarnado haciéndose hombre, allí donde los hombres están y hacen su vida para descubrirnos así el misterio de Dios escondido desde los siglos y que al manifestarsenos en Jesús vendrá a ser el verdadero sentido y plenitud de la vida del hombre.
Hoy le encontramos, decíamos, allí donde los hombres hacen y viven su vida en las distintas circunstancias de su existencia, y es en este caso en medio de la fiesta de una boda; le contemplaremos en próximos domingos allí donde los judíos se reúnen para escuchar la Palabra y alabar al Creador, o en los distintos momentos de la vida de los hombres con sus sufrimientos o con las inquietudes que anidan en su corazón. Siempre Jesús se nos va a manifestar como esa luz de nuestra vida, aquel en quien vamos a encontrar, como decíamos, sentido y plenitud para nuestra existencia.
Es significativo el evangelio de este domingo, las bodas en Caná de Galilea, no solo para señalarnos con su presencia cómo el amor entre un hombre y una mujer es algo sagrado, que Jesús elevará a la gran categoría de sacramento, de signo del amor que El mismo tiene a su Iglesia, sino que este texto querrá decirnos muchas más cosas.
Vivimos los hombres todo lo que es la belleza de nuestro vivir y más aún cuando se vive en el amor. Es la alegría de la fiesta que se manifiesta en lo que es una boda, signo de lo que ha de ser el sentido que le damos a nuestro caminar, a nuestra vida, valorando toda esa belleza de nuestra existencia. Pero surgen signos y gestos en nuestro relato que pueden ser bien significativos.
Se acabó el vino en medio de la fiesta. Serán los ojos de María los que capten el problema y le necesidad que surge, lo que podría darnos ocasión de muchas más reflexiones. Quedémonos en el hecho. En esa belleza de nuestro caminar por la vida muchas veces nos surgen sombras en los problemas que nos van apareciendo cada día.  Contratiempos en nuestra convivencia que merman la paz de los corazones, carencias que nos afectan en la vivencia de nuestra dignidad de personas - y aquí podemos poner todas las manifestaciones de la pobreza en todos sus aspectos -,  sufrimientos porque aparecen las enfermedades o surgen otras muchas limitaciones que nos pueden hacer perder la estabilidad de nuestra vida, y así podríamos seguir pensando en tantas y tantas sombras que aparecen en la vida de las personas y en la sociedad.
‘No tienen vino’ es la frase de María a Jesús y es la constatación de que la belleza de nuestra vida se nos viene abajo. Pero allí está Jesús, aquí está Jesús que sigue caminando con nosotros en todas las circunstancias de nuestra vida. Siempre decimos Jesús realizó algo extraordinario y asombroso para que no faltara el vino en la fiesta convirtiendo aquellas vasijas llenas de agua en el mejor vino. Pero yo me quedaría en la sencillez del gesto; utiliza Jesús algo tan elemental como es el agua que bebemos cada día y básicamente necesitamos para nuestra subsistencia.
Pero aquella agua se transformó, o mejor aún, transformó la vida de los presentes porque hubo manera de mantener aquella alegría de fiesta del vivir. Es todo un signo sencillo y maravilloso a la vez. Aquel agua se convirtió en un vino mejor. ¿Cómo pudo ser? Allí estaba Jesús. Jesús que viene a darnos ese sentido nuevo de nuestra existencia no pidiéndonos cosas extraordinarias, sino eso que vivimos cada día, pero que seamos capaces de vivirlo en plenitud, pongamos en lo que es nuestra vida la plenitud del amor que es la que dará sentido pleno a todas las cosas. La presencia de Jesús lo transformó todo. Y comenzaron a creer en él a partir de aquel primer signo que Jesús realizó en Galilea, allá en las bodas de aquel pequeño pueblo de Caná.
Es lo que nos está pidiendo Jesús. Vivamos, sigamos viviendo esas cosas normales y sencillas de cada día, donde como decíamos tantas veces van apareciendo tantas sombras, como será nuestra vida familiar, como serán nuestros trabajos, como será todo lo que nuestra convivencia social con nuestros vecinos ahí en la sociedad en la que vivimos. Pero en eso sencillo de cada día tenemos que ser signos, no porque hagamos cosas extraordinarias, vayamos haciendo milagros, sino por el sentido con que vivamos todas esas cosas. Y todas esas sombras se pueden transformar en luz, se transformarán en luz con la presencia de Jesús que nosotros llevamos a nuestro mundo.
Es el sentido que en Jesús encontramos para nuestro vivir que le dará como un lustre nuevo a nuestra vida familiar y a nuestra convivencia con los demás; es el sentido de Jesús que nos hará descubrir ese lugar que nosotros ocupamos en nuestra sociedad a la que hemos de contribuir con nuestro buen hacer, con nuestro compromiso social, con nuestra apertura a los demás. No son cosas extraordinarias, sino las cosas de cada día, como el agua o el vino que bebemos, pero que ahora van a encontrar un nuevo sabor, un nuevo sentido, la sabiduría de Dios que se nos manifiesta en el evangelio.
Sí, sigue siendo en cierto modo Epifanía del Señor, porque el Señor se nos manifiesta como luz, como sentido de nuestra vida, con ese sabor nuevo de la sabiduría del Evangelio. ‘Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él’, terminaba diciéndonos el evangelio hoy. Que los signos de nuestra vida manifiesten la gloria del Señor y crezca así la fe de todos los hombres en Jesús.

sábado, 16 de enero de 2016

Aprendamos del evangelio a ser imagen de la misericordia de Dios con la acogida de corazón que hagamos a todos sin distinción

Aprendamos del evangelio a ser imagen de la misericordia de Dios con la acogida de corazón que hagamos a todos sin distinción

1Samuel 9,1-4.17-19; 10,1ª; Sal 20; Marcos 2,13-17

‘Mira con qué gente se mezcla…’ es lo que piensan y lo que murmuran los fariseos y los escribas que siempre estaban al acecho de lo que hiciera Jesús.
Había llamado a un publicano - ‘Leví, el de Alfeo, que estaba sentado al mostrador de los impuestos’ - a seguirle; ahora estaba sentado a la mesa en su casa rodeado de otros recaudadores de impuestos, amigos y compañeros de Leví en su profesión, pero a los que llamaban publicanos porque los consideraban unos pecadores; entre la gente que habitualmente seguía a Jesús no estaban precisamente los que pudieran considerarse importantes y respetables en aquella sociedad; en un mundo como el entonces en el que también se discriminaba a la mujer, son precisamente ellas las que acompañan a Jesús junto al grupo de los discípulos que se va agrupando y entre ellas estaban aquellas a las que Jesús había perdonados sus muchos pecados a causa de su mala vida o hasta expulsado siete demonios como era María, la de Magdala.
‘¡De modo que come con publicanos y pecadores!’, es el comentario que los escribas y fariseos les hacen a los discípulos de Jesús. Pero es que Jesús quiere contar con todos sin ningún tipo de discriminación. No sé si nosotros habremos aprendido la lección a pesar de los veinte siglos transcurridos. Jesús les dice que el médico es para los enfermos y que El no ha venido a llamar a los que ya se creen justos, sino a los pecadores. Por eso serán los que se sienten débiles, indefensos, discriminados, pecadores los que más pronto se acercan a Jesús.
Y nosotros seguimos haciendo distinciones. ¿Por qué si está tan claro en el evangelio a nosotros nos cuesta tanto actuar a la manera de Jesús? Cuánto nos cuesta acercarnos a aquellos que nos parecen más desarrapados, que nos parece que andan metidos en chanchullos y en drogas. Quizá vamos a la Iglesia y en la plaza nos encontramos esos grupos que por su apariencia nos parecen más indeseables y como pasamos por ellos sin querer ni siquiera mirarlos porque nos parece que nos podemos contagiar de sus miserias.
También nosotros tantas veces nos convertirnos en un grupo de puritanos y gentes que nos creemos buenos y perfectos y en nuestro interior también hacemos nuestros juicios y nuestros desprecios. ¿Es así cómo vivimos el evangelio de Jesús? ¿Es así cómo queremos trasmitir la buena nueva de Jesús a los demás? Hablamos mucho hoy de la necesaria nueva evangelización de nuestro mundo que llamamos cristiano pero tantas veces lejano al evangelio. Comencemos nosotros por dejarnos evangelizar, por dejarnos transformar por la Buena Nueva de Jesús, convirtamos nuestro corazón viendo la enfermedad que llevamos en nuestro interior donde aun no vivimos en toda su plenitud su amor. Aprendamos del evangelio a ser imagen de la misericordia de Dios con la acogida de corazón que hagamos a todos sin distinción
El Señor misericordioso inunde nuestro corazón con su amor para empapados de él seamos en verdad signos de la misericordia del Señor para los demás. 

viernes, 15 de enero de 2016

Rompamos todas las barreras que puedan haber hasta dentro de nosotros mismos que nos impiden acercarnos a Jesús

Rompamos todas las barreras que puedan haber hasta dentro de nosotros mismos que nos impiden acercarnos a Jesús

1Samuel 8,4-7.10-22ª; Sal. 88; Marcos 2,1-12

Por naturaleza nuestra vocación es la comunión y el encuentro, la cercanía y la relación de amistad, el caminar juntos y el ser capaces de tendernos la mano para juntos ser más felices y hacer un mundo mejor. Sin embargo, hemos de reconocer, cuánto nos cuesta; cuántas cosas se nos meten dentro de nosotros que nos alejan, nos aíslan, nos enfrentan. Parece como que pusiéramos barreras entre unos y otros.
Cuántas barreras nos interponemos porque rondan dentro de nosotros nuestros orgullos y resentimientos; cuántas barreras nos ponemos con nuestros prejuicios e ideas predefinidas de los otros; cuántas barreras desde los celos que nos hacen excluyentes o nos vuelven acaparadores de la amistad de los otros impidiendo que otros puedan compartir también esa belleza de la amistad; barreras que nos interponemos con prejuicios y murmuraciones que crean desconfianza; discriminaciones que nos impiden aceptar a otro o lo que el otro nos ofrece; desconfianza que enfría la amistad y la cercanía.
Hoy en el evangelio hemos visto a unos hombres que traen a un paralítico pero no podían llegar hasta Jesús. El gentío se lo impedía. Todos querían, es cierto que quizá con buena voluntad, estar cerca de Jesús para verle, para escucharle, pero de alguna manera se convirtieron en barrera que impedía acercarse a Jesús.
Pero aquellos hombres, con una fe grande que merecerá el beneplácito de Jesús, rompen barreras aunque para ello tengan que romper el techo de la casa para hacer llegar al paralítico a los pies de Jesús. Pero hay otros allí también intentando crear barreras con sus prejuicios y sus desconfianzas. Allí están los que se ponen siempre a una cierta distancia para observar y para juzgar, para criticar y para condenar.
Ya sabemos que con Jesús se rompen todas las barreras y Jesús llegará a nosotros dándonos vida. Aquel hombre salió de la presencia de Jesús no solo sanado de su invalidez física, sino sobre todo sanado y salvado desde lo más hondo, porque para él estaba el perdón de los pecados. Queda claro quien es Jesús que si puede levantar al paralítico de su camilla también puede perdonar los pecados, porque todo es obra de Dios y Dios estaba en El.
Pero quizá convendría reflexionar en este momento con la idea con que comenzábamos. Pensemos por una parte las barreras con que nos encontramos para llegar hasta Jesús que muchas veces están en nosotros mismos porque quizá no somos valientes para dar el paso adelante acercándonos a Jesús y su gracia salvadora; pensemos en las ataduras de nuestra vida, nuestros apegos, nuestras cobardías, nuestro amor propio, nuestra desconfianza, nuestro miedo al qué dirán y así tantas cosas que se interponen desde dentro de nosotros mismos.
Pero pensemos también si acaso nosotros podamos ser obstáculo o barrera para que otros se acerquen a Jesús. Muchas veces los que parece que estamos más cerca quizá por la no congruencia de nuestra vida no somos luz, sino más bien sombra que se interpone. Tenemos que romper quizá muchos moldes personales para que nada nos impida ni impida a los demás llegar hasta Jesús.
Nos es necesario una purificación y un cambio de muchas actitudes puritanas, de autosuficiencia en creernos los mejores o acaso únicos poseedores de la verdad; abajarnos de ese escalón en el que nos subimos para creernos superiores, más merecedores que los otros, para discriminar, para mirar acaso con desconfianza a los que intentan acercarse a Jesús sintiéndose en verdad pecadores. Que nunca seamos obstáculo, barreras que se interpongan y cierren puertas. Nuestra misión de cristianos es llevar el anuncio de la Buena Nueva de Jesús a todos y ayudar a que todos puedan sentir el gozo de la fe y de sentirse inundados del amor de Dios.
Cuidado que dentro de la misma Iglesia tantas veces podemos encontrar esas barreras porque no siempre somos signos de la misericordia de Dios para todos.