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sábado, 14 de septiembre de 2013

La cruz es el gran signo de la esperanza del Reino

Núm. 21, 4-9; Sal. 77; Filp. 2, 6-11; Jn, 3, 13-17
Hoy levantamos los ojos a lo alto. Como una enseña gloriosa, como una bandera signo de nuestras victorias se levanta ante nuestros ojos la cruz. Ya no es para nosotros un patíbulo ignominioso sino una enseña gloriosa. Para el pueblo cristiano se levanta en alto la cruz que es el gran signo de la esperanza del Reino.
Cada uno en su patria tiene su bandera que es para él signo glorioso del país al que pertenece y se siente orgulloso de su bandera siendo como un faro que le guía en su caminar o como sombra bajo la que se cobija en esos duros caminos de la vida. La Cruz es nuestra bandera, el gran signo de nuestra pertenencia al Reino.
‘Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo; en El está nuestra salvación, vida y resurrección; El nos ha salvado y liberado’, así comenzábamos nuestra celebración proclamando. Así hemos de llevar siempre con nosotros la cruz como la señal del Reino al que pertenecemos, que queremos vivir, en el que se nos ha introducido cuando en la cruz hemos sido redimidos.
Contemplamos  nosotros la cruz que de patíbulo ignominioso para el cristiano se ha convertido en signo glorioso de vida y de esperanza. Mirar a la cruz de Cristo, es la Cruz que hoy miramos con toda veneración, es mirar su amor y su entrega, el sufrimiento de su pasión y el camino de vida en el que para nosotros comenzó la redención y la salvación.
Jesús anunciaba el Reino nuevo de Dios. En su muerte en la cruz y en su resurrección llegó a su consumación. Cuando seguimos las páginas del evangelio vemos como progresivamente va anunciando el Reino con su Palabra, con su presencia, con las señales del Reino que nos iba dejando en los milagros que iba realizando.
Unos le escuchan y le siguen llenos de esperanza en la Buena Nueva que va anunciando; otros se resistirán y se opondrán a ese mundo nuevo que Jesús quiere realizar para que vivamos el Reino de Dios. Los corazones se han de ir transformando para aceptar y acoger el Reino que Jesús viene a instaurar, pero el pecado sigue pesando en el corazón de los hombres, el pecado que nos había apartado y alejado del camino de la voluntad de Dios.
Era necesaria una renovación total de la vida, por eso Jesús invitaba a la conversión, pero es que además El venía a traernos el perdón que llenara de paz nuestros corazones y nos impulsara a vivir esa vida nueva en los valores del Reino. Había anunciado una amnistía total, el año de gracia del Señor. Y ese año de gracia del Señor iba a tener su culminación en la cruz, porque allí seríamos redimidos y alcanzaríamos el perdón.
Por eso, para los que creemos en El y le seguimos queriendo vivir ya lo que nos anunciaba en la Buena Nueva del Evangelio, cuando contemplamos la cruz de Jesús lo contemplamos como signo de victoria, de gloria, de esperanza porque el Reino de Dios ya ha comenzado con la muerte de Jesús en la cruz en la que nos ha redimido para siempre.
Hay quienes ante el dolor y el sufrimiento que nos representa la cruz sienten una cierta repugnancia, porque siempre rehuimos el dolor. Nos cuesta quizá entender el sentido redentor que puede tener nuestro dolor y nuestro sufrimiento cuando sabemos hacer de él una ofrenda de amor.
Recuerdo en una ocasión a una madre que visitaba una Iglesia con su niño pequeño y rehuía detenerse con el niño cuando pasaba ante un altar donde estuviera un Crucificado; tenia como miedo a que el niño contemplara lo que fue el sufrimiento de Jesús en la cruz, porque le parecía cruel y eso podía dañar la sensibilidad del niño. Qué lástima que aquella persona no hubiera comprendido cuanto de amor y de vida hay en la cruz de Jesús. No recordaba quizá aquellas palabras de Jesús que nos hablan de que no hay amor más grande que el de que da la vida por aquellos a quienes ama.
Y eso hizo Jesús en la cruz, dar la vida porque nos amaba; la cruz para nosotros es el gran signo del amor, la gran señal de la esperanza que se despierta en nuestro corazón cuando contemplamos el amor de Dios, porque tenemos esperanza de salvación, tenemos esperanza de poder construir el Reino de Dios día a día ahora mientras caminamos peregrinos por este mundo, pero tenemos esperanza de poder vivirlo en plenitud.
‘No olvidéis las acciones del Señor’, repetimos en el salmo. No podemos olvidar las acciones del Señor, no podemos olvidar el amor de Dios que se nos manifiesta en la cruz de Cristo. Por eso celebramos con gozo grande esta fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que en nuestra tierra tan unida está a la celebración de la fiesta de Cristo en las diversas imágenes de nuestra devoción en nuestros pueblos. Porque claro, nunca podremos separar la cruz de Cristo. Por eso le llamamos el Crucificado, aunque sabemos que está vivo, que El resucitó vencedor de la muerte y que a nosotros nos llena de vida para siempre.
No olvidamos las acciones del Señor y vamos recordando también la gracia del Señor que se manifiesta y se derrama en nosotros en nuestros sufrimientos y dolores, en esa cruz nuestra de cada día de la que hemos de saber hacer ofrenda de amor al Señor. Recordamos que El nos invita a seguirle y seremos en verdad sus discípulos si cargamos con la cruz nuestra de cada día para irnos con El. No la podemos rehuir, sino todo lo contrario hemos de saber descubrir el caudal de gracia y de vida que llega a nosotros a través de esa cruz que asumimos y llevamos con Jesús.
Mírate a ti mismo con esa cruz de tu vida, de tu dolor, de tu enfermedad, de tu sufrimiento, de las limitaciones y discapacidades que puedan ir apareciendo en ti por la enfermedad o por los años de tu ancianidad, y considérate un agraciado del Señor. Sí, eres un agraciado del Señor; nos cuesta aceptarlo; pero ahí está la gracia del Señor que se derrama abundantemente en tu vida a través de esa cruz que tienes que llevar. Dios está contigo y su gracia abundante no te falta. Muchos han sabido llegar a encontrarse con Dios y de una forma maravillosa precisamente en ese camino de la cruz. Hay una llamada del Señor a tu corazón.
Por eso lleva la cruz con gallardía, con orgullo de poder ir al lado de Jesús que va cargando su cruz, pero que al mismo tiempo va siendo Cireneo que te ayuda a llevar la tuya. En la esperanza que anima nuestra vida desde la confianza total que hemos puesto en El, sé capaz de llevarla incluso con alegría y con mucha paz en tu corazón. Es lo que con fe podemos descubrir y vivir; es a lo que hoy nos está invitando el Señor. Por eso, para el cristiano la cruz es signo de la esperanza del Reino.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Los caminos de humildad y comprensión manifiestan la grandeza de nuestro espíritu

1Tim. 1, 1-2.12-14; Sal. 15; Lc. 6, 39-42
Solo los ojos limpios descubren la luz y a la luz de Jesús, el único Maestro, toda sentencia condenatoria se hace imposible. Ojalá descubramos esa luz, nos llenemos de esa luz. Creemos tener la luz, pero muchas veces estamos a oscuras, cuando no nos hemos encontrado con Cristo de verdad.
Si en verdad estuviéramos iluminados con la luz de Jesús nuestra mirada sería distinta, sería limpia, estaría llena de amor, aprenderíamos en verdad a ser comprensivos con los demás, seríamos humildes, seríamos en verdad constructores de vida, nuestras relaciones mutuas estarían siempre llenas de comprensión y armonía y nunca tendríamos juicios condenatorios hacia los demás.
Somos fáciles para juzgar y para condenar; somos muy dados a ver con mucha facilidad las cosas negativas de los demás, pero cuánto nos cuesta reconocer las nuestras. Quizá somos más exigentes con los demás que con nosotros mismos; lo que sabemos que tendríamos que exigirnos a nosotros mismos se lo exigimos a los demás.
La falta de comprensión hacia los demás denota la pobreza de nuestro espíritu, la mezquindad que anida en nuestra alma, porque si tuviéramos la humildad de reconocer nuestras propias debilidades seríamos más comprensivos con los otros y nunca seríamos exigentes con dureza de corazón.
Los caminos de la sencillez y de la humildad son los que construyen autenticas y verdaderas relaciones humanas entre unos y otros y son los que a la larga mostrarán la grandeza de nuestro espíritu y los que de verdad van a crear un mundo mejor por más humano y más justo. Desde la prepotencia de considerarnos siempre justos y santos lo que creamos son apariencias e hipocresía en nuestras mutuas relaciones mostrándonos intransigentes e insensibles antes los problemas o debilidades de los demás.
Por eso nos ha dicho hoy Jesús ‘¿acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿no caerán los dos en el hoyo?’ Eso que podría valer desde la práctica de la vida en el caso de los invidentes, sin embargo en las palabras de Jesús quiere decirnos algo más hondo. Se trata de una ceguera más profunda que la falta física de visión a lo que se refería Jesús. Ciegos somos no solo por la falta de visión del sentido de los ojos, sino cuando el mal se ha metido dentro de nosotros llenando de malicia el corazón. Qué difícil le va a ser a una persona así, con esa malicia en el corazón, poder tener una visión positiva de las cosas o de los demás para ayudarte a que tú también tengas esa visión positiva.
Por eso nos pide Jesús que nos limpiemos primeros nuestros ojos, y ya sabemos a qué ojos se está refiriendo, porque la suciedad que hay en ellos que hay en nuestro corazón nos impedirá ver con claridad. ‘Sácate primero la viga de tu ojos y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano’. Pero cuando somos humildes, nos damos cuenta de cuantos errores hemos cometido en la vida, en cuantas cosas hemos tropezado y sin embargo hemos sido capaces de levantarnos para corregirnos, para enmendar nuestra vida, eso nos enseñará a ser humildes en el trato con los demás.
Pidamos esa luz de Jesús que nos ilumine, que nos arranque de tantas tinieblas en las que nos vemos envueltos tantas veces en la vida. No nos creamos tan justos que digamos que nosotros nunca cometemos errores, tenemos fallos. Eso sería una ceguera terrible que se nos estuviera metiendo en la vida.
Vayamos con humildad hasta Jesús dejándonos iluminar por El, y dejarnos iluminar es dejarnos enseñar, aceptar la corrección que su Palabra va haciendo de nuestra vida, dejarnos conducir por su Espíritu que nos habla allá en nuestro interior pero cuya voz puede llegarnos también de quienes están a nuestro lado para orientarnos, para caminar con nosotros, para decirnos una buena palabra, para alentarnos en ese camino de nuestra vida en el que con tantas dificultades nos encontramos en tantas ocasiones.

La Iglesia con su Magisterio esta a nuestro lado y a través del ministerio de nuestros pastores va señalándonos la senda buena que hemos de recorrer. Escuchemos la voz de la Iglesia que el Espíritu está siempre presente en ella y se nos manifiesta de muchas maneras.

jueves, 12 de septiembre de 2013

El nombre de María está lleno de divina dulzura

Eclesiástico, 24, 17-22; Sal.: Lc. 1, 46-55; Lc. 1, 26-38
‘Y el nombre de la joven era María…’ nos dice el evangelista. Hoy nos gozamos en esta fiesta de María. El pasado 8 de septiembre se celebraba la natividad de la Virgen María, y a los pocos días la liturgia nos ofrece esta posibilidad de celebrar el santo nombre de María. Nos llenamos de gozo al celebrar a María, la boca se nos llena de dulzura al pronunciar su santo nombre y desde los más hondo de nosotros mismos queremos cantar la alabanza del Señor que en María nos ha dado tal madre que nos ama y nos protege y solo pronunciar su nombre nos aleja de los peligros porque es segura siempre su protección maternal.
Cuando ella cantaba al Señor reconociendo y dando gracias por las obras maravillosas que Dios en ella realizaba proféticamente, podríamos decir, anunciaba esta alabanza que en su honor cantar todos los pueblos y a través de todas las generaciones. ‘Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho cosas grandes en mí el Poderoso: su  nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’.
María bendice al Señor, ‘su nombre es santo’, porque cuando en ella realiza tales maravillas se está manifestando la misericordia del Señor para todos los hombres. A través de María, porque Dios quiso fijarse en ella, nos llega aquel en cuyo nombre alcanzamos la salvación. ‘No hay otro nombre que pueda salvarnos, y ante el nombre de Jesús toda rodilla se dobla en el cielo, en la tierra y en el abismo y toda lengua proclama Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre’.
Pero como proclamaremos en el prefacio de esta fiesta ‘el Señor ha querido con amorosa providencia que también el nombre de María estuviera con frecuencia en los labios de los fieles’. Es el nombre de la madre y para un hijo no hay nombre más dulce que el de su madre. San Alfonso María de Ligorio en su libro ‘las glorias de María’ nos ofrece unas hermosas consideraciones en torno al nombre de María recogiendo lo que tantos santos a lo largo de los tiempos han dicho de manera hermosa del nombre de María.
‘El nombre de María está lleno de divina dulzura’, dice un autor, ‘es alegría para el corazón, miel en los labios y melodía para el oído de sus devotos’. Y al hablarnos de esa divina dulzura que destila del nombre de María nos dice que quiere hablarnos ‘de la dulzura saludable, consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que da este nombre para quienes lo pronuncian con fervor’.
Al hablarnos de ello nos quiere explicar como pronunciar el nombre de María nos hace sentir una alegría honda y especial en nuestro corazón porque nos está recordando por una parte el amor del Señor que se manifiesta en María - ‘su misericordia se manifiesta a sus fieles de generación en generación’ - pero al mismo tiempo despierta en nosotros unos nuevos sentimientos de amor. Así recoge lo que decía san Bernardo: ‘Oh excelsa, oh piadosa, o digna de toda alabanza Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y tan amable, que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a ti y a Dios; y solo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansias de amarte’.
Nombre de María, lleno de gracias y de bendiciones para quienes lo invocan, consuelo para el afligido y que nos pone en camino de salvación al que de él se había apartado, que conforta a los pecadores y llena de esperanza de salvación sus corazones. Con el nombre de María en nuestros labios nos sentimos fortalecidos frente a la tentación y podríamos recordar aquí cómo la invocamos en las letanías: ‘Torre de David, Torre de marfil, Casa de oro, Arca de la Alianza, Puerta del cielo, Estrella de la mañana, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consoladora de los afligidos, Auxilio de los cristianos…’ en las que expresamos esa fortaleza y protección que con María a nuestro lado sentimos.
Así nos explica que como el respirar es señal de vida, así invocar con frecuencia el nombre de María es señal o de que se vive en gracia de Dios o de que pronto se conseguirá; porque este nombre poderoso tiene fuerza para conseguir la vida de la gracia a quien devotamente lo invoca. En suma, este admirable nombre es, como torre fortísima en que se verán libres de la muerte eterna, los pecadores que en él se refugien; por muy perdidos que hubieran sido, con ese nombre se verán defendidos y salvados’.
Así que, aprovechemos siempre el hermoso consejo de san Bernardo: ‘En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María. Que no se te caiga de los labios, que no se te quite del corazón’. En suma, llega a decir san Efrén, que ‘el nombre de María es la llave que abre la puerta del cielo a quien lo invoca con devoción’. Por eso tiene razón san Buenaventura al llamar ‘a María “salvación de todos los que la invocan”, como si fuera lo mismo invocar el nombre de María que obtener la salvación eterna’. ¿No la invocamos en las letanías como puerta del cielo?
Muchas más cosas podríamos seguir meditando del santo y dulce nombre de María. Gocémonos en su dulzura, llenémonos de su amor, sintámonos bendecidos de Dios cuando así ha querido dárnosla por madre. La contemplamos, como diremos en el prefacio, como estrella luminosa y la invocamos como madre en los peligros y en las necesidades acudimos seguros a ella.
Amemos a María. Que no falte nunca su santo nombre de nuestros labios. Ella siempre  es intercesora amorosa por nosotros y nunca nos sentiremos defraudados porque ella siempre  nos llevará a Jesús y nos alcanzará como Madre mediadora la gracia de Jesús.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Los pobres son evangelizados y de ellos es el Reino de los cielos

Col. 3, 1-11; Sal. 144; Lc. 6, 20-26
Ayer escuchábamos que cuando ‘Jesús bajó del monte con los doce, se paró en el llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y Sidón, que venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades’. Hoy se nos dice que ‘levantando los ojos hacia los discípulos’ les anuncia que serán dichosos y bienaventurados. Hace el anuncio de las Bienaventuranzas del Reino.
Cuando comenzó su predicación y se presentó allá en la sinagoga de Nazaret proclamó aquel texto de Isaías que hablaba del que venía ungido del espíritu para anunciar la Buena Nueva a los pobres y que los que sufrían y estaban esclavizados serían liberados porque llegaba el año de gracia del Señor. Es lo que se está cumpliendo por eso llamará dichosos y bienaventurados a los pobres y a los que sufren, a los que lloran y a los que son proscritos por los hombres por causa del Hijo del Hombre. De ellos es el Reino de los cielos y su pobreza y sufrimiento se transformará en gozo y plenitud profunda en la vida, y la recompensa será grande en el cielo.
¿Quiénes son los que siguen a Jesús y le escuchan y se llenan de su salvación? Aquellos que nada tienen y ahora ponen toda su confianza en el Señor. Han escuchado la Palabra de Jesús anunciando el Reino de los cielos y sus corazones se han llenado de esperanza. Reciben, sí, como una Buena Nueva, como una gran noticia de salvación la Palabra de Jesús. Se despierta la fe en sus corazones porque a nada lo tienen apegado. Desde la pobreza y el sufrimiento han escuchado el mensaje de alegría y esperanza del Evangelio de Jesús.
Será a los pobres y a los sencillos a quienes el Padre les revela allá en sus corazones los secretos del Reino de Dios; los que se creen sabios y satisfechos en sí mismos no podrán comprender ese misterio que se les revela. Recordamos otro momento del evangelio donde Jesús da gracias al Padre que se revela a los pequeños y a los sencillos, mientras se oculta a los sabios y entendidos.  
Ya hemos venido escuchando en el evangelio de cada día la oposición que Jesús va encontrando en aquellos que se creen seguros de sí mismos y no quieren aceptar la novedad del mensaje de Jesús. Se han creado un estilo de religión a su medida y todo serán pegas a lo nuevo que Jesús viene revelándonos. Le rechazan e incluso maquinarán contra Jesús queriendo quitarlo de en medio. ‘Ay de vosotros los ricos… los que ya estáis saciados… ya tenéis vuestro consuelo… haréis duelo y lloraréis…’ anuncia Jesús.
Y como el discípulo no es mayor que su maestro Jesús ahora nos anuncia que lo mismo que hicieron con El nos puede pasar a nosotros y si a El lo persiguieron hasta llevarlo hasta la cruz, los discípulos también serán perseguidos por la causa del Reino de los cielos porque también ponemos toda nuestra fe en Jesús como nuestro único salvador. ‘Dichosos vosotros cuando os odien los hombres y os excluyan e insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo’.  
Leía estos días las declaraciones de un actor de nuestro tiempo y español, que había adquirido cierta fama por su participación en series de televisión - ‘7 vidas’ -, que ahora se ve proscrito porque se ha manifestado públicamente como católico. ‘He perdido oportunidades por ser católico’, confiesa. No le ha importando que se le cierren muchas puertas, porque como dice él, otras se le abrirán, pero es fiel a su fe y a sus convicciones religiosas y cristianas.
Escuchemos nosotros con fe esta Palabra de Jesús que conforta nuestros corazones y nos llena de esperanza. Venimos hasta Jesús desde nuestra pobreza y nuestra pequeñez, con nuestros sufrimientos y con nuestras limitaciones, con nuestra vida marcada también por el pecado porque así sentimos la mayor pobreza de nuestra vida que es nuestro pecado y nuestra fe débil en tantas ocasiones.

Abramos bien los oídos de nuestro corazón y sintamos esa paz que llena nuestro corazón cuando estamos con Jesús y dejémonos transformar por su Espíritu; la gracia de Dios llena nuestros corazones y nos hace renacer a nueva vida. Que nos manifestemos también valientemente como testigos de esa fe que anima nuestra vida sin temor a lo que puedan pensar de nosotros o nos puedan decir. Somos testigos del amor de Dios y eso no lo podemos callar.

martes, 10 de septiembre de 2013

Queremos tocar a Jesús con nuestra oración para llenarnos de su vida

Col. 2, 6-15; Sal.144; Lc. 6, 12-19
‘Subió a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios’. Lo vemos repetidas veces en el evangelio y es bueno que nos detengamos a contemplar esa escena. Todo tiene que estar en referencia a Dios, porque El es el primero, hemos reflexionado estos días. Así contemplamos a Jesús y el evangelista nos lo resalta sobre todo en momentos de especial trascendencia. Este es uno de esos momentos. Cómo tendríamos que aprender.
‘Cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogiendo a doce de ellos y los nombró apóstoles’. A continuación el evangelista nos da la relación de los doce Apóstoles. Allí están todos los que le siguen, pero de entre ellos escoge a doce. Son los que van a estar más cerca de El porque a ellos les va a confiar una misión especial. ‘Los nombró apóstoles’, es decir, enviados. A ellos de manera especial los enviará en su nombre por todo el mundo. Ahora, sin embargo, van a estar en una especial cercanía. Le veremos como a ellos los instruye de manera especial; se los lleva aparte en muchas ocasiones.
Pero seguimos con el texto del evangelio. ‘Bajó Jesús del monte con los doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo…’ Allí han venido de diversas partes, de toda Palestina, porque los hay también de Judea y Jerusalén, pero hay también de más allá, porque los hay ‘de la costa de Tiro y de Sidón’, al norte, al borde del Libado y del mar mediterráneo.
‘Venían a oírlo y a que lo curara de sus enfermedades…’ Allí está Jesús, Palabra viva de Dios, trasmitiendo el mensaje de la salvación, la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo que seguiremos escuchando en los próximos días es paralelo al texto del sermón del monte que nos narraba san Mateo. Pero también se están realizando las señales del Reino. ‘Los atormentados por espíritus inmundos eran curados’. Jesús que vence el mal; van apareciendo las señales del Reino de Dios que llevará a plenitud en su muerte y resurrección.
‘Y la gente trataba de tocarlo, porque salía de El una fuerza que los curaba a todos’. Jesús es la Vida y la Salvación; el encuentro con Jesús nos llena de esa vida y de esa salvación. El evangelista nos lo expresa de esa manera, diciéndonos que todos deseaban tocarlo para llenarse de esa fuerza de Dios, de esa vida de Dios. Recordemos el caso de la mujer de las hemorragias que pensaba que con solo tocar la orla de su manto se llenaría de vida y salud; y así fue.
Quizá nosotros ahora también, mientras estamos en este encuentro con Jesús de nuestra Eucaristía y escuchando su Palabra, sentimos esos mismos deseos; queremos tocar a Jesús, porque queremos llenarnos de su vida. ¿No tendremos nosotros la oportunidad de hacerlo como lo hacía la gente que estaba a su lado entonces?
Sí podemos hacerlo; claro que podemos acercarnos a Jesús y tocarlo para llenarnos de vida. Vayamos al principio de este texto y de nuestra reflexión de hoy. Contemplábamos a Jesús orando a Dios. Ahí tenemos el medio y la forma; con nuestra oración podemos sentirnos inundados de esa vida de Dios, porque en fin de cuentas nuestra oración es inundarnos de su presencia. Lo tenemos en la oración como lo tenemos en toda celebración de los sacramentos. Hagamos en verdad de nuestra oración ese sentirnos llenos e inundados de la presencia de Dios.
Cómo tenemos que aprender a saborear nuestra oración, sintiendo de verdad la presencia de Dios. Qué importante la oración para nuestra vida. Cuidemos nuestra oración. No nos reduzcamos a repetir fórmulas aprendidas de memoria. Siempre decimos cómo  no podemos iniciar nuestra oración sin detenernos a hacer un acto de fe en la presencia de Dios.
Esa señal de la cruz con que iniciamos nuestras oraciones hemos de hacerlo con toda devoción, con toda fe, dándonos cuenta de cómo estamos invocando a Dios, invocando su presencia, la presencia de la Santísima Trinidad ante quien nos postramos en adoración profunda desde lo más hondo de nosotros mismos. Y esto no lo podemos hacer si lo hacemos a la carrera, sin fijarnos bien en lo que hacemos y decimos. Nunca las prisas fueron buenas en las cosas que queremos hacer en la vida con toda intensidad y nunca las carreras en nuestros momentos de oración son buenos porque terminaremos de una forma rutinaria y no siendo conscientes de la presencia de Dios en nosotros que nos llena de vida y de salvación.

Sintamos, sí, cuando estamos en oración que estamos como queriendo tocar a Dios, y Dios toca nuestra vida y nuestro corazón llenándonos de su vida.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Sembremos buenas semillas siendo positivos en nuestro pensamiento y en nuestra intención

Col. 1, 24-2, 3; Sal. 61; Lc. 6, 6-11
Lo que se plantean los letrados y los fariseos de estar acechando a Jesús para ver si curaba un sábado y que esto fuera motivo para estar cavilando qué hacer con Jesús quizá no sean planteamientos que hoy nosotros consideráramos lógicos ni usuales. Realmente lo que Jesús realizó de curar a un hombre de su mal, la parálisis de su brazo, nos puede parecer que entra dentro de lo normal porque en fin de cuentas es hacer el bien.
¿Qué es lo que estaba haciendo Jesús? simplemente manifestándonos lo que es su amor compasivo y misericordioso, el corazón compasivo y misericordioso de Dios. Ante El estaba un hombre con su sufrimiento, con sus limitaciones, con su brazo paralítico e inmediatamente se manifiesta el amor del Señor, curándolo. No entienden aquellos letrados y fariseos lo que Jesús hace, porque es un sábado, pero Jesús les hace la pregunta ¿Qué es lo que esta permitido o  no permitido un sábado? ¿hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ En su legalismo su corazón se ha cerrado al amor y no entienden lo que Jesús hace, curar aquel hombre de su limitación.
Ya sabemos que todo arrancaba de su concepción religiosa de la vida y de su manera de interpretar el cumplimiento de la ley del Señor que prescribía el descanso sabático prohibiendo cualquier tipo de trabajo. Pero, más allá de ese cumplimiento o no de las estrictas leyes, en el fondo nos damos cuenta de su no aceptación de Jesús y de su mensaje evangélico. La trasformación que Jesús pedía para el corazón de quien aceptase su mensaje, era algo que parecía no entrar en sus planes. De ahí sus maquinaciones, sus sospechas y desconfianzas, actitudes bien negativas que ennegrecen el corazón porque lo que están haciendo es poner malicia dentro de nosotros.
Creo que por ahí podría ir nuestra reflexión. Cuántas desconfianzas, sospechas y recelos tenemos en ocasiones en nuestra relación con los demás. Es una tentación fácil que nos acecha y que hemos de estar bien prevenidos para no caer en sus redes.
Nos cuesta aceptar a los otros y muchas veces porque quizá nosotros no somos capaces de tener buen corazón somos desconfiados de los demás, vemos quizá o malas intenciones o doble sentido en lo que los otros hacen y eso crea dentro de nosotros un enfriamiento en nuestra relación que terminará distanciándonos y viendo mal en el otro donde realmente no lo hay. Como nosotros hemos dejado meter la malicia en nuestro corazón, entonces siempre estaremos viendo malicia en el corazón de los otros. Una sospecha llena de desconfianza estropeado una amistad; es más, podemos decir que es un síntoma claro de esa falta de amor.
Muchas veces nos cuesta la convivencia, la relación con los otros. Y mucho más nos cuesta cuando tenemos actitudes negativas en el corazón. Es necesario que seamos capaces de ser positivos; y ser positivo es pensar siempre lo bueno y alejar de nosotros el mal deseo; ser positivo es pensar bien del otro y de la buena intención con que actúa; pensar en positivo es ser capaz de descubrir el amor y las cosas buenas que hacen los demás; pensar positivo es quitar la malicia de nuestro corazón para tener unos ojos limpios que no vean nunca malicia en los demás y en lo que hacen; pensar en positivo es creer en las personas, creyendo que aunque hayan cometido errores en la vida - todos los cometemos - son capaces, sin embargo, de enmendarse y de cambiar.

Cuántas veces decimos que queremos que nuestro mundo sea mejor. Comencemos por tener actitudes positivas en nuestra relación con los demás y estaremos sembrando buenas semillas que transformen nuestro mundo.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Condiciones para ser discípulo de Jesús

Sab. 9, 13-18; Sal. 89; Filemón, 9-10.12-17; Lc. 14, 25-33
‘¿Quién conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? ¿quién rastreará las cosas del cielo? ¿Quién conocerá tu designio si tú no le das sabiduría, enviando tu santo espíritu desde el cielo?’ Eran las preguntas que se hacía el sabio del Antiguo Testamento. Es lo que en el fondo nos preguntamos y pedimos cuando nos acercamos al Señor y queremos conocer su voluntad. Es la súplica, la oración que hemos de tener en nuestro corazón cuando venimos a escuchar su Palabra.
No acudimos a la Palabra de Dios buscando conocimientos o ciencias humanas; no buscamos la erudición de querer saber cosas ni el que tiene que explicar la Palabra del Señor a los demás ha de buscar simplemente explicaciones humanas, sino tratar de descubrir lo que el Señor quiere decirnos, lo que nos pide manifestándonos su voluntad. Por ello, esa ha de ser nuestra oración, invocar el Espíritu divino que nos dé esa sabiduría. Es lo que humildemente pido al Señor cuando me pongo a reflexionar sobre la Palabra para descubrir lo que el Señor quiere que os trasmita en mi reflexión. Siempre intento acercarme a la reflexión sobre la Palabra es un espíritu de fe y de oración.
Hemos escuchado en el evangelio que, mientras Jesús va subiendo a Jerusalén, mucha gente iba haciendo el mismo camino con El. ‘Mucha gente acompañaba a Jesús’, nos dice el evangelista. Pero, ¿serán en verdad todos discípulos, gente que quiere seguir a Jesús? Es lo que quiere plantear, cómo ser su discípulo. Es lo que trata de explicar Jesús. Hasta tres veces repite en lo que hoy le hemos escuchado ‘no puede ser mi discípulo’, si no se atiene a las exigencias que Jesús plantea. En la experiencia del evangelio vemos que muchos le escuchan, le aclaman en determinados momentos, pero pocos serán los que de verdad siguen y aman a Jesús hasta el final. A los propios discípulos más cercanos incluso les costó mucho y cuando llegó el momento de la pasión por allá andaban desorientados y hasta escondidos con miedo.
Y es que ese camino de seguir a Jesús hay que tomarselo en serio. No es seguirle porque todos le siguen; no es que soy cristiano porque aquí siempre todos hemos sido cristianos, todos estamos bautizados desde chiquititos. Es una decisión muy personal que hemos de tomar tras la invitación de Jesús a seguirle; una decisión personal y muy reflexionada. Hemos de saber bien lo que significa ser discípulo de Jesús, lo que comprende el ser cristiano. No se trata de dejarnos llevar, sino haber descubierto bien lo que Jesús significa para nosotros y lo que nos plantea el evangelio que ha de ser nuestra vida.
Para que lo entendamos Jesús nos propone dos pequeñas parábolas. La del hombre que quiere construir la torre o la del que va a hacer la guerra. Ha de detenerse previamente a reflexionar si podrá acabar la torre porque tiene todos los elementos necesarios; si podrá enfrentarse al enemigo porque tiene las armas y los ejércitos necesarios y suficientes para poder hacerlo. No sea que eche los cimientos y no pueda acabar la torre, o tenga que enviar legados para pedir condiciones de paz.
Tres cosas nos dice Jesús que son importantes y que tenemos que tener bien en cuenta. No se trata de renunciar sin más, porque además seguir a Jesús, ser cristiano no es cuestión simplemente de renunciar como si todo fuera malo; podríamos decir, que se trata de poner las cosas en su sitio. Queremos seguir a Jesús porque queremos vivir en el Reino de Dios - recordemos que ese fue su anuncio primero - y vivir el Reino de Dios tiene sus exigencias.
Además, si decimos Reino de Dios, es porque estamos reconociendo que Dios es nuestro único Señor, nuestro único Rey; nada tendría que estar por encima o ser primero. Es la primera de las exigencias, que el reconocimiento de Dios, el amor de Dios sea lo primero y todo lo que luego tengamos que vivir en nuestra realidad humana lo vivamos en esa referencia de Dios. No nos dice que no tengamos que amar al padre o a la madre, al hermano o la hermana, a la mujer o al marido, ni que no tengamos que amarnos a nosotros mismos. Muchas veces cuando interpretamos estas palabras de Jesús parece como si dijeramos que no podemos amar a los demás porque de lo contrario no seríamos discípulos de Jesús. Lo que nos está diciendo es ‘posponer’, porque el primer lugar es para Dios, y desde ese amor que le tenemos a Dios poniéndolo verdaderamente como centro de nuestra vida surge necesariamente el amor que le tengamos a los demás.
Fijémenos en las palabras de Jesús: ‘Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre o a su madre, a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mio’. Repito no nos dice que no los amemos, ni nos amemos a nosotros, sino que el amor primero, que luego será fuente de todo amor, es el amor que le tenemos a Dios. En el mandamiento del amor nos dirá o que amemos a los demás como nos amamos a nosotros mismos, o como nos ama Dios.
Luego nos dirá que ‘quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mio’. ¿Qué significa eso? No es llevar la cruz de Jesús, que ya también nos invitará a llevarla cuando por amor nos demos por los demás, sino llevar su propia cruz. Y llevamos la cruz detrás de Jesús, siguiendo a Jesús. Llevemos la cruz que podemos pensar en la vida dura a la que tenemos que enfrentarnos cada día; podemos pensar en nuestras responsabilidades y trabajos, aunque muchas veces se nos puedan hacer duros; podemos pensar en la cruz del sufrimiento, la enfermedad, los problemas a los que tenemos que enfrentarnos; podemos pensar, sí, en esa cruz del hermano que tratamos desde nuestro amor como buen cireneo ayudarsela a llevar.
No podemos rehuir la cruz, porque no podemos dejar de asumir la vida con sus problemas o con sus responsabilidades, con el esfuerzo de superación que hemos de vivir cada día o con esa ofrenda de amor que seremos capaces de hacer por los demás. En ese camino, con esa cruz, siguiendo detrás de Jesús, caminaremos somos sus discípulos. En el tenemos el ejemplo y la motivación.
En la tercera cosa que nos señala sí tenemos que aprender a valorar lo que verdaderamente es importante en la vida y nunca ninguna cosa material podemos convertirla en dios, en ídolo de nuestra vida. Aquí sí que nos habla de renuncia, porque no podemos servir a dos señores, como nos dirá en otro lugar del evangelio. No podemos servir a Dios y a las riquezas. Por eso, ‘el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío’.
Es necesario, pues, hacer una valoración; es cierto que tenemos que valernos de medios materiales en ese necesario uso e intercambio de lo que tenemos para buscar siempre una subsistencia y una vida digna. Pero no podemos ser esclavos del dinero; es más tenemos que darle una buena función a eso que tenemos para que nuestro tesoro no sean esos bienes materiales sino que en verdad lo depositemos en el cielo.
Por eso lejos de nosotros toda avaricia y toda codicia que nos encierre en nosotros mismos y nos esclavice bajo el dominio de la ambición por las cosas materiales y por las riquezas. Ya nos lo enseña en muchos lugares del evangelio. Recordemos lo que le pedía al joven rico que le preguntaba lo que había de hacer para alcanzar la vida eterna. Por eso, renunciar para despojarnos de esos apegos, pero para ponerlo en función también del bien que podamos hacer a los demás desde nuestro compartir generoso.
Queremos caminar con Jesús, queremos ser sus discípulos. Es algo serio que no podemos hacer de cualquier manera. Qué importante que nos vayamos empapando cada día más del mensaje y del espíritu del Evangelio. Qué importante también el que pidamos ese espíritu de sabiduría para conocer el designio de Dios.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Aprendamos a saborear la ley del Señor llenando nuestro corazón de paz

Col. 1, 21-23; Sal. 53; Lc. 6, 1-5
Un simple gesto como estrujar unas espigas para comer unos granos, como quien coge cualquier fruta que esté en un árbol junto al camino, y vemos los comentarios y reacciones que se produjeron en los fariseos. Era sábado y aquello podía considerarse como romper el descanso sabático, como si el descanso sabático estuviera reñido con el bien del hombre. ‘¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?’, les preguntan. Y ya vemos la respuesta de Jesús en que se manifiesta como el Señor del sábado, de la vida y del hombre, recordando también hechos que se reflejaban en la Escritura y que por el bien de la persona permitían hacer lo que por otra parte podría resultar impensable en el cumplimiento estricto de la ley.
El descanso sabático que esta pensado para dedicar el tiempo para Dios, para su culto, pero que buscaba también el bien de la persona, porque cuando en otras costumbres y leyes no había ningún día de descanso, en la ley del Señor se prescribía ese descanso que tenía que repercutir en el bien de la persona.
Pero ya conocemos la manera de actuar de los fariseos tan legalistas ellos cuando se trataba de exigir a los demás. Como dirá Jesús en otra ocasión ‘ni entran ni dejan entrar’; siempre dispuestos a poner pesadas cargas sobre los hombres de los demás mientras ellos no son capaces ni de mover un dedo para tener compasión con los demás. Y es que lo que era la ley del Señor la habían traducido luego en numerosas normas  y preceptos donde parecía que todo estaba reglamentado y se vivía luego como con un agobio esclavizante ante el hecho de si se cumplía o no la ley del Señor.
Y es que la ley del Señor nunca la podemos ver como una pesada carga que haga insoportable la vida de las personas, sino todo lo contrario; buscando la gloria del Señor estamos buscando siempre el bien del hombre, el bien de la persona, porque nos impedirá hacerle daño y lo que buscará siempre es salvar la dignidad de todo ser humano. Por eso no podemos entrar en el juego de los fariseos quedándonos en minucias y en cosas sin importancia, sino que hemos de aprender a saborear la ley del Señor. Como escuchamos en otros lugares del evangelio Jesús se quejará de esa actitud de los fariseos porque lo que enseñan son preceptos humanos, pero su corazón está lejos de Dios.
‘La ley del Señor es descanso del alma’, decimos en los salmos, y es la sabiduría del pueblo elegido del Señor. Recordamos aquello que decía el autor sagrado preguntándose si habría un pueblo que tuviera una sabiduría tan grande en sus leyes como ellos lo tenían en la ley del Señor.
Instrúyeme en el camino de tus mandatos que son mi delicia, los amo profundamente… cuanto anhelo tus decretos, dame vida con tu salvación’, repetimos en los salmos. Muchos textos podríamos recoger para expresar el gozo del creyente cuando cumple la ley del Señor. Así tenemos que aprender a saborear los mandatos del Señor que siempre moverán nuestro corazón a la ternura y a la compasión. Dejarnos instruir por la sabiduría de Dios para encontrar gusto en la ley del Señor, para sentirnos siempre felices cumpliendo los mandamientos de Dios.
Triste es la vida de aquellos que quieren ser muy cumplidores hasta en las más pequeñas cosas, pero luego no son capaces de tener un corazón compasivo y misericordioso con el hermano que está a su lado. Dichoso el que tiene siempre ante sus ojos el mandamiento del Señor porque sabrá siempre buscar lo bueno, lo justo, lo verdadero, lo que es la gloria del Señor, que nunca es ajena al bien del hombre.

Aprendamos, pues, a saborear la ley del Señor, pero viviéndola sin agobios, con mucha paz, porque el Señor conoce muy bien el corazón del hombre.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Demos gracias a Dios por esa Iglesia Diocesana a la que pertenecemos

Demos gracias a Dios por esa Iglesia Diocesana a la que pertenecemos

Apoc. 21, 1-5; Sal. 121; Jn. 10, 22-30
Hoy para nuestra diócesis de Tenerife es una fecha muy especial por cuanto celebramos el aniversario de la consagración de nuestra Catedral, pero además cumpliéndose además su primer centenario; aunque no lo podamos celebrar en el propio templo catedralicio por encontrarse en las obras de restauración de todos conocidas, no deja de tener por eso para los cristianos que formamos parte de esta Iglesia Diocesana una especial relevancia.
Cuando estamos celebrando una fiesta como ésta de la dedicación de la Catedral no lo hacemos solamente desde el orgullo humano que podamos sentir por un templo que pueda ser una expresión de un patrimonio cultural de una comunidad o como un edificio que sea un símbolo importante para la ciudad y como una expresión artística que enriquezca y dé categoría a un lugar determinado, que también, por supuesto, lo puede ser. Pero es algo más lo que los cristianos queremos celebrar.
La catedral no es un templo más; es, podríamos decir, nuestro templo madre porque es la sede del Obispo que como sucesor de los Apóstoles nos preside en la fe y en la caridad y desde él extiende por todos los rincones de nuestra Iglesia su magisterio anunciándonos la Palabra del Señor, el Evangelio de Jesús. De ahí el nombre de catedral que viene de cátedra y cátedra es el lugar desde donde se nos proclama una enseñanza; por eso la catedral es la sede del Obispo, el templo que viene a ser signo muy importante de la unidad de toda la Iglesia en torno a Cristo y a quien lo representa como su Vicario en la Diócesis como verdadero y autentico sucesor de los Apóstoles.
Ya venimos diciendo cosas importantes que nos explican y dan sentido a nuestra celebración y que nos ayudan a vivir con verdadero sentido eclesial nuestra fe en Jesús. Contemplamos esta casa visible, este templo construido, donde nos reunimos y celebramos nuestra fe; luego este templo material, la catedral, viene a ser signo de unión y de comunión, porque no solo ahí somos congregados para celebrar y alimentar nuestra fe, sino que desde esa unión y comunión vamos a manifestarnos como signo de esa Iglesia de Jesús frente al mundo que nos rodea.
Por eso decimos en unos de los prefacios propios de esta fiesta que ‘en esta casa visible que hemos construido, donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’. Allí nos sentimos congregados, allí nos alimentamos de la Palabra que se nos proclama y de los Sacramentos que celebramos, allí unidos y congregados manifestamos esa comunión que con Dios hemos de vivir, pero también de esa comunión de hermanos formamos los que somos una sola familia. Verdadero signo de comunión es para nosotros la catedral que se convierte en una exigencia para ser capaces de llegar a vivir entre nosotros dicha comunión.
Hablamos de ese templo material donde nos reunimos para rendir nuestro culto a Dios pero del que tenemos que trascender para pensar en ese verdadero templo de Dios que nosotros hemos de ser como cristianos y lo que en verdad la Iglesia en si misma lo es en medio del mundo. No nos quedamos en el templo material, necesariamente hemos de pensar en ese templo espiritual que somos nosotros desde nuestra consagración bautismal. En ese templo material con el culto que allí le damos a Dios, con la proclamación de la Palabra y la celebración de los sacramentos vamos edificando ese verdadero templo de Dios que somos nosotros haciendo que resplandezca, entonces, nuestra vida de gloria y de santidad.
Templo aquí en la tierra e Iglesia peregrina en este mundo que viene a ser un signo temporal de la Jerusalén del cielo. Por la santidad con que hemos de manifestarnos los que aun peregrinamos en este mundo, sintiendo de verdad cómo Dios quiere habitar en medio nuestro, queremos ser un signo y un anticipo de esa Jerusalén del cielo que, como nos decía el Apocalipsis, contemplamos como ‘la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo’. Somos el nuevo pueblo de Dios en el que El quiere habitar, estar para siempre con nosotros; que resplandezcamos, entonces, por la santidad de nuestra vida, para que podamos ser para cuantos nos rodean signos de esa presencia y de ese amor de Dios.
Damos gracias por ser Iglesia; damos gracias por esa Iglesia a la que pertenecemos; nos sentimos en verdadera comunión de iglesia con todos nuestros hermanos que peregrinamos juntos en nuestra tierra; queremos sentirnos reunidos y congregados en esa comunión de Iglesia y pedimos al Señor que pronto de nuevo podamos congregarnos en nuestra Iglesia catedral.

Que de la misma manera que estamos renovando, reedificando ese templo material, así todos nos sintamos renovados en nuestra fe y en nuestra comunión en torno a Jesús y a su Vicario - así lo llama el concilio en la constitución sobre la Iglesia - el Obispo que nos preside en la fe y en el amor, y en comunión con toda la Iglesia universal y al Papa. 

jueves, 5 de septiembre de 2013

Le escuchamos y nos invita a fiarnos de El para seguirle a dónde nos llame

Col. 1, 9-14; Sal. 97; Lc. 5, 1-11
‘Desde la barca sentado enseñaba a la gente’. Mucha gente se había agolpado a su alrededor. Había aprovechado la barca de Pedro que había llegado de la faena para subirse a ella y desde allí poder enseñar a la gente agolpada a la orilla para escucharle. Su fama se había extendiendo y la gente venía a su encuentro deseosos de escucharle porque sus palabras levantaban esperanza y ponían en rumbo nuevo a la vida.
Como el pescador que lanzaba la red al agua para recoger de la abundancia de peces que pululaban entre las aguas; como el sembrador que lanzaba la semilla en abundancia a la tierra esperando que produjera su fruto. Allí y así contemplamos a Jesús sentado ahora desde la barca enseñando, anunciando el evangelio del Reino de Dios al que todos estaban llamados.
Pero hoy la enseñanza no era solo para aquella multitud que había acudido de todas partes, sino que venía a enseñar a echar la semilla o a lanzar la red, porque iba a confiar a otros esa su misma tarea. Iba a ser momento de llamadas con vocaciones especiales y por eso le dirá a Pedro que reme mar adentro para echar de nuevo la red para pescar. Pedro se había pasado la noche intentando pescar pero no había cogido nada; ahora sería otra la pesca, sería de otra manera. Ahora no sería en las sombras de la noche sino con la luz de un nuevo día. Jesús estaba pidiendo fe en su Palabra y la confianza total de ponerse en sus manos para fiarse de él.
Aunque Pedro duda porque creía que no había nada que pescar sin embargo hay algo que siente en su corazón hacia Jesús que le hace confiar en El. ‘Nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada…’ Pero la pesca iba a ser diferente porque iba a aprender a pescar de otra manera. ‘Pero en tu nombre, por tu palabra, echaré las redes’. Y la pesca fue abundante; y fue necesario pedir la ayuda de los pescadores de las otras barcas; ‘la redada de peces era tan grande que reventaba la red… y los socios de la otra barca vinieron a echarles una mano y llenaron las dos barcas que casi se hundían’.
Sentado desde la barca Jesús había estado enseñando; como un sembrador también había lanzado en abundancia la semilla; ahora se recogían las redes y las cosechas, porque en el corazón de Pedro y de los que lo acompañaban algo estaba pasando. ‘El asombro se había apoderado de ellos’ ante lo que había sucedido. ‘Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: apártate de mi, Señor, que soy un pecador’. Antes había querido comportarse como un pescador avezado que sabía lo que había en aquel mar, pero ahora se había descubierto a sí mismo pecador. Entre sus dudas había comenzado a poner toda su confianza en el Señor fiándose de su Palabra, pero sin llegar a sospechar todas las maravillas que el Señor iba a realizar. Por eso se siente pequeño, se siente pecador.
Pero es que sí va a ser pescador o sembrador, que da igual la palabra, lo que importa es la misión, porque es Jesús el que va a seguir confiando en él, como lo haría también en los otros pescadores, como lo seguirá haciendo a través de los tiempos en los que de la misma manera seguirá llamando. ‘No temas, desde ahora será pescador de hombres’. Ya decíamos que iba a ser el momento de llamadas con especiales vocaciones.
Dios sigue llamando también entre nosotros. Está la primera llamada para que creamos en El, para que confiemos totalmente y nos apoyemos en su Palabra. Como el primer anuncio que iba haciendo por los pueblos y aldeas de Galilea, ‘convertios y creed en la Buena Noticia, creed en el Evangelio’. Es el primer paso, como lo hizo Pedro, cambió su manera de pensar y aunque pensaba que no había peces según sus propios humanos conocimientos, sin embargo se fió. Tenemos que aprender a fiarnos, aunque eso signifique que tengamos que cambiar nuestras ideas o nuestros criterios, porque abramos nuestro corazón a la Buena Nueva que nos anuncia Jesús.

Y cuando le demos nuestro sí, el sí de nuestra fe total y absoluta, nos dejaremos guiar a donde El quiera llevarnos; abriremos los oídos de nuestro corazón para escuchar su llamada e invitación. También nos querrá sembradores, o pescadores de hombres. ¿Cuál va a ser nuestra respuesta? En el texto del evangelio tenemos el ejemplo. ‘Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, le siguieron’. ¿Seguiremos al Señor a dónde nos llame y nos quiera conducir? Tenemos que descubrir la vocación a la que nos llama. 

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Las señales del Reino de Dios se van cumpliendo

Col. 1, 1-8; Sal. 51; Lc. 4, 38-44
Las señales del Reino de Dios se van cumpliendo. Jesús anuncia el evangelio a los pobres y a los que sufren y son ellos los primeros que se acercan a Jesús para dejarse iluminar y salvar por el mensaje y la presencia de Jesús.
Al salir de la sinagoga se dirigen a la casa de Simón. ‘La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella’. ¿Le están pidiendo realmente un milagro? Simplemente le piden que haga algo por ella. Nos podría hacer pensar y enseñarnos a qué es lo que le pedimos al Señor. La presencia de Jesús va llenando de vida cuando en verdad dejamos que Jesús llegue a nosotros. Llenarnos de vida no es solamente, como comprendemos muy bien aunque algunas veces nos cueste, recibir la salud de nuestro cuerpo. No fue solo el remitirle la fiebre lo que se realizó en aquella mujer. La tomó de la mano y la levantó, y ¿qué hace aquella mujer? ‘Levantándose enseguida, se puso a servirles’.
Comenzó a florecer la flor del amor en el corazón de aquella mujer. Venimos y estamos con Jesús, le pedimos desde nuestras necesidades y desde nuestros problemas y sufrimientos; nos sentimos a gusto en nuestros rezos y en nuestra oración; algunas veces nos puede parecer que el Señor no nos está escuchando en aquello concreto en lo que le pedimos; pero preguntémonos una cosa, después de estar con el Señor en nuestra oración, en nuestras celebraciones - pensemos cuantos momentos de tipo religioso tenemos con el Señor - ¿sentiremos que florece en nosotros la flor del amor y del servicio?
Si en verdad hemos acudido al Señor y nos hemos sentido en su presencia, algo nuevo tendría que brotar en nuestro corazón, ¿o quizá ahogamos nosotros esas nuevas flores que pueden florecer porque seguimos encerrados en nuestro yo? Porque si seguimos encerrados en nosotros mismos con nuestras mismas actitudes egoísta e insolidarias, hemos de reconocer que algo nos estaría fallando. Creo que podría ser una buena pregunta que nos hiciéramos pero con toda sinceridad.
Decíamos que los signos del Reino de los cielos se van cumpliendo. Es en todos aquellos que acuden a Jesús con sus dolencias y enfermedades para que Jesús los cure y será también en esas nuevas actitudes de amor y de servicio que van surgiendo en el corazón, como fue el caso de la suegra de Pedro. Vemos que son muchos los que al atardecer acuden a la puerta para que Jesús los cure. Los poseídos por los demonios lo reconocen y proclaman que Jesús es el Hijo de Dios, como una señal que se están viendo derrotados por el poder y la presencia salvadora de Jesús.
Pero hay otro aspecto que resaltar en este episodio del evangelio. ‘Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando… intentaban retenerlo para que no se les fuese. Pero El les dijo: También a los otros pueblos tengo que anunciarles el Reino de Dios…’ Siempre hemos visto en este detalle de Jesús salirse en la madrugada a un lugar solitario, que se había retirado para la oración, aunque san Lucas no lo menciona; es san Marcos en el lugar paralelo el que nos dice que ‘allí se puso a orar’.
Todo tiene que hacer referencia siempre a Dios; por eso nos es tan necesaria la oración, porque necesitamos de esa unión con Dios, en quien encontramos nuestra vida y nuestra fuerza. Era mucha la gente que le buscaba y deseaba estar con El, pero la unión con el Padre no podía faltar en Jesús, como no nos puede faltar a nosotros por muchas que sean las cosas u ocupaciones que tengamos que hacer.

Y termina diciéndonos el texto de hoy: ‘Y predicaba en las sinagogas de Judea’. A todos había de anunciar el Reino de Dios. Su presencia salvadora y su Palabra tenía que hacer florecer de manera distinta los corazones de los hombres.

martes, 3 de septiembre de 2013

Bajó Jesús a Cafarnaún allí donde estaba el dolor y la oscuridad

1Tes. 5, 1-6.9-11; Sal. 26; Lc. 4, 31-37
‘Bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente’. Es importante este aspecto en que nos habla de que bajó. No es sólo una descripción geográfica lo que nos quiere manifestar sino yo diría un lugar teológico. Como luego Lucas nos hablará insistentemente de su subida a Jerusalén, que culminará con la Pascua y su Ascensión al cielo.
Ayer le escuchábamos en la sinagoga de Nazaret con el texto del profeta Isaías. Allí está el que lleno del Espíritu viene a anunciar la Buena Noticia a los pobres y el año de gracia del Señor. ‘El que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Virgen y se hizo hombre’. ¿No reconocemos las palabras del Credo? Es Dios que viene a nosotros. Tanto era su amor que nos envió a su Hijo, que se nos dirá en otro lugar del evangelio. Se hizo hombre; es Emmanuel, Dios con nosotros.
Bajó a Galilea y allí se encuentra con el pueblo creyente; pero allí se encuentra con el hombre en medio de su dolor y sufrimiento del que viene a liberarnos. Ya otro evangelista al hablarnos del comienzo de la actividad de Jesús por Cafarnaún y toda Galilea nos señalará que el pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz, como había anunciado el profeta. Jesús, luz del mundo, que viene a iluminar el corazón del hombre. ‘Enseñaba a la gente’, nos dice el evangelista. Escuchábamos ayer en el anuncio del profeta que los ciegos verían la luz, se les abrirían los ojos. Y ya bien sabemos que los milagros que Jesús va realizando son signos de lo que El quiere ir realizando en nuestras vidas.
Jesús enseñaba y curaba; su palabra era luz para los corazones, pero su presencia era una presencia liberadora, una presencia de salvación. Allí donde está el dolor y el mal, allí llega Jesús con su liberación salvadora. ‘Bajó para nuestra salvación’, que confesamos en el Credo.
Los signos comienzan a multiplicarse. ‘Había en la sinagoga un hombre que estaba poseído por un espíritu maligno, que se puso a gritar a voces’. Un hombre atormentado por el mal, esclavizado por el maligno. Jesús, lleno del Espíritu venía ‘para anunciar a los cautivos la libertad… para dar libertad a los oprimidos’, escuchábamos ayer en la sinagoga de Nazaret. Se manifiesta el primer gran signo de esa liberación. Jesús expulsó al demonio de aquel hombre. ‘La gente comentaba estupefacta: ¿Qué tiene su Palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen’. Es el año de gracia del Señor, es la salvación de Dios que llega para todos los hombres.
Y terminará diciéndonos el texto de hoy: ‘Noticias de El (de Jesús) iban llegando a todos los lugares de la comarca’. La Buena Noticia de Jesús comienza a propagarse. Es la Buena Noticia que es anunciada a los pobres y a los que sufren. ‘Los pobres son evangelizados’. Y la gente comienza a reconocer a Jesús. Los que van conociendo las obras de la salvación no pueden callarse, han de comunicarlo a los demás.
‘Bajó Jesús a Cafarnaún’, como comenzamos comentando. Sigue bajando el Señor hasta nosotros; aquí con nosotros quiere estar también y viene a sanar también nuestros corazones atormentados muchas veces con cosas que nos agobian y preocupan; viene el Señor que quiere sanarnos y darnos vida, cuando nos sentimos débiles y con tantas limitaciones que no son solo las limitaciones físicas propias de nuestras enfermedades o muchos años.
Viene el Señor también a sembrar esperanza en nuestros corazones y también tendríamos que llenarnos de alegría con su presencia, con esa Palabra que nos ilumina y que cada día tenemos la oportunidad de escuchar. Viene el Señor para ser nuestra fortaleza y nos da su Espíritu, y quiere llenarnos de vida y se hace alimento y le podemos comer en la Eucaristía.

No nos contentamos con decir que Jesús bajó a Cafarnaún como nos cuenta el evangelio sino que nosotros también tendríamos que divulgar la noticia por todas partes de que el Señor ha estado, está con nosotros y a nosotros también nos libera de tantas cosas y nos llena de luz y de vida. ‘Noticias de Jesús iban llegando a todos los lugares de la comarca’. ¿Nosotros también compartimos con los demás esa buena noticia de la fe que tenemos en Jesús?

lunes, 2 de septiembre de 2013

Una Palabra que nos inquieta y nos mueve a transformar el corazón

1Tes. 4, 13-17; Sal. 95; Lc. 4, 16-30
Siguiendo el ritmo de la lectura continuada que hacemos en la Eucaristía de cada día hoy comenzamos a escuchar el evangelio de san Lucas que se prolongará hasta que concluya el tiempo ordinario.
Es el evangelio que venimos escuchando los domingos en el ciclo C, pero en la abundancia de la Palabra de Dios que el concilio Vaticano II quiso que se nos proclamara cada día, ahora más ampliamente hacemos una lectura continuada. Es fruto de la Constitución sobre la reforma de la sagrada Liturgia que precisamente en este año se cumplirán los cincuenta años de su promulgación y que tanto beneficio ha tenido para la Iglesia. Tenemos que dar gracias a Dios por la riqueza que significa el que cada día podamos escuchar la Palabra del Señor haciendo un recorrido por toda la Sagrada Escritura y lo podamos hacer escuchándola en nuestra propia lengua o idioma.
Partimos en esta lectura continuada de la presentación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, por cuando que los capítulos anteriores se refieren más al nacimiento y a la infancia de Jesús que leemos en el Adviento y Navidad. Jesús inicia lo que llamamos su vida pública y el evangelista nos lo presenta acudiendo a la sinagoga de Nazaret, su pueblo, un sábado. Ya Jesús había comenzado a ser conocido, según la referencia que se hace a su predicación y a las obras que había realizado en Cafarnaún.
En la sinagoga al levantarse Jesús a hacer la lectura de la Palabra de Dios y hacer su comentario podíamos decir que surgen sentimientos encontrados; como hemos explicado en otras ocasiones, aunque había un encargado de la Sinagoga, se podía invitar a otros para que hicieran la lectura de la Escritura y su comentario para dirigir la oración. En primer lugar admiración y orgullo; es Jesús el hijo de José, el carpintero, como se le conocía allí; entre ellos estaban sus parientes; el hecho de que llegaran noticias de que en otros lugares Jesús enseñaba a la gente anunciando el Reino de Dios y estuviera ya realizando obras maravillosas también podía suscitar esperanzas en sus corazones. Como suele suceder entre nosotros en nuestras comunidades cristianas cuando vemos a alguien cercano a nosotros que realice una acción semejante.
Pero pronto va a surgir la inquietud porque Jesús no les está diciendo lo que ellos quieren oír. Ha leído un texto de Isaías en cierto modo muy revolucionario porque anuncia un tiempo nuevo donde se va a realizar una transformación muy grande. Y El les dice: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Allí se está manifestando quien está lleno del Espíritu del Señor. Y un mundo nuevo ha de comenzar; se proclama el año de gracia del Señor, la amnistía total que traería el perdón para siempre y un nuevo sentido de vida que traería la verdadera libertad; ya nadie tendría que sentirse oprimido por nadie; ya nadie tendría que hacer sufrir a los otros; ya todos tendrían que estar dispuestos al perdón y a un nuevo estilo y sentido de vida.
Eso significaría que muchas cosas tendrían que cambiar en los corazones de los hombres, pero también en la manera de actuar y de relacionarnos los unos con los otros. Y esos cambios que afectan a lo profundo de la persona algunas veces no nos gustan, porque estamos acostumbrados a nuestras rutinas y mejor es dejar que las cosas sigan como están en lugar de meternos en complicaciones. Yo no tengo nada que cambiar nos decimos evitando quizá hacernos una buena reflexión y examen de nuestra vida. Cuando se nos dice algo que toca la fibra de nuestra conciencia haciéndonos ver que tenemos que dejar atrás muchas cosas, que tenemos que cambiar desde lo más hondo de nosotros mismos, ya nos gusta menos.
Con lo bueno que hubiera sido que Jesús les hubiera dicho palabras bonitas y hubiera hecho algunos milagros entre ellos. Pero les dice que esa salvación va a ser para todos y les recuerda que hace falta una fe muy profunda; que en tiempos de Elías o Eliseo habían muchas viudas o muchos leprosos en Israel y sin embargo fueron atendidos o curados otros que no eran precisamente del pueblo judío pero que tuvieron suficiente fe para recibir esa gracia del Señor. Como hemos escuchado al final se soliviantaron y se pusieron furiosos y quisieron arrojarlo por un barranco. ‘Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba’, no pudieron hacerle nada.
Pero de todo esto tenemos que hacer una lectura para nosotros, para nuestra vida. ¿Cuál es nuestra reacción ante la Palabra de Dios? ¿nos sucederá a veces como a aquellas gentes de Nazaret? También nos gusta que nos digan cosas que halaguen nuestros oídos y que no nos comprometan mucho. Hemos de reconocer que cuando la Palabra llega directa a nuestra vida y a nuestro corazón señalándonos cosas que en verdad tenemos que transformar, a veces preferimos hacernos oídos sordos ante esa Palabra. Con sinceridad tenemos que ponernos delante del Señor y sentirnos interpelados por su Palabra sin ningún miedo y sin hacernos ninguna reserva.
Ese mensaje de Jesús en la sinagoga de Nazaret es para nosotros también y hemos de dejar transformarnos por el Espíritu del Señor que también quiere llenar nuestros corazones. Ya nunca más nosotros podemos ser opresores de los demás con nuestra manera de ser, nuestras violencias o nuestro desamor. Ya para siempre hemos de saber vivir esa amnistía del Señor, porque igual que queremos ser perdonados también nosotros siempre hemos de estar dispuestos a perdonar, a ser comprensivos y misericordiosos con los que nos rodean.

Dejemos que la Palabra del Señor llegue a nuestro corazón y el Espíritu transforme nuestros corazones.