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miércoles, 19 de diciembre de 2012


Llenémonos de alegría con las maravillas que el Señor hace en nosotros

Jueces, 13, 2-7.24-25; Sal. 70; Lc. 1, 5-25
‘No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado…’ Es el saludo del ángel; es el saludo que viene de parte de Dios; es una invitación a la paz; es un sentir en el corazón la paz que viene de Dios. Son las palabras del ángel a Zacarías, como serían también las palabras del ángel a María.
Estamos tan llenos de temores, pero es que además nos sentimos sobrecogidos por las cosas grandes. Nos sentimos empequeñecidos, nos sentimos pobres, inútiles e incapaces; sentimos además la inquietud de lo que nos pueda suceder o de la misión que podamos recibir. Pero no tendríamos que sentir temor cuando Dios viene a nuestra vida. Es más, tendríamos que sentirnos engrandecidos por el honor de que Dios venga a nosotros, nos envíe su ángel para estar con nosotros.
Por eso el ángel pronto le dirá a Zacarías ‘te llenarás de alegría y muchos también se alegrarán…’ Zacarías e Isabel tenían en su corazón las ansias de la paternidad y de la maternidad. ‘Los dos eran ya de edad avanzada y no tenían hijos porque Isabel era estéril’. Es aquí donde se manifiestan las maravillas del Señor. Pensamos que tendríamos que ser grandes e importantes, estar llenos de grandes valores y posibilidades, sabidurías, riquezas, poderes, conocimientos especiales. Pero Dios escoge a los que El quiere y cuando quiere para realizar sus maravillas. Esas maravillas no son el fruto de nuestros saberes o nuestros poderes, sino que son la obra del Señor.
Lo vimos en la primera lectura con los padres de Sansón como lo veremos en otros momentos del Antiguo Testamento para escoger a los que el Señor quiere. Lo vemos ahora en Zacarías e Isabel, aquellos buenos ancianos que no han podido tener hijos, pero que les va a nacer un hijo del que Jesús dirá que no ha nacido de mujer nadie más grande que él. ‘Tu mujer te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan’, le dice el ángel a Zacarías.
El que va a nacer viene lleno del Espíritu Santo ya desde el vientre materno - recordemos la visita de María a Isabel en la que meditaremos en unos días - ‘y convertirá a muchos israelitas al Señor, su Dios’. Es el que viene para ir delante del Señor, va a ser el precursor del Mesías, la voz que gritará en el desierto para preparar los caminos del Señor y ‘viene con el espíritu y poder de Elías - recordemos lo meditado hace pocos días - para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto’.
Nos cuesta creer. Nos parecen en ocasiones imposibles las cosas que el Señor nos anuncia. En nuestra pequeñez no es que nos sintamos indignos, es que nos sentimos incapaces porque pensamos que esas maravillas tenemos que hacerlas por nosotros. Pero no son obra nuestra sino obra del Señor.
Le pasó a Zacarías que no terminaba de creer y no hace sino pedir explicaciones. ‘¿Cómo estaré seguro eso?’ se pregunta y le pregunta al ángel. Los temores que se nos meten en el corazón y que nos paralizan.
Aprendamos a confiar en el Señor, a dejarnos conducir por El, a tener fuerte disponibilidad en el corazón para lo que el Señor nos pida, para lo que el Señor nos ofrezca. Ahora mismo preparando los caminos del Señor, preparando nuestro corazón nos vemos tan pecadores que nos parece hasta imposible que seamos amados del Señor. Pero el amor del Señor es una gracia, es un regalo de Dios. Reconozcamos las obras de Dios, reconozcamos el amor del Señor que ha estado grande con nosotros y que nuestra boca, como decíamos en el salmo, nuestro corazón se llene de las alabanzas del Señor.

martes, 18 de diciembre de 2012


Acoger a Jesús, nuestra justicia y nuestra salvación

Jer. 23, 5-8; Sal. 71; Mt. 1, 18-24
Dándole vueltas y reflexionando en torno a los textos de la Palabra que la liturgia nos ofrece hoy se me ocurre pensar en estos textos como aquellos en los que se  nos viene a manifestar el nombre del Salvador que esperamos. Reflexionábamos ayer cómo de la mano de la liturgia vamos a hacer una autentica profesión de fe en Jesús que viene como nuestro salvador para lo que no es necesario ir realizando un progresivo crecimiento en nuestra fe desde un mayor conocimiento de todas las verdades reveladas y todo el misterio de la salvación. A esto nos quiere ayuda hoy la liturgia que estamos celebrando en este nuestro camino de Adviento.
Como decíamos, estos textos que nos ofrece hoy la liturgia nos vienen a proponer los diferentes nombres de Jesús. ‘Suscitaré a David un vástago legítimo’, nos dice, que ‘reinará como un rey prudente y hará justicia y derecho en la tierra’, pero será la salvación de Judá y de Israel, por eso ‘lo llamarán con este nombre: El Señor nuestra justicia’.
Cuando los profetas hacen mención al derecho y a la justicia no lo hacen solamente en un sentido jurídico, sino que esa palabra ‘justicia’ tiene más bien una connotación de salvación y santidad. Por eso decir ‘el Señor nuestra justicia’ viene a ser lo mismo que decir ‘el Señor nuestra salvación’.
En ello vemos una clara referencia a lo que luego escuchamos en el evangelio. Ante las dudas de José se le aparece el ángel del Señor que le dice: ‘José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella es obra del Espíritu Santo. Dará un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de los pecados’. Aparece el nombre de Jesús, que también le había señalado el ángel a María en la anunciación. El nombre de Jesús que significa ‘Dios salva’, Dios es nuestro Salvador, es nuestra salvación, como habíamos escuchado antes al profeta.
Pero esto además se viene a corroborar con el recuerdo que el evangelista hace de lo anunciado por Isaías: ‘Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros’.
Dios con nosotros, Dios que es nuestra justicia y nuestra salvación, Jesús porque El salvará a su pueblo de los pecados, el rey prudente que implantará el derecho y la justicia, que viene a traernos la salvación, que con su presencia en medio de nosotros va a hacer resplandecer la santidad de Dios.
Pero Dios quiere contar con el hombre, Dios quiere contar con nosotros. Para nosotros es esa salvación que el Señor nos ofrece, es una gracia del Señor, es un regalo de Dios, pero al que tenemos que acoger, saber aceptar y recibir. Dios no quiere hacer nada en nuestra vida sin contar con nosotros, que para eso nos hizo libres desde la creación.
Quiso contar con María, como quiso contar con José. Fue importante el Sí de María en la anunciación, pero ahora es importante la colaboración de José al que se le pide que reciba a María, que la lleve a su casa, que tome como hijo suyo al que María lleva en sus entrañas, que haga con el hijo las funciones de padre porque es él, José, el que ha de imponerle el nombre: ‘le pondrás por nombre Jesús’.
Nosotros también hemos de saber decir ‘sí’, acoger a Jesús, nuestra justicia y nuestra salvación; acoger la gracia de Jesús que nos llena de justicia, que hará resplandecer en nosotros la santidad de Dios; acoger a Jesús, porque también nosotros hemos de saber llevarlo a los demás. Nuestra acogida y nuestra santidad se van a convertir en un signo para el mundo que nos rodea de esa santidad y de esa salvación de Jesús. Con nuestra acogida y nuestra santidad hemos de ser misioneros de Jesús para los demás.

lunes, 17 de diciembre de 2012


Una invitación a una auténtica y renovada profesión de fe cuando llegue la navidad

Gén. 49, 2.8-10; Sal. 71; Mt. 1, 1-17
Iniciamos el último tramo de nuestro camino de adviento. Son ocho días de preparación inmediata que tiene sus textos especiales en la liturgia, en las lecturas de la Palabra de Dios, en el texto de las oraciones y de las antífonas, destacando de manera especial las antífonas para el canto del Magnificat en las vísperas de cada uno de estos ocho días anteriores a la navidad.
En el evangelio escucharemos el inicio del evangelio de Mateo hoy y mañana, y el resto de día los primeros capítulos del evangelio de Lucas hasta que lleguemos en la nochebuena a las lecturas del nacimiento de Jesús en Belén. Los textos de la primera lectura, del Antiguo Testamento siempre en una relación con el mensaje del evangelio.
La liturgia nos irá llevando de la mano a la confesión de nuestra fe en Jesús, verdadero hombre, nacido en el pueblo de Israel, del linaje de Judá, de la dinastía de David, el anunciado por los profetas, como verdadero Hijo de Dios, en quien vamos a obtener nuestra salvación. Y vamos a pedir hoy, al confesar nuestra fe en Jesús, verdadero Hijo de Dios que se ha encarnado y se ha hecho hombre, Palabra eterna de Dios encarnada en el seno de María, que nosotros alcancemos la gracia de transformarnos plenamente en hijos de Dios.
Hoy el evangelio nos ofrece la ‘genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán’. Es Jesús, el Mesías de Dios, enraizado plenamente en el pueblo judío, al pertenecer al linaje y dinastía de David y de Judá, que va a ser el Cristo, el Ungido, el Mesías de Dios que nos viene a traer la salvación. La liturgia quiere que apuntalemos bien nuestra fe contemplando lo que es la historia de la salvación. Ese anuncio y promesa de Dios desde el principio, desde que el hombre cayó en el pecado y abandonó el camino y vida de Dios, pero en el que Dios  no abandona al hombre sino que siempre tendrá una promesa de salvación.
Nos viene bien recordar estos aspectos fundamentales de nuestra fe y más en este año de la fe al que nos ha convocado el Papa que ‘es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31)’, como nos dice en su convocatoria de este año.
Renovaremos en plenitud la conversión de nuestro corazón al Señor en la medida en que vaya creciendo nuestra fe, creciendo en el conocimiento de las verdades reveladas, en que la vayamos confesando con mayor y más viva conciencia. Es importante esa formación que vayamos adquiriendo en nuestra vida cristiana para que podamos en verdad dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza pero con las obras de nuestra vida.
Como nos dice el Papa ‘así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios’.
Por eso nos sigue diciendo: ‘Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo’.
Que nos ayude este camino que vamos haciendo y estas reflexiones que en torno a la palabra nos hacemos a ese crecimiento y fortalecimiento de nuestra fe, y así vivamos en la mayor plenitud ese encuentro con el Señor que ha de ser la Navidad.

domingo, 16 de diciembre de 2012


Estad alegres en el Señor que viene con su salvación

Sof. 3, 14-18; Sal.: Is. 12, 2-6; Filp. 4, 4-7; Lc. 3, 10-18
Dos aspectos destacan sobremanera en la liturgia de este tercer domingo de adviento en los que nos vendría bien detenernos un poco a reflexionar dejándonos iluminar por la Palabra del Señor en este camino que nos lleva a la Navidad.
Por una parte, ‘el pueblo estaba en expectación’, nos dice el evangelista para reflejarnos lo que estaba sucediendo con la presencia de Juan allá junto al Jordán preguntándose si él era el Mesías esperado y qué es lo que tenían que hacer. Por otra parte la liturgia de este día es toda una invitación a la alegría desbordante en la cercanía de la Navidad, fiesta de gozo y salvación, como decíamos en la oración litúrgica.
La cercanía de algo que va a resultar grandioso o importante para nuestra vida nos hace desearlo con toda intensidad, pero de alguna manera ya vamos gustando como anticipadamente el gozo y la alegría de aquello en lo que vamos a participar o que vayamos a recibir. Es lo que la liturgia quiere adelantarnos ya en este tercer domingo de Adviento. Es la cercanía de la navidad, pero eso hemos de entenderlo bien.
En su origen la alegría y la fiesta de la navidad había nacido del gozo del nacimiento del Señor y de todo lo que eso significaba y repercutía para nuestra vida. Es celebrar que Dios viene a nosotros con su salvación. Necesitamos sentirnos salvados, necesitamos de la salvación que solo de Dios nos puede venir. Pero se ha perdido ese sentido religioso y cristiano de la vida y de lo que es la navidad y ahora todo el mundo hace fiesta en navidad, pero ¿hace fiesta realmente porque siempre y experimenta en su vida esa salvación que Jesús nos  viene a traer?
Si uno escucha la mayoría de los medios de comunicación, escucha los anuncios comerciales que nos hablan de la fiesta de la navidad, si escucha incluso muchas canciones o villancicos que en estos días se cantan no aparece por ninguna parte en muchos de ellos el sentido religioso, no aparece por ninguna parte Jesús con su salvación ni el Dios que nos ama y que nos salva.
Nos han robado la palabra navidad y le han cambiado totalmente su sentido. Unas fiestas, unas comidas, unos encuentros familiares, de amigos, o de compañeros de trabajo, unos regalos, unos derroches sin límites, unas vanidades y un consumismo cada vez más intenso, pero en ningún lugar aparece la alegría que nos nace de Dios y que nos llega en el nacimiento de Jesús en Belén. Fijémonos incluso en el estilo y sentido de los adornos de nuestras calles y ciudades. ¿No tendremos que despertarnos los cristianos de todo esto y comenzar de verdad a celebrar en su más hondo sentido la navidad?
No digo que no haya cosas buenas en lo que hacemos porque es hermoso que se despierten en los hombres al menos por unos días unos sentimientos de solidaridad y nos preocupemos de los demás, o que las familias se encuentren y queramos hacer felices a los que nos rodean o con quienes convivimos. Eso sería una tarea que siempre hemos de tener en cuenta, pero navidad no es sólo eso, hay algo más hondo que hemos de tener en cuenta. No podemos prescindir de Dios en Navidad.
¿A qué alegría se nos invita y se nos hace partícipe ya en este tercer domingo de Adviento? ‘Regocíjate… grita de júbilo… alégrate y gózate de todo corazón…’ decía el profeta.  Y con el salmo ya respondíamos: ‘Gritad jubilosos: qué grande es en medio de ti el Santo de Israel’. Qué grande es el Señor, nos trae el perdón, nos dice que se acabaron los temores para siempre porque El está en medio de nosotros, viene con su salvación; el Señor se complace en nosotros porque nos ama y eso nos llena de júbilo. ¿Queremos más motivos para la alegría?
Claro que esta alegría nacerá en nuestro corazón si es que nosotros nos sentimos necesitados de la salvación, del perdón; será alegría para nosotros si tenemos fe y experimentamos de verdad en nuestro corazón que el Señor nos ama. Con humildad hemos de ser conscientes de que necesitamos la salvación y que esa salvación solamente nos puede venir de Dios. Cuando tenemos estos presupuestos entonces sí que nos alegramos en la cercanía de Dios que viene a nosotros, tendrá hondo sentido, entonces, la navidad porque es Dios que viene a nuestro encuentro para ofrecernos su salvación.
Es más, en la situación en que vive nuestra sociedad actualmente con su crisis en todos los sentidos, con los problemas de todo tipo que afectan a individuos y familias, con tantas cosas que hacen que a veces nos parezca verlo todo oscuro y la gente haya perdido la ilusión y la esperanza creo que la navidad, tal como estamos hablando de Dios que viene a nosotros con su salvación, es algo que necesitamos vivir con toda intensidad.
Dios quiere llegar a nuestra vida despertando en nosotros esa esperanza que necesitamos, quiere llegar a nuestra vida, y nuestra vida concreta con sus problemas y sus luchas, dándonos luz, ilusión, ganas de vivir y de luchar; en el Dios que viene con su salvación encontraremos esa fuerza que necesitamos al mismo tiempo que desde El encontraremos todo el sentido para hacer que en verdad nuestro mundo sea mejor.
‘¿Qué hemos de hacer?’, era la pregunta que la gente le hacía a Juan. Es la pregunta que nosotros también nos tenemos que hacer desde esas expectativas que son nuestra vida y desde esa esperanza de salvación que tenemos en nuestro corazón. ‘Dios nos ofrece hoy, ahora, a mi, a cada uno de nosotros la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo, como hicieron los pastores de Belén, para que El nazca también en nuestra vida y la renueve, la ilumine y la transforme con su gracia, con su presencia’. Así nos decía el Papa Benedicto XVI y creo que es una tarea, la primera, que hemos de emprender. Reconocerlo y acogerlo para sentirnos transformados.
Pero aun sigue pendiente la pregunta ‘¿qué hemos de hacer?’ Si vamos a acoger y reconocer así a Jesús que es nuestro salvador nos damos cuenta de que hay muchas que mejorar, cambiar en nuestra vida. Es el examen serio que tenemos que hacernos. El Bautista de una forma concreta hablaba a todos aquellos que se acercaban a él señalándoles las cosas que en su vida concreta de cada día habían de corregir o de mejorar.  No se trataba de hacer cosas nuevas o diferentes, sino que se trata de hacer bien, con actitudes nuevas nacidas en un corazón nuevo esas cosas que cada uno tiene que hacer cada día en su vida.
Aprende a compartir y en consecuencia a amar de verdad; aprende a ser justo y no volverte exigente e intratable con los que están a tu lado. Que nadie sea injusto con nadie; que nos comportemos con autenticidad y sana libertad, alejando de nosotros toda hipocresía y falsedad; que alejemos de nosotros todo tipo de violencia en nuestras palabras, en nuestros gestos, en nuestro trato, o en las actitudes profundas que llevamos dentro en nuestra relación con los demás; que siempre busquemos la paz, construyamos la paz, la armonía, la concordia sabiendo dialogar con los otros; que nadie se aproveche o abuse de los demás sino que en verdad creemos entre nosotros una verdadera fraternidad; que nos olvidemos un poquito de nuestro yo para ser siempre para los demás con disposición generosa siempre para el servicio, para ayudar, para tender una mano.
Juan no es el Mesías, solamente es el profeta, la voz que clama en el desierto; él bautiza solo con agua para que demos señales de que en verdad estamos arrepentidos de nuestras actitudes y posturas negativas y comencemos a dar señales de conversión, de vuelta de nuestro corazón hacia Dios; ‘el que viene puede más que yo, les dice, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias; El bautizará con Espíritu Santo y fuego’.
Estamos nosotros también expectantes, se acerca la Navidad, se acerca la salvación. Hemos de preparar los caminos; hemos de transformar nuestro corazón; hemos de quemar todas esas cosas negativas que hay en nuestra vida con el fuego del Espíritu. Queremos prepararnos con toda intensidad para la llegada del Señor; estamos alegres, con una alegría grande, porque nos sentimos amados de Dios, porque Dios quiere entrar en la casa de mi vida para habitar en mí, porque la misericordia del Señor se derrama sobre nuestros corazones, porque en Jesús tenemos la certeza de que podemos empezar una vida nueva con la salvación que nos trae para transformar nuestro corazón.

sábado, 15 de diciembre de 2012


Surgió Elías un profeta como un fuego para purificar a su pueblo

Eclesiástico, 48, 1-4.9-11; Sal. 79; Mt. 17, 10-13
‘Surgió Elías, un profeta como un fuego, cuyas palabras eran horno encendido…’ El libro del Eclesiástico hace un elogio de la figura de Elías. A lo largo del año litúrgico en muchas ocasiones hemos reflexionado sobre la figura del profeta, de gran importancia en la historia del pueblo de Israel, en la historia de la salvación.
El profeta fue el defensor acérrimo de la religión de Yahvé, el Dios único y verdadero, frente a los falsos dioses, los baales que algunos pretendían introducir en Israel. Con energía y palabra ardiente combatió la idolatría - no hace muchos días en nuestra reflexión hemos hecho mención a ello - y contra la impiedad de la sociedad de su tiempo. En medio de aquel ambiente resplandeció su figura como fuego.
Siempre encontramos un cierto paralelismo o una referencia entre la primera lectura y el Evangelio. Hoy nos habla del Profeta Elías, desde la pregunta que le hacen a Jesús sobre la vuelta de Elías, el que había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego y del que, apoyándose literalmente en las palabras de algunos profetas, tenían la creencia que había de volver antes de la llegada del Mesías. 
A la pregunta que le hacen los discípulos a Jesús éste les manifiesta cómo en cierto modo Elías ha venido ya. ‘Los discípulos entendieron que Jesús se refería a Juan el Bautista’, nos dice el evangelista. Como le había anunciado el ángel a Zacarías su hijo se iba a manifestar ‘con el espíritu y el poder de Elías para preparar un pueblo bien dispuesto’. Es la voz del Bautista que así se manifiesta en el desierto preparando los caminos del Señor; es el profeta y más que profeta que diría Jesús de él que invitaba a la conversión y a la penitencia para mantenerse fieles al Señor y a su Alianza y así preparasen de verdad sus corazones para la venida del Mesías anunciado y esperado.
Aquel pueblo en parte no supo escuchar la voz del Bautista y como dice Jesús ‘no lo reconocieron’. Pero Jesús anunciará también que ‘así también el Hijo del hombre va a padecer en manos de ellos’ en un anuncio claro a su pasión. Queremos, sin embargo, nosotros escuchar la voz del profeta, la voz del Bautista. No queremos que haya rechazo por nuestra parte, aunque tengamos la tentación de hacernos oídos sordos a su llamada.
En este sentido estamos haciendo nosotros este camino de adviento que es preparar los caminos del Señor. Queremos caminar nosotros caminos de fidelidad y de amor, no permitiendo que nada se apodere de nuestro corazón porque Dios tiene que ser nuestro único Señor. Tentados estamos muchas veces a poner ídolos en nuestro corazón cuando tanta importancia le damos a las cosas materiales, a las sensualidades y a las cosas terrenas que nos esclavizan el corazón. Que sintamos la fuerza del Señor que nos haga superar toda tentación y todo peligro. Que esas peticiones que hacemos en el padrenuestro las hagamos con fuerza, con fe, con la certeza de la gracia del Señor que va a fortalecer nuestra vida. ‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’.
‘Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve’, hemos pedido y repetido muchas veces en el salmo. Que venga el Señor a nuestra vida que está rota por el pecado que dejamos introducir en ella tanta veces. Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros porque sabemos que su mirada es una mirada de amor, una mirada de gracia, una mirada de salvación. Que nos encuentre el Señor preparados y con un corazón bien dispuesto.
Que el fuego del Espíritu purifique nuestros corazones. Se nos ha presentado hoy el profeta Elías, un profeta como un fuego, y ese ardor del profeta nos está hablando de ese Espíritu ardiente del Señor que nos renueva y que nos purifica. Preparemos el camino del Señor.

viernes, 14 de diciembre de 2012


Necesitamos ojos luminosos para ver la acción de Dios en nuestra historia

Is. 48, 17-19; Sal. 1; Mt. 11, 16-19
Se encuentra uno con personas que dan la impresión de que son incapaces de apreciar lo bueno que hay en los demás, siempre están con desconfianza, haciendo sus propias interpretaciones de lo que ven o lo que hacen las otras personas, como si su corazón estuviera lleno de malicia e incapacitado para ver lo bueno. Parece como si siempre fueran a la contra, si yo veo esto blanco, ellos lo ven negro. Es una forma muy negativa de ir por la vida.
Sucede ahora y ha sucedido siempre. Ojalá fuéramos capaces de tener los ojos llenos de luz para ver con claridad y con buena intención cuanto sucede a nuestro alrededor. Seríamos capaces de ver cuánto de bueno hay también a nuestro lado. Quitaríamos pesimismos y negruras de nuestra vida y nos daría ilusión para luchar con más ganas por lo bueno y por hacer que nuestro mundo sea mejor.
Pienso que sería una actitud muy positiva que tendríamos que cultivar en este camino de adviento que estamos haciendo y teniendo siempre esperanza de que con la fuerza y la gracia del Señor en verdad podemos hacer que nuestro mundo sea mejor. Tendría que ser un fruto importante que obtuviéramos en esta navidad en nuestro encuentro con el Señor, mirar con ojos claros, con ojos distintos, llenos de luz, llenos de amor y de vida a los demás. Nuestro trato, nuestras relaciones serían mejores, nos llevarían a un mundo más feliz, con una felicidad auténtica.
Me ilumina esta reflexión las palabras de Jesús en el evangelio que hemos proclamado. En cierto modo Jesús se queja de esa mala interpretación que hace mucha gente tanto de lo que significó Juan Bautista, como también de su presencia en medio de ellos. ‘Os parecéis a los niños que juegan en la plaza’, les viene a decir; esos niños que siempre en sus juegos le están llevando la contraria a sus amigos y compañeros.
‘Vino Juan, que ni comía ni bebía, y dice que tiene un demonio; viene el Hijo del Hombre que come y bebe, que está ahí en medio de los gentes haciendo su misma vida (qué hermoso la cercanía de Dios, y decís que es un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’.
Cuánto  nos cuesta aceptar y acoger en nuestra vida todo el misterio de Jesús, todo su mensaje de salvación. Es necesario dejarse conducir. Es necesario sentir que el Espíritu Santo está con nosotros guiando nuestra vida, inspirándonos lo bueno, conduciendo con su sabiduría divina los caminos de la Iglesia. Hemos de saber tener ojos de fe para descubrir ese actuar del Espíritu de Dios que actúa en nuestra historia, cómo ha conducido a la Iglesia en todos los tiempos, pero en la época histórica que nos ha tocado vivir podemos ver clara esa acción divina en la Iglesia.
Aquella intuición del Papa Juan XXIII convocando un concilio ecuménico fue realmente algo profético. Todo el movimiento que surgió en la Iglesia a partir de ese momento fue en verdad renovador de nuestra vida por la inspiración del Espíritu. Bien sabemos que siempre hubo personas que no supieron ver esa acción del Espíritu sino más bien lo mal interpretaron y ha provocado al paso de los años muchas reticencias, pero es lo que antes decíamos. Necesitamos abrir los ojos a la acción del Espíritu y dejarnos conducir por El.
Como  nos decía el Señor por el profeta ‘yo, el Señor, tu Dios, te enseño para tu bien, te guío por el camino que sigues’. Dejémonos conducir por el Señor, porque ‘al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’, como decíamos con el salmo. Sigamos este camino emprendido ahora en este tiempo del Adviento para llegar a ver la salvación de Dios, para que lleguemos a tener ese encuentro vivo con el Señor que es nuestro Salvador.

jueves, 13 de diciembre de 2012


Para que vean y conozcan que la mano del Señor lo ha hecho

Is. 41, 13-20; Sal. 144; Mt. 11, 11-15
El espíritu del Éxodo y del desierto forma parte muy importante de la espiritualidad del pueblo judío. La pascua celebrada como principio de aquella salida y la Alianza ratificada al pie del Sinaí serán piezas fundamentales de su espiritualidad porque en esos momentos se constituye plenamente el pueblo de Dios que había tenido su inicio en la fe de Abraham y la respuesta que éste había hecho a la llamada de Dios.
Aquel primer éxodo estuvo rodeado de austeridad grande al atravesar el desierto que le llevaría a la Tierra prometida. Pero ahora el profeta anuncia como un nuevo éxodo en su vuelta del destierro y la cautividad padecida en Babilonia. En aquel primer éxodo se manifestó la gloria y el poder del Señor en las maravillas que realizó el Señor con ellos frente a los peligros y carencias que vivieron en aquellos cuarenta años de desierto. En este nuevo éxodo de retorno a Jerusalén y a su patria el profeta anuncia también cosas maravillosas para expresar como el Señor les conduce por ese camino que les trae de la vuelta del destierro.
Si entonces se les abrió un camino en medio del mar, les hizo brotar agua de la roca o les envió el maná del cielo que los alimentara, ahora el profeta habla de ríos, manantiales y fuentes de agua en el desierto  haciendo surgir la frondosidad de los árboles que les den sombra y fruto a través de su camino. ‘Para que vean y conozcan, reflexionen y aprendan de una vez que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado’.
Pero todo eso es imagen y signo de un nuevo camino que el pueblo del Señor ha de realizar. Todo eso se convierten en imágenes mesiánicas que nos ayudarán a preparar el camino del Señor, como habían anunciado también los profetas y ahora anuncia el Bautista allá junto al Jordán. Nos aparece la figura del Bautista, el más grande de los nacidos de mujer como dirá Jesús, ayudándonos a preparar el camino del Señor. Un desierto y un camino, un éxodo partiendo y arrancando de nosotros mismos para ir a buscar no ya la tierra prometida, sino para acoger y recibir al Salvador prometido, al Mesías anunciado, al que va a ser el Emmanuel, el Dios con nosotros que nos trae la salvación.
Es la lectura que nosotros hemos de hacer de estos textos sagrados que escuchamos en medio del camino del Adviento que vamos realizando. ¿Un éxodo? ¿un desierto? Esa espiritualidad también nos ayuda a nosotros a hacer este camino. Estamos como desterrados lejos del Señor, buscamos también la salvación, queremos caminar al encuentro del Señor. Vamos a escuchar repetidamente al Bautista invitándonos a la conversión, a rehacer nuestros caminos, a desprendernos de todo lo que sea impedimento y que nos tenga alejados del Señor. No haremos una alianza en la sangre de los animales sacrificados, sino que ya nosotros somos los hijos de la nueva y definitiva alianza, la Alianza eterna realizada en la Sangre de Cristo que nos salva.
Pero estamos seguros que en ese camino no nos faltará nunca la gracia y la fuerza del Señor. Los manantiales del agua de la gracia siempre están a nuestra mano para calmar nuestra sed, para hacernos sentir la fuerza del Señor. Un camino de esfuerzo de superación que es el que siempre hemos de ir haciendo en nuestra vida para no dejarnos vencer por la modorra y la rutina.
‘El Reino de los cielos padece violencia y sólo los esforzados podrán alcanzarlo’. Es la lucha de nuestro camino, que nos recuerda caminos de desierto para que aprendamos a vivir en la austeridad de solo preocuparnos de lo que es verdaderamente importante. Y esto lo necesitamos aprender en todos los ámbitos de la vida. Sólo así podremos alcanzar la plenitud que Cristo quiere dar a nuestra vida. hagamos con intensidad este camino del Adviento que nos lleva al encuentro con el Señor.

miércoles, 12 de diciembre de 2012


El Señor es un Dios eterno y creó los confines del orbe

Is. 40, 25-31; Sal. 102; Mt. 11, 28-30
Cuando los profetas trasmiten el mensaje de la Palabra de Dios al pueblo de Israel, éste se ve sometido a fuertes tentaciones a la idolatría, porque viven en medio de pueblos paganos que se habían creado multitud de ídolos, dioses a su medida que no podían ofrecer ningun tipo de salvación. Es por eso que los profetas luchan fuerte contra la idolatría de los pueblos vecinos y a la se ve tentado Israel en caer. Podríamos recordar, porque sobre ello hemos meditado en más de una ocasión, la lucha del profeta Elías contra los profetas de los baales, lo que le acarrearía momentos difíciles y de persecusiones.
Ahora el profeta Isaías que  hoy hemos escuchado les recuerda al Dios todopoderoso creador de todas las cosas que se manifiesta con fuerza y poder pero al mismo tiempo cercano de su pueblo. Cuando ellos podían pensar que Dios no les hacía caso ni les tenía en cuenta, el profeta les recuerda esa cercanía de Dios siempre atento a sus necesidades y que por amor a su pueblo se hace presente en medio de ellos.
‘¿Por qué andas hablando, Jacob, y diciendo, Israel: mi suerta está oculta al Señor, mi Dios ignora mi causa?’ ¿No nos recuerda esto lo que quizá muchas veces nosotros hayamos pensado o dicho cuando acudimos a El en nuestra oración y decimos que Dios no nos escucha y no atiende a nuestras peticiones?
‘El Señor es un Dios eterno y creó los confines del orbe, les dice el profeta. No se cansa, no se fatiga, es insondable en su inteligencia. El da fuerza al cansado, acrecienta el valor de inválido… los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas…’ ¡Qué bellas palabras que llenan al pueblo, nos llenan a nosotros, de esperanza! ¡Cómo tenemos que aprender a fiarnos del Señor, a poner en El toda nuestra confianza! No podemos olvidar nunca las maravillas que el Señor hace continuamente en nuestra vida, El que ‘es compasivo y misericordioso’.
No nos falta la ayuda y la gracia del Señor. El sí nos escucha y nos llena continuamente con su gracia. Aún en aquellos momentos oscuros por los que podamos pasar, porque quizá se debilite nuestra fe o nos llenemos de dudas y temores, porque quizá por el mal que hemos dejado meter en nuestro corazón nos sintamos más débiles y más tentados, sabemos que el Señor está ahí, es nuestra fuerza, nuestra vida, nuestra luz. A El en medio de las oscuridades con más fuerza tenemos que acudir porque hemos de sentir la certeza en nuestro interior de que el Señor no nos deja, no nos abandona está junto a nosotros.
En los momentos que nos sintamos cansados, porque nos cuesta luchar, porque quizá no avanzamos todo lo que quisiéramos o porque nuestro corazón se haya llenado de desilusión con más fuerza hemos de escuchar la voz del Señor que nos llama y nos invita a ir hasta El, como hoy hemos escuchado en el evangelio. ‘Venid a mí, todos los que estáis cansado y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’.
‘Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan’, que decía el profeta Isaias; pero que no son sólo los jóvenes, que todos tropezamos y a todos nos aparecen cansancios. Pero hemos de escuchar esa palabra de aliento del Señor porque estando con El ‘se renuevan las fuerzas, les nacen alas como de águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse’. Unas bellas imágenes que nos están hablando de esa fortaleza del Señor que nunca nos faltará.
Como nos decía Jesús ‘mi yugo es llevadero y mi carga ligera’. Es llevadero y ligero porque lo tenemos a El como dulce Cireneo que nos ayuda a llevar la cruz de cada día; es llevadero y ligero porque cuando amamos los mandamientos del Señor nos damos cuenta que lo que nos pueda pedir el Señor será siempre para nuestra mayor felicidad con lo que asi le daremos gloria al Señor.

martes, 11 de diciembre de 2012


Aquí está nuestro Dios… llega con poder manifestándonos su amor

Is. 40, 1-11; Sal. 95; Mt. 18, 12-14
‘Súbete a lo alto de un monte, heraldo de Sión; alza con fuerza la voz… no temas, di a las ciudades de Judá: aquí está nuestro Dios… llega con poder…’ Es el grito del profeta que escuchamos en Isaías y que nos trae una buena noticia. Por eso hay que gritarla muy fuerte. Llega el Señor con poder.
¿Cómo se manifiesta ese poder del Señor? Es aquí donde tenemos que reflexionar y escuchar muy bien lo que hoy nos dice el Señor. Podemos tener nuestros prejuicios, nuestras maneras de pensar que pudieran ser distintas a lo que nos dice el Señor. Hablar de poder nos puede sonar a imposición, a dominación por la fuerza, a ejércitos en plan de batalla y de guerra. Es lo que entendemos muchas veces en la vida ordinaria; lo que por otra parte pudiera hacernos pensar algunas expresiones que podamos encontrar en el Antiguo Testamento.
¿Cómo se manifiesta ese poder del Señor? seguimos preguntándonos. Fijémonos en lo que nos dice Isaías en el texto que hemos escuchado. ‘Como un pastor que apacienta el rebaño, su mano los reúne. Lleva en brazos a los corderos, cuida de las madres’. ¿Pueden haber imágenes que mejor nos hablen de la ternura y del amor? El pastor que cuida de su rebaño, que lleva en brazos a los corderos, que busca a la oveja perdida, que lo defiende y lo cuida de los lobos depredadores es precisamente la imagen que nos ofrecerá Jesús en el evangelio.
Pero no es imagen sólo del Nuevo Testamento, sino imagen que contemplamos también en el Antiguo Testamento. Nos habla del Señor compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad; nos habla de que quiere misericordia y no sacrificios; nos hablan los profetas de los lazos de amor con Dios quiere atraernos; nos habla de la misericordia que Dios tiene con nosotros en su inmensa ternura por ejemplo en el salmo penitencial por excelencia para pedir perdón al Señor - ‘por tu inmensa compasión, borra mi culpa’, que le pedimos -.
Y ya hemos escuchado hoy la parábola del pastor que va a buscar la oveja perdida, y de la alegría del cielo por un pecador que se arrepiente; o recordamos también la alegría de aquel padre lleno de amor que acoge y recibe al hijo pródigo que se había marchado de casa. Podríamos recordar más momentos.
Hoy nos invitaba el profeta al consuelo que sentimos en el Señor porque ya para siempre nuestro crimen está pagado. En la sangre de Jesús hemos sido lavados por la misericordia y la bondad del Señor que en su amor lo que quiere es nuestra conversión y arrepentimiento.
¿Cómo se manifiesta ese poder del Señor? Ya tenemos la respuesta, en el amor. Es la más auténtica y genuina manifestación del poder del Señor. En nuestras miras humanas hay quien pudiera pensar que el perdón y la misericordia son señales de debilidad. Todo lo contrario, es la más grande manifestación del poder de Dios que así nos ama, tiene misericordia con nosotros y nos perdona. Humanamente hablando, incluso, yo diría que hay que tener gran fortaleza en el corazón para perdonar a los demás. Es ahí cuando nos vemos grandes, cuando somos capaces de amor y de perdonar. Así se nos manifiesta también el poder del Señor, la grandeza del amor del Señor.
Por eso escuchamos con gozo todos estos anuncios que nos van haciendo los profetas en este camino de Adviento que vamos recorriendo. Así surge con más fuerza en nuestro corazón ese deseo de encontrarnos con el Señor en esa vivencia profunda que queremos hacer de la Navidad. 
Nos preparamos abriéndonos al amor, sintiendo ese amor del Señor que viene a nosotros y poniendo en consecuencia amor en nuestra vida. Por eso acoger al Señor que viene a nosotros significará acoger al hermano que está a nuestro lado; ahí quiere hacerse presente el Señor. Cuanto  más le abramos el corazón al hermano que camina a nuestro lado más se lo estaremos abriendo al Señor. Por ahí tiene que ir nuestro camino de adviento para llegar a una auténtica navidad.

lunes, 10 de diciembre de 2012


Hoy hemos visto cosas admirables

Is. 35, 1-10; Sal. 84; Lc. 5, 17-26
‘Hoy hemos visto cosas admirables’, exclamaba la gente después de contemplar lo que Jesús había hecho. ‘Todos quedaron asombrados y daban gloria a Dios’. Jesús no solo había curado al paralítico que le habían traído y que en su fe se habían atrevido a introducirlo a los pies de Jesús separando las losetas de la azotea y descolgándolo hasta Jesús, sino que además le había perdonado los pecados. Los fariseos se habían escandalizado y lo habían criticado, pero Jesús se había mostrado poderoso y con capacidad para también perdonar los pecados. Estaban asombrados y hasta llenos de temor, pero daban gloria a Dios.
‘Nuestro Dios viene y nos salvará’, habían anunciado los profetas, que nosotros hemos repetido también hecho oración en el salmo. ‘Mirad a vuestro Dios que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará’. Así se estaba manifestando la salvación que Jesús viene a ofrecernos. No solo se van a despegar los ojos del ciego, no solo los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo y la lengua del mudo se soltará para cantar a Dios, sino que algo más profundo se viene a realizar con la venida del Mesías, con la venida de Jesús.
Los profetas habían anunciado que la transformación que se iba a realizar era como si un desierto se convirtiera en un vergel. Pero eso eran imágenes de la belleza nueva en la vida nueva que el Mesías nos iba a ofrecer. Lo estamos viendo. Es de lo que nos vamos nosotros impregnando con la fuerza de la palabra del Señor de manera que en Jesús nos vamos a sentir fuertes, renovados, con nueva vida.
Estamos llenos de debilidades y también de muchos tropiezos en la vida, andamos a veces como ciegos sin saber a donde vamos, nos sentimos confundidos con muchas cosas que nos suceden que no terminamos de comprender, pero para nosotros hay una nueva luz, un nuevo sentido que nos llena de fortaleza, nos llena de gracia para sentirnos distintos, para alejar de nosotros todos los temores y desconfianzas.
‘Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis’. Así nos decía el profeta y todo eso lo vamos a ver realizado en Jesús. Nuestro corazón se llena de esperanza y de alegría. Llega a nosotros la salvación. Porque con Jesús nos viene la gracia, con Jesús nos viene el perdón, con Jesús nos sentiremos llenos del Espíritu y nuestra vida será distinta.
Estamos haciendo el camino del Adviento y todo esto hemos de tenerlo en mente, hemos de tener muy claro lo que nos ofrece Jesús, lo que entonces ha de ser para nosotros la navidad. Es el Señor que viene en persona y nos salvará. Y podremos ver la gloria del Señor.
Si ayer escuchábamos al Bautista clamando en el desierto que había que preparar los caminos del Señor enderezando todo lo que estaba torcido, limpiando todo lo que hay de escabroso en nuestra vida, hoy estamos viendo cómo esto será posible, cómo podremos realizarlo. Quien viene a nosotros no viene solo con bonitas palabras, sino que nos trae el perdón y la gracia.
Algunos no lo entenderán. Algunos incluso se resistirán a acercarse a Jesús con humildad para reconocerse necesitados de salvación. Algunos se opondrán y hasta querrán llamar blasfemo a Jesús cuando nos hable del perdón de los pecados.
Pero ahí está Jesús con su poder y con su gracia y para nosotros nos trae el perdón que es la salvación más hondo que podemos alcanzar, porque cuando nos sintamos perdonados nos sentiremos renovados; cuando nos sintamos perdonados nos encontraremos con fuerza para emprender una nueva vida; cuando nos sintamos perdonados sentiremos el gozo  más hondo en el alma; cuando nos sintamos perdonados veremos cómo es el amor del Señor que ya nunca más va a tener en cuenta ese pecado que habíamos cometido y El  nos ha perdonado; cuando nos sintamos perdonados nos sentiremos en verdadera paz.
‘Hoy hemos visto cosas admirables’, terminaremos diciendo nosotros también  y daremos gloria al Señor.

domingo, 9 de diciembre de 2012


Vino la palabra de Dios sobre Juan en el desierto

Baruc, 5, 1-9; Sal. 125; Filp. 1, 4-6.8-11; Lc. 3, 1-6
En Roma y sobre todo su imperio reinaba el emperador Tiberio; en Jerusalén Poncio Pilato era el gobernador de Judea; en Herodes era el virrey y sus hermanos Felipe en Iturea y Traconítide, y Lisanio en Abilene; en el templo de Jerusalén los sumos sacerdotes eran Anás y Caifás, pero a ninguno de ellos vino la Palabra del Señor. Podría parecer que en esos lugares de poder político y religioso podrían resonar grandes palabras, pero la Palabra de Dios vino a resonar en un lugar apartado, allá en el desierto junto al Jordán a un hombre sencillo y pobre que vivía en la mayor austeridad. ‘Vino la palabra de Dios sobre Juan, el hijo de Zacarías, allá en el desierto’.
Son las sorpresas de Dios. Sus caminos no son nuestros caminos ni nuestros planes son sus planes. Dios actúa de otra manera. Nosotros los hombres para preparar un acontecimiento que fuera importante y que pudiera tener trascendencia en la historia hubiéramos hecho otros preparativos quizá con grandes dispendios materiales y hasta con obras faraónicas para que quedara constancia no solo del acontecimiento sino de lo que nosotros habíamos hecho. Estamos acostumbrados en la vida a grandes inauguraciones y a monumentos o placas que dejen constancia de las cosas que los hombres consideramos importantes. Pero el actuar de Dios es otro.
La Palabra de Dios que iba a resonar sí que iba a tener una trascendencia para toda la humanidad y marcaría la historia. Pero los hechos van a comenzar a suceder allá en el desierto en una voz que se va a comenzar a escuchar pero sin los altavoces mediáticos o de grandes medios que hoy utilizaríamos. ¿Quién la va a escuchar en el desierto? Pero allí va a resonar. Un hombre famélico en su apariencia por la austeridad y penitencias que hacía, vestido solo con una piel de camello va a ser lo voz que resuene con fuerza. ‘Una voz grita en el desierto’, recordará el evangelista recordando lo anunciado previamente por los profetas.
¿A qué invita esa voz? ¿cuál es el mensaje? Es una gran noticia, es una buena noticia que merecerá la pena escuchar. ‘Todos verán la salvación de Dios’. Llega el esperado de las naciones, se van a cumplir todas las esperanzas de Israel, viene la salvación y no solo para Israel sino que será para todos los pueblos, para toda la humanidad. Y hay que preparar los caminos, allanando los senderos, elevándose los valles y abatiéndose las montañas para hacer ese camino recto que nos conduzca a la salvación.
Escuchábamos ese mismo mensaje en el profeta que anunciaba la vuelta del pueblo desterrado a Jerusalén. Marcharon entre lágrimas al destierro y ahora vuelven entre cantos y llenos de alegría. ‘A pie marcharon conducidos por el enemigo, pero Dios los traerá con gloria, como llevados en carroza real’.  Se enderezarán los caminos, los árboles darán sombra a Israel ‘porque Dios guiará a su pueblo con alegría, a la luz de su gloria con su justicia y su misericordia’.
Aquello que fue un momento de la historia de Israel se convirtió en signo de lo que ahora hay que realizar porque ahora se va a manifestar en plenitud lo que es la misericordia del Señor que trae la salvación para toda la humanidad. Por eso ahora Juan ‘recorría toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados’. Sobre Juan había llegado la Palabra del Señor que ahora proclamaba para todos los hombres desde la humildad y la pobreza del que está en el desierto, desde la austeridad de una vida de penitencia para ser un signo para todos de esa conversión del corazón que había que realizar.
Hoy también, y podríamos recordar las coordenadas históricas que vivimos en el momento presente y también en la situación social concreta en la que vivimos, nos llega la Palabra del Señor. No será por grandes medios sino que será quizá en el silencio de cada corazón que la quiera escuchar, en cualquier lugar que haya una persona de buena voluntad y que quiera vivir con sinceridad y autenticidad su vida podrá escuchar esta Palabra, esta voz que resuena fuerte en medio de desierto de nuestro mundo pero que tendrá que hacerse eco en cada uno de nosotros porque a cada uno nos invita, nos llama también a la conversión para preparar los caminos del Señor.
El Señor quiere seguir llegando a nuestro mundo, quiere hacerse presente en medio de nuestra sociedad porque todos están bien necesitados de esa salvación que el Señor nos trae. Puede sucederle a nuestro mundo, como a aquellos grandes personajes de la historia de aquel momento que nos recordaba el evangelista, que estaban en sus cosas, en sus propias preocupaciones, en sus afanes de poder y para ellos no resonó la Palabra del Señor.
Así puede suceder y de hecho sigue sucediendo en nuestro mundo en medio del cual va a brillar la estrella de la navidad pero no van a entender su luz, la van a interpretar a su manera y para sus intereses, no van a escuchar esa voz que nos llama a algo nuevo y distinto.
Así nos puede suceder a nosotros también que andemos tan encandilados en medio de nuestra sociedad materialista y consumista que no sepamos captar el mensaje y aunque digamos que hacemos fiesta de navidad, sin embargo siga sin llegar de verdad el Señor a nuestra vida; tengamos cerrado el corazón en nuestros afanes y preocupaciones y no  nos demos cuenta de quien está llamando a nuestra puerta.
Que llegue a nosotros esa voz que grita en el desierto; que sobre nosotros llegue esa Palabra del Señor y sepamos acogerla. Juan desde el evangelio nos está dando la voz de alerta, no para asustarnos sino para anunciarnos la Buena Noticia. Dios se ha compadecido de nosotros y viene con su salvación.
Ante la proximidad de la llegada del Señor, que eso tiene que ser en verdad la navidad para nosotros, hemos de despertar; no podemos seguir con nuestras lámparas apagadas; es necesario estar vigilantes y orando pidiendo la venida del Señor. Esa lámpara que vamos encendiendo en la corona de Adviento esto nos recuerda.
Nos invita a la conversión, porque para preparar de verdad el camino del Señor muchas cosas habrá que corregir y arreglar en los caminos de nuestra vida personal como en los caminos de nuestra sociedad. Menos soberbia y más humildad, menos violencia y más justicia, menos codicia y egoísmo y más solidaridad y amor, menos hipocresía y mentira y más verdad y autenticidad en nuestra vida.
Habremos de purificarnos. Juan invitaba a un bautismo de penitencia para la conversión. Nosotros tenemos los sacramentos y en especial el sacramento de la Penitencia que ya nos hace partícipes de esa gracia redentora que Cristo nos ganara con su muerte en la cruz. Por eso es algo que tenemos que pensarnos muy bien para disponernos a recibir ese sacramento que nos purifica, pero nos trae el perdón del Señor y nos llena de su gracia.
Y mantener la esperanza de que con Cristo podemos hacer ese mundo nuevo. Quitemos pesimismos y negruras de nuestra vida que nos hacen creer que nada puede cambiar, que las cosas no tienen arreglo. Con la gracia del Señor que llega a nuestra vida si cada uno ponemos nuestro granito de arena podremos ir haciendo un mundo mejor y podremos salir de esas situaciones difíciles en las que vivimos.
Como nos decía el apóstol: ‘Esta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al día de Cristo limpios e irreprochables cargados de frutos de justicia…’ Lo podremos hacer. La gracia del Señor no nos faltará.

sábado, 8 de diciembre de 2012


María Inmaculada, sonrisa de Dios para nosotros

Gn. 3, 9-15.20; Sal. 97; Ef. 1, 3-6.11-12; Lc. 1, 26-28
‘Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novia que se adorna con sus joyas’.
Así comienza la liturgia de este día con esta antífona en que la Iglesia pone en labios de María este cántico de gozo y alabanza al Señor porque se siente engalanada de toda gracia y de toda hermosura. Son palabras proféticas en las que está inspirado también el cántico de María, el Magnificat, que tantas veces hemos escuchado y cantado.
También nosotros queremos hacer nuestro este cántico de alabanza al Señor cuando hoy celebramos esta hermosa fiesta de María en su Inmaculada Concepción y con María nos llenamos de gozo y queremos cantar también porque nos ha dado a María y en ella renacen también nuestras esperanzas y nuestros mejores deseos, reconociendo también cómo el Señor a nosotros nos viste ese traje de fiesta de su gracia.
Yo diría que celebrar esta fiesta de María en su Inmaculada Concepción en este marco y camino del Adviento que vamos recorriendo es contemplar en María la sonrisa de Dios para toda la humanidad. El Señor se complace en María, en su pureza y en su santidad, en su disponibilidad y su apertura a Dios, en su amor y en su esperanza y el darnos a María es como un guiño de amor que Dios quiere tener con toda la humanidad. A través de María nos va a llegar el más hermoso regalo de Dios cuando nos entrega a su Hijo que se hace hombre por amor a nosotros, porque en sus entrañas se va a encarnar para ser Emmanuel, Dios que esté con nosotros; es un guiño del amor de Dios, es la prueba del amor grande, infinito que Dios nos tiene.
Habíamos destruido la belleza y la bondad del hombre tal como El nos había creado cuando escogimos el camino del pecado que nos alejaba de Dios - todo cuanto había creado era bueno, como repite como una muletilla el Génesis -. Sin embargo Dios sigue pensando en el hombre, sigue amando a la humanidad a pesar de que seamos pecadores - esa es la maravilla del amor de Dios que nos ama aun cuando seamos nosotros pecadores - y ya desde los umbrales de la humanidad pecadora nos promete un salvador. Un día la cabeza del maligno va a ser escachada, por ‘la estirpe de la mujer’ que nos anuncia en el Génesis.
María es esa mujer de la que nos nacería el Salvador; María va ser la digna morada donde se encarnase el Hijo de Dios para ser nuestro salvador, y por eso, como confesamos en nuestra fe y hemos expresado también en la oración de la liturgia, ‘en previsión de los méritos del Hijo de Dios’, que iba a ser también el hijo de María, la preservó de todo pecado y la hizo limpia de toda mancha haciéndola Inmaculada desde el primer instante de su Concepción.
‘Preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura’, como proclamaremos en el prefacio.
‘Exulta sin mesura, hija de Sión, lanza gritos de júbilo, hija de Jerusalén. He aquí que viene tu rey’. Sí, lanzamos gritos de alegría que salen de lo hondo de nuestro corazón en esta fiesta grande de María. No podemos menos que hacerlo, porque María nos llena de alegría. Si, como decíamos antes, María es como la sonrisa de Dios para la humanidad,  esque cuando celebramos esta fiesta de María estamos viendo cerca la llegada del Salvador.
‘He aquí que viene tu rey’. Viene el Señor, por eso con tan júbilo celebra la Iglesia esta fiesta de la Inmaculada en medio de este camino de austeridad y preparación para la venida del Señor que es el adviento. Dios quiso así preparar la cuna - preparó ‘una digna morada’ - para el Señor haciendo santa y pura a María y María aceptó ese plan de Dios - ‘hágase en mi según tu palabra’, la hemos escuchado decir en el evangelio - y se dejó hacer por Dios haciendo que en ella entonces brillaran todas las virtudes.
Se sentía pequeña y humilde - ‘la esclava del Señor’ - pero reconoció ese actuar de Dios por eso su corazón desborda de gozo y se alegra en el Señor, su Salvador, como cantaría ella también. Podríamos considerar cómo sería el gozo que sentiría María en su corazón, porque aunque turbada ante las palabras del ángel por su humildad, luego sabía meditar y rumiar en su corazón todo cuanto le sucedía para que así surgiera ese continuo cántico de alabanza y de acción de gracias a Dios en toda su vida.
Gozosa sentiría al niño en sus entrañas; gozosa correría hasta la montaña para servir, para ayudar a su prima Isabel, como desbordaría de gozo en el encuentro de aquellas dos benditas mujeres, así surgió el cántico del Magnificat; gozosa en el nacimiento aunque fuera en la pobreza de Belén y gozosa en cada momento, aunque algunos fueran duros como su huida a Egipto o más tarde el camino del Calvario. Pero, ¿cómo no iba a sentir gozo en su corazón si llevaba Dios en sus entrañas, en su vida?
María es la bendita de Dios, es la bendición de Dios para nosotros. En ella se derramaron todas las bendiciones de Dios, bendiciones que no solo fueron para ella cuando Dios la hizo grande, sino a través de ella nos llegaron todas esas bendiciones de Dios. ‘Bendito sea Dios, decía san Pablo, Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales’. En María, la primera, estamos viendo esas bendiciones de Dios que la hizo pura y santa, que la preservó de todo pecado y la lleno de gracia porque iba a ser la madre de Cristo, como ya hemos reflexionado.
Contemplando a María aprendemos también a reconocer todas esas bendiciones con que Dios nos ha enriquecido llenándonos de su gracia. Por eso, como decíamos al principio, queremos hacer nuestro el cántico de María de acción de gracias al Señor. Nos ha vestido el Señor a nosotros también con traje de gala o el manto de triunfo de la gracia que nos ha hecho hijos de Dios, como nos recuerda hoy san Pablo, lo que ha de impulsarnos continuamente a que cada día seamos más santos y resplandezca más el amor en nuestra vida. Cuántas gracias recibimos continuamente de Dios y que muchas veces  no sabemos aprovechar.
Vivimos con gozo grande esta fiesta de María y nos sentimos llenos de esperanza, y con esa esperanza renacida en nosotros transportemos a nuestra vida esa sonrisa de Dios que es María a la que queremos tener siempre a nuestro lado, en quien queremos mirarnos como en un espejo para querer parecernos cada vez a ella en la santidad de nuestra vida.
Hoy queremos mirar a María y quedarnos como extasiados contemplando la belleza de su vida que es su amor y su santidad. Miremos a María, contemplemos a María; cuando tengamos miedo, miremos a la Virgen estado de buena esperanza; cuando nos sintamos derrotados, miremos a la Virgen vestida de sol; cuando nos sintamos sucios por nuestro pecado, miremos a la Inmaculada; cuando nos sintamos tristes, escuchemos a María que canta el Magnificat; cuando nos sintamos solos, miremos a María que va a dar a luz al ‘Dios con nosotros’; cuando tengamos dudas en nuestro corazón, escucha a la mujer que dice Si, hágase.
María, madre de la esperanza, enséñanos a esperar, enséñanos a prepararnos para sentir al Mesías que ha de nacer en nosotros.

viernes, 7 de diciembre de 2012


Llega el Señor con poder e iluminará los ojos de sus siervos

Is. 29, 17-24; Sal. 26; Mt. 9, 27-31
‘Mirad, el Señor llega con poder e iluminará los ojos de sus siervos’. Así proclamamos antes del evangelio haciendo ya confesión de fe en lo que la Palabra de Dios nos trasmite hoy. Viene el Señor, con poder, con su luz, con su salvación; viene el Señor y desde El todo ha de ser distinto en nuestra vida, porque su salvación nos renueva, nos llena de nueva vida.
El profeta nos habla primero de bellas imágenes que nos describen el Líbano como un vergel, pero no se quedan ahí las imágenes porque a continuación nos habla de los sordos que podrán oír las palabras del libro y de los ojos de los ciegos para los que ya no habrá oscuridad. En el evangelio precisamente escucharemos el relato de la curación de dos ciegos. Pero como bien entendemos los milagros son signos de lo que significa la gracia de Dios en nosotros y de la transformación de nuestra vida con la salvación que nos trae el Señor.
‘Los oprimidos volverán a alegrarse con el Señor y los más pobres gozarán con el santo de Israel’, nos dice el profeta. Recordamos lo anunciado por el profeta y que Jesús proclama en la sinagoga de Nazaret, a los oprimidos se las anuncia la libertad y el año de gracia del Señor. Todo se transformará con la salvación del Señor.
Muchas veces nos tienta la tentación del pesimismo y la desolación cuando contemplamos el mal campeando a nuestro alrededor y que también se nos infiltra en nuestros corazones. Y en ese pesimismo pensamos que esto no hay quien lo cambie, que el mal sigue a sus anchas y que es difícil hacer avanzar el bien, lo bueno y la justicia. Sentimos esa desazón porque nos cuesta a nosotros también superarnos y aunque nos prometemos tantas cosas sin embargo seguimos enredados en el mal que campa a sus anchas, el desamor que nos hace insolidarios, la desunión que tantas divisiones y enfrentamientos provoca, los egoísmos que nos encierran, los orgullos que nos envenenan por dentro y nos parece que no podemos salir de esa situación.
La salvación no es obra nuestra sino del Señor. Es El quien viene a nosotros para transformar nuestro corazón y nosotros hemos de prestarle nuestra cooperación dejándonos iluminar por su Palabra, dejándonos guiar por la fuerza de su Espíritu. Es el Señor el que obra maravillas en nosotros. Es el Señor el que nos salva porque nos da su gracia que nos perdona pero también nos renueva, no vivifica, nos hace tener nueva vida.
Reconozcamos la acción de Dios en nuestra vida y en nuestro mundo. El Señor hace maravillas. Como nos dice el Señor por el profeta ‘cuando vea mis acciones en medio de él, santificará mi nombre, santificará al Santo de Jacob y temerá al Dios de Israel’. Que se nos abran nuestros ojos para ver las acciones del Señor. Así tenemos que saber reconocer y dar gracias, así tenemos que cantar también la alabanza al Señor.
Vayamos hasta Jesús como aquellos dos ciegos de los que nos habla el Evangelio. Tantas cosas nos ciegan a nosotros que tenemos necesidad de acudir a Jesús para que nos abra los ojos. Como aquellos ciegos del evangelio digámosle: ‘Ten compasión de nosotros, hijo de David’, Hijo de Dios y Salvador nuestro. ‘El Señor es mi luz y mi salvación… nada me hará temblar’, nada podrá oscurecer mi vida ya. Dejemos que la luz de Dios ilumine nuestra vida, nos saque de nuestras tinieblas, nos ayude a descubrir y conocer más y más el misterio de Dios, nos haga ver con nuevos ojos a los hermanos que están a nuestro lado. 
Cantemos las maravillas que hace el Señor.