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sábado, 3 de noviembre de 2012

La persona humilde y sencilla se ganará siempre el cariño de los que le rodean


La persona humilde y sencilla se ganará siempre el cariño de los que le rodean


Flp. 1, 18-26; Sal. 41; Lc. 14, 1.7-11

‘Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido’. Esta sentencia de Jesús se la hemos escuchado muchas veces pero seguimos sintiendo la tentación y la apetencia de honores, reconocimientos y grandezas humanas.

Jesús había sido invitado a comer en casa de uno de los principales fariseos y allí estaba observando lo que hacían los invitados, iban escogiendo los que consideraban los mejores puestos, los puestos de honor en la mesa. Esto le da ocasión para dejarnos su enseñanza que no es otra que lo que ha sido siempre su manera de actuar en la vida.

El que había venido a servir y no a ser servido. Los discípulos aún se asombrarán cuando en la cena pascual él se ponga a lavarle los pies a cada uno de los discípulos. Es una lección que nos cuesta entender porque siempre está dentro de nosotros ese orgullo y ese amor propio. Queremos aparecer como importantes, que nos vean y reconozcan. Muchas veces y de muchas maneras sentimos esa tentación en nuestro corazón. Si aprendiéramos la lección que distintas, qué sencillas, qué humanas, qué fraternas serían nuestras relaciones.

Ahora les dice claramente a aquellos convidados que allá están dándose codazos por los puestos principales - cuántos codazos nos vamos dando por la vida -. ‘Cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto… no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú…’ Ya escuchamos en otro lugar que nos dice que los últimos serán los primeros y los que quieren ser los primeros van a ser los últimos.

Cuando escuchamos este texto no nos quedemos en la literalidad de sentarnos en un puesto o en otro en la mesa. Eso puede estar reflejando muchas actitudes en otros muchos momentos de la vida. Lo que nos está denunciando Jesús, y en consecuencia queriéndonos dar su enseñanza, es la prepotencia con que muchos van por la vida que parece que todo se lo saben, que son los únicos capaces de hacer las cosas y que los demás son unos ignorantes y unos inútiles.

Hay muchas maneras de manifestar esa prepotencia que humilla y hace daño al otro, que nunca es capaz de valorar lo que hacen los demás, que trata de manipular a las otras personas inutilizándolas quizá para ellos sobresalir. La soberbia es una máscara bien infame que nos ponemos para ocultar quizá nuestras propias debilidades o incapacidades, pero que hemos de saber que esa máscara un día se caerá y vamos tener que reconocer lo que es la realidad de nuestra vida.

Qué hermoso sería que fuéramos capaces de valorarnos unos a otros de verdad; que no me sintiera yo nunca envidioso porque el otro haga las cosas bien; que tenga una actitud humilde para querer aprender de los demás porque reconozcamos que todo no lo sabemos y siempre podemos ayudarnos unos a otros. Una actitud humilde y generosa con los otros nos ayuda a todos a crecer y a realizarnos de verdad y siempre el corazón humilde será capaz de ganarse el cariño y el respeto de los demás.

Esto nos vale en todas las facetas de la vida, de nuestra convivencia diaria o de los trabajos o responsabilidades que tengamos que desempeñar en la vida; esto nos vale en el camino de nuestra vida cristiana, en todo lo que afecto a todos los ámbitos de la Iglesia, como lo que es relación social que hemos de mantener siempre con los demás.

Son cosas que nos hacen pensar. Son lecciones que tenemos que aprender. Son valores que nos enseña a vivir Jesús para que en verdad vayamos construyendo en todo momento el reino de Dios.

viernes, 2 de noviembre de 2012


Un recuerdo de los difuntos desde la esperanza hecho oración


Ayer cuando celebrábamos la festividad de Todos los Santos nos sentíamos impulsados a mirar a lo alto para contemplar toda esa constelación maravillosa de la asamblea festiva de los santos nuestros hermanos que en el cielo cantan la gloria del Señor. Decíamos que la celebración nos llenaba de esperanza, porque eran hermanos nuestros, hombres y mujeres como nosotros que nos precedieron en su caminar por esta tierra con las mismas luchas y debilidades que nosotros y eso nos hacía reafirmarnos en ese camino de mirar a lo alto, en ese camino que nos lleva a la santidad siendo ellos para nosotros estímulo y ejemplo para nuestro caminar.
Con esa misma esperanza hoy queremos recordar a todos los que han muerto; no todos somos santos porque no siempre vivimos la total y radical fidelidad al Señor y al evangelio que nuestra fe nos pediría; por eso nuestro recuerdo desde esa esperanza se hace oración para invocar la misericordia del Señor sobre aquellos que han muerto para que el Señor les haga participar ya para siempre en ese reino de luz y de vida que es la plenitud del Reino de Dios en el cielo.
Miramos a Jesús, muerto y resucitado, y nuestra vida se llena de esperanza porque estamos contemplando la salvación que el Señor nos regala. El Señor siempre es misericordioso y compasivo y aunque nos sentimos abrumados por nuestras debilidades y pecados sin embargo tenemos la esperanza, la certeza en la esperanza, de que también nosotros estamos llamados a la resurrección.
Todo el que cree en Jesús está llamado a la vida y a la resurrección. Podemos recordar aquí las palabras de Jesús a Marta y a María que tantas veces hemos escuchado y meditado. ‘Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí aunque haya muerto vivirá; y todo el que está vivo y crea en mí, jamás morirá’.
En Jesús ponemos nuestra fe; queremos seguir su camino, queremos vivir su vida. Ponemos nuestra fe en Jesús y en Jesús encontramos el sentido más hermoso que podamos darle a nuestra vida. Qué importante que nos reafirmemos en nuestra fe, que hagamos crecer nuestra fe más y más.
Desde la fe cada una de las realidades de nuestra vida adquieren un nuevo sentido y valor. Desde la fe en Jesús nos enfrentamos a la muerte no como a un destino fatal e irremediable, sino descubriendo que en Jesús tenemos la victoria definitiva y total sobre la muerte, porque en Jesús estamos llamados a la vida, porque así como Cristo resucitó también nosotros resucitaremos con El. La muerte ya no es para el hombre un vacío al que no encontremos sentido, sino que en nuestra muerte corporal aunque demos fin a nuestra existencia terrena, sin embargo es una puerta que se abre a una vida sin fin.
Es por eso por lo que a nuestro vivir de cada día queremos darle un sentido hondo; no queremos vivir una vida vacía y sin sentido ni queremos apoyar nuestra vida solo en lo material y lo terreno, o en las riquezas o posesiones que deseemos poseer. No son las riquezas materiales las que llenan de sentido nuestra vida ni las que nos dan la felicidad más verdadera. Hay algo más hondo que sí da riqueza a nuestro existir y es todo lo que por amor hagamos y todo el bien que generosamente repartamos con nuestros semejantes.
Son esos valores vividos desde la responsabilidad e incluso desde el sacrificio los que llenarán nuestra vida de sentido. Será la generosidad de nuestro corazón la que nos hará sentir satisfechos de verdad por dentro, la búsqueda de lo bueno y de lo justo, lo que podamos hacer para que haya más paz en nuestra convivencia de cada día, la sinceridad y autenticidad con que vivamos nuestras relaciones con los demás.
Son consideraciones que nos hacemos para nuestra propia vida cuando estamos haciendo esta conmemoración de los difuntos, porque si tenemos puesta nuestra esperanza en el Señor y deseamos que el Señor en su misericordia los lleve a su Reino eterno, nosotros que aún caminamos por este mundo hemos de saber darle ese hondo sentido a nuestro existir desarrollando todos esos valores que luego en la plenitud de Dios vamos a vivir en una felicidad eterna.
Que el Señor acoja a nuestros seres queridos difuntos que hoy queremos recordar; que sea misericordioso con ellos, es la oración que por ellos hacemos; que Dios les conceda vivir en esa plenitud total de su presencia todo eso bueno que en su vida vivieron y que nosotros como sus descendientes de ellos también aprendimos. Sí, démosle gracias al Señor por cuanto aprendimos de nuestros padres, por cuantas lecciones recibimos en la vida de nuestros mayores, y que eso sea también un acicate para que nosotros dejemos a las generaciones que nos siguen un buen ejemplo de la vivencia de todos esos valores. 

jueves, 1 de noviembre de 2012


Contemplamos la constelación de todos los santos que en el cielo glorifican al Señor

Apoc. 7, 2-4.9-14; Sal. 23; 1Jn. 3, 1-3; Mt. 5, 1-12
Hay personas a las que les gusta subir en la noche a las altas montañas - en nuestro caso, por ejemplo irse a Izaña o Las Cañadas del Teide, nuestras más hermosas montañas - para contemplar en una noche despejada y sin luna, y sin los reflejos de las luces artificiales de nuestras ciudades, las estrellas, las constelaciones, y toda la maravilla del firmamento que podemos contemplar con nuestros ojos.
Es una gozada de espectáculo que nos ofrece la naturaleza. Es una experiencia bella y rica en sensaciones y parece como que el espíritu se eleva para irse tras las estrellas y más allá incluso. Sí, hay que irse a esas alturas donde las luces artificiales de nuestras ciudades no nos impidan ver ese cielo estrellado, porque esas luces como que nos encandilan y nos impedirán contemplar en toda su pulcritud la belleza del firmamento.
Pues bien, creo que la fiesta que celebramos hoy es algo así como irnos a lo alto para ver las estrellas y es que al contemplar a todos los santos que hoy celebramos es como ver esas estrellas luminosas o tintineantes que nos atraen y nos hacen mirar también a lo alto, elevando nuestro espíritu y diciéndonos que en verdad es posible trascender nuestra existencia terrena y tenemos capacidad de ver y poder alcanzar también esa vida de eternidad. Contemplamos, sí y aprovechemos la riqueza de la imagen, el cielo estrellado de la gloria del Señor en todos los santos que cantan la gloria del Señor.
Hemos de cuidar, si, que luces caducas y artificiales pudieran distraernos o impedirnos encontrarnos con la verdadera luz de nuestra vida. Igual que decíamos que las luces artificiales de la tierra podían impedirnos contemplar la belleza de las estrellas del firmamento porque podían encandilarnos, así no podemos dejarnos seducir por esos luces caducas sino que contemplando ese firmamento maravilloso de las estrellas de todos los santos podamos aspirar con seguridad y sin miedo a una santidad semejante a la suya que para nosotros es ejemplo y estímulo de la verdadera santidad.
Celebrar la fiesta de todos los santos es contemplar, sí, esas estrellas, que no nos ofrecen su luz propia, aunque las estemos llamando estrellas, sino que nos estarán reflejando la luz del verdadero y único Sol de nuestra existencia, porque nos harán elevarnos hacia Dios. Nos están señalando un camino que nos eleva y que nos trasciende; nos estarán señalando el camino que nos impulsa hacia lo alto, hacia la verdadera santidad, siendo para nosotros ejemplo y estímulo de ese nuestro caminar.
El Apocalipsis nos habla de muchedumbres innumerables que nadie puede contar y nos está señalando que si así ahora en el cielo pueden cantar la gloria de Dios es ‘porque lavaron y blanquearon sus vestiduras en la sangre del Cordero’, porque un día en su vida supieron decir Sí a Dios y al amor y su vida desde entonces se transformó, se transfiguró por la fuerza del Espíritu - ya para siempre serán los hijos de Dios - para seguir el camino que Jesús nos señala en los evangelios y nos describe tan bien en las Bienaventuranzas.
Ahora cantan ya eternamente en el cielo la alabanza y la gloria del Señor. ‘Hoy nos concedes celebrar la gloria de tu ciudad santa, la Jerusalén celeste que es nuestra madre, donde eternamente te alaba la asamblea festiva de todos los santos, nuestros hermanos’, como decimos en el prefacio.
‘¿Quiénes son y de dónde han venido?’ se pregunta la visión del Apocalipsis. Son, sí ‘la asamblea festiva de todos los santos, nuestros hermanos’; porque son nuestros hermanos, hombres y mujeres como nosotros que nos han precedido en el camino de la vida y que también con sus luchas y con sus debilidades como nosotros, sin embargo se mantuvieron fieles, caminaron ese camino de fidelidad a Dios y al amor, dejando transformar su vida por la gracia del Señor, como ya antes decíamos.
Porque en la fe supieron decir siempre ‘sí’ a Dios y se dejaron iluminar y conducir por su Palabra sintieron que Dios era su única y verdadera riqueza porque, no en los bienes terrenos sino en Dios en donde iban a alcanzar la verdadera plenitud. Desde Dios para siempre iban a encontrar el sentido y el valor para su existencia y ya ninguna luz artificial y humana podría encandilarles para separarles de ese camino de las bienaventuranzas que habían emprendido.
El Papa cuando nos convocaba con la Porta Fidei a este año de la fe nos decía: ‘Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación’.
Pues bien, hoy en esta solemnidad contemplamos a los santos, los que se dejaron conducir por la fe que les llevaba a Jesús y en Jesús encontraban todo el sentido y valor para su vida. Son para nosotros ejemplo y estímulo. En sus vidas queremos leer las Bienaventuranzas de Jesús. A ellos los llamamos hoy bienaventurados, los llamamos dichos, felices porque vivieron ese camino del evangelio y hoy viven la plenitud del Reino de Dios.
‘De ellos es el Reino de los cielos’ porque supieron ser pobres y puros de corazón, misericordiosos y amantes de la paz, sintieron fuertemente en su corazón el hambre por la justicia y la verdad y se hicieron en verdad solidarios con todos los que sufrían o carecían de todo, no importándoles incomprensiones ni persecuciones. Ellos participando ya en plenitud del Reino de Dios pueden contemplar a Dios cara a cara, tal cual es, como nos decía san Juan.
‘En ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad’, porque cuando contemplamos y celebramos a los santos vemos el ejemplo de su vida para nosotros; con el testimonio de su fidelidad y amor nos están recordando el camino de Jesús, el camino del evangelio que nosotros también hemos de recorrer; en ellos nos sentimos estimulados pero a través de ellos, por su intercesión, alcanzamos esa gracia del Señor que necesitamos.
No es un socorro mágico para que nos resuelva nuestros problemas o necesidades materiales lo que le pedimos a los santos. Es su intercesión para alcanzarnos esa gracia del Señor que a nosotros también cada día nos haga más santos - que ‘realicemos nuestra santidad por la participación en la plenitud del amor de Dios’, como decimos en una de las oraciones de la Misa -, para que un día podamos sentarnos también en la mesa del banquete del Reino de los cielos.

miércoles, 31 de octubre de 2012


Esforzaos en entrar por la puerta estrecha…

Ef. 6, 1-9; Sal. 144; Lc. 13, 22-30
Mientras Jesús iba camino de Jerusalén enseñando por todos aquellos lugares por donde pasaba ‘se le acercó uno para preguntarle: Señor, ¿serán pocos los que se salven?’
Ya en otras ocasiones se le habían acercado a Jesús preguntándole qué había que hacer para heredar la vida eterna, como el joven rico; otros le preguntaban qué es lo que había que hacer, cuáles eran los mandamientos y el mandamiento principal; muchos se ofrecían a seguirle, aunque algunas veces con condiciones a los que Jesús se les mostraba con exigencias radicales para su seguimiento. Podríamos decir que era en cierto modo normal que alguien se preguntase si realmente se podía alcanzar aquella salvación y entonces, como ahora preguntan, si serán muchos o pocos los que se salven.
Nosotros nos hubiéramos puesto quizá a hacer rebajas o al menos a suavizar las condiciones para tratar de captar a la gente. Siempre andamos buscando medidas mínimas o el menor esfuerzo, quizá a ver cómo nos hacemos para nadar y guardar la ropa, como se suele decir en expresión vulgar y sencilla. En los raquitismos con que pretendemos medir muchas veces nuestra generosidad vamos buscando quizá lo mínimo que tendríamos que hacer para alcanzar la salvación.
Pero esas no son las medidas ni los parámetros de Jesús. Ya nos dirá en una ocasión que estamos con Él o estamos contra El. ‘El que no recoge conmigo desparrama’. Ahora tampoco se anda con chiquitas. ‘Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, nos dice. Os digo que muchos intentarán entrar pero no podrán’. ¿Será que el Señor quiere ponérnoslo difícil? ¿La salvación tiene un ‘númerus clausus’, un número predeterminado y de ahí no se puede pasar? Ya hemos escuchado en el Evangelio que Jesús nos dice que lo que El quiere es la salvación para todos los hombres. Tiene un carácter y sentido bien universal. Hoy nos está hablando que vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur y se sentarán en la mesa del Reino de los cielos.
Lo que nos está pidiendo Jesús es que cuando demos respuesta a su amor y a la salvación que El nos ofrece en verdad la aceptemos con toda nuestra vida, y que decimos que le amamos y queremos seguirle tiene que ser con toda nuestra vida, en todo lo que hagamos. Que no podemos dejar como lagunas en nuestra vida diciendo, bueno en esto sí, pero en aquello que me cuesta un poco más, pues ya veremos o eso lo dejamos para otro momento. Cuando seguimos a Jesús hemos de hacerlo con toda radicalidad, no valen las medias tintas. Ya nos decía en otra ocasión que no podemos poner la mano en el arado y volver la vista atrás, para hacer nuestras componendas.
Cuando se trata de darle una respuesta de amor ha de ser con todas sus consecuencias, porque la medida del amor con que hemos de amar es el amor que El nos tiene. Y ya sabemos cómo de generoso es su amor y lo universal que es su amor, porque a todos quiere amar y entonces a todos nosotros hemos de amar.
No  nos valen los subterfugios de si yo soy religioso de toda la vida o yo hice una promesa y regalé no sé cuantas cosas. A Dios no lo podemos engañar y no nos podemos quedar en apariencias. Ya sabemos cómo Jesús hablaba fuerte a los fariseos por su hipocresía a los que llamaba sepulcros blanqueados porque por fuera muy bonitos en la apariencia pero por dentro lleno de podredumbre y maldad. Por eso les dice que vendrán otros y se les adelantarán en el Reino de Dios. Sería tremendo que nos creyéramos buenos porque actuamos por las apariencias y luego escuchemos de labios de Jesús ‘alejaos de mí, no os conozco’.
Una llamada que nos hace el Señor a la rectitud de nuestro corazón y al seguimiento radical aunque nos cueste. Nos sentiremos débiles y sin fuerzas propias en muchas ocasiones, pero sabemos que nunca nos faltará la gracia y la fuerza del Señor.

martes, 30 de octubre de 2012


Es un gran misterio y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia

                                                                                                    Ef. 5, 21-33; Sal. 127; Lc. 13, 18-21
‘Aceptad dócilmente la Palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros’, es la antífona que nos ha servido de aclamación al Evangelio y a la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado. Nos recuerda la semilla con la que se nos compara el Reino de Dios en las parábolas y cómo esa semilla de la Palabra de Dios siempre hemos de acogerla como tierra buena para que dé frutos en nosotros, frutos de salvación.
Con ese amor, con esa humildad, con esa docilidad hemos de acoger siempre la Palabra de Dios en nuestra vida. Es Palabra que nos conduce a la salvación; es Palabra que nos señala caminos de vida y de salvación; es Palabra que nos enseña, nos corrige, nos instruye, nos llena de vida.
Hoy en la carta a los Efesios el apóstol quiere iluminar desde la fe y el sentido cristiano la vida de los esposos y el amor matrimonial. Es su gran mensaje. Que hace resaltar el amor y el respeto, la búsqueda del bien y de la dicha de la felicidad en el amor de la pareja. Y ese amor del hombre y de la mujer, ese amor matrimonial nos es referencia para descubrir las maravillas del amor de Dios, como el amor de Cristo por su Iglesia ha de ser también la referencia y el modelo de lo que ha de ser ese amor matrimonial. ‘Es un gran misterio, termina diciéndonos el apóstol, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia’.
Intercala el apóstol una hermosa descripción de lo que es el amor de Cristo por su Iglesia cuando nos habla del amor del hombre a su mujer, el amor de los esposos. ‘Como Cristo amó a su Iglesia’, nos dice para enseñarnos como ha de ser ese amor matrimonial. Y explica: ‘El se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha, ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada’.
El amor de Cristo nos consagra, nos purifica, nos eleva y dignifica, nos llena de luz y de vida, nos llena de gloria. Nos habla del baño del agua y de la palabra es como una referencia al bautismo, como una referencia a la sangre que Cristo ha derramado para redimirnos, para arrancarnos del pecado, para llenarnos de gracia. Así es el amor que nos ha tenido. Cuando nos sentimos así amados por el Señor nos sentimos puros y santos porque nos ha purificado y nos ha santificado. Así tendría que brillar en nosotros esa santidad a la que nos llama y para lo que nos ha purificado y nos fortalece continuamente con su gracia. 
El amor siempre nos redime y nos llena de vida. El amor siempre nos conduce a una vida en plenitud. Cuando amamos y lo hacemos generosamente y al mismo tiempo nos sentimos amados no sólo somos las personas más felices del mundo sino que desde lo más profundo de nosotros mismos nos sentimos impulsados a lo grande, sentimos deseos de las cosas más hermosas, nos sentimos realizados, como se suele decir mucho hoy, y eso nos llevará también a trasmitir, a comunicar, a empapar de esa alegría que sentimos dentro de nosotros a los demás.
Es la levadura, de que nos habla hoy Jesús en sus parábolas en el evangelio, que hará fermentar la masa de nuestro mundo para hacerla mejor. Es el amor en quien vamos a encontrar sabor para nuestra vida y que nos conducirá a todos a la plenitud. Seremos felices y haremos a los demás también felices. Es la dicha y la felicidad del amor.
Hoy nos dice el apóstol que este amor lo refiere a Cristo y a la iglesia, pero esta manera de amar y de ser felices es la forma de vivir la plenitud del amor del hombre y la mujer, la plenitud del amor matrimonial.

lunes, 29 de octubre de 2012


Como cristianos sois hijos de la luz

Ef. 4, 32-5, 8; Sal. 1; Lc. 13, 10-17
‘Ahora como cristianos, sois hijos de la luz. Vivid como gente hecha a la luz’. Nos viene bien recordarlo. Muchas veces andamos confundidos. La verdad no nos confunde nunca, pero bien sabemos que si nos dejamos contagiar por el espíritu del mundo, terminamos confundiendo lo malo y lo bueno y terminamos desorientados. La Palabra de Dios es luz que nos ilumina y nos hace descubrir el verdadero camino, el verdadero sentido de las cosas.
El apóstol Pablo da unas orientaciones muy precisas a los cristianos de Éfeso. Vivían en un mundo muy adverso porque estaban rodeados de gentes paganas, que no adoraban al Dios verdadero y los cristianos eran minoría. Por eso les dice ‘cuidado que nadie os engañe con argumentos especiosos…’ En ese mundo siempre han de comportarse con actitudes cristianas y valores nacidos del evangelio.
Como decíamos antes, nos viene bien recordarlo porque también hoy nos puede entrar esa confusión. Vivimos también en un mundo muy paganizado a nuestro alrededor aunque estén la mayoría bautizados. Y también hemos de estar precavidos. Cuántas veces nos dicen, ‘total eso no es nada malo, eso es natural, si todo el mundo lo hace…’ y no podemos ver confundidos si no analizamos bien las cosas, si no reflexionamos hondamente ante lo que vamos a hacer para descubrir su verdadera bondad si la tiene. Y nuestro punto de referencia tiene que ser siempre el evangelio. A todo el mundo hoy le da igual cualquier cosa. Y eso  nos puede confundir y desorientar.
‘Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor’. Siempre en la base y como fundamento de todo el amor. Y para vivir ese amor cristiano que nos hace pacientes, comprensivos y nos lleva a perdonar siempre miramos lo que es el amor de Dios, el amor con que Jesús se entregó por nosotros. No es poco alto el listón que nos propone para que lleguemos a alcanzarlo: ‘sed imitadores de Dios, como hijos queridos’. Nuestro modelo, la altura a la que hemos de aspirar es el amor que Dios nos tiene.
Lo demás está fuera de sitio. Inmoralidades, chabacanerías, indecencias, ambición por el dinero, estupideces… todo eso lejos de nuestra vida. Fijaos que el afán del dinero nos lo pone como una idolatría; efectivamente lo convertimos fácilmente en dios de nuestra vida. Y como diría Jesús en el evangelio no podemos servir a dos señores, no podemos servir a Dios y al dinero. Y nos dice que quienes actúan así están bien lejos del Reino de Dios.
Una cosa que a mi me repugna enormemente hoy día es el lenguaje tan chabacano que se utiliza en nuestras conversaciones. Agradezco a mis padres que me enseñaran eso y me lo metieran bien en la cabeza, porque nunca en mi casa escuché yo ese lenguaje lleno de palabrotas y de insultos, como hoy tan habitualmente escuchamos. Y la gente habla así y les parece lo más natural del mundo; y se emplean palabras insultantes, ofensivas e hirientes con mucha facilidad. Para mí denota un vacío interior muy grande, porque si en verdad lleváramos algo hondo dentro de nosotros nunca emplearíamos un lenguaje así.
Quizá en mi comentario he entrado en algo muy de mi experiencia personal, pero me ha hecho recordar esto lo que nos dice el apóstol. Y en verdad quien quiere vivir según el modelo del amor de Cristo creo que de ninguna manera podría tener actitudes o palabras hirientes para sus semejantes. El amor siempre nos lleva a la delicadeza más exquisita. El amor siempre evitará lo que pueda ser ofensivo para los demás. El amor nos llevará a ser comprensivos con los otros ofreciendo siempre actitudes de perdón.
Somos hijos de la luz, como recordábamos al principio, y ninguna sombra tendría que enturbiar nuestra vida ni nuestra relación con los demás. 

domingo, 28 de octubre de 2012


Al momento recobró la vista y lo seguía por el camino

Jer. 31, 7-9; Sal. 125; Hb. 5, 1-6; Mc. 10, 46-52
¿Cuál es la luz que realmente nosotros buscamos para nuestros ojos? O lo que en cierto modo es lo mismo preguntarnos, ¿cuál es la ceguera que nosotros tenemos? Comienzo haciéndome estas preguntas ante el episodio que nos narra hoy el evangelio. Muchas más podrían ser las preguntas que siguiéramos haciéndonos.
El evangelio nos habla de un ciego que está allí al borde del camino pidiendo limosna en las afueras de Jericó cuando pasa Jesús camino de Jerusalén. La imagen del ciego al borde del camino nos está hablando de su pobreza, una pobreza a la que quizá le haya llevado su ceguera. Suplica a los que pasan desde su necesidad; le falta la luz de sus ojos y su vida se ve envuelta en mil problemas que le llevan a esa situación de muchas carencias en su vida.
Muchos ciegos al borde del camino nos encontramos en el evangelio, pero ¿no habrá muchos ciegos al borde del camino de la vida por donde nosotros transitamos? Será la carencia de luz para sus ojos ciegos - y ya podemos comprender lo duro que es ir en la vida con esa carencia física - pero pueden ser otras las oscuridades que puedan anular la vida y llenarla de muchas limitaciones cuando nos vemos envueltos por los problemas de cada día o cuando hayamos perdido la ilusión y la esperanza. Cuando se llega a una situación así parece que se camina dando tumbos y sin un rumbo verdadero.
Bartimeo - así se llamaba el ciego de Jericó, el hijo de Timeo - se enteró que quien pasaba era Jesús y se puso a gritar. ‘Hijo de David, ten compasión de mi’. Un grito muy profundo por su gran sentido. Sin embargo, aquellos gritos molestaban a algunos de los que también iban de camino. Sigo haciéndome preguntas, ¿por qué? ¿molestaba la ceguera y la pobreza de aquel hombre porque quizá estaba reflejando sus propias pobrezas y cegueras? Algunas veces no nos gusta mirarnos en el espejo, no nos gusta vernos retratados porque tendríamos que reconocer nuestra propia situación.
Pero Jesús no pasa de largo. Jesús se detiene. Jesús pide que lo llamen y lo traigan. Aunque algunas veces nosotros nos llenemos de dudas, Jesús si está atento a nuestro grito y a nuestras necesidades. A los que antes les molestaban aquellos gritos ahora les toca, mal a su pesar, que conducir a aquel ciego hasta Jesús. ‘Animo, levántate, que te llama’, le dicen. Con lo fácil que es tender una mano para levantar en el ánimo y la esperanza a quien encontramos al borde del camino… Algunas veces nos resistimos y no queremos arrancarnos de nuestra comodidad o nuestra rutina. Necesitamos quizá un toque de atención para salir de nuestras cegueras y cerrazones y comenzar a tener otras ilusiones en la vida que nos conduzcan a una mayor plenitud.
‘Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús’. Sabía que algo nuevo y bueno le iba a suceder. No necesitaba ya de aquel manto signo de su pobreza y necesidad. Para poder dar el salto que le acercase a Jesús tendría que liberarse de muchas cosas, quitar todos los impedimentos. Muchas veces nos cuesta, pero él estaba decidido a lo nuevo que aparecía en su vida. Ninguna oscuridad le iba a atar de aquí en adelante.
‘¿Qué quieres que haga por ti?... Maestro, que pueda ver…’ ¿No estaba él al borde del camino para pedir limosna desde necesidad y pobreza? Pero no le pide limosna, ninguna cosa material a Jesús. ‘Que pueda ver’. Lo que necesita es la luz y la luz ya la está encontrando antes incluso que Jesús le diga que ya está curado. La fe ha obrado el milagro en su corazón.
Una luz ha llegado de verdad a su vida en el encuentro con Jesús. Sus ojos se han abierto y qué bellas vería todas las cosas porque esa es la primera sensación que tienen los que han recobrado la luz de sus ojos, pero es otra belleza la que puede contemplar. ‘Al momento recobró la vista y lo seguía por el camino’, dice el evangelista. Conoció a Jesús, se despertó la fe en su corazón y ya desde entonces era discípulo que seguía a Jesús por el camino. Pudo contemplar la belleza de la fe, la belleza de una vida iluminada por la fe donde todo adquiere ahora un nuevo sentido.
A partir de este momento seguro que a muchos otros se les abrieron también los ojos del alma para descubrir quizá cuáles eran sus cegueras. En el proceso de este ciego otros muchos lo iban acompañando, porque, ciegos al principio quizá sin darse cuenta de su ceguera, a la Palabra de Jesús pronto cambian y los que antes se oponían porque les molestaban los gritos de Bartimeo comienzan a abrir los ojos cuando comienzan a prestar el servicio de ayudar al ciego a llegar hasta Jesús. La fe y el amor nos hacen abrir los ojos de verdad.
Nos puede a nosotros también hacer mirar nuestras cegueras porque la fe se nos haya debilitado, hayamos perdido por alguna razón la ilusión o la esperanza en la vida, o se nos haya enfriado la intensidad de nuestro amor. Son muchas las cegueras que nos hacen insensibles a la luz verdadera porque nos cerramos, nos encerramos en nosotros mismos y nos cuesta ver la luz que puede hacer distinta nuestra vida.
Los problemas, la inestabilidad en que vivimos la vida quizá en estos momentos agravada por la crisis que pasa toda nuestra sociedad que no es sólo la económica, las limitaciones a que nos vemos sometidos cuando no podemos actuar con verdadera libertad, o las enfermedades, los sufrimientos o las debilidades que nos van apareciendo con el paso de los años. Esas cosas a veces nos encierran para no ver salidas, para perder la ilusión por la vida y la esperanza de poder hacer que las cosas sean mejores, oscurecen nuestra vida.
Son cegueras en las que nos sumergimos o nos hacen sumergirnos los demás. Porque una cosa terrible es cuando nosotros no sólo no trasmitimos ilusión y esperanza a los demás sino que incluso se las tratamos de quitar. ¿Seremos como aquellos que querían hacer callar los gritos del ciego de Jericó? ¿Nos estaremos dando cuenta, entonces, de cuáles son también nuestras cegueras?
Eso no tendría que pasarnos a los que creemos en Jesús y queremos seguirle. Sabemos que Jesús es nuestra luz y con El a nuestro lado nunca tendríamos que quedarnos ciegos. La fe que tenemos en El es esa luz que siempre nos ilumina. En esa fe que tenemos en Jesús nuestra vida tendría que estar siempre llena de alegría.
‘El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’, repetíamos en el salmo, después de escuchar ese ilusionante anuncio de Jeremías invitándonos a la alegría. ‘Gritad de alegría… regocijaos… el Señor ha salvado a su pueblo… os congregaré de los confines de la tierra, entre ellos ciegos y cojos… una gran multitud retorna… los guiaré entre consuelos…’
Creo que después de esta reflexión que nos hacemos hemos de caer en la cuenta de una misión que tenemos en medio del mundo que nos rodea. Llenos de luz tenemos que anunciar la luz; llenos de esperanza en nuestro corazón estamos llamados a dar esperanza, a sembrar ilusión y optimismo en cuantos están a nuestro lado hundidos y desesperanzados. No podemos ser profetas de calamidades sino mensajeros de esperanza que ayuden a levantarse los corazones de tantos que sufren a nuestro lado. Como aquella gente que cambió y luego ayudaba dando ánimos al ciego para que fuese hasta Jesús que lo esperaba. Tenemos que hacer eso con nuestro mundo.
‘Señor, que pueda ver’, le pedimos nosotros también a Jesús. 

sábado, 27 de octubre de 2012

Somos todos importantes en la edificación del Cuerpo de Cristo


Somos todos importantes en la edificación del Cuerpo de Cristo

Ef. 4, 7-16; Sal. 121; Lc. 13, 1-9
Bien sabemos que un edificio está compuesto o formado por distintos elementos. No todo son puertas ni todo son paredes, no todo son ventanas ni sólo es el techo lo que tenemos que considerar. Es el conjunto formado armónicamente por los diferentes elementos lo que constituirán el edificio.
Es la imagen que nos propone hoy el apóstol en su carta a los Efesios. Es lo que constituimos la Iglesia en sus diferentes miembros, pero también en sus diferentes carismas y ministerios. Pero todo para ‘la edificación del cuerpo de Cristo’, como nos dice el Apóstol. No todos en la Iglesia tenemos la misma función, pero todos formamos parte importante de esa Iglesia.
‘Y El ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros evangelizadores, a otros pastores y doctores, para el perfeccionamiento del Cuerpo de Cristo…’ Así sigue siendo en la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, pero en que cada uno de sus miembros tiene su función, como en el edificio cada uno de los elementos tiene su razón de ser. Pero todos caminamos unidos movidos por una misma fe y en una misma dirección. ‘Un Señor, una fe, un bautismo…’ escuchábamos que nos decía ayer el apóstol. Todos unidos en una misma comunión construyendo el Reino de Dios.
‘Esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz’, escuchábamos cómo nos exhortaba ayer el apóstol. Recordemos cómo Jesús en la última Cena rogaba al Padre por la unidad de todos los que creyeran en El, para ser una sola cosa. Qué importante esa unidad y esa comunión. Qué importante esa participación de cada uno en la misión de la Iglesia desde sus carismas y cualidades, desempeñando cada uno su función.
Y hasta el que se considera el más pequeño es importante. Podríamos pensar qué voy a hacer yo que soy tan poquita cosa. Esa poquita cosa que eres, esa poquita cosa que soy es ese pequeño grano de arena que participa y colabora en la unidad del conjunto. Ese conjunto, ese edificio de la Iglesia que está formado por esos pequeños ‘granos de arena’, que podríamos decir, pero donde todos son importantes y hasta esenciales para la construcción de su conjunto.
Cada uno de nosotros tiene su valor. Nos podremos considerar pequeños o mayores, gente en la plenitud de su vida y facultades, o con múltiples limitaciones desde las discapacidades que pueda haber en nuestra vida o desde lo que nos puede parecer la debilidad de nuestros muchos años, desde la imposibilidad en la que nos veamos quizá a causa de la enfermedad o desde la pobreza de nuestros medios o de nuestro ‘saber’, todos somos valiosos en la constitución de esa familia que es la Iglesia.
Cada uno tenemos nuestros dones y a cada uno no le faltará la gracia del Señor. ‘A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo’, que nos decía el apóstol. Todo ‘para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento de Cristo, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud’. Dos veces nos lo repite ‘a la medida del don de Cristo’, todo para conducirnos a la plenitud que en Cristo podamos alcanzar.
Somos todos importantes en la Iglesia; el Papa, los Obispos, los sacerdotes tienen su lugar y su ministerio; los que viven una especial consagración al Señor en la vida religiosa con sus carismas, con su trabajo, con su oración están por su lado contribuyendo a la construcción del Reino de Dios; los que tienen especiales cualidades, los que han sentido en su corazón el compromiso por el trabajo apostólico en movimientos o en diferentes acciones eclesiales, realizan su labor por Reino; los que viven su vida en su trabajo, en su familia, en sus compromisos sociales en medio de la comunidad están también haciendo presente a Cristo en medio del mundo; pero todos, seamos quienes seamos, tengamos los valores que tengamos, quizá ocultos en una vida callada y escondida, sin embargo somos también importantes para la construcción del Reino de Dios.
Que el Señor nos haga comprender tan hermosa tarea. Que no enterremos nuestro talento aunque nos parezca insignificante. Que esa semilla plantada con la gracia de Dios en nuestra vida germine y llegue a producir muchos frutos para el Reino de Dios.

viernes, 26 de octubre de 2012


Conforme a la vocación a la que habéis sido convocados

Ef. 4, 1-6; Sal. 23; Lc. 12, 54-59
Por dos veces en este corto texto de la carta a los Efesios se nos habla de la vocación a la que hemos sido convocados. Sí, efectivamente, somos los convocados. Eso es la Iglesia, lo que la misma palabra Iglesia significa: es la asamblea de los que han sido convocados. Convocados a una fe, llamados por la gracia del Señor que nos ama a vivir una vida de fe, a una vida santa.
Cuando hablamos de vocación normalmente pensamos en esa vocación especial a la que el Señor nos llama y pensamos en la vida sacerdotal o en la vida religiosa. No lo negamos. Pero la vocación es anterior a esa llamada a un servicio o ministerio especial dentro de la Iglesia, porque la vocación, hemos de reconocer, nos viene desde el Bautismo. Hemos sido llamados desde nuestro bautismo a la vida de la gracia, a la vida de la fe, a ser cristianos. Ser cristiano es una vocación, una llamada de gracia por parte del Señor y una respuesta que damos a esa gracia para entrar en la vida cristiana, formando parte de la Iglesia.
Y es a esto a lo que especialmente hoy quiere referirse el apóstol Pablo en lo que le dice a la Iglesia de Éfeso. Por eso nos pide encarecidamente que vivamos ‘como pide la vocación a la que hemos sido convocados’. Si pensamos en aquella comunidad, como ya nos hemos referido, de aquel grupo de cristianos que viven en medio de aquella gran ciudad pagana, podemos darnos cuenta con más facilidad lo que estamos diciendo; allí están los que especialmente han sido llamados por la gracia del Señor y han respondido con su vida cristiana. A ellos les está pidiendo el apóstol que vivan conforme a esa vocación, por lo que han de resplandecer en una serie de virtudes y valores.
Se ha de notar allí en medio de aquella gente quiénes son los que creen en Jesús por el estilo de su vida, por su manera de vivir. Son cristianos, seguidores de Jesús y en algo tendrán que diferenciarse de los que los rodean. El apóstol les insiste en una serie de valores. ‘Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos; sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz…’
La fe en el Señor Jesús les ha de hacer vivir de esta forma nueva; el bautismo que han recibido les ha puesto en camino de esa unidad y de esa paz. Han de resplandecer en el amor. Esto nos recuerda lo que decía un autor antiguo en referencia a los cristianos que los paganos que veían su manera de vivir decían: ‘mirad como se aman’.
Todo esto tenemos que aplicárnoslo a nosotros. También se nos pide que andemos ‘como pide la vocación a la que habéis sido convocados’. Y, aunque en nuestra sociedad que llamamos cristiana en su conjunto la mayor parte están bautizados, sin embargo sabemos que no todos viven conforme a esa vocación bautismal. Por eso quienes más conscientes somos de la fe que queremos vivir con mayor intensidad hemos de dar ese ejemplo viviendo ‘como pide la vocación a la que hemos sido convocados’, viviendo conforme a lo que es nuestro ser cristiano. Y esos valores que les señalaba Pablo a los cristianos de Éfeso también en nosotros han de brillar con fuerza.
Nos une una misma fe en el Señor Jesús, sentimos todos que Dios es nuestro Padre, ‘que lo trasciende todo, lo penetra todo y lo invade todo’, hemos recibido el mismo bautismo, hemos sido fortalecidos con la gracia del Señor, que el amor sea en verdad nuestro distintivo, que seamos capaces de ‘mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz’, como decía el apóstol.
¿Será así nuestra vida? ¿Será esa nuestra manera de actuar? En la vida de cada día, en nuestra convivencia diaria necesitamos de llenarnos de ese espíritu de humildad, de comprensión, de aceptación mutua, de unidad y comunión. Lejos de nosotros todo lo que pueda entorpecer esos valores y ese estilo de vida. Que la gracia del Señor nos acompañe. No nos faltará. Este es el grupo que busca la presencia del Señor.

jueves, 25 de octubre de 2012


Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios

Ef. 3, 14-21; Sal. 32 Lc. 12, 49-53
El hombre aspira a cosas grandes, tenemos en el fondo del corazón deseos de perfección y de plenitud. Aunque muchas veces en la vida andemos demasiado envueltos en debilidades y flaquezas y no siempre vivamos en la mayor rectitud, sin embargo en el corazón hay deseos de lo bueno, del bien, de lo que consideramos más justo y verdadero. Podemos confundir los caminos o la manera de hacer las cosas porque las pasiones nos dominan y las tentaciones nos arrastran muchas veces por caminos que no quisiéramos recorrer, pero en el fondo tenemos deseos de lo mejor.
El apóstol en el texto de la carta a los Efesios que hoy hemos escuchado recoge de alguna manera esos sentimientos y esos mejores deseos que tengamos en el corazón. Termina diciéndonos hoy: ‘Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.
El camino de la fe que los cristianos recorremos a eso  nos lleva, porque por nuestra fe nos sentimos impulsados a lo alto, a lo grande, a lo más hermoso, porque realmente la fe nos lleva a unirnos a Dios de manera que lleguemos a vivir su misma vida. La contemplación de la grandeza y el poder de Dios no nos anula ni nos hunde a pesar de que veamos nuestras limitaciones y nuestro pecado. Porque la maravilla del mensaje cristiano nos hace descubrir el amor de Dios que nos levanta, que restaura nuestra vida destrozada por el pecado y nos pone en caminos de plenitud y perfección.
Contemplar la grandeza del amor de Dios es estar también contemplando ese modelo de perfección y de amor que en Dios tenemos. Por algo Jesús nos repetirá en el evangelio en distintas ocasiones que seamos perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto y seamos santos como Dios es santo.
Hoy escuchamos al apóstol haciendo una hermosa oración por aquellos cristianos de Éfeso. ‘Doblo mis rodillas ante el Padre’, nos dice para mostrarnos ese postrarse ante Dios para hacer su oración. Un postrarse ante Dios para adorarle, para reconocer su grandeza y la maravilla de su amor. Pero pide ‘que de los tesoros de su gloria os conceda por medio de su Espíritu: robusteceros en lo más profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestro corazones, que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento…’
Hermosa oración. Una oración en la que está pidiendo por la fe de aquella comunidad, una fe que les hace sentirse fuertes, pero una fe que vivan con la mayor madurez y profundidad. ‘Robusteceros en lo más profundo de vuestro ser’, les dice. Pero a continuación dice algo muy hermoso a lo que de alguna manera ya hemos hecho alusión. ‘Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones’. La fe nos hace habitar en Dios y Dios en nosotros. Nos recuerda lo que Jesús nos anunciaba en la última cena: ‘El que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a El y viviremos en él…’ Viviremos por la fe de tal manera nuestra unión con el Señor, que El habitará en nuestros corazones.
‘Que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento’, nos dice. Cuando lleguemos a vivir en ese amor estaremos trascendiendo nuestra vida de forma maravillosa. El amor cristiano es la sabiduría de nuestra vida que nos conduce a la mayor plenitud. ‘Así llegaréis a la plenitud según la plenitud total de Dios’, nos dice.
Es el camino de perfección que desde nuestra fe emprendemos en la vida. Desde esa sentiremos deseos hondos en el alma, pero sentiremos también la fuerza del Espíritu de Dios para superarnos, para purificarnos, para crecer y para madurar, para llegar a la mayor plenitud de vida. Caminemos ese camino de fe y de amor que nos lleva a Dios y que nos hace alcanzar la mayor plenitud en Dios. Seremos esa criatura nueva, ese hombre nuevo nacido desde el evangelio salvador de Jesús. 

miércoles, 24 de octubre de 2012


Busquemos el agua de la fe que se convierte en luz y vida para nuestro existir

Ef. 3, 2-12; Sal.: Is. 12, 2-6; Lc. 12, 39-48
Allí donde está el agua vamos a buscarla para saciar nuestra sed. Sedientos acudimos con fe hasta donde sabemos que está la fuente del agua que calme hasta la saciedad nuestra sed.
Humanamente el sediento busca el agua, porque sin ella no puede vivir, pero no se trata ahora de esa agua material encontrada en fuentes humanas la que queremos buscar, sino que buscamos quien nos dé verdadera plenitud a nuestra vida, nos haga alcanzar la verdadera sabiduría y nos revele el verdadero misterio de Dios y en consecuencia del hombre por El creado. Con un gozo lleno de esperanza vamos buscando esa fuente porque sabemos que nos dará la verdadera felicidad.
‘Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación’, hemos rezado y repetido desde nuestra oración en el salmo. Buscamos el agua de la fe que al mismo tiempo se convierte para nosotros en luz y en vida. Buscamos realmente a Dios. Reconocemos su grandeza, el misterio de su revelación y la maravilla de su amor.
San Pablo nos ha hablado en la carta a los Efesios que seguimos escuchando de ‘la riqueza insondable que es Cristo’. Y nos manifiesta cómo en los tiempos de la plenitud de Cristo se ha revelado en su totalidad ese misterio de Dios que a la larga viene a engrandecernos cuando nos hace partícipes de la vida divina y nos hace a todos ‘miembros del pueblo santo de Dios, coherederos y partícipes de la promesa de Jesucristo por el Evangelio’.
Hoy el apóstol nos dice que aunque se siente insignificante sin embargo ha recibido la misión de ‘anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo e iluminar la realización de su misterio’, misterio que a él se le había revelado, se le había dado a conocer por la pura benevolencia de Dios que quiso llamarlo a esta misión, aunque él se considera indigno.
Creo que a quienes también se nos ha confiado esa misión y ese ministerio de la predicación dentro de la Iglesia esto nos ayuda y nos hace pensar en cuánto hemos recibido del Señor. Nada somos y muchas veces indignos porque somos pecadores, pero Dios ha querido contar con nosotros. Eso nos tiene que hacer humildes y agradecidos; esto nos obliga a crecer más y más en esta fe y en este conocimiento del misterio de Dios para poder trasmitirlo con fidelidad al pueblo de Dios que se nos ha confiado. Por eso también con humildad pedimos al pueblo cristiano que esté a nuestro lado apoyándonos en la oración para que seamos en verdad fieles a esa gracia del Señor.
Pero creo que para todos es una invitación que nos está haciendo el Señor para que crezcamos más y más en nuestra fe; una invitación que tiene que sembrar inquietud en nuestro corazón por querer profundizar en ese conocimiento del misterio de Dios. Es una oportunidad, una gracia del Señor, este Año de la Fe al que nos ha convocado el Papa y que ya hemos iniciado para que aprovechemos todos los medios que estén a nuestro alcanza para esa maduración de nuestra fe, ese querer buscar todo lo que pueda ayudarnos a esa mayor formación cristiana.
Busquemos con sinceridad esas fuentes de nuestra salvación; acudamos con fe a la Palabra del Señor que se nos trasmite en la Biblia y propongámonos el leer con atención, con profundidad los evangelios y toda la Sagrada Escritura para ir creciendo en ese conocimiento de Jesús. Que esa agua viva de la fe, de la gracia ilumine nuestra vida para que se sacie de verdad nuestro corazón, pero que se sacie en el Señor que es quien sacia esa sed profunda que pueda haber en nuestro espíritu y nos conduce a la plenitud. Allí donde está el agua viva vayamos a buscarla para saciar nuestra sed.
‘Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación’.

martes, 23 de octubre de 2012


La dicha de la fe que nos llena de paz y de la vida de Dios

Ef. 2, 12-22; Sal. 84; Lc. 12, 35-38
¡Qué dicha más grande que podamos tener iluminada nuestra vida por la luz de la fe! Tenemos que valorar mucho la fe que tenemos en Jesús que tanto sentido y valor da a nuestra vida. No es un adorno que podamos quitar o poner en nuestra vida sino que es algo fundamental que dé sentido a nuestro existir. Tenemos que considerar mucho la importancia de la fe, la importancia y la alegría que hemos de sentir por tener fe.
Hoy el apóstol en la carta a los Efesios les hace estas consideraciones, recordándoles cómo vivían cuando aún no tenían fe porque aun no habían descubierto a Cristo, no se les había anunciado para que creyesen en El. La comunidad de Éfeso partía principalmente desde un mundo pagano. Aunque Pablo cuando iba anunciando el evangelio normalmente comenzaba predicando en la sinagoga a los judíos, pronto este anuncio del Evangelio lo había también a los gentiles y la comunidad de Éfeso estaba formada por creyentes en Jesús que en su mayoría provenían del mundo pagano.
Por eso les dice ‘entonces no teníais un Mesías, erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa. En el mundo no teníais ni esperanza ni Dios’. Vivían en un mundo sin la luz de la fe en el Dios verdadero. ‘Ahora, en cambio, estáis en Cristo Jesús’, les dice. Han abrazado la fe en Cristo y se han derribado todos los muros que nos separan porque en Cristo, por la sangre derramada por  nosotros en la cruz alcanzamos la paz y la salvación.
Con Jesús ha de desaparecer para siempre el odio que nos divide y nos separa; con Jesús seremos ya un hombre nuevo, el hombre nuevo de la gracia, de la vida, de la santidad. ‘Reconcilió con Dios a los pueblos uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en El al odio. Vino y trajo la noticia de la paz... a los de lejos… a los de cerca…’ a todos porque ahora todos podemos acercarnos a Dios de un modo nuevo.
Nos está hablando el apóstol de esa vida nueva que hemos de vivir desde nuestra fe en Jesús; una vida nueva en la que ya no cabe el odio, sino todo tiene que ser amor y paz; una vida nueva en la que nos sentimos para siempre reconciliados y ya nada nos puede separar a unos de otros, porque para siempre tenemos que sentirnos hermanos; una vida nueva que nos acerca a Dios porque nos llena de la vida de Dios al que ya podemos llamar Padre.
¡Qué dicha la fe que tenemos en Jesús! Qué felices tendríamos que sentirnos porque con Jesús todo tiene que ser distinto, con Jesús siempre en todo y con todos hemos de sentirnos en paz. Qué dichosos somos cuando sentimos que en Jesús somos amados de Dios, tan amados que El es para nosotros nuestro Padre, somos sus hijos, y ya no nos faltará nunca su presencia, su gracia, su amor. Qué dicha sentirnos amados de Dios. Para eso derramó Cristo su Sangre en la cruz, para que podamos sentir para siempre esa dicha. Por eso, como decíamos al principio, qué dicha más grande sentir nuestra vida iluminada por la luz de la fe.
Qué dicha esa comunión nueva que entre los que creemos en Jesús se ha establecido para ser como una familia, para formar una comunidad, para ser ese pueblo de Dios. Como nos dice el apóstol ‘sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios… sois templo consagrado al Señor… para ser morada de Dios por el Espíritu’. Cimentamos nuestra vida en Jesús por la fe que tenemos en El. Cristo Jesús es la piedra angular de ese edificio que formamos todos los que creemos en El, ese templo consagrado al Señor.
Que crezca más y más nuestra fe en Jesús. Que la reafirmemos bien en Cristo y que con alegría y valentía también la proclamemos a los demás para que todos puedan tener también esa dicha, para que todos puedan glorificar para siempre así al Señor.

lunes, 22 de octubre de 2012


Por pura gracia estamos salvados, seamos humildes y agradecidos con una vida más santa

Ef. 2, 1-10; Sal. 99; Lc. 12, 13-21
‘Dios, rico en misericordia, por el gran con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo - por pura gracia estáis salvados -, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con El’.
Parecería que no es necesario hacer ningún comentario más. Es tan hermoso el mensaje que nos trasmite. Nos habla de la misericordia de Dios, la riqueza de la misericordia de Dios, la abundancia de su misericordia y su gracia; nos habla del amor con que no amó, no un amor cualquiera sino que nos habla de un amor grande.
Y todo eso para hacernos vivir. Porque estábamos muertos por nuestros pecados. Todo eso sin merecimiento alguno por nuestra parte: estábamos muertos por nuestros pecados. Es un regalo de Dios, pura gracia que nos da la salvación y no por nuestros merecimientos. Como nos dirá a continuación, ‘estáis salvados por su gracia y mediante la fe’. Nos regala el Señor la salvación y nosotros con fe la acogemos. ‘No se debe a las obras para que nadie pueda presumir’, nos dice.
¿Seremos conscientes de esta maravilla del amor de Dios? Tendríamos que detenernos para meditarlo, para rumiarlo una y otra vez y no tendríamos que cansarnos de dar gracias. Tal es la maravilla de ese amor. Tal es la maravilla de ‘la inmensa riqueza de su gracia, de su bondad para con nosotros’. Estábamos muertos y él nos ha traído a la vida, nos ha resucitado, nos ha dado nueva vida. Tenemos que aprender a dar gracias a Dios con toda nuestra vida, lo tendríamos que estar haciendo en todo momento.
Si en la vida somos desagradecidos con alguien y ante el menor detalle que tengan con nosotros no fuéramos agradecidos y le manifestáramos nuestra gratitud, de nosotros dirían muchas cosas, que nos falta nobleza, que no somos humildes para reconocer lo que han hecho con nosotros, nos mirarían mal. Pero resulta que nos portamos así con Dios y nos quedamos tan tranquilos. Cuántas veces hacemos como aquellos leprosos del evangelio que cuando fueron curados por Jesús no tuvieron la delicadeza de volver atrás para venir a darle gracias; solo uno lo hizo. Así hacemos tantas veces nosotros en la vida con Dios.
Si fuéramos concientes de verdad cómo tendría que ser nuestra respuesta. Y nosotros seguimos con nuestra mezquindad, seguimos contando lo que hacemos como si fueran merecimientos con los que exigir la salvación, seguimos con nuestras ruindades y pecados, seguimos con la pobreza de nuestro amor. Quien se siente amado de esta manera tan maravillosa no tendría que hacer otra que cosa que amar, y amar sin medida, sin cansancio; convertir toda la vida en amor. Seamos agradecidos y seamos humildes; sepamos reconocer las obras del Señor en nuestra vida. ‘Somos obra suya’, nos dice el apóstol, porque con su gracia nos ha creado y nos ha redimido, nos ha salvado y nos ha llenado de la vida divina.
Pero ya no es solo el que mostremos nuestra gratitud sino la manera con que respondamos haciendo que nuestra vida sea ya para siempre una vida santa. Si hemos sido resucitados, rescatados de nuestra muerte de pecado, justo sería que ahora hiciéramos todo lo posible para no volver a esa anterior vida de pecado. Pero qué pronto caemos en nuestras rutinas y frialdades, qué pronto volvemos a nuestra vida de pecado y de muerte.
Que se despierte nuestra fe; que se sensibilice nuestro corazón, que abramos en verdad nuestro espíritu a la gracia de Dios y demos la respuesta de santidad que el Señor pide de nosotros. No es otra cosa que responder a la gracia del Señor.

domingo, 21 de octubre de 2012


Dispuestos a hacer como Jesús y beber el cáliz de ser el último y servidor de todos

Is. 53, 10-11; Sal. 32; Hb. 4, 14-16; Mc. 10, 35-45
Hay ocasiones en que, aunque nos hayan explicado bien las cosas, sin embargo se nos ha metido una idea en la cabeza que no podemos quitar y parece que todo lo que hacemos es un buscar o conseguir aquello que habíamos imaginado o deseado. Somos algo así como de ideas fijas que siempre nos están rondando en la cabeza y no queremos detenernos hasta que lo hayamos conseguido.
Algo así les pasaba a los discípulos de Jesús; se habían hecho una idea del Mesías que, aunque Jesús tratara de explicarles una y otra vez lo que iba a suceder, en el fondo seguían con sus sueños y aspiraciones. Jesús les había anunciado en diversas ocasiones lo que iba a ser su pasión, lo que le iba a suceder cuando subieran a Jerusalén, pero no les cabía en la cabeza. En diversos momentos lo hemos escuchado, incluso cómo Pedro trataba de quitarle esa idea de la cabeza a Jesús.
Aunque en versículos inmediatos, lo que cronológicamente pudiera haber sucedido también poco antes, ahora dos de los discípulos, dos del grupo de los Doce que Jesús había escogido para hacerlos apóstoles, se atreven a acercarse a Jesús para manifestarle lo que son sus sueños y aspiraciones. La idea de triunfo estaba muy presente en sus aspiraciones; el hecho de que mucha gente siguiera entusiasmada a Jesús les hacía tener sus sueños, y además ellos un día lo habían dejado todo para seguirle, para estar con El; justo sería aspirar a primeros puestos en su Reino, sin haber entendido bien lo que era el Reino de Dios anunciado por Jesús.
‘Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir… ¿qué queréis que haga por vosotros?... Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’. ¿A qué gloria se estaban refiriendo? ¿Sería la gloria inmediata del Mesías liberador que aguardaban para darle la libertad al pueblo de Israel y establecer un reino nuevo? ¿Sería la gloria futura en una referencia de trascendencia hasta el cielo? Podría ser de una manera o de otra pero en nuestros sueños muchas veces, demasiadas veces nos quedamos de tejas para abajo en lo más inmediato.
‘No sabéis lo que pedís’, es la primera respuesta de Jesús. ¿Aún seguís soñando? ¿No habéis terminado de ver lo que sido mi camino y mi vida y no habéis escuchado los anuncios que he hecho de lo que va a ser mi pascua? Estáis conmigo, os he llamado incluso de manera especial para constituiros apóstoles, habéis sido testigos muy directos de lo que yo he ido haciendo y anunciando, estáis conmigo y habéis visto bien lo que es mi camino, mi vida, ¿Queréis estar conmigo? ¿Queréis seguir mi camino? ¿Seréis capaces de hacerlo? ‘¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’
Seguir a Jesús para estar con El en su reino no es algo que podamos tomarnos a la ligera. Seguir a Jesús tiene sus exigencias, porque seguir a Jesús es querer vivir su misma vida. Y vivir su vida es ponernos en la misma actitud de amor con que El vivía y se entregó. Vivir su vida no es buscar grandezas ni primeros puestos. ‘El pasó haciendo el bien’, diría más tarde Pedro. Y el pasar haciendo el bien fue una vida de entrega, de amor, de servicio, de humildad.
Es la actitud permanente de Jesús, el Hijo de Dios que el Padre nos había entregado para manifestarnos así lo que era el amor que nos tenía. Lo vemos entre los pobres y sencillos; lo vemos al lado de los que sufren y de los que necesitan salud, vida, paz; lo vemos acercándose a los pequeños, a los niños, a los que nada tenían.
Su nacimiento fue pobre entre los pobres de manera que ni había sitio para El en la posada y el primer anuncio de su nacimiento se hizo a los pobres de Belén, a los pastores que estaban al raso cuidando sus rebaños. La mayor parte de su vida la pasó oculto en Nazaret un pequeño pueblo que ni era bien considerado por los pueblos limítrofes y entre los humildes y trabajadores de manera que mereciera ser llamado ‘el hijo del carpintero’.
Cuando le vemos caminar por las aldeas y pueblos de Palestina, ya fuera en Galilea, Samaría o Judea, será entre los pobres y los sencillos, como los pescadores del mar de Galilea, o entre los que no eran bien considerados por los que se creían poderosos porque comería con los publicanos, los pecadores, las prostitutas que a El se acercaban, aunque los letrados y fariseos por eso mismo lo rechazaran.
Ahora sube a Jerusalén donde ha anunciado que va a ser entregado en manos de los gentiles y donde va a beber el cáliz de la pasión y de la muerte. ¿Será ese el cáliz que ellos estarán dispuestos a beber?
La respuesta fue rápida y rotunda. ‘Podemos’, responden. Por Jesús están dispuestos a todo, aunque haya cosas que aún no terminen de entender. Beberán el cáliz y merecerán entrar en su gloria, pero lo de puestos a la derecha o la izquierda eso serán otras cosas, se necesitará algo más. Es cosa del Padre del cielo, pero que se conseguirá si seguimos en verdad las pautas que Jesús nos propone para nuestro camino por la tierra.
Los otros diez andan por allí alborotados. ‘Se indignaron contra Santiago y Juan’.  Parece como si andaran divididos. El grupo de los doce con el que Jesús tanto había trabajado para hacerlos vivir en una especial comunión parecía que pudiera romperse. Pero ese no puede ser el estilo de los discípulos de Jesús en que por causa de nuestras ambiciones andemos con nuestras reticencias y envidias que nos pueden llevar por malos caminos.
Cuánto tenemos que seguir escuchando desde la sinceridad del corazón estas palabras y enseñanzas de Jesús, porque aun seguimos nosotros - también en la iglesia de Jesús, tenemos que reconocer con pena - con nuestras aspiraciones a hacer carrera o con nuestros malos deseos que nos hacen echarnos el traspié los unos a los otros en la vida.
Y Jesús los llama, y pacientemente vuelve a repetirles la lección. El estilo de los que seguimos a Jesús no puede ser nunca el del dominio, la manipulación o la opresión sobre nadie. ‘Vosotros nada de eso; el que quiera ser grande, sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero que sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’.
No podemos hacer otra cosa que lo que hizo Jesús. ‘Pasó haciendo el bien’. Ya lo hemos recordado. Ya contemplamos sus actitudes, su manera de ser y de hacer las cosas. Es el modelo, es el camino, es la verdad, la única verdad de nuestra vida. Servir, hacerse el último, ser capaz de gastarse por los demás olvidándose de si mismo. Estar entre los humildes y pequeños para siempre pequeño y servidor. No nos importe pasar desapercibidos si hacemos el bien aunque no nos lo reconozcan.
‘Aprended de mí’, nos dirá Jesús en otra ocasión y seamos capaces de llenar nuestro corazón de mansedumbre, de amor, de entrega, de humildad, de ser capaces de pasar desapercibidos y no importa también que ignorados; llenemos nuestro corazón de comprensión, de capacidad para perdonar siempre porque siempre para nosotros lo primero sea el amor.
Aunque muchas veces se nos pueda meter en la cabeza la tentación de la ambición y los deseos de grandeza, nosotros queremos seguir a Jesús y hacer como El. No podemos hacer otra cosa que lo que hizo Jesús y estaremos también dispuestos a beber el mismo cáliz que bebió El.