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sábado, 10 de octubre de 2009

Me sentaré a juzgar a las naciones

Joel, 3, 12-21
Sal. 96
Lc. 11, 27-28


Algunas veces resultan enigmáticas las palabras de los profetas. Por eso conviene detenernos un poquito a reflexionarlas y ver lo que el Señor quiere decirnos, porque suelen encerrar mensajes muy hermosos con sus expresiones tan llenos de imágenes bien significativas.
Las palabras que hemos escuchado hoy al profeta Joel hacen resonar en nosotros palabras semejantes que escuchamos a Jesús para hablarnos de los últimos tiempos y de la segunda venida del Hijo del Hombre con gran poder y majestad. Es un lenguaje semejante al usado por los profetas y que también encontraremos en el Apocalipsis. ‘Se oscurecerá el sol y la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo…’
Hoy hemos escuchado al profeta que decía de parte del Señor. ‘Vengan las naciones al valle de Josafat, allí me sentaré a juzgar a las naciones’. Es el día del juicio del Señor. No tiene por qué ser un juicio para el temor para los que han querido ser fieles. ‘Yo soy el Señor que habito en mi monte santo…’ nos dice.
La descripción que hace a continuación es más que nada una descripción de tiempo de dicha y felicidad para los escogidos del Señor, para su pueblo elegido y santo. ‘Aquel día los montes manarán vino, los collados se desharán en leche, las acequias de Judá irán llenas de agua…’ habla de tiempos de abundantes cosechas –‘los montes manarán vino’ -, de ganados ricos y abundantes que servirán para el sustento – ‘los collados se desharán en leche’ -, de fecundidad de la tierra en las aguas abundantes. Es una imagen de un nuevo paraíso, del cielo nuevo y la tierra nueva de la hablará el Apocalipsis.
Para los malvados, en cambio, será el castigo, y hablará de desiertos en Egipto, de áridas estepas para Edón, como imágenes del castigo a la infidelidad y la maldad. Pero ‘el Señor habitará en Sión’, el Señor que es justo y que es misericordioso. ‘Alégrense justos con el Señor… celebrad su santo nombre’, como recitábamos en el salmo.
Esta palabra del profeta es una palabra de esperanza, de estímulo y de aliento para que seamos fieles al Señor. Es la respuesta que tenemos que dar.
El evangelio que hemos escuchado también nos anima a ello. Mientras Jesús enseña una mujer anónima en medio de la multitud prorrumpe en alabanzas para la madre de Jesús. ¡Bendita madre que tiene tal hijo… ‘dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!’ Pero la respuesta de Jesús nos querrá decir que sí, que bendita su madre porque escuchó y plantó en su corazón la Palabra de Dios. Pero que benditos seremos nosotros también si de la misma manera escuchamos y plantamos esa Palabra de Dios en nuestra vida para que dé fruto. Serán frutos de vida eterna, frutos de dicha gozando de la presencia del Señor para toda la vida.

viernes, 9 de octubre de 2009

La opción de nuestra fe nos exige firmeza y vigilancia

Joel, 1, 13-15: 2, 1-2
Sal. 9
Lc. 11, 15-26


Hay quienes se resisten a creer. Aunque lo tengan todo claro, todas las cosas le motiven a creer, sin embargo se resisten, ponen pegas, dan largas, siguen pidiendo pruebas.
Y es que creer es algo más que saberse algo de memoria o decir unas palabras en unos momentos determinados. Creer implica la vida, porque significa hacer una opción, tener que decidirse por algo, o mejor, por alguien, tomar unas posturas. Quien opta por la fe, su vida ya no puede ser igual, necesitará cambios en muchas cosas, una nueva forma de vivir. Porque la fe implica a toda la persona.
Hay quienes se resisten a dar ese paso, dando largas continuamente y parapetándose detrás de muchas cosas que pueden sonar como a disculpas. Desde quienes nos pueden decir que todo eso son pamplinas, lo ven como un engaño, o intenciones o motivaciones torcidas ocultas en quien nos ofrece la fe, o quienes están pidiendo siempre pruebas y nunca terminan de convencerse.
Es lo que nos refleja el evangelio de hoy que pasaba con Jesús. Había hecho un milagro delante de la vista de todos y aún no terminaban de creer en él. ‘Habiendo echado Jesús un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: Si echa los demonios es por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios. Otros para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo’.
No es la primera vez que piden signos. Los tienen ante los ojos y aún quieren más pruebas. Le preguntan con qué autoridad expulsó a los vendedores del templo y en muchas ocasiones vienen a pedirle un signo para creer en El, a pesar de que allí estaban los milagros que hacía curando enfermos, dando la vista a los ciegos, haciendo caminar a los paralíticos, limpiando a los leprosos o resucitando a los muertos.
Por otra parte bien contradictorio es que digan que echa los demonios por arte del príncipe de los demonios. ‘Leyendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa… Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo podrá mantener su reino?... si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros’. Pero no quieren entender.
Pero Jesús nos está pidiendo que pongamos toda nuestra fe en El. Nos pide que le sigamos. Nuestra opción y decisión tiene que ser firme. ‘El que no está conmigo, está contra mí. El que no recoge conmigo, desparrama’. No podemos nadar a dos aguas. El seguimiento de Jesús tiene que ser total. No podemos andar a medias. Por eso es necesario nuestra unión con El, el conocerle profundamente y el llenarnos de su vida.
Pero también hemos de estar vigilantes. El enemigo acecha, el tentador está a las puertas. ‘Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y se reparte el botín’. El mal se presenta de muchas maneras, algunas veces de forma sutil, para arrastrarnos con sus redes.
Y la vigilancia no puede decaer, porque nos creamos seguros y que ha hemos superado muchas cosas. Pensemos, por ejemplo, en la persona que ha superado un vicio, ha dejado de fumar tras no fuerte esfuerzo y largo proceso, o el alcohólico o drogadicto que piensa que ha no va a volver a caer en las redes del vicio porque ha seguido un programa terapéutico adecuado. Cuántas veces vemos que tras cierto tiempo el fumador vuelve a fumar, el bebedor vuelve de nuevo al alcohol o el adicto a sus drogas. Había bajado la intensidad de su vigilancia, alguien quizá le dice porque un día fume un cigarrillo o tome una copa no pasa nada, un acto social cualquiera donde a su alrededor todos andan metidos en esas cosas, hará que comience por probar, - probarse a sí mismo, se suele decir – y al poco tiempo vuelve a andar por los mismos caminos.
Eso nos pasa en todos los aspectos de superación de nuestra vida, de vencimiento de las tentaciones pecaminosas o del cuidado que hemos de tener de nuestra religiosidad. Lo que dice Jesús en el evangelio. ‘Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero como no lo encuentra, dice: volveré a la casa de donde salí. Al volver la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio’.
Pidamos al Señor que nos dé la fortaleza de la fe y que nunca la gracia de Dios nos abandone.

jueves, 8 de octubre de 2009

El Señor los iluminará con un sol de justicia que da vida eterna

Malq. 3, 13-18; 4,2
Sal. 1
Lc. 11, 5, 13



‘No vale la pena servir al Señor, ¿qué sacamos con cumplir los mandamientos?... al contrario nos parecen dichosos los malvados; a los impíos les va bien, tientan a Dios y quedan impunes…’
Espejismos y vanidades, apariencias y falsedades… tentaciones de ayer y tentaciones de hoy. Los profetas no lo fueron sólo para otros tiempos sino que siguen siendo testigos de Dios para los hombres de todos los tiempos, para los hombres de hoy también.
‘Llegará el día del Señor… ardiente como un horno… y no quedarán de ellos ni rama ni raíz… Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas…’ Es el anuncio del tiempo final que nos hace el profeta. ¿Qué quedará de aquellas vanidades? Los espejismos perderán sus luces de engaño. Veremos la realidad de la vida y dónde está el verdadero mérito. Brillará lo que verdaderamente ha merecido la pena y lo que tendrá premio al final.
‘Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor… que su gozo es la ley del Señor… será como un árbol plantado al borde de las acequias… cuanto emprende tiene buen fin… El Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal…’ Es la respuesta, la reflexión, la luz que recibimos con el salmo de nuestra oración.
Nos fiamos de la Palabra del Señor. ¿Quién ha hecho tanto por nosotros como lo ha hecho el Señor? Sentirse amado por el Señor compensa todos los esfuerzos y sacrificios. Los caminos del Señor, aunque nos pudiera parecer lo contrario, son siempre caminos de luz y de vida. Además no olvidemos la trascendencia que tiene nuestra vida y nuestros actos.
¿En qué queremos que acabe nuestra vida, aún pensando de tejas abajo? En la tentación nos cegamos y nos parece el camino de los impío como el camino de los más felices. Pero si nos paramos un poco a pensar caemos en la cuenta que es un camino sembrado de orgullos porque se creen los absolutos y los dioses de todos y de todo, ambiciones desmedidas porque sólo se piensa en mí mismo, falsedades, trampas y engaños para obtener lo que se apetece, envidias porque no se soporta que el otro pueda tener o pueda ser. ¿En qué termina todo eso? No puede acabar sino en peleas y enfrentamientos, guerras de unos contra otros como fieras rapaces que quieren arrebatar al otro lo que sea, buscar la manera de quitar de en medio al otro porque siempre será molesto y muchas cosas más. ¿Es ese el camino de felicidad para todos que todos deseamos? Seguro que no.
No nos dejemos engañar. Muchos cantos de sirena querrán atraernos. Prefiero seguir los caminos del Señor porque por ese camino sí queremos siempre la felicidad para todos y aunque aquí no lo consigamos tenemos la esperanza de la plenitud total y el premio eterno que el Señor nos tiene prometido. Escuchemos la llamada que hoy el Señor nos hace por el profeta que también nos vale para los hombres de hoy.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Todos juntos en oración con María, la madre de Jesús


VIRGEN DEL ROSARIO

Hech. 1, 12-14
Sal. Lc. 1, 46-54
Lc. 1, 26-38



‘Todos ellos se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos’. Es la imagen de la Iglesia orante en el cenáculo en la espera de la venida del Espíritu junto con María, la Madre de Jesús. Una imagen que nos acompaña desde la Palabra de Dios en esta celebración de la Virgen en su Advocación del Rosario. Precisamente esta advocación mariana tiene referencia especial a ese aspecto de la oración a María y la oración con María.
Históricamente tiene su origen esta celebración en el recuerdo de la batalla de Lepanto, en el triunfo de la cristiandad frente al invasor otomano de Europa, obtenido con la intercesión de la Virgen, a quien toda la cristiandad invocaba con el rezo del Rosario. Todos sabemos que esta devoción del Rosario con su origen probablemente muchos siglos antes en Santo Domingo – al menos fue su difusor – se basa en esa repetición de Avemaría a la Virgen mientras se va meditando el Misterio de Cristo – esos son los misterios del Rosario que se anuncian antes del rezo de cada decena de Avemarías - y la presencia de María en la obra de nuestra salvación.
Pero la oración litúrgica de esta fiesta también nos ayuda a comprender su sentido. Pedimos que se derrame la gracia del Señor sobre nosotros, que ‘hemos conocido, por el misterio del ángel, la Encarnación de Jesucristo’. Es lo que precisamente hemos escuchado hoy en la proclamación del Evangelio. El anuncio del ángel del Señor a María ‘la llena de gracia’ de que va a ser la Madre de Dios; en sus entrañas por obra del Espíritu Santo se va a realizar el admirable misterio de la Encarnación de Dios; de sus entrañas va a nacer el Hijo del Altísimo, el Emmanuel, el Dios con nosotros para ser nuestra salvación.
Pero no nos quedamos ahí sino que al tiempo contemplamos el misterio pascual es más queremos quedar impregnados del misterio pascual con la intercesión de la Virgen, nuestra Madre. Que ‘podamos llegar, por su pasión y su cruz, y con la intercesión de la Virgen María, a la gloria de la resurrección’.
Ahí, pues, está comprendido todo el misterio de Cristo, su Encarnación y su Pascua. Ahí nos sentimos implicados nosotros, en el Dios que por nuestro amor tomó nuestra naturaleza humana, pero en el Dios que por la Pascua de Cristo, por su muerte y resurrección, nos salva y nos redime, nos inunda de la vida de Dios para siempre haciéndonos sus hijos.
Todo eso lo queremos contemplar – el Rosario tiene mucho de contemplación – y vivir con María a nuestro lado. Cómo tendríamos que aprender de ella que ‘guardaba todo en su corazón’, que rumiaba una y otra vez en su corazón todo el misterio de Dios que se le revelada y se manifestaba al mismo tiempo en ella. Y lo queremos contemplar y vivir con la intercesión de María que es nuestra Madre.
La Madre que Cristo quiso asociar a su obra salvadora: desde que en ella quiso encarnarse; desde que ella es el mejor modelo y estímulo para acoger por nuestra parte la Palabra salvadora de Dios; desde el momento que quiso tenerla junto a sí en la hora de la cruz y de la muerte; desde el misterio de su amor infinito que quiso dárnosla como Madre. Mucho tenemos que aprender de María para dejar que la Palabra plante su tienda en nuestro corazón y en nuestra vida como lo hizo en María.
Por eso, a María no la podemos contemplar ni amar al margen de Jesús. Todo en ella hace relación a Jesús. María siempre nos conducirá a Jesús y nos dice como a los sirvientes de las bodas de Caná: ‘Haced lo que El os diga’.

martes, 6 de octubre de 2009

Nos multiplicamos en el amor pero también en la escucha del Señor

Jonás, 3, 1-10
Sal.129
Lc. 10, 38-42


‘Entró Jesús en una aldea – todos reconocemos que es Betanía por el relato de otros evangelistas – y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María que, sentada a los pies de Jesús, escuchaba su palabra’. Serían los amigos de Jesús y Betania el lugar de muchos momentos de reposo y de paz para Jesús y sus discípulos en su camino a Jerusalén.
Marta que acoge y recibe a Jesús en su casa y María que se sienta a escucharle bebiéndose sus palabras. Dos aspectos complementarios de la acogida y de la hospitalidad. Una virtud muy valiosa y que los judíos como todos los orientales realizan con gran fervor.
Marta, como toda buena ama de casa sigue haciendo hoy y en todos los tiempos, ‘se multiplicaba para dar abasto en el servicio’. Pero surge la queja porque su hermana no hace nada sino sentada escuchar a Jesús. Pero si no hubiera surgido la queja no se le había dicho Jesús que estaba bien lo que estaba haciendo ejerciendo de esa manera tan intensa la virtud de la hospitalidad pero que le faltaba una parte. ‘Andas inquieta y nerviosa… María ha escogido la mejor parte…’
Seguro que a partir de ese instante a Marta no le faltarían las dos partes. No podría ser de otra manera para poder llegar un día a hacer tan hermosa profesión de fe en Jesús. ‘Yo sé que tú eres el Mesías, el que tenía que venir al mundo’. Fue cuando la muerte de su hermano y el anuncio de resurrección de Jesús para quien creyese en El. Para llegar a ese conocimiento tan profundo de Jesús había que haberse sentado también muchas veces a escuchar a Jesús, a conocer a Jesús.
La lección es clara para nuestra vida. Tenemos que abrirle las puertas de nuestra vida a Jesús ofreciéndole las mejores señales de hospitalidad. Intentaremos gastarnos y desgastarnos en nuestro amor por El y muchas veces lo porfiaremos y querremos hacer muchas cosas. Pero tenemos que sentarnos mucho a los pies de Jesús para escucharle, para bebernos sus Palabras, para impregnarnos de su vida, para llenarnos de su amor.
Sentimos la urgencia en nuestro corazón de tantas cosas que hay que hacer a favor de nuestros hermanos, para mejorar nuestro mundo, para realizar el anuncio del Reino de Dios. pero tenemos que ser también contemplativos del misterio de amor del Señor. Porque sólo desde el amor del Señor podremos hacer todo eso bueno que es nuestra tarea. La urgencia de todo lo que hay que hacer no nos exime de esa oración en la que nos empapemos de Dios cada día, porque de lo contrario ¿qué sería lo que iríamos a llevar a los demás? Porque no nos vamos a llevar a nosotros mismos sino a Dios, a Jesús. No nos vamos a anunciar a nosotros mismos, sino el Reino de Dios.
Testimonio de ello tenemos ante nuestros ojos en tantos que se consagran a Dios por el Reino de los cielos, los que viven su consagración en la vida religiosa. Han optado por un seguimiento radical de Jesús cuando se han consagrado a servir a los pobres, a los enfermos, a las tareas de la evangelización de la Iglesia en múltiples tareas. Quizá admiramos su entrega, su servicio a los pobres, su gastarse por los demás, pero hay algo que quizá no vemos, lo que está detrás y que es el motor de toda su entrega.
Los religiosos, aunque no vivan tras los muros de un monasterio sino quizá cercanos a nosotros en esa múltiples tareas eclesiales que realizan, sin embargo son unos contemplativos. Muchos momentos de oración intensa para contemplar y llenarse del misterio de Dios, para poder vivir su entrega en total plenitud. Contemplativos en sus momentos de oración repartidos a través del día, pero contemplativos aunque los veamos en sus tareas de servicio a los demás, porque siempre se sienten en la presencia de Dios y a través de todo lo que hacen están también contemplando el rostro de Dios.
Hago mención a su testimonio, pero como estímulo para lo que tiene que ser la vida de todo cristiano que siempre tiene que sentirse también en la presencia del Señor, que ha de dedicar ese tiempo a la oración y contemplación del misterio de Dios para vivir luego esa entrega que desde el amor todo seguidor de Jesús ha de realizar.
Marta y María en el hogar de Betania son para nosotros un bien ejemplo, testimonio y estímulo para el crecimiento de nuestra fe y nuestra mejor acogida al Señor y a su Palabra.

lunes, 5 de octubre de 2009

Acción de gracias, reconciliación y súplica confiada

Dt. 8, 7-18
Sal. 1Cro.29. 10-12
2Cor. 5, 17-21
Mt. 7, 7-11


La Ordenación General del Misal Romano para explicarnos el sentido de esta Feria Mayor que celebramos en este día 5 de octubre nos dice: ‘Día de acción de gracias y de petición que la comunidad cristiana ofrece a Dios, terminadas las vacaciones y la recolección de las cosechas, al reemprender la actividad habitual. Son una ocasión que presenta la Iglesia para rogar a Dios por las necesidades de los hombres, principalmente por los frutos de la tierra y por los trabajos de los hombres, dando gracias a Dios públicamente’ (OGMR 45).
Sobre todo en nuestro hemisferio norte es la época del recomienzo de todas las actividades en todos los ámbitos; en el campo se recogen las últimas cosechas (las vendimias (por ejemplo) y se comienza a preparar la tierra para nuevos trabajos, lo mismo en el ámbito de la enseñanza y la educación se han comenzado los nuevos cursos; atrás ha quedado el verano con sus vacaciones y todo comienza de nuevo.
Como cristianos no estamos ajenos a toda esta actividad humana. Es más, tenemos que iluminarlo con el sentido de la fe y como creyentes hemos de saber descubrir la presencia y la acción de Dios en toda la actividad humana. Por eso esta llamada de atención y celebración que nos ofrece la liturgia. Dios no es ajeno a nuestra vida; es más nosotros no podemos construir nuestra vida ajenos a Dios. Es un momento de reconocimiento de ese actuar de Dios. Las tres lecturas de la Palabra de Dios que nos ofrece la liturgia a ello nos ayudan.
Así el libro del Deuteronomio, uno de los cinco libros del Pentateuco o de la Torá (la Ley). Son como unos discursos o recomendaciones de Moisés de cara al momento en que se establezcan en la tierra prometida. Han vivido en la vida dura de la esclavitud en Egipto, la dureza igualmente de atravesar desiertos viviendo cómo nómadas de un lugar para otro sin ningún lugar donde establecerse y con carencias de todo tipo. Ahora se van a establecer en la tierra que el Señor les ha prometido. Podrán tener casas y habitar en ciudades; verán producir la tierra en abundancia como fruto de sus trabajos; su vida será distinta y mejor.
Es aquí donde está la llamada de atención de Moisés. ‘¡Cuidado! No os olvidéis del Señor vuestro Dios… que os sacó de Egipto y os hizo atravesar el desierto…’ Es cierto que está la obligación de hacer producir la tierra y es bueno y reconfortante ver el fruto de los trabajos. No podemos olvidar el mandado del Señor desde la creación de dominar la tierra y hacerla producir. No podemos olvidar lo que nos dice Jesús en el evangelio de los talentos que se nos han dado y que tenemos que hacerlos fructificar. Está el esfuerzo, la inteligencia del hombre, pero no podemos llenarnos de orgullo pensado todo es fruto de la acción del hombre como si fuera un ser absoluto. ‘No os olvidéis del Señor, vuestro Dios…’ Tenemos que confesar como decimos en el salmo: ‘Tú eres Señor del universo’.
Lo que le dice Moisés al pueblo nos viene bien a nosotros recordarlo. Alguien me comentaba hace unos días en referencia a cierto político que hacía mil promesas de que el año que viene las cosas iban a ser mejor y no sé cuantas promesas. Pero me decía esta persona, pero no dice ‘si Dios quiere’. Yo le decía si no es creyente es normal que no diga esa frase porque no cree en la acción de Dios en su vida y en la historia del hombre. Lo malo es cuando nosotros que nos confesamos creyentes ni lo digamos ni lo tengamos como actitud en nuestra vida. Por encima de todo ha de estar el querer del Señor y nosotros tenemos que reconocerlo. Porque algunas veces vivimos como si no fuéramos creyentes.
Otro es el aspecto del sentido de la celebración de este día. Y es que en el camino de la vida es fácil que nos pies se llenen del polvo del camino. Fácilmente manchamos nuestro corazón en el camino de la vida con nuestros orgullos o nuestros olvidos de Dios, con lo difícil que hacemos la convivencia con los demás a causa de nuestros egoísmos y envidias, en una palabra con nuestro pecado. Por eso es hoy también día de reconciliación con Dios. Como nos dice san Pablo ‘dejáos reconciliar con Dios’. Invoquemos la misericordia del Señor que nos limpie y que nos purifique.
Finalmente el tercer aspecto de la feria. Es reconocer que sin Dios nada somos ni podemos hacer; que hemos de estar como los sarmientos unidos a la vid para que puedan tener vida y dar fruto; que en el nombre del Señor hemos de echar la red de nuestros trabajos y nuestras acciones. Por eso hemos de orar y orar con insistencia a Dios. Jesús nos habla en el evangelio de pedir, buscar, llamar, que se nos dará, se nos abrirá y encontraremos.
Por eso elevamos nuestra oración pidiendo la ayuda del Señor para nosotros y nuestros trabajos y acciones, pero con un corazón muy abierto hacemos también una oración amplia en la que queremos que quepan todos, los de cerca y los de lejos, los que nos aman y los que no nos caen bien, los que son felices y los que sufren, los que tienen fe y los que no la tienen; todos han de caber en nuestra oración.

domingo, 4 de octubre de 2009

Un proyecto ilusionante de amor para siempre


Gn. 2, 18-24;
Sal. 127;
Heb. 2, 9-11;
Mc. 10, 2-16



Necesitamos en la vida proyectos ilusionantes con altura de miras que merezcan la pena. Es lo que da sentido, valor y profundidad a una vida. Por contrario tenemos la tentación del cansancio, sobre todo cuando hacemos de la vida una rutina y se ha perdido la ilusión por lo grande aunque cueste esfuerzo. Siempre se ha tenido esas tentaciones que nos llevan a abandonar proyectos, a perder el sentido de la lealtad y la fidelidad.
Otra tentación que sufrimos hoy es el querer conseguir las cosas de inmediato y sin el más mínimo esfuerzo. Hoy cuesta mucho sacrificarse, no nos gusta, porque las metas o los ideales (si es que los podemos llamar ideales) que nos ofrece el mundo es el pasarlo bien a toda costa, un mundo de sensaciones inmediatas donde lo importante es disfrutar de todo y pasarlo bien.
Por eso, como decíamos cuesta tanto la fidelidad y el sacrificio. Esto no me vale para lo que yo quiero ahora, pues lo rompo, lo tiro, lo dejo de lado y a buscar otra cosa que lo sustituya. Lo vemos en el uso y manejo de nuestras posesiones materiales, pero lo tremendo es cuando hacemos lo mismo con las personas, los hondos sentimientos de las personas, el amor.
Por eso, los proyectos son a muy corto plazo, se quedan cortos en nuestras metas, y a la menor dificultad se abandonan. Esto creo que pasa en todos los ámbitos de la vida y nos vamos contagiando como si de un virus se tratara. Y esto, claro, afecta también a la estabilidad de nuestros matrimonios y familias.
Pienso que el matrimonio es, tiene que ser un proyecto bien ilusionante, por seguir con la misma expresión del principio, y de una gran altura de miras si caemos bien en la cuenta todo lo que se pone en juego a la hora de proyectar un matrimonio y una familia. Se trata de personas, de una relación personal fundamentada en el amor. No son unas cosas materiales las que se están poniendo en juego, y sin embargo bien interesados que somos cuando se trata de arriesgar nuestras cosas o nuestros bienes. Pero tenemos el peligro de que cuando se trata de la persona y la relación más profunda que se puede establecer entre personas que es el amor, lo tomamos a la ligera y algunas veces con excesiva superficialidad. De ahí las consecuencias.
El proyecto de amor de un hombre y de una mujer que se aman y quieren llegar a la más profunda comunión para toda una vida en una entrega única y total es la verdad algo grande y que de verdad le da plenitud a una vida. Por eso no se puede tomar a la ligera dejándose llevar por unos primeros impulsos. Tiene que ser algo bien construido y preparado; algo que luego hemos de cuidar como lo más hermoso para que pueda tener esa estabilidad y duración definitiva, como tiene que ser un verdadero matrimonio fundado en el amor. Algo que hay que cuidar y mimar, restaurar cuando sea necesario, tratar de revitalizar como algo nuevo cada día. Que lejos tiene que estar la rutina de una relación de amor, de una vida matrimonial.
La Palabra de Dios que se nos propone en la liturgia de este domingo nos lleva a reflexionar sobre todo esto, porque además estamos viendo la triste realidad en muchos casos de muchos matrimonios a nuestro alrededor. En muchos el amor se enfría y termina por acabarse, la fidelidad se olvida y se rompe, se vive en muchos casos con demasiada superficialidad la relación de amor. Aquello que decíamos que cuando me canso de una cosa o no me sirve lo tiro y a buscar otra que lo sustituya. Peligros siempre los ha habido y los hay pero con los presupuestos que vivimos en el mundo de hoy donde rehuimos el sacrificio y el esfuerzo y sólo nos contentamos con alcanzar o vivir lo fácil, tenemos las consecuencias que todos conocemos.
Ya a Jesús le plantean el tema del divorcio y hemos visto como ha respondido. Jesús nos recuerda donde está el origen de esa realidad del amor del hombre y de la mujer que se llama matrimonio y donde encontramos, podríamos decir, el modelo y la fuerza para vivirlo. ‘Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer… para ser los dos una sola carne’. Es el proyecto de Dios para el hombre y la mujer que es proyecto de amor y comunión como Dios mismo es. Por eso, a partir de Cristo decimos que el amor del hombre y la mujer en el matrimonio es signo del amor que Dios es y nos tiene. En el amor verdadero del hombre y la mujer estamos reflejando lo que es el amor de Dios, lo que es el amor de Jesucristo a su Iglesia. Por eso para nosotros los cristianos es sacramento. Y tiene que ser, entonces, un amor fiel porque así es el amor que Dios nos tiene. De ahí las características del matrimonio cristiano.
Un proyecto hermoso e ilusionante que nos pone en camino de plenitud en la vida, pero que sabemos bien que desde nuestra limitada e imperfecta condición humana será algo que no siempre es fácil y nos va a costar. Ahí está nuestra tarea, nuestra entrega pero también el saber contar con la fuerza de Dios. Si Dios no nos abandona en ninguna situación de nuestra vida, ahí tampoco nos abandonará, estará siempre a nuestro alcance su gracia salvadora, santificante, que nos fortalece y nos ayuda. Es lo que llamamos la gracia del Sacramento. Cómo tendríamos que saber aprovechar esa gracia. Cómo tendríamos que saber fundamentar nuestro matrimonio cristiano en esa gracia del Señor. Que el sacramento no es solo cosa de aquel momento de la celebración, sino que es gracia que acompaña toda la vida matrimonial.
Pidamos al Señor que se rescaten todos esos profundos valores que nos ayuden a darle mayor plenitud a nuestra vida. Pidamos por nuestros jóvenes para que se preparen al proyecto maravilloso del matrimonio dándole profundidad y sentido a sus vidas. Que no se tomen los asuntos del amor a la ligera como si se tratara únicamente de disfrutar un rato. Que aprenden – que les enseñemos con nuestro ejemplo – lo valioso que es el sacrificio y el esfuerzo, lo maravillosa que es la fidelidad y lo importante que es en la vida saberse comprender y perdonar para reemprender, si fuera necesario eso, la restauración del amor para que cada día sea más bello y más profundo, más maduro y más estable que será lo que les hará alcanzar la verdadera felicidad.

sábado, 3 de octubre de 2009

Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo

Baruc, 4, 5-12.27-29
Sal. 68
Lc. 10, 17-24


Jesús había designado a ‘otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y ciudades a donde pensaba ir El…curad enfermos y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Ahora vuelven los discípulos después de cumplir su misión ‘muy contentos… Señor, hasta los demonios se nos sometían’. Jesús les acoge y les previene: ‘No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’.
En este evangelio hoy desborda la alegría porque a continuación nos dirá que Jesús ‘lleno de la alegría del Espíritu Santo’, da gracias al Padre porque se ha revelado el misterio de Dios a los pobres y a los humildes.
Ya hemos dicho que Jesús les previene del orgullo. Es una tentación en la que fácilmente podemos caer. Pensamos que ya nosotros sí somos buenos, sabemos hacer las cosas bien y hacemos tantas cosas buenas. Los discípulos venían contentos porque podían echar demonios. Pero eso no es lo importante, porque si pueden hacerlo no es por su poder, sino por la gracia del Señor. Y como les dice Jesús lo importante y lo que les tiene que dar verdadera alegría es que sus ‘nombres están inscritos en el cielo’.
¿Cómo podemos merecer tal honor? Echemos una mirada al evangelio y veamos quienes van a ser los importantes para Jesús. Los importantes para Jesús son los sencillos y los humildes porque es a ellos a quienes se les revela el misterio de Dios. Lo hemos escuchado hoy. ‘Te doy gracias Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’.
No son los entendidos, los que se creen sabios, los que se ponen en un estadio superior. Serán los humildes y los sencillos, los que parece que nada valen ni nada saben. Recordemos lo anunciado por el profeta y que Jesús proclamará en la Sinagoga de Nazaret, diciéndonos que todo aquello se cumple ya. ‘A los pobres se les anuncia el Evangelio’. La Buena Noticia del Reino de Dios no es para los que ya se creen salvados y que todo se lo saben. Serán los pobres, los indefensos, los que nada tienen, los que se sienten oprimidos los que escucharán la Buena Noticia de la libertad y de la gracia.
No será desde el dominio y el poder donde se será grande en el Reino de los cielos, sino que los que se hacen los últimos y los servidores de todos, serán los primeros y los verdaderamente importantes.
Cuando nos vaciamos de nosotros mismos para servir, para hacernos los últimos y para amar y entregarnos hasta el final es cuando mereceremos que nuestro nombre esté inscrito en el cielo. Es el camino desconcertante en principio de Jesús, pero que luego comprenderemos que es el camino que en verdad merece la pena.
Demos gracias a Dios si escuchamos el Evangelio, la Buena Noticia de Jesús. ¿Nos hemos parado a pensar en la predilección que Dios tiene por nosotros que cada día nos ofrece el alimento de su Palabra, cada día podemos escuchar el anuncio del Evangelio?
‘¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron’. Así les dice Jesús a los discípulos. Así nos dice también a nosotros, porque vemos y escuchamos, porque podemos vivir y podemos sentir la presencia de Jesús y su gracia cada día en lo más hondo de nuestra vida.
Tenemos que saber darle gracias a Dios. ¿Le has dado gracias por la oportunidad que te da cada día de escuchar su Palabra? ¿Le das gracias por la oportunidad que te da de recibirle y vivirle cada día en los sacramentos? ¿Le das gracias a Dios, amigo que lees estas líneas de reflexión por este medio de internet, por esta semilla que cada día Dios quiere sembrar en tu corazón?

viernes, 2 de octubre de 2009

Confesamos que el Señor nuestro Dios es justo y misericordioso

Baruc. 1, 15-22
Sal. 78
Lc. 10, 13-16


‘No endurezcáis vuestro corazón, escuchad la voz del Señor’. Es una invitación a la conversión. El Señor nos llama una y otra vez.
Hay quien mira sus desgracias personales como un castigo por su pecado, por lo que ha hecho mal. A todos nos suceden cosas desagradables, pasamos por situaciones difíciles, nos llega la desgracia en forma de enfermedad, un accidente, algo malo que nos puede sobrevenir. Muchas veces escuchamos ese lamento, ¿qué hecho yo para merecer esto? Esto es un castigo por mis pecados. Claro que si nos quedamos en esa consideración de castigo sin ninguna otra esperanza, nos sentiremos tan abrumados que podemos llegar a la desesperación.
Creo que hemos de tener una mirada más honda y más amplia también. No nos podemos quedar simplemente en el castigo. Es cierto que esas cosas malas por las que tenemos que pasar las podemos mirar como una purificación interior, pues Dios permite que nos sucedan esas cosas para que también recapacitemos y nos demos cuenta de lo que hemos hecho en nuestra vida; pero también podemos verlas como un punto de arranque para el arrepentimiento y la conversión.
Miramos, es cierto, nuestra vida y nos damos cuenta de la respuesta negativa a tantas cosas buenas que hemos recibido del Señor. Creo que en eso tenemos que fijarnos también. Cuántos beneficios recibimos del Señor. Cómo el Señor ha derrochado su gracia en nuestra vida y eso hemos de saberlo reconocer. Pero además tendría que movernos a que nuestra respuesta fuera distinta. Ha de ser una llamada de atención, una llamada del Señor a una vida mejor.
Es lo que contemplamos hoy en el profeta Baruc, a quien hemos escuchado en la primera lectura. Se reconoce pecador y reconoce que son un pueblo pecador. ‘Sentimos la vergüenza de nuestra culpa en este día: judíos, vecinos de Jerusalén, nuestros reyes y gobernantes, nuestros sacerdotes y profetas y nuestros antepasados; porque pecamos contra el Señor no haciéndole caso, desobedecimos al Señor nuestro Dios no siguiendo los mandatos que el Señor nos había propuesto…’
Pero aunque se siente abrumado por su pecado sin embargo se siente impulsado al arrepentimiento y a la conversión. Se vuelve al Señor ‘Dios compasivo y misericordia, lento a la ira y rico en clemencia’, como tantas veces ha rezado con los salmos. En la oración hay una confesión de fe, - ‘confesamos que el Señor nuestro Dios es justo’ -, y pensar en la justicia de Dios es pensar en la misericordia. Por eso se siente movido al arrepentimiento, a la vuelta al Señor.
Cuántos beneficios recibimos del Señor. Tenemos que pensarlo. No podemos endurecernos en nuestro pecado, ni nos podemos sentir tan abrumados que eso nos lleve a la desesperación. La contemplación del amor de Dios nos moverá al arrepentimiento pero también a la conversión a una vida nueva y distinta, a una vida santa.
En el evangelio de hoy Jesús recrimina a las ciudades de Corozaín, Betsaida y Cafarnaún. Cuánto ha hecho el Señor con su presencia en medio de ellos, cuántos milagros ha realizado allí el Señor. ‘Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en la ceniza’. Que el Señor no nos recrimine a nosotros porque no escuchamos su voz, porque no somos capaces de reconocer cuanto ha hecho en nosotros.
Todo es una invitación a la esperanza, a la vida, a la conversión, a vivir una nueva vida. No por miedo al castigo, sino en la consideración del amor del Señor.

jueves, 1 de octubre de 2009

Alegría, Sabiduría y Riqueza la más grande la Palabra del Señor

Neh. 8, 1-12
Sal. 18
Lc. 10, 1-12


‘Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón… más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila…’ Hermosa imagen que nos ofrece el salmo para comprender la riqueza y la sabiduría de la Palabra de Dios y la alegría con la que llena el corazón cuando la escuchamos.
Riqueza, sí, que no se queda en riquezas materiales, - ‘más que el oro fino’ -; Sabiduría, que nos ayuda a penetrar en el misterio de Dios y su voluntad para con nosotros - ‘más dulce que la miel de un panal que destila’ – y a saborear hondamente en el paladar el alma el amor que Dios nos tiene.
Si hermosa es la imagen del salmo, más hermoso, podríamos decir, el testimonio del libro de Nehemías en la acogida a la Palabra de Dios. Como hemos venido comentando estaban en la tarea de la reconstrucción de Jerusalén y del templo; llegó el momento de comenzar las celebraciones y allí están en la explanada del templo - ‘en la plaza que hay ante la puerta del agua’ – dispuestos a la escucha de la proclamación de la Ley del Señor.
Es una liturgia hermosa de proclamación de la Palabra de Dios lo que se nos ofrece. Allí está una asamblea reunida desde el amanecer hasta el medio día – ‘todo el pueblo se congregó como un solo hombre… el asamblea de hombres y mujeres y todos los que podían comprender… desde el amanecer hasta el mediodía… era el día primero del mes séptimo…’ -.
En medio un alto estrado para la proclamación de la Ley del Señor – ‘Esdras, el escriba y sacerdote estaba de pie sobre el estrado de madera que habían hecho para el caso’ -.
El sacerdote y escriba comienza bendiciendo a Dios y el pueblo aclama adorando al Señor - ‘Esdras abrió el libro a vista del pueblo, pues los dominaba a todos, y cuando lo abrió el pueblo entero se puso de pie… pronunció la bendición del Señor Dios grande, y el pueblo entero, alzando las manos, respondió Amén, Amén; se inclinó y se postró rostro a tierra ante el Señor’ -.
Una explicación continuada de los escribas – ‘mientras los levitas explicaban al pueblo la ley… de forma que todos comprendieron la lectura’ -.
Una acogida por parte del pueblo en silencio, con alegría y emoción, con lágrimas en los ojos y con fiesta para todos – ‘Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: no hagáis duelo ni lloréis (porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley)… comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene preparado… no estéis tristes, porque el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’ -.
Me entra una sana envidia, lo confieso, al escuchar este entusiasmo del pueblo por la Palabra del Señor. ¿Habrá ese entusiasmo, alegría, aclamaciones, fiesta, escucha silenciosa desde el corazón por nuestra parte cuando se proclama la Palabra de Dios? Tenemos que motivarnos más por la escucha de la Palabra de Dios. No podemos quedarnos en un rito cumplido formalmente pero al que le falta entusiasmo y vida.
Seamos sinceros, muchas veces estamos deseando que se acaban ya las lecturas, que se acabe ya el comentario de la homilía, porque lo que queremos es que se nos diga la misa y acabar pronto. Ellos estuvieron ‘desde el amanecer hasta el mediodía’. ¿No tendremos que poner más calor de fe y amor en la escucha de la Palabra?
Y hemos de decir algo importante. Nosotros no estamos solamente ante un Libro que contiene la Palabra de Dios, sino ante la misma Palabra viva de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Jesús mismo está en medio de nosotros en la proclamación de la Palabra. Jesucristo, Palabra eterna de Dios que se ha encarnado y plantado su tienda entre nosotros.
Pidámosle a Dios que aprendamos de esa Sabiduría de la Palabra, que aprendamos a saborear esa maravilla de Dios que se nos manifiesta con su amor. Que la guardemos en el corazón como la mayor de las riquezas y que como María sepamos rumiarla dentro de nosotros para hacerla dar fruto de vida. Que sea siempre nuestra alegría y nuestra fiesta y eso lo manifestemos también en la forma con que la acogemos.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

El seguimiento de Jesús nos plantea radicalidad en la respuesta

Neh. 2, 1-8
Sal. 136
Lc. 9, 57-62


El Evangelio nos dice que ‘mientras iban de camino Jesús y sus discípulos’ algunos se acercan a Jesús porque quieren ir con él o a otros será Jesús mismo el que los invite a seguirle. Seguir a Jesús. Ir de camino. No es algo estático sino que implica ponerse a caminar, ¿hacia dónde?
En versículos anteriores el evangelista ha hecho un comentario muy importante. ‘Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén’. Subir a Jerusalén significaba algo. El lo había anunciado. Su subida a Jerusalén implicaba que allí iba a morir, porque ‘el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles…’ Significaba muerte porque era su entrega. Conscientemente ahora decide subir a Jerusalén. Es que lo impulsa el amor.
Claro, entonces, seguir a Jesús, ponerse a caminar con El, era implicarse en su mismo destino. Ya en otra ocasión nos había dicho que el que quiera seguir ha de tomar su cruz de cada día. Ahora nos plantea sus exigencias, su radicalidad. Exigencias que pasan por una disponibilidad total, generosidad de corazón libre de todo tipo de ataduras, siempre con deseos de caminar hacia delante.
‘Te seguiré a donde vayas’, le dice uno. Pero le recuerda la austeridad de su vida porque nada le puede atar. ‘Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’. El caminante no tiene sitio fijo donde aposentarse. ‘Quedáos en la casa donde entréis’, les dice a los discípulos cuando los envía a anunciar el Reino. Allí donde los reciban tendrán donde reclinar la cabeza y si no los reciben, a otro sitio. ‘No tiene donde reclinar la cabeza’. Vacíos de todo y disponibles para todo.
A otro lo invitará Jesús ‘sígueme’, pero quiere ir a enterrar a su padre. ‘Deja que los muertos entierren a los muertos, tú vete a anunciar el Reino de Dios’. Su camino no es de muerte sino de vida. Llenos de vida tenemos que ir siempre a anunciar la vida, el Reino de Dios. más que enterrar muertos, lo que tendrá que hacer el discípulo es resucitar muertos, sanar, llevar a la vida.
‘Te seguiré, Señor, pero déjame despedirme de mi familia’. Miradas atrás y ataduras. No pueden quedar apegos en el corazón. Liberados de todo lo que nos pueda atar no podemos volver la vista atrás añorando quizá otros tiempos, otras situaciones. ‘El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de Dios’. El agricultor que mientras tiene la mano en el arado mira hacia atrás sus surcos no pueden salir rectos. Mirada hacia delante. Liberados de todo, que para eso Cristo nos ha liberado.
Que el Señor nos conceda esa generosidad de corazón, la fuerza del Espíritu para seguirle sin poner condiciones y nos haga valientes para arrancarnos de lo que sea muerte. Cristo lo es todo para mí y cuando me decido a seguirle tengo que hacerlo con toda mi vida. No valen las medias tintas. No vale el ahora sí, y luego ya veremos. No vale quedarnos a medias y poniendo condiciones. El Evangelio nos exige radicalidad en el seguimiento de Jesús. Vayamos de camino con Jesús. Sigamos sus pasos aunque tengamos que subir a Jerusalén. En el seguimiento de Jesús también tiene que impulsarnos el amor.

martes, 29 de septiembre de 2009

Con los ángeles y arcángeles cantamos el himno de tu gloria


Fiesta de los Santos Arcángeles, San Miguel, San Gabriel y San Rafael
Daniel 7, 9-10.13-14
Sal. 137
Jn. 1, 47-51

‘Con los ángeles y con los arcángeles, y con todos los coros celestiales cantamos el himno de tu gloria…’Así proclamamos en el prefacio uniéndonos a la alabanza de toda la creación. Iniciamos así ese cántico de alabanza y acción de gracias en el momento cumbre de la Eucaristía, cuando por Cristo, en Cristo y con Cristo en la unidad del Espíritu queremos dar todo honor y gloria al Padre del Cielo.
Hoy celebramos a los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Con ellos hoy queremos cantar la alabanza del Señor. En ellos se ha complacido de manera especial Dios en su creación. A ellos ha confiado misiones especiales en medio de toda la creación al tiempo en que se convierten en algo así como trasmisores de la obra y gracia salvadora de Dios para nosotros los redimidos.
Signos de gracia y mensajeros divinos que al contemplarlos, recordarnos y celebrarlos son como nuestros aliados que nos ayudan en nuestra lucha contra el mal, en trasmitirnos lo que son los planes de Dios y al tiempo que presentan nuestras oraciones ante Dios nos hacen llegarla medicina de la gracia que nos fortalezca y nos cure en este camino de la vida.
‘¿Quién como Dios?’ es el grito de Miguel – eso significa su nombre – en su lucha contra el dragón maligno arrojándolo al abismo, como nos lo describe el Apocalipsis y algunos textos de las profecías del Antiguo Testamento. Es nuestro mejor aliado en nuestra lucha contra las tentaciones, contra el mal y contra el pecado. ‘¿Quién como Dios?’ tiene que ser nuestro grito porque es nuestro único Dios y Señor y a nadie más adoraremos sino al Señor. No nos dejemos embaucar por el padre de la mentira.
‘Yo soy Gabriel que sirvo en la presencia de Dios… he sido enviado a hablarte para darte esta Buena Noticia…’ le dice el ángel de Dios a Zacarías en el templo a la hora de ofrecer el incienso. Fue también el mensajero divino que con semejantes palabras habla al profeta Daniel en el Antiguo Testamento. Y así anuncia a María el misterio inconmensurable de Dios que viene a encarnarse en sus entrañas para ser Emmanuel, Dios con nosotros, que nos trae la salvación.
¡Cuántas veces sentimos en nuestro corazón a ese mensajero divino que nos habla allá en lo más hondo de nosotros mismos para anunciarnos los planes de Dios en nuestra vida. Ojalá no nos hiciéramos sordos a su mensaje y así realizáramos esos proyectos de Dios que son siempre proyectos de amor y de salvación.
‘Yo soy Rafael, que estoy al servicio de Dios… uno de los siete santos ángeles que presentamos las oraciones de los justos ante el Señor…’ Rafael, compañero de camino del joven Tobías, que libera de los peligros de los caminos, que le hace encontrar la medicina de Dios contra las asechanzas del maligno y que abrirá los ojos a la luz al anciano Tobías.
Celebraremos dentro de unos días a nuestro Santo Ángel de la guarda que nos acompaña a cada uno de nosotros en nuestra vida. Pero hoy celebramos a Rafael; que él inspire toda obra buena y esté siempre junto a nosotros para que hagamos lo bueno, para que desborde de nuestro corazón la misericordia porque, como le decía al revelarse a Tobías, ‘mejor es dar limosna que acumular tesoros, pues la limosna libra de la muerte y limpia de todo pecado; los que practican la misericordia y la justicia serán colmados de felicidad’.
Que ese sea el hermoso mensaje que recibimos en la celebración de los Santos Arcángeles que tan significativos son para nuestra vida cristiana. Además tengamos en cuenta que san Miguel es patrono de alguna de nuestras islas y de nuestros pueblos, y por otro lado san Rafael es especial protector de los Hogares de nuestras Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Que nos acompañen siempre en los caminos que nos conduzcan a la vida y la salvación.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Habrá oscuridades y turbulencias pero no podemos perder la esperanza

Zac. 8, 18;
Sal. 101;
Lc. 9, 46.50


Hay momentos y situaciones donde nos parece difícil mantener la esperanza. Nos encontramos con tantas turbulencias en la vida que nos parece ir en un avión sacudido por una fuerte borrasca y que no encontramos salida.
¿Vivimos momentos así? Reconozcamos que nuestro mundo, nuestra sociedad está bien revuelta. En estos momentos creo que lo peor no está en esta crisis económica que nos afecta a todos y que es lo que a la mayoría le preocupa, sin dejar de decir que es importante y que realmente afecta a muchísimas personas en la que su subsistencia es bastante precaria; pienso en otras muchas turbulencias de nuestra sociedad.
Muchos valores que considerábamos muy importantes en la vida parece que han perdido su vigor y a muchos poco le interesan. Somos conscientes de un cambio de costumbres muy importante. Se van introduciendo normas de conducta, que algunas veces se quieren imponer como leyes en el ámbito social desde sectores bien interesados y que no nos satisfacen. Se va perdiendo un sentido de Dios y los valores y las virtudes cristianas no sólo son dejados de lado por muchos, sino que también se les pretende ocultar, hacer que nadie pueda hablar de ello.
Podemos sentir la tentación de una sensación de pesimismo tal que nos ahogue y, como decíamos al principio, pareciera que la esperanza se hace imposible.
¿Cuál tiene que ser la postura y la actitud del cristiano ante todo eso? San Pablo nos dice en sus cartas que nosotros no podemos sufrir como los hombres que no tienen esperanza. Nuestra fe en Jesús como nuestro Salvador nos hace creer en su Palabra y en el cumplimiento de sus promesas. El nos ha prometido un mundo nuevo, una tierra nueva y un cielo nuevo como dice el Apocalipsis, el Reino de Dios que llega como nos anuncia en el Evangelio.
Su Palabra es veraz. ‘Yo soy la verdad… para eso he venido al mundo para dar testimonio de la verdad’, nos dice Jesús en el Evangelio en el diálogo con Pilatos. Luego, a pesar de las sombras y de las turbulencias, su palabra se cumple. Eso tiene que ser nuestra fe y nuestra esperanza por encima de todo.
De eso nos habla también el profeta Zacarías hoy. ‘Volveré a Sión y habitaré en medio de Jerusalén’. Y nos habla de una nueva situación, de una nueva paz y armonía. ‘De nuevo se sentarán en las calles de Jerusalén ancianos y ancianas, hombres que, de viejos, se apoyan en bastones. Las calles de Jerusalén se llenarán de muchachos y muchachas que jugarán en la calle’.
Y cuando el profeta anuncia estos tiempo nuevos de armonía se pregunta: ‘Si el resto del pueblo encuentra esta imposible aquel día, ¿será también imposible a mis ojos?... Así dice el Señor de los Ejércitos: Yo libertaré a mi pueblo… y los traeré para que habiten en medio de Jerusalén. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios con verdad y con justicia’. El pueblo incrédulo, por la situación difícil en la que viven, piensa que no será posible ese nuevo mundo; habían perdido la esperanza. Pero el Señor empeña su palabra y ‘ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios con verdad y con justicia…’
Será posible ese pueblo nuevo. Seremos un resto, pero no importa. Dios quiere que seamos semilla, buena semilla en medio del mundo. Y no hemos de temer porque contamos con el Señor que es capaz de transformar los corazones. Y nosotros somos signos en medio de las gentes de ese mundo nuevo del Reino de Dios que es posible. Por eso hemos de ser valientes para dar nuestro testimonio sin perder la esperanza. La vida de los verdaderos creyentes, de los cristianos que viven con autenticidad su fe, su seguimiento de Jesús se convierte en llamada para los demás.
Me contaron no hace mucho del testimonio de un sacerdote que por diversas razones que no vienen al caso se encontró cerca de unas personas que ni estaban bautizadas ni tenían fe, ni por supuesto haberse preocupado de la fe de sus hijos. Por la cercanía de aquel sacerdote y su testimonio se abrieron a la fe, quisieron recibir el bautismo y los sacramentos, hicieron su catequesis catecumenal para prepararse debidamente, cambiaron totalmente su vida y se adhirieron a Jesús por el Bautismo toda la familia.
Un milagro, me decía la persona que me lo contaba admirándose de tal caso. Un milagro de la gracia, tenemos que decir, que mueve los corazones. Luego, no podemos perder la esperanza, porque siempre está brillando la luz del Señor. Habrá oscuridades y turbulencias en la vida, pero al final brillará la luz.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Descubre y valora lo bueno del otro y haremos entre todos un mundo mejor


Núm. 11, 25-29;
Sal. 18:
Sant. 5, 1-6;
Mc. 9, 38-43.45.47-48


El seguimiento sincero de Jesús, dejándonos iluminar por su Palabra y poniendo en práctica todo aquello que no enseña, es una fuente de riqueza grande para nuestra vida y donde todos a la larga nos vamos a sentir beneficiados.

No entiendo cómo algunos ven todo esto de la fe y la vida cristiana como una carga pesada, porque, dicen, todo esto de la fe les coarta su libertad y su vida. Yo lo veo más como un enriquecimiento de la persona en camino de plenitud y como cultivo de muchos valores que nos van a posibilitar, incluso, una mejores relaciones humanas entre unos y otros.

La fe, con su convencimiento grande y profundo que nos puede hacer capaces de llegar a dar la vida por esa fe, sin embargo, nos hace ser más abiertos y generosos con los otros porque, desde nuestro amor cristiano, nos llevará a valorarnos y respetarnos más, a saber descubrir siempre lo bueno del otro y nos capacita para saber colaborar con él en todo eso bueno que hace nuestro mundo mejor y a todos, en consecuencia, más felices.

Sí, valoremos y respetemos, porque de lo contrario podemos tener la tendencia o tentación de creernos nosotros los mejores y los únicos, y cerrar los ojos para no ver lo bueno que tienen los demás. Digo, esto es una tentación y algo además que estamos demasiado acostumbrados a ver en nuestro derredor.

¡Cuándo llegaremos a ser capaces de ver lo bueno del otro, incluso en nuestro mayor contrincante o adversario! Demasiado vemos en cualquier debate o discusión, a todos los niveles, que nunca se es capaz de dar la razón en algo al otro; como es mi adversario, que piensa distinto a mí, nunca seré capaz de encontrar nada bueno en lo que los dos podamos colaborar en una misma dirección.

¿Por qué actuaremos así? ¿Será el miedo, el desconocimiento del otro, la desconfianza? ¿Será una falta de amor verdadero? ¿Por qué nos hacemos tan intolerables e intransigentes? ¡Cuántos recelos en todos los ámbitos de la vida! ¿Será quizá una manifestación larvada de nuestras propias inseguridades, que queremos ocultar tras una apariencia de firmeza? ¿Una expresión de orgullo? ‘Preserva a tu siervo de la arrogancia’ podríamos pedir al Señor con la oración del salmista.

Tanto el libro de los Números del Antiguo Testamento – la primera lectura de la Eucaristía de hoy – como el Evangelio nos iluminan en este sentido. Habían sido escogidos y convocados setenta ancianos para recibir el Espíritu del Señor y ayudar a Moisés en la tarea de gobernar al pueblo. Dos no asistieron a la convocatoria y sin embargo ‘también el Espíritu se posó sobre ellos y se pusieron a profetizar en el campamento’. Josué, el ayudante de Moisés, lleno de celo, le dice a Moisés, ‘prohíbeselo’, pero Moisés le respondió: ‘¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor’.

El Evangelio nos habla de cómo uno de los discípulos le cuenta a Jesús que alguno en su nombre echaba demonios y curaba enfermos. ‘No es de los nuestros’, le dice ‘y se lo hemos querido impedir’. Pero Jesús le replica: ‘No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Nos entran esos celos algunas veces a nosotros también. Pero Jesús nos está enseñando que tenemos que descubrir, aceptar y valorar todo lo bueno que hacen los demás. Porque hasta la más mínima cosa buena que se haga tiene su valor y su recompensa. ‘El que os dé a beber u vaso de agua porque seguís al Mesías, os aseguro que no quedará sin recompensa’.

¡Qué terribles somos con nuestros recelos y desconfianzas! Creo en verdad que nuestro mundo sería mejor si todos pusiéramos siempre nuestro granito de arena de bondad, de confianza, de colaboración en lo bueno que se realice, sabiendo aceptar en consecuencia lo bueno por pequeño que sea que hagan los demás. Nos haría más felices a todos. Esa limpieza del corazón, del que hemos quitado toda la malicia de la desconfianza, nos haría mejores y haría mejor este mundo concreto en el que vivimos.

Que nuestros ojos estén siempre prontos para tener una mirada limpia; que nuestras manos se tiendan siempre generosas para tender lazos de paz y armonía, para ayudar a levantar al caído o servirle de apoyo en su tambaleante caminar por la vida a causa de sus debilidades y flaquezas; que nuestros pies sean ligeros para ir al encuentro del otro, o para saber caminar a su paso alentando a los que se sienten más débiles o más cansados; que nuestros labios no tengan palabras sino para bendecir, para decir bien, palabras para desear la paz, palabras de amor y amistad, palabras de aliento y de ánimo para sembrar siempre esperanza en el corazón de los otros. ¡Cuánto necesitamos que hagan eso los demás por nosotros, pues que nosotros seamos capaces de hacerlo generosamente por los demás!

Jesús nos dice hoy en el evangelio que si nuestros ojos, nuestras manos o nuestros pies nos van a llevar al mal, mejor nos los arranquemos que para eso merece más estar ciegos, cojos o mancos. Que nunca nuestros pasos, nuestras manos o nuestros labios promuevan, ni siquiera inconscientemente, división, enfrentamiento, resquemores, desconfianza. No puede ser ese nunca el camino de los que siguen a Jesús. Ya es triste que haya de todo eso en nuestra sociedad y que algunas veces aparezca hasta en nuestros grupos cristianos.

Recogiendo el sentir de Jesús yo diría que sepamos utilizar nuestra vida, lo que somos o lo que tenemos, para lo bueno, para conseguir más paz y más amor, para sembrar esperanza e ilusión, para hacer un mundo mejor. Corta y despréndete de lo que te hace caer en pecado para que sigas viviendo en cristiano. Incluso, aquellos bienes o riquezas que poseas no te sirvan nunca para llenarte de orgullo y arrogancia ni para encerrarte en ti mismo de forma egoísta e insolidaria, sino que te valgan siempre para obrar rectamente y en justicia, para poner solidaridad en tu corazón y aprender a compartir generosamente con los demás, como nos recuerda hoy el apóstol Santiago.

Es como un reto que nos pone Dios en nuestra vida. Para eso nos ha dejado su Espíritu.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Alégrate que yo vengo a habitar dentro de ti…

Zac. 2, 1-5.10-11
Sal: Jer. 31, 10-13
Lc. 9, 46-50

¡Alégrate y gózate, hija de Sión!, que yo vengo a habitar dentro de ti!... yo seré para ella una muralla de fuego en torno, y gloria dentro de ella…’

Imágenes de rico contenido nos ofrecen hoy el profeta Zacarías, que leeremos varios días, y el salmo, que está tomado también de un profeta, Jeremías. Hacen referencia también a Jerusalén, hija de Sión. Frente a los peligros que podrían acechar a la ciudad de Jerusalén, el Señor se convierte en su muralla y su fortaleza – ‘muralla de fuego en torno’ – y habitará en medio de ella – ‘vengo a habitar dentro de ti’ – lo que le da seguridad y confianza.

Peligros podía tener muchos la ciudad, porque era ‘una ciudad abierta’, una ciudad sin murallas. En la reconstrucción después del regreso de la cautividad no habían podido concluir todas las tareas de rehacer también las murallas. Pasaría mucho tiempo para poder hacer eso. Y eso la convertía en una ciudad indefensa frente a los enemigos que podían atacarla, como ya en la historia pasada había sucedido.

Pero el Señor promete su asistencia habitando en medio de ella y siendo su gloria y fortaleza. Por eso con palabras de Jeremías en el salmo se expresa esa confianza porque ‘el Señor nos guardará como pastor a su rebaño’.

Esa confianza será también motivo de alegría. ‘Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos, convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas’.

Todas estas palabras son también para nosotros palabras de aliento y esperanza. Nos vemos acosados también por las tentaciones y los peligros. También el Señor ha prometido estar con nosotros, habitar en medio nuestro, habitar en nuestro corazón. ‘Vendremos y haremos morada en él’, anunciaba Jesús. Y al final del Evangelio nos dirá que estará con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. Y sabemos cómo nos envía su Espíritu que será también nuestra fortaleza – es uno de los dones del Espíritu Santo – como nuestra Sabiduría porque El nos dará la posibilidad de saborear las cosas celestiales, saborear el misterio de Dios.

Momentos difíciles de todo tipo podemos pasar. Pobreza, enfermedad, sufrimientos, tentaciones… muchas son las cosas que podrían preocuparnos e incluso ponernos tristes. Pero ‘el Señor nos guardará como pastor a su rebaño’, que decíamos con Jeremías. O como decimos en otro salmo, ‘el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas…’

Es un mensaje de consuelo que nosotros también hemos de saber trasmitir a los demás. ¿Cómo? Con el testimonio de nuestra paz interior nacida de esa confianza y de esa certeza de la presencia del Señor en nuestra vida. Pero esa experiencia hemos de comunicarla también a los demás con nuestra palabra, con nuestro anuncio valiente de la salvación que recibimos de Dios. También con la alegría con que vivimos nuestra fe. ‘Convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas’. Pues que eso se note en nuestra vida.

'Alégrate y gózate, hija de Sión… alégrate y gózate, alma mía, que el Señor fue bueno contigo...'

viernes, 25 de septiembre de 2009

Una confesión de fe a la que podemos llegar sólo desde la oración

Ageo, 2. 1-10
Sal. 42
Lc. 9, 18-22


La confesión de fe de Pedro es un texto que nos aparece con frecuencia en la liturgia. Ahora mismo hace un par de semanas en el domingo XXIV Ordinario lo escuchamos en el relato de Marcos.
Lucas nos dice que ‘Jesús estando orando solo en presencia de sus discípulos les pregunta’. Un detalle a tener en cuenta. ¿Cuál es la pregunta? ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ La respuesta que dan los discípulos no es muy distinta a lo escuchado en versículos anteriores cuando nos hablaba del interés del virrey Herodes por Jesús. ‘Tenía ganas de verlo’. Le habían hablado de Jesús y también con distintas versiones acerca de la personalidad de Jesús. ‘Juan había resucitado… había aparecido Elías… alguno de los antiguos profetas había vuelto a la vida…’
Es el sentido de la respuesta de los discípulos a la pregunta de Jesús hoy. Pero, ¿es esa su fe en Jesús? ‘Y vosotros ¿quién decís que soy yo?’ La respuesta la dará Pedro. ‘El Mesías de Dios’
Pero Jesús les prohibió decírselo a la gente. A ellos les explicaba cómo se iba a manifestar que El era el Mesías. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Creo que si escuchamos una vez más este texto es para que aprendamos a crecer en nuestra fe en Jesús. Es importante esa confesión de fe porque sólo el que dice que Jesús es el Señor se salvará, como nos dice la Escritura en otro lugar. Y tener que llegar a esa clara y convencida confesión de fe.
Hay un detalle al que hicimos mención al principio que teníamos que tener en cuenta y al que ahora vamos a destacar. Jesús les hace la pregunta estando en oración. La respuesta de nuestra fe no puede ser también sino desde la oración. Orando con Jesús.
En esa oración intima, profunda, personal desde el corazón con Dios es como podemos llegar a conocer de verdad quién es Jesús. Nuestro conocimiento de Jesús y en consecuencia nuestra fe en el no la conseguiremos solamente desde un estudio intelectual o sólo con lo que con los ojos de la cara podamos percibir. Muchos vieron a Jesús en su tiempo y no llegaron a creer en El. Y sólo por saber muchas cosas, metiéndolas en la cabeza, por decirlo de alguna manera, no llegaremos al conocimiento de Jesús. Porque es un conocimiento que tiene que ser vida.
Sólo en un trato intimo de corazón a corazón podemos penetrar en ese conocimiento y en esa fe en Jesús, o, podemos decirlo de otra manera, es cómo nosotros vamos a ser penetrados por ese Misterio de Dios.
Es gracia, es don de Dios, pero que el Señor quiere darnos para que, abriendo nuestro corazón en la oración, lo alcancemos. Sólo en la oración vamos a sintonizar de verdad en el Misterio de Dios. Es una sintonía que no podemos percibir de cualquier manera ni en cualquier onda. Es muy tenue al oído pero retumba fuerte en lo hondo del corazón cuando llegamos a percibirla. Será algo que va a envolver totalmente nuestra vida, de manera que ya nuestra vida no será la misma, nosotros ya no seremos los mismos, porque nos sentiremos transformador por El.
Una oración que tenemos que aprender a hacer, como hemos dicho tantas veces, con la Biblia en la mano. En la Biblia se nos trasmite mejor que en ningún sitio la Palabra viva de Dios. Será entonces con la Biblia cómo descubriremos, como escucharemos en lo más hondo de nosotros mismos la Palabra que el Señor quiere decirnos.
Entremos en oración. Entremos en ese misterio de Dios para que lleguemos a hacer la mejor y más honda profesión de fe en Jesús.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Todavía no es tiempo de reconstruir el templo

Ageo, 1, 1-8
Sal. 149
Lc. 9, 7-9


En ocasiones, cuando escuchamos relatos de la Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, que hacen referencia a la historia del pueblo de Israel, llegamos a pensar o preguntarnos que pueden significar para nosotros esas historias de otro tiempo y de otro pueblo. Es el caso, por ejemplo, en estos días estamos escuchando sobre el regreso del exilio, la reconstrucción de Jerusalén y del templo.
En primer lugar tenemos que decir que son la historia de un pueblo en el que se ha desarrollado la historia de la salvación, pues a ese pueblo Dios quiso revelarse de manera especial y todos los momentos de su historia podemos verlos como reflejo de esa intervención de Dios en aquel pueblo signo de cómo Dios nos ama y se hace presente también nuestra propia historia.
Pero también podemos decir que esas historias son como un espejo y un ejemplo para nuestra propia historia, pudiendo descubrir más allá de lo que históricamente se nos narra un mensaje hondo para nuestra vida. Son además reflejo muchas veces de nuestras propias actitudes, de nuestras respuestas no siempre positivas, etc.
Hoy como se nos decía nos situamos en ese momento del regreso y de la reconstrucción de Jerusalén y del templo. Lo escuchamos también en estos pasados días en el libro de Esdras y ahora en el profeta Ageo coetáneo de estos acontecimientos. Precisamente el profeta trata de incentivar al pueblo para que se esfuerza en la reconstrucción del templo de Jerusalén frente a algunos que preferían dejarlo para otro tiempo y otra ocasión. ‘Este pueblo anda diciendo: todavía no es tiempo de reconstruir el templo’.
Ya sabemos que a partir de Jesús los cristianos cuando hablamos o pensamos en el templo no nos referimos habitualmente sólo al templo edificio material donde la comunidad se reúne, lugar propicio para la oración en el que podemos sentir una especial presencia del Señor, lugar de escucha de la Palabra de Dios y de la celebración del culto. Pensamos en ese templo de Dios que somos nosotros desde nuestra consagración bautismal. Somos nosotros ese templo del Espíritu y morada de Dios. recordamos lo que Jesús nos decía que si le amamos y guardamos sus mandamientos, el Padre nos amará ‘y vendremos y haremos morada en él’.
En nuestra vida tiene que manifestarse la gloria de Dios. así tiene que resplandecer la santidad de nuestra vida. Pero ya sabemos cuál es nuestra realidad porque con el pecado manchamos y profanamos ese templo de Dios que somos nosotros. Y si reconocemos que somos pecadores, también hemos de esforzarnos por restaurar ese templo de Dios recuperando la gracia del Señor para que vuelva a brillar la gloria de Dios en nosotros y a través de nosotros para los demás.
‘Todavía no es tiempo de reconstruir el templo’, decían algunos en tiempos de Ageo. Que es también nuestra respuesta en muchas ocasiones. Vamos dando largas a nuestra sincera conversión, posponemos el acercarnos al sacramento de la Penitencia para otra ocasión, no terminamos de decidirnos a cambiar y mejorar nuestra vida. Más adelante, ya tendremos tiempo, en otra cosas ocasión vamos respondiendo una y otra vez y el Señor puede llegar a nosotros ‘como ladrón en la noche’, como nos señala Jesús en el evangelio.
Démosle respuesta a la llamada del Señor, convirtámonos a El y purifiquemos nuestra corazón. Limpiemos ese templo de Dios que hemos manchado tantas veces con nuestro pecado para que viendo la santidad de vida todos puedan dar gloria a Dios.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

La Biblia, nuestro libro básico de oración

Esd. 9, 5-9
Sal_ Tob.13, 2.4.6.7.8
Lc. 9, 1-16


La Biblia es el libro de la Palabra de Dios, porque es donde tenemos contenida y expresada todo lo que es la revelación de amor que Dios ha hecho de sí mismo. Allí acudimos a empaparnos del Misterio de Dios que es empaparnos de Dios mismo. Pero si la Biblia nos enseña a conocer a Dios también nos enseña a relacionarnos con Dios. podemos decir que es nuestro libro básico de oración.
Serán los salmos, por ejemplo, himnos y cánticos de alabanza y de acción de gracias, de súplica y de petición de perdón. Pero no son sólo los salmos. Encontraremos otros muchos modelos de oración en muchos y distintos personajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, hasta culminar en la oración de Jesús y en la oración en el Espíritu que es quien mueve y guía nuestra oración, orando El mismo en nuestro interior.
Hoy es una de esas páginas de la Biblia en donde contemplamos a un personaje en oración y que nos puede enseñar a nosotros o darnos pautas para lo que puede ser nuestra más profunda y auténtica oración.
Nos situamos. Los judíos han vuelto del destierro y la cautividad en Babilonia, porque Ciro, rey de los persas, les ha dado libertad. Ha llegado la hora de reconstruir Jerusalén, el templo y todo Israel. En eso están empeñados. Vemos hoy subir al templo a Esdras a la hora de la oración de la tarde, a las cuatro de la tarde, y hace una oración llena de reconocimiento y gratitud a Dios, muy llena de humildad para reconocer el pecado del pueblo que lo ha llevado a tantas desgracias como han sufrido; una oración de petición de perdón, de agradecimiento a Dios reconociendo también las mediaciones de las que Dios se ha valido en aquellos reyes para darles libertad, y de súplica confiada en el Señor.
Dios mío, me avergüenzo y me sonrojo de levantar mi rostro hacia ti, porque estamos hundidos por nuestros pecados…’ Reconoce el castigo merecido que han sufrido en el destierro y la desolación, para reconocer el actuar lleno de misericordia de Dios. ‘Ahora en este instante, el Señor, nuestro Dios, se ha compadecido de nosotros….nuestro Dios ha iluminado nuestros ojos y nos ha reanimado un poco en medio de nuestra esclavitud. Porque éramos esclavos, pero nuestro Dios no nos abandonó en nuestra esclavitud…’
Así con humildad nos tenemos que acercar a Dios. Cuando acudimos a Dios en la oración así lo hemos de hacer, sintiéndonos pueblo pecador. Muchas veces surge ese sentimiento interior cuando tras nuestro pecado nos ponemos de nuevo en la presencia del Señor. ‘Me avergüenzo y me sonrojo’, me siento miserable con mi pecado tras reconocer cuánto es el amor que Dios nos tiene, me siento humillado ante el Señor. ‘Soy un pecador, un hombre de labios impuros’, como decía el profeta Isaías, de corazón impuro, manchado por mi pecado. Ese acto de humildad es importante en el inicio de nuestra oración. Ese reconocimiento ha de mover nuestro corazón al amor porque nunca nos falla, por grande que sea nuestro pecado, el amor que Dios nos tiene y nos ofrece con su perdón.
Agachamos humildemente la cabeza y el corazón para al mismo tiempo levantar nuestra mirada a lo alto para contemplar las maravillas que hace el Señor, las maravillas que continúa haciendo en nosotros. Reconocemos en nuestra oración y tenemos que saber aprender a dar gracias por esas mediaciones a través de las que he recibido ese amor y esa gracia del Señor. Sí, descubrir como Dios actúa en nuestra vida, y nos llama, a través de acontecimientos, de otras personas, de muchas cosas que nos pasan pero que vienen a ser una voz y una llamada del Señor.
Todo eso nos lleva a alabar a Dios por todas esas maravillas también delante de los que nos rodean, como decíamos en el salmo, que es una oración de Tobías. ‘Dadle gracias, israelitas, ante los gentiles porque El nos dispersó entre ellos. Proclamad allí su grandeza, ensalzadlo ante todos los vivientes, que El es nuestro Dios y Señor, nuestro Padre por todos los siglos…’
¡Cuántas veces le hemos pedido al Señor, ‘enséñanos a orar’! Acudamos a la Biblia, que es nuestro gran libro de oración. Allí aprenderemos a encontrar profundamente con el Señor.

martes, 22 de septiembre de 2009

El martirio, una ofrenda de amor realizada cada día

Beatas Josefa Ruano y Mª Dolores Puis, mártires
Hermanitas Ancianos Desamparados
Sap. 3, 1-9
Sal. 33
Jn. 12, 24-26


‘Dichoso el hombre que soporta la prueba porque, una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida’.
No es agradable pasar por una prueba. Nos gustaría que todo fuera fácil, no tuviéramos problemas, no surgieran las enfermedades, todos y siempre fuéramos inmensamente felices sin ninguna sombra que empañara esa felicidad, no encontráramos oposición por ningún lado. Pero sabemos que la vida no es así. Todas esas cosas y muchas más de una forma o de otra van surgiendo en la vida, haciéndonos más maduros, haciéndonos adquirir una riqueza grande en la vida que no se queda reducida a lo material o pecuniario y, ¿por qué no? en el orden de la fe haciéndonos tener una fe más madura y más firme.
En la frase que nos ha servido de principio a nuestra reflexión se emplea la palabra aquilatar y nos dice ‘una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida’. Esa palabra, aquilatar, viene del método que se emplea para purificar el oro, que se hace a fuego y una vez pasado por el crisol y purificado con el fuego de toda escoria, adquiere más quilates, más valor. Una vez aquilatada nuestra vida en el fuego de la prueba, tenemos que decir, nos haremos dignos de la corona de la vida.
Entonces esas dificultades de la vida, todo eso que podemos encontrar como oposición a nuestra vida cristiana, tiene que aquilatarnos; es la prueba que nos purifica y nos hace madurar de verdad. Así en verdad nos veremos fortalecidos en nuestra vida cristiana, en nuestro seguimiento de Jesús.
De eso nos hablaba el libro de la Sabiduría. ‘La gente insensata pensaba que morían… era una desgracia su tránsito y una destrucción su partida… los probó como oro en el crisol… los recibió como sacrificio de holocausto…’ El sufrimiento y la muerte de los justos pudiera parecer injusto, innecesario y un sin sentido desde la óptica de los que no tienen fe.
Estamos escuchando esta Palabra de Dios y reflexionando sobre ella en la memoria que hacemos hoy de las dos beatas mártires de la Congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, Sor Josefa y Sor María Dolores, en tiempos de la persecución religiosa en España en el siglo XX. ‘Resplandecen como chispas que prenden en el cañaveral’, seguía diciendo el libro de la Sabiduría. Es el resplandor de los mártires que para un no creyente pudiera ser considera una muerte inútil, pero, como sigue diciendo el texto sagrado, ‘el Señor reinará sobre ellas eternamente’; ellas han entrado a tomar posesión del Reino que Dios les tiene reservado porque para siempre Dios será su único Rey y Señor.
Ellas son ese ‘grano de trigo que cae en tierra y muere pero que da mucho fruto para siempre’, del que nos habla Jesús en el Evangelio. Dos Hermanitas que supieron hacer oblación de su vida calladamente día a día en su servicio y atención a los ancianos. No fueron mujeres de obras extraordinarias. No busquemos en su vida cosas maravillosas y extraordinarias sino que lo maravilloso es lo extraordinariamente bien que vivieron su amor cada día. No nos pide Dios normalmente cosas extraordinarias para santificarnos, sino que hagamos extraordinariamente bien las cosas ordinarias de cada día.
Es lo que hicieron las Hermanitas, en silencio, como grano de trigo enterrado bajo la tierra. De esa oblación silenciosa de cada día surgirá un día que lleguen a la culminación de su oblación y sacrificio en el martirio. Es la prueba suprema del amor a que fueron sometidas, pero pudieron alcanzar la corona de la vida. En ese momento Dios les pedirá lo extraordinario pero estaban preparadas para esa ofrenda desde esa oblación que cada día habían hecho de su vida en el amor. Y así fue como lo vivieron; habían vivido la prueba de cada día en su entrega silencio, ahora podían pasar la prueba suprema en la hora del martirio.
La Iglesia les reconoce el martirio de esa hora de la muerte en forma tan extraordinaria pero que yo diría sólo viene a confirmar ese martirio, esa ofrenda de amor que cada día hacían de su vida en la atención a los ancianos como lo hacen y siguen haciendo las Hermanitas cada día.
Tomemos el testigo que ponen en nuestras manos. Para vivir nuestra santidad así calladamente pero haciendo cada día esa oblación de amor al Señor.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Como Mateo seguir a Jesús y vivir unidos a El en fidelidad



Ef. 4, 1-7.11-13
Sal. 18
Mt. 9, 9-13


‘A ti, oh Dios, te alabamos; a ti, Señor, te reconocemos. Te ensalza el glorioso coro de los apóstoles, Señor’. La Iglesia entera se alegra y bendice a Dios en la fiesta de los Apóstoles. Somos Iglesia apostólica porque somos ellos estamos fundamentados. La fe de la Iglesia que se ve alimentada por la predicación apostólica, como decimos en una de las oraciones de la liturgia. Cuánto más que al apóstol que hoy celebramos es San Mateo a quien se le atribuye el primero de los relatos evangélicos.
Mateo, que es llamado Leví por Marcos y Lucas, que además Marcos nos dice que era ‘hijo de Alfeo’, un recaudador de impuestos, un publicano como así era considerado por el pueblo de Israel, un pecador en consecuencia como lo tildaban sobre todo los fariseos, como hoy mismo vemos en el texto que comentamos.
Pero el Señor lo llamó y lo siguió. ‘Vió Jesús a un hombre llamado Mateo sentado en el mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. El se levantó y lo siguió’. Un publicano convertido en apóstol. Un hombre de disponibilidad total que ante una sola palabra ‘sígueme’, lo deja todo para seguir a Jesús. ¿Había conocido antes o escuchado a Jesús? Es probable porque la fama de Jesús se extendía por todas partes y a todos llegaba; entre esas multitudes que se agolpaban para escuchar a Jesús podría haber estado aquel recaudador de impuestos. Quizá sólo faltaba esa palabra y esa invitación. Pero tenemos que destacar su generosidad y su disponibilidad. ‘Se levantó y lo siguió’.
El Señor llama más allá de nuestra condición, seamos más justos o más pecadores. Jesús mira el corazón del hombre, que es lo importante. Somos vasos de elección en las manos del Señor. Dios tiene un designio de amor para cada uno de nosotros y a cada uno nos llama y nos confía una misión. Nuestra respuesta, ‘seguirle y permanecer unidos a El en fidelidad’, como pedimos también hoy. No es sólo la vocación específica a un determinado ministerio o carisma de vida, sino que es la vocación de todo hombre a escuchar a Jesús y seguirle, de todo cristiano a vivir la santidad que Jesús nos ofrece.
Pero hay un aspecto más bello e importante en este relato. Mateo se siente feliz por la llamada del Señor y celebra una comida. Allí está invitado Jesús y sus discípulos; pero allí están invitados, como no podía ser menos, sus amigos, sus compañeros de profesión. Nos recuerda que el padre cuando regresa el hijo pródigo también organiza un banquete y una fiesta; o podemos recordar la fiesta y la alegría que hay en el cielo por un solo pecador que se convierte, como nos dice Jesús.
Pero no todos lo entienden. Allí están con sus murmuraciones, con sus frases puntillosas a los discípulos los fariseos: ‘¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ los que vienen siempre a aguar la fiesta. Pero tenemos la respuesta de Jesús diciendo que el médico es para los enfermos, no para los sanos. ‘Misericordia quiero y no sacrificios, que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’. Si te crees sano o te crees justo ya no necesitarás quien te sane o quien te perdone. Y Jesús viene para darnos vida, para traernos el perdón de Dios. Así tiene que brillar la misericordia del Señor.
Escuchemos la invitación de Jesús, sigámosle con total fidelidad, dejémonos sanar por el y al mismo tiempo convirtamos en signos de salud y salvación para los demás. Llenemos nuestro corazón de misericordia y compasión y desterremos de nosotros todo lo que sea discriminación o marginación, todo lo que sea juicio o condena de los demás. También a ti, como a mí, el Señor te dice: ‘Sígueme’.