La maldad nos llena de muerte, pero Cristo nos da vida
Jer. 26, 11-16.24
Sal. 68
Mt. 14, 1-12
La maldad y el pecado siempre nos llenan de muerte. La rectitud de corazón y el amor siempre será un camino que nos lleva a la vida. Cuánta negrura somos capaces de meter en nuestro corazón cuando arrancamos de él el amor y dejamos que la maldad se apodere de nosotros. Pero también de cuánta luz podemos llenarnos si dejamos que se introduzcan en nosotros los resplandores del amor y de una vida recta.
La página del evangelio que comentamos, el martirio de Juan Bautista, nos lo refleja. Negruras y muerte vemos en la vida licenciosa que vive Herodes y que el Bautista denuncia. Todo vendrá luego como en cascada. La cárcel de Juan, el intento o deseos de darle muerte; los miedos y temores pero también los respetos humanos; el odio, el resentimiento, la envidia, la venganza y los malos deseos, lo vemos reflejado en Herodes, Herodías y todo su entorno. Todo es muerte en el corazón de aquellas personas. No era Juan el que estaba en la muerte, aunque perdiera la vida, sino aquellos que se la arrebataron.
A contraluz aparece Juan con su rectitud de conciencia, con su pureza de corazón, y con el sufrimiento que le lleva a la cárcel y al martirio. Pero en él no hay muerte sino vida. Aunque haya que pasar un poco en esta vida terrena, como nos enseña el apóstol. Es un testigo de la verdad, de la justicia, del bien, de la rectitud de vida. Testigo hasta dar la vida.
Una súplica surge en mi corazón. Que no me llene nunca de muerte. Que no deje que las tinieblas se introduzcan en mi corazón. Que me mantenga siempre en un camino de rectitud y de bien. Que me mantenga alejado del odio que mata el alma. Que sea capaz de poner amor allí donde haya odio y rencor. Que sea siempre instrumento de paz y de concordia. Que haga brillar siempre la justicia y luche por liberar a todos los que se sientes esclavizados.
‘¿De qué me vale ganar el mundo entero si pierdo mi alma?... No temáis a los que puedan matar el cuerpo; temed más bien al que puede enviaros con cuerpo y alma al infierno’. Son palabras de Jesús. ‘Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, de ellos es el reino de los cielos’, nos anuncia en las bienaventuranzas. Busquemos lo que es más importante y por lo que merece dar la vida. No temamos la muerte que nos lleva a la vida. ‘Cuando amamos sabemos que pasamos de la muerte a la vida’, nos dice san Juan en sus cartas.
Cristo viene a darnos vida, a arrancarnos de las garras de la muerte, a liberarnos de la peor de las esclavitudes que atan nuestro espíritu. Escuchemos su voz. Sigamos su camino. Dejémonos liberar por su gracia. El dio la vida para arrancarnos de la muerte y darnos una vida que no se acaba, una vida sin fin.
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sábado, 2 de agosto de 2008
La maldad nos llena de muerte, pero Cristo nos da vida
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viernes, 1 de agosto de 2008
La Palabra del Señor permanece para siempre
Jer. 26, 1-9
Sal. 68
Mt. 13, 54-58
‘La palabra del Señor permanece para siempre y esa palabra es el evangelio que os anunciamos’. Es la aclamación al evangelio proclamado y es también nuestra súplica humilde y confiada. Es también la fe que queremos proclamar ante esa Palabra, que para nosotros es palabra de vida y de salvación.
Que aprendamos a escuchar la Palabra y plantarla en nuestro corazón; que sepamos acogerla tal como el Señor nos la trasmite. Fe en la Palabra del Señor. Fe para acogerla tal como el Señor nos la trasmite. Porque no es lo que nosotros queramos escuchar, ni buscamos palabras que nos halaguen el oído o nuestros sentimientos. Sería una actitud negativa y manipuladora de la Palabra del Señor: escuchar solo lo que nos gusta o nos agrade, rechazando lo que pueda ponernos el dedo en la llaga de nuestra vida.
Es una tentación que todos podemos sufrir ante la Palabra que se nos proclama. Les sucedía a los vecinos de Nazaret ante la presencia de Jesús como escuchamos en el evangelio. Se admiraban ante la presencia y el actuar de Jesús. Era uno de su pueblo, que ahora era reconocido por todas partes. Conocido en Cafarnaún y por todas las aldeas de Galilea, la gente se agolpaba a escuchar a Jesús.
Ahora está en medio de ellos. Quizá les gustaría que hiciera allí los milagros que sabían que hacía por todas partes. Pero andaban con cierta desconfianza. ‘¿No es este el hijo del carpintero? ¿No es su madre María y sus hermanos (parientes) Santiago, José, Simón y Judas?’ Y seguían haciéndose preguntas. ‘¿De donde saca esa sabiduría y esos milagros?’
Ellos también estarían pensando en un Mesías triunfante, al frente de grandes ejércitos para liberar al pueblo de la opresión de los romanos. Pero ese Mesías tendría que aparecer de una forma espectacular. Y a Jesús lo conocían de siempre. Con ellos había estado siempre desde niño, correteando por los caminos de Nazaret y haciendo su vida en medio de ellos. Por eso desconfían. ‘¿De donde saca todo eso?’ Les hubiera gustado verlo de otra manera, que dijera o hiciera otras cosas.
Lo mismo le había sucedido al profeta Jeremías. Sus palabras no eran palabras halagadoras, sino de denuncia ante el camino que habían escogido lejos de la fidelidad a la Alianza. Se estaban destruyendo a sí mismos. El profeta denuncia y anuncia las calamidades que van a pasar porque el templo y la ciudad van a ser destruidas si siguen por ese camino. Quieren quitarlo de en medio. No quieren que siga diciendo esas cosas en el mismo templo. ‘Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor’.
Pero, ¿no nos pasará a nosotros de manera semejante? ¿Cuál es la actitud profunda que tenemos ante la Palabra del Señor que se nos proclama? También buscamos palabras bonitas y halagadores, predicadores de renombre y que nos hablen con pomposidad. Nos gustaría escuchar palabras que nos adormezcan. Y cuando no nos agrada también comenzamos a tener actitudes pasivas y negativas. Es un rollo. Se alarga demasiado. No sabe hablar. Es un pesado. Debería decirnos otras cosas. Tendría que ser más ameno. Y así no sé cuántas cosas más con las que pretendemos que lo que se nos dice se acomode a nuestros gustos.
En el evangelio dice que ‘Jesús en Nazaret no hizo muchos milagros, porque les faltaba fe’. Y les denuncia Jesús: ‘Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta’. Nos falta fe para descubrir lo que es la Palabra de Dios para nuestra vida, para descubrir el mensaje de vida y salvación que siempre se nos trasmite. Nos hace falta fe para ponernos con actitud humilde y acogedora ante la Palabra que se nos proclama. Es necesario que vayamos con un corazón más abierto a la escucha.
Tenemos que desterrar de nosotros las malas hierbas, los pedruscos o la dureza del corazón para que seamos en verdad tierra buena. Tenemos que abrir los oídos del corazón para escuchar. Que Dios se nos manifiesta y nos habla no por los caminos que nosotros queramos, sino como El quiera hacerse oír y llegar a nosotros. No podemos tener prejuicios ante quien nos anuncia la Palabra de Dios, sino tratar siempre de descubrir esa Palabra de Vida que el Señor quiere siempre trasmitirnos. Que no busquemos grandiosidades o cosas espectaculares porque el Señor se nos manifiesta en lo pequeño y en lo sencillo. Que siempre será para nosotros una Buena Noticia de Salvación la que llegue a nuestra vida.
Sal. 68
Mt. 13, 54-58
‘La palabra del Señor permanece para siempre y esa palabra es el evangelio que os anunciamos’. Es la aclamación al evangelio proclamado y es también nuestra súplica humilde y confiada. Es también la fe que queremos proclamar ante esa Palabra, que para nosotros es palabra de vida y de salvación.
Que aprendamos a escuchar la Palabra y plantarla en nuestro corazón; que sepamos acogerla tal como el Señor nos la trasmite. Fe en la Palabra del Señor. Fe para acogerla tal como el Señor nos la trasmite. Porque no es lo que nosotros queramos escuchar, ni buscamos palabras que nos halaguen el oído o nuestros sentimientos. Sería una actitud negativa y manipuladora de la Palabra del Señor: escuchar solo lo que nos gusta o nos agrade, rechazando lo que pueda ponernos el dedo en la llaga de nuestra vida.
Es una tentación que todos podemos sufrir ante la Palabra que se nos proclama. Les sucedía a los vecinos de Nazaret ante la presencia de Jesús como escuchamos en el evangelio. Se admiraban ante la presencia y el actuar de Jesús. Era uno de su pueblo, que ahora era reconocido por todas partes. Conocido en Cafarnaún y por todas las aldeas de Galilea, la gente se agolpaba a escuchar a Jesús.
Ahora está en medio de ellos. Quizá les gustaría que hiciera allí los milagros que sabían que hacía por todas partes. Pero andaban con cierta desconfianza. ‘¿No es este el hijo del carpintero? ¿No es su madre María y sus hermanos (parientes) Santiago, José, Simón y Judas?’ Y seguían haciéndose preguntas. ‘¿De donde saca esa sabiduría y esos milagros?’
Ellos también estarían pensando en un Mesías triunfante, al frente de grandes ejércitos para liberar al pueblo de la opresión de los romanos. Pero ese Mesías tendría que aparecer de una forma espectacular. Y a Jesús lo conocían de siempre. Con ellos había estado siempre desde niño, correteando por los caminos de Nazaret y haciendo su vida en medio de ellos. Por eso desconfían. ‘¿De donde saca todo eso?’ Les hubiera gustado verlo de otra manera, que dijera o hiciera otras cosas.
Lo mismo le había sucedido al profeta Jeremías. Sus palabras no eran palabras halagadoras, sino de denuncia ante el camino que habían escogido lejos de la fidelidad a la Alianza. Se estaban destruyendo a sí mismos. El profeta denuncia y anuncia las calamidades que van a pasar porque el templo y la ciudad van a ser destruidas si siguen por ese camino. Quieren quitarlo de en medio. No quieren que siga diciendo esas cosas en el mismo templo. ‘Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor’.
Pero, ¿no nos pasará a nosotros de manera semejante? ¿Cuál es la actitud profunda que tenemos ante la Palabra del Señor que se nos proclama? También buscamos palabras bonitas y halagadores, predicadores de renombre y que nos hablen con pomposidad. Nos gustaría escuchar palabras que nos adormezcan. Y cuando no nos agrada también comenzamos a tener actitudes pasivas y negativas. Es un rollo. Se alarga demasiado. No sabe hablar. Es un pesado. Debería decirnos otras cosas. Tendría que ser más ameno. Y así no sé cuántas cosas más con las que pretendemos que lo que se nos dice se acomode a nuestros gustos.
En el evangelio dice que ‘Jesús en Nazaret no hizo muchos milagros, porque les faltaba fe’. Y les denuncia Jesús: ‘Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta’. Nos falta fe para descubrir lo que es la Palabra de Dios para nuestra vida, para descubrir el mensaje de vida y salvación que siempre se nos trasmite. Nos hace falta fe para ponernos con actitud humilde y acogedora ante la Palabra que se nos proclama. Es necesario que vayamos con un corazón más abierto a la escucha.
Tenemos que desterrar de nosotros las malas hierbas, los pedruscos o la dureza del corazón para que seamos en verdad tierra buena. Tenemos que abrir los oídos del corazón para escuchar. Que Dios se nos manifiesta y nos habla no por los caminos que nosotros queramos, sino como El quiera hacerse oír y llegar a nosotros. No podemos tener prejuicios ante quien nos anuncia la Palabra de Dios, sino tratar siempre de descubrir esa Palabra de Vida que el Señor quiere siempre trasmitirnos. Que no busquemos grandiosidades o cosas espectaculares porque el Señor se nos manifiesta en lo pequeño y en lo sencillo. Que siempre será para nosotros una Buena Noticia de Salvación la que llegue a nuestra vida.
jueves, 31 de julio de 2008
Como está el barro en manos del alfarero
Jer. 18, 1-6
Sal. 145
Mt. 13, 47-53
Estamos acostumbrados a que el profeta Jeremías nos hable no sólo con palabras, sino también con gestos o signos tomados de la vida. En esta ocasión el Señor le pide que baje al taller del alfarero.
¿Qué es lo que ve? Al alfarero haciendo pacientemente su trabajo, haciendo y rehaciendo cuantas veces sea necesario su vasija para que quede perfecta. Antes ha escogido la arcilla mejor, la ha amasado con sus manos estrujando una y otra vez aquel barro que ha formado, luego ha comenzado, ayudado por el torno, a darle forma a la arcilla preparada; ha retocado por aquí, ha mejorado por allá, ha pulido donde era necesario porque quizá era demasiado material, así pacientemente hasta que ha quedado a su gusto y la ha metido en horno para que se cueza y tome la necesaria consistencia para su uso.
¿Qué le dice el Señor? ‘¿Y no podré yo trataros a vosotros, casa de Israel, como el alfarero? Mirad: como está este barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel’.
En las manos del Señor. El nos ha creado. Ha insuflado su vida en nosotros para que tengamos vida. Ya el Génesis al hablarnos de la creación nos dice ‘el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo’. Todos entendemos que es una imagen y una forma de hablar. Pero nosotros los creyentes decimos que Dios nos ha creado, Dios nos ha dado la vida.
Pero decimos algo más. Dios nos ha dado la vida y nos sigue creando día a día porque día a día seguimos estando en sus manos. Pensamos, cuantas cosas nos ha sucedido en la vida, cómo nos hemos ido haciendo. No somos los mismos que cuando éramos niños, ni cuando adolescentes o jóvenes, y muchas cosas nos han ido sucediendo a través de la vida que nos han ido formando y haciendo como somos hoy.
Pero como creyentes creemos en la mano providente de Dios. Y en todos esos acontecimientos de la vida vemos la mano de Dios que nos ha ido formando. Amasados por las manos de Dios. Con cosas que nos han hecho crecer; cosas que nos han sucedido y nos han purificado; acontecimientos que nos han hecho madurar. Pero Dios que ha ido actuando en nuestra vida a través de esos acontecimientos, esos años vividos, esas personas que han estado a nuestro lado, esos sufrimientos que nos han purificado, esa alegría que ha hecho respirar con hondura el corazón.
No siempre quizá nos hemos dejado hacer por Dios, porque nos hemos resistido a muchas llamadas del Señor que se nos han manifestado en tantas cosas, sobre todo en aquellas que nos podían hacer sufrir. Muchas veces nos hemos querido hacer sólo a nuestra propia imagen y semejanza. Nos hemos resistido hasta incluso en ocasiones oponernos al plan de Dios. Pero Dios ha seguido amasando nuestro barro, y ahí esta la vasija de nuestra vida. Quizá no tan perfecta por nuestras resistencias y nuestros caprichos.
Queremos ser ese barro en manos del alfarero divino. Queremos ponernos en la manos de Dios para dejarnos amasar y hacer por El. Aunque nos cueste. Los dedos de Dios retuercen nuestro barro o el fuego del amor divino quiere quemar muchas escorias. Dios se vale de muchas cosas para hacernos llegar su gracia, que nos purifica, que nos dignifica, que nos hace bellos porque quiere hacernos a su imagen y semejanza, que nos hace lo más grande que un ser humano puede soñar, porque nos hace hijos de Dios. Que todo sea siempre para la mayor gloria de Dios.
Sal. 145
Mt. 13, 47-53
Estamos acostumbrados a que el profeta Jeremías nos hable no sólo con palabras, sino también con gestos o signos tomados de la vida. En esta ocasión el Señor le pide que baje al taller del alfarero.
¿Qué es lo que ve? Al alfarero haciendo pacientemente su trabajo, haciendo y rehaciendo cuantas veces sea necesario su vasija para que quede perfecta. Antes ha escogido la arcilla mejor, la ha amasado con sus manos estrujando una y otra vez aquel barro que ha formado, luego ha comenzado, ayudado por el torno, a darle forma a la arcilla preparada; ha retocado por aquí, ha mejorado por allá, ha pulido donde era necesario porque quizá era demasiado material, así pacientemente hasta que ha quedado a su gusto y la ha metido en horno para que se cueza y tome la necesaria consistencia para su uso.
¿Qué le dice el Señor? ‘¿Y no podré yo trataros a vosotros, casa de Israel, como el alfarero? Mirad: como está este barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel’.
En las manos del Señor. El nos ha creado. Ha insuflado su vida en nosotros para que tengamos vida. Ya el Génesis al hablarnos de la creación nos dice ‘el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo’. Todos entendemos que es una imagen y una forma de hablar. Pero nosotros los creyentes decimos que Dios nos ha creado, Dios nos ha dado la vida.
Pero decimos algo más. Dios nos ha dado la vida y nos sigue creando día a día porque día a día seguimos estando en sus manos. Pensamos, cuantas cosas nos ha sucedido en la vida, cómo nos hemos ido haciendo. No somos los mismos que cuando éramos niños, ni cuando adolescentes o jóvenes, y muchas cosas nos han ido sucediendo a través de la vida que nos han ido formando y haciendo como somos hoy.
Pero como creyentes creemos en la mano providente de Dios. Y en todos esos acontecimientos de la vida vemos la mano de Dios que nos ha ido formando. Amasados por las manos de Dios. Con cosas que nos han hecho crecer; cosas que nos han sucedido y nos han purificado; acontecimientos que nos han hecho madurar. Pero Dios que ha ido actuando en nuestra vida a través de esos acontecimientos, esos años vividos, esas personas que han estado a nuestro lado, esos sufrimientos que nos han purificado, esa alegría que ha hecho respirar con hondura el corazón.
No siempre quizá nos hemos dejado hacer por Dios, porque nos hemos resistido a muchas llamadas del Señor que se nos han manifestado en tantas cosas, sobre todo en aquellas que nos podían hacer sufrir. Muchas veces nos hemos querido hacer sólo a nuestra propia imagen y semejanza. Nos hemos resistido hasta incluso en ocasiones oponernos al plan de Dios. Pero Dios ha seguido amasando nuestro barro, y ahí esta la vasija de nuestra vida. Quizá no tan perfecta por nuestras resistencias y nuestros caprichos.
Queremos ser ese barro en manos del alfarero divino. Queremos ponernos en la manos de Dios para dejarnos amasar y hacer por El. Aunque nos cueste. Los dedos de Dios retuercen nuestro barro o el fuego del amor divino quiere quemar muchas escorias. Dios se vale de muchas cosas para hacernos llegar su gracia, que nos purifica, que nos dignifica, que nos hace bellos porque quiere hacernos a su imagen y semejanza, que nos hace lo más grande que un ser humano puede soñar, porque nos hace hijos de Dios. Que todo sea siempre para la mayor gloria de Dios.
miércoles, 30 de julio de 2008
Te pondré como muralla de bronce inexpugnable
Te pondré como muralla de bronce inexpugnable
Jer. 15, 10.16-21
Sal.58
Mt. 13, 44-46
Duro y difícil se le hacía al profeta Jeremías cumplir su misión. Pero la había asumido y quería ser fiel. ‘Tu nombre fue pronunciado sobre mí’. Se había resistido cuando el Señor le había llamado. ‘Soy sólo un muchacho y no sé hablar’, había dicho. Pero el Señor había puesto palabras en su boca y fuego en su corazón para cumplir su misión.
Era todo un signo de contradicción en medio del pueblo. Le rechazaban y no querían escucharle. Les hablaba con signos y palabras. Pero le perseguían, le ultrajaban, se burlaban de él, le metían en la mazmorra. ‘Ni he prestado ni me han prestado y todos me maldicen...’
Pero El quería ser fiel y cumplir con su misión. ‘Cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón’, razona el profeta. Pero el Señor estaba a su lado. ‘Si separas lo precioso de la escoria, serás mi boca’. Y el Señor le dice que tenga cuidado para no dejarse seducir. ‘Que ellos se conviertan a ti, no te conviertas tú a ellos. Frente a este pueblo te pondré como muralla de bronce inexpugnable; lucharán contra ti pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte y salvarte...’
Es también nuestra lucha y nuestra fatiga. Es el camino de nuestra fe y el camino de la misión que el Señor nos confía y en el que muchas veces nos sentimos débiles e incapaces. Queremos ser fieles. Queremos cumplir con la misión que el Señor os ha encomendado, pero sentimos tantas flaquezas en nuestro interior.
Queremos bebernos también las palabras del Señor. Pero las tentaciones de todo tipo nos acechan y nos abruman. Nos sentimos también acosados por todas partes. Pero queremos caminar en la fidelidad. Nos queremos apoyar también en el Señor. ‘Dios es mi refugio en el peligro...’ como dijimos en el salmo. Cada día pedimos al Señor ‘no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal’.
Con el Señor nos sentimos fuertes en todos los embates. Pero incluso en nuestra misma oración algunas veces nos sentimos tentados, porque aunque decimos que el Señor es nuestra fortaleza y nuestro alcázar, algunas veces dudamos. Pensamos que no somos capaces de superar la tentación, de mantenernos en el camino bueno. Por eso también tenemos que superar y vencer esa tentación de la desconfianza y de la falta de fe.
Nosotros hemos encontrado el tesoro escondido, hemos comprado la perla preciosa. Cristo es la alegría de nuestro corazón. Nosotros hemos encontrado a Cristo y El nos da la fuerza de su Espíritu. No luchamos solos, con nosotros está el Espíritu del Señor que nos anima, nos consuela, nos fortalece, nos da vida. Nos sentimos seguros en el Señor. ‘Dios es mi refugio en el peligro... estoy velando contigo, fuerza mía, porque tú, oh Dios, eres mi alcázar...’ Con el Señor de nuestra parte hemos de sentirnos como ‘muralla de bronce inexpugnable’, porque nuestra fortaleza está en el Señor.
martes, 29 de julio de 2008
la verdadera devoción a los santos
Muchas veces cuando nos acercamos a los santos pareciera que sólo acudimos a ellos de una forma que podríamos llamar egoísta, porque sólo pensamos en su protección, en los milagros o cosas extraordinarias que a favor nuestro y de nuestras necesidades puedan hacernos. Es necesario que ahondemos un poco en lo que pueda significar la devoción que tengamos a los santos.
Primero que nada nos manifiestan la santidad de Dios que se refleja en su vida santa y que son entonces una muestra de la fecundidad de la Iglesia y de su vitalidad. La Iglesia es fecunda en la santidad de sus miembros y eso la hace estar llena de vida y de obras de amor y de santidad. La fecundidad de una tierra o la fecundidad de una planta, por fijarnos en alguna cosa, se manifiesta en los frutos que produce. Los frutos de la Iglesia es el amor y la santidad de sus miembros. Frutos de amor que resplandecen de manera especial en la santidad. Todos estamos llamados a ser santos y eso es lo que la Iglesia quiere producir en nosotros. Cuando resplandece la santidad de uno de sus miembros está resplandeciendo entonces la fecundidad de la Iglesia.
Pero esa santidad que contemplamos en los santos se convierte para todos en un ejemplo, un aliciente, un estímulo en ese camino de vida que hemos de vivir. La presencia de los santos a nuestro lado se convierte para nosotros en un aliento en medio de nuestras luchas, en medio de la carrera que hemos de hacer hacia esa meta de la santidad. Contemplar a uno como nosotros que ha llegado a esa corona de gloria nos estimula, nos alienta para que no desfallezcamos, para que nos mantengamos firmes en esa fe y en ese amor que nos conducen a la santidad.
Primero que nada nos manifiestan la santidad de Dios que se refleja en su vida santa y que son entonces una muestra de la fecundidad de la Iglesia y de su vitalidad. La Iglesia es fecunda en la santidad de sus miembros y eso la hace estar llena de vida y de obras de amor y de santidad. La fecundidad de una tierra o la fecundidad de una planta, por fijarnos en alguna cosa, se manifiesta en los frutos que produce. Los frutos de la Iglesia es el amor y la santidad de sus miembros. Frutos de amor que resplandecen de manera especial en la santidad. Todos estamos llamados a ser santos y eso es lo que la Iglesia quiere producir en nosotros. Cuando resplandece la santidad de uno de sus miembros está resplandeciendo entonces la fecundidad de la Iglesia.
Pero esa santidad que contemplamos en los santos se convierte para todos en un ejemplo, un aliciente, un estímulo en ese camino de vida que hemos de vivir. La presencia de los santos a nuestro lado se convierte para nosotros en un aliento en medio de nuestras luchas, en medio de la carrera que hemos de hacer hacia esa meta de la santidad. Contemplar a uno como nosotros que ha llegado a esa corona de gloria nos estimula, nos alienta para que no desfallezcamos, para que nos mantengamos firmes en esa fe y en ese amor que nos conducen a la santidad.
A los que aman se les abren las puertas para Dios
A los que aman se les abren las puertas para Dios
1Jn. 4, 7,-16
Sal. 33
Jn. 11, 19-27
A los que aman se les abren las puertas para Dios. Esto nos viene a decir la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado y quisiera dejar como mensaje resumen en esta fiesta de santa Marta que hoy estamos celebrando.
El amor nos abre las puertas a Dios. Cuando amamos y amamos de verdad entramos en la onda de la sintonía de Dios. Es la mejor manera. Queremos conocer a Dios, queremos entrar en su sintonía, e igual que nos pasa cuando queremos sintonizar una emisora sea de radio o televisión, que hemos de buscar la onda exacta donde nos trasmite la señal, así cuando queremos llegar a Dios, o cuando queremos que Dios llegue a nuestra vida, entremos en la onda del amor. Entrando en esa onda de amor, llegaremos a Dios y llegaremos a conocer lo que es el amor verdadero, el más puro y el que nos dará mayor plenitud en nuestra vida.
Ya nos lo decía san Juan en este hermoso texto de su primera carta que se nos ha proclamado. ‘Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor’. Por eso más adelante nos seguía diciendo el apóstol. ‘Si nosotros nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su perfección’. Por eso decía que desde el amor sintonizamos con Dios, se nos abren las puertas de nuestra vida a Dios. ‘Si nos amamos... Dios permanece en nosotros...’, podremos conocer a Dios, podremos llenarnos de Dios.
Podremos sintonizar con Dios porque Dios es amor. Podremos llegar a descubrir el amor más grande y más perfecto, porque entonces descubriremos todo lo que es el amor que Dios nos tiene. Porque aunque nos parezca que somos nosotros los que hemos empezado a amar, es Dios el que nos ha amado primero. Porque como nos dice el apóstol ‘el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó a nosotros y nos envió a su hijo para librarnos de nuestros pecados’. Un amor generoso, sin límites, un amor altruista, un amor fiel del Señor aunque nosotros no le correspondamos.
Y entonces amaremos con amor como el suyo. Un amor primero, un amor sin límites, y un amor sin esperar recompensa. Eso lo podremos descubrir y podremos luego vivirlo desde El y con El, cuando nos sentimos amados así por El. Esa es una característica del amor cristiano. Que amamos siempre aunque no seamos amados ni recompensados por aquellos a los que amamos, porque amamos generosamente. Amamos sin poner límites a nuestro amor, con amor generoso y universal.
Me estoy haciendo esta reflexión en esta fiesta de santa Marta que estamos celebrando porque este texto de la primera carta de san Juan que estamos comentando es el que nos ofrece la liturgia como primera lectura en nuestra celebración. Y es que además podemos verlo reflejado perfectamente en la vida de santa Marta, en esa virtud de la hospitalidad que resalta sobre todo en lo que el evangelio nos reseña de su vida.
Miramos hoy a santa Marta, la mujer de las puertas abiertas, la mujer que resplandece por su hospitalidad, la mujer que resplandeció por su amor. Es lo que nos cuenta el evangelio de ella. Una mujer de su tiempo dedicada por entero a las tareas del hogar, pero una mujer de un corazón grande para acoger y amar con la mejor de las hospitalidades. Por eso sus puertas estaban abiertas para Dios.
Con qué gusto, podríamos decir, llegaba Jesús a aquel hogar de Betania donde tan maravillosamente se sentía acogido. Betania era y sigue significando un remanso de paz y de amor. En el camino que conducía a Jerusalén, se convertiría en lugar de parada obligatoria, porque allí estaban siempre aquellos hermanos, Lázaro, Marta y María, con las puertas abiertas; allí estaban aquellos corazones generosos y llenos de amor para acoger. Iba y venía seguramente Jesús y sus discípulos de Jerusalén a Betania y de Betania a Jerusalén en sus estancias en la ciudad santa. En algun momento determinado nos lo da a entender el evangelio. Y desde el camino de Betania bajaba Jesús por el monte de los Olivos cuando su entrada en Jerusalén, camino de la Pascua, de su Pascua definitiva y eterna.
Desde su amor Marta conoció a Jesús y creció su fe en El. Marta suplica confiada a Jesús cuando Lázaro está enfermo: ‘el que amas está enfermo’, le manda a decir. Como sigue confiando en Jesús aunque su hermano hubiera muerto, ‘porque sé que todo lo que le pidas a Dios te lo concederá’. Y Marta terminará haciendo una hermosa profesión de fe, tras el anuncio de resurrección y de vida para quienes creen en Jesús. ‘¿Crees esto?’, le preguntaba Jesús, y ella respondía: ‘Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir’.
El Señor nos ofrece el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino, como cantamos en uno de los prefacios de los santos. Aquí tenemos hoy el ejemplo de santa Marta, ejemplo de fe y ejemplo de amor. Queremos copiar su fe, para reconocer a Jesús, el Mesías de Dios, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo, pero para reconocer a Jesús también nuestros hermanos porque todo lo que le hagamos a uno de estos pequeños a mí me lo hicisteis, que nos enseñaría Jesús. y queremos imitarla también en su amor generoso y hospitalario.
Que Santa Marta nos alcance del Señor ese don del amor, para que así siempre le abramos las puertas para Dios.
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lunes, 28 de julio de 2008
Abriré mi boca diciendo parábolas
Abriré mi boca diciendo parábolas
Jer. 13, 1-11
(Salmo)Deut. 32, 18-21
Mt. 13, 31-35
‘Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo’. Lo había anunciado el profeta y san Mateo nos lo recuerda en el capítulo 13 de su evangelio cuando no trae las principales parábolas de Jesús. Estas semanas podemos decir que en la liturgia han sido las de las parábolas. Los domingos anteriores nos has ofrecido las parábolas de este capítulo 13, y en medio de semana en la lectura continuada ha sido lo mismo en los últimos días de la pasada semana y lo serán en varios días de ésta.
Pero en el profeta Jeremías que escuchamos en estos días, las parábolas se llenan de la plasticidad de los gestos. Es habitual en el profeta el realizar signos y gestos para trasmitirnos el mensaje del Señor. El Señor le pide que se compre un bello cinturón de lino, pero que tenga cuidado no se moje para que no se estropee. Sin embargo luego le pedirá que lo entierre entre piedras en la orilla del río. Cuando días más tarde lo vaya a buscar, siempre por indicación del Señor, se encontrará que el bello cinturón de lino está estropeado y no sirve para nada.
‘Entonces me vino la palabra del Señor’, dirá el profeta. Y se explica. Ese bello cinturón significa el amor y la predilección que el Señor siempre ha manifestado por su pueblo. Pero el pueblo le ha dado la espalda, le ha rechazado, y así le va. Es lo que expresa el cinturón escondido entre las hendiduras de las piedras y luego estropeado. El momento de la profecía de Jeremías es un momento histórico muy duro para el pueblo de Judá y Jerusalén. La corrupción se ha adueñado del pueblo que le ha hecho decaer en todos los sentidos y se verán llevados cautivos lejos de su tierra a Mesopotamia. Es la ruina, el cinturón estropeado, del pueblo en la cautividad. Es una llamada y una invitación a la conversión.
Otro es el mensaje que no quieren trasmitir las parábolas del evangelio, la de la mostaza y la de la levadura. Esa semilla pequeña de la mostaza que al plantarla se convierte en un arbusto más grande que todas las hortalizas hasta llegar a anidar los pájaros entre sus ramas, está señalándonos lo que es la Iglesia: pequeña en sus orígenes pero llamada a crecer y a extenderse por toda la universalidad de la tierra, de manera que en ella quepan todos los hombres de toda condición.
Pero otro puede ser también el mensaje que nos llene de esperanza. Una semilla pequeña e insignificante que puede hacer brotar una planta grande. O un puñado pequeño de levadura que puede hacer fermentar la masa grande. Es el valor de nuestras cosas pequeñas. Nos pueden parecer insignificantes y que nada podemos hacer con ellas frente a lo inmenso de nuestro mundo y del mal que lo invade. Pero somos personas de esperanza y que nos fiamos de la palabra del Señor.
La fuerza del manifestado en esas nuestras pequeñas obras, en ese nuestro pequeño grano de arena, contribuyen de verdad a mejorar nuestro mundo. Es por lo que no podemos cruzarnos de brazos ni pensar que nada valen nuestras pequeñas obras. Todo tiene su valor. Con nuestras pequeñas obras damos gloria al Señor, que es lo primero e importante, pero con nuestras pequeñas obras estamos incendiando nuestro mundo de amor. Y una pequeña chispa puede producir un fuego muy grande. Es la esperanza que nos anima. Es la esperanza que nos hace luchar con constancia. Podemos transformar nuestro mundo. Tenemos que transformar nuestro mundo. Tenemos que ser levadura en la masa. Hemos de ser luz que ilumine y sal que dé sabor. Es nuestra tarea y nuestro compromiso que podemos y tenemos que manifestar sin desánimo. No nos puede faltar la esperanza.
Jer. 13, 1-11
(Salmo)Deut. 32, 18-21
Mt. 13, 31-35
‘Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo’. Lo había anunciado el profeta y san Mateo nos lo recuerda en el capítulo 13 de su evangelio cuando no trae las principales parábolas de Jesús. Estas semanas podemos decir que en la liturgia han sido las de las parábolas. Los domingos anteriores nos has ofrecido las parábolas de este capítulo 13, y en medio de semana en la lectura continuada ha sido lo mismo en los últimos días de la pasada semana y lo serán en varios días de ésta.
Pero en el profeta Jeremías que escuchamos en estos días, las parábolas se llenan de la plasticidad de los gestos. Es habitual en el profeta el realizar signos y gestos para trasmitirnos el mensaje del Señor. El Señor le pide que se compre un bello cinturón de lino, pero que tenga cuidado no se moje para que no se estropee. Sin embargo luego le pedirá que lo entierre entre piedras en la orilla del río. Cuando días más tarde lo vaya a buscar, siempre por indicación del Señor, se encontrará que el bello cinturón de lino está estropeado y no sirve para nada.
‘Entonces me vino la palabra del Señor’, dirá el profeta. Y se explica. Ese bello cinturón significa el amor y la predilección que el Señor siempre ha manifestado por su pueblo. Pero el pueblo le ha dado la espalda, le ha rechazado, y así le va. Es lo que expresa el cinturón escondido entre las hendiduras de las piedras y luego estropeado. El momento de la profecía de Jeremías es un momento histórico muy duro para el pueblo de Judá y Jerusalén. La corrupción se ha adueñado del pueblo que le ha hecho decaer en todos los sentidos y se verán llevados cautivos lejos de su tierra a Mesopotamia. Es la ruina, el cinturón estropeado, del pueblo en la cautividad. Es una llamada y una invitación a la conversión.
Otro es el mensaje que no quieren trasmitir las parábolas del evangelio, la de la mostaza y la de la levadura. Esa semilla pequeña de la mostaza que al plantarla se convierte en un arbusto más grande que todas las hortalizas hasta llegar a anidar los pájaros entre sus ramas, está señalándonos lo que es la Iglesia: pequeña en sus orígenes pero llamada a crecer y a extenderse por toda la universalidad de la tierra, de manera que en ella quepan todos los hombres de toda condición.
Pero otro puede ser también el mensaje que nos llene de esperanza. Una semilla pequeña e insignificante que puede hacer brotar una planta grande. O un puñado pequeño de levadura que puede hacer fermentar la masa grande. Es el valor de nuestras cosas pequeñas. Nos pueden parecer insignificantes y que nada podemos hacer con ellas frente a lo inmenso de nuestro mundo y del mal que lo invade. Pero somos personas de esperanza y que nos fiamos de la palabra del Señor.
La fuerza del manifestado en esas nuestras pequeñas obras, en ese nuestro pequeño grano de arena, contribuyen de verdad a mejorar nuestro mundo. Es por lo que no podemos cruzarnos de brazos ni pensar que nada valen nuestras pequeñas obras. Todo tiene su valor. Con nuestras pequeñas obras damos gloria al Señor, que es lo primero e importante, pero con nuestras pequeñas obras estamos incendiando nuestro mundo de amor. Y una pequeña chispa puede producir un fuego muy grande. Es la esperanza que nos anima. Es la esperanza que nos hace luchar con constancia. Podemos transformar nuestro mundo. Tenemos que transformar nuestro mundo. Tenemos que ser levadura en la masa. Hemos de ser luz que ilumine y sal que dé sabor. Es nuestra tarea y nuestro compromiso que podemos y tenemos que manifestar sin desánimo. No nos puede faltar la esperanza.
domingo, 27 de julio de 2008
El tesoro escondido y la perla preciosa de la fe
1Reyes, 3, 5. 7-12
Sal. 118
Rm. 8, 28-30
Mt. 13, 44-52
Qué afanosos nos ponemos cuando se trata de cosas que nos interesan o nos importan mucho, ya sean nuestras ganancias materiales o económicas, la adquisición de aquello que nos gusta o interesa mucho, o el orgullito de nuestras apariencias, honores, grandezas humanas o reconocimientos que podamos recibir de los demás. Por eso aquella sentencia que dice que donde está tu tesoro allí está tu corazón ha de hacernos pensar cuáles son en verdad los tesoros de nuestra vida; qué es lo que verdad me importa; cuáles son mis principales preocupaciones y en qué pongo de verdad mi felicidad.
Hoy Jesús nos propone diversas parábolas – hemos venido escuchando varias parábolas en estos domingos anteriores y ya veíamos por qué Jesús nos habla del Reino de Dios en parábolas -, parábolas las de hoy que nos tendrían que hacer pensar en lo que antes hemos dicho: cuáles son los verdaderos tesoros de mi vida.
‘El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo... se parece también a un comerciante en perlas finas que encuentra una de gran valor...’ En ambos casos el que lo encuentra, ya sea el tesoro o la perla de gran valor, ‘se va a vender todo lo que tiene y lo compra...’
¿Habremos nosotros encontrado ese tesoro escondido, esa perla preciosa? ¿Cuáles son nuestras prioridades? ¿A qué se refiere Jesús? Nos está diciendo: El Reino de los cielos... el Reino de Dios... el tesoro escondido y encontrado, la perla preciosa... ¿Cómo consideramos nosotros de importante la fe en nuestra vida? Ya decíamos al principio que en nuestros intereses humanos hay muchas cosas que nosotros consideramos tan importantes que las colocamos en los primeros lugares de nuestra vida, por las que somos capaces de sacrificarlo todo. Y la fe, ¿qué lugar ocupa?
Pero hermoso es el testimonio que nos ofrece la primera lectura de Salomón. ‘Pídeme lo que quieras’, le dice el Señor. No pide ni riquezas ni grandezas humanas, no pide la vida de sus enemigos, sino ‘discernimiento para escuchar y gobernar’. Y Dios le da una sabiduría grande, ‘te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después’.
Todos de una forma u otra tenemos una escala de valores en la vida: lo que es importante, lo que es prioritario y lo que ocupa un segundo lugar. Por eso tendríamos que preguntarnos ¿en qué lugar colocamos nuestra fe, la religión, los valores del Evangelio, el Reino de Dios del que nos habla Jesús? ¿Es en verdad nuestra fe, el evangelio lo que fundamenta nuestra vida, lo que le da sentido y como el motor y la razón de ser de todo lo que hacemos?
Algunas veces da la impresión que para muchos creyentes, a pesar de no haber abandonado la fe porque queda en el fondo de sus vidas unas actitudes religiosas, sin embargo la fe en Jesús y en su evangelio no es lo prioritario de su vida, se considera algo así como una devoción de la que me ocuparé cuando tenga tiempo o algo así como un entretenimiento. Todos hemos escuchado aquello de que primero está la obligación que la devoción para indicar que eso de los actos que tienen que ver con la fe o la religión son cosas secundarias y a las que me voy a dedicar cuando haya cumplido ya todas las demás obligaciones.
Sin embargo Jesús nos está diciendo hoy con sus parábolas que el Reino de los cielos se parece al tesoro escondido o la perla preciosa que hemos encontrado por la cual hemos de ser capaces de dejarlo todo para conseguirla. Nuestra fe en Jesús es algo mucho más hondo y esencial en la vida que una devoción. Y es que con Jesús no podemos andar con medias tintas ni con mediocridades. Jesús y su evangelio es la luz y el sentido de mi vida, la razón de ser de mi existencia, lo que me va a dar la mayor plenitud y felicidad a mi vida. Aquel por el que, cuando lo encontramos, hemos de ser capaces de dejarlo o darlo todo en nuestra vida.
Porque nuestra vida, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestras responsabilidades, el sentido de la sociedad en la que vivimos, nuestra felicidad y también nuestros momentos de dolor o de sufrimiento, en nuestra fe en Cristo adquieren un nuevo sentido y valor. Con Cristo tenemos una forma nueva de poderlos vivir con toda intensidad. Descubrir todo eso, encontrar esa luz para nuestra vida es encontrar ese tesoro escondido por el que hemos de darlo todo.
No terminamos los cristianos de descubrir la alegría de la fe. Sí, vivir nuestra fe en Jesús con alegría, con gozo hondo, con felicidad plena. Y una alegría tan grande que contagie a los demás. Nuestra fe y todos los valores que en el Evangelio encontramos nos hace sentirnos seguros y entusiastas para mostrar ese gozo a los demás, para contagiarlos de aquello que nosotros hondamente vivimos. Pareciera algunas veces que estuviéramos como escondiéndonos, con miedo a manifestar lo que creemos y lo que es el sentido de nuestra vida. Y eso no cabe nunca en un cristiano.
Sintámonos orgullosos – valga la palabra – de nuestra fe y que por Jesús seamos capaces de darlo todo, porque El es el único sentido y valor de mi vida. Es nuestra Sabiduría y nuestra Salvación.
Sal. 118
Rm. 8, 28-30
Mt. 13, 44-52
Qué afanosos nos ponemos cuando se trata de cosas que nos interesan o nos importan mucho, ya sean nuestras ganancias materiales o económicas, la adquisición de aquello que nos gusta o interesa mucho, o el orgullito de nuestras apariencias, honores, grandezas humanas o reconocimientos que podamos recibir de los demás. Por eso aquella sentencia que dice que donde está tu tesoro allí está tu corazón ha de hacernos pensar cuáles son en verdad los tesoros de nuestra vida; qué es lo que verdad me importa; cuáles son mis principales preocupaciones y en qué pongo de verdad mi felicidad.
Hoy Jesús nos propone diversas parábolas – hemos venido escuchando varias parábolas en estos domingos anteriores y ya veíamos por qué Jesús nos habla del Reino de Dios en parábolas -, parábolas las de hoy que nos tendrían que hacer pensar en lo que antes hemos dicho: cuáles son los verdaderos tesoros de mi vida.
‘El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo... se parece también a un comerciante en perlas finas que encuentra una de gran valor...’ En ambos casos el que lo encuentra, ya sea el tesoro o la perla de gran valor, ‘se va a vender todo lo que tiene y lo compra...’
¿Habremos nosotros encontrado ese tesoro escondido, esa perla preciosa? ¿Cuáles son nuestras prioridades? ¿A qué se refiere Jesús? Nos está diciendo: El Reino de los cielos... el Reino de Dios... el tesoro escondido y encontrado, la perla preciosa... ¿Cómo consideramos nosotros de importante la fe en nuestra vida? Ya decíamos al principio que en nuestros intereses humanos hay muchas cosas que nosotros consideramos tan importantes que las colocamos en los primeros lugares de nuestra vida, por las que somos capaces de sacrificarlo todo. Y la fe, ¿qué lugar ocupa?
Pero hermoso es el testimonio que nos ofrece la primera lectura de Salomón. ‘Pídeme lo que quieras’, le dice el Señor. No pide ni riquezas ni grandezas humanas, no pide la vida de sus enemigos, sino ‘discernimiento para escuchar y gobernar’. Y Dios le da una sabiduría grande, ‘te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después’.
Todos de una forma u otra tenemos una escala de valores en la vida: lo que es importante, lo que es prioritario y lo que ocupa un segundo lugar. Por eso tendríamos que preguntarnos ¿en qué lugar colocamos nuestra fe, la religión, los valores del Evangelio, el Reino de Dios del que nos habla Jesús? ¿Es en verdad nuestra fe, el evangelio lo que fundamenta nuestra vida, lo que le da sentido y como el motor y la razón de ser de todo lo que hacemos?
Algunas veces da la impresión que para muchos creyentes, a pesar de no haber abandonado la fe porque queda en el fondo de sus vidas unas actitudes religiosas, sin embargo la fe en Jesús y en su evangelio no es lo prioritario de su vida, se considera algo así como una devoción de la que me ocuparé cuando tenga tiempo o algo así como un entretenimiento. Todos hemos escuchado aquello de que primero está la obligación que la devoción para indicar que eso de los actos que tienen que ver con la fe o la religión son cosas secundarias y a las que me voy a dedicar cuando haya cumplido ya todas las demás obligaciones.
Sin embargo Jesús nos está diciendo hoy con sus parábolas que el Reino de los cielos se parece al tesoro escondido o la perla preciosa que hemos encontrado por la cual hemos de ser capaces de dejarlo todo para conseguirla. Nuestra fe en Jesús es algo mucho más hondo y esencial en la vida que una devoción. Y es que con Jesús no podemos andar con medias tintas ni con mediocridades. Jesús y su evangelio es la luz y el sentido de mi vida, la razón de ser de mi existencia, lo que me va a dar la mayor plenitud y felicidad a mi vida. Aquel por el que, cuando lo encontramos, hemos de ser capaces de dejarlo o darlo todo en nuestra vida.
Porque nuestra vida, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestras responsabilidades, el sentido de la sociedad en la que vivimos, nuestra felicidad y también nuestros momentos de dolor o de sufrimiento, en nuestra fe en Cristo adquieren un nuevo sentido y valor. Con Cristo tenemos una forma nueva de poderlos vivir con toda intensidad. Descubrir todo eso, encontrar esa luz para nuestra vida es encontrar ese tesoro escondido por el que hemos de darlo todo.
No terminamos los cristianos de descubrir la alegría de la fe. Sí, vivir nuestra fe en Jesús con alegría, con gozo hondo, con felicidad plena. Y una alegría tan grande que contagie a los demás. Nuestra fe y todos los valores que en el Evangelio encontramos nos hace sentirnos seguros y entusiastas para mostrar ese gozo a los demás, para contagiarlos de aquello que nosotros hondamente vivimos. Pareciera algunas veces que estuviéramos como escondiéndonos, con miedo a manifestar lo que creemos y lo que es el sentido de nuestra vida. Y eso no cabe nunca en un cristiano.
Sintámonos orgullosos – valga la palabra – de nuestra fe y que por Jesús seamos capaces de darlo todo, porque El es el único sentido y valor de mi vida. Es nuestra Sabiduría y nuestra Salvación.
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sábado, 26 de julio de 2008
Abuelos qué importante sois para nosotros!
Abuelos ¡qué importantes sois para nosotros!
Ecles. 44, 1. 10-15
Sal. 131
Mt. 13, 16-17
‘Aguardaban el Consuelo de Israel y el Espíritu Santo moraba en ellos’. Esta es la antífona de la aclamación del Aleluya al Evangelio. Estas palabras están tomadas del evangelio de san Lucas, cuando nos habla de los ancianos Simeón y Ana, que estaba en el templo glorificando al Señor noche y día y en el momento de la presentación de Jesús en el templo bendijeron a Dios porque les había permitido ver al Salvador de Israel, como les había prometido el Espíritu Santo.
Palabras que la liturgia aplica hoy a los Santos Joaquín y Ana, los padres de la Virgen María, que hoy estamos celebrando. En verdad esperaban el Consuelo de Israel; como buenos judíos sus corazones estaban llenos de esperanza en la venida del Mesías y cómo prepararían a su hija, la Virgen María, en el conocimiento de las Escrituras y en la santidad de vida, que vemos cómo luego en ella resplandecería. La santidad de María reflejaría su fe y su esperanza, porque los padres sabemos bien que se ven reflejados en los hijos. Si tal era la santidad de María, así sería la madera de la que fue sacada tal imagen de la santidad de Dios.
‘Hagamos el elogio de los hombres de bien, de la serie de nuestros antepasados... su esperanza no se acabó, sus bienes perduran en su descendencia, su heredad pasa de hijos a nietos..’ Así nos hablaba el libro del Eclesiástico en esta liturgia de la fiesta de los abuelos de Jesús.
Algunas veces nos afanamos por dejar herencias materiales a los hijos, y no pensamos en la mejor herencia que podemos dejarles en una educación en valores y en unos principios morales para que guíen su vida. Es la mejor heredad, que bien sabemos cómo muchas veces las herencias de los bienes materiales ocasionan en muchos discordias y divisiones. Pero esa sabiduría de la vida que dejemos a los que nos siguen nunca será para la discordia, sino para el crecimiento de la persona y para la paz y el bien de todos.
Unida a esta celebración de los padres de la Virgen, los abuelos del Señor, queremos celebrar también hoy una Jornada de fiesta para nuestros abuelos, para nuestros mayores, los que ya ancianos nos han precedido en el camino de la vida y de los que tanto hemos recibido. Es justo y necesario ese reconocimiento. Es justo y necesario que le sepamos ofrecer nuestro amor y nuestro cariño. Malo es que muchas veces los aparquemos a un lado de la vida, para nosotros seguir nuestra vida y los condenemos a la soledad y al silencio.
Pero yo también quería decir una palabra a nuestros mayores, a nuestros abuelos como cariñosamente quiere llamarlos a todos. Tenéis que seguir amando la vida, no perder de ninguna manera la ilusión y la esperanza, dándole la mayor plenitud a vuestra vida, aunque ya hayáis tenido que dar paso a las generaciones que os sigues, habéis dejado a un lado trabajos y responsabilidades. Pero vuestra vida no puede ser ni pasiva, ni ociosa ni inútil. Darle verdadera plenitud a todo lo que hagáis. Tiempo para la reflexión, para la lectura los que conserváis aun buena vista, tiempo para ocuparos de vuestras aficiones que quizá en la época de trabajo no podíais darle todo el tiempo que quisierais. Todo, menos una vida ociosa y pasiva.
En vuestra vida hay una sabiduría acumulada con los años muy grande. Una sabiduría que la experiencia de la vida os ha ido dando, para dar valor a lo que verdaderamente importa. Una sabiduría que no podemos enterrar sino que tenéis que saber trasmitirnos, porque mucho podemos y tenemos que aprender de vosotros. Seguís siendo importantes para nosotros los que os seguimos en la carrera de la vida.
No os encerréis en vosotros mismos aislándoos de los demás que formáis parte también de nuestra vida. Y de ninguna manera os hagáis egoístas y exigentes con los que os rodean. Se dice que de nuevo sois niños, pero con lo que habéis aprendido de la vida no os llenéis de caprichos, sino aprended a valorar todo lo que hacen por vosotros los que os cuidan, se preocupan por vosotros y os prestan tantos servicios. Sed agradecidos que también nosotros queremos ser agradecidos por tanto que nos habéis dado a lo largo de la vida.
Mucho podéis seguir haciendo también por los vuestros, por la Iglesia y por el mundo – ese mundo en el que veis tantas contradicciones y tantas cosas que no os gustan y que queréis de otra manera – con vuestros sacrificios, la ofrenda de vuestra vida y vuestra oración.
Muchas más cosas me gustaría decir, pero para no alargarme quisiera terminar mis palabras con una oración; una oración que puede ser vuestra oración y que yo he tomado de diferentes autores.
Señor Dios, Padre mío,
Enséñame a reconocerte en mi historia, en mi presente y en mi futuro.
Muéstrame por cuáles caminos puedo encontrarte cerca de mí.
Revélame el amor que me tienes por mis años, por el peso del tiempo, por mi andar lento...
Sostenme en mi caminar inseguro, en mis momentos de soledad y bendíceme en la compañía de quienes quiero y de quienes me quieren.
Enséñame a ver la vejez como una etapa de la vida... y no, de la muerte... permíteme, también, aprender a vivirla dignamente.
Regálame tu presencia amorosa en quienes me rodean, en quienes me dedican un tiempo para escuchar, aunque más no sea, un rezongo o un recuerdo.
Enséñame a envejecer en cristiano y quítame el orgullo de la experiencia pasada, el sentimiento de creerme indispensable.
Que en este gradual despego de las cosas yo sólo vea la ley del tiempo, Señor, y considere este relevo en los trabajos como manifestación interesante de la vida que se releva bajo el impulso de tu providencia.
Pero ayúdame, Señor, para que todavía pueda yo ser útil a los demás contribuyendo con mi optimismo y mi oración a la alegría y al entusiasmo de los que ahora tienen la responsabilidad; viviendo en contacto humilde y sereno con el mundo que cambia, sin lamentarme por el pasado que ya se fue; aceptando mi salida de los campos de la actividad como acepto con naturalidad sencilla la puesta del sol.
No permitas que pierda la fe, más bien, acreciéntala cada día, porque en esta etapa de mi vida, más que nunca, necesito creer en tu promesa de descubrirte vivo, compañero, sostén, protector y en el lugar que, yo sé, atesoras para mí a tu lado.
Te pido que me perdones si sólo en esta hora tranquila caigo en la cuenta de cuánto me has amado; y concédeme que, a lo menos ahora, mire con gratitud hacia el destino feliz que me tienes preparado y hacia el cual me orientaste desde el primer instante de mi vida.
Enséñame, Señor, a envejecer.
Sigue protegiéndome y haciéndome sentir amado por ti, que me regalas la entrega de Jesús por mi vida y la oración materna de María.
Ecles. 44, 1. 10-15
Sal. 131
Mt. 13, 16-17
‘Aguardaban el Consuelo de Israel y el Espíritu Santo moraba en ellos’. Esta es la antífona de la aclamación del Aleluya al Evangelio. Estas palabras están tomadas del evangelio de san Lucas, cuando nos habla de los ancianos Simeón y Ana, que estaba en el templo glorificando al Señor noche y día y en el momento de la presentación de Jesús en el templo bendijeron a Dios porque les había permitido ver al Salvador de Israel, como les había prometido el Espíritu Santo.
Palabras que la liturgia aplica hoy a los Santos Joaquín y Ana, los padres de la Virgen María, que hoy estamos celebrando. En verdad esperaban el Consuelo de Israel; como buenos judíos sus corazones estaban llenos de esperanza en la venida del Mesías y cómo prepararían a su hija, la Virgen María, en el conocimiento de las Escrituras y en la santidad de vida, que vemos cómo luego en ella resplandecería. La santidad de María reflejaría su fe y su esperanza, porque los padres sabemos bien que se ven reflejados en los hijos. Si tal era la santidad de María, así sería la madera de la que fue sacada tal imagen de la santidad de Dios.
‘Hagamos el elogio de los hombres de bien, de la serie de nuestros antepasados... su esperanza no se acabó, sus bienes perduran en su descendencia, su heredad pasa de hijos a nietos..’ Así nos hablaba el libro del Eclesiástico en esta liturgia de la fiesta de los abuelos de Jesús.
Algunas veces nos afanamos por dejar herencias materiales a los hijos, y no pensamos en la mejor herencia que podemos dejarles en una educación en valores y en unos principios morales para que guíen su vida. Es la mejor heredad, que bien sabemos cómo muchas veces las herencias de los bienes materiales ocasionan en muchos discordias y divisiones. Pero esa sabiduría de la vida que dejemos a los que nos siguen nunca será para la discordia, sino para el crecimiento de la persona y para la paz y el bien de todos.
Unida a esta celebración de los padres de la Virgen, los abuelos del Señor, queremos celebrar también hoy una Jornada de fiesta para nuestros abuelos, para nuestros mayores, los que ya ancianos nos han precedido en el camino de la vida y de los que tanto hemos recibido. Es justo y necesario ese reconocimiento. Es justo y necesario que le sepamos ofrecer nuestro amor y nuestro cariño. Malo es que muchas veces los aparquemos a un lado de la vida, para nosotros seguir nuestra vida y los condenemos a la soledad y al silencio.
Pero yo también quería decir una palabra a nuestros mayores, a nuestros abuelos como cariñosamente quiere llamarlos a todos. Tenéis que seguir amando la vida, no perder de ninguna manera la ilusión y la esperanza, dándole la mayor plenitud a vuestra vida, aunque ya hayáis tenido que dar paso a las generaciones que os sigues, habéis dejado a un lado trabajos y responsabilidades. Pero vuestra vida no puede ser ni pasiva, ni ociosa ni inútil. Darle verdadera plenitud a todo lo que hagáis. Tiempo para la reflexión, para la lectura los que conserváis aun buena vista, tiempo para ocuparos de vuestras aficiones que quizá en la época de trabajo no podíais darle todo el tiempo que quisierais. Todo, menos una vida ociosa y pasiva.
En vuestra vida hay una sabiduría acumulada con los años muy grande. Una sabiduría que la experiencia de la vida os ha ido dando, para dar valor a lo que verdaderamente importa. Una sabiduría que no podemos enterrar sino que tenéis que saber trasmitirnos, porque mucho podemos y tenemos que aprender de vosotros. Seguís siendo importantes para nosotros los que os seguimos en la carrera de la vida.
No os encerréis en vosotros mismos aislándoos de los demás que formáis parte también de nuestra vida. Y de ninguna manera os hagáis egoístas y exigentes con los que os rodean. Se dice que de nuevo sois niños, pero con lo que habéis aprendido de la vida no os llenéis de caprichos, sino aprended a valorar todo lo que hacen por vosotros los que os cuidan, se preocupan por vosotros y os prestan tantos servicios. Sed agradecidos que también nosotros queremos ser agradecidos por tanto que nos habéis dado a lo largo de la vida.
Mucho podéis seguir haciendo también por los vuestros, por la Iglesia y por el mundo – ese mundo en el que veis tantas contradicciones y tantas cosas que no os gustan y que queréis de otra manera – con vuestros sacrificios, la ofrenda de vuestra vida y vuestra oración.
Muchas más cosas me gustaría decir, pero para no alargarme quisiera terminar mis palabras con una oración; una oración que puede ser vuestra oración y que yo he tomado de diferentes autores.
Señor Dios, Padre mío,
Enséñame a reconocerte en mi historia, en mi presente y en mi futuro.
Muéstrame por cuáles caminos puedo encontrarte cerca de mí.
Revélame el amor que me tienes por mis años, por el peso del tiempo, por mi andar lento...
Sostenme en mi caminar inseguro, en mis momentos de soledad y bendíceme en la compañía de quienes quiero y de quienes me quieren.
Enséñame a ver la vejez como una etapa de la vida... y no, de la muerte... permíteme, también, aprender a vivirla dignamente.
Regálame tu presencia amorosa en quienes me rodean, en quienes me dedican un tiempo para escuchar, aunque más no sea, un rezongo o un recuerdo.
Enséñame a envejecer en cristiano y quítame el orgullo de la experiencia pasada, el sentimiento de creerme indispensable.
Que en este gradual despego de las cosas yo sólo vea la ley del tiempo, Señor, y considere este relevo en los trabajos como manifestación interesante de la vida que se releva bajo el impulso de tu providencia.
Pero ayúdame, Señor, para que todavía pueda yo ser útil a los demás contribuyendo con mi optimismo y mi oración a la alegría y al entusiasmo de los que ahora tienen la responsabilidad; viviendo en contacto humilde y sereno con el mundo que cambia, sin lamentarme por el pasado que ya se fue; aceptando mi salida de los campos de la actividad como acepto con naturalidad sencilla la puesta del sol.
No permitas que pierda la fe, más bien, acreciéntala cada día, porque en esta etapa de mi vida, más que nunca, necesito creer en tu promesa de descubrirte vivo, compañero, sostén, protector y en el lugar que, yo sé, atesoras para mí a tu lado.
Te pido que me perdones si sólo en esta hora tranquila caigo en la cuenta de cuánto me has amado; y concédeme que, a lo menos ahora, mire con gratitud hacia el destino feliz que me tienes preparado y hacia el cual me orientaste desde el primer instante de mi vida.
Enséñame, Señor, a envejecer.
Sigue protegiéndome y haciéndome sentir amado por ti, que me regalas la entrega de Jesús por mi vida y la oración materna de María.
viernes, 25 de julio de 2008
un faro de luz que nos impulsa a ser testigos
Santiago apóstol un faro de luz que nos impulsa a ser testigos
Hechos, 4, 33. 5, 12. 27-33. 12, 2
Sal. 66
2Cor. 4, 7-15
Mt. 20, 20-28
Sal. 66
2Cor. 4, 7-15
Mt. 20, 20-28
‘Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo... Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que los obedecen... Ellos al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos, y el rey Herodes hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan...’
La luz hace daño al que quiere permanecer en la oscuridad de las tinieblas. Y ese rechazo de quienes no querían la luz condujo a Santiago hasta el martirio. Podíamos decir que este texto de los Hechos de los Apóstoles es el acta de un martirio. Es la muerte de un testigo. El martirio del Apóstol Santiago, a quien hoy celebramos.
Un testigo es eso, un faro de luz, una estrella que brilla y nos señala la verdad. Testigo es el que da testimonio de una verdad que ha visto y que ha vivido. Por eso decimos que es un faro de luz. Nos ilumina la verdad, nos lleva a la luz, nos descubre un sentido y un valor. El testigo nos señala una ruta y un camino que, en nuestro caso, siempre nos conducirá hasta Jesús.
‘Testigos de esto somos nosotros...’ decían los apóstoles cuando hablaban de Jesús muerto y resucitado y cómo en la muerte y resurrección de Jesús está nuestra salvación, está el perdón y la gracia, está la vida nueva de la salvación.
Santiago, el hijo del Zebedeo, a quien hoy celebramos, es un testigo. Fue testigo de todo lo que Jesús hizo y dijo, desde aquel día en que fuera llamado por Jesús a la orilla del lago para ser pescador de hombres, dejando las redes, la pesca, la barca para seguir a Jesús.
Testigo extraordinario de algunos momentos especiales de la vida de Jesús, porque El quiso llevarlo a lo alto del Tabor, a la casa de Jairo y a la profundidad de la agonía y la oración de Getsemaní, anuncio en los tres casos de resurrección y redención.
Testigo sería de la resurrección del Señor dando testimonio con mucho valor hasta llegar al sacrificio supremo del martirio.
Testigo había sido en el anuncio del Evangelio hasta los confines de la tierra, que la tradición nos lo sitúa en nuestras tierras españolas.
Y testigo ha seguido siendo para nosotros en nuestra tierra, cual una estrella que brillara en medio del campo, para alentar la fe de los que aquí en tierras españolas peregrinamos. Precisamente el lugar en el que veneramos su tumba así se llama Compostela, el campo de la estrella. Todo relacionado con el ser testigo y faro de luz.
La celebración de la fiesta del Apóstol a eso nos está invitando. Hacer ese camino de fe guiados por su luz. Camino de fe que nos tiene que llevar siempre hasta Jesús. El camino de Santiago, el camino que conducía desde toda Europa hasta el sepulcro del Apóstol a través de los siglos se convirtió para muchos en camino de conversión que los conducía hasta Jesús, como hoy todavía sigue siéndolo.
Camino de conversión también para nosotros, porque, cuando caminamos a su paso siguiendo las huellas de Jesús, aprenderemos, como lo aprendieron ellos según nos relata hoy el evangelio, que nuestra grandeza verdadera está en el servir y en el amar no temiendo ser los últimos o llegar a ser capaces de beber el mismo cáliz del Señor. ‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’, preguntaba Jesús ante la petición de la madre de los primeros puestos para sus hijos, a la derecha y a la izquierda en el reino nuevo de Jesús. ‘El que quiera ser grande entre vosotros que sea vuestro servidor...’
Camino de fe que a nosotros también nos convierte en testigos de luz para los demás. Es el testimonio y el testigo que de él recibimos para hacernos a nosotros también testigos de Jesús en medio de los que nos rodean. Es el compromiso de quienes hemos sido iluminados. Tenemos que llevar la luz a los demás, tenemos que convertirnos en testigos de nuestra fe en el mundo que nos rodea. Lo que hemos visto y oído, lo que nosotros hemos experimentado y vivido, no lo podemos callar.
Ese testigo que tantos antes que nosotros a través de los siglos han recogido para sentirse enviados por todos los rincones de la tierra para el anuncio del Evangelio. Cuántos misioneros han partido de nuestras tierras españolas para llevar el mensaje del evangelio y expandirlo por todo el mundo. Es el impulso que, desde el testimonio del apóstol Santiago, que en su tiempo llegó hasta lo que era entonces el fin de la tierra, nos sigue enviando con la misma misión, nos hace a nosotros también misioneros y testigos de esa luz de Jesús.
Nos gozamos nosotros en la fiesta del Apóstol que es el Patrón de España. Bendecimos a Dios porque por su medio llegó la fe hasta nuestras tierras y con su patrocinio se sigue conservando la fe en los pueblos de España y se sigue dilatando por toda la tierra, como cantaremos en el prefacio. Que por su patrocinio España, nosotros, nos mantengamos fieles a Cristo hasta el final de los tiempos, como pedíamos en la oración litúrgica. Necesitamos de su protección e intercesión para que siga brillando esa luz en nuestra tierra por encima de tantas tinieblas que amenazan con difuminarla y apagarla.
jueves, 24 de julio de 2008
En ti, Señor, está la fuente viva
Jer. 2, 1-3. 7-. 12-13
Sal. 35
Mt. 13, 10-17
La vida de las personas muchas veces está llena de luces y de sombras. Podemos pensar, por ejemplo, en los momentos de dicha y de felicidad, que en muchas ocasiones se ven ensombrecidos por las sombras del sufrimiento, del dolor, de las dificultades o problemas que nos van apareciendo en la vida.
Pero al hablar de luces y de sombras quiero referirme de manera especial a esos momentos de fe y de fervor, de entusiasmo por la vida cristiana y por el seguimiento de Jesús que en muchas ocasiones sentimos y vivimos, pero que también sucede que pueden ir seguidos por momentos de decaimiento espiritual, de enfriamiento, de tentación y de infidelidad. Lo vivimos en nuestra propia carne en que nos vemos zarandeados por las tentaciones y el pecado, pero lo observamos también en tantos que en alguna etapa de su vida han vivido un fuerte fervor religioso, pero que luego lo han abandonado todo, llegando incluso al abandono de la fe.
Hoy hemos escuchado al profeta Jeremías. Durante un par de semanas vamos a hacer una lectura continuada de este libro del Antiguo Testamento. Un profeta al que le costó mucho la misión que el Señor le había encomendado. Puso en principio fuerte resistencia. ‘Mira que no sé hablar, que soy un muchacho’, fue la primera respuesta al Señor que le llamaba a su misión. ‘No digas, soy un muchacho, que a donde yo te envíe irás, y lo que te mande, lo dirás... yo pongo palabras en tu boca...’
Y el profeta fue fuerte en su denuncia, de tal manera que encontró fuerte oposición por parte de su pueblo, llegando incluso a ser arrojado en una aljibe sin agua. Hoy le escuchamos denunciando la situación del pueblo, que tanto había recibido del Señor, pero que se había llenado de infidelidad a la Alianza y de pecado. Ya sabemos que el lenguaje profético está lleno de imágenes para expresar algo hondo. Aquí les recuerda sus primeros tiempo de amor y de fervor. Su salida de Egipto, el paso del Mar Rojo, la Alianza del Sinaí, el camino del desierto, los momentos gloriosos de los reinados de David y Salomón.
‘Recuerdo tu cariño de joven, tu amor de novia, cuando me seguías por el desierto... Israel era sagrada para el Señor... yo te conduje a un país de huertos, para que comieses sus buenos frutos...’ Pero frente a tanta bondad del Señor estaba la respuesta no siempre positiva de su pueblo. Ni lo sacerdotes, ni los pastores del pueblo (los reyes), incluso los mismos profetas, no eran fieles, sirviendo a otros dioses. Por eso termina diciéndoles: ‘Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron aljibes, aljibes agrietados, que no retienen agua...’ Abandonaron los caminos del Señor para querer seguir sus propios caminos. No quisieron ir a la fuente, pero fueron a aljibes agrietados.
Pero la historia de Israel es nuestra propia historia, nuestra historia personal y la historia de nuestro pueblo. Cuantos momentos de fervor y de religiosidad grande a los que siguen tiempos de decaimiento e indiferencia ante la religión y ante la fe. Luces y sombras de nuestra vida, de nuestro pueblo.
Pero tenemos que despertar. Escuchar la voz del Señor que por tantos profetas nos sigue llamando e invitando a la conversión. ‘¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios!... les das a beber del torrente de tus delicias. Porque en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz’, que rezamos con el salmista.
Cristo es esa fuente de agua viva. Podemos recordar el episodio de la samaritana junto al pozo de Jacob. ‘El que beba del agua que yo le dé no volverá a tener mas sed’. Cristo quiere darnos esa agua viva, pero cuantas veces preferimos nosotros los aljibes agrietados. En el agua viva que El nos da encontraremos la luz, el sentido y la fuerza de nuestra vida. Pero seguimos buscando otras luces, queremos beber otras aguas que se van a volver amargas en nuestro corazón, caminamos muchas veces desorientados y sin rumbo porque no queremos llegar hasta el Camino que es Jesús. No nos queda otra cosa que volvernos a El, convertirnos a El, beber del agua viva que El nos da.
la semilla de cada día
Si plantamos una semilla cada día y esta semilla fructifica nos sentiremos al final gozosos de que podamos ofrecer al mundo una hermosa cosecha de cosas buenas. No es por el orgullo de ver lo bueno que somos sino simplemente por el gozo de sembrar y de hacer que cada día todos podamos ser mejores y más felices haciendo felices a los demás.
La Palabra de Dios nos da la ocasión para ello si somos capaces de compartir lo que de ella recibimos. Si cuando yo la escucho en mi corazón y saco fruto para mi vida, soy capaz también de compartirlo con los demás, estaré sintiéndome sembrador con Cristo de esa buena semilla de su Palabra en medio del mundo. En fin de cuentas es una misión que El nos ha confiado.
Es lo que pretendo con este blog. Compartir con los demás lo que yo voy recibiendo de la Palabra de Dios escuchada en mi corazón. Espero que esa semilla pueda producir mucho fruto en muchos corazones
La Palabra de Dios nos da la ocasión para ello si somos capaces de compartir lo que de ella recibimos. Si cuando yo la escucho en mi corazón y saco fruto para mi vida, soy capaz también de compartirlo con los demás, estaré sintiéndome sembrador con Cristo de esa buena semilla de su Palabra en medio del mundo. En fin de cuentas es una misión que El nos ha confiado.
Es lo que pretendo con este blog. Compartir con los demás lo que yo voy recibiendo de la Palabra de Dios escuchada en mi corazón. Espero que esa semilla pueda producir mucho fruto en muchos corazones
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