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sábado, 1 de julio de 2023

Nos acercamos a Jesús sin protocolos ni barreras, siempre sintiéndonos indignos pero siempre con la confianza en la Palabra de Jesús que nosotros hace maravillas

 


Nos acercamos a Jesús sin protocolos ni barreras, siempre sintiéndonos indignos pero siempre con la confianza en la Palabra de Jesús que nosotros hace maravillas

Génesis 18,1-15; Sal.: Lc.1, 6-55; Mateo 8,5-17

Todos se acercan a Jesús. No hay protocolos ni barreras. Cómo nos gusta poner nuestras barreras, crear nuestros distanciamientos. ¿Con quién andamos? Con nuestros amigos, los que son de nuestra honda, con los que tenemos una cierta sintonía; ¿a quién saludamos cuando vamos por la calle? Reconozcamos que de alguna manera ponemos un velo en nuestros ojos con lo que no llegamos a ver muchas veces a los que pasan a nuestro lado, incluso rozándonos. Más de una vez nos habrán dicho, pasaste a mi lado y ni adiós dijiste. Íbamos en nuestros pensamientos, en nuestras cosas, no era la persona que pensábamos encontrar y por eso pusimos el paraguas alrededor para no ver a nadie.

He querido comenzar el comentario del evangelio de hoy con esta reflexión que parece que no viene a cuento, pero que sí es importante y tiene relación con lo que sucede en el evangelio. Recordamos, incluso, que cuando envía a sus discípulos a anunciar el Reino les dice que solo vayan a las ovejas descarriadas de Israel; diríamos que de alguna manera el círculo parece cerrarse.

Pero, ¿quién es el que se acerca ahora a Jesús? Un centurión romano que tiene en casa un criado al que aprecia mucho y que está muy enfermo. Sorprende el acercamiento de este gentil a Jesús. Normalmente los judíos miraban con desconfianza a todo el que no fuera judío, y más en esta situación en que era la expresión de la dominación romana; no solo era un romano, un gentil, un pagano, sino además un centurión, quien estaba al frente de aquella centuria de soldados que mantenían la opresión del pueblo judío. Es cierto que como nos muestra otro evangelista en este mismo episodio nos dirá que era bien considerado por los principales de la ciudad, porque quizás se había preocupado de arreglarles la Sinagoga y otros aspectos de la vida de su ciudad.

Se presenta a Jesús y presenta su situación. No pide que Jesús vaya a curarlo, como un día pidiera Jairo el jefe de la Sinagoga cuando tenía a su niña en las últimas. Es más, cuando Jesús dice que quiere ir a su casa para curarlo, aparecerá la grandeza de este hombre. ‘No soy digno…’ dirá. ¿Quién es él para que Jesús llegue a su casa? El tiene fe en el poder de su Palabra. ‘Basta que lo digas de palabra’ y mi criado quedará sano. Algo grande se estaba manifestando. Cuando otros le reclaman a Jesús con qué autoridad realiza cuanto hace, este hombre tiene fe en la palabra de Jesús; ahí está su autoridad. Y se pone por ejemplo un hombre acostumbrado a mandar a sus criados y a los soldados. A su palabra todos tienen que obedecer; a la Palabra de Jesús todo mal puede desaparecer.

Jesús reconocerá la fe de este hombre. ‘Vete, que te sucede conforme has creído’, le dirá finalmente. Pero antes Jesús levantará la voz para que todo reconozca la fe de este hombre. Es un pagano, es un gentil, pero ‘ni en todo Israel he encontrado tanta fe’, dirá Jesús. Y quedará para nosotros como ejemplo para nuestra fe. Por su fe este hombre se está convirtiendo en un signo para nosotros, un revulsivo para nuestra fe.

¿Hasta donde llegamos en nuestra fe? Nos decimos tan creyentes y siempre estamos poniendo límites con nuestras desconfianzas. ¿Me escuchará o no me escuchará el Señor? nos preguntamos tantas veces. Y además queremos que nos escuche conforme a nuestros criterios, a nuestros deseos, a que se realicen las cosas como yo quiero, son los condicionamientos que ponemos tantas veces. 

Pero qué sencillo es aquel hombre, no pide, solo expone su situación, y luego aparece como en cascada todas esas obras maravillosas, comenzando por la fe de aquel hombre. ¿Quién le ha dado ese don de la fe? No olvidemos que es algo sobrenatural, es algo que nos viene de Dios. Dios ha estado también obrando maravillas en él.

viernes, 30 de junio de 2023

Comencemos de verdad a dar las señales del Reino de Dios y que el anuncio de la Buena Noticia sea algo más que palabras, en nosotros está

 

Comencemos de verdad a dar las señales del Reino de Dios y que el anuncio de la Buena Noticia sea algo más que palabras, en nosotros está

Génesis 17,1.9-10.15-22; Sal 127;  Mateo 8,1-4

¿Alguna vez nos hemos encontrado en la situación de que alguien se acerque a nosotros para decirnos que en nuestras manos está, el que le resolvamos aquel problema que tiene, que él sí está seguro que nosotros podemos resolvérselo?

¿Qué hacemos si nos encontramos en una situación así? ¿No nos creemos que esté en nuestras manos la solución? ¿Dar la vuelta y volverle la espalda ignorando aquello que nos piden, pues vete a saber… como siempre sospechamos? ¿Intentamos encontrar alguna salida y ver lo que podemos hacer? Diversas reacciones podemos tener. ¿Cuál será la medida de nuestro corazón? ¿Por qué son esas seguridades en quien viene a pedirnos?

Jesús había estado enseñando en el monte; ya había reunido en torno a él un grupo de discípulos más cercanos que siempre le seguían que iba a ser como principio de aquel grupo, de aquella pequeña comunidad que iba creando. Les enviaría también a ellos a anunciar el Reino y curar enfermos. Ahora alguien, que quizás de lejos le había estado escuchado dada su situación de leproso que no podía mezclarse con los demás viene a decirle que si quiere El puede curarle; y Jesús lo tocó diciéndole, quiero, queda limpio, y al momento aquel hombre quedó curado.

¿Eran los signos del Reino de Dios que Jesús había estado anunciando? Se está manifestando claramente que la buena noticia llega a los pobres y a los que sufren; aquello anunciado por el profeta y proclamado en la sinagoga de Nazaret que era algo así como una proclamación programática de la acción del Mesías de Dios. ‘Los pobres son evangelizados’ y se están dando las señales de liberación y de salvación que anunciaba el profeta.

No me quiero quedar en lo acaecido aquel día al pie de la montaña cuando Jesús de nuevo baja a la llanura para el encuentro con los que sufren. Es que ese evangelio lo escuchamos hoy. Pero no como un relato bonito del que podemos hacernos hermosas consideración. Es evangelio hoy, es buena noticia hoy para este mundo, estos hombres y mujeres que vivimos en este momento concreto de la historia

¿A quien estará representando este leproso? ¿De quienes será signos hoy este leproso? Podemos ser tu y yo que también con nuestra lepra – ¡cuánto mal se sigue encerrando en nuestros corazones y del que tenemos necesidad de liberarnos! – nos acercamos a Jesús para decirle también ‘si quieres, puedes limpiarme’.

Pero es que podemos decir también que nosotros estamos en el lado de Jesús, porque a nosotros también se nos ha confiado una misión como Iglesia en medio de nuestro mundo donde también tenemos con urgencia que anunciar el Reino de Dios. ¿Podríamos ver representado en ese leproso a ese mundo que nos rodea y también se acerca para decirnos ‘si quieres, puedes sanarme’?

Ante nosotros, ante la Iglesia está ese mundo que tantas veces los describimos envuelto en tantos males, pero que muchas veces nos quedamos en eso, en hacer bonitas descripciones. Pero también se nos está diciendo en tus manos está, ¿y qué hacemos? ¿No estará el mundo esperando una respuesta de nuestra parte? ¿Tendremos miedo de tender nuestra mano para tocar al leproso? ¿Tendremos miedo de meternos en medio de ese mundo para comenzar, pero en serio, a hacer una transformación?

¿Cuándo comenzaremos de verdad a dar las señales del Reino de Dios y que esa buena noticia sea algo más que palabras?

jueves, 29 de junio de 2023

Como Pedro dejémonos encontrar con Jesús y a pesar de nuestras sombras intentemos seguir haciendo el camino con fidelidad total

 


Como Pedro dejémonos encontrar con Jesús y a pesar de nuestras sombras intentemos seguir haciendo el camino con fidelidad total

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18;  Mateo 16, 13-19

Un encuentro puede convertirse en algo decisivo en la vida. Será algo ocasional, aparentemente circunstancial, será algo buscado por alguna de las partes, alguien a quien nos presentan en un momento determinado… muchas son las formas, las circunstancias que pueden llevar a ese encuentro. Pero nos deja marcados;  es la impresión favorable que recibimos, son los interrogantes que se nos plantean por dentro, es algo que nos llama la atención, puede ser el comienzo de un camino nuevo que se abre ante nosotros. Nada va a ser igual a partir de entonces.

Todos habremos podido tener momentos así, que sin embargo nos podrían haber dejado diferente huella; siempre ha habido un momento en que nos hemos sentido impresionados por algo y nos dimos cuenta que aquello merecía una respuesta, un cambio de actitud o de rumbo, pero quizás por las marejadas de la vida habremos también haber podido olvidar.

Pero en lo que hoy escuchamos en el evangelio motivando esta celebración no cayó en saco roto. Aunque luego también hubieron sus sombras, sus momentos de duda, sus interrogantes y preguntas que no siempre encontraron respuesta.

Según nos narra el principio del evangelio de san Juan el primer encuentro fue con una mediación. Quien primero se había encontrado con Jesús era Andrés, pero como dice el evangelio a la mañana siguiente – y es también una manera de hablar – quiso presentarle a Jesús a su hermano Simón. Con sus reticencias y desconfianzas interiores quizás, como les sucedía a tantos, se dejó llevar por su hermano. ‘Aquel de quien nos hablan las escrituras lo hemos encontrado’. Y ya aquel momento fue decisivo, ‘tú te llamarás Pedro’. Jesús le cambia el nombre. Algo muy significativo.

Sería más tarde en la orilla del lago, mientras repasaban las redes después de una noche de faena – habrían ya escuchado a Jesús en algunos de aquellos encuentros que iba teniendo Jesús con la gente y en la sinagoga – es Jesús quien al pasar por ellos los invitará a una nueva pesca, ‘venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Algo había estado ya sucediendo en su corazón desde esos encuentros con Jesús que ahora lo dejan todo para seguirle.

En otro momento del evangelio se hablará de una pesca forzada por Jesús cuando habían pasado la noche bregando sin coger nada, pero porque a Pedro las palabras de Jesús ya comenzaban a llenarle el corazón, a hacerle cosquillas en el corazón, fiándose de la palabra de Jesús lanzará las redes al agua cogiendo una redada tan grande que tendrán que pedir ayuda a otros pescadores, pero se quedará anonadado ante lo que estaba sucediendo deseando estar incluso lejos de Jesús. ‘Apártate de mi que soy un hombre pecador’. ‘Seréis pescadores de hombres’. Volverá a repetirles Jesús.

Ya desde entonces nada sería igual. Ya con Jesús irían a todas partes en ese camino itinerante que Jesús hacía por todas las aldeas y ciudades de Galilea. La casa de Simón se convertirá en el centro de toda esa actividad y allí se reunirán continuamente los que de cerca seguían a Jesús.

Los llamará Jesús con una llamada especial para hacerlos sus compañeros y de Jesús irán bebiendo aquella vida que los va transformando. A ellos Jesús de manera especial se les revela, será el Tabor, será llevándolos especialmente consigo en algunas cosas especiales, será anunciándoles lo que habrá de suceder cuando suban a Jerusalén. A Pedro le costará entender algunas cosas y por el amor que ya comenzaba a tenerle a Jesús no quiere que nada le suceda. Eso no te puede suceder a ti.

Y será Pedro el que haga la mejor confesión cuando Jesús pregunte por lo que piensan de El, aunque como le dirá Jesús eso no lo sabe por si mismo sino porque en su corazón se lo ha revelado el Padre del cielo. Cuando lleguen momentos de crisis y la gente cansada y en cierto modo desalentada comience a abandonar, será Pedro el que saltará el primero para decir que no, que ellos no lo abandonarán, porque, ¿a dónde van a ir si solo Jesús tiene palabras de vida eterna?

Pasarán ellos también por la crisis cuando no entiendan lo que a Jesús les está sucediendo, y como suele suceder los miedos se meten en alma y nos traicionan. Son momentos oscuros y llegará a negar que conozca a Jesús. Pero todo será subsanado por el amor. Llorará Pedro su negación, pero pronto estará para buscarlo en el sepulcro, para dejarse sorprender en el Cenáculo, para correr a sus pies cuando de nuevo Jesús resucitado se les manifiesta de nuevo en las orillas del mar de Galilea. Y Jesús solo pide amor, que se mantenga en el amor, como un día le había pedido que se mantuviera firme en la fe porque tenía una misión para él, había de confirmar en la fe a sus hermanos, había de ser el pastor del nuevo rebaño. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, le diría Jesús.

Todo a partir de un encuentro, un encuentro decisivo que se remitiría con gran intensidad de nuevo en las orillas del Tiberíades. Es a quien hoy estamos contemplando, a quien estamos celebrando. Nos quedamos en estos retazos del evangelio porque en ellos vemos reflejado también nuestro camino. Pedro siguió haciendo ese camino, ahora ya al frente de la Iglesia, hasta el final, en el momento en que él también daría su vida. El discípulo no es mejor que su maestro, y si El, el Señor había lavado los pies a los discípulos como signo y señal de lo que era su entrega, era también lo que el discípulo tendría que hacer, lo que nosotros también hemos de hacer.

La fiesta de san Pedro nos recuerda nuestro camino y nuestra misión, nos hace que continuemos con fidelidad nuestro camino para que también vayamos frente al mundo dando testimonio de nuestra fe y de nuestro amor.

miércoles, 28 de junio de 2023

Cuidemos el árbol si queremos que dé buenos frutos, cuidemos nuestro espíritu y cuidemos nuestra fe haciéndola madura y comprometida

 


Cuidemos el árbol si queremos que dé buenos frutos, cuidemos nuestro espíritu y cuidemos nuestra fe haciéndola madura y comprometida

Génesis 15,1-12.17-18; Sal 104; Mateo 7,15-20

Tengo un amigo que trabaja en el campo sobre todo en la recolección de fruta y en el cuidado de los árboles frutales; me cuenta de su trabajo, por una parte del cuidado en la recolección de las frutas para que no se dañen y tengan la mejor presentación, pero me cuenta también de las tareas que realiza en gran parte del año en el cuidado de los árboles frutales, el tiempo de la poda para eliminar aquellas ramas que ya están secas y no producen, pero también de muchas ramas que son como chupones que mermarían la fuerza del árbol y la calidad de sus frutos. Hace unos días contemplaba en un documental como el agricultor iba incluso desechando muchos de los brotes de su frutal para que los frutos que diera fueran de verdadera calidad. Un árbol cuidado puede dar buenos frutos.

Una imagen muy hermosa para la vida. ¿Cuáles son nuestros frutos? ¿Cómo son nuestros frutos? Hoy escuchamos precisamente en el evangelio que Jesús nos dice que ‘por sus frutos los conoceréis’, y que aquel árbol que no da buenos frutos no sirve sino para arrancarlo y echarlo al fuego. Pero como estamos viendo en la imagen de la vida sabemos también que tenemos que cuidar el árbol para que dé buenos frutos.

Es la tarea de nuestra vida. En todos los aspectos. Humanamente tenemos que prepararnos, tenemos que crecer, tenemos que madurar. No nos podemos quedar en una etapa infantil en la vida. Quizás al niño, e incluso al joven, le cuesta comprenderlo, tiempo que tiene que dedicar a prepararse, a formarse, para de verdad ir creciendo en la vida; ahí está la labor educadora de la familia, de los padres, pero también de cuantos tienen que ver que la formación humana de las personas, de niños y de juventud.

Pero bien sabemos que ese crecimiento no se acaba porque lleguemos a una determinada edad en que ya nos consideremos adultos. No son solo los nuevos conocimientos que podamos ir adquiriendo, sino que será esa maduración como personas para en verdad poder enfrentarnos con los mejores equipajes a la vida. Bien sabemos que aunque lleguemos a una etapa profesional en nuestro trabajo aun tenemos que seguir preparándonos, la etapa de formación y crecimiento de la persona no se acaba nunca.

Quizás ese aspecto humano de las personas más o menos todos los tenemos claro, pero aun así hay aspectos de la vida que algunas veces descuidamos, y es la atención a nuestro espíritu, es el cuidado de nuestra fe, es la maduración espiritual de la persona, es la espiritualidad en que hemos de fundamentar nuestra vida. Nos decimos muchas veces que somos creyentes de siempre, que somos viejos cristianos, que ya nuestros padres nos enseñaron cuando éramos pequeños que nos llevaron a la catequesis para que recibiéramos los sacramentos, pero quizás todo se detuvo ahí y luego nunca más nos preocupamos de madurar esa fe, de hacer crecer nuestra vida espiritual y nos quedamos en unas oraciones que aprendimos de pequeños pero no hemos dado el paso delante de hacer más personal y más intensa nuestra vida de fe.

Cuando una planta no se cuida debidamente, no se riega ni se abona, se nos quedará raquítica, estará mustia y sin vitalidad para poder florecer y poder darnos unos frutos; si la descuidamos en demasía esa planta no solo no nos dará fruto sino que tendrá el peligro de secarse, de morirse. Así andamos en nuestra vida cristiana, porque no le damos ese necesario crecimiento espiritual, así terminamos muchas veces como ramas y hojas secas que se las lleva el viento y no terminamos de ver esos frutos de vida cristiana que tendríamos que dar.

Nuestras comunidades cristianas se nos mueren, la vida de nuestras parroquias va perdiendo intensidad, no terminamos de ser esos cristianos comprometidos en medio del mundo, nuestra sociedad ha ido perdiendo esos valores espirituales y cristianos, nos damos cuenta de que nuestras iglesias se nos vacían cada vez más y no se renuevan nuestras comunidades con gente joven y entregada, nos contentamos con una vida religiosa ramplona y fría que tampoco atrae a los demás porque además nos falta verdadero espíritu misionero.

‘Por sus frutos los conoceréis’, nos dice hoy Jesús. ¿Nuestro árbol estará dañado que ya no produce frutos? ¿Dónde está nuestra espiritualidad cristiana madura y comprometida? Aunque somos adultos en la vida porque los años han pasado por nosotros, ¿seguiremos teniendo todavía una religiosidad y un sentido cristiano de la vida demasiado infantil? Me preocupa tremendamente qué es lo que estamos haciendo como cristianos y como Iglesia. Habrá mucho que abonar para revitalizar, pero también mucho que podar para quitar todo lo que sigue siendo muerte.

Cuidemos el árbol, si queremos dar frutos.

martes, 27 de junio de 2023

Camino de esfuerzo y de superación, camino estrecho recorrido no con resignación sino con esperanza y alegría, camino de verdadera felicidad

 


Camino de esfuerzo y de superación, camino estrecho recorrido no con resignación sino con esperanza y alegría, camino de verdadera felicidad

Génesis 13, 2.5-18; Sal 14; Mateo 7,6.12-14

Nos habrá pasado en alguna ocasión; estábamos realizando algo que estábamos haciendo con mucho gusto e ilusión, las cosas nos iban saliendo bien y estábamos viendo el resultado bello y bueno de lo que estábamos realizando, pero por un descuido, por una distracción, por querer quizás probar algo nuevo con lo que pensábamos que nos podría salir mejor, bajo la influencia de alguien que quiso atraernos a su idea o lo que él pensaba a su manera que podría ser mejor, y de pronto todo se nos echó a perder.

¿Circunstancias adversas? ¿Egolatría que íbamos alimentando con aquello que estábamos realizando? ¿Influencias externas que nos distrajeron de lo que era la idea original? ¿Tentaciones de vanidad? ¿Superficialismo que nos separó de lo que haciéndolo con profundidad nos hubiera llevado a cosas hermosas? Muchas cosas podríamos pensar, pero al final echamos a la basura algo que podía ser realmente hermoso.

¿No nos sucederá algo así, no en cosas externas o materiales que podamos hacer, sino más bien en lo mejor del yo profundo de nuestra vida que malogramos por un capricho, por una mala influencia? Podríamos pensar en muchas cosas; esa lucha interior de superación que vamos realizando en nuestra vida con la que vamos avanzando como personas, vamos dándole una profundidad y madurez a nuestra vida, pero que en un momento determinado lo echamos todo a perder, cuando perdemos la tensión del crecimiento, nos dejamos arrastrar por superficialidades y vanidades, cuando nos entran las modorras y los cansancios y ya no tenemos ganas de luchar, cuando contemplamos lo que hay a nuestro alrededor y nos parecen felices los que viven en la superficialidad de la vida y nos decimos que para qué tanto esfuerzo y tanta lucha.

Como nos dice hoy Jesús en el evangelio, por un nada, tiramos a los pies de los cerdos la perla preciosa que con tanto esfuerzo habíamos ido cultivando. Nos quiere precaver Jesús, que tengamos cuidado, que no nos dejemos engatusar por caminos que nos pueden parece fáciles, porque no queremos seguir en la misma lucha de superación. Equivocamos el camino, nos queremos ir por la senda espaciosa y que nos parece fácil pero que no nos va a llevar a alcanzar esas metas altas que de la otra manera hubiéramos alcanzado.

No es que tengamos que resignarnos a hacer esas cosas que nos cuestan esfuerzo, porque pensamos que no nos queda otro remedio. No es precisamente la resignación un valor demasiado evangélico, aunque tantas veces nos hayan aconsejado la resignación cuando nos llegan los momentos de sacrificio. Cuando tenemos una meta grande en la vida, cuando queremos alcanzar algo que en verdad merece la pena y sabemos que es lo que nos va a dar la verdadera felicidad, aquellas cosas que tenemos que hacer y que nos cuestan esfuerzo y sacrificio las realizamos con ganas, con ilusión, con entusiasmo porque lo que estamos deseando es alcanzar aquella meta.

Y en ese esfuerzo e incluso sacrificio sabemos ser felices, porque estamos pregustando la gloria de la victoria final. El deportista que se entrena duramente preparándose para una competición no lo hace de mala gana sino poniendo toda su ilusión en aquel esfuerzo de entrenamiento, de superación que está realizando. Somos felices en el camino de nuestra vida cristiana, no tenemos el esfuerzo, el sacrificio, no rehuimos el camino estrecho, sabemos a donde vamos, que es lo que queremos vivir, tenemos ya de antemano el gozo de la presencia del Señor que es nuestro premio.

Es el camino que nos conduce a la vida, es lo que da sentido al camino que vamos realizando, es el gozo que sentimos en el espíritu que nos hace vivir la mejor felicidad. No tiremos a los cerdos las perlas preciosas que Dios ha puesto en nuestra vida.

lunes, 26 de junio de 2023

Repasemos la vara que tenemos para medir, revisemos la suciedad de nuestros ojos, que reconozcamos que muchas veces la maldad la tenemos en nuestro corazón

 


Repasemos la vara que tenemos para medir, revisemos la suciedad de nuestros ojos, que reconozcamos que muchas veces la maldad la tenemos en nuestro corazón

Génesis 12,1-9; Sal 32; Mateo 7,1-5

Con qué facilidad acomodamos las varas de medir, acrecentándolas o disminuyéndolas según sea lo que presuntuosamente pensamos de nosotros o el juicio que queremos hacer de los demás. Siempre nos consideraremos que valemos más o somos más importantes que lo que los demás puedan ver en nosotros, y siempre usaremos una vara raquítica para valorar, y este caso siempre por las mínimas, la importancia o el valor que puedan tener las cosas que hacen los otros. Nos molesta que hablen de nosotros, que valoren o no lo que hacemos, pero no nos importa ser duros en el juicio en contra siempre de los que están a nuestro lado, porque no podemos permitir que nos hagan sombra.

Así es nuestra miseria humana, así es en muchas ocasiones la mezquindad de nuestro corazón, así es nuestro orgullo y amor propio con el que nos endiosamos y nos subimos por encima de todos los pedestales, así son esas malas raíces que parece que todo lo enredan y en todo queremos hacer sombra, así es la soberbia de la vida que terminará por arrasar cuanto de bueno pueda surgir en nuestro entorno, así andamos por la vida revestidos de vanidad para aparentar unos brillos que no tenemos.

Desde que la serpiente maligna inoculó en nosotros el veneno de la maldad, de la desconfianza, del orgullo no seremos capaces de ver nuestros errores, pero entramos a saco en el juicio que nos hacemos de los demás viendo por todos lados defectos e irregularidades.

¿Por qué no seremos capaces de reconocer lo bueno que tienen o que puedan hacer los demás? ¿Por qué andaremos por la vida siempre como contrincantes dándonos la batalla, queriendo destruir todo lo bueno que puedan hacer los demás, queriendo echar nubes de sombras y de cenizas sobre las obras de los otros para dar por inservible todo lo que puedan hacer los otros? Es normal que haya disparidad de criterios y de opiniones en todos los ámbitos y aspectos de la vida, ¿Por qué no podemos ver lo bueno que tiene todo proyecto aunque no sea el nuestro, para sumar y para aunar esfuerzos, ofreciendo cada uno lo bueno que tenemos en nuestras ideas o en nuestra manera de hacer para lograr entre todos algo mejor que a todos a la larga nos beneficie?

En nuestros egoísmos insolidarios, en nuestros orgullos y ambiciones de querer quedar siempre por encima del otro, nos destruimos, no somos capaces de ver las limitaciones y lagunas que puedan tener nuestros proyectos y nuestras ideas, y siempre estaremos echando la culpa a los demás del fracaso de la vida misma porque consideramos incapaces a los otros poder hacer algo bueno.

Y esto lo estamos viendo todos los días en nosotros mismos con nuestros juicios y nuestra falta de respeto a lo que hacen los demás, esto lo estamos viendo en el desarrollo de nuestra vida social en que todo lo convertimos en una lucha parece sin cuartel contra todo lo que no salga de nuestras ideas, esto lo estamos viendo en la construcción y desarrollo de nuestra sociedad donde nunca terminamos de colaborar porque nos parecería que nos quitarían nuestros méritos de ser los únicos y los mejores.

Hoy Jesús nos habla de que cuidemos nuestros juicios, porque esa medida que usamos contra los demás también la usarán contra nosotros. Qué bonito sería un mundo sin prejuicios y sin condenas a los que no piensan como nosotros. Nos dice Jesús que nos miremos a nosotros mismos, que seamos reconocer la realidad de nuestra vida también tan llena de limitaciones, tan llena de lagunas. Que no estemos mirando con terror la pequeña mota que puede haber en el ojo del otro, mientras nuestros ojos están atravesados por tantas vigas de maldad.

Que seamos capaces de tener limpio el cristal de nuestros ojos para tener una mirada luminosa para que podamos disfrutar de la belleza de la vida de los demás; pensemos si cuando estamos viendo tanta maldad en los otros, acaso sea la suciedad y maldad de nuestro corazón la que empaña nuestra vida para estar viendo siempre maldad a nuestro alrededor. ‘Sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano’. Qué distinta sería nuestra mirada.

 

domingo, 25 de junio de 2023

Las palabras de Jesús quieren mover a la confianza, a quitar los miedos, ‘no tengáis miedo…’ porque la gracia de Dios se ha desbordado sobre nosotros

 


Las palabras de Jesús quieren mover a la confianza, a quitar los miedos, ‘no tengáis miedo…’ porque la gracia de Dios se ha desbordado sobre nosotros

Jeremías 20, 10-13; Sal 68; Romanos 5, 12-15; Mateo 10, 26-33

Miedos, algo a lo que muchas veces en la vida tenemos que enfrentarnos. Miedos a los peligros, a lo que nos pueda suceder, a un accidente, a una noche oscura, ante un futuro incierto, a tomar una decisión que nos compromete… pero los vamos afrontando, intentamos superarlos, buscamos seguridades, ponemos precaución, a prepararnos de alguna manera, nos apoyamos en algo o en alguien.

Pero no es solo el miedo a las cosas, o a esos imprevistos que se nos puedan presentar; el miedo nos puede venir de la desconfianza, en nosotros mismos o en los demás; puede aparecer después de experiencias amargas en que nos hemos visto implicados como consecuencias de muchas cosas; miedos porque nos sentimos inseguros en nosotros mismos ante una misión que se nos confía y que no sabemos si somos capaces de afrontarla; miedos desde culpabilidades quizás de nuestros propios errores o de los tropiezos que hayamos tenido en la vida.

¿Cómo se sentía el profeta que hemos escuchado en la primera lectura cuando se ve cercado por todos los que no quieren escuchar ni aceptar su palabra profética? Hasta en las mismas autoridades encuentra rechazo, aparte de tantos enemigos que buscaban sus traspiés. No fue fácil la misión del profeta Jeremías y de algún modo se sentía solo y abandonado porque  ‘se sentía como un extraño para sus hermanos, y un extranjero para los hijos de su madre’, como expresa muy bien el salmista. Pero el siente que ‘el Señor es su fuerte defensor y algún día aquellos que atentan contra él sentirán sonrojo por lo que hacen, acabarán avergonzados de su fracaso, porque el Señor libera la vida del pobre de las manos de los perversos’.

No era fácil tampoco la misión que Jesús encomendaba a sus discípulos, a los que enviaba como ovejas en medio de lobos. Grande era la tarea que les encomendaba porque mucha era también la mies y pocos los obreros. Ya les dirá Jesús en otro momento que el discípulo no es mayor que su maestro, y que igual van a encontrar oposición y rechazo como lo tuvo Jesús. Seguro que también se sentían débiles e incapaces para la misión que Jesús les estaba confiando.

Pero hoy las palabras de Jesús quieren mover a la confianza, a quitar los miedos. ‘No tengáis miedo…’ les dirá, nos dirá por tres veces Jesús. La luz tiene que brillar, y aunque se pretenda ocultar sus resplandores terminarán por iluminar el mundo. La verdad del Evangelio ha de ser proclamada, la luz no se puede esconder debajo del celemín. Y en ese testimonio que tenemos que dar ante el mundo con nosotros va el Señor.

‘No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma…’ les dice. Y nos habla de la Providencia de Dios que siempre nos cuida. ¿No cuida de los gorriones, de los pajarillos del cielo? ¿No valemos nosotros mucho más que unos gorriones que somos los hijos amados del Padre? ‘No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna’. Hay muchas maneras en que nos pueden llevar a esa perdición. No podemos dejar que nos maten nuestro espíritu, eso sería lo terrible, cuando nos hacen perder la paz, cuando perdemos la confianza, cuando se nos apaga la ilusión, cuando nos faltan los ánimos para luchar, cuando lo damos todo por perdido.

Son los peligros, son los miedos que se nos meten en el alma, de los que tenemos que precavernos, sombras que tenemos que arrancar de nuestro espíritu. Muchas son las tentaciones de desánimo que muchas veces nos pueden envolver, nos sentimos débiles, nos sentimos pecadores, no siempre nos sentimos apreciados por los que a nuestro lado quizá tendrían la misión y la labor de animarnos, podemos encontrar muchos rechazos o también muchos prejuicios contra lo que hacemos; son muchas las soledades que nos pueden enturbiar el alma. Tenemos el peligro, como decíamos, que las sombras nos llenen de oscuridad.

Nuestro camino tiene que ser siempre un camino de luz; nuestro camino tenemos que hacerlo con esperanza; a nuestro camino no nos puede faltar la seguridad de aquello en lo que creemos y que queremos proclamar; en nuestro camino no podemos perder nunca la paz. Por eso nuestro testimonio tiene que ser valiente, decidido. No nos podemos acobardar. No nos podemos dejar apabullar por los ruidos y los gritos que se puedan poner en contra queriendo silenciar nuestra palabra. ‘A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos’. Como nos decía san Pablo, y eso aumenta nuestra confianza, ‘la gracia de Dios se ha desbordado sobre nosotros’. 

sábado, 24 de junio de 2023

Una alegría y una esperanza porque con el nacimiento de Juan comienzan a abrirse en el horizonte los resplandores de un nuevo amanecer de salvación

 


Una alegría y una esperanza porque con el nacimiento de Juan comienzan a abrirse en el horizonte los resplandores de un nuevo amanecer de salvación

 Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

Siempre el nacimiento de un niño es un motivo grande de alegría; hasta en las familias más humildes brilla siempre como una nueva luz de esperanza el nacimiento de un niño. Es una nueva vida que comienza a palpitar y parece que todos en torno a recién nacido nos llenamos de sueños y de esperanzas. Esa semilla que ha germinado hará nacer y crecer una nueva planta, siempre soñamos con sus frutos, aparece la esperanza de algo nuevo en el corazón, se despiertas inquietudes, y parece que resucitan las iniciativas por la vida que estaban como dormidas; es un nuevo despertar de ilusión y de esperanza.

¿Qué va a ser de este niño? era una pregunta que como un eco iba rebotando por las montañas de Judea con el nacimiento de Juan. Si las gentes cuando supieron de la pronta maternidad de Isabel se alegraban porque el Señor había tenido gran misericordia con ella, ahora cuando Juan ya nacido y a causa de todas las extraordinarias que tras su nacimiento se iba sucediendo, surgía de nuevo la alegría y la esperanza en las montañas de Judea, pues en cuanto acontecía veían que la mano de Dios estaba con él.

Una alegría y una esperanza que tenía aires de profecía porque estaba señalando cómo Dios visitaba a su pueblo derramando su bendición y su misericordia, pero que ha seguido teniendo eco a través de todos los tiempos y aun entre nosotros celebramos con gran alegría el nacimiento de Juan, aunque a veces mantengamos ciertas connotaciones paganas en la manera de celebrar su fiesta. Pero esa profecía está queriendo decirnos y señalarnos hoy muchas cosas a quienes tenemos que ser en cierto modos profetas y precursores de la presencia del Mesías en nuestro mundo de hoy.

Juan venía con la misión de reunir a los hijos dispersos de Israel y por eso su presencia y su palabra en las orillas del Jordán y en el albores del desierto se convierte en signo profético en medio de un pueblo que había perdido las esperanzas y como diría Jesús más tarde andaban como ovejas descarriadas a las que les falta el pastor. Su presencia fue luminosa, su palabra era ardiente, su mensaje era riguroso y exigente porque abría a un mundo nuevo con nuevas actitudes y con nuevos fogonazos de luz.

Valiente para proclamar la verdad, valiente para señalar los caminos de rectitud que habríamos de recorrer, valiente porque su palabra no callaba frente a los poderosos y arriesgaba todo lo que fuera necesario, como valiente y arriesgada sería su propia vida, por proclamar la verdad y los caminos de rectitud que habríamos de recorrer.

Podría parecer duro el mensaje y duras las palabras que pronunciaba si no estábamos dispuestos a entrar por caminos de conversión, pero era la exigencia de la necesaria conversión porque muchos caminos habría que enderezar, muchos valles que allanar para preparar debidamente los nuevos caminos del Señor.

Y el mundo sigue necesitando hoy esos precursores y esos profetas que preparen caminos y corazones. El mundo que nos rodea sigue necesitando hoy que seamos esos precursores, esos profetas aunque parezca que el mundo no nos quiere escuchar. Necesita de nuestros gestos proféticos aunque nosotros sigamos pensando que nuestro trabajo sea inútil quizás porque no nos escuchan. El mundo si nos escuchará si ve que nuestra palabra es auténtica, que nuestros gestos son verdaderos signos, que hay valentía en nuestros corazones para seguir proclamando esa buena nueva de salvación. No nos escucha quizás porque nosotros seguimos queriendo nadar y guardar la ropa pero hay que arriesgarse, que la Palabra de la verdad será escuchada y tenida en cuenta.

Aquel niño pequeño que hoy vemos recién nacido en las montañas de Judea nos está señalando también a nosotros, aunque nos consideremos pequeños o tan pecadores como los demás, para que vayamos a dar ese testimonio, para que seamos esos precursores y esos profetas tan necesarios. No tengamos miedo de asumir nuestra misión. Es el mensaje que Juan Bautista hoy deja en nuestra manos, es la semilla de inquietud que siembra en nuestro corazón, es la osadía y valentía que hemos de tener quitando toda clase de miedos y cobardías para hacer ese nuevo anuncio de salvación.

viernes, 23 de junio de 2023

Nuestra riqueza no son las seguridades en que nos podamos apoyar, nuestro tesoro es el Señor que nos envuelve con su presencia y nos llena de una luz con sabores de eternidad

 


Nuestra riqueza no son las seguridades en que nos podamos apoyar, nuestro tesoro es el Señor que nos envuelve con su presencia y nos llena de una luz con sabores de eternidad

2Corintios 11,18.21b-30; Sal 33; Mateo 6,19-23

Hazte un seguro de vida porque no sabemos lo que el mañana nos deparará y mejor es tener asegurado algo, habremos escuchado más de una vez, habremos recibido visitas de corredores de seguros, o quizás nos lo hemos pensado en alguna ocasión. Buscamos seguridades, queremos tener asegurada una pensión para el futuro y que cubra todas nuestras necesidades. Así andamos en la vida, así nos manejamos, así necesitamos esas seguridades.

Pero de esto y de esta manera no es de lo que nos habla el evangelio. Asegurarnos un tesoro en el cielo… y quizás hemos ido acumulando rezos y penitencias, sumamos las veces que hemos ido a Misa, o las cofradías o hermandades a las que pertenecemos, como aquel que me decía un día que él había hecho los nueve primeros viernes muchas veces cuando chico, y que ahora ya lo tenía asegurado todo en referencia a la salvación, ahora, me decía, ya no necesitaba ir a Misa, que las llevaba por adelantado.

¿Es de eso de lo que nos está hablando Jesús hoy en el evangelio? Muchas veces cogemos sus palabras tan demasiado a lo textual que le queremos hacer decir lo que El no nos ha dicho. Ya sé que en varias ocasiones nos ha hablado de vender todo lo que tenemos para dar nuestro dinero a los pobres y así tengamos un tesoro en el cielo. Porque un día tuviste un pronto de generosidad y repartiste tus cosas con los necesitados, ¿ya lo tenemos todo hecho? ¿Cuál es realmente ese tesoro de nuestra vida? ¿Nos quedaremos en cosas que hagamos y cuyos méritos vamos acumulando?

Creo que Jesús nos quiere decir mucho más que todo eso, aunque nos parezca que haciendo esas cosas ya nos podemos quedar tranquilos, porque seguimos con nuestros parámetros y nuestras medidas humanas. Nuestro tesoro no son cosas acumuladas, nuestro verdadero tesoro es el Señor, la fe es la que nos hará descubrir esa verdadera riqueza de nuestra vida. Nuestro apoyo y nuestra fortaleza es el Señor, es su amor que cuando nos dejamos envolver y empapar por ese amor de Dios entonces nuestra vida sí estará llena de vida y de esplendor, es la gloria del Señor que envuelve nuestra vida.

Envueltos en esa gloria del Señor, inmersos en Dios y envueltos de su presencia nuestra vida se llenará de luz, porque se llenará del amor de Dios; nuestra mirada será luminosa para descubrir la belleza de esa vida misma que Dios nos ha regalado y que entonces viviremos con un sentido nuevo y distinto, pero para descubrir también el valor y la riqueza de cada persona, a quienes valoraremos de una manera especial, a quienes regalaremos nuestro amor.

Actitudes nuevas aparecen en nuestra vida, una responsabilidad grande sentimos que tenemos en nuestro propio vivir porque todo cuanto hagamos se llena de una trascendencia distinta, comienza a haber una nueva forma de relacionarnos los unos con los otros, un nuevo sentido de comunión se abrirá en nuestros corazones que se hacen generosos y desprendidos.

Vamos llenos de Dios y en ese Dios nos sentimos en comunión con los demás, ¿cómo podremos dejarlos en su sufrimiento, en sus carencias, en su propia debilidad? Todo tiene que ser distinto. Seremos capaces de despojarnos de nuestro yo egoísta y por eso surge aquello que nos dice Jesús que vendamos lo que tenemos para repartirlo con los pobres. No son las cosas que poseemos nuestra riqueza sino que nuestro verdadero tesoro será una vida llena de amor, llena de Dios.

jueves, 22 de junio de 2023

Una conversación de amor que nos hace disfrutar de la presencia de amor de Dios nuestro Padre, y nos llevará a una nueva sintonía de amor

 


Una conversación de amor que nos hace disfrutar de la presencia de amor de Dios nuestro Padre, y nos llevará a una nueva sintonía de amor

2Corintios 11,1-11; Sal 110; Mateo 6,7-15

Con humildad tenemos que comenzar pidiendo al Señor ‘enséñanos a orar’. No sabemos lo que pedimos, no sabemos lo que decimos, no sabemos como hacerlo. Rezamos, repetimos oraciones ya previamente formuladas, pero ¿llegamos a orar de verdad? ¿Llegamos a tener un auténtico encuentro con el Señor que nos ama porque es nuestro Padre?

En la vida nos quejamos de tantos formularios que tenemos que rellenar cuando queremos resolver cualquier asunto, cuando tenemos que acudir a la administración para solicitar algo que necesitamos, nos cansan los papeleos, nos gustaría que las cosas fueran más sencillas, añoramos quizás aquellos tiempos en que no existía tanta burocracia  y bastaba simplemente la palabra expresada con honradez y rectitud. Quizás desde unas exigencias legales, para darle una validez y permanencia a lo que tramitamos, ha surgido todo este entramado en que nos vemos envueltos en la sociedad hoy.

Lo digo como ejemplo de lo que quizás también hemos convertido nuestra relación con Dios. Nuestras celebraciones están ritualizadas, las palabras con que expresamos nuestras oraciones están previamente conformadas, y tenemos el peligro de que nuestra relación con Dios se nos quede ritualizada y nuestra oración sea solamente algo recitado y se nos puede quedar todo sin vida.

Confieso que siento pena en mi corazón cuando veo que quienes tienen que dirigir nuestra oración en la liturgia enseñándonos a orar, la manera de hacer las oraciones es simplemente como un recitado muchas veces sin calor ni sentido.  Son nuestras celebraciones que muchas veces van perdiendo vida, nos contentamos quizás con una presencia formal, pero tenemos el peligro de que falte una verdadera profundidad espiritual.

¿En que podemos terminar? Nuestra espiritualidad se hace superficial, nuestra fe se enfría y terminaremos perdiendo nuestra relacion con Dios. ¿Qué le ha pasado a tantos en nuestro entorno que hubo momentos que vimos con gran fervor pero que quizás ya lo han abandonado todo? Podemos terminar en que ya ni rezaremos, ni lleguemos a recitar aquellas oraciones aprendidas desde niños, pero que hoy se han quedado en un vacío en el corazón. Me preocupa ese enfriamiento espiritual que contemplamos en nuestras comunidades y parroquias, esa pendiente resbaladiza por la que podemos ir cayendo.

Necesitamos recuperar el verdadero sentido de nuestra oración. Escuchar de nuevo con los oídos del corazón bien abiertos lo que hoy nos enseña Jesús en el evangelio. No quiere Jesús simplemente enseñarnos una fórmula que repitamos sin más. Por eso nos dice de entrada que no son necesarias tantas palabras. Es una conversación de amor, y quienes se aman de verdad no necesitan decirse muchas cosas, pero sí necesitan sentir la presencia del uno junto al otro para alimentar ese amor y hacerlo crecer más y más. Habrá, es cierto, palabras, habrá gestos, habrá silencios, habrá momentos en que aprendamos a sentir el corazón, escuchar y cantar la sintonía del amor.

¿Qué nos está proponiendo Jesús con lo que hoy nos dice en el evangelio? Qué disfrutemos en esa presencia de amor del Padre. Y cuando disfrutamos de esa presencia va surgiendo la vida, va surgiendo dentro de nosotros todo eso que nos hace disfrutar de Dios porque es gozarnos también en el gozo de Dios.

Y surgirá todo eso que llamamos los valores del Reino de Dios, pero no nos quedemos en la palabra bonita, sino démonos cuenta cómo surgen en nosotros deseos de amor, y de paz, y de autenticidad en nuestra vida, y de búsqueda del bien y de lo bueno; vemos como van surgiendo esos deseos de sentirnos verdaderamente unidos, y nos comprenderemos, y nos perdonaremos, y evitaremos todo aquello que pueda mermar ese disfrute de Dios. Es lo que nos está señalando Jesús con esa propuesta que nos hace con ese estilo de oración, con esa conversación de amor que tiene que ser nuestra oración.

miércoles, 21 de junio de 2023

No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

 


No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18

Bueno, hay que decirlo así, a todos nos gusta una alabanza, una muestra de agradecimiento, que nos reconozcan lo que hemos hecho. Es muy humano. Podemos decir también que un reconocimiento puede ser un aliciente, un estímulo en esa lucha interior por salirnos de nosotros mismos para hacer algo distinto, para hacer algo que sea bueno también para los otros. Y realmente hemos de decir que no podemos quitar esos estímulos de la vida. Aunque sabemos que las cosas hay que hacerlas no por los reconocimientos que tengamos, sino desde nuestra responsabilidad, desde la humanidad que llevemos en el corazón.

Es cierto que demasiados hay en la vida que no saben actuar sino por el aplauso, por la plaquita que nos den o pongan en algún lugar con nuestro nombre. Forma parte, como decíamos, de nuestra condición humana, que halaguen nuestro yo. Pero ¿qué tiene que ser lo importante? ¿Nuestro amor propio o un amor autentico que nos lleve a darnos por los demás? Nos ponemos en plan de razonamientos y todos lo vemos muy claro, pero luego quizás será lo que hagamos en el día a día. Y bien sabemos de cuantos se suben con mucha ligereza al pedestal para recibir los aplausos.

Jesús hoy en el evangelio viene a prevenirnos y nos habla en tres situaciones muy concretas de la vida, la limosna, el ayuno y la oración, aunque por supuesto lo podemos ampliar a todos los aspectos de la vida. Quizás el evangelista nos ha recogido solamente estas situaciones por esa denuncia constante que Jesús hace en el evangelio de las actitudes y de las posturas de los fariseos. Porque los ejemplos que está poniendo Jesús para concretar esas situaciones bien retratan las costumbres de los fariseos acostumbrados a figurar y a que todo lo que hacían tuviera su resonancia para recibir las alabanzas de la gente.

Nos deja Jesús una sentencia muy sencilla y muy bonita. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha’. Es la ofrenda callada y anónima de aquella pobre viuda en el templo. Si hoy la conocemos es porque fue Jesús el que en ella se fijó y nos quiso dar una lección, pero la generosidad de aquella mujer había pasado desapercibida para todos. Es la tarea de nuestro amor, es el silencio de nuestra generosidad, es el corazón que calladamente se pone al lado del otro sin que nadie lo note, pero que va a levantar el animo de quien sufre en soledad, es ese gesto que pasará desapercibido para la mayoría de los presentes pero que lo sentirá en su corazón quien está buscando fuerzas para levantarse y en esa mirada silenciosa, en esa sonrisa que pasa desapercibida para los demás él escucha esa palabra que le da aliento y que le da fuerza.

Y nos hablará Jesús de cuales han de ser las actitudes y las posturas de nuestra relación con Dios, ya sea la oración, ya sean nuestros actos penitenciales. ‘Entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará’. Si nuestra oración no sale del corazón nunca llegará a Dios. No son las palabras repetidas en altavoz como una cantinela, mientras quizás nuestros pensamientos y nuestro corazón están muy lejos del lugar en que te encuentras, las que van a llegar al corazón de Dios. Decimos tantas veces que Dios no nos escucha, pero es que realmente nosotros hemos hablado con Dios, ¿nuestra oración ha sido realmente un encuentro vivo con el Dios que tanto nos ama?

Pero ya decíamos que estas pautas que hoy Jesús nos propone nos valen para todas las situaciones de nuestra vida. Es todo ese desarrollo de nuestra vida interior, como será el cumplimiento de nuestras responsabilidades personales, familias o en el ámbito de nuestra sociedad. ¿Por qué hacemos las cosas? ¿Solamente buscamos una recompensa o una compensación? ¿Habrá algo profundo dentro de nosotros mismos que sea lo que nos mueva a darle toda esa intensidad a nuestra vida?

 

martes, 20 de junio de 2023

Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción

 


Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción

2Corintios  7, 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48

Hemos de reconocer que mientras no nos molesten en la vida somos pacíficos; nos gusta llevarnos bien con la familia, con los vecinos, y con la gente que nos encontramos por la calle normalmente somos corteses y educados. Está bien, pero, como decíamos, mientras no nos molesten.

Si un día alguien nos contrarió en algo, si sabemos que tiene ideas distintas a las nuestras – y no digamos nada cuando nos metemos con la política o los políticos -, si alguien en un momento determinado hizo algo que nosotros pudiéramos considerar ofensivo, entonces las cosas cambian, nos dejamos de hablar, comenzamos a mirarnos de lado,  ya en todo lo que hace siempre encontraremos un defecto, una maldad o malicia que muchas veces más que nada es la que nosotros tenemos, ya no somos tan amigables ni corteses. Es nuestra realidad de cada día, lo que nos vamos encontrando, pero lo que vamos haciendo también. Ya parece que todos nos son tan buenos.

Y decimos que vivimos en un ambiente de cristianos, si nos preguntan o nos quieren echar en cada, ya estaremos diciendo que somos cristianos de toda la vida y ponemos mil razonamientos o justificaciones más. Pero realmente, seamos sinceros, ¿dónde están los valores del evangelio? ¿Cuáles son nuestros criterios para actuar según el espíritu y el sentido del evangelio? ¿Habremos dado el paso adelante que nos pide Jesús? ¿Qué es lo que de verdad nos define como cristianos?

Es lo que Jesús nos va desgranando en el sermón de la montaña. Y nos habla de la acogida mutua que siempre hemos de ejercer, sea quien sea; para un cristiano no pueden haber enemigos, un cristiano siempre ha de tener la mirada limpia y luminosa para ser capaz de ver en el otro un hermano, un cristiano siempre tiene el corazón abierto a la comprensión y al perdón, un cristiano si algo tiene que destacar es en la capacidad de amar.

Y es que nos decimos cristianos cuando hemos optado por Jesús, cuando somos capaces de poner como criterios de nuestra vida los criterios de Jesús. Y lo primero que nos dice Jesús es que Dios nos ama y es nuestro Padre; en consecuencia de Dios para abajo todos somos hermanos, y los hermanos se aman y se perdonan, los hermanos, porque nos conocemos y nos amamos, comprendemos las limitaciones de los demás como reconocemos también las propias y lo que vamos a hacer es ayudarnos mutuamente para superar esas limitaciones sin tener en cuenta los roces que se hayan producido entre nosotros. El otro no es un adversario sino un hermano.

Y nos habla Jesús del Padre bueno que hace salir el sol sobre todos, sean malos o sean buenos. Y nos habla Jesús que no solo haremos el bien a aquel que ya ha sido bueno con nosotros, porque eso lo puede hacer cualquiera aunque no se llame cristiano, sino que con todos vamos a tener un corazón generoso capaz de darse sin esperar compensación, y compartiendo también con aquel que quizá nunca tuvo un gesto bondadoso conmigo.

Si ayudamos solo a los que nos ayudan, ¿qué mérito tenemos? Si saludamos solo a los que nos saludan, ¿qué es lo que estamos haciendo de extraordinario? Por eso nos dice Jesús que incluso recemos por aquellos que nos hayan ofendido. Una diferencia tiene que haber en nuestra vida.

Y nos dice Jesús que cuando actuemos así es cuando en verdad nos estamos manifestando como hijos del Padre celestial. Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción. Es más nos dice que en esto tenemos que ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. El amor ha de ser el primer brillo y resplandor de nuestra santidad.

 

lunes, 19 de junio de 2023

Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto, entrar en la sintonía del amor que acalla y apaga todo deseo de venganza

 


Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto, entrar en la sintonía del amor que acalla y apaga todo deseo de venganza

2Corintios 6, 1-10; Sal 97;  Mateo 5, 38-42

Algunos incluso se lo toman a broma, como si las palabras de Jesús fueran dichas de una manera superficial. Las palabras de Jesús encierran siempre un gran contenido y aunque nos parezcan simples imágenes como si fueran puestas de una forma retórica casi como si fueran un adorno, el sentido de las palabras de Jesús siempre tienen una gran hondura y ojalá fuéramos valientes para aceptarlas y convertirlas en verdadera pauta de nuestra vida.

Es aquello de poner la otra mejilla, como su eso fuera una cobardía porque nos dejaríamos violentar antes que nosotros caer en esa misma violencia. Y ya sabemos muy bien que si no ponemos freno, y una imagen de ello es el poner la otra mejilla cuando nos han agraviado, la violencia seguirá engendrando más violencia, convirtiéndose en una espiral difícil de detener cuando comienza a girar porque cada vez adquirirá más velocidad, más intensidad.

En una palabra nos viene a decir Jesús, ‘no hagáis frente al que os agravia’. Ese ser capaces de poner freno cuando la violencia comienza a crecer será algo que desestabiliza al que viene a nosotros con violencia, porque lo que espera es nuestra respuesta, para sentirse fuerte y con más razones para seguir con su violencia. Pero es algo que nos cuesta mucho entender. Nos es más fácil entender que quien ha sido agraviado u ofendido responda buscando una compensación, que podemos darle el nombre que queramos, pero que a la larga es una venganza. El amor propio herido, el orgullo que ha sido machacado con esa violencia con que han actuado contra nosotros, grita muy fuerte dentro de nosotros clamando venganza.

Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto; nos es difícil porque todo canta a nuestro lado en contra nuestra, en contra de esos principios y valores que nos ofrece Jesús en el Evangelio. Y es ahí donde tenemos que mostrar la diferencia, presentarnos como una imagen de que es posible algo distinto, que es posible un mundo sin violencia. Es el mundo que quiere construir Jesús para nosotros cuando nos habla del Reino de Dios. No es fácil, es cierto.

Como base de todo Jesús ha puesto en nosotros el amor. Y el va por delante en esa muestra de amor, porque lo primero es el reconocimiento del amor que El nos tiene, y que es con lo que nosotros tenemos que responder. Jesús nos enseña a ser hermanos, porque somos todos hijos del mismo Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos, como ya nos ha dicho en otro momento del evangelio. Y los hermanos que se aman, se comprenden y se ayudan, los hermanos que se aman son capaces de perdonarse no siete veces sino setenta veces siete porque lo que tiene que estar predominando siempre es el amor. Si alguien ha roto ese lazo del amor, no vamos nosotros a seguir haciendo leña del árbol caído, sino que tenemos que reconstruir, restaurar, rehacer ese lazo del amor.

Es lo que nos está pidiendo Jesús, cuando nos dice que no hagamos frente al que nos agravia. Es el camino que tenemos que saber emprender. No es una broma lo de poner la otra mejilla, es una actitud profunda que hemos de tener en la vida.

domingo, 18 de junio de 2023

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, regalemos amor, que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo

 


‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, regalemos amor, que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo

Éxodo 19, 2-6ª; Sal 99; Romanos 5, 6 11; Mateo 9, 36-10, 8

Tengo un amigo que siempre me dice que no le gustan las aglomeraciones, donde hay mucha gente, los apretujones, el no poderse mover a su aire, no se explica bien el porqué huye de esas aglomeraciones, pero en cierto modo se entiende, en medio de una masa uno se siente un desconocido, aunque rodeado de mucha gente se siente aislado, no te sientes conocido, de alguna manera ignorado porque solo eres uno más en medio de esa masa.

Algunas veces cuando voy en un medio de transporte, en medio de toda aquella gente que allí vamos como muy unidos, porque el espacio es reducido, sin embargo eres un desconocido; qué sabes de esas personas que van a tu lado, que están contigo en una cola, por ejemplo, y qué saben de ti; de alguna manera nos ignoramos los unos a los otros, porque cada uno va a lo suyo; hoy vamos enfrascados en nuestros móviles cada uno pendiente de la conversación que mantiene con alguien que está al otro lado del mundo, pero no se ha fijado en quien tiene a su lado. Cuando ves a alguien que se sonríe, o intenta tener un detalle contigo para cederte el paso o darte un lugar para sentarte, parece que ves la luz, algo nuevo comienza a brillar.

Hoy nos dice el evangelio que Jesús se encontró con una muchedumbre que le esperaba y sintió lástima de ellos, ‘porque andaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y les dice a los discípulos que la mies es mucha, pero que los obreros son pocos, que rueguen al Señor de la mies para que envíe trabajadores para su mies.

Pero aquí viene el detalle de Jesús, llamó a doce, a cada uno por su nombre, ‘y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia’. Y les dio instrucciones y los envió a anunciar el Reino, pero los envió a curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos, echar demonios. Son doce a los que envía, y los envía para que vayan teniendo un contacto directo con aquellos que están llenos de sufrimientos; se acercarán a la persona que está enferma para curarla, limpiarán a aquel en concreto que está leproso, liberarán en concreto del mal a quien está poseído por el maligno. Han de ir al encuentro con la persona, allí donde hay dolor y sufrimiento.

Nos rodea, sí, una muchedumbre desconcertada, desorientada. Miramos nuestro mundo y vemos la inmensidad de trabajo que nos espera si en verdad queremos coger el guante que nos lanza Jesús para que vayamos a realizar su obra. Miro en mi entorno y de me doy cuenta de cuanta indiferencia en tantas aspectos de la vida nos envuelve. Nos hemos convertido en seres anónimos, sin nombre.

¿No nos sucede que algunas veces no sabemos el nombre de quien vive en nuestro mismo edificio, o quien vive cuatro casas más allá en nuestra misma calle? Vamos a lo nuestro, nuestros problemas, nuestras luchas, nuestras cosas, a lo más ese círculo de personas, que no siempre amigos, que están cerca de nosotros quizá por razón de trabajo, pero que cada uno se las apañe como pueda. Como mencionábamos antes por las redes sociales estamos más atentos a quien vive en otro continente, que de la persona que va con nosotros en el mismo transporte publico.

¿Tendremos que curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos? Empecemos por dejarnos curar nosotros mismos, queriendo escuchar esa llamada que por nuestro nombre nos está haciendo el Señor. Despojémonos de esos lienzos de individualismo que tantas veces nos envuelven para poder caminar liberados de ataduras y prejuicios al encuentro de esa persona que tenemos ahí muy cerca, pero que tantas veces pasamos a su lado ignorándolo. Esos son los milagros que nos pide el Señor.

Vayamos con ese bálsamo de la escucha, con esa luz de una sonrisa, con esa mirada a los ojos para que el otro vea que tú le interesas. Cuantas señales podemos dar de esa cercanía del Reino de Dios con nuestra cercanía, con nuestro cederle el paso o darle un asiento en el transporte, con tantos gestos de humanidad que tenemos que comenzar a dar si no queremos que cada vez se haga más inhumano nuestro mundo. No es cuestión de gritar derechos, que eso es muy fácil hacerlo enardecidos por una manifestación, sino sepamos darle esos derechos a la persona cuando nos interesamos por ella, cuando estamos a su lado, cuando ponemos el aire fresco de una sonrisa a nuestro paso por la calle en medio de tantos que caminan indiferentes.

Gratis habéis recibido, dad gratis’, termina diciéndonos hoy Jesús. Regalemos amor. Que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo.