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domingo, 20 de enero de 2013


Habrá un vino nuevo y mejor anticipo del banquete del Reino

Is. 62, 1-5; Sal. 95; 1Cor. 12, 4-11; Jn. 2, 1-11
‘Así en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en El’. Es el primer milagro que nos dice Juan que realizó Jesús. Lo llama signo. Efectivamente, un signo de la gloria de Dios que se manifestaba; un signo que despertó la fe de sus discípulos, aquel pequeño grupo que ya comenzaba a seguirle; un signo con el que nos habla, más allá del milagro de convertir el agua en vino en aquella boda de Caná de Galilea, de lo que realmente significaba la presencia de Jesús, la vida nueva que Jesús nos viene a ofrecer, y con la que nos quiere alimentar.
Este texto del evangelio nos sirve en muchas ocasiones, en las celebraciones del matrimonio, para reflexionar sobre el sentido del sacramento del matrimonio con la presencia de Jesús en aquella boda de Caná y en el signo nuevo de la gracia, del amor nuevo que Cristo construye en la vida de los esposos con el sacramento. Pero no podemos reducir el mensaje de este evangelio a solo ese aspecto, aunque ya es, por supuesto, de una riqueza inmensa.
Nos habla el evangelio, es cierto, de una fiesta de bodas en la que además están invitados María y Jesús con sus discípulos. Una fiesta en la que los ojos atentos de María - cómo saben las madres estar siempre atentas, siempre con los ojos abiertos para cualquier detalle - se dan cuenta de que no hay vino. Ya hemos escuchado la súplica, el diálogo con Jesús, pero también el consejo a los sirvientes: ‘haced lo que El os diga’.
Habrá un vino nuevo y mejor. En el relato del evangelio contemplamos cómo Jesús realiza el milagro de darnos ese vino nuevo convirtiendo el agua en vino. Una imagen y un signo de lo que Jesús realiza en nosotros con su salvación. Con Jesús todo será nuevo. Con Jesús podemos alcanzar la mayor plenitud. Este signo, aquí casi en el principio del evangelio, donde los otros evangelistas nos ponen la predicación de Jesús invitando a creer en el Evangelio y convertir el corazón a Dios porque llega, está cerca, el Reino de Dios, viene como a expresarnos ese paso del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento, de la Antigua Alianza a la Nueva Alianza.
Ya en los sinópticos, en el sermón del monte de Mateo, nos dirá Jesús que no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a dar plenitud. Es lo que de alguna forma nos está indicando también este texto del evangelio con ese vino nuevo y mejor que ofrece Jesús en las bodas de Caná.
Si un buen vino en una boda facilita la alegría y la convivencia, el encuentro y la fiesta de lo que es una comida, ahora cuando en este signo se nos ofrece este vino mejor nos está diciendo el evangelio que con Jesús habremos de caminar por un sentido nuevo de la vida donde para siempre la construyamos en la armonía y desde el amor, donde siempre tiene que haber paz y una autentica fraternidad, donde todos nos vamos a querer de verdad para hacernos felices los unos a los otros y lograr una auténtica comunión. No olvidemos que el mandato, el único mandato que nos dejará Jesús será el del amor.
A lo largo del evangelio veremos repetidas veces que cuando Jesús nos habla del Reino de Dios nos dirá en las parábolas que es como un banquete de bodas al que todos estamos invitados. Hoy, aunque esto no sea una parábola, nos sentimos nosotros invitados a la plenitud de ese banquete de bodas que es el estilo con que Jesús quiere que vivamos nuestra vida. Un sentido de fiesta y de alegría como tiene siempre un banquete de bodas; un sentido de hermandad, de amistad, de cercanía, de compartir y convivir como se siente siempre entre todos los que participan en una misma comida. Es el estilo del Reino de Dios al que Jesús nos llama y que viene a instaurar.
Y es que estando Jesús con nosotros de ninguna manera nos sentiremos abandonados ni solos. En El encontramos nuestra alegría y nuestra fuerza. Son bellas las imágenes que nos ofrece el profeta Isaías en la primera lectura. Nos habla de ese amor de Dios que nunca nos falla, que siempre está con nosotros, es más, se goza con nosotros. Nos llama el Señor con un nombre nuevo y empleando las imágenes de lo que era habitual en las bodas en que la novia era engalanada con coronas y diademas, así nos dice como el Señor nos vestirá con un vestido nuevo y se alegra en nosotros porque nos prefiere y nos pone el ejemplo e imagen ‘como un joven se casa con su novia, la alegría que encuentra el marido con su esposa la encontrará tu Dios contigo’.
Es la vestidura nueva de la gracia. Recordemos que en el Bautismo fuimos revestidos de una vestidura nueva para significarlo invitándonos a salir al encuentro del Señor con esas vestiduras blancas. Vestiduras blanqueadas y purificadas en la Sangre del Cordero como nos dice el libro del Apocalipsis con las que mereceremos entrar a cantar la gloria del Señor en cielo para siempre.
Como le escuchado decir a alguien ‘no nos ama el Señor porque seamos hermosos, sino que su amor nos colma de hermosura’. Y podemos recordar lo que nos dice el evangelio ‘tanto amó Dios al mundo…’ y nos ama aunque seamos pecadores; nos ama y su amor nos baña y purifica, nos embellece y nos recrea, nos hace hombres nuevos. Nos ama porque El es amor y, como diría alguien, no sabe hacer otra cosa. Y nos ama para curarnos, para elevarnos hasta El.
Este vino nuevo que se  nos ofrece en este banquete de bodas es también como tipo y signo del vino nuevo del Banquete del Reino de Dios que Cristo nos ofrece cuando en la Eucaristía nos invita a comer su Cuerpo y a beber su Sangre. ‘Tomad y comed, nos dice, tomad y bebed esta copa es la Sangre de la Alianza nueva y eterna, derramada para el perdón de los pecados’.
En la Eucaristía la conversión, el milagro es más significativo y radical. En la Eucaristía el vino se convierte en la Sangre de Cristo. Sangre de la vida y del amor más grande; es el amor del que da su vida por aquellos a los que ama. Es un banquete al que Dios nos invita y en el que podemos llegar a comer y a beber a Dios. Un banquete que anuncia y anticipa el banquete misterioso del Reino. Por eso, Cristo quiere ser nuestro alimento y nuestra bebida, porque quiere ser nuestra vida, porque comiendo su Cuerpo y bebiendo su Sangre tendremos vida en nosotros, se nos da en prenda la vida futura, la vida que dura para siempre.
‘Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en El’. Es grande el signo que estamos contemplando. Es hermosa la vida nueva, la vida de plenitud a la que Cristo  nos llama y nos invita. Es maravilloso el sentido nuevo que en Cristo encontramos para todas las cosas. Grande es la gloria del Señor que se nos manifiesta. Intensa tiene que ser la fe que se despierte en nuestro corazón y con la que queremos responder a tan hermosa invitación de amor que nos hace.

sábado, 19 de enero de 2013


¿A quiénes llama Jesús? ¿con quién quiere contar?

Hebreos, 4, 12-16; Sal. 18; Mc. 2, 13-17
‘Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. Se levantó y lo siguió’.  ¿A quiénes llama Jesús? ¿con quién quiere contar?
En nuestras miras humanas nos podría parecer que, dado que Jesús venía con una misión importante que de alguna forma tendría que revolucionar el mundo, habría de escoger a personas influyentes, que fueran bien considerados y bien mirados por todos, con una sabiduría o unos conocimientos especiales y con cualidades que los tendrían que hacer distintos para ser capaces de liderar la obra que se les iba a confiar.
Pero ya vemos que las miras de Jesús son bien distintas. Hasta ahora hemos visto que llama a unos sencillos pescadores de Galilea cuya única sabiduría era la de saber echar las redes por donde hubiera peces para pescar y no siempre acertarían. Ahora, ¿a quien vemos que llama a seguirle para formar parte del grupo de los doce? A alguien que no era bien mirado por los judíos porque era un recaudador de impuestos, que ya de por sí tenían mala fama y a los que incluso se les llama publicanos y pecadores. Pero es la forma de mirar Jesús, es su forma de actuar. ‘Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo; Sígueme’.
Pero ¿quién ha tenido la prontitud de respuesta y la generosidad y disponibilidad para seguir su llamada como la de los pescadores de Galilea un día y hoy la disponibilidad y generosidad de Leví? Los pescadores dejaron su barca, sus redes para seguir a Jesús como pescadores de hombres. Ahora Leví se levantará con prontitud del mostrador de los impuestos para seguir a Jesús. Incluso invitará a su casa a Jesús y lo sentará a su mesa. Tampoco va a ser bien mirado por los escribas y fariseos porque en la misma mesa se han sentado un grupo de recaudadores y otra gente de mala fama con Jesús y sus discípulos.
Allá está la reacción de los fariseos que les dicen a los discípulos: ‘¡De modo que come con publicanos y pecadores!’ Pero Jesús está al tanto. ‘No necesitan médico los sanos sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’, les dice.
Jesús no hace discriminación con nadie porque con El llega la salvación para todos los hombres. Quiere que todos los hombres se salven y para todos es su luz salvadora. No quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y salve. Y serán los pequeños y los pecadores los que estarán más prontos a escuchar su voz y seguirle, porque serán los que se sientan iluminados de verdad por su luz. El que se cree justo y santo ya se cree seguro con su luz y no será capaz de descubrir al que es la verdadera luz.
Cuántas veces nos encontramos a tantos en nuestro paso por los caminos de la vida que se sienten muy seguros en sí mismos, que se cierran a toda trascendencia y espiritualidad, que viven su vida a su manera pensando que ya se lo saben todo y nadie tiene que enseñarles nada. Qué difícil les es abrirse al misterio de Dios, abrirse al don de la fe. Creen no necesitar ya nada que pueda darle un sentido a sus vidas.
Por eso nos dirá en otro lugar que no son los sabios y los entendidos, los que se creen sabios y entendidos, a los que se revelará el Padre del cielo, sino a los pequeños y a los humildes, porque serán los que tendrán el corazón más abierto a su luz y a su verdad. Es el espíritu humilde y confiado con que nosotros tenemos que acercarnos a Dios. Seremos pequeños o quizá poca cosa, pero de una cosa estamos seguros y es que Dios nos ama tal como somos, incluso aunque seamos pecadores.
Abramos nuestro corazón a Dios y disfrutemos de su amor. Abramos el corazón a Dios y seamos capaces de escuchar la llamada de amor que nos está haciendo, porque el Señor también quiere contar con nosotros.

viernes, 18 de enero de 2013


¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?

Hebreos, 4, 1-5. 11; Sal. 77; Mc. 2, 1-12
‘¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’ Hemos de reconocer que tienen razón en la pregunta, aunque sabemos bien por qué es el planteamiento por el que se la hacen. Pero hemos de reconocer también que es una pregunta y un planteamiento que se siguen haciendo muchos a nuestro alrededor, incluso llevando el nombre de cristianos. ¿Por qué se dicen muchos tengo que acudir al sacerdote y al sacramento para pedirle perdón a Dios por mis pecados y recibir el perdón? Como dicen algunos, yo me confieso solo con Dios.
La pregunta surgió en la ocasión que nos narra el evangelio porque habían venido unos que traían en una camilla a un paralítico para que Jesús lo curara. ‘No quedaba sitio ni a la puerta… y como no podían meterlo, nos dice el evangelista, levantaron una tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico a los pies de Jesús’. Y ya escuchamos; Jesús en lugar de curarlo, que era lo que todos esperaban, ‘le dijo al paralítico: tus pecados quedan perdonados’.
Surge el estupor y los interrogantes, las acusaciones de blasfemia y el escándalo por parte de los escribas que estaban allí sentados observándolo todo. Siempre observando desde la distancia, como tantos, no porque se quiera aprender sino para ver donde podemos coger a quien nos ofrece cosas nuevas. ‘¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’
Como decíamos al principio, es cierto, solo Dios es el que puede perdonarnos los pecados. Pero, ¿quién es el que está allí sentado, enseñándoles y a quien han venido para que cure a aquel paralítico y lo levante de la camilla? Jesús está viendo su corazón y cuales son sus murmuraciones y críticas. ‘¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil - de quién es el poder para realizar el milagro - decirle al paralítico ‘tus pecados quedan perdonados, o decirle levántate, coge tu camilla y echa a andar?’ ¿Quién es el que tiene poder para dar la salud y para dar la vida? ¿Acaso eso lo puede hacer un hombre por su propio poder?
Sí, allí está quien tiene poder para perdonar los pecados como para dar la vida y la salud. Es necesario abrir los ojos de la fe; es necesario quitar toda malicia del corazón que nos oscurece los ojos; es necesario abrirnos al misterio salvador de Dios; es necesario dejarse envolver por esa nube de amor divino que nos llega con Jesús.
Sí, ahí sigue estando Jesús para regalarnos ese perdón de Dios, que para eso ha derramado su Sangre salvadora por nosotros y quiere hacernos partícipes del misterio pascual a través del misterio y ministerio de la Iglesia. ‘Hacedlo en memoria mía’, les dio poder a los apóstoles para que pudiéramos seguir celebrando el misterio pascual de su muerte y resurrección en los sacramentos. ‘A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados’,  nos dice y nos regala el don del Espíritu. ‘Recibid el Espíritu Santo’, les dijo a los apóstoles en la tarde de la resurrección cuando se les aparece en el Cenáculo y con la fuerza del Espíritu podremos seguir celebrando el misterio de Cristo, podemos seguir haciéndonos partícipes de toda esa gracia salvadora que El tiene para nosotros.
En el ministerio de la Iglesia, por las manos de aquellos que fueron ungidos con el Espíritu Santo para ser pastores en nombre de Jesús en medio de la Iglesia, seguimos recibiendo ese perdón que Dios nos regala. Porque, hemos de tenerlo muy claro, es un regalo que nos hace Dios no porque nosotros lo merezcamos, sino porque así de grande e infinito es el amor que nos tiene. ¿Son unos hombres los que nos perdonan? No, es Cristo mismo el que nos perdona. Allí está el sacerdote en el sacramento en el nombre de Dios, con el poder de Cristo por la unción del Espíritu, para traernos la gracia salvadora del Señor.
Acudamos a Jesús con la parálisis y la muerte de nuestro pecado. Saltemos por encima de todas las barreras de nuestras dudas y prejuicios para llegar hasta los pies de Jesús. Allí siempre nos vamos a encontrar el amor, la acogida, el perdón, la gracia redentora. Vayamos con humildad, pero pongamos también mucho amor, como sucedería con la mujer pecadora, que aunque tenía muchos pecados, ponía también mucho amor.

jueves, 17 de enero de 2013


Reconozcamos con toda sinceridad que no estamos limpios

Hebreos, 3, 7-14; Sal. 94; Mc. 1, 40-45
La vida y la situación en la que estaban en la antigüedad los leprosos, como todos sabemos, era muy dura y difícil, aunque quizá tengamos que reconocer que esa discriminación ha llegado casi hasta nuestros días en el caso de la lepra, pero sigue siendo actual en otros muchos casos de discriminación y marginación. El leproso era un maldito, se le consideraba un ser impuro e inmundo, no podía convivir con el resto de personas ni siquiera de su familia, teniendo que vivir aislado de todo y de todos. Incluso si alguien se acercaba a él, tenía que gritarle que era un ser impuro para que nadie llegase a su cercanía.
Por eso nos resulta sorprendente el hecho de que este leproso llegara incluso a los pies de Jesús. Sorprendente pero al mismo tiempo admirable por su valentía y por su humildad. No esconde su mal, lo reconoce, pero tiene la confianza de que Jesús puede curarle. ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Y ya hemos escuchado en el relato del evangelio lo que sucedió. Jesús lo cura, tocándolo incluso - qué calor humano sentiría aquel hombre al ver que incluso Jesús extendía su mano para curarle - y le manda que vaya a cumplir con lo prescrito por la ley para que se reconociese su curación y pudiera volver al seno de la comunidad y estar con los suyos.
Ya en esto que estamos comentando hay muchas cosas admirables. Y admirable es por parte de Jesús esa cercanía y esa curación, queriendo expresar también hasta donde llegaba el amor de Dios que habitualmente en aquella situación no era ejemplarizada por los hombres. Allí esta Jesús con el amor infinito de Dios. Allí está Jesús con su salvación y con su salud. Aquel hombre saldrá hecho un hombre nuevo de la presencia de Jesús.
Pero vamos a hacer una lectura para nuestra vida desde la postura valiente y humilde de aquel leproso que se acerca a Jesús. Ya lo hemos destacado, su valentía y su humildad. Podemos poner ambos valores y actitudes en un mismo bloque. Porque la valentía no fue solo atreverse a saltar todas las normas movido por su fe para acercarse a Jesús, sino que valentía hemos de ver también en la humildad de reconocer su situación.
Nos cuesta reconocer nuestras miserias y debilidades. Queremos quizá en la vida presentar una imagen muy resplandeciente de nosotros mismos aún cuando sabemos en nuestro interior que no es oro todo lo que brilla en nuestra vida, porque estamos muy llenos de miserias y oscuridades. El orgullo en ocasiones nos lo impide reconocer incluso ante nosotros mismos, no solo ante los demás, Nos queremos creer buenos, íntegros, santos, perfectos y nos puede no solo el orgullo sino la vanidad. Reconozcamos que incluso cuando vamos a confesar nuestros pecados muchas veces vamos mirando a ver cómo lo digo para que no parezca tan terrible y no se estropee la imagen que puedan tener de mí.
Hemos de comenzar por reconocer esa necesidad de salvación que todos tenemos, porque siempre somos pecadores. Seamos capaces de mirarnos a la cara a nosotros mismos para ver nuestros defectos, nuestros fallos, nuestras debilidades. Mientras no reconozcamos de verdad que no estamos del todo limpios porque hay miseria de pecado en nosotros no estaremos en auténtica disposición para recibir la gracia salvadora del Señor.
A lo más, en ocasiones, somos capaces de reconocer o decir que somos pecadores, pero de una forma ritual, mecánica en ocasiones, pero no llegamos a poner toda la sinceridad de nuestra vida. Que ese acto penitencial de reconocimiento de que somos pecadores con que siempre comenzamos nuestras celebraciones, en especial la celebración de la Eucaristía,  no sea algo mecánico meramente formal, sino que en ese momento con toda sinceridad reconozcamos que somos pecadores necesitados de la salvación y por eso venimos al encuentro con el Señor. Si lo hacemos así seguro que nuestra celebración no será una cosa rutinaria sino algo vivo, porque en verdad estaremos viviendo un encuentro de gracia con el Señor que viene a nosotros con su salvación.
Quiero, queda limpio’, le dijo Jesús y nos quiere decir a nosotros también.

miércoles, 16 de enero de 2013


Vámonos a otra parte para predicar también allí que para eso he venido

Hebreos, 2.14-18; Sal. 104; Mc. 1, 29-39
‘Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido’. Fue la respuesta de Jesús cuando le buscan en aquel amanecer. La tarde anterior mucha gente se había arremolinado ante la puerta cuando corrió la noticia de Jesús. Le traían muchos enfermos acosados de muchos males y a todos curó. Pero en la madrugada se fue al descampado a solas para orar. Allí le encuentran, porque ya muy de mañana hay mucha gente que le busca.
Sucedió entonces como sigue sucediendo hoy. Cuando acontecen cosas extraordinarias, cuando vemos cosas milagrosas allí acudimos en masa. Todos queremos ver; todos queremos saber; todos queremos sentirnos beneficiarios de esas cosas maravillosas. Entonces, como ahora también, muchas veces parece como que toda nuestra religiosidad y nuestra vida cristiana está solo fundamentada en milagros o cosas extraordinarias y si no hay esas cosas extraordinarias parece que se nos acaba la fe.
¿A qué ha venido a Jesús? ¿Qué es lo que realmente El quiere ofrecernos? ¿Solo milagros o cosas extraordinarias? Fijémonos bien en el evangelio. Hoy nos ayuda a reflexionar. Ha comenzado Jesús anunciando el Reino de Dios. Su principal misión es esa predicación para que en verdad nos convirtamos al Señor. Los milagros que realiza con signos que nos vienen a corroborar ese mensaje y a manifestarnos, es cierto, la grandeza y la maravilla del amor del Señor que quiere liberarnos de todo mal.
Pero ¿cuál fue su primer mensaje? Se acerca el Reino de Dios porque ya se ha cumplido el tiempo y hemos de convertir nuestro corazón al Señor poniendo toda nuestra fe en El. ‘Convertios y creed en la Buena Noticia’. Ahora, cuando le buscan porque han visto milagros, nos dirá que hay que ir a otro sitio porque tiene que predicar en otras partes ‘que para eso he venido’.
Es la Palabra que nos anuncia el Reino de Dios; es la Palabra que quiere llenarnos de vida nueva transformando nuestro corazón para que nunca más el mal domine en él; es la Palabra que suscita esperanza en nuestro corazón y nos enseñará a caminar caminos nuevos de más amor y de más justicia; es la Palabra que nos vivifica y nos salva, nos hace conocer a Dios y nos ayuda a comprender el verdadero sentido del hombre; es la Palabra que nos abre los ojos para que descubramos los valores nuevos por los que hemos de luchar y esforzarnos; es la Palabra que pondrá actitudes nuevas en nuestro corazón para que comencemos a amar con nuevo amor a los que están a nuestro lado y logremos caminos de entendimiento, de armonía, de paz, de buena convivencia, de alegría de la verdadera que nace de un corazón bueno y puro.
Es la Palabra que tenemos que escuchar y dejar que penetre hondo en nuestro corazón haciendo que nuestra vida sea tierra que haga fructificar esa semilla al ciento por uno. Jesús quiere enseñarnos y nosotros hemos de escucharlo con amor, con disponibilidad en el corazón para dejarnos transformar por la fuerza de su Espíritu. No siempre es fácil. Muchas veces buscamos más ese milagro fácil que nos soluciones nuestros problemas o nuestras necesidades antes que escuchar con atención sobre todo cuando esa Palabra que escuchamos nos va a pedir un cambio de vida, un cambio de actitudes, un cambio de comportamiento. Cuánto nos cuesta todo eso, pero es el camino que hemos de hacer.
Hoy Jesús con su ejemplo también nos está enseñando donde y cómo encontrar la fuerza para todo ello. El se fue de madrugada al descampado para orar. Sepamos retirarnos allá al interior de nuestra vida, haciendo silencio en nuestra alma, para orar al Señor, para escuchar al Señor. Estos días me encontré con esta frase como os ofrezco como resumen de lo ultimo que hemos dicho: ‘La oración es la llave que abre todas las puertas’.

martes, 15 de enero de 2013


Jesús se manifiesta como quien nos trae la salvación liberándonos del mal

Hebreos, 2, 5-12; Sal. 8; Mc. 1, 21-28
Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen’. Es la admiración que sienten las gentes de Cafarnaún por la presencia de Jesús en medio de ellos.
Jesús anuncia el Reino de Dios. Comenzaba invitando a la conversión y creer en la Buena Noticia que llegaba a ellos. Y la Buena Noticia, el Evangelio, está en la presencia de Jesús con su predicación y con sus obras. Era necesario creer en El. Lo que está anunciando lo está realizando al mismo tiempo. Es lo que vemos a lo largo de todo el evangelio: Jesús enseñando a las gentes y manifestando ese poder de Dios con las obras que realiza, con los milagros que son signos de esa liberación del mal.
Anunciar el Reino de Dios significa que hemos de reconocer y hemos de tener a Dios como el único Señor de nuestra vida. Jesús nos irá explicando luego con su predicación día a día todo lo que implica este reconocimiento del Reino de Dios, este reconocer que Dios es nuestro único Señor, pero al mismo tiempo ha de ir venciendo a quien se opone a ese reinado de Dios. Son los signos y señales que Jesús realiza; se manifiesta esto en el poder divino con el que El va realizando los milagros. Es una señal de ese Señorío único de Dios que ha de manifestarse en toda nuestra vida.
Jesús ha ido el sábado a la sinagoga de Cafarnaún a enseñar. Hoy no nos dice el evangelista en qué consistió su predicación pero podemos deducir fácilmente porque estamos en los primeros versículos del evangelio de Marcos que su predicación era el anuncio del Reino de Dios que llegaba que en versículos anteriores ya nos ha manifestado (lo escuchábamos ayer).
‘Se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados sino con autoridad’, nos dice el evangelista. No hablaba y enseñaba Jesús cosas aprendidas de memoria, podríamos decir, ni palabras que tomara de otro. Era Jesús la Palabra de Dios, el Verbo de Dios; es Jesús nuestro único Maestro a quien tenemos que escuchar. Nadie podía hablarnos las cosas de Dios mejor que El porque es la revelación de Dios, la manifestación en carne mortal del amor infinito de Dios. ¿Cómo no se iba a expresar con autoridad?
Pero la autoridad se expresaba también en las obras que realizaba. ‘Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo’. Alguien poseído por el maligno. Si Jesús anunciaba que Dios es nuestro único Señor, ¿cómo podía aquel hombre estar poseído por el  mal? Lo expresa la propia reacción de aquel hombre que estaba poseído por el maligno. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Quieres acabar con nosotros? Sé quien eres: el Santo de Dios’. Y ya hemos escuchado Jesús lo liberó del mal. De ahí la admiración de las gentes. Allí estaba el Salvador; allí estaba quien nos traía la salvación.
Nosotros queremos escuchar a Jesús; queremos seguir su camino para llegar a vivir desde lo más profundo de nosotros la realidad del Reino de Dios. Con gozo y esperanza queremos estar unidos a Jesús. Jesús nos pedía creer en El y en su Buena Noticia y convertir nuestro corazón a Dios para que El sea el único Señor de nuestra vida. Es lo que tenemos que ir haciendo en nuestra vida cada día. Por eso es importante el crecimiento y maduración de nuestra fe. Pero que no se quede en palabras, que lleguemos a esa transformación del corazón y se vaya manifestando en las obras de santidad de nuestra vida.
Por eso con humildad nos acercamos a Jesús cada día para escuchar su Palabra y para llenarnos de su vida. Quien quiere seguir a Jesús y quiere llevar el nombre de cristiano ha de querer vivir siempre muy unido a Jesús. Muchas veces nos cuesta mantener esa unión porque se nos mete el mal en el corazón, nos dejamos arrastrar por la tentación y caemos tantas veces en el pecado que nos aleja del Señor. Por eso hemos de estar siempre vigilantes para no dejarnos seducir. Por eso le pedimos al Señor que venga a nosotros con su salvación y nos vaya liberando de ese mal. Es la oración que cada día hacemos pidiendo que no nos deje caer en la tentación y nos libre de todo mal.

lunes, 14 de enero de 2013


El alimento de la Palabra que cada día nos pone en disponibilidad para seguir a Jesús

Hebreos, 1, 1-6; Sal. 96; Mc. 1, 14-20
Iniciamos hoy el tiempo ordinario y comenzamos un nuevo ritmo de lecturas de la Palabra de Dios en las Eucaristías de los días feriales. En este año impar en la primera lectura comenzaremos por la carta a los Hebreos, mientras en el evangelio iniciamos el evangelio de san Marcos de una forma continuada.
Es el alimento de la Palabra de Dios que cada día vamos recibiendo para iluminar nuestra vida, para ir haciéndonos crecer en nuestra fe mientras vamos avanzando en el conocimiento del Misterio de Dios. Cuando estos días pasados de la Epifanía escuchábamos esa manifestación que se iba haciendo de Jesús uno de los aspectos en los que nos fijábamos era como Cristo que sentía lástima de las multitudes que le seguían porque andaban como ovejas sin pastor, se ponía a enseñarles alimentándolos con la Palabra del Señor. Es lo que queremos nosotros ir haciendo ahora, alimentarnos de Dios que no solo se nos da en la Eucaristía sino que también la Palabra es un banquete de vida al que El nos invita para que vayamos a El.
‘En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios a nuestros padres por los profetas. Ahora en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo’. Así comienza la carta a los Hebreos que iniciamos hoy. El Dios que nos ha creado nunca se ha desentendido del hombre. Nos creó y puso su obra creadora en neustras manos pero no es sólo que el hombre haya buscado a Dios y haya querido comunicarse con El, sino que es Dios mismo el que se adelante para venir hasta el hombre y hablarle manifestándonos su amor.
En un versículo casi nos hace un resumen de la historia de la salvación cuando nos dice que  nos ha hablado de muchas maneras y en distintas ocasiones y nos ha manifestado su voluntad por los profetas. Recordamos así toda la historia del Antiguo Testamento, pero podemos recordar a tantos hombres de Dios que a lo largo de la historia nos han ayudado a acercarnos a Dios en cualquier tiempo o en cualquier momento de nuestra vida. Pero la plenitud de la revelación la tenemos en Jesús. ‘En esta etapa final nos ha hablado por el Hijo’. Va a ser el centro de todo el mensaje de la carta a los Hebreos, que más que carta es como una hermosa homilía o reflexión que nos ha quedado en la Palabra de Dios.
Es Jesús esa Palabra de Dios, esa revelación en plenitud de Dios, esa manifestación gloriosa de lo que es todo el amor de Dios. Hemos estado celebrando en estos días todo el misterio de su encarnación y nacimiento. Ahora iremos dando pasos a lo largo de todo el año litúrgico en esa profundización en el conocimiento del misterio de Jesús y de su salvación.
Es el Jesús que nos anuncia el Reino de Dios, como hoy escuchamos en el evangelio, y que fue su primer mensaje, su primera predicación. Reino de Dios que hemos de aceptar convirtiendo nuestro corazón a Jesús. ‘Se ha cumplido el plazo’, nos dice Jesús en el Evangelio. Es la etapa final de la que nos ha hablado la carta a los Hebreos.
‘Está cerca el Reino de Dios: convertios y creed la Buena Noticia’. Esa Buena Noticia, ese Evangelio es Jesús que llega, es el Reino de Dios que ha de instaurarse en nuestra vida. Hemos de creer en esa Buena Noticia, darle importancia, acogerla en nuestro corazón aunque eso signifique que muchas cosas tenemos que renovar en nuestra vida. Por eso Jesús nos habla de conversión. Si es Buena Noticia es porque es algo bueno y algo nuevo. Ahí está la novedad del Evangelio de Jesús que siempre es vida y salvación para nosotros. En cada momento de nuestra vida necesitamos de esa salvación, de esa renovación de nuestra existencia.
Es la primera disponibilidad que nos pide Jesús para seguirle, creer en El. Luego vendrá el momento, como el de aquellos pescadores de Galilea, que cuando Jesús invita a seguirle habrá disponibilidad también para dejarlo todo por seguirle. ¿Tendremos nosotros la fe y la disponibilidad de aquellos primeros discípulos?

domingo, 13 de enero de 2013


En el Bautismo de Cristo en el Jordán se reveló que era el Hijo amado del Padre

Is. 42, 1-4.6-7; Sal. 28; Hechos, 10, 34-38; Lc. 3, 15-16.21-22
‘Viene el que puede más que yo… El os bautizará con Espíritu Santo y fuego’. Juan estaba allá junto al Jordán. ‘El pueblo estaba en expectación y se preguntaban si no sería Juan el Mesías’. El bautizaba con agua. Pero allí está Jesús que también ha venido. ‘En un bautismo general, también Jesús se bautizó’.
Lo estamos celebrando hoy como culminación de todas las fiestas de la Navidad y la Epifanía. Jesús se ha ido manifestando. Es la fiesta del Bautismo del Señor. Los ángeles, los pastores; la estrella, los magos de Oriente son rayos de luz que nos han ido manifestando a Jesús. Durante esta semana de la Epifanía hemos ido escuchando las diferentes reacciones de aquellos que iban conociendo a Jesús que se nos ha ido manifestando como luz, como alimento, como presencia salvadora junto a nosotros, como el que nos libera y nos trae la gracia y el perdón. Hemos ido escuchando las confesiones de los primeros discípulos en ese camino de ir conociendo a Jesús. Hoy será la voz del cielo.
‘Mientras Jesús oraba después del bautismo, se abrió el cielo, nos dice el evangelista, y bajó el Espíritu Santo sobre El en forma de paloma y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto’. Quien estaba allí, Jesús que había venido de Nazaret, era quien estaba lleno del Espíritu de Dios; la voz del Padre desde el cielo nos lo está señalando; no son las voces humanas que puedan ir confesando lo que van descubriendo en Jesús.
Es la revelación de Dios, es la voz del cielo. Quien está allí es el Hijo amado de Dios que en tanto amor que Dios nos tiene nos lo ha enviado para ser Dios con nosotros, para ser Emmanuel. ‘En el Bautismo de Cristo en el Jordán quisiste revelar solemnemente que El era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo’, hemos confesado en la oración litúrgica.
Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como luego nos lo señalara el Bautista, que se había querido someter a aquel bautismo de Juan porque se había querido hacer en todo semejante a nosotros - era uno de tantos en medio de aquella fila de los que se sentían pecadores y querían bautizarse como una señal de su arrepentimiento y conversión - y, aunque en El no había pecado, había cargado con todos nuestros pecados, allí estaba siendo señalado desde el cielo como el Hijo amado de Dios y como  nuestro Mesías Salvador. Es el Ungido del Señor.
‘Hiciste descender tu voz desde el cielo, para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros; y por medio de tu Espíritu, manifestado en forma de paloma, ungiste a tu siervo Jesús, para que los hombres reconociesen en El al Mesías, enviado para anunciar la salvación a los pobres’.
Como expresaremos también en el prefacio ‘en el bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos para manifestar el misterio del nuevo Bautismo’. A partir de entonces ya no sería simplemente un bautismo de agua como el que Juan realizaba allí con los pecadores, sino que sería ya para siempre el Bautismo en el Espíritu Santo y fuego. ‘El os bautizará con Espíritu Santo y fuego’ había dicho el Bautista. Allí ya se había manifestado el Espíritu Santo sobre Jesús.
Desde entonces cuando nos bautizamos en el nombre de Jesús, porque de verdad nos convirtamos a El, porque confesemos con toda nuestra vida nuestra fe en El, vamos a recibir el Espíritu Santo que nos trasforma y nos renueva y nos llena de nueva vida. Es el fuego renovador que todo lo purifica y nos limpia y arranca de nuestro pecado para entrar en los caminos de la gracia y de la salvación. Es el agua salvadora que nos purifica y nos llena de vida haciendo surgir en nuestro corazón esa agua viva, esa vida nueva que nos hace participes de la vida de Dios haciéndonos a nosotros también hijos de Dios.
También baja sobre nosotros el Espíritu del Señor en el bautismo que en el nombre de Jesús recibamos y ya escucharemos para siempre la voz del Padre que nos llama hijos; también nosotros somos los hijos amados de Dios. Es la dicha y el gozo que podemos sentir en nuestro corazón; es la dicha que nace en nosotros por la fe que vivimos, por la fe que profesamos, por la fe que compartimos y trasmitimos también a los demás.
Hoy es un día para dar gracias a Dios. Maravilla de revelación que nos da a conocer a su Hijo, lleno del Espíritu Santo. Hoy hemos de dar gracias a Dios por el nuevo Bautismo que nos ha dado que nos hace partícipes de su vida divina. Gracias porque nos llama a nosotros hijos también y lo somos, como diría san Juan en sus cartas. Gracias porque sobre nosotros también en nuestro Bautismo se derrama el Espíritu en nuestra vida para purificarnos y para vivificarnos, para llenarnos de nueva vida y para hacernos caminar por caminos de gracia y de santidad.
Es un momento propicio para considerar la grandeza y maravilla del Bautismo que hemos recibido. Recordarlo y renovarlo. El sacramento que hemos recibido no se puede quedar como un rito que recibimos en nuestra niñez y como si fuera algo que se quedó atrás en el tiempo. Hemos de vivir nuestra condición de bautizados lo que entraña esa santidad que ha de brillar en nuestra vida.
Fuimos ungidos también con el Espíritu, con el crisma santo, y ahora hemos de vivir como unos consagrados, hemos de vivir una vida santa. Y eso tenemos que irlo realizando en el día a día. Como ungidos somos otros ‘cristos’; así hemos de imitar a Cristo en nuestra vida, dejarnos transformar por El. ‘Concédenos poder transformarnos interiormente a imagen de aquel que hemos conocido semejante a nosotros en humanidad’, pedíamos en la oración. El Espíritu del Señor está en nosotros y hará posible esa transformación. Por eso es necesario dejarse conducir por el Espíritu, sentirse lleno del Espíritu divino que nos santifica y que nos hace vivir como hijos de Dios.

sábado, 12 de enero de 2013


El tiene que crecer y yo tengo que menguar

1Jn. 5, 14-21; Sal. 149; Jn. 3, 22-30
Algunas veces podemos sentir tanto celo por lo que son los nuestros o nuestras propias cosas que podemos sentir cierto recelo y hasta en cierto modo envidia cuando apreciamos cosas buenas en los otros. Esos recelos y envidias nos pueden cegar en ocasiones para no ser capaz de valorar lo bueno de los demás, lo que quizá tienen que hacer desde su propia misión o responsabilidad y llegar a pensar que eso solo es cosa nuestra o podemos hacer nosotros o los que son de los nuestros.
Hago este comentario, por supuesto desde tantas cosas similares que nos pueden suceder así en muchas ocasiones en la vida, pero también de lo que escuchamos hoy en el evangelio. Los discípulos de Juan sienten celos por Juan y cuando contemplan lo que Jesús está realizando, que también está bautizando (ahora comentaremos ese detalle) y que hay mucha gente que se va con Jesús, sienten ese escozor en el alma y vienen a comentárselo al Bautista.
‘Oye, rabí, le dicen, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, de quien tú has dado testimonio, ése está bautizando y todo el mundo acude a El’. Es la única vez que leemos en el evangelio que Jesús bautizase a la gente. Luego a lo largo del evangelio siempre lo veremos predicando, curando enfermos, acercándose a todos hasta entregar su vida por nosotros.
El Bautismo del que ahora se habla todavía es un bautismo semejante al que hacía Juan. Era una manera de invitar a la conversión para prepararse a recibir y acoger la Buena Noticia del Reino de Dios. Va en el mismo sentido en que en los sinópticos los reflejan las primeras palabras de Jesús al inicio de su vida pública. ‘Convertios y creed en el evangelio’. Esa era también el sentido del bautismo de Juan allá en el Jordán, una invitación a la penitencia y a la conversión.
La respuesta del Bautista a sus discípulos es maravillosa y ejemplar. No se atisban en él esos recelos y envidias. Sabe cuál es su misión, que ha cumplido con su predicación allá en el desierto, preparar los caminos del Señor invitando a la conversión. Su misión la da por cumplida y ahora lo que importa es que sepamos recibir a Jesús porque es en El en quien está la salvación. Nos da un maravilloso ejemplo de humildad. Se pone a un lado para dar paso al que tiene que venir; esa era su misión; era sólo el precursor del Señor. ‘Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de El’.
Es el amigo que se alegra con las alegrías de su amigo. ‘Nadie puede tomarse algo para sí, si no se lo dan desde el cielo’. Sabe cuál es su misión. ‘Esta alegría mía está colmada; El tiene que crecer y yo tengo que menguar’. Ya a partir de ahora el evangelio hablará de Jesús. La Buena Noticia es Jesús; con El llega el Reino de Dios. Es a Jesús a quien tenemos que escuchar y seguir. Aparecerá el Bautista desde la cárcel enviando a sus discípulos hasta Jesús para que vean por si mismos que en Jesús se cumplen las Escrituras. Solo se volverá a hablar del Bautista en el supremo testimonio de su martirio.
Es un hermoso colofón a esta semana de Epifanía que venimos celebrando que llegará a su cumbre cuando mañana domingo celebremos el Bautismo de Jesús con la gran manifestación que desde el cielo se nos hará diciéndonos quien es Jesús. Estos pasos que hemos ido dando durante la semana nos han ayudado a ir creciendo en nuestra fe en Jesús, conociéndolo más y más. Insistimos en este crecimiento y maduración de nuestra fe de manera especial cuando este año estamos celebrando el Año de la Fe al que nos ha convocado el Papa.
Mucho tenemos que reflexionar sobre ello y muchos pasos hemos de ir dando en ese conocimiento de todo el misterio de Dios para poder dar razón con toda firmeza de nuestra fe y de nuestra esperanza. Cuánto tenemos que preocuparnos de ese formarnos en nuestra fe. Que ese credo que profesamos no sean palabras abstractas que digamos porque nos lo hemos aprendido de memoria, sino que sea algo que en verdad vivimos porque lo llevemos en lo más hondo de nuestro corazón.
Y en ese aspecto humano con el que comenzábamos nuestra reflexión que no nos importe nunca que los demás crezcan en sus obras buenas o en sus obras de amor o destacando por la rectitud y responsabilidad de su vida, aunque nosotros podamos quedar en segundo término. Más bien tiene que ser un aliciente para nosotros para que lleguemos a destacar también por esas obras buenas y por nuestro compromiso y responsabilidad.

viernes, 11 de enero de 2013


Vamos a escuchar a Jesús, vamos a buscar la salud que El nos da

1Jn. 5, 5-6.8-13; Sal. 147; Lc. 5, 12-16
‘Señor, si quieres puedes limpiarme… Quiero, queda limpio’. Un leproso se acerca a Jesús y se postra ante El haciéndole esta petición. ‘Se hablaba cada vez más de El, y acudía mucha gente a oírle y a que los curara de sus enfermedades’.
Venían a escuchar a Jesús; venían a buscar la salud en Jesús. No eran sólo sus cuerpos enfermos. Buscaban salud, buscaban salvación. Y quienes lo escuchaban comunicaban la noticia del mensaje de Jesús a los demás; quienes eran curados, aunque Jesús les dijera que no lo contaran, no podían callar. Más tarde los apóstoles dirán que no pueden callar lo que han visto y oído. Hemos escuchado a Juan decirnos en su carta que lo que sus ojos vieron, lo que palparon con sus manos ellos no lo pueden callar, nos lo cuentan,  nos lo trasmiten. Es Jesús que nos trae la salvación.
Es este camino de Epifanía que vamos haciendo; Jesús se nos va manifestando; las obras de Jesús se van conociendo. Quien venía lleno del Espíritu del Señor para anunciar la Buena Nueva a los pobres y la liberación a los oprimidos ahora lo vemos en medio del pueblo, allí donde hay sufrimiento, allí donde están hambrientos de salvación, enseñando y curando. Jesús manifiesta su poder. Claro que quiere curarnos, limpiarnos, liberarnos, salvarnos; para eso ha venido. Con El ha llegado el tiempo de la gracia, el día de la salvación.
Nuestra fe también se va despertando; también nosotros queremos buscarle, porque queremos escucharle, porque queremos alimentarnos de El, porque queremos sentir su presencia, porque queremos que El nos devuelva la salud, nos llena de su salvación. Con fe queremos venir hasta El y reconocemos su poder que nos viene a manifestar lo que es el amor que Dios nos tiene.
Aprendamos de la oración del leproso. No exige, no reclama, solo pide humildemente y lleno de confianza. Sé que tú puedes curarme, que tienes poder para hacerlo porque eres Dios, porque eres nuestro salvador; solo me pongo ante ti, Señor, con mi miseria, con mi lepra, con mi debilidad, con mis miserias, con mi pecado. ‘Si quieres, puedes limpiarme’. El Señor quiere, pero nos pide que sepamos ir hasta El con humildad. Espera nuestra súplica, nuestra oración, aunque muchas veces en su amor nos dará antes de que se lo pidamos y mucho más de lo que podamos pedirle. El es quien está sembrando fe en nuestro corazón para que aprendamos a ir hasta El. También nos dirá: ‘Quiero, queda limpio’
Jesús nos está enseñando todavía más cosas. Por dos veces hemos escuchado estos días, en medio de la frenética actividad que está realizando Jesús, que sin embargo ‘se retira al despoblado, a la montaña, para orar’. Lo escuchamos hoy y lo escuchamos el otro día después de la multiplicación de los panes mientras los discípulos van en barca a la otra orilla. Nos está diciendo Jesús que ese aspecto no nos puede faltar en nuestra vida, la oración.
Oración para encontrarnos con el Padre; oración para llenarnos de Dios; oración en que aprendamos a escucharle para dejarnos iluminar por su palabra; oración para presentarle nuestras necesidades, nuestros problemas, las lepras que hay en nuestra vida. En El ponemos toda nuestra confianza y todo nuestro amor. Será en la oración donde haremos grande nuestra fe, porque allí nos gozaremos de la presencia del Señor.
‘Señor, si quieres, puedes limpiarme’, aquí estoy Señor, derrama tu gracia salvadora sobre mí; que crezca mi fe; que tu Espíritu ilumine mi vida y también yo puede ser epifanía de Dios para los demás. Somos testigos de la luz y ese testimonio no lo podemos acallar.

jueves, 10 de enero de 2013

con la fuerza del Espíritu fue a Galilea


Con la fuerza del Espíritu fue a Galilea a anunciar la Buena Noticia de la gracia y el perdón

1Jn. 4, 19-5, 4; Sal. 71; Lc. 4, 14-22
‘Y El se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Había comenzado diciéndonos el evangelista: ‘Con la fuerza del Espíritu volvió a Galilea y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en la sinagoga y todos los alababan’.
Ahora está en la sinagoga de su pueblo, de Nazaret. Se ha adelantado a hacer la lectura. Era algo que podía hacer cualquiera, pero en ocasiones se invitaba a alguien en especial por parte del encargado. ¿Habría llegado ya noticia a Nazaret de lo que hacía por otras partes? Probablemente sí, por lo que más adelante comentará el mismo Jesús y se sabe que era el pensamiento de las gentes de su pueblo. Ahora todos están absortos en las palabras que les dice Jesús. ¿Qué les va a anunciar el hijo del carpintero? ¿Qué Buena Nueva les viene a traer? No saben ellos que la Buena Nueva es Jesús, que Jesús es el Evangelio que se proclama.
Había proclamado el texto de Isaías: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido y me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres…’ Se cumple esta Escritura. ‘Con la fuerza del Espíritu volvió a Galilea’, había ya dicho el evangelista. Allá en el Jordán - lo vamos a contemplar el próximo domingo - Juan había visto bajar al Espíritu sobre El en forma de paloma. Ahora es el texto de Isaías que habla de Buena Nueva a anunciar, de liberación a realizar con los oprimidos y con todos los que sufren, de amnistía y de perdón porque viene el año de gracia del Señor.
Seguimos dentro de la semana de la Epifanía. Seguimos contemplando esa manifestación de Jesús a su pueblo, con su misión. Es el que viene lleno del Espíritu del Señor y viene a traernos la paz; viene a manifestarnos todo lo que es el amor de Dios que quiere para nosotros la salvación; viene a liberarnos de todo mal, nada nos puede ya esclavizar porque Cristo nos ha liberado; viene con el perdón y la paz, porque para todos hay gracia; es el regalo de Dios a la humanidad que nos llega con Jesús.  
Mucho quieren decir las palabras de Isaías que Jesús ha proclamado en la sinagoga. Solemos llamar a este pasaje del evangelio el mensaje programático de Jesús. Algo así como cuando en la vida pública alguien presenta un programa de lo que pretende conseguir, de lo que son sus objetivos. Jesús solamente lee a Isaías y termina diciendo: ‘Hoy se cumple esta Escritura’. Hoy, porque no es cosa de futuro, porque allí está ya Jesús y El es ese amor de Dios que se manifiesta; allí está Jesús el que nos va a liberar de la peor de las ataduras cuando nos dé el perdón para nuestros pecados en su sangre derramada; El es la gracia del Señor que llega como amnistía para nuestra vida.
Hoy, porque ya a partir de Jesús todo tiene que ser distinto, una vida nueva es la que tenemos que vivir, unos principios nuevos, unos valores nuevos son los que van a regir nuestra existencia. Comienza Jesús a anunciar la Buena Nueva a los pobres, porque comienza a estar Jesús en medio de nosotros para levantar nuestra vida, para darnos esperanza, para enseñarnos una nueva forma de vivir, para ser nuestra fortaleza y nuestro alimento, para ser la luz que vaya guiando nuestros pasos y ya no andemos más en tinieblas. En Jesús ya nos vemos saciados, fortalecidos, iluminados con una luz nueva.
Cómo tendríamos nosotros que escuchar este mensaje de Jesús. También tendríamos que estar a la expectativa y sabiendo todo  lo que sabemos comenzar ya a vivir esa vida nueva alejándonos de todo lo que nos pueda esclavizar o pueda llenar de tinieblas nuestra vida. Es que todo esto que nos dice Jesús con las palabras del profeta es algo que nosotros hemos experimentado muchas veces en nuestra vida. ¡Cuántas veces hemos recibido su perdón! ¡Cuántas veces nos  hemos alimentado de su cuerpo y de su sangre! ¡Cuántas veces la luz de la Palabra ha iluminado nuestra vida ayudándonos a encontrar ese sentido  nuevo que Jesús nos quiere trasmitir! ¡Cuántas veces hemos disfrutado de su presencia de gracia en nosotros y nos hemos sentido fortalecidos desde lo más hondo!

miércoles, 9 de enero de 2013

Ánimo, soy yo, no tengáis miedo, nos dice Jesús en los momentos oscuros

Ánimo, soy yo, no tengáis miedo, nos dice Jesús en los momentos oscuros


1Jn. 4, 11-18; Sal. 71; Mc. 6, 45-52

‘Animo, soy yo, no tengáis miedo’, les dice Jesús. ¡Qué paz sentimos en nuestro interior cuando nos sentimos seguros y sin nada que temer porque tenemos la certeza y la seguridad de la presencia de aquel en quien ponemos toda nuestra confianza!

El episodio que hoy escuchamos en el evangelio es continuación del relato de la multiplicación de los panes. Jesús apremia a los discípulos a que suban a la barca para ir a la otra orilla, mientras El se queda despidiendo a la gente. ‘Después, nos dice el evangelista, se retiró al monte a orar’.

Mientras las discípulos atraviesan el lago no sin gran dificultad ‘porque tenían el viento contrario’. Es pasada la medianoche cuando aparece Jesús sin que ellos lo reconozcan porque viene andando sobre el agua. ‘Pensaron que era un fantasma y se sobresaltaron’. Pero allí está Jesús y su palabra les llenará de paz, aunque no terminaban de entender. Pero allí estaba Jesús que era lo importante para ellos en aquel momento.

El episodio nos manifiesta el poder de Jesús sobre las fuerzas de la naturaleza. Pero es una manifestación en orden a la salvación. No es solo hacer un milagro cual si fuera un espectáculo que contemplar. Cuando le pidan milagros así a Jesús no responderá. Recordemos lo que sucedió cuando fue llevado preso ante Herodes que estaba buscando que Jesús hiciera algún milagro como para entretenerse y pasar el rato. Jesús ni siquiera le habló. La obra de Dios es obra salvadora que al manifestarnos su poder lo que está haciendo es derramar su amor sobre nosotros. Será necesaria la fe en quienes pidan esa acción extraordinaria de Dios o querrá provocar y despertar la fe. Se despierta ahora en los discípulos la admiración ante Jesús que les llevará a la fe, a poner siempre y en todo su confianza en El. Es la seguridad de que allí está el Señor, que no nos sentimos solos.

En este camino de Epifanía que vamos haciendo de mano del evangelio en estos días hemos contemplado a Jesús como luz que nos trae la salvación, como alimento de nuestra vida y hoy se nos asegura la presencia del Señor junto a nosotros. Con Jesús a nuestro lado se acabaron los temores y las desconfianzas. Con Jesús a nuestro lado sabemos que aunque el camino en ocasiones sea difícil no nos faltará la gracia de su presencia y de su fuerza para recorrer el camino, para hacer esa obra buena o para superar ese mal momento del peligro y de la tentación.

Somos conscientes de que muchas veces vamos a tener el viento en contra. No nos es fácil siempre el dar ese testimonio que hemos de dar de nuestra fe, las cosas que suceden alrededor nos ponen difícil quizá nuestra tarea y nos llenan de dudas, o nos parece sentirnos sin fuerzas para superar el mal momento de la tentación. Pero hay una seguridad en nuestra vida. Ahí siempre está el Señor.

Creo que tenemos que aprender, estar entrenados para ello y para eso hemos de saber subir al monte a orar como lo hizo Jesús, cuando nos vengan esos momentos difíciles de soledad o de silencio de Dios, momentos en que nos podamos ver confundidos porque quizá no terminamos de entender lo que nos sucede, recordar los buenos momentos de fe que hayas vivido, revivir nuestras mejores experiencias de la presencia de Dios en nuestra vida, y entonces sentiremos que la luz está ahí con seguridad aunque nos cueste verla, que la gracia del Señor no nos falta, y que no podemos confundirnos porque el Señor está ahí siempre con nosotros, a nuestro lado. No son ilusiones ni sueños ni fantasmas todo lo que hace referencia a nuestra fe. Es con toda seguridad que el Señor está a nuestro lado con su gracia.

Como les dice hoy a los discípulos: ‘Ánimo, no temáis, soy yo’.

martes, 8 de enero de 2013


Ovejas sin pastor a las que Jesús quiere alimentar

1Jn. 4, 7-10; Sal. 71; Mc. 6, 34-44
‘Vio Jesús una multitud y le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor’. Un nuevo episodio del Evangelio que nos manifiesta a Jesús. Las imágenes hablan por si solas. Y estas palabras que hemos subrayado del principio de este episodio nos dan bien la clave de la misión y de la obra de Jesús.
Al ver a la multitud, dice el evangelista, que le dio lástima a Jesús porque lo que se presentaba ante él en aquellas multitudes que de todas partes habían acudido hasta El era la de un rebaño que no tiene pastor. Y un rebaño que no tiene pastor no tiene quien los guíe, quien se preocupe de esas ovejas para alejarles de todo peligro y defenderlas, quien les busque alimento o les conduzca hasta donde hayan pastos abundantes. Es lo que se le presenta a los ojos a Jesús.
Necesitan un pastor que les guíe, les dé alimento, les prevenga contra los peligros, les ayude a encontrar caminos buenos. Es lo que va a realizar Jesús. Ayer al contemplar la aparición de Jesús en Cafarnaún y luego enseñando y curando por todas las sinagogas y aldeas de Galilea el evangelista decía que había aparecido una luz que disipaba las tinieblas, que arrancaba de las sombras de la muerte a cuantos yacían en ellas. Hoy la imagen que se nos va a presentar de Jesús es el alimento.
Jesús se nos da como alimento. Podemos pensar de entrada en el milagro que le vemos realizar. Aquella muchedumbre está hambrienta y hay que alimentarlos. Jesús realizará el milagro. Pero el milagro es un signo que nos quiere hablar de algo más profundo. No es solo el alimento material el que Cristo quiere darnos. Fijémonos que lo primero que Jesús hace cuando contempla aquella multitud que está como ovejas sin pastor es ponerse a enseñarles. ‘Empezó a enseñarles muchas cosas’, decía el evangelista.
Es un alimento profundo el que Jesús quiere darnos. Su Palabra se hace alimento de nuestras vidas, y fuerza, y guía de nuestro caminar. Quien está desorientado ha de poder encontrar la verdad; quien está sin sentido ni rumbo en la vida ha de encontrar esa luz, esa fuerza, esa vida que dé sentido a su vida. Jesús con su Palabra nos enseña, nos ayuda a encontrar esa luz y ese sentido.
La Palabra de Dios nos abre caminos en la vida, nos ayuda a encontrar el valor y el sentido de las cosas, nos descubre qué es lo verdaderamente importante por lo que hemos de trabajar y luchar. La Palabra nos abre al misterio de Dios y a su trascendencia. La Palabra nos hace mirar a lo alto poniendo metas grandes en nuestra vida. Palabra nos da vida y nos ayuda a crecer y nos conducirá siempre a dar frutos. La Palabra  nos pone en camino del Reino de Dios que hemos de vivir y que hemos de realizar transformando nuestro mundo.
La Palabra del Señor es el alimento más grande que podemos recibir, porque será recibir a Cristo mismo. Por eso, después de enseñarles muchas cosas Jesús realizó el milagro de la multiplicación de los panes. Aquí el signo vendrá después pero para ayudarnos a ahondar en el misterio de Dios que se nos revela.
Parte y reparte el pan que sacie no solo aquellos estómagos hambrientos sino que les conduzca a la verdadera plenitud de sus vidas. Parte y reparte el pan como se va a repartir El mismo cuando se nos dé en Eucaristía para que le comamos, para que nos alimentemos, para que lleguemos a tener vida de verdad. Parte y reparte el pan para que ya nunca más seamos ovejas sin pastor, sino que para siempre nos sintamos guiados y fortalecidos para los caminos nuevos del Evangelio.
Ya sabemos también como el milagro de la multiplicación de los panes es como un anuncio de Eucaristía, un signo de esa Eucaristía en la que Cristo quiere ser nuestra comida para que tengamos vida para siempre y vida en plenitud, porque quien le come vivirá para siempre, quien le come tiene en sí ya la prenda de la vida eterna y de la resurrección futura.
Cristo es nuestra luz; Cristo es el alimento de nuestra vida.

lunes, 7 de enero de 2013


Una luz ha comenzado a brillar con la presencia de Jesús

1Jn. 3, 22-4,6; Sal. 2; Mt. 4, 12-17.23-25
Comentar de entrada que nos queda una semana del tiempo de Navidad, esta semana después de la Epifanía del Señor que celebramos ayer y que concluirá el próximo domingo con la fiesta del Bautismo de Jesús en el Jordán.
Tiempo de navidad y tiempo de epifanía que es tiempo de la manifestación del Señor, como ayer lo contemplábamos por medio de la estrella a los Magos de Oriente. Se completa en los próximos domingos con el Bautismo y luego cuando leamos el texto de las Bodas de Caná. Estos tres episodios están muy unidos en la liturgia de manera que ayer en las antífonas de la celebración de la Epifanía se hacía referencia a ellos. Comento estos detalles porque nos forman en aspectos de la vida cristiana y nos ayudan a comprender el sentido de la liturgia, de lo que celebramos. Una celebración vivida con sentido nos ayuda aún más a ese crecimiento y maduración de nuestra fe que es cosa que pretendemos.
En este sentido de epifanía, podíamos decir, van los textos del evangelio que iremos escuchando a lo largo de la semana, porque están tomados de casi los primeros capítulos de los diferentes evangelistas que nos relatan lo que fue la presentación, la manifestación de Jesús en medio de su pueblo.
Hoy ha sido tomado el evangelio de Mateo y es el comienzo de su actividad en Galilea. ‘Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lado, en territorio de Zabulón y Neftalí’. Cafarnaún era un lugar importante en Galilea y además nudo de caminos de los que venían de Siria y luego adentrándose en Palestina conducirían hasta Egipto. Lugar de pescadores y en cierto modo de gran actividad comercial por estas razones dichas. Allí va a tener como su centro de operaciones Jesús, allí llamará a los primeros discípulos y de allí luego extenderá su predicación por toda Galilea.
Un lugar por estos motivos con grandes influencias de las naciones vecinas o de la cercana ciudad de Tiberíades, edificado en honor del César Tiberio Augusto en años anteriores. Por eso el evangelista recordará al profeta Isaías ‘país de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles’. Pero allí se va a cumplir lo anunciado por el profeta con la aparición de Jesús y su predicación. ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierras y sombra de muerte una luz les brilló’.
Eso significó la presencia de Jesús con su predicación. ‘Convertios porque el Reino de los cielos está cerca’, son sus primeras palabras, su primer anuncio. ‘Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias’. Y luego nos dirá el evangelista como venían gentes de todas partes para que Jesús los curara, para escuchar a Jesús. Una luz había comenzado a brillar con la presencia de Jesús. Recordemos lo que en este sentido de la luz hemos venido reflexionando a lo largo de toda la navidad.
Ya comenzamos a escuchar la invitación a la conversión. Hemos ido proclamando nuestra fe en Jesús en la medida en que hemos ido profundizando en su misterio a lo largo de la Navidad cuando hemos contemplado los diferentes momentos del nacimiento, la adoración de los pastores, la circuncisión, la venida de los Magos de Oriente. Todo lo que hemos venido celebrando ha querido apuntalar bien nuestra fe, ayudarnos a abrir el corazón al Dios que viene a nosotros para traernos la salvación.
Ahora vamos a ir adentrándonos en el evangelio, comprendiendo bien todo lo que implica esa salvación que nos ofrece Jesús, lo que hará que nos miremos por dentro para ver en cuantas cosas estamos hundidos por nuestro pecado y necesitamos que el Señor llegue a nuestra vida con su salvación para hacernos vivir la vida nueva que El nos ofrece. Pero eso exige por nuestra parte que demos esos pasos necesarios de conversión. Es la invitación que ahora escuchamos. Contemplamos donde está la luz, pero reconocemos las tinieblas que hay en nuestra vida. Buscamos la salvación, pero nosotros queremos convertir nuestro corazón al Señor.

domingo, 6 de enero de 2013


Una luz nueva de fe y amor amanece para nosotros con la Epifanía de Jesús

Is. 60, 1-6; Sal. 71; Ef. 3, 2-3.5-6; Mt. 2, 1-12
En todo el tiempo de Navidad, y ahora también en Epifanía, se resalta de manera especial el signo de la luz. Entre resplandores de cielo los ángeles cantan la gloria de Dios y anuncian a los pastores el nacimiento de Jesús. De una forma o de otra ha estado muy presente en toda la simbología de la navidad la imagen de la luz, de manera que se traduce en nuestras costumbres populares y en toda la ornamentación que utilizamos en la celebración de la navidad.
Hoy de nuevo, en el día de la Epifanía en la lectura del profeta aparece la luz como un bello amanecer para toda la humanidad. ‘Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece para ti’. No es sólo a Jerusalén a la que llega la luz de Dios sino que la estrella que aparece en lo alto está señalándonos que esa luz que es Jesús, que esa salvación que viene a traernos es para toda la humanidad.
‘Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’, anuncian los Magos de Oriente cuando preguntan en Jerusalén por el recién nacido rey de los judíos. Más tarde cuando vean de nuevo aparecer la estrella que les conduzca hasta Belén ‘se llenaron de inmensa alegría’, nos comentará el evangelista.
Podíamos decir también que el camino de los Magos fue todo un proceso de búsqueda de la luz y se convierte en imagen de lo que es nuestro camino; una imagen de lo que es el camino de tantos que buscan una luz y un sentido para sus vidas. Guiados por la estrella los Magos seguían un rumbo por los caminos de la vida en búsqueda del recién nacido rey de los judíos. Aunque nos creemos que nos las sabemos todas sin embargo hemos de reconocer que necesitamos una estrella que nos guíe, una luz que oriente nuestro camino para saber no solo donde estamos y por donde vamos sino también a dónde queremos llegar. No hay cosa peor en la vida que andar sin rumbo, sin sentido, sin tener un por qué o un para qué en lo que hacemos o en lo que vivimos.
Los Magos nos enseñan, nos dan una gran lección. Ya entendemos que la palabra Magos se refiere a unos hombres que estudiaban las estrellas lo que implica unos conocimientos y una sabiduría en esos temas muy importantes. En ese estudio y conocimiento es cómo descubren esa nueva estrella que ellos tratan de indagar que significado puede tener.
Y para eso se ponen en camino, en camino de búsqueda atravesando países y desiertos, que bien puede significar ir atravesando culturas y atravesando también con toda probabilidad una vida dura para saber discernir, para saber descubrir. Aunque sean sabios saben ser humildes para buscar, para preguntar, para dejarse guiar. Es lo que les hace llegar hasta Jerusalén y allí preguntar y dejarse enseñar. Cómo tendríamos que aprender la lección nosotros que nos creemos que sabemos tanto y que quizá pensamos que nada nos pueden enseñar los demás.
Queremos  nosotros hacer el camino de la fe. Es la luz que ilumina nuestra vida, que nos da un sentido y una razón profunda para vivir y poder alcanzar la vida en plenitud. Muchas veces en ese camino de búsqueda de la fe tenemos que atravesar por momentos difíciles, momentos que se pueden volver para nosotros en ocasiones incluso de oscuridad porque la estrella parece ocultarse.
Es cuando surgen los problemas que nos abruman, cuando nos aparece la enfermedad y el sufrimiento o la muerte nos puede parecer cercana, cuando nos parece encontrarnos solos y que nadie nos tiene en cuenta… pero si permanecemos en el camino, si perseveramos sabiendo preguntar, sabiendo contar con quien pueda tendernos una mano, sabiendo buscar la luz, la que es la verdadera, allí donde la podemos encontrar, aparecerá la estrella que nos lleve hasta Belén, que nos lleve hasta Jesús que es la luz verdadera y que es la alegría de verdad de nuestra vida, encontraremos la fe que nos conducirá por caminos de plenitud.
Los Magos cuando les parecía que andaban perdidos y desorientados buscaron en Jerusalén quienes les leyeran e interpretaran las Escrituras para encontrar el camino recto que les llevara hasta Jesús. También tenemos nosotros las Escrituras, tenemos la Palabra de Dios a nuestra mano que cada día podemos leer o escuchar, meditar y orar en nuestro corazón que nos llevará a encontrar y profundizar en esa luz de la fe que va a ser la verdadera guía de nuestra vida. Ojalá los cristianos tuviéramos más en nuestras manos, delante de nuestros ojos y con los oídos del corazón bien abiertos el libro sagrado de la Palabra de Dios que nos ayude a crecer en nuestra fe, que nos ayude a encontrar esa luz que de profundidad y verdadera alegría a nuestra vida.
Los Magos de Oriente llegaron a Belén y ‘se encontraron al Niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra’. Qué final de camino más hermoso. Encontrarse con Jesús. Ha de ser también nuestro camino y nuestra meta. Será lo que se nos hará ver con claridad desde los ojos de la fe.
Que se nos caigan tantas escamas que nos ciegan y nos obnubilan; esas escamas de la duda, de la desconfianza, del error; esas escamas terribles de nuestros orgullos que nos impiden agacharnos y postrarnos para reconocer al Señor, al Dios único de nuestra vida; esas escamas terribles del pecado, del desamor, el egoísmo y la insolidaridad que cierran nuestra corazón a la luz del amor que sería que el que daría auténtico brillo a nuestros ojos para tener una mirada nueva y distinta y saber descubrir a Jesús que llega a nosotros también en los pequeños o en los que nos pueda parecer que nada valen.
El ofrecer regalos de los Magos al Niño recién nacido era una señal de reconocimiento de quien es en verdad aquel Niño, lo que comportaba un grado grande de humildad en el corazón por parte de aquellos hombres, pero también es la señal del amor y del compartir; regalamos a quien amamos o con quien queremos compartir porque sabemos que con ellos también hemos de expresar lo que es nuestro amor.
Nosotros hoy, en este día que se ha convertido tan fuertemente en nuestra cultura en día de regalos, pensemos primero que nada en el regalo grande que nosotros hemos recibido cuando tenemos el don de la fe en nuestra alma; es una dicha el creer y tener fe, es un regalo que recibidos de Dios porque es una gracia que hemos de reconocer y agradecer. Pero pensemos que en ese sentido el regalo grande que nosotros recibimos es Jesús. Cuánto nos viene con El, porque con El nos llega la vida, la gracia, el perdón, la salvación.
Pero cuando recibimos ese regalo de Dios que es Jesús y que es nuestra fe, hemos de estar dispuestos nosotros también a compartir, porque solo llenando de amor nuestra vida podemos encontrar con mayor intensidad a Jesús y desde Jesús podremos hacer también un mundo mejor. Pensemos en lo que podemos compartir con los que están a nuestro lado, con los que pasan necesidad o tienen también carencias aunque sea desde nuestra pobreza.
Es que cuando nos encontramos de verdad con Jesús nuestra vida tiene ya que tomar otro rumbo. El evangelio nos dice que los Magos se marcharon a su tierra por otro camino. Es que al encontrarse con Jesús los caminos de su vida ya eran otros, había otra luz y otro sentido para sus vidas. Encontrarnos con Jesús nos pone siempre en camino de vida nueva, hay otra luz en nuestro corazón, tenemos otras razones más profundas para nuestro vivir. Y en ese nuevo camino no nos puede faltar el amor, ese regalo que hemos de compartir con los demás.
Hagamos el camino que nos lleva hasta Jesús. Dejémonos conducir por la estrella de la fe; que nunca se nos apague. Que sea de un brillo grande en nuestra vida por el amor con que vivamos para que también podamos iluminar a los demás.