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sábado, 28 de mayo de 2022

Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá porque le amamos y entonces el Padre también nos ama

 


Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá porque le amamos y entonces el Padre también nos ama

Hechos de los apóstoles 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Muchas fórmulas de mediación se utilizan en la vida en el ámbito de lo social, en el ámbito de lo político, donde sea necesario algún tipo de negociación, o incluso como medios de súplica, por así decirlo, intercesora donde pedimos o suplicamos a favor de otro. El mediador no va por sí mismo, pero sí con la autoridad que se le ha confiado para lograr un acuerdo, el embajador representa a quien le ha confiado una misión para hablar en el nombre y representación de quien le ha enviado, el que suplica a favor de otro quizás lo hace con la autoridad del prestigio que de alguna forma se ha ganado.

De Jesús solemos decir que es el Mediador y el Pontífice, porque media e intercede por nosotros y porque de alguna manera hace de puente, por darle el significado más elemental a la palabra; se ha convertido así en el gran intercesor nuestro ante el Padre en el cielo. Ya diríamos que ejercía esa función cuando nos decía que venía enviado del Padre y que no nos habla sino lo que el Padre le ha confiado. Lo hemos venido escuchando en estos últimos días en las palabras de Jesús en la Última Cena.

Hoy nos asegura Jesús que lo que le pidamos al Padre en su nombre se nos concederá. Es bien significativo, porque la petición, la oración la vamos a hacer nosotros, pero vamos a apoyarnos en la autoridad del Hijo. Pero nos dirá más, que si eso hacemos es porque le amamos y entonces el Padre también nos ama. Ya nos había dicho que si le amábamos y guardábamos sus mandamientos el Padre nos amará, y El también nos amará, pero además el Padre y El vienen a nosotros para habitar en nosotros, para poner su tienda en nosotros.

Es por eso porqué en las fórmulas litúrgicas de la Iglesia siempre las oraciones acabarán como con esa muletilla ‘por nuestro Señor Jesucristo’. En el momento cumbre de la Eucaristía, cuando queremos completar la ofrenda que le hacemos al Padre lo haremos siempre por Cristo, con Cristo y en Cristo. Queremos dar gloria a Dios y será así con esa fórmula como lo expresaremos.

Cristo es el Pontífice que hace la ofrenda, a la que nosotros nos unimos; Cristo es el Mediador que intercede por nosotros al Padre, porque esa oración que nosotros queremos hacer siempre tendrá un nuevo sentido; amamos a Cristo y con El queremos configurarnos, hacernos uno, porque en nosotros no queremos vivir otra cosa sino a Cristo. ¿Y qué significa eso? Que todo aquello que hacemos, que todo aquello que pedimos, que todo aquello que quiere ser nuestra vida lo pasamos por el tamiz de Cristo. No pediremos nada, entonces, que no tenga el sentido de Cristo; no pediremos nada que no esté impregnado del espíritu del Evangelio de Jesús.

Cuando hacemos nuestra oración no vamos simplemente a sacar el listado de aquellas cosas que queremos pedir, sino que con Cristo vamos a ir rumiando todo eso que es nuestra vida, todo eso que son también nuestros deseos o nuestras necesidades y lo vamos a mirar con la mirada de Cristo, lo vamos a pasar por el tamiz de Cristo y del evangelio. Es rumiar en nuestro interior esa presencia de Jesús en nuestra vida y así vamos confrontando nuestra vida con el sentido de Cristo, con los valores de Cristo. Es ese llenarnos de Cristo, es ese empaparnos de su Espíritu, es ese transformar nuestra vida en la vida de Cristo, o mejor, dejarnos transformar por Cristo.

Eso nos pedirá una actitud nueva de oración, una nueva humildad para dejarnos conducir, una apertura de los oídos de nuestro corazón para escuchar de verdad la voz del Señor en nuestra vida. Nos sentiremos transformados, sentiremos como algo nuevo se va apoderando de nosotros, iremos descubriendo caminos nuevos y horizontes nuevos y podrán salir de nuestros labios y de nuestro corazón muchas cosas hermosas con las que nos sentimos enriquecidos pero con las que enriquecemos a los demás.

viernes, 27 de mayo de 2022

Hoy podemos sentir que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús como nos había prometido

 


Hoy podemos sentir que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús como nos había prometido

Hechos de los apóstoles 18, 9-18; Sal 46; Juan 16, 20-23a

Cuando nos garantizan que tras aquel momento difícil, luego todo cambiará somos capaces de superar los temores que podríamos tener ante cómo afrontar esa situación y hasta pondremos de nuestra parte la mejor voluntad para salir adelante. Cuando nos señalan y convencen que una partida y una separación es necesaria para poder tener luego la certeza de que nunca más nos separaremos del ser amado somos capaces de afrontarlo. No es fácil, por nuestra mente y por nuestro corazón pasarán algunas nubes que nos suenan a borrascosas, pero sabemos que detrás luce el sol y terminará brillando con fuerza.

Es lo que Jesús trata de decirles en los momentos y en las circunstancias que viven los discípulos. Habla de la madre que va a dar a luz y sabe que los dolores del parto son fuertes, pero que ante la vida que viene todo merece pasarlo. Es lo que va a significar toda aquella pascua que va a vivir Jesús y que van a vivir sus discípulos. Es un paso, de la muerte a la vida, por la muerte a la vida. Es la pascua que nosotros hemos de vivir, donde tendremos que arrancarnos mucho de nosotros mismos para poder vivir esa vida nueva que Jesús nos ofrece.

Y eso va a costar, eso va a ser doloroso y difícil en muchos momentos, y de alguna manera nos resistimos. Hoy queremos vivir una vida sin dolor, sin sacrificio, sin esfuerzo; queremos que todo poco menos que se nos regale, porque no siempre estamos dispuestos a ese sacrificio, a ese esfuerzo, a ese trabajo; de todo nos quejamos, y rehuimos lo que signifique sudor de nuestra frente, o dolor en nuestra carne por lo que de nosotros tenemos que arrancar. Quizás estamos perdiendo las perspectivas de trascendencia que han de tener nuestros actos, que ha de tener cuanto hacemos. No somos capaces del valor que vamos a encontrar más allá de esa frontera que nos parece oscura y dolorosa.

Sucede en todos los ámbitos de la vida, porque sucede en el trabajo en que parece que tenemos miedo de responsabilizarnos hasta tener que esforzarnos; nos sucede en nuestro camino de superación personal, que incluso no queremos pasar por ese periodo que nos puede parecer oscuro del aprendizaje para poder llegar a tener dominio sobre lo que hacemos. No queremos aprender ni para crecer en nuestra propia vida; queremos que se nos facilite todo y algunas veces como educadores también vamos dando tantas facilidades que el discípulo no termina de aprender.

Hoy Jesús nos habla de la alegría que vamos a tener al final. Quienes en la vida no tenemos miedo al esfuerzo, tenemos la experiencia también de la satisfacción de lo que al final hemos logrado con ese esfuerzo. No es masoquismo, sino la realidad de lo que significa aprender y crecer. En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’.

Y nos habla Jesús de una presencia nueva; nos habla de la presencia del Espíritu que nos estará haciendo presente al mismo Jesús. Es la acción del Espíritu en la Iglesia, es la acción del Espíritu en los sacramentos, por la que es Jesús mismo quien bautiza, por la que es Jesús mismo quien se nos da en el pan de la Eucaristía y ya no hablaremos de pan, sino de Cristo mismo, de su Cuerpo y de su Sangre que se hacen presentes, que se han vida y alimento para nosotros.

‘También vosotros ahora sentís tristeza, les dice Jesús; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Es lo que podemos sentir hoy en la presencia de Jesús en su Iglesia. Es lo que nos hace sentir hoy que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús. Es lo que ahora nos anima y nos da esperanza.

jueves, 26 de mayo de 2022

Los nubarrones de la tristeza se dispersarán cuando sepamos encontrarnos con Jesús que nos sale a nuestro encuentro llenando nuestro espíritu de alegría

 


Los nubarrones de la tristeza se dispersarán cuando sepamos encontrarnos con Jesús que nos sale a nuestro encuentro llenando nuestro espíritu de alegría

Hechos de los apóstoles 18, 1-8; Sal 97; Juan 16, 16-20

¿Es fácil pasar de un momento a otro de la tristeza a la alegría? Bueno, me vais a decir que si en un momento determinado nos dan una noticia grande, de algo importante que nos va a suceder y que es como un regalo para nosotros, nos llenaremos de alegría, daremos saltos de alegría. Pero ¿y aquella tristeza que teníamos en el alma la logramos cambiar o será algo que sigue pesando dentro de nosotros? Pero sí, es verdad, hay alegrías que nos cambian la vida, que nos hacen olvidar todas las tristezas, que nos sacan de esos pozos negros en los que algunas veces andamos metidos.

Pero alcanzar esa alegría es mucho más que un golpe de suerte. Porque la alegría verdadera no nos la da solamente las cosas externas o las cosas materiales. En esas búsquedas existenciales en las que nos encontramos tantas veces está la búsqueda de esa verdadera alegría; que no solo es salir de nuestras preocupaciones del momento, o de esos agobios en que nos podemos ver envueltos cuando las cosas no nos salen bien.

Lo expresemos de una manera o de otra todos andamos en esa búsqueda, porque queremos saber la razón de nuestro existir, porque buscamos un sentido de la vida, porque deseamos hallar esa sabiduría honda de la vida, porque cuando andamos sin esperanzas y sin ilusiones grandes en la vida parece que andamos desorientados, porque en verdad queremos encontrar esa alegría de la vida desde lo más hondo de nosotros mismos y no en superficialidades como tantas veces andamos. Entonces cualquier otra cosa que nos suceda nos desestabiliza, nos angustia, nos llena de miedos y de incertidumbres. Nos falta una seguridad interior que tenemos que saber buscar.

Seguimos comentando el evangelio de cuanto ha sucedido en la cena pascual y de las cosas que Jesús les va diciendo. Hemos venido comentando también que el estado de ánimo de los discípulos no es bueno y que ante lo que se anuncia no han sabido aún encontrar esa paz interior, de manera que ni entienden bien lo que Jesús les dice o les anuncia.

Les ha hablado de una ausencia que les llenará de tristeza y de una nueva presencia que les llenará de alegría. Literalmente es una referencia a cuanto a partir de aquella noche va a suceder. Se dispersarán, cada uno se irá por su lado a la hora del prendimiento de Jesús, sus corazones se llenarán de tristeza, aunque terminen reuniéndose de nuevo en esa misma sala de la cena de pascua. Las noticias que en la noche y en la mañana siguiente se sucederán aumentarán aun más su tristeza. Pero Jesús les habla de una alegría nueva que les va a inundar; es un anuncio de la alegría de la Pascua, de la Resurrección aunque ahora ellos no lo entienden. Ya se nos decía en la tarde de la pascua cuando se les manifieste de nuevo Jesús ya resucitado que los discípulos se llenarán de alegría.

Pero es anuncio que va más allá, porque de alguna manera está indicando lo que va a ser la vida de la Iglesia, no solo ya en aquellos primeros momentos que no siempre fueron fáciles, sino también a lo largo de la historia, como nos puede suceder a nosotros hoy también. Tenemos momentos difíciles en el recorrido personal de nuestra fe, como lo es también en la vida de la Iglesia. Momentos de oscuridad que nos pueden llenar de tristezas no nos faltarán, pero siempre tendríamos que saber buscar detrás de todo eso lo que es la alegría de la Pascua que siempre tendría que estar presente en nuestra vida.

No veremos a Jesús con los ojos de la cara como los discípulos en aquellos momentos lo veían pero por la fuerza de su espíritu podremos descubrir esa presencia del Señor siempre con nosotros que nos hará mantener esa paz de nuestro espíritu, esa alegría de la presencia del Señor en nuestro corazón.

No le veremos, pero le veremos - aunque la frase nos pueda parecer una contradicción - porque el Señor está viniendo a nuestro encuentro, haciéndose presente en nuestra vida continuamente. A nuestro encuentro viene el Señor en la presencia de los demás; en el rostro de los hermanos hemos de saber descubrir ese rostro de Cristo que camina a nuestro lado y nuestro corazón tendrá que llenarse también de alegría.

miércoles, 25 de mayo de 2022

Llenemos el corazón de verdadera humildad para abrirnos al misterio de Dios y dejarnos sorprender por la acción del Espíritu que nos lo revela

 


Llenemos el corazón de verdadera humildad para abrirnos al misterio de Dios y dejarnos sorprender por la acción del Espíritu que nos lo revela

Hechos de los apóstoles 17, 15. 22 — 18, 1; Sal 148; Juan 16, 12-15

En una ocasión un niño pequeño, de los primeros años escolares, entró en mi lugar de estudio y se quedó como paralizado con los ojos bien abiertos contemplando todos los libros que yo tenía en sus estantes y me preguntó asombrado ¿Tú te has leído todo esos libros y te los sabes todos?  Asombrado estaba que yo hubiera podido leer todos aquellos libros, pero además sabérmelos todos.

Me viene al recuerdo esta simple anécdota tras el anuncio que le escuchamos hoy a Jesús. ‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir’.

Mucho era lo que Jesús les había ido enseñando, pero mucho eran aun lo que les quedaba por aprender, por conocer. Me recuerda también el final del evangelio de Juan en que termina diciéndonos que allí en aquel evangelio está cuanto necesitamos para creer que Jesús es el Hijo de Dios, el Salvador del mundo y creyendo tengamos vida en su nombre, pero que muchas más cosas hizo y dijo Jesús que si se escribieran todas ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir. Un lenguaje, es cierto, un poco hiperbólico pero que nos viene a expresar la grandeza del evangelio que nos lleva a nuestra fe en Jesús y a nuestra salvación.

Hoy nos promete Jesús la presencia del Espíritu con su Sabiduría que nos lo enseñará todo, ‘nos guiará hasta la verdad plena’. ¿Cómo podríamos tener nosotros la garantía de que no olvidamos las palabras de Jesús, su buena noticia de salvación? ¿Cómo se nos puede garantizar que no manipulemos las palabras de Jesús para hacerle decir cosas distintas a lo que El nos enseñó?

Podríamos tener la tentación de dudar de la autenticidad del evangelio que hoy enseñamos y trasmitimos, como podríamos tener también la tentación de tergiversar sus palabras. Es quizás la tentación de muchos que todo lo ponen en duda; lo escuchamos muchas veces en el mundo que nos rodea o nos puede pasar a nosotros también por nuestro interior. Son tantos los que se cierran a la fe y en todo ven manipulación.

En un mundo y en una sociedad en la que contemplamos a tantos que ansían el poder, no para servir a esa sociedad sino para tener dominio sobre ella, casi podría parecer normal que haya también quien dude del auténtico sentido de la autoridad dentro de la Iglesia y también pueden ver esas ansias de poder y de dominio en los pastores de la Iglesia.

Cuántas cosas escuchamos decir en este sentido y cuanto se manipula desde los medios de comunicación para ir envenenando la fe de los creyentes. Siembra dudas y crearás división; crea abismos que dividan y separen destruyendo la comunión y desde esa manipulación se irá logrando destruir hasta lo más sagrado, arrancando la fe del corazón de los creyentes.

Quienes en verdad nos dejamos conducir por la fe sentimos que verdaderamente es otra cosa, otro es el sentido de las cosas, porque creemos en la presencia del Espíritu Santo que nos prometió Jesús que es el que verdaderamente inspira la acción de la Iglesia. Esa presencia del Espíritu que nos guiará a la verdad plena, como nos dice hoy Jesús, es la garantía de esa autenticidad de la Verdad proclamada, transmitida y enseñada por la Iglesia.

No perdamos esa visión de la fe; dejémonos conducir por el Espíritu Santo; dejemos que su luz nos llene de su Sabiduría y podremos, aunque nos consideremos los más humildes y los más pequeños y precisamente por eso, conocer el misterio de Dios que en Cristo Jesús se nos manifiesta. Mientras no llenemos nuestro corazón de verdadera humildad difícilmente podremos abrirnos a Dios y a la acción de su Espíritu. Abramos bien los ojos del corazón para dejarnos sorprender por el misterio de Dios que podremos llegar a conocer.

martes, 24 de mayo de 2022

Nos enviará Jesús el Espíritu que no solo nos liberará de nuestros agobios, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior

 


Nos enviará Jesús el Espíritu que no solo nos liberará de nuestros agobios, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

Hay ocasiones en que nos ponemos tristes, nos ponemos tensos y agobiados solamente pensando en el futuro. Hay personas, y nos puede pasar algunas veces a nosotros, que solo pensando en lo que nos pueda suceder mañana, ya nos hace llenarnos de agobios; de alguna manera buscamos seguridades, buscamos seguridad ante el futuro. ¿Qué va a ser de mí? Si me sobreviene una enfermedad, ¿cómo la afrontaré? Y los padres se preguntan por el futuro de los hijos, o pensamos en nosotros mismos que nos podamos quedar solos en la vida. Muchas cosas que nos agobian. ¿Dónde encontrar la confianza que nos dé seguridad en la vida?

Ante los imprevistos que nos pueda presentar la vida hay quien se agobia sin que nada le haya sucedido. Nos tambaleamos muchas veces, nos sentimos inseguros, nos trabajamos unas seguridades en lo social para que tengamos las cosas resueltas y aun así nos agobiamos. ¿Serán las inseguridades que llevamos en nuestro interior? Nos faltan quizá certezas, queremos tener respuestas para todo y en ocasiones nos quedamos sin saber qué responder o cómo afrontar lo que nos puede venir. Y vienen las tristezas, la falta de una verdadera alegría por esa inseguridad en la que vivimos, por esa quizás desorientación que pudiera haber en nuestro interior. ¿Nos faltará valentía en la vida?

Necesitamos una fortaleza interior. Como el edificio que tiene que tener unos sólidos cimientos, pero también una muy elaborada estructura que no solo de forma, sino que dé fortaleza a todo el conjunto del edificio. Serán los valores por los que regimos nuestra vida, los principios que dan fundamento a lo que vamos haciendo en la vida, es esa riqueza interior que nos hemos ido creando para dar respuestas, para encontrar soluciones, para mantener la serenidad del espíritu frente a las tormentas que nos va ofreciendo la vida. Lo podemos llamar espiritualidad, o lo podemos llamar vida interior, es el alimento de nuestro espíritu que no es solo el alimento con que nutrimos nuestro cuerpo. De este alimento nos preocupamos, pero qué poco tenemos en cuenta ese otro alimento que nutra nuestro espíritu.

Hoy Jesús, ante la tristeza que se va apoderando de los discípulos por todo aquello que Jesús les está anunciado, les habla de la presencia del Espíritu que les enviará desde el seno del Padre. Físicamente van a dejar de ver a Jesús pero una nueva presencia van a sentir por la fuerza del Espíritu. No tendrán a Jesús que una y otra vez les corrija y les enseñe, tan duros como son de corazón y de mente, pero el Espíritu se los recordará todo.

‘Os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’, les dice Jesús. El Espíritu que nos hará ver el juicio de Dios, pero el Espíritu que será nuestra luz y nuestra fuerza, que nos liberará de las peores angustias porque hará que se caigan tantas cadenas que nos atan en la vida, el Espíritu que pondrá alegría en el corazón porque nos hará sentir de manera nueva la presencia de Jesús, aunque podamos estar por otra parte pasando por noches oscuras de sufrimientos o de problemas. Es el Espíritu que en verdad nos hará grandes porque no solo nos liberará de apegos o de angustias, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior.

 

lunes, 23 de mayo de 2022

Necesitamos del Espíritu que nos abra el corazón y la mente para ser capaces de ver con claridad nuestra propia realidad y con su fuerza se abran nuevos caminos de vida

 


Necesitamos del Espíritu que nos abra el corazón y la mente para ser capaces de ver con claridad nuestra propia realidad y con su fuerza se abran nuevos caminos de vida

Hechos de los apóstoles 16, 11-15; Sal 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

Hay ocasiones en que nos cuesta reconocer que las cosas van mal. Siempre buscamos una disculpa, siempre tenemos una respuesta preparada. Igual que la persona mayor no quiere reconocer las limitaciones que le imponen los años, o el enfermo que no quiere reconocer la gravedad de su enfermedad; esto se me pasa, esto no es nada, esto es ahora porque me encontró flojo, pero yo estoy bien… cuántas disculpas; y no hablo ya solo de la enfermedad que nos puede aparecer, las limitaciones de los años, sino otras muchas situaciones en la vida en las que no queremos reconocer la realidad; el negocio está mal, pensamos, pero esto es coyuntural, cuando pasen estos momentos difíciles todo se recuperará.

Pero nos sucede en nuestro camino de superación personal, donde no logramos avanzar lo que nos habíamos propuesto o lo que sería lo ideal, pero siempre decimos cuando yo me ponga en serio eso lo voy a lograr enseguida, pero nos falta la voluntad de ponernos en serio, o nos falta la constancia para seguir unos ritmos.

Lo contemplamos en los derroteros de la Iglesia, y de la situación de la Iglesia frente al mundo que la rodea, que no es tan bonita como queremos pintarla; muchos espejismos se nos pueden meter por medio y nos impedirán ver la realidad, nos quedamos en el espejismo y no queremos darnos cuenta de la situación de descristianizacion que vive la sociedad actual, donde cada vez importa menos lo religioso, importan  menos los principios o los valores cristianos, donde estamos viendo cómo la vida vale tan poco, y ahí tenemos el aborto en esa carrera imparable en que cada vez damos más derecho a la muerte, o también en la eutanasia donde a nuestro lado tantos la ven ya como algo tan natural.

¿A dónde vamos? ¿Nos daremos cuenta? ¿Dónde tenemos que pararnos, detenernos para ver con claridad, para comenzar a actuar de una forma distinta desde la Iglesia, desde el testimonio de los cristianos? Es duro y hasta cruel que no nos demos cuenta de la realidad y todavía sigamos pensando en una sociedad de cristiandad, y no en una sociedad en la que tenemos que ser misioneros que en verdad nos pongamos a abrir caminos.

Jesús nos habla de la presencia del Espíritu Santo que tanto vamos a necesitar. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Es la promesa de Jesús. Nos enviará desde el Padre el Espíritu de la verdad. Será el Espíritu que remueva y renueve nuestros corazones. El Espíritu que abrirá nuestra mente para que entendamos todo bien, como hacía Jesús con los discípulos de Emaús, o como lo  hizo luego en el Cenáculo. Les abrió los corazones para que entendieran las Escrituras.

Necesitamos que se abra nuestro corazón, que se abra nuestra mente muchas veces tan endurecida que no somos capaces de ver con claridad lo que es nuestra propia realidad. Necesitamos el Espíritu que abra nuevos caminos en nuestra vida. Necesitamos el Espíritu que nos fortalezca para que podamos hacer esos nuevos caminos de evangelización. Necesitamos el Espíritu que venga a ser nuestra fortaleza para ese testimonio que hemos de dar y que no siempre será fácil, porque débiles nos sentimos para llevar adelante esa tarea que se nos confía.

Pidamos a Dios que nos conceda la luz y la fuerza de su Espíritu.

domingo, 22 de mayo de 2022

Tenemos que escuchar la Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece, que es aliento y esperanza, nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón

 


Tenemos que escuchar la Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece, que es aliento y esperanza, nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón

Hechos 15, 1-2. 22-29; Sal 66; Apocalipsis 21, 10-14. 22-23; Juan 14, 23-29

Cuando en la vida, por las circunstancias que sea, sabemos que tenemos que separarnos de una persona que ha sido importante para nosotros, que ha influido en nuestra manera de ser o nos ha ayudado a descubrir lo hondo de la vida, surge lo que llamamos tristeza que es ese sentimiento que se adueña de nosotros porque ya no podemos volver a estar con esa persona, no podemos escuchar sus palabras y sus consejos cuando volvamos a encontrarnos con problemas o situaciones difíciles de la vida, no podremos gozarnos de su presencia que tantas seguridades nos ha dado en la vida. Por eso se nos hacen tan dolorosas las despedidas, porque además nuestro espíritu se llena de inquietud ante lo que nos pueda devenir en el futuro. Muchas veces no queremos ni pensar en esas posibilidades de despedidas.

¿Era el estado anímico de los discípulos en aquella cena pascual que sentían que Jesús se les iba y que se iban a quedar solos? ¿Será el estado anímico en que nos podemos encontrar muchas veces los cristianos en nuestras luchas y en nuestras tareas que nos parece sentirnos solos? A una cosa y otra creo que nos puede responder hoy el evangelio.

Los discípulos estaban a gusto con Jesús, no se querían separar de El. Se había creado ese vínculo de amor que crea comunión y que hace comunidad. Así se sentían seguros con Jesús, querían escuchar sus palabras, hacían cuanto estaba de su parte por no separarse de El. Sin embargo, las palabras de Jesús eran presagio de tiempos que no iban a ser fáciles. Ya les había hablado de traiciones y negaciones, habían vislumbrado lo que sería su soledad sin su presencia. ¿Quién les iba a explicar una y otra vez las cosas cuando tan cerrados de mente eran que parecía que nunca terminaban de entender las palabras de Jesús?

Y podríamos decir que a todo eso, punto por punto, Jesús va respondiendo con sus palabras. No les dejaba solos y que se las entendieran por su cuenta cuando nada comprendieran. Promete Jesús la presencia de su Espíritu que les acompañará, les hará comprender todas las cosas y pondrá palabras en sus labios y fuerza en su corazón cuando vinieran los momentos difíciles. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.

Era cuestión de permanecer en su amor, porque eso los mantendría unidos – por eso su mandamiento era que se amaran los unos a los otros – pero era cuestión de mantenerse en el amor de Dios, porque así Dios se haría presente en sus corazones. ‘Vendremos y haremos morada en él’, les dice Jesús.

Y no les faltaría la paz en sus corazones. ¡Qué seguros se sentían con la presencia de Jesús a su lado! Ellos sabían ya que los principales del pueblo estaban buscando la manera de prender a Jesús, pero por ahora ellos se sentían seguros, porque Jesús estaba con ellos, y les parecía que no se iban a atrever y nada iba a pasar. ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde’. Con Jesús tendrían que sentirse seguros. Aunque cuando llegase el momento de la prueba vendrían las huidas y los escondites y los encierros. Lo dejaron solo en Getsemaní y se encerraron en el Cenáculo.

Después de la resurrección, aunque les costó aceptarla, se darían cuenta. Con la venida del Espíritu en Pentecostés todo cambiaría en ellos. Es el estado en que nosotros estamos o deberíamos estar. También tenemos nuestros miedos, también sentimos nuestras inseguridades, también a veces nos cuesta luchar y seguir caminando hacia delante, también nos parece sentirnos solos frente al mundo que nos rodea. Algunas veces nos vemos tan poquitos en nuestras celebraciones, en nuestras comunidades y vemos lo amplio que es el mundo que nos rodea y al que tendríamos que llevar la Palabra de Jesús.

También nos acobardamos, nos encerramos y refugiamos en lo de siempre, como se suele decir. Nos quedamos tan contentos y satisfechos porque todavía hay un grupito que viene a la Iglesia. Quizás cuando estamos reunidos en nuestras celebraciones o en algunos momentos importantes de la comunidad sentimos que se renueva nuestra alegría, pero tememos salir fuera, salir al encuentro de ese mundo que nos rodea, nos sentimos que no sabemos cómo actuar, qué palabra decir, cual es la Buena Nueva que tenemos que anunciar. 

Tenemos que escuchar esta Palabra de Jesús que hoy se nos ofrece. Esa Palabra que es aliento y esperanza, esa Palabra que nos llena de seguridad y nos hace sentir una nueva paz en nuestro corazón. La promesa del Espíritu es para nosotros también; es el Espíritu el que está en medio de nosotros y sigue guiando a la Iglesia, es el Espíritu que nos hace conocer hoy la Palabra de Jesús para este hoy de nuestra vida, es el Espíritu que nos lanzará a la calle en Pentecostés, como escucharemos que lanzó a Pedro y a los Apóstoles a las calles de Jerusalén y a los caminos del mundo.

Reavivemos nuestra fe, sintamos esa paz y esa seguridad que nos da Jesús para que no vivamos acobardados, pidamos con fuerza que venga el Espíritu a nosotros, a nuestra vida, a nuestra Iglesia, a nuestro mundo. No es despedida para nosotros sino promesa de presencia nueva que nos llena de nueva vida.

sábado, 21 de mayo de 2022

El cristiano está consciente en medio del mundo sabiendo que el mundo no nos ama, pero con el gozo en el alma de sentirnos amados del Señor

 


El cristiano está consciente en medio del mundo sabiendo que el mundo no nos ama, pero con el gozo en el alma de sentirnos amados del Señor

Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21

Algunas veces tan seguros de nosotros mismos por la vida que creemos que tenemos que caerle bien a todo el mundo, pero nos tropezamos de bruces con la realidad de que no somos tan ‘chachis’ como pensamos y nos encontraremos con gente a las que caemos mal, que juzgan y critican cuanto hacemos, y que de una manera u otra nos hacen frente en la vida, fastidiándonos en muchos casos o haciéndonos las cosas imposibles.

No siempre sabemos reaccionar, porque pronto nos aparece el amor propio, el orgullo y el engreimiento de que somos los mejores o que somos los únicos que sabemos hacer las cosas bien y lo solemos pasar bastante mal. Nos falta quizás la madurez para darnos cuenta de nuestra realidad y nuestras debilidades, o para afrontar el que otro pueda tener otra opinión que nos haga frente; hay gente que se enferma con situaciones así.

Dije al principio lo de ir seguros por la vida, pero haciendo referencia más bien a esa autosuficiencia con que andamos muchas veces. Cuando tenemos convicciones profunda, claro que tenemos que ir seguros por la vida, pero no significa eso que vayamos poniéndonos por encima de los demás, ni vayamos avasallando a nadie o queriendo imponer nuestras cosas; seguridad hemos de tener en nuestras convicciones y principios, seguridad hemos de tener en nuestra fe aunque siempre andemos en camino de búsqueda y de crecimiento interior.

Y cuando hablamos de esa seguridad y libertad interior con que queremos vivir nuestra fe, sabemos muy bien que vivimos en un mundo muy complejo y, aún en nuestros ambientes que decimos cristianos, bien sabemos que no todo es cristiano, que la fe se ha debilitado en muchos, y que otros tienen otros pensamientos, otras formas de afrontar la vida con sus propios principios. No es que tengamos que hacer una mezcolanza, un sincretismo, pero sí actuar con libertad y con respeto hacia los que están en nuestro entorno y puedan pensar distinto. Claro que eso no nos ha de coartar para que nosotros hagamos una presentación clara y valiente de lo que es nuestra fe, porque nuestra meta será siempre querer iluminar la vida del mundo que nos rodea. Tenemos una luz de la que no podemos inhibirnos.

Hemos venido diciendo cómo Jesús en aquel diálogo con sus discípulos y apóstoles en la cena pascual, con aquellos aires de despedida que tenía también, va abriendo su corazón y mostrando en las recomendaciones que les va haciendo a los discípulos las dificultades también con que se van a encontrar. Emplea un lenguaje que en cierto modo puede parecer fuerte cuando les dice que el mundo les odia, porque no son del mundo.

Es el rechazo y la oposición con que se van a encontrar, que veremos en los Hechos de los Apóstoles cómo los primeros cristianos van a encontrar ya desde aquellos mismos comienzos. Les sucede a los apóstoles en Jerusalén, como veremos luego que será la piedra con que vayan tropezando en sus caminos por el mundo anunciando el evangelio. En los viajes del Apóstol Pablo que nos narra el libro de los Hechos de los Apóstoles lo encontraremos claramente.

‘Recordad lo que os dije: No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra’ les viene a decir Jesús. Pero nos sentimos seguros en nuestro camino porque nos sentimos amados y escogidos del Señor.

No vamos con nuestra misión particular, no vamos a realizar nuestras propias batallas, vamos con la misión que Jesús nos ha confiado, vamos con la confianza de la fuerza del Espíritu que está con nosotros. Es la seguridad con que nos sentimos hoy en nuestra tarea, que sabemos bien que no es tan fácil. Estamos conscientes en medio del mundo sabiendo que el mundo no nos ama, pero con el gozo en el alma de sentirnos amados del Señor.

viernes, 20 de mayo de 2022

Nos quedamos nosotros con las palabras de Jesús, con su desahogo y con su mandato, con su confidencia y su ternura porque nos llama amigos

 

Nos quedamos nosotros con las palabras de Jesús, con su desahogo y con su mandato, con su confidencia y su ternura porque nos llama amigos

Hechos de los apóstoles 15, 22-31; Sal 56; Juan 15, 12-17

Hay momentos en que parece que son más propicios a una mayor confidencialidad, donde afloran los sentimientos más hondos de la persona, en que todo son recomendaciones y advertencias, últimos consejos porque de alguna manera todo suena a despedida. Se quiere dejar las cosas claras pero también se advierte de cosas que se han de tener en cuenta para siempre.

Podemos pensar, como es de suponer, en última despedida de la vida, pero sucede de alguna forma cuando por ejemplo el padre o madre de familia tiene que ausentarse y deja todo en manos de los hijos, o de igual manera son las recomendaciones del padre o de la madre para el hijo que marcha a emprender una nueva vida con nuevos horizontes, o la despedida del amigo querido por las circunstancias que sean. Salen a flote todos los sentimientos del corazón sin ningún tipo de pudor, o se tiene la valentía de advertirte en lo que no debes hacer, conociéndote como te conocen. 

¿Era lo que sucedía en aquellos momentos de la cena pascual? Muchas veces hemos comentado el ambiente especial que allí se vivía en aquellos momentos; las palabras de Jesús también suenan a despedida y a últimas recomendaciones; pero sobre todo se derrama la ternura del corazón sobre aquellos a los que ama de manera especial. ‘Hijitos míos’, dirá en algún momento, ahora les dice que no les llama siervos sino que los llama amigos. Es El quien se ha puesto en el lugar del siervo que está para servir cuando desde el principio de la cena se ha postrado delante de ellos para lavarles sus pies. Ahora les dice que les ama y les ama de manera que está dispuesto a dar la vida por sus amigos como realmente va a significar su entrega.

Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos
. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’
.

Fijémonos en sus palabras que habla del amor más grande que es capaz de dar la vida por sus amigos; y a continuación les dice ‘vosotros sois mis amigos… a vosotros os llamo amigos…  ¿Puede haber un derroche de ternura más grande? Con ellos ha tenido las confidencias mayores. ‘Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer’, les dice. Y ahora termina soltando todo lo secreto que lleva en su corazón.

Por eso les recomienda e insiste porque lo dice de una forma y de otra. Tenéis que amaros. Eso es lo importante. Eso es lo que hay que hacer. Ese es el testimonio que tenéis que dar. Esa es la Buena Noticia que tenéis que transmitir. Que no son solo palabras las que tenéis que pronunciar, que es una vida que hay que pronunciar, transmitir, testimoniar con el amor. Y como si pareciera poco, lo deja como mandamiento. ‘Esto os mando: que os améis unos a otros’.

Los hijos se quedan con las últimas palabras del padre o de la madre que saben que tienen que cumplir, es su última voluntad; el amigo guardará en su corazón esa última recomendación o ese último desahogo del alma que le ha hecho el que marcha. Nos quedamos nosotros con las palabras de Jesús, con su desahogo y con su mandato, con su confidencia y su ternura porque nos llama amigos, y es lo que tenemos que estar dispuestos a poner por obra.

jueves, 19 de mayo de 2022

Soy feliz porque amo, ojalá llegamos a esa sublimidad en el amor que no busca premios ni recompensas

 


Soy feliz porque amo, ojalá llegamos a esa sublimidad en el amor que no busca premios ni recompensas

Hechos de los Apóstoles 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11

Podríamos decir que entre los parámetros humanos del amor está el que nos sintamos felices porque seamos correspondidos en nuestro amor. Amamos y nos llenamos de alegría, es cierto, cuando al mismo tiempo nos sentimos amados por aquel en quien hemos depositado nuestro amor y todas las muestras señales de ese amor. Es cierto que nos sentimos felices cuando somos amados; y nos llena de satisfacción el ver que a quien amamos nos corresponde.

Pero ¿nos podemos quedar ahí? ¿Habrá algún paso más sublime en el amor? Si no somos correspondidos, ¿seríamos capaces de seguir amando? Creo que es un peldaño más que subimos en nuestro amor que así se hace más sublime, cuando nos sentimos felices simplemente por el hecho de amar, aunque no fuéramos correspondidos. Humanamente es difícil pero en ello se manifiesta toda la sublimidad del amor. Ser capaces de amar así, con un amor gratuito, porque no estamos buscando ninguna recompensa, porque sentimos en nosotros mismos esa satisfacción de lo bueno que hacemos, del amor que regalamos.

Es de ese amor del que nos habla Jesús. Nos habla de un amor tan grande que es capaz de dar la vida por aquel a quien amamos. Es lo que contemplamos en Jesús. Es la sublimidad del amor de Dios. ‘Aunque no hubiera cielo, yo te amara’, era una oración hermosa que algunos aprendimos de chicos, porque el regalo, la felicidad está en el mismo hecho de amar.

Sin embargo aplicamos demasiados parámetros humanos a nuestro amor y al amor que le tenemos a Dios, porque buscamos la recompensa, porque buscamos el premio, y pareciera que todos aquellos gestos de amor que vamos realizando en la vida son puntos y valores que hacen crecer nuestra cuenta para buscar y merecer un premio cada vez más grande.

Muchas hemos andado con esas contabilidades en nuestra vida espiritual, tantos rosarios, tantas limosnas, tantas Misas, tantas visitas al Santísimo, tantos primeros viernes, tantos enfermos que visitamos o atendimos, y así queremos ir haciendo crecer nuestra cuenta, como si fuera la factura de gastos que le vamos a presentar a Dios cuando nos pongamos en su presencia tras la hora de la muerte. Y claro como ya hicimos una buena cantidad de cosas, ahora ya nos podemos relajar un poquito y no hace falta darle tanta intensidad. ¿No tendríamos que reconocer que hay una cierta mezquindad en un amor así que contabiliza lo que ha hecho?

Hoy Jesús nos dice simplemente que permanezcamos en su amor. Y hemos aprendido a permanecer en ese amor desde el amor grande que Dios nos tiene. No es otra cosa que vivir esa unión de amor a semejanza de lo que es el amor de la Trinidad de Dios. Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, nos dice Jesús. Y nos lo está diciendo para que aprendamos a disfrutar de la alegría del amor. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’.

Es que Jesús nos está hablando de la sublimidad del amor. Un amor siempre gratuito, siempre generoso, siempre universal; un amor que es darse sin medida, que me hace olvidarme de mi mismo, porque lo que importa es que amo, a quien amo. Soy feliz, porque amo, tendríamos que terminar diciendo, no importa nada más. Puede parecer difícil, porque siempre puede aparecer nuestro orgullo y nuestro amor propio, pero cuando aprendemos a hacerlo, será lo más fácil y lo más hermoso del mundo.

miércoles, 18 de mayo de 2022

Sepamos sentarnos en silencio en la presencia de Dios para sentir el palpitar de vida de su corazón que nos haga entrar en la misma sintonía, en el mismo ritmo de amor

 


Sepamos sentarnos en silencio en la presencia de Dios para sentir el palpitar de vida de su corazón que nos haga entrar en la misma sintonía, en el mismo ritmo de amor

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8

El trato hace la amistad, solemos decir. Es necesario sentir la cercanía, es importante estar en contacto, no podemos perder la relación y la comunicación; no puede ser simplemente algo mantenido en el recuerdo, por muy buenas que hayan sido las experiencias vividas, porque el distanciamiento enfría la relación, poco a poco corta la comunicación y se pierde la comunión. Yo tuve un amigo, llegamos a reconocer, pero ya no sé por dónde anda, se cortó la comunicación y la relación y al final puede parecer que fue algo, muy bonito quizá, que pertenece al pasado y ahora poco o nada nos puede decir. Cuántas amistades abandonadas, cuántos amigos olvidados, cuántos recuerdos que parece que son solo para la historia pero que ahora no hacen vida.

Algo así nos está hablado Jesús. Nos pone comparaciones, tomadas incluso de lo que es la propia naturaleza, pero al final nos dirá tajantemente ‘sin mí, nada sois’. Necesitamos estar unidos a El, mantener nuestra comunión y nuestro amor. Si siempre hemos venido diciendo que todo es una relación y una respuesta de amor, esa llama hay que mantenerla viva, y no se mantiene viva si no se la alimenta. Y el alimento está en esa comunicación y en ese diálogo, en ese conocimiento que crece y que hará crecer el amor, en esa presencia que es luz, fuego, alimento, fuerza para el espíritu.

La comunicación y el encuentro con el amigo, el diálogo lleno de confianza donde todo se comparte y donde mutuamente disfrutamos de esa presencia, de esas palabras, de esas experiencias compartidas, hacen crecer la amistad, harán crecer el amor. Lo tenemos que cuidar; no será solo una presencia ocasional por alguna circunstancia que nos haga encontrarnos; no solo puede ser un encuentro fugaz fruto de nuestras correrías y de nuestras prisas, tiene que ser algo más hondo, algo que se disfrute mejor, algo que nos meta el gozo en el alma del amor y la amistad compartida. No somos amigos por un regalo formalmente compartido ni por una visita de compromiso.


Tenemos que buscar lo que en verdad nos hace crecer como cristianos. Nuestra manera de vivir la presencia de Jesús en nuestra vida. Hoy nos habla Jesús de la vid y de los sarmientos; que hay que cultivar, que hay que cuidar, que hay que incluso podar para que no se vaya por ramajes inútiles e inservibles, que tenemos que saber mantener en profunda unión para que no sea un sarmiento que se seque sino una planta que desde lo más profundo llegue a dar fruto.

Igual que cultivamos de verdad una amistad y cuidamos que nada la entorpezca o la llene de maleza, tenemos que cuidar nuestra relación con Dios, nuestra relación con Jesús. Es la oración profunda que nos llena de la presencia de Dios, es el diálogo de amor en que se nos ofrece la Palabra a la que hemos de dar una respuesta de vida, es el cuidar que esa relación no se quede en lo formal o en lo ritual sino que en verdad nos haga gozarnos en su amor y cantar la alegría de su presencia, es ese saber sentarnos en silencio en su presencia para sentir el palpitar de vida del corazón de Dios que no haga entrar en la misma sintonía, en el mismo ritmo de amor.

El trato hace la amistad, habíamos comenzado diciendo, y será ese trato y esa relación llena de vida con Dios lo que nos hará crecer en su amor. ‘Permaneced en mi y yo en vosotros’, nos decía Jesús en el evangelio. Qué distintos nos sentiríamos, qué seguridad daría a nuestra vida, qué fortaleza para nuestro caminar, con qué nueva ilusión y esperanza nos pondríamos a contagiar a los demás de ese amor, qué fuerza tendría nuestro compromiso de amor, con qué amor nuevo amaríamos también a los demás a los que ya para siempre miraremos como hermanos.

martes, 17 de mayo de 2022

En los momentos previos a la pasión Jesús les está hablando de paz y hoy en este momento concreto nos habla a nosotros de paz, de una paz que tenemos que reconstruir

 


En los momentos previos a la pasión Jesús les está hablando de paz y hoy en este momento concreto nos habla a nosotros de paz, de una paz que tenemos que reconstruir

Hechos de los apóstoles 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a

Tenemos que saber escuchar las palabras que se nos dicen teniendo en cuenta el momento concreto en que fueron pronunciadas para poder sacarle, por así decirlo, todo su jugo. Unas palabras fuera de contexto son peligrosas, y ya sabemos cómo se manipula hoy, cómo sacamos muchas veces lo que se nos dice fuera de su contexto, y como hay el peligro de que nos lleven a interpretaciones erróneas. Eso nos vale en muchas cosas y situaciones de la vida; cuidado con la malicia con algunas veces se actúa y nos dicen que dijeron pero no sabemos por qué dijeron y lo que en concreto se quería decir, esto que comento podría tener amplias aplicaciones a muchas situaciones de la vida.

Pero he iniciado este comentario, que me ha podido llevar a muchas cosas, para que nos demos cuenta de la profundidad que Jesús quería darle a sus palabras en aquel momento concreto de la cena pascual, anticipo de cuanto se iba a suceder a continuación. Ya hemos comentado en algún momento aquel momento especialmente tenso que se vivía en aquella cena y es cuando Jesús nos habla de la paz. En esos momentos de tensión necesitamos esa palabra que nos lleve a encontrar la serenidad para afrontarlo y a no perder la paz de nuestro corazón.

Así nos dice Jesús hoy: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no turbe vuestro corazón ni se acobarde’. Les habla a los discípulos en aquel momento tenso de paz, les habla de mantenerse firmes, de no acobardarse, de no perder la paz en el corazón. Bien que les hacía falta frente a todo lo que iba a suceder que iba a ser un escándalo muy grande para ellos. Ya en el huerto, tras el prendimiento de Jesús, todos le abandonan y huyen; así nos lo dirá claramente el evangelista. Allí aparecería precisamente al frente de aquellos servidores del templo que parecían forajidos precisamente uno de los propios discípulos. No habían entendido antes las palabras de Jesús a Judas, por tendría que ser un golpe muy fuerte verlo traicionar a Jesús yendo al frente de los que iban a prenderle. ¿Podrían mantener la paz del espíritu? Abandonan y huyen.

Jesús ahora quiere hacer que se mantengan fuertes, que no se acobarden pase lo que pase; El les había anunciado todo lo que iba a suceder pero ellos no lo habían comprendido. Serán momentos difíciles cuando se vayan cumpliendo todas las palabras anunciadas por Jesús. Claro que necesitan la paz. Y no es una paz cualquiera. Claro que no será la paz a la manera como la gente del mundo entiende la paz. Muchas veces quizás queremos imponer la paz.

Por eso en los momentos previos a la pasión Jesús les está hablando de paz. Nos habla a nosotros hoy de paz; y pensamos en lo que vivimos, pensamos quizá primordialmente en la guerra de Ucrania por la cercanía en el espacio y en el tiempo, pero nos vamos olvidando de otros lugares del mundo que hoy también se ven amenazados. Olvidamos pronto quizás también momentos de guerras y tensiones que hemos vivido en los últimos tiempos en distintos lugares del mundo.

Y rezamos, es cierto, por la paz, y queremos que pronto callen las armas y se pueda comenzar una reconstrucción de cuanto ha sido destruido. Pero ¿serán solo los edificios, las obras civiles, lo material con toda la ruina económica que lleva aparejada lo único que habrá que reconstruir? Es lo primero en lo que pensamos cuando estamos tan ansiosos de paz. Pensamos quizás que con esa reconstrucción ya estaría todo hecho y se recobraría de nuevo la paz, pero ¿no habrá algo más hondo que reconstruir en el corazón de las personas o en las mismas instituciones sociales para llegar a encontrar una auténtica paz?

Toda esta crisis que vivimos nos ha llevado a una destrucción interior, porque nuestros corazones se han roto, porque hemos dejado de creer en los otros, porque se han ido sembrando unas semillas terribles en nuestros corazones que nos despiertan el orgullo, el odio, los deseos de venganza o de revancha, unas ansias de destruir muchas cosas o personas que nos han traído todo estos males que sufrimos. No podemos huir ni tirarnos al campo para hacer la guerra de la paz por nuestra cuenta o a nuestra manera.

Si mantenemos todo eso en el corazón no encontraremos la paz. Por eso nos dice Jesús que nos da la paz pero no como la da el mundo. Será algo más hondo lo que tenemos que reconstruir en nosotros para alcanzar esa verdadera paz. Es lo que Jesús nos ofrece. Es la salvación que en verdad nos regala. Son cosas muy concretas donde El quiere hacer presente su gracia. Sepamos ver ese regalo de la paz que Jesús quiere darnos.

lunes, 16 de mayo de 2022

Hemos de ser los enamorados de Dios que vayamos chorreando su amor allí donde estemos y con lo que vivimos por la fuerza del Espíritu que habita en nosotros

 


Hemos de ser los enamorados de Dios que vayamos chorreando su amor allí donde estemos y con lo que vivimos por la fuerza del Espíritu que habita en nosotros

Hechos de los apóstoles 14, 5-18; Sal 113; Juan 14, 21-26

Una mirada con los ojos del amor nos hará ver y descubrir lo que por ningún otro medio podemos conocer. ¿Por qué me conoces tanto? Le preguntaba un hijo a su madre; porque te amo, le respondía. El amor verdadero nos lleva a esa unión tan profunda que no será necesario que nos cuenten lo que nos sucede, para que los ojos del amor lo descubran.

¿Por qué nos descubres esas cosas a nosotros y no a los demás? Le pregunta un discípulo a Jesús cuando de alguna manera se sentía emocionado por la confidencia de amor que Jesús les iba haciendo, y en una palabra Jesús podía haberle dicho, porque os amo. Es lo que de alguna manera le responde aunque otro sea el circunloquio de las palabras. ‘Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?’,  le decía Judas, no el Iscariote sino Judas Tadeo, a Jesús. Y este le respondía: ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’.

Todo es un círculo de amor, respuesta de amor y revelación de amor, comunión de amor de tal manera que se siente habitado por el amor de Dios, por Dios mismo. ¿No es lo que sucede cuando dos personas se aman de verdad? Ya parece que no hay sino una sola vida; los enamorados de verdad ven por los ojos del otro, hablan con las palabras del otro, parece que respiran con el respirar del otro, porque se sienten como una única vida.  Y eso es lo que tenemos que vivir desde nuestra relacion con Dios.

Podemos tener la tendencia de convertir nuestro ser cristiano en aprendernos una doctrina, tener como un catálogo de las cosas que tenemos que hacer, o como se dice ahora, unos protocolos que seguir. Pero creer en Jesús para seguirle, para ser verdaderamente su discípulo es algo mucho más sencillo, porque es como dejarse envolver por el amor de Dios, que es mucho más que una envoltura externa que nos de unas apariencias, porque casi la palabra que tendríamos que emplear es empaparnos del amor de Dios. Cuando de verdad empapamos algo en un líquido luego ese objeto empapado va como chorreando allá por donde vaya aquello de lo que está empapado. Es lo que tendría que ser nuestra vida cristiana; tenemos que ir chorreando ese amor de Dios del que estamos empapados.

Por eso Jesús nos habla de la presencia del Espíritu en nuestra vida. Nos dice que nos lo revelará todo. Cómo querrían tener consigo siempre a Jesús sus discípulos para no olvidar todo aquello que les va revelando y que algunas veces tanto les cuesta no solo recordar sino entender, asumir para sus vidas. Qué bueno sería que Jesús no les faltara nunca. Es lo que Jesús les está prometiendo. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.

Es el Espíritu Santo el que habitará en sus corazones para poder sentir y vivir esa presencia del amor de Dios en sus vidas; es el Espíritu Santo el que transformará nuestras vidas para ser capaces de no solo vivir ese amor de Dios, sino luego empapar de ese amor cuanto nos rodea.

‘Mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’, nos decía Jesús. Seremos ese templo del Espíritu, esa morada de Dios, porque nos llenaremos de su amor. Y eso, ¿cómo se manifiesta en nuestra vida? ¿Serán esas las señales que nosotros damos con nuestra manera de vivir como cristianos? Claro que tendríamos que comenzar por preguntarnos si somos esos enamorados de Dios. Quizá nuestro amor sea pobre, le falte intensidad, se nos quede en le epidermis de la vida, no lleguemos a ser esos empapados del amor de Dios. Es algo que tenemos que cuidar.

domingo, 15 de mayo de 2022

Palabras muy convincentes tienen que decirnos para que levantemos nuestro espíritu y comience a arder la llama de la esperanza en el corazón y la palabra clave es el amor

 


Palabras muy convincentes tienen que decirnos para que levantemos nuestro espíritu y comience a arder la llama de la esperanza en el corazón y la palabra clave es el amor

Hechos 14, 21b-27; Sal 144;  Apocalipsis 21, 1-5ª; San Juan 13, 31-33a. 34-35

Poco pueden convencernos cuando tratan de decirnos palabras de ánimo cuando estamos pasando por momentos difíciles, con problemas que se nos amontonan, con agobios y preocupaciones que nos lo hacen ver todo oscuro. Siempre llegará alguien a nuestro lado que pretenderá con palabras de ánimo levantar nuestro espíritu para que nos mantengamos en la lucha, pero nos sentimos como sin fuerzas para seguir batallando.

Palabras muy convincentes tienen que decirnos para que levantemos nuestro espíritu y comience a arder la llama de la esperanza en el corazón. Algunas veces podremos incluso sentirnos como desconcertados con aquello que pretenden decirnos con la mejor buena voluntad. El dolor lo llevamos en el alma y cuesta mitigarlo. Pueden ser diversas las situaciones en que nos encontremos, pero son cosas que nos suceden.

Las palabras de Jesús en aquella noche de la cena pascual de alguna manera los desconciertan. Aunque quizás desconcierta más la serenidad de espíritu con que Jesús va afrontando todo aquello que al mismo tiempo les va anunciando. Diversas han sido las señales que han ido apareciendo a lo largo de la cena, diversos los gestos y los signos que Jesús ha querido ir realizando.

Pero ya claramente ha hablado de traición y de negaciones, quizás ya en este momento el traidor ha marchado a hacer lo que tenía que hacer, como el mismo Jesús le había dicho. Las palabras de Jesús suenan a despedida y no pueden menos de recordar, aunque no lo entiendan, lo que les había ido anunciando que el Hijo del Hombre había de ser entregado en manos de los gentiles. Todo está creando una sensación y un ambiente muy especial en torno a aquella mesa.

Y ahora Jesús habla de glorificación. Ha llegado la hora de la glorificación; Dios será glorificado y el Hijo va a ser también glorificado. Pero entre sombras ha ido apareciendo el anuncio de despedida y de muerte. Pero Jesús habla con toda contundencia de esa hora de glorificación. ¿Cómo puede haber glorificación cuando todo podría parecer un fracaso? Todas aquellas expectativas sobre el Mesías parecían venirse abajo ¿y habla Jesús de glorificación, de la gloria de Dios?

Y es aquí donde tenemos que entender todo aquello que va a suceder. Todo va a ser la gran manifestación de lo que es el amor de Dios que en Jesús se está manifestando. Nos ha entregado a su Hijo; el Hijo se va a entregar en la entrega más suprema que es la prueba más maravillosa de lo que es el amor verdadero.

Nadie tiene amor más grande que el de aquel que entrega su vida por los demás. Y allí se está manifestando el amor. Todo aquello no va a ser un fracaso sino un triunfo y una victoria. Es la victoria de la vida sobre la muerte, es la victoria del amor sobre el odio en que nos embarramos los hombres, es la victoria del amor infinito de Dios. Jesús va a ser glorificado, porque al tercer día resucitará.

Claro que los discípulos tendrán que pasar por esos momentos de tinieblas y de sombras. Pero la Palabra de Jesús es fiel y se cumplirá. Será glorificado, resucitará al tercer día, le podremos contemplar sentado a la derecha de Dios cuando terminemos contemplando su ascensión al cielo. Pero Jesús quiere que nosotros sigamos dando la señal de la glorificación. Nos dejará un mandamiento, el mandamiento del amor, que nos amemos, que nos amemos los unos a los otros como El nos ha amado. Será el signo de la victoria y de la glorificación con que daremos señales de nuestra fe en Jesús en medio del mundo.

Porque nos amamos y nos amamos de verdad haremos creíble la Palabra que anunciamos. Es la palabra clave. Es el testimonio de nuestra fe, pero es el testimonio de la victoria del amor. Es lo que necesita el mundo para creer y quizás nosotros los cristianos no estamos dando verdaderamente ese testimonio. Aunque hoy todo el mundo hable del amor, la música y las canciones nos lo repitan hasta la saciedad, aunque todos vayamos diciendo sí al amor y no a la guerra, no es precisamente el amor lo que más resplandece en nuestro mundo.

Envueltos en coloristas papeles de regalos que nos hablan de amor, seguimos con nuestros egoísmos y con nuestras insolidaridades, mantenemos nuestras discriminaciones escogiendo muy mucho a aquellos a los que decimos amar sin que sea un amor universal, seguimos hablando de amor solamente como una pasión, no terminamos de desprendernos de nosotros mismos para abrir el corazón a un amor verdadero. Y es lo que los discípulos de Jesús tenemos que testimoniar con valentía y con arrojo.

Pero es que también en ese ambiente tenso que se vive hoy en nuestra sociedad con tantas cosas llenas de negruras que se han ido sucediendo, también necesitamos escuchar estas palabras de Jesús que quieren ser palabras de ánimo y de esperanza. Nos cuesta quizás escucharlas y entenderlas, porque las oscuridades también nos pueden envolver y hacer perder la esperanza.

Pero nosotros ya sentimos la presencia de Cristo resucitado en medio nuestro, estamos viviendo el tiempo pascual, y es ese rayo nuevo de luz y de esperanza que recibimos para nuestra vida, para seguir el camino, para seguir poniendo esos pasos necesarios para lograr esa paz que tanto necesitamos.