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viernes, 4 de octubre de 2019

Aprendamos a valorar lo bueno que recibimos de los demás signo de las maravillas que el Señor cada día hace en nosotros


Aprendamos a valorar lo bueno que recibimos de los demás signo de las maravillas que el Señor cada día hace en nosotros

Baruc 1,15-22; Sal 78; Lucas 10,13-16
No siempre sabemos apreciar ni valorar lo que hacen por nosotros. Nos creemos quizás merecedores de todo y casi vemos como una exigencia que tengan que hacernos algo que nos beneficie. Ahora todo son derechos, nos creemos con derecho a todo, y esto en ocasiones nos hace exigentes con los demás. Y no sabemos apreciar lo que generosamente los otros hacen por nosotros. Quizá vamos de engreídos por la vida y somos nosotros lo que no somos generosos con los demás. Parece en ocasiones que todo se tiene que hacer por un interés, todo se hace a cambio de lo que el otro tenga que hacer por mí.
Es un mundo complejo en este sentido en el que vivimos. Hoy se habla mucho de humanidad, hay muchos movimientos de gente altruista que quieren hacer cosas buenas, en ocasiones vemos gestos hermosos de solidaridad por ejemplo a la hora de catástrofes, de situaciones de peligro, o en llamadas que se hacen para colaborar en campañas determinadas. Podríamos decir que hay un hermoso despertar.
Pero en el fondo nos quedan resabios que no hemos sabido superar y nos encontramos con gentes desconfiadas que no quieren valorar el altruismo generoso de otros y surgen murmuraciones y comentarios que pueden rayar lo difamatorio. Actitudes y posturas que surgen muchas veces de aquellos que no saben ser generosos ni valorar bien lo que reciben de los demás.
En una ocasión en un comentario en grupo surgía una persona que decía que a él no le vinieran con penas, que ya tenía bastante con las suyas y que para pertenecer a un grupo donde los demás estuvieran contando sus penas y sus amarguras, a él no le iba eso. Alguien, sin embargo, le hizo reflexionar quizá de una forma dura porque le hizo ver su realidad; era una persona con discapacidad que mucho tenia que depender de los demás para poder realizar muchas acciones, y que con su presencia él estaba ya manifestando su pena o su angustia aunque no dijera nada, pero que sin embargo la gente lo aceptaba y lo ayudaba, que pensara cuanto debía a los demás de alguna manera en todas las ayudas que recibía. Al final lo reconoció.
Lo que decíamos al principio nos cuesta reconocer cuanto de bueno recibimos de los demás y algunas veces parece que ni nos damos cuenta. Reconociendo lo que recibimos con humildad aprenderemos a ser agradecidos, aprenderemos nosotros también a ser generosos con los demás, aprenderemos a ver la respuesta que nosotros tendríamos que dar y cuánto entonces nosotros podemos hacer también por los otros. Aprendamos a valorar el granito de arena que pone el otro, aprendamos a valorar lo que recibimos y seamos generosos para poner de forma altruista y solidaria también nuestro grano de arena junto con los granos de arena que ponen los demás para crear una riqueza de bondad en nuestro mundo.
Me ha surgido esta reflexión en la que quizá me haya extendido de forma excesiva desde las recriminaciones que Jesús les hace a las ciudades de Betsaida y Corozaín. Cuantos milagros había realizado Jesús en su entorno, de cuantas obras maravillosas de Jesús eran testigos, pero sin embargo no daban respuesta de conversión. Siente dolor Jesús en su corazón por la terquedad de aquellas gentes que no sabían descubrir las señales maravillosas de Dios en medio de ellos.
Pensemos en nosotros mismos, a lo largo de la vida cuánta gracia del Señor hemos recibido, cuanto se ha proclamado la Palabra de Dios ante nosotros, cuantos sacramentos hemos recibido, cuantas maravillas de Dios en nuestro entorno que tenemos que reconocer, cuantos testimonios buenos hemos recibido de los otros, ¿cuál ha sido nuestra respuesta? Abramos los ojos para ver las maravillas que el Señor ha hecho en nosotros a lo largo de la vida y demos respuesta.

jueves, 3 de octubre de 2019

No es solo el camino que nosotros buenamente hagamos sino que Jesús nos pone en camino para ser instrumentos de paz como anuncio del Reino de Dios


No es solo el camino que nosotros buenamente hagamos sino que Jesús nos pone en camino para ser instrumentos de paz como anuncio del Reino de Dios

Nehemías 8, 1-4ª. 5-6. 7b-12; Sal 18; Lucas 10, 1-12
En camino vamos por la vida. En camino hacia algo, hacia vivir la propia vida con todo lo que nos sucede o con todo lo que nos vamos encontrando. No queremos quedarnos estancados en lo mismo y vamos en búsqueda, aun con la incertidumbre de lo que vamos a encontrar sin embargo con la curiosidad de lo nuevo que puede ir apareciendo ante nosotros.
Aunque siempre nos encontremos quizá en un mismo lugar o rodeados de las mismas personas sin embargo algo nuevo nos va saliendo a nuestro encuentro en esa convivencia con los demás, en el trabajo que realizamos, en el hogar en que vivimos, o también en cosas insospechadas que se van presentando ante nosotros. En nuestros deseos está el ir hacia algo nuevo, hacia otros lugares, hacia mundo distintos, y si podemos viajamos porque queremos conocer otros mundos, otras culturas, otro paisaje de la vida porque no queremos quedarnos en lo mismo.
En ese camino o en ese viaje de la vida deseamos que no nos falte paz y armonía, aunque ya sabemos que nos vamos a encontrar un mundo en guerra, un mundo en violencia porque en muchas ocasiones se hace difícil ese encuentro o esa convivencia entre personas y pueblos. Si en nuestro corazón hay buenos sentimientos nuestro deseo es la paz; y no pensamos solo en los grandes conflictos y guerras que asolan nuestro mundo en tantos sitios, sino que pensamos ahí en ese lugar cercano donde realizamos nuestra convivencia de cada día y fácilmente afloran también los conflictos y los desencuentros en los que quisiéramos también poner paz. El hombre, todo hombre, toda persona creo que a pesar de los pesares tiene sentimientos y deseos de paz en su corazón y tendría que ser siempre un instrumento de paz.
Y eso que estamos viendo y sintiendo que es algo que tendría que como connatural a la vida de toda persona, vemos que para nosotros los cristianos es una misión especial. Es lo que escuchamos hoy en el evangelio del envío que Jesús hace de sus discípulos. Los llamó, los eligió y los escogió y los envió con la misión de la paz. Y porque lo importante que han de realizar ese anuncio de la paz, quiere Jesús que vayan desprendidos de todo, ni alforjas, ni dineros, ni previsiones sino abiertos a ese mundo, que no siempre va a ser fácil, pero en el que tienen que ser constructores de paz.
Es el saludo, es la primera palabra que han de pronunciar, es el gesto y actitud que han de llevar en sus vidas, es la disponibilidad de su corazón para llevar la paz y también para sentirse acogidos por aquellos con los que se van a encontrar. No llevan contratado por adelantado el hotel donde se van a hospedar, diríamos en lenguaje y rutinas de nuestros tiempos modernos, sino que simplemente se quedarán en la casa donde sean acogidos. Porque eso va a ser un signo también; si se sienten acogidos dirán ‘está cerca de vosotros el Reino de Dios’. En la actitud pacifica y de disponibilidad en la que van han de despertar los buenos sentimientos en aquellos con los que se encuentren y aflorará entonces la hospitalidad y la acogida, señales que son del Reino de Dios.
Si algún poder les concede Jesús es el de sanar y curar. Cuando se habla de sanar y curar es normal que pensemos en enfermos o en personas con discapacidades como pueda ser una invalidez, una ceguera o el ser sordomudo, pero cuando Jesús habla de sanar nos está enviando a algo más que curar uno cuerpos enfermos de sus discapacidades. En ese mundo lleno de conflictos y violencias con que nos encontramos, donde quizá se haga difícil la convivencia y falte la paz mucho hay que sanar en los corazones de los hombres para lograr ese mundo de paz.
Es la misión del discípulo, es la misión del cristiano también y especialmente hoy tendríamos que decir. Es la misión que tenemos en el mundo de ser, como decíamos antes, siempre unos instrumentos de paz, unos constructores de la paz. Ingente es la tarea. Es para lo que hoy Jesús nos pone en camino también a nosotros. No es ya solo el camino que nosotros buenamente hagamos, sino el camino nuevo que Jesús abre delante de nosotros para que nos pongamos en camino para ser constructores de paz en nuestro mundo hoy.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Los ángeles son presencia de Dios en nuestra vida y también, por qué no, en nuestra historia, que nos impulsan siempre al bien y nos aleja del mal



Los ángeles son presencia de Dios en nuestra vida y también, por qué no, en nuestra historia, que nos impulsan siempre al bien y nos aleja del mal

Éxodo 23, 20-23ª; Sal 90, 1-2. 3-4. 5-6. 10-11; Mateo 18, 1-5- 10
En este dos de octubre la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar a los Santos Ángeles Custodios. Quizás a los mayores el oír hablar de los Ángeles Custodios nos rememora años de nuestra infancia con aquellas oraciones infantiles que nos enseñaban a rezar a los Ángeles que en cada esquinita de nuestra cama guardaban nuestros sueños, o quizá nos viene a la memoria aquel cuadro que solía haber en nuestras casa del Ángel que cuidaba del niño que no se cayera en aquel lugar de peligro.
Y con ello nos hemos quedado en una imagen muy infantil que con el paso de los años quizá hemos desechado y nosotros mayores ya en lo menos que pensamos es en ese ángel que está junto a nosotros y nos cuida y previene de toda clase de mal o peligro. Ya ni siquiera en nuestros hogares se les menciona a nuestros niños ni el ángel de la guarda ni por tanto algún sentido religioso de la vida que le haga entrar en relación con Dios.
Hoy también hay ciertas corrientes que nos hablan de los Ángeles como de unos talismanes misteriosos que nos alejan de peligros o nos dan suerte en la vida; en las redes sociales habremos recibido en más de una ocasión esas cadenas que nos hablan de los Ángeles que nos envían, pero que también nosotros hemos de enviar porque de lo contrario la desgracia se cebaría sobre nosotros. Confusiones y más confusiones que muchas veces se llenan de superstición y que nos alejan de un verdadero sentido religioso de nuestra relación con Dios a través de sus ángeles.
Claro que todo lo que entra en relación con el misterio de Dios muchas veces cuando  no nos sabemos explicar lo llenamos de imaginación con el peligro de que al final nos quedemos con las imágenes pero no lleguemos a penetrar en el misterio. En referencia a los Ángeles Custodios que hoy nos invita a celebrar la liturgia tendríamos que hacernos una buena reflexión para que comprendamos su verdadero sentido y significado.
En la Biblia, y hablo también de todo el Antiguo Testamento, se nos hace referencia continuamente de la presencia de Dios que camina junto al hombre y a su pueblo. Pero una forma de expresar esa presencia de Dios es a través de sus Ángeles. En las visitas, llamémoslas así, de Dios a los grandes patriarcas Abrahán, Isaac, Jacob para hablarnos de esa presencia de Dios en muchas ocasiones se habla del Ángel del Señor. Es a través de ese Ángel del Señor como Dios se les comunica, se les manifiesta, les hace comprender su voluntad y señala la que son los designios de Dios para la humanidad.
Será el Ángel del Señor el que anunciará, por ejemplo, el nacimiento de los llamados Jueces de Israel en aquellos tiempos tan turbulentos y difíciles pero donde Dios quería hacer sentir se presencia junto a su pueblo. Será un Ángel del Señor el que vaya junto a su pueblo guiándolos de día y de noche a través del desierto camino de la tierra prometida. Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado’, le dice Dios a Moisés cuando le confía la misión de llevar a su pueblo a la tierra que le ha prometido. 
En la brevedad de esta reflexión no podemos aducir más textos del Antiguo Testamento que nos manifiestan esa presencia de Dios junto a su pueblo con esa expresión de sus Ángeles que le cuidan y le dirigen. Podemos pensar también en el ángel que acompañó a Tobías en su camino y que decía como estaba también ante el trono de Dios para presentar sus oraciones al Todopoderoso.
En el texto que hoy hemos escuchado en el evangelio Jesús habla de los ángeles de aquellos niños que están en la presencia de Dios. Esa presencia de Dios a nuestro lado que se manifiesta en la presencia de su Ángeles que nos acompañan, nos inspiran y nos iluminan en nuestro camino. Cuántas veces nosotros en la vida no hemos sentido como una moción interior que nos quería apartar de un camino – y no me refiero solo a un camino geográfico – porque nos inspiraban algo mejor, porque hacían surgir en nosotros ese deseo de lo bueno, esa inspiración de algo que ni siquiera habríamos imaginado, pero que allí esta latente en nuestro interior impulsándonos a una obra buena y mejor.
Es esa gracia de Dios, esa presencia de Dios en nosotros que quizá algunas veces no queremos escuchar pero que ahí está queriendo alejarnos de lo malo e impulsarnos a lo bueno. Espíritus puros decimos que son los ángeles, una participación del Espíritu divino que así nos hace sentir la presencia de Dios en nuestra vida. Más oídos atentos tendríamos que tener en nuestro corazón para saber escuchar, para dejarnos conducir, para dejarnos llenar del Espíritu de Dios que se hace presente en nosotros.
Lejos de nosotros supersticiones y miedos a maleficios que en ciertos ambientes rodean la imagen de los Ángeles desvirtuando su verdadero sentido. Muchas cosas tenemos que purificar de esas religiosidades que nos acompañan y que muchas veces se van alejando de un verdadero sentido cristiano.
Los ángeles son presencia de Dios en nuestra vida y también, por qué no, en nuestra historia, y siempre la presencia de Dios nos impulsa al bien y nos aleja del mal. ‘Delante de tus ángeles tañeré para ti’, como decimos en los salmos. O también podemos recordar aquello otro ‘a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos’.

martes, 1 de octubre de 2019

Haciéndonos pequeños, sencillos, humildes con la prontitud generosa del niño, siempre dispuestos a servir y a hacer el bien viviremos el Reino de Dios



Haciéndonos pequeños, sencillos, humildes con la prontitud generosa del niño, siempre dispuestos a servir y a hacer el bien viviremos el Reino de Dios

2Corintios 10, 17--11, 2; Sal 130;  Mateo 18, 1-4
Son como niños, decimos algunas veces quizá de una forma un tanto despectiva cuando vemos a alguien en su edad ya un tanto mayores pero en la forma de comportarse no nos parecen tan mayores sino que nos parece que hacen cosas de niño.
Una cosa es comportarse de una manera infantil quizá por la formas un tanto inocentes en su comportamiento, actuando sin reflexionar en lo que hacen y de manera superficial e irresponsable, sin ser capaces de ver las consecuencias de lo que hacen, y otra cosa es actuar de una manera sencilla y humilde, alejando malicias de nuestras intenciones, sabiendo creer y confiar en las personas y con las buenos deseos de quien espera también buenos deseos de los demás.
A los primeros con razón les decimos que tienen cosas de niños y no valoramos su actuar y desconfiamos de su irresponsabilidad, pero quizás ante los segundos nos quedamos en silencio admirando la pureza de sus intenciones y ese actuar humilde y sencillo que si somos algo sensibles hará que nos sintamos cautivados de su manera de ser tan genuina y tan con el corazón en la mano.
En eso nos quiere hacer pensar hoy el evangelio. Si ayer en el evangelio que escuchábamos Jesús nos enseñaba a acoger a los pequeños y a los sencillos, el texto que se nos ofrece hoy en razón de la festividad que celebramos, que luego mencionaremos, es una invitación a hacernos niños. Nos dice Jesús que si no nos hacemos como niños no podremos entrar en el reino de los cielos. Es un aspecto distinto el que nos quiere señalar hoy el evangelio. Es hacerse pequeño, humilde, sencillo como el niño que no tiene malicia en su corazón y sabe confiar porque no verá nunca malicia en los demás. Qué pronto los echamos a perder haciéndoles perder su inocencia y llenando de malicias y desconfianza su corazón, aunque no es este el tema que quiera subrayar el evangelio.
En otras ocasiones Jesús nos enseñará y nos pedirá que seamos serviciales, que haya disponibilidad en nuestras vidas y generosidad en el corazón; frente a quienes buscaban los primeros puestos les señalaba que había que aprender a hacerse los últimos y los servidores de todos. Llamará dichosos a los que son pequeños, pero a los que tienen el corazón limpio de malicia porque de ellos será el reino de los cielos y serán los que podrán contemplar a Dios. El mismo se hace el último y el servidor de todos cuando llegará a postrarse a los pies de los discípulos para lavarles los pies.
Hoy nos dice que nos hagamos como niños. Y estamos escuchando este evangelio en la fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús, la que vivió como espiritualidad la llamada infancia espiritual del que se hace niño, del que se hace pequeño, del que se deja conducir de la mano, del que pone toda su confianza en el Dios que es Padre y que nos ama como sus hijos. Así hijo, niños pequeños, nos ponemos en las manos de Dios que sabemos que es Padre y que nos ama como a sus hijos; es la confianza humilde pero llena de amor del niño que confía en su Padre porque sabe que su Padre nunca le fallará.
Es la prontitud del niño que siempre está dispuesto para ofrecerse para servir. ¿Quién me puede ayudar?, decimos delante de un grupo de personas y los primeros que correrán a nuestra llamada son los niños prontos siempre para el servicio, serán los que tienen un corazón humilde y por eso siempre disponible para hacer el bien, serán los que son sencillos que  no buscan vanidades ni apariencias sino que lo que les importa es servir y hacer el bien y por eso están siempre dispuestos a colaborar en todo lo bueno.
No es ser infantiles en el sentido de insensatos e irreflexivos, sino niños generosos y humildes que son felices haciendo el bien y colaborando en todo lo bueno. ¿Seremos capaces de ser así nosotros?

lunes, 30 de septiembre de 2019

Un espíritu humilde y callado, un corazón lleno de sencillez como para acercarse a los que parece que menos valen ha de ser la manera y estilo de los seguidores de Jesús


Un espíritu humilde y callado, un corazón lleno de sencillez como para acercarse a los que parece que menos valen ha de ser la manera y estilo de los seguidores de Jesús

Zacarías 8,1-8; Sal 101; Lucas 9,46-50
Cuánto nos cuesta seguir caminos de sencillez y de humildad. Y es que están ocultos en nuestro interior y muchas veces hacen su aparición esos deseos de grandeza, de codearnos con los grandes y con los que consideramos importantes, y llegar nosotros a ocupar lugares importantes en la vida; no siempre desde un espíritu de servicio, sino alimentando nuestro ego, nuestro orgullo, con lo que nos parece que nos hace superiores a los que nos rodean. A veces incluso una apariencia de humildad puede incluso ocultar un orgullo mal disimulado.
Todos estamos sujetos a esas tentaciones y deseos que nos cuesta tanto superar. Nos hacemos oídos sordos a la invitación a la humildad y al servicio que tantas veces recibimos, como les pasaba a los discípulos de Jesús. Habían escuchado que Jesús les hablaba de su propia entrega hasta la muerte, en los anuncios que les hacia de su pasión en su subida a Jerusalén, pero ellos una y otra vez andan discutiendo entre ellos quien ha de ser más importante. No en vano quedaba en ellos la imagen de un Mesías caudillo y triunfador que había de levantar al pueblo de Israel por encima de los otros pueblos, y estando ellos junto a ese Mesías esperaban ocupar puestos principales en ese nuevo reino.
¿Quieren ser importantes? ¿Quieren arrimarse al lado de los poderosos o de los que ellos consideran importantes en este mundo? Jesús toma un niño y lo pone en medio de ellos y les dice que quien acoge a un niño, a alguien que es pequeño y parece insignificante, le está acogiendo a El. Es un cambio de chip. No es precisamente la imagen de un niño la expresión de grandezas y de gente importante. Es la pequeñez, es lo sencillo y lo humilde, es lo que parece insignificante lo que expresa la verdadera grandeza. Y quien sabe ponerse al lado de lo pequeño, de lo que parece que no cuenta es el que sabe encontrar la verdadera grandeza.
Ese es el estilo nuevo que nos está ofreciendo Jesús. Ese espíritu humilde y callado, ese corazón lleno de sencillez como para acercarse a los que parece que menos valen ha de ser la manera de los seguidores de Jesús. De tantas maneras nos lo enseña Jesús a lo largo del evangelio; es lo que le vemos que el realiza; es la cercanía de Jesús al lado de los pobres y de los que sufren. Para ellos y para los que saben actuar así les promete Jesús la mayor de las felicidades. Recordemos el mensaje de las bienaventuranzas.
Por eso tenemos que saber detenernos en el camino junto a aquel que está caído, en lugar de dar rodeos; por eso buscamos a aquel que nadie busca ni encuentra ayuda en nadie, para allí anónimamente tenderle la mano y ayudarle a levantarse; por eso nos separamos del bullicio de las gentes donde nos podemos hacer notar, para abrirle los ojos al ciego o los oídos al que nada oye; por eso calladamente nos acercamos al que está en la soledad de su cama y de su dolor para hacerle compañía y decirle palabras de vida.
Muchos gestos así le vemos hacer a Jesús a lo largo del evangelio que son los gestos que calladamente nosotros tenemos que seguir repitiendo en su nombre; aunque nadie no vea, aunque nadie sepa de nuestros servicios, aunque no sea notorio, pero humilde y calladamente ponemos nuestro amor.
‘El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. El más pequeño de vosotros es el más importante’.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Abismos y vacíos que nos creamos distanciándonos de los demás


Abismos y vacíos que nos creamos distanciándonos de los demás que tenemos que transformar llenando de humanidad el corazón para ver y actuar con una mirada distinta

Amós 6, 1a. 4-7; Sal 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31
Consecuencia de la poca profundidad que le damos a la vida y a las cosas y entonces vivimos en un mundo de incongruencias. Hoy todo facilita la comunicación, el encuentro, el contacto con los demás y así buscamos amistades y relaciones a través de las redes sociales con personas que están a miles de kilómetros de nosotros. Pero la incongruencia está en que luego no conocemos el nombre del vecino de al lado y cada uno viviendo en su mundo se crean abismos difíciles de transitar entre los que más cerca estamos. Luego caemos en la indiferencia hacia esos seres cercanos y nada sabemos de ellos y pueden estar envueltos en miles de problemas pero como no nos comunicamos nada sabemos o nada queremos saber.
Buscamos mil fórmulas y culpabilizamos a quien sea para que se resuelvan los grandes problemas del mundo, que si la contaminación, que si el cambio climático, que si los grandes problemas de la inmigración en que tantos se ven abocados a salir de sus países buscando una vida mejor, pero nada sabemos – o no queremos saber – de los problemas del vecino de al lado. No digo que no tengamos sensibilidad para esos grandes problemas de la humanidad que tienen que preocuparnos y por los que tenemos que hacer algo, pero descendamos al que está a ras de la misma calle que nosotros.
Y podríamos hablar de los abismos que se ahondan cada vez más entre países ricos y países pobres, podemos hablar de la mala distribución de la riqueza de la tierra que crea discriminaciones y mundo a los que ya no sabemos que número dar por la pobreza cada vez mayor. Pero ¿seremos conscientes del pobre que está a nuestro lado? Ese pobre que tiene una cara y tiene un hombre, pero que pasamos a su lado sin mirarle a la cara ni nunca nos hemos interesado por su nombre.
Hoy Jesús comienza a hablarnos del rico que banqueteaba espléndidamente cada día, pero que tenia a la puerta de su casa un pobre llamado Lázaro, echado en su portal y con el cuerpo lleno de llagas y con ganas de alcanzar al menos la migajas que caían de la mesa del rico, pero que nadie le daba nada. Estaba a la puerta, en su mismo portal, pero qué abismo más grande había entre ellos. Y es curioso que Jesús incluso le ponga nombre a aquel pobre. Algo nos querrá decir.
La parábola habla de la muerte de uno y otro y mientras el pobre fue acogido en el seno de Abraham el rico fue sumergido en el abismo en medio de tormentos que nos hablan de la culminación de la vida desenfrenada de lujos y banquetes que habían llenado su vida, pero que ahora le hacían estar en un vació profundo. Un abismo ahora seguía separándolos de manera que no podía recibir ni el consuelo de un dedo humedecido que refrescara sus resecos labios. Sentía ahora el tormento del vació que había significado su vida a pesar de tenerlo todo.
Pero le había faltado algo, su vida estaba vacía aunque quisiera llenarla de los sucedáneos de los places y de una falsa alegría y felicidad, le había faltado humanidad para abrir los ojos y ver a los hombres sus hermanos que estaban a su lado con sus miserias y problemas. ¿Nos harán pensar todos estos abismos y vacíos en los que nosotros también podemos caer?
Con un vació grande caminamos muchas veces en la vida, que aunque quizá podamos tener muchas cosas sin embargo no serán capaces de llenar nuestro corazón de lo importante. Mencionábamos antes la humanidad que nos falta en la vida que nos haría tener una mirada a los que están cerca de nosotros y antes no veíamos y para comenzar a compartir ternura y amor.
La parábola entra en un diálogo entre el rico del abismo con Abraham pidiendo que al menos Lázaro pueda ir a avisar a sus hermanos para que cambien el sentido de sus vidas y no terminen en un tormento como el que él esta padeciendo. Ni que un muerto resucite les va a valer, ‘que escuchen a Moisés y a los profetas’, le responde Abraham. Una invitación a que nosotros escuchemos, sí, el evangelio de Jesús, la Palabra de Dios que tan cercana tenemos de nosotros pero que muchas veces prescindimos de ella en la vida.
Será la Palabra que nos ilumine, la Palabra que nos abra los ojos del corazón para ver con una mirada nueva. Será esa Palabra que ahora mismo nosotros estamos escuchando al hacernos estas consideraciones después de escuchar el evangelio, pero que tan fácilmente pronto olvidamos. Hablábamos al principio de esta reflexión de la poca profundidad que le damos a la vida, del vació interior que muchas veces sentimos y queremos llenar de tantos sucedáneos. Vayamos a empaparnos de esa sabiduría de Dios que en su Palabra encontramos y que le dé ese sentido y profundidad que tanto necesitamos.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Nos cuesta comprender un amor que se hace entrega hasta el final dando incluso la vida


Nos cuesta comprender un amor que se hace entrega hasta el final dando incluso la vida

 Zacarías 2,5-9.14-15ª; Sal.: Jr 31,10.11-12ab.13; Lucas 9,43b-45
Hay ocasiones en que por más que nos lo expliquen parece que se nos cierra la mente; no entendemos, estamos quizá ensimismados en nuestros pensamientos, en nuestra idea, en nuestra manera de pensar, que aquello que se nos dice nos parece tan nuevo como incomprensible. ¿Qué hacer? ¿Ya se nos pasará esa cerrazón? ¿Cómo abrir la mente a lo nuevo que se nos ofrece? Pero cuidado que a veces no vemos ni nuestra propia cerrazón. Quizá nos fijamos más en los demás, en lo que vemos o nos parece ver en los otros y decimos cómo es que puede cerrar así tan duro de mollera, pero somos nosotros de la misma manera.
En esas andaban los discípulos ante las palabras que Jesús les decía, los anuncios que les estaba haciendo. No terminaban de entender las palabras de Jesús. Aunque ya en otras ocasiones también se los había anunciado. Querían mucho a Jesús, lo habían seguido dejándolo todo, sus vidas se llenaban de esperanza en algo nuevo, podía parecer que todo marchaba sobre ruedas y Jesús viene con estos anuncios, de entrega y de pasión, de cruz y de muerte. Eso no le podía pasar a Jesús, así incluso un día Pedro se lo había llevado aparte y le había dicho que eso no le podía pasar, en otros momentos porfiaría incluso que estaba dispuesto a dar la vida por El. Las esperanzas que habían puesto en El no se podían venir abajo. Por otra parte esta la idea extendida de lo que habría de ser el Mesías y ellos lo vislumbraban como el Mesías.
Vemos la mente cerrada de los discípulos y las dudas que se les metían por dentro, pero hemos de reconocer que no somos nadie para juzgarlos ni condenarlos por eso. Jesús pacientemente seguía enseñándoles para que llegaran a descubrir toda la verdad del misterio de su vida. Su vida era entrega porque era amor. 
Y quien se entrega es capaz de negarse a si mismo de manera que estaría dispuesto a entregar su vida. Era el amor. Y ya nos dirá en otro momento que nadie le arrebata su vida, sino que El la entrega voluntariamente. Para eso ha venido, no para morir, sino para amar, para dar vida, y como el grano de trigo que da vida está dispuesto a morir; el grano de trigo ha de enterrarse para que muera al brotar una nueva vida, una nueva planta, o ha de ser triturado hasta dejar de ser el mismo para convertirse en harina y convertirse en pan que nos alimenta y que nos da vida.
Y ese es el sentido de Jesús, eso es la vida de Jesús. Pero ya sabemos que una entrega de este tipo no es entendida, porque los que nos creemos sabios en este mundo muchas veces no llegaran a entender lo que significa una entrega para dar vida; dan de su vida, de su sabiduría externamente solo con las palabras que nos trasmiten, pero Jesús que es la Palabra con mayúsculas, porque es la Palabra de Dios, nos da algo mas que palabras porque nos da su propia vida. Es su entrega.
¿Tendrá que pasar por el sacrificio de la muerte de la cruz? Es que no hay amor más grande que el que se da hasta morir por aquellos a los que ama. Y eso es lo que hizo Jesús.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Unas preguntas para clarificar cual es el sentido profundo de nuestra fe desde nuestra propia experiencia de pascua


Unas preguntas para clarificar cual es el sentido profundo de nuestra fe desde nuestra propia experiencia de pascua

Ageo 2,1b-10; Sal 42;  Lucas 9,18-22
¿Qué dice la gente? ¿Qué dicen ustedes? ¿Qué es lo que realmente digo yo, pienso yo? Preguntas interesantes. Preguntas a las que hemos de saber dar una buena interpretación pero que sobre todo en la última hemos de saber darle verdadero sentido y profundidad. Para formarnos una opinión, ¿estaremos pendientes de lo que le gente pueda decir?
Realmente reconocemos que nos sentimos influenciados por lo que digan o lo que piensen los demás. No siempre es una influencia positiva. Porque la comidilla de lo que dicen o piensan los demás, sobre todo cuando se hacen de forma negativa pueden influir en nosotros de forma negativa. Cuantas veces en la vida hemos comenzado a sospechar de alguien, a mermarle nuestra confianza desde algo que nos susurraron quizá con no buenas intenciones, y empezamos a desconfiar, a pasar por el filtro de ese comentario que nos hicieron el concepto que teníamos de alguien, o a cambiar la mirada hacia esa persona.  Y es que a veces parecemos tan ingenuos que nos tragamos todo lo que nos digan.
¿Dónde se queda nuestro criterio? ¿Por qué cambiamos nuestra manera de pensar? Nuestra mirada, nuestros criterios, nuestros juicios deberían ser los de una persona madura que no se deja influenciar. Tratar de no poner filtros interesados a nuestras miradas, a nuestros pensamientos, querer ser verdaderamente justos y equilibrados, tener unos criterios bien formados para obrar y para pensar de la mejor manera. A veces no es fácil.
Me ha surgido este comentario y reflexión desde unas preguntas que nos aparecen hoy en el evangelio, aunque parezca que no tienen mucha relación pero es bueno pensar en ese lado humano de la vida, de lo que cada día nos puede pasar, de lo que son nuestras relaciones con los demás. Todo siempre podemos mejorarlo.
Las preguntas las hace Jesús a sus discípulos más cercanos, a aquellos a los que había constituido en apóstoles. Es ver lo que opina la gente de Jesús, pero lo que Jesús va buscando realmente es que los mismos discípulos más cercanos se decanten, se definan, lleguen realmente a tener un conocimiento profundo de Jesús.
Ayer escuchábamos en el evangelio que Herodes recogiendo lo que la gente le contaba de Jesús, y quizás con su conciencia no demasiado tranquila, aunque hay siempre maneras de acallarla y en eso era un buen artista, ahora se siente interrogado por la presencia de Jesús y al final se termina diciendo que quería conocerle. Reflexionábamos entonces sobre cómo la gente busca a Jesús y cómo esa tendría que ser nuestra tarea dejándonos conducir por el Espíritu del Señor para que nuestra fe se abriera al misterio, al Misterio de Dios que se manifestaba en Jesús.
Hoy podríamos decir que el evangelio nos está invitando a dar un paso más, un paso más comprometido. La pregunta ya no es solo a los discípulos, sino la pregunta es a nosotros. Soy yo el que tengo que responder, libre de toda influencia, desde una experiencia viva en el encuentro con Jesús. ¿Qué es lo que realmente yo pienso, qué es lo que opino? ¿Quién es Jesús para mí?
Los discípulos responden primero lo que la gente dice, un profeta, alguien como Juan Bautista como si hubiera vuelto a la vida, para luego dar su propia respuesta de fe. El Mesías de Dios, el Hijo de Dios. Como nos dirá otro evangelista aquello no lo habían conocido por si mismos, sino porque el Padre se lo había revelado en sus corazones. Pero aun tienen que ahondar más en el misterio de Cristo. Por eso Jesús les habla de su pasión, de su muerte en Cruz, de su resurrección. Y aunque aun ahora no terminan de entender estas palabras de Jesús será algo que tienen que ir metiendo  hondamente en su corazón para llegar a comprender y vivir todo el misterio de Jesús.
No podían quedarse con una idea preconcebida de Mesías como quien los liberara de la esclavitud de los romanos, sino que tenían que conocer y comprender el misterio de Cristo a través de su Pascua. Será un trance duro y amargo, que les llevará a muchas dudas y miedos, pero del que han de salir fortalecidos para reconocer que en verdad Jesús es el Señor. Así comenzarán a proclamarlo a partir de la resurrección con la fuerza del Espíritu que comenzará a habitar en sus corazones. La experiencia dura de la Pascua les abrirá de verdad los ojos al misterio de Dios que en Jesús se les manifiesta.
Pero la pregunta queda en el aire. Y nosotros ¿qué pensamos de Jesús? ¿Cuál es nuestra experiencia vital del encuentro con Jesús? ¿Cuál sería en verdad nuestra fe? ¿Habremos pasado también por esa experiencia pascual?

jueves, 26 de septiembre de 2019

Pueden surgirnos dudas e interrogantes, pero busquemos, busquemos luz, busquemos verdadera respuesta en Jesús


Pueden surgirnos dudas e interrogantes, pero busquemos, busquemos luz, busquemos verdadera respuesta en Jesús

Ageo 1, 1-8; Sal 149; Lucas 9, 7-9
Ya conocemos las andanzas de Herodes. Hoy nos dice el evangelio que había oído hablar de Jesús y ahora quiere conocerlo. En una ocasión le dirán a Jesús que Herodes andaba averiguando de El, pero no le hace caso, no le da importancia. Reconoce que ha degollado a Juan el Bautista, no sé si por remordimiento, pero al oír hablar de Jesús le entra como un escozor o un miedo de si Jesús es Juan que ha resucitado. Algo hay dentro de él que no le deja mucho en paz. Su forma de vida, pensando solo en fiestas y en banquetes con las mayores orgías, como cuando degolló al Bautista, o su forma de vivir ahora con la mujer de su hermano. Ya le había costado la reprensión de Juan y que de alguna manera motivó que lo metiera en la cárcel a instigación de Heroidas.
Pero ahora, nos dice el evangelista dice que quiere conocer a Jesús. ¿Cuáles serían sus aviesas intenciones? ¿Sentiría inquietud por aquel profeta, según el decir de las gentes, que había aparecido por Galilea, precisamente su territorio? ¿O sería una curiosidad más que se quedara solo en lo exterior sin dejar que la Palabra de Jesús hiciera mella en su interior?
Quería conocer a Jesús. Como nosotros queremos conocer a Jesús. Como tanta gente que siente curiosidad por Jesús, porque es un personaje histórico y queremos tener noticias de él como de cualquier otro persona de la historia que pertenece ya al pasado; conocer a Jesús como quien conoce un movimiento filosófico más, pero que no me va a apartar de mi manera de pensar o mi propio sentido de la vida. Muchos sienten quizá curiosidad por Jesús, pero se quedan quizá en aspectos que no son fundamentales aunque sean cosas que bien podemos destaca de Jesús.
Lo importante ahora es que tengamos claro por qué queremos conocer a Jesús, cuál es la actitud de nuestro corazón y nuestra vida ante Jesús, ante su Palabra, ante su evangelio. Y es que no nos podemos acercar de cualquier manera hasta Jesús, aunque Jesús siempre tendrá una palabra y una luz para quien se acerque con sinceridad. Pero bien sabemos lo importante que es que estemos abiertos al misterio de la fe, al misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Sólo así podremos descubrirle de verdad, conocerle en lo más profundo. No es un personaje más de la historia, no un buen filósofo que nos quiere hacer simplemente un planteamiento de la vida como cualquier otra corriente filosófica.
Es que en Jesús descubrimos el misterio de Dios y solo abiertos a la fe podremos descubrirle. Dejémonos asombrar, no queramos poner límites a ese misterio de fe que se nos quiere manifestar. Pueden surgirnos dudas e interrogantes, pero busquemos, busquemos luz, busquemos verdadera respuesta en Jesús; dejémonos sí interrogar por dentro pero dejémonos interpelar por su palabra, por su vida, por su amor y abrimos el misterio del hombre, el misterio que anida en nuestro corazón al misterio de Dios y ese encuentro nos llevará por caminos de plenitud de vida.
Y eso, aunque ya nos consideremos muy creyentes – como decimos tantas veces creyentes de toda la vida – tenemos que seguir haciéndolo, seguir buscando, seguir queriendo conocer a Jesús, dejándonos interpelar por El, porque en El vamos a encontrar la Verdad, la Verdad de Dios que nos ayudará a descubrir la verdad del hombre, la verdad de mismo.
Quería conocer a Jesús. Queremos conocer a Jesús.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Un anuncio de la Buena Nueva de Jesús del que no nos podemos desentender sino que realicemos con todos los medios a nuestro alcance


Un anuncio de la Buena Nueva de Jesús del que no nos podemos desentender sino que realicemos con todos los medios a nuestro alcance

Esdras 9, 5-9; Sal.: Tb, 13,2.3-4.6; Lucas 9,1-6
‘Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades… Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes…’
Anunciando el evangelio, la Buena Nueva de Jesús, la Buena Nueva de que con Jesús llegaba el Reino de Dios. Lo que Jesús había comenzado anunciando también por los caminos y los pueblos de Galilea. Lo que sigue siendo el anuncio que hemos de seguir haciendo por los caminos del mundo.
Anunciando el evangelio y realizando los signos del Reino de Dios. Decir que llega el Reino de Dios es decir que vamos venciendo el mal, porque solo Dios es nuestro Señor. Y con Dios resplandece la luz, con Dios resplandece el bien y el amor, con Dios se vence todo mal. En el lenguaje del evangelio se curan las enfermedades, ha de desaparecer todo lo que produzca dolor al hombre.
Mucho es el mal que daña el corazón del hombre; la enfermedad es una imagen de ello, pero bien sabemos que no solo es ese mal físico de la falta de salud o de las imposibilidades o discapacidades que tengamos en nuestro cuerpo; hay un mal más profundo que daña el corazón del hombre, el corazón de toda persona y es el que también tenemos que eliminar. Lo llamamos pecado porque todo lo que dañe al hombre rompe nuestra amistad y nuestra armonía con Dios. Dios siempre quiere el bien del hombre y en nuestras manos está el que logremos ese bien venciendo todo lo que sea desamor, venciendo nuestros egoísmos y nuestros odios, venciendo la maldad que se nos mete en el corazón tantas veces y nos hace injustos y malvados, venciendo todo lo que rompe esa armonía de la humanidad y de la creación.
Cuando  hoy en el evangelio escuchamos que Jesús ha elegido el grupo de los doce y los manda con autoridad a expulsar demonios y a curar toda enfermedad anunciando el Reino de Dios, sentimos que esa es también nuestra tarea y nuestro compromiso, la tarea y el compromiso de la Iglesia y de cada uno de los cristianos. Anunciamos la buena nueva de Jesús pero lo hacemos dando señales del Reino de Dios.
Las señales han de aparecer primero que nada en nuestra propia vida porque nos sentimos liberados de todo mal, porque en nosotros no han de aparecer ya de ninguna manera esos signos del mal porque ya nuestra vida resplandece por el amor. Lejos de nosotros el egoísmo y la maldad, lejos de nosotros toda señal de maldad en nuestro corazón y toda hipocresía, lejos de nosotros las vanidades que nos hacen sentirnos orgullosos poniéndonos por encima de los demás, lejos de nosotros la insolidaridad y la mentira, lejos de nosotros la autosuficiencia y la despreocupación por los demás.
Pero ese es el mensaje que llevamos a los demás con nuestro compromiso con nuestra lucha por la justicia, por nuestro trabajo por la paz y por un mundo más solidario, por nuestra cercanía a todos los que sufren sintiendo como nuestros los sufrimientos de los demás, por querer aliviar todo sufrimiento y todo dolor, por nuestra búsqueda del bien y de lo que sea siempre la unidad entre todos tendiendo puentes que nos acerquen los unos a los otros. Estaremos así curando enfermos y expulsado demonios, porque estaremos trabajando así seriamente por hacer un mundo mejor al que nosotros queremos llamar el Reino de Dios.
Una tarea de la que no nos podemos desentender, con la que tenemos que sentirnos comprometidos, con la que estamos en verdad proclamando nuestra fe, con la que estaremos gritando al mundo que el evangelio de Jesús será siempre el camino seguro de salvación para todos. Es el anuncio del Evangelio que tenemos que realizar por todos los medios que estén a nuestro alcance.

martes, 24 de septiembre de 2019

Cuando plantamos la Palabra de Dios en nuestro corazón, llenos del Espíritu comenzamos a ser distintos, porque vivimos la verdadera comunión en el amor



Cuando plantamos la Palabra de Dios en nuestro corazón, llenos del Espíritu comenzamos a ser distintos, porque vivimos la verdadera comunión en el amor

Esdras 6, 7-8.12b.14-20; Sal 121; Lucas 8, 19-21
‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’. Así vinieron a decirle a Jesús. Era mucha la gente que se agolpaba a su alrededor porque todos querían estar cerca de El y todos querían escucharle. No está claro en el evangelio que María siguiera todos los pasos de Jesús en su deambular por los caminos y aldeas de Galilea. Un día Jesús había dejado su pueblo y su casa para establecerse en Cafarnaún. Imagen quizá de lo que El pedía a sus discípulos a los que quisieran seguirle. Más tarde sabremos que está también en Jerusalén cuando ha subido a la Pascua, a su Pascua. Vendría ahora desde la cercana Nazaret, o ya se habría establecido más cerca de Jesús, también en Cafarnaún. Solo el evangelista nos dice que María estaban fuera y querían ver a Jesús.
¿María quiere ver a Jesús y también escucharle? Ella era la que un día había dicho sí para plantar la Palabra de Dios en su corazón. ¿María quería ahora también escuchar a Jesús? ¿Por qué no? Nos atrevemos a considerar que no era como una visita protocolaria de la madre que quiere saber cómo van las cosas de su hijo; claro que las visitas de una madre nunca son protocolarias sino que siempre tienen el sentido hondo del amor del corazón de una madre.
Aunque hoy es al revés muchas veces hacemos las visitas de los hijos protocolarias cuando van a visitar a la madre o al padre que quizá sigue solo en casa o ya no está en la casa sino que habremos buscado un sitio donde hagan por ellos lo que nosotros decimos que en los agobios de la vida no tenemos tiempo de hacer. Y salen así esas visita, sí tenemos que decir, protocolarias de unos minutos de vez en cuando para quedar bien.
Los pasajes del evangelio cuando los escuchamos con verdadera apertura del corazón nos van sugiriendo muchas cosas en nuestro interior, ya que en fin de cuentas es la Palabra de Señor que nos habla y nos habla a nuestra vida concreta. Aunque parezca que nos distraemos de lo que pueda ser lo principal del mensaje, sin embargo siempre hemos de estar atentos a cuantos nos va sugiriendo el Señor allá en lo  hondo del corazón. Es la Palabra que tenemos que escuchar, que plantar hondamente en nosotros para que dé frutos con esa disponibilidad del corazón siempre para lo que nos pida el Señor.
Vayamos de nuevo el relato del texto. No habían podido llegar hasta Jesús y se lo anuncian a Jesús. Y Jesús mirando en su entorno, viendo todos aquellos que allí están también con deseos de escuchar la Palabra del Señor nos señala algo nuevo. ¿Quiénes son su madre y sus hermanos? Allí están, los que quieren escuchar la Palabra, los que quieren llevarla en el corazón, los que no la abandonan sino que harán todo lo necesario para que dé fruto. ‘Estos son mi madre y mis hermanos’.
No es un rechazo a María y a sus hermanos, a su familia que allí está queriendo verle, queriendo escucharle también, estar con El. Es señalar que como María se convirtió en su madre por esa apertura a Dios, por ese querer escuchar a Dios – allá en el silencio de su casita de Nazaret así la contemplamos cuando llega el ángel a ella de parte de Dios – si nosotros entraremos a formar parte de esa nueva familia si tenemos también esa disposición para escuchar a Dios.
Nace una nueva familia. ‘No es por la carne ni por la sangre’, como diría el evangelio de Juan, sino cuando dejamos que el Espíritu de Dios llegue a nosotros para hacernos hijos de Dios. Y dejar que el Espíritu llegue a nosotros es abrir nuestro corazón para escucharle, para dejarnos conducir por El,  inspirarnos, decimos, o lo que es lo mismo dejarnos inundar por el Espíritu, nos hacemos uno con El y así comenzamos a ser hijos de Dios.
Y es que cuando plantamos así la Palabra de Dios en nuestro corazón nuestra vida tiene que ser distinta. Hay en nosotros la verdadera unidad del amor, la verdadera comunión.

lunes, 23 de septiembre de 2019

No ocultemos la luz de nuestra fe porque el evangelio sigue siendo una necesaria luz que dé brillo a nuestro mundo


No ocultemos la luz de nuestra fe porque el evangelio sigue siendo una necesaria luz que dé brillo a nuestro mundo

Esdras 1,1-6; Sal 125; Lucas 8,16-18
Ya sabemos que hoy cuando se trata de iluminación hay mucha imaginación en quien está encargado de realizarla; se hacen juegos de luces maravillosos tratando de resaltar aquello que consideramos más importante, lo que puede conllevar un mensaje, se utiliza con frecuencia una iluminación indirecta y no siempre quizá vemos la lámpara o foco que produce tal iluminación. Ocultaremos la lámpara quizás pero buscamos la mejor iluminación; ocultar la lámpara no significa taparla para que no dé luz, sino quizá producir mejor iluminación según lo que pretendamos conseguir o resaltar. La luz, por supuesto, es para iluminar, no para producir oscuridad.
Así la vida, hay personas que son muy luminosas porque cuanto le vemos hacer sentimos en nosotros un estímulo interior quizá para imitarle en sus valores y virtudes o para despertar en nosotros cuanto de bueno llevamos en nuestro corazón para tratar también de iluminar ese mundo en el que vivimos, muchas veces tan lleno de oscuridades. 
Ser luminoso en la vida no es pretender ir por delante con nuestros orgullos para que vean lo bueno que somos o las cosas buenas que hacemos para recibir el aplauso. Hacemos lo que hacemos, vivimos nuestros valores y nuestras virtudes con sencillez y quizá así de forma indirecta sin tener que decirlo de palabra estimulamos a los demás.
Esa sencillez y humildad con que vivimos la vida no nos tiene que hacer ocultar aquello bueno que hacemos, no buscamos el aplauso, pero sí queremos siempre poner luz en la vida, despertar lo bueno que cada uno lleva en su corazón para que salga a flote y así entre todos hagamos un mundo más brillante, más luminoso porque entre lo bueno que hacemos todos haremos que todos podamos ser un poco más felices.
No serán necesarios grandes focos que llamen la atención sino esos gestos humildes y sencillos de amor y cercanía que podamos tener con los demás, esa responsabilidad con que vivimos la vida y aquellas cosas que se nos han confiado calladamente sin hacer alardes pero nunca abandonando esa responsabilidad que tenemos. Eso bueno que vivimos, esa responsabilidad con que vivimos la vida, aunque parezca oculto, saldrá a flote, iluminará aunque sea de forma indirecta, como decíamos antes, a los que están a nuestro lado y algún día se darán cuenta de la luz.
De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio cuando no dice que la luz no se puede poner en un lugar oculto para que no ilumine, no se puede tapar, como dice El, no se puede meter debajo de la cama o de la mesa. Y esto atañe también a todo lo que es la vivencia de nuestra fe. El mundo necesita de esa luz pero desgraciadamente los cristianos no damos toda la luz que tendríamos que dar, es más, muchas veces parece que hay cristianos que quieren ocultar esa luz, como si les diera vergüenza llevar esa luz de la fe en sus vidas.  No hemos sabido ser valientes para manifestar esa luz, para expresar valientemente nuestra fe con nuestro estilo de vida y también cuando sea necesario con nuestras palabras. Es un testimonio valiente que tenemos que saber dar.
Así nuestro mundo ha ido perdiendo su brillo, no se tienen en cuenta ya lo que son nuestros valores cristianos, muchas veces nos encontramos un mundo adverso que rechaza esa fe, quizá porque el testimonio que les hemos dado no ha sido del todo convincente porque no ha habido verdadera congruencia en nuestras vidas. Mucho tenemos que revisarnos los cristianos de cómo damos ese testimonio, si nuestras vidas son verdaderamente luz para los demás, o si acaso alguna vez lo ocultamos o el testimonio es negativo por su incongruencia.
Que brillen nuestras buenas obras para que todos lo hombres puedan dar gloria al Padre del cielo, como nos dice Jesús en otro momento del Evangelio.

domingo, 22 de septiembre de 2019

La astucia, sabiduría, de abrir el corazón en el uso de los bienes para que no se nos cierre de forma egoísta el bolsillo


La astucia, sabiduría, de abrir el corazón en el uso de los bienes para que no se nos cierre de forma egoísta el bolsillo

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8;  Lucas 16, 1-13
¿Qué hacemos de nuestros bienes y riquezas? Nos sentimos dueños; ‘es mío’ es la reacción ante lo que tenemos; casi desde que nacemos comenzamos a querer dominar sobre nuestras cosas como si fueran de nuestra única posesión; es la reacción ya del niño que cuando coge una cosa ya es suya, ‘es mío’ reacciona si queremos que nos la dé y la acapara para si. Aunque tendríamos que pensar si lo hace porque es lo que ve en los otros y ha perdido la inocencia de sentir que todo es de todos. Y en la medida en que somos mayores eso se acentúa, porque hasta nos volvemos avaros y en consecuencia egoístas. Para mí y para mi disfrute.
¿No habría que romper esa espiral de alguna manera? Por eso nos tenemos que preguntar que hacemos de nuestros bienes, de lo que consideramos que son nuestras riquezas. La buena nueva del evangelio que Jesús nos ofrece creo que quiere que abramos nuestros ojos para ver las cosas de manera distinta. Ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia no tiene nada que ver con esa avaricia y egoísmo con que vivimos la vida. Son otros los valores. Otro tendría que ser el sentido que le damos a la vida y que le damos entonces también a esas cosas materiales de las que disponemos.
La parábola que nos ofrece hoy el evangelio se nos ha hecho siempre de difícil lectura. No terminamos de comprender que no es el hecho en si de lo que se nos narra sino la imagen que se nos quiere ofrecer. Como se habla de un administrador, de unos bienes no bien administrados, de un dueño que pide cuentas nos quedamos en esa materialidad de lo que se nos cuenta y no vamos más allá. Por eso seguimos pensando que con injustas esas artes y mañas de las que se vale el administrador para no quedarse en la calle, y por eso aun más se nos hace incomprensible muchas veces la parábola cuando aquel amo felicita al administrador injusto por su astucia. No es la astucia en si misma para delinquir lo que se alaba sino el nuevo sentido que se le va a dar a aquellos bienes y riquezas.
Cuando escuchemos la parábola pongámonos nosotros en el lugar, si habla de un administrador, ¿por qué no pensar que somos nosotros ese administrador de esos bienes, o de cuanto Dios ha puesto en nuestras manos? Con otras parábolas entendemos que esos talentos, esos valores, esa riqueza de vida que está en nuestras manos son para que los negociemos, para que hagamos fructificar la vida. De lo contrario seriamos, es cierto, unos irresponsables. Pero ¿qué uso le damos a cuanto tenemos, a eso que hacemos fructificar con nuestro trabajo, solo para una satisfacción personal, para un beneficio propio o con eso que tenemos hemos de pensar en los demás?
El evangelio siempre tenemos que verlo en su conjunto y unos textos nos ayudan a comprender otros. Recordemos, por ejemplo, lo que Jesús le decía a aquel joven rico que viene preguntando qué hacer para heredar la vida eterna. El mensaje final es ‘vende cuanto tienes, compártelo con los pobres y tendrás un tesoro en el cielo’. ¿No podríamos ver aquí la astucia de aquel administrador que usando de aquellos bienes que tiene que administrar está guardando un tesoro en el cielo? Es cierto que las palabras de la parábola pueden darnos la impresión de una intención egoísta e interesada, para tener luego quien le acoja cuando se quede sin nada, que dice la parábola.
Por eso sentenciará Jesús  ‘Ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’. En consonancia perfecta con lo que nos dice Jesús en otros momentos del evangelio. Es el sentido y valor que le hemos de dar a lo que tenemos que nunca nos puede encerrar de forma egoísta en nosotros mismos.
Por eso nos hablará por una parte de esa fidelidad nuestra hasta en lo más pequeño, lo que nos puede parecer insignificante, o como son cosas materiales pensamos que tiene poco o menos valor. Esos bienes que poseemos se pueden convertir, es cierto, en una cosa injusta por decirlo de alguna manera, pero depende de cómo los utilicemos, depende del mal uso que nosotros hagamos de ello, o del egoísmo o del desprendimiento con que vivamos la vida y la posesión de las cosas.
Pero ahí también tenemos que ser fieles, porque además no es nuestra riqueza, sino la riqueza también de nuestro mundo y con lo que hagamos de esos bienes podemos hacer que nuestro mundo sea más injusto – por tantas diferencias y desigualdades – o pueda ser mejor porque pueda ser una fuente de vida y de riqueza para los demás. Si no hago fructificar de buena manera lo que tengo no generaré esa riqueza que pueda beneficiar a los demás con su propio trabajo.
¿Qué hacemos de nuestros bienes y nuestras riquezas? Nos preguntábamos al principio. Espero que con esta reflexión seamos capaces de abrir no solo nuestra mente, sino también nuestro corazón para que no tengamos unos bolsillos cerrados. Entendemos.


sábado, 21 de septiembre de 2019

También hoy nos dice Jesús ‘cuento contigo’ invitándonos a seguir sus pasos para vivir y anunciar la Buena Nueva



También hoy nos dice Jesús ‘cuento contigo’ invitándonos a seguir sus pasos para vivir y anunciar la Buena Nueva

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13
‘Cuento contigo’, así cuando menos lo esperamos, sin haber pensado en tal posibilidad, llegó alguien a tu vida y te lo dijo. Así la sorpresa quizá en principio casi nos dejó sin respuesta. Alguien quería contar contigo. ¿Un proyecto nuevo? ¿Una tarea o responsabilidad a desempeñar? Unas nuevas posibilidades se abrían en la vida delante de nosotros cuando menos lo esperábamos. Ponían su confianza en nosotros, en nuestras posibilidades.  Y allí estaban esperando nuestra respuesta.
Puede que algo así nos haya sucedido en la vida y nos vimos verdaderamente sorprendidos porque no imaginábamos que alguien pensara en nosotros y quisiera contar con nosotros. Nos sentimos sorprendidos y quizá con miedo a la responsabilidad; ¿valdríamos nosotros para desempeñar tal tarea?, preguntas que se nos agolpaban en nuestro interior, pero quizá en el fondo sentimos alguna satisfacción, alguna alegría de que alguien quisiera contar con nosotros.
Por esa confianza que ponían en nosotros merecía una respuesta positiva aunque sintiéramos al mismo tiempo que grande era la responsabilidad. Con cierto temor y responsabilidad pero con alegría dimos el paso hacia delante. Experiencias así tenemos, seguro, en nuestra historia personal.
Lo escuchamos hoy en el evangelio. Mateo estaba en su garita de cobrador de impuestos en su tarea de cada día que no le era fácil en medio de aquel pueblo  hostil a lo que fuera pagar impuestos a los romanos. Todo transcurría con la normalidad de siempre si algunas trifulcas con los que tenían que pagar se puede llamar normalidad. Pasa un grupo por delante, pero el que parece líder del grupo se detiene y se dirige a él. ‘Sígueme’, le dice. Quiero contar contigo. El sabe que es Jesús, el profeta de Nazaret que por Galilea va recorriendo caminos y aldeas anunciando algo nuevo que llama el Reino de Dios. Ha oído hablar de sus enseñanzas, aunque quizá no le prestara mucha atención porque lo suyo era su negocio, su trabajo de recaudador, ha escuchado también de sus obras maravillosas, de sus milagros y sabe que la gente lo admira, que hay muchos que le siguen y ya tiene un grupo de incondicionales junto a él. Por su condición de publicano no se atreve, porque sabe lo rechazado que es por mucha gente, aunque también ha oído hablar de que Jesús acoge a publicanos y pecadores.
Se siente, es normal, sorprendido. Jesús quiere contar con El, que forme parte del grupo de los que le siguen, aunque ésta no es la normalidad de lo que está acostumbrado. Sus palabras más que una invitación parecen una orden. ‘Sigueme’, aunque su mirada es la del que invita, del que te dice que quiere contar contigo. ¿Qué hacer? ¿Se levantará de su garita y se marchará con El? Muchas cosas podían estar pasando también por su mente y su corazón.
Con decisión se levantó. Con decisión y con alegría, como apreciamos por lo que nos dice el evangelio. Celebró un banquete en su casa en el que Jesús estaba a la mesa con sus discípulos, aunque también estaban sus antiguos amigos. No importa ya lo que pensaran los demás, los comentarios de los fariseos y los escribas. Allí estaba la alegría de su decisión. El camino nuevo que emprendía siguiendo a Jesús. Formaría parte del grupo de los Doce y un día nos transmitiría escrito el evangelio de Jesús, esa Buena Nueva que a El le cautivó para seguirle.
Hoy celebramos a san Mateo, apóstol y evangelista, estimulo para nuestra respuesta y nuestro seguimiento del camino de Jesús. También nosotros nos dice Jesús, ‘cuento contigo’.