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viernes, 3 de mayo de 2019

Con el testimonio de nuestra vida tenemos que facilitar hoy el encuentro de los demás con Jesús y el evangelio



Con el testimonio de nuestra vida tenemos que facilitar hoy el encuentro de los demás con Jesús y el evangelio

1Corintios 15, 1-8; Sal 18; Juan 14, 6-14
‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta…’ le pedía Felipe a Jesús. Les costaba asimilar las palabras de Jesús. A nosotros ahora quizá nos puede parecer muy claro. Pero era algo nuevo y distinto lo que estaban escuchando. Y cuando escuchamos algo nuevo que nos sorprende por su novedad, porque nos hace cambiar nuestros esquemas mentales, la forma en que estábamos acostumbrados a ver las cosas también nos cuesta asimilar, digerir. Es como un alimento nuevo y fuerte que nunca hemos comido, tenemos que irlo saboreando poco a poco para encontrar esas nuevas sensaciones, esa nueva visión de las cosas.
Jesús acababa de decirles  si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’. Pero costaba entender. A Jesús lo conocían, con El llevaban mucho tiempo, pero les hablaba de Dios, les decía que conociéndole a El conocerían también a Dios; y estaba además esa forma nueva de llamar a Dios, porque Jesús les hablaba del Padre, mientras ellos en su religión judía ni se atrevían a mencionar el nombre de Dios para no profanarlo.
Y ahora Jesús les dice que cómo es esto que después de tanto tiempo que están con El no acaban de conocerle ni de comprender sus palabras. Bien sabemos que necesitarán la presencia y la fuerza del Espíritu para comprenderlo todo, como les diría más tarde Jesús. ‘Cuando venga el Espíritu de la verdad El os lo enseñará todo. Pero ahora siguen con sus dudas y con sus interrogantes interiores que son mucho más que las palabras que puedan balbucir. Por eso Jesús terminará diciéndoles que ‘quien me ha visto a mí ha visto al Padre’.
Parece que le damos vueltas y vueltas a las palabras de Jesús, pero bien necesitamos nosotros rumiarlas muy bien. Porque tenemos que fortalecer nuestra fe. Porque tenemos que sentirnos muy seguros con nuestra fe en Jesús. Porque vamos a encontrar mucha gente que no comprenda estas cosas y nosotros tenemos que iluminar también sus vidas con nuestra presencia, con nuestras obras, con nuestra vida. Porque esa fe que tenemos en Jesús para creer en sus palabras tiene que transformar nuestra vida, tiene que darnos un nuevo sentido de vivir. Y reconozcamos que muchas veces no terminamos de dar ese nuevo sentido de vida a nuestra existencia.
Estamos celebrando hoy a dos apóstoles, Felipe y Santiago el Menor. Poco sabemos de lo que fue su vida a partir de su dispersión por el mundo para anunciar el evangelio, pero sobre todo de Felipe encontramos un par de retazos en el evangelio que podrían ayudarnos. Felipe es llamado directamente por Jesús y pronto se va con El.
Pero es que inmediatamente en esa misma página del evangelio lo contemplamos ya como misionero. Será quien se encuentre a Natanael y le hable de Jesús hasta convencerlo a pesar de sus reticencias para que venga también a conocer a Jesús. Más tarde nos encontraremos que unos gentiles se dirigen a Andrés y Felipe para decirlos que quieren conocer al Maestro y ellos los llevan ante Jesús, podríamos decir que les facilitan el encuentro con Jesús.
¿No tendría que ser algo así nuestra vida? Siempre misioneros, siempre apóstoles, siempre anunciando el nombre de Jesús a pesar de las reticencias que encontremos en nuestro mundo, siempre facilitando a través del testimonio de nuestra vida que otros puedan encontrarse con Jesús.
Vivimos en nuestra Iglesia un estado de misión. Algo que nunca puede faltar, pero que en nuestro tiempo queremos de una manera especial intensificar, pero no solo pensando en países lejanos sino en nuestra periferia particular de aquellos que nos rodean que necesitan de nuestro testimonio para encontrarse con el evangelio, para encontrarse con Jesús. Es la tarea misionera en la que está empeñada nuestra Iglesia en este hoy de nuestra vida y de nuestra historia.
Creemos que ya todo el mundo está convertido al evangelio, pero bien sabemos que no es así. Que en este sentido nuestros tiempos son difíciles, pero que ahí está donde hemos de encender nuestra luz, o mejor, la luz de Jesús que reflejamos con nuestra vida para hacer el anuncio del evangelio al mundo que nos rodea. No cejemos en nuestro empeño misionero.

jueves, 2 de mayo de 2019

Busquemos por el camino de la fe encontrarnos con la sabiduría verdadera, la verdad del hombre y de la vida, la verdad del mundo que vivimos y la verdad de todo ser

Busquemos por el camino de la fe encontrarnos con la sabiduría verdadera, la verdad del hombre y de la vida, la verdad del mundo que vivimos y la verdad de todo ser

Hechos 5,27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36
‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea en el Hijo no poseerá la vida…’ nos dice el evangelio hoy. Creer. Poseer la vida eterna. Un misterio. Maravilloso misterio aunque tantas veces nos cueste comprender. Un misterio de fe. ¿Por qué no todos creen? Es un don de Dios. Es algo sobrenatural. Nos supera. No es algo que tengamos por nosotros mismos. Pero es algo que hemos de desear.
Quien no se abre a lo espiritual, a la trascendencia no se está abriendo a la fe, se está cerrando a ese don de Dios. Nos cuesta creer. No siempre es fácil. Tenemos que vaciarnos de nosotros mismos y eso cuesta, porque tenemos nuestro orgullo, porque tenemos nuestro amor propio, porque buscamos las pruebas que nos convenzan. Pero creer no es cosa solo de pruebas, tiene que ser algo de poner mucha confianza para abrirnos al misterio. Sí, abrirnos al misterio porque todo lo que hace referencia a Dios nos trasciende, nos supera, va mucho más allá de nuestros razonamientos, y queremos tener razonamientos, pruebas y no queremos salir de nosotros mismos.
Es algo que nos toca al corazón, pero que no son solo sentimientos. Es una luz que nos llega y que nos envuelve. Pero no podemos poner cortinas que impidan la entrada de esa luz. Y las cortinas están en nuestro yo, en nuestro orgullo, en nuestra autosuficiencia, en nuestro amor propio.
Tenemos que dejarnos cautivar; tenemos que dejarnos conducir; tenemos que coger sin miedo esa mano que se nos tiende para ponernos en camino aunque nos parezca que vamos a lo desconocido, pero en la medida que avancemos sentiremos satisfacciones hondas que de ninguna otra manera podemos obtener, nos sentiremos como levantándoos en volandas hacia algo más alto, hacia algo más grande, hacia algo que nos llena de plenitud interior.
Es que con esa luz lo veremos todote una manera distinta, que no es irreal, que es muy vivo, que nos hace sentir un gozo hondo que no podremos encontrar en otro sitio. Es encontrarnos con la sabiduría verdadera, la verdad del hombre y la verdad de la vida, la verdad del mundo que vivimos y la verdad de toda la creación. Nos sentiremos libres de verdad porque nos encontraremos con la verdad de nuestra vida.
Sin embargo tantas veces en la vida preferimos nuestras dudas, nuestras oscuridades, nuestras cegueras y tinieblas. Nos lo queremos saber todo por nosotros mismos de manera que ni siquiera escuchamos nuestro interior; nos dejamos llevar por impulsos, por pasiones, por apetitos de cosas que nos satisfagan momentáneamente que rehusamos la felicidad que nos puede dar plenitud. Queremos vivir la vida a nuestra manera de forma que no admitimos que haya algo superior. Nos estamos como cortando las alas y no podremos volar, no podremos levantarnos de los apegos terrenos para descubrir lo espiritual que nos eleve.
Despertemos la fe que tenemos dormida. Busquemos aquello que nos eleve de verdad. Vayamos a la búsqueda de lo que nos da plenitud y eso solo podemos encontrar en Dios. Acerquémonos a Jesús y veamos que es el camino que nos lleva a Dios, el camino que nos hace encontrarnos con el Dios que es un Padre que nos ama.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Si amamos de verdad porque nos hemos dejado inundar por la luz del amor de Dios, nuestras obras serán obras de luz



Si amamos de verdad porque nos hemos dejado inundar por la luz del amor de Dios, nuestras obras serán obras de luz

Hechos 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21
¿Nos importa que los que están alrededor nuestro vean las cosas que hacemos o preferimos hacerlas a ocultas? Por supuesto no tenemos que ir por la vida alardeando de lo que hacemos dejándonos llevar por la vanidad. Ni hacemos las cosas para que los demás las vean; sería arrogancia, vanidad, orgullo pretender dar lecciones a los otros. Pero cuando hacemos cosas buenas, dentro de un espíritu de sencillez y de humildad, no nos importa que los demás vean lo que hacemos.
Lo que ocultamos más bien son aquellas cosas que consideramos vergonzosas, no queremos que los demás se enteren de nuestra malicia o nuestra maldad, de nuestros vicios o de las corruptelas que haya en nosotros – aunque haya también quien quiera alardear de esas cosas – más bien intentamos que permanezcan ocultas. Nos cuesta, por otra parte, reconocer lo malo que hacemos, nuestra maldad o nuestro pecado. 
Sin vanidades ni autocomplacencias lo que tendría que resplandecer en nuestra vida son las obras de la luz, como nos dice el evangelio, porque – y entramos en el ámbito de nuestra fe – con ellas hemos de dar gloria al Señor. Ojalá todo lo que hagamos fuera siempre para la mayor gloria de Dios.
De esto nos habla Jesús hoy en el evangelio, como colofón al diálogo que había mantenido con Nicodemo.  ‘El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios’.
Aprendamos a dejarnos iluminar por la luz de Dios para que resplandezcan nuestras buenas obras. Es que con esa luz de Dios, con esa mirada de Dios en nosotros nos sentiremos impulsados siempre al bien. Cuando nuestra mirada se turbia porque nuestro corazón está también turbio lo que va a resplandecer en nosotros es la malicia de nuestro actuar. De lo que hay en el corazón habla la boca, la maldad de nuestro corazón se va a reflejar en aquello que hagamos.
Como ya nos dirá Jesús en otro momento del evangelio la maldad y la impureza no entra de fuera, por la boca, sino que brota de nuestro corazón lleno de tinieblas y de oscuridades. Son los malos deseos que brotan del corazón. Pero si nuestro corazón está iluminado con la luz de Dios desaparecerán esas tinieblas, lograremos controlar esos malos deseos o esas maldades que brotan en nosotros como tentación.
Es muy importante la primera sentencia que escuchamos en el evangelio de Dios. Cuando consideramos cuanto es el amor que Dios nos tiene nos sentiremos impulsados de la misma manera al amor. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna’. Amemos con ese amor de Dios y en nuestro corazón no habrán sombras sino que todo será vida y será luz y así será glorificado nuestro Padre del cielo. 
No iremos entonces por la vida ocultándonos, porque si amamos de verdad porque nos hemos dejado inundar por la luz del amor de Dios, nuestras obras serán obras de luz que no tenemos por qué ocultar.

martes, 30 de abril de 2019

Nacer del Espíritu, vivir una vida nueva no por la voluntariedad que pongamos, o por las cosas que queramos hacer, sino porque nos dejemos conducir por el Espíritu de Dios



Nacer del Espíritu, vivir una vida nueva no por la voluntariedad que pongamos, o por las cosas que queramos hacer, sino porque nos dejemos conducir por el Espíritu de Dios

Hechos 4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 5a. 7b-15
Hoy volví a nacer, decimos cuando nos ha ocurrido algo del que salimos vivos, como se suele decir, por milagro. Un accidente del que salimos con vida, algo fortuito, una catástrofe, una epidemia que afecto a la vida de muchas personas, pero de la que nosotros nos libramos. Tienes que contar que volviste a nacer, nos dicen, ahora tiene un nuevo cumpleaños, y recordamos la fecha del acontecimiento, del accidente, de aquello de lo que nos libramos, como decimos, por milagro.
Pero no se trata de eso de lo que hoy nos quiere hablar el evangelio. Entramos en un ámbito distinto, porque ya no se trata de nuestra vida física, aunque luego en nuestra vida tendría en verdad que reflejarse. Andamos por el ámbito de la fe y de nuestra referencia a Jesús.
Ya desde el principio del evangelio nos está pidiendo que para creer en El y en la Buena Nueva que nos anuncia hay que realizar un cambio radical en la vida. Oímos la palabra conversión y no siempre le damos toda la amplitud que tiene que tener la palabra. Porque de lo que se trata es que comenzamos a vivir una nueva vida, lo viejo, lo anterior tiene que morir para nosotros porque lo que ahora tenemos es un nuevo vivir, es un nuevo sentido, es una nueva vida. Y ahora sí que tendríamos que comenzar a contar nuevos años.
Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Había ido de noche a ver a Jesús un magistrado judío y que era fariseo. En la placidez de la noche hablaron largo y tendido. Aunque es magistrado, maestro en Israel – lo que llamamos en otros momentos doctores de la ley – encargado de la enseñanza del pueblo reconoce que en Jesús hay algo especial porque si Dios no está con El no puede hacer las obras que El realiza. Será el único que en el Sanedrín defenderá a Jesús, oponiéndose a un juicio sumarísimo y sin escucharle, y será el que finalmente colaborará con José de Aritmatea en la sepultura de Jesús. Lo que Nicodemo está reconociendo es algo fundamental que si lo hubieran aceptado no hubieran llegado a perseguir a Jesús como lo hicieron.
Y es a Nicodemo a quien habla Jesús de nacer de nuevo. Algo que no entiende y pregunta. ‘¿Cómo tu siendo maestro en Israel no entiendes esto?’ le dice Jesús. Y habla Jesús del nacimiento por el Espíritu. Por algo diría ya Juan casi al principio de su Evangelio que los que creen en Jesús serán hijos de Dios, pero no por nacimiento carnal, sino por obra del Espíritu.
Creo que estas palabras de Jesús a Nicodemo tendrían que llevarnos a amplias y profundas reflexiones; algo que hemos de asumir y creer desde lo más hondo de nosotros mismos porque comprendiéndolo, intentándolo comprender, podríamos comenzar a dejarnos conducir de verdad por la acción del Espíritu divino en nosotros. Ser cristiano, creer en Jesús no es cuestión de doctrinas o de cosas que nos aprendamos de memoria; no porque nos sepamos el credo de memoria o nos hayamos aprendido el catecismo ya decimos que somos cristianos. Es una cuestión de vida, de una vida nueva en que verdaderamente nos sintamos transformados.
Decimos tantas veces, es que no podemos, es que nos cuesta, es que son cosas que nos superan, pero nos olvidamos de la acción del Espíritu de Dios en nosotros. Es nacer del Espíritu, es comenzar a una vida nueva no por la voluntariedad que nosotros pongamos, por las cosas que nosotros queramos hacer, sino porque nos dejemos conducir por el Espíritu de Dios. Si lo hiciéramos, como se suele decir, otro gallo nos cantaría, otra vida estaríamos viviendo en la autenticidad del verdadero discípulo de Jesús, del verdadero cristiano.


lunes, 29 de abril de 2019

Nos sentimos pobres pero no llenemos el corazón de autosuficiencia sino abramos nuestra vida a quien en verdad nos engrandece


Nos sentimos pobres pero no llenemos el corazón de autosuficiencia sino abramos nuestra vida a quien en verdad nos engrandece

1Juan 1, 5-2, 2; Sal 102; Mateo 11, 25-30
Nuestra carencia de medios, la pobreza que pudiera haber en nuestra vida y no solo en lo material sino también en lo cultural, los problemas o dificultades que nos van apareciendo muchas veces nos llenan de negatividad y nos hace sentirnos vacíos e inútiles. ¿Qué puedo hacer yo si nada sé ni nada tengo? Pensamos algunas veces. Muchos problemas tengo ya para meterme en otros berenjenales, nos decimos y nos escudamos para no hacer nada, para no comprometernos. Llenamos así de negatividad nuestra vida y esa es la peor pobreza o el peor problema que podamos tener, al no ser capaces de valorarnos a nosotros mismos.
Nuestras limitaciones están ahí, es cierto, y la carencia de medios la tenemos porque además nunca tendremos todo lo que quisiéramos o anheláramos. Pero eso no nos debe conducir a la negatividad, sino que tendría que ser un impulso para levantarnos, para querer crecer en la vida como personas y ser capaces de superarnos incluso en medio de nuestras limitaciones. Quizá muchas veces reaccionamos con esa negatividad desde un orgullo encubierto que nos lleva a la envidia y a corroernos por dentro porque andamos siempre haciéndonos comparaciones con los demás.
La humildad del reconocimiento de lo que somos – y muchas veces somos mucho más de lo que aparentamos o de lo que nosotros mismos nos valoramos – puede ser un hermoso principio de crecimiento personal, pero además de saber confiar en quien puede tendernos una mano para levantarnos. Tendremos que hacer el esfuerzo, pero hemos de saber valorar y agradecer esa mano tendida que podemos encontrar que nos ayude a descubrir lo que quizá hay dentro de nosotros y aun no hemos valorado lo suficiente.
En el misterio de Dios y de nuestra vida cristiana, que es la respuesta que nosotros damos a la mano tendida de Dios que nos levanta, podemos descubrir que Dios se manifiesta de verdad a los que saben ser sencillos y humildes, porque además no habrá el tropiezo de nuestro orgullo que como un tapón quizás nos impide descubrir a Dios y encontrarnos con El.
Nada somos y nada valemos, pues así nos ponemos ante Dios, que es el que verdaderamente nos va a hacer grandes; que tenemos problemas y angustias en nuestra vida en nuestros sufrimientos o en nuestras carencias, así con esa carga vamos a Dios porque sabemos que en El es donde encontramos nuestra descanso y el consuelo que nos levanta y nos fortalece.
Escuchamos hoy a Jesús dar gracias al Padre porque revela el misterio de Dios a los que son sencillos y humildes, a los que son pequeños o se sienten pobres en su vida, porque no han llenado su corazón del orgullo de la autosuficiencia y siempre están abiertos a Dios. ‘Venid a mi los que estáis cansados y agobiados, nos dice, que en mi encontrareis vuestro descanso’.
Para Dios nunca somos insignificantes, porque es su amor el que nos engrandece y es el que por la fuerza de su Espíritu nos ha dado la dignidad grande de ser hijos de Dios. No son los entendidos, los que se lo quieren saber todo por si mismos, los que llegarán a conocer el misterio de Dios. Sobra en el mundo autosuficiencia y nos falta la humildad de sentirnos pobres ante Dios que es el que nos da la verdadera riqueza de nuestra vida. Con los ojos de Dios veremos nuestra vida con una carga grande de positividad y eso nos ayudará a hacer un mundo mejor.

domingo, 28 de abril de 2019

Se acabaron los miedos porque vamos con la valentía del amor y con la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado que nos hace caminar nuevos caminos de servicio y de paz


Se acabaron los miedos porque vamos con la valentía del amor y con la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado que nos hace caminar nuevos caminos de servicio y de paz

Hechos 5, 12-16; Sal 117; Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19; Juan 20, 19-31
‘Estaban los discípulos con las puertas cerradas  en una casa por miedo a los judíos…’ el evangelista nos da las circunstancias en las que Jesús se les va a manifestar. Con las puertas cerradas… por miedo a los judíos. Pero es también el estado de ánimo en que se encontraban tras los que había sucedido el viernes anterior.
Cuando en la noche del jueves, a la hora del prendimiento en el huerto de los Olivos, salvo el intento de Pedro de utilizar la espada por defender a Jesús, todos lo abandonaron y huyeron. Pedro se había metido en la boca del lobo, porque se había atrevido a acercarse al patio del pontífice, por aquello de que Juan era conocido, y terminó negándole como Jesús le había anunciado. Solo había llegado a lo alto del calvario Juan, con algunas mujeres y con la madre de Jesús. No era valentía lo que estaban demostrando. Y ahora temían que a ellos les pudiera pasar lo mismo, en fin de cuentas eran galileos la mayoría y fácilmente reconocibles. De ahí los temores.
Temores con los que andamos demasiadas veces en la vida. Podríamos pensar genéricamente en tantos temores que nos acompañan en el actuar de la vida – temores y miedos ante lo nuevo, temores al que dirán, temores que nos acobardan porque pensamos que no somos capaces, temores muchas veces infantiles que nos hacen escondernos porque vemos a otros más poderosos en tantas cosas…-; pero creo que tendríamos que centrarnos también en los temores de nuestra fe, en los miedos a dar la cara, en los miedos a hablar delante de los demás de aquello que son nuestras convicciones, en los miedos y temores a enfrentarnos a un mundo adverso que rechaza lo religioso, o rechaza nuestros valores y no somos capaces ni siquiera de proponerlos con el testimonio de nuestra vida.
Necesitamos un revolcón que nos despierte, necesitamos encontrar lo que nos de seguridad y fortaleza en nuestra fe, necesitamos esa fuerza interior que no solo es nuestra buena voluntad sino que es el llenarnos del Espíritu de Cristo resucitado, necesitamos un verdadero encuentro con Jesús, porque no es a base de razonamientos y lógicas humanas desde donde vamos a anunciar que verdaderamente Jesús a resucitado.
Como le sucedería incluso a Pablo allá en el Areópago griego cuando desde unos razonamientos quiso hablar de la resurrección, hoy también nos vamos a encontrar a quienes nos digan que de eso hablaremos otro día, para escurrir el bulto porque es algo que le cuesta también creer a la gente de nuestro tiempo.
Fue lo que sintieron los apóstoles que andaban allá encerrados en aquella casa con sus miedos, cuando Jesús se les presentó delante y resucitado. Primero creían ver un fantasma – eran muy dados por cultura a esas creencias de visiones fantasmagóricas – pero luego sintieron de verdad que era un encuentro vivo con Jesús, un encuentro con Jesús que estaba allí resucitado en medio de ellos y los llenaba de su Espíritu para emprender un mundo nuevo, de perdón, de vida, de paz.
‘Paz a vosotros’, será el saludo pascual de Cristo resucitado. Claro que se acaban todos aquellos temores y llegaba la paz; claro que se acababa todo aquel  peso de nuestros pecados y culpas porque llegaba la vida; claro que comenzaba un mundo nuevo de amor porque estaban sintiendo que todo cuanto había sucedido era el producto del amor y en ese amor habían de vivir ya para siempre como el había dejado como mandamiento en la ultima noche cuando la cena pascual. ¿No tendríamos que sentirnos nosotros de la misma manera? También Jesús llega a nosotros con el saludo pascual de la paz.
Uno de los discípulos no estaba con ellos, Tomás, y a su regreso es el primer saludo que se va a encontrar. ‘Hemos visto al Señor’, le contarán inmediatamente el resto de los discípulos. Pero como un jarro de agua fría continuarán las dudas y la búsqueda de pruebas de quien allí no había estado, de quien no había tenido la experiencia pascual del encuentro con Cristo resucitado. Ya sabemos cómo a los ocho días simplemente con la presencia de Jesús comenzará a creer haciendo hermosa profesión de fe. No necesitará meter los dedos en las llagas de sus manos, ni su mano en la llaga del costado.
¿No había sido suficientemente convencido por quienes habían visto al Señor? Fue la experiencia del encuentro con Cristo el que le haría doblar la cabeza y abrir el corazón. Pero eso no  nos quita de que nosotros tenemos que seguir anunciando, y no solo con palabras, que ‘hemos visto al Señor’, que tenemos la experiencia de Cristo resucitado, sino que tendrá que ser con el testimonio de nuestra vida. Pero  no podemos callar, no podemos ocultar, tiene que ser palpable en nuestras obras y en nuestra vida y es así como llegaremos al convencimiento de los demás, que no será un convencimiento racional sino un convencimiento del corazón.
Estamos viviendo la Pascua, estamos en la octava de la resurrección y lo celebramos con alegría, pero lo hemos de vivir desde lo hondo de corazón, lo tenemos que proclamar con el testimonio de una vida nueva. También nosotros tenemos que ir al mundo con el saludo pascual de la paz y tenemos que convencer a nuestro mundo que es posible esa vida nueva, que es posible el perdón y que es posible un amor al estilo del amor de Jesús, que podemos ser hermanos y que podemos vivir en una verdadera comunión los unos con los otros.
Y ese tiene que ser el testimonio de la Iglesia, un testimonio de comunión y de amor, para que no se quede en el mundo la idea que tienen de la Iglesia como una organización de poder. Son otros los caminos de servicio por los que hemos de caminar y con los que tenemos que presentar a esa iglesia servidora de los hombres que lleva siempre el anuncio de la comunión y de la paz. Se acabaron los miedos, llevamos con nosotros la valentía del amor, con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor.

sábado, 27 de abril de 2019

Somos testigos que no podemos callar ni disimular tras otras preocupaciones la fe en Cristo resucitado que da sentido y valor a cuanto vivimos y hacemos


Somos testigos que no podemos callar ni disimular tras otras preocupaciones la fe en Cristo resucitado que da sentido y valor a cuanto vivimos y hacemos

Hechos 4, 13-21; Sal 117;  Marcos 16, 9-15
Estamos llegando ya al final de la semana de la octava de la Pascua y hemos de seguirla viviendo con la misma intensidad y con la misma alegría. Es aún la octava que culminará mañana y no podemos perder el gozo de la resurrección y de la pascua, aunque esto tiene que ser algo que vivamos todos los días de nuestra vida.
Somos los hombres y las mujeres de la Pascua, porque en el misterio pascual de Cristo hemos renacido, ya que esto es lo que hemos vivido desde nuestro Bautismo. Es una participación en el misterio de la muerte y de la resurrección del Señor. Eso ha de marcar el estilo y el sentido de nuestra vida, aunque muchas veces parece que lo olvidamos, nos dejamos influir por otras cosas y olvidamos lo que verdaderamente da sentido a nuestra vida.
Nos preocupamos de tantas cosas en la vida. Es cierto que tenemos que vivir la vida con responsabilidad y nos hemos de tomar en serio nuestras responsabilidades personales y también nuestras responsabilidades sociales; no podemos desentendernos del mundo en que vivimos, pero no nos podemos dejar comer por ese mundo.
Pero hay algo que marca el rumbo y el sentido de nuestra vida. Es nuestra fe en Cristo resucitado, porque en El encontramos vida, encontramos fuerza para esa vida, encontramos el modelo de nuestro amor, encontramos el sentido de nuestra responsabilidad. Y parece en ocasiones que lo olvidamos, no hacemos mención a Cristo y el sentido que Cristo da nuestra existencia y el mundo, como si nuestra vida y nuestro mundo se construyera solo por si mismo. Parece en algún momento que tenemos miedo de mencionar el nombre de Jesús y de su evangelio porque quizás a los que nos rodean no les dice nada o les molesta y queremos acomodarnos.
Quien cree de verdad en Cristo no tiene que acomodarse para caer bien a los demás. Defendemos el valor de cada persona y con todos queremos entrar en diálogo para colaborar entre todos en esa mejora de nuestro mundo, pero no podemos perder de vista lo que da sentido a lo que hacemos y por qué lo hacemos. No nos podemos camuflar sino que con valentía tenemos que manifestarnos. Y parece que algo de eso está pasando, y cuidado no nos pase también en el seno de la Iglesia.
En este sábado antes del final de la octava de la Pascua la liturgia nos ofrece el texto de Marcos que nos habla de la resurrección de Jesús. Así como su evangelio es breve, pocos son los versículos que dedica el evangelista al hecho de la resurrección. En el texto que nos ofrece hace como un resumen de todos aquellos acontecimientos de aquellos días. Pero hay algo importante que hemos de destacar.
Ya había ido apareciendo en los relatos de los otros evangelistas, porque cada vez que había un encuentro con Cristo resucitado se sentían enviados a anunciarlo a los demás. Corrieron las mujeres desde el sepulcro vacío al encuentro con los apóstoles para anunciarles que luego Jesús les había salido al encuentro a la salida del huerto del sepulcro, y corren .los discípulos de Emaús de vuelta a Jerusalén para contar cuanto les había sucedido en el camino y como lo habían reconocido al partir el pan.
Ahora escuchamos el mandato de Jesús de ir por el mundo como testigos haciendo ese anuncio para que todo el que cree alcance la salvación. Lo resaltamos en referencia a lo que veníamos reflexionando. No podemos callar, no podemos ocultar ni disimular lo que es nuestra fe y el sentido de nuestro vivir. Valientemente tenemos que hacer el anuncio. No nos podemos cansar de hablar de Jesús y de su evangelio como sentido de salvación para nuestras vidas. Cuidado con confundirnos y con confundir a los que nos rodean porque no hablemos claramente de Jesús.
Somos testigos que no podemos callar.

viernes, 26 de abril de 2019

Vayamos a Jesús con nuestras redes una veces vacías por las desilusiones y siempre llenas cuando nos fiamos de Jesús


Vayamos a Jesús con nuestras redes una veces vacías por las desilusiones y siempre llenas cuando nos fiamos de Jesús

Hechos 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14
‘Y aquella noche no cogieron nada…’ Habían vuelto a Galilea después de todo lo que había acontecido en Jerusalén. Eran también las indicaciones del Maestro. Allá estaban de nuevo en su tierra y en sus casas. ¿Aburridos quizá cuando tanta había sido la actividad que habían tenido con Jesús? ¿Desalentados porque un poco se habían frustrado sus esperanzas? ¿Qué hacer? ¿Volver a la tarea de siempre? Allí estaban las barcas con todos sus aparejos.
Después de intensas actividades, cuando nos suceden cosas que nos desconciertan y tienen el peligro de apagar nuestras esperanzas, nos quedamos en ocasiones en ese tiempo o ese estado en el que no sabemos que hacer. Quizás aquello que habíamos emprendido con tanta ilusión parece que se nos viene abajo y algo tenemos que recomenzar. ¿Una tarea nueva? ¿Una nueva aventura de explorar nuevos campos? ¿Volvernos quizá a lo de siempre? Nos hace falta algo, un revulsivo que nos despierte; hacemos tentativas pero parece como que no estamos muy estabilizados en aquello que hacemos o las cosas no nos salen.
Es Pedro en este caso como en tantas ocasiones – madera de líder – el que se decide. ‘Me voy a pescar’ Y es cuando los demás dicen también ‘nos vamos contigo’. El evangelista nos detalla aunque no nos da el nombre de todos los que se fueron a pescar aquella noche. Pero una noche más de fracaso; después de tanto esfuerzo y trabajo no han cogido nada. ¿Un nuevo fracaso a añadir para la desilusión?
En la orilla hay alguien que pregunta que si han cogido peces. A la respuesta negativa – y vamos a ver con qué malos humores, porque todos somos humanos – aquel desconocido se atreve a indicarles que lancen la red por el otro lado de la barca. Por probar no pasa nada y se confían. Merecía la pena confiarse, porque la pesca resulto sorprendentemente muy grande cuando se habían pasado toda la noche faenando sin coger nada. Ahora sí que volvía la alegría a sus rostros a pesar del esfuerzo.
Pero es uno de los discípulos – el que era especialmente amado por Jesús – el que le susurra a Pedro que ‘es el Señor’. No hace falta nada más, pues Pedro los deja a todos en la estacada y se lanza al agua tal como estaba porque quería llegar pronto a los pies de Jesús a pesar de que solo estaban como a unos cien metros de la orilla. Es el impulso del amor, de quien tanto amaba a Jesús.
Allí estaba el que podía levantarles los corazones de nuevo, el que les hacia renacer las esperanzas, el que llenaba su corazón de alegría en el amor. Los demás discípulos arrastran la red a tierra y vienen también al encuentro con Jesús. Allí están ante Jesús llenos de alegría; allí están con las redes que habían sido de sus desilusiones pero ahora repleta porque Jesús les ha llenado de vida.
Como tenemos que aprender nosotros ir hasta Jesús, con lo que somos, con nuestros momentos negativos, pero también con esa luz que Jesús nos da y pone un sentido nuevo a nuestra existencia. Tenemos que dejarnos conducir por Jesús, porque no podemos caminar solos y a nuestra manera. Cuando nos quedamos en nuestro yo o en nuestras apetencias nada más, vemos que las redes se van a quedar vacías. No pensemos que por nosotros mismos sabemos manejar los aparejos de la vida, sino que tenemos que aprender a dejarnos llenar por la Sabiduría del Espíritu. Tenemos que aprender a realizar en todo la obra de Jesús.

jueves, 25 de abril de 2019

Tenemos que imbuirnos profundamente del evangelio de Jesús para que no se tambalee nuestra fe frente a las dudas e influencias mundanas que podamos recibir


Tenemos que imbuirnos profundamente del evangelio de Jesús para que no se tambalee nuestra fe frente a las dudas e influencias mundanas que podamos recibir

Hechos 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48
Hay ocasiones en que la sorpresa, a pesar de que era algo que esperábamos o deseábamos, nos deja mudos y como alelados. Lo esperábamos y lo deseábamos, pero nos sorprende, no nos lo creíamos ni ahora cuando lo tenemos delante terminamos de creer. Ante una cosa así no sabemos si reír o llorar, no sabemos qué decir, se nos reseca la garganta y no nos salen las palabras, pero en el fondo estamos felices, alegres, contentos. Y no digamos nada cuando para llegar a ese momento hemos tenido que pasar precisamente malos momentos, que nos habían llenado de cierta amargura y mucha tristeza.
Creo que algo así les estaba pasando a los discípulos en aquel primer día de la semana. Muchas son las emociones que van viviendo con las noticias que les llegan de unos y otros y ahora la sorpresa es grande cuando Jesús aparece en medio de ellos. Primero las noticias de las mujeres, el encontrarse el sepulcro vacío, las apariciones de ángeles, ahora son los discípulos que se han marchado a Emaús que llegan bien entrada la noche con la noticia de que Jesús ha estado con ellos en el camino y como lo han reconocido al partir el pan, y en medio de todo esto aparece Jesús. No es para menos quedarse mudos de estupor y que por la cabeza pasen muchas cosas.
‘Paz a vosotros. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: - ¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos…’
Dudas, miedos, estupor, alegría… y no se lo terminaban de creer. Jesús les pide algo de comida y ellos le ofrecen. Para disipar dudas, no es un fantasma. Es Jesús. ‘Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras’.
Con Jesús resucitado y con la fuerza de su Espíritu ya podremos comprender muchas cosas, ya tenemos también el espíritu abierto para entender las Escrituras. ‘Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.
Es lo que nosotros ahora también tenemos que vivir. No nos podemos encerrar en nuestras dudas o en nuestros temores. Muchos podrán seguir apareciendo en nuestra vida que se nos puede llenar de confusiones influido por el mundo que nos rodea. Muchas son las influencias que podemos recibir de la increencia y agnosticismo que tenemos a nuestro alrededor y comenzaríamos a hacernos muchas interpretaciones de Jesús y de su evangelio.
Pero tenemos que mantener la firmeza de nuestra fe. Porque tenemos que ser testigos, y testigos ante ese mundo de increencia que nos encontramos incluso entre los que se llaman cristianos y hasta en el seno de la misma Iglesia influida por el espíritu del mundo. Nos dejamos contagiar fácilmente cuando no nos hemos formado debidamente y nos hemos quedado quizás en una fe demasiado infantilizada. Es la madurez del espíritu que tanto necesitamos. Tenemos que imbuirnos de verdad, profundamente, del evangelio de Jesús para que no se tambalee nuestra fe.

miércoles, 24 de abril de 2019

Una fe que nos abre a la luz, a la vida, al amor, a la acogida, a la hospitalidad, que nos abre a Jesús que está a nuestro lado en los hermanos que hacen el camino con nosotros


Una fe que nos abre a la luz, a la vida, al amor, a la acogida, a la hospitalidad, que nos abre a Jesús que está a nuestro lado en los hermanos que hacen el camino con nosotros

Hechos 3,1-10; Sal 104;  Lucas 24,13-35
Hay acontecimientos, hay cosas que nos suceden en la vida que nos dejan planchados, nos llenan de desilusión y parece que se nos pierden las esperanzas. Esperábamos algo bueno y nos sucede lo contrario; habíamos puesto la esperanza en un proyecto que trabajábamos con ilusión y sucede algo que no nos deja realizarlo o parece que la vida se nos hace imposible; habíamos puesto la confianza en una persona, pero luego descubrimos que las cosas no eran como aparentaban porque nos falló.
Y en esos momentos de desilusión todo se nos vuelve negro y hasta nos cuesta pensar, o encontrar algo positivo por lo que seguir luchando; tenemos la tentación de la huída, de dejarlo todo, de olvidarnos de aquellas ilusiones que teníamos en la vida, y la cabeza nos da vueltas y más vueltas sin encontrar un rayo de luz. Puede haber a nuestro lado cosas muy positivas, pero  no somos capaces de verlo, no tenemos ánimos para tratar de recomenzar de nuevo y poner la ilusión en algo nuevo.
Se nos ciegan los ojos y se nos ciega la mente. Alguna vez habremos pasado por algo así, o contemplamos a alguien a nuestro alrededor que cae en esas depresiones. ¿Cómo levantarnos? ¿Cómo ayudar al que vemos que se encuentra en una situación así?
Así iban en la tarde aquellos dos discípulos que hacían el camino de Emaús. Ya desde la mañana y la tarde del viernes habían aparecido los miedos y comenzaba a caminar el desánimo en sus corazones. Por el descanso sabático encerrados se habían quedado y en la mañana de aquel primer día de la semana aunque llegaban algunas noticias por parte de las mujeres que decían que el sepulcro estaba vacío y hablaban de visiones de ángeles habían aguantado pero ahora se habían marchado camino de su pueblo. Pero en su mente y en sus conversaciones no hay otros pensamientos ni otras palabras sino repetirse una y otra vez todo lo que había sucedido.
Les había alcanzado un caminante que se había puesto a su lado. Intentando entrar en conversación les pregunta qué les pasa que los ve tan sombríos y cabizbajos. ‘¿Eres tú el único que en Jerusalén no se ha enterado de lo que pasa en estos días?' Fue la respuesta. Y le explican lo sucedido y cómo sus esperanzas están por los suelos. ‘Nosotros esperábamos que El fuera el futuro liberador de Israel’, le manifiestan.
Y aquel caminante desconocido – ellos no se habían fijado en quien era – comienza a explicarles todo lo que en la Escritura estaba anunciado y que en Jesús se cumplía. Iban tan absortos en sus explicaciones – mas tarde dirían que les ardía el corazón por dentro mientas les hablaba – que entraba la noche, pero ellos llegaban a su destino. El que les acompañaba hizo ademán de querer seguir adelante en su camino y ahora son ellos los que olvidando sus preocupaciones tratan de convencerle que se quede que los caminos con peligrosos en la noche.
‘Quédate con nosotros por atardece’, le ofrecen y abren las puertas de sus casas en gesto de hospitalidad para que permanezca con ellos y no siga el camino. Se sentían tan a gusto con El, aunque aun no lo habían reconocido. En su hospitalidad y acogida pronto estarán sentados a la mesa compartiendo el pan. Y será entonces cuando reconozcan a Jesús, se les abran los ojos. El amor de la acogida y la hospitalidad abrió sus corazones y en ellos se hizo presente Jesús que caminaba a su lado sin ellos saberlo. En su alegría correrán de nuevo a Jerusalén – no importa ya la noche – para anunciar la experiencia que habían tenido de su encuentro con Jesús y cómo de nuevo renacían sus esperanzas.
Es el camino de nuestra vida, el que recorremos tantas veces y en el que tendríamos que saber descubrir la presencia de Jesús. Vamos demasiado enfrascados en nosotros mismos, en lo que vivimos, lo que son nuestros problemas y nuestras angustias, lo que son nuestras luchas de cada día, lo que son las esperanzas que vivimos en unos momentos pero también las desilusiones que nos aparecen de pronto tantas veces. Nos parece que vamos solos, pero junto a nosotros está y no lo conocemos.
Despertemos nuestra fe. Una fe que no se queda encerrada en unos conceptos que podamos plasmar quizá en unos libros; una fe que tiene que envolver totalmente nuestra vida; una fe que nos abre a la luz, a la vida, al amor, a la acogida, a la hospitalidad, que nos abre a Jesús que llega a nosotros de mil maneras, a Jesús que está a nuestro lado en los hermanos que hacen el camino con nosotros.
Cristo resucitado nos envuelva con su luz.

martes, 23 de abril de 2019

Despertemos también nuestro amor para que nuestros ojos y nuestros oídos se abran de nuevo y seamos capaces de reconocer la luz de Cristo resucitado


Despertemos también nuestro amor para que nuestros ojos y nuestros oídos se abran de nuevo y seamos capaces de reconocer la luz de Cristo resucitado

Hechos 2,36-41; Sal 32; Juan 20,11-18
‘Fuera del sepulcro lloraba María…’ ¿Por qué llora María? ¿Qué es lo que busca María?
Es lo que le preguntan y nosotros también quizás se lo preguntamos, pero también tenemos que preguntárnoslo a nosotros mismos. Andamos tantas veces en la vida con nuestros llantos. Alguien apareció por allí y tanto era su desconsuelo y tantas eran sus lágrimas que no se da cuenta ni de quién se acerca a ella. Piensa que es el encargado del huerto. ¿Dónde lo has puesto? ¿A dónde lo has llevado? ¿Por qué lo has sacado de este sepulcro donde con tanto mimo lo colocamos en la tarde del viernes en nuestros apuros y no lo embalsamos convenientemente por las prisas?
Allí habían llegado aquella mañana, muy temprano, aquel grupo de buenas mujeres con más buena voluntad que fuerzas. No habían caído en la cuenta que necesitaban alguien fuerte que corriera la piedra de la entrada del sepulcro. Pero la piedra estaba corrida y dentro no estaba el cuerpo de Jesús. Aunque los ángeles les habían dicho que no buscaran entre los muertos al que vive, unas habían corrido a llevar la noticia a los discípulos aun encerrados en el cenáculo, pero ella se había quedado allí llorando esperando encontrar quien le diera razones, quien le dijera donde estaba el cuerpo de Jesús. No entendía lo que pasaba.
Tantas veces nos ofuscamos en lo negro, nos quedamos en lo negativo, nos agobiamos con los problemas, se nos viene el mundo encima cuando no salen las cosas como nosotros queríamos, y no somos capaces de ver ni el más mínimo resquicio de luz. Todo nos parecerá oscuro siempre. Parece que nosotros también nos enterramos en la muerte. Todo se nos vuelve oscuro y negativo. Cuántas depresiones nos absorben el sentido cuando los problemas se nos acumulan.
Y si caminamos en negativo, en sombras, todo se nos volverá más negativo y parece que las sombras se crecen. Terminamos muriendo del todo. Son los problemas de la vida, son las inquietudes y dudas que nos meten por dentro en el camino de nuestra fe, es la mirada con que miramos al mundo y sus problemas, es lo incomprensibles que se nos pueden volver muchas veces las cosas y los problemas que descubrimos también en nuestra comunidad cristiana, en la Iglesia. Y con nuestras dudas sentimos la tentación de dejarlo todo, de abandonar los caminos que hemos querido emprender, dejar de lado los compromisos que en un momento habíamos adquirido con buena voluntad, pero que solo la buena voluntad no basta, porque es necesario algo más.
Se nos adormece a veces nuestra fe; ya no sabemos ver ni escuchar aquello que un día nos dio vida, porque ahora todo nos parece muerte. Amamos y queremos seguir amando, pero parece que el mundo desaparece bajo nuestros pies y no sabemos en que apoyarnos, encontrar aquello que de verdad nos sostiene y que fue verdadera luz de nuestra vida un día. El peso de la cruz de nuestros problemas y oscuridades parece que cae como una losa sobre nosotros.
¿Sería algo así lo que le estaba pasando a María Magdalena? Ella había sido una mujer pecadora y un día se había encontrado con la luz. Sintió lo que era el verdadero amor y lo encontró a Jesús. Ahora no vivía sino para amar y para servir. Por eso iba siempre formando parte de aquel cortejo de los que seguían a Jesús. Tanto era su amor y sus deseos de no separarse de El que fue los pocos que lo siguieron hasta el calvario. Allí a los pies de la cruz nos cuentan los evangelistas que con otras mujeres y con Maria, la Madre de Jesús, estaba la Magdalena.
Creía a Jesús, creía en sus palabras, lo amaba profundamente, pero como nos sucede tanta veces la muerte nos descoloca, nos hace perder el tino, el sentido de la vida, todos se nos derrumba. Era lo que estaba viviendo. En su amor con las otras mujeres pasado el sábado a primera hora del primer día de la semana había venido hasta el sepulcro. Buscaban cómo embalsamar el cuerpo muerto de Jesús, pero allí no estaba. Más grande fue su desorientación y desconcierto. Allí quedó a la puerta de la tumba llorando y buscando el cuerpo de Jesús. Y Jesús estaba ante ella y ella no lo reconoció. Por eso el diálogo con quien creía que era el hortelano.
Bastó sin embargo la voz de Jesús que la llamaba por su nombre, para que se le abrieran los ojos. ‘¡Rabonni, Maestro!’, fue su grito y su despertar. Reconoció la voz del Jesús. Era el amor que se despertaba. Despertemos también nuestro amor para que nuestros ojos y nuestros oídos se abran de nuevo y seamos capaces de reconocer la luz, de reconocer a Jesús que por muchas que sean las negruras El está ahí a nuestro lado. Es el Señor que vive y que nos da vida.
No busquemos entre los muertos al que vive. Sepamos ver a Jesús vivo que viene a nuestro encuentro para llenarnos de vida, para disipar sombras, para abrirnos el corazón, para hacernos sentir la fuerza de su Espíritu.

lunes, 22 de abril de 2019

No le hagamos el juego al mundo que quiere la fe encerrada en el sepulcro sino que valientemente anunciemos la buena nueva de Jesús Resucitado


No le hagamos el juego al mundo que quiere la fe encerrada en el sepulcro sino que valientemente anunciemos la buena nueva de Jesús Resucitado

Hechos 2,14.22-33; Sal. 15; Mateo 28,8-15
‘Las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos…’ Seguimos viviendo la alegría de la Pascua. Nos contagiamos en el evangelio de la alegría que, primero las mujeres que fueron las primeras testigos y luego el resto de los discípulos, nos van transmitiendo.
Había ido al sepulcro solo con la preocupación de embalsar el cuerpo muerto de Jesús. La sorpresa fue grande porque la piedra estaba corrida y el sepulcro vacío; pero unos Ángeles del Señor les manifiestan que no busquen allí al crucificado. Ha resucitado y han de ir a comunicarlo a los discípulos.
Es la alegría con que corrían saliendo del huerto pero de pronto se encuentran con Jesús que les sale al paso. Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies’, nos relata el evangelista. Y reciben el mismo encargo, han de ser misioneras que comuniquen la buena noticia; nos enviadas también al encuentro con los demás discípulos para trasmitirle lo que han vivido, se han encontrado con Jesús resucitado.
Es importante esta alegría que vivimos al celebrar la Pascua de la resurrección del Señor. Pero hemos de fijarnos que siempre hay una misión. Los que tienen la experiencia de la resurrección no se pueden quedar con la noticia, con la experiencia para ellos; han de ir a comunicar, se convierten en mensajeros, misioneros de la Buena Noticia de la Resurrección. Es lo que nosotros tenemos que vivir. Ni nos podemos quedar encerrados en nuestras iglesias con nuestras celebraciones, ni nos podemos guardar esa alegría para nosotros.
No es fácil. Son muchos los que celebran de mil formas la semana santa. Son pocos los misioneros de la pascua. ¿Será para muchos como un paréntesis en la vida? Esta semana toca esto, y cerramos el paréntesis y seguimos con otra cosa, o seguimos con las cosas que nos ocupaban o preocupaban de antes como si nada hubiera pasado. Seguimos con la losa del sepulcro echada para mantenerlo bien cerrado. Inconscientemente los cristianos le hacemos el juego al mundo. Como aquellos sumos sacerdotes queremos poner guardias a la puerta del sepulcro  de Jesús para que no sea corrida la piedra, para dejarlo bien enterrado.
Es lo que gran parte de nuestra sociedad quiere realizar hoy con la fe, con la Iglesia, con los cristianos. Nos permiten acaso que tengamos unos días especiales y hagamos nuestras celebraciones de semana santa y hasta contribuyen a nuestras espectaculares procesiones y las convierten quizá hasta en fiestas de interés turístico. Pero cuando termina todo, a otra cosa. Quieren bien enterrada la fe, quieren bien enterrada la Iglesia, quieren bien calladitos a los cristianos.
La Iglesia no puede hablar porque enseguida la tacharán de no sé cuantas cosas, que si hacemos propaganda, que si eso son cosas de otro tiempo…. se montarán buenas campañas de desprestigio de la Iglesia y se aprovechará cualquier fallo o debilidad para hundir y para destruir, la voz de los cristianos más comprometidos se tratará de apagar o hacer que suene en segundo término para que no sean escuchados y ya sabemos cuantas cosas más en ese sentido nos vamos a encontrar.
No podemos hacerle el juego a nuestro mundo y creo que en eso estamos fallando con nuestra cobardía y con nuestras complacencias a tantas cosas siguiendo su rumbo o la hoja de ruta – como ahora se dice – que nos tienen trazada. Tenemos que levantar valientemente nuestra voz, pero la voz autentica del evangelio. No olvidemos lo que hoy escuchamos en el evangelio, aquellas mujeres, testigos de la resurrección de Jesús, fueron enviadas inmediatamente con la misión de anunciar al mundo que Jesús había resucitado. Es lo que tenemos que hacer.

domingo, 21 de abril de 2019

Pasemos la página de la tristeza para encontrarnos en la mañana luminosa de la resurrección llenando de la alegría de la Pascua al mundo que nos rodea




Pasemos la página de la tristeza para encontrarnos en la mañana luminosa de la resurrección llenando de la alegría de la Pascua al mundo que nos rodea

Lucas 24, 1-12
‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Acordaos de lo que os dijo estando todavía en Galilea: El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitará’.
Nos preguntábamos en la tarde del Viernes Santo a quién buscábamos. Más bien era la pregunta que Jesús les hacía a los que habían ido a prenderle en Getsemaní. ‘¿A quién buscáis?’ y habían respondido ‘a Jesús, el Nazareno’. Sigue latente la pregunta. ¿A quién buscamos? ¿A quién buscaban aquellas mujeres que habían ido al sepulcro bien temprano en aquel primer día de la semana? O tenemos quizá que decir ¿a quien buscamos nosotros que venimos esta noche a esta vigilia pascual o a quienes nos reunimos en la mañana de pascua en cualquiera de nuestras celebraciones?
Podemos seguir buscando simplemente el crucificado, podemos seguir buscando un cuerpo muerto en el sepulcro como aquellas mujeres, que incluso se preguntaban cómo podrían descorrer la piedra de la entrada del sepulcro. Incluso con lo importante que es demasiado nos quedamos nosotros en la página del dolor y de la tragedia de contemplar a un cuerpo de Jesús traspasado de dolor entre las sombras de una pasión y muerte y clavado en una cruz y no hemos terminado de pasar la página para encontrarnos de verdad en la mañana luminosa de la resurrección.
En esta noche o en este día de pascua tenemos que terminar de aprender a pasar esa página, porque en verdad hemos de creernos las palabras de Jesús, lo que El había anunciado. Los ángeles aparecidos junto a la tumba vacío fueron buenos maestros para aquellas mujeres y les dejaron un encargo que habían de anunciar. Tenían que anunciar a los demás discípulos que en verdad ya el sepulcro estaba vacío para siempre. ‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado’.
Y recordaron y creyeron en las palabras de Jesús y corrieron a anunciarlo a los discípulos, aunque todavía estos, incrédulos como tantas veces nos sucede, demasiadas tendríamos que decir, corrieran de nuevo al sepulcro para comprobar la veracidad de las palabras que les anunciaban que les parecían más bien ensoñaciones de mujeres, lo ‘tomaron por un delirio’, como lo comenta el evangelista. Pero no lo era; era verdad, el sepulcro estaba vacío, Cristo había resucitado.
Es la certeza con la que tenemos que salir de aquí esta noche o amanecer en el día luminoso de la pascua. ‘No está aquí. Ha resucitado’. Y también tenemos que correr – la mañana de pascua la llamo yo la de las carreras – para salir de nuestros templos, para salirnos de las cosas de siempre, para ir al encuentro con los demás, para anunciarles que en verdad Cristo ha resucitado.
No temamos que nos tomen por locos, o nos digan que es un delirio el que nos absorbe. Nos lo van a decir, nos vamos a encontrar gente que es indiferente a lo que nosotros le podamos anunciar, o que incluso siendo muy religiosa nos pongan en duda lo que nosotros les queremos anunciar. Nosotros tenemos que ir con la experiencia de una vivencia. Lo que nosotros experimentamos dentro de nosotros mismos aunque nos pongan mil razones en contra no deja de ser una experiencia que nosotros vivimos y que no podemos callar. Y esa experiencia luego la vamos a traducir en nuestra nueva vida, en ese compromiso que vamos a vivir por hacer ese mundo nuevo, porque ya tenemos la certeza de que es posible.
Y lo vamos a proclamar con nuestras obras de amor, con esos nuevos gestos que realicemos, con ese nuevo compromiso en el que nos implicamos por hacer que desde el amor nuestro mundo sea mejor; y lo vamos a manifestar a través de esa nueva comunión que vivamos entre los hermanos que nos sentimos una familia, que nos sentimos una nueva comunidad; y lo vamos a proclamar con esa nueva lucha por hacer que todos seamos mejores, aunque tantas veces nos sintamos débiles, y vamos derramando amor y misericordia, comprensión y paz allá por donde vayamos porque queremos creer en el hombre, en toda persona, en la bondad de la vida, y seremos capaces de ir remediando males, uniendo voluntades, creando lazos de una nueva amistad donde todos nos aceptemos y nos respetemos, nos valoremos y seamos capaces de contar los unos con los otros.
Es la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado que sentimos dentro de nosotros y nos impulsa a ese amor y a esa vida nueva. Es la fuerza de Cristo resucitado que nos impulsa a hacer también una comunidad nueva, una Iglesia nueva que con el testimonio de cada uno de nosotros anuncia sin cesar el evangelio de Cristo resucitado en quien tenemos la salvación y con quien sabemos que podemos en verdad realizar el Reino nuevo de Dios.
Hoy es un día de inmensa alegría. Es la alegría de la Pascua, el paso salvador del Señor. Con gozo y con fuerza cantamos el Aleluya de la resurrección. Cómo tenemos que contagiar de esa alegría al mundo que muere en tanta tristeza porque sigue habiendo demasiada tristeza y amargura en los corazones de los hombres. Tenemos una alegría que anunciar, un Aleluya que gritar, una buena nueva que anunciar, Cristo ha resucitado. Tenemos que arrancarnos de la sombra de la muerte porque con Cristo nosotros hemos renacido también a una vida nueva. Es la Pascua, es el paso del Señor. Anunciamos a Cristo crucificado pero resucitado. Anunciamos la Vida porque anunciamos a Cristo resucitado.
Es verdad, ¡ha resucitado el Señor! ¡Alegría, hermanos!