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sábado, 21 de julio de 2018

En silencio quizá pero con un silencio que grita a través de los signos de nuestras obras de amor seguimos anunciando el nombre de Jesús



En silencio quizá pero con un silencio que grita a través de los signos de nuestras obras de amor seguimos anunciando el nombre de Jesús

Miqueas 2,1-5; Salmo 9; Mateo 12, 14-21
Los fariseos querían acabar con Jesús. Como dirá Jesús en otro momento, su hora no ha llegado. Se marcha Jesús a lugares descampados, pero allí lo sigue la gente y Jesús no deja de seguir realizando los signos del reino curando a los enfermos de todo tipo de mal. No es una huida, es el momento del silencio, por eso les dice a los que ha curado que no lo divulguen. Pero su silencio grita. Las señales del amor no se pueden ocultar. ¿Qué haríamos nosotros?
Queremos caminar en la vida con buena voluntad y con buenos deseos. En nuestra sangre, por así decirlo, llevamos la semilla de querer hacer siempre el bien. Nos cuesta. Es en nosotros que aparece la tentación del cansancio o del desánimo; rebrotan en nosotros en ocasiones ambiciones, orgullos, amor propio y un cierto egoísmo mal disimulado. Será por otra parte que nos encontramos con gente que no nos entiende, o gente que se opone a nuestros planteamientos. En ocasiones no solo se nos hace difícil seguir con nuestros planes y deseos de hacer el bien, sino que casi se nos hace imposible. Parece que nadamos contracorriente de cómo andan los caminos del mundo que nos rodea que no nos entiende o que va a lo suyo. ¿Será también el momento del silencio?
En nuestro nivel personal de nuestras luchas y nuestros deseos de superación o en la realización de unos compromisos concretos nacidos de la fe que tenemos en >Jesús y que sentimos que no nos podemos cruzar de brazos. Pero es también la tarea de la Iglesia que no siempre es entendida y comprendida. Muchas veces parece que es una voz que grita en el desierto de nuestro mundo y pocos quieren escuchar.
Uno mira a su alrededor y por un lado ve lo que la Iglesia quiere realizar, su compromiso con el evangelio que no solo es anunciarlo con palabras, sino también con los signos de sus obras, pero por otra parte ve a tanta gente indiferente que ni se entera de lo que hace la Iglesia y a quienes no termina de llegar su mensaje. Se puede sentir el desaliento, podemos tener la tentación de quedarnos en el silencio, pero no un silencio que grite.
Estos días hemos escuchado los momentos difíciles que esta pasando la Iglesia de Nicaragua por ponerse evangélicamente al lado del pueblo que sufre. Han sido agresiones a la gente sencilla pero que ha llegado también a agresiones a sacerdotes y obispos; pero han sido también insultos desde las mas altas instancias que quieren confundir al pueblo. Pero la Iglesia ahí está, ahí sigue, al lado de los que sufren, sufriendo también en silencio, pero no dejando de luchar y trabajar para que las cosas mejoren. No es entendido por muchos, se crea confusión en mucha gente. Pero ahí está la presencia de la Iglesia signo del amor de Dios a su pueblo.
‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi alnado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’. Nos ha recordado hoy el evangelista estas palabras de Isaías, ante el momento que vivía Jesús. Nos lo recuerda hoy la Palabra de Dios en el momento en que vivimos, en situaciones personales, o en las diversas situaciones que vive la Iglesia en su tarea a lo largo del mundo.
En silencio quizá, pero con un silencio que grita a través de los signos de nuestras obras de amor seguimos anunciando el nombre de Jesús.

viernes, 20 de julio de 2018

Un mundo de entendimiento y no de exigencias, un mundo que construyamos juntos y que nunca destruyamos lo que los demás hacen, en el que desaparezcan las intransigencias



Un mundo de entendimiento y no de exigencias, un mundo que construyamos juntos y que nunca destruyamos lo que los demás hacen, en el que desaparezcan las intransigencias

Isaías 38,1-6.21-22.7-8; Sal.: Is. 38; Mateo 12,1-8

Las intransigencias no ayudan nada al crecimiento de la persona; ya sea en las posturas intransigentes que tomemos con los demás, ya sean incluso aquellos que están a nuestro cuidado, ya sea en nosotros mismos porque de alguna manera es como si nos encorsetaran o nos encorsetáramos a nosotros mismos.
No es difícil encontrarnos con posturas así en la vida en nuestras relaciones con los demás. Dicen que tienen sus principios o su visión de la vida y todo lo quieren reglamentar conforme a sus ideas queriendo imponérselo a los demás. Podríamos pensar en personas de un cierto tinte conservador que quieren mantener a toda costa su visión de las cosas que entienden que no pueden cambiar, pero es que en este mundo de libertades que ahora vivimos y donde tantos nos vienen diciendo que hay que cambiar todo pero conforme a sus ideas o maneras de plantear la vida también se vuelven intransigentes porque si las cosas no son de la manera nueva que ellos plantean, nada sirve, o quieren hacer desaparecer de la forma que sea a quienes tienen otras ideas o planteamientos.
La intransigencia nos puede venir por todos lados cuando queremos, no ofrecer, sino imponer nuestra manera de ver las cosas. Pensemos en cuanto de todo esto esta sucediendo en nuestra sociedad. Hoy se habla mucho de diálogo y de entendimientos pero para algunos no hay más dialogo que imponer sus pensamientos, sus ideas, la manera de hacer las cosas; si quieres ofrecerle otra visión ya no hay dialogo y ya todo se rompe. ¿Estaremos en verdad construyendo con la aportación de todos, o lo que vale es destruir sea como sea lo que no va con mis ideas? A veces parece que hay más un afán destructivo.
Cuando leo el evangelio y trato de reflexionar sobre él, intento trasponer de alguna manera aquellas situaciones que se nos reflejan en él en situaciones similares que de alguna manera estemos viviendo hoy. No es fácil muchas veces, pero es un intento de leer con nuevos ojos, a la luz del evangelio también, las situaciones que vivimos hoy.
Como decíamos en el evangelio vemos la intransigencia de los fariseos a la hora de cumplir con el descanso sabático. El hecho de que los discípulos al paso por un trigal arranquen unas espigas que estrujan en sus manos para comer sus granos, ya lo interpretan como el trabajo de la siega. Es sábado y no se puede realizar ningún trabajo; así se muestran intransigentes.
Jesús quiere darnos un sentido más liberador a lo que hacemos, también al culto que le demos al Señor. Dios siempre quiere el bien del hombre, y la gloria del Señor está en que hagamos que en verdad los hombres seamos más felices y en consecuencia seamos mejores. Serán los caminos del amor y de la misericordia los que hemos de transitar; es lo que tiene que prevalecer en el corazón. Y eso ha de llevarnos a entendernos y a comprendernos, a no volvernos ni recelosos ni intransigentes con los que caminan a nuestro lado sino siempre abrirnos a la comprensión y a la misericordia.
Nos exigiremos a nosotros mismos en nuestro crecimiento personal pero siempre hemos de tener el corazón lleno de ternura y de amor para quienes están a nuestro lado. Por eso siempre arrancaremos de nosotros sentimientos de desconfianzas, de recelos, de resentimientos, de orgullo y de amor propio, dispuestos siempre a la misericordia y al perdón porque es lo que cada día estamos recibiendo del Señor. Qué distinto seria nuestro mundo si llegáramos a esa capacidad de entendimiento y de armonía, de ser capaces de construir juntos para hacer que nuestro mundo sea mejor.

jueves, 19 de julio de 2018

El corazón de Cristo un corazón siempre abierto que nos reconforta y nos llena de vida y nos pone en camino de lo mejor


El corazón de Cristo un corazón siempre abierto que nos reconforta y nos llena de vida y nos pone en camino de lo mejor

Isaías 26,7-9.12.16-19; Sal. 101; Mateo 11,28-30

Que sensación más agradable se tiene cuando en medio de los agobios y cansancios de la vida encuentra uno la puerta de un amigo abierta para acogerte y poder entrar y sentarte simplemente a su lado. En ocasiones no necesitaremos incluso palabras sino que nos basta la seguridad de esa puerta abierta donde podemos entrar sin llamar, porque sabemos que allí habrá siempre un lugar donde nos podamos sentir a gusto, sentarnos placidamente y saber que allí está la presencia del amigo.
Lo habremos deseado y habremos quizá también tenido esa experiencia. Allí está el amigo que nos acoge y nos escucha; que nos ofrece una copa de amistad y un asiento donde poder sentarnos a su lado. Quizá solo se haya sentido el silencio, pero en el corazón hemos sentido mucho más, porque hemos sentido del calor de la amistad y de la comprensión, en su mirada hemos escuchado esa palabra de animo que necesitamos, y ante él no sentimos la vergüenza de nuestros errores o tropiezos porque sabemos que siempre está esa mano que nos levanta, esos pasos que nos acompañan, ese silencio quizás que nos comprende. Se siente uno renacer.
Esta experiencia humana a la que nos estamos refiriendo que ya en si mismo es una gran experiencia espiritual. No es solo la regeneración de un cuerpo cansado que busca un lugar de descanso. No siempre es el cansancio físico el que mas nos daña, sino esa otra sensación de nuestro espíritu que no encuentra paz, que se siente insatisfecho, que necesita una serenidad para ver las cosas con mejor luminosidad, que está turbado en medio de tantas luchas, esfuerzos, desasosiegos, incomprensiones que nos llevan al desánimo y hasta los deseos de abandono.
Nos parece sentirnos vacíos por dentro y sin una ruta clara en la vida que nos haga tener unas pautas que seguir. Por eso necesitamos ese descanso que no es solo un paran en la actividad física, sino un ser capaces de mirarnos a nosotros mismos cara a cara para encontrarnos a nosotros mismos. Y necesitamos ese alguien que nos acompañe, que nos quite temores, que nos dé seguridad y aplomo en lo que queremos conseguir.
En toda esa turbulencia espiritual en la que nos vemos inmersos desde nuestra fe sabemos que hay alguien que viene a nuestro encuentro, que nos abre las puertas de su corazón, que nos va a dar esa paz que tanto necesitamos y que no sabemos encontrar por otros caminos.
Hoy escuchamos esas palabras tan sencillas pero que tanto ánimo nos dan que nos dice Jesús. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’.
¿Queremos más? Ahí está el corazón de Cristo con su mansedumbre, su humildad, su amor. Es un corazón siempre abierto. No hay puertas que lo cierren porque el amor no tiene puertas, es un hogar siempre abierto, es la dulzura y la paz que tanto necesitamos. Con seguridad, con certeza podemos ir siempre hasta Jesús. Nos acoge, nos escucha, nos reconforta, nos perdona y nos llena de gracia, nos da nueva vida, nos pone siempre en camino de lo mejor.
Jesús nos dice que aprendamos de El. ¿Aprenderemos a ser también corazón siempre abierto para los demás? En el mundo de agobios y carreras en el que vivimos, en un mundo tan llene de acritud y violencia que nos rodea, ¿por qué no probamos a ser nosotros corazones llenos de mansedumbre y de paz donde los que están cerca de nosotros puedan encontrar también alivio y descanso? Será un camino para llevarlos hasta Jesús.

miércoles, 18 de julio de 2018

Vaciemos nuestro corazón de vanidades y ambiciones de grandezas para sintonizar mejor con el misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús


Vaciemos nuestro corazón de vanidades y ambiciones de grandezas para sintonizar mejor con el misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús

Isaías 10,5-7.13-16; Sal. 93; Mateo 11,25-27

Cuánta sabiduría nos encontramos muchas veces en la gente sencilla, que quizá por su apariencia nos puedan parecer personas incultas que no tienen grandes estudios ni títulos universitarios, pero en lo que han ido aprendiendo de la vida, rumiando en su interior nos enseñan maravillosas lecciones con sentencias que en pocas palabras nos dan la clave de vivencias hermosas. No nos ofrecerán sesudas reflexiones alimentadas en corrientes de pensamiento filosófico o ideológico, pero nos enseñan cosas vividas, cosas de la vida que han experimentado en si mismos y que han rumiado en su interior plasmando así no solo su pensamiento sino su corazón.
Y es que el verdadero sabio de la vida lo aprende de la vida misma, pero de ese mascar en silencio una y otra vez los hechos o acontecimientos vividos y son capaces de expresarlo en pocas palabras, pero si muy llenas de sabiduría. No digo que no tengamos que iluminar nuestra vida e ir adquiriendo una formación a través de estudios y enseñanzas de quienes han desarrollado su vida por los derroteros de la filosofía o de estudios superiores. Pero ellos también tendrían que saber trasmitirnos en la sencillez ese su saber para que en verdad puedan ayudarnos.
Pero serán los sencillos y los limpios de corazón los que podrán saborear mejor el valor y la importancia de las cosas sencillas; serán los que tendrán un corazón más disponible, más abierto para recibir y captar todo aquello que les trasciende y les eleva. Por eso serán también los de corazón humilde y sencillo los que más abiertos estén a Dios y a su misterio de amor, porque son los que mejor saben sintonizar con el amor verdadero.
Un corazón orgulloso se encierra en su yo y se cree bastarse a si mismo; la vanidad y el orgullo nos encandilan y ciegan para no dejarnos ver las cosas que son verdaderamente bellas. Por eso el orgulloso no podrá saborear de verdad la vida a partir de las cosas sencillas; su aspiración a las grandezas y vanidades le hace olvidar lo que verdaderamente le puede hacer feliz; aunque dé apariencias de felicidad, al final sentirá que su corazón está frío y vacío.
Hoy escuchamos a Jesús decir que da gracias al Padre porque ha revelado los misterios de Dios a la gente sencilla y humilde. Eran los que de verdad estaban abiertos a Dios, y porque su corazón lo habían vaciado de ambiciones y deseos de grandezas humanas podían tener mejor esperanza y sintonizar mejor con el misterio de Dios. Que tengamos nosotros un corazón así, que nos vaciemos de esas vanidades, que busquemos lo que de verdad nos llena, que en nuestra pobreza tengamos puesto nuestro corazón siempre en las manos de Dios.
‘Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’, termina diciéndonos hoy Jesús en el evangelio. El se nos quiere revelar, El quiere meternos en el misterio de Dios, pero solo sintonizaremos con Jesús y con su amor cuando tengamos ese corazón humilde y sencillo, ese corazón puro del que hayamos desterrado vanidades y orgullos.

martes, 17 de julio de 2018

No seamos insensibles a lo extraordinario de las cosas ordinarias que suceden cada día a nuestro lado


No seamos insensibles a lo extraordinario de las cosas ordinarias que suceden cada día a nuestro lado

Isaías 7, 1-9; Sal. 47; Mateo 11,20-24

Estamos atentos y pendientes de los sucesos extraordinarios que puedan acaecer y corremos enseguida tras ellos, pero no somos sensibles al extraordinario de las cosas ordinarias que suceden cada día a nuestro lado.
Creo que tendríamos que ser más sensibles a lo extraordinario de lo sencillo y de lo humilde. Pero esas cosas nos pasan desapercibidas. Quizá por parecernos naturales no les prestamos atención pero la fidelidad de cada día en las cosas pequeñas, en los pequeños detalles son cosas que tendríamos que saber apreciar y valorar, es más, destacar porque son los hermosos testimonios que de verdad nos impulsan a ser mejores.
Es el pequeño gesto, el detalle que nos parece insignificante, pero que va construyendo cada día ese nuestro mundo para hacerlo mejor. Esa sonrisa de un niño que nos llega al alma, esa mirada atenta que quizá no vemos de aquel que nos quiere pero que es presencia que está pendiente de que no nos pase nada, ese trabajo callado y sacrificado de la madre que nos tiene preparadas las cosas a nuestro gusto para vernos felices, ese pequeño gesto de la persona que con la que nos cruzamos que nos cede el paso y lo hace con una sonrisa en su semblante… cosas que nos parecen tremendamente naturales pero que van con una carga inmensa de amor.
¿Por qué no nos paramos un poco a pensar en esos detalles que tienen con nosotros esas personas que nos rodean o con las que nos cruzamos cada día aunque ni las vemos porque vamos demasiado ensimismados en nuestros pensamientos? Mencioné antes algunas cosas a manera de ejemplo, pero seguramente podremos descubrir muchos más si prestamos atención a la vida. Son los milagros que tenemos que saber apreciar y que como decíamos antes son los que van construyendo calladamente un mundo mejor. Si abriéramos un poquito más los ojos seriamos capaces de admirarlos y de intentar copiarlos también en nuestra vida.
No seamos ciegos a esas maravillas de las cosas sencillas, de los pequeños gestos, de ese amor callado pero grande que podemos encontrar cada día en tantos que nos rodean. Todo eso nos está hablando también de Dios, todo eso son llamadas de Dios a las que tenemos que corresponder.
El evangelio de hoy nos muestra a Jesús que se queja de las gentes de Corozaín, Betsaida y Cafarnaún porque no han sabido descubrir las maravillas de Dios en las obras que Jesús realizaba. Acudían a Jesús con sus enfermos como venían de todas partes para que Jesús los curase, pero les pasaba como que se habían acostumbrado a aquella acción de Jesús y ya no eran capaces de descubrir la acción de Dios y la respuesta de fe era insuficiente. ‘Se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido’.
Que no nos recrimine Jesús a nosotros por nuestra ceguera y nuestra insensibilidad. Que abramos en verdad los ojos para descubrir tantos gestos de humanidad, de amor, de solidaridad que se suceden a nuestro lado. No busquemos cosas grandes sino fijemos en esos pequeños signos de amor que encontramos en los sencillos y en los pobres que sencillamente saben compartir, tienen generosidad en su corazón a pesar de que haya pobreza en su vida, que viven en la cercanía del hermano que sufre y saben acompañarlos en silencio y estar siempre en actitud de servicio.
Lo podemos ver en el vecino que cuida a su vecina desinteresadamente, en el que es capaz de pasar una noche junto a un enfermo que esta solo aunque no sea su familiar, en el que acompaña el dolor de quien ha perdido un ser querido mostrándole su cercanía y su afecto; lo podemos ver en el joven que en la noche va a acompañar a los andan tirados en la calle y les ofrece un café pero más el calor de su presencia; lo podemos ver en el niño que deja su juguete al compañero que está solo y con quien no juega nadie; lo podemos ver en la persona que abre las puertas de su casa al extraño que llega pidiendo ayuda y al que antes se le han cerrado muchas puertas.
Son las cosas maravillosas de lo sencillo, de lo humilde y de lo realizado en silencio sin que nadie lo vea, pero con el que hacemos el mundo un poquito mejor cada día.

lunes, 16 de julio de 2018

Vestirnos de María es mucho más que un escapulario o un hábito que nos vistamos sino que es un desprender de nosotros el perfume de las virtudes de María


Vestirnos de María es mucho más que un escapulario o un hábito que nos vistamos sino que es un desprender de nosotros el perfume de las virtudes de María


Al norte de las llanuras de Galilea surge una cadena montañosa que se extiende en sus estribaciones hasta las orillas mismas del Mediterráneo. Son los montes del Carmelo de singular importancia en diferentes momentos de la antigua historia de Israel. Entre muchas cosas destaca la referencia que estos montes tuvieron para el profeta Elías pues allí se refugió en momentos difíciles de idolatría a los baales del reino del Norte, o reino de Israel. Como su mismo nombre indica en el significado de la palabra son montes de especial belleza, como un jardín florido que se levanta desde las llanuras del Esdrelón, y que nos pueden servir muy bien como una hermosa referencia a la belleza de la santidad de Maria.
Hacemos esta referencia histórica porque de ahí surgió el que en los tiempos de las Cruzadas, a finales del siglo XII muchos cruzados que habían ido hasta Palestina para liberar la tierra donde nació y vivió Jesús del dominio de los otomanos, al tiempo que también muchos peregrinos que iban a la tierra de Jesús optaron por quedarse para vivir como anacoretas escogiendo precisamente por su referencia Elías estos montes del Carmelo.
Poco a poco fueron surgiendo grupos y comunidades de vida eremitita en las laderas del Carmelo hasta que posteriormente se les diera una regla de vida que dio origen a lo que llamamos los monjes del Carmelo, los Carmelitas. Pronto en la devoción mariana de aquellos monjes colocaron una imagen de la Virgen en alguna de aquellas grutas que les servían de oratorios, y fue el origen por así decirlo de la Virgen del Monte Carmelo. El Carmelo, pues, se convirtió en el huerto florido de María, en el jardín donde íbamos a aprender de sus virtudes y de su santidad.
En su nombre más femenino pronto se le comenzaría a decir Carmen, mientras el nombre masculino de Carmelo era que el que se daba a los varones que querían llevar esta advocación mariana en su nombre. Devoción a María con esta advocación que pronto con la multiplicación de los monjes y su extensión por otros lugares hizo que también se propagara, siendo una de las advocaciones de María más queridas y más, por así decirlo, celebradas.
Esta devoción a la Virgen del Carmen tiene como una característica muy principal la imitación a María. Imitar a María es vestirse de María, significativamente en el hábito o en el escapulario, pero que bien entendemos que ha de tener una mayor profundidad al copiar las virtudes de María en nuestra vida. Es el hábito o el escapulario, porque aunque hoy se nos haya quedado reducido a un pequeño trozo de tela con la imagen de María que ponemos sobre nuestro pecho su origen era algo mucho más amplio.
El escapulario en su origen era como un sobrevestido que se ponía sobre la ropa habitual y que si en principio era como una prevención para no manchar los ropajes que se llevaban a causa de los trabajos que se realizasen, como ese era el escapulario, el delantal diríamos hoy, que se ponían los monjes del Carmelo en sus trabajos conventuales quienes querían vivir una vida semejante a la de aquellos monjes imitando a María lo imponían sobre sus vestimentas, convirtiéndose así en el hábito del Carmen.
Por eso como decíamos la devoción a la Virgen del Carmen es sobre todo de imitación de María. ¿A quien mejor podemos imitar en su fe y en su amor, en la escucha de la Palabra y en el amor a Dios como verdadero centro de su vida, en la generosidad y en el servicio, en el desprendimiento y vaciamiento interior y en la santidad? Vestidos de María, pues, queremos prevenirnos de las manchas que más dañan nuestra vida, los vicios y pecados.
Sí, nos queremos vestir de la belleza de María, de sus virtudes y de su santidad. Y es que quienes nos decimos sus hijos, llevamos al cuelo su medalla o su escapulario, o una imagen suya en nuestra cartera, tenemos que pensar que hemos de hacerlo con dignidad. No podemos mezclar esa imagen de María con nuestro vicio y nuestro pecado, sino que esa imagen tiene que ser para nosotros siempre un recuerdo y una exigencia de una vida más santa. Vestirnos de María es desprender el olor de María en sus virtudes en nosotros.
En la devoción a María se nos habla muchas veces de cómo María no va a permitir que quien lleve su escapulario pueda morir en pecado y ella le dará la gracia de arrepentirse antes de su muerte. Clásico es el cuadro de la Virgen del Carmen que está en nuestra Iglesias donde vemos a María queriendo sacar a las almas del purgatorio para llevarlas a la presencia de Dios en el cielo. Y es que quien con sinceridad de corazón lleva esa imagen de la virgen consigo de una forma o de otra, seguro que en su corazón sentirá el movimiento de la gracia que le impulsa a la conversión, a volver su vida a la gracia del Señor.
Escuchemos en nuestro corazón la palabra de María que siempre nos estará diciendo como a los sirvientes de las bodas de Caná, ‘haced lo que El os diga’; María siempre nos conducirá hasta Jesús para que le escuchemos, para que nos dejemos inundar por su gracia y su perdón. No nos hagamos sordos a la palabra de María, ‘haced lo que El os diga’. Desprendamos de nosotros ese perfume del jardín de María adornándonos con todas sus virtudes.


domingo, 15 de julio de 2018

Nuestro vivir no es ser un árbol sin hojas y sin frutos sino que llenos de vida compartimos la riqueza de nuestro yo y nuestra fe con los demás



Nuestro vivir no es ser un árbol sin hojas y sin frutos sino que llenos de vida compartimos la riqueza de nuestro yo y nuestra fe con los demás

Amós 7, 12-15; Sal. 84; Efesios 1, 3-14; Marcos 6, 7-13

Vivir no es simplemente dejar pasar las horas, dejar pasar los días. Una vida así en esa pasividad no tiene aliciente, es como una vida sin sentido. Qué somos, qué vivimos, para qué vivimos son preguntas que están en lo hondo del corazón de cada persona. Un por qué y un para qué. Una vida dejada pasar así es como un árbol sin hojas y sin frutos.
No es simplemente un adorno. Es la riqueza que cada uno desde su yo más profundo da al mundo en el que vive, con lo que enriquece el mundo. Por eso no es estar mano sobre mano. Yo diría que aunque nos parezca que ya hemos dado lo nuestro a lo largo de los muchos o pocos años de nuestra vida. Vivir tiene que ser un florecer continuo, y cuando la planta da flores es porque anuncia frutos.
Me atrevo a pensar que eso tiene que ser siempre nuestra vida. Como un aparte que me surge al hilo de esta reflexión hay personas que cuando se jubilan en cierto modo se mueren. Ya he trabajado, ya he producido, se dicen, qué más puedo hacer yo, y se quedan en una inacción; todos conocemos personas que tras la jubilación porque aun no han encontrado un por qué más para su vida en esos momentos comienzan a desmejorarse, comienzan a aparecer las enfermedades, comienzan los aburrimientos y se van consumiendo lentamente. Pensaron quizá que ya no valían para nada más.
Y mientras hay vida seguimos valiendo en todo cuanto podemos seguir contribuyendo a la misma vida, a la familia y al mundo en que vivimos. Quizá me he alejado un tanto de propósito primero de esta reflexión a la luz del evangelio.
Tenemos una misión en la vida, vivir y hacer vivir; vivir desde nuestro yo con todas las circunstancias de nuestros valores personales que enriquecen nuestro yo y vivir para los demás. La propia vocación, el sentido de misión da sentido a la vida de cada persona. No solo, yo diría, vivimos con los demás –lo cual ya es verdaderamente importante – sino vivimos también para los demás. Esa riqueza de nuestra vida – y no hablo ahora de lo material – ha de enriquecer también a los demás.
Los discípulos seguían a Jesús. Según le escuchaban, contemplaban sus signos, descubrían su vida se iban con El; además Jesús los iba llamando también, los iba invitando a seguirle. Pero no era solamente estar con todo lo importante que es; todo aquello que ellos iban recibiendo había de llevarlo a los demás. Es lo que hoy escuchamos en el evangelio. Eran sus discípulos pero tenían una misión. Jesús los llama y los envía, de dos en dos, como nos dice el evangelista.
‘Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto...’
Van con la misión de la paz y de la vida. Será su saludo y será el regalo que lleven a cuantos encuentren. El anuncio es que llega el Reino de Dios, está cerca, ahí lo tenemos en nuestros corazones si creemos en esa Buena Noticia. Ellos lo estaban viviendo junto a Jesús; señales de ello era esa pequeña comunidad, ese pequeño grupo que se iba congregando en torno a Jesús, pero signos eran también como se iba venciendo el mal. Jesús curaba a los enfermos y era lo que ellos ahora también debían hacer.
Pero ese sanar, ese curar era mucho más que desapareciese una enfermedad o una limitación física que se pudiera tener en el cuerpo, parálisis, ceguera, lepra o cualquier otro tipo de enfermedad. Es que se despertaba la fe y con la fe tenían que nacer unas actitudes nuevas; con la fe tenia que nacer una nueva cercanía entre todos, porque tendríamos que destruir todas aquellas barreras que desde nuestro corazón tantas veces podemos poner a los demás.
Hay barreras en la vida peores que la ceguera de unos ojos, la lepra que nos aísla, o la parálisis que no nos deja caminar. Cuantas cosas nos hacen ciegos para no ver lo bueno de los demás, con cuantos odios y resentimientos, envidias y orgullos mal curados nos recomemos por dentro y apartándonos de los demás, cuanto mal puede salir por nuestros labios con nuestras palabras violentas, con nuestras criticas o nuestros juicios condenatorios de los otros; cuantas veces nos vemos paralizados en nuestro egoísmo y nuestra insolidaridad cuando dejamos de pensar en los demás para pensar solo en nosotros mismos y los que a nosotros nos satisfaga; cuantas veces en nuestra pasividad e inactividad dejamos de hacer fructificar nuestra vida y sus valores impidiendo que los demás se beneficien de esa riqueza que hay en nuestra vida.
Tenemos que curar y tenemos que curarnos para que podamos llevar vida para hacer que nuestro mundo sea mejor. Y esa es la misión que Jesús nos confía, porque a nosotros también nos está enviando. No podemos cruzarnos de brazos, pensar que no somos capaces o no tenemos nada que hacer.
Siempre hay una semilla que sembrar, una buena palabra que decir, una mano que tender para ayudar a levantarse al caído, una sonrisa que compartir para llevar el amor y la paz de Dios que hay en nuestro corazón también a los demás. Si no lo hiciéramos nuestra vida y nuestra fe estarían muertas; dejemos que Jesús, el Señor, nos resucite y nos llene de nuevo de ilusión y de esperanza para tener vida y poder dar vida.

sábado, 14 de julio de 2018

Tenemos que arriesgarnos en la vida sin ningún temor y no ya por nosotros mismos, sino en nombre del evangelio que anunciamos por ese mundo que queremos hacer mejor


Tenemos que arriesgarnos en la vida sin ningún temor y no ya por nosotros mismos, sino en nombre del evangelio que anunciamos por ese mundo que queremos hacer mejor

Isaías 6,1-8; Sal 92; Mateo 10,24-33

Ya una apetecería quizá que la vida fuera como un agradable paseo por lugares de encanto ya conocidos, sin sobresaltos ni preocupaciones porque todo fuera armonía y paz. Sin embargo, por una parte sabemos que la vida no es así, pero también tendríamos que reconocer que al final resultaría aburrida sin el aliciente de descubrir algo nuevo o de enfrentarse a nuevos y más valiosos retos. Claro que el descubrir algo nuevo nos puede llevar a sorpresas y sobresaltos, podríamos encontrar cosas que nos incomoden y al mismo tiempo nos exigiría un esfuerzo de superación y de crecimiento. Pero así es la vida, así hemos de tomarla y descubrirla, así hemos de darle un nuevo sentido y un nuevo valor a lo que hacemos y a lo que vivimos.
Claro que esa variedad de situaciones nuevas nos pueden producir cierta preocupación y ciertos miedos. Aparecen los miedos y los temores muchas veces en la vida, ante lo incierto que podemos descubrir tras ese recodo del camino, ante la reacción que podamos encontrar en quienes nos rodean por lo que hacemos o por lo que aspiramos, ante el temor de que podamos perder lo que hemos logrado hasta el presente, y así muchas cosas más que nos llenan de temores el espíritu. Pero es necesario arriesgarse para darle intensidad a la vida, de lo contrario se convierte en algo insulso y sin sabor.
Temores nos surgen en nuestro interior ante la reacción, como decíamos, de los que nos rodean, pero también ante la oposición que podamos encontrar; oposición que se puede volver violenta muchas veces, porque ya sabemos lo que sucede cuando hay demasiadas ambiciones en juego y tememos perder algo nuestro o algo conseguido. No es un mundo en paz el que nos rodea, bien lo sabemos, y más cuando nosotros queremos presentar con valentía esos valores en los que creemos porque nos decimos y queremos ser seguidores de Jesús y vivir el sentido de su evangelio del Reino.
Hoy por tres veces escuchamos en el evangelio decir a Jesús ‘no tengáis miedo’. Ha venido hablándoles Jesús cuando los ha enviado a hacer un primer anuncio del evangelio de las dificultades que iban a encontrar; iban como mensajeros de paz y no siempre encontrarían esa paz, sino que podría convertirse en rechazo; las palabras de Jesús tienen un largo alcance que no se reduce a aquel primer momento, sino que les hablará de persecuciones de todo tipo. Ya les había dicho que estuvieran preocupados por lo que habrían de responder o cómo defenderse porque el Espíritu pondría palabras en su boca. Ahora les dice que no tengan miedo.
Si Dios protege a los pajarillos del campo o cuida de la belleza de las flores nosotros valemos mucho más y Dios siempre cuida de nosotros. Por eso en ese caminar muchas veces incierto por los caminos de la vida no hemos de dejarnos aturdir por el temor, no podemos perder la paz del corazón. Algunas veces quizá nos sentimos tan confundidos que no sabremos como reaccionar; no podemos perder la paz, con nosotros en la vida camina el Señor y su Providencia nos protege. Es la confianza de los hijos.
La verdad y la luz han de resplandecer porque creemos en el que ha vencido a la muerte y ha salido vencedor sobre las tinieblas. Nos tenemos que confiar a su luz, nos tenemos que dejar guiar por la fuerza del espíritu, tenemos que arriesgarnos en la vida y no ya por nosotros mismos, sino en nombre del evangelio que anunciamos por ese mundo que queremos hacer mejor.

viernes, 13 de julio de 2018

A pesar de nuestra debilidad nos sentimos fuertes para dar testimonio de nuestra fe porque no nos faltará nunca la asistencia del Espíritu Santo



A pesar de nuestra debilidad nos sentimos fuertes para dar testimonio de nuestra fe porque no nos faltará nunca la asistencia del Espíritu Santo

Oseas 14,2-10; Sal 50; Mateo 10,16-23

A ocasiones en que nos da la impresión que nos sentimos como cercados por todos lados; los problemas se nos acumulan, los agobios de nuestros trabajos no nos dejan ni pensar, nos encontramos por otra parte incomprensiones de la gente, a veces hasta de la propia familia o de los que nos parecía que eran nuestros mejores amigos, y no sabemos cómo salir adelante, cómo responder a esos retos que se nos plantean, cómo dar la cara en esas situaciones, o qué decir en nuestra defensa.
Siempre podemos encontrar la presencia de un amigo que está a nuestro lado y que con su presencia nos hace sentirnos fuertes, o nos da un buen consejo para ver como mejor reaccionar ante los problemas que se nos presentan. Nos sentimos agradecidos por esa  presencia y aunque quizá nadie lo note nos hace sentirnos mejor, encontrar paz y serenidad para ordenar en nuestro interior cuanto nos sucede y comenzaremos a vislumbrar caminos por los que salir indemnes de todo y resolver esas situaciones. Es una suerte, mejor tendríamos que decir, es una gracia encontrar ese apoyo, ese faro de luz, esa persona buena que está a nuestro lado, nos acompaña y nos hace fuertes con su presencia.
En el texto del evangelio que hoy se nos ofrece Jesús anuncia a sus discípulos las dificultades con que se van a encontrar para seguir su camino. Anima Jesús a la fortaleza en la debilidad y a la confianza. Sagaces y sencillos, les dice Jesús. Sagaces siendo conscientes de la dificultades y de la oposición que han de encontrar, los que nos ha de tener preparados. Pero sencillos y humildes, porque nuestra respuesta no será nunca la violencia, sino siempre el amor, un amor humilde y callado, pero un amor firme y constante.
Ser conscientes de ello no significa que en momentos nos podamos sentir agobiados y con peligro de perder la serenidad y la paz, encontrarnos indefensos porque en nosotros mismos nos sentimos sin fuerzas. Pero Jesús nos asegura que no es así, no estamos indefensos y la fuerza no nos faltará a pesar de nuestra debilidad porque tenemos la fortaleza del Espíritu santo con nosotros.
Invita Jesús a esa confianza porque el Espíritu va a poner en nuestros labios esas palabras que necesitamos, pero sobre todo va a poner en nuestro corazón esa fortaleza para mantenernos firmes en nuestro camino. Invisible, pero está, el Espíritu de Dios nos acompaña. Es la mano amigo, mejor diríamos, la mano divina que nos sostiene.
‘Os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles’, nos viene a anunciar Jesús. Pero nos da confianza. ‘Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’. 
Abramos nuestros ojos a la fe, sintonicemos desde nuestro corazón con la presencia de Dios en nuestra vida, entremos en esa órbita de amor que nos fortalece y nos hará testigos en medio del mundo.

jueves, 12 de julio de 2018

Para hacer el anuncio del Reino necesitamos significarlo en las verdaderas obras del amor llenando previamente nuestro corazón de generosidad, disponibilidad y amor



Para hacer el anuncio del Reino necesitamos significarlo en las verdaderas obras del amor llenando previamente nuestro corazón de generosidad, disponibilidad y amor

Oseas (11,1-4.8c-9); Sal 79; Mateo (10,7-15)

En nuestras tareas humanas lo normal es que cuando vamos a emprender una nueva tarea planifiquemos muy bien lo que vamos a hacer, sus objetivos, la finalidad de lo que vamos a hacer, los medios con que vamos a contar, la capacidad que podamos tener para realizar esa tarea, los beneficios incluso que podríamos obtener.
No nos disponemos a levantar una casa sin un terreno donde construirla, unos medios para llevar adelante la obra y hasta nuestra propia capacidad para saber qué es lo que queremos, valiéndonos de los técnicos que fuera necesario para poder llevarla a cabo. Igual en cualquier proyecto que nos planifiquemos, no andamos a lo loco, a lo que salga, y no ya solo en referencia a obras materiales, sino incluso para una labor social que queramos realizar. Los presupuestos que decimos que no son solo lo económico sino que abarca mucho más en todo lo que es la persona, sus capacidades y su desarrollo.
Pero hoy nos encontramos en el evangelio algo que nos puede parecer en el actuar de Jesús que prescinde de todo esto que estamos diciendo. Jesús, que ha venido anunciando el Reino de Dios y nos ha ido dando sus características, ha llegado el momento de escoger entre todos aquellos que han comenzado a ser sus discípulos a unos que va a constituir especialmente en apóstoles con una misión, la misión de anunciar el Reino por todas partes como lo ha venido haciendo Jesús.
¿Qué es lo que hace Jesús? los envía a predicar, a anunciar que el Reino de Dios está cerca realizando también los signos de esa cercanía del Reino de Dios, curando enfermos, expulsando demonios, resucitado muertos y limpiando leprosos. Pero han de ir desde la gratuidad. ‘Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis’. Tan gratuito ha de ser que ellos no han de llevar provisiones de ningún tipo para realizar esa tarea.
‘No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis’. Ni alforjas, ni dinero en la faja, solamente con lo puesto, sin saber exactamente donde van a recalar. ‘Averiguar quien hay de confianza y quedaos en su casa’, con el peligro incluso de que pudieran ser rechazados. Ellos solamente han de llevar ese mensaje de paz, que no se ha de imponer por ningún otro medio humano.
¿Qué está pidiendo Jesús? Disponibilidad y generosidad. Como diría en otra ocasión el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza. Como nos enseñará a lo largo del evangelio, lo primero es el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se nos dará por añadidura. Lo importante es esa paz del espíritu que tenemos que llevar en el corazón. Lo importante es el amor que tiene que envolver toda nuestra vida. De ahí las señales que tenemos que dar. Ese mundo que tenemos que transformar desde el amor. Ese mundo del que tenemos que ir haciendo desaparecer todos los males que nos acarrean sufrimiento, todo lo que sea muerte en la vida. Serán nuestras obras, será nuestra vida, será nuestra generosidad y disponibilidad las señales con las que vamos a convencer.
Ya nos decimos fácilmente que sin tener medios no podemos llegar a los demás y en ocasiones nos preocupamos mucho más de esos medios materiales para realizar esa tarea de evangelización, que los signos que tenemos que dar con nuestra propia vida generoso, disponible, pobre, pero siempre desbordante de amor. Lo demás nos vendrá por añadidura nos enseña Jesús en el evangelio. Y tenemos que aprender la lección.
Muchas energías gastamos muchas veces en nuestras comunidades en planificaciones y reuniones, en búsqueda de medios y en preocupación por el sostenimiento de lo que queremos hacer. Poco nos confiamos en la Providencia de Dios que no nos abandona. Puede parecer muy radical todo esto, pero tiene que hacernos pensar. Y es que todo lo que hagamos tendrá que ser siempre un medio para la evangelización. No es hacer obras de ostentación, sino realizar las verdaderas obras del amor, y para eso lo que necesitamos es tener mucho amor en el corazón.
Por eso tendríamos que preocuparnos por encima de todo de llenarnos de Dios, de impregnarnos de verdad del evangelio, de plantar bien hondo en nuestras vidas todos esos valores del evangelio. Claro que tenemos que edificar bien nuestra casa no sobre arena sino sobre la roca firme de la Palabra de Dios, como nos dice Jesús en otro momento.


miércoles, 11 de julio de 2018

Quienes se vacían de las cosas temporales podrán llenar su corazón de valores de eternidad



Quienes se vacían de las cosas temporales podrán llenar su corazón de valores de eternidad

Proverbios 2,1-9; Sal 33; Mateo 19,27-29

Entra en la humano en que cuando hacemos algo bueno de alguna manera se vea compensado y agradecido por aquello que hicimos. De alguna manera es como un estimulo en nuestro esfuerzo y, no es porque uno haga el bien buscando siempre recompensas o beneficios, pero es como sentir una satisfacción en nuestro interior al ver que lo que hicimos es valorado, tenido en cuenta, y ha podido servir para ayuda de los demás.
Ya sabemos que las cosas no se hacen por interés y la gratuidad es un don maravilloso. Aunque vivimos en un mundo en que todo se paga y a algunos les pueda resultar extraño lo de gratuito. Prevalecen de manera excesiva las ambiciones, el materialismo de la vida, las ansias de poder que queremos manifestar en las riquezas que hemos obtenido para ponernos como en un estado superior al resto de los mortales. Tampoco hemos de hacer el bien buscando agradecimientos con los que de alguna manera nos sentiríamos pagados, sino que calladamente hemos de saber hacer las cosas buenas que beneficien a los demás.
Son unas características muy importantes del Reino de Dios que nos enseña Jesús y que queremos vivir. Nuestro corazón tiene que estar lleno de generosidad que nos haga estar disponibles siempre para el servicio y para hacer el bien. La propia vivencia del Reino de Dios ha de ser el gozo más hondo que hemos de sentir dentro de nosotros y ese gozo de ese mundo nuevo que hacemos nos ha de llenar de satisfacción y felicidad. Una felicidad que no cuantificamos a lo material sino en el gozo del mismo amor que vivimos. Somos felices amando; seremos felices de verdad cuando nos damos desinteresadamente; seremos felices de verdad olvidándonos incluso de nosotros mismos.
En los discípulos de Jesús también afloraban esos sentimientos y muchas veces se llenaban de una cierta confusión con sus aspiraciones y ambiciones humanas. Pesaba sobre ellos la idea que aun no tenían suficientemente clara de cual era el sentido del Mesías. Escuchando a Jesús su corazón se llenaba de esperanza por ese mundo nuevo que Jesús les anunciaba, pero eso no quitaba para que también tuvieran sus aspiraciones. Ya recordamos como discutían por los primeros puestos, como alguno incluso se atrevía a pedírselo a Jesús como había sucedido con los hermanos Zebedeos.
Ahora habían contemplado como Jesús le pedía al joven rico que vendiera todo lo que tenia para tener un tesoro en el cielo, cosa que les había costado comprender, más cuando Jesús les había dicho que si tenían un corazón de rico les sería difícil entrar en el reino de los cielos. Pero ellos lo habían dejado todo; un día habían abandonado la barca y las redes allá en la orilla del Tiberíades y se habían ido tras Jesús. Lógico podríamos decir que surgiera la pregunta en Pedro. Y para nosotros que lo hemos dejado todo por seguir, ¿qué hay?
Y Jesús les habla del Reino, y les habla de los doce tronos de las tribus de Israel, y les dirá que quien ha dejado muchas cosas recibirá cien veces más, y al final la vida eterna. No sé si llegarían a comprender el alcance de las palabras de Jesús y quedaran satisfechos con la respuesta. Pero aquí primaba el amor tan grande que sentían por Jesús que les llevaba a aceptar sus palabras. Y es que los que por el Reino lo dejamos todo por Jesús entra en una órbita nueva, entra en una familia distinta, entra en otros sentidos y estilos de comunión en los que se verá siempre arropado de manera que ya las cosas materiales no son las que le van a satisfacer.
¿Quiénes son mi familia? Se había preguntado un día Jesús. Y nos descubría una amplitud diferente, una familia nueva que formamos todos los que creemos en Jesús, aceptamos su palabra y optamos por el Reino. Quienes se vacían de las cosas temporales podrán llenar su corazón de valores de eternidad. Nos vaciamos de ambiciones, nos vaciamos de esos tesoros efímeros que no nos darán nunca la verdadera satisfacción porque siempre nos dejaran hambrientos y sedientos. Por eso la recompensa será grande aunque sea solo un vaso de agua lo que compartamos con el sediento. Es un valor nuevo, es un sentido nuevo, es un nuevo vivir que nos llenará siempre de plenitud.

martes, 10 de julio de 2018

Pidamos a Jesús que ponga luz en nuestros ojos y en nuestro corazón y aprendamos a mirar con una mirada distinta para ser capaces de sentir verdadera compasión en nuestro corazón



Pidamos a Jesús que ponga luz en nuestros ojos y en nuestro corazón y aprendamos a mirar con una mirada distinta para ser capaces de sentir verdadera compasión en nuestro corazón

 Oseas 8,4-7.11.13; Sal 113; Mateo 9,32-38

Necesitamos aprender a ir por la vida con una mirada limpia. Cuantas veces vamos caminando por la calle y llevamos los cristales de nuestras lentes empañados o manchados y nos cuesta ver con facilidad lo que sucede a nuestro alrededor; en esa hora en que el sol está bajo en horizonte, ya sea en la mañana o en el atardecer como vayamos caminando enfrente de la luz del sol nos quedamos como sin visión porque con los reflejos de la luz y las manchas que llevamos en nuestros cristales todo se nos vuelve borroso y no podemos distinguir con claridad ni los objetos más cercanos, ni los paisajes que embellecen nuestra naturaleza; en lugar de disfrutar de lo bello que nos rodea se nos entorpece nuestro caminar y nada nos parece agradable.
Así en la vida. La malicia mancha los ojos de nuestro espíritu y no solo nos impide ver lo bello que hay en la vida, sino que por contrario todo nos parece envuelto en esa maldad que sobre todo está en nuestro corazón. Los ojos del alma ven a través de nuestros malos deseos y todo se nos puede volver borroso y confuso. Por eso muchas veces lo que contemplamos lo vemos como negativo, y estamos siempre más prontos para ver malicias y maldades en los demás que las buenas acciones que realizan; incluso llegamos a tergiversar lo que hacen los demás, porque a nosotros nos puede parecer que solo lo hacen por interés, desde esos intereses mezquinos que nosotros llevamos en el alma.
Una mirada turbia así nos llena de insensibilidad y no llegaremos a captar el sufrimiento que pueda haber en tantos que nos rodean; nos envolvemos en nuestros propios sufrimientos como si fueran únicos y quejándonos siempre de que nadie comprende nuestra situación, no somos capaces de compadecernos del sufrimiento de los demás. En esa turbia mirada que tenemos incluso seriamos capaces de llegar a culpabilizar al que sufre de sus propios sufrimientos.
En el evangelio que hoy se nos ofrece Jesús cura a un hombre enfermo, una persona discapacitada porque no puede hablar. Por allá andan los maliciosos de siempre que no quieren ver ni reconocer lo que hace Jesús. Le atribuyen al poder de Satanás el que Jesús pueda hacer milagros y curar a los enfermos. Sus ojos maliciosos enturbian sus vidas y quieren enturbiar la visión que los demás tienen de Jesús.
Pero la gente sencilla seguía tras Jesús, le acompañaban por todas partes, cada uno con sus sufrimientos, con lo que era su vida se acercaba a Jesús. Cuánto dolor y cuanto sufrimiento. Aunque no todos lo quisieran ver y reconocer. Pero los ojos de Jesús sí llegan al alma de aquellos que acuden a seguirle. Por eso nos dice el evangelista que Jesús sintió compasión porque andaban como ovejas descarriadas, como ovejas que no tienen pastor. En el corazón de Cristo no hay otra lente que de luz a su vida que la del amor. Ojalá aprendiéramos de Jesús.
Y Jesús les pide los discípulos que están cercanos a El para que rueguen al Padre porque la mies es mucha y los operarios son pocos, para que mande obreros a su mies. Es lo que ha de ser nuestra oración. Pero pidámosle también que ponga luz en nuestros ojos y en nuestro corazón para que aprendamos a mirar con una mirada distinta. Que seamos capaces de sentir verdadera compasión en nuestro corazón ante el sufrimiento de todos que caminan a nuestro lado desorientados y con falta de una luz que dé sentido a sus vidas.

lunes, 9 de julio de 2018

La mano de Jesús que en sí misma es vida y es bendición llega a nosotros para levantarnos a nueva vida y ponernos en camino para que ser signos de vida para los demás



La mano de Jesús que en sí misma es vida y es bendición llega a nosotros para levantarnos a nueva vida y ponernos en camino para que ser signos de vida para los demás

Oseas 2,16.17b-18.21-22; Sal 144; Mateo 9,18-26

Una mano tendida puede significar muchas cosas; una mano que nos ponen sobre el hombro puede significar mucho animo en momentos de decaimiento; una mano que se nos ofrece y nos aprieta fuertemente puede ser ese empuje que necesitamos para decirnos que confían en nosotros y nos hace caminar con mayor seguridad; la mano de un padre o una madre sobre nuestra cabeza significa bendición para decirnos que están a nuestro lado pero que Dios tampoco nos abandona nunca.
Es ese calor humano que sentimos y que nos dice mucho más que mil palabras; es el afecto que se siente en el corazón y nos hace vivir con una nueva ilusión; es la confianza de la amistad que da cercanía, del cariño que nos hace sentir calor en el corazón, del aire fresco que llega a nuestro espíritu rompiendo barreras y parece que nos da nueva vida. Una mano sobre nosotros cuando nos sentimos hundidos porque nos creemos aislados es como resucitar un muerto. Así es la nueva vida que sentimos.
Muchas mas cosas podríamos seguir diciendo, aunque sabemos que también hay personas que rehuyen todos esos contactos; se sienten como mancilladas en si mismos si alguien los toca como si fuera una mano impura que llega hasta ellos. ¿Será que son secas en su corazón? ¿Será que están poniendo barreras que impiden la cercanía y la confianza de los amigos? ¿Expresará la malicia que quizás ellos llevan en el corazón? Hay personas que ponen distancias y rehuyen todo tipo de contacto como si quisieran mantenerse dentro de una urna que les aislé.
‘Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, ponle la mano en la cabeza, y vivirá’. Es lo que le pide aquel personaje que ha llegado y se ha postrado ante Jesús. Por el relato paralelo de los otros evangelistas sabemos que es el encargado de la sinagoga. Viene con fe hasta Jesús. Solo pide una cosa, que ponga su mano sobre su niña muerta para que viva. Y Jesús se pone en camino a la casa de Jairo. Ya sabemos, la tomará de la mano y la levantará con vida. La mano de Jesús.
Pero mientras en medio del relato nos aparece otro personaje, una mujer humilde y enferma. Ella nada dice. Ella lleva la fe en su corazón. Ella sabe que con solo tocarle la orla de su manto podrá sanarse de su enfermedad que lleva padeciendo muchos años y en lo que lo ha gastado todo. Jesús siente que le han tocado. ¿Cómo va a sentir ese toque si son tantos los que se arrebujan en su entorno que todo el mundo lo toca, se siente estrujado por toda la gente?, como dirá el discípulo en el relato paralelo ante la pregunta de Jesús de quien le ha tocado. Ahora se dirige directamente a la mujer. ‘Tienes fe, te has curado’.
Es la mano de Jesús que en si misma es vida y es bendición. Les imponía las manos a los niños para bendecirlos, se nos dirá en otra ocasión. Es la mano de Jesús que también nosotros queremos sentir sobre nosotros que nos llene de bendición, que nos llene de gracia, que nos impulse a nueva vida. es la mano de Jesús que nos levanta porque nos ofrece su perdón y su salvación; es la mano de Jesús que nos pone en camino, para que dejamos atrás tantas camillas y tantas muletas que llevamos como un estorbo en la vida; es la mano de Jesús que nos llena de esperanza porque nos está diciendo que confía en nosotros aunque tantas veces hayamos fallado; es la mano de Jesús que nos hace llegar el amor y la ternura de Dios para inundarnos de vida, para hacernos amar de manera distinta.
Pero finalmente pienso en algo más. ¿No podremos ser nosotros esa mano de Jesús que quiere llegar a los demás a través nuestro? Nuestra cercanía, nuestra ternura, nuestro amor, nuestros gestos humildes y sencillos, nuestra sonrisa, nuestra mirada que quiere llegar al corazón del otro. Podemos tocar la orla del manto del hermano que sufre a nuestro lado cuando lo ayudamos a levantarse, a tener fe y a tener esperanza. Estamos llamados a llevar vida, a llevar luz, a llevar ilusión por algo nuevo a aquellos que nos rodean. Somos signos de esa mano de Jesús, de amor de Jesús que quiere llegar a todos, pero que quiere contar con nosotros.

domingo, 8 de julio de 2018

Tenemos la tentación de ponernos de frente, como las gentes de Nazaret, ante el mensaje de Jesús que nos trasmite la Iglesia


Tenemos la tentación de ponernos de frente, como las gentes de Nazaret, ante el mensaje de Jesús que nos trasmite la Iglesia

Ezequiel 2, 2-5; Sal. 122; 2Corintios 12, 7-10; Marcos 6, 1-6

Lo estamos viendo todos los días; alguien en cualquier aspecto de la vida en nuestra sociedad sobresale por algo, porque trabaja por los demás, porque se entrega, porque la gente comienza a ver en él un líder y lo valoran y pronto comenzarán a surgir por acá y por allá comentarios maliciosos, rumores que crean desconfianzas, rebuscan bajo cualquier rincón a ver si encuentran algo con lo desprestigiar; se corren bulos sin fundamento, pero la gente se lo cree todo, porque se ha creado un ambiente de crispación y desconfianza que hace que ya no se pueda creer en nadie.
Tira barro a la pared que algo queda; será solamente barro, pero la mancha y la desconfianza quedan ahí. Es cierto que habrá que pedir rectitud a los dirigentes de nuestra sociedad pero no podemos andar así a la rebusca de lo que sea con tal de quitarlo de en medio y si es rival en nuestras ideas políticas cuanto más pronto mejor.
Pero ¿es así como de verdad queremos construir? Hay cosas que en verdad nos desconciertan. Cuanto cuestan los caminos de dialogo y entendimiento; cuanto cuesta aprender a valorar lo bueno de las otras personas aunque no piensen como nosotros. Estamos creando unas espirales que no sabemos en lo que quedarán. 
Pero es la historia que se repite a lo largo de los tiempos. Parece como si esa malicia la lleváramos muy prendida en el corazón los hombres y mujeres de todos los tiempos. Ya le sucedió a Jesús, como nos cuenta el evangelio de este domingo. Jesús había iniciado su anuncio del Reino por las orillas del lago de Tiberíades y poco a poco se había extendiendo en su actividad por todas las aldeas y pueblos de Galilea. Y va también a su pueblo de Nazaret donde se había criado. Y el sábado comenzó también a enseñar en la sinagoga; san Lucas nos refiere también este episodio.
En principio, como siempre sucede en los pueblos pequeños donde vemos a uno de los nuestros sobresalir, la gente esta admirada por lo que ahora allí, en la sinagoga de su pueblo, enseñaba, y por las noticias que le llegaban de los pueblos vecinos donde Jesús había realizado también su actividad. Pero pronto la admiración se iba transformando en desconfianza. ¿De donde le viene esta sabiduría?
Y seguramente y no sería por el hecho de hablar en publico y con aquella soltura y sabiduría, sino que seguramente ese anuncio nuevo que Jesús hacia les desconcertaba, podía poner en crisis sus formas tradicionales de su actuar porque lo que Jesús enseñaba en verdad era algo nuevo que pedía una transformación de los corazones. No olvidemos que su primer anuncio era siempre la conversión para poder creer en esa Buena Nueva que anunciaba. Había que darle la vuelta a la vida, a la manera de pensar y de ver las cosas porque era el anuncio de algo nuevo lo que trasmitía Jesús.
Las dudas y las reacciones se van multiplicando porque ya comienzan a preguntarse por su autoridad para enseñar tales cosas. ¿Dónde lo había aprendido si no había ido a ninguna escuela rabínica? No estaba respaldado por la autoridad de los rabinos, porque no aparecía como discípulos de ellos. Jesús se manifestaba con una autoridad especial pero ellos se preguntaban si no era aquel Jesús que de niño había corrido por el pueblo y de joven había trabajado con José el artesano. Qué autoridad podía tener si allí estaban sus parientes, su madre, su familia. Ya no lo podían aceptar. Ya comenzaban las pegas, ya comenzaba el intento de desprestigio, como siempre sucede. Y Jesús se extrañó de su falta de fe y allí no hizo ningún milagro, apostilla el evangelista.
¿Cuál había sido la autoridad de los antiguos profetas? Habitualmente ni pertenecían al grupo de los sacerdotes ni salían de las escuelas de los rabinos. El verdadero profeta era el que estaba lleno del Espíritu de Dios y se dejaba conducir por El.
En el texto paralelo que nos ofrece san Lucas, en su visita a la sinagoga de Nazaret Jesús había proclamado aquel texto de Isaías que lo anunciaba como el que estaba lleno del Espíritu que lo había enviado a anunciar aquella Buena Nueva a los pobres, a los sufren y a los oprimidos. No era la raza o la sangre ni nada aprendido en lo humano sino la autoridad del Espíritu que lo había elegido y consagrado profeta de su pueblo. ‘El Espíritu del Señor está sobre mi, y me ha elegido y me ha enviado…’
Estas consideraciones que nos venimos haciendo sobre lo sucedido en la sinagoga de Nazaret ante la presencia y la palabra de Jesús nos tienen que llevar a hacer muchas consideraciones personales para actitudes y comportamientos que nosotros tenemos en la vida, y en nuestra vida cristiana en concreto.
Partíamos de hechos y situaciones humanas y sociales que vemos en nuestro entorno. Pero también tendríamos que ver lo que nos sucede en este aspecto en nuestra vida de fe, en nuestra pertenencia a la Iglesia y en nuestra acogida a la Palabra de Dios y a la enseñanza de la Iglesia. ¿Nos sucederá algo así?
Muchas veces también nosotros pasar todo por el tamiz de nuestros criterios, de nuestra manera de ver las cosas o por la consideración o el respeto que tengamos de quien nos anuncia o trasmite el mensaje. Y aceptamos o no aceptamos lo que la iglesia nos propone, por ejemplo, según nuestros criterios, según la afinidad o no que tengamos con quien nos lo esté trasmitiendo.
También nos ponemos exigentes con nuestros pastores según nos convenga y nos hacemos nuestras catalogaciones. También en ocasiones tiramos barro, como decíamos al principio, a ver si pega. Que si más avanzado o menos avanzado, que si más tradicionalista y conservador o que si es un lanzado y nos preguntamos que a donde vamos a llegar con esas innovaciones y aperturas, o nos queremos quedar anclados en un pasado mucho más cómodo, y así no sé cuantas cosas más que decimos tantas veces, con las que reacciones ante los pastores de la Iglesia.
También nosotros como aquellas gentes de Nazaret la sacaron su filiación a Jesús y se preguntaban por su autoridad nosotros también en muchas ocasiones tenemos la tendencia de ponernos de frente a lo que la Iglesia nos pide o reclama de nosotros en nuestro tiempo.
Creo que esta reflexión nos puede dar para hacernos muchas preguntas sobre nuestra propia sinceridad y para revisar muchas actitudes que se nos pueden colar en nuestro interior.