Vistas de página en total

martes, 1 de marzo de 2016

Aprendamos el camino de la misericordia porque sentimos cuán grande es la misericordia que Dios tiene con nosotros

Aprendamos el camino de la misericordia porque sentimos cuán grande es la misericordia que Dios tiene con nosotros

Daniel 3,25.34-43; Sal 24; Mateo 18,21-35

‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?’ La pregunta de Pedro que a veces nos parece retórica y otras veces nos parece un tanto infantil. ¿Es que tenemos que estar contando las veces que le tengo que perdonar a los demás? O más bien quizá nos preguntamos, ¿por qué tengo que perdonar si el otro me ha ofendido y me ha hecho daño? Con esa persona no tengo por qué tener más tratos, tenemos la tentación de pensar. O también muchas veces nos decimos y creemos que hemos llegado ya a grandes cosas que perdonar sí, pero olvidar no.
Es una cuestión que sigue produciéndonos en nuestro interior preguntas e intranquilidades, porque aunque tratemos de justificarnos al final no estamos tan tranquilos cuando seguimos manteniendo en nosotros reticencias, resentimientos, rencores que a la larga nos están haciendo daño en nuestro interior.
¿Por qué tengo que perdonar?, quizá nos preguntamos. Y es que nuestro camino es el camino del amor, el único camino que nos puede conducir a una mayor plenitud de vida. Y el que ama de verdad sabe comprender y hasta sabe disculpar; el que ama de verdad comprende las debilidades, porque primero que nada las ve en sí mismo; el que ama de verdad mira con una mirada nueva y distinta al que está a su lado; el que ama de verdad sabe ser humilde para ser capaz de reconocer sus propios errores; el que ama de verdad en consecuencia de todo esto aprende a perdonar.
De ahí la respuesta de Jesús. ‘No setenta, sino setenta veces siete’, con lo que Jesús nos está enseñando que hemos de perdonar siempre. No es fácil, tenemos que reconocer porque está nuestro amor propio herido, porque están nuestros orgullos, porque está esa sensación de haberse sentido humillado cuando te ofendieron.
Por eso hemos de mirar al amor. Y al amor que tenemos que mirar es al amor que Dios nos tiene, reconociendo cuan indignos somos nosotros porque somos tan débiles y tan pecadores. Una y otra vez hemos ofendido al Señor alejándonos de sus caminos y de su ley, alejándonos de su amor y una y otra vez se ha acercado el Señor a nosotros, cual padre bueno, como el padre bueno de la parábola para ofrecernos el abrazo de su amor y de su perdón.
¿No nos ha enseñado Jesús a ser compasivos y misericordiosos como Dios es compasivo y misericordioso? ¿No nos dijo Jesús que cuando alguien te ofender has de amar al que te ha ofendido y hasta rezar por él? ¿No nos ha enseñado a llamar Padre a Dios cuando oramos, pidiéndole perdón por lo que le hemos ofendido pero diciendo que también nosotros queremos perdonar?
Aprendamos a recorrer el camino de la misericordia, sintiendo la misericordia de Dios sobre nosotros para ser nosotros también misericordiosos con los demás. En este año de la misericordia ha de ser un compromiso muy concreto para nuestra vida.


lunes, 29 de febrero de 2016

Abramos los horizontes de nuestra vida de fe llevando el evangelio con valentía a tantos que necesitan esa luz de esperanza

Abramos los horizontes de nuestra vida de fe llevando el evangelio con valentía a tantos que necesitan esa luz de esperanza

2Reyes 5,1-15ª; Sal 41; Lucas 4,24-30

Peligroso es ponerle vallas a los horizontes de la vida, pero algunas veces quizá inconscientemente se las ponemos. Una mirada que nos cierre el horizonte nos encierra la vida, nos limita posibilidades, nos impide soñar con plenitud. Necesitamos a abrirnos a algo más que lo que cada día hacemos y vivimos. No podemos quedarnos en la rutina de lo que siempre hacemos o pensando que no hay otra forma, otra mirada más amplia, otra opinión aunque estemos muy convencidos de lo que pensamos y son nuestros principios. Nos hace confrontar ideas y pensamientos, nos enriquece con algo nuevo, nos purifica de rutinas y de apegos, nos hace ir a lo que verdaderamente es fundamental, nos hace ver con más claridad la vida y por lo que luchamos.
Jesús viene a abrirnos horizontes para que encontremos en verdad esa plenitud y ese sentido verdadero a lo que vivimos, por lo que luchamos, lo que somos en verdad. Algunas veces nos cuesta; parece que deseamos simplemente dejarnos llevar por lo que siempre hacemos, pero así vemos cómo nuestra vida se limita, se encierra, perdemos el sueño de algo más grande.
Lo vemos en lo que es nuestra vida personal de cada día en la que al final si no tenemos esos horizontes parece que todo se nos vuelve monótono y aburrido y lo vemos en nuestras comunidades ya sean simplemente nuestras comunidades humanas o ya sea nuestras comunidades eclesiales. De ahí esa atonía que viven nuestros pueblos; de ahí esa atonía que vivimos muchas veces en nuestra Iglesia donde perdemos incluso ese impulso misionero para salir a buscar, a anunciar, a llevar ese mensaje de vida que nos trae Jesús. Nos contentamos en nuestras comunidades eclesiales en los que ya venimos siempre y que seamos buenos, pero nos falta ese coraje para ir al encuentro con nuestro mundo, porque olvidamos esa misión universal que tenemos.
Es lo que les costó aceptar a las gentes de Nazaret. Vivían muy encerrados en sí mismos con unos horizontes muy limitados. Ahora su orgullo se había alimentado cuando habían visto que uno de su pueblo hablaba como hablaba y hacía los prodigios que habían escuchado que iba haciendo por todas partes. Pero cuando Jesús quiere abrirles horizontes, les habla de una universalidad del Reino que ha de llegar más allá de sus fronteras, pero les recuerda que eso ya estaba anunciado con hechos en la misma vida de los profetas, y eso les cuesta aceptarlo. Cuando no ven que Jesús realiza allí los prodigios que en otras partes han escuchado que realiza, les gusta menos. Cuando Jesús viene a descubrirles el sentido de una fe más auténtica, le rechazan. Querían despeñarlo en el barranco del monte.
Jesús viene a ser ese revulsivo en nuestra vida que tanto necesitamos, aunque nos cueste aceptarlo. Abramos en verdad el corazón al evangelio de Jesús y seamos capaces de compartir su mensaje haciéndonos misioneros, portadores de evangelio para los demás. Hagamos en verdad una iglesia misionera, como nos dice el Papa Francisco, seamos capaces de ir a las periferias. E ir a las periferias no siempre significa ir a países lejanos, porque esa periferia la tenemos cerca de casa, en los que nos rodean y conviven con nosotros a los que tenemos que llevar esa esperanza y esa luz del evangelio.

domingo, 28 de febrero de 2016

El mensaje del evangelio quiere llegar de forma muy concreta a nosotros y en el hoy de nuestra vida hemos de dar los frutos de conversión que el Señor nos pide

El mensaje del evangelio quiere llegar de forma muy concreta a nosotros y en el hoy de nuestra vida hemos de dar los frutos de conversión que el Señor nos pide

Éxodo 3, 1-8a. 13-15; Sal 102; 1Corintios 10, 1-6. 10-12; Lucas 13, 1-9
Nos quedan aun en nuestra mente y en nuestra manera de concebir muchas cosas restos de fatalismo en la concepción de lo que sucede o también ante situaciones dolorosas por las que tengamos que pasar, calamidades o desgracias que tengamos que sufrir un cierto sentimiento de culpabilidad que nos hace ver eso que nos sucede como un castigo de Dios. Qué habrá hecho en la vida para que ahora le sucedan esas desgracias, nos preguntamos muchas veces, o qué he hecho yo para merecer tal castigo. Una imagen de Dios como un destino o como un duro castigador por aquellas cosas malas que hacemos o hayamos hecho en la vida.
Nada más lejos del mensaje del evangelio. Jesús viene a ser luz que nos ilumine, que despierte nuestra conciencia, que nos hace recapacitar para encontrar un sentido, pero para invitarnos con su misericordia y su amor continuamente a la conversión. Ya lo decía el antiguo testamento, pero Jesús viene a reafirmarlo, que Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta de su mala conducta para que encuentre la vida.
Vienen a contarle a Jesús unos hechos luctuosos y desagradables que se ha atrevido a realizar Pilatos en el templo, que los judíos consideraban como una profanación de lo sagrado. No vamos a entrar aquí a ver exactamente lo que ha sucedido sino que eso se lo dejamos a los exegetas. Pero veamos el comentario de Jesús ante cierta manera de pensar de la gente de su tiempo – y como decíamos antes aun nosotros en muchas ocasiones seguimos pensando igual – que quiere hacerles reflexionar para no ver culpabilidades donde no las hay. ¿Eran más o menos pecadores aquellos a los que le sucedieron estas cosas?,  y les recuerda Jesús un accidente acaecida no hace mucho tiempo.
No es la manera de actuar de Dios castigando y quitando de en medio al que haya hecho mal, como nosotros algunas veces nos planteamos ante las injusticias que vemos en nuestro entorno y que nos pueden hacer sufrir. Pero también hemos de decir que de todo cuanto nos sucede hemos de aprender la lección. En todas las cosas podemos ver una llamada de atención, podemos escuchar la voz de Dios que nos habla también a través de los acontecimientos y nos invita continuamente a caminos de mayor fidelidad.
Jesús nos propone una pequeña parábola; el hombre que va buscar fruto a la higuera que tiene en su huerta y al no encontrar fruto en ella decide cortarla; pero allí está el paciente labrador que le dice que espere, que tenga paciencia, que la va a abonar de nuevo, esperando que dé fruto.
Pensemos en nuestra vida, en la que no siempre damos el fruto que se espera de nosotros, nuestra vida llena de pecados y de infidelidades, nuestra vida que no termina de producir esos frutos del cambio que se espera de nosotros, nuestra vida llena de rutinas, de frialdades, de espíritu pobre a pesar de cuanto recibimos del Señor.
Pensemos en la gracia que el Señor ha derrochado en nosotros en todo lo que ha sido nuestra vida; cuantas veces hemos escuchado la Palabra de Dios que nos señala los caminos que hemos de seguir para ser en verdad fieles al espíritu del Evangelio; cuanta gracia se ha derramado en nosotros en los sacramentos que a lo largo de nuestra vida hemos recibido desde nuestro bautismo; cuantas llamadas que hemos sentido en nuestro interior y que si en un primer momento decíamos que íbamos a cambiar, a ser mejores, a corregirnos en aquello malo que hacíamos, luego volvimos a lo de siempre dejándonos arrastrar por la vida y dejándonos vencer por las tentaciones.
¿No será el momento de escuchar esa llamada del Señor en nuestro corazón? Esta Cuaresma que estamos queriendo vivir debía de ser en verdad un despertar en nuestra vida. Esta invitación que estamos recibiendo de la Iglesia en este Año de la Misericordia al que nos ha convocado el Papa tendría que calar hondo en nosotros para abrirnos de verdad a la misericordia del Señor, pero también para impregnarnos de esa misericordia y amor para vivirlo de igual manera también nosotros con los demás.
Esta cuaresma no puede ser una cuaresma más en la que terminemos de la misma manera. Pensemos en ese momento de gracia que es para cada uno en nuestras circunstancias concretas, en lo que es nuestra vida. Es una gracia y una llamada especial. Aunque nos parezca que nuestra vida es la misma que la de otros años, cada momento tiene sus circunstancias y es ahora donde estamos y con lo que vivimos en donde hemos de responder a esa llamada e invitación del Señor. Por eso tenemos que pensar muy bien qué es lo que ahora, en este momento, en estas circunstancias de mi vida, me dice el Señor, me pide el Señor. Y eso hemos de hacerlo de una forma muy concreta, como en cosas muy concretas hemos de dar nuestra respuesta.
¿Cuál es la vuelta de conversión que le hemos de dar a nuestro corazón hoy y ahora?


sábado, 27 de febrero de 2016

Nos sentimos pecadores porque nuestros orgullos y autosuficiencias nos alejan de los demás y de Dios que siempre es misericordioso y nos busca

Nos sentimos pecadores porque nuestros orgullos y autosuficiencias nos alejan de los demás y de Dios que siempre es misericordioso y nos busca

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32

Qué distantes estamos los hombres con nuestras posturas y actitudes ante los demás de lo que es el amor misericordioso de Dios. Siempre estamos poniendo nuestras reticencias y desconfianzas, nuestros prejuicios y nuestras condenas ante lo que no nos gusta de los demás. Andamos con nuestras suspicacias, no nos creemos que el otro pueda cambiar de su vida, marcamos para siempre y no le damos la oportunidad de que pueda comenzar de nuevo con una nueva vida. Nos cuesta comprender lo que es la comprensión y la misericordia y autosuficientes nos creemos siempre los mejores y nos cuesta acercarnos a los demás haciendo discriminaciones con nuestros juicios y actitudes. Tenemos que bajarnos de ese caballo del orgullo de creernos los mejores para saber estar siempre a la altura del otro, porque siempre será mi hermano, aunque me cueste reconocerlo.
Es una primera reflexión que me hago ante el episodio que nos cuenta el evangelio y la parábola que Jesús a continuación nos propone. Nos habla el evangelio – y ese es el episodio – de cómo a Jesús se acercan los publicanos y pecadores para escucharle, y como incluso en otras ocasiones veremos a Jesús tan cerca de ellos que con ellos se sienta a la misma mesa a comer. Era algo incomprensible para los fariseos que se creían justos y no querían juntarse con los que ellos llamaban pecadores porque les parecía que su santidad solo por ese contacto ya podría quedar manchada. ‘Murmuraban entre ellos: Ése acoge a los pecadores y come con ellos’.
Es por lo que Jesús les propone la parábola que llamamos siempre del hijo pródigo fijándonos sobre todo en el hijo que se marchó de casa pero que tendríamos que llamar del ‘padre misericordioso’ porque es el corazón de Dios lo que Jesús nos quiere retratar. Fácilmente olvidamos en nuestros comentarios y reflexiones la postura del hijo mayor, el que no se fue de casa, pero que retrata muy bien la actitud de aquellos fariseos que por sus comentarios motivan esta parábola de Jesús.
Es cierto que nos vemos en el hijo pródigo, en el hijo pecador que tantas veces nos marchamos de la casa del padre con nuestros pecados; es cierto que tenemos que contemplar ese corazón misericordioso de Dios tan bien retratado en aquel padre que acoge y abraza a su hijo a la vuelta a casa haciendo fiesta porque ha recobrado al hijo perdido, al hijo que consideraba ya muerto; pero es cierto también que tenemos que reconocernos en ese hijo mayor, ‘el bueno’, el que se creía bueno, porque retrata también muchas actitudes nuestras, muchas posturas, nuestros orgullos y autosuficiencias, nuestras justificaciones y hasta nuestras exigencias porque nos consideramos bueno y no merecemos que nos puedan pasar cosas malas.
Nos miramos y vemos nuestra realidad. Pero levantamos nuestros ojos y vemos al Padre bueno que nos busca porque se complace en su misericordia, al Buen Pastor que va a buscar a la oveja perdida, que no es solo la que se fue por los barrancos y los zarzales, sino que quizá allí cerca estamos pero con el corazón muy distante de saborear lo que es el amor, la compasión y la misericordia.
‘El Señor es compasivo y misericordioso’. Saboreemos esa compasión y misericordia siéndolo nosotros con los demás.


viernes, 26 de febrero de 2016

No rehuyamos la mirada de Jesús ni nos hagamos oídos sordos a la llamada de amor que ahora sigue haciéndonos

No rehuyamos la mirada de Jesús ni nos hagamos oídos sordos a la llamada de amor que ahora sigue haciéndonos

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
Un peligro fácil que tenemos es el ponernos como espectadores de las cosas que suceden. Miramos desde lejos como si esas cosas no nos afectaran; si algún mensaje o lección pudiera sacarse de dicho acontecimiento o de aquellas cosas que se hablan o que escuchamos, eso no nos afecta a nosotros y pensamos con toda facilidad que eso le vendría bien a tal o cual persona, pero casi nunca pensamos que eso nos puede afectar, nos debe hacer pensar o ahí hay un mensaje para nuestra vida también.
Y esa actitud de espectadores la podemos tener también ante la Palabra de Dios que escuchamos, ante la que nos quedamos quizá en la belleza del escena con su ternura o los sentimientos que puede provocar, lo importante quizá de aquel acontecimiento pero que miramos como de otro tiempo y que ahora a nosotros por lo menos no nos afecta, o simplemente admiramos la belleza literaria del relato, ya sean las propias palabras de Jesús o sus discursos o parábolas. Y como decíamos antes, si hay un mensaje eso es para los otros y hasta pensamos en personas concretas a las que se les aplicaría muy bien.
Sin embargo en lo que hoy escuchamos aquellos que se enfrentaban a Jesús supieron entender muy bien la parábola que Jesús propone comprendiendo que aquello iba en concreto por ellos. Así reaccionaron. Pero cuidado con lo mismo que venimos diciendo, pensar que la parábola solo estaba dicha por la reacción que el pueblo judío, el pueblo Dios, estaba teniendo con Jesús.
Es cierto, sí, que Jesús estaba plasmando en aquella parábola un resumen de lo que había sido la historia de la salvación, la historia del pueblo de Israel,  pero ¿no tendríamos que decir también que es un resumen de nuestra historia?
Yo quiero pensar, por otra parte, en la ternura que se estaba derramando del corazón de Cristo cuando les estaba proponiendo aquella parábola; era yo diría como un derramarse una vez mas todo el amor del Señor por aquel pueblo al que seguía llamando y seguía ofreciéndole la posibilidad de la respuesta a la salvación que Jesús les ofrecía. Podemos sentir ese dolor lleno de amor, o ese amor inundado al mismo tiempo de dolor en el corazón de Cristo por aquel pueblo al que amaba.
Pero, repito, ¿no tendríamos que sentir que es lo mismo que Jesús ahora nos está ofreciendo a nosotros? ¿No está ahí esa mirada honda, profunda, tremendamente entrañable que Jesús nos está dirigiendo a lo más profundo de nosotros invitándonos a dar una respuesta de amor?  No bajemos la cabeza ni la volvamos para otra parte sino dejemos que los ojos de Jesús penetren profundamente en nosotros, porque nos está haciendo desde la ternura de su corazón una llamada de amor.

jueves, 25 de febrero de 2016

Examinemos si acaso vamos por la vida con la opulencia de lo que tenemos y no somos verdaderamente solidarios con los sufren necesidad a nuestro lado

Examinemos si acaso vamos por la vida con la opulencia de lo que tenemos y no somos verdaderamente solidarios con los sufren necesidad a nuestro lado

Jeremías 17,5-10; Sal 1;  Lucas 16,19-31

Día a día vamos queriendo hacer este camino de Cuaresma que es un camino de renovación de nuestra vida para llegar a celebrar con espíritu renovado y nuevo la Pascua. Cada día nos vamos dejando iluminar por la Palabra de Dios que nos va abriendo caminos, que nos ayuda a revisar con profundidad nuestra vida, que nos llena de la sabiduría de Dios para que aspiremos de verdad a esa santidad que ha de resplandecer en nuestra vida. Un camino que no hacemos solos sino en medio de la comunidad, sintiendo el aliento de tantos hermanos que a nuestro lado caminan, luchan, se esfuerzan por superarse cada día. Un camino que alimentamos con nuestra oración y con esas ofrendas de amor que son nuestros sacrificios que nos purifican y que nos entrenan para esa lucha contra el mal.
Ya desde los primeros momentos se nos hablaba de los ayunos, pero no tanto del ayuno físico o material en el que prescindamos en un momento determinado de unos alimentos – que también hemos de hacerlo – sino dejándonos iluminar profundamente por la palabra del Señor descubríamos esos ayunos del corazón, o esos ayunos de esas actitudes cómodas, insolidarias, violentas u orgullosas que tantas veces se nos meten en el corazón. Esos ayunos que se han de reflejar en esas obras de misericordia, como con tanta insistencia nos está pidiendo la Iglesia en este año de la misericordia.
Ya desde el principio escuchábamos al profeta que nos decía de parte de Dios:  ‘el ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas…partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne…’ Ahí tenemos claro el camino que hoy vemos contrastado con la parábola que Jesús nos propone en el evangelio. ‘Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas’. 
Ya conocemos el desarrollo de la parábola. No pudo escuchar aquel rico a la hora del juicio ante de Dios aquello de lo que Jesús nos hablará en el alegoría del juicio final. ‘Venid, vosotros, benditos de mi padre a heredar el reino… porque tuve hambre y me disteis de comer… estaba desnudo y me vestisteis…’ Luego vendrán las preguntas, las lamentaciones y las súplicas. ‘Que vaya Lázaro a avisar a mis hermanos para que no caigan en este lugar de tormento’, suplica el rico epulón como lo llamamos. ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas ni aunque resucite un muerto van a creer’.
Como decíamos la Palabra que escuchamos es examen y revisión para nuestra vida. La Palabra nos ilumina para que veamos cual es ese verdadero ayuno que hemos de hacer. No es necesario decir muchas cosas. ¿Cuál es nuestra actitud ante el hermano que pasa necesidad a nuestro lado? ¿Cuáles son las acciones concretas que estoy haciendo en este camino de cuaresma para vivir con toda intensidad esas obras de misericordia? Cuidemos no seamos como ‘paja que arrebata el viento... o como matorral en la estepa que no ve llegar la felicidad; habita en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhóspita’ por la sequedad de nuestro corazón.
¿Qué nos estará pidiendo hoy en este sentido la Palabra del Señor? La respuesta hemos de darla cada uno en la sinceridad del corazón.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Con Jesús necesitamos aprender a no buscar grandezas ni poderes mundanos sino a poner al servicio de los demás nuestros valores y lo que somos

Con Jesús necesitamos aprender a no buscar grandezas ni poderes mundanos sino a poner al servicio de los demás nuestros valores y lo que somos

Jeremías 18, 18-20; Sal. 30; Mateo 20, 17-28
Hay un dicho que dice que al que buen árbol se arrima buena sombra le cobija. Suele emplearse esta expresión en un sentido positivo por ejemplo en el campo educacional para indicar como hemos de ponernos a la sombra de los buenos, de quienes nos pueden dar buenos consejos, de quienes son ejemplares para nosotros por sus valores y lo que nos puedan enseñar de positivo en la vida.
Pero reconocemos también que como todas las cosas algunas veces se puede utilizar un dicho como este de forma interesada cuando somos ambiciones de poder o de glorias en la vida y entonces nos queremos poner a la sombra de los poderosos, de las personas influyentes que nos ayuden a medrar y a conseguir nosotros esos lugares de poder o de honor.
Desgraciadamente vemos demasiadas situaciones así en nuestra sociedad, y en quienes en principio nos parecían que iban con buenos deseos de hacer cambiar las cosas, de mejorar la situación de la sociedad al final los vemos caer en las mismas redes y aprovechándose de su situación vemos a tantos que en nombre de la familiaridad o de la confianza por la amistad van medrando también acogiéndose a esa sombra no por sus valores sino por sus afanes de poder o de grandezas humanas.
Me hace pensar en todo esto lo que nos plantea hoy el evangelio porque algo así podría estar pasando por la cabeza de los discípulos que también andaban en sus disputas por primeros puestos o grandezas humanas en aquel Reino que anunciaba Jesús pero que ellos no acababan de entender.
Ahora mismo vemos situaciones que parecen contradictorias, porque mientras Jesús anuncia que están subiendo a Jerusalén donde va a ser entregado en manos de los gentiles que terminarán crucificándole, aunque el anuncia también el triunfo de la resurrección, sin embargo no parecen entender nada – así lo expresarán incluso los evangelistas en otros momentos paralelos – y allí vemos a la madre de dos de aquellos escogidos como apóstoles por Jesús que está pidiendo para sus hijos lo que quizá ellos llevan en su cabeza y no se atreven a manifestar claramente. ‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda’, es la petición de aquella madre ambiciosa que quizá en nombre de la familiaridad que le unía a Jesús por el parentesco viene pidiendo esto para sus dos hijos. Trafico de influencias y nepotismos llamaríamos a esta realidad, hoy tan repetida.
Jesús les hace ver que no entienden nada y mucho es lo que están pidiendo y si son capaces de pasar por la pascua que El ha de pasar. Muy decididos y valientes, pero  no suficientemente conscientes, ellos dirán que están dispuestos a beber del mismo cáliz que Jesús.
Pero veremos inmediatamente la reacción de los demás del grupo que si antes no lo habían manifestado ni atrevido a pedir, ahora se ponen a murmurar entre ellos. Pero allí está Jesús para que terminemos de entender el sentido de su Reino. ¿Lo habremos terminado de aprender bien a pesar de los siglos que han pasado y sin embargo la iglesia se ha manifestado demasiado rodeada de esa aureola de poder y de grandeza a la manera de las grandezas de este mundo? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos.
El Reino de Jesús no es un reino de poder, de grandezas humanas, sino que es el reino del servicio y del amor. Esos son los caminos que hemos de recorrer y que serán los que nos harán verdaderamente grandes. Y Jesús nos dice que no es otra cosa la que El ha venido a hacer. ‘Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar su vida en rescate por muchos’.
¿Terminaremos un día de aprender la lección? ¿Será ese de verdad el sentido que le demos a nuestra vida en medio de nuestro mundo al que tenemos que llevar el mensaje de Jesús para hacer que en verdad sea un mundo mejor?

martes, 23 de febrero de 2016

La enseñanza que hemos de trasmitir a los demás es el testimonio de una vida empapada del amor y de la misericordia de Dios

La enseñanza que hemos de trasmitir a los demás es el testimonio de una vida empapada del amor y de la misericordia de Dios

Isaías 1,10.16-20; Sal 49; Mateo 23,1-12
No son las muchas palabras las que nos convencen sino los testimonios que con la vida se nos puedan ofrecer. Sin embargo somos muy dados a las palabras, las explicaciones, las enseñanzas magisteriales y podemos andar en un doble juego porque luego nuestro actuar vaya por otro lado, por otros caminos. Podemos ser unos maestros en la ortodoxia muy estupendos porque nuestras palabras no contienen ningún error y son muy fieles a la doctrina que queramos enseñar, las normas morales que queramos inculcar y nadie podrá echarnos en cara errores o falacias en lo que tratamos de enseñar, pero quizá luego eso no cala en el corazón ni en la vida de aquellos a los que queremos trasmitir nuestras enseñanzas. Es necesario, como decíamos ya desde el principio, el testimonio que podamos ofrecer con nuestra vida.
Es lo que hoy Jesús nos quiere decir por una parte desde la experiencias de los maestros de la ley de su tiempo, los escribas y fariseos, pero sobre todo nos lo está diciendo con lo que es su vida. Quiere enseñarnos a hacer el bien, y de El llegaría a decir Pedro ‘pasó haciendo el bien’; nos quiere hablar del amor que hemos de tener con todas sus consecuencias a los demás, señalándonos como su único y principal mandamiento, pero miremos su vida de amor que se acerca a los pequeños y a los sencillos, que no hace distinción de ninguna clase, que no solo ofrece el perdón a los pecadores sino que llega hasta ellos y come con ellos mereciendo la critica y el rechazo incluso de los que se consideran publicanos; nos habla de un amor que ha de ser total diciendo que el mayor amor está  en dar la vida por el amado, y lo veremos entregarse hasta la pasión y la muerte en Cruz, perdonando e incluso disculpando, dando su vida y haciéndonos participes de su vida; podríamos fijarnos en muchas cosas más. Lo que nos quiere enseñar es lo que primero El está viviendo con nosotros.
Denuncia Jesús con sus palabras las actitudes de los maestros de la ley más preocupados quizá de su prestigio y de los honores que puedan recibir de las gentes que de ofrecer un verdadero testimonio con sus vidas. Una llamada de atención de Jesús porque nos viene a decir que entre nosotros no puede haber esas actitudes, esas vanidades, esas incongruencias.
Fijémonos en la radicalidad de Jesús que no quiere que ni nos llamen maestros, ni padres, ni consejeros. Lo que tenemos que hacer es trasmitir con nuestra vida no nuestro mensaje sino el mensaje del evangelio. Bien nos viene escuchar estas palabras de Jesús porque no se terminan nuestras vanidades y nuestras posturas orgullosas; no terminamos de acercarnos a los demás con la humildad de Jesús para trasmitirles de verdad lo que es el amor y la misericordia de Dios reflejado en nuestras actitudes y posturas.
Recordemos siempre estas palabras de Jesús ‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Pero no es un recuerdo en la memoria sino en el actuar de nuestra vida.

lunes, 22 de febrero de 2016

Nos hacemos a imagen y semejanza de Dios cuando llenamos nuestro corazón de amor, de compasión y de misericordia

Nos hacemos a imagen y semejanza de Dios cuando llenamos nuestro corazón de amor, de compasión y de misericordia

Daniel, 9, 4-10; Sal. 78; Lc. 6, 36-38
Recordamos que en las primeras páginas de la Biblia, en un lenguaje metafórico si queremos llamarlo así y lleno de imágenes, al hablarnos de la creación y en concreto de la creación del hombre dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’. Nos habla de la grandeza del ser humano, de su dignidad, de esos dones especiales en nuestra inteligencia y en nuestra capacidad de decidir con que hemos sido adornados.
Podríamos quizá preguntarnos ¿y en qué nos parecemos a Dios? ¿en qué estamos hechos a imagen y semejanza de Dios? Ya lo hemos expresado al hablar de la dignidad del hombre, pero también podemos responder diciendo que nuestra semejanza está en la capacidad del amor. Somos capaces de amar; somos capaces de llenar, y no solo por instinto, nuestro corazón de compasión y de misericordia.
Podríamos decir que es lo que con otras palabras nos viene a decir hoy Jesús en el Evangelio. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’. Parezcámonos a Dios con ese amor, con esa ternura, con esa compasión y misericordia con que llenamos nuestro corazón. Es hermoso. Cuando nos encerramos en nosotros mismos con nuestro egoísmo, cuando apartamos de nuestro corazón la capacidad de hacernos solidarios con los demás, cuando miramos solo por nosotros mismos creyéndonos dioses, nos pasa como a Adán en el paraíso, nos escondemos de Dios, nos alejamos de Dios, desterramos a Dios de nuestro corazón.
Vayamos repartiendo amor, generosamente, en abundancia, sin pensar en limites, dispuestos a desprendernos de nosotros mismos, abiertos siempre a la comprensión y al perdón, nunca condenando y siempre disculpando, mirando nuestras propias limitaciones y debilidades antes de juzgar a los demás. Nos cuesta a veces; nos cuesta muchas veces porque el diablillo del orgullo mete su rabo en los resquicios de nuestra mente y quiere alejarnos de esas actitudes positivas; seamos capaces de superar, de vencer esas tentaciones de orgullo y de amor propio que nos aparecen como espejismos que nos atraen para hacernos creer que somos los mejores, que nos lo merecemos todos, que no es necesario ser tan bueno y tantas cosas más con las que nos sentimos tentados.
Leamos y meditemos muchas veces las palabras del evangelio que hoy escuchamos en labios de Jesús. ‘No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante…’ Qué felices seriamos todos si tuviéramos esas buenas actitudes en nuestro corazón en la vida de cada día, en nuestras relaciones con los demás, en nuestra convivencia con los que están cerca y en la relación con todos aquellos con los que nos vamos encontrando en la vida.
No olvidemos que en el amor nos parecemos a Dios, a cuya imagen y semejanza hemos sido creados.

domingo, 21 de febrero de 2016

Subamos a la montaña con lo que signifique de esfuerzo, de superación, de desprendimiento para contemplar el rostro misericordioso de Dios y ser signos de misericordia

Subamos a la montaña con lo que signifique de esfuerzo, de superación, de desprendimiento para contemplar el rostro misericordioso de Dios y ser signos de misericordia

Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26; Filipenses 3, 17-4, 1; Lucas 9, 28b-36
‘Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar…’ Así escuchamos hoy al principio del Evangelio. Los había invitado un día a seguirle y ellos lo habían dejado todo. Van haciendo camino con Jesús. No es solo que recorran los pueblos y las aldeas de Galilea o se acerquen a otros lugares, atravesando el lago, yendo más allá de lo que era la tierra de los judíos o marchasen a Jerusalén como pronto les vamos a ver hacer. El camino era algo más eso. Y en ese camino que van haciendo ahora les invita a subir a la montaña alta que allí se yergue en medio de las llanuras y valles de Galilea.
Subir a la montaña es una etapa más del camino de seguir a Jesús. Bíblicamente es una imagen que se repite. Al monte Moria sube Abrahán a sacrificar a su hijo porque Dios se lo pide. En la montaña primero en medio de una zarza ardiendo en el Horeb y más tarde en el Sinaí Dios se le manifiesta a Moisés confiándole una misión de liberar a su pueblo y estableciendo las cláusulas de la Alianza en un segundo momento. Elías igual que Abrahán en la montaña buscará ver el rostro de Dios y sentirá lleno de su fuerza para continuar su misión profética.
Ahora suben con Jesús a la montaña, porque Jesús va allí a orar. Aceptan la invitación con sus dificultades y sus exigencias, aunque aun no saben cuánto en lo alto de la montaña va a suceder. Pero como toda subida a una montaña exige esfuerzo y superación, constancia para llegar a lo alto a pesar de la dificultad y desprendimiento para dejar a un lado lo que sea una rémora que estorbe en la ascensión.
Es todo muy significativo para el camino de cada día de nuestra vida donde tantas veces parece que nos vemos superados por el cansancio o tenemos el peligro de que nos pueda la comodidad. Solo cuando nos esforzamos y luchamos teniendo claras cuales son nuestras metas seremos capaces de vencer las dificultades y lograr aquello que anhelamos y ponemos como objetivos de nuestra vida. Si nos sentimos derrotados a la primera dificultad nunca conseguiremos algo que merezca la pena y nuestra vida se convierte en insulsa y sin valor.
Van con Jesús a subir a la montaña porque va allí Jesús a orar, como tantas veces se retiraba a lugares apartados para vivir la intimidad del encuentro con el Padre. Ellos también van invitados a lo mismo y ya fuera por el cansancio del esfuerzo o por las modorras que se nos meten en la vida, se caían de sueño nos dice el evangelista. Qué curioso cómo nos entra sueño cuando nos ponemos a rezar, pero quizá no estamos viviendo la intensidad del encuentro de amor que tendría que ser siempre nuestra oración. Algunos rezan para dormirse cuando en la noche no les entra sueño.
Pero ya hemos escuchado el relato del evangelio y en lo alto de la montaña suceden cosas extraordinarias porque Jesús se transfiguró en su presencia. Se manifestaba la gloria del Señor en los resplandores del rostro de Jesús y en la blancura tan especial de sus vestiduras. Allá aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús de la muerte cercana que iba a sufrir en su subida a Jerusalén – aparece de nuevo la subida que culminará en lo alto del Calvario -.
‘¡Qué bien se está aquí!’ Esto es un éxtasis contemplando la gloria de Dios. Será el que se adelanta con sus proyectos de levantar tres tiendas para quedarse en ese éxtasis para siempre. Pero se ven envueltos en una nube, signo de la presencia misteriosa de Dios, y la voz del Padre va a señalarnos quien es Jesús y lo que tenemos que hacer. ‘Una voz desde la nube decía: –Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’.
Luego ya estará Jesús solo y aunque no terminaban de comprender bajaron en silencio de la montaña. El camino había de continuar pero ellos habían vislumbrado la gloria del Señor que verían más claramente en Jesús para reconocerle como el Señor después de la resurrección. Habían oído hablar una vez más de muerte, de la muerte que había de pasar Jesús, pero habían escuchado la voz del cielo que les aclaraba suficientemente quien era Jesús. Era un anticipo de la Pascua que habían de vivir.
Como nosotros, en este camino de la vida, en este camino de Cuaresma que vamos haciendo estamos pregustando las mieles de la Pascua. Sabemos que tenemos que seguir haciendo el camino, subiendo a la montaña, superándonos cada día más para ser más fieles, desprendiéndonos de todos esos apegos que nos tientan y nos impiden hacer el verdadero camino; y sabemos que tenemos que subir al monte de la oración, del encuentro vivo con el Señor, porque allí le encontraremos con todo su amor, allí encontraremos esa fuerza y esa gracia para seguir haciendo el camino, allí nos llenaremos de la gracia de la presencia del Señor y podremos entonces vivir la Pascua que nos transforma, que nos llena de luz y de vida, que nos hace gustar el ser y vivir como hijos de Dios.
Vamos pues a buscar ese rostro de Dios misericordioso. Lo tenemos en Jesús. Lo encontramos en Jesús, que ya nos dice que quien le ve a El, ve al Padre. Así además nos lo ha señalado el Padre. Es mi Hijo, es mi amor, es mi amado y es en quien os amo, es la prueba infinita del amor porque nadie ama más que quien da la vida por el amado, es la manifestación de mi amor. Escuchadle, contempladle, abrid vuestros ojos y vuestros oídos, abrid vuestro corazón, abrid vuestra vida a su presencia a su amor; El lleva la misericordia de Dios para con los hombres, por se va a entregar, porque lleva el perdón, porque lleva la paz, porque se manifiesta así la ternura de Dios, el corazón compasivo de Dios.
Pero nos confía una misión como siempre tras toda manifestación de Dios, la de ser en medio del mundo signos de la misericordia de Dios con nuestra vida de amor.

sábado, 20 de febrero de 2016

Que nos sintamos orgullosos de ser buenos hijos del Padre del cielo porque amamos a todos, incluso a los enemigos, con un amor como el suyo

Que nos sintamos orgullosos de ser buenos hijos del Padre del cielo porque amamos a todos, incluso a los enemigos, con un amor como el suyo

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48

Qué orgullosa se siente una madre, y lo mismo podemos decir de un padre, al que le dicen que si hijo se parece a él; y no solo por los parecidos físicos, que si la nariz, que si el corte de cara o cosas por el estilo en que siempre estamos sacando los parecidos, sino por la forma de actuar, por la forma de pensar, por la forma de hacer las cosas o de enfrentarse a la vida. Y lo mismo podemos decir del hijo al que le dicen ‘eres igualito que tu padre’ porque reflejamos en nuestro actuar lo que de los padres hemos aprendido.
Pues eso es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Nuestro ideal y nuestra meta la tenemos en Dios. Como nos dice textualmente hoy ‘así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo…’, o como a continuación terminará diciéndonos ‘por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’.
¿Y qué nos ha dicho que hemos de hacer para expresarnos y manifestarnos verdaderamente como hijos de nuestro Padre del cielo? ¿En qué ha de consistir esa perfección en la que hemos de imitar a Dios? En una palabra lo resumimos, en el amor.
Pero no es un amor cualquiera, no es un amor a medias, no puede ser un amor raquítico, no nos podemos quedar en amar a los que nos aman. Tenemos la tendencia a la ley del mínimo esfuerzo; somos tan rutinarios que nos contentamos con poco; hacemos muchas veces las cosas a medias porque lo poquito que nos sale como espontáneo ya nos parece suficiente; porque eso de esforzarnos para vencer nuestro amor propio y nuestro orgullo pareciera que no está muchas veces en nuestros planes; porque nos dejamos caer por esa pendiente cómoda de que ya es suficiente lo que hacemos comparando con lo que recibimos. Así nos ponemos tantas disculpas.
Hoy Jesús nos traza las metas del amor, nos señala los limites que nunca podemos poner. Nos habla del amor a los enemigos, a los que nos hayan podido hacer mal. ¿En qué nos vamos a diferenciar en nuestro amor? Seremos hijos de nuestro Padre del cielo si intentamos amar con un amor semejante al que El nos tiene. ‘Siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros’ nos recordará más tarde san Pablo en sus cartas. Y, como nos dice hoy Jesús, ‘si amamos solo a los que nos aman, ¿qué merito tenemos?’ Eso lo hace cualquiera.
Porque sabemos que es difícil porque pesan demasiado en nuestro corazón los orgullos y nuestro amor propio Jesús nos dice que recemos por aquellos que no nos aman, por aquellos que incluso nos han hecho mal. ‘Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen’. Estoy seguro que si llegamos a ser capaces de hacer esto que nos dice Jesús, comenzaremos a amar también nuestros enemigos. Esa oración nos va a ayudar a ir realizando ese cambio profundo en nuestra actitud, en nuestra manera de ver al otro, en esa comunión nueva que se va creando, precisamente desde esa oración. ¿No pedía Jesús en la cruz por aquellos que le estaban crucificando al pedirle al Padre que los perdonara, incluso disculpándonos?
No lo olvidemos, seamos hijos de nuestro Padre del cielo por esa nueva forma de amar que plantamos en nuestro corazón; imitemos esa perfección del Padre del cielo en el amor, porque no olvidemos aquello que nos dirá san Juan ‘Dios es amor’.

viernes, 19 de febrero de 2016

No podemos decir en verdad Padre a Dios, si no somos capaces de decir hermano al que está a nuestro lado

No podemos decir en verdad Padre a Dios, si no somos capaces de decir hermano al que está a nuestro lado

Ezequiel 18,21-28; Sal 129; Mateo 5,20-26

No podemos decir en verdad Padre a Dios, si no somos capaces de decir hermano al prójimo que está a nuestro lado. Es algo muy serio, muy grande, muy comprometido poder llamar Padre a Dios. Es un regalo que Dios nos hace, amarnos como un Padre, llamarnos hijos, que en verdad lo somos, pero por nuestra parte ha de tener una correspondencia, que es llamarle Padre pero con todo sentido. Y lo podremos hacer cuando llamemos de verdad hermanos a todos los que están a nuestro lado. Cosa que no podemos hacer de cualquier manera.
Creo que este pensamiento nos tendría que dar para reflexionar muchas cosas, para que comprendamos de verdad el sentido que hemos de darle a nuestra vida. Nuestra vida ha de ser siempre una relación de amor. Nos sentimos amados y amamos; nos sentimos amados de Dios y no solo le amamos a El sino que amamos a todos los que El ama, porque son también sus hijos; le amamos a El y necesariamente tenemos que sentirnos hermanos y amarlos a todos con un amor como el que Dios nos tiene.
Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el Evangelio.  ‘Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. No podemos ir a decirle a Dios que le amamos y le hacemos nuestras ofrendas si está resentido nuestro amor a los hermanos. Por eso nos pide la reconciliación, el encuentro con los hermanos. Además nunca la ofrenda de amor que le hacemos a Dios se la hacemos en solitario, sino que su sentido pleno lo tiene cuando lo hacemos en una verdadera comunión con los hermanos.
No olvidemos que cuando nos ha enseñado a orar nos ha enseñado a llamar Padre a Dios, pero no es solo un ‘Padre mío’, sino que es siempre un ‘Padre nuestro’. Así comienza la oración que nos enseñó y que tantas veces rezamos, pero que tendríamos que detenernos al comenzar a rezarla a ver si en verdad podemos hacerlo, porque nos sentimos verdaderamente hermanos con los demás. Y ya sabemos que ser verdaderamente hermano entraña solidaridad, reconciliación, comunión, cercanía, comprensión, perdón… fijémonos que cuando le vamos a pedir que nos perdone, le estamos diciendo que nosotros ya hemos perdonado a los que nos hayan podido ofender. Tenemos que pensarnos muy bien lo que decimos en nuestra oración.
El sentido del amor que nos enseña Jesús tiene sus características propias. No es un amor cualquiera. No es solo no hacer daño al otro. El amor ha de tener siempre algo de positivo. El que ama busca el bien del amado; el que ama no solo no daña, sino que busca lo bueno; el que ama llena sus entrañas de compasión y misericordia; el que ama se hace solidario de verdad compartiendo con el que no tiene; el que ama busca la justicia y la paz, la armonía y la fraternidad; el que ama va creando siempre comunión con los hermanos. Fijémonos bien en lo que nos ha dicho hoy en el evangelio.

jueves, 18 de febrero de 2016

Con corazón agradecido sepamos decir siempre ‘cuando te invoqué me escuchaste, Señor’

Con corazón agradecido sepamos decir siempre ‘cuando te invoqué me escuchaste, Señor’

Ester 14,1.3-5.12-14; Sal 137; Mateo 7,7-12

¿Por qué andaremos siempre en la duda de que no vamos a ser escuchados en nuestra oración? Tendríamos que recordar aquello del salmo ‘si el afligido invoca al Señor, El lo escucha y lo libra de sus angustias’. Lo habremos rezado muchas veces, sin embargo en el fondo parece que andamos en esa desconfianza.
Pudiera ser por una parte la humildad de no sabernos merecedores, porque en el fondo estamos reconociendo nuestra indignidad y nuestro pecado. Son tantas las veces en que somos nosotros los que le hemos fallado al Señor, nos ha fallado nuestra fidelidad, somos tan pecadores. Pero hemos de tener la certeza de que el Señor nos escucha si con humildad acudimos a El.
Tener confianza en el Señor es ponernos en sus manos, dejarnos conducir por su sabiduría sabiendo que el Señor nos va a dar siempre lo mejor para nuestra vida. Nos podemos ver probados, zarandeados por mil dificultades, por muchos momentos oscuros, pero sabemos que la luz está, como suele decirse, al final del túnel; pero más aún, la luz está guiándonos aunque nos parezca que vamos a oscuras, porque si algún paso vamos damos es siempre de la mano del Señor.
En medio de este camino cuaresmal que casi aun estamos comenzando la Palabra del Señor que nos ofrece la liturgia de cada día va llenando de luz nuestra vida en esas dudas que nos puedan ir surgiendo en nuestro interior. Hoy una vez más nos insiste en el tema de la oración, porque el camino que vamos haciendo no es un camino que hagamos por nosotros mismos, sino que hemos de sentirnos fortalecidos en el Señor. Es necesario vivir su presencia, sentir su amor cada día en nuestra vida; es necesario que aprendamos a acudir a El desde nuestras necesidades, desde ese camino que muchas veces se nos puede hacer duro. Es necesario ese espíritu de oración, esa confianza que ponemos totalmente en el Señor. Es lo que hoy nos ofrece la Palabra.
Nos insiste Jesús en pedir, llamar, invocar al Señor con absoluta confianza. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’.  Y nos da las razones, porque es el Padre bueno que siempre escucha a sus hijos. Hace un par de días escuchábamos el modelo y el estilo de oración que Jesús nos enseñaba cuando nos ofrecía el padrenuestro. Hoy está la insistencia de orar siempre y orar con confianza. Es el Padre bueno que nos escucha porque nos ama y a quien le ofrecemos nuestro amor.
La liturgia nos ha ofrecido como primera lectura el ejemplo de la oración de Esther. Era un momento trascendental y decisivo para su pueblo, ella ha de convertirse en intercesora ante el Rey pero no quiere hacerlo por si misma; por eso pide al pueblo que ayune y que ore con ella como ella misma se pone en la presencia del Señor para pedir su fuerza y su sabiduría. Muchas cosas podríamos destacar, pero fijémonos en lo que pide: ‘Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león’. Pide tener la sabiduría de Dios que sea la que la guíe en su actuar. Un buen modelo para nuestra oración.
Sí, digamos con todo sentido y agradecidos desde lo más hondo del corazón: ‘Cuando te invoqué me escuchaste, Señor’

miércoles, 17 de febrero de 2016

Seamos capaces de leer las señales que como invitaciones el Señor va poniendo cada día en el camino de nuestra vida

Seamos capaces de leer las señales que como invitaciones el Señor va poniendo cada día en el camino de nuestra vida

Jonás 3,1-10: Sal 50; Lucas 11,29-32

 Cuánto nos cuesta entender las señales que vamos recibiendo en la vida. Tenemos que querer aprender, pero ya sabemos que cuando nos sucede algo, nos dicen algo que pueda hacer referencia a nuestra vida como una señal de llamada de atención, parece que somos sordos y ciegos y con qué facilidad, como se suele decir, botamos balones fuera; eso no es por nosotros ni para nosotros, eso le valdría bien a fulanito, esto lo dicen por menganito, pero no queremos vernos retratados. Por eso decía tenemos que querer aprender, querer discernir las señales, ser sinceros con nosotros mismos para ver nuestra realidad y sacar lecciones para nuestra vida.
Creo que esto puede ser una buena reflexión y que nos ayude en nuestro crecimiento personal, en la maduración de nuestra vida, en el fortalecimiento de nuestra vida interior, en la adquisición de una espiritualidad cada día más profunda.
Es la actitud con la que hemos de ponernos ante la Palabra de Dios que cada día quiere llegar a nuestra vida y a nuestro corazón. Ponernos con sinceridad ante la Palabra de Dios. Lo que hoy escuchamos en el evangelio no nos vale para quedarnos en decir  mira como era la gente en los tiempos de Jesús que viendo lo que hacía y lo que enseñaban no terminaban de poner toda su fe en El. Nos preguntamos quizá por qué aun seguían pidiendo milagros y señales si ante sus ojos estaban los enfermos curados, los ciegos que habían recobrado la vista, los leprosos que se habían visto limpios de su lepra, los inválidos que podían caminar y hasta los muertos a los que les había devuelto la vida.
Jesús les dice que vendrán los ninivitas y le echarán en cara a aquella generación el no haber creído en Jesús. Los ninivitas que tenían fama de ser un pueblo duro y lleno de pecado, sin embargo se habían convertido con la palabra y la predicación de Jonás. Y como ahora les dice Jesús allí hay alguien más grande que Jonás y sin embargo no se convierten sino que aun siguen pidiendo signos. Por eso les dice que no se les dará más signo que el de Jonás, el que tras tres días en el vientre del cetáceo había vuelto a la vida. Una referencia clara a lo que va a ser la muerte y la resurrección de Jesús.
Pero, como decíamos, no nos quedamos en considerar lo que entonces sucedía y las referencias que Jesús les daba en concreto a la gente de su generación. Esto hoy lo escuchamos como Palabra que Dios ahora quiere dirigirnos a nosotros. ¿Cuáles son las señales que nosotros damos de que en verdad escuchamos la Palabra de Dios y volvemos nuestro corazón a El cambiando nuestra vida?
Ahí tenemos a nuestra mano cada día la Palabra de Dios; ahí tenemos la gracia de los Sacramentos y cuantas veces habremos participado en la celebración de la Eucaristía; ahí tenemos cuanto habremos escuchado y reflexionado a lo largo de nuestra vida que como semilla buena ha querido irse plantando en nuestro corazón. Pero, ¿cuáles son los frutos que damos? ¿Estaremos aun esperando nuevas señales para que se convierta nuestro corazón y somos ciegos a las señales que Dios pone a nuestro lado cada día? ¿Seguiremos pensando muchas veces que eso que escuchamos bien le vendría a tal o cual persona, pero no somos capaces de aplicárnoslo a nosotros mismos?
Seamos capaces de leer las señales que como invitaciones el Señor va poniendo cada día en el camino de nuestra vida. No nos hagamos ciegos ni sordos a su invitación y a su Palabra de Salvación.

martes, 16 de febrero de 2016

No rebusquemos palabras, nos estemos haciendo listas de méritos cuando vamos al encuentro con el Señor en la oración sino disfrutemos de su amor de Padre

No rebusquemos palabras, nos estemos haciendo listas de méritos cuando vamos al encuentro con el Señor en la oración sino disfrutemos de su amor de Padre

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15

A veces nos encontramos a alguien – o quizá nos sucede a nosotros mismos – que están buscando las palabras o las formas con qué hablar o cómo dirigirse a alguien a quien consideran muy importante; o se quedan atascados sin palabras, sin saber qué decir, o comienzan a dar vueltas y vueltas en su conversación que se convierte en palabrería inútil e innecesaria; nos volvemos locos buscando palabras para los halagos o para hacer una ostentación de nuestros méritos quedándose todo en pura vanidad.
¿No será así en cierto modo en lo que se nos quedan nuestras oraciones? Palabrería, vanidades, rutinas, palabras repetidas sin sentido porque están dichas muchas veces sin corazón son cosas que nos suceden con frecuencia. Muchas veces decimos no sabemos rezar, no sabemos como hacerlo y nos contentamos con ese rezo mecánico de repetición de oraciones. ¿Qué es lo que nos sucede?
Tendríamos que aprender a escuchar a Jesús, ver su oración y hacerla de verdad con su sentido; El además nos ha dicho que nos dejemos llevar por el Espíritu que anida en nuestro corazón y como nos diría luego san Pablo El pone en nosotros aquellas palabras que nosotros no sabemos decir. Pero es que además Jesús nos ha enseñado a orar.
Nos ha enseñado a orar porque nos ha enseñado a disfrutar del amor de Dios, a gozarnos de su presencia llena de amor en nuestra vida. Nos ha enseñado la palabra más importante, porque nos ha enseñado a llamarle Padre. Ahí está el centro de todo, de lo que ha de ser nuestra oración verdadera, gozarnos al sentirnos amados de Dios, gozarnos al sentirnos hijos, gozarnos de poderle llamar Padre. Lo demás vendrá como una consecuencia. Cuando nos encontramos con el amor, sobran las palabras. Cuando nos sentimos amados de Dios no tenemos que hacer otra cosa que disfrutar de ese amor correspondiendo con nuestro amor aunque esté lleno de imperfecciones y limitaciones.
La oración tiene que ser siempre alegría y esperanza. Porque confiamos en su amor sabemos que aunque seamos limitados e imperfectos – bien nos conoce Dios – El sigue amándonos siempre, sigue contando con nosotros, sigue regalándonos su amor.
Y le decimos Padre, saboreando bien esa palabra, y estamos diciéndole que sí, que le amamos, y que aunque nos cuesta queremos hacer siempre su voluntad, y que queremos siempre su gloria, y que sabemos que podemos contar con El porque El nunca nos abandona, que nunca nos vamos a sentir solos y en nuestra debilidad siempre vamos a contar con su fuerza, y que igual que le pedimos perdón por todas esas veces que fallamos y no somos fieles al mismo tiempo también queremos ser generosos en nuestro amor y nuestro perdón a los que nos hayan ofendido.
No rebusquemos palabras, nos estemos haciendo listas de méritos, sepamos dar gracias por su amor y gocémonos en su amor. Digámosle con toda la fuerza de nuestro amor, ¡Padre!

lunes, 15 de febrero de 2016

Solo por el camino del amor por encima de todo encontraremos a Dios y nos llenaremos de Dios

Solo por el camino del amor por encima de todo encontraremos a Dios y nos llenaremos de Dios

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18; Mateo 25,31-46

Es por el camino del amor por encima de todo por donde encontraremos a Dios y nos llenaremos de Dios. Es el amor de Dios que se nos revela y es en la vivencia del amor donde podremos alcanzar el misterio de Dios.
Igual que decimos que no hay vida en plenitud si no somos capaces de amar, porque para eso estamos hechos, no podremos alcanzar la plenitud de la vida que es Dios si no es por ese camino del amor. Solo cuando somos capaces de darnos a nosotros mismos, porque trascendemos hacia los otros, porque trascendemos hacia Dios podremos llegar a conocer y vivir a Dios.
Cuando vivimos encerrados en nosotros siendo incapaces de amar, de darnos, de salir de nosotros, es a nosotros mismos a quien ponemos sobre el pedestal como centro en torno al que gravite todo, nos endiosamos. Es la tentación ya del jardín del Edén por donde el maligno tentó al hombre, ‘seréis como dioses’, y el hombre huyó de Dios, no podía vivir con Dios.
Pero cuando encontremos ese amor verdadero que nos llevará a encontrarnos con Dios es cuando más grandes seremos, cuando podremos de verdad alcanzar toda nuestra dignidad y toda nuestra plenitud, cuando podremos aprehender a Dios, conocer y poseer a Dios.
¿Qué nos ha dicho hoy Jesús en el Evangelio? ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre, a poseer el Reino, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’.  ¿Por qué podemos heredar el Reino, poseer el Reino o lo que es lo mismo poseer a Dios, vivir en la plenitud de Dios? Porque amamos. Es lo que nos explica Jesús con toda la alegoría del juicio final.
Es lo mismo que nos decía la primera lectura del libro del Levítico. ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Ser santos como Dios es vivir la misma vida de Dios, es ese conocer a Dios poseyendo a Dios, llegando a la plenitud de Dios, a la Sabiduría de Dios. Pero ¿qué es lo que hay que hacer? Nunca hacer daño a los demás, nunca hacer el mal. El texto del Antiguo Testamento usa expresiones negativas, prohibiciones, pero que a la larga son el mandato de amar, porque quien ama de verdad nunca hará daño a los demás.
Amamos y tenemos nuestro corazón siempre abierto a los demás; amamos y compartimos y obramos con justicia con nuestro prójimo; amamos y queremos hacer felices a los demás alejándoles de todo sufrimiento; amamos y nos hacemos uno con el prójimo para sentir como nuestras sus necesidades y sus dolencias; amamos y llevamos el pan y el vestido, y el acompañamiento y el caminar juntos, y el consuelo y la esperanza.
Y en ese amor estamos llenándonos de Dios, estamos aprendiendo también a amar con un amor como el de Dios. Conocer a Dios no es solo un pensamiento de nuestra mente sino una vivencia que llevamos en el corazón. Conocer a Dios no es solo descubrirle en la inmensidad del universo, sino sentirle caminando a nuestro lado en ese hermano con el que compartimos nuestra vida. Conocer y amar a Dios no es solo dirigirle con nuestras palabras un cántico de alabanza a su inmensidad y a su poder, sino cantar la gloria del Señor cuando hacemos que el hermano que sufre a nuestro lado está recibiendo nuestro consuelo y nuestro amor.
Hagamos que en verdad podamos heredar el Reino de Dios, podamos conocer a Dios, podamos poseer en plenitud a Dios y llenarnos de Dios, podamos sentirnos en verdad inundados del amor de Dios.

domingo, 14 de febrero de 2016

Un momento para detenernos, mirar nuestra vida con sinceridad y valentía en las desviaciones que sufrimos y levantar nuestra mirada a la Palabra de Dios que es la luz que nos guía

Un momento para detenernos, mirar nuestra vida con sinceridad y valentía en las desviaciones que sufrimos y levantar nuestra mirada a la Palabra de Dios que es la luz que nos guía

Deuteronomio 26, 4–10; Sal 90; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13
Hay preguntas que de una forma o de otra siempre están presentes en la vida de todo ser humano. Preguntas que nos hacemos con mucha intensidad quizá en la juventud cuando nos estábamos abriendo a la vida, pero que nos seguiremos haciendo en nuestra madurez y que nos son necesarias para que no erremos nuestros caminos, para que encontremos un verdadero sentido a nuestra existencia, para revisar y renovar continuamente nuestros propósitos si acaso estamos en peligro de olvidarlos.
Qué somos, a dónde vamos, qué buscamos, que sentido y valor tiene lo que hacemos y vivimos, cuál es la meta de la vida, qué hacemos y qué frutos podemos presentar en nuestras manos a lo largo o al final de nuestra existencia.
La vida no es un vacío, tampoco nos quedamos en la materialidad de lo que hacemos con nuestras manos, no nos quedamos en el momento presente como si fuera el objetivo alcanzado, aunque somos conscientes del valor de cada paso que damos, buscamos una trascendencia que no es solo dejar un buen recuerdo de nuestro paso,  sino que ansiamos una plenitud que va más allá, como tampoco nos quedamos en el aplauso pasajero que nos puedan dar porque sería solo vanidad.
Aunque con la madurez que vamos adquiriendo en la vida vamos encontrando respuestas a todo eso que nos preguntamos y de alguna manera podemos ir teniendo claro poco a poco ese sentido de nuestro vivir, sin embargo muchas veces podemos caer en errores, quedarnos en lo pasajero sin buscar trascendencia de verdad a lo que hacemos, o simplemente buscar la satisfacción pronta de nuestros elementales deseos perdiendo la verdadera intensidad de nuestra vida.
Son las tentaciones, llamémoslas así, que nos van apareciendo que nos pueden hacer tan materialistas que solo buscamos la ganancia del momento presente, tan sensuales que evitemos todo esfuerzo de superación y solo pensemos en disfrutar de la manera que sea del momento presente, o tan vanidosos que nos busquemos constantemente el aplauso de los que nos rodean llenándonos de vanidad y terminando por subirnos a los pedestales de nuestro orgullo o de nuestra arrogancia.
Nuestra madurez humana y cristiana no nos tendría que dejar caer por esas pendientes abismales, pero muchas veces nos cegamos o hay un mal que nos rodea y nos asfixia arrastrándonos por caminos que no hubiéramos deseado caminar. Son los errores y los tropiezos que vamos teniendo en nuestra vida tantas veces a los que tenemos que enfrentarnos con sinceridad y con valentía para superar esos malos momentos, para darle ese verdadero sentido trascendente a nuestra vida, para buscar una espiritualidad que nos haga fuertes frente a las tentaciones, para caminar ese camino que como creyentes en Jesús hemos escogido cuando hemos hecho opción por Cristo y su Evangelio del Reino de Dios.
Hemos emprendido hace pocos días el camino de la Cuaresma que nos conduce y nos prepara para celebrar la Pascua. Es un camino que nos ayuda a esa renovación que necesitamos en nuestra vida, un camino donde nos repetimos esas preguntas de siempre pero tratando de encontrar en el evangelio esa respuesta y esa fuerza que necesitamos para vivir con integridad nuestra vida cristiana. Y es la Palabra de Dios que la liturgia día a día nos va ofreciendo, y son todos los signos de la Cuaresma los que nos harán encontrar esa luz y esa gracia que necesitamos.
La cuaresma sigue su ritmo con toda sabiduría. Nos irá ayudando a adentrarnos allá en lo más hondo de nosotros mismos para ver la realidad de nuestra vida, pero al mismo tiempo nos hará levantar la mirada hacia lo alto para contemplar y para escuchar a Jesús, verdadera vida de nuestra vida. Y en un primer paso en este primer domingo de la cuaresma nos presenta la liturgia el episodio de las tentaciones a las que también Jesús se vio sometido allá en el desierto antes de comenzar su vida pública.
Tentaciones expresadas en esa invitación a convertir las piedras en pan para saciar el hambre después de los cuarenta días de ayuno,  pero expresadas también en ese aplauso que recibía el que caía del pináculo del templo sin que nada le pasara porque los ángeles de Dios no dejarían que su pie tropezara con ninguna piedra, y expresada también en ese poder y dominio sobre toda la creación pero desde la adoración del maligno que lo tentaba. Materialismo, milagro fácil, manipulación de los sentimientos religiosos para conseguir sus propios fines, idolatría cuando dejamos que cosas o sentimientos ocupen el lugar de Dios en nuestra vida, son formas también de expresar lo que podían significar aquellas tentaciones. 
Pero en ellas podemos ver reflejada nuestra vida con sus preguntas y sus equivocadas respuestas, con la pérdida de un sentido o la forma como nos dejamos arrastrar muchas veces por las circunstancias, con nuestras vanidades buscadas interesadamente o con nuestros orgullos que nos levantan en pedestales haciéndonos creer que somos poco menos que dioses.
Lo importante es que ahora nos detengamos a reflexionar buceando en la Palabra de Dios esa respuesta y ese verdadero sentido de nuestra vida. Es a lo que nos está invitando el camino que la iglesia nos ofrece en esta cuaresma que estamos iniciando. Que en verdad la Palabra de Dios sea nuestro alimento, la luz que nos guíe y nuestra fortaleza.