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miércoles, 4 de julio de 2012


No todos siguen a Jesús con la misma radicalidad, ¿y nosotros?
Amós, 5, 14-15.21-24; Sal. 49; Mt. 8, 28-34

Cuando vamos leyendo o escuchando el evangelio vamos haciendo un recorrido por la vida de Jesús y todo el mensaje de salvación que El  nos ofrece. No nos quedamos simplemente en la lectura de una historia sino que esos hechos que contemplamos y ese mensaje que recibimos nos ayudan a crecer en nuestra fe. 

Contemplando sus milagros no podemos menos que reconocer el poder y la gloria del Señor que en El se nos manifiesta, lo que ayudará a intensificar nuestra fe, que nuestra fe crezca y se sienta firme para que todo eso podamos llevarlo a nuestra vida. Y desde ahí damos gracias al Señor que así nos manifiesta su poder y su amor y queremos como tantos lo hicieron según vemos en los evangelios y como ha seguido sucediendo a lo largo de la historia alabar y bendecir al Señor por todo ello. Todo siempre para la gloria del Señor.

Al contemplar el recorrido que Jesús va haciendo por los distintos lugares donde va anunciando el evangelio con su palabra y con su propia vida, porque El es realmente el Evangelio, la Buena Noticia de Salvación que llega para todos los hombres, vemos también cómo unos aceptan y reciben ese mensaje y dan gloria al Señor queriendo seguir los mismos pasos de Jesús, haciéndose sus discípulos; pero contemplamos también el rechazo de tantos: unos porque no quieren escucharlo y le dan la espalda porque quizá dicen que nada nuevo encuentran en El, otros porque realmente se oponen a lo que Jesús dice y enseña, muchos a los que les cuesta seguir los pasos de Jesús porque quizá les parece duro lo que Jesús propone, y muchos que le rechazan porque escuchar y seguir a Jesús les compromete y no siempre estamos por la labor de ese compromiso que puede cambiar nuestra vida.

Pero el ir contemplando todas esas actitudes y todas esas diferentes maneras de reaccionar nos sirve para mirarnos a nosotros, mirar también cuales son nuestras actitudes y nuestras reacciones. Jesús llega también a nuestra vida y hemos de saber contemplar las maravillas que hace en nosotros. También tiene que despertarse nuestra fe para agradecer a Dios sus dones y cantarle nuestra alabanza. 

Sin embargo toda esta diferente forma de reaccionar tendría que hacernos pensar y darnos cuenta que también en muchas ocasiones le damos la espalda, encontramos dificultad para seguirle, o hay cosas en nuestra vida que como rémoras nos frenan en ese seguimiento generoso de Jesús. Hoy en concreto hemos escuchado en el evangelio que las gentes de aquel lugar, a pesar de que habían visto lo que había hecho con aquel hombre al que había liberado de su mal, sin embargo le piden a Jesús que se vaya a otra parte; no quieren que Jesús siga allí.

¿Nos sucederá algo así a nosotros? No es que nosotros lo rechacemos así tan directamente, pero sí hemos de reconocer que muchas tentaciones sentimos a lo largo de nuestra vida que nos arrastran a aflojarnos en nuestro espíritu, a quizá en momentos no dar la importancia que tienen todas las cosas; nos decimos, bueno, esto no es tan grave, esto no tiene mucha importancia, y abandonamos nuestra tensión espiritual, o nos dejamos arrastrar por lo que todo el mundo hace sabiendo nosotros que tendríamos que actuar de otra manera. Y eso es decir ‘no’ a Jesús. 

También nos sucede que ante exigencias que se nos plantean desde el evangelio algunas veces parece que no queremos aceptarlo y nos queremos hacer nuestras interpretaciones. Nos parece duro, como decían las gentes de Cafarnaún cuando escuchaban a Jesús en la sinagoga, y decimos esto lo acepto y aquello otro no lo acepto. Cuantas personas nos encontramos que no aceptan la Iglesia o lo que la Iglesia nos acepta en muchos aspectos de la vida, porque dicen que ellos tienen su propia idea. Si somos seguidores de Jesús no podemos andar con esas componendas y nuestro seguimiento tiene que ser más total, más radical. Cuando seguimos a Jesús no podemos poner la mano en el arado y estar volviendo la vista atrás, como nos dice Jesús en otros momentos del evangelio.

Que vayamos creciendo más y más en nuestro conocimiento de Jesús y su evangelio. Que cada día expresemos con mayor intensidad el amor que sentimos por Jesús para seguirle. Que se despierte de verdad nuestra fe. Que nos sintamos inundados de su gracia, que seguro que no nos faltará, para que caminemos siempre adelante y con fidelidad total.

martes, 3 de julio de 2012

La incredulidad de Tomás sanó las heridas de nuestra incredulidad

La incredulidad de Tomás sanó las heridas de nuestra incredulidad


Ef. 2, 19-22; Sal. 116; Jn. 20, 24-29

Que nos ayude con su intercesión para que tengamos en nosotros vida abundante por la fe en Jesucristo a quien santo Tomás reconoció como su Señor y su Dios. Así hemos pedido hoy en la oración litúrgica de esta fiesta del Apóstol Santo Tomás.

La fe nos llena de vida. Con la fe se nos ilumina la vida y desaparecen las tinieblas de la duda y del pecado. La fe no es una idea o una teoría sino una realidad grande que nos hace presente a Dios en nuestra vida. La fe es el camino que nos lleva hasta Dios y por la fe que ponemos en El nuestro corazon se siente transformado y lleno de vida. Creer no es una cosa abstracta, repito. La fe nos ilumina la vida y todo se ve envuelto por ese sentido nuevo que todo nuestro ser adquiere en Dios. La fe implica toda nuestra vida y sería una incongruencia que la vida que vivimos vaya por un camino distinto de la fe que profesamos con los labios. Es que realmente no sólo la proclamamos con nuestros labios, sino que lo hacemos desde lo más hondo del corazón.

Celebrar la fiesta de un apóstol es siempre importante para un cristiano y cuando estamos celebrando la fiesta del Apóstol santo Tomas al que vemos lleno de dudas y de interrogantes en su vida y en su corazón parece como si se estuviera reflejando en él lo que nos sucede también a nosotros en tantas ocasiones.

Digo lleno de dudas e interrogantes porque no sólo fue el poner en duda la palabra del resto de los apóstoles cuando le anunciaron que Jesús había resucitado y estado con ellos allí en el Cenáculo, sino que ya antes en la última cena manifiesta claramente también las dudas e interrogantes que se le plantean de aquellas cosas que no acaba de entender y que quizá el resto de los apóstoles no se atrevían a expresar.

‘Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’ Jesús les había estado hablando del Padre, de que El iba al Padre y que quería llevarlos con El, que para eso iba a prepararles sitio y que ya sabían el camino. Tomás no termina de entender y pregunta. Es cuando Jesús afirma ‘yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie puede llegar al Padre sino por mí. Si me conociérais a mí conoceríais también al Padre’. La pregunta de Tomas valdrá para que podamos entender que Cristo es el camino y que viviéndole a El podremos vivir al Padre, podremos sentir en nosotros todo el amor de Dios siempre misericordioso y compasivo.

Ahora, como hemos escuchado hoy en el evangelio, no está con el resto de los discípulos en el Cenáculo cuando se manifiesta Jesús resucitado. Y vienen las dudas. Ya lo hemos escuchado. Quiere meter los dedos en sus llagas, la mano en el costado. Siempre se las reprochamos y lo llamamos el apóstol incrédulo. Pero como dice san Gregorio Magno la incredulidad de Tomás sanó las heridas de nuestra incredulidad. ‘Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su costado para que lo palpe, le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad… Todo esto sucedió no porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad’.

Que seamos capaces nosotros también de proclamar como Tomás nuestra fe en Jesús como nuestro Dios y como nuestro Señor. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, fue su exclamación. Fue necesario el encuentro de Tomás con Jesús para que todas las dudas se disiparan. Por eso es tan importante que nuestra fe sea viva para que en verdad podamos llegar a encontrar de forma viva con el Señor. Nuestra fe se alimenta y crece con la misma fe. Nuestras celebraciones tienen que estar llenas de vida y de fe; hemos de saber darle esa hondura grande a lo que celebramos para que podamos sentir la presencia del Señor en nosotros. Con fe venimos a ellas y en ellas alimentamos intensamente nuestra fe.

No es simplemente decir estamos en misa y rezamos, sino que hay que intentar ir a algo más, descubriendo y sintiendo de forma viva la presencia y la gracia del Señor. Y el Señor se hará sentir ahí en nuestro corazón, podremos llegar a sentir el ardor de su presencia y de su amor. Nada debe distraernos de la presencia del Señor. Abramos nuestro corazón a Dios que llega a nosotros con su gracia, con su amor y llena e inunda nuestra vida de luz. Que lleguemos, repito, a confesar en verdad que Jesús es nuestro Dios y Señor.

lunes, 2 de julio de 2012


Generosidad y disponibilidad para escuchar y seguir a Jesús
Amos, 2, 6-10.13-16; Sal. 49; Mt. 8, 18-22

‘Maestro, te seguiré adonde quiera que vayas’, le dice un letrado que se acerca a Jesús. No le falta buena voluntad. Quiere seguir a Jesús. Está dispuesto a todo. ¿Dispuesto a todo? ¿Habrá pensado bien lo que significa esa disponibilidad? Las palabras quieren expresar una generosidad grande. No le falta entusiasmo. Pero ¿será suficiente eso?

Luego será Jesús el que se dirija a un discípulo invitándole a que le siga. Era ya un discípulo, luego el seguimiento que hacia de Jesús era más cercano y podía conocer bien lo que significaba aquella invitación de Jesús. Sin embargo, aunque también tiene buena voluntad, quiere resolver algunas cosas antes de decidirse plenamente por Jesús. ‘Déjame ir primero a enterrar a mi padre’, le pide a Jesús.

Pero Jesús pide más radicalidad. No valen solo las buenas voluntades, los entusiasmos de un momento de fervor. Nos puede suceder en muchas ocasiones, tanto cuando descubrimos algo que tenemos que hacer en el camino de nuestra vida cristiana, o incluso cuando hay una llamada especial del Señor en una vocación determinada. Al primero le hará ver que seguirle no es ir por un camino de comodidades, sino que seguir a Jesús tiene sus exigencias. ‘El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. 

Nos recuerda eso lo que nos dirá en otros momentos de negarse a sí mismo, de tomar la cruz para seguirle, de la senda estrecha del esfuerzo y si es necesario del sacrificio. Nos recuerda lo de aquel joven que preguntaba qué había que hacer para alcanzar la vida eterna,  y Jesús le habla del desprendimiento, del despojarse de todo, del vender sus bienes para repartirlo a los pobres; nos recuerda donde hemos de guardar nuestro tesoro.

Al segundo, aunque nos puedan parecer humanamente duras las palabras de Jesús, pero nos quiere hablar de que seguirle es seguir caminos de vida, nunca de muerte. No es solo la cuestión de enterrar o  no enterrar al padre muerto, sino que es algo bien significativo para hablarnos de la vida, de la vida por la que hemos de optar en todo momento cuando seguimos a Jesús. Y en ese optar por la vida, arrancarnos de todo lo que sea muerte en nosotros es bien costoso, pero algo que hemos de hacer con decisión, porque nunca podemos seguirle de ninguna manera el juego a la tentación y al pecado.

Cuantas veces nos sucede que vivimos momentos de fervor, algo  nos ha impactado de manera especial y en ello sentimos que está la voz del Señor que nos llama en cosas concretas de la vida; en ese primer momento de entusiasmo nos sentimos lanzados y pensamos y prometemos que vamos a hacer no sé cuantas cosas, pero luego vendrán otros momentos, en que ese fervor se debilite, o veamos más crudamente lo que significa seguir a Jesús, o simplemente nos aparezcan las dificultades y tentaciones. Tenemos el peligro de abandonar y la experiencia nos dice de cuantos a nuestro alrededor les sucede así o nos ha sucedido también a nosotros. 

Por eso es necesario escuchar con serenidad de espíritu la llamada del Señor; es necesario también pedir la luz y la fuerza del Espíritu que nos ilumine y nos ayude a tomar esas decisiones y a mantenernos en el camino trazado, para no volver la vista atrás, porque como nos dirá en otras ocasiones, el que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no es digno de El. 

Que el Señor nos dé esa valentía y esa osadía para seguirle. Que no nos falta nunca su gracia. Que abramos los oídos de nuestro corazón para escuchar sus llamadas. Que tengamos en verdad generosidad de espíritu para seguirle.

domingo, 1 de julio de 2012


Ven, Señor, y pon tu mano para que el mundo tenga vida
Sab. 1, 13-15; 2, 23-24; Sal. 29; 2Cor. 8, 7-9.13-15; Mc. 5, 21-43

‘Ven, pon tu mano sobre mi niña que está en las últimas, para que se cure y viva’, suplica Jairo lleno de confianza en Jesús. Y aquella mujer con una fe grande, ‘acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido se curaría’. Son dos hechos que se entrecruzan en este relato del evangelio.

Y Jesús se pone en camino con Jairo, acompañado de mucha gente. ‘¿Quién me ha tocado el manto?’ pregunta mirando a su alrededor, cuando la mujer se ha acercado por detrás. Luego dirá a las plañideras que ya están allí con sus lloros y lamentos que la niña no está muerta, sino dormida. Y la tomará de la mano y la levantará, entregándosela a su padre. Con Jesús llega la vida, desaparece la muerte; con Jesús nos llenamos de luz, son vencidas para siempre todas las tinieblas.

Todo un recorrido, un camino de fe el que contemplamos en este relato del evangelio. El camino de fe de Jairo y la mujer de las hemorragias que puede ser también nuestro recorrido y nuestro camino. La fe y la confianza de quienes acuden a Jesús con sus penas y sufrimientos. Jairo suplicando por su hija; la mujer de las hemorragias con la confianza de que sólo tocando el manto de Jesús se curaría. ‘Tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’, le dice Jesús cuando la mujer se postra asustada y temblorosa a sus pies al sentirse descubierta. 

Es la fe que Jesús quiere suscitar y que se mantenga firme. Cuando llegan anunciando que la niña ha muerto y parece que ya no merece importunarle más, porque no hay nada que hacer, Jesús le dirá a Jairo ‘no temas, basta que tengas fe’. La oscuridad de la duda, del temor, de lo imposible no puede envolver nuestra vida. Algunas veces, incluso en nuestras dudas, somos plañideras que no hacemos sino llorar porque es tanta nuestra oscuridad que se nos puede cegar el corazón y la fe. Hay que seguir confiando. Tantas veces nos llenamos de dudas, parece que de nada nos sirven nuestras súplicas o nuestras oraciones. Es una tentación por la que pasamos muchas veces. ‘Basta que tengas fe’. O como le dirá Jesús a Pablo según cuenta él en sus cartas ‘mi gracia te basta’. 

Ya nos decía el sabio del Antiguo Testamento que lo que Dios quiere es la vida, que vivamos, que tengamos vida. ‘Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes…creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser…’ Para eso nos ha enviado a su Hijo, se encarnó y se hizo hombre para alcanzarnos la vida para siempre. Habíamos dejado entrar la muerte en la vida del hombre a causa del pecado, pero El viene a borrar todo pecado y a darnos vida. 

Quiere que tengamos vida y vida para siempre. Tanto es así que se hace pan y alimento nuestro y se nos da en la Eucaristía para que comiéndole tengamos vida eterna. ‘Quien me come vivirá por mí… el que come de este pan vivirá para siempre… el que come mi carne y bebe mi sangre, yo lo resucitaré en el último día…’ Recordamos lo anunciado en Cafarnaún. 

Este evangelio que hoy escuchamos y estamos comentando tiene que ser en verdad una Buena Noticia que despierte nuestra fe y nuestra confianza en el Señor. Queremos creer; queremos alejar de nosotros toda duda. Queremos llenarnos de su luz y de su vida. Tiene que ser una Buena Noticia que nos está anunciando vida y salvación para nosotros, que nos está haciendo llegar la vida y la salvación. 

Sentimos también que Jesús camina a nuestro lado, se acerca a nosotros allí donde estamos llenos de enfermedad o de muerte. Y quiere que caminemos seguros en búsqueda de esa vida que el quiere ofrecernos; que no temamos hacer como aquella mujer que se acercó a tocarle el manto, y nos acerquemos nosotros hasta el con todo esa oscuridad que muchas veces llevamos dentro. Y con El todo se va a transformar en nuestro interior, todo se va a llenar de luz y de vida. 

Tantas veces nos ha tomado de la mano para levantarnos; piensa cuantas veces nos ha regalado el sacramento que nos llenaba de alegría otorgándonos su perdón. Si rebuscamos en nuestro interior encontraremos muchísimos momentos de gracia, por los que quizá no siempre supimos darle gracias y reconocerlo. ‘Te ensalzaré, Señor, porque me has librado’, cantamos en el salmo y muchas veces tenemos que reconocerlo y decirlo.

Tantas situaciones difíciles por las que hemos pasado en la vida y de las que pudimos salir, muchas veces nos parecía que sin saber cómo, pero que si tenemos ojos de fe nos daremos cuenta que allí estaba el Señor ayudándonos y fortaleciéndonos con su gracia. Haz una lectura de tu vida con ojos de fe y serás capaz de reconocer este actuar de la gracia de Dios en ti. Que no nos ceguemos.

Pero es también Buena Noticia que estamos obligados a llevar a los demás. El mundo necesita buenas noticias que llenen los corazones de esperanza y de luz. Y nosotros no podemos cruzarnos de brazos ni encerrarnos en lamentaciones. Podemos tener la tentación de decir que nada se puede hacer en las situaciones difíciles por las que estemos pasando. Oímos hablar continuamente de demasiadas calamidades. Son muchos los sufrimientos que atenazan los corazones de mucha gente a nuestro alrededor. Y estamos obligados a llevar el mensaje de la Buena Noticia a los que nos rodean.

Jesús cuando Jairo le dijo que su niña estaba en las últimas no se contentó con bonitas palabras de consuelo – también las tendría con toda seguridad – sino que le escuchó y se puso a caminar junto a él para llegar hasta donde estaba la niña. Como luego se pondría a hablar con la mujer de las hemorragias o con los que lloraban la muerte de la niña. Detalles de Jesús que hemos de aprender.

Esa disponibilidad y esa acogida es algo que tenemos que aprender a hacer como Jesús poniéndonos al lado de tantos que sufren y seguro que el amor en el corazón nos inspirará muchas cosas que podamos hacer, al menos despertará en nosotros generosidad y solidaridad y en los que nos rodean con su dolor despertará esperanza. 

Cuando aprendamos a ser solidarios de verdad, a escuchar y a ponernos a caminar junto al hermano y cuando comencemos a compartir lo que somos, lo que tenemos, lo que es nuestra vida, nuestro tiempo con el otro estaremos empezando a hacer un mundo nuevo y mejor. Serán pequeñas semillitas las que vayamos sembrando, pero si cada uno pone de su parte esa generosidad del corazón mucho será al final lo que podemos hacer y el mundo comenzará a transformarse. 

Tenemos que trasmitir vida, llevar vida a los demás, como lo hizo Jesús, porque solo desde el amor se realizará la verdadera transformación, primero de nuestras vidas, y luego también de todo nuestro mundo. ‘Talitha qumí’ tenemos que decir también a cuantos nos rodean con su sufrimiento o con las sombras de su vida, y tender la mano de nuestro amor para levantarlos y llevarles vida, la vida que nos ofrece y regala Jesús. Ven, Señor, y pon tu mano para que el mundo tenga vida.

sábado, 30 de junio de 2012


Una fe como la del centurión con un corazón caldeado por el amor y la humildad
Lam.2, 2.10-14.18-19; Sal. 73; Mt. 8, 5-17

En nuestras relaciones humanas no siempre somos lo suficientemente sinceros y algunas veces creamos distancias entre unos y otros y nuestro acercamiento a los demás puede resultarnos en ocasiones ficticio y no verdadero. 

No es así como Dios se ha acercado al hombre cuando decimos que se ha encarnado y se hecho hombre para ser Emmanuel, Dios con nosotros. Su cercanía es real y verdadera. Es una cercanía de amor, de amor verdadero. Como  nos dice hoy el evangelio, pero citando un texto del Antiguo Testamento al hacerse hombre ‘tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades’.

‘Voy yo a curarlo’, le dice Jesús al centurión cuando viene rogándole ‘por un criado que tiene en casa en cama y que sufre mucho’. Y al final del evangelio de hoy le vemos acudir a la casa de Pedro donde se encuentra que la suegra está en cama con fiebre y ‘Jesús la cogió de la mano y se le pasó la fiebre’. Gestos así veremos repetidamente en el evangelio. Pondrá las manos sobre los ojos del cielo, meterá sus dedos en los oídos del sordo, tocará al leproso o levantará con su mano al paralítico que está postrado en su camilla.

En el caso del criado del centurión no llegará a ir a la casa – mañana contemplaremos a Jesús caminando con Jairo a su casa para levantar a la niña que está postrada en la cama – y no irá por la fe y la humildad del centurión. La prepotencia de un centurión romano podría hacernos pensar que insistiría a Jesús para que fuese a su casa a curar a su criado, pero en este caso florecerá en aquel hombre su fe y la virtud de la humildad. ‘¿Quién soy yo para que entres bajo mi techo?’ será su humilde exclamación. 

Pero allí está también la fe, una fe grande que tiene la seguridad de que solo es necesaria la palabra de Jesús. ‘Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano’. Merecerá la alabanza de Jesús. ‘Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Y aquel hombre era un gentil, un pagano, pero se había abierto a la fe. 

¿Será así nuestra fe? ¿es así mi fe? Me pregunto yo también cuando escucho este evangelio, porque realmente he de reconocer que me siento interpelado por la fe de este hombre. Celebramos la Eucaristía, tenemos el misterio de Cristo en nuestras manos, nos acercamos a comerle en la Eucaristía, pero no siempre lo hacemos con una fe así, una fe firme, con seguridad y certeza. Muchas veces en la manera cómo tratamos el misterio de Dios pareciera que no tenemos tanta fe, porque nos falta el respeto y el amor grande que se necesitaría para acercarse al Misterio de Dios.

Las palabras del centurión las repetimos cada día, cada vez que venimos a la Eucaristía, pero no sé si siempre con la misma fe y humildad, con la misma certeza de que nos estamos acercando al misterio de Dios y no lo hacemos con la dignidad y santidad que deberíamos hacerlo. No somos dignos, es cierto, y le pedimos al Señor que nos purifique y nos haga dignos, pero no sé si siempre nosotros haremos de nuestra parte todo lo necesario en nuestra lucha y en nuestra superación personal por ser cada día más santo y más digno de acercarnos a la Eucaristía.

Siempre insisto en lo mismo, y me lo repito a mí el primero, y es que cuando repetimos una oración que nos la sabemos de memoria hemos de tener mucho cuidado para decirla con toda verdad, para que no nos pueda la rutina. Muchas veces por la manera que decimos o hacemos nuestras oraciones manifestamos que hay muy frialdad en nuestro corazón. Y tenemos que caldearlo de verdad.

viernes, 29 de junio de 2012


Confesamos nuestra fe y expresamos de forma viva nuestra comunión eclesial
Hechos, 12, 1-11; Sal. 33; 2Tm. 4, 6-8.17-18; Mt. 16, 13-19

‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios… tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…’ Una confesión de fe y el encargo de una misión grandiosa. Parece que están a porfía para ver quién dice cosas más hermosas. 

Es hermosa la confesión de fe que sale del corazón de Pedro. No lo hace por sí mismo porque llegar a ese convencimiento no es cosa meramente humana. Dios siempre nos gana la partida y es El quien llega a nuestro corazón y nos revela cosas grandes. Pero si el Padre ha puesto en el corazón de Simón esa capacidad para llegar a hacer una confesión de fe así, es porque es un elegido por el Señor para misiones grandes. 

Tras la confesión de fe, que viene a ser algo así, por hablar desde un lenguaje y pensamiento muy humano, como el paso de una prueba para ver hasta donde llega la fe, Jesús habla de su Iglesia, la herencia que nos va a dejar una vez que haya consumado su obra redentora. Quienes van a creer en Jesús y aceptar y recibir su salvación van a comenzar a vivir una unión nueva y distinta, que es la comunión de la Iglesia. De la confesión de nuestra fe en Jesús, como la de Pedro, nace la Iglesia, nace nuestra pertenencia a la Iglesia. 

A Pedro Jesús le confía una misión importante, va a ser piedra fundamental de esa Iglesia, nexo de comunión entre todos los que creemos en Jesús. Jesús le dirá un día que se mantenga firme, porque, cuando pasen todas las pruebas y en los momentos difíciles, él tendrá que confirmar en la fe a los hermanos, ayudar a mantenerse en esa comunión de fe y de amor a toda la Iglesia. 

¡Qué importante la misión de Pedro en medio de la comunidad, en medio de la Iglesia que nace! Tantas veces habían discutido por los primeros puestos y quien había de ser el primero y principal y Jesús le confía una misión de servicio en medio de los hermanos. Porque será grande, será el primero el que se haga el último y el servidor de todos. Y esa es la grandeza y la misión que Jesús confía a Pedro.

‘Siervo de los siervos de Dios’, se llama a sí mismo el sucesor de Pedro en medio de la Iglesia. Muchas veces nos encandilamos con brillos y oropeles cuando miramos la Iglesia, o miramos al Papa y a cuanto lo rodea. Herencia quizá de siglos que habría que purificar para que fuera más auténtica y a la manera como Cristo la quiso. Pero hemos de saber considerar y comprender bien la misión de Pedro y en Pedro de sus sucesores. Es la vida del servicio, de la entrega, del olvidarse de si mismo en esa misión universal de servicio en medio de la Iglesia y en medio del mundo. 

Tenemos que saber abrir los ojos de la fe para comprenderlo y para darlo a conocer de forma auténtica al mundo que nos rodea y no se encandile con falsas imágenes – que quizá muchos con no muy buena intención traten de difundir - que están bien lejos de lo que realmente es la misión del Pastor de la Iglesia. De todas maneras no hemos de temer porque ya Jesús promete que ‘el poder del infierno no la derrotará’. 

Cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de los Santos Apóstoles san Pedro y San Pablo – es la fiesta de ambos apóstoles aunque muchas veces pareciera que sólo es la fiesta de san Pedro – cuando celebramos esta fiesta, digo, hemos de aprender a mirar la misión de los apóstoles en medio de la Iglesia; hemos de saber darle ese profundo sentido eclesial a nuestra fe y hoy de manera especial miramos con fe al Sucesor de Pedro en esa misión que en la Iglesia tiene. 

De alguna manera es el día del Papa al celebrar al primero a quien Cristo confió esa misión de ser piedra fundamental de la Iglesia. Es una fiesta la de este día para sentirnos en comunión con el Papa, porque es sentirnos en comunión con la Iglesia universal. Y es necesario que toda la Iglesia esté apiñada en torno al sucesor de Pedro y sepamos expresar nuestra comunión más sincera y auténtica con el Papa. Comunión que expresamos y sentimos en nuestra celebración – tendríamos que fijarnos como lo expresamos en la liturgia - y que manifestamos también fuertemente con nuestra oración por el Papa. 

Cargar sobre sus hombros todo el peso de los problemas de la humanidad y de manera especial de toda la Iglesia es una tarea grande y dura que solo podrá llevar con la fuerza y la gracia del Señor, con la asistencia del Espíritu Santo que nunca la faltará. Pero es necesario que oremos por el Papa; es necesario que la Iglesia ore por el Papa. Es bella la imagen que nos ofrecía el texto de los Hechos de los Apóstoles de la Iglesia orando mientras Pedro está en la cárcel.

Y expresamos también nuestra comunión eclesial, nuestra comunión con el Papa que expresar nuestra comunión con la Iglesia universal a la que pertenecemos, escuchando la voz del Papa, dejándonos iluminar por su magisterio que tanta luz da a todos los cristianos en el seguimiento de Jesús como Maestro y Pastor de la Iglesia que es. 

‘Haz que tu Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de aquellos que fueron fundamento de nuestra fe cristiana’, pedimos en la oración litúrgica. Confesamos nuestra fe y expresemos de manera viva nuestra comunión eclesial que siempre ha de ser una comunión de amor nacida de esa fe.

jueves, 28 de junio de 2012


No basta decir “Señor, Señor” es necesario plantar la Palabra en el corazón
2Reyes, 24, 8-17; Sal. 78; Mt. 7, 21-29

‘La gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los letrados’. Es el final del largo sermón del monte. La gente estaba admirada. En las palabras de Jesús había vida, trasmitian vida y esperanza. 

Con las palabras de Jesús se sentían interpelados por dentro; les hacía pensar, plantearse cosas; con las palabras de Jesús sentían que algo nuevo comenzaba en su interior y deseaban profundamente sentirse transformados y distintos. Era la vida de Dios que nacía en sus corazones. Ponían fe también en las palabras de Jesús; se suscitaba su esperanza, y se despertaba aún más la fe escuchando a Jesús. Y escuchando a Jesús se llenaban de vida nueva, la vida nueva de la gracia, la vida nueva del Espíritu que nos inunda para hacernos hijos de Dios.

Pero no era suficiente solamente reconocer la autoridad con que hablaba Jesús o la sabiduría de sus palabras. Muchas veces la gentes prorrumpirán en alabanzas en torno a su Jesús y su mensaje, pero algunos se quedaban sólo ahí. Estaba bien reconocer la vida que se trasmitía con aquella Palabra de Jesús, pero esa vida era como una semilla que había de plantarse en el corazón y cuidar la planta que surgiera para que llegara a dar fruto. No nos podemos quedar en alabanzas y bendiciones por lo bien que habla o por las palabras bonitas que dice.

Pero es que Jesús va directo al grano. Sabiendo lo que puede pasar ya les previene. No basta decir ‘¡Señor, Señor!’. No nos vale decir es que nosotros estábamos allí cuando Jesús pronunció estas palabras o vimos los milagros que hacía, ni siquiera que lleguemos a hacerlos nosotros. Es necesario algo más. ‘No todo el que me dice  “Señor, Señor” entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre del cielo’. La semilla que se planta es necesario que crezca y llegue a dar fruto. 

Y Jesús nos habla del hombre prudente que edifica su casa sobre roca. No temerá los malos tiempos, porque tiene bien fundamentada la casa. Quizá le costó mayor esfuerzo construirla para darle la debida fundamentación, pero el fruto es claro y palpable, Nada podrá echarla abajo. Mientras que aquel que quizá le costó menos, porque simplemente construyó sobre la arena del piso, pronto la verá derrumbarse al menor temporal. 

Así nosotros, hemos de saber fundamentar bien nuestra vida. La Palabra del Señor es esa roca firme y segura sobre la que fundamentar nuestra vida. Por eso hemos de saber escuchar la Palabra de Dios; escucharla y plantarla bien en nuestro corazón; escucharla y llevarla a la práctica de nuestra vida; escucharla y realizar luego lo que esa Palabra me va pidiendo. 

Tenemos un ejemplo y un modelo bien hermoso en María. La que acogió y plantó la Palabra de Dios en su corazón. Conocemos aquel momento en que una mujer grita en alabanzas a María porque tuvo la dicha de llevar en su seno a Jesús, el Hijo de Dios. Y la alabanza de Jesús dice que María supo plantar la Palabra de Dios en su vida y llevarla a la práctica. María abrió su corazón a Dios y dejó que Dios actuara en ella; María supo decir Sí a Dios y el Espíritu Santo la cubrió con su sombra y de ella nacería el Hijo de Dios. 

Aprendamos a abrir nuestro corazon a Dios; aprendamos a decir Sí como María; aprendamos a dejar que la Palabra de Dios se siembre en nuestra vida y que la gracia del Espíritu del Señor riegue esa planta nueva que nace en nuestro corazón para que lleguemos a dar fruto. Dejemos a actuar al Espíritu divino en nuestra vida. 

miércoles, 27 de junio de 2012


¿Habremos perdido nosotros también el libro de la Palabra del Señor?
2Reyes, 22, 8-13; 23, 1-3; Sal. 118; Mt. 7, 15-20

Un relato hermoso el que hemos escuchado en la lectura del libro de los Reyes.  El camino del pueblo de Israel, como en nuestro camino nos sucede también tantas veces, estaba lleno de altos y bajos, momentos de fervor y de fidelidad a la Alianza, pero momento también de decaimiento, de enfriamiento espiritual y de debilidades. Nos sucede mucho a pesar de que decimos que queremos ser fieles y permanecer unidos al Señor.

Ahora han encontrado de nuevo en el templo el libro de la ley del Señor. En momentos de su historia no solo habían tenido reyes y dirigentes muy llenos de maldad en su corazón  - hemos escuchado algunos relatos – sino que incluso habían querido en ocasiones introducir el culto a los baales, a los falsos dioses. Los profetas, como Elías y Eliseo de los que hemos oído hablar recientemente, habían luchado contra todo ello, tratando de mantener la fidelidad a la Alianza y al Señor. 

Este momento que nos relata hoy el texto sagrado es uno de esos momentos de restauración en la historia del pueblo de Israel y el rey Josías en ello había puesto mucho empeño. Ahora cuando le presentan el libro de la Ley y lo leen en su presencia se rasga las vestiduras en señal de duelo por las infidelidades cometidas por su pueblo. ‘El Señor estará enfurecido contra nosotros porque nuestros padres no obedecieron los mandamientos de este libro, cumpliendo lo prescrito en él’.

Convoca al pueblo ‘habitantes de Jerusalén, sacerdotes, profetas, y todo el pueblo, chicos y grandes’, que se reúne para escuchar la lectura de la ley del Señor y ‘selló ante el Señor la Alianza, comprometiéndose a seguirle y cumplir sus preceptos, normas y mandatos, con todo el corazón y con toda el alma, cumpliendo las cláusulas de la Alianza escritas en aquel Libro’.

Es una renovación de la Alianza con el Señor. Es un volver su corazón de nuevo al Señor queriendo en verdad ser fieles. Nos manifiesta también el respeto y la alegría por el Libro de la Ley del Señor. Todo el pueblo se reúne a escuchar. Habrá otros momentos semejantes a través de la historia del pueblo de Israel. 

Creo que podemos encontrar muchas lecciones para nuestra vida. Nosotros tenemos la oportunidad cada día de celebrar la Nueva y Eterna Alianza cuando celebramos la Eucaristía. También escuchamos en nuestro corazón la Palabra del Señor y con ese mismo respeto y alegría hemos de acogerla también para encontrar a su luz esos caminos de fidelidad y de amor que nosotros hemos de vivir. Es la alegría, el amor, la acogida respetuosa que hemos de hacer siempre que se nos proclama la Palabra de Dios. Es acoger a Dios que nos habla y en su Palabra nos llena de vida, de gracia, de salvación.

Nosotros ya celebramos la nueva y definitiva Alianza en la Sangre de Cristo derramada en la Cruz. Es lo que hacemos, celebramos, vivimos en cada Eucaristía. Pero cada Eucaristía nos ha de recordar esos caminos de fidelidad en que hemos de vivir; cada Eucaristía ha de ser para nosotros un estímulo en nuestra flaqueza y debilidad, al tiempo que una fuente de gracia que nos ayude a vivir en ese nuevo amor que hemos aprendido en Cristo, en su amor y en su entrega.

Que nunca el mal se nos meta tan dentro en nuestra vida que olvidemos los caminos del Señor. Que no perdamos la Palabra de Dios como norte de nuestra vida. Qué presente ha de estar cada día entre nosotros. Y no sólo porque en la celebración la proclamemos solemnemente sino porque esté presente también en el libro de la Biblia o los Evangelio que tengamos a nuestro lado, en nuestros hogares, o allá por donde vayamos, como un vademécum que nos acompaña siempre. Que no sea un libro perdido entre libros en una biblioteca o un armario de nuestra casa, sino que esté cercano a nosotros dispuesto a que lo tomemos en nuestra mano en cualquier momento para acudir a su luz y a vida que nos guíe en nuestra vida.

martes, 26 de junio de 2012


Lo que nos enseña Jesús siempre nos conduce a la plenitud y a la dicha más honda
2Reyes, 19, 9-11.14-21.31-36; Sal. 47; Mt. 7, 6.12-14
Nos deja Jesús en estos breves versículos del sermón del monte como tres sentencias distintas, como principios para nuestra vida en el camino de su seguimiento. No parecen tener especial relación entre ellas, pues de alguna manera el evangelista al recopilar el mensaje de Jesús compendiándolo en el llamado sermón de la montaña va recogiendo esas diferentes sentencias, como decíamos, de gran valor para nuestra vida.
El respeto a lo sagrado, a lo santo, podíamos decir, que es la primera referencia. Con santo temor nos acercamos a Dios y a las cosas santas porque su nombre es santo y ante Dios y ante aquellas señales que El nos ha dejado de su presencia hemos de acudir con santo respeto. 
‘Santificado sea tu nombre’, decimos en el padrenuestro para pedir y expresar esa gloria que hemos de dar a Dios en todo momento. Y el nombre de Dios nunca, por supuesto, hemos de profanar. Creo que muchas conclusiones se podrían sacar que nos lleven a evitar esos lenguajes ordinarios que empleamos tantas veces en la vida, utilizando de manera irrespetuosa tantas veces las palabras que para nosotros los creyentes tienen un significado santo. Desgraciadamente nos respetamos poco en la vida, y en consecuencia mancillamos demasiadas veces el  nombre santo de Dios. 
Una segunda sentencia que nos deja el texto del evangelio de hoy viene a ser algo elemental en nuestro trato y convivencia mutua. Si eso tan elemental lo tuviéramos en cuenta mucho más en la vida, aprenderíamos a respetarnos, a tratarnos bien, y a buscar siempre lo bueno. Creo que es un paso importante para llegar luego a la profundidad que hemos de darle al amor fraterno y cristiano. En principio nos está diciendo que al menos tratemos a los demás como nos gustaría que ellos nos tratasen. 
‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten, en esto consiste la ley y los profetas’, nos dice Jesús. Partimos aún desde un interés meramente humano, porque sabemos que el verdadero amor fraterno y cristiano nos ha de llevar a un amor mucho más profundo aún, porque llegaremos a amar con un amor como el de Jesús. 
Y finalmente nos habla del camino del seguimiento de Jesús que es un camino de esfuerzo y de superación. Lo que nos dice Jesús no es querer ponernos dificultades para hacernos costoso y difícil el camino, pero sí hemos de comprender que cuando emprendemos un camino que tiene altas metas, significa también cuánto esfuerzo hemos de poner por nuestra parte. No es cuestión simplemente de dejarse llevar por lo que salga en la vida. Por eso nos dice Jesús que el camino es estrecho y angosto, porque el camino ancho del que se deja llevar solamente por sus apetitos le conduce a la perdición. 
Las metas que nos propone el Señor son siempre altas y grandes, pero también hemos de reconocer que no es un camino que hagamos solos. Con nosotros está siempre la gracia del Señor que nos ayuda a superarnos, a crecer espiritualmente, a darle la profundidad del amor verdadero a todo aquello que vamos haciendo en la vida. 
Pero siempre es un camino de dicha, de felicidad, de plenitud. Recordemos que precisamente comienza el sermón del monte hablándonos de esa dicha de los que le siguen y quieren vivir en su estilo de vida. ‘Dichosos, nos dice… de vosotros es el Reino de los cielos’. 
Tendremos el dolor en el alma de lo bueno y lo justo que buscamos que no siempre nos es fácil porque son muchas las tentaciones y las atracciones que recibimos para seguir otros caminos, incluso podemos ser perseguidos por la causa de la justicia o del Reino, pero en el Señor tenemos el consuelo, la paz, la fortaleza, la dicha de poder contemplar el rostro de Dios, de vivir en plenitud el Reino de Dios. 
Los limpios de corazón, los que trabajan de verdad por la paz encontrarán la paz y la dicha de Dios en su corazón, recordamos que nos decían las bienaventuranzas. Sigamos con prontitud el camino de Jesús que nos conduce siempre a la plenitud.

lunes, 25 de junio de 2012


Pongamos siempre el filtro del amor en nuestros ojos y en nuestro corazón
2Reyes, 17, 5-8.13-15.18; Sal. 59; Mt. 7, 1-5
‘¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?’ Así de sencillo. Así de real. Cuanto, sin embargo, nos cuesta mirarnos a nosotros mismos y qué fáciles somos para mirar a los demás. 
No nos gusta que nos juzguen y sin embargo juzgamos nosotros a los demás. No soportamos ni la más mínima palabra que puedan decir de nosotros, pero que fáciles somos para hablar y para juzgar a los demás. Si supiéramos mantener la boca cerrada, cuántas cosas nos evitaríamos; si fuéramos capaces de mirar tras un cristal que está limpio, qué distintas veríamos las cosas de los demás. 
Hace unos días, en esas sentencias que nos ha dejado Jesús en el Sermón del monte, nos decía que ‘la lámpara del cuerpo es el ojo; si tu ojo está sano, tu cuerpo entero estará sano; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras; y si la luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!’
No lo comentamos entonces centrándonos quizá en otros aspectos, pero cuando hoy nos habla Jesús de evitar los juicios que hagamos a los otros, quizá nos viene bien recordar estas palabras de Jesús escuchadas anteriormente. ¿Por qué nuestros juicios y condenas? ¿Querremos justificarnos quizá nosotros de las cosas que no hacemos bien? O será que el cristal a través del cual miramos a los demás está sucio y por eso lo que vemos es suciedad en los demás y en consecuencia vienen nuestros juicios y condenas…
Escuchaba una anécdota hace unos días de un matrimonio que se había mudado de casa y en el paso de los días la mujer de la casa (así me lo contaron) mirando a través de la ventana de su casa veía a su vecina tender la ropa que había lavado para que se secase. Y la buena señora comenzó a comentarle a su marido que la vecina no era muy limpia porque tendía la ropa llena de manchas y suciedades. Hasta que un día el marido abrió la ventana y le hizo ver a su mujer que si veía la ropa de la vecina sucia era porque los cristales de la ventana estaban sucios y llenos de manchones, con lo que lo que veía no eran los manchones de la ropa de la vecina sino los manchones de sus cristales sucios. Si hubiera mirado primero el cristal de su ventana no hubiera juzgado a su vecina. Cuánto de eso nos pasa.
‘Si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará enfermo’. Si hay maldad en tu corazón y no tienes bien ordenadas las cosas de tu espíritu no sabrás ver en los demás sino defectos y fallos que no son otros que los que tu mismo llevas en tu corazón. ‘No juzguéis y no os juzgarán’, nos dice Jesús hoy. No andemos con juicios hacia los otros sin mirarnos primero bien a nosotros mismos para ordenar primero nuestro corazón. ‘Sácate primero la viga de tu ojo, entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano’, si es que tuviera alguna mota.
Qué bien nos viene cerrar la boca; qué bien nos viene limpiar los cristales de nuestros ojos. Pongamos siempre solamente el filtro del amor en nuestros ojos y en nuestro corazón y aprenderemos a comprender, a perdonar, a disculpar, a mirar con mirada limpia, a ver con ojos buenos y positivos cuanto hagan los demás, a alejar de nosotros todo juicio o prejuicio, toda murmuración o toda crítica corrosiva, a poner el aceite del amor en los engranajes de nuestra relación con los demás. No chirriarían tanto las ruedas de nuestra vida. Podríamos tener paz y serenidad en nuestro corazón.

domingo, 24 de junio de 2012


El Señor nos ha hecho una gran misericordia y nos felicitamos en el nacimiento de Juan
Is. 49, 1-6; Sal. 138; Hechos, 13, 22-26; Lc. 1, 57-80

‘Se enteraron los vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia y la felicitaban’. Todos se alegran con el nacimiento de aquel niño. Se manifestaba la misericordia del Señor. En aquella mujer, Isabel, a la que Dios le concedía ser madre. Se manifestaba la misericordia del Señor. Por la entrañable misericordia del Señor Dios visitaba a su pueblo. Necesariamente aquel niño había de llamarse Juan.

‘A los ocho días fueron a circuncidar al niño y querían llamarlo Zacarías, como su padre. Pero su madre dijo: no, se llamará Juan’; se llamará Juan porque en este niño se está manifestando el Dios siempre misericordioso. No podía tener otro  nombre. Estaba ya puesto en la misericordia de Dios que en él se manifestaba. ¿No se alegraban y felicitaban por el nacimiento de aquel niño porque Dios había hecho misericordia con aquella madre, porque se estaba manifestando la misericordia de Dios que visitaba a su pueblo?  Ese era el significado del nombre. En hebreo los nombres tenían un significado y venían a manifestar lo que Dios realizaba o iba a realizar en el niño a quien se le imponía aquel nombre. En hebreo Juan significa: Dios es misericordioso, Dios se ha apiadado. 

Lo iba a corroborar Zacarías cuando le preguntan. No puede hablar porque por desconfiar del ángel del Señor allá en el templo se había quedado mudo. ‘El pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre’. Pero se le soltará la lengua. Comenzará a cantar la alabanza del Señor. Dios ha visitado a su pueblo. Bendito sea el Señor Dios de Israel. Las promesas de Dios se cumplen. Todo lo anunciado por los profetas se está ya realizando. La misericordia del Señor se está derramando sobre su pueblo y nos llega la salvación.

Llega el que viene con el espíritu y el poder de Elías. Lo había dicho el ángel en su aparición en el templo. El niño que nace en las montañas de Judea está ya lleno del Espíritu del Señor. El ángel se lo había anunciado a su padre, y la visita de María a Isabel había hecho que el niño saltará de alegría en su seno, porque sentía ya allí en el seno de María al que venía a ser nuestro Salvador y Juan ya se llenaba de la gracia del Espíritu del Señor. ‘En cuanto tu saludo llego a mis oídos la criatura empezó a dar saltos de alegría en mi seno’, dirá Isabel. Fue santificado ya en el seno de su madre en la visita de María.

El Señor manifiesta su amor y misericordia por su pueblo y se acuerda de su santa Alianza. Llega el profeta del Altísimo que viene a preparar un pueblo bien dispuesto anunciando la salvación que llega; Dios se va a hacer presente en medio de su pueblo. ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y sombras de muerte’. El nacimiento de Juan se convierte en Buena Noticia para todo el pueblo porque nos anuncia la llegada de Jesús con su salvación. Es el Precursor, el que viene antes; es el que hace ya el último anuncio antes de su llegada.

Nos llenamos nosotros también de alegría y nos felicitamos en el nacimiento de Juan el Bautista. Hoy es una fiesta grande para nosotros los cristianos y por todas partes se honra al Bautista, al Precursor del Señor recordando y celebrando su nacimiento. Es una fiesta muy especial la que hoy estamos celebrando. Fijémonos que en la liturgia prevalece este año sobre la celebración del domingo.

Popularmente esta fiesta del nacimiento de Juan está muy llena de ritos y de costumbres ancestrales en torno a estos días llenos de luz que la naturaleza nos ofrece en este solsticio de verano. Estos días en que en nuestro hemisferio luce el sol con un especial resplandor y son más las horas de luz cada día nos sirven para recordarnos lo que Juan venía a recordar y anunciar. El que celebremos la fiesta del nacimiento de Juan en estos días tiene su razón de ser, porque lo que la misma naturaleza nos ofrece es como una parábola que nos acerca al mensaje cristiano. 

‘Surgió un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan para dar testimonio de la luz’, nos dice el principio del evangelio de Juan. Pero nos sigue diciendo: ‘No era él la luz, pero sí el testigo de la luz’; era el que venía a dar paso a quien en verdad iba a iluminarnos arrancando de nosotros toda tiniebla y toda sombra de pecado y de muerte. ‘La Palabra era la luz verdadera que con su venida ilumina a todo hombre’. Jesús era esa luz anunciada por Juan de la que él era testigo. El nacimiento de Juan es ya anuncio inmediato del Sol que nace de lo alto. Todo esto tiene que ser bien significativo para nuestra celebración y para nuestra vida.

Por eso el anuncio principal que luego Juan hará allá en el desierto es la invitación a la penitencia y a la purificación para estar bien preparados para recibir la Salvación que llegaba en Jesús. Es el mensaje que también nosotros hemos de escuchar en esta fiesta contemplando al que señalaba al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 

Normalmente en las imágenes que nos representan al bautista, o le contemplamos junto al Jordán bautizando a cuantos a él acudían para preparar los caminos del Señor, o lo contemplamos señalando al Cordero de Dios que simbólicamente lleva en su mano para que nos dirijamos a Jesús, verdadero Cordero de Dios, que se iba a inmolar por nuestra salvación. Sería lo que Juan señalaría a sus discípulos al paso de Jesús para que se fueran con El y en El reconocieran al Mesías Salvador.

Es el mensaje que hemos de recibir hoy cuando celebramos esta fiesta de san Juan Bautista. Siempre nos señala a Jesús a quien tenemos que dirigir nuestra mirada y nuestro corazón; siempre nos indica los caminos que hemos de seguir para llegar a ese encuentro con la salvación. Aunque estemos hoy haciendo fiesta no podemos cerrar los oídos a la invitación que nos hace para que convirtamos al Señor nuestros corazones, para que dirijamos nuestros pasos, enderecemos nuestros caminos para llegar hasta Jesús. 

La alegría de la fiesta no será verdadera alegría si no es una alegría que nace de un corazón que se deja transformar por la Palabra de Dios que escuchamos. Alegría honda sentimos en nuestro corazón siguiendo los caminos del Señor, encontrando en El la salvación y el sentido último  de nuestra vida.

La celebración de los santos siempre nos tiene que estimular en nuestra vida y en nuestro compromiso cristiano. Como Juan nosotros también tenemos que ser testigos de la luz que anunciemos a través de nuestra vida, de nuestras obras al que es la verdadera Luz del mundo. Como Juan hemos de ser unos testigos que señalemos a Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, para que todos vengan a su encuentro. 

Como Juan hemos de ser testigos del evangelio, comprometidos en la tarea inmensa de la nueva evangelización, de ese nuevo anuncio del Evangelio para nuestro mundo que consciente o inconscientemente ha dado la espalda al Evangelio de Jesús. Nuestra vida ha de hacer creíble el evangelio para el mundo que nos rodea; nuestro testimonio tiene que ser claro y luminoso para que como Juan ayudemos a preparar un pueblo bien dispuesto; la santidad de nuestra vida tiene que convertirse en un anuncio de Jesús.

‘He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’, tenemos que seguir nosotros anunciando. 

sábado, 23 de junio de 2012


El amor providente de Dios hace que podamos vivir cada día en paz
2Crón. 24, 17-25; Sal. Sal. 88; Mt. 6, 24-34

En la vida en muchas ocasiones pretendemos, como suele decirse, nadar entre dos aguas; no tomamos partido claramente por algo y no es necesariamente porque no sepamos siempre lo que tenemos que hacer, sino por indecisión, por cobardía y podríamos decir que hasta en ocasiones por maldad, porque pretendemos aprovecharnos de un lado y de otro, arrimando el ascua a nuestra sardina según nos convenga. 
Claro que un corazón así anda dividido y hasta en el plano psicológico y de madurez humana una persona así deja mucho que desear. Pero esa inmadurez, indecisión, cobardía y maldad, se manifiesta muchas veces en nuestro ser de cristianos no siendo consecuentes con nuestra fe y los principios que de ella se derivan para nuestro vivir. Lo malo sería que hasta nos creyéramos que hacemos bien y que somos más listos o sagaces que los demás. Ya nos dice Jesús en una ocasión que los hijos de este mundo son más sagaces que los hijos de la luz. 

De entrada hoy en las palabras de Jesús está la radicalidad de lo que significa ser cristiano y seguir su camino. Esa postura de nadar entre dos aguas está bien lejana de lo que sería el espíritu del evangelio y el sentido cristiano. ‘Nadie puede estar al servicio de dos amos’, nos dice Jesús. Y apunta claramente a un tema concreto siguiendo con la postura de desprendimiento y de confianza en Dios de la que nos venía hablando. ‘No podéis servir a Dios y al dinero’. Recordemos que nos había dicho que donde estuviera nuestro tesoro estaría nuestro corazón. 

Y es que si Dios es el único Señor de nuestra vida en El hemos de poner toda nuestra confianza y nuestra vida ha de estar en sus manos. No podemos pretender buscar otros apoyos y otras seguridades, porque nuestro apoyo total hemos de ponerlo en Dios. Nos está invitando Jesús a poner nuestra confianza en la providencia de Dios que es un Padre amoroso que nos ama y cuida de nosotros. 

La confianza que ponemos en Dios y en su providencia no nos exime del cumplimiento de nuestras responsabilidades, del trabajo de cada día y de la búsqueda del bien, de lo bueno, de la justicia. Poner la confianza en Dios no significa estar esperando el milagro fácil que me resuelva los problemas sin que yo haga nada. Es confiar en el Señor y confiar en la fuerza que El nos da; es confiar en el Señor para dejarme iluminar por su luz y sentir el impulso y la inspiración del Espíritu en cada momento de mi vida para saber cómo he de actuar, confiando que es el Padre bueno que no me abandona y no me dejará sin su gracia que me auxilia en todo momento. 

Decimos que confiar en Dios no es estar esperando ese milagro fácil que todo me lo resuelva, pero sí descubrir el milagro de la vida de cada día que Dios me da, que hace salir el sol para todos y nos va regalando con tantas cosas hermosas que de la naturaleza podemos recibir y aprovechar. Cuantos milagros de amor Dios va realizando continuamente en los pasos de mi vida; lo que necesito es tener esos ojos de fe para descubrir en todo eso que acontece en mi vida o alrededor la mano amorosa de Dios que ahí se nos manifiesta. 

Por eso la vida no la podemos vivir como un agobio, aunque tengamos que vivirla con seria responsabilidad. Sepamos vivir la vida de cada día con intensidad y aprovechemos cuanto de bueno en ella encontramos. Por tres veces hoy nos dice Jesús que no nos agobiemos. ‘A cada día le bastan sus disgustos’, nos termina diciendo Jesús. 

La fe que ponemos en el Señor, la confianza que tenemos en su providencia tiene que hacernos vivir en paz y serenidad cada momento de la vida, aunque algunas veces haya momentos que no sean fáciles. Pero Dios, Padre bueno, está ahí a nuestro lado. Cuida de los pájaros del cielo, de las flores del campo, ¿cómo no va a cuidar de nosotros a quienes ha querido hacernos sus hijos y a los que tanto ama?

El amor providente de Dios hará que cada día lo podamos vivir en paz.

viernes, 22 de junio de 2012


Los tesoros que no se corroen y que tienen trascendencia de vida eterna
2Reyes, 11, 1-4.9-18.20; Sal. 131; Mt. 6, 19-23

Escucharemos, más adelante, en una de las parábolas que Jesús compara al reino de los cielos con el letrado que es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo según conviene. 

Contemplar a Jesús, como lo vemos en el evangelio, sentado en medio de sus discípulos y aquella multitud que había venido de todas partes allá en el monte, enseñando y con su palabra ir repasando cada una de las situaciones de la vida donde El quiere darnos luz, es como ese letrado, como ese padre de familia que va enseñando pacientemente fijándose ahora en un aspecto, después en otro pero dejándonos como sentencias, principios de vida y de luz para las diversas situaciones de nuestra vida.

Nos ha hablado de las actitudes nuevas con que hemos de relacionarnos con los demás, hablándonos del amor del perdón; nos ha hablado de la autenticidad de la que hemos de rodear nuestra vida alejándonos de toda apariencia y vanidad; nos ha hablado de cuál ha de ser la manera de relacionarnos con el Señor, enseñándonos la mejor oración; ahora nos habla de los tesoros de nuestro corazón, pero de las ataduras y esclavitudes que hemos de evitar cuando convertirnos lo material en dios de nuestra vida.

¿Cuál es el verdadero tesoro de nuestra vida? Hablar de tesoros es hablar de cosas valiosas, pero fácilmente nos quedamos pensando en riquezas materiales porque la plata y el oro relumbran demasiado fuerte delante de nuestros ojos. Y que esto no era sólo en los tiempos de Jesús, sino que ahora seguimos teniendo las mismas tentaciones y peligros. Y esos brillos dorados hacen que fácilmente apeguemos nuestro corazón a ellos. Decimos que no, que a nosotros no nos pasa eso, pero seamos sinceros con nosotros mismos y analicemos de cuántas cosas materiales nos rodeamos de las que no queremos desprendernos, que nos parecería que si no las tuviéramos no seríamos felices de verdad.

‘Donde está tu tesoro, allí está tu corazón’, terminará diciéndonos Jesús. Por eso nos invita Jesús a mirar a lo alto, a no quedarnos en las cosas de ras de tierra; nos invita a levantar nuestros ojos para poner verdaderos ideales en nuestra vida, para que busquemos no las cosas caducas sino las que permanecerán para siempre; nos invita Jesús a guardar nuestro tesoro en el cielo donde no se pierden, ni se estropean, ni tienen el peligro de ser robadas. 

‘Amontonad tesoros en el cielo…’ nos dice. Llenemos nuestra vida de las cosas que nos hacen verdaderamente grandes; pongamos verdaderos valores por los que nos guiemos y con los que sepamos actuar en nuestra relación con los demás, en nuestra convivencia diaria, en todo lo que bueno que podamos hacer a los otros. 

Piensa por ejemplo que una cosa buena que hagas al otro, un detalle de acogida al otro, un servicio que le hayas prestado no va a ser olvidado. Y aunque humanamente seamos desagradecidos y podamos olvidar lo bueno que nos hayan hecho los otros, eso quedará ahí como un tesoro bien guardado que tendrá una trascendencia grande para tu vida, y para tu vida eterna. 

No nos va a preguntar el Señor al final de nuestra vida cuantos coches o cuantas casas teníamos, o con cuanta joyas nos adornamos, pero si nos va a preguntar, o mejor, El lo va a recordar - cuantas veces compartiste tu pan con el hambriento, cuantas veces acogiste al hermano que sufría a tu lado, o cuantas cosas buenas hiciste por el otro, cuando supiste ser compresivo y con generosidad perdonaste, - porque Jesús nos dirá que todo eso se lo hicimos a El. 

Esas obras de amor, esas cosas buenas que vamos haciendo en la vida, ese amor que vamos repartiendo, esa alegría y esa paz que vamos suscitando en los que sufren a nuestro lado serán ese tesoro bien guardado que nadie nos podrá arrebatar y nos abrirá las puertas del Reino de Dios por toda la eternidad.
Amontonemos tesoros en el cielo que enriquecerán de verdad nuestro corazón.

jueves, 21 de junio de 2012


Cuán grandes son los misterios que encierra la oración del Señor
Eclesiástico, 48, 1-15; Sal. 96; Mt. 6, 7-15
‘Cuando recéis no uséis muchas palabras como los paganos que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis’. 
Así ha comenzado Jesús a hablarnos de cómo ha de ser la oración de su discípulo. Realmente en versículos anteriores ya nos habla de la interioridad de nuestra oración, alejando de nosotros actitudes de apariencia y vanagloria. Hoy va a dejarnos un modelo de oración. Un modelo de oración en el que tenemos mucho que reflexionar y meditar, porque aún a los cristianos nos sigue pasando lo que ya anteriormente nos señala Jesús que hemos de evitar, las muchas palabras, las muchas repeticiones.
San Cipriano en su tratado sobre el padrenuestro – estos días los que hacemos la liturgia de las horas tenemos sus textos en el oficio de lectura – ya nos señala en su comienzo en lo primero que hemos de tener en cuenta cuando nos disponemos a la oración. ‘Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego, nos dice. Pensemos que estamos en la presencia de Dios’. Es la primera predisposición para que cuando vamos a invocar al Señor y llamarlo Padre, seamos en verdad conscientes de su presencia que nos llena y que nos invade totalmente, que nos hace rebosar de su Espíritu en nuestro espíritu.
‘¡Cuán importantes y cuán grandes son los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en la eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones…’ Nos dice más adelante san Cipriano. Hermosura y belleza de la oración. Sabiduría que nos ayuda a conocer a Dios porque nos acerca a Dios, nos llena de Dios.
Por eso nos dice a continuación ‘cuán grande es la benignidad del Señor, cuán abundante la riqueza de su condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando nos ponemos en su presencia para orar, lo llamemos con el nombre de Padre y seamos nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno de nosotros se hubiera atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si El no nos lo hubiese permitido. Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que El se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo por Padre’.
Qué hermoso si consideráramos bien todo esto cuando nos disponemos a rezar con la oración que Jesús nos enseñó. Seguro que la interiorizaríamos mucho más y no la rezaríamos nunca de una forma superficial. Es una oración para saborear. Y cuando saboreamos una cosa no nos la comemos así a la carrera sino que nos detenemos tomándole bien su sabor, deleitándonos en la riqueza de sus sabores. Así tenemos que deleitarnos en el espíritu cuando rezamos el padrenuestro.
Mucho tendríamos que meditar y reflexionar todo esto. Rezar la oración que Jesús nos enseñó, orar a la manera como Jesús nos enseñó nos compromete muy fuertemente. Porque no es decir palabras; hay que comenzar por sentir siempre la presencia del Señor y caer bien en la cuenta de que estamos hablando con Dios, y que además a través de esas mismas palabras allá en nuestro interior nos está hablando también a nosotros. 
Por eso hemos de estar atentos a su voz, para que haya en verdad ese diálogo de amor que tiene que ser siempre nuestra oración con el Señor. No vamos simplemente a despachar con El, como quien va ante alguien poderoso al que le vamos a presentar una lista de peticiones; vamos a encontrarnos con el Dios que nos ama porque es nuestro Padre y vamos a disfrutar de su presencia, aunque muchas veces hasta nos quedemos en silencio ante El.
Muchas más cosas podríamos entresacar de las enseñanzas de san Cipriano sobre la oración del padrenuestro; ya tendremos ocasión de recoger más cosas de sus enseñanzas para que en verdad vayamos creciendo en nuestra oración, en nuestro conocimiento de Dios y en nuestra espiritualidad, que bien que lo necesitamos.

miércoles, 20 de junio de 2012


Tu Padre que ve en lo escondido te recompensará
2Reyes, 2, 1.6-14; Sal. 30; Mt. 6, 1-6.16-18
‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres… tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará… tu Padre, que está en lo escondido… que ve en lo escondido, te recompensará’. 
¿Qué buscamos? ¿nuestra gloria o la gloria de Dios? Mira cómo somos los hombres que nos dejamos consentir por la vanidad; halagos, reconocimientos, alabanzas humanas, orlas y títulos… cuánto nos halagan, cómo hacen resurgir la vanidad en el corazón, cómo se nos cae la baba, por decirlo de una forma vulgar. 
Es cierto que necesitamos estímulos humanos y una palabra dicha a tiempo quizá nos estimule en nuestro esfuerzo por el crecimiento personal y para el desarrollo de todas nuestras cualidades y valores. Pero no puede ser lo única, la única razón por la que hagamos el bien o desarrollemos todas nuestras capacidades en bien de los demás, en bien de esa sociedad en la que vivimos y a la que todos hemos de contribuir para mejorar cada día más, en bien de esa comunidad de la que participamos y que entre todos hemos de hacer crecer. Pero no son las glorias humanas las que hemos de buscar. 
Jesús nos habla en el evangelio hoy haciendo referencia a un conjunto de acciones en el orden de la religión y de nuestra relación con Dios como puede ser la oración, el ayuno y la limosna. Quiere salir Jesús al paso de unas actitudes que se ven habitualmente en algunos sectores de la sociedad judía, como podía ser el grupo de los fariseos que eran cumplidores estrictos de lo que mandaba la ley de Moisés, pero que hacían alarde delante de los demás de sus cumplimientos, desvalorizando todo lo bueno que podrían realizar.
La tentación entonces como la tentación hoy de la ostentación, de la vanagloria y de la vanidad. Oraban delante de todos para que todos los vieran, hacían ruidos con sus monedas cuando las echaban al cepillo de tal manera que sonaban como campanillas que llamaba a la gente, para que vieran que eran generosos; ponían cara de circunstancias cuando ayunaban para que dijeran de ellos lo bueno que eran y la gente se deshiciera en alabanzas hacia ellos. Pero no son las actitudes buenas. 
De ahí las recomendaciones del Señor. De nada nos vale la ostentación externa, si en el interior no llevamos nada, porque hacemos las cosas solo por aparentar. Hazlo en lo escondido, en lo secreto sin que nadie se entere, porque lo importante es el culto y la gloria que des al Señor, lo que seas capaz de compartir generosamente con los demás o el sacrificio que puedas ofrecer a Dios siempre para su gloria.
En otro momento del evangelio Jesús nos dirá que las gentes vean vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo; pero lo importante es que el ejemplo que nosotros podamos dar no es buscando nuestra gloria sino que todos lleguen a dar de verdad gloria a nuestro Padre celestial. Porque tenemos que iluminar no para nuestra gloria sino para la gloria de Dios; mostramos las cosas buenas que hagamos para que los demás se sientan estimulados a realizar esas buenas obras dando gloria al Señor. 
Y damos gracias a Dios porque el Señor nos haya dado un corazón grande capaz de hacer muchas obras buenas. Reconocemos así la acción de Dios en nosotros, como hijo María cuando el ángel vino a ella y cuando entonó el cántico del Magnificat. ‘El Señor ha hecho en mí obras grandes…’ el Señor a través de mi vida, pobre, pequeña, sencilla, humilde quiere seguir haciendo obras grandes para su gloria, y para que todos reconozcan las maravillas que hace el Señor y que se vale de nuestra pequeñez. Pero sepamos también nosotros reconocer las maravillas que el Señor hace en los demás y a través de los demás, reconociendo sus obras buenas y estimulando con nuestras palabras y nuestras buenas actitudes que todos sean capaces de poner en servicio todos sus valores y cualidades.
¡Bendito sea el nombre del Señor! Sabemos que el premio lo tenemos en el Señor. Pero nosotros lo hacemos por el amor del Señor, para la gloria del Señor. 

martes, 19 de junio de 2012


Una motivación grande para nuestro amor a todos, somos hijos del Padre del cielo
1Reyes, 21, 17-29; Sal. 50; Mt. 5, 43-48
‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo… por tanto sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto…’
Es necesario tener motivaciones profundas para poder vivir con intensidad. No se trata simplemente de cumplir porque haya que cumplir o porque esté mandado, sino encontrar esa razón profunda que vamos a descubrir en el amor que el Señor nos tiene. Sentirnos hijos amados de Dios puede ser, tiene que ser esa motivación profunda para vivir nosotros en el amor; amor no solo con el que respondemos a Dios amándole sobre todas las cosas, sino amor que hemos de tener a todos tal como nos pide Jesús.
Hoy nos habla Jesús del amor que hemos de tener incluso a aquellos que podríamos considerar nuestros enemigos; amor que nos llevaría a hacerles el bien y hasta a rezar por ellos. ¿Cómo no lo vamos a hacer si nosotros nos sentimos amados profundamente por Dios del que nos consideramos sus hijos? Y es que nos dice Jesús que cuando lleguemos a amar a los que nos hayan hecho mal, haciéndoles el bien y rezando por ellos, estaremos comportándonos como verdaderos hijos de Dios., ‘Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo’. 
Nosotros nos hacemos nuestras distinciones y decimos unos son buenos, otros son malos; nos parece que con los buenos sería justo que nosotros fuéramos buenos. Pero nos dice Jesús, es que ‘Dios Padre hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’. Es que Dios nos ama a todos a pesar de que seamos malos e injustos; y nos protege, y nos ayuda, y nos da continuamente su gracia. ¿Vamos nosotros a enmendarle la plana a Dios?
Y además nos dice que si amamos sólo a los que nos aman, ¿qué mérito tenemos? Eso lo hace cualquiera. Y, como hemos repetido mucho estos días, en algo tenemos que diferenciarnos nosotros. Y el amor es nuestro distintivo; un amor a todos, que es capaz de perdonar, de hacer el bien a quien te haya hecho mal y hasta de rezar por aquellos que nos hayan hecho mal.
Muchas veces lo hemos reflexionado. Es algo que cuesta mucho esto que nos está pidiendo Jesús, perdonar, hacer el bien a quien te haya hecho mal. Y además nos dice: ‘rezad por los que os persiguen y calumnian’. Cuando seamos capaces de rezar por esas personas estarás dando un paso muy importante para amar a esas personas. Eso mostrará la generosidad de tu corazón, la verdadera grandeza que hay dentro de ti. Rezo por el otro simplemente poniéndolo en las manos del Señor, sintiendo esa generosidad del amor en mi corazón y yo me sentiré más en paz conmigo mismo.
Y es como recordábamos al principio, la meta que Jesús nos propone es bien alta, bien grande, porque se trata de querer parecernos a Dios. Es con el amor de Dios con el que queremos amar. Es mirando hacia arriba porque queremos levantarnos de nuestros raquitismos y miserias como queremos superarnos, crecer espiritualmente. Por eso nos dice Jesús: ‘por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’. ¿Una meta imposible de alcanzar? Es el camino de santidad que un cristiano quiere recorrer. 
Lo podremos realizar porque contamos con la gracia del Señor, con su ayuda, con su presencia. A sentir su presencia y a llenarnos de su gracia venimos cada día a la Eucaristía; a dejarnos iluminar por su Palabra que es la que nos va trazando metas, nos va descubriendo todo el misterio de Dios, nos va haciendo conocer sus caminos. Por eso oramos con insistencia, con humildad y con confianza, comemos a Cristo en la Eucaristía para así llenarnos de su vida y de su gracia. Quien come a Cristo en la Eucaristía no puede menos que aspirar a esa santidad que Jesús nos propone como meta; quien come a Cristo en la Eucaristía está llenándose de su amor para amar con ese amor a los demás.  

lunes, 18 de junio de 2012


Qué hermosa vestidura para nuestra vida es la mansedumbre, la paciencia, la humildad
1Reyes, 21, 1-6; Sal. 5; Mt. 5, 38-42
Si hacemos como hacen todos ¿qué mérito tenemos? ¿en que nos diferenciamos entonces por ser cristianos? Creo que este pensamiento es bueno que nos lo repitamos, porque tenemos la tendencia a decir que hacemos como todos. Nos lo hemos repetido en estos últimos días en la escucha del Evangelio. Y ser cristiano no es ser como todos,  no es hacer como todos. Ser cristiano implica una aceptación de Jesús, de su mensaje, de su evangelio, de la vida nueva que Cristo quiere ofrecernos. Es bueno que  nos lo repitamos.
Lo que nos está planteando hoy el evangelio tiene sus exigencias. Y es que no podemos responder con las mismas actitudes y posturas que actúan los demás cuando nos decimos seguidores de Jesús y nos decimos que hemos optado por el camino del amor, por el estilo del amor cuando nos decimos seguidores de Jesús. 
Quien ama de verdad y se ha puesto como meta e ideal de su vida un amor como el de Jesús – así tiene que ser siempre el amor del cristiano – habrá desterrado de su vida toda violencia y todo sentimiento de venganza; la respuesta que el cristiano tiene que dar siempre es la respuesta del amor. Quien ama, comprende, acepta, perdona, ayuda generosamente, comparte sin medida, hace siempre el bien como verdadera meta e ideal de su vida.
De eso nos habla Jesús en el evangelio. Estamos estos días escuchando el llamado sermón del monte, que viene a ser en el evangelio de mateo todo un compendio de lo que es la ley del amor, el estilo y manera de vivir de quien se dice seguidor de Jesús. 
Cita Jesús la llamada ley del talión – ‘ojo por ojo y diente por diente’ – que ya en cierto modo era un avance y un poner límites a la venganza que pueda surgir en el corazón del hombre cuando le hacen mal; según la ley del talión no podrá excederse en su respuesta a lo que le hayan hecho, por eso dice ‘ojo por ojo y diente por diente’. 
Pero el planteamiento de Jesús va más allá de lo que pudiera considerarse una ley de justicia humana, porque el planteamiento de Jesús va por los caminos del amor; y en ese camino no cabe nunca la venganza. Por eso al mal que me puedan hacer siempre he de responder con el bien. Muy plásticamente nos lo dice Jesús con aquello de ‘si uno te obefetea en la mejilla, preséntale la otra’. 
Nos quedamos muchas veces en las palabras y parece que tendríamos que dejarnos pegar cuando nos hacen daño; lo que realmente nos está diciendo Jesús es que nuestra respuesta ha de ser la del amor, nunca la de la violencia. No nos podemos poner en el mismo nivel de odio y de violencia de quien nos pueda herir o hacer daño. Esa es la paradoja del cristiano que nos obliga a hacer el bien a quien nos haya podido hacer el mal.
Eso tiene una práctica muy concreta y real en el día a día de nuestra convivencia, donde nunca nos queremos quedar por debajo y pareciera que nuestro grito tiene que estar por encima del grito de los demás. ¡Qué hermosa es la mansedumbre, la paciencia, la humildad en nuestras respuestas, en nuestras actitudes, en nuestras palabras! Si supiéramos actuar así, cuánta paz sentiríamos en nuestro corazón y cuanta más reflejaríamos en la convivencia del día a día.
 Vayamos a Jesús que es manso y humilde de corazón, en El encontraremos nuestro descanso, nuestra fuerza, nuestra vida. Pidámosle al Señor que nos dé ese espíritu de humildad, que es un hermoso camino de amor. Actuando así seremos generosos en nuestro corazón, aprenderemos a compartir, seremos capaces de ayudar aunque no nos lo pidan; actuando así estaríamos sembrando hermosas semillas del Reino de los cielos. Son semillas que siempre darán hermosos frutos. Serán pequeños gestos, humildes acciones las que realizamos, pero estaremos alcanzando la grandeza del Reino de los cielos.

domingo, 17 de junio de 2012


Una pequeña semilla sembrada que germina, crece y da frutos

Retomamos los domingos del tiempo Ordinario, porque después de Pentecostés hemos celebrado el domingo de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, aunque el próximo tendremos la solemnidad de san Juan Bautista.
Vivimos en un mundo de eficacia al momento, en el que queremos de forma inmediata la solución de los problemas o el cumplimiento de nuestros deseos, y un poco nos vamos habituando a la espectacularidad de los avances de la ciencia, la rapidez de los acontecimientos o la instantaneidad de las comunicaciones con los medios modernos y los avances de la ciencia. Hemos hecho un mundo de prisas y en el fondo de carreras. 
Pudiera parecernos como un contrasentido, o nos puede resultar extraño, el mensaje que en este domingo recibimos. Nos habla de cosas pequeñas, de cosas que pudieran parecernos insignificantes y de una cierta como lentitud y humildad en lo que sucede. Nos habla de una pequeña semilla, tan pequeña como el grano de mostaza, o de cualquier otra semilla que se oculta en la tierra y a la que hay que dar tiempo para que pueda dar fruto; nos habla de una pequeña ramita cogida de un alto cedro pero que aparentemente parece que se seca y muere. Aunque todas esas pequeñas cosas darán pie luego a algo importante.
Y Jesús en el evangelio nos dice que así es el Reino de Dios, pequeño e insignificante a los ojos del mundo, pero de una fuerza de vida capaz de transformar los corazones y cambiar nuestra vida y también, ¿por qué no?, transformar nuestro mundo.
La transformación que la gracia de Dios realiza en nosotros y en nuestro mundo no es fruto de una revolución violenta e instantánea. Es cierto que el Señor nos pide una transformación radical de nuestra vida pero la gracia actúa en nosotros moviendo nuestro corazón y ayudándonos a dar esos pasos de transformación de nuestra vida, siguiendo el ritmo de Dios que respeta también nuestro ritmo personal. Será así, en ese camino de Dios, camino muchas veces humilde, callado y sencillo, donde vayamos realizando también esa transformación de nuestro mundo desde los valores del evangelio.
Habla de la semilla sembrada y que germina y va creciendo poco a poco, a su paso, para llegar finalmente a dar sus frutos. Así la gracia de Dios va llegando a nuestra vida por distintos caminos, desde pequeñas cosas quizá, en la Palabra que escuchamos, en la oración que hacemos al Señor, en algo que nos hace reflexionar desde una palabra buena que nos dicen, en los acontecimientos que nos van hablando y van siendo en nuestra vida señales de Dios que nos llama y nos va manifestando su amor. Y a ello vamos dando respuesta en el día a día de nuestro caminar con nuestra fe, con nuestras obras de amor, con nuestro compromiso apostólico y social, con ese crecimiento espiritual que hemos de ir realizando. 
La acción de Dios en nuestra vida y en nuestro mundo muchas veces es una acción callada, que se realiza en el silencio, pero ahí está ese actuar de Dios. Pero también está la responsabilidad de nuestra respuesta a esa gracia que el Señor nos da. Pero está también en que nosotros hemos de ser signos, señales para el mundo que nos rodea, tenemos que ser semillas que se vayan sembrando en nuestro mundo para ir haciendo esa transformación desde el sentido del Evangelio. 
Ya nos gustaría lograr de una vez esa transformación de nuestra sociedad, porque realmente tenemos en nosotros una luz, una fuerza, una vida que puede hacer que nuestro mundo sea mejor. Nos duele la lentitud en muchas ocasiones de la respuesta. De ahí la responsabilidad que tenemos. Pero hemos de tener la constancia necesaria para seguir haciendo ese anuncio, sembrar esa semilla con nuestra palabra y con nuestra vida; hemos de saber tener la paciencia y la esperanza de que esa transformación se pueda ir realizando. No es tarea que hacemos solos, sino que es acción de la gracia de Dios.
Podríamos recordar lo que se nos dice en otro lugar del evangelio con otras parábolas cuando se nos habla de la levadura en la masa. El evangelio es levadura para nuestro mundo, es levadura que tiene que transformar nuestro mundo. Y la levadura se diluye en medio de la masa de manera que incluso no se ve. Nosotros también tenemos una palabra que decir para bien de nuestra sociedad, aunque algunos no nos quieran escuchar. Pero eso no nos ha de hacer callar, ni mucho menos. 
Ahí tenemos que estar como ese pequeño grano, esa pequeña semilla que se siembra y que ha de ir dando fruto. Tengamos esperanza, tengamos confianza en la fuerza de la gracia de Dios. El Señor es el primer empeñado en que la luz del evangelio ilumine nuestro mundo y El nos dará su gracia, estará con nosotros. Somos sus manos y sus pies que hemos de ir repartiendo ese amor que transformará nuestro mundo. 
Bueno es que sepamos reconocer también la obra que calladamente hacen tantos cristianos, que está realizando la Iglesia. Y aunque nos parezca que no, o algunos no lo quieren reconocer, aunque sea una obra que no haga ruido sino en silencio, ahí está la obra de la Iglesia, como esa planta que ha crecido hasta hacerse grande como para que las aves del cielo vengan a ella a cobijarse y a poner sus nidos, como nos dice la parábola. 
Pensemos en estos momentos difíciles cuánta esperanza se siembra en nuestro a través de esa obra humanitaria y de justicia de dar de comer al hambriento como se realiza de tantas maneras a través de nuestras Cáritas parroquiales y de tantas personas que con generosidad se dan, comparten sus bienes, dedican su tiempo, se sacrifican por ayudar a los demás. 
Por mi mente está pasando el listado de tantas personas que conozco con sus nombres y que en muchos sitios, en muchas parroquias, en muchas Cáritas, en muchas instituciones están trabajando con ilusión, con ganas, con gran esfuerzo, con esperanza para hacer el bien. Es esa labor callada y silenciosa desde los pequeños detalles, como nos dice hoy el evangelio, que están haciendo presente el evangelio en nuestro mundo y que son semilla de su transformación. No serán cosas espectaculares como quizá nos gustaría, pero es la pequeña y fructuosa semilla que a su tiempo dará su fruto. El que haya personas así ya es fruto de esa semilla plantada. Son semillas de evangelio vivo.
Que seamos capaces de comprender y valorar esas cosas pequeñas que con la gracia de Dios no solo transforman nuestros corazones sino que van también transformando nuestro mundo. No perdamos la esperanza. Vivamos nuestro compromiso por el Reino de Dios.