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sábado, 21 de marzo de 2009

Misericordia, conocimiento de Dios frente a los holocaustos y sacrificios

Oseas, 6, 1-6
Sal. 50
Lc. 18, 9-14

`Porque quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’. Así nos dice el profeta Oseas. No son la ofrendas de cosas las que agradan a Dios. La búsqueda sincera de Dios. La escucha de Dios con sinceridad en nuestro corazón para conocerlo más y más. La misericordia que inunda nuestro corazón.
Este mensaje tan hermoso y consolador se expresa también admirablemente en la parábola del evangelio. Ya le hemos escuchado no hace mucho a Jesús que nos enseñaba que el amor al prójimo vale más que todos los sacrificios y holocaustos.
Nos lo expresa Jesús hoy con la parábola de dos hombres que suben al templo a orar. Buenas personas, tenemos que decir. El fariseo era hombre religioso y cumplidor. No faltaban sus oraciones y ayunos. No faltaban incluso sus limosnas y la entrega meticulosa de los diezmos al templo. Hacían gala de ello. No se presentaba con grandes pecados, porque no era ladrón, ni injusto, ni adúltero.
Pero, ¿era suficiente? ¿era eso lo que en verdad agradaba a Dios? ¿Bastaba con no tener unos grandes pecados para poder justificarse delante de Dios? Ya Jesús al proponernos en la parábola la figura del fariseo orante nos lo presenta de una manera especial. ‘Erguido, oraba así en su interior’. Esa postura, erguido, está definiendo una actitud. La contrapone Jesús con la del ‘pulicano, que se quedó atrás y no se atrevió a levantar la cabeza’. Podía ser un pecador. Así los llamaban, publicanos, pecadores. Pero se reconocía pecador.
Quien está lleno de sí mismo nunca podrá llenarse de Dios. Su ‘ego’ ocupa el lugar de Dios. Quien se compara y desprecia, se considera mejor o se pone erguido en un pedestal no entenderá nunca de misericordia, y no entenderá lo que es más preciado del corazón de Dios. Quien tiene esta manera de actuar ni conoce de verdad a Dios ni será capaz nunca de poner misericordia en el corazón. Pero esa dureza de espíritu quizá quiera compensarla con actos formales que parecen cumplidores, pero que en lo más hondo de sí mismos están vacíos de contenido y de sentido.
El que es humilde y sabe reconocer su pecado, la miseria de su corazón podrá sintonizar mejor con lo que es el amor y la misericordia de Dios. Experimentará en sí mismo lo que es el amor y misericordia de Dios, lo que le llevará a un conocimiento más vital y más experiencial de Dios. Va por el camino de lo que decía el profeta. La misericordia, el conocimiento de Dios, la búsqueda sincera de lo que es el corazón de Dios para por una parte refumigarnos y sentirnos acogidos en él y por otra aprender de El para tener esa misericordia para con los demás. ¡Cómo no vamos a amar, a tener misericordia con el otro si yo eso mismo he experimentado de parte de Dios!
Ya nos dice el evangelista antes de proponernos la parábola de Jesús que fue dicha ‘por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Por eso concluirá Jesús la parábola diciéndonos que aquel que se vació de sí mismo para sólo llenarse de la misericordia, del amor, de la gracia de Dios será el que en verdad se podrá sentir justificado por Dios. Pero el otro, el que se enaltece, el que se endiosa, va sentirse realmente humillado cuando sea Dios el que no lo escuche. 'Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido'.
`Porque quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’. Que sea eso de lo que de verdad llenemos nuestro corazón.

viernes, 20 de marzo de 2009

No valen los corazones partidos

Oseas, 14, 2-10
Sal.80
Mc. 12, 28-34


Espero que si nos preguntan cuál es el primer mandamiento sepamos responder. Aunque, como comprenderán, no se trata de responder sólo con palabras aprendidas de memoria sino más bien que presentemos el examen de la vida.
Lo solemos dar por supuesto. Suele suceder que cuando hacemos el examen de conciencia por este mandamiento acostumbramos a pasar muy deprisa, porque decimos con facilidad que sí amamos a Dios. Es cierto que si fallamos en cualquiera de los otros mandamientos tendríamos que darnos cuenta que lo que nos falla es ese amor a Dios intenso y que llene de verdad nuestra vida y sea el verdadero motor de todas las demás cosas que hacemos.
Pero aún así tendríamos que detenernos más para ver cuál es la intensidad con la que amamos a Dios y si de verdad es así de forma concreta en mi vida.
‘Uno de los letrados se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Era un letrado, un maestro de la ley del Señor, ¿querría comprobar quizá si lo que Jesús enseñaba se ajustaba a lo que decía al ley del Señor? Para poder ser maestro de la ley en Israel había que pasar, es cierto, por una serie de pruebas o exámenes o haber estudiado en alguna de las escuelas de la ley. Pero también sabemos que en muchas ocasiones las preguntas que le hacían a Jesús era para ver cómo podían cogerlo. Pero vamos a suponer en este caso la buena intención.
Jesús respondió con las palabras del libro del Deuteronomio que todo buen judío sabía de memoria y repetía cada día. ‘Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús añade algo más tomado del libro del Levítico: ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.
El letrado confirma, por así decirlo, las palabras de Jesús añadiendo al final que un amor así a Dios y al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. ‘Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es único y no hay otro más que El y hay que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.
De nada nos vale ofrecer holocaustos y sacrificios de cosas a Dios si no hacemos la ofrenda de nuestro corazón, de nuestro amor, pero todo entero, para Dios porque El es el único Señor.
No valen corazones partidos. Tiene que ser un amor con todo el corazón y eso es lo que tenemos que examinar en nuestra vida. No podemos andar a medias, con componendas, midiendo hasta aquí llego y de allí ya no puedo pasar porque considero que ya es suficiente con lo que hago. ¿Hasta donde llega nuestro amor?, nos preguntábamos hace unos días. Y es que la totalidad de nuestro amor, de todo el amor de nuestra vida será lo que sea el motor, lo que motive todo el amor que luego le tengamos a los demás, lo que motive todo lo que hagamos en la mayor y mejor rectitud y responsabilidad.
Por eso, como nos invitaba hoy el profeta Oseas, tenemos que convertirnos de verdad al Señor. ‘Israel, conviértete al Señor Dios tuyo…’ Dios lo es todo para nosotros y cuando estamos con Dios nuestra vida se vuelve un vergel. Bellas eran las imágenes que nos ofrecía el profeta.
Jesús le dijo al letrado ‘viendo que había hablado sensatamente, no estás lejos del Reino de Dios’. Que por un amor así nosotros no estemos lejos del Reino de Dios, sino que lo vivamos intensamente, porque El es nuestro único Dios y Señor.

jueves, 19 de marzo de 2009

Hombre justo y servidor fiel y prudente

2Samuel, 7, 4-5.12-14.16
Sal. 88
Rom. 4, 13.16-18.22
Mt. 1, 16.18-21.24

‘Hombre justo… y servidor fiel y prudente’, son las dos expresiones con las que la liturgia nos define a san José, a quien hoy con toda solemnidad estamos celebrando.
Ya el evangelista Mateo nos dice que José era un ‘hombre justo’, hombre bueno que no quiere nunca hacer daño; hombre de fe con una apertura admirable al misterio de Dios que se le manifestaba, aunque fuera en situaciones oscuras y misteriosas; señales en lo humano indescifrables e incomprensibles, pero con sus ojos de fe, su corazón de creyente en ellas supo descubrir la voluntad de Dios para su vida.
La situación de María ‘que esperaba un hijo, antes de vivir juntos…’, todos los acontecimientos acaecidos en torno al nacimiento de Jesús, los pastores de Belén que llegan con sus dones, los magos venidos de Oriente que misteriosamente aparecen para hacer ofrenda de preciosos dones, la crueldad de Herodes que les hace huir como unos exiliados hasta Egipto, fueron momentos difíciles para José que sólo con la fortaleza y la iluminación de la fe pudo superar y llegar a descubrir el misterio de Dios que en su entorno estaba sucediendo.
La firmeza de su fe, la apertura de su corazón a Dios, la justicia de su corazón le merecieron ser el servidor fiel y prudente que Dios quiso poner al lado de su Hijo hecho hombre y ocupara así un lugar tan importante en la historia de la salvación al aparecer como padre de Jesús. Como decimos en el prefacio ‘el servidor fiel y prudente que pusiste al frente de tu familia, para que, haciendo las veces de padre, cuidara a tu único hijo, concebido por obra del Espíritu Santo, Jesucristo, nuestro Señor’.
Hoy nosotros lo invocamos cuando celebramos su fiesta y lo tenemos como especial protector para toda la Iglesia. Nos gozamos con tu protección, lo invocamos con confianza, es para nosotros un motivo de alabanza al Señor, pero al mismo tiempo se convierte en un hermoso modelo y ejemplo en nuestro camino de fe, tan lleno muchas veces de momentos difíciles, de incomprensiones y hasta misterios que no comprendemos.
Muchas veces también para nosotros se nos hace oscuro el camino de nuestra vida cristiana. Desde las tentaciones que suscita el enemigo malo en nuestro interior que quieren hacernos dudar y tambalearnos en nuestra fe, en nuestra fidelidad al Señor, hasta los problemas que nos agobian en la vida, las dificultades que nos vamos encontrando en el diario vivir. Pero sabemos que Dios está ahí, que no nos faltará su ayuda y su gracia. Necesitamos dejarnos iluminar por esa luz maravillosa de la fe para descubrir en todo momento lo que es la voluntad de Dios para nuestra vida.
Tenemos que aprender de la fe de José, de su apertura de corazón y de su disponibilidad para Dios, de su silencio para rumiar en nuestro corazón todos esos aconteceres que nos vamos encontrando en la vida. Ojalá como san José podamos hacer esa lectura creyente de cuanto nos sucede para descubrir siempre lo que es la voluntad de Dios para nosotros en el hoy de cada día.
Necesitamos de ese saber interiorizar para tener esa hondura espiritual que nos haga descubrir el misterio de Dios. Hemos de aprender como san José a abandonarnos en las manos de Dios, porque sabemos que estando en las manos de Dios es como podemos sentirnos seguros a pesar de tantas debilidades como puedan haber en nuestra vida.
Es el mensaje que hoy recibimos del hombre justo y servidor fiel y prudente en lo que brilla tan esplendorosamente la santidad de san José.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia

Deut. 4, 1.5-9
Sal. 147
Mt. 5, 17-19


‘Ahora. Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño a cumplir, así viviréis… guardadlos y cumplidlos, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia, ante todos los pueblos…’
No todos quizá lo entienden de la misma manera. Algunas veces parecemos adolescentes rebeldes que siempre estaremos en oposición a todo lo que se nos diga y enseñe. Nos cuesta aceptar el consejo de alguien y muchos menos un mandato que se nos imponga. Nos creemos autosuficientes y pensamos que todo nos lo sabemos por nosotros mismos.
Sin embargo Moisés le dice al pueblo que guardar y cumplir los mandamientos que el Señor les da es ‘vuestra sabiduría y vuestra inteligencia…’ de manera que hasta los pueblos vecinos se admirarán por la sabiduría de los mandamientos que el Señor da a su pueblo.
Si entráramos un poco en razonamiento nos daríamos cuenta que el camino que Dios nos traza nunca irá contra el hombre, sino todo lo contrario. Es el camino que nos lleva a la mayor dignidad, al respeto de la persona, de toda persona, y si fuéramos capaces de dejarnos conducir por los mandamientos del Señor seríamos el pueblo más feliz del mundo. Sí, digo, el pueblo más feliz, porque nadie haría daño a nadie, nadie tendría que temer a nadie, y siempre estaríamos buscando lo más noble y lo más bello, lo que nos haría inmensamente felices. Cumplir los mandamientos del Señor nos lo facilitaría.
No pensemos que los mandamientos de Dios lo que pretendan es coartar nuestra libertad o imponernos cargas pesadas. Los mandamientos de Dios son el cauce, el camino que nos ha trazado el Señor para que, como decíamos antes, vivamos en el respeto a la mayor dignidad de toda persona. Por eso nos dice, ‘guardadlos y viviréis…’ Es camino que nos lleva a la vida y que nos conducirá a la vida más plena que podamos vivir cuando un día lleguemos a estar junto a Dios en el cielo.
Y como hemos escuchado a Jesús en el Evangelio en unos párrafos entresacados del Sermón del Monte Cristo viene a dar plenitud a ese mandamiento del Señor cuando todo nos lo resume y concentra en el mandamiento del amor. ‘No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas, no he venido a abolir sino a dar plenitud’.
Esa reacción negativa o adversa a todo lo signifique mandamiento de Dios o señalarnos o trazarnos un camino, sigue estando presente en el hombre de hoy. Sigue sucediendo que cuando la Iglesia proclama la verdad de la doctrina evangélica o cuando nos recuerda los principios inmutables de la moralidad humana y todo lo que defienda lo sacrosanto de la vida, siempre será rechazada, criticada, o incluso se le trata de desprestigiar. Cualquiera puede expresar su opinión o el sentido que tiene para él su vida, pero a la Iglesia no puede hablar, se le quiere quitar el derecho de hablar y presentar su doctrina y se le pretende hacer acallar.
Con la campaña que la Iglesia ha emprendido como defensa de la vida, precisamente en estos últimos días, parece como si todos pudieran hablar del aborto y expresar sus opiniones, pero la Iglesia no tiene derecho a presentar su doctrina y a defenderla ante la opinión pública. ‘Todos pueden decir lo que quieran, pero parece que la Iglesia no puede hablar’, me decía anoche mismo un joven comentando la campaña en contra de la Iglesia que se está orquestando desde diversos medios. Y ¿qué es lo que hace la Iglesia? Simplemente defender la vida, toda vida desde el primer momento de su concepción hasta la muerte natural. Y porque la vida es sagrada no se puede realizar la manipulación genética que se pretende hacer desechando y destruyendo esos embriones humanos que ya son vida humana.
Amemos los mandamientos del Señor. Tratemos de empaparnos profundamente de la ley del Señor para que sea la única norma de nuestra vida que nos llevará siempre a la mayor plenitud y felicidad. Que en esta Cuaresma, este camino cuaresmal que estamos haciendo, sintamos la fortaleza del Señor y la fuerza de su Espíritu para que en verdad en todo momento seamos fieles al mandamiento del Señor.

martes, 17 de marzo de 2009

El perdón cuestión de amor

Daniel 3, 25.34-43
Sal. 24
Mt. 18, 21-35


Pedro le pregunta a Jesús ‘si mi hermano me ofende,¿cuántas veces le tengo que perdonar?’ pero me van a permitir que la pregunta la haga de otra manera: ¿hasta dónde tengo que amar? De eso se trata de amar. Así lo entiendo yo. Si el perdón no fuera cuestión de amor, casi podríamos entender la segunda pregunta de Pedro – ‘¿hasta setenta veces siete?’ -, porque se trataría quizá sólo de cuestión de números, de cantidades.
¿Hasta dónde tengo que amar? Perdonar no es cuestión sólo de echar tierra encima y no recordar, como si aquella ofensa no hubiera sucedido. Ya eso por sí mismo resulta bien costoso. Una herida deja cicatriz. Curar la herida y borrar la cicatriz no es cosa que sea fácil realizar. Siempre que tropecemos con aquella cicatriz vamos a seguir recordando la herida que la causó y dejó su marca.
Creo que cuando Jesús nos está hablando de perdonar, nos está hablando de una de las características fundamentales del amor. Porque Jesús nos está diciendo que perdonemos porque amamos. Y el amor es su precepto fundamental.
Y ya sabemos que cuando se trata de amor y de amor cristiano, que es amor en el estilo de Cristo – por eso se llama cristiano – Jesús nos pone el listón bien alto, porque el modelo, la altura de ese amor es como El nos ha amado. ‘Amaos los unos a los otros, como yo os he amado’. Y ya sabemos hasta donde llegó el amor de Jesús.
Por eso, nuestro perdón, que es una manifestación de amor, tiene una característica bien definida y de mucha altura. Ya sabemos la respuesta que le dio Jesús en la cuestión de números o de veces que tenemos que perdonar. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Con lo que estaba diciéndonos cómo tener que perdonar siempre.
Pedro no lo entiende como, tenemos que reconocer, nosotros tampoco terminamos de entenderlo, y no sólo de entender sino de vivir. Ya sabemos cuanta inquietud surge en nuestro corazón cuando nos toca este tema, cuánto dolor porque decimos que no podemos perdonar, que nos cuesta, que es difícil.
Jesús nos propone la parábola, que conocemos muy bien, para recordarnos – y eso motiva también nuestra capacidad de perdón – que El nos ha perdonado a nosotros. Y cuántas veces nos ha perdonado, le hemos vuelto a ofender y El nos ha vuelto a perdonar.
Es algo que hemos de tener en cuenta, porque además cuando nos enseñó a orar, nos enseñó a decir ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…’ Le pedimos que nos perdona, le decimos que nosotros perdonamos y que por eso nos perdone, pero en la realidad de nuestro corazón, ¿seguimos sin perdonar?
Y bien, porque sea difícil y costoso ¿no lo vamos a intentar? Sabemos que cuando Jesús nos traza un camino no nos deja solos. El va con nosotros, delante de nosotros haciéndolo El primero, a nuestro lado. ¿Qué significa? Que El nos da su fuerza, su gracia, su Espíritu para que podamos realizarlo.
Seamos conscientes de que sólo por nosotros mismos, por nuestra voluntariedad, no lo podemos realizar. Necesitamos su fuerza y su gracia. Necesitamos de la oración para tener esa gracia del Señor.
Y no olvidemos que El nos dice que no sólo no odiemos a quien nos haya hecho daño o se considere nuestro enemigo, sino que recemos por él. Es lo que tenemos que hacer. Pienso que cuando somos capaces de rezar por alguien, y en este caso por alguien que nos haya podido hacer daño, ya hemos comenzado a amarle.
El perdón, entonces, cuestión de amor.

lunes, 16 de marzo de 2009

Descubramos el actuar de Dios en su sencillez

2Reyes, 5, 1-15
Sal. 41
Lc. 4, 24-30


Las acciones de Dios muchas veces nos desconciertan sobre todo cuando nosotros queremos pensar o imaginar cómo tiene que ser ese actuar de Dios.
Tendríamos que haber aprendido contemplando a Jesús en el evangelio. Mucho nos puede enseñar el evangelio en este aspecto que es bien distinto de lo que nosotros la mayoría de las veces pensamos o imaginamos.
Porque nosotros aún queremos comprar a Dios a base de la prepotencia de nuestras cosas, de las ofrendas que queramos presentarle, o decimos Dios tiene siempre que presentarse de forma espectacular en hechos maravillosos o misteriosos, o pensamos que nosotros tenemos más derechos que otros para que Dios actúe a favor nuestro.
Son distintas posturas o actitudes que aparecen en los personajes o la gente tanto en el texto del libro de los Reyes que hemos hoy escuchado, como de la gente de Nazaret, el pueblo de Jesús, en el evangelio.
Allá vendrá ‘Naamán, general del ejercito del rey de Siria’, con las recomendaciones de su rey – ‘ven que te voy a dar una carta para el rey de Israel’, le dice el rey -, o con el cargamento de plata, oro y ricas vestimentas, ‘Naamán se puso en camino llevando tres quintales de plata, seis mil monedas de oro y diez trajes’. Estaba también la pretensión de Naamán de que el profeta Eliseo saliera a su encuentro como si fuera un vasallo suyo y a través de signos portentosos lo curara de la lepra.
Como estaba también la actitud del pueblo de Nazaret que cuando Jesús les hace ver que no estén esperando milagros espectaculares – ‘en Israel había muchos leprosos y muchas viudas…’ -, terminan por querer arrojarlo por la montaña para despeñarlo. ‘Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba el pueblo, con intención de despeñarlo’.
El actuar de Dios es otro. Serán sencillos los signos, simplemente bañarse en el Jordán en esta ocasión - ‘ve a bañarte siete veces en el Jordán y quedarás limpio’, le dice el profeta – y no pide Dios ofrendas materiales ni de riquezas, sino la ofrenda de un corazón puro y humilde que sabe reconocer la presencia del Señor en las cosas más humildes y sencillas. Cuando Naamán a insistencia de sus criados accede a hacer lo que le pedía el profeta, llegará a reconocer la grandeza y el poder del Señor. ‘Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra sino el de Israel’.
¿Qué nos pide el Señor? ¿Qué le podemos ofrecer para mejor agradarle? La ofrenda humilde de la obediencia de la fe. Un corazón humilde que sabe tener ansia de Dios y que buscará siempre hacer lo que más le agrada al Señor.
Sepamos ver y reconocer ese actuar de Dios, calladamente muchas veces allá en lo hondo de nuestro corazón. Pero quizá para descubrirle tenemos que despojarnos de muchas cosas que pueden hacernos ruido e impedirnos conocer a Dios. El orgullo en nuestro corazón es muy ruidoso y no nos permitirá percibir ese murmullo de amor de Dios para con nosotros. Muchos apegos pueden haber en nuestra vida, que no dejen cabida a Dios en nosotros.
Dios en verdad quiere quitarnos muchas lepras que dañan nuestra vida. Pero quizá no terminamos de reconocer tantas lepras que enferman nuestra vida. Que el Señor nos ilumine para vernos en la realidad pecadora de lo que somos. Y que el Señor tienda su mano hacia nosotros para llenarnos de su salvación.

domingo, 15 de marzo de 2009

Subimos con Jesus a Jerusalén a celebrar la Pascua

Subimos con Jesús a Jerusalén a celebrar la Pascua
Ex. 20, 1-27: Sal-18; 1Cor. 1, 22-25; Jn. 2, 13-25
‘Se acercaba la fiesta de la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén’. Se acerca también la fiesta de Pascua y queremos subir con Jesús a Jerusalén. ¿Qué nos vamos a encontrar? ¿Cómo será esta Pascua? Creo que es una pregunta importante que hemos de hacernos. Para que lleguemos a celebrarla auténticamente. Para que sintamos el hoy de la salvación de Dios en nuestra vida.
Tendrá que ser un paso de Dios que nos salva. Eso fue la Pascua entonces y tiene que seguirlo siendo ahora. Cuando los judíos celebraban cada año la pascua estaban haciendo memoria de la Pascua que vivieron sus padres en Egipto cuando fueron liberados de la esclavitud. Fue el paso de Dios que los liberó, los sacó de Egipto para llevarlos a la tierra prometida. Y cada año lo revivían, lo celebraban, lo sentían presente en su vida.
Ahora será la Pascua, no ya como recuerdo de la salida de Egipto, sino como paso salvador de Dios por nuestra historia en Jesús, y en su muerte y resurrección. Y para nosotros no es solo un recuerdo sino un memorial porque sigue haciéndose presente en el hoy de nuestra vida ese paso salvador de Dios. Ya sabemos que cada vez que celebramos la Eucaristía hacemos memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor, de la Pascua del Señor. Por eso la celebración de esta Pascua tiene que ser para nosotros un paso de Dios que nos salva, nos purifica, nos llena de nueva vida en el hoy concreto de nuestra existencia.
Pero sigamos con el Evangelio. ‘Jesús subió a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados en sus mesas de cambio…’ Se encontró la casa de Dios convertida en un mercado y quiso purificarla. No es necesario repetir los detalles de cómo lo hizo. Pero algunos se resistieron pidiendo signos de autoridad para lo que hacía Jesús. ‘¿Qué signos nos muestras para obrar así?’
Una vez más piden signos, milagros, sabiduría. Recordamos lo que nos planteaba san Pablo hoy en su carta. ‘Los judíos exigen signos…’ No es la primera vez. En la otra ocasión Jesús les decía que ‘no les sería dado más signo que el de Jonás’. Recordamos el profeta enviado a Nínive que se resiste, embarca en otra dirección, la tempestad, arrojado al mar y tragado por el cetáceo que lo devuelve vivo a los tres días a la orilla de la playa. Jonás que finalmente con la debilidad de sus miedos sin embargo anuncia la Palabra de Dios a Nínive, que fue una palabra transformadora que los llevó a la conversión y evitar el castigo divino.
Ahora es otro signo el que les da, la destrucción del templo y su reedificación en tres días. ‘Destruid este templo y en tres días lo levantaré’. Sabemos las reacciones incrédulas de los judíos, aunque luego lo utilizaran como argumento para su condena ante el Sanedrín; pero ya el evangelista nos apunta que ‘hablaba del templo de su cuerpo… cuando resucitó de entre los muertos los discípulos se acordaron de lo que había dicho y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús’.
Pero hablar de su muerte como signo podría parecer poco convincente. Porque Jesús hablaba de la debilidad de su pasión y de su muerte, aunque hablaba también de la resurrección. Para nosotros es la gran señal, el gran signo, la gran prueba de quién era Jesús y de lo que nos ofrecía, su salvación. Como dirá san Pablo ‘los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado…’ Es nuestra señal, nuestra fuerza, nuestra sabiduría. Aunque muchos no lo entiendan. Será escándalo o locura para unos o para otros.
Es la Sabiduría de Dios que es la sabiduría del amor. Sabiduría de Dios, fuerza salvadora de Dios que se manifiesta en la entrega más sublime, porque es el amor más grande, porque es la entrega hasta la muerte. ‘No hay amor más grande que el de aquel que da la vida por el amado’, nos enseñaría Jesús no sólo con sus palabras sino con su misma vida, con su misma muerte.
Esa tiene que ser también nuestra sabiduría, nuestra fuerza, nuestra vida. Y esa es la Pascua que nosotros vamos a celebrar con Jesús. Jesús quiso purificar el templo para hacer un templo nuevo. ‘Hablaba del templo de su cuerpo…’ Cristo es el verdadero templo de Dios y Cristo es la ofrenda más grande y más hermosa que se podía presentar al Padre para nuestra salvación para nuestra redención. Esa fue la ofrenda de su Pascua, de quien había venido para cumplir la voluntad del Padre. ‘¡Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad!’ Y aunque sería dura la ofrenda y llegara a decir que ‘pase de mi este cáliz…’ también exclamaría ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’.
Así Cristo en su paso salvador por nuestra vida nos purifica para darnos a nosotros esa dignidad nueva que nos hace verdaderos templos de Dios, que nos llena de la vida divina y nos hace también hijos de Dios. Que se haga Pascua en nuestra vida. Que se realice ese paso salvador de Dios por nosotros. No temamos beber el cáliz de la pasión y de la muerte que nos purifica, porque con Cristo hemos de morir para con El resucitar; porque saldremos renovados como hombres nuevos, los hombres nuevos de la gracia y de la santidad de Dios.
Esta subida que estamos haciendo con Jesús a Jerusalén en el camino de la Cuaresma a eso tiene que prepararnos. Nos queremos dejar iluminar por su Palabra, conducir por su Espíritu, purificar con su gracia en los sacramentos que vamos recibiendo.

sábado, 14 de marzo de 2009

Un Dios compasivo que se complace en la misericordia

iq. 7, 14-15.18-20
Sal. 102
Lc. 15, 1-3.11-32


‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Fue la reacción de los fariseos y los letrados que murmuraban entre ellos porque ‘se acercaban a Jesús los publicanos y pecadores a escucharle’.
Pareciera que quisiéramos enmendarle la plana a Dios y como si nos gozáramos en un Dios vengativo y castigador. Muchas veces decimos es que ése es el Dios del Antiguo Testamento. Pero no es así. Hoy mismo hemos escuchado al profeta Miqueas que nos decía: ‘¿Qué Dios hay como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa de tu heredad?’
Pero es que en el salmo hemos dicho una y otra vez ‘el Señor es compasivo y misericordioso… el perdona todas tus culpas… te colma de gracia y de ternura… no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas…
En ese mismo sentido seguía la profecía de Miqueas: ‘No mantendrá por siempre la ira, pues se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse y extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos’. ¿Queremos un Dios más compasivo?
No tenemos que juzgar a nadie, para que el Señor no nos juzgue ni nos condene, pero ¿cómo es que a los fariseos les parece extraño o un contrasentido que hasta Jesús se acercaran los publicanos y pecadores a escucharle? ¿No habían seguido a paso a paso la vida de Jesús, visto sus obras y escuchado su mensaje? Si hubieran tenido ojos para ver, hubieran descubierto el rostro compasivo del Padre que se nos manifiesta en Jesús.
¿No fue Jesús el que perdonó a la mujer pecadora ‘sus muchos pecados porque había amado mucho’? ¿No fue Jesús el que cuando le trajeron a la mujer adúltera dijo que ‘el que no tenga pecado, que tire la primera piedra’? ¿No fue Jesús el que perdonó los pecados al paralítico que hicieron descender desde el techo en una camilla? Y el que fue a hospedarse en casa de Zaqueo y dijo que había llegado 'aquel día la salvación a aquella casa'; y el que en la cruz comienza perdonando y hasta disculpando a quienes le estaban clavando en la cruz, ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’.
Es el Jesús que hoy nos propone la más hermosa de las parábolas. La del padre que acoge con un abrazo al hijo que retorna a la casa después de haber vivido perdidamente y malgastado toda la fortuna que le repartió el padre, y hasta hace fiesta porque su hijo ha vuelto.
Todos conocemos bien la parábola, la hemos escuchado hoy proclamar y la hemos meditado muchas veces. Hemos hecho siempre mucho hincapié en la indignidad del hijo pecador que se marchó de la casa del padre, pero tenemos que contemplar sobre todo el rostro misericordioso de Dios que es Padre que acoge y que perdona, que nos viste de nuevo con el traje de la gracia y se llena de alegría honda con nuestra vuelta cuando venimos hasta El arrepentidos.
‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti’, tenemos nosotros que confesar tantas veces. Y nuestro pecado ha estado en no haber descubierto antes de verdad cómo Dios es nuestro Padre y nos ama, cómo nos regala tantas veces con su gracia y siempre nos está llamando para que volvamos a El. Nos hacemos oídos sordos, nos hacemos ciegos de corazón y no terminamos de ver y comprender todo lo que es el amor de Dios.
Que seamos capaces de descubrir y experimentar ese amor en nuestras vidas y así nos llenemos nosotros también de amor. Que llenos de amor y arrepentidos acudamos al abrazo del Padre. No temamos por mucho y grande que sea nuestro pecado porque tenemos un Dios que nos ama y nos perdona y arroja a lo hondo del mar todos nuestros delitos para olvidarlos para siempre. La sangre derramada de Cristo es la señal y la garantía. Es la alegría de Dios el perdonarnos y tendrá que ser también nuestra alegría.

viernes, 13 de marzo de 2009

Dios nos pide frutos a su historia de amor para con nosotros

Dios nos pide frutos a su historia de amor para con nosotros
Gén. 37, 3-4,12-13.17-28
Sal. 104
Mt. 21, 33-43.45.46

Si sembramos una semilla es porque queremos que nos dé fruto.
El agricultor echa la simiente en la tierra esperando obtener fruto en una abundante cosecha.
El padre o madre de familia trabaja y se preocupa en educar a su hijo para verlo crecer y madurar y el fruto lo tendrá en el hombre o mujer que ha criado y ha educado desarrollando mejor su propia personalidad.
El educador trabaja con los jóvenes o personas a su cargo forjando hombres y mujeres de futuro que contribuyan con su buen hacer en lograr en el mañana una sociedad mejor.
El que trabaja al frente de la sociedad en distintos cargos o responsabilidades públicas se sentirá satisfecho si logra sus objetivos y hace que todos sus conciudadanos tengan una vida mejor y haya una mayor justicia para la sociedad.
Así podemos ir pensando en todas y cada una de las facetas de la sociedad y de la vida humana, pero ¿olvidaremos acaso lo que Dios ha hecho por nosotros cuando nos ha creado y nos ha colocado en este mundo maravilloso que ha puesto además en nuestras manos y de tantas miles de maneras nos ha manifestado su amor?
La historia del hombre como la historia de la humanidad tiene en paralelo una historia de amor de Dios que llamamos historia de la salvación. Porque digamos en paralelo no es porque sea menor su importancia, cuanto que como creyentes que somos tendríamos que ver esa historia como la principal y fundamental de nuestra vida.
Sin embargo, tendríamos que preguntarnos, ¿lo tenemos en cuenta? ¿recordamos agradecidos ese actuar de Dios y su amor? ¿Damos los frutos que Dios nos pide?
La parábola escuchada es un reflejo fiel de esa historia de amor de Dios en nuestra vida y de los escasos frutos que damos, cuando no, de nuestra respuesta tantas veces negativa. ‘Había un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje’. Luego veremos como enviará a sus criados a recoger los frutos – podemos pensar en los profetas que venían de parte de Dios a estar con su pueblo – y finalmente envía a su hijo que también es rechazado. Claramente vemos la referencia a Jesús mismo, el Hijo de Dios, que morirá incluso por nuestros pecados.
Cuando escuchamos la parábola pensamos en la historia de Israel. Jesús retrata esa historia en la parábola, y precisamente la pronuncia teniendo muy en cuenta quienes eran sus primeros y principales oyentes. ‘Dijo Jesús a la multitud de los judíos y a los sumos sacerdotes esta parábola…’ Y precisamente ellos se dieron por aludidos y entendieron que Jesús hablaba por ellos. ‘Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba por ellos…’ Por eso, ‘aunque buscaban echarle mano, temieron a la gente que lo tenía por profeta’.
Pero dejaremos muy reducida la amplitud de la parábola si nos quedamos ahí, pensando en el pueblo judío de entonces, y no la aplicamos a nuestra vida concreta. Nos tiene que hacer reflexionar, revisar nuestra vida y nuestra respuesta de amor a todo lo que es el amor que Dios nos tiene. Tendríamos quizá que comenzar por hacer una lista de cosas concretas de nuestra historia personal donde vemos claramente ese amor que Dios nos tiene. Creo que si fuéramos más concientes de lo que es el amor de Dios en nuestra vida, nos sentiríamos más motivados a nuestra respuesta de amor, a dar esos frutos que el Señor nos pide.
Cuidado no nos sucede lo que nos dice Jesús al final de la parábola. ‘Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’.

jueves, 12 de marzo de 2009

No nos trates como merecen nuestros pecados


Daniel, 9, 4-10
Sal. 78
Lc. 6, 36-38


La oración que escuchamos al profeta Daniel, en la primera lectura de hoy, es la oración y súplica del hombre que se siente pecador. ‘’Llegue a tu presencia el gemido del cautivo: con tu mano poderosa salva a los condenados a muerte…’ como decíamos en el salmo.
Pero además de ser esa súplica personal del hombre pecador, es también la oración del pueblo pecador que así lo reconoce ante Dios y pide repetidamente perdón, porque se ha rebelado contra el Señor ha escogido caminos lejos de los caminos del Señor. ‘Nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y tus normas’.
Reconoce que no ha querido escuchar los mensajeros divinos que les querían hacer recapacitar para volver al buen camino. ‘No hemos querido escuchar a tus siervos, los profetas que en tu nombre hablaban… a todo el pueblo… nos hemos rebelado contra Dios y no hemos escuchado la voz del Señor, nuestro Dios, para seguir sus leyes…’
Por eso el pueblo siente el oprobio en su vida por haber alejado del Señor cometiendo iniquidad. ‘A nosotros la vergüenza en el rostro… a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres, porque hemos pecado contra ti’.
Pero el pueblo pecador, que al mismo tiempo es pueblo creyente, no deja de reconocer la bondad y la misericordia de Dios. ‘Al Señor nuestro Dios la piedad y el perdón’. Como pedíamos en el salmo ‘no recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres, que tu compasión nos alcance siempre’. Como tantas veces hemos repetido y reconocido ‘el Señor es compasivo y misericordioso’.
Jesús nos dirá que seamos compasivos, que no juzguemos nunca a los demás ni condenemos, sino que siempre seamos capaces de perdonar. ¿Por qué? Porque ‘vuestro Padre es compasivo’, y si queremos obtener misericordia y perdón, así nosotros hemos de comportarnos con los demás.
Estamos diciendo que esto tiene que ser un reconocimiento personal, una actitud personal en nuestra vida, pero es también el reconocimiento que, como pueblo de Dios, pueblo pecador y pueblo creyente, hemos de realizar.
Así lo expresa la Iglesia. Así nos lo enseña a realizar la liturgia en nuestras celebraciones. Nos reconocemos personalmente pecadores, pero como pueblo pecador solidariamente los unos con los otros acudimos al Señor invocando su misericordia y su perdón.
‘Yo confieso…’ decimos al reconocer nuestros pecados cuando comenzamos la celebración, pero también decimos una y otra vez a través de la celebración, ‘ten piedad de nosotros…’, ya sea en ese mismo acto penitencial como en el himno del gloria, y cuando invocamos al ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ repetidas veces en la celebración.
‘Yo no soy digno…’ decimos reconociéndonos pecadores antes de recibir la comunión, pero cuando le pedimos la paz y la unidad, le decimos que no mire nuestros pecados, porque somos un pueblo pecador sino que se fije en la fe su Iglesia. Así podríamos fijarnos en otros distintos momentos de la celebración de la Eucaristía.
‘No nos trates, Señor, como merecen nuestros pecados’, somos pecadores, somos un pueblo pecador.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Un abismo que hemos abierto con nuestro desamor


Jer. 17, 5-10; Sal. 1; Lc. 16, 19-31


Hay abismos que nos los ofrece la propia naturaleza en los profundos barrancos o en las altas montañas. Abismos de vértigo que se nos vuelven infranqueables o al menos de muy difícil acceso, pero que realmente no dependen de nosotros aunque siempre procuramos buscar un camino, un tránsito que nos haga pasar a la otra orilla.
Pero hay algunos abismos que nos creamos nosotros los hombres, donde ponemos distancias entre unos y otros que nos hacen difícil el encuentro, la comunicación, la relación, la amistad y el amor.
Son los abismos nacidos de los egoísmos humanos que nos llenan de ambición, o que nos hacen subirnos en pedestales que de una forma u otra nos distancian, nos apartan de los demás. Podemos estar físicamente cerca, pero por nuestras actitudes egoístas y orgullosas nos incomunican, nos cierran en nosotros mismos e impiden esa relación humana y amistosa. Todos tenemos experiencia de ello, ya porque tengamos que sufrirlo de los demás – qué curioso que siempre son los otros los que ponen distancias o se encierran en sí mismos, ¿será así de verdad? – o porque, reconozcámoslo somos nosotros tantas veces los que creamos esos abismos con los otros. A buen entendedor, pocas palabras bastan, dice el refrán.
Es la consideración que me hago ante la parábola del evangelio que hoy hemos escuchado. ‘Un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día’, nos dice la parábola. Pero ‘en su portal hay un mendigo llamado Lázaro, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del tico, pero nadie se lo daba…’
No es sólo una bonita parábola, que literariamente es también hermosa. Es un reflejo exacto de las distancias que en la vida ponemos entre unos y otros. Lo primero a lo que hace referencia es a la distancia y las diferencias que tenemos entre los ricos y los pobres, en la realidad de cada día de nuestro mundo. Es toda una denuncia de la injusta distribución de la riqueza en nuestro mundo cuando el Señor lo creó para ponerlo en las manos de todos los hombres, de todo hombre, no sólo de alguno.
Pero seguro que si seguimos reflexionando hondamente encontraremos mas referencias en esas actitudes egoístas e injustas que tenemos en nuestra relación de cada día de los unos con los otros. Nos creemos superiores, nos creemos mejores, nos creemos más sabios, nos creemos más santos, nos creemos… y nos ponemos en tantos pedestales para mirar por encima del hombre a los otros pobrecitos…
Y puede entrar aquí todo el mundo de la marginación que creamos y que contemplamos alrededor. Discriminación y marginación que nos daría para hablar mucho.
Pero hay algo más en lo que me quiero fijar. Cuando los hombres ponemos abismos entre nosotros estamos poniendo también abismos entre nosotros y Dios. La parábola también nos habla de ello cuando nos describe el abismo inmenso que no se podía cruzar entre el seno de Abrahán donde estaba Lázaro y el infierno en el que yacía el rico epulón. Abismos que hemos puesto por nuestro desamor y que sólo con el amor podremos rellenar para volver al encuentro.
Tenemos que romper esas barreras o hacer desaparecer esos abismos. Como dirá Abrahán al rico epulón no se necesita que resuciten muertos para que vengan a decirnos la verdad de la vida y la existencia. Ya sabemos lo que rogaba aquel hombre para que Lázaro fuera a decirle a sus hermanos cuál era la situación para que cambiasen. Abrahán le dice: ‘si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto’.
Tenemos la Palabra de Dios que se nos proclama cada día, tenemos a Cristo que se nos da una y otra vez y a quien podemos contemplar en el evangelio e imitar. Imitémosle poniendo amor en nuestra vida y todo será distinto. Ya sabemos que con el amor se acaban esos abismos entre nosotros y los demás y entre nosotros y Dios, que mientras no hagamos desaparecer el abismo que con nuestro desamor hemos creado en nuestra relación con los demás, no va a desaparecer el abismo que también nos separa de Dios. Miremos a Jesús que sí nos tiende la mano para que nos acerquemos a El porque en El vamos a encontrar misericordia, pero para que nos acerquemos a El también a través del amor que le tengamos a nuestros hermanos.

martes, 10 de marzo de 2009

Sed abogados del huérfano, defensores de la viuda como señal de conversion


Is. 1, 10.16-20
Sal.49
Mt, 23, 1-12


‘Oid la palabra del Señor, príncipes de Sodoma, escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra…’ Sodoma y Gomorra son símbolos de pueblo pecador. Recordemos lo que reflexionábamos ayer. Todos conocemos que Sodoma y Gomorra junto a otras ciudades fueron destruidas con fuego caído del cielo por ser ciudades pecadores y no se convertían al Señor.
Ahora viene la Palabra del Señor al pueblo pecador que se le menciona con el nombre de esas dos ciudades, pero con una invitación del Señor a la conversión. Es el mensaje repetido a través de todo la cuaresma, pero que esta semana escucharemos con una especial incidencia en la Palabra que iremos escuchando día a día.
‘Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones, cesad de obrar mal, aprended a obrar bien…’ Toda una invitación a darle una vuelta a la vida, a la conversión. Los pecados serán grandes y graves, pero el Señor nos purificará. Así es la gracia y el amor del Señor. Sólo es necesario que nosotros queramos volvernos a El, para que el Señor nos lave y nos purifique. Bien sabemos que Cristo ha derramado su sangre para el perdón de los pecados. Y si queremos podemos recordar aquel escena del Apocalipsis donde aparece aquella multitud innumerable que ‘ha lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero’.
‘Aunque vuestros pecados sean como la grana, como nieve blanquearán; aunque sean rojos como escarlata, como lana blanca quedarán’.
Pero ¿por dónde ha de ir ese camino de conversión al Señor? Por los caminos del amor. Ya Tobías decía que ‘la limosna expía nuestros pecados’, para indicarnos que una vida de amor y de compartir generoso es agradable al Señor y atrae sobre nosotros el perdón de los pecados. Por eso ahora el profeta nos señala las obras de amor que hemos de realizar como señal de nuestra conversión al Señor.
‘Buscad la justicia, defended al oprimido, sed abogados del huérfano, defensores de la viuda’. Señala aquellas situaciones de los más desamparados, huérfanos, viudas, oprimidos, y con un corazón generoso para con ellos, para amar y para compartir, estaremos dando en verdad esas señales de nuestra conversión al Señor. Ya sabemos cómo Jesús en el evangelio nos enseñará que lo que hagamos al hermano, al humilde y al pobre, a El se lo estamos haciendo.
Es lo que nos señala también hoy Jesús en el evangelio. Un camino de amor verdadero y auténtico. Nada de apariencias o luchas por alcanzar honores, reverencias o reconocimientos humanos, sino un camino de humildad, de servicio, de amor. Ni hacernos jefes de los otros, ni ponernos en un escalo superior sobre los demás, sino saber ser humilde para amar y para servir.
‘No os dejéis llamar maestros… ni jefes… ni padre… todos sois hermanos… uno sólo es vuestro Padre, el del cielo… uno solo es vuestro Señor, Cristo… El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido’.
Que podamos escuchar por nuestro amor y nuestro servicio, por la autenticidad de nuestra vida y el cumplimiento de nuestras responsabilidades de labios de Jesús que nos dice: ‘Pasa al banquete de tu señor… Venid vosotros, benditos de mi Padre… porque lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis…’ Que sólo escuchemos la alabanza de Jesús porque hayamos vivido nuestra vida en el amor como la señal más auténtica de la conversión de nuestro corazón.

lunes, 9 de marzo de 2009

¿Qué caliz es el que tenemos que beber?


Jer. 18, 18-20
Sal. 30
Mt. 20, 17-28


‘No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’
Algunas veces lo que no nos gusta oír, no lo escuchamos aunque nos lo digan claramente o nos hacemos oídos sordos. Pero parece incomprensible la petición de la madre de los Zebedeos pidiendo primeros puestos para sus hijos después de lo que Jesús había anunciado. ¿El sueño de toda madre? ¿la ambición que siempre se nos mete de rondón en nuestro corazón?
Efectivamente Jesús había anunciado ‘mientras iban subiendo a Jerusalén, tomando aparte a los Doce: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los letrados y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen, y al tercer día resucitará’.
Bien nos viene escuchar nosotros también este anuncio en el camino de Cuaresma que estamos haciendo. Es el camino que nos lleva a la Pascua, nos lleva a la muerte y a la resurrección del Señor. No lo podemos perder de vista. Es camino que nos prepara para vivir ese triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte que pasa por su propia pasión y muerte pero que culmina en la resurrección. Es el camino de pascua que también tenemos que hacer nosotros para llegar a resucitar a la vida nueva que Jesús nos ofrece.
También quizá tenemos nuestros sueños como aquella madre o también hay ambiciones en nuestro corazón. O también nos pudiera suceder que desvirtuáramos el verdadero sentido que hemos de darle a nuestro caminar. Por eso hemos de escuchar con oído atento este anuncio de Jesús y también nos puede valer mucho toda esa conversación de Jesús con la madre y con los hijos, con los Zebedeos, con Santiago y con Juan.
Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús a aquella madre que hacía su petición. ‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda… No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’
Pero la pregunta nos la está haciendo a nosotros Jesús. ‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’ Estáis caminando el camino cuaresmal; decís que queréis celebrar la pascua; pronto llegará la semana santa y su culminación de la celebración solemne de la resurrección, pero, ¿hasta dónde sois capaces de llegar? ¿qué pascua es la que estáis dispuestos a realizar?
¿Qué cáliz es el que tenemos que beber? ¿Qué muerte es la que tenemos que realizar allá en lo más hondo de nosotros mismos? Porque tenemos que ver cuál es nuestra disponibilidad; en qué medida estamos dispuestos a subir con Jesús a Jerusalén. El lo va a hacer para la entrega, para la pasión, para el amor hasta el final, para la muerte, para nuestra redención.
Jesús les explica a los discípulos – por allá había ya algunos indignados con las pretensiones de los Zebedeos, ¿estarían apareciendo atisbos de envidias y recelos, de desconfianza y división entre el grupo? – que el estilo de su reino era otro; que no era a la manera de los reinos de este mundo. Que en su Reino ‘el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo…’ Claro que nosotros tenemos que mirarnos a nosotros mismos antes de comenzar a juzgar las actitudes y las acciones de los discípulos en aquel momento.
Es una pasión más dolorosa y difícil; es en cáliz que nos amarga dentro del corazón cuando tenemos que renunciar a nuestros orgullos y ambiciones, cuando tenemos que arrancar de nuestro corazón desconfianzas y recelos, cuando tenemos que transformar nuestro egoísmo en amor. Es el negarnos a nosotros mismos que ya en otros momentos nos ha enseñado Jesús. Es la cruz que hemos de tomar tras de él para seguirle, es el cáliz que hemos de beber. Un cáliz que nos arrancará del pecado para vivir en la nueva vida de la gracia. Un cáliz que nos purificará y nos hará hombres nuevos. Porque a eso tiene que llevarnos la pascua, al hombre nuevo de la resurrección, al hombre nuevo del amor y del servicio.
Y si queremos una motivación más nos la da Jesús con sus últimas palabras en este evangelio. ‘Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescato por muchos’.

domingo, 8 de marzo de 2009

con mirada limpia contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro

Gén. 22, 1-2.9-13.15-18
Sal. 115
Rm. 5, 31-34
Mc. 9, 2-10


La experiencia de los apóstoles en lo alto del Tabor fue única e impactante. ‘Subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo…’ Pero además la aparición de Elías y Moisés. Y ‘la voz que salió de la nube: este es mi Hijo amado; escuchadlo’.
‘¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas…’ Luego Jesús les hablaría de la resurrección de entre los muertos ‘y discutían que querría decir aquello de resucitar de entre los muertos’. Tampoco habían entendido poco antes cuando Jesús les había hablado de su entrega en manos de los gentiles, de su condena a muerte en la cruz y de su resurrección a los tres días. No era fácil.
Pero ellos bajaron impresionados. ¿Transfigurados también? Cuando Moisés bajó del monte tras contemplar la gloria del Señor allá en el Sinaí y hablar cara a cara con el Señor, su rostro resplandecía, de manera que los judíos le pidieron que su cubriera el rostro con un velo, porque el resplandor hería sus ojos. ¿Tendríamos quizá nosotros que resplandecer de la misma manera en nuestro rostro, o en nuestra vida tras contemplar la gloria del Señor?
Estamos llamados, sí, a contemplar el rostro glorioso del Señor. Contemplar el rostro glorioso del Señor y dejarnos nosotros también transfigurar por El. Bueno, eso es lo que hemos pedido en la oración litúrgica, aunque hay unos pasos que dar para llegar a contemplarlo. ‘Tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra y así con mirada limpia contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro’.
Las voz del cielo nos señalaba a Jesús, Hijo eterno de Dios, Palabra que hemos de escuchar. Pues así tenemos que alimentarnos de su palabra para que lleguemos, contemplando su gloria, a sentirnos nosotros también transfigurados.
Como diremos en el prefacio, ‘tras anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el resplandor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección’. Por eso hoy cuando estamos casi aún en el inicio de la cuaresma que nos prepara para la pascua contemplamos a Cristo transfigurado en el Tabor. Es el anticipo de lo que va a ser la gloria de la resurrección. Nos recuerda entonces la pascua que nosotros hemos de vivir para llegar a sentirnos nosotros transfigurados en Cristo resucitado.
¿Cómo es esa pascua que hemos de vivir? ¿Cuál es la pasión y muerte que en nosotros se ha de realizar?
Nos lo enseña la actitud de Abrahán, que hemos escuchado en la primera lectura. ‘Aquí estoy’, fue la respuesta repetida de Abrahán ante la llamada del Señor, ante lo que Dios le pedía. ‘Aquí estoy’ y Abrahán, el hombre de la fe que un día fiado de Dios se había puesto en camino, ahora le ofrece lo que Dios le pide. Ofrece a Dios aquel que era la esperanza del cumplimiento de las promesas divinas: ‘Serás padre de un pueblo numeroso’. Ofrece a Dios lo que más quería, el hijo de sus entrañas, el hijo de la promesa. Es el ofrecimiento de su yo más personal y profundo, sus proyectos y deseos, sus esperanzas más hondas son ofrecidas en sacrificio a Dios. Es la obediencia de la fe. ‘Aquí estoy’.
Hermosa lección. Hermosa ofrenda que hemos de saber hacer igualmente nosotros a Dios. Es la ofrenda de amor de nuestra vida. Es la ofrenda de nuestro yo para abrirnos totalmente a lo que es la voluntad de Dios para nosotros. Y esto muchas veces nos duele porque tenemos nuestros deseos y proyectos, porque nos parece que nuestro camino es el mejor. Es también nuestra obediencia de fe. Es ese despojarnos de nosotros mismos. Porque en la medida en que seamos capaces de despojarnos de nosotros mismos más será el resplandor de nuestra vida con los resplandores de la resurrección.
No es fácil hacer esa ofrenda. Como doloroso tuvo que ser para Abrahán. Como no es fácil entrar en el desierto o subir a la montaña. Ya vimos a Jesús el pasado domingo en el desierto de la cuarentena y lo vemos hoy en la montaña alta del Tabor. También nosotros tenemos nuestras tentaciones y nuestras dudas, nuestras reticencias y hasta nuestras huidas cuando llega la hora de la negación de nosotros mismos, en la hora de la entrega radical del amor. No siempre terminamos de tenerlo todo claro. Como los discípulos que no entendían lo de la resurrección porque no les cabía en la cabeza que Jesús había de pasar por la pasión y la muerte.
Y la cuaresma para nosotros tiene que tener mucho de desierto y de montaña. De esfuerzo y superación, de sacrificio y de ofrenda de amor, que nos purifique, que nos desinstale de nuestros apegos, que nos conduzca a una vida nueva.
Nos queda escuchar a Jesús. ‘Este es mi hijo predilecto; escuchadle’, nos decía la voz del Padre desde lo alto. Escuchar a Jesús es seguirle para decir como Abrahán ‘aquí estoy’. Escucharle es hacernos uno con El también en su pasión y en su cruz. Escucharle es dejarnos transfigurar por El; que su Espíritu nos inunde y nos transforme. Escucharle es ponernos en camino para vivir su Pascua.
Es lo que queremos hacer de manera intensa en esta cuaresma. Es lo que tiene que ser el alimento diario de nuestra vida.

sábado, 7 de marzo de 2009

El amor cristiano: un amor sublime

Deut. 26, 16-19
Sal. 118
Mt. 5,43-48


La primera lectura del Deuteronomio – libro del Antiguo Testamento que forma parte del Pentateuco, los cinco libros de la ley - es un recordatorio de la Alianza. Un pacto o compromiso realizado de forma solemne al pie del Sinaí entre Dios y su pueblo; pacto que ahora Moisés le recuerda al pueblo. El libro del Deuteronomio recopila como en grandes discursos las recomendaciones que Moisés hace a su pueblo, algo así como si fuera su testamento antes de morir.
Dios promete hacerles un pueblo grande. ‘El te elevará por encima de todas las naciones… en gloria, renombre y esplendor…’ Será para Dios además un pueblo sacerdotal – nos recuerda lo que seremos nosotros a partir de la Nueva Alianza -, ‘serás un pueblo santo consagrado al Señor tu Dios.
Pero el pueblo tiene un compromiso. Reconocer al Señor como único Dios, al que tiene que escuchar y seguir, cumplimiento sus mandatos y preceptos. ‘Hoy te has comprometido a que El sea tu Dios, a ir por sus caminos, a observar sus leyes y preceptos y mandatos, y a escuchar su voz’.
Esa primera alianza tendrá su plenitud en Cristo, en su sangre derramada. Alianza nueva y eterna. Alianza definitiva, porque ya para siempre hemos sido rescatados, comprados a precio de sangre – como nos diría san Pedro en sus cartas -, la sangre de Cristo.
Por eso Cristo vendrá a dar plenitud a la ley del Señor, una plenitud en el amor. Cristo quiere hacer un hombre nuevo, el hombre nuevo que ha sido rescatado, pero que ha de tener un nuevo sentido y plenitud, la plenitud del amor.
Por eso ejemplo y modelo de ese amor es Dios mismo con todo el amor con que nos ama. Por eso nos dirá: ‘Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Perfectos, nos dice. Y es que con Cristo no caben mediocridades, ni medias tintas. En Cristo todo ha de tender a la perfección y a la plenitud. Por eso siempre nuestro modelo será el amor de Dios.
Podíamos decir que, desde Jesús, el sentido de todo lo que hacemos tiene otra sublimidad. El que sigue a Jesús entonces se ha de diferenciar de los demás.
No es como todos los hacen, sino en la medida del amor de Dios. Sí, algunas veces, nos contentamos con hacer lo que todos hacen y tenemos entonces tendencia a la mediocridad, que es una pendiente muy resbaladiza que nos conduce al enfriamiento y al mal. El cristiano siempre aspira a lo más, lo más grande, lo más hermoso, lo más perfecto, porque siempre tendemos a Dios que es la plenitud. El amor cristiano, pues, tiene otra profundidad, otra plenitud, otros matices que lo hacen distinto. No es simplemente hacer lo que me sea fácil o como a mi me parezca, sino que siempre miramos al amor de Cristo. Todos pueden ser buenos y amar, pero el amor cristiano tiene unas características especiales que lo hacen distinto. ¡Cómo lo vivieron los primeros cristianos en tiempo de crisis y de persecuciones! Nunca faltó en su vida el motor del amor cristiano.
Por eso, como escuchamos hoy, Jesús nos pide amar incluso a los que nos aborrecen, nos tienen por enemigos o nos han hecho daño. Es la grandeza del amor cristiano. Es su sublimidad y su heroísmo. Contrapone Jesús lo que todos hacen - se ha convertido en poco menos que norma y costumbre -, con el estilo nuevo que nos enseña. ‘Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo…’ Hijos del Padre del cielo. Es nuestra dignidad nueva que nos hace tener un estilo nuevo y distinto. Y nos comenta lo bueno que es Dios que hace salir el sol o caer la lluvia para todos, sean malos o sean buenos, sean justos o sean pecadores.
En algo tenemos que diferenciarnos. No podemos hacer lo que hace cualquiera. Porque nosotros los cristianos tenemos más motivos para el amor cuando nos sentimos amados de Dios, aún siendo pecadores. Si lo hiciéramos así, como lo hacen los paganos o los que simplemente aman a los que los aman, ¿qué mérito tendremos?¿en que nos diferenciaremos desde nuestro nombre de cristianos?
Y esto es algo que sigue candente hoy como siempre. Algunas veces el mundo no nos entiende. Pero eso no nos ha de importar, sino que el testimonio hemos de darlo claro y nuestro amor tiene que llegar siempre a esa sublimidad que tiene el amor cristiano.

Autenticidad, conversion, amor...

Ez. 12, 21-28
Sal. 129
Mt. 5, 20-26

El Señor nos pide rectitud y autenticidad, conversión y amor. No nos valen las apariencias ni las simulaciones. En cada momento hemos de saber comportarnos con dignidad y santidad.
Pero conocemos nuestra condición limitada, finita, caduca y surge el pecado en nuestra vida, nuestra ofensa a los demás, nuestra falta de amor, nuestra ruptura con Dios cuando nos apartamos del buen camino. Como no podemos presentarnos ante Dios si no es con autenticidad de vida para que nuestra ofrenda sea agradable al Señor, necesitamos la reconciliación con los hermanos y por otra la conversión de nuestro corazón al Señor.
Nos habla de ello Jesús en el evangelio y nos habla el profeta Ezequiel.
Frente a nuestro desamor y a nuestras rupturas no nos queda otra cosa que la reconciliación. ‘Si cuando vas a poner tu ofrenda en sobre el altar, te acuerda allí mismo de que tu hermano tienes quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda’.
Frente a la ruptura con el Señor a causa de nuestro pecado no nos queda sino la conversión y el camino de vuelta hacia el Padre. ‘Si el malvado se convierte de los pecados cometidos… de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida… ciertamente vivirá y no morirá…’
Grande puede ser nuestro pecado, pero el amor de Dios por nosotros es mayor aún, es un amor infinito, es el amor de quien da la vida por nosotros. Si así es el amor de Dios no nos queda sino caminar por el camino recto, y no volvernos a apartar de la senda de sus mandatos; convertirnos al Señor que no recordará ya los delitos cometidos. ‘Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?’ Pero el Señor porque ama, perdona y cuando nos perdona olvida para siempre nuestros pecados.
Estamos escuchando día a día en este camino de cuaresma la invitación repetida que nos hace el Señor a la conversión. Para que le demos la vuelta a nuestra vida. Para que la llenemos de amor. Pero un amor que tiene que hacer entrega y delicadeza cada día con aquellos que están a nuestro lado.
Nos es fácil decir que amamos a todo el mundo, mientras pensamos quizá en los que está lejos y no nos hacen difícil la convivencia de cada día. Nos costará más, pero en eso tenemos que empeñarnos para vivir un amor concreto, en ser delicados en nuestros gestos y palabras con los que están a nuestro lado. Son aquellos a los que quizá hacemos sufrir con nuestras impertinencias y caprichos y a los que nos cuesta quizá más aceptar porque conocemos sus limitaciones. De ello nos ha hablado Jesús en el evangelio hoy. Ya no es sólo no matar, sino no estar peleado o no pronunciar palabras hirientes hacia esos que están a nuestro lado.
Por eso nos decía Jesús ‘si no sois mejores que los letrados y fariseos no entraréis en el reino de los cielos’. Como decíamos al principio no nos podemos quedar en apariencias y simulaciones, sino que tenemos que darle autenticidad y rectitud a nuestra vida, llenarla de delicadeza y amor, tener generosidad en el corazón para el compartir, pero también para la compasión y el perdón. Como generoso es Dios con nosotros que está siempre dispuesto a perdonarnos.
‘Del Señor viene la misericordia y la redención copiosa: y el redimirá a Israel de todos sus delitos’, hemos rezado en el salmo.

jueves, 5 de marzo de 2009

Cuanto te invoqué, me escuchaste, Señor

Esther, 14, 11.3-5.12-14

Sal. Sal. 137

Mt. 7, 7-12

Jesús nos inspira confianza, nos da seguridad y nos hace sentir la fortaleza de la gracia del Señor cuando nos enseña a orar. Es lo que contemplamos hoy en las palabras de Jesús en el Evangelio pero es lo que nos manifiesta El mismo con su vida y su presencia en medio de nosotros. ¿Qué padre le da a un hijo una piedra cuando le pide pan? ‘Pues si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden?’ Nuestro Padre del cielo nos dará cosas buenas cuando acudimos a El.

Hoy nos ha dicho: ‘Pedid y se os dará; buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’. Son claras las palabras de Jesús. Esa es nuestra confianza y nuestra seguridad.

Pero quizá podemos preguntarnos, ¿cómo es ese actuar de Dios, esa respuesta a nuestra súplica y oración?

Creo que la oración de la reina Esther nos enseña muchas cosas en este sentido. Con el Señor de nuestra parte siempre nos sentimos seguros. ‘Señor mío, único rey nuestro, - comienza la oración Esther – protégeme, que estoy sola y no tengo otro defensor que tú’. Pero es que no nos sentimos nunca solos. Tendría que faltarnos la fe. En esos pasos del camino de nuestra vida siempre podremos ver la presencia del Señor a nuestro lado.

Humildemente reconoce Esther que somos pecadores, y que nada merecemos, sino el castigo por nuestros pecados. Pero cuánto podemos decir nosotros los cristianos que sabemos cómo Cristo ha derramado su sangre por nosotros; murió por nosotros, aun siendo nosotros pecadores. Por eso, una actitud de humildad, pero de confianza certera en la misericordia del Señor. Como hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía y nos ponemos en la presencia del Señor.

‘Muéstrate propicio en la tribulación, dame valor, Señor’, continúa suplicando. Muéstrate propicio, vuelve tu rostro sobre nosotros. Y esa mirada de Dios hacia nosotros será siempre una mirada de misericordia. Será una mirada de presencia de Dios a nuestro lado. No nos faltarán las tribulaciones, los problemas, las dificultades, las tentaciones. Pero Dios estará siempre de nuestra lado.

‘Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león’, le suplica. Nosotros somos los que tenemos que actuar, porque la oración no nos va a resolver las cosas de forma automática, como si fuera una varita mágica. Pero Dios pone palabras en nuestra boca, fortaleza en el corazón, inspiración de lo bueno en nuestro actuar, para luchar contra el maligno que nos tienta, para superar la dificultad, para hacer siempre el bien.

Es lo que tenemos que pedir. Que no nos falte esa gracia que nos fortalece y esa inspiración del Señor. Porque las cosas no se resuelven milagrosamente sino que Dios actúa en nosotros y a través de nosotros. El Señor nos acompaña y está a nuestro lado, cambia las actitudes del corazón y nos ayudará para que encontremos siempre el camino mejor.

Podemos pensar en muchas situaciones de nuestra vida. Quizá un problema que tenemos con alguien y quizá lo primero que se nos ocurre es pedir al Señor para que aquella persona cambie y se solucionen los problemas. Pero quizá lo que el Señor nos hará es mover nuestro corazón para que cambiemos de actitud hacia aquella persona y entonces veremos como si vamos a encontrar esa solución y esa paz que necesitamos.

O miramos el mundo que nos rodea y contemplamos todos los problemas del mundo de hoy: pobreza, hambre, guerras, injusticias, maldad, falta de paz, corrupción de todo tipo como nos están hablando continuamente las noticias. Y pedimos al Señor para que el mundo sea mejor, para que no haya hambre, para que tengamos paz, para que se acabe tanta maldad…¿Cómo se van a resolver todas esas cosas? ¿La varita mágica que antes decíamos?

Seguro que el Señor nos va a inspirar allá en lo hondo del corazón el que cada uno pongamos nuestro granito de arena para la solución de esos problemas. En ese cambio del corazón que el Señor nos inspira está esa acción de Dios que va a actuar a través nuestro haciendo que cada día el mundo sea mejor. Es la respuesta del Señor a nuestra oración.

Como decíamos en el salmo ‘cuando te invoqué, me escuchaste, Señor, acreciste el valor en mi alma’.

miércoles, 4 de marzo de 2009

No se les dará más signo que el de Jonás

Jonás, 3, 1-10

Sal. 50

Lc. 11, 29-32

Los hechos, los acontecimientos, las cosas que se nos dicen o se nos narran en la Escritura Santa, la Biblia, sea del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento, son para nosotros siempre ejemplo y estímulo para nuestra vida, para nuestra fe. Los llamamos historia de salvación porque es la historia del actuar salvífico de Dios para con su pueblo, que es historia de ese actuar de amor de Dios en nuestra vida.

Jesús mismo vemos que utiliza hoy, en el texto proclamado en el evangelio, los hechos del Antiguo Testamento como un estímulo y un aliciente para el pueblo que le rodeaba. Los judíos son insaciables; están contemplando la obra, el actuar, la vida de Jesús, con sus enseñanzas y milagros, y aún siguen pidiendo más signos, más señales que les lleven a creer en Jesús.

Jesús les dice que ‘no se les dará más signo que el de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación…’

Y hace referencia Jesús a Jonás y a los habitantes de Nínive con su conversión, como también a la Reina del Sur que vino a conocer a Salomón famoso por su sabiduría. ‘Y aquí hay uno que es mayor que Salomón’, les dice. Por eso concluye Jesús. ‘Cuando sea juzgada esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás’.

Está haciendo referencia a lo que hemos escuchado en la primera lectura de hoy. Jonás que había sido enviado a Nínive a predicar la conversión, y que como sabemos se resistió y quiso embarcarse en dirección contraria, al final tras una serie de señales que vio él en lo que le sucedió, fue a Nínive, a la gran ciudad, a predicar el mensaje que le había dado el Señor. Y ya hemos escuchado cómo fue la respuesta de aquel pueblo. Hicieron penitencia y se convirtieron al Señor.

Todos estos hechos sucedieron y se nos narran en imagen de lo que somos nosotros o de lo que nosotros hemos de hacer. Por eso lo que en el fondo estamos preguntándonos ya es cómo respondemos nosotros a la invitación y llamada a la conversión que el Señor nos hace.

Cuando llegue la hora del juicio, ¿habrá también quien se levante contra nosotros y nos condene porque nosotros teniendo la gracia de Dios a nuestra mano sin embargo no respondemos o acaso la rechazamos?

Estamos haciendo este camino de Cuaresma y la Palabra del Señor está resonando en nuestros oídos y en nuestro corazón cada día. Pidámosle al Señor que conceda la fuerza y la luz de su Espíritu para que nuestro corazón se sienta compungido ante la Palabra que cada día se nos proclama y escuchamos. ‘Ahora es el tiempo de gracia, el tiempo favorable, el tiempo de la salvación’, hemos escuchado desde el primer día de la Cuaresma. Que no caiga en saco roto esa gracia salvadora del Señor.

‘Mira complacido a tu pueblo, Señor, que desea entregarse a una vida santa’, pedíamos en la oración litúrgica. Que logremos sentirnos ‘transformados interiormente mediante el fruto de las buenas obras’. Ha sido nuestra oración, ha de ser nuestro compromiso, es la tarea que tenemos que emprender y llevar a término para vivir con toda intensidad la Pascua del Señor.

martes, 3 de marzo de 2009

Oración: diálogo de amor

Is. 55, 10-11

Sal. 33

Mt. 6, 7-15

Dos aspectos de la oración se nos señalan hoy en la Palabra de Dios proclamada, que como nos enseñan los santos es un diálogo de amor.

En un diálogo no es sólo uno el que habla. Es intercambio. Un diálogo tiene que tener siempre mucho de escucha. ¿No hemos visto algunas veces a personas que están hablando pero que no se escuchan, hablan los dos al mismo tiempo y pareciera que en la conversación cada uno se va por su lado con sus cosas, sus pensamientos o lo que quiere decir? Es un diálogo de sordos, decimos.

Sordos somos algunas veces en nuestra oración porque llegamos a rezar y empezamos a recitar oraciones y oraciones porque decimos que tenemos que pedirle tantas cosas al Señor, que nunca nos detenemos a escucharle y a saborear su presencia.

Llegamos, por ejemplo, a la Iglesia – al templo – y sin más empezamos a rezar oraciones sin habernos detenido antes para hacer un acto de fe en la presencia de Dios, saborear su amor que quiere llenar nuestro corazón y comenzar por adorarle y alabarle y darle gracias. Lo normal es que lo primero que hacen dos que se encuentran es un saludo. Ese saludo sería nuestro acto de fe y de alabanza, por ejemplo, al sentirnos en la presencia del Señor.

Pero es que además hemos de saber hacer silencio en nuestro corazón; venimos con los sentidos llenos de ruidos, de imágenes, de agobios, y nos es necesario detenernos para hacer silencio, para pensar en lo que vamos a hacer y hacerlo bien, hacer desierto, sentir paz y escuchar su voz que quiere hablarnos en lo hondo del corazón. Con todos esos ruidos que traemos no sólo en los oídos sino en el corazón no lo podremos escuchar. Por eso hemos de prepararnos para poder empezar a hacer nuestra oración. Y no lo hacemos la mayoría de las veces.

Diálogo de amor donde no sólo le digamos cosas a Dios con la lista de cosas que siempre traemos preparada, sino donde sobre todo sepamos escucharle en lo hondo de nuestro corazón.

Es el silencio de la tierra que se abre a la lluvia empapadora que la hará fecunda y que hará posible que germine la semilla sembrada en ella, broten las nuevas plantas que den fruto al ciento por uno. Es lo que hemos escuchado al profeta. ‘Como bajan la lluvia y la nieve… para empapar la tierra, fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca…’ Es la Palabra del Señor que tenemos que escuchar en nuestro corazón; Palabra que ilumina y que da vida; Palabra que hará fecunda nuestra vida porque nos llevará a dar frutos de vida y santidad.

Y en el evangelio vemos a Jesús que nos enseña a orar, como nos dice, ‘no uséis muchas palabras como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso…’

Jesús nos da la pauta, la línea por donde ha de ir la verdadera oración. No para repetir palabras rutinariamente - ¡con qué facilidad caemos en la rutina y repetimos y repetimos sin decir nada al fin en el fondo del corazón! -, sino para enseñarnos cómo tenemos que ir a lo fundamental. Y lo fundamental es la búsqueda de Dios y de su Reino, que, como nos dice en otro lugar del evangelio, ‘lo demás se nos dará por añadidura’. Buscamos a Dios, sentimos a Dios, nos gozamos en su amor, deseamos en verdad que todo sea siempre para su alabanza.

Santificar el nombre del Señor. Y para santificar el nombre del Señor tenemos que ser santos. Por eso buscamos vivir su reina, se haga realidad en nosotros haciendo su voluntad, alejándonos del mal. No es la petición de cosas materiales lo que ocupa un lugar principal en esa oración que Jesús nos enseñó. Es la búsqueda de Dios y su reino lo fundamental.

Oramos porque le hablamos a Dios, pero oramos porque escuchamos a Dios. Diálogo de amor, decíamos al principio. Es su Palabra que escuchamos y es la oración que elevamos desde nuestro corazón.

lunes, 2 de marzo de 2009

Hazte amor para los demás y Jesús te reconocerá

Lev. 19, 1-2.11-16

Sal. 94

Mt. 25, 31-45

¿Qué pensaría ustedes de un estudiante que por el medio que fuera pudiera conocer de antemano la pregunta clave que el profesor va a poner en el examen pero que no se preparara ni estudiara y llegado el examen no supiera responderla y suspendiera? Creo que no hacen falta comentarios

pero algo así nos pasa a nosotros los cristianos. San Juan de la Cruz he recogido en una hermosa frase, que seguramente todos conoceremos, y que compendia y resumen lo que el Señor quiere decirnos hoy en el Evangelio. ‘En el atardecer de la vida seremos examinados de amor’.

Esa es la pregunta esencial que Jesús nos hará cuando nos presentemos ante El para el juicio final. No nos preguntará por las grandes obras que hayamos hecho y que puedan hacer memorable nuestro nombre sobre toda la tierra, sino que nos preguntará por nuestro amor. Es lo que nos enseña Jesús hoy en el Evangelio. Jesús nos reconocerá si nosotros lo hemos reconocido a El en el amor que le tengamos a los demás. ‘Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis… porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me hospedasteis…’

Hay un canto que hemos utilizado muchas veces en nuestras celebraciones que nos viene a decir lo mismo. ‘Con vosotros está y no le conocéis, con vosotros está… su nombre es el Señor… y pasa hambre… y tiene sed…’ pero como dice el canto quizá teníamos prisa por llegar temprano al templo y no fuimos capaces de reconocerlo. Como el sacerdote y el levita de la parábola del Samaritano. ‘Dieron un rodeo y pasaron de largo…’

Y El está a la vera del camino y nos tiende la mano, y espera una mirada o una sonrisa, que nos detengamos a saludarle o a escucharle, que levantemos su esperanza y creemos ilusión en su corazón… Cuántas cosas sencillas podemos hacer cada día con el hermano con el que nos encontramos.

Leí hace unos días en una revista que una persona había comenzado una campaña, que quizá alguien podría llamar quijotesca, para que la gente se salude por la calle aunque solo fuera con un hola o unos buenos días. Dicha persona contaba que caminaba por las calles de la gran ciudad e iba saludando a todo el mundo, pero la mayoría de la gente iban tan abstraída en sus cosas o sus preocupaciones que ni se enteraban del saludo, mientras otras miraban con cara de extrañeza al que les saludaba porque no lo conocían de nada, mientras algunos, unos pocos, respondían con una sonrisa.

Vamos abstraídos por la vida, demasiado absortos en nuestras cosas que no vemos al prójimo que pasa a nuestro lado y que no nos pediría quizá sino una mirada o una sonrisa.

El libro del levítico hoy nos ha dicho: ‘Seréis santos porque yo el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Santos porque Dios es Santo. Santo imitando a Dios y queriendo copiar en nosotros su santidad. Pero quiero unir a este texto lo que san Juan nos dice en su primera carta cuando nos define a Dios: ‘Dios es Amor’. Concluyo, seremos santos si nos parecemos a Dios que es Amor. Seremos santos cuando como Dios nos hagamos amor.

Hazte amor para los demás y Jesús te reconocerá.

domingo, 1 de marzo de 2009

Dejémonos sorprender por la Buena Noticia de Salvación


Domingo I de Cuaresma

Gén. 9, 8-15; Sal. 24; 1Ped. 3, 18-22; Mc. 1, 12-15

Que ‘celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua, podremos pasar a la Pascua que no acaba’. Así vamos a expresar enel prefacio de este primer domingo de Cuaresma el sentido del camino que hemos inaugurado. Y éste es nuestro deseo, como hemos pedido en la oración litúrgica: ‘avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud’.

Para esto hemos iniciado el camino cuaresmal que nos conduce a la Pascua. Queremos llegar a celebrar con toda intensidad el Misterio Pascual, como decíamos para poder pasar un día ‘a la Pascua que no se acaba’, y ahora queremos aprovechar este tiempo de gracia y el salvación que Dios nos ofrece en su Iglesia en esta Cuaresma. Es el hoy de la salvación de Dios en nuestra vida. Un hoy irrepetible que no podemos desaprovechar.

Un camino a la imagen de aquel desierto que el pueblo de Israel atravesó desde su primera pascua hasta la llegada a la tierra prometida; un camino de desierto como contemplamos a Jesús en el evangelio en el comienzo de su vida pública.

Desierto, como imagen de la tentación a la que nos vemos sometidos, pero también de la purificación que nos lleva al hombre nuevo en Cristo. Desierto que tiene que ser señal para nosotros de esa proximidad de Dios a nuestra vida, cuando en el silencio de nuestro corazón le escuchemos para descubrir su voluntad. Desierto como interiorización dentro de nosotros mismos para intentar conformar cada vez más y mejor nuestra vida con lo que es la voluntad del Señor. Un desierto al que somos conducidos por el Espíritu, como lo fue Jesús, si nosotros en verdad nos dejamos hacer y guiar por la gracia de Dios que nos transforma.

Hoy el evangelio nos habla de las tentaciones a las que Jesús se sometió en el monte de la cuarentena, aunque el evangelista Marcos, que escuchamos en este ciclo, no nos especifica detalladamente cuáles fueran esas tentaciones. Como proclamamos en el prefacio Jesús ‘al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado…’

Nos puede servir para nuestro examen y reflexión lo que nos dice el evangelista a continuación. ‘Jesús marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio’. Nos habla de proclamación del Evangelio de Dios y de conversión. Y une la conversión a que creamos en el Evangelio, porque el Reino de Dios está cerca.

Evangelio, Buena Noticia de Salvación, conversión al Reino de Dios, fe. Son las actitudes profundas que hemos de poner en nuestro corazón que luego se van a reflejar en los actos de nuestra vida de cada día. Es importante, pues, abrir los oídos de nuestro corazón y nuestra vida para escuchar esta Buena Noticia.

Una posible tentación que podemos sufrir: no escuchar ya el Evangelio como una Buena Noticia de Dios que hoy, aquí y ahora llega a nuestra vida; que nos acostumbremos tanto al evangelio que ya no nos sorprendamos ante su anuncio y llegue a no decirnos nada. Eso ya me lo sé, lo he escuchado tantas veces, pensamos en tantas ocasiones. Una actitud negativa, podríamos decir, ante la Palabra de salvación que se nos proclama. Y así ya no hará mella en nosotros, porque no nos dirá nada, o mejor, porque nosotros no queramos escuchar nada, porque no nos queremos dejar sorprender por el Evangelio.

El Reino de Dios está cerca. Creer en esa Buena Noticia. Pero ¿creemos en ese Reino de Dios, deseamos ese Reino de Dios? ¿Qué es el Reino de Dios? ¿Qué es sentir que Dios reina en nuestra vida, en nuestro mundo, en nuestra sociedad? Queremos ser muchas veces los únicos dioses de nosotros mismos o nos llenamos de dioses, de ídolos en las cosas en las que ponemos nuestra confianza porque sin ellas nos parece que no podemos vivir. Sustituimos a Dios por nuestro yo o por nuestras cosas y apegos.

Por eso, conversión. Tenemos que dar la vuelta a nuestros esquemas, a nuestra manera de entender las cosas y quizá a eso no estamos dispuestos, sino que muchas veces queremos hacernos nuestros arreglos. ¿Es o no es Dios el único Señor de nuestra vida?

Nos encontramos tan bien como estamos que ya nos creemos que no tenemos que cambiar nada. Y nos hacemos oídos sordos. El reconocimiento de que hay cosas que tenemos que cambiar quizá nos humilla porque en nuestro orgullo nos creemos tan seguros de nosotros mismos y de lo que hacemos. ¿Qué es lo que voy a cambiar si yo soy una persona buena…? Si lo que hago yo no se diferencia de lo que hace todo el mundo… Se nos ciegan los ojos y los oídos de la fe.

Tentaciones que nos cierran a la aceptación del Reino de Dios, a la verdadera fe. Necesitamos ir al desierto y dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. Escuchemos la invitación a la conversión y a la fe. Dejémonos sorprender por esa Buena Noticia de Salvación que se nos proclama al anunciarnos el Reino de Dios. Estaremos, entonces, caminando hacia la Pascua del Señor.