Vistas de página en total

martes, 16 de septiembre de 2008

Todos somos uno en Cristo Jesús formando un solo Cuerpo

1Cor. 12, 12-14.27-31
Sal. 99
Lc. 7, 11-17

Las palabras de Pablo podrían haber resultado novedosas en la sociedad de su tiempo. Una sociedad marcada por grandes diferencias entre unas personas y otras, pues no a todos se les consideraba como iguales. Así estaban los esclavos y los libres, los que tenían el derecho de ciudadano romano o los que eran extranjeros, los que se les consideraba bárbaros o los que fueran de otra raza.
Y san Pablo, siguiendo el espíritu del evangelio habla de una nueva igualdad donde todos somos uno como miembros de un mismo cuerpo. ‘Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu...’ Y nos propone la imagen del cuerpo humano. Son muchos los miembros que lo forman, pero es un solo cuerpo.
Pero en su comparación nos dice que así es Cristo, porque nosotros somos sus miembros y en Cristo todos somos uno. ‘Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro’. Se fundamenta así lo que llamamos la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Por eso nos hablará a continuación de las diversas funciones o ministerios que vamos a encontrar dentro de ese Cuerpo que es la Iglesia. ‘Apóstoles... profetas... maestros... los que tienen el don de hacer milagros... o el don de curar... la beneficencia... el gobierno... etc’.
Una primera mirada, pues, que tenemos que hacer a la Iglesia, donde tenemos que vivir esa unidad y ese servicio entre todos los miembros de la Iglesia. Miramos así a nuestras comunidades, y tendríamos que apreciar la riqueza que en ellas podemos encontrar cuando todos nos sentimos en verdad miembros de esa Iglesia, pero no queremos ser unos miembros pasivos, sino que de forma activa todos contribuimos a su crecimiento. Catequistas, agentes de cáritas, visitadores de enfermos, apostolado seglar, movimientos de familia, movimientos juveniles, animadores litúrgicos, etc...
Miremos pues cómo tendríamos en nuestras comunidades que fomentar esos carismas de sus miembros para que haya ese verdadera enriquecimiento mutuo, ese enriquecimiento de la comunidad. Cuando nos encontramos con unas comunidades con esa vitalidad tenemos que saber dar gracias a Dios que suscita así sus dones dentro de la Iglesia. Pero tenemos que procurar también que eso sea posible en nuestras comunidades porque lo fomentemos y porque todos además lo valoremos.
Muchas veces en nuestras comunidades cristianas no sabemos apreciarlo y valorarlo. No somos capaces de detectar esos valores que existen en los demás y descubrir cómo cada uno tiene su carisma, sus cualidades, sus valores que han de saber poner al servicio de la comunidad. Confieso que es algo que he deseado fuertemente cuando en las parroquias quería hacer que hubiera vitalidad, entusiasmo, espíritu de servicio en todos sus miembros y me gustaba resaltar esos carismas que se podían encontrar en los demás, aunque no siempre era fácil. Algunas veces nos encontramos que hay personas que podrían hacer muchas cosas en ese sentido, pero no siempre tienen la disponibilidad necesario para esa entrega y eso merma la riqueza de vida de una comunidad.
Decía al principio que en su época las palabras de Pablo podrían resultar novedosas por las tremendas diferencias sociales que marcaban la vida de las personas y de la sociedad. Pero quiero pensar si no tendríamos que sacar consecuencias también para el momento en que vivimos actualmente. Con la movilidad de personas que vivimos en estos momentos en nuestra sociedad con la emigración, donde ya es fácil encontrarnos con personas de muchos diferentes países en nuestro entorno, tendríamos que aplicar estas palabras de palabra a lo que vivimos hoy.
Tenemos el peligro y la tentación de seguir mirando de manera diferente a las gentes que nos llegan a nuestro entorno, y sea por el color de su piel, por sus costumbres o porque nos vienen de países de cultura diferente. También hoy tendríamos que decir las palabras de Pablo ‘todos nosotros, seamos canarios o africanos, vengan de Sudamérica o de los países del este europeo, seamos de un color o de otro, de una raza o de otra, todos somos uno en Cristo Jesús’. Y eso se traduzca en la aceptación de toda persona sin ningún tipo de desconfianza; y eso signifique su integración en nuestras comunidades humanas y cristianas. Nuestras parroquias tendrían que ser de verdad un hogar acogedor para toda clase de personas, y, en este caso, pienso de manera especial en los emigrantes que llegan a nuestras fronteras.Que seamos en verdad ese único Cuerpo que es Cristo.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre

Hebreos, 5, 7-9
Sal. 30
Jn. 19, 25-27

‘Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena...’
Ayer contemplábamos la Cruz y a Jesucristo crucificado en ella. Hoy contemplamos a quien está al pie de la Cruz, María, la Madre de Jesús. Nos deteníamos ante su misterio de amor y tratábamos de aprender todas las lecciones que desde la Cruz Jesús nos enseñaba. “Miramos a Cristo crucificado que, a pesar del sufrimiento, sigue fiel en el amor y en la entrega y en el perdón para seguir el camino emprendido en la Encarnación, cuando asumió totalmente nuestra condición humana haciéndose hombre como nosotros y llegando a esa cruda realidad del sufrimiento, de la pasión y de la muerte”.
Como nos dice la Carta a los Hebreos, ‘a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer’. Se encarnó para hacer la voluntad del Padre. ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, que nos dice la misma Carta a los Hebreos que fue el grito del Hijo al entrar en el mundo. Asumió nuestra condición humana, de manera que, como reflexionábamos ayer, "en su cruz están todos los que sufren... en su dolor y en su muerte están nuestros dolores y sufrimientos... el dolor y sufrimiento de todos los hombres..."
De la misma manera contemplamos a María. También ella dijo Sí. ‘Aquí estoy... aquí está la esclava del Señor... hágase en mí según tu palabra...’ Fueron las palabras de María dando su consentimiento a que Dios se encarnase en sus entrañas. Fue el Sí de María para unirse a la vida de su Hijo, que sería el Mesías Salvador, con todo lo que ello implicaba. Ese Sí de María es el que ahora sigue repitiendo al pie de la Cruz. María también ‘aprendió, sufriendo, a obedecer’, porque ella en todo lo que quería siempre era la voluntad de Dios, la gloria del Señor.
La vemos transida de dolor, pero fuerte y de pie al lado de la cruz. También para María ese es la parte del camino que conduce a la vida. Y ahí, la contemplamos Madre dolorosa, porque está en el sufrimiento de una Madre que ve morir a su Hijo. La contemplamos Madre dolorosa porque es la Madre que se une al sufrimiento redentor de Cristo, en esa ofrenda de amor que ella hace de su vida. La vemos Madre dolorosa porque en su corazón están ya desde ahora todos sus hijos los hombres, que Cristo allí en la Cruz le ha confiando y con ella están también todos sus dolores y sufrimientos.
María está al lado del sufrimiento de sus hijos, haciendo suyo su dolor, como una madre sabe hacerlo. Si está junto a la cruz de Jesús y la cruz de Cristo es el espejo de ese sufrimiento y muerte de toda la humanidad, María está junto al dolor y sufrimiento de toda la humanidad.
¿No acudimos nosotros a María desde nuestras necesidades y sufrimientos? ¿No buscamos en ella el consuelo y la fortaleza de una madre? ¿No queremos sentirla a nuestro lado en todo momento, pero de manera especial cuando nos atenaza el dolor y el sufrimiento de nuestros padeceres, de nuestros problemas, o de esa inquietud y desazón que brota en nuestro corazón cuando vemos el sufrimiento de nuestros hermanos los hombres? Hambre y sed de justicia que nos hacen padecer y sufrir ante las injusticias de los hombres. Viviendo en nosotros ese misterio de la encarnación en nuestros hermanos sepamos hacer nuestro el dolor y el sufrimiento de los demás. Hambriento y sedientos acudimos a María para que ella sea nuestra fortaleza y pueda entonces realizarse en nosotros la bienaventuranza de Jesús.
Que sintamos ese caminar de María a nuestro lado. Que María nos enseñe a sentir también nosotros como nuestro el sufrimiento y el dolor de nuestros hermanos. Que María nos alcance el Señor la gracia de la fortaleza. Que María sea nuestro consuelo. Que con María caminemos ese camino de fidelidad, de amor, de obediencia al Padre, que es el camino de la cruz, pero que es el camino que nos lleva a la vida.

domingo, 14 de septiembre de 2008

La cruz, misterio de amor

Núm. 21, 4-9; Sal. 77; Fil. 2, 6-11; Jn. 3, 13-17
Ponernos ante la Cruz es ponernos ante el Misterio. La cruz nos sobrecoge, como el sufrimiento nos duele. Es lo que contemplamos desde una primera mirada en la cruz. Muchos se sienten así cuando contemplan la cruz. Y a quienes la fe no les dice nada no terminan de comprender que nosotros los cristianos levantemos los ojos hasta la Cruz para contemplar a alguien que en ella muere ajusticiado.
Y es que ante el misterio no nos podemos poner de cualquier manera. Decíamos que es misterio y el misterio es algo que nos sobrepasa, va más allá de lo que nosotros podamos comprender y supera todas nuestras lógicas humanas. O somos capaces de ponernos ante ella con ojos de fe, o si seguimos contemplando ese misterio cara a cara y con sinceridad al final terminaremos haciendo también un reconocimiento de fe. El que se va en huída no llegará a vislumbrar lo que hay detrás de ese misterio, y se rebelará y desesperará o terminará perdiendo la poca fe que le quede en su interior.
Contemplamos, es cierto, un instrumento de muerte, de pasión, de dolor, de sufrimiento. Pero la cruz no puede ser una meta, un fin, sino que tiene que ser un camino, como lo fue en el misterio de Cristo. La Cruz es parte del camino que lleva a la vida. Es lo que podemos contemplar en Cristo muerto en la Cruz. Porque nunca me voy a quedar sólo en la cruz, como no puedo separar a Cristo de la Cruz, pero tampoco me quedo sólo con Cristo en la Cruz. Porque a Cristo no lo puedo separar de la vida, y siempre detrás de la Cruz tendré que contemplar la resurrección para poder captar su pleno sentido.
El evangelio de este domingo nos ha presentado palabras de la conversación de Jesús con Nicodemo, para terminar hablándonos del misterio de Cristo y del misterio del amor de Dios. Pero antes Jesús le había dicho a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo para poder ver, para poder entrar en el Reino de Dios. Nos hace falta sí, un nuevo nacimiento, un nuevo sentido en mi vida, para comprender todo el misterio de Cristo, y lo que representa entonces su muerte y resurrección.
‘Mirarán al que atravesaron’, había anunciado un profeta y nos lo vuelve a repetir de alguna manera Juan en su Evangelio. ‘Porque el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, como Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna’.
Miramos a Cristo atravesado por la pasión y la muerte, clavado en el madero de la cruz, y descubrimos un misterio inmenso de amor. Ahí se está manifestando cuánto es el amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al hombre, al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en El no perezca, sino que tenga vida eterna’. Ahí en la Cruz estamos descubriendo ese camino de amor, ese camino de vida que Dios ofrece al hombre, que Dios ofrece al mundo. Estamos contemplando un amor a fondo perdido.
La cruz de Cristo es manifestación de amor y es signo y señal de la entrega y del sacrificio que nos libera y que nos salva. Todo para la vida. Porque ‘donde tuvo origen la muerte, de allí resurgirá la vida, y el que venció en un árbol, será en un árbol vencido’. Nos recuerda a Adán que al pie de un árbol sintió la tentación de ser como dios, y se dejó vencer por la muerte; pero contemplamos a Cristo que en lo alto de un madero se entrega para vencer a la muerte y para darnos la vida. La Cruz no es una derrota, es una victoria.
Pero la cruz de Cristo puede ser algo más. Puede ser espejo de la tiniebla, del mal y de la muerte. Puede ser espejo donde contemplemos la tinieblas de nuestro mundo, el mal que nos tienta y nos atenaza, donde estamos viendo también todo el sufrimiento de la humanidad. En esa cruz están todos los que sufren.
Algunas veces cuando contemplamos los sufrimientos de los hombres, especialmente de los inocentes, nos hacemos muchas preguntas en nuestro interior de difícil respuesta. Miremos entonces al Inocente que está clavado en la cruz y veamos que El es espejo de todo ese mundo de tinieblas y de muerte que nos rodea en el sufrimiento de tantos. Pero si contemplamos toda ese lado oscuro de la vida del hombre, miremos el lado de luz con que Cristo quiere iluminarnos. Porque en Cristo y en su amor está la luz. Como decíamos antes no nos quedamos sólo en Cristo en la Cruz, sino que siempre nuestra mirada tiene llevarnos más allá, porque tiene que llevarnos a la luz de la resurrección.
La cruz de Cristo, finalmente, nos descubre lo que es el rostro misericordioso del Padre. ‘Dios no envió su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de El’. Porque Dios nos ama, contemplamos a Cristo en la Cruz. Miramos, pues, a Cristo crucificado que, a pesar del sufrimiento, sigue fiel en el amor y en la entrega y en el perdón para seguir el camino emprendido en la Encarnación, cuando asumió totalmente nuestra condición humana haciéndose hombre como nosotros y llegando a esa cruda realidad del sufrimiento, de la pasión y de la muerte. Por eso en su dolor y en su muerte están nuestros dolores y sufrimientos y está nuestra muerte, el dolor, sufrimiento y muerte de todos los hombres, que Cristo ha asumido en sí mismo desde el momento de su Encarnación.
Que esa mirada a la Cruz de Cristo, hoy que estamos celebrando esta fiesta de su exaltación, nos lleve a hacer nosotros el mismo camino de fidelidad, de amor, de obediencia al Padre, de seguimiento de Jesús, de ser en verdad discípulos y apóstoles que es el camino de la cruz, pero que será siempre camino que nos lleve a la vida.
Nos ponemos ante la cruz y nos ponemos ante el Misterio. Pero será un misterio, entonces, que nos haga ahondar en nuestra fe y en nuestro amor. La cruz, por otra parte, no puede ser nunca sólo un adorno bonito, ni algo así como un talismán milagroso que lo llevo porque me da suerte. La cruz tendrá siempre que recordarme una fe y un amor, para ponerme siempre en ese camino que es el seguimiento de Jesús con todas sus consecuencias, como lo fue su Encarnación.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Somos un mismo Cuerpo porque comemos de un mismo pan

1Cor. 10, 14-22
Sal. 115
Lc. 6, 43-49

‘Aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan’. Hermoso el mensaje que nos propone el apóstol. Somos uno. Comemos del mismo pan. Ese pan es Cristo. Es la comunión en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Ya nos lo había dicho el apóstol. ‘El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no nos une a todos en la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el Cuerpo de Cristo?’ Es lo que venimos a hacer en la Eucaristía. Comemos al mismo Cristo, su mismo y único Cuerpo, bebemos su Sangre, su única Sangre derramada por nosotros para el perdón de los pecados.
Muchas conclusiones tendríamos que sacar de aquí para nuestra vida de cada día, para nuestra convivencia diaria con los hermanos, para nuestra vivencia de Iglesia. Cuando salimos de la Eucaristía después de haber comido el Cuerpo del Señor, de sentirnos en íntima y profunda unión con El, no podemos menos que vivir una comunión semejante con los hermanos. Cuando salimos de la Eucaristía salimos comprometidos para el amor.
No cabe que vengamos a la Eucaristía y no salgamos dispuestos a amarnos más, a vivir esa misma comunión con los hermanos, aceptándonos, comprendiéndonos, perdonándonos. No cabe que salgamos de la Eucaristía y sigamos con nuestras reticencias para aceptar a los demás; sigamos con nuestros recelos, nuestras envidias, nuestros orgullos que nos endiosan poniéndonos por encima de los demás; sigamos con nuestros rencores y venganzas, nuestro hablar mal de los otros, nuestras violencias y desconfianzas. Todo eso tendría que desaparecer si nos hemos unido a Cristo, porque al unirnos a Cristo necesariamente hemos de sentirnos unidos a los demás.
Lo hemos mirado en el día a día de nuestra convivencia, pero tendríamos que mirarlo en el seno de la comunidad, en el seno de la misma Iglesia. Porque muchas veces nos hacemos las guerritas cada uno por su lado; porque también desconfiamos de los demás, desconfiamos de los pastores donde quizá vemos intenciones y cosas ocultas que no tendríamos que ver, y nuestros pastores tendrían que ver en el común de los fieles unos miembros vivos de la Iglesia a los que se les da confianza también en su hacer y en su caminar. Muchas más cosas podríamos pensar y revisar para lograr esa necesaria comunión incluso entre los miembros de una misma comunidad, de una misma Iglesia.
Venimos cada día a la Eucaristía y, como nos dice la gente, nos damos muchos golpes de pecho, diciendo Señor, Señor, ¿y luego no seguimos el camino que nos ha trazado el Señor en el Evangelio? Que no tenga que decirnos Jesús como le hemos escuchado hoy. ‘¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que yo os digo?’ Que no nos tenga que decir que somos como casa edificada sobre tierra, sin cimiento, porque no ponemos por obra las palabras del Señor.
Que cimentemos bien nuestra vida en la Palabra del Señor, pero en la Palabra que escuchamos y ponemos por obra. Para que llenemos nuestro corazón de bondad hasta rebosar. Para que seamos árbol sano que da frutos sanos. ‘El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien...’
Pidámosle al Señor que así rebose nuestro corazón de bondad, de amor, de comprensión, de comunión profunda con nuestros hermanos para que podamos vivir también esa comunión profunda con El.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Un nombre más dulce que la miel, María

Eclesiástico, 24, 17-22
Sal. Lc. 1, 47ss (Canto de María)
Luc. 1, 26, 36


'La Virgen se llamaba María'. Habiendo celebrado hace unos días la natividad de la Virgen María hoy la liturgia nos ha ofrecido la oportunidad de celebrar esta memoria del Santo Nombre de María. Una celebración entrañable que ha estado siempre presente en la devoción a la Virgen: celebrar ese dulce nombre de María con el que la invocamos como Madre, porque así nos la quiso regalar el Señor.
Decir que el único nombre en el que encontramos salvación es el nombre de Jesús. No se nos ha dado otro nombre en el que podamos encontrar la salvación, nombre ante el que se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo.
Hoy glorificamos el santo nombre de María. Dios quiso asociarla, contar con ella, en la historia de nuestra salvación. La escogió como madre del Hijo de Dios hecho hombre, y para que se realizara ese admirable misterio de la Encarnación hemos escuchado en el Evangelio cómo Dios envía al arcángel Gabriel para hacerle el anuncio a María y para contar con su Si, que trasmitiría ante el trono de Dios.
Nombre glorioso el de María. Así lo proclamaba la liturgia al comienzo de la celebración en la antífona de entrada, tomando las palabras con las que el pueblo de Israel aclamaba a Judith, pero que la liturgia hoy aplica a María. ‘El Señor Dios te ha bendecido, Virgen María, más que a todas las mujeres de la tierra; ha glorificado tu nombre de tal modo, que tu alabanza está siempre en boca de todos’.
Nombre santo el de María. Es el nombre de la llena de gracia, de la que encontró gracia ante Dios, para ser la Madre de Jesús, la Madre de Dios.
Nombre maternal. Como decíamos en la oración, ‘elegida por el Señor para ser Madre suya, quiso que fuese en adelante nuestra Madre’. Así nos la dejó como Madre desde la Cruz. ‘Ahí tienes a tu madre’. A ella nos confiamos; recurrimos a su protección; invocamos su nombre.
En el prefacio diremos ‘has querido, con amorosa providencia, que también el nombre de María estuviera con frecuencia en los labios de los fieles’. Es el nombre dulce como la miel que más pronto aflora en nuestros labios para llamarla y para invocarla. A María contemplamos ‘como estrella luminosa... como madre en los peligros...’ A ella acudimos en nuestras necesidades con la seguridad de que siempre seremos escuchados.
Nos sentimos confortados invocando su nombre. Su nombre más dulce que la miel, como decíamos antes, recordando lo que nos decía el libro del Eclesiástico.
Que de María aprendamos y que ella nos alcance la gracia divina para que nunca nos veamos lejos de su protección. Si hoy hemos comenzado recordando el nombre de Jesús en quien tenemos nuestra salvación, y ahora hemos disfrutado saboreando el nombre de María, no olvidemos que nosotros llevamos un nombre que no debemos nunca mancillar con el pecado, que es el nombre y la condición de cristiano. Es lo que vamos a pedir al final de la celebración. Que ‘a los que has alimentado en la mesa de la palabra y de la Eucaristía, nos conceda rechazar lo que es indigno del nombre cristiano y cumplir cuanto en él se significa bajo la guía y la protección de la Virgen María’.

jueves, 11 de septiembre de 2008

La única espiral buena es la del amor

1Cor. 8, 1-7.11-13
Sal. 138
Lc. 6, 27-38

Pareciera que andamos en la vida como en una espiral. Ya sabemos parte de un punto en una curva podíamos llamar ascendente que va haciendo que se arco se vaya haciendo cada vez mayor pero sin solución de vuelta a un punto de partida sino que más y más se aleja en la medida en que crece. O si queremos en sentido inverso de mayor a menor se va cerrando y cerrando cada vez hasta que el arco se consume en sí mismo en un solo punto.
Un camino y otro de la espiral creo que pueden reflejar muchas actitudes y actos de nuestra vida y de nuestra relación con los demás. Violencia que engendra violencia cada vez mayor; relaciones interesadas que cada vez nos van creando como más deuda de los unos con los otros sin visos de solución; egoísmo que nos encierra cada vez más en nosotros mismos llegando a aislarnos de los demás centrándonos todo en nuestro yo egoísta e insolidario.
Porque tú me dijiste, yo te digo, y porque yo te respondí, tú me contestate más fuerte y así se va generando y generando cada vez un enfrentamiento mayor. Porque tú ayudaste, yo te ayudo, pero tú te verás obligado a ayudarme después, y tendré que corresponderte, con lo que la ayuda no es desinteresada sino que más bien pareciera el pago de una deuda continuada. Como él no me hizo aquel favor, por qué tengo yo que prestarle ayuda ahora, y siempre estaremos esperando a que sea el otro el que comience. Y así podríamos pensar en tantas y cosas que hacemos y que simplemente generan una espiral o de violencia, o de deudas mutuas, o de egoísmos que me encierran.
Hay que romper esta espiral que no nos lleva a nada bueno. Aunque pensemos, es que todo el mundo actúa así, no nos podemos mover sólo por el interés, ni podemos estar siempre respondiendo con la misma moneda a lo que los otros puedan hacernos. Es a lo que Jesús nos invita. Es la Buena Nueva que nos trasmite Jesús. ¿Que todo el mundo lo hace así? Jesús viene a realizar un mundo nuevo, a enseñarnos a hacer las cosas de otra manera. ‘Pues si amáis sólo a los que os aman, ¿qué meritos tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar ¿qué hacéis de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo’.
Al odio tenemos que responder con amor; a la violencia, con paz y perdón; al interés, con generosidad desinteresada; al mal, con el bien; al juicio y a la condena, con comprensión y perdón. Al enemigo y al que te odia, ámalo; al que te hace mal, hazle bien; al que te maldice, bendícelo; al que te injuria, reza por él; con el egoísta, sé generoso; con el violento, sé pacifico; con el interesado, sé altruista y desinteresado, enséñele lo que es la gratuidad; al que te debe, regálale; no juzgues, ni condenes; al que te ofrende, perdónalo siempre hasta setenta veces siete; que tu medida sea siempre la de la generosidad y el perdón.
‘A los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te peque en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, dale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten’. Son las palabras de Jesús.
Y nos propone un modelo y un ideal. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo... dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros’. Si alguna espiral tiene que permanecer es la del amor, para abrirnos siempre a los demás. O como decía san Pablo ‘lo constructivo es el amor mutuo’.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Una nueva escala de valores descubrimos en las bienaventuranzas

1Cor. 7, 25-31
Sal. 44
Lc. 6, 20-26

Muchos discípulos y mucha gente venida de todas partes habían llegado a las llanuras de Galilea para oír la palabra de Jesús y para ser curados de todo mal y de toda enfermedad. Lo escuchábamos ayer.
¿Qué tipo de gentes podemos contemplar? Muchos enfermos y aquejados de todo tipo de sufrimiento; gentes pobres y carentes de las cosas esenciales de la vida; gente con sufrimiento en el corazón y quizá perdidas las esperanzas y las ilusiones.
¿Cuál era el mensaje de Jesús? Tenía que ser un mensaje que respondiese a aquella realidad. ‘Dichosos los pobres... los que tienen hambre... los que sufren y lloran... los que son marginados y perseguidos...’ Para ellos la dicha, la alegría, la felicidad, la recompensa eterna.
Pero a este anuncio de dicha y felicidad, como una antítesis, están las lamentaciones de Jesús. Se lamenta Jesús por la suerte de esta gente. ‘Ay de los ricos... ay de los que están saciados... ay de los que ríen... ay de los que os consideráis famosos y triunfantes...’
Quiero pensar en la reacción o lo que pasaría por la cabeza y el corazón de aquellos que estaban escuchando este mensaje de Jesús. Una nueva esperanza nacía en sus corazones. Para la situación de su vida había una respuesta de salvación. Se abría la esperanza y renacía la ilusión. Ellos podían aspirar también a la dicha y a la felicidad. Aunque pareciera contradictorio con la manera de pensar del mundo.
Todo un cambio de chip, de esquema mental. Lo que se considera una dicha, ya no es dicha. Y lo que parece una desgracia, es motivo de felicidad sin fin. Paradojas del Evangelio. Entra en juego una nueva escala de valores. Lo vemos a través de todas las páginas del Evangelio. Lo vemos en el actuar de Jesús y de cómo quiere que sea el actuar de sus discípulos.
Lo había cantado María. La que glorifica al Señor, que se ha fijado en la pequeñez de su sierva; la que canta al Señor ‘que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; que dispersa a los soberbios de corazón; que a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide sin nada; que se mantiene fiel en su misericordia de generación en generación’ para con todos los pecadores.
Es la Buena Nueva que nos llega con Jesús. María lo vivió. Dichosa, bienaventurada fue llamada por su fe, porque creyó la Palabra del Señor. Es Buena Nueva también para nosotros hoy. De este encuentro con el Señor tenemos que salir llenos de alegría y de esperanza, porque sabemos que las cosas pueden cambiar, que con Jesús las cosas tienen que cambiar.
Nos queda preguntarnos. Y nosotros, ¿mereceremos la bienaventuranza o la lamentación? ¿Cuáles son las actitudes de nuestro corazón? ¿Cómo escuchamos nosotros esas palabras de Jesús? ¿Renace también en nosotros la esperanza?

martes, 9 de septiembre de 2008

Tres momentos: oración, elección y salvación

1Cor. 6, 1-11
Sal. 149
Lc. 6, 12-19

Tres momentos podemos destacar en el texto del Evangelio que comentamos. Un primer momento, la oración. ‘Subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios’.
Un segundo momento la elección de los apóstoles. ‘Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles’. Y el evangelista a continuación nos da la relación de todos sus nombres y algunas circunstancias en torno a su vida.
Un tercer momento, el encuentro con los discípulos y con toda la masa grande de la gente. ‘Bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón’. Ahora son todos los discípulos y todos aquellos que ‘venían a oírlo y a que Jesús los curara de sus enfermedades...’
¿Dónde estaba Jesús? ¿Dónde se sitúa este monte? Probablemente en Galilea, porque en el texto que sigue le veremos proclamar las Bienaventuranzas, en la versión que nos da san Lucas; pero nos habla de gente que ha venido de toda Palestina, nos habla de Judea y Jerusalén, pero nos habla de gentes de más al norte, en la costa de Tiro y Sidón.
Tres momentos, pues, importantes. Nos habla de la unión de Jesús con el Padre, ‘pasó la noche en oración’, en un momento importante porque elige a los doce Apóstoles a los que iba a confiar una misión especial en medio de la comunidad. Son los Apóstoles, los enviados, los que en su nombre han de ir a anunciar el Evangelio a toda la creación. Pero están también todos los discípulos y todos aquellos que se acercan a Jesús para escucharle y para experimentar en su vida la salvación que Jesús nos trae, que viene significada en los milagros que realiza.
Tres momentos importantes también para nosotros. Unidos a Dios en nuestra oración. Necesitamos de Dios, de nuestra unión íntima y profunda con el Señor, que nos llene de su vida, que nos haga sentir su predilección y su amor, que nos haga experimentar su salvación.
También nosotros queremos escucharle allá en lo más hondo de nuestro corazón. Y abrimos nuestra vida a Dios, abrimos nuestro corazón a un encuentro profundo y vivo con El. Es lo que tiene que ser la oración en nuestra vida, más allá de algo ritual que podamos hacer. Como Jesús, según hemos visto en el evangelio. Como lo hizo María; como lo han hecho los santos antes que nosotros y que nos sirven tanto de ejemplo y de modelo.
Y sentimos como Dios tiene un amor especial para cada uno. Nos sentimos llamados y elegidos. Porque su amor es una predilección del Señor por nosotros. A cada uno nos ama el Señor con un amor especial. Dios nos ama a cada uno por nuestro nombre. Recordemos cada uno nuestra historia personal y descubriremos como en ese día a día de nuestra vida el Señor nos ha ido manifestando su especial amor.
‘Yo os he elegido para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca’. El Señor nos ha llamado y elegido y ha derramado su gracia salvadora sobre nosotros. Como nos recordaba san Pablo, somos pecadores porque tantas veces hemos llenado nuestra vida de pecado, pero el Señor ha sido grande en su misericordia con nosotros. ‘Así erais antes... pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron invocando al Señor Jesucristo y al Espíritu de nuestro Dios’. Si así nos ha perdonado el Señor, nos ha lavado de nuestros pecados, así ahora nosotros tenemos que dar gloria a Dios dando frutos de santidad y de gracia en nuestra vida.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Te felicitamos, María, es tu cumpleaños

Cuando celebramos el cumpleaños de alguien lo felicitamos y le deseamos los mejores parabienes. Nos alegramos con la alegría de su celebración y participamos con alegría de su fiesta ofreciéndole los obsequios de nuestro amor y amistad que se traduce muchas veces en los regalos que le hacemos.
Hoy es el cumpleaños de María. Es la fiesta de la Natividad, la Virgen Madre de Dios y madre nuestra. También queremos felicitarla con nuestro más sincero amor y ofrecerle el ramos de rosas de nuestro corazón. Hoy es una fiesta muy importante de María, en la que queremos participar con mucha alegría. Una fiesta que en la devoción popular de nuestros pueblos se traduce en numerosas advocaciones en torno al misterio de María. Virgen de la Luz, Virgen del Socorro, Virgen de los Remedios, Virgen de Abona, Virgen del Pino... por mencionar algunas de las que se celebran en esta tierra canaria en sus diferentes pueblos e islas.
La liturgia toda de este día es un canto de felicitación, de alabanza y de alegría en el Nacimiento de María. Cuando digo la liturgia no me refiero sólo a la celebración de la Eucaristía, sino también a la Liturgia de las Horas a través de los diferentes momentos del día. Recogemos algunas de las expresiones que aparecen en la liturgia y que pueden ayudarnos a vivir el sentido de esta fiesta.
‘Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, anuncia la alegría a todo el mundo. De ti nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios, que borrando la maldición nos trajo la bendición, y triunfando de la muerte nos dio la vida eterna’, que decimos en la antífona del Benedictus en Laúdes. Así nos habla también de ‘las primicias de la salvación’ que hemos recibido por el nacimiento de María en la oración litúrgica de esta fiesta. Por eso, ‘celebramos con alegría el nacimiento de María, la Virgen: porque de ella nació el Sol de justicia, Cristo el Señor’.
Y si nos habla del nacimiento del ‘sol de justicia, Cristo, el Señor’, el nacimiento de María se convierte para nosotros en la aurora. Ese resplandor que anuncia el día, que anuncia el nacimiento del sol. María es esa Aurora de la salvación porque de ella va a nacer Jesús. Así lo expresamos en la oración después de la comunión en la Misa. ‘Nacimiento de la Virgen María que fue para todo el mundo esperanza y aurora de la salvación’.
Por eso la liturgia nos habla de gozo y alegría a todo momento, gozo y alegría que podemos decir que es también el gozo y la alegría de Dios en el nacimiento de María. Dios la había escogido, la había predestinado para ser su madre, y por eso derramó sobre ella toda gracia y toda bendición. La preservó de todo pecado desde el primer instante de su Concepción en previsión de los méritos de su Hijo. Así lo celebramos hace nueve meses cuando celebrábamos su Concepción y la llamábamos Inmaculada, Purísima. Y Dios se gozó en María, en su belleza y en su santidad. ‘Hoy es el nacimiento de Santa María Virgen, que nos dice una de las antífonas de su fiesta, en cuya bella y humildad Dios se ha complacido’.
Nos felicitamos con María y felicitamos a María en la fiesta de su nacimiento. Cantamos a María y con ella queremos cantar a Dios la mejor de las alabanzas. Le ofrecemos el mejor regalo de nuestro amor que es querer copiar en nosotros su propia santidad. Por eso, con algunas de las advocaciones con que en este día la festejamos, queremos sentirla como Madre que remedia nuestros males, y la llamamos Virgen de los Remedios. Es la madre intercesora a quien acudimos y que sabemos que nos protege. Es la madre a la que confiamos todas las cuitas y deseos de nuestro corazón.
Virgen de la Luz también la llamamos, porque es la aurora que nos anuncia la Luz del Sol, Cristo el Señor, que viene a iluminar nuestras vidas. Queremos llenarnos de su luz. Queremos seguir el rastro de luz que se desprende de María, porque sabemos que si lo seguimos vamos a encontrar la Luz verdadera, Cristo el Señor.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Allí donde hay comunión y amor, allí está Dios

Ez. 33, 7-9;
Sal. 94;
Rm. 13, 8-10;
Mt. 18, 15-20

De una forma u otra cada vez que comenzamos la celebración de la Eucaristía el sacerdote nos recuerda que estamos reunidos como hermanos, como comunidad de amor, como asamblea santa, como pueblo de Dios.
¿Serán palabras rituales o son expresión de algo que vivimos y que queremos celebrar? ¿O quizá venimos porque queremos que el Sacerdote nos celebre la Misa, y lo que menos nos importa es que estamos reunidos como comunidad de hermanos, como familia santa que nos amamos? Creo que este interrogante es muy importante que nos lo hagamos y que tengamos claro qué es lo que somos y qué buscamos cuando venimos a la celebración. No venimos simplemente para que nos digan la Misa, acaso para hacer yo mis oraciones y, bueno, que no se alargue mucho porque tengo luego otras cosas que hacer. La participación en la celebración litúrgica es mucho más.
No siempre tenemos una conciencia clara de que somos una comunidad de hermanos, que somos una familia todos los que nos decimos que creemos en Jesús y pertenecemos a la Iglesia. Tenemos el peligro y la tentación de que, aunque nos decimos creyentes y cristianos, vayamos cada uno por nuestro lado y no sintamos realmente ese calor de una comunidad de amor que tenemos que ser todos los que formamos la Iglesia.
Algo que hemos de tener muy claro. Repercute, por supuesto, en nuestra celebración, en nuestra manera de celebrar, en las actitudes y posturas que tomamos en la celebración, pero repercute en algo esencial de nuestra vida cristiana. Los que creemos en Jesús queremos a entrar a formar parte del Reino de Dios. Los que creemos en Jesús, y que nos hemos unido a El por el Bautismo, al mismo tiempo entramos a formar parte de la comunidad cristiana, de la Iglesia, de la familia de los hijos de Dios. Y esto ha de expresarse en el día a día de nuestra vida.
Formamos, pues, por la fe que tenemos en Jesús como nuestro Salvador, una comunidad de amor, una comunidad de hermanos. Y ser una comunidad de amor entraña muchas cosas en las relaciones mutuas entre los miembros de la comunidad. Somos una comunidad de amor porque nos amamos. No olvidemos que ha sido el principal mandamiento que nos ha dado Jesús. Y porque nos amamos, y nos sentimos unidos, como nos dice hoy en el evangelio, ahí está El en medio de nosotros. ‘Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’, nos ha dicho.
Y nos dice más Jesús en referencia a nuestra oración. Si oramos unidos, unidos en el amor, tenemos la garantía que nos ha dado Jesús de que nuestra oración será escuchada. ‘Os aseguro, además, que dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo’.
Decíamos que somos una comunidad de amor porque nos amamos. Como comunidad caminamos juntos, nos ayudamos mutuamente; como comunidad hemos de sentirnos siempre solidarios los unos con los otros; como comunidad de amor nos aceptamos y nos comprendemos, nos perdonamos y nos ayudamos los unos a los otros a ser mejores, corrigiendo nos defectos, fallos y pecados.
No son fáciles las relaciones humanas entre las personas en cualquier ámbito de la vida, en la familia, entre los vecinos, allí donde trabajamos, y, tenemos que decir también, en nuestro ámbito de Iglesia. Tenemos nuestros orgullos y nuestro amor propio; tenemos nuestra manera de pensar y de hacer las cosas; nos sentimos tentados al egoísmo o a la insolidaridad. Pero precisamente en esa familia que somos los que nos llamamos Iglesia tendríamos que aprender a hacer que nuestras relaciones y nuestro trato sean cada vez mejores y a ello en nombre del amor cristiano tenemos que ayudarnos mutuamente.
Es de lo que nos ha hablado hoy Jesús en el Evangelio, cuando nos habla de la corrección fraterna. Algo que nos cuesta hacer y nos cuesta aceptar. Nos cuesta hacer porque, por una parte, nos echamos para detrás porque decimos que no somos nadie para decirle nada a otra persona, o porque no sabemos hacerlo con la suficiente humildad y amor para no herir, para no dañar. Eso, nos falta amor, porque como nos decía san Pablo ‘uno que ama a su prójimo no le hace daño’. Nos hace falta la delicadeza del amor. Por eso nos decía también ‘a nadie le debáis nada, más que amor, porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley’.
Y nos cuesta aceptar la corrección también por nuestra falta de humildad y de amor. Falta de humildad porque no nos gusta que aparezcan nuestros fallos o errores y que el hermano me pueda decir algo. Falta de humildad y amor por eso mismo porque no nos sentimos esa comunidad que caminamos juntos y nos ayudamos desde el amor los unos a los otros en ese caminar.
Creo que a esto nos está invitando el Señor en este domingo. Seamos en verdad esa comunidad de amor, esa familia, ese pueblo de Dios que caminos juntos porque creemos en Jesús y nos amamos. Además una cosa más. Allí donde hay comunión y amor, allí está Dios.

sábado, 6 de septiembre de 2008

A nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos

1Cor. 4, 6-15
Sal.144
Lc. 6, 1-5

El texto de la carta de san Pablo que comentamos yo diría que nos habla de la pasión y del dolor del corazón de Pablo y de su grandeza como Apóstol.
Dolor del corazón del apóstol por lo que le hace sufrir aquella comunidad a la que dirige su carta por sus problemas y divisiones internas. La situación es dura y se vuelve contra el apóstol que fue el primero que evangelizó aquellos lugares. Hay personas interesadas en desprestigiarle, todo se vuelve contra él y sufre ataques de todo tipo. ‘Parecemos condenados a muerte, dados en espectáculo público... considerado como loco, débil, despreciado... hemos pasado hambre y sed y falta de ropa... despreciados... nos agotamos trabajando con nuestras propias manos...’ Se siente como el último de todos. ‘Por lo que veo, a nosotros los apóstoles, Dios nos coloca los últimos... nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy’.
Pero ante todo esto que sufre el apóstol, tenemos que decir grande es la espiritualidad del apóstol. Sigue el camino de Jesús, que humillado se sometió a la muerte como un esclavo, pasando por uno de tantos. Parece que en su vida se está reflejando lo que había dicho Jesús de hacerse el último y el servidor de todos. En él se está realizando lo prometido en las bienaventuranzas. Se siente pobre, sufrido, y perseguido a causa del Evangelio. Siente que su fuerza está en el Señor. Él cumple con su misión. Su deseo es el Reino de Dios, el anuncio del Evangelio, y se siente orgulloso de considerarse padre en la fe para todos ellos, porque él fue el primero en anunciarles el Evangelio.
¿Cuál es su reacción? Hacer lo que dice Jesús en el evangelio sobre cómo tenemos que reaccionar ante quien nos humilla o nos ofende. ‘Nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos con paciencia; nos calumnian y respondemos con buenos modos...’ Nos recuerda efectivamente lo que Jesús enseña en el sermón del monte. ‘Yo os digo que no hagáis frente al que os hace mal; al contrario al que te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra; a que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, dale también el manto... da a quien te pide, y no vuelvas la espalda al que te pide prestado...’
En la figura del apóstol vemos también el dolor y sufrimiento de los pastores del pueblo de Dios de todos los tiempos. Bien conocemos que son el blanco de todas las miradas pero también de todas las críticas y persecuciones. Todos conocemos cómo los obispos y los sacerdotes, y también todos los que se dedican a un trabajo pastoral, son objeto de críticas, cómo se les mira mal, tantas veces son desprestigiados por muchos con acusaciones y calumnias; cómo se aprovecha cualquier debilidad humana, que es normal que tengan porque son tan humanos como todos los hombres, para acusarlos, criticarlos, condenarlos sin la más mínima misericordia. En medio del mundo el pastor que quiere seguir el modelo de Cristo se convierte siempre en signo de contradicción lo que provocará muchas reacciones adversas en aquellos a los que le molesta esa luz que brilla con el resplandor del Evangelio.
Por eso el pueblo cristiano tiene que saber estar al lado de sus pastores, para apoyarlos, animarlos, hacerles que se sientan fortalecidos con la gracia del Señor que es la única fortaleza que merece la pena. Ahí tiene que estar la oración del pueblo cristiano por sus pastores. Así se sienten confortados en el Señor con esa oración del pueblo fiel que sabe valorarlos y apoyarlos. Así, es cierto, los pastores tenemos que crecer en nuestra santidad, hacer crecer más y más una espiritualidad bien enraizada evangélicamente y tomemos el ejemplo de Pablo que hoy contemplamos en este trozo de la primera carta a los Corintios.Y a todos nos vale este ejemplo que nos ofrece Pablo, porque todos en la vida tenemos que sufrir muchas veces esas persecuciones y esos desprecios, en la convivencia de cada día muchas veces se nos hace difícil el trato mutuo y por eso hemos de saber reaccionar también según el espíritu del Evangelio de Jesús, con amor, con humildad, con paciencia, ‘con buenos modos’, como decía el apóstol.

viernes, 5 de septiembre de 2008

A vino nuevo, odres nuevos

1Cor. 4, 1-5
Sal.36
Lc. 5, 33-39

‘A vino nuevo, odres nuevos’. Así nos dice Jesús en el Evangelio. ¿Qué querrá decirnos?
Podemos recordar otro pasaje del Evangelio que nos habla también de vinbo nuevo, en este caso del evangelio de san Juan. Lo recordamos. Las Bodas de Caná de Galilea. Allí ofrece Jesús un vino nuevo en aquella boda. El evangelista no habla de milagro sino de signo, queriendo decirnos que las acciones maravillosas que hace Jesús son señales de algo más que Jesús quiere realizar. Ese vino nuevo de las bodas de Caná fue un signo por el que muchos discípulos creyeron en él; el inicio, podíamos decir, de algo nuevo que Jesús quería ofrecernos.
El inicio de la predicación evangélica fue una invitación a la conversión, tanto en la predicación de Juan como preparación para la venida del Mesías, como los primeros pasos de Jesús en Galilea. ‘Convertíos y creed en el Evangelio’. Convertíos porque el anuncio de algo nuevo se está realizando. Evangelio es Buena Noticia. Con Jesús llegaba esa Buena Noticia. Con Jesús se estaba haciendo el anuncio de algo nuevo y para creer en ello había que darle la vuelta a la vida, convertirse.
Vino nuevo que necesita unos odres nuevos; vida nueva que necesita un cambio total y radical en la vida anterior; nacer de nuevo que dice Jesús a Nicodemo; levadura nueva, porque hemos de quitar la levadura vieja, que le decía Jesús a los discípulos; hombres nuevos, que nos dirá luego san Pablo, arrancando de nosotros el hombre viejo.
Es que es eso lo que significa creer en Jesús. Eso es lo que tiene que realizarse en nuestra vida. Conversión, porque no podemos andar con componendas ni paños calientes. Hoy Jesús nos dirá que no podemos andar con remiendos. ‘Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque se estropea lo nuevo, y la pieza no le pega a lo viejo’.
Esto tendría muchas consecuencias en nuestra vida. En ese camino de santidad que queremos recorrer, no podemos andar con arreglos con el pecado. ‘Seréis santos, como vuestro Padre del cielo es Santo’, nos dice Jesús en el Evangelio. Cuando viene la tentación no podemos andar haciendo arreglitos. Como Jesús en el monte de la Cuarentena tenemos que saber decir no. Es la radicalidad del amor. Es la radicalidad con que hemos de vivir la santidad.
Jesús anuncia el Reino de Dios, por el que hemos de optar con toda nuestra radicalidad. Jesús nos está proponiendo un nuevo estilo de vivir, que es el Reino de Dios. Ese Cielo nuevo y esa Tierra nueva de la que nos habla el Apocalipsis, porque el primer mundo ha pasado. Pero ¿qué hacemos nosotros? ¿Somos en verdad en nuestra Iglesia testigos de ese mundo nuevo, de ese estilo nuevo del Evangelio? ¿De verdad el Reino de Dios es la opción radical de nuestra vida? ¿En nuestras actitudes y en nuestro comportamiento somos testigos de ese estilo nuevo del Reino de Dios? ¿Vivimos la libertad gloriosa de los hijos de Dios, porque Cristo nos ha liberado?
Cuando Jesús les habla a los discípulos del vino nuevo y de los odres nuevos, de la levadura vieja de los fariseos que hay que quitar, está diciéndoles que sus actitudes, su estilo de vivir con la llegada del Reino de Dios tiene que ser totalmente nuevo.
Pero pareciera que los cristianos volvemos muchas veces a los viejos rituales, a cargarnos de normas y preceptos como Jesús denunciaba en los fariseos y en los maestros de la ley. Algunas veces en algunas instituciones y en la misma Iglesia pareciera que le damos más importancia a todas esas normas y preceptos de los que hemos llenado la vida de nuestras instituciones que del estilo libre del Evangelio. Tenemos el peligro y la tentación de volver a actitudes farisaicas donde lo más importante es lo externo, porque no se tiene en cuenta como se debiera la pureza del corazón.
Hace unos años entró en la Iglesia el aire nuevo del Espíritu con el Concilio Vaticano II, y confieso que algunas veces parece como si volviéramos en muchas cosas a antiguos ritos y antiguas costumbres, ahogando el espíritu de renovación que resplandeció en la Iglesia en los tiempos del Concilio. Por el miedo a equivocarnos, a que se cometan errores o se tengan tropiezos se coarta la libertad en muchas ocasiones de nuevas iniciativas renovadoras que nos harían caminar impulsados por esa fuerza siempre nuevo y joven del Espíritu. Pareciera que nos hiciéramos viejos y timoratos en ese miedo a lo nuevo que el Espíritu pudiera seguir sugiriendo a la Iglesia de tantas maneras.
Como nos decía san Pablo en la carta a los Corintios ‘el Espíritu iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón’. Que el Espíritu nos ilumine, con su fuego queme esa vieja levadura que muchas veces dejamos escondida en muchos rincones del corazón, y nos haga encontrar esos nuevos odres que contengan ese vino nuevo del Evangelio impulsor de vida nueva para nosotros y para nuestra Iglesia.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Humildes y disponibles para ser pescadores de hombres

1Cor. 3, 18-23
Sal. 23
Lc. 5, 1-11

Lo podemos contemplar hoy en el evangelio como sembrador o como pescador. Como pescador que siembra la semilla del Reino de Dios o como pescador que nos invita a ir hasta El para seguirle al tiempo que nos hace a nosotros también pescadores de hombres.
‘La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios... subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente...’ Toda ocasión y todo lugar es bueno para el anuncio del Reino. Allí a la orilla del lago, en aquellas gentes que estaban ansiosos de escuchar la Palabra de Dios, podía haber tierra buena en la que sembrar la semilla.
Pero Jesús necesitaba sembradores y pescadores. Es lo que vamos a ver a continuación. Además serán necesarias unas actitudes, unas condiciones para poder ser de los que habían de ser enviados por Jesús. El llama, pero también nos va dejando a entrever sus exigencias.
‘Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: Rema mar adentro y echad las redes para pescar’. En mal momento podía haber venido la petición de Jesús. Pedro, el pescador, el que conocía bien aquel lago y las artes de la pesca se había pasado la noche bregando y no había cogido nada. ¿Pedirle ahora a Simón que de nuevo eche las redes para pescar? El que entendía de mar y de pescas era Pedro, y ya vemos el resultado.
Pero aquí viene la primera respuesta y la primera actitud. El era el que sabía, pero estaba dispuesto a hacer lo que Jesús dijera. ‘Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes’. Pedro baja la cabeza. Pedro se manifiesta humilde. Pedro deja a un lado sus conocimientos y su arte de pesca. Pedro está dispuesto a hacer lo que le pida el Maestro. Hermosa actitud de humildad. ‘Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio’, nos aconseja Pablo en su carta. Fue la sabiduría que aprendió Simón Pedro, la de la humildad y la de la confianza.
Este es el otro valor que hay que destacar: la confianza. La confianza la tiene puesta en Jesús. ‘Pero, por tu palabra, echaré las redes’. Porque tú lo dices. Porque me fío de ti. Porque humilde me digo no a mi mismo para simplemente dejarme guiar por ti. Por tu palabra, en tu nombre, echaré las redes. ¡Cuándo aprenderemos a fiarnos de Dios! ¡Cuánto tendríamos que decir en este sentido!
Y ahora viene el asombro. Sí, asombro para reconocer las maravillas que el Señor hace. Podemos decir que son casualidades, que es suerte que tenemos en la vida, que ahora tocó. Pero ¿por qué no decir que Dios está actuando ahí y nos hace descubrir sus maravillas? Hemos perdido la capacidad de asombro ante las cosas de Dios. Nos hemos hecho tan poderosos y tan sabios, que no terminamos de vislumbrar que el poder grande y las maravillas grandes las hace Dios, y de tantas manera en nuestra vida. Reventaba la red. Fue necesario llamar a los compañeros de las otras barcas. ‘Llenaron las dos barcas, que casi se hundían... y es que el asombro se había apoderado de él (Simón Pedro), y de los que estaban con él’.
‘Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador’. De nuevo la humildad. Apártate de mí. Señor, no soy digno. ¿Quién soy yo para estar en tu presencia? ¿Cómo puedo poner en duda las obras de Dios cuando se manifiestan tan maravillosas? El Señor es grande.
Jesús había encontrado sembradores y pescadores. Había buena madera. Habían pasado el examen, aunque aun quedaba un último paso pero que saldría ya de forma espontánea. ‘No temas, dice Jesús; desde ahora será pescador de hombres’. Un día le había dicho, ‘tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia...’; los había llamado a su paso por la orilla del lago. Algún día todavía le dirá ‘pastorea mis ovejas, pastorea mis corderos...’; ahora le dice: ‘Serás pescador de hombres’.
Vendrá la última reacción y la postrera actitud que hay que alabar. ‘Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron’. Algunos muy prácticos podrán pensar y que se hizo con aquella pesca, porque en otra ocasión, incluso contarán los peces. Ahora lo que importa es seguir a Jesús. Lo que tenemos que destacar es la disponibilidad y el desprendimiento. Ya no necesitaban nada. Sólo a Jesús y seguirle.Seguir a Jesús. Escuchar su Palabra y su llamada. Admirar las cosas de Dios que son siempre maravillosas. Humildes, reconocer nuestra pequeñez y nuestra nada. Estar siempre disponibles para Dios y para aquello para lo que nos necesite.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

La Buena Noticia a los pobres, a los cautivos la libertad

1Cor. 3, 1-9
Sal. 32
Lc. 4, 38-44

‘El Espíritu del Señor me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a los cautivos la libertad’. Lo hemos escuchado hace pocos días y hoy nos ha servido para proclamar el Aleluya antes del Evangelio. Podíamos decir que es la clave de lo que se nos ha ido proclamando y hemos ido escuchando estos días en el Evangelio: proclamar la Buena Nueva a los pobres y la libertad a los cautivos.
En la sinagoga de Cafarnaún Jesús ha proclamado la Palabra y al salir lo llevan primero a casa de Pedro donde está la suegra con fiebre; Jesús ‘de pie a su lado, increpó la fiebre, y se le pasó; ella levantándose en seguida, se puso a servirles’. A continuación le traen enfermos ‘y poniendo las manos sobre cada uno los iba curando’. Los signos de esa libertad para los cautivos. Jesús que nos sana, nos cura, nos salva, nos levanta de nuestras esclavitudes y postraciones y nos da vida. Sigue tendiéndonos su mano para levantarnos. Sigue iluminándonos con la Buena Noticia de su Palabra.
Pero Jesús no se queda en Cafarnaún. ‘Intentaban retenerlo para que no se fuese’. Pero Jesús no se deja acaparar. Jesús tiene que llegar a todos los hombres y a todos los pueblos. ‘También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado’. Y comenta el evangelista que se fue a las sinagogas de Judea. Estaba en Galilea y se va también a Judea. A todos ha de anunciarse el Reino de Dios. Su misión es universal.
En la primera lectura, en la carta a los Corintios, se nos señalan situaciones vividas por aquella comunidad, pero que podemos trasladarnos a nuestras situaciones personales o de nuestras comunidades cristianas, en las que Jesús ha de llegar hasta nosotros igualmente para tomarnos de la mano y levantarnos, sanarnos y salvarnos.
Había problemas en la comunidad de Corinto. Andaban divididos y llenos de conflictos. Pablo les dice que son como niños que andan con envidias y rencillas. Pablo había allí anunciado el primero el evangelio; luego habían venido otros misioneros de la Palabra de Dios y se crearon divisiones. Ahora andaban que si de Pablo o que si Apolo. ‘Cuando uno dice yo estoy por Pablo y otro, yo por Apolo, ¿no sois como cualquiera?’ ¿No sois como niños? ‘Mientras haya entre vosotros envidias y contiendas, es que os guían los instintos carnales y procedéis como gente cualquiera’, les dice Pablo. Lo importante no es Pablo ni Apolo, sino Dios, el Reino de Dios que se anuncia. ‘Nosotros – Pablo, Apolo, o cualquier misionero - somos colaboradores de Dios, y vosotros el campo de Dios... el edificio de Dios... lo que cuenta es el que hace crecer, Dios, no el que planta o el que riega’.
Así andamos también nosotros con nuestras divisiones, envidias, contiendas... En un nivel personal, pero también en nuestras comunidades, muchas veces en nuestra Iglesia. Es la división grande de la Iglesia, católicos, ortodoxos, protestantes, anglicanos, ortodoxos, y mil ramas más. Pero es también lo que sucede en nuestras pequeñas comunidades muchas veces. Que si yo soy mejor, que si tú lo haces de otra manera, que si mi grupo, mi comunidad, los que trabajan en esto o en lo otro, que si aquella persona, que si el cura de aquella parroquia, que si tal movimiento... Muchos orgullos, mucho amor propio, muchos resentimientos, muchas envidias... pero ¿qué es lo que importa? ¿qué yo o los míos sobresalgamos porque hacemos las cosas mejor, o el Reino de Dios?
Pidamos al Espíritu que nos dé el don de la humildad, del amor, de la aceptación mutua, de la valoración de los otros, del respeto mutuo, de la colaboración para tendernos las manos, para caminar juntos, cada uno según sus cualidades y su carisma, pero todos construyendo la misma Iglesia de Dios, el mismo Reino de Dios.
Que el Señor nos sane de nuestras enfermedades, de la parálisis del espíritu, de nuestra ceguera espiritual; que el Señor nos libere de tantas ataduras y esclavitudes nacidas de nuestro amor propio y orgullos heridos; que sintamos en nuestra vida esa Buena Nueva de Salvación que nos hace hombres nuevos; que vivamos con madurez cristiana todas esas situaciones difíciles con las que nos vamos encontrando.

martes, 2 de septiembre de 2008

¿Qué tiene su palabra?

1Cor. 2, 10-16
Sal. 144
Lc. 4, 31-37

‘¿Qué tiene su palabra?’ Comentaban con estupefacción las gentes de Cafarnaún. ‘Se quedaban asombrados porque hablaba con autoridad... da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen...’
‘¿Qué tiene su palabra?’
Ellos lo reconocen. Habla con autoridad. Cómo no iba a hacerlo si El era la Palabra viva de Dios que se había hecho carne. ¿Quién mejor podía hablarnos de Dios? ¿Quién mejor podía revelarnos el misterio de Dios? No hablaba con palabras aprendidas. Era El la Palabra, la Palabra de vida y la Palabra de salvación. No sólo nos enseña, sino que además con su poder y autoridad realiza maravillas. Era un hablar nuevo.
Con ese mismo asombro tenemos que ponernos nosotros ante la Palabra. Con esa misma apertura de corazón, para dejar que esa Palabra ilumine y salve nuestra vida. Que no pongamos resistencias. ‘Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar a voces: ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sí quién eres: el Santo de Dios’.
Nos cuesta muchas veces reconocer y aceptar esa Palabra de vida y salvación que nos llega. Preferimos nuestras palabras o nuestros caminos. Preferimos quedarnos como estábamos. Se nos hace difícil el cambio porque nos duele arrancarnos de aquello a lo que nos habíamos acostumbrado. Cuántos apegos en nuestro corazón. Nos resistimos.
Pidamos la fuerza del Espíritu de Dios. El Espíritu Santo que nos despierte a la fe y nos ayude a descubrir el misterio de Dios. Es que sin fe las cosas las veríamos de otra manera. Sin la luz del Espíritu Santo no podríamos descubrir todo ese misterio de amor que se nos manifiesta en Jesús. ‘El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios’, nos dice san Pablo.
Si no nos guía el Espíritu de Dios ni podríamos comprender ni ver con claridad. No nos valen para esto sabidurías humanas. ‘Lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios. Y nosotros hemos recibido un Espíritu que no es de este mundo, es el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos’. Un acto de fe y de reconocimiento.
Sólo podremos conocer a Jesús si nos dejamos conducir por el Espíritu Santo. ‘Nos lo revelará todo’, nos había dicho Jesús mismo. Sin esa fe, no terminaríamos de comprender su misterio. No entenderíamos sus palabras. No significarían nada para nosotros sus obras. ‘A nivel humano uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una locura; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu’.
Que su Espíritu nos ilumine y nos guíe. Que sintamos esa admiración por su Palabra, su autoridad y su poder. Es ‘el Santo de Dios’, que nos salva, que nos llena de vida, que nos arranca del mal y de la muerte, que nos pone en camino de salvación. Demos gracias a Dios.

lunes, 1 de septiembre de 2008

¿Podremos decir nosotros también ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’?

1Cor. 2, 1-5
Sal. 118
Lc.4, 16-30
‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Fue en Nazaret, ‘donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura’. El texto proclamado era de Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor’.
Y ese fue su principal comentario. Allí estaba el Mesías del Señor, el ungido por el Espíritu Santo – ya sabemos que Mesías y Ungido eran decir lo mismo, porque Mesías era la palabra hebrea precisamente -. Allí estaba quien era la Buena Noticia de salvación para los pobres y para todos. Allí se proclamaba el año de gracia del Señor, el gran jubileo del perdón porque en su sangre derramada íbamos todos a alcanzar el perdón y la remisión de los pecados.
Ya conocemos nosotros por el evangelio cómo en Jesús se daban todas esas señales del Mesías anunciado por los profetas. Cuando Juan envía a sus discípulos a preguntarle si era el Mesías o habían de esperar a otro, la respuesta de Jesús es que vayan y anuncien a Juan lo que han visto y oído, porque en El se estaban cumpliendo todas las señales dadas por los profetas. ‘Los ciegos ven, lo cojos andan, los leprosos son curados y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia’.
Pero, dejando a un lado un comentario más amplio del texto con la reacción de los nazarenos, primero de admiración y de rechazo después, tratemos de escuchar esa Buena Noticia que hoy se nos ha proclamado en el hoy de nuestra vida. Y cuando digo hoy, digo en esta fecha concreta en la que estamos – piensa en el día y la hora concreta en que te estás haciendo esta reflexión -. ¿Podremos decir nosotros también ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’?
Esto es lo que tenemos que hacer para escuchar de verdad en el hoy de nuestra vida esa Buena Noticia de Salvación que es Jesús para nosotros. Miremos cómo se cumple este hoy en nuestra vida. Primero que nada tenemos que reconocer que Jesús está hoy aquí presente entre nosotros de la misa manera proclamando ese año de gracia del Señor. Aquí está ofreciéndonos su Palabra y su Salvación, su gracia salvadora que nos arranca de nuestras cegueras o de nuestra muerte para darnos vida.
Pero tenemos que decir o pensar algo más. Jesús hoy se sigue haciendo presente en nuestro mundo en su Iglesia y en todos nosotros los que creemos en El que nos ha confiado su misma misión. Y la Iglesia puede decir con toda razón ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, porque la Iglesia sigue haciendo presente su Palabra y toda su obra salvadora.
Porque en la Iglesia se siguen dando las mismas señales que descubríamos en Jesús cuando contemplamos las obras de amor de la Iglesia que libera cautivos, da vista a los ciegos, o levanta a los caídos en tantas obras de misericordia que en sus instituciones, en sus obras benéficas, en la gente comprometida de nuestras cáritas parroquiales, en tantos y tantas religiosos y religiosas comprometidas en esa obra de amor a través de toda la Iglesia, en tantos laicos comprometidos desde su fe en tantas obras sociales a favor de los demás a lo largo de nuestro mundo. Y por ello tenemos que dar gracias a Dios, bendecir al Señor que así se hace presente en nuestras obras de amor.
Y tenemos que pensar en cada uno de nosotros, examinando nuestra vida para ver cómo damos nosotros esas señales de la presencia de Jesús a través de nuestras obras, de nuestro amor, de nuestro compromiso. Porque tenemos que ser esos signos de Jesús para los que nos rodean. Y lo seremos cuando amemos de verdad, cuando nos acerquemos al hermano que sufre, al pobre que nos tiende la mano, al que tiene una carencia de amor y nos está pidiendo nuestro cariño y nuestra atención. Cuántos gestos de amor podemos realizar cada día con los que nos rodean. Cuando seamos capaces de hacerlo, podremos decir como Jesús, ‘hoy se está cumpliendo esta Escritura que acabamos de oír’.
Somos también los ungidos por la fuerza del Espíritu Santo enviados para anunciar esa Buena Noticia de Salvación. Recordemos la unción de nuestro Bautismo y de nuestra confirmación. Proclamemos con nuestra vida y con nuestras obras ese año de gracia y salvación que Jesús nos ofrece.

domingo, 31 de agosto de 2008

Salvar la vida, perder la vida, paradojas del evangelio

Jer. 20, 7-9;
Sal. 62;
Rm. 12, 1-2;
Mt. 16, 21-27

Hablar hoy a la gente de sacrificio, de renuncias o de negaciones resulta a la mayoría chocante e incomprensible. No nos queremos privar de nada. Queremos siempre lo fácil y lo placentero. ¿Por qué tenemos que negarnos nuestros caprichos y apetencias? Soñamos siempre con el triunfo, el disfrute de la vida y de las cosas y es a eso a lo que tendemos. Claro que la felicidad es una buena meta y un buen deseo en la vida. Pero, ¿a qué felicidad o triunfo aspiramos?
Con estas premisas que estamos poniendo, quizá a muchos también les choque el evangelio de este domingo. Primero Jesús habla de subir a Jerusalén donde va a padecer, ser ejecutado y morir, aunque nos habla también de resucitar al tercer día. Luego nos pone unas condiciones para seguirle que nos hablan de renuncia, de cruz y de perder la vida. Podríamos decir que resulta lógica la reacción de Pedro, con todo el amor que sentía por Jesús. No podía permitir que eso lo sucediera a Jesús. Tendrá que apartarlo Jesús de sí y decirle que lo está tentando y que ‘piensa como los hombres y no como Dios’.
Paradojas del Evangelio. Perder para ganar, morir para tener vida, o, como nos dice en otro lugar, enterrar el grano de trigo para que pueda fructificar. ¿Es que acaso lo que Jesús quiere para nosotros es un mundo de dolor y de sufrimiento? De ninguna manera. Claro que Jesús quiere nuestra felicidad. No olvidemos que el mensaje central del Evangelio, el que proclamó allá en el monte, es el de la dicha y la felicidad.
Por eso, la pregunta que ya nos hacíamos. ¿A qué felicidad o triunfo aspiramos? Y nos dice Jesús: ‘¿De qué le vale a un hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?’ Por eso nos había dicho: ‘Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará’.
¿Qué podemos entender por salvar la vida o perderla por Él? Salvar la vida sería querer vivirla sólo en provecho propio. Y perder la vida sería ser capaz de entregarla generosamente por una meta, o sea, por Cristo, por los demás. Esta es la paradoja del evangelio que tenemos que saber entender. Jesús nos habla de negarnos a nosotros mismos para tomar la cruz y seguirle. Negarse es pensar menos en uno mismo para vivir más de cara a los demás, vivir para los demás.
Y para eso lo que tenemos que hacer es mirar a Jesús. Es el Señor y se abajó. Es Dios y se hizo hombre. Es nuestra vida y se entregó a la pasión y la muerte por nosotros. Se humilló y Dios lo exaltó de manera que su nombre está sobre todo nombre, como nos diría san Pablo, y llegamos a proclamar que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre. Cuando Pedro escucha a Jesús lo que iba a suceder en la subida a Jerusalén, impresionado quizá por lo de la pasión y la muerte, no escuchó claramente que Jesús hablaba también de resurrección.
También nosotros queremos quitar de nuestra mente y de nuestra vida lo que signifique cruz. Queremos ser felices y en esa lógica humana huimos de la cruz. Como Pedro que quería convencer a Jesús de que no subiera a Jerusalén y se olvidara de esas cosas; o como escuchamos también en el profeta Jeremías. Sintiendo que era el hazmerreír de las gentes que le rechazaban por la profecía que pronuncia quería olvidarse de todo, pero no podía. ‘La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije. No me acordaré más de El, no hablaré más en su nombre; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo pero no podía’.
En las cosas de Dios, en lo que respecta a nuestra vida cristiana, nos cuesta entender estas cosas. Sin embargo miremos cómo actuamos en muchas cosas de nuestra vida cuando hay algo que de verdad nos interesa. Ya nos afanamos de la manera que sea para conseguirla. En lo material, en los disfrutes terrenos sí que hacemos lo que sea por conseguir nuestras metas. ¿Por qué no en lo que atañe a nuestra vida espiritual, en lo que respecta a nuestro seguimiento de Jesús y de nuestra vida cristiana?
Claro que depende de la importancia que nosotros le demos en nuestra vida al hecho de ser cristiano, de llamarse discípulo de Jesús y el lugar que le queremos dar al Evangelio en nuestra existencia. Cuando radicalmente hemos hecho una opción por Jesús porque en verdad lo confesamos como nuestro Salvador, nuestra vida, todo para nosotros, como queríamos confesar el pasado domingo, entonces sí que pondremos a Jesús en el centro de nuestra vida, en la razón de ser de nuestra existencia, de lo que hacemos y de lo que vivimos.
Jesús está proponiendo hoy a sus discípulos lo que son las exigencias de su seguimiento; lo que supone seguirle para poder llegar a la dicha de la vida y de la resurrección. Cuando lleguemos a entenderlo y a tratar de vivirlo seremos las personas más felices y con la felicidad más grande que podamos alcanzar, aunque haya dolores y sufrimientos en la vida.
Es el camino de Jesús y es el camino de sus seguidores, de los que creemos en El. Un camino que pasa por la humanidad y que entonces pasa también por la pasión y la muerte, por el dolor y el sufrimiento de los hermanos que caminan a nuestro lado. Cuando soy seguidor de Jesús ese camino lo asumo - no puedo ser insensible -, ese dolor, esa cruz de mis hermanos es también mi cruz y la tomaré para seguirle, para caminar hasta la vida y la gloria de la resurrección.
Por eso nos ha dicho: ‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga’. ¿Lo entenderemos ahora? ¿Comenzaremos a pensar a la manera de Jesús? San Pablo nos invitaba a ‘presentar nuestros cuerpos como hostia viva santa, agradable a Dios...’; y nos dice también ‘no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente’, por la renovación del corazón para vivir a la manera de Jesús.
Que este sea nuestro culto razonable, la ofrenda de amor que le presentemos al Señor en este día y cada día de nuestra vida.

sábado, 30 de agosto de 2008

Unos talentos para el beneficio de todos

1Cor. 1, 26-31
Sal. 32
Mt. 25, 14-30

La parábola que hoy nos propone Jesús en el Evangelio es una llamada a nuestra responsabilidad ante nuestra vida y ante la sociedad en la que vivimos con todas sus consecuencias. Es la conocida como parábola de los talentos. El hombre que se va al extranjero y reparte entre sus empleados diversa cantidad de talentos, esperando recibir sus ganancias a la vuelta.
Cada uno recibimos en la vida diversos talentos, que son nuestras cualidades, nuestros valores personales, en una palabra lo que somos. Nadie es mayor o menor por los talentos que hemos recibido. Y todos hemos de saber dar gracias a Dios por lo recibido, tomando la vida y lo que somos con total responsabilidad. Está, es cierto, la tentación de unos creerse mayores o mejores que los demás. Pero cada uno tiene su propio valor y su responsabilidad.
Suele decirse que nadie es imprescindible, pero yo me atrevo a añadir que todos sí que somos imprescindibles porque somos necesarios, porque cada uno, el pequeño o el grande, el que tiene más o valores o el que tiene menos ocupa su lugar, tiene su responsabilidad, ha de realizar su función y su misión. Responsabilidad de cara a su propia vida que ha de desarrollar al máximo desde lo que es; pero responsabilidad que sentimos también en esa sociedad, en ese mundo en el que vivimos donde todos tenemos que poner nuestro grano de arena por hacer que cada día sea mejor. No todos podemos hacer lo mismo, pero todos sí que tenemos que contribuir al desarrollo de nuestra sociedad, de ese mundo que Dios desde la creación ha puesto en nuestras manos.
Porque seamos pequeños no tenemos que ocultarnos o quedarnos en un segundo plano. Ya vemos lo que sucede en la parábola con aquel que como tenía poco, lo que hizo fue esconderlo y no lo puso a negociar. Es que además hemos de reconocer que Dios se vale de lo pequeño y en lo pequeño realiza el Señor maravillas. Podríamos recorrer muchas páginas de la Biblia para corroborarlo en la propia historia de la salvación.
Miremos a María. Ella se sintió la pequeña, la humilde esclava del Señor, pero el Señor se fijó en ella, y en ella hizo maravillas. Como María hemos de saber reconocer nuestra pequeñez, pero reconocer también las maravillas que el Señor realiza en nosotros. ‘El Señor hizo en mi maravillas... se fijó en la pequeñez de su esclava’. Dios quiere contar también con nosotros. Y la gloria es siempre para el Señor. Como nos dice san Pablo ‘nadie puede gloriarse en la presencia del Señor’. Y cada uno da gloria al Señor con lo que tiene o con lo que es.
San Pablo, en la carta a los Corintios que estamos proclamando estos días, les recuerda que entre ellos ‘no hay muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los fuertes...’ Así pues no nos podemos gloriar de nuestras grandezas humanas, porque ¿qué somos ante el Señor? Sin embargo Dios quiere contar con nosotros. ‘Así pues, el que se gloría, que se gloríe en el Señor’, termina diciendo el apóstol.
A los que son humildes, pero tienen en su corazón esa disponibilidad para el Señor, Dios se les manifiesta de manera especial y son ricos en su corazón con una Sabiduría que viene de Dios. Humildad no significa uno anularse, sino reconocer lo que Dios ha hecho en nosotros. El verdaderamente humilde no entierra sus talentos por pocos que sean, sino que con su pobreza contribuye como el que más al bien de los demás.
Que así todos demos gloria al Señor reconociendo las maravillas que el Señor realiza en nosotros y por nosotros.

viernes, 29 de agosto de 2008

El Bautista, precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús

El Bautista, precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús
Jer. 1, 17-19
Sal. 70
Mc. 6, 17-29

La liturgia llama a san Juan Bautista ‘precursor del nacimiento y de la muerte’ de Jesús, ‘mártir de la verdad y de la justicia’. El pasado 24 de junio celebrábamos su nacimiento – sólo se celebra el nacimiento de Jesús, la Virgen María y Juan el Bautista – y hoy celebramos su martirio y su muerte.
Precursor del Mesías, precursor de su nacimiento, pues vino a preparar los caminos del Señor y seis meses antes que Jesús celebramos su nacimiento. Con Juan Bautista hacemos el camino del Adviento preparándonos para la Navidad, celebración del nacimiento de Jesús. Era el anunciado por los profetas que venía a preparar los caminos del Señor, a preparar un pueblo bien dispuesto, como le anunció el ángel a Zacarías.
Como testigo de la verdad y de la justicia se presenta ante el pueblo en su austera figura. Vestido de piel de camello y comiendo saltamontes y miel silvestre allá en el desierto junto al Jordán invitaba a la conversión para preparar el camino del Señor. Con su palabra fuerte iba señalando a cada uno lo que había de hacer, para caminar por caminos de rectitud, de justicia y de amor. ‘Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar del juicio inminente? Dad frutos que prueben vuestra conversión... todo árbol que no da buen fruto va a ser cortado y echado al fuego’.
Y ante la pregunta de qué tenían que hacer les invitaba a compartir ‘el que tenga dos túnicas que le dé al que no tiene ninguna’, a no exigir más de lo establecido, a no usar de la violencia ni a hacer extorsión a nadie. También al rey Herodes ‘le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano’.
Sentía sobre sí la palabra del Señor dicha a Jeremías. ‘Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo... te convierto hoy en plaza fuerte, con columna de hierro, en muralla de bronce frente a todo el país... a los reyes y a los príncipes... a los sacerdotes y a las gentes del campo...’ Era un testigo de la verdad y de la justicia.
Pero es precursor de la muerte de Jesús. Su muerte le convierte en mártir, en anuncio y anticipo. ‘Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio’. Se repetirán esas palabras en referencia a Jesús cuando sumos sacerdotes, escribas y fariseos conspiren contra Jesús.
Pero pedíamos también en la oración litúrgica que ‘luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe’. El testimonio de los mártires es fuerza para nosotros ser testigos también. Es lo que tenemos que pedir al Señor. Que con la misma valentía nosotros nos mostremos como testigos de nuestra fe, de la verdad y de la justicia.
Cuando contemplo y celebro el testimonio de los mártires que así han sido ya reconocidos por la Iglesia, quiero pensar también en tantos mártires de hoy a nuestro lado, en nuestro mundo. Tantos testigos de la fe en circunstancias difíciles que en algunos casos llegarán también a derramar su sangre, a entregar su vida. Mártires de nuestro siglo que no conocemos pero que ahí están dando su testimonio.
No son noticias que habitualmente nos trasmitan las agencias de noticias, nos hagan referencias a ellas en los medios de comunicación, televisión, radio o prensa escrita. Pero que si estamos atentos y buscamos en los medios apropiados quizá no pase una semana sin que salga una noticia de estas. Esta misma semana nos llegaba la noticia de sangrientas persecuciones en algunos lugares de la India, donde una religiosa murió quemada viva, otras fueron violadas y maltratadas, obras sociales de la Iglesia arrasadas, sacerdotes huidos y refugiados en casas particulares de cristianos. (visitar Zenit.org: http://www.zenit.org/article-28236?l=spanish)
Son cosas que siguen sucediendo hoy y que tenemos también que conocer. Porque además ahí encontraremos fortaleza para seguir testimoniando nuestra fe en nuestro propio ambiente no siempre propicio a dar ese testimonio. Pidamos al Señor que nos dé fortaleza para dar ese testimonio; que dé fortaleza a la Iglesia y a todos los cristianos sobre todo a los que viven en esos lugares más comprometidos.
Es también la lección que hoy aprendemos de este mártir de la verdad y la justicia que Juan el Bautista, el precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús.

jueves, 28 de agosto de 2008

Que nunca sea tarde para encontrarte, Señor

1Jn. 4, 7-16
Sal. 88
Mt. 23, 8-12

Todos buscamos a Dios. Hay ansias de plenitud en nuestro corazón pero no sabemos cómo llegar, cómo encontrarlo. Somos limitados y esa inmensidad de lo infinito pareciera que nos queda grande. En nuestra limitación nos sentimos confundidos. Confundimos la plenitud de lo infinito con lo bello y hermoso que nos vamos encontrando en el camino. Confundimos la criatura con el Creador. Nos quedamos en la cosas que vemos a la vera del camino, bellas y hermosas que han sido creadas por Dios, y no terminamos de llegar a Dios. Está también nuestra condición pecadora. Nos encerramos en nuestro egoísmo y no descubrimos lo que es el Amor verdadero.
Pero lo maravilloso no es sólo que nosotros busquemos a Dios, sino que es Dios el que nos busca y nos llama. Nos sale al encuentro. Está en nosotros y no sabemos descubrirlo. Se nos ciegan los ojos y no sabemos verlo. El nos está llamando y somos sordos para escucharle.
Pero aún más quiere que le encontramos – se hace el encontradizo tantas veces con nosotros en el camino de la vida – y nos da su Espíritu para que podamos descubrirle y conocerle. Ya nos decía san Juan en sus cartas: ‘En esto conocemos que permanecemos en El y El en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu’. Es el Espíritu de Sabiduría, el Espíritu de Ciencia, el Espíritu del conocimiento de Dios.
Para eso nos ha enviado a su Hijo. Es la revelación del Padre, es la Palabra que nos dice y que se ha hecho carne, es el que va a darnos a conocer a Dios. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Tendríamos que recordar aquellos primeros versículos del evangelio de Juan. ‘Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios... en Ella estaba la Vida y la Vida era la Luz de los hombres... y la Palabra se hizo carne y plantó su tienda entre los hombres... y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad...’
Jesús se acerca al hombre y lo busca para revelarle a Dios. Podríamos recorrer muchas páginas del evangelio. Siempre acercándose a nosotros. Siempre dándonos a conocer el rostro amoroso de Dios. ‘En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios mandó al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de El’. Para que vivamos, para que le conozcamos, para que nos llenemos de El.
Tenemos que ir hasta Jesús. Tenemos que conocerle, escucharle y seguirle. Tenemos que confesar nuestra fe en El para descubrir a Dios, para conocer a Dios, para vivir a Dios. ‘Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios’.
Nos estamos haciendo esta reflexión a la luz de la Palabra de Dios y en la fiesta de san Agustín. El hombre que buscaba a Dios y andaba confundido. Tardó mucho en encontrarlo, porque también se quedaba por el camino, en las criaturas, en las filosofías del mundo de entonces, en lo que creía que era amor pero que nunca le satisfizo ni le llenó. En su corazón había ansias de Dios, buscaba a Dios, no pudo descansar hasta haber encontrado a Dios.
Así lo reconocía él en sus Confesiones. ‘¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera y yo por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti’.
Ilumíname, Señor, para que desaparezcan mis cegueras. Que pueda oír tu voz y se acabe para siempre mi sordera. Que pueda yo saber de ti, conocer tu perfume de vida y nada me aleje de ti. Que tenga yo ansias de ti, y sepa buscarte por tus caminos, encontrarte cuando sales a mi paso. Que no me distraiga, Señor, ni criatura alguna me separe de ti.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Una madre que llora a su hijo muerto y Cristo que nos hace resucitar a la vida

Ecl. 26, 1-4.16-21
Sal. 130
Lc. 7, 11-17

Y vaya si se iba a propagar la noticia no sólo por Galilea – Naín es una ciudad de Galilea – sino que también iba a llegar toda la región de Judea. Jesús había resucitado un muerto. No era sólo ya la curación de una enfermedad, una imposibilidad, sino que le había devuelto la vida. ‘Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios ha visitado a su pueblo’, clamaban las gentes. Lo que nos recuerda lo que ya había cantado Zacarías en el nacimiento del Bautista. ‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo...’
‘Jesús se marchó a una ciudad llamada Naín, acompañado de sus discípulos y mucha gente... llevaban a enterrar al hijo único de una viuda...’
¡Cuánta tristeza y desolación para una madre la pérdida de un hijo! Pero si contamos además que era viuda y aquel hijo sería su único sostén en su ancianidad, mayor sería la tristeza y el dolor. Ello incluía una miseria y una pobreza absoluta.
‘Jesús, al verla, se compadeció de ella y le dijo: no llores...’ Aparece el corazón compasivo y misericordioso de Jesús. Jesús consuela y llena de vida; Jesús levanta al caído y hace renacer la fe y la esperanza; con Jesús aparece el amor y la compasión. Jesús nos está manifestando el rostro misericordioso de Dios.
Pero Jesús que viene a dar vida, resucita al que estaba muerto para devolvérselo a su madre. ‘Y acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon. Entonces dijo: Muchacho, a ti te lo digo, levántate. El muerto se incorporó y se puso a hablar; y Jesús se lo entregó a su madre’. Fue al asombro de las gentes y que todos se pusieran a dar gracias a Dios que los ‘había visitado con su misericordia entrañable, para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte... como lo había prometido a nuestros padres, a favor de Abrahán y a su descendencia para siempre...’
Muchas lecciones podemos sacar de este texto. Una madre llorosa y suplicante. Estamos proclamando este evangelio en el día de santa Mónica que con sus lágrimas y su oración consiguió la conversión de su marido y su hijo Agustín. Veo en las lágrimas de la viuda de Naín las lágrimas y súplicas de tantas madres por sus hijos y por su familia. Una madre siente siempre todo lo que le pueda suceder a hijo y hace suyos todos sus problemas y dificultades.
Pero está la súplica de tantas madres cristianas que quisieron educar cristianamente a sus hijos y ahora los ven cómo se alejan de Dios, se apartan de la Iglesia y viven quizá una vida bastante diferente de aquello en lo que los quisieron educar. No hablo de memoria sino que tengo en mi mente y en mi corazón tantas confidencias escuchadas y tantas lágrimas que he tratado de enjugar con el consuelo y la esperanza, donde siempre les he puesto como modelo a esta santa mujer que hoy celebramos, santa Mónica.
Tantas lágrimas derramadas por madres a las que se les parte el corazón cuando sus hijos han tomado el camino de la droga, del alcoholismo y hasta de la delincuencia. Por ellas tenemos que rezar y a ellas tenemos que animar con una esperanza cristiana. Una esperanza que consuela y anima en el pensamiento de que la buena semilla sembrada algún día puede brotar y hacer que surjan los buenos frutos que hagan desaparecer los efectos de las malas cizañas que ahora parecen ahogar todo lo bueno en ellos sembrado.
Pero contemplamos también a Jesús adelantándose hasta el féretro para hacer levantar de la muerte a aquel muchacho. Jesús que se adelanta y llegar a nuestra vida tendiéndonos su mano para levantarnos de tantas muertes en las que nosotros caemos cada día. Nos levanta y resucita de la muerte del pecado; nos levanta y nos resucita llevándonos a la vida y al amor. Como hemos escuchado tantas veces a san Juan en sus cartas ‘el que no ama permanece en la muerte... y sabemos que pasamos de la muerte a la vida porque amamos...’ Dejemos que Jesús nos tienda la mano para levantarnos de nuestra muerte. Hemos permitido que se metiera en nuestro corazón el desamor y el egoísmo, el odio y la venganza, tantas cosas que hacen daño a los demás y nos llenan de muerte. Que Cristo nos resucite y nos llene de vida. Que nos sintamos inundados por el amor. Si amamos es que hemos pasado de la muerte a la vida.

martes, 26 de agosto de 2008

Valores profundos y permanentes

2Tes. 2, 1-3.13-16
Sal. 95
Mt. 23, 23-26

El que se fija sólo en las minucias y olvida lo fundamental o esencial es como el que limpia la copa por fuera para dejarla muy brillante, pero dentro la deja llena de suciedad y porquería. Cuando vas a beber, ¿dónde pones el contenido en el exterior muy limpio o en el interior lleno de basura?
Es lo que echa en cara Jesús a letrados y fariseos, como escuchamos en el evangelio. Por eso los llama hipócritas, porque tienen dos caras, una al exterior muy limpia y agradable pero otra en su interior muy llena de maldad y de engaños. ‘¡Ay de vosotros letrados y fariseos hipócritas que limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno!’
Ya les había dicho: ‘... pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad...’
No podemos olvidar actitudes y valores fundamentales que siempre permanecen: la justicia, la misericordia, la sinceridad y autenticidad en la vida. No sólo se los dice Jesús a los escribas y fariseos de su tiempo, sino que nos lo está diciendo a nosotros también. Cuidemos de no quedarnos en superficialidades, sino ir a lo que es verdaderamente importante. Es una tentación que tenemos todos. Nos hacemos cumplidores de minucias pero descuidamos esos valores fundamentales.
Hay que actuar siempre obrando con justicia y rectitud. Lo bueno, lo recto, lo justo es lo que tenemos que buscar, es por lo que tenemos que actuar. El bien es lo que tiene siempre que prevalecer. No podemos dañar injustamente a nadie bajo ningún concepto.
El corazón hay que llenarlo siempre de compasión, de misericordia, de amor. Es lo que dulcifica la vida. Lo que hace nuestras relaciones más humanas. No podemos ser agrios para los demás, sino que siempre tenemos que dulcificar nuestra relación con humanidad, con amor.
La sinceridad, la verdad, la fidelidad son valores esenciales en la vida. No nos podemos ocultar bajo apariencias que nos desfiguran. Eso es la hipocresía, la doble cara. La fidelidad y la lealtad en nuestra relación, en nuestra palabra son importantes. Nos dan la verdadera fortaleza. Ahí se manifiesta de verdad nuestra personalidad y nuestra grandeza.
¿De qué nos vale fijarnos solamente en minucias en la vida si nos faltan los valores profundos de la vida? Nos llenamos de superficialidades y olvidamos los valores profundos y permanentes. Valores que no están reñidos entre sí sino que se complementan y se enriquecen mutuamente. La justicia y el amor. La sinceridad y verdad con el respeto y la misericordia. La fidelidad y la rectitud con la comprensión. La lealtad con la búsqueda sincera del bien. El arrojo y la valentía con la esperanza.
Que el Señor nos dé esa Sabiduría.

lunes, 25 de agosto de 2008

Contad las maravillas del Señor a todas las naciones

Tes. 1, 1-8.11-12
Sal. 95
Mt. 23, 13-22

‘Contad las maravillas del Señor a todas las naciones’, nos dice el salmo de hoy. Todo el salmo es un cántico de alabanza al Señor. ‘Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra, cantad al Señor, bendecid su nombre…’ Tenemos que bendecir y alabar al Señor, porque ‘es grande el Señor y muy digno de alabanza…’
Nuestra alabanza al Señor son nuestros cánticos y nuestras bendiciones. Pero alabamos también al Señor cuando contamos a los demás las maravillas del Señor Que todos conozcan que el Señor es grande y hace maravillas. Cuando damos a conocer las obras maravillosas que el Señor realiza en mí – recordemos el cántico de María – estamos también cantando la alabanza del Señor.
De la misma manera que cuando alguien hace algo heroico y extraordinario lo damos a conocer a los demás, porque en sí mismo es un reconocimiento de la bondad de las personas que son capaces de hacer cosas buenas y hasta heroicas; pero es también un estímulo y un ejemplo para los demás. Y con ello estamos contribuyendo a ese reconocimiento y a esa alabanza merecida de quien realizó algo bueno. Así nosotros con el Señor. Reconocemos sus maravillas y las contamos a los demás para que todos puedan entonar ese cántico de alabanza al Señor.
Es lo que de alguna manera está haciendo Pablo en el comienzo de la segunda carta a los Tesalonicenses. Vamos a escuchar esta carta en la lectura continuada en la Eucaristía de estos días. Pablo ama mucho a aquella comunidad, ‘os que forman la Iglesia de Dios’ en Tesalónica, pues allí anunció el evangelio cuando cruza de Asia Menor hasta Macedonia, y a ellos dirigirá varias cartas de las que conservamos dos en el Nuevo Testamento.
Se siente orgulloso de aquella comunidad. ‘Esto hace que nos mostremos orgullosos de vosotros ante las Iglesias de Dios…’ Es ese 'contar las maravillas de Dios a todas las naciones’ y da gracias a Dios por ellos. Resalta Pablo que ‘vuestra fe crece vigorosamente y vuestro amor mutuo – de cada uno por todos y de todos por cada uno – sigue aumentando’. Y aunque vengan dificultades, tentaciones o persecuciones – era normal en aquellas pequeñas comunidades en medio de un mundo pagano, y surgiendo como surgían de las comunidades judías muy hostiles al anuncio del Evangelio – ‘vuestra fe permanece constante…’
Por eso pide al Señor por aquella comunidad ‘para que con su fuerza os permita cumplir buenos deseos y la tarea de la fe’. Y todo ello, ¿para qué? Todo siempre para la gloria de Dios. ‘Para que así Jesús nuestro Dios sea vuestra gloria y vosotros seáis la gloria de El’.
Pidamos, pues, que nosotros crezcamos de igual manera vigorosamente en nuestra fe y en nuestro amor. Esa fe que, como hemos reflexionado recientemente, envuelva totalmente nuestra vida. Esa fe que se mantenga firme en nuestro corazón y no tambalee nunca a pesar de los embates de un mundo indiferente y algunas veces también hostil. Y que la luz del amor no solo llene nuestra vida sino que también transforme ese mundo que nos rodea. Vivamos en el amor; querámonos de verdad los unos a los otros; tengamos muchas muestras de amor y de amistad para con los que nos rodean, si en algún momento ha decaído nuestro amor hasta herir o molestar al hermano, seamos capaces de pedir perdón para encontrar pronto la reconciliación y la paz.
Que con nuestra fe, nuestro amor, nuestro testimonio cristiano estemos en verdad contando a los demás las maravillas del Señor, pero estemos también cantando la alabanza del Señor para quien sea siempre todo honor y toda gloria.

domingo, 24 de agosto de 2008

Una confesión de fe con toda la vida

Is. 22, 19-23; Sal. 137; Rm. 11, 33-36; Mt. 16, 13-20
¡Qué pasada las preguntas de Jesús a los apóstoles! Primero, qué es lo que opina la gente de él, y luego más directamente qué es lo que piensan ellos. ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?... y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Preguntas comprometidas.
Eran momentos de una mayor intimidad, podríamos decir, pues habían llegado a la región de Cesarea de Filipo, que quedaba realmente fuera del territorio palestino y era la oportunidad, lejos del agobio de las multitudes que lo seguían, para hablar más en un tú a tú entre Jesús y los apóstoles. Ellos podían captar lo que eran los comentarios de las gentes que acudían a Jesús, que le escuchaban sus enseñanzas, o que eran testigos o beneficiarios de sus milagros y era lo que Jesús preguntaba aunque como veremos era algo más lo que Jesús buscaba.
Ya en alguna ocasión el evangelio habla de la admiración de la gente por Jesús. ‘Nadie ha hablado como él, con tal autoridad... un gran profeta ha aparecido entre nosotros... este hombre tiene que venir de Dios porque si no, no podría hacer las obras que hace...’ Vemos la respuesta de los apóstoles: ‘Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas’.
Pero el trato hace el conocimiento y ese trato y conocimiento creciente hace brotar la flor de la amistad y del amor. Con los apóstoles Jesús había mantenido una mayor cercanía. Estaban siempre con El. Con Jesús iban a todas partes. A ellos les explicaba con mayor detalle las parábolas y sus enseñanzas. Eran testigos excepcionales de las obras de Jesús y de sus milagros. Por eso, sería importante la respuesta más personal que ellos pudieran dar. Ya conocemos la respuesta de Pedro que tantas veces hemos reflexionado.
Preguntas que también tienen que hacernos reflexionar a nosotros. A los que nos sentimos más cerca de la Iglesia y queremos vivir más intensamente nuestra vida cristiana, porque queremos seguir más de cerca de Jesús, y a aquellos que ocasionalmente hoy tengan la oportunidad y escuchen (o lean) este evangelio y comentario que estamos haciendo. ¿Qué dice la gente o qué decimos nosotros de Jesús? ¿Qué significa en nuestra vida? ¿Cuál es la confesión de fe personal que podemos hacer?
No es bueno hacer juicios sobre la fe o las actitudes profundas que tengan las personas para vivir. Más que juicio sobre los demás es pregunta sobre mí mismo, lo que me hago. Si la pregunta nos la dirigiera Jesús hoy a nosotros, ¿cuál sería nuestra respuesta? Como decía aquella gente que Jesús eran un profeta de otro tiempo – mencionaban a profetas que ya habían muerto -, ¿acaso también nosotros pensaremos en Jesús como si fuera un personaje de otro tiempo? ¿Habremos captado a un Jesús vivo, presente en nuestra vida y que viene a ser quien de verdad mueva toda mi vida en un nuevo estilo de ser y de actuar?
No nos vale sólo que hagamos o demos una respuesta totalmente fiel a lo que hemos aprendido en el catecismo o en la teología. A Jesús no lo podemos encerrar en una definición. La respuesta que estaba dando Pedro era una respuesta vital. En lo que Pedro estaba diciendo, estaba poniendo toda su vida, todo su sentido de vivir. Y es a donde tenemos que llegar nosotros. Una respuesta y una confesión de fe que envuelva toda nuestra vida.
Pero ya antes decíamos que el trato hace el conocimiento y el trato y el conocimiento hacen crecer la flor de la amistad y del amor. Así tiene que ser nuestra relación con Jesús. Jesús, Dios no puede ser algo de lo que echemos mano en un momento determinado porque tenemos un problema, queremos recordar un difunto o ahora tengo un especial momento de fervor. Mi trato y relación con Dios, con Jesús tiene que ser algo más intenso, más vivido intensamente. Como quien cultiva una amistad. Tenemos que llegar a un conocimiento cada vez más intenso de Jesús. Tenemos que hacer que Jesús esté de verdad presente en cada instante de mi vida. por ahí tiene que ir nuestra respuesta y nuestra confesión de fe.
Jesús y los apóstoles se habían ido a un lugar apartado donde estar más a solas, donde entrar en esa relación más intensa. Es lo que nosotros tenemos que saber buscar con nuestra oración, con nuestra lectura atenta y fiel cada día del Evangelio, de la Biblia, de la Palabra del Señor. Es lo que tenemos que saber buscar con momentos de mayor interioridad y reflexión, para ir rumiando ahí en el corazón todo eso que vamos recibiendo del Señor, todo lo que El nos va hablando por tantos medios, por los mismos acontecimientos de la vida.
La respuesta de Pedro es una hermosa y vivida confesión de fe. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo’. No eran solamente unas palabras. Era toda una opción que Pedro estaba haciendo porque estaba confesando que Jesús, el Hijo de Dios, era en verdad la salvación de su vida, era el Mesías.
Y ya vemos que de aquella confesión de fe nació la Iglesia. A partir de esa confesión de fe, a Pedro se le confía una nueva misión. ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia...’ Iba a ser piedra de aquella nueva comunidad que nacía, aquella comunidad de los que confesaban así esa fe en Jesús. Esa nueva comunidad, la Iglesia, que tan importante iba a ser para el mantenimiento de la fe en Jesús, para su propagación, para su extensión por todo el mundo. Un día serían enviado por todo el mundo para anunciar esa misma fe.
Ahí en la Iglesia - aquí en la Iglesia, tenemos que decir -, tenemos ese punto de encuentro para conocer a Jesús, para llegar a Jesús, para alimentar nuestra fe en Jesús. Pedro tenía la misión de ser piedra de unión de esa Iglesia y también la de confirmar la fe de todos los creyentes en Jesús.
‘¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!’, le dice Jesús. Felicidades, Pedro, por tu fe. Dichoso por su fe; dichoso porque abrió su corazón a Dios para recibir esa revelación del Padre; dichoso por confesar así esa fe. Es la dicha con la que nosotros también hemos de vivir y proclamar nuestra fe. Es la dicha y el gozo hondo de sentirnos y manifestarnos creyentes ante todos los hombres. No la ocultemos, no la disimulemos, ni la oscurezcamos. Vivamos la alegría de nuestra fe, de nuestra amistad y de nuestro amor por Jesús.