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domingo, 17 de agosto de 2025

Ojalá se despierte en nuevo ardor en el corazón para que no se pudra y apague en una cisterna el mensaje del Evangelio que tiene que incendiar nuestro mundo

 


Ojalá se despierte en nuevo ardor en el corazón para que no se pudra y apague en una cisterna el mensaje del Evangelio que tiene que incendiar nuestro mundo

Jeremías 38,4-6.8-10; Salmo 39; Hebreos 12,1-4; Lucas 12,49-53

Esto parece la guerra, habremos escuchado o habremos dicho en alguna ocasión.  Y no es solamente por esas terribles guerras que asolan en estos momentos nuestro mundo – que también nos hacen pensar, ante las cuales también hemos de buscar la manera de reaccionar porque además estamos viendo el juego de los poderosos como estos mismos días hemos contemplado -, ni pensamos en los desordenes que vemos en nuestra sociedad con tantas ambiciones e incluso hasta con luchas callejeras, pensamos más bien en esas confrontaciones que vemos a diario en nuestra sociedad sobre la distinta manera de ver o de resolver las cosas, pero es también lo que podemos sufrir cuando queremos ser fieles a nuestros principios, a nuestros ideales, a nuestros propios planteamientos y encontramos oposición, surgen enfrentamientos y acosos, se trata de destruir desprestigiando a quien piensa o actúa distinto y se arma, sí, una guerra sorda pero que nos llena de sufrimientos.

Es la reacción que está teniendo Jesús o que encuentra en su entorno mientras va anunciando el Reino de Dios. No todos lo comprendían, en muchos encontraba oposición, también trataban de desprestigiarlo atribuyendo incluso a Satanás los signos y milagros que realizaba. Humanamente, ¿cómo se sentiría Jesús? El Evangelio nos habla de aquellas tentaciones en el monte de la cuarentena antes de comenzar su predicación, muchas veces hasta los mas cercanos a El le querían hacer cambiar de rumbo, se vio envuelto en quienes querían manipularlo y hacerle decir cosas que a ellos les agradara, siendo consciente de lo que iba a ser el final sufre la tentación de la angustia y la soledad – porque hasta los más cercanos se han dormido – en el huerto de Sinaí previo a su prendimiento.

Pero Jesús se mantiene fiel, sube decidido a Jerusalén cuando sabe lo que va a significar aquella Pascua; mantendrá el pulso cuando tiene que convencer una y otras vez a sus discípulos más cercanos que la verdadera grandeza no es a la manera de los poderes de este mundo, sino haciéndose los últimos y los servidores de todos. ‘No se haga mi voluntad, sino la tuya’, será finalmente su oración.

Y nos dirá que por ahí también hemos de pasar nosotros. Porque el discípulo no es mayor que su Maestro. En otros momentos anunciará persecuciones y tribunales, incluso hasta llegar a la muerte. A Pedro le dice que cuando se recupere después del mal momento que pasará con sus negaciones – todos tenemos momentos oscuros – pero ha de mantenerse firme para confirmar en a fe a sus hermanos.

Son las palabras que escuchamos hoy en el evangelio y que nos pueden resultar demasiado fuertes, porque si no las entendemos bien hasta nos pueden resultar contradictorias con lo que era la misión de Jesús y lo que realmente era su vida. Habla de fuego con que se incendiará nuestro mundo. ¿No decíamos antes esto es la guerra?

Ese es el fuego que va a producir revoltura en nuestro interior, es el ardor y la inquietud cuando estamos convencidos de verdad de algo, es la radicalidad con que hemos de vivir y manifestar nuestra fe porque no nos andamos por las ramas sino que vamos a la más profunda raíz de las cosas, aunque parezca que en esos momentos no convenga – con cuantas diplomacias de falsedad andamos tantas veces -, aunque resulte aparentemente contraproducente porque esa palabra que anunciamos, este testimonio que damos levante sarpullidos en algunos, aunque produzca tensiones incluso entre los más cercanos, aunque resultemos incómodos pero tenemos que ser fieles, porque no podemos andar poniendo algodones que intenten suavizar el impacto que pueda producir la Palabra de Jesús, la Palabra de Dios que proclamamos.

¿Seremos cristianos que auténticamente estemos prendiendo de ese fuego del evangelio a nuestro mundo? ¿Qué nos ha sucedido para que nuestra palabra, nuestro anuncio del evangelio, nuestra vida no sea una llamarada de fuego que prenda en nuestro mundo? El mundo quiere meternos en una cisterna sin agua, como querían hacer con Jeremías como escuchamos en la primera lectura, para que allí nuestra verdad se pudra, la verdad del evangelio quede oculta, no llegue a ser ese puñado de levadura que haga fermentar a nuestro mundo.

¿Nos seguiremos dejando meter en esa cisterna porque seguimos con nuestros complejos y cobardías, con nuestras indecisiones y nuestros miedos? ¿Se despertará ese nuevo ardor en el corazón?

jueves, 4 de mayo de 2023

Necesitamos hondura en la vida, pero tenemos que ejercitarnos para obtenerla, un camino de ascesis, de superación y de purificación de nuestro corazón

 


Necesitamos hondura en la vida, pero tenemos que ejercitarnos para obtenerla, un camino de ascesis, de superación y de purificación de nuestro corazón

 Hechos 13, 13-25; Sal 88; Juan 13, 16-20

Todos nos encontramos con buenos maestros que son un estímulo grande en nuestro aprendizaje; tienen algo en su manera de ser, en su forma de enseñar, en su forma de tratarnos que lo que sentimos es querer parecernos a él, porque de alguna manera los idolatramos, tanto que nos parecería un paraíso poder estar junto a él y realizar todos los aprendizajes de la vida de su mano.

Es una atracción tan grande la que ejercer sobre nosotros, que todo en él lo idealizamos de manera que siempre queríamos hacer las cosas a su manera. Como también nos encontramos al alumno aventajado que con su maestro todo lo entiende a la primera y son tantas las ansias que llevamos dentro que para nosotros no sería una pérdida de tiempo quedarnos ensimismado eternamente a su lado.

Estamos hablando quizás de situaciones ideales, porque nos es difícil encontrar ese maestro ideal, pero también porque siempre nosotros somos ese alumno aventajado. Oportunidades sí tenemos, quizás, pero no siempre sabemos aprovecharlas, muchas veces nos aparecen los cansancios en medio de ese esfuerzo continuado y no mantenemos la tensión que nos haga ir creciendo más y más.

Tenemos todo lo que nos dice Jesús en el evangelio que lo hemos escuchado una y otra vez pero no somos capaces de imitar al maestro, no siempre resplandecemos quizás por ese espíritu de servicio que tan claro tenemos ante nosotros en el ejemplo de Jesús.  Pero Jesús quiere seguir contando con nosotros.

Es la maravilla del amor de Dios al que tan poco respondemos nosotros. Precisamente el texto del evangelio que hoy se nos ofrece parte de ese momento de la cena pascual en el que Jesús se ha arrodillado a los pies de los discípulos para lavárselos uno a uno. Ya en otro momento hemos escuchado el texto completo en el que Jesús nos dice que si El, que es el Maestro y el Señor, nos ha lavado los pies, es lo que tenemos que hacer los unos con los otros. Y ahora ha continuado diciéndonos que no es el discípulo mayor que se maestro y que entonces obremos en consecuencia. ‘Puesto que sabéis esto, nos dice, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’.

Nos hace falta mantener la tensión del espíritu para que no nos enfriemos. Somos tan hechos de carne y hueso que pronto se nos aflojan los muelles de la tensión, con facilidad nos enfriamos entrando en una tibieza espiritual, fácilmente nos dejamos ganar la carrera. Cuidado con los triunfalismos que a veces se nos meten, que ya pensamos que todo lo tenemos conquistado, todo lo tenemos superado, pero que nos desinflamos y caemos en las rutinas de siempre. Y ya nos dice el espíritu que porque no somos ni fríos ni calientes, nos vomitará de su boca, como escuchamos en el Apocalipsis.

¡Qué terrible es la tibieza espiritual! Una pendiente muy resbaladiza en la pronto caeremos en el abismo. Lo experimentamos quizás en nosotros mismos, aunque nos cegamos tanto que no nos damos cuenta, pero somos conscientes de cómo sucede con tanta frecuencia a nuestro alrededor; el cambio de tantos, no para mejorar, sino que depuse de haber tenidos etapas de mucho fervor, pronto los vemos que se van frenando hasta terminar en ocasiones por abandonarlo todo.

Hemos de cuidar mucho más nuestro espíritu para tener una espiritualidad profunda. Necesitamos esa hondura en la vida, pero tenemos que ejercitarnos para obtenerla; un camino de ascesis que tenemos que ir haciendo, un camino de superación y de purificación de nuestro corazón, un camino de ir arrancándonos de tantos apegos que se nos van metiendo en el alma, un camino en que tenemos que lograr ese vacío en nosotros para poderlo llenar de Dios, para dejar que el Espíritu de Dios actúe en nosotros.

Nos cuesta realizarlo, porque son muchos los cantos de sirena que escuchamos por todos lados, pero es la manera de ir creciendo en nuestra fe, en nuestra espiritualidad, en un verdadero seguimiento de Jesús.

miércoles, 29 de abril de 2020

Palabras de esperanza y para sentirnos fuertes cuando nos invita a que vayamos a El pero que seamos también ánimo y descanso para los cansados que caminan a nuestro lado



Palabras de esperanza y para sentirnos fuertes cuando nos invita a que vayamos a El pero que seamos también ánimo y descanso para los cansados que caminan a nuestro lado

1Juan 1, 5 — 2, 2; Sal 102; Mateo 11, 25-30
¡Qué cansado estoy! Habremos escuchado decir más de una vez a un familiar, o a un amigo, o acaso nosotros mismos hemos sentido esa sensación de cansancio que casi nos hace tirar la toalla en expresión de querer abandonarlo todo porque no podemos más. muchas veces porque el trabajo se nos acumula, las cosas vienen parece unas sobre otras y no nos dan tiempo ni para respirar; fuertes son las obligaciones y el peso de las responsabilidades que tenemos y mucho es el esfuerzo que tenemos que hacer; vivimos en tensión continua porque tenemos que ir respondiendo en cada momento a la situación que vivimos que es cambiante, que es exigente, que nos pide nuevas cosas cuando ya no sabemos qué es lo que podemos dar o lo que podemos hacer; es quizá el aburrimiento de aquellos que no saben qué hacer, o no tienen qué hacer porque quizá eludan responsabilidades y en esa inacción terminan igualmente casados, pero como decíamos de aburrimiento.
Muchas y diversas son las situaciones en que nos podemos encontrar; son las aflicciones de la vida, los agobios cuando quizá no sabemos buscar una paz interior que nos dé serenidad para afrontar las situaciones, para poder ver con mayor claridad, las problemática de la vida que nos hace sufrir en los que están a nuestro cuidado, en la desorientación que vemos en nuestro mundo, en nuestros dirigentes quizás también tantas veces y que no ayuda a tener la estabilidad que necesitamos; es nuestro interior que anda revuelto porque no sabemos a donde vamos, qué metas podemos tener para nuestra vida, o la misma superficialidad con que vivimos al final nos produce ese vacío y ese desánimo para caminar, para seguir luchando.
Son situaciones que vivimos, de forma personal, que vemos en el ambiente, en el mundo que nos rodea, que se nos mete en lo más hondo de nuestras entrañas, que en ocasiones nos puede hacer perder también la inestabilidad en nuestra fe y todo son dudas, interrogantes, oscuridades que nos impiden incluso ver la luz que nos viene de lo alto y sabemos que nunca nos va a fallar.
Y hoy Jesús nos dice ‘venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados que en mi encontrareis vuestro descanso’. Son palabras de esperanza, que nos levantan el ánimo, que nos hacen sentirnos fuertes por dentro porque sabemos que no estamos solos, que dura puede ser la tormenta pero siempre aparecerá el arco iris de la paz que en el Señor encontramos. Pero tenemos que despertar, porque estamos tan adormilados en ocasiones que ya ni escuchamos ni nos acordamos de esas palabras de Jesús.
Seguramente tenemos la experiencia, aunque fácilmente tantas veces olvidamos, de esa presencia del Señor junto a nosotros en los momentos más difíciles u oscuros que hayamos podido vivir. Tenemos que reavivar en nosotros esas experiencias positivas que hayamos vivido en otros momentos, pero nos serán de gran ayuda para cuando de nuevo nos llegue la tormenta. Momentos de paz que vivimos quizá en medio de una celebración, momentos de paz que sentimos en nuestro interior en un encuentro con los hermanos en una celebración especial, momentos de paz que sentimos cuando alguien llegó a nuestro lado y tuvo para nosotros una palabra de luz, un gesto que en aquel momento nos hizo despertar, una señal a través de algún acontecimiento donde vimos la mano del Señor. Son múltiples las experiencias de este tipo que hayamos podido tener.
Pero hay algo también que no debemos olvidar. Que tú, que yo, que cada uno de nosotros puede ser, tiene que ser ese momento o ese lugar de descanso y de paz para los que caminan a nuestro lado. Esa fe nuestra vivida con dignidad, esa vida íntegra que intentamos vivir, esos gestos nuestros de cercanía y amistad que nosotros podamos tener para los demás, esa palabra buena dicha en momento oportuno pueden ser signos de ese presencia de Dios que a través nuestro se acerca a los hermanos cansado y afligidos que caminan junto a nosotros en ese camino de la vida. Piensa lo bello que puede ser ese gesto de tu vida que va a ayudar a levantarse al hermano y a hacer que sienta esa paz y ese descanso en el Señor.