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domingo, 16 de abril de 2017

Con convicción y entusiasmo anunciamos la alegría de la Pascua impulsados por el Espíritu de Cristo resucitado que ha de ser alegría y esperanza para nuestro mundo


Con convicción y entusiasmo anunciamos la alegría de la Pascua impulsados por el Espíritu de Cristo resucitado que ha de ser alegría y esperanza para nuestro mundo

Mateo, 28, 1-10
‘No temáis… alegraos… no tengáis miedo…’ se repite una y otra vez en el mensaje del Evangelio. Y nosotros decimos ¡Aleluya! y lo cantamos y lo repetimos una y otra vez porque nuestro corazón esta también henchido de alegría.
‘Buscais a Jesús, el crucificado. No esta aquí. Ha resucitado, como lo había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. Mirad os lo he anunciado’.
Es el anuncio que se proclama en este amanecer de aquel primer día de la semana. Es el anuncio que nos llena de alegría. ¡Aleluya! Es el anuncio mas repetido a lo largo de los siglos. Es el anuncio que hoy la Iglesia proclama ante el mundo. Es el anuncio que nosotros hemos de proclamar también a nuestro mundo. No podemos dejar de hacerlo. Tenemos que repetirlo una y otra vez. Y Jesús nos dice, como les decía a aquellas mujeres que fueron al alborear aquel primer día de la semana al sepulcro que no temamos, que lo vayamos a comunicar a los hermanos.
Parece que hoy no sabemos decir otra cosa y nos repetimos una y otra vez. No nos podemos cansar. Y tenemos que hacerlo con convicción. Es el testimonio que tenemos que dar con nuestras vidas. Porque el mundo no cree, como ha sucedido también a lo largo de los siglos. O el mundo no cree porque no hemos sabido hacer el anuncio, o nuestras palabras no han ido acompañadas del testimonio de nuestra vida.
No puede ser el fervor de un momento, aunque en este día de Pascua necesariamente tiene que hervir fuerte nuestro fervor. Hemos venido celebrando todo el misterio de Cristo dejándonos iluminar por su palabra y hoy llegamos a este momento grande en que proclamamos lo que es el centro de nuestra fe. Por eso nuestra convicción, el entusiasmo que tenemos que poner, el testimonio que tenemos que dar de unas vidas que se han dejado transformar por Jesús viviendo la Pascua del Señor en nosotros.
Unas vidas transformadas por el amor y para amar con toda intensidad. Y será así con ese fuego del Espíritu divino en nuestras venas, en las venas de nuestra alma como tenemos que salir para ir al encuentro con los demás. En estos momentos eclesiales que vivimos nos encontramos con ese lema y esa consigna para nuestras vidas. ‘En salida’, se nos dice; nos lo repite el Papa Francisco una y otra vez para que seamos capaces de ser valientes para ir al encuentro con todos con nuestro mensaje evangelizador, y es el motivo de los planes pastorales de nuestras iglesias.
No es nada nuevo, tendríamos que reconocer, porque hoy lo hemos escuchado en el evangelio que se ha venido proclamando desde hace veinte siglos. ‘Id aprisa a decir… id a comunicar…’ por dos veces se nos ha repetido en el texto que hoy se nos ha proclamado en la liturgia.
Pero seguimos con nuestros miedos, nuestras indecisiones, nuestros miedos, nuestras cobardías y nos llenamos de temor. Pero ese temor tendría que haber desaparecido si en verdad nos dejáramos inundar por el Espíritu de Dios. El nos da fortaleza como nos da sabiduría para que podamos y sepamos hacerlo. En nuestro corazón hemos de sentir esa alegría del Espíritu de Cristo resucitado.
Cuando estos días pasados nos hemos puesto a la sombra de la cruz de Jesús hemos aprendido a descubrir esa cruz en nosotros, pero sobre todo esa cruz en nuestros hermanos los hombres que caminan a nuestro lado en sus pobrezas, sus soledades, sus angustias, todo ese mal que sufren desde la realidad de nuestro mundo que ni es tan justo ni es tan humano. Y es en medio de ese mundo, y es a esos hermanos crucificados a quienes tenemos que llevar el mensaje de pascua.
Serán nuestras palabras, pero serán nuestros gestos, los signos de compromiso que vayamos realizando en nuestra vida el mejor anuncio, la mejor forma de llevar nuestro mensaje. Así lo hemos meditado en estos días, y así ahora nos sentimos fuertemente impulsados desde la fuerza del Espíritu resucitado que esta inundando nuestras vidas.
Es nuestro compromiso de pascua; es ese camino en salida que tenemos que realizar; es esa pascua que vivimos en nosotros pero que tenemos que ayudar a vivir a los demás, para que todos se encuentren con Cristo que pasa por sus vidas, que se acerca a nuestro mundo y a través nuestro quiere transformarlo.
Que reine una nueva alegría en nuestro mundo; no la alegría efímera de un momento sino la alegría honda de sentir que Cristo vive, que Cristo esta con nosotros, que Cristo reina de verdad en nuestro mundo porque lo hemos transformado con los valores del Reino de Dios.

¡Feliz pascua de resurrección!

viernes, 23 de octubre de 2015

Que el Señor nos conceda espíritu de sabiduría y de discernimiento para tener una mirada de creyente ante lo que nos sucede

Que el Señor nos conceda espíritu de sabiduría y de discernimiento para tener una mirada de creyente ante lo que nos sucede

Romanos 7,18-25ª; Sal. 118; Lucas 12,54-59
Saber discernir de una forma justa y correcta qué es lo que tenemos que hacer y lo que no, lo que es bueno y recto para actuar con rectitud y no dejarnos arrastrar por malas influencias, saber interpretar lo que nos sucede a nosotros o en nuestro entorno para sacar una lección positiva incluso de lo que no es tan bueno, podríamos decir que es una gran sabiduría y una gran prudencia.
No siempre es fácil porque podemos recibir muchas influencias; es necesario tener una buena capacidad de reflexión para rumiar bien interiormente lo que contemplamos y ser capaces de mirar los acontecimientos de una forma imparcial pero sin desentendernos de lo que son nuestros principios y nuestros valores bien fundamentados que han de ser esos buenos cristales a través de los cuales contemplemos sabiamente los acontecimientos.
Es una buena sabiduría de la vida que se va adquiriendo con la experiencia y la reflexión profunda de cuanto nos sucede. Se suele decir que la experiencia es un grado, pero  ha de ser una experiencia reflexionada, rumiada, bien madurada en nuestro interior; no son necesarios solo los años que hayamos vivido, sino lo reflexivos que hayamos sido sobre cuanto nos sucede.
El camino de la vida cristiana es vivir una experiencia de Dios en nuestra vida; pero una experiencia que no es solo dejar pasar los acontecimientos y se sucedan unos a otros, sino que es necesario saber hacer esa profundización, esa reflexión honda, en la que además, en este caso, no andamos solos porque es el Espíritu divino el que nos va ayudando en nuestro interior, el que nos va guiando y dando esa capacidad de abrirnos a esa presencia y experiencia de Dios.
Es lo que va dando hondura a nuestra fe; es la fe reflexionado y asumida en nuestra vida de manera que así nos empape totalmente para saber tener esos ojos de creyente que sabe descubrir la presencia de Dios en su vida. Hemos de saber vivir esa experiencia de Dios, esa presencia y ese actuar de Dios en nuestra vida. En consecuencia hemos de saber discernir bien en lo que nos va sucediendo lo que es esa verdadera presencia y gracia de Dios.
Será así cómo iremos sintiendo que Dios nos habla en nuestro corazón; escucharemos su voz en nuestro interior pero que nos llega quizá desde esos acontecimientos que se van sucediendo en nuestra vida y en nuestro entorno. Es lo que llamamos una mirada creyente de la vida, una mirada con los ojos de Dios. Pero hemos de discernir muy bien todo eso para no confundirnos, para no desviarnos, o para hacerle decir a Dios lo que realmente no nos está manifestando sino que pueden ser nuestros caprichos o criterios muy personales. No es fácil, hemos dicho, por lo que hemos de saber dejarnos conducir por el Espíritu de Dios.
Pidamos al Señor que nos dé ese espíritu de sabiduría, que nos conceda ese don de la prudencia y del discernimiento; que abra nuestros cojos con su gracia para poder tener la mirada de la fe en la vida. Hoy nos habla Jesús en el Evangelio de saber discernir los signos de los tiempos. Por este sentido que hemos reflexionado van las palabras de Jesús.