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domingo, 31 de diciembre de 2023

Desde la contemplación de la Sagrada Familia de Nazaret aprendamos a descubrir lo maravilloso de la vida familiar y la riqueza inmensa que en ella tenemos

 


Desde la contemplación de la Sagrada Familia de Nazaret aprendamos a descubrir lo maravilloso de la vida familiar y la riqueza inmensa que en ella tenemos

Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 22-40

Un evangelio rico en colorido se nos ofrece hoy, un viaje a Jerusalén, un matrimonio con su hijo recién nacido, una ofrenda de un par de tórtolas o dos pichones, la ofrenda de los pobres, los atrios del templo que se ven sorprendidos con algo que no ha sucedido otras veces, un anciano que sin ser el sacerdote de la ofrenda toma al niño en sus brazos y se desgañita en alabanzas y anuncios proféticos, otra anciana que se une al grupo para unirse también a las alabanzas y a los anuncios a todos los viandantes del templo que se ven sorprendidos por lo que allí sucede. No vamos a ser unos simples espectadores porque en ello también nos vemos nosotros implicados e interpelados cuando escuchamos este evangelio.

Podría pasar por un acto ritual más, pero que sin embargo tiene hondo significado; podrían pasar por una familia más, como tantos que por la misma razón de la presentación del primogénito recién nacido y la  purificación de la madre igualmente se encontraban en el templo aquel día. Pero para nosotros no es ni una familia cualquiera, ni un niño más que es presentado en esa ofrenda en el templo.

Y hoy queremos en medio de este ambiente y estas fiestas navideñas que venimos celebrando queremos contemplar a esa familia que tanto significado va a tener para nosotros. Una familia de Nazaret que para nosotros es la Sagrada Familia de Nazaret porque allí está el Hijo de Dios encarnado en el seno de María y que va a ir creciendo en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres, precisamente en aquel hogar de Nazaret.

Es cierto que hemos envuelto las fiestas navideñas en un hermoso marco familiar, de manera que para muchos todo se puede quedar en esa cena familiar celebrada en la noche de la Navidad. Pero somos conscientes también, que en algunas ocasiones resulta en cierto modo una fiesta forzada por las circunstancias, por el ambiente o por la costumbre, pero que se puede quedar solo en la fiesta y la cena familiar de un día, porque cuando cerramos la puerta al finalizar la cena de navidad cerremos también ese ambiente que solo volvamos a revivir al año que viene.

Creo que cuando la liturgia de la Iglesia nos propone que en este domingo siguiente a la Navidad celebremos la fiesta de la Sagrada Familia de alguna manera nos está queriendo centrar en lo que verdaderamente es importante para que desde la contemplación de aquel hogar y aquella familia de Nazaret nosotros aprendamos a descubrir la maravilloso de la vida familiar y la riqueza inmensa que en ella tenemos para nuestra vida.

Es una familia hemos nacido y hemos crecido. No es solo lo biológico del nacimiento y del crecimiento de la persona lo que en un hogar o una familia se realiza sino que tiene que ser otra apertura a la vida, otro crecimiento en la vida, en lo humano y en lo espiritual, y que ahí de esa fuente hemos de beber  para que nazcan y se fortalezcan todos esos valores que nos van a hacer más humanos y más personas, nos va a ejercitar en la verdadera libertad y en el más hermoso respeto de los unos para con los otros, nos hará encontrar la verdadera dignidad y grandeza de la persona, va a ser semillero de vida y de amor, porque ahí aprendemos lo que son los verdaderos encuentros, lo que es cultivar la flor de la libertad y el respeto, lo que de verdad es caminar juntos, lo que es ese apoyo que mutuamente nos vamos a dar ese crecimiento como personas, y donde en verdad vamos a elevar nuestro espíritu a grandes y sublimes alturas que nos llenen de grandeza y de dignidad. Y de todo eso es escuela la familia, y todo eso en medio de la familia va a crecer en nuestro corazón.

Y hoy nosotros miramos a aquella familia que nos puede parecer humilde e insignificante, que podría pasar desapercibida para tantos, pero en quien nosotros sabemos que vamos a encontrar la gran lección pero también se va a convertir en medio de gracia que viniendo de lo alto va a ser que todos vayamos creciendo también en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres.

Relaciones de amor y de respeto, posturas y actitudes de valentía para afrontar los problemas y para encontrar luz en las oscuridades, valoración de cada uno de sus miembros que actúan siempre con la libertad del espíritu, pero que harán sentir la paz de Dios que contagia de la presencia divina a cuantos están a su alrededor. Todas esas cosas y muchas más podríamos irlas contemplando en cada uno de sus miembros  que convierten así aquel hogar de Nazaret en verdadero Magisterio para nuestras vidas.

Cultivemos esos hermosos valores en nuestros hogares. Sepamos vivir y defender la maravilla y la riqueza de la vida familiar. Seamos capaces de superar con valentía y poniendo siempre como centro y como eje el amor las oscuridades que se puedan presentar. Seamos capaces de en el seno de nuestros hogares están también abiertos a Dios para escuchar su Palabra, para hacer ese silencio que María y José supieron hacer para escuchar a Dios y encontrar en Dios las respuestas a los problemas que se les iban presentando.

¿No recordamos la actitud de José ante las dudas que se le iban presentando? ¿No recordamos el corazón abierto de María para dejarse inundar por la gracia del Dios que la amaba y quería hacerla su madre? ¿No recordamos la actitud de Jesús que decía que tenía que atender a las cosas de su Padre?

Que nos ciñamos el cinturón del amor como nos decía san Pablo; que hagamos resplandecer en nosotros la humildad y la sencillez, la comprensión y la misericordia, para que mantengamos siempre nuestro espíritu lleno de paz para que sepamos regalar en todo momento el perdón, que florezcan la mansedumbre y la paciencia, así nuestros hogares estarán revestidos de Dios.

viernes, 30 de diciembre de 2022

La familia en el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret es semillero, escuela y taller de los valores que nos engrandecen y dignifican para una sociedad mejor

 


La familia en el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret es semillero, escuela y taller de los valores que nos engrandecen y dignifican para una sociedad mejor

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15. 19-23

Si tenemos una buena semilla que queremos que germine adecuadamente y nos de una hermosa planta prometedora de flores y frutos hemos de tener un cuidado semillero donde sembrar esa semilla para obtener de ella lo que deseamos; si queremos tener un buen artesano que nos produzca en el futuro bellas y provechosas obras para nuestra utilización y disfrute necesitamos de un buen taller que sirva de aprendizaje a ese futuro artesano; si queremos tener científicos y pensadores que desarrollen el saber humano, hemos de comenzar por tener buenas escuelas para que desde los rudimentos del saber el hombre vaya avanzado en conocimientos que puedan servir mejor a la humanidad.

Pero yo me atrevo a decir, y no me vuelvo atrás, que si queremos tener buenas personas y mejores ciudadanos con integridad en sus vidas, capaces de desarrollar sus mejores valores y cualidades necesitamos de la escuela de la familia, verdadero semillero donde aprenderemos a crecer como personas y adquiriremos los mejores valores que nos enseñen a vivir con la mayor dignidad como personas.

Verdadera escuela de vida que nos enseña lo que es el amor verdadero, taller de convivencia, de relación y fraternidad en ese trato respetuoso de los valores de cada uno y donde aprendemos de verdad a querernos y a perdonarnos, a darnos la mano para caminar juntos y a estar siempre dispuestos al servicio para el bien de los demás, donde aprendemos lo que es la más honda comunión de vida pero donde siempre nos veremos impulsados a crecer, a desarrollar nuestras capacidades sin pisotear a los demás, y donde estaremos siempre atentos a lo que pueda hacer sufrir a cualquiera de los hermanos.

Me vais a decir que estoy describiendo una familia ideal, y así es también, pero equivocándonos y teniendo errores, viendo carencias y necesidades también aprendemos, por eso la familia, aun con los defectos que somos  humanos podamos tener, sin mantenemos el mínimo espíritu de familia será esa verdadera escuela de vida que tanto necesitamos.

Hay 'saberes' quizás que aprendemos en otros talleres de la vida, o conocimientos que adquirimos en los templos del saber que son nuestras escuelas y universidades, pero lo que nos enseñará a tener la paciencia del aprendizaje del taller, o el espíritu de superación para llegar a esas cumbres de sabiduría, lo habremos mamado allí en aquella escuela sencilla del hogar.

Y Dios cuando se hizo hombre quiso nacer en el seno de una familia y aprender como humano en la escuela de un hogar. Por eso cuando en la navidad celebramos el nacimiento de Dios hecho hombre, como estamos contemplando en estos días en el portal de Belén, celebramos en el domingo siguiente a la navidad el Día de la Sagrada Familia. Este año, por la coincidencia del primer domingo después de la Navidad con la octava del nacimiento, lo adelantamos a celebrarlo en esta fecha del 30 de diciembre. Hoy es, pues, el Día de la Sagrada Familia de Nazaret, la Sagrada Familia de Jesús, María y José.

Hacia ese hogar de Nazaret volvemos hoy nuestra mirada y queremos celebrar y aprender para nuestras familias. Con el deseo de que sean esa verdadera escuela de vida, como veníamos reflexionando, y para ofrecer al mundo en que vivimos el testimonio de esos verdaderos valores de la familia enraizados en el evangelio de Jesús y que vemos reflejados en aquella Sagrada Familia de Nazaret.

En el evangelio encontramos esos verdaderos valores que sean auténtico cimiento de nuestras familias para la mejor construcción de nuestro mundo. De alguna manera fuimos desgranando esos valores cuando pretendíamos contemplar a esa familia ideal para el auténtico aprendizaje de la vida en la escuela de nuestros hogares.

Es ahí donde aprendemos para esa delicadeza y esa comprensión entre unos y otros, para ese respeto mutuo y para ese estímulo que necesitamos recibir los unos de los otros en ese crecimiento y maduración como personas, es ahí donde aprendemos a valorar la dignidad que toda persona tiene por sí misma, pero donde aprenderemos a caminar juntos buscando siempre ese mundo mejor y más justo, es donde se nos caen todas las caretas de nuestras vanidades porque nos conoceremos en nuestra propia realidad pero siempre sin minusvalorar a nadie, siempre estimulando al crecimiento, siempre engrandeciendo a toda persona.

Son valores auténticamente evangélicos que encuentran su raíz y fortaleza en el amor que Dios nos tiene que nos regala la fuerza de su espíritu para poderlo realizar, para poderlo llevar a cabo. Por eso una familia cristiana tendrá por centro a Jesús y a su evangelio, una familia cristiana será el mejor ejemplo de lo que es ese Reino de Dios que queremos construir.

Contemplando hoy la Sagrada Familia de Nazaret pongamos por centro de nuestras familias a Jesús y su evangelio; empapémonos del espíritu de Nazaret para que podamos dar ese testimonio ante el mundo. Que María, la madre de aquel hogar de Nazaret como madre también de nuestros hogares sea en verdad la reina y madre de nuestras vidas que llene de esperanza nueva nuestro corazón.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Con Jesús y como Jesús nosotros también queremos ir creciendo, llenándonos de sabiduría y sintiendo que la gracia de Dios está también con nosotros

 


Con Jesús y como Jesús nosotros también queremos ir creciendo, llenándonos de sabiduría y sintiendo que la gracia de Dios está también con nosotros

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40

Parece que las cosas van volviendo a su cauce, todo va volviendo a la normalidad. Es la impresión que nos da este corto relato del evangelio. El evangelista Lucas que es el que más detalles nos da del nacimiento y de la infancia de Jesús parece que da como concluida esa etapa y después de los vaivenes que ha tenido la infancia de Jesús – Nazaret, Belén, Egipto, el templo de Jerusalén -, unido a lo que los otros evangelistas nos han contado, ahora vuelven de nuevo Nazaret donde había comenzado esta etapa con el anuncio del ángel a María. Se volverá a hablar de una vuelta a Nazaret tras el episodio de la pérdida de Jesús en el templo y se encauza así lo que sería el crecimiento de aquel niño, luego joven y adulto en el hogar de Nazaret.

Podemos contemplar al Hijo de Dios que se ha hecho hombre en su crecimiento humano en la placidez de un hogar, como lo fuera aquel hogar de Nazaret. Allí hemos contemplado a esa Sagrada Familia compuesta por Jesús, José y María y como lo hicimos el domingo después de la Navidad de la escuela de Nazaret hemos aprendido para nuestros hogares y nuestras familias.

Hoy se expresa con breves palabras lo que fue la vida de Jesús en aquel hogar donde crecía como hombre, pero donde se iba reflejando cómo la gracia de Dios estaba con El. Era un hogar lleno de gracia porque estaba muy lleno de la presencia de Dios. A María el ángel de la anunciación la llama la llena de gracia, de José se nos dice que era justo y que se dejaba conducir por el Espíritu del Señor, ahora de Jesús se nos dice que la gracia de Dios brillaba en El. Es la gracia divina la que nos hace sentir la presencia de Dios en nuestra vida y decimos que estamos en gracia cuando nos hemos dejado inundar por el Espíritu divino para alejar de nosotros toda maldad y todo pecado. ¿Cómo no podemos decir, entonces, que la gracia de Dios estaba con Jesús, cuando El ha venido precisamente como Cordero de Dios para quitar el pecado del mundo?


Pero nos dice el evangelista que el niño crecía y estaba lleno de sabiduría. Crecimiento es el desarrollo normal de la persona, pero bien sabemos que el crecimiento no está solo en lo físico o en los años que se vayan acumulando en nuestra vida. Bien sabemos que nos podemos encontrar personas que son niños aunque muchos sean los años que hayan transcurrido en su vida cuando brillamos por nuestra inmadurez y vivir una vida infantilizada.

Pero el auténtico crecimiento nos hace desarrollarnos desde lo más hondo de nosotros, y crecerán y madurarán nuestros conocimientos, pero que no solo es la acumulación de esas cosas que aprendemos sino saber encontrar el valor y el sentido de la vida, de lo que nos sucede, de lo que recibimos de los demás o de la sociedad en que vivimos y de lo que nosotros entonces podemos ir también aportando. Es la sabiduría de la vida, es ese saborear lo que somos y lo que vivimos porque le encontramos un sabor, porque le encontramos un sentido, porque le vamos dando un valor a lo que hacemos, porque vamos encontrando respuesta a esos interrogantes que se nos plantean por dentro, porque vamos adquiriendo toda una riqueza interior.

Eso nos va haciendo reflexivos para no dejarnos arrastrar simplemente por los impulsos, eso nos va dando una razón, un por qué de lo que hacemos, de lo que vivimos, eso va haciéndonos salir también de nosotros mismos aunque cada día tengamos más profundidad interior, porque nos abre horizontes, porque nos hace ver cuánto nos rodea de una forma nueva, porque nos hace mirar a los que caminan a nuestro lado con una mirada distinta. Hermosa esa sabiduría de la vida que vamos adquiriendo, hermosa esa profundidad que le damos a nuestro ser, hermosas serán las palabras que broten entonces de nosotros llenas de sabiduría, porque están llenas de sabor, porque todo lo iremos envolviendo en el auténtico y verdadero amor.

Y es la gracia de Dios en nosotros, porque como creyentes no apartamos a Dios de nuestra vida, sino que en El encontraremos las respuestas más certeras para nuestros interrogantes, y porque en El encontraremos también esa fuerza espiritual para luchar por esas metas que nos hemos ido proponiendo, para levantarnos de lo material y simplemente terreno, para darle una trascendencia grande a nuestra vida.

Con Jesús y como Jesús nosotros también queremos ir creciendo – y eso en todos los momentos de la vida – llenándonos de sabiduría y sintiendo que la gracia de Dios está también con nosotros.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Que a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret nuestros hogares sean verdaderas escuelas de humanidad que nos ayuden a todos a crecer y a madurar en una auténtica felicidad

Que a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret nuestros hogares sean verdaderas escuelas de humanidad que nos ayuden a todos a crecer y a madurar en una auténtica felicidad

Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 22-40

Uno de los aspectos en que más se incide en las celebraciones de navidad y que sin embargo en muchos casos es motivo de nostalgias que pueden empañar la alegría de estas fiestas, de recuerdos dolorosos en ocasiones por las ausencias producidas por diversas circunstancias y que cuando no son asumidas debidamente pueden quitar el brillo de la alegría de la navidad, es el aspecto familiar. La cena familiar, el encuentro de toda la familia con regalos que se intercambian, recuerdos que se evocan, emociones que salen a flote es el centro en la mayoría de los casos de toda la celebración de la navidad.
Es un aspecto importante, no el único, que es cierto se tiene en cuenta y hemos de cuidar también con mucho mimo por la importancia que en si mismo tiene la familia, por ser en muchos casos casi la ocasión única en que se encuentren todos o casi todos sus miembros, porque el reencuentro puede se ocasión para restablecer lazos que por las circunstancias de la vida muchas veces se debilitan o están en peligro de romperse.
Claro que en una verdadera celebración del misterio de la Navidad todo eso que es la vida del hogar y de la familia, con las circunstancias particulares que cada uno puede vivir y reflejarse en la vida de nuestros hogares, tiene que dejarse iluminar por la luz del evangelio, por la luz que vino a traer al mundo con su Salvación el que es el principal protagonista de la fiesta de la Navidad, Jesús y su evangelio salvador.
Es cierto que en la noche o el día de Navidad este es un aspecto que sobresale y que nos ayuda en la alegría de la fiesta de esos días, pero en la liturgia de la Iglesia tenemos en este domingo dentro de la octava de la Navidad una celebración especial que ya hace una referencia muy explicita al la vida de la familia. En este domingo queremos contemplar y celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret, la Sagrada Familia de Jesús, María y José.
Es importante que en la contemplación de la Sagrada Familia y queriendo aprender de sus valores y virtudes hagamos también nosotros algo así como una confesión de fe en el valor de la familia, al mismo tiempo que encontremos motivación y fuerza para vivir plenamente su sentido y sus valores. Y es importante cuando podemos contemplar a nuestro alrededor como las familias se destruyen, como los hogares dejan de ser verdaderos hogares, como se minusvalora lo que es el verdadero amor que se ha de vivir en el matrimonio y en la familia, como ya nuestras familias y nuestros hogares dejan de ser esas escuelas de humanidad, de amor, de ternura donde aprendamos los verdaderos valores que nos hagan crecer y madurar en la vida.
Los que queremos vivir según los valores de Jesús porque en El hemos puesto toda nuestra fe es un camino grande de testimonio el que tenemos que dar en este ámbito. Porque seguimos a Jesús queremos vivir siempre impregnados de su amor de manera que el amor sea siempre la motivación grande de nuestra vida. Un amor no vivido de cualquier manera, sino que siempre tenemos el ejemplo de Jesús porque el nos dijo que nos amáramos como El nos amó. Y el amor de Jesús no tiene fecha de caducidad, como muchas veces nosotros en la vida le ponemos a nuestro amor.
Ese amor generoso y universal, ese amor que nos lleva a darnos en la totalidad de nuestra vida, no puede ser un amor al que le pongamos condiciones ni un amor que dejemos morir en nosotros. Y es por ahí por donde los que seguimos a Jesús tenemos que dar un testimonio claro y valiente, porque muchas veces iremos remando a la contra de lo que son las corrientes de nuestro mundo.
Hoy la gente parece que está pronta a las rupturas y al enfriamiento de la intensidad de lo que vivimos; pronto nos cansamos, fácilmente nos podemos sentir atraídos por otras cosas o por otras personas y todo eso se mira con normalidad; pensamos más en nosotros mismos y en nuestras propias satisfacciones que en lo que es un entrega total de amor y para siempre. Por eso nos cuesta, porque tenemos que andar a contracorriente, porque tenemos que estar vigilantes, porque tenemos que alimentar continuamente esa llana y no dejarla enfriar ni apagar.
Es una tarea que no realizamos solos, porque Jesús nos ha prometido la presencia y la fuerza de su Espíritu, y su Espíritu es Espíritu de amor. Es la fuerza de su Espíritu la que tiene que alimentar el amor matrimonial, el calor de amor de nuestros hogares, el que dará fortaleza a nuestras familias para que se mantengan unidas y puedan superar todas las tempestades que la puedan poner en peligro.
Hoy miramos a aquel hogar de Nazaret donde vemos crecer en edad, sabiduría y gracia al Hijo de Dios hecho hombre. Hoy escuchamos las bellas palabras que nos dice el Apóstol sobre todos esos valores que tienen que brillar en la vida del hombre y que nos ayudarán a crecer y a ser más maduros. Misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión… Sobrellevaos mutuamente y perdonaos… Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada... Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón…’
Que brille todo eso en nuestro corazón, que nuestros hogares sean verdaderas escuelas de esos valores, que nuestras familias se vean anudadas por esos lazos del verdadero amor, que nos llenos siempre de esa paz que nace de un corazón lleno de amor.
Muchas más cosas podríamos seguir reflexionando en este día en la contemplación del hogar de Nazaret. Tratemos de contagiarnos de su espíritu de amor y podremos superar tantas cosas que muchas veces nos pueden poner tristes en la vida. Que sintamos la alegría de la verdadera paz en nuestro corazón.

domingo, 28 de diciembre de 2014

El niño Jesús crecía y se robustecía, se llenaba de sabiduría y de gracia en el caldo de cultivo del amor de la familia de Nazaret

El niño Jesús crecía y se robustecía, se llenaba de sabiduría y de gracia en el caldo de cultivo del amor de la familia de Nazaret


La familia es la más hermosa escuela del amor. Si no lo fuera así se destruiría a si misma. No se puede fundamentar la comunidad familiar desde otros intereses o ambiciones. Nace y se fundamenta en el mismo amor de los esposos, del hombre y la mujer que se aman y se dan y quieren compartir su vida. Es el más hermoso caldo de cultivo de un auténtico amor. Y de ahí, de ese amor brotará el más hermoso fruto de ese amor que son los hijos.
Y cuando lo hemos cimentado todo en el amor como el más eficaz fundamento los hijos harán crecer ese amor al tiempo que crecerán alimentados en ese mismo amor. Es un amor abierto a la vida que crece y se enriquece más y más cuanto más se da, cuanto más se ama. Será el hermoso taller donde construimos la vida en su más profunda felicidad. De ahí cuanto hemos de cuidar la familia, cuánto hemos de cuidar el amor para que nunca se vea empañado por ninguna perturbación ni ninguna tentación a encerrarse en si mismo porque lo haría egoísta y lo destruiría.
Pero somos humanos y erramos muchas veces y nuestro corazón se contagia de muchas cosas que pueden perturbar ese amor. Pero el creyente cristiano sabe bien donde ha de alimentar ese amor, donde encontrará la fuerza que no solo lo mantenga sino que lo haga crecer. Es el abono de la gracia divina que enriquece la vida matrimonial y familiar con el sacramento del matrimonio.
El creyente sabe que no camina solo. Junto a él está la gracia divina que alimenta su amor, lo fortalece y lo enriquece. Y es que Jesús no nos deja solos nunca en el camino de la vida. Sabe de nuestras debilidades y flaquezas, que nuestro espíritu muchas veces tiende a atrofiarse y a enfermarse con muchos males, porque nos sentimos tentados al egoísmo y al encerrarnos en nosotros mismos, aparecen las ambiciones y nos malean los orgullos y los recelos.
El nos garantiza la seguridad y fortaleza de su gracia. Como solemos decir cuando una pareja cristiana celebra con todo sentido el sacramento del matrimonio no solo hay un compromiso adquirido por los propios contrayentes a vivir a ese amor según el sentido y el estilo de Cristo, sino que Cristo mismo se compromete a acompañar ese camino de amor de aquel matrimonio y de aquella familia que nace. Por parte de Cristo no nos faltará nunca la asistencia de su gracia. Tendríamos nosotros que saber contar más con El.
En el marco de la Navidad, del misterio de Dios que se hace Emmanuel, que quiere ser Dios con nosotros y para eso se ha hecho hombre, encarnándose en el seno de María, además de redimir nuestra vida de tantos males con los que la destrozamos, hoy se nos quiere mostrar el misterio de la Sagrada Familia de Nazaret, de aquel hogar de José, María y Jesús. Cómo tenemos que aprender de aquel hogar, de aquella sagrada familia de Nazaret. Quiso Cristo al asumir nuestra naturaleza humana nacer y crecer en el seno de un hogar, de una familia, para así mostrarnos todo lo que es la riqueza de su gracia que nos acompaña.
Si comenzábamos diciendo que la familia es la más hermosa escuela de amor, qué podríamos decir de aquella Sagrada Familia de Nazaret. En el amor de aquel hogar nació y creció Jesús. ‘El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba’, nos dice el evangelista. El niño crecía y se robustecía, se llenaba de sabiduría y de gracia de Dios en el caldo de cultivo del amor de aquella familia de Nazaret.  ¡Qué hermoso pensamiento!