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miércoles, 1 de mayo de 2024

Miremos qué nos está fallando en los cables de conexión, no terminamos de dar buena luz, qué es lo que nos está robando la vitalidad del evangelio

 


Miremos qué nos está fallando en los cables de conexión, no terminamos de dar buena luz, qué es lo que nos está robando la vitalidad del evangelio

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Salmo 121; Juan 15, 1-8

Si no estamos enlazados con la fuente de la energía, en perenne comunicación con dicha fuente, no tendremos energía. Al hablar de esto enseguida pensamos, por ejemplo, en la electricidad y cómo vemos nuestros territorios y nuestras calles hasta llegar a nuestros hogares por torres que sostienen unos cables que son conductores de esa energía desde su fuente de generación; claro que hoy pensamos en otras energías, renovables las llamamos, ya puede ser la fuerza motriz del viento o del agua embalsada, ya se la luz y el calor del sol que nos van también a generar ese energía con la que tendremos que estar igualmente conectados.

Claro que en la época de Jesús no se contaba con esos medios de generación energética, pero si sabían que la luz del sol era como un alimento para las plantas que igualmente tendrían que estar bien enraizadas en tierra, y manteniendo la unidad de la planta, se podría llegar a obtener unos frutos.

Hoy nos habla Jesús de la vid y de los sarmientos, de la necesaria poda para poder aprovechar toda la energía y vitalidad de la planta para mejores frutos, pero también como los sarmientos habían de estar bien injertados en la cepa para que la savia alimenticia pudiera fluir por toda la planta y sus ramas.

Ya sea con los ejemplos de energía con que hemos comenzado a reflexionar, ya sea en esta referencia a la vid y los sarmientos, nos viene a decir Jesús que una cosa es importante, la unión de los sarmientos con la cepa, con vid, porque solo así podremos obtener los mejores y los más abundantes frutos. 

Y esto es una imagen y una alegoría para nuestra vida que tenemos que saber discernir bien. Somos los sarmientos que como brazos que se extienden y se prolongan venimos a trasmitir a nuestro mundo todo el mensaje salvador del evangelio. Pero es necesario que nosotros tengamos vida, que haya vitalidad en nosotros, porque de lo contrario ¿qué es lo que vamos a trasmitir? No vamos a decir lo bonito que somos, no vamos a hablar de nosotros mismos o de lo que puedan ser nuestros proyectos por muy bellos y hermosos que sean. Nos seguimos predicando demasiado a nosotros mismos; nos seguimos creyendo el ombligo del mundo como si nosotros fuéramos el centro de todo; nos sobra autosuficiencia, nos sobra orgullo.

Esto es muy serio y es en algo que tenemos que pensar los cristianos que nos sentimos más comprometidos, es algo que tiene que plantearse muy bien la Iglesia en sus pastores y cuantos tienen una misión dentro de la Iglesia. Muchas veces predicamos la Iglesia y no predicamos a Jesús; queremos manifestar la grandeza de la Iglesia y nos llenamos de magnificencias  que terminan siendo simples, pero duras vanidades que se convierten en un velo que impiden que todos nos encontremos con Jesús. Andamos muy preocupados de prestigios y nos sentimos escandalizados cuando alguien o algo pudiera manchar ese brillo que le queremos dar a la Iglesia, pero nos olvidamos quizás de cosas fundamentales que Jesús nos enseña en el evangelio, olvidándonos de la misericordia y de la compasión.

Algo nos puede estar fallando en esos cables de conexión de la energía cuando no estamos dando buena luz. ¿Habrá muchos ramajes que cortar en nosotros, en nuestra Iglesia, en quienes quieren aparecer en primera pantalla, y que se convierte en distracción que impide que el mundo de verdad mire a Jesús y su evangelio de salvación?

Creo que mucho tendría que darnos que pensar toda esta reflexión que nos estamos haciendo. Busquemos la manera de estar de verdad unidos a la cepa para que no seamos sarmientos inútiles, chupones que roban la verdadera energía y vitalidad que tendríamos que tener.

martes, 5 de septiembre de 2023

Cuidado que el mundo nos esté diciendo que eso no va con ellos y se desentiende porque al anuncio de la Palabra que le hacemos le falta autoridad y convicción



 Cuidado que el mundo nos esté diciendo que eso no va con ellos y se desentiende porque al anuncio de la Palabra que le hacemos le falta autoridad y convicción

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26; Lucas 4, 31-37

Estamos cansados de palabras y más palabras; todo el mundo tiene algo que decir, algo que proponer, promesas que hacer; pero muchas veces palabras que se lleva el viento; palabras que son como cantinelas repetidas en labios de uno y en labios de otro; palabras muchas veces huecas, vacías, que parecen como repetidoras de algo que está mandado decir y que se dice porque está mandado así, pero que notamos que están vacías de contenido, que no tienen alma; aunque a veces veamos que se pone mucho énfasis, sin embargo notamos que en el fondo son palabras como repetidas de memoria y sin contenido que salga del corazón de quienes las pronuncian; palabras, por otra parte, que podrían decir algo, pero que son dichas con tan poca fuerza de vida que al final tampoco nos convencen.

Nos cuesta encontrar palabras hondas, palabras que de verdad salgan del corazón, que tengan autoridad en sí mismas, que nos planteen un interrogante o que nos den una respuesta, palabras que ayuden a vivir y palabras que estén llenas de vida. Pasa hoy y ha pasado en todos los tiempos y lugares. Encontrar quien nos diga una palabra clara que nos llegue al corazón es como encontrar un tesoro.

Cuando Jesús comenzó a hablar a las gentes sentían que había algo distinto. Sus palabras llegaban al corazón y llegaban a la vida, aunque no todos las recibieran de la misma manera. Pero había quien entraba en sintonía con la palabra de Jesús, quienes poco a poco iban abriendo su corazón a aquellas palabras y sentían que algo se iba renovando en su interior. Eran palabras dichas con autoridad. Así comienzan a reconocerlo algunos, muchos, aunque también porque tenían su corazón muy encerrado en una coraza reaccionaban también de forma negativa diciéndole a Jesús qué tenía que ver con ellos.

Pero sí tenía que ver con ellos, sí tiene que ver con nosotros; El no quiere desentenderse de nosotros, quiere estar a nuestro lado allí donde estamos con nuestros problemas, y allí siempre tiene para nosotros una palabra de vida, una palabra de salvación. Nosotros le interesamos a Jesus y nos manifiesta su cercanía, su caminar a nuestro lado, el tendernos la mano una y otra vez allí donde estamos, aunque nos parezca que estamos hundidos, para levantarnos, para ponernos en camino de nueva vida.

Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. La gente reconoce que Jesús habla con autoridad. Su palabra no es una dulce melodía que nos adormezca sino que será un grito fuerte en el corazón que nos despierte, que nos ponga en camino de liberación, de poder comenzar una senda nueva. Nos cuesta a veces escucharle y también le ofrecemos nuestras resistencias como aquel poseído del espíritu maligno del que nos habla el evangelio; no queremos en ocasiones que esa palabra de Jesús nos inquiete, preferimos una dulzaina que nos adormezca, por no hacer el esfuerzo de levantarnos y cambiar. Abramos sin temor nuestro corazón a la palabra de Jesús.

Pero esto nos enseña también cómo nosotros hemos de transmitir esa palabra, cómo nosotros también tenemos que hacer el anuncio. Tenemos que saber ir con la autoridad de Jesús, con el convencimiento claro de nuestro corazón, con la firmeza al tiempo que con la seguridad y la alegría de quien ha experimentado en sí mismo esa salvación que nos ofrece Jesús y que nosotros queremos transmitir a los demás.

Qué lástima que muchas veces no parecemos convencidos, no damos la impresión de que lo que queremos transmitir es lo que lo nosotros ya experimentamos y ahora vivimos. Es la firmeza y la autoridad con que tiene que mostrarse la Iglesia, pero no una autoridad de imposición, que eso sería muy fácil, sino la autoridad de lo que es su vida. Es un cuidado muy meticuloso que tenemos que mostrar quienes de una manera o de otra hacemos anuncio de la Palabra de Dios, ya porque seamos los lectores que la proclamamos en la celebración, ya porque sean los que con la autoridad de la Iglesia tratan de hacerla llegar al pueblo de Dios y al mundo que nos rodea. Cuidado con los recitativos de nuestra entonación a la hora de la proclamación que se pueden convertir en música cansina que al final no interese ni llame la atención.

¿Será por eso por lo que el mundo de nuestro tiempo no muestra ningun interés por el anuncio del Evangelio? ¿Nos estarán diciendo también como aquel hombre del evangelio y eso qué tiene que ver conmigo y con mi vida? Y el mundo nos da la espalda y se va a sus cosas, y no termina de mostrar algun interés por la Palabra que proclamamos. Es algo muy serio que los cristianos tendriamos que plantearnos.


sábado, 16 de octubre de 2021

Fiémonos de la fuerza del Espíritu Santo que habita en nuestro corazón y manifestemos con valentía toda la energía de nuestra fe y de los valores del Evangelio

 


Fiémonos de la fuerza del Espíritu Santo que habita en nuestro corazón y manifestemos con valentía toda la energía de nuestra fe y de los valores del Evangelio

 Romanos 4,13. 16-18; Sal 104; Lucas 12, 8-12

Hoy en la vida podemos tener la tendencia a ir siempre, como decíamos quizás en otra época, echados para adelante, ir de fachas, de que todo nos lo sabemos, que nunca nos queremos quedar atrás, que siempre tenemos que prevalecer, nuestras opiniones son las que valen y no nos callamos ante nada. No es que todos seamos así, pero sí nos encontramos muchos que quieren ir como figurines siempre delante y no se callan por nada. Parece que tenemos que ir así dando muestras de triunfo, de que todo nos lo sabemos y de lo contrario nos quedaríamos como encerrados. Es una tentación que todos podemos tener.

Pero en verdad ¿seremos valientes en todas las cosas? Quizás en esas apariencias del mundo así queremos mostrarnos, en aquellas cosas que puedan hacernos florecer y aparentar nos ponemos delante en ese afán de triunfo en que se vive la vida. Pero quizá cuando tenemos que dar la cara por los demás, cuando tengamos que defender unos valores y principios de vida, cuando tengamos que manifestar lo más profundo de nosotros mismos, ahí ya no nos mostramos con las mismas valentías.

Y no digamos nada cuando entramos en el ámbito de lo religioso o de los valores cristianos en que tenemos una tendencia en la sociedad de que eso es algo privado, es cosa de cada uno en particular y no tiene por qué manifestarse o expresarse públicamente.

Significa quizá que no hayamos terminado de comprender lo que son en verdad los valores espirituales de la persona o lo que la fe tiene que significar en la vida. Ni es un adorno que nos pongamos como un broche en algunas ocasiones, ni puede ser nunca algo que ocultemos o relegamos al último rincón como quien guarda en el baúl de los recuerdos o de los trastos viejos los recuerdos que nos trasmitieron nuestros mayores y no dejemos entonces que esa fe y esos valores impregnen el sentido de mi vida. No habremos terminado de entender lo que significa ser cristiano, ser un seguidor de Jesús.

Hoy Jesús nos está diciendo que es necesario que demos la cara por El. Un cristiano no puede ser una persona que se oculte; un cristiano tiene que dar razón de su fe y de su esperanza pero no solo con palabras sino con el testimonio de una vida. No es algo que se pueda quedar en el ámbito de lo privado, de lo que llevamos oculto en el corazón. No podemos ser los cristianos unas personas que vayamos temerosas y como avergonzadas por la vida por la fe que tenemos.

No es fácil, porque nos sentimos apabullados; no es fácil porque algunas veces por aquello de la humildad que tanto se nos ha inculcado no queremos dar la impresión de orgullo por nuestra fe; si de algo tenemos que sentirnos orgullosos es de nuestra fe, porque es lo que nos da la alegría más honda a nuestra vida, porque nos llena de sentido y de trascendencia en todo aquello que hacemos. Damos la cara porque los cristianos tenemos que ser las personas más comprometidas con nuestro mundo para hacerlo mejor.

Nuestros valores y principios son fundamentales para la construcción de ese mundo. No es desde la fantochada y de la vanidad, sino desde un amor serio y comprometido donde vamos a transformar nuestro mundo. Y la fe nos da sentido a ello, y la fe nos da fuerza para lograrlo.

Y como nos dice hoy Jesús en el evangelio no nos tiene que dar miedo porque nos quedemos sin fuerzas; tenemos con nosotros la fuerza del Espíritu del Señor que pondrá energía en nuestro corazón, sabiduría en nuestras palabras, convencimiento en nuestras posturas, fortaleza para enfrentarnos a todo lo que pueda ser dificultad.

‘Cuando os conduzcan a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué razones os defenderéis o de lo que vais a decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir’. Fiémonos de la fuerza del Espíritu Santo que habita en nuestros corazón y manifestemos con valentía toda la energía de nuestra fe y de los valores del Evangelio.

 

domingo, 9 de mayo de 2021

El amor es esa energía de Dios que nos da vida en plenitud reconociendo en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener parte siempre de Dios

 


El amor es esa energía de Dios que nos da vida en plenitud reconociendo en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener parte siempre de Dios

 Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

Para que llegue hasta nosotros la energía, llamémosla energía eléctrica, necesitamos unos conductores que desde la central, donde se produzca o esté concentrada, sin interrupción llegue a ese instrumento, por ejemplo, en el que la vamos a utilizar. Ya conocemos las consecuencias cuando, por ejemplo, a causa de un temporal se cortan esas líneas de alta tensión, o cuando se produce alguna avería seria en alguno de sus transformadores, por ejemplo.

Podríamos decir que el amor es esa energía de Dios y hemos de reconocer en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener hacia los demás parte de Dios. Ya se nos ha dicho claramente hoy en la carta de san Juan. ‘Dios es amor’. Y el amor no parte de nosotros sino que parte de Dios. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero’.

Es la gran revelación que nos hace Jesús. Aunque si hacemos una buena lectura nos damos cuenta de que toda la historia de la salvación es una historia de amor – la historia del pueblo elegido es una historia de amor de Dios para con su pueblo -, en Jesús alcanzamos la plenitud de esa revelación de lo que es el amor de Dios. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor…’ y terminará diciéndonos, ‘pues así amaos los unos a los otros como yo os he amado’.

No es un amor cualquiera ni con cualquier medida. Es el amor de la entrega total. No es amar solo a aquellos que me aman, no solo es el amor de amistad, aún con todo lo bello que puede ser. Es el amor que se hace ‘ágape’, se hace comida, como comida se hizo Cristo mismo para que nosotros lo comiéramos; es el amor que llega a la entrega más sublime porque es capaz de darse hasta la muerte para dar vida, para que haya fruto en nosotros. Y podemos recordar al grano de trigo que es enterrado para que muera al germinar y producir una nueva vida. Es el amor supremo del que da la vida por el amado, como lo hizo Jesús. ‘Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado’.

Ahí estamos contemplando ese hilo conductor del amor de Dios, que se nos manifiesta en Jesucristo y que tendrá que irse reflejando luego en nuestra vida, amando con el mismo amor, amando con la misma medida del amor, ‘como yo os he amado’. No nos podemos permitir ninguna ruptura, por eso nos dice, ‘permaneced en mi amor’. Pero además recordemos que ha venido hablándonos con muchas imágenes como la de la viña en que los sarmientos tienen que estar unidos a la vid para que puedan dar frutos. ‘Sin mi no podéis hacer nada’, nos dice.

Es el amor que tiene una característica especial, porque es un amor muy concreto; no es un amor genérico con el que decimos que amamos a todos, no es un amor interesado porque solo amamos a los que nos han amado antes a nosotros, no es un amor en el que ponemos unas condiciones de correspondencia, sino que es un amor generoso y total pero muy personal y concreto a cada uno. Así es el amor que el Señor nos tiene, porque El nos ha elegido, luego, podríamos decir, nos está amando con nuestro nombre. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

Es un gozo sentirnos amados así; es un gozo poder hacernos participes de un amor así. Disfrutemos de ese amor que el Señor nos tiene pero disfrutemos nosotros amando de la misma manera. Jesús nos está diciendo que todo esto nos lo revela para que nuestra alegría sea completa, nuestra alegría llegue a la plenitud. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’.

Qué felices somos cuando nos sentimos amados, por eso la fe que tenemos en el Señor es el motivo de la mayor alegría. Los cristianos que nos sabemos amados de Dios tendríamos que ser las personas más felices del mundo, tendríamos que ir repartiendo alegría y felicidad por doquier. Y es que amando así de esa manera los demás tenemos que sentirnos las personas más dichosas, porque estamos haciendo felices a los que nos rodean. Es una lástima que los cristianos no contagiemos esa alegría; tristes cristianos que aunque se dicen muy creyentes van con caras de amargados y caras de circunstancias allá por donde van.

Tendríamos que tomar la temperatura de nuestro amor, tomando como referencia todo esto que nos ha hecho reflexionar hoy la Palabra de Dios. quizás el mercurio de nuestro amor no nos da la medida de la temperatura porque aun seguimos amando con medidas raquíticas, escogiendo a quien amamos o quienes queremos ser buenos, sopesando primero lo que hayamos podido recibir de los otros para entonces llegar a amarlos.

Quizá los hilos conductores que nos hacen llegar ese amor de Dios a nosotros los hemos roto e interrumpido, o puesto muchos obstáculos o averías en el camino. ¿Seremos el sarmiento unido a la vid que tiene vida o nuestra vida es un sarmiento reseco que no da fruto y solo sirve para arrojarlo al fuego? Mucho tendríamos que analizar.

‘Esto os mando, nos dice Jesús, que os améis los unos a los otros’. Ya sabemos cómo.

domingo, 2 de mayo de 2021

Tenemos que despertar, buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y vida cristiana esté enraizada en Jesús y en el evangelio, tener la creatividad del Espíritu del Amor

 


Tenemos que despertar, buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y vida cristiana esté enraizada en Jesús y en el evangelio, tener la creatividad del Espíritu del Amor

Hechos de los Apóstoles 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8

Tengo un amigo que trabaja en la agricultura, en concreto, en la recolección de la fruta, pero hay ocasiones en que me dice que al día siguiente lo envían a otra cosa, lo envían a la poda o lo envían a quitar chupones; para que se pueda tener buena fruta es necesario cuidar debidamente la planta, el árbol o lo que sea de lo que recogemos la fruta, por eso cada año se necesita la poda, como también cada cierto tiempo se cortan o arrancan los chupones que son esos ramajes que muchas veces surgen pero que no dan ningún fruto y lo que hacen es chuparle la vida al árbol.

Aparte de yo ser también hijo de agricultores y vivir en un lugar donde se cultiva intensamente la vid, me vino también la imagen del trabajo de este amigo que he mencionado al escuchar hoy el evangelio. De eso nos habla Jesús como una imagen de gran riqueza para nuestra vida cristiana.

Hemos de reconocer que en muchas ocasiones nuestra vida cristiana es mediocre, no se ven los frutos que tendrían que resplandecer. Un poco nos contentamos, como solemos decir, en lo de siempre – siempre se ha hecho así, decimos para contentarnos – y la vida que contemplamos muchas veces en nuestras comunidades es lánguida, pobre, amorfa, donde falta valentía para hacer un anuncio claro del evangelio, para lanzarnos a algo más y desear poder llegar a los más lejanos, o nos cargamos de rutinas y tibiezas en las que no brilla lo suficiente el compromiso por un auténtico amor.

De muchos sarmientos inútiles que como chupones estamos rodeados o tenemos en nuestra propia vida; nos vamos consumiendo en hacer lo de siempre pero nos faltan iniciativas, riesgo para lanzarnos en la búsqueda de algo nuevo para vivir con intensidad el evangelio y para poder mejor hacerlo llegar a todos; nuestros templos se nos vacían, nos faltan elementos jóvenes y con ardor en nuestras comunidades que manifiesten la energía de nuestra fe y la energía que tendría que brillar en nuestra comunidad; algo nos está fallando que no trasmitimos el evangelio a los demás, no contagiamos de nuestra fe a los que nos rodean.

Es esa tibieza espiritual en la que vivimos porque nos falta poner en práctica esto que hoy nos señala Jesús en el evangelio. Tener fe en Jesús no es solo cuestión de tener unas ideas que mantenemos como tradiciones en nuestra vida sino que es necesario que en verdad estemos bien enraizados en Jesús. El hoy nos está repitiendo que sin El nada somos ni nada podemos hacer. Como el sarmiento que no está unido, enraizado en la cepa para que tenga la misma savia, la misma vida.

Pero también Jesús nos habla de la poda que es necesario realizar para quitar aquellos sarmientos que no dan fruto, pero Jesús aun más nos dice que a los que dan fruto el viñador los poda para que den mejores frutos. Y es donde tenemos que mirar con sinceridad nuestra vida. Muchas cosas hemos dejado apegar a nuestro corazón y que se convierten en rémoras en nuestro caminar, porque son un peso muerto, porque no nos dejan avanzar, porque nos van arrastrando y casi empujándonos hacia atrás. Como esos chupones, como esos sarmientos inservibles.

Y aquí tendríamos que revisar actitudes pasivas y negativas que hemos ido dejando introducir en nuestra vida que se convierten en rutinas, que nos llevan a esas posturas de tibieza, que nos llenan de miedos y cobardías, que nos van quitando esa capacidad de iniciativa y esa creatividad que tendría que haber en un corazón lleno de amor.

Son las cojeras de la vida cristiana con que andamos en nuestras comunidades que se han dedicado más a conservar que a abrirse a la iniciativa y creatividad para llegar a nuestros campos, para realizar cosas nuevas, para intensificar todo lo que significa el compromiso de nuestro amor. Nos encontramos así comunidades empobrecidas y envejecidas que no es cuestión solo de años o de la edad que tengamos, comunidades demasiado ritualistas quizás y por otra parte muy rutinarias en sus costumbres y tradiciones, comunidades a las que les falta vida.

Tenemos que despertar, tenemos que volver a la fuente, tenemos que buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y en consecuencia nuestra vida cristiana esté verdaderamente enraizada en Jesús y en el evangelio, tenemos que despertar de nuevo la esperanza y la ilusión en el trabajo pastoral, tenemos que abrirnos a esa creatividad que nos da el Espíritu del Amor. Para eso tenemos que estar muy unidos a Jesús porque sin El nada somos ni nada podremos hacer.

miércoles, 23 de julio de 2014

La alegoría de la vid y los sarmientos compendio del camino de la espiritualidad cristiana

La alegoría de la vid y los sarmientos compendio del camino de la espiritualidad cristiana

Gal. 2, 19-0; Sal.33; Jn. 15, 1-8
Escuchamos en el evangelio la conocida alegoría de la vid y los sarmientos. Una rica imagen que nos ofrece el evangelio y que me atrevería a decir que compendia de forma muy hermosa el camino de nuestra espiritualidad. Es la imagen de la vid que ha de ser cuidada, pero cuyos sarmientos han de estar profundamente unidos a la cepa, a la vid, porque de lo contrario no tendrían vida por si mismos ni podrían dar los hermosos frutos que de ellos se esperarían; pero vid y sarmientos que han de ser bien atendidos y cuidadosamente podados para quitar lo inservible, lo que le restaría savia y vida para que puedan producir los mejores frutos.
He dicho que puede ser un hermoso compendio del camino de nuestra espiritualidad, pero no de una espiritualidad cualquiera sino de nuestra espiritualidad cristiana. Hay en el corazón del hombre un ansia y una sed de infinito y de plenitud; sentimos hondamente dentro de nosotros que somos algo más que materia, porque somos seres espirituales y estamos llamados a darle una trascendencia a nuestra vida que va más allá de nuestras funciones corporales y meramente animales, podríamos decir.
Pero ese ser espiritual no lo vivimos nosotros de cualquier manera; además ser espiritual es algo más que decir que rezamos mucho porque creemos en Dios, o que le tenemos mucha devoción a los santos y tenemos muchas imágenes con nosotros, ‘muchos santitos’; tampoco se trata de esas fuerzas o energías positivas, como se dice ahora, que todos llevamos dentro o que nos puedan hacer tener como unos poderes especiales. Hoy muchos por ahí nos hablan de que son muy espirituales, porque creen en las fuerzas de los espíritus, porque dicen que tienen una energía espiritual o porque dicen que nos pueden leer la mente o lo que nos ha pasado o nos puede pasar. Hay además una utilización de muchos signos religiosos cristianos por esas personas para hacernos creer en sus poderes y hacérsenos pasar por seres espirituales, dándole un sentido mágico a todo lo religioso y espiritual. Tenemos que tener cuidado con todas esas cosas que nos crean profunda confusiones.
Hablaba al principio de esa sed de espiritualidad que hay en el fondo del corazón de todo hombre, de toda persona, pero nosotros tenemos una fuente que de verdad nos lleva a Dios  y a tener una profunda espiritualidad que nosotros además apellidamos cristiana. Es que en Cristo tenemos el fundamento; su Palabra es la que de verdad ilumina nuestra vida por dentro y no será un espíritu como energía que vaga por el mundo quien nos haga crecer interiormente, sino que es el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo que Jesús nos prometió el que nos va a llenar de esa vida de Dios en quien de verdad va a encontrar el hombre su plenitud.
Es el Espíritu Santo, el Espíritu divino, no una energía como si fuera una fuerza que sale de un imán, el que de verdad nos llena de vida y nos eleva para darle verdadera profundidad a nuestra existencia. Es necesario, pues, mantener nuestra unión con Dios, con su Espíritu divino, que es el que nos llena de vida y nos hace tender a lo más grande, a lo más noble, a lo verdaderamente espiritual.
Jesús nos habla de la necesaria unión de los sarmientos y la vid, ya lo hemos comentado, que es hablarnos de esa unión con Dios que mantenemos con nuestra oración, con la escucha de la Palabra de Dios, con la gracia de los sacramentos que nos hace partícipes de esa vida de Dios. Una persona verdaderamente espiritual tiene que ser una persona de oración profunda, que sepa sentir y vivir la experiencia de la presencia de Dios en su vida; una persona verdaderamente espiritual ha de ser alguien abierto a Dios y a su Palabra, porque ahí encontrará el camino de su vida y la luz para ese camino; una persona verdaderamente espiritual es alguien que está en continuo crecimiento en su interior, pero que le hará purificarse continuamente de todo aquello que va manchando su vida y que sería una rémora que le impidiera avanzar hacia Dios.
Es lo que nos ha explicado en las imágenes de la alegoría de la vid Jesús en el Evangelio. Es lo que nos llevará a que demos frutos de amor y de santidad en nuestra vida. Una persona impregnada de la espiritualidad cristiana será siempre una persona que derroche amor, compromiso por los demás, generosidad, desprendimiento, deseos de bien y de bondad, que se mostrará siempre sincera y veraz en su vida, que obrará en todo momento con toda rectitud.

Es que en ese camino de la verdadera espiritualidad cristiana ya solo viviremos para Dios y dejaremos que Dios habite para siempre en nuestra vida; más aún, no es nuestra vida, sino que es la vida de Dios que habita en mí, como nos ha dicho san Pablo.