Despertemos para que contagiemos con el entusiasmo de nuestra fe y el compromiso serio de nuestro amor
Gálatas 3, 22-29; Salmo 104; Lucas 11, 27-28
Yo me pregunto a veces cuáles son nuestros entusiasmos y hasta donde llegaríamos por ellos. Constantemente estamos viendo en nuestro entorno, o los medios de comunicación se encargan de hablarnos de esas cosas y manifestarnos esos entusiasmos por las cosas más dispares, cómo la gente se manifiesta en diversas situaciones, bien porque estén reclamando cosas que ellos consideran justas o protestando contra lo que consideran injusto, bien, por ejemplo, tras acontecimientos deportivos llenos de triunfos y vemos como la gente se echa a la calle para vitorear a los campeones de turno, bien sea en fiestas que recogen ancestrales tradiciones que se quieren mantener vivas como son las fiestas populares o las romerías, y así podríamos hacer una lista casi interminable de momentos en que vemos a la gente con alborozo y entusiasmo o reclamando o celebrando alguna cosa.
¿Qué es lo que los mueve y motiva a esos entusiasmos y a esas manifestaciones? ¿será simplemente dejarse arrastrar por una mayoría o por un grupo influyente o todos tendrán en su interior esos buenos deseos que les llevan a ese entusiasmo en sus manifestaciones? Sin embargo pareciera que la gente, o que la misma sociedad necesitaría de esos impulsos para mantenerse viva. Y vuelvo a hacerme la pregunta cuáles son nuestros entusiasmos y hasta dónde seríamos capaces de llegar.
Me vienen a la mente estas consideraciones y también estas preguntas que tenemos que hacernos a nosotros mismos a partir del episodio que nos ofrece hoy el evangelio. Jesús va rodeado de la gente que se agolpa en multitudes en su entorno de un lado para otro; como dirá el evangelista en su relato en alguna ocasión ni les daban tiempo para comer, y aunque se vaya a despoblados y si previo aviso allí se encontrará siempre con esas multitudes que le esperan. Pero en medio de aquel grupo que ahora le sigue y ha estado escuchándole una voz anónima con todo el entusiasmo del mundo se hace notar con su grito. Una voz que quiere ser alabanza al Maestro pero que emplea una forma indirecta para proclamar su alabanza hablando de lo dichosa que tendría que sentirse la madre de tal hijo. ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Era una mujer la que había prorrumpido en aquel grito pero que viene a expresarnos también el orgullo que ella como mujer y como madre también sentiría.
Ya sabemos cuál fue la reacción de Jesús. No rechazó las palabras y el entusiasmo de aquella mujer sino que les dio una nueva dirección. Son buenas las alabanzas también en aquellos que las pronuncian, porque son también un reconocimiento; no buscamos alabanzas ni hacemos las cosas por una alabanza pero sí esa palabra de alabanza puede hacer que quienes la escuchamos le demos una nueva dirección a nuestra mirada que a la larga puede ser también una nueva dirección a nuestra vida. La alabanza que recibimos no nos puede hacer nunca engreídos, sino agradecidos y más humildes.
Pero, como decíamos, Jesús nos hace pensar en algo nuevo y distinto, donde encontrar nuestra verdadera dicha y felicidad. Por eso nos dice: ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Esa tiene que ser nuestra dicha, esa nueva forma de escuchar, porque nos dice escuchar y cumplir. La Palabra del Señor es nuestra vida pero si la sembramos en el corazón para hacer que dé fruto. Es lo importante, es lo que nos dará la más honda satisfacción en el corazón. Es el camino que nos está señalando Jesús que hemos de tomar. ¿Mereceremos nosotros esa alabanza y esa bienaventuranza?
En la brevedad de esta reflexión quisiera quedarme con una pregunta muy concreta que tendríamos que hacernos los cristianos al hilo de cómo comenzábamos el comentario de hoy. ¿Dónde está el entusiasmo de los cristianos? Creo que siendo bien conscientes de nuestra fe tenemos los mayores motivos para manifestarnos con entusiasmo y con una alegría que nadie nos podría quitar. ¿Donde hacemos manifestaciones clamorosas de nuestra fe y nuestro amor cristiano? Ya sé que algunos me dirán que ya hacemos durante el año muchas procesiones en Semana Santa y en nuestras fiestas que son una proclamación pública de nuestra fe. Pero nos tenemos que preguntar. ¿Son manifestaciones entusiastas con las que queremos contagiar a los demás de aquello en lo que nosotros creemos?
En cualquier manifestación, sea el que sea el motivo por el que se haga, los manifestantes con su forma de hacerlo están queriendo contagiarnos a todos del espíritu que ellos tienen para manifestarse por aquello, por ejemplo, que reclaman, poco menos que nos empujarán con su entusiasmo para que nosotros también participemos. ¿Es eso lo que los cristianos hacemos o quizás nos contentamos con unos actos muy formales, muy bien ordenados y organizados pero a la larga muy aburridos en los que nadie se siente invitado a participar o a vivir?
Claro que la proclamación y manifestación de nuestra fe no se tiene que quedar en unos gritos que demos en un momento determinado, sino que el grito que entusiasme e invite son las posturas que tomamos en la vida desde nuestra fe y nuestro amor cristiano y desde los compromisos que vivamos en medio de nuestra sociedad. Despertemos para que contagiemos con el entusiasmo de nuestra fe y el compromiso serio de nuestro amor.

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