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sábado, 29 de septiembre de 2018

Dejémonos sentir así mirados por Dios con su mirada de amor abriendo nuestro corazón a sus designios de amor cuando celebramos la fiesta de los Santos Arcángeles



Dejémonos sentir así mirados por Dios con su mirada de amor abriendo nuestro corazón a sus designios de amor cuando celebramos la fiesta de los Santos Arcángeles

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Una mirada puede ser en ocasiones algo decisivo en la vida. Alguna vez casi sin darnos cuenta presentimos que alguien nos está mirando, quizás nos sorprende, quizás sentimos como un reparo a que nos miren y quisiéramos ocultarnos, quizás nos agrade la sensación de paz que percibimos y que nos agrada porque parece que a nosotros nos llena de paz, otras veces nos interroga y parece como si se nos metiera en lo más hondo de nosotros descubriendo lo más intimo o lo más secreto que guardamos dentro de nosotros mismos.
Hay, es cierto, personas que hablan contigo y no te miran, otras veces somos nosotros los que rehuimos la mirada como queriendo ocultar algo, pero en el fondo nos agrada sentirnos mirados, o que cuando nos hablen nos miren a la cara, nos miren a los ojos. Sensaciones diversas pueden producirse en nosotros, pero también sentimos con agradecimiento esa mirada de estímulo que parece que nos está diciendo adelante, o una mirada puede ser que nos haga cambiar hasta la intención de lo que estamos haciendo y de alguna manera nos hace recomponer nuestras posturas o nuestra manera de ser o de hacer. Es más importante de lo que parece o de lo que queramos aceptar la mirada que recibimos de los demás, como importante puede ser los otros nuestra mirada.
¿Y las miradas de Jesús? sería una buena reflexión recorrer las páginas del evangelio fijándonos al detalle en la mirada de Jesús. Es un tema que me agrada y que muchas veces he reflexionado también. Hoy se nos habla de una mirada de Jesús en el evangelio que fue muy importante.
Felipe le había anunciado a Natanael que habían encontrado al anunciado por los profetas y esperado con tantas esperanzas hasta ahora nunca cumplidas por el pueblo de Israel. Y le señala en concreto a Jesús de Nazaret. No sin ciertas reticencias se acerca a Jesús, porque de Nazaret no puede salir nada bueno – rencillas y envidias de pueblos vecinos – y cuando se acerca Jesús se le queda mirándole. Y esa mirada de Jesús va acompañada de una alabanza. Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Saludo recibido con ciertas reservas por parte de Natanael. ‘¿De qué me conoces?’ Y Jesús le habla de una mirada. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi’.
Fueron suficientes esas palabras, pero también la sensación que había sentido porque en aquel momento, que no sabemos qué es lo que había sucedido, sin embargo se había sentido mirado. Una mirada de la que quizá entonces no se había enterado, pero saber que le habían mirado en aquellas circunstancias, le hizo cambiar totalmente su actitud. Le había hecho dar un vuelco total a su vida, a sus predisposiciones, a sus actitudes, y del rechazo del principio había nacido ahora una profesión de fe. ‘Rabí – le dice ya reconociéndolo como maestro -, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’  concluyendo con una hermosa confesión de fe’.
Qué importante había sido aquella mirada. Lo que expresábamos al principio, miradas que interrogan, miradas que penetran hasta lo mas hondo, miradas que nos transforman, miradas que nos hacen tener una nueva visión y nos abren un nuevo camino. Algunas veces somos conscientes, otras veces nos pasan desapercibidas, miradas que tenemos que aprender a recibir y apreciar, miradas de las que en ocasiones nos tendríamos que dejar llevar en lo que suscitan en nuestro corazón. Mucho podríamos seguir reflexionando.
Hoy queremos sentir la mirada de Dios sobre nosotros en esta fiesta que celebramos de los santos Arcángeles, san Miguel, san Rafael, san Gabriel. Podríamos atrevernos a decir siguiendo con nuestra reflexión precedente que de alguna manera son la mirada de Dios sobre nosotros. Misión de los Ángeles y de los arcángeles es hacernos sentir la presencia de Dios con la misión que nos confía y con las señales de su presencia que nos acompañan.
Mirada de Gabriel a María para trasmitirle la misión y el encargo que Dios le confiaba para hacerla su madre; mirada de Rafael a Tobías para ayudarle a encontrar los caminos de Dios, caminos que conducen siempre a la salvación; mirada de Miguel el arcángel que nos habla del poder y de la gloria del Señor que nunca podemos mancillar con nuestro pecado porque su presencia nos hace sentir la fuerza y el poder del Señor en nuestra lucha contra el mal y contra el pecado. Dejémonos sentir así mirados por Dios abriendo nuestro corazón a sus designios de amor.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Tenemos que confesar a Cristo siempre desde la óptica de la Pascua que es la óptica del amor de Dios, como ha de ser para siempre el sentido de nuestra vida


Tenemos que confesar a Cristo siempre desde la óptica de la Pascua que es la óptica del amor de Dios, como ha de ser para siempre el sentido de nuestra vida

Eclesiastés 3,1-11; Sal 143; Lucas 9,18-22

Nunca podemos separar nuestra fe en Jesús de su pasión y de su cruz, de su pascua. Y no es solo una imagen o un recuerdo, sino que tiene que ser una actitud de la vida, una manera también de vivir nuestra fe.
Habíamos escuchado ayer en el relato anterior cómo Herodes anda confundido sobre la figura de Jesús. La confusión en cierto modo que tenían las gentes ante lo que Jesús hacia y decía. Herodes con sus cargos de conciencia sentía el temor y el temblor por lo que había hecho, por lo que andaba con los recelos de si era Juan Bautista, al que había mandado matar, que había vuelto a aparecer. Pero es la confusión de las gentes que miran a Jesús como un gran profeta y hacen sus comparaciones con los profetas antiguos o con el mismo Juan el Bautista a quien todos habían conocido.
Mientras Jesús camina por Galilea les hace la pregunta a los discípulos. ¿Quién dice la gente que soy yo?’ Y ya escuchamos las respuestas de los apóstoles. Pero Jesús quiere saber algo más, hasta donde llega la fe aquellos que tiene más cerca, de aquellos a los que un día confiará la misión de continuar con el anuncio de la Buena Noticia del Reino. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Ya escuchamos cómo será Pedro el que haga la profesión de fe. ‘El Mesías de Dios’. Pero también vemos cómo Jesús les prohíbe terminantemente que se lo digan a nadie.
Si Jesús ha venido con una misión, es el Hijo de Dios que nos trae la salvación, es el Ungido del Señor, como habían anunciado los profetas y El mismo lo había proclamado en la Sinagoga de Nazaret, parece que no tiene sentido que ahora que los discípulos más cercanos lo reconocen como lo hace Pedro, eso tendría que darse a conocer, tendrían todos que saberlo y reconocerlo. Pero Jesús no quiere, ¿qué sentido tiene?
Es el sentido de la confusión que se podría seguir creando, porque los judíos tenían una manera de ver al Mesías que era como un jefe liberador poco menos que con sus ejércitos que le iba a dar la libertad al pueblo de Israel, pero ellos pensaban primero que nada en la liberación del pueblo opresor. Y es ahí a donde Jesús no quiere llegar. Cuando allá en el desierto después del milagro de la multiplicación de los panes quieren hacerle rey, Jesús se esconde en la montaña.
Ahora Jesús les explica a los discípulos lo que tienen bien que entender aunque sea algo que les va a costar mucho. El Mesías, y emplea la expresión del Hijo del Hombre ya utilizada por los profetas tiene que padecer, va a ser entregado, va a ser ejecutado y morir, aunque al tercer día vencerá de la muerte y resucitará. Entender que Jesús es el Hijo de Dios no lo podemos separar de su Pascua, lo tenemos que ver siempre con el prisma de su pasión y de su muerte como victoria sobre la muerte y sobre el mal. Porque la vida de Jesús es entrega, y el que se entrega muere a si mismo para dar vida a los demás.
Su pasión y su muerte no serán un sufrimiento cualquiera aunque sea el mayor de los sufrimientos, porque todo ha de entenderse desde la entrega del amor. Es la ofrenda, es el sacrificio, es el amor que se entrega, es el amor que engendra vida, es el amor que nos trae la salvación. Tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregar a su Hijo único para que todos tengamos vida.
Tenemos que mirar a Cristo siempre desde la óptica de la Pascua que es la óptica del amor de Dios, como ha de ser entonces para siempre el sentido de nuestra vida. Es la visión de la fe verdadera, es la visión con la que confesamos nuestra fe en Jesús; por eso siempre tendremos al lado la cruz, aunque sabemos que tras la cruz está resplandeciendo siempre la victoria de la resurrección, la victoria del amor. Y eso es lo que siempre tiene que ser nuestra vida.

jueves, 27 de septiembre de 2018

Deseamos conocer a Jesús pero no con un conocimiento superficial sino de manera que transforme totalmente sentimientos, actitudes y comportamientos


Deseamos conocer a Jesús pero no con un conocimiento superficial sino de manera que transforme totalmente sentimientos, actitudes y comportamientos

Eclesiastés 1,2-11; Sal 89; Lucas 9,7-9

‘A mi me gustaría conocer a esa persona…’ pensamos en alguna ocasión e incluso lo manifestamos cuando vemos a alguien que nos llama la atención por sus valores, sus cualidades, la manera de actuar en su vida. Quisiéramos conocer porque quisiéramos quizá entrar en una relación de amistad, porque queremos aprender de esa persona, porque la admiramos y nos parece que sea un honor para nosotros entrar en su círculo de amistad, porque nos agrada su presencia y con ella nos sentiríamos a gusto. Claro que puede estar una simple curiosidad, o en nuestras malicias pudiera haber segundas intenciones no siempre quizá muy buenas.
La gente quería conocer con Jesús, le agradaba estar con Jesús, escucharle, seguirle; por eso vemos como se arremolinan en torno a El como dice el evangelista que en ocasiones no le dejaban tiempo ni para comer, o se agolpaban para escucharle a la puerta de su casa y dentro de ella, que nadie más podía acercarse a Jesús, o se apretujan tanto que todo el mundo lo toca y le da ocasión a aquella mujer para tocar con fe la orla de su manto, o son tantos los que acuden a escucharle que tiene que subirse en una barca para más fácilmente hablar a la multitud; multitudes le seguían cuando escuchan el sermón del monte, o cuando le siguen hasta el desierto olvidándose incluso de llevar suficientes provisiones y ya se encargará Jesús de darles milagrosamente de comer.
En ocasiones el evangelio nos hablará de alguien que va de noche a la casa de Jesús para en la tranquilidad de noche y sin que nadie moleste poder hablar con El, como es el caso de Nicodemo. Buscaba a Jesús porque quería conocerlo, pero no era un conocimiento externo, por así decirlo, sino era algo más hondo porque estaba interesado por lo que enseñaba Jesús y cómo se manifestaba, descubriendo que algo de Dios había en El.
El evangelio nos habla hoy de un personaje que tenía ganas de conocer a Jesús. Se trata de Herodes. ¿Por qué quería conocer a Jesús? conocemos de sus andanzas por decirlo de alguna manera y de su estilo de vida; sabemos bien lo que había pasado con Juan Bautista que proféticamente había denunciado su estilo de vida y eso le había llevado por las instigaciones de Herodías a la cárcel y finalmente a ser decapitado. Sin embargo en esos momentos nos dice también que a Herodes le agradaba escuchar a Juan, pero había sido más fuerte la pasión que le dominaba y al final Juan había perdido la vida.
¿Serían remordimientos por lo que había hecho? Alguna vez pensaba en sus delirios si acaso Jesús no era Juan que había vuelto a la vida, como también algunos comparaban a Jesús con Juan. Incluso en ocasiones a Jesús le habían llegado rumores de que Herodes buscaba a Jesús, ante lo que Jesús se había manifestado valiente y sin miedo, aunque algunos le decían que tuviera cuidado con Herodes.
Herodes no sabía a qué atenerse, nos dice el evangelista, pero ahí nos deja la constancia de esos sus deseos, que nos valgan para nuestra reflexión personal y plantearnos seriamente si nosotros queremos conocer a Jesús. Nos pudiera parecer baladí esto que he expresado, pero hay algo en lo que hemos de caer en la cuenta. Somos cristianos, pero no siempre terminamos de conocer a Jesús; somos cristianos y nuestro conocimiento de Jesús se nos puede quedar en algo superficial que no trasciende totalmente a nuestra vida, que no se manifiesta en nuestra vida y comportamientos.
El conocimiento que necesitamos tener de Jesús tiene que ser algo hondo, algo que nos llegue muy dentro y motive y transforme nuestra vida. Es el conocimiento que nos ayuda a llegar a una fe autentica y comprometida; es el conocimiento que envuelva totalmente nuestra vida para nuestros sentimientos sean como lo de Jesús, nuestras actitudes sean las de Jesús, el sentido de nuestra vida se vea transformado desde Jesús.
¿Queremos también conocer a Jesús? Que no sea simple curiosidad.


miércoles, 26 de septiembre de 2018

Descarguemos las mochilas de nuestra vida de tantas vanidades y orgullos, autosuficiencia y amor propio, para que podamos encontrar el amor de los demás y llenarnos de Dios


Descarguemos las mochilas de nuestra vida de tantas vanidades y orgullos, autosuficiencia y amor propio, para que podamos encontrar el amor de los demás y llenarnos de Dios

Proverbios 30,5-9; Sal 118; Lucas 9,1-6

Se encuentra uno en la vida caminantes que con su mochila al hombre van recorriendo pueblos y ciudades, se meten en los más variados caminos y senderos o los vemos intentando subir ya sea altas montañas por aquello de conquistar las alturas o ya sea para atravesando esos lugares ir en búsqueda de sitios nuevos que conocer, lugares que visitar o gente con la que relacionarse en un hermoso intercambio de culturas. Es hermoso ponerse en camino; es un riesgo y una aventura, pero también es una riqueza para la vida si sabemos ir con los ojos bien abiertos para empaparnos no solo de la belleza de las ciudades o de los paisajes sino de la riqueza que nos ofrece cada uno desde su cultura y desde la sabiduría que todos llevamos dentro.
Pero cuando observamos a esos caminantes o senderistas de la vida vemos también el bagaje que llevan consigo; los vemos con mochilas grandes y sobrecargadas porque parece que quieren llevar consigo todas las comodidades de su casa, y los veremos cansinos y agotados que parece que ya no pueden caminar ni avanzar por el peso que llevan tras de si en sus espaldas; pero lo vemos también ligeros de equipaje que llevan solo lo justo y lo necesario para hacer el camino, los que les hace caminar ligeros en su paso sin el agobio de pesadas mochilas y están dispuestos no solo al sacrificio de comodidades que han sabido dejar atrás, sino abiertos y dispuestos a recibir lo que se les ofrezca a lo largo del camino en el que van enriqueciéndose mucho más en un sencillo intercambio con quienes se encuentran o en quienes le reciben. ¿Qué será mejor? Juzgues ustedes, y vean donde encontrarán mayor riqueza para sus vidas.
En el pasaje que hoy nos ofrece el evangelio se nos habla del envío que Jesús hace de sus discípulos como apóstoles para hacen el anuncio del Reino. ‘Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos…’  Nos dice que les dio autoridad y los envió a predicar, a proclamar el Reino. Les dio la autoridad que está siempre al servicio del bien. ‘Sobre toda clase de demonios y a curar enfermedades’. Es la señal de la liberación del mal, es la señal del servicio del bien, son las señales en que se manifiesta el Reino de Dios. Autoridad aquí no significa poder como muchas veces lo entendemos, no olvidemos que nos dirá que el primero y principal ha de ser el último y el servidor de todos. Es el sentido del servicio. Es el estilo del anuncio del Reino, lo que han de predicar y lo que han de anunciar.
Pero hay otras señales en las recomendaciones que les hace. No han de llevar la mochila demasiado cargada, en el símil de lo que veníamos antes hablando. Cuando Jesús les dice ‘no llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto, quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio…’ así, con el símil del caminante del que veníamos hablando, lo podemos entender mejor.
La fuerza del anuncio del Reino está en la propia Palabra que anuncian, pero una palabra que va acompañada de señales, no solo de lo que han de hacer por los demás, sino desde su propio estilo de vida. Es el signo de la humildad y de la pobreza; no es el poder de lo que nosotros podamos aparentar cargados con inmensas mochilas de poder sino que es la sencillez de nuestros gestos, el desprendimiento de nuestra vida, la generosidad de nuestro corazón, nuestra apertura a los demás. Es ahí donde ofrecemos el mensaje, es ahí donde vemos la presencia del Espíritu del Señor, es así como se manifiesta la presencia amorosa de Dios.
Descarguemos las mochilas de nuestra vida de tantas vanidades y orgullos, de tanta autosuficiencia y amor propio, para que también sepamos encontrar el amor de los demás al que tantas veces nos cerramos en nuestra autocomplacencia y así  nos llenaremos de Dios.

martes, 25 de septiembre de 2018

Somos la familia de Jesús, los que escuchamos la Palabra de Dios y la ponemos en práctica


Somos la familia de Jesús, los que escuchamos la Palabra de Dios y la ponemos en práctica

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Sal 118; Lucas 8, 19-21

Sin querer minusvalorar a la que es nuestra madre real, la que nos ha dado la vida y nos ha criado, y de la misma manera sin querer poner en un segundo término a los que son nuestros hermanos de carne y sangre, hijos de los mismos padres, e igualmente en referencia a cualquier otro familiar, tenemos la experiencia por nosotros mismos o por lo que quizá hemos observado en personas de nuestro entorno, hay personas con las que nos sentimos tan vinculados como si fueran nuestros mismos padres, nuestra misma madre o hermanos.
Han ocupado un lugar tan importante en nuestra vida, porque han estado a nuestro lado cuando los hemos necesitado, o porque han influido en nosotros con el ejemplo o el testimonio de su vida, o hemos entrado en una relación tan estrecha que, repito, son para nosotros como una de los más cercanos a nosotros. ‘Ha sido un padre para mi’, habremos escuchado, ‘la quiero como a mi misma madre’, quizá nosotros mismos hayamos dicho en referencia a alguien con quien nos sentimos estrechamente vinculados. ‘Hay amigos que son más afectos que un hermano…’ se nos dice también en los libros sapienciales y lo habremos vivido quizás en nuestra propia vida por los lazos tan estrechos que hemos establecido en nombre de la amistad.
Hoy Jesús nos quiere hablar de quienes formamos su nueva y verdadera familia. Han acudido a ver a Jesús su madre y sus hermanos, nos dice el evangelio que ya sabemos que lo de hermanos es una referencia a los familiares cercanos porque así era en la cultura semita y judía que se vivía entonces. Siempre en principio nos sentimos desconcertados ante la reacción de Jesús preguntándose quienes son su madre y sus hermanos. Como decíamos antes no es una minusvaloración de los lazos familiares, no es un rechazo a su madre ni a su familia. Es enseñarnos como ha de abrirse nuestra mentalidad la capacidad de nuestro amor y los grados de comunión que hemos de vivir con los demás.
Nos trasmite el evangelio las palabras de Jesús cuando le anuncian la presencia de su familia. ‘Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra’. No se rompen los vínculos familiares, porque Jesús no viene a eliminar el mandamiento del Señor del amor a los padres. Es una apertura nueva de nuestro corazón y de nuestra vida. Igual que ya se nos había hablado de los que sin nacer de la carne ni de la sangre comenzamos por la fe y la fuerza del Espíritu a ser los hijos de Dios, ahora se nos habla de quienes formamos la familia de Jesús. ‘A cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre les dio poder para ser hijos de Dios. Estos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios’.
Es la fe en la Palabra la que por la fuerza del Espíritu nos hace hijos de Dios. Es la fe en esa Palabra que plantamos en nuestro corazón, no solo escuchándola sino poniéndola por obra la que nos hace participes de esa nueva comunión, de esos nuevos vínculos de comunión que a todos nos unen. Así nos tendríamos que sentir, así nos sentimos unidos a Jesús y queremos vivir su misma vida. Así porque nos hemos unidos a Jesús y viviendo su misma vida nos sentimos unidos en el amor con nuestros hermanos.
María sigue siendo para nosotros ese ejemplo de cómo acogemos esa Palabra de Dios; María nos está señalando con su acogida a la Palabra de Dios como nosotros hemos de plantarla en nuestro corazón. Merecería ella la alabanza de Jesús. Que nosotros podamos también merecerla y seamos en verdad la familia de Jesús.


lunes, 24 de septiembre de 2018

El encuentro con Jesús va a significar el encuentro con la luz y cuando nos sentimos iluminados y envueltos por esa luz tenemos que llevarla también a los demás


El encuentro con Jesús va a significar el encuentro con la luz y cuando nos sentimos iluminados y envueltos por esa luz tenemos que llevarla también a los demás

Proverbios 3,27-34; Sal 14; Lucas 8,16-18

Es verdad, a nadie se le ocurre encender una luz para taparla y no dejar que nos ilumine. Donde hay oscuridad queremos luz, nos valemos de lámparas, buscamos la mejor manera de estar iluminados.
Ya sé que me van a decir  que hacemos juegos de luces, que medio las ocultamos o difuminamos según necesitemos para nuestra ornamentación, que tratamos de disimularla para que no nos dé directamente, que buscamos jugar con los contrastes para resaltar aquello que tengamos en mente. Está bien, todo eso forma parte de nuestra ornamentación, y buscamos nuestros fines y nuestros medios jugando con las luces y las oscuridades, pretendemos hacer algo bello o lograr algo artístico, y entramos en manipulaciones de luces y de sombras, y hacemos juegos para hacernos aparecer algo que se nos presente como algo irreal, ilusorio o imaginativo; incluso en el tratamiento de las imágenes jugamos con la luz y con el resaltar unos nuevos colores que nos transporten a nuevas imaginaciones.
¿Todo esto que estamos diciendo entra en contradicción con lo que expresábamos al principio de nuestros deseos de luz, y de nuestro querer apartarnos de la oscuridad? Cada uno si quiere hágase sus propias conclusiones, pero seguro que permanecen en nosotros esos deseos de luz, de encontrar esa luz y ya nos estaremos refiriendo a algo más que una luz física que nos haga ver con los ojos de la cara para pensar en otra luz interior que nos haga ver con mayor profundidad. Sin embargo muchas veces nos preocupamos más de esa luz exterior que de lo que interiormente podamos necesitar. Y es aquí donde entra el mensaje del evangelio, que nos habla de una luz que nos ilumina y de una luz con la que nosotros también tenemos que iluminar.
Es aquí donde tendríamos que comenzar a pensar en lo que Jesús y el mensaje del evangelio significa o va a significar en nuestra vida, qué es lo que nosotros tenemos que buscar en Jesús y qué es lo que nosotros encontremos en el mensaje del evangelio. Cómo el encuentro con Jesús va a significar el encuentro con la luz y cuando nos sentimos iluminados y envueltos por esa luz tenemos que llevarla también a los demás.
No podemos confundir la luz de Jesús con otras luces que nos engañen. Y es aquí donde tenemos que pensar en las manipulaciones de la luz. Podemos encontrar a nuestro lado quienes manipulen la luz para hacernos vez luces donde no hay sino oscuridad, vez luces engañosas que nos confunden o que nos hacen ver cosas distintas a lo que tiene que ser la verdad de nuestra vida, esa verdad que solo podemos encontrar en el evangelio de Jesús.
Hay muchas cosas en nuestro entorno que nos pueden llevar a esa confusión, que nos pueden hacer ver cosas que no son la autentica realidad y llenan de confusión nuestra vida. Vamos a recibir muchos fogonazos de luces que nos deslumbran y que muchas veces pueden ser demasiado interesados. Pueden comenzar a subrayar cosas que nos llenen de miedos, de incertidumbres, de dudas y que nos puedan hacer pensar que todo está corrompido, que todo está lleno de maldad, que incluso en aquellas cosas buenas que muchos hacen hay intenciones ocultas o cosas que se quieren ocultar para que no nos encontremos con la verdad. Y podemos perder la paz, la serenidad que necesitamos en nuestro espíritu.
Busquemos la verdadera luz, busquemos a Jesús y dejémonos encontrar por El, tengamos un encuentro vivo con el Evangelio y con la Palabra de Dios, dejémonos conducir por el Espíritu divino que nos guía, nos enseña, nos ilumina y nos conduce a los caminos de la verdadera vida.

domingo, 23 de septiembre de 2018

La grandeza no la da un sitio, un sillón o un trono sino el espíritu de servicio y acogida que tengamos hacia los demás


La grandeza no la da un sitio, un sillón o un trono sino el espíritu de servicio y acogida que tengamos hacia los demás

Sabiduría 2, 17-20; Sal. 53; Santiago 3, 16–4, 3; Marcos 9, 30-37

Intuimos que se nos quiere decir algo pero no llegamos a captar su sentido, lo que se nos quiere decir; seguimos ensimismados en nuestros pensamientos, en nuestras ideas que por muy claro que nos hablen o nos expliquen no vemos más allá de lo que tenemos en la cabeza; hay como una cerrazón, consciente o inconsciente, en cierto modo como un miedo porque parece que aquello que podemos descubrir nos puede hacer daño, nos puede hacer sufrir, es como una defensa ante lo desconocido en lo que no queremos meternos porque preferimos seguir donde estamos o como estamos.
Nos dice hoy el evangelio que Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos’. Aprovechaba Jesús la soledad de aquellos caminos, apartado de las multitudes que pronto se les unían cuando llegaban a las villas y pueblos de Galilea, para ir explicándoles todo lo que le iba a suceder.
Les hablaba claramente, o al menos eso es lo que nosotros vemos tras el filtro del tiempo y de las cosas ya acontecidas, pero ellos no sabían entender, pero también le daba miedo preguntarles; el miedo a lo desconocido, el miedo a lo que pudiera contrariarles, el mido ante el sufrimiento propio o ajeno. ‘El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará’.
Cuando ya no están las explicaciones de Jesús ellos van entretenidos en sus conversaciones que manifiestan de verdad lo que son sus deseos, sus intereses, o las ambiciones que encierran en sus corazones. Iban discutiendo por el camino, nos dirá el evangelista. ¿Qué es lo que discutían?
Será Jesús de nuevo el que los haga recapacitar cuando llegan a Cafarnaún y ya están en casa. ‘¿De qué discutíais por el camino?’, pregunta Jesús pero nadie quiere responder. Ahora les da vergüenza. Habían venido discutiendo de quien iba a ser el primero y principal entre ellos. Como los hijos que se ponen a discutir cual será la parte de la herencia que le toque a cada uno cuando el padre se muera, y cual es la mejor y la que aspira a tener cada uno, aunque el padre esté vivo todavía. Son cosas que en muchos aspectos se siguen repitiendo una y otra vez cuando nos dejamos arrastrar por las ambiciones del corazón.
Pacientemente una vez más Jesús se pondrá a explicarles lo que ya tantas veces les había dicho. ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’. Y ¿eso que significa? Pues sencillamente lo que expresan las palabras. La grandeza no está en el aparentar en los primeros lugares. La grandeza no la da un sitio, un sillón o un trono.
La grandeza la llevamos en el alma con la actitud que nosotros tengamos por el amor que sepamos poner en la vida. Por eso lo importante no es ser el más que brilla en medio de oropeles o por tener el dominio sobre las cosas o sobre las personas. La grandeza está en el bien que hagas aunque eso signifique olvidarte de ti mismo. La grandeza está en el servicio y si para servir te tienes que poner por debajo, te tienes que poner en el ultimo lugar, pues ponte allí, que será así como resplandecerá tu grandeza.
Cuánto tendríamos que aprender de todo esto cuando vemos lo que son las ambiciones de la gente que solo busca poder, para imponer, para manipular, para hacer las cosas a su capricho, para buscar su brillo sin importarle el bien de todos, el servicio a esa comunidad o a esa sociedad a la que se deben y que los ha colocado en ese lugar para el servicio del bien común. Pero lo que queremos es que prevalezcan nuestras ideas porque son las únicas que valen, y lo que queremos poner por encima de todo es nuestro orgullo personal. Y no nos importa lo que piense o lo que opine el otro; si es un contrincante lo de él nunca sirve para nada, porque yo soy el que tengo el poder y yo domino y parece que mi verdad será la única absoluta.
Y Jesús a los discípulos les puso el ejemplo de un niño. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’. Y hoy no nos lo propone como ejemplo de sencillez y de disponibilidad, eso lo hará en otro momento; hoy nos dice cómo tenemos que ser capaces de acoger a un pequeño, a un niño. Eso que parece que no vale nada; así eran considerados los niños en aquella sociedad, que en algunos aspectos no hemos cambiado mucho. Se trata de acoger lo que parece pequeño e insignificante, como es acoger un niño.
Así tenemos que sabernos acoger todos unos a otros, no por su apariencias, los oropeles que les rodeen, o lo que nos parezca que son sus saberes. Es acoger a la persona, aunque nos parezca pequeña; es acoger y respetar a todos, también a los insignificantes de manera que desaparezcan para siempre las discriminaciones; es tener en cuenta al otro y sus opiniones aunque nos parezcan distintas a las nuestras; es saber contar con todos dejando que cada uno sea capaz de poner su granito de arena.
De alguna manera Jesús les está diciendo que de eso es de lo que les hablaba El por el camino aunque ellos no lo entendían ni lo querían entender. El sube a Jerusalén en un camino de servicio y de entrega, aunque eso parezca que signifique sufrimiento, dolor y muerte, pero que es un camino de vida. Será así después de esos momentos de humillación y de pasión cuando de verdad lo van a reconocer como Señor y como Dios. Pero nos dice que ese tiene que ser también nuestro camino.

sábado, 22 de septiembre de 2018

¿No seguirá habiendo apegos en nuestro corazón que impide el fructificar de esa semilla?


¿No seguirá habiendo apegos en nuestro corazón que impide el fructificar de esa semilla?

1Corintios 15,35-37.42-49; Sal 55; Lucas 8,4-15

‘Se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo’, comienza diciéndonos hoy el evangelista. Lo venimos observando en el evangelio.
Quieren escucharlo porque les encanta lo que les va diciendo; parece como si una nueva luz, una nueva esperanza se fuera despertando en sus corazones. Al mismo tiempo van viendo los signos que realiza y aunque solo fuera por curiosidad van a conocerle; siempre las cosas extraordinarias nos llaman la atención y aunque sea por curiosidad queremos saber de ellas, aunque luego quizá se nos pase el entusiasmo del primer momento y se olviden. Ya comienza a haber gente más fiel que le sigue por todas partes y se pasan días con El siguiéndole por los caminos y las aldeas, aunque al final sean solo unos pocos los que quedan. A algunos los va llamando con una llamada especial y va encontrando disponibilidad y generosidad en sus corazones para estar con El y para que querer aprender de El.
A todos, sin embargo, quiere hacer pensar Jesús. Lo que les está diciendo es algo importante y no deben olvidar lo que fueron sus primeras palabras cuando comenzó su predicación. Era necesaria una predisposición para dejarse transformar el corazón y hacer que las vidas fueran distintas. Ante esa Buena Noticia que les está dando, que les está anunciando, valga la redundancia, hay que estar dispuesto a creer pero antes que nada a dejar transformar el corazón. Si vamos dejando apegos, si ponemos como condiciones para decir esto me gusta y esto no lo tengo en cuenta, no vale, porque al final terminaremos por dejarlo todo.
Y para que le entiendan bien les propone un ejemplo, les propone una parábola. Es la del hombre que salió a sembrar la buena semilla e iba lanzándola al voleo por todas partes por donde quiera que fuese. La semilla era buena, pero quizá mucha semilla se perdió. El terreno no era todo igual y junto a los campos convenientemente labrados, están los caminos que los atravesaban, o están los setos que los cercaban con sus matojos o sus zarzales, pero también había terrenos no suficientemente labrados ni escardados de pedruscos o matorrales donde la semilla no llego a prender.
La semilla era buena, la voluntad del sembrador era generosa y admirable porque quería abarcar muchos campos, pero no todos los terrenos estaban los necesariamente preparados para recibir la semilla y luego se pudiera coger buena cosecha. Y les viene a decir Jesús a todos aquellos que le seguían, como nos viene a decir a nosotros también, así nos sucede. Ya mencionábamos los entusiasmos primeros pero también los cansancios o las cosas que habían dejado atrás que había que atender, y aunque eran muchos los que lo seguían al final quedaban pocos. Por eso es necesario nuestra positiva predisposición, no solo buenas voluntades, sino decisión y firmeza para permanecer en el camino aunque cueste.
Es lo que nos sigue pasando hoy. ¿Hay respuesta por parte de todos? ¿No  nos encontraremos en tantos incluso campos adversos hoy pero que sin embargo ayer quizá vivieron con entusiasmo su fe? Uno mira y escucha a la gente que nos rodea en su inmensa mayoría que un día estuvieron en una catequesis, recibieron unos sacramentos, quizá frecuentaban la Iglesia y hoy los vemos alejados o incluso haciéndonos la batalla en contra. Siente uno dolor en el alma porque un día ahí cayó la semilla pero han sido tantas las cosas que la han ahogado.
Pero no nos vamos a quedar mirando alrededor, sino que vamos a mirarnos a nosotros mismos. Realmente, ¿cuál es la respuesta que hoy nosotros estamos dando? ¿No seguirá habiendo apegos en nuestro corazón que impide el fructificar de esa semilla? ¿Acaso no nos habremos endurecido por dentro de manera que ya por nuestras rutinas o nuestras malas costumbres, nuestros vicios quizás, hay como una costra en nuestro corazón que nos impide que llegue de verdad la Palabra a nuestra vida para dar una buena respuesta? Muchas preguntas tendríamos que hacernos. Mucho cambio y transformación necesitamos en nuestro corazón.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Es el baremo de Dios, el perfil que Dios se crea para el hombre para que como El seamos siempre compasivos y misericordiosos


Es el baremo de Dios, el perfil que Dios se crea para el hombre para que como El seamos siempre compasivos y misericordiosos

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

No hubiera sido el que nosotros habríamos elegido; tenemos nuestras pautas, nos creamos los perfiles de aquellos que quisiéramos estar con nosotros, tenemos muy en cuenta su entorno, la imagen que pueda dar, y vamos separando, desechando, discriminando, escogiendo aquel o aquello que nos puede prestigiar. Así andamos por la vida y no terminamos de aprender a valorar a las personas, destacar sus valores y sus cualidades, estimular para hacer crecer a la persona misma y como consecuencia a quienes estamos a su lado.
No eran esos los criterios de Jesús. Por eso resulta chocante para muchos que Jesús se detenga junto a la garita de un cobrador de impuestos para invitarle a seguirle, a ser de los suyos, de los que siempre estén con El y al final forme parte del grupo de los enviados en su nombre. Es la reacción de los fariseos cuando ven a Jesús luego en casa de aquel publicano participando en sus comidas y banquetes rodeado también de los amigos del publicano.
Los recaudadores de impuestos tenían mala fama entre los judíos. Por una arte eran colaboracionistas con el pueblo invasor para quien cobraban los impuestos a los judíos, pero como sucede tantas veces cuando anda el dinero por medio muchos se aprovechaban para obtener pingues ganancias. Por eso tenían fama de usureros y ladrones. Los había también entre ellos, pero bien sabemos que Jesús nos enseña que no podemos juzgar y condenar a todos por el mismo rasero. Pero en Jesús había algo más.
Lo que nos relata hoy el evangelio es la vocación de Mateo, o Leví, según lo llame uno u otro evangelista. Era un cobrador de impuestos y cuando Jesús pasa junto a su garita o mostrador de cobros le invita a seguirle. Contemplamos la predisposición generosa de Mateo que se levanta y se va con Jesús. Es más luego querrá celebrar ese encuentro con Jesús haciendo una comida a la que invitará a sus compañeros de profesión, que habían sido hasta entonces sus únicos amigos. Pero aquel encuentro con Jesús había significado mucho en su vida. Como un día le sucediera a aquel publicano de Jericó que se subió a la higuera para ver pasar a Jesús pero que termina recibiéndole en su casa y convirtiendo su corazón.
Pero como expresábamos desde el principio por ahí hay quien anda juzgando a Jesús porque ha elegido a Mateo y porque ahora come en su casa rodeado de publicanos y pecadores. ‘¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ le dicen los fariseos a los discípulos de Jesús porque más allá no se atreven a llegar en sus criticas. Pero Jesús escucha el corazón de cada hombre y sabe lo que están pensando aquellos fariseos. Jesús lo oyó y dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa misericordia quiero y no sacrificios: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’.
Es la sabiduría del amor. Es lo que Jesús busca siempre en el corazón del hombre. Es lo que nos está manifestando siempre la presencia de Jesús, su amor, el amor misericordioso y compasivo de Dios que nosotros tenemos que aprender a tener también en nuestro corazón. No son nuestros criterios humanos. No son los baremos o los perfiles que nosotros nos busquemos. Es el baremo de Dios, es el perfil que Jesús quiere para el hombre, al que siempre valora, al que siempre hace crecer, al que siempre dignifica, a quien enseña a actuar siempre en la vida según el actuar de Dios.
Es el mensaje hermoso que hoy podemos recibir de la Palabra de Dios en esta fiesta del apóstol san Mateo que hoy celebramos.

jueves, 20 de septiembre de 2018

El amor que Dios nos tiene al ofrecer su amor y su perdón a todo pecador sobrepasa y supera todo lo que nosotros podamos pensar o imaginar


El amor que Dios nos tiene al ofrecer su amor y su perdón a todo pecador sobrepasa y supera todo lo que nosotros podamos pensar o imaginar

1Corintios 15,1-11; Sal 117; Lucas 7,36-50

Hay cosas en la vida que a veces nos desbordan. Sí, tenemos buena voluntad, queremos incluso creer en la gente, pero hay cosas que no comprendemos y nos llenamos de sospechas en nuestro interior y nacen desconfianzas, y hasta tenemos el peligro de irnos distanciando poco a poco de aquello que en principio creíamos. Y no se trata ya de cuando vemos cosas que no son justas pues no las aceptamos y queríamos que las cosas fueran de otra manera, porque rechazamos la injusticia. Es también cuando en un camino que queremos hacer, donde quizá nos está costando dar pasos para superarnos y para avanzar, de repente descubrimos una nueva actitud o una nueva postura que nos deja descolocados.
Cuántas cosas estarían pasando por la mente y el corazón de aquel fariseo que había invitado a comer a Jesús. ¿Por qué lo había invitado? ¿Buscando méritos o para quedar bien? Vamos a pensar por lo positivo y vemos buena voluntad en aquel hombre que algo quizá había sentido en algún momento ante lo que le escuchaba a Jesús. Ya sabemos como en otro momento vemos en el evangelio a un fariseo que va a ver a Jesús de noche, Nicodemo, y reconoce en Jesús algo especial, porque como le dice si Dios no está con El no puede hacer las obras que Jesús realiza.
El fariseo que hoy contemplamos en el evangelio había invitado a Jesús a comer a su casa, seguramente estaría gozoso de la presencia de Jesús y le agradaría escuchar sus palabras. Pero algo sucede que en cierta manera lo desordena todo. No sabemos cómo una mujer pública y pecadora logra entrar a la sala y se postra a los pies de Jesús derramando perfumes y lagrimas que trata de secar con su cabellera.
Podemos pensar en el momento de tensión que se crearía en aquellos momentos y por respeto al invitado no hubo de entrada una reacción violenta. En el interior del corazón de aquel hombre podríamos decir que había una fuerte tormenta. No entendía que Jesús no rechazara a aquella mujer, que se dejara hacer todo lo que le estaba haciendo. Era una mujer pecadora. Ya había sido un atrevimiento por parte de ella de introducirse en su casa, pero aquel hombre justo que era Jesús no podía permitir que la impureza de aquella mujer pudiera mancharle.
Todo lo que estaba sucediendo y la actitud de Jesús con aquella mujer sobrepasaba todas sus posibles expectativas, superaban la buena voluntad que había puesto cuando había invitado a Jesús a su casa. Allí seguían en su corazón sus reticencia, sus ritualismos, todo aquello que conformaba el estilo y el corazón de un fariseo. Y Jesús, según él, no podía ir en contra de todas las leyes y preceptos que se habían impuesto.
Y Jesús conocía muy bien lo que estaba pasando en aquel corazón. Por eso le propone la alegoría o parábola de los dos deudores. ‘¿Cuál le amará más?’ Habría mucho amor en aquel a quien más se le había perdonado. Y allí estaba aquella mujer pecadora, pero allí estaba con sus pecados, es cierto, pero con su mucho amor. Signos de ese amor estaba manifestando en sus lágrimas, en el perfume derramado, en los besos a los pies de Jesús. De alguna manera Jesús le estaba recordando que no había tenido con El los gestos normales de la hospitalidad cuando había llegado a aquella casa. Todo había sido muy formal, pero poco amor se había manifestado, mientras en aquella mujer se estaba expresando todo el amor que había en su corazón aunque fuera pecadora.
No podemos juzgar ni condenar. ¿Quiénes somos nosotros para saber lo que hay en el corazón de la persona? ¿Seremos capaces de calibrar todo el amor que cabe en el corazón de una persona? Somos tan negativos en la vida que siempre vamos viendo por delante los pecados o los defectos sin ser capaces de llegar a la hondura del corazón. Por eso Jesús le dirá a aquella mujer que sus muchos pecados quedan perdonados, que su fe y su amor le han hecho llegar la salvación a su corazón.
Claro que por allá seguirán las reticencias de los fariseos ante el perdón que Jesús ofrece a aquella mujer. ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios? ‘¿Quien es éste que hasta perdona pecados?’ Les superaba la presencia del Dios amor que se manifestaba en Jesús.


miércoles, 19 de septiembre de 2018

Que el Señor nos abra los ojos de nuestro corazón para saber tener una mirada de fe y siempre un corazón misericordioso y compasivo con todos


Que el Señor nos abra los ojos de nuestro corazón para saber tener una mirada de fe y siempre un corazón misericordioso y compasivo con todos

1Corintios 12,31–13,13; Sal 32; Lucas 7,31-35

Bien sabemos que no todos miramos con los mismos ojos a las otras personas. Y también es cierto con que facilidad en ocasiones cambiamos de la opinión o el aprecio que le tengamos a los demás ya sea porque no nos guste un determinado gesto que haya realizado en algún momento, ya sea porque no le vemos actuar como a nosotros nos gustaría, porque en determinadas circunstancias haya tenido que tomar determinaciones en asuntos que nosotros resolveríamos de otro modo, o también por las influencias que recibamos de los demás porque siempre hay alguien cerca de nosotros que trata de desprestigiar a aquellos de los que nosotros teníamos buena opinión.
Somos muy volubles en nuestras apreciaciones, lo que puede determinar una pobre personalidad por nuestra parte que fácilmente nos dejamos influir por la opinión de los otros, y aparecen también nuestros orgullos heridos, nuestro amor propio y el egoísmo que nos quiere convertir en el centro de todo y que cuando no lo conseguimos aparecen las descalificaciones, los rumores que se filtran, y hasta las falsedades que se pueden ir infundiendo en la opinión publica con tal de quitarnos de en medio a quien no nos gusta o no nos convence.
Lo estamos viendo cada día en la vida social, lo estamos viendo demasiado en la vida publica donde ya parece que lo que importe de verdad es el servicio del ciudadano sino nuestras propias grandezas, prestigios o ganancias. Así desgraciadamente vamos construyendo nuestra sociedad, por no decir que así la vamos destruyendo.
En cierto modo de algo de esto nos habla hoy el evangelio. Vemos como no todos tienen la misma opinión de Jesús. Lo vamos viendo progresivamente en el evangelio, porque mientras muchos se admiran de sus signos y alaban a Dios porque ha suscitado u profeta en medio de ellos, otros sin embargo tratan de desprestigiarlo de la forma que sea.
‘¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos? Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: Tocarnos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis’. Volubles como los niños en sus juegos que no terminan de ponerse de acuerdo. Así les sucedía con la visión que tenían del Bautista y con la visión que ahora muchos se iban haciendo de Jesús.  ‘Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores’.
Pero ¿no seremos así de alguna manera nosotros también de cara a la Iglesia, de cara a la figura del Papa, de cara a sus enseñanzas? Tanto nos sentimos entusiasmados en un momento determinado, como al momento siguiente juzgamos y criticamos, ya no  nos parecen tan buenas las cosas que se hacen, o la imagen que nos hacemos de la Iglesia. Y cuando nos toca algo que nos afecte personalmente, porque toque heridas o cicatrices mal curadas de nuestra vida, enseguida saltamos, nos hacemos nuestras prevenciones, comenzamos a poner nuestros ‘peros’.
Por no decir como hay en la sociedad sectores deseosos de destruir la Iglesia y se valdrán de lo que sea para tratar de socavar la apreciación que tengamos de ella. Cuantas campañas de forma dicta o de forma soterrada, cuanto abundar en errores o pecados que se hayan podido cometer y cuanto cerrar los ojos a todo el bien que hayamos podido recibir. Nos gozamos en un día porque se proclama un año de la misericordia, pero luego vienen los rigorismos de nuestros juicios y condenas tan lejanos de aquella misericordia anteriormente proclamada. Y cuidado, que eso no es solo desde el exterior, sino muchas veces desde el mismo interior de la Iglesia.
Que el señor nos abra los ojos de nuestro corazón para saber tener una mirada de fe y siempre un corazón misericordioso y compasivo con todos.

martes, 18 de septiembre de 2018

Sepamos detenernos ante tantos cortejos que pasan junto a nosotros en los caminos de la vida y tender nuestra mano; detenernos y mirar al corazón


Sepamos detenernos ante tantos cortejos que pasan junto a nosotros en los caminos de la vida y tender nuestra mano; detenernos y mirar al corazón

1Corintios 12,12-14.27-31ª; Sal 99;  Lucas 7,11-17

Cuántas veces parece que estamos esperando que llegue alguien a nuestro lado para sentirnos distintos, para que se nos levante el ánimo y nos sintamos como renovados. Hay ocasiones en que parece que vamos como muertos por la vida, se nos acaban las ganas, todo nos parece oscuro, perdemos la ilusión pero llegará alguien a nuestro lado que con una palabra nos despierta, algo así como que nos remueve para que despertemos de ese letargo en que nos hemos metido y del que parece que no queremos salir.
Siempre hay quien tiene esa palabra acertada, que nos anima con su presencia, que nos hace mirar las cosas con otros ojos y los densos nubarrones de las preocupaciones y las desesperanzas desaparecen llenando de luz nuestra vida. Parece como si volviéramos a renacer, es en cierto modo un resucitar.
Eso que quizá hemos experimentado nosotros cuando hemos tenido la suerte de tener ese buen amigo que sabe en el momento oportuno poner su mano sobre nuestro hombro, creo que tenemos que darnos cuenta que hemos de saber hacerlo con los demás.
Algunas veces vamos tan ensimismados en nosotros mismos, pensando quizás solo en nuestros problemas que no somos sensibles para ver el llanto de tantos a nuestro alrededor en sus soledades, en su abandono porque se abandonan a si mismos o porque se sienten abandonados de los demás. ¿No tendríamos que ser sensibles a esas lagrimas que calladamente surcan los rostros de tantos alrededor nuestro?
Hay muchos que están necesitando esa mano nuestra sobre el hombro, esa mirada que llegue al alma, esa sonrisa que suaviza la tensión de nuestros rostros, esa palabra que se puede convertir en luz, en despertador de nuestras conciencias. Hoy que tanto utilizamos las redes sociales para estar conectados sepamos aprovecharlas para lo bueno y siempre hay mensaje ilusionante que podemos trasmitir. Serán mensajes que hacemos llegar directamente a nuestros amigos pensando en ellos, pensado en su vida, o pueden ser mensajes que dejemos ahí en la red y que alguien puede en un momento determinado leer y puede ayudarle a salir de las sombras en que quizá se vea envuelto.
Me ha surgido toda esta reflexión a partir de lo que escuchamos en el evangelio de hoy. Llegó Jesús a Naim y en ese momento sacaban a enterrar a un muchacho hijo único de una madre que era viuda. El silencio roto por los llantos y lamentos de aquella madre desconsolada y que ahora tan abandonada se veía era lo que se palpaba en aquella comitiva de muerte. Jesús se detiene y hace detener el cortejo, se acerca junto al féretro mientras seguramente la mirada se posaba sobre el corazón atormentado de aquella madre. Pero allí no podían seguir reinando las sombras. Es la mano tendida hacia el cuerpo difunto de aquel muchacho y la palabra de Jesús que lo levanta. ‘Muchacho, a ti te lo digo, levántate’. Y el joven se levantó y se lo entregó a su madre.
Detenernos ante tantos cortejos que pasan junto a nosotros en los caminos de la vida. Detenernos y tender nuestra mano; detenernos y mirar al corazón para descubrir la pena y el dolor; detenernos para tener la palabra de vida, el gesto que nos acerca, la presencia que acompaña de una forma distinta. Pasamos tan rápido por los caminos de la vida y aun aceleramos el paso cuando sospechamos que puede haber un sufrimiento. No es lo que nos enseña Jesús. No tiene que ser ese nuestro estilo y nuestra manera de actuar. Dejemos de tener tantas prisas en la vida, que ni nos enteramos de quien está junto a nosotros.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Sepamos aceptar y creer en esa Palabra de Vida que nos sana y que nos salva y que encontramos en Jesús


Sepamos aceptar y creer en esa Palabra de Vida que nos sana y que nos salva y que encontramos en Jesús

1Corintios 11,17-26.33; Sal 39; Lucas 7,1-10

El valor de la palabra, el valor de la palabra dada y empeñada. Los que ya peinamos canas tenemos esa experiencia muy metida en nuestra memoria y en nuestro ser. Recordamos a nuestros mayores que no necesitaban papeles ni documentos, firmas ni notarios para hacer cualquier transacción; bastaba la palabra dada y aquello era ley. Se respetaba la palabra porque era una palabra veraz, era una palabra dada con honradez y eso estaba por encima de todo. Los que ya tenemos algunos años recordaremos muchas anécdotas de este tipo en nuestros padres, en nuestros abuelos, en nuestros vecinos. No había engaño, se mantenía la fidelidad a la palabra dada.
Me sirve este recuerdo para iniciar la reflexión sobre lo que escuchamos hoy en el evangelio. Y es que se realza sobremanera el valor y la fuerza de la Palabra, una palabra que sana y que salva, una palabra que nos llena de vida y que ilumina nuestro caminar. Ya no es una simple palabra humana con todo el valor y riqueza que tiene en si misma sino que es una palabra de salvación.
Todos conocemos el episodio; el centurión que tiene enfermo un criado al que aprecia mucho, pero que sabiendo que en Jesús puede estar la salvación del muchacho no se atreve a ir por si mismo a hacerle le petición de Jesús. Ha sido un hombre bueno que a pesar de ser del ejercito dominante sin embargo ha hecho muchas cosas buenas a favor de los judíos. Serán los principales de la ciudad los que vengan con la embajada a Jesús para pedirle que cure al muchacho y Jesús se pone en camino para su casa.
Ponerse en camino con prontitud cuanto nos tiene que decir para cuantas cosas tenemos que hacer en la vida. Jesús no lo deja para otro momento, para cuando llegue la ocasión porque pase por la cercanía de la casa del centurión. Jesús se pone en camino, cuánto nos dice.
Pero ahí comienza a resplandecer con más intensidad la fe y la humildad de aquel hombre. Cuando se entera que Jesús viene a su casa le envía otros mensajeros, él no es digno de que Jesús llegue a su casa. Y ya no se trataría de la incomodidad que podría significar para un judío piadoso el entrar en la casa de un gentil. La humildad de aquel hombre va más allá, porque va llena de fe. Basta tu Palabra.
Se basa quizás en sus experiencias humanas de mando en donde está acostumbrado que siempre se obedecen sus ordenes, pero aquí es algo más. Es la humildad de no sentirse digno. Es el reconocimiento, aunque el fuera un pagano, del poder divino de Jesús. Basta tu Palabra.
Es la Palabra por cuanto fue hecho todo lo que existe, que nos dirá san Juan al principio de su evangelio; es la Palabra que es Luz y que es Vida, aunque nosotros los hombres rechacemos tantas veces esa luz prefiriendo las tinieblas. Tendremos que aprender a reconocer la Palabra de Jesús. Reconocerla y abrir nuestro corazón a esa Palabra, a esa vida, a esa luz, a esa salvación que nos ofrece. Es la Palabra que sanó al criado del centurión de su enfermedad o de sus limitaciones, pero es la Palabra que nos sana a nosotros de las limitaciones, de las sombras, de tantas muertes que llevamos dentro de nosotros.
Cuidado que nos contagiemos del mundo que nos rodea. No se cree en la palabra y no solo en el sentido de lo que comenzábamos diciendo al principio, sino que no se quiere creer en la Palabra de Jesús y que en ella podemos encontrar la salvación. Vivimos en un mundo de descreídos, un mundo que se cierra a lo divino y a lo sobrenatural, un mundo que quiere darle explicaciones a todo, pero que no es capaz de reconocer el Misterio que solo en Dios podemos descifrar. Y nosotros los cristianos tenemos el peligro de ir contagiando de esas cosas, de ese sentido, de esos razonamientos que son incapaces de descubrir el misterio de Dios y el misterio de la salvación que nos ofrece.
Tengamos fe en la Palabra. Comencemos, si queremos, por revalorizar nuestras palabras humanas desde la rectitud y sinceridad de nuestras vidas, pero sepamos aceptar y creer en esa Palabra de Vida que nos salva y que encontramos en Jesús.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Hay preguntas cuya respuesta nos compromete como la que nos plantea hoy Jesús en el evangelio ‘vosotros, ¿quién decís que soy yo?’


Hay preguntas cuya respuesta nos compromete como la que nos plantea hoy Jesús en el evangelio ‘vosotros, ¿quién decís que soy yo?’

Isaías 50, 5-10; Sal. 114; Santiago 2, 14-18;  Marcos 8, 27-35

Supongamos que la pregunta es para que nos la hagamos a nosotros mismos, ¿quién soy yo? Dicen que la mayor sabiduría está en conocerse a uno mismo. Tarea que no es fácil, porque incluso decimos que nos conocemos y nos es difícil dar una definición de nosotros mismos; a lo más nos ponemos a decir cosas sueltas y aisladas con lo que al final no terminamos de dar una definición de nosotros mismos.
Como decíamos de may arranca la sabiduría de nuestra vida, porque es saber quienes somos, pero saber de nuestras metas y de nuestras ilusiones, como saber de las limitaciones que tenemos que superar y que nos ayuden a esa necesaria madurez de nuestra vida. Es importante saber quien soy. Una pregunta y una respuesta comprometida.
Pero si hemos hecho ese supuesto para iniciar nuestra reflexión es por la importancia que tiene la pregunta que Jesús hace a sus discípulos. ¿Quién dice la gente que soy yo?’ pero que tras la respuesta inicial recogiendo la opinión de la gente - ¿una encuesta como se hace hoy para saber la valoración que tenemos de nuestros personajes públicos, como estamos acostumbrados hoy a ver en nuestra sociedad? – la pregunta se revierte buscando una respuesta más personal de aquellos que están más cerca de Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’
Ya en distintos momentos a lo largo del evangelio vemos la sorpresa de la gente, las alabanzas en que prorrumpen cuando le ven realizar los signos que realiza, la admiración por sus palabras y por su sabiduría, aunque al mismo tiempo vamos viendo también cómo hay quien le rechaza, le hace oposición y veremos al final que incluso le llevan a la muerte. ‘Nadie ha hablado igual… la mano de Dios está con El… un gran profeta ha aparecido entre nosotros… ¿de donde saca esa sabiduría?...’ son algunas cosas que vamos escuchando a lo largo del evangelio.
Ahora ante la pregunta de Jesús los discípulos dirán que algunos le tienen como un profeta, un gran profeta como fue Elías, o que algunos piensan que es algo así como una reencarnación de Juan Bautista a quien no hace poco Herodes ha decapitado. Admiten la admiración de las gentes pero no todos lo tienen claro. Por eso la pregunta de Jesús va directa a los discípulos más cercanos, a aquellos que ha elegido como sus apóstoles, sus enviados, aquellos que más frecuentemente están con El y escuchan incluso en particular las explicaciones del Maestro.
Como suele suceder ante preguntas comprometidas pienso que se haría silencio en torno a Jesús porque cada uno estaría buscando en su interior respuesta o las palabras apropiadas para expresar lo que sienten por Jesús. Será el impulsivo Pedro el que se adelante a todos como tantas veces para hacer una afirmación rotunda que es todo un acto de fe. ‘Tú eres el Mesías’. Los otros evangelistas al narrarnos el episodio ampliarán las palabras de Pedro, proclamándolo como ‘el Hijo del Dios vivo’. Marcos es más escueto.
Pero la respuesta es comprometida. Como se nos dirá en el evangelio de Mateo Pedro ha sido capaz de hacer esa afirmación de fe, no por si mismo, sino porque ha sentido la revelación de Dios Padre en su corazón. En el evangelio de Marcos, que hoy estamos contemplando la respuesta comprometida de Pedro a proclamarlo el Mesías tendrá una reacción por parte de Jesús prohibiéndoles que eso se lo digan a la gente. En la concepción del Mesías que había entre las gentes, con los resentimientos nacionalistas que Vivian entonces bajo el dominio de Roma y con los distintos movimientos rebeldes que aparecían por un lado y por otro, el reconocer que Jesús era el Mesías podía llevarles por caminos que no eran precisamente lo que Jesús quería cuando anunciaba la llegada del Reino de Dios. Por eso la prohibición de Jesús.
Pero como hemos venido diciendo desde esta comprometedora pregunta de Jesús las cosas habían de tenerse claras. Por eso Jesús les explica y nos insiste el evangelista que se los explicaba con toda claridad. El sentido del Mesías era otro; era un camino de entrega, era un camino que nos abría a nueva vida; era un camino de sacrificio porque era un camino de amor; seria un camino de dolor y de sufrimiento, de muerte pero que nos llevaría a la vida. Les constaba entender. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días’.
Tanto les costaba entender que si Pedro antes había sido el primero en hacer su confesión de fe, ahora era el que insistía para quitarle esa idea de la cabeza a Jesús. Jesús querrá apartarlo de El porque es como una tentación. ‘Me tientas como Satanás’, de alguna manera le estaba diciendo. Allá en el monte de la cuarentena el tentador le ofrecía otros caminos, pero Jesús los rechazó. Ahora Pedro quiere apartarlo de ese camino que les conduce a Jerusalén y Jesús querrá apartado de El.
Pero es que ese camino de Jesús de entrega, de amor hasta los mayores límites, o hasta donde no hay límite, será el camino que tenemos que seguir los que queremos hacer su camino. Hay que tomar también el camino de la cruz, de la entrega, del amor. ‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará’.
Decíamos que es importante y que es sabiduría el saber dar respuesta a la pregunta de ‘¿quién soy yo?’. Encontremos la sabiduría de Jesús, la sabiduría de la cruz cuando sepamos dar respuesta a esa pregunta referida a Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Es importante la respuesta, que no pueden ser palabras aprendidas de memoria, o en las que repitamos lo que otros nos dicen. Tiene que ser mi respuesta, mi respuesta personal, en la que implico mi vida, en la que me siento comprometido, con la que voy a encontrar el sentido de mi vida y de mi ser.
Nos quedamos callados quizás en principio, pero tratemos de encontrar esa respuesta, esa sabiduría del Evangelio de Jesús.