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sábado, 21 de febrero de 2009

¿Nos recordarán por nuestra fe?

Hebreos, 11, 1-7

Sal. 144

Mc. 9, 2-13

¿Nos recordarán por nuestra fe? Sí, esa es la pregunta. Podrían recordarnos por muchas cosas. Pero ¿lo harán por nuestra fe?

‘Por su fe son recordados los antiguos’, nos decía la carta a los Hebreos. ‘La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve?' Por la fe nos fiamos de Dios, confiando en su Palabra. No vemos, pero creemos. Esperamos, porque creemos. Creemos, con amor y con esperanza.

Al concluir lo que podríamos llamar la primera parte del Génesis en esta lectura continuada de todos los días, hoy la liturgia nos ofrece este texto de la Carta a los Hebreos. No hace mucho tiempo la hemos escuchado en lectura continuada. Pero si hoy se nos ofrece este texto es porque hace como una lectura de aquellas primeras páginas de la Biblia.

Por la fe descubrimos la grandeza de la creación, pero más aún la grandeza e inmensidad del Creador. Pero nos habla también de la fe de Abel, que ofrecía el sacrificio más agradable al Señor. De Henoc, en quien Dios se complacía por su fe; de Noé, que creyó a Dios y construyó un arca para salvar a su familia… '' consiguió la justicia (la salvación) por su fe’. Una fe que ilumina, que hace la mejor ofrenda al Señor desde lo más hondo del corazón, que pone toda su confianza en Dios.

Pero de la fe nos habla también el evangelio escuchado. Siempre el Evangelio, la Palabra de Dios, es alimento de nuestra fe. Pero podríamos decir que en este acontecimiento que hoy nos narra, la Transfiguración del Señor que volveremos a escuchar en dos semanas una vez iniciada la Cuaresma, se fortalece la fe de los apóstoles.

Precisamente en textos anteriores contemplábamos la proclamación de su fe por parte de Pedro. El amor que sentía por Jesús, como entonces reflexionamos, le llevó a hacer aquella intensa declaración de fe. ‘Tu eres el Mesías’. Pero también recordamos cuánto le costaba entender a Pedro lo que anunciaba entonces Jesús. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado… ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Ya Pedro trataba de quitarle eso de la cabeza a Jesús porque no le podía suceder. Pero Jesús lo aparta diciéndole que lo está tentando como Satanás, ‘tu piensas como los hombres, no como Dios’.

Pero si el Hijo del Hombre tendrá que subir hasta la Cruz, el que le sigue no tiene mejor camino. Ha de tomar la cruz también para seguirle, escuchábamos ayer. ‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su Cruz y me siga’. Aquellas cosas desestabilizaban la fe de los apóstoles. No cabía en sus esquemas ni el sufrimiento para Jesús, ni el sufrimiento para quienes siguieran a Jesús. Pero es lo que Jesús nos anuncia. Es el camino para seguirle con toda fidelidad.

Por eso hoy escuchamos este texto, la transfiguración del Señor en lo alto del Tabor. Allí se manifestaba la gloria del Señor. Allí podríamos descubrir muy bien quién era Jesús, el Jesús que tenía que pasar por la pasión y la muerte. Allí se estaba vislumbrando la gloria de la resurrección, aunque los discípulos no entendieran eso de la resurrección. Pero el hecho quedaría grabado en sus almas y eso alentaría su fe cuando llegara el momento de su propia pasión. Porque Jesús iba a pasar por la pasión y la cruz, y para ellos era también pasión cuando no terminaban de entender el significado de todo lo que estaba sucediendo. ‘Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos’. Pero la voz del cielo lo había señalado: ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’.

Necesitamos nosotros reafirmar nuestra fe, sentirnos seguros en ella. La necesaria fortaleza de la fe. Pueden venir tiempos difíciles como cada día nos aparece la tentación. Pero el camino por el que hemos optado de seguir a Jesús tiene que tener una certeza absoluta para nuestra vida. Nosotros sí podemos entender lo que significa la resurrección de entre los muertos, pero igualmente muchas veces nos podemos también sentir débiles en nuestra fe. Por eso necesitamos la fortaleza que nos da la gracia.

¿Nos recordarán por nuestra fe?

viernes, 20 de febrero de 2009

¿Cuál es la ganancia que me ha de preocupar de verdad?

Gén. 11, 1-9

Sal. 32

Mc. 8, 34-35

‘¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero…?’, se preguntaba Jesús. Ganar el mundo entero. Todos buscamos ganar. Pero ¿cuáles son las ganancias que nos preocupan o que más apetecemos? Dinero, riqueza, poder, fama, honores, suerte. Salud, pasarlo bien ahora, disfrutar de todo… Por ahí van las aspiraciones de muchos. ¿Nuestras aspiraciones también? Cuidado que no estamos exentos de esos deseos allá en lo más íntimo y oculto de nosotros mismos.

Bueno hoy lo vemos reflejado también el texto de la torre de Babel. Los hombres querían llegar al cielo. Se sentían poderosos y capaces de hacer grandes cosas. ‘Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance el cielo, para hacernos famosos y para no dispersarnos por la superficie de la tierra’.

El orgullo de querer ser grande nunca ha estado lejos de las aspiraciones de los hombres de todos los tiempos. ¿Qué es lo que leemos en las noticias todos los días? Cuántas manipulaciones y cuántas corruptelas con tal de ganar más o tener más influencia o para alcanzar el poder. Serán los políticos, serán los hombres de la economía, serán los del deporte, serán… la lista se nos haría interminable.

Pero ¿cuál es la ganancia que nos ofrece Cristo? ¿Ganar este mundo terreno, finito y caduco o ganar una vida eterna dichosa y feliz? ‘¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? ¿qué podrá hacer para recuperarla?’ Es la pregunta de Jesús. Es el planteamiento de Jesús que nos habla de perder la vida para ganarla, que nos habla de que, quien busca una ganancia terrena como única meta, la perderá; que nos habla de cargar la cruz, de negarse a sí mismo para seguirle.

‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará’.

Esto de negarse a si mismo, de cargar con la cruz, ¿suena a masoquismo? Ni mucho menos. No es sufrir por sufrir. Es algo mucho más hondo. Se trata de dar un sentido a la vida desde el amor. Como lo hizo El. Es el amor el que da profundidad a la vida, el que le da verdadero sentido. Y si lo llegamos a comprender entenderemos bien las palabras de Jesús.

Cuando uno se da y se olvida de sí mismo es verdaderamente feliz. Algunos piensan en la felicidad simplemente como recibir para sí para engordar su bolsillo o su ego. Pero algo que nos enriquece mucho más. Es todo lo que podamos hacer por los demás. Esa es la mayor riqueza, la del amor. El darse y el amor es la riqueza más grande que le podemos dar al corazón.

Si amo, querré hacer feliz al otro, aunque eso me haga olvidarme de mi mismo. Pero no voy a perder, sino que voy a ganar porque mi amor incluso se vera enriquecido y tendré la más honda satisfacción dentro de mi mismo. Crecerá el amor, crecerá mi vida, crecerá, en consecuencia, mi felicidad.

Cristo se olvidó de sí mismo, no temiendo la cruz. Si seguimos su ejemplo, tomamos también nuestra cruz, lo hacemos con amor, podremos alcanzar la felicidad sin fin, eterna. Tendremos a Dios y es El quien nos llenará de la vida y de la dicha más plena. ¿De qué me valen las riquezas materiales, la fama o los honores si no soy capaz de darle plenitud a mi vida? Ya sabemos a cuánta confusión, división, enfrentamiento nos lleva cuando dejamos guiar la vida solo por el egoísmo y la ambición. El texto de la Torre de Babel nos lo refleja en la confusión de lenguas que es mucho más que hablar idiomas diferentes.

La plenitud la alcanzamos en el amor.

jueves, 19 de febrero de 2009

El amor verdadero es camino que nos lleva a la fe

Gén. 9. 1-13

Sal. 101

Mc. 8, 27-33

El amor es un camino que nos lleva a la fe, nos hace descubrir, nos hace sentir la fe; pero lo que algunas veces nos resulta más difícil es comprender toda la profundidad del amor que se hace entrega hasta el final, hasta el sacrificio.

Esto me ha hecho pensar el texto del evangelio de este día. Porque cuando vamos experimentando en nuestra lo que es el amor que Dios nos tiene y se nos manifiesta de tantas maneras, terminamos haciendo una profesión de fe en ese Dios que así nos ama, y queriendo darle la mejor respuesta de nuestro amor.

Los apóstoles habían convivido con Jesús, habían escuchado sus mensajes, contemplado su vida, admirado su entrega y su cercanía a todos, y no menos se habían sentido impresionado por sus milagros. Esta convivencia con Jesús que les hacía llegar a un conocimiento grande despertaba en ellos el amor pero les llevaría también a proclamar con toda intensidad su fe en El.

Tenía que ser alguien que venía de Dios. ‘Nadie puede hacer las cosas que tú haces si Dios no está con él’, exclamaría Nicodemo en su visita nocturna a Jesús. Y era lo que los apóstoles iban vislumbrando, como era también la impresión que iba quedando en todos los que conocían a Jesús y contemplaban sus obras.

Por eso cuando Jesús pregunta qué es lo que la gente piensa de El, esa fue la primera respuesta de los apóstoles constatando la opinión de las gentes. ‘¿Quién dice la gente que soy yo?.... Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas…’

Pero Jesús quería saber más. Quería saber cómo pensaban ellos. ‘Y vosotros ¿quién decís que soy yo?’

El Pedro que un día dijera ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna’ El Pedro que rotundamente le dijera a Jesús, ‘Te seguiré a donde quiera que vayas’. El Pedro que finalmente hiciera aquella triple profesión de amor. ‘Tú sabes que te quiero…’ es el que ahora primero salta para proclamar desde su amor su fe en Jesús. ‘Tú eres el Mesías’. En el relato del evangelio de Mateo – más amplio – dirá que Jesús es el Hijo de Dios.

Es el amor quien se lo ha revelado. Allá en su corazón el Padre del cielo le puso esta revelación, pero fue un corazón lleno de amor por Jesús el que supo captar ese mensaje divino en su corazón.

Pero ahora vendrá lo más difícil. Porque Jesús le dice que sí, que ese amor será entrega hasta el final; que ese amor será el más grande cuando se es capaz de dar la vida por el amado; que el vivirá esa entrega, que El dará su vida; que ‘el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser entregado y condenado por los ancianos, por los sumos sacerdotes y los letras, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.

Un amor así es difícil de comprender. Por eso Pedro tratará de convencerlo de lo contrario, de que a Jesús no le puede pasar nada de eso. ‘Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pero Jesús se volvió… e increpó a Pedro: ¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!’ Apártate de mí que me estás tentando como el diablo.

Y es que para entender un amor así hay que tener algo de Dios en el corazón. Ser capaces de negarnos a nosotros mismos, llegar incluso a entregar la vida, sólo se puede hacer cuando estamos llenos de Dios. Nos rebelamos también nosotros tantas veces, cuando llega la hora del sacrificio, del amor hasta el final, de poner amor hasta ser capaz de dar generosamente el perdón, de olvidarnos de nosotros mismos o de nuestros intereses.

Pero ese es el camino de amor en el que nos pone Jesús. El caminó delante de nosotros. Y tenemos que seguir sus pasos, aunque sea muchas veces poner los pies de nuestra vida en las huellas que El nos va dejando en el camino. Pero sólo así podemos hacer la más hermosa profesión de fe, porque estará unida a la más honda profesión de amor. Pero para ello dejemos que Dios actúe en nuestra vida, sea El quien mueva nuestro corazón. Descubriremos entonces que no está tan lejos la fe del amor, sino todo lo contrario, tienen que estar íntimamente unidas.

miércoles, 18 de febrero de 2009

El Diluvio prefigura el nacimiento de una humanidad nueva en Cristo

El Diluvio prefigura el nacimiento de una humanidad nueva en Cristo

Gen. 8, 6-13. 20-22

Sal. 115

Mc. 8, 22-26

El creyente sabe tener una mirada de fe para saber leer con una mirada distinta. Una mirada creyente, la vida, los acontecimientos, la historia personal, todo lo que lo rodea. Se es creyente no solo por que se admita la existencia de un Ser Superior que está por encima de todo al que llamamos Dios, sino porque tenemos la certeza de que ese Dios en el que creemos interviene en nuestra historia y en nuestra vida. El creyente sabe descubrir ese actuar de Dios, sabe oír su voz y también lo que es la voluntad divina sobre su vida.

La historia de la salvación que nos trasmite la Biblia viene a ser así esa lectura creyente del pueblo de Dios sobre su historia y su vida. Lectura creyente inspirada por el mismo Dios para hacer entonces que lo contenido y revelado en la Biblia se convierta para nosotros en Palabra de Dios. Así los grandes acontecimientos de su historia igual que todo lo acontecido como las grandes catástrofes naturales como el diluvio universal que hoy hemos escuchado en el libro del Génesis.

¿Qué significado tuvo el diluvio universal y qué significado sigue teniendo para nosotros los cristianos hoy? Podemos pensar que algo ocurrido allá en la penumbra de los tiempos poco puede significar para nosotros hoy.

En el texto que estos días venimos escuchando – ayer el propio relato del diluvio, hoy su conclusión y la vuelta a la tierra firme de Noé, su familia y todos los animales recogidos en el Arca, mañana el pacto o Alianza realizado por Dios con la humanidad – se nos habla de esa purificación de una humanidad que se había vuelto perversa y se había apartado de los caminos de Dios. ‘Al ver el Señor que la maldad del hombre crecía sobre la tierra, y que todo su modo de pensar era siempre perverso…’ nos dice el texto sagrado.

Pero hoy hemos escuchado que Dios dice que ‘no volveré a maldecir la tierra a causa del hombre, porque el corazón humano piensa mal desde su juventud…’ como queriendo anunciarnos que no será el castigo sino la salvación lo que Dios nos ofrecerá. Podemos vislumbrar aquí cómo Dios nos entregará a su Hijo para que derramando su Sangre en la Cruz seamos purificados de esa maldad que existe en el corazón del hombre. Por eso hará un pacto, una alianza, que es figura de la Alianza que un día hará en el Sinaí, pero que tendrá su culminación en la Sangre de la nueva y eterna Alianza realizada por Cristo con su muerte en la Cruz.

Y aquí es donde podemos encontrar el significado que pueda tener para nosotros. Es una referencia al Bautismo y a nuestra incorporación a Cristo por nuestra participación en el Misterio Pascual en el Bautismo. En la noche de la Vigilia Pascual, al bendecir el agua bautismal, precisamente se proclama. ‘Oh Dios, que incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste el nacimiento de la nueva humanidad, de modo que una misma agua pusiera fin al pecado y diera origen a la santidad’. Una figura, pues, el diluvio de nuestro bautismo que nos hace nacer a una humanidad nueva, nos hace hombres nuevos. Una figura del Bautismo que nos purifica y no ya en el agua ni del diluvio ni del Jordán, sino en la Sangre derramada de Cristo por nosotros. Somos ese hombre nuevo, lavado y purificado, arrancado del pecado, llamado a la gracia y a la santidad.

Maravilla de nuestro Bautismo que no acabamos de meditar y comprender lo suficiente. Por eso con la antífona del Aleluya a la aclamación del Evangelio y con palabras de san Pablo en la carta a los Efesios, que el Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprendamos la esperanza a la que nos llama.

El evangelio nos ha hablado de la curación de un ciego por parte de Jesús. Tocado por Jesús aquellos ojos se llenaron de luz para comenzar a ver. Que nosotros tocados igualmente por Jesús, nuestra vida se llene de Luz, para que comprendamos el misterio de gracia que nos viene en Jesús y del que nos hemos hecho partícipes desde el Bautismo.

martes, 17 de febrero de 2009

¡Cuidado con la levadura de los fariseos y la de Herodes!

Gén. 6, 5-8; 7, 1-5.10

Sal. 28

Mc. 8, 14-21

¡Bien necesitaríamos nosotros escuchar esa recomendación que Jesús hace hoy! ‘Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes’.

Sin embargo, como vemos, los discípulos no acaban de entender y ya están pensando que Jesús se los dice porque no fueron precavidos y no llevaban sino un pan en la barca. Y ¿qué era un pan para tantos? se preguntan igual que allá en el desierto. Pero Jesús les recuerda que en las dos ocasiones de la multiplicación de los panes sólo tenían unos pocos y recogieron buena cantidad de sobras en cestos. ‘¿Es que no acabáis de entenderlo?’

La levadura es lo que se utiliza para que la masa pueda en verdad ser buen pan a la hora de cocerlo, con su propio sabor y su propia contextura. Por eso Jesús quiere decirles mucho más de lo que ellos están pensando. ‘Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes’. Tened cuidado con que se os metan en la vida las costumbres y la manera de hacer de los fariseos o de Herodes. Cuidado no penséis en la vida solo como una fiesta y un pasarlo bien en continuas orgías como Herodes. Cuidado con la falsedad y las hipocresías, las apariencias o el contentarse con el cumplimiento de minucias, como hacen los fariseos.

Tener cuidado hemos de tener nosotros también no se nos pegue el espíritu del mundo; caigamos en la superficialidad, en la frialdad del espíritu, en no darle importancia a lo que verdaderamente lo tiene. Para mucha gente todo es igual o tiene la misma importancia. Muchos como filosofía de la vida lo piensan en pasarlo bien y rehuyen todo sacrificio o toda entrega comprometida. Es que todo lo hacen. Es que yo no voy a ser diferente. Es que yo no soy el que me voy a comprometer. Es que… y ponemos mil disculpas.

Estamos expuestos a muchas influencias. Hay muchas formas diferentes de pensar a nuestro alrededor. Se habla de la libertad de pensamiento y de opinión. Pero nosotros, si nos llamamos cristianos, hemos de tener bien claros nuestros principios. Saber donde está de verdad nuestro sentido y nuestra razón de ser y no dejarnos influenciar por nada ni por nadie. Porque sutilmente se nos van metiendo las ideas, las costumbres, y hacemos dejación de lo que para nosotros es fundamental.

Por eso el cristiano tiene que buscar el sentirse seguro de sí mismo, de su fe. Lo que llevaría a un preocuparnos por formarnos seriamente en nuestra fe. Hemos de saber dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Mucha será entonces la reflexión que nos hagamos. Mucho en lo que tenemos que profundizar. Mucho en lo que tenemos que escuchar allá en lo hondo de nuestro corazón el mensaje de los evangelio. Mucho lo que tenemos que buscar unos buenos y verdaderos cauces de formación. Para que lleguemos a una fe madura, una fe comprometida, una fe que llegue a dar el fruto que el Señor nos pide, a que lleguemos a ser entonces también nosotros buena levadura, levadura del evangelio, en la masa de nuestro mundo.

Será, entonces, la oración, la reflexión, el estudio, la formación profunda. Para que podamos llevar la auténtica fe a los demás. Para que podamos entrar en diálogo también con los hombres de nuestro tiempo. Para que logremos así impregnar del Espíritu de Jesús, del espíritu del Evangelio – evangelizar – ese mundo en el que vivimos.

lunes, 16 de febrero de 2009

Pon una fuente de alegría en el desierto de mi corazón

Gén. 4, 1-15.25

Sal. 49

Mc. 8, 11-15

Con el pecado entró la muerte en el corazón del hombre. Lo contemplábamos en versículos anteriores cuando nos narraba la tentación de Adán y Eva y su pecado. La página del Génesis que hoy escuchamos nos habla de Caín y Abel. Y nos habla de las consecuencia de ese pecado y de la maldad que se va introduciendo en el corazón de los hombres, en este caso de Caín.

No era agradable la ofrenda que hacía Caín al Señor, mientras que la de Abel que ofrecía las primicias y la grasa de sus ovejas – imagen que quiere expresar cómo ofrecía lo mejor de sí mismo y de su trabajo – sí era agradable al Señor.

‘Caín se enfureció y andaba abatido… ¿Por qué te enfureces y andas abatido?, le dice el Señor…. Cierto, si obraras bien, estarías animado; pero si no obras bien, el pecado acecha a tu puerta; y aunque viene a ti, tú podrás dominarlo…’ La tentación acecha, pero la tentación se puede vencer. Caín se dejó vencer. Ya conocemos cómo continúa la escena con el crimen de Abel. Pero la conciencia le remordía. ‘Mi culpa es demasiado grande para soportarla… tendré que ocultarme de ti, andando errante y perdido por el mundo…’ Vuelve a repetirse la reacción de Adán y Eva que se ocultaron de Dios entre los árboles del jardín.

Nosotros tenemos una seguridad y una certeza: la misericordia del Señor que es infinita y nos ofrece su perdón. Ya allí mismo en el paraíso Dios había prometido un Redentor, quien iba a escachar la cabeza de la serpiente y del mal. Tenemos un Salvador, Cristo Jesús, que nos redime de nuestra culpa, pero que aún más es nuestra fortaleza y nuestra defensa frente a la tentación del mal y del pecado. Cristo nos ha redimido. Cristo nos deja su gracia.

Andamos también errantes y como por un desierto inhóspito cuando nos vemos envueltos por el pecado. Cardos y espinos envuelven nuestra vida y todo se convierte en un sequedal cuando nos alejamos del Señor y nos metemos en el mal y en el pecado. Pero podemos acudir al Señor para que El nos conceda su perdón y su gracia.

Esta página es bien reflejo de nuestra vida y de la realidad de nuestro mundo. Violencias, discordias, orgullos no apagados, envidias que nos corroen, zancadillas que quieren hacer caer a los demás, amarguras y resentimientos, luchas y rivalidades… En nuestra vida personal, en lo que contemplamos a nuestro alrededor; en el pequeño ámbito de los que están más cerca de nosotros en la familia, entre vecinos, en el mundo del trabajo en el que nos movemos. Pero también a los grande que provoca guerras y contiendas, luchas por el poder ya sea político, económico o en la vida social… Los periódicos cada día nos traen noticias de todo ello.

Hay un Himno en la liturgia de las horas que nos dice: ‘Hoy sé que mi vida es un desierto, en el que nunca nacerá una flor, vengo a pedirte, Cristo jardinero, por el desierto de mi corazón. Para que nunca la amargura sea en mi vida más fuerte que el amor, pon, Señor, una fuente de alegría en el desierto de mi corazón…’

Cada día lo pedimos al Señor, pero hagámoslo de forma consciente. ‘Líbranos del mal… no nos dejes caer en la tentación…’ Ponemos nuestro esfuerzo y nuestra voluntad, nuestra determinación y la lucha personal, pero pensemos que no lo hacemos solos. Lo podremos lograr, la victoria del amor y de la gracia, con la fuerza del Señor.

domingo, 15 de febrero de 2009

¿De qué lepra tendrá que limpiarnos Jesús?


Lev. 13, 1-2.44-46;
Sal. 31;
1Cor. 10, 31-11, 1;
Mc. 1, 40-45

Lo primero que se me ocurre decir tras escuchar este evangelio es que Jesús viene rompiendo moldes porque lo que quiere es darnos una nueva vida. Y es que tenemos que decir que también para los leprosos era la Buena Noticia de Jesús. Una Buena Noticia que les ofrecía algo nuevo y distinto. Los pobres son evangelizados, a los pobres se les anuncia una Buena Noticia, proclamaba Jesús al inicio de su vida pública en la Sinagoga de Nazaret.

Los gestos de Jesús que hoy contemplamos en el Evangelio, dejando que el leproso se acerque hasta El e incluso tocándole directamente con su mano, vienen a expresar toda ese rompimiento de moldes que decíamos y lo nuevo que Jesús quiere realizar. La lectura del levítico nos ha explicado perfectamente lo que eran las costumbres o la forma en que eran tratados los leprosos. Se les consideraba seres impuros y habían de vivir aislados del resto de la comunidad apartándose de todos. Pero en el hecho del evangelio de hoy todo eso se cae por tierra cuando ‘se acercó a Jesús un leproso suplicándole de rodillas’. Pero aún más cuando Jesús, ‘sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó…’

La situación del leproso es una buena imagen de lo que significa para todos la Buena Noticia de Jesús. Y la Buena Noticia de Jesús no es una palabra que se lleva el viento sino que era Palabra encarnada en la vida del hombre; Palabra transformadora que nos pone en un nuevo camino; Palabra que anuncia vida y que da vida; Palabra que sana y que salva; Palabra creadora de un hombre nuevo. Y es que la presencia de Jesús va transformando la vida y los corazones.

El leproso, como decíamos, por sí mismo, por su enfermedad, era considerado impuro y se le impedía vivir en medio de la comunidad, pero al sentirse limpio por Jesús y reintegrado de nuevo a la vida de la comunidad, y es, en consecuencia, una buena imagen del hombre que necesita ser redimido y salvado. Esa transformación que se produce desde su encuentro con Jesús nos está hablando de esa transformación que también se produce en nosotros cuando nos encontramos con Cristo en nuestra vida.

Pero ¿de qué lepra querrá limpiarnos hoy Jesús? ¿qué lepras pueden seguir habiendo los discípulos de Jesús?, o ¿de qué lepras tendremos que limpiar al mundo que nos rodea?

Es fácil responder que del pecado. Por supuesto que Cristo viene a limpiarnos del pecado que para eso ha derramado su sangre por nosotros. Siempre el pecado produce ruptura no sólo con Dios sino también con nuestros hermanos, con la Iglesia y por eso el sacramento que nos da el perdón de los pecados lo llamamos sacramento de la reconciliación, porque es reencuentro con el Señor pero reencuentro también con los hermanos, con la comunidad, con la iglesia.

Pero creo que tenemos ver esa realidad de pecado de una forma concreta en nuestra vida o en nuestro mundo. Por ejemplo, si decíamos que la lepra discriminaba al leproso produciendo una separación o un rompimiento con los demás, tendríamos que preguntarnos ¿qué cosas hay en nosotros, en nuestra vida que nos separan o nos distancian de los otros?, o ¿en cuántas cosas nosotros podemos ser causa de separación o distanciamiento que se tengan hacia los demás?

Muchas veces con nuestras actitudes ponemos barreras y distancias en nuestra relación y trato con los otros y algunas veces casi no nos damos cuenta. Por ahí anda metido en muchas ocasiones nuestro orgullo que nos hace creernos en una postura superior. Puede ser muchas veces la indiferencia que mostramos hacia los otros. Hacemos discriminación entre quien nos cae bien y quien no nos es tan agradable, entre quien piensa como nosotros o tiene opiniones distintas y esto en muchos aspectos de la vida. O también nos puede suceder que nos aislamos nosotros quizá desde nuestros complejos de inferioridad encerrándonos en nosotros mismos.

Jesús, que es el Señor, el Hijo de Dios hecho hombre, lo veremos siempre con esa actitud acogedora, de compasión y de amor, de misericordia y de perdón. Cuánto nos enseña para ese estilo acogedor que hemos de tener siempre para el hermano, sea quien sea, venga de donde venga, pase por la situación que pase de enfermedad, de discapacidad o de lo que sea. Que este punto sigue siendo aún muy candente en la sociedad en la que vivimos.

Vivimos, es cierto, en un mundo donde ya hay mucho intercambio de personas de unos lugares a otros, pero algunas veces puede costarnos esa acogida a los que no son como nosotros porque son de otra raza, de otra lugar o de otra religión. Surgen muchas veces brotes de racismo o xenofobia en nuestra sociedad que decimos tan globalizada. Y en eso no podemos caer nosotros los cristianos.

Acudamos también nosotros hasta Jesús como el leproso del Evangelio. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le decimos también nosotros. También muchas cosas tendrá que Jesús que limpiarnos y perdonarnos. También queremos escuchar la Palabra de Jesús que nos dice ‘quiero, queda limpio’. Una Palabra de Jesús que nos sane, que nos dé vida, que nos transforme. Una Palabra de Jesús que nos impulse a nosotros también a ir hacia los demás para ayudar, para llevar amor y comprensión; una Palabra comprometedora que nos haga acercarnos a nuestro mundo, a ese mundo que tenemos que transformar en el nombre de Jesús poniendo amor y poniendo esperanza.

sábado, 14 de febrero de 2009

Pobres pero enviados a anunciar la Buena Noticia a los pobres

Hechos, 13, 46-49

Sal. 116

Lc. 10, 1-9

‘El Señor me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres y a los cautivos la libertad’. Es la antífona de la aclamación del aleluya antes del Evangelio en la fiesta de este día. Un texto tomado de la profecía de Isaías que Jesús proclamó al principio de su vida pública en Nazaret.

Al mismo tiempo hemos repetido como responsorio del salmo: ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio’. Jesús ha sido enviado por el Padre para la proclamación de la Buena Noticia a los pobres y ahora Jesús nos envío por todo el mundo para seguir haciendo ese mismo anuncio de salvación. Recordaríamos lo que en otro lugar del Evangelio Jesús nos dice: ‘Como el Padre me ha enviado, así os envío yo’.

Precisamente en el texto del evangelio hoy proclamado Jesús ‘designó otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir El’. Había escogido a los Doce Apóstoles. Ahora designa otros setenta y dos entre los discípulos y también los envía a hacer el anuncio del Reino de Dios. ‘Decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Es el anuncio del Reino de Dios llevando la paz y llevando el amor. ‘Cuando entréis en una casa decid primero: Paz a esta casa….comed lo que os pongan y curad a los enfermos que haya…’

Van con la misma misión de Jesús. Y van realizando la misma obra de Jesús. ‘No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias, y no os detengáis a saludar a nadie por el camino’. Han de anunciar el evangelio a los pobres y pobres han de ir ellos también. Como Jesús. Nació pobre en un establo de Belén. Pobre como vivió. Cuando uno dice que quiere seguirle adonde quiera que vaya Jesús le dice: ‘Las aves del cielo tienen nido, las zorras madriguera, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’.

No le conocemos a Jesús una casa donde vivir. Una vez iniciada su vida pública a lo más podemos pensar que la casa de Pedro en Cafarnaún sería su alojamiento cuando estaba en Galilea, de resto los caminos y los lugares por donde iba. En Jerusalén sabemos que en alguna ocasión fue a casa de sus amigos de Betania, a la casa de Marta, María y Lázaro, pero probablemente si Judas sabía que encontraría a Jesús en Getsemaní, sería porque al pie del monte de los Olivos no sólo sería su lugar escogido para orar, sino también para pasar la noche en aquellas ocasiones.

Ahora sus discípulos han de ir con esa misma pobreza a hacer el anuncio del Evangelio. Sin nada en el bolsillo, sin medios humanos, porque sólo en la Providencia de Dios habían de confiar. Cuanto tendríamos que aprender para que seamos en verdad una Iglesia pobre que sólo se confía en el Señor. Algunas veces parecería que no somos capaces de hacer el anuncio del evangelio si no disponemos de recursos y apoyos humanos. Es cierto que utilizaremos los medios humanos a nuestro alcance, pero de algo tenemos que estar seguros y es que ahí no está la fuerza del Evangelio.

Hay un detalle. Nos dice: ‘No os detengáis a saludar a nadie por el camino’. Pudiera parecer un contrasentido si lo que se ha de llevar es el mensaje de la paz, el no saludar a nadie. Pero tiene su significado. Los orientales son muy dados a los largos e interminables saludos, con un lenguaje muy lleno de imágenes y hasta poético deseando los mas hermosos parabienes para todos. Ahí se les iba el tiempo. Jesús no quiere que se entretengan por el camino sino que vayan a hacer el anuncio del Reino de Dios. No nos podemos quedar en lo innecesario o lo superfluo sino ir a lo verdaderamente importante.

Se nos está describiendo aquí lo que es la misión de la Iglesia y lo que es la acción de los pastores dentro de la Iglesia. Cómo entonces una comunidad cristiana ha de comprender y de apoyar y ayudar dicha acción. Siempre ha de estar al lado de sus pastores. Y para eso algo importante es la oración. Oración para que haya pastores santos y entregados. Oración por las vocaciones sacerdotales o a la vida religiosa. Jesús nos lo ha dicho también hoy: ‘La mies es mucho y los operarios son pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande operarios a su mies’.

En nuestra diócesis dentro de nuestro plan pastoral este año es el de la acción especial con la juventud y por las vocaciones. Así diversas iniciativas que se están llevando a cabo en distintos lugares para la oración y la promoción de las vocaciones. Nos queda rezar pues, para que ‘el dueño de la mies mande operarios a su mies’.

viernes, 13 de febrero de 2009

Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal…

Gén. 3, 1-8

Sal. 31

Mc. 7, 31-37

‘No es verdad que tengáis que morir. Bien sabe Dios que cuando comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal’. La tentación de Adán y Eva, la tentación de todo ser humano, nuestra propia tentación.

Cuántas veces de una forma o de otra pensamos lo mismo. ¿Quién tiene que decirme a mí lo que es malo y lo que es bueno…? Nadie tiene por qué imponerme nada… Yo sé lo que está bien… Además eso es bueno… es natural… es lo que hace todo el mundo… Queremos ser Dios que decida lo que es bueno y lo que es malo. No aceptamos una voluntad superior porque nos creemos tan autosuficientes por nosotros mismos.

Las imágenes que nos ofrece el texto sagrado son bien significativas. ‘La serpiente era la más astuta de todos los animales…’ Cómo sutilmente se nos mete la tentación. Cómo se nos hacen apetitosas las cosas. ‘La mujer se dio cuenta de que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable…’ Así nos parecen las cosas que no podemos hacer. Es la tentación.

Eva cayó. Adán mordió la fruta. Todos caemos tantas veces. Y cómo se nos destroza la vida. Cuando el mal se mete en nuestro corazón, con la insinuación, con la tentación, con la caída, todo se nos desordena en la vida. Todo se nos vuelve turbio y ya no distinguimos lo bueno de lo malo. Se nos despiertan las pasiones y se nos vuelven incontrolables. Nos sentimos atados y esclavizados. Cuánto cuesta arrancarnos de esa muerte que dejamos meter dentro de nosotros. ‘Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos, entrelazaron ojos de higuera y se las ciñeron…’ Buscamos sustitutivos, disculpas, camuflajes…

Pero la ruptura nos aleja de Dios. Cuánto nos cuesta ya rezar. Cómo abandonamos pronto la práctica religiosa. Cómo se nos va enfriando nuestro espíritu. Al final terminamos alejándonos de la Iglesia. ‘Oyeron al Señor que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa; el hombre y la mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín’.

Como nos enseña san Pablo por un hombre entró el pecado en el mundo, pero por Cristo vino la vida, la gracia y el perdón. El amor de Dios es más poderoso que nuestro pecado y nuestra muerte. Tenemos quien nos limpie y nos purifique, nos restaure y nos llene de nueva vida. Cristo Jesús ha dado su vida por nosotros para arrancarnos del pecado, para ser nuestra fortaleza en la tentación. Tenemos que reconocer nuestro pecado para acudir al Señor. ‘Confesaré al Señor mi culpa, dijimos en el salmo’. Así lo hacemos cada vez que comenzamos la celebración de la Eucaristía, pero también sobre todo cuando acudimos al Sacramento de la Reconciliación y la Penitencia.

Como pedíamos en la antífona del Aleluya ‘ábrenos el corazón, Señor, para que aceptemos la palabra de tu Hijo’. Para que aceptemos tu voluntad; para que caminemos por tus sendas, para que cumplamos tus mandatos. Que el Señor nos abra nuestros oídos como al sordo del Evangelio: ‘effetá’. Que siempre escuchemos su Palabra y que la plantemos en nuestro ccarherorazón.

jueves, 12 de febrero de 2009

¿Soledad o comunión? ¿Orgullo o humildad?

Gen. 2, 18-25

Sal.127

Mc. 7, 24-30

‘No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude’. Así escuchamos en el Génesis en el segundo relato de la creación. Y Dios pone en las manos del hombre todas las criaturas que ha creado para que el hombre les pusiera nombre.

Poner nombre en el sentido bíblico y semita era algo así como tomar posesión, ser el dueño. Era el padre el que ponía nombre a su hijo, como señal de su autoridad y dominio.

‘Pero no encontraba nadie como él que le ayudase’, dice el texto sagrado. Ninguna de todas las criaturas era igual. Por eso Dios crea a la mujer. Tenemos que entender que todo son imágenes que quieren expresarnos algo. ‘¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será mujer, porque ha salido del hombre’.

Este texto nos sirve como fundamento para el sentido del matrimonio, porque Dios los creó hombre y mujer. Y cuando a Jesús precisamente le plantean el tema del divorcio que había permitido Moisés, como les dice Jesús ‘por su terquedad’, para hablarnos de la indisolubilidad del matrimonio Jesús se apoya en las palabras que nos trae el Génesis. ‘Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una cosa carne’.

Pero yendo más allá con este texto de la creación del hombre y de la mujer podemos hablar de cómo el ser humano está hecho para la relación, para la comunicación y la comunión con el otro. El hombre no es un ser solitario, es un ser social. Con lo que podríamos sacar muchas conclusiones de cada a nuestra convivencia de cada día, a nuestra relación con los demás, para el sentido humano que tenemos que darle a todo lo que signifique esa relación y comunicación con los otros.

Por amor a la brevedad en el comentario, vamos a fijarnos también en el texto del evangelio que nos habla de la mujer cananea. Y no sé que valorar más si la fe de aquella mujer o su humildad. Ya nos resalta el evangelista que estaban fuera del territorio propiamente judío y que aquella mujer era gentil, no judía.

Aquella mujer acude a Jesús llena de fe. Tiene la seguridad y la certeza, tiene la fe de que Jesús podrá curar a su hija liberándola de aquel espíritu maligno que la poseía. Peo tenemos que destacar también su humildad grande. Ante el aparente rechazo de Jesús que emplea palabras que eran la forma de tratar los judíos a los no judíos, aquella mujer sigue confianza y sigue confiando desde la humildad. ‘Tienes razón, Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños… Anda, vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija’.

Es de notar que en dos ocasiones en que se quiere resaltar la fe y la humildad de quien acude a pedir a Jesús, sean precisamente dos personas, no judías, las que reciban la alabanza de Jesús. ‘No soy digno de que entres en mi casa…’ había dicho el centurión romano, también un pagano. Ahora una mujer pagana insiste con humildad ante Jesús para la curación de su hija.

Hermoso ejemplo y testimonio. Cuando somos capaces de vaciarnos de nuestro yo egoísta, despojarnos de nuestro orgullo o nuestra soberbia es cuando sentiremos que Dios está en nosotros. No podemos aislarnos en nuestra falta de humildad. Recordemos lo que decíamos al comentar el texto del Génesis, estamos hechos para la relación, para la comunión con los demás. Y ya sabemos cómo el orgullo y la soberbia nos aíslan de los demás. Nos apartan de Dios, podemos decir como en la continuación del texto del Génesis vemos que le sucede al hombre cuando quiere hacerse como Dios.

Superó la mujer cananea lo que podría haber sido para ella una humillación, y el espíritu maligno dejó de estar en su vida, en la vida de su hija. ‘Al llegar a su casa, se encontró a la niña sentada en la cama; el demonio se había marchado’.

miércoles, 11 de febrero de 2009

El sentido del sufrimiento y el valor de toda vida huaman

(Jornada Mundial del Enfermo)

Hoy día once de febrero en que hacemos la memoria litúrgica de la Virgen de Lourdes desde hace 17 años el Papa instituyó la Jornada Mundial del Enfermo. Con este motivo el Papa Benedicto XVI dirigió un mensaje del que en esta reflexión quiero entresacar algunos párrafos.

Una jornada propicia ‘para reflexionar y decidir iniciativas de sensibilización sobre la realidad del sufrimiento’. Y recordando que nos encontramos en el año Paulino nos recuerda que nos ofrece la ocasión propicia para detenernos a meditar con el apóstol Pablo sobre el hecho de que, “así como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, igualmente abunda también por Cristo nuestra consolación” (2 Cor 1,5)’. Y nos da también la motivación de que se celebre en esta fiesta de la Virgen: ‘La unión espiritual con Lourdes nos trae además a la mente la maternal solicitud de la Madre de Jesús por los hermanos de su Hijo “aún peregrinos y puestos en medio de peligros y afanes, hasta que no seamos conducidos a la patria bendita” (Lumen gentium, 62)’.

Este año dedica el centro de su mensaje a los niños enfermos en las diversas situaciones de sufrimiento por el que pueden atravesar, haciéndonos una detallada descripción. Y a este respecto nos dice: La comunidad cristiana, que no puede permanecer indiferente ante tan dramáticas situaciones, advierte el imperioso deber de intervenir. La Iglesia, de hecho, como he escrito en la encíclica Deus caritas est, “es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario” (25, b). Auguro por tanto, que también la Jornada Mundial del Enfermo ofrezca la oportunidad a las comunidades parroquiales y diocesanas de tomar cada vez más conciencia de ser “familia de Dios”, y las anime a hacer perceptible en los pueblos, en los barrios y en las ciudades el amor del Señor, que pide “que en la misma Iglesia, en cuanto familia, ningún miembro sufra porque pasa necesidad” (ibid.). El testimonio de la caridad formar parte de la vida misma de cada comunidad cristiana. Y desde el principio la Iglesia ha traducido en gestos concretos los principios evangélicos, como leemos en los Hechos de los Apóstoles’.

Por eso nos recuerda cuál es la tarea de la Iglesia. ‘A ejemplo del “Buen Samaritano” es necesario que se incline hacia las personas tan duramente probadas y les ofrezca el apoyo de una solidaridad concreta… La compasión de Jesús por el llanto de la viuda de Naím (cfr Lc 7,12-17) y por la implorante súplica de Jairo (cfr Lc 8,41-56) constituyen, entre otros, algunos puntos de referencia para aprender a compartir los momentos de pena física y moral de tantas familias probadas’. Unas actitudes que tienen que verse reflejadas en la vida de los cristianos y que tanta seguridad y confianza nos dan cuando sentimos todo lo que es el amor infinito del Señor que está a nuestro lado. Todo esto presupone un amor desinteresado y generoso, reflejo y signo del amor misericordioso de Dios, que nunca abandona a sus hijos en la prueba, sino que siempre les proporciona admirables recursos de corazón y de inteligencia para ser capaces de afrontar adecuadamente las dificultades de la vida’.

A continuación nos recuerda algo que es importante para nosotros y que tenemos que proclamar y defender en todo momento: Es necesario afirmar con vigor la absoluta y suprema dignidad de toda vida humana. No cambia, con el transcurso del tiempo, la enseñanza que la Iglesia proclama incesantemente: la vida humana es bella y debe vivirse en plenitud también cuando es débil y está envuelta en el misterio del sufrimiento’.

Nos invita entonces a mirar a Cristo y a Cristo en la Cruz. Es a Jesús crucificado a quien debemos dirigir nuestra mirada: muriendo en la cruz Él ha querido compartir el dolor de toda la humanidad’. Ahí vamos a encontrar, en el amor, todo el sentido del sufrimiento de Cristo en la Cruz y en consecuencia todo el valor de nuestro propio sufrimiento.

Nos recuerda a continuación las palabras y el ejemplo viviente que fue Juan Pablo II en su enfermedad. Mi venerado Predecesor Juan Pablo II, que desde la aceptación paciente del sufrimiento ha ofrecido un ejemplo luminoso especialmente en el ocaso de su vida, escribió: “Sobre la cruz está el 'Redentor del hombre', el Varón de dolores, que ha asumido en sí mismo los sufrimientos físicos y morales de los hombres de todos los tiempos, para que en el amor podamos encontrar el sentido salvífico de su dolor y respuestas válidas a todos sus interrogantes” (Salvifici doloris, 31)’.

Expresa su aprecio a cuantos trabajan en este campo y una vez más ofrece la aportación de la Iglesia siempre dispuesta a ofrecer su cordial colaboración en el intento de transformar toda la civilización humana en “civilización del amor” (cfr Salvifici doloris, 30)’. Termina el mensaje invitándonos a confiar en la ayuda maternal de la Inmaculada Virgen María, que en la pasada Navidad hemos contemplado una vez más mientras abraza con alegría entre los brazos al Hijo de Dios hecho niño’.

martes, 10 de febrero de 2009

Dignidad del hombre creado por Dios y rectitud y pureza de corazón

Gén. 1, 28-2, 4

Sal. 8

Mc. 7, 1-13

Dos comentarios quiero hacer sobre la Palabra de Dios proclamada hoy, intentando ser breve, tanto de la lectura del Génesis como del Evangelio.

Concluye el primer relato de la creación que nos ofrece el Génesis, como ayer comentamos. Y al terminar de describirnos en ese lenguaje lleno de imágenes que nos ofrece el Génesis la creación nos presenta la aparición de la vida humana en la creación del hombre. Es el rey de la creación. No es una criatura más como todas las que había hecho el Creador. Al crear al hombre dirá: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos y los reptiles de la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó’.

Está hablándonos el autor sagrado de la dignidad sagrada de la persona humana. No es una criatura más irracional como el resto de los animales, sino que lo ha dotado de unas características superior al mero instinto animal para dotarlo de inteligencia y voluntad. El hombre será capaz de conocer y de adquirir sabiduría; el ser humano será un ser libre con capaz de decisión sobre su vida y sobre las cosas. Es la dignidad de toda persona humana que ya desde el momento de la creación podemos vislumbrar y ya para siempre hemos de respetar. Dignidad que se verá ensalzada y sublimada cuando en Cristo nos llenemos por la fuerza del Espíritu de la vida de Dios para ser también hijos de Dios.

El otro comentario que queremos hacer es sobre el evangelio. ¿Qué es lo que quiere Dios de nosotros? ¿La mera realización formal y ritual de lo externo, contentándonos con sólo su cumplimiento, o quedándonos en la sola apariencia, o la pureza y la rectitud interior?

La ocasión para escuchar el mensaje de Jesús nos la da el comentario o crítica de los fariseos porque los discípulos de Jesús no se lavaban las manos antes de comer. Eso era una impureza ritual. Ya el evangelista nos aclara lo que eran las costumbres judíos pero sobre todo de los fariseos. ‘Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen si lavarse antes y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas’.

Jesús duramente los llama hipócritas, hombres de dos caras. Una apariencia externa pero un interior distinto y corrompido. ‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. Y Jesús les recuerda algunas de esas tradiciones convertidas en leyes para ellos que muchas veces les hacen olvidar del verdadero sentido de la Palabra del Señor.

Por eso me preguntaba, ¿qué es lo que nos pide el Señor? Un corazón de rectitud, un corazón puro y limpio, un corazón lleno de amor, un corazón en el que queremos plantar de verdad lo que es la voluntad del Señor. Nos puede suceder muchas veces que nos contentemos con el cumplimiento formal de las cosas, de las normas o leyes del Señor, pero nuestro corazón esté lejos del Señor.

Tenemos el peligro de querer tapar quizá con unas limosnas que no siempre damos con espíritu generoso, con unos ramos de flores que ofrezcamos a la Virgen o en nuestras Iglesias, con unos rezos repetidos incansablemente pero muchas veces de forma rutinaria, con unos hábitos externos que prometemos llevar toda la vida, con unas medallas o escapularios que llevamos colgados al cuello, lo que quizá con el corazón no hacemos. Busca al Señor en tu corazón, busca sinceramente lo que es su voluntad, imprégnate del espíritu del Evangelio de Jesús, vive con corazón sincero, limpio de maldad y generoso en el amor, que es lo que de verdad agrada al Señor.

lunes, 9 de febrero de 2009

¡Cuántas son tus obras, Señor...!

Gén. 1, 1-19

Sal. 103

Mc. 6, 53-56

‘Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría. La tierra está llena de tus criaturas. Bendice alma mía, al Señor’. Así queremos bendecir y alabar al Señor cuando contemplamos la obra de su creación. Miramos la naturaleza que nos rodea, nos sumergimos en la inmensidad del universo, y no podemos hacer otra cosa que cantar al Señor, bendecir a Dios sabio y poderoso, creador de todas las cosas.

Hoy en la primera lectura hemos comenzado el libro del Génesis. Primer libro de la Biblia y primero de esos cinco libros que componen el Pentateuco. La Torá para los judíos, la ley del Señor. Fundamentaban su fe en la Ley y los Profetas. Cuando decían la Ley estaban refiriéndose a estos cinco libros del Pentateuco cuyo primero es el Génesis.

Génesis, el origen, el principio. Se nos narra la obra de la creación como hoy y en los próximos días escucharemos. Estaremos leyendo el Génesis en las próximas dos semanas hasta que comencemos la Cuaresma. Hoy hemos escuchado el relato de la creación que se completará con la lectura de mañana, mientras pasado mañana escucharemos un segundo relato de la Creación. No es momento de extendernos en la formación de los libros bíblicos, pero decir brevemente que el autor sagrado recogió dos tradiciones de la creación proponiéndolas en el texto sagrado.

Hay una palabra que decir que leemos estas páginas que nos narran la creación, el pecado del hombre y la promesa salvadora de Dios. ¿Qué es lo que allí vamos buscar? ¿Con qué tipo de libro nos estamos encontrando? ¿Ciencia, historia, mito, leyenda…?

Nada de eso pretende ofrecernos el autor sagrado. Es la lectura creyente de la vida del hombre y del universo creado. Allí sólo vamos a buscar un mensaje de revelación que nos habla del misterio de Dios y que en consecuencia quiere abrirnos a entender el misterio del hombre y de todo el universo. No quiere contarnos una historia, no se queda en un mito o una leyenda, no pretende ofrecernos datos científicos. Desde una cosmovisión del hombre antiguo se acerca al misterio de Dios. Y descubrimos que detrás de toda ese universo inmenso y por encima del hombre que lo habita está el Dios creador que es el que ha dado vida y existencia a todo el universo y en consecuencia al hombre.

La ciencia seguirá su camino para investigar y hablarnos del origen del universo y de la vida. Pero sólo la fe podrá descubrirnos al Dios Creador que está en el origen de todo. Y es lo que viene a decirnos el libro del Génesis. Revelación que nos hablará de la grandeza del ser humano al que Dios ha creado a su imagen y semejanza, como mañana escucharemos, para hablarnos así de la dignidad del hombre creado por Dios y puesto en el centro de la creación. Como rezaremos mañana con el salmo. ‘Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies’.

Nos queda a nosotros reconocer la grandeza y el poder del Señor para adorarle y para alabarle. ‘Tú sólo eres bueno y fuente de vida, hiciste todas las cosas, para colmarlas de tus bendiciones, y alegrar su multitud con la claridad de tu gloria… Te alabamos, Padre santo, porque eres grande, porque hiciste todas las cosas con sabiduría y amor. A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su creador, dominara todo lo creado…’

Que así siempre reconozcamos la grandeza del Señor y cantemos su alabanza.