Vistas de página en total

sábado, 14 de julio de 2018

Tenemos que arriesgarnos en la vida sin ningún temor y no ya por nosotros mismos, sino en nombre del evangelio que anunciamos por ese mundo que queremos hacer mejor


Tenemos que arriesgarnos en la vida sin ningún temor y no ya por nosotros mismos, sino en nombre del evangelio que anunciamos por ese mundo que queremos hacer mejor

Isaías 6,1-8; Sal 92; Mateo 10,24-33

Ya una apetecería quizá que la vida fuera como un agradable paseo por lugares de encanto ya conocidos, sin sobresaltos ni preocupaciones porque todo fuera armonía y paz. Sin embargo, por una parte sabemos que la vida no es así, pero también tendríamos que reconocer que al final resultaría aburrida sin el aliciente de descubrir algo nuevo o de enfrentarse a nuevos y más valiosos retos. Claro que el descubrir algo nuevo nos puede llevar a sorpresas y sobresaltos, podríamos encontrar cosas que nos incomoden y al mismo tiempo nos exigiría un esfuerzo de superación y de crecimiento. Pero así es la vida, así hemos de tomarla y descubrirla, así hemos de darle un nuevo sentido y un nuevo valor a lo que hacemos y a lo que vivimos.
Claro que esa variedad de situaciones nuevas nos pueden producir cierta preocupación y ciertos miedos. Aparecen los miedos y los temores muchas veces en la vida, ante lo incierto que podemos descubrir tras ese recodo del camino, ante la reacción que podamos encontrar en quienes nos rodean por lo que hacemos o por lo que aspiramos, ante el temor de que podamos perder lo que hemos logrado hasta el presente, y así muchas cosas más que nos llenan de temores el espíritu. Pero es necesario arriesgarse para darle intensidad a la vida, de lo contrario se convierte en algo insulso y sin sabor.
Temores nos surgen en nuestro interior ante la reacción, como decíamos, de los que nos rodean, pero también ante la oposición que podamos encontrar; oposición que se puede volver violenta muchas veces, porque ya sabemos lo que sucede cuando hay demasiadas ambiciones en juego y tememos perder algo nuestro o algo conseguido. No es un mundo en paz el que nos rodea, bien lo sabemos, y más cuando nosotros queremos presentar con valentía esos valores en los que creemos porque nos decimos y queremos ser seguidores de Jesús y vivir el sentido de su evangelio del Reino.
Hoy por tres veces escuchamos en el evangelio decir a Jesús ‘no tengáis miedo’. Ha venido hablándoles Jesús cuando los ha enviado a hacer un primer anuncio del evangelio de las dificultades que iban a encontrar; iban como mensajeros de paz y no siempre encontrarían esa paz, sino que podría convertirse en rechazo; las palabras de Jesús tienen un largo alcance que no se reduce a aquel primer momento, sino que les hablará de persecuciones de todo tipo. Ya les había dicho que estuvieran preocupados por lo que habrían de responder o cómo defenderse porque el Espíritu pondría palabras en su boca. Ahora les dice que no tengan miedo.
Si Dios protege a los pajarillos del campo o cuida de la belleza de las flores nosotros valemos mucho más y Dios siempre cuida de nosotros. Por eso en ese caminar muchas veces incierto por los caminos de la vida no hemos de dejarnos aturdir por el temor, no podemos perder la paz del corazón. Algunas veces quizá nos sentimos tan confundidos que no sabremos como reaccionar; no podemos perder la paz, con nosotros en la vida camina el Señor y su Providencia nos protege. Es la confianza de los hijos.
La verdad y la luz han de resplandecer porque creemos en el que ha vencido a la muerte y ha salido vencedor sobre las tinieblas. Nos tenemos que confiar a su luz, nos tenemos que dejar guiar por la fuerza del espíritu, tenemos que arriesgarnos en la vida y no ya por nosotros mismos, sino en nombre del evangelio que anunciamos por ese mundo que queremos hacer mejor.

viernes, 13 de julio de 2018

A pesar de nuestra debilidad nos sentimos fuertes para dar testimonio de nuestra fe porque no nos faltará nunca la asistencia del Espíritu Santo



A pesar de nuestra debilidad nos sentimos fuertes para dar testimonio de nuestra fe porque no nos faltará nunca la asistencia del Espíritu Santo

Oseas 14,2-10; Sal 50; Mateo 10,16-23

A ocasiones en que nos da la impresión que nos sentimos como cercados por todos lados; los problemas se nos acumulan, los agobios de nuestros trabajos no nos dejan ni pensar, nos encontramos por otra parte incomprensiones de la gente, a veces hasta de la propia familia o de los que nos parecía que eran nuestros mejores amigos, y no sabemos cómo salir adelante, cómo responder a esos retos que se nos plantean, cómo dar la cara en esas situaciones, o qué decir en nuestra defensa.
Siempre podemos encontrar la presencia de un amigo que está a nuestro lado y que con su presencia nos hace sentirnos fuertes, o nos da un buen consejo para ver como mejor reaccionar ante los problemas que se nos presentan. Nos sentimos agradecidos por esa  presencia y aunque quizá nadie lo note nos hace sentirnos mejor, encontrar paz y serenidad para ordenar en nuestro interior cuanto nos sucede y comenzaremos a vislumbrar caminos por los que salir indemnes de todo y resolver esas situaciones. Es una suerte, mejor tendríamos que decir, es una gracia encontrar ese apoyo, ese faro de luz, esa persona buena que está a nuestro lado, nos acompaña y nos hace fuertes con su presencia.
En el texto del evangelio que hoy se nos ofrece Jesús anuncia a sus discípulos las dificultades con que se van a encontrar para seguir su camino. Anima Jesús a la fortaleza en la debilidad y a la confianza. Sagaces y sencillos, les dice Jesús. Sagaces siendo conscientes de la dificultades y de la oposición que han de encontrar, los que nos ha de tener preparados. Pero sencillos y humildes, porque nuestra respuesta no será nunca la violencia, sino siempre el amor, un amor humilde y callado, pero un amor firme y constante.
Ser conscientes de ello no significa que en momentos nos podamos sentir agobiados y con peligro de perder la serenidad y la paz, encontrarnos indefensos porque en nosotros mismos nos sentimos sin fuerzas. Pero Jesús nos asegura que no es así, no estamos indefensos y la fuerza no nos faltará a pesar de nuestra debilidad porque tenemos la fortaleza del Espíritu santo con nosotros.
Invita Jesús a esa confianza porque el Espíritu va a poner en nuestros labios esas palabras que necesitamos, pero sobre todo va a poner en nuestro corazón esa fortaleza para mantenernos firmes en nuestro camino. Invisible, pero está, el Espíritu de Dios nos acompaña. Es la mano amigo, mejor diríamos, la mano divina que nos sostiene.
‘Os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles’, nos viene a anunciar Jesús. Pero nos da confianza. ‘Cuando os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’. 
Abramos nuestros ojos a la fe, sintonicemos desde nuestro corazón con la presencia de Dios en nuestra vida, entremos en esa órbita de amor que nos fortalece y nos hará testigos en medio del mundo.

jueves, 12 de julio de 2018

Para hacer el anuncio del Reino necesitamos significarlo en las verdaderas obras del amor llenando previamente nuestro corazón de generosidad, disponibilidad y amor



Para hacer el anuncio del Reino necesitamos significarlo en las verdaderas obras del amor llenando previamente nuestro corazón de generosidad, disponibilidad y amor

Oseas (11,1-4.8c-9); Sal 79; Mateo (10,7-15)

En nuestras tareas humanas lo normal es que cuando vamos a emprender una nueva tarea planifiquemos muy bien lo que vamos a hacer, sus objetivos, la finalidad de lo que vamos a hacer, los medios con que vamos a contar, la capacidad que podamos tener para realizar esa tarea, los beneficios incluso que podríamos obtener.
No nos disponemos a levantar una casa sin un terreno donde construirla, unos medios para llevar adelante la obra y hasta nuestra propia capacidad para saber qué es lo que queremos, valiéndonos de los técnicos que fuera necesario para poder llevarla a cabo. Igual en cualquier proyecto que nos planifiquemos, no andamos a lo loco, a lo que salga, y no ya solo en referencia a obras materiales, sino incluso para una labor social que queramos realizar. Los presupuestos que decimos que no son solo lo económico sino que abarca mucho más en todo lo que es la persona, sus capacidades y su desarrollo.
Pero hoy nos encontramos en el evangelio algo que nos puede parecer en el actuar de Jesús que prescinde de todo esto que estamos diciendo. Jesús, que ha venido anunciando el Reino de Dios y nos ha ido dando sus características, ha llegado el momento de escoger entre todos aquellos que han comenzado a ser sus discípulos a unos que va a constituir especialmente en apóstoles con una misión, la misión de anunciar el Reino por todas partes como lo ha venido haciendo Jesús.
¿Qué es lo que hace Jesús? los envía a predicar, a anunciar que el Reino de Dios está cerca realizando también los signos de esa cercanía del Reino de Dios, curando enfermos, expulsando demonios, resucitado muertos y limpiando leprosos. Pero han de ir desde la gratuidad. ‘Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis’. Tan gratuito ha de ser que ellos no han de llevar provisiones de ningún tipo para realizar esa tarea.
‘No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis’. Ni alforjas, ni dinero en la faja, solamente con lo puesto, sin saber exactamente donde van a recalar. ‘Averiguar quien hay de confianza y quedaos en su casa’, con el peligro incluso de que pudieran ser rechazados. Ellos solamente han de llevar ese mensaje de paz, que no se ha de imponer por ningún otro medio humano.
¿Qué está pidiendo Jesús? Disponibilidad y generosidad. Como diría en otra ocasión el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza. Como nos enseñará a lo largo del evangelio, lo primero es el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se nos dará por añadidura. Lo importante es esa paz del espíritu que tenemos que llevar en el corazón. Lo importante es el amor que tiene que envolver toda nuestra vida. De ahí las señales que tenemos que dar. Ese mundo que tenemos que transformar desde el amor. Ese mundo del que tenemos que ir haciendo desaparecer todos los males que nos acarrean sufrimiento, todo lo que sea muerte en la vida. Serán nuestras obras, será nuestra vida, será nuestra generosidad y disponibilidad las señales con las que vamos a convencer.
Ya nos decimos fácilmente que sin tener medios no podemos llegar a los demás y en ocasiones nos preocupamos mucho más de esos medios materiales para realizar esa tarea de evangelización, que los signos que tenemos que dar con nuestra propia vida generoso, disponible, pobre, pero siempre desbordante de amor. Lo demás nos vendrá por añadidura nos enseña Jesús en el evangelio. Y tenemos que aprender la lección.
Muchas energías gastamos muchas veces en nuestras comunidades en planificaciones y reuniones, en búsqueda de medios y en preocupación por el sostenimiento de lo que queremos hacer. Poco nos confiamos en la Providencia de Dios que no nos abandona. Puede parecer muy radical todo esto, pero tiene que hacernos pensar. Y es que todo lo que hagamos tendrá que ser siempre un medio para la evangelización. No es hacer obras de ostentación, sino realizar las verdaderas obras del amor, y para eso lo que necesitamos es tener mucho amor en el corazón.
Por eso tendríamos que preocuparnos por encima de todo de llenarnos de Dios, de impregnarnos de verdad del evangelio, de plantar bien hondo en nuestras vidas todos esos valores del evangelio. Claro que tenemos que edificar bien nuestra casa no sobre arena sino sobre la roca firme de la Palabra de Dios, como nos dice Jesús en otro momento.


miércoles, 11 de julio de 2018

Quienes se vacían de las cosas temporales podrán llenar su corazón de valores de eternidad



Quienes se vacían de las cosas temporales podrán llenar su corazón de valores de eternidad

Proverbios 2,1-9; Sal 33; Mateo 19,27-29

Entra en la humano en que cuando hacemos algo bueno de alguna manera se vea compensado y agradecido por aquello que hicimos. De alguna manera es como un estimulo en nuestro esfuerzo y, no es porque uno haga el bien buscando siempre recompensas o beneficios, pero es como sentir una satisfacción en nuestro interior al ver que lo que hicimos es valorado, tenido en cuenta, y ha podido servir para ayuda de los demás.
Ya sabemos que las cosas no se hacen por interés y la gratuidad es un don maravilloso. Aunque vivimos en un mundo en que todo se paga y a algunos les pueda resultar extraño lo de gratuito. Prevalecen de manera excesiva las ambiciones, el materialismo de la vida, las ansias de poder que queremos manifestar en las riquezas que hemos obtenido para ponernos como en un estado superior al resto de los mortales. Tampoco hemos de hacer el bien buscando agradecimientos con los que de alguna manera nos sentiríamos pagados, sino que calladamente hemos de saber hacer las cosas buenas que beneficien a los demás.
Son unas características muy importantes del Reino de Dios que nos enseña Jesús y que queremos vivir. Nuestro corazón tiene que estar lleno de generosidad que nos haga estar disponibles siempre para el servicio y para hacer el bien. La propia vivencia del Reino de Dios ha de ser el gozo más hondo que hemos de sentir dentro de nosotros y ese gozo de ese mundo nuevo que hacemos nos ha de llenar de satisfacción y felicidad. Una felicidad que no cuantificamos a lo material sino en el gozo del mismo amor que vivimos. Somos felices amando; seremos felices de verdad cuando nos damos desinteresadamente; seremos felices de verdad olvidándonos incluso de nosotros mismos.
En los discípulos de Jesús también afloraban esos sentimientos y muchas veces se llenaban de una cierta confusión con sus aspiraciones y ambiciones humanas. Pesaba sobre ellos la idea que aun no tenían suficientemente clara de cual era el sentido del Mesías. Escuchando a Jesús su corazón se llenaba de esperanza por ese mundo nuevo que Jesús les anunciaba, pero eso no quitaba para que también tuvieran sus aspiraciones. Ya recordamos como discutían por los primeros puestos, como alguno incluso se atrevía a pedírselo a Jesús como había sucedido con los hermanos Zebedeos.
Ahora habían contemplado como Jesús le pedía al joven rico que vendiera todo lo que tenia para tener un tesoro en el cielo, cosa que les había costado comprender, más cuando Jesús les había dicho que si tenían un corazón de rico les sería difícil entrar en el reino de los cielos. Pero ellos lo habían dejado todo; un día habían abandonado la barca y las redes allá en la orilla del Tiberíades y se habían ido tras Jesús. Lógico podríamos decir que surgiera la pregunta en Pedro. Y para nosotros que lo hemos dejado todo por seguir, ¿qué hay?
Y Jesús les habla del Reino, y les habla de los doce tronos de las tribus de Israel, y les dirá que quien ha dejado muchas cosas recibirá cien veces más, y al final la vida eterna. No sé si llegarían a comprender el alcance de las palabras de Jesús y quedaran satisfechos con la respuesta. Pero aquí primaba el amor tan grande que sentían por Jesús que les llevaba a aceptar sus palabras. Y es que los que por el Reino lo dejamos todo por Jesús entra en una órbita nueva, entra en una familia distinta, entra en otros sentidos y estilos de comunión en los que se verá siempre arropado de manera que ya las cosas materiales no son las que le van a satisfacer.
¿Quiénes son mi familia? Se había preguntado un día Jesús. Y nos descubría una amplitud diferente, una familia nueva que formamos todos los que creemos en Jesús, aceptamos su palabra y optamos por el Reino. Quienes se vacían de las cosas temporales podrán llenar su corazón de valores de eternidad. Nos vaciamos de ambiciones, nos vaciamos de esos tesoros efímeros que no nos darán nunca la verdadera satisfacción porque siempre nos dejaran hambrientos y sedientos. Por eso la recompensa será grande aunque sea solo un vaso de agua lo que compartamos con el sediento. Es un valor nuevo, es un sentido nuevo, es un nuevo vivir que nos llenará siempre de plenitud.

martes, 10 de julio de 2018

Pidamos a Jesús que ponga luz en nuestros ojos y en nuestro corazón y aprendamos a mirar con una mirada distinta para ser capaces de sentir verdadera compasión en nuestro corazón



Pidamos a Jesús que ponga luz en nuestros ojos y en nuestro corazón y aprendamos a mirar con una mirada distinta para ser capaces de sentir verdadera compasión en nuestro corazón

 Oseas 8,4-7.11.13; Sal 113; Mateo 9,32-38

Necesitamos aprender a ir por la vida con una mirada limpia. Cuantas veces vamos caminando por la calle y llevamos los cristales de nuestras lentes empañados o manchados y nos cuesta ver con facilidad lo que sucede a nuestro alrededor; en esa hora en que el sol está bajo en horizonte, ya sea en la mañana o en el atardecer como vayamos caminando enfrente de la luz del sol nos quedamos como sin visión porque con los reflejos de la luz y las manchas que llevamos en nuestros cristales todo se nos vuelve borroso y no podemos distinguir con claridad ni los objetos más cercanos, ni los paisajes que embellecen nuestra naturaleza; en lugar de disfrutar de lo bello que nos rodea se nos entorpece nuestro caminar y nada nos parece agradable.
Así en la vida. La malicia mancha los ojos de nuestro espíritu y no solo nos impide ver lo bello que hay en la vida, sino que por contrario todo nos parece envuelto en esa maldad que sobre todo está en nuestro corazón. Los ojos del alma ven a través de nuestros malos deseos y todo se nos puede volver borroso y confuso. Por eso muchas veces lo que contemplamos lo vemos como negativo, y estamos siempre más prontos para ver malicias y maldades en los demás que las buenas acciones que realizan; incluso llegamos a tergiversar lo que hacen los demás, porque a nosotros nos puede parecer que solo lo hacen por interés, desde esos intereses mezquinos que nosotros llevamos en el alma.
Una mirada turbia así nos llena de insensibilidad y no llegaremos a captar el sufrimiento que pueda haber en tantos que nos rodean; nos envolvemos en nuestros propios sufrimientos como si fueran únicos y quejándonos siempre de que nadie comprende nuestra situación, no somos capaces de compadecernos del sufrimiento de los demás. En esa turbia mirada que tenemos incluso seriamos capaces de llegar a culpabilizar al que sufre de sus propios sufrimientos.
En el evangelio que hoy se nos ofrece Jesús cura a un hombre enfermo, una persona discapacitada porque no puede hablar. Por allá andan los maliciosos de siempre que no quieren ver ni reconocer lo que hace Jesús. Le atribuyen al poder de Satanás el que Jesús pueda hacer milagros y curar a los enfermos. Sus ojos maliciosos enturbian sus vidas y quieren enturbiar la visión que los demás tienen de Jesús.
Pero la gente sencilla seguía tras Jesús, le acompañaban por todas partes, cada uno con sus sufrimientos, con lo que era su vida se acercaba a Jesús. Cuánto dolor y cuanto sufrimiento. Aunque no todos lo quisieran ver y reconocer. Pero los ojos de Jesús sí llegan al alma de aquellos que acuden a seguirle. Por eso nos dice el evangelista que Jesús sintió compasión porque andaban como ovejas descarriadas, como ovejas que no tienen pastor. En el corazón de Cristo no hay otra lente que de luz a su vida que la del amor. Ojalá aprendiéramos de Jesús.
Y Jesús les pide los discípulos que están cercanos a El para que rueguen al Padre porque la mies es mucha y los operarios son pocos, para que mande obreros a su mies. Es lo que ha de ser nuestra oración. Pero pidámosle también que ponga luz en nuestros ojos y en nuestro corazón para que aprendamos a mirar con una mirada distinta. Que seamos capaces de sentir verdadera compasión en nuestro corazón ante el sufrimiento de todos que caminan a nuestro lado desorientados y con falta de una luz que dé sentido a sus vidas.

lunes, 9 de julio de 2018

La mano de Jesús que en sí misma es vida y es bendición llega a nosotros para levantarnos a nueva vida y ponernos en camino para que ser signos de vida para los demás



La mano de Jesús que en sí misma es vida y es bendición llega a nosotros para levantarnos a nueva vida y ponernos en camino para que ser signos de vida para los demás

Oseas 2,16.17b-18.21-22; Sal 144; Mateo 9,18-26

Una mano tendida puede significar muchas cosas; una mano que nos ponen sobre el hombro puede significar mucho animo en momentos de decaimiento; una mano que se nos ofrece y nos aprieta fuertemente puede ser ese empuje que necesitamos para decirnos que confían en nosotros y nos hace caminar con mayor seguridad; la mano de un padre o una madre sobre nuestra cabeza significa bendición para decirnos que están a nuestro lado pero que Dios tampoco nos abandona nunca.
Es ese calor humano que sentimos y que nos dice mucho más que mil palabras; es el afecto que se siente en el corazón y nos hace vivir con una nueva ilusión; es la confianza de la amistad que da cercanía, del cariño que nos hace sentir calor en el corazón, del aire fresco que llega a nuestro espíritu rompiendo barreras y parece que nos da nueva vida. Una mano sobre nosotros cuando nos sentimos hundidos porque nos creemos aislados es como resucitar un muerto. Así es la nueva vida que sentimos.
Muchas mas cosas podríamos seguir diciendo, aunque sabemos que también hay personas que rehuyen todos esos contactos; se sienten como mancilladas en si mismos si alguien los toca como si fuera una mano impura que llega hasta ellos. ¿Será que son secas en su corazón? ¿Será que están poniendo barreras que impiden la cercanía y la confianza de los amigos? ¿Expresará la malicia que quizás ellos llevan en el corazón? Hay personas que ponen distancias y rehuyen todo tipo de contacto como si quisieran mantenerse dentro de una urna que les aislé.
‘Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, ponle la mano en la cabeza, y vivirá’. Es lo que le pide aquel personaje que ha llegado y se ha postrado ante Jesús. Por el relato paralelo de los otros evangelistas sabemos que es el encargado de la sinagoga. Viene con fe hasta Jesús. Solo pide una cosa, que ponga su mano sobre su niña muerta para que viva. Y Jesús se pone en camino a la casa de Jairo. Ya sabemos, la tomará de la mano y la levantará con vida. La mano de Jesús.
Pero mientras en medio del relato nos aparece otro personaje, una mujer humilde y enferma. Ella nada dice. Ella lleva la fe en su corazón. Ella sabe que con solo tocarle la orla de su manto podrá sanarse de su enfermedad que lleva padeciendo muchos años y en lo que lo ha gastado todo. Jesús siente que le han tocado. ¿Cómo va a sentir ese toque si son tantos los que se arrebujan en su entorno que todo el mundo lo toca, se siente estrujado por toda la gente?, como dirá el discípulo en el relato paralelo ante la pregunta de Jesús de quien le ha tocado. Ahora se dirige directamente a la mujer. ‘Tienes fe, te has curado’.
Es la mano de Jesús que en si misma es vida y es bendición. Les imponía las manos a los niños para bendecirlos, se nos dirá en otra ocasión. Es la mano de Jesús que también nosotros queremos sentir sobre nosotros que nos llene de bendición, que nos llene de gracia, que nos impulse a nueva vida. es la mano de Jesús que nos levanta porque nos ofrece su perdón y su salvación; es la mano de Jesús que nos pone en camino, para que dejamos atrás tantas camillas y tantas muletas que llevamos como un estorbo en la vida; es la mano de Jesús que nos llena de esperanza porque nos está diciendo que confía en nosotros aunque tantas veces hayamos fallado; es la mano de Jesús que nos hace llegar el amor y la ternura de Dios para inundarnos de vida, para hacernos amar de manera distinta.
Pero finalmente pienso en algo más. ¿No podremos ser nosotros esa mano de Jesús que quiere llegar a los demás a través nuestro? Nuestra cercanía, nuestra ternura, nuestro amor, nuestros gestos humildes y sencillos, nuestra sonrisa, nuestra mirada que quiere llegar al corazón del otro. Podemos tocar la orla del manto del hermano que sufre a nuestro lado cuando lo ayudamos a levantarse, a tener fe y a tener esperanza. Estamos llamados a llevar vida, a llevar luz, a llevar ilusión por algo nuevo a aquellos que nos rodean. Somos signos de esa mano de Jesús, de amor de Jesús que quiere llegar a todos, pero que quiere contar con nosotros.

domingo, 8 de julio de 2018

Tenemos la tentación de ponernos de frente, como las gentes de Nazaret, ante el mensaje de Jesús que nos trasmite la Iglesia


Tenemos la tentación de ponernos de frente, como las gentes de Nazaret, ante el mensaje de Jesús que nos trasmite la Iglesia

Ezequiel 2, 2-5; Sal. 122; 2Corintios 12, 7-10; Marcos 6, 1-6

Lo estamos viendo todos los días; alguien en cualquier aspecto de la vida en nuestra sociedad sobresale por algo, porque trabaja por los demás, porque se entrega, porque la gente comienza a ver en él un líder y lo valoran y pronto comenzarán a surgir por acá y por allá comentarios maliciosos, rumores que crean desconfianzas, rebuscan bajo cualquier rincón a ver si encuentran algo con lo desprestigiar; se corren bulos sin fundamento, pero la gente se lo cree todo, porque se ha creado un ambiente de crispación y desconfianza que hace que ya no se pueda creer en nadie.
Tira barro a la pared que algo queda; será solamente barro, pero la mancha y la desconfianza quedan ahí. Es cierto que habrá que pedir rectitud a los dirigentes de nuestra sociedad pero no podemos andar así a la rebusca de lo que sea con tal de quitarlo de en medio y si es rival en nuestras ideas políticas cuanto más pronto mejor.
Pero ¿es así como de verdad queremos construir? Hay cosas que en verdad nos desconciertan. Cuanto cuestan los caminos de dialogo y entendimiento; cuanto cuesta aprender a valorar lo bueno de las otras personas aunque no piensen como nosotros. Estamos creando unas espirales que no sabemos en lo que quedarán. 
Pero es la historia que se repite a lo largo de los tiempos. Parece como si esa malicia la lleváramos muy prendida en el corazón los hombres y mujeres de todos los tiempos. Ya le sucedió a Jesús, como nos cuenta el evangelio de este domingo. Jesús había iniciado su anuncio del Reino por las orillas del lago de Tiberíades y poco a poco se había extendiendo en su actividad por todas las aldeas y pueblos de Galilea. Y va también a su pueblo de Nazaret donde se había criado. Y el sábado comenzó también a enseñar en la sinagoga; san Lucas nos refiere también este episodio.
En principio, como siempre sucede en los pueblos pequeños donde vemos a uno de los nuestros sobresalir, la gente esta admirada por lo que ahora allí, en la sinagoga de su pueblo, enseñaba, y por las noticias que le llegaban de los pueblos vecinos donde Jesús había realizado también su actividad. Pero pronto la admiración se iba transformando en desconfianza. ¿De donde le viene esta sabiduría?
Y seguramente y no sería por el hecho de hablar en publico y con aquella soltura y sabiduría, sino que seguramente ese anuncio nuevo que Jesús hacia les desconcertaba, podía poner en crisis sus formas tradicionales de su actuar porque lo que Jesús enseñaba en verdad era algo nuevo que pedía una transformación de los corazones. No olvidemos que su primer anuncio era siempre la conversión para poder creer en esa Buena Nueva que anunciaba. Había que darle la vuelta a la vida, a la manera de pensar y de ver las cosas porque era el anuncio de algo nuevo lo que trasmitía Jesús.
Las dudas y las reacciones se van multiplicando porque ya comienzan a preguntarse por su autoridad para enseñar tales cosas. ¿Dónde lo había aprendido si no había ido a ninguna escuela rabínica? No estaba respaldado por la autoridad de los rabinos, porque no aparecía como discípulos de ellos. Jesús se manifestaba con una autoridad especial pero ellos se preguntaban si no era aquel Jesús que de niño había corrido por el pueblo y de joven había trabajado con José el artesano. Qué autoridad podía tener si allí estaban sus parientes, su madre, su familia. Ya no lo podían aceptar. Ya comenzaban las pegas, ya comenzaba el intento de desprestigio, como siempre sucede. Y Jesús se extrañó de su falta de fe y allí no hizo ningún milagro, apostilla el evangelista.
¿Cuál había sido la autoridad de los antiguos profetas? Habitualmente ni pertenecían al grupo de los sacerdotes ni salían de las escuelas de los rabinos. El verdadero profeta era el que estaba lleno del Espíritu de Dios y se dejaba conducir por El.
En el texto paralelo que nos ofrece san Lucas, en su visita a la sinagoga de Nazaret Jesús había proclamado aquel texto de Isaías que lo anunciaba como el que estaba lleno del Espíritu que lo había enviado a anunciar aquella Buena Nueva a los pobres, a los sufren y a los oprimidos. No era la raza o la sangre ni nada aprendido en lo humano sino la autoridad del Espíritu que lo había elegido y consagrado profeta de su pueblo. ‘El Espíritu del Señor está sobre mi, y me ha elegido y me ha enviado…’
Estas consideraciones que nos venimos haciendo sobre lo sucedido en la sinagoga de Nazaret ante la presencia y la palabra de Jesús nos tienen que llevar a hacer muchas consideraciones personales para actitudes y comportamientos que nosotros tenemos en la vida, y en nuestra vida cristiana en concreto.
Partíamos de hechos y situaciones humanas y sociales que vemos en nuestro entorno. Pero también tendríamos que ver lo que nos sucede en este aspecto en nuestra vida de fe, en nuestra pertenencia a la Iglesia y en nuestra acogida a la Palabra de Dios y a la enseñanza de la Iglesia. ¿Nos sucederá algo así?
Muchas veces también nosotros pasar todo por el tamiz de nuestros criterios, de nuestra manera de ver las cosas o por la consideración o el respeto que tengamos de quien nos anuncia o trasmite el mensaje. Y aceptamos o no aceptamos lo que la iglesia nos propone, por ejemplo, según nuestros criterios, según la afinidad o no que tengamos con quien nos lo esté trasmitiendo.
También nos ponemos exigentes con nuestros pastores según nos convenga y nos hacemos nuestras catalogaciones. También en ocasiones tiramos barro, como decíamos al principio, a ver si pega. Que si más avanzado o menos avanzado, que si más tradicionalista y conservador o que si es un lanzado y nos preguntamos que a donde vamos a llegar con esas innovaciones y aperturas, o nos queremos quedar anclados en un pasado mucho más cómodo, y así no sé cuantas cosas más que decimos tantas veces, con las que reacciones ante los pastores de la Iglesia.
También nosotros como aquellas gentes de Nazaret la sacaron su filiación a Jesús y se preguntaban por su autoridad nosotros también en muchas ocasiones tenemos la tendencia de ponernos de frente a lo que la Iglesia nos pide o reclama de nosotros en nuestro tiempo.
Creo que esta reflexión nos puede dar para hacernos muchas preguntas sobre nuestra propia sinceridad y para revisar muchas actitudes que se nos pueden colar en nuestro interior.

sábado, 7 de julio de 2018

Tenemos que expresar con el resplandor de nuestra vida la alegría de nuestra fe porque vivir el Reino de Dios es como participar en un banquete de bodas donde no hay tristeza


Tenemos que expresar con el resplandor de nuestra vida la alegría de nuestra fe porque vivir el Reino de Dios es como participar en un banquete de bodas donde no hay tristeza

Amós 9,11-15; Sal 84; Mateo 9,14-17

Tomarse en serio las cosas de la vida, las responsabilidades que asumimos, o el planteamiento de un plan de vida que nos mejore a nosotros y mejore nuestro mundo no significa que tengamos que ir por la vida con el ceño fruncido, con cara que algunas veces parece de amargura como si lleváramos siempre un dolor atravesado en la espalda.
Nos encontramos demasiadas caras serias que marcan distancias en las personas con las que nos cruzamos; faltan sonrisas en la vida que nos haría más agradable el deambular por la existencia porque una cara sonriente nos facilita la cercanía y la comunicación. Nos falta muchas veces una cierta espontaneidad y que se nos manifieste el gozo que sentimos por aquello que hacemos o que vivimos. La forma en que vamos muchas veces nos hace parecer que no sentimos satisfacción en el trabajo que realizamos.
Y esto que me digo en todas las facetas de la vida, de nuestras relaciones y nuestra convivencia nos lo encontramos demasiado también entre los cristianos. No terminamos de vivir la alegría de nuestra fe. Nos fijamos en ocasiones en muchas personas que son muy piadosas, que las vemos continuamente en la iglesia, no se pierden ningún acto religioso o piadoso que se realice en nuestros templos, que van de novena en novena y de promesa en promesa, pero si nos fijamos en sus rostros parecen siempre madres de los afligidos. Puedo parecer exagerado pero con demasiada frecuencia nos encontramos con esas personas que porque quieren ser buenas y religiosamente muy cumplidoras sin embargo parece que siempre están con las lagrimas asomando a sus ojos.
Creo, repito, que tenemos que vivir con más intensidad la alegría de nuestra fe y expresarlo y manifestarlo en nuestros rostros, en nuestros gestos en las posturas que vamos tomando en la vida. Creo que quien pone toda su fe en Jesús y quiere vivir siempre los valores del evangelio ha de saber sobreponerse por encima de dificultades o los problemas que nos van apareciendo en la vida para no perder nunca la paz y la serenidad. Sabemos de quien nos fiamos, sabemos con quien caminamos, sabemos quien esta no solo a nuestro lado sino en nuestro mismo interior. Es el espíritu de la paz y de la alegría que nos llena de esperanza y que en El sentimos la fuerza para enfrentarnos con energía y con confianza a las negruras que nos puedan aparecer en la vida.
No olvidemos que una de las imágenes mas repetidas para expresarnos lo que es el Reino de Dios es un banquete de bodas. Y ahí no puede haber ni llanto ni dolor, sino todo tiene que ser alegría y paz, porque se manifiesta la ternura y el amor, que nos lleva a sentirnos cercanos y gozosos de los hermanos que caminan a nuestro lado. Es un testimonio que tenemos que dar. Esa paz y esa alegría del espíritu que se manifiesta en la claridad y resplandor de nuestros rostros son los mejores signos para atraer a todos a los caminos del evangelio.
En el evangelio hoy vemos que le preguntan a Jesús por que sus discípulos no ayunan como lo hacen los discípulos de los fariseos o los discípulos de Juan. Y ya vemos la respuesta de Jesús. No pueden ayunar los amigos del novio cuando están participando del banquete de su boda. Decir ayuno entonces entrañaba luto y tristeza. Es lo que ya no quiere Jesús. El está con nosotros.
Son muchas las cosas y los estilos que tienen que cambiar en nuestra vida cuando nos vamos tomando en serio el evangelio. Por eso nos habla hoy en el evangelio que no es cuestión de remiendos, sino de vestidos nuevos para hombres nuevos, de odres nuevos para vino nuevo. Dejémonos renovar por el Espíritu. Que se manifieste claramente la alegría de nuestra fe.

viernes, 6 de julio de 2018

Jesús nos enseña a sentar a nuestra mesa, la mesa de nuestra vida, a algunos más que nuestros amigos o las personas cercanas a nosotros


Jesús nos enseña a sentar a nuestra mesa, la mesa de nuestra vida, a algunos más que nuestros amigos o las personas cercanas a nosotros

Amós 8,4-6.9-12; Sal. 118; Mateo 9,9-13

¿A quien sentamos a nuestra mesa? Lo normal es que sea alguien con quien sintonizamos, nuestra familia, nuestros amigos, las personas más cercanas a nosotros. Así lo vamos haciendo en la vida desde siempre con toda naturalidad y nadie nos puede decir nada porque escojamos a aquellas personas con las que compartimos mesa. Hacemos fiesta en casa porque celebramos algún acontecimiento personal o familiar, y allí estamos rodeados de nuestra familia, de nuestros amigos; un día nos encontramos con un amigo al que hace tiempo que no veíamos, un antiguo compañero de estudios, alguien que vivió a nuestro lado pero que las circunstancias de la vida quizás haya llevado lejos y entre las muestras de afecto que manifestamos nos decimos que vamos a tomar algo juntos. Invitamos a nuestros amigos y ellos nos invitan a nosotros y así entramos en un círculo del que parece difícil salir.
Pero ¿nos atreveríamos a romper ese círculo? Compartir una mesa es algo más que tomar un necesario alimento que nutra nuestro cuerpo. Sentarnos juntos alrededor de una mesa y compartiendo una comida es también dejar que se nutra nuestro espíritu; compartimos amistad y afectos, compartimos ilusiones y esperanzas, pero compartimos también nuestras preocupaciones, nuestros problemas, nuestras angustias. Es compartir una vida.
Pero ¿no habrá alguien cerca de nosotros que esté hambriento de tener con quien compartir? Vamos por la vida encerrados en nosotros mismos o solamente en los nuestros, esos que por afecto tenemos más cercanos, que se desenfoca nuestra visión para no ser capaz de ver quienes están cerca de nuestro camino y con quien también podríamos compartir. Nuestra insensibilidad parte algunas veces de ese ensimismamiento en que vamos por la vida quizá pensando solo en nuestras cosas, pero también hemos de reconocer que muchas veces hacemos consciente o inconscientemente discriminaciones con los que nos rodean.
Hay quien no nos cae bien y ya para siempre lo apartamos; alguien un día nos molestó por algo, y ya para nosotros como si no existiera; personas que por su aspecto o apariencia, porque son distintos o porque son quizá de otro lugar o color de piel, y con ellos no nos queremos mezclar. Y vamos haciendo prevenciones en nuestro interior con quien queremos andar y a quienes queremos dejar a un lado en la vida. Nos llenamos de prejuicios, aceptamos cualquier cosa que nos digan en contra de los demás y así vamos andando por la vida.
Pero ¿nos hemos parado a hablar alguna vez con esas personas? ¿Sabemos realmente lo que piensan o como son? ¿Qué conocemos de sus aspiraciones o de sus inquietudes? No los conocemos y los juzgamos y quizás tengan más nobleza en su corazón que nosotros. Decíamos antes que tenemos que romper el círculo que nos encierra para saber abrirnos a los demás y poder llegar a compartir con más gente no solo nuestra mesa sino nuestra amistad.
Alguien podría decirme quizá que a qué viene esta reflexión que no parece que tenga que ver con el evangelio que hoy se nos propone. Es cierto que habla de la vocación de Mateo, un publicano. Pero ya hemos visto que por allí había quien se preguntaba cómo era posible que Jesús metiera en el círculo de sus amigos a un publicano y se sentara a la mesa a comer con ellos. Es de lo que venimos hablando. Jesús rompe el círculo, y lleva consigo a un publicano, que tan despreciado era por la gente de su tiempo. Y aquel publicano de entonces es el que nos ha trasmitido el evangelio de Jesús, ‘el evangelio según san Mateo’.
Jesús viene a buscar a todos y a contar con todos. Jesús busca el corazón de las personas para que se dejen transformar por el amor. Es el medico que viene a curar a los enfermos, que viene a curar nuestros corazones. Y Jesús quiere contar también con nosotros, que también somos pecadores, enseñándonos como nosotros debemos saber contar con todos y ser capaces de sentar a nuestra mesa, a la mesa de nuestra vida, a muchos más que nuestros amigos o personas cercanas a nosotros.

jueves, 5 de julio de 2018

Necesitamos escuchar la palabra amiga de Jesús que nos tiende su mano y nos dice ¡Ponte en pie…! llevándonos a vivir con toda plenitud



Necesitamos escuchar la palabra amiga de Jesús que nos tiende su mano y nos dice ¡Ponte en pie…! llevándonos a vivir con toda plenitud

Amós 7,10-17; Sal. 18; Mateo 9, 1-8

Nos gustaría vivir la vida de manera alegre, con nuestras responsabilidades y trabajos sí, pero sin que hubiera sobresaltos o nos sobreviniesen problemas, dificultades o limitaciones que nos pusieran a prueba. Pero bien sabemos que en la vida vamos teniendo de todo; de alguna manera de nosotros depende cómo nos enfrentemos a esas situaciones para no perder el ánimo ni la paz, pero sabemos que no siempre lo conseguimos.
Nos aparecen problemas y contratiempos, llega una enfermedad que nos pone a prueba y muchas veces las limitaciones, incluso físicas, que nos pueden aparecer parece que nos superan y merman fuertemente nuestras capacidades, o el alcanzar quizá aquellas metas que nos habíamos propuesto. Como decíamos, de nosotros depende de cómo nos enfrentemos a ello, pero muchas veces parece que caemos un pozo, nos hundimos, nos deprimimos, no queremos sino quedarnos postrados lamiéndonos en nuestros lamentos.
Necesitamos una mano amiga que nos levante, saber descubrir que aun hay posibilidades en nuestra vida, que no tenemos por qué perder la paz. Puede aparecer el amigo o la persona buena que sepa estar a nuestro lado y nos dé ánimo. Muchas veces lo necesitamos porque por nosotros mismos no sabemos salir de ese pozo en que hemos caído. Hemos también de saber tener la humildad de reconocerlo y de pedir ayuda. Habrá una fuerza interior que nos impulse; podemos sentir la fuerza sobrenatural de la gracia que llega a nosotros por diferentes medios que nos levante. Hemos de saber abrirnos, aunque nos cueste, a algo que nos trasciende, que nos lleva más allá y nos levanta, porque no podemos quedarnos postrados en esa camilla de nuestros males o nuestras limitaciones.
Hoy el evangelio nos habla de un hombre postrado en su camilla. Las limitaciones físicas de su parálisis - ¿solo las limitaciones físicas? – le tenían allí postrado. Pero hay alguien que le ayuda, unos amigos, unos familiares, unas personas compasivas lo llevan hasta Jesús. El hombre anímicamente está dando pasos porque se deja conducir en busca de salud. Lo sorprendente es que Jesús la primera palabra que tiene para aquel hombre es ofrecerle el perdón. Ya sabemos todo lo surgió a su alrededor en los que decían que Jesús blasfemaba atribuyéndose un poder que no tenia. Pero, ¿cuál sería la reacción del paralítico? Había venido a que lo curaran. Allí seguía postrado.
Aparte de lo que Jesús quiere hacerles comprender a aquellas gentes de que tenia el poder del perdón de los pecados, dirigiéndose directamente al hombre de la camilla le dice: ‘Ponte en pie, levántate, coge tu camilla, vuelve a tu casa’.
‘Ponte en pie…’ no te quedes postrado. Aléjate ya para siempre de las sombras, las oscuridades hay que hacerlas desaparecer de la vida. Lo que pesaba en el corazón de aquel hombre Jesús ha querido curárselo, quiere que tenga paz en su corazón, que se sienta hombre nuevo y renovado. No es solo el movimiento de sus piernas lo que aquel hombre necesita. Eso lo puede hacer. Pero tiene que dejarse liberar de sus postraciones, de sus oscuridades y temores, de sus agobios y desesperanzas. Ha de saber poner luz en su vida. Y Jesús le cura, Jesús le trae la paz, Jesús lo levanta de su postración, Jesús le invita a que vuelva con los suyos con sus luchas y con sus alegrías, Jesús le invita a seguir viviendo la vida con intensidad, que ponga verdadera alegría en su vida.
¿Será lo que nosotros también necesitamos?

miércoles, 4 de julio de 2018

No cerremos los ojos al testimonio de lo bueno que podamos encontrar a nuestro lado, ni nos hagamos oídos sordos a la llamada al bien y la rectitud



No cerremos los ojos al testimonio de lo bueno que podamos encontrar a nuestro lado, ni nos hagamos oídos sordos a la llamada al bien y la rectitud

Amós 5,14-15.21-24; Sal. 49; Mateo 8,28-34

Hay ocasiones en que parece que nos sentimos incómodos ante la presencia de otra persona; y no es por lo que de entrada podríamos estar pensando sino todo lo contrario. No son personas desagradables, no son personas que nos puedan dar mal ejemplo por su vida inmoral, no son esas personas quisquillosas que siempre nos están hurgando para pincharnos o para molestarnos.
Es precisamente la rectitud de sus vidas, su ejemplaridad lo que nos puede resultar incómodo porque su sola presencia o el recuerdo de su rectitud son para nosotros como un espejo en que nos vemos, pero vemos quizá muy claramente los claroscuros de nuestra vida, más bien las cosas oscuras que puede haber en nosotros. Sin reprocharnos con sus palabras, su vida es un reproche para nosotros porque nos hace pensar quizá en nuestro mal camino.
Y ya sabemos que en momentos así podemos tener la buena reacción de hacernos pensar en nosotros mismos dándonos cuenta de lo que tendríamos que superar y mejorar en nosotros siendo para nosotros un estimulo de superación, pero también podríamos tener una actitud negativa de rechazo o incluso, y ahí estaría más clara nuestra maldad, de arrojar sombras sobre ellos con criticas y murmuraciones para desprestigiar.
No será algo que hacemos habitualmente o nos sucede pero testigos sin embargo sí somos de posturas así en mucha gente. Tengo ganas de encontrarme con alguien en la vida publica que sea capaz de valorar los aciertos y las cosas buenas que hacen sus oponentes ideológicos; ya sabemos demasiado como se camina por esos caminos.
Cuando escuchamos el evangelio de hoy nos puede producir extrañeza lo que sucede en aquella región de los gerasenos a donde había acudido Jesús. Pero ¿no será algo semejante a lo que hacemos tantas veces, como veníamos reflexionando?
Era una región mayoritariamente pagana. Si hubieran sido judíos no se hubieran dedicado al cuidado de los cerdos, porque es un animal impuro para el judío que ni siquiera podían tocar. Cuando Jesús desembarca allá se encuentra con un hombre poseído por un espíritu que en cierto modo le reconoce, pero le rechaza. ¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?’ es el grito de rechazo con que le recibe.
Jesús que viene a liberarnos del mal, libera a aquel hombre de aquella posesión diabólica, y luego ya lo veremos en calma y sin aquellos ataques de locura que solía andar por aquellos parajes. Pero las gentes del pueblo al enterarse de lo sucedido y como la piara de cerdos acantilado abajo a caído al lago ahogándose, ahora le piden a Jesús que se vaya de allí. Podríamos pensar, si ha liberado a aquel hombre del mal que con sus locuras atormentaba a todos los vecinos, ¿cómo es que no quieren a Jesús, rechazan a Jesús?
Es el rechazo del bien, de lo bueno y de lo justo cuando quizá en la vida privan nuestros intereses egoístas y ambiciosos. No queremos ver, ni queremos que nos hagan ver. No queremos que nos digan ni nosotros escuchar, ni ver tampoco delante de los ojos el testimonio de la bueno que nosotros tendríamos que realizar. Cuántas veces cerramos los ojos; cuantas veces no queremos encontrarnos con aquel amigo, con aquella persona que nos puede decir algo que nos haga pensar. Cuantos rodeos damos en la vida para persistir en nuestros vicios o malas costumbres. De cuántas maneras queremos acallar nuestra conciencia. Da qué pensar.

martes, 3 de julio de 2018

Caminamos guiados por la fe sabiendo cual es nuestra meta y que Jesús mismo es nuestro camino



Caminamos guiados por la fe sabiendo cual es nuestra meta y que Jesús mismo es nuestro camino

Efesios 2,19-22; Sal. 116; Jn 20, 24-29

Vamos a caminar, nos invita un amigo; y lo primero que decimos es ¿a dónde vamos? Queremos saber a donde vamos, queremos saber la meta, así nos haremos una idea del camino o nos trazaremos una ruta; pero también nos confiamos de aquel que  nos invita y nos dejamos conducir por la confianza, aunque dentro de nosotros tengamos la incertidumbre, la duda, el interrogante.
El camino nos abre a otros horizontes, a conocer algo nuevo o a disfrutar de nuevo con mayor hondura de lo ya conocido; pero el camino en ocasiones se nos puede hacer costoso, no faltan dificultades, habrá momentos oscuros que parece que no sabemos si vamos errados o a donde realmente nos lleva aquel camino; pero si nos dejamos orientar, nos dejamos conducir, nos abrimos a esas nuevas posibilidades seguramente al final diremos que ha merecido la pena.
Muchas mas cosas podríamos reflexionar sobre lo que puede significar ponerse en camino porque ya no se trata solamente de que queramos a un lugar geográfico sino que con ello estamos queriendo expresar también lo que es la vida misma, un camino. Buscamos metas, queremos tener ideales, queremos tener un sentido, nos interrogamos sobre el sentido de la vida, nos vemos confundidos en ocasiones porque parece que perdemos el rumbo, nos hace entrar en soledad y en silencio porque el camino nos ayuda a pensar, a reflexionar, a revisar, a buscar.
Malo sería que perdiéramos el rumbo, pero peor es no tener una meta, horrible encontrarnos sin sentido de lo que hacemos o por que vivimos. Angustias en nuestro interior, momentos de serenidad y sosiego, satisfacciones honda cuando vamos consiguiente metas. Es todo lo que nos va apareciendo en la vida de cada día.
La liturgia hoy nos invita a celebrar a un apóstol que por los pocos retazos que nos da el evangelio estuvo en ese camino de búsqueda y que le costó encontrar lo que de verdad llenaría su corazón porque hasta el final seguía habiendo dudas en su corazón. Muchas veces lo maltratamos – es una forma de hablar – porque pensamos en Tomás el de las dudas, al que le costó creer, pero creo que es algo positivo en su vida.
Hay un momento en la cena pascual que exclama en medio de todo lo que Jesús les está diciendo. ‘No sabemos a donde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’ Se encontraba confundido. Había seguido a Jesús, no sabemos cómo fueron sus comienzos pero en algún momento sintió la llamada del Señor, pero ahora en las vísperas de la pasión con todo aquello que Jesús está anunciando se encuentra confundido, desorientado. ‘Tanto tiempo con nosotros ¿y aun no me conoces?’, le dirá Jesús. ‘Quien me ve a mi ha visto al Padre’, dirá Jesús ante otra pregunta de otro de los discípulos, para terminar afirmando rotundamente ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’.
Pero Tomás seguirá confundido y haciéndose preguntas porque no termina de creer todo lo que le dicen. ‘Hemos visto al Señor’, le dirán los otros apóstoles a su vuelta al cenáculo porque cuando la primera aparición de Jesús él no está allí. ‘Si no veo… las llagas de su mano, la llaga del costado… si no meto mis dedos, si no meto mi mano’. Aun no cree, tiene que palpar por si mismo, como tantas veces a nosotros nos sucede. Como nos pasa en el camino que queremos verlo claro, que queremos saber por donde pisamos, como decíamos antes.
Pero ya sabemos el camino. O deberíamos saberlo. Es Jesús, no hay otro camino. Es quien nos conduce a la plenitud, es quien nos lleva hasta el Padre. Con Jesús todo está claro, todo es luz, todo es vida, aunque puedan aparecer sombrar, aunque pueda haber momentos que nos parezcan de muerte, aunque se nos haga difícil el camino. Pero tenemos que saber aprovechar todo lo que sea el poder estar con El. Que no sintamos el reproche ‘tanto tiempo con nosotros y aun no me conocéis’.
Que importante que estemos con Jesús y nos sintamos inundamos por su presencia; estar con Jesús y empaparnos de su verdad y de su sabiduría; estar con Jesús y sentirnos iluminados; estar con Jesús y llenarnos de su vida. Así podemos hacer el camino, sabemos a donde vamos, conocemos el camino, nos sentimos fuertes aun en los momentos de mayor dificultad y debilidad.
‘Dichosos los que crean sin haber visto’, dirá Jesús al final cuando de nuevo se manifiesta y le ofrece sus llagas a Tomas para que meta su dedo y su mano. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, exclamará Tomas, tenemos que exclamar nosotros haciendo la más hermosa profesión de fe.


lunes, 2 de julio de 2018

Hay impulsos que nos hacen tomar decisiones importantes y hacen florecer en nosotros los mejores valores para el servicio a los demás


Hay impulsos que nos hacen tomar decisiones importantes y hacen florecer en nosotros los mejores valores para el servicio a los demás

Amós 2,6-10.13-16; Sal. 49; Mateo 8, 18-22

En la vida vamos recibiendo como impulsos de aquellos acontecimientos que suceden a nuestro lado y nos impactan, del ejemplo y el testimonio quizá de una persona buena y entregada que camina a nuestro lado y que le vemos muy realizada y feliz en lo que hace, o en ocasiones de cosas que nos suceden que en principio nos hacen daño pero que en el fondo nos hacen pensar, de una palabra certera que escuchamos a alguien y que nos llamó la atención; esos impulsos nos hacen que tomemos decisiones, que quizá queramos darle un cambio de rumbo a nuestra vida, ponen ilusión y esperanza en nuestro corazón deseando cosas grandes y realizar también cosas semejantes a lo que vemos en esos testimonios que recibimos.
Así nacen las vocaciones, así descubrimos metas por las que luchar en la vida, así florecen quizá en nosotros valores que parecía que no teníamos pero que ahora vemos lo hermosa que nos pueden hacer la vida. Lo habremos experimentado en nosotros mismos, o vemos en nuestro entorno personas que cambian de un día a otro y viven una nueva entrega con mucho ánimo, con mucha ilusión.
Son buenos esos impulsos que de una forma podríamos decir primaria nos quieren poner en las sendas de nuevos caminos en la vida, pero en el fondo tienen que hacernos reflexionar seriamente porque decisiones importantes en las que se implica el rumbo de la vida no se pueden tomar a la ligera o solo desde esos impulsos. Somos seres racionales y desde la razón y con la razón además de con el corazón hemos de tomar las decisiones. Claro que quien se siente inundado por un amor superior que le invade y le supera envolviendo su vida, seguramente se dejará llevar por esa locura del amor.
En el evangelio hoy vemos como un letrado quizá entusiasmado por lo que está escuchando de Jesús o por el testimonio de las cosas que Jesús hace decide así de pronto seguir a Jesús. ‘Maestro, te seguiré adonde vayas’, le dice a Jesús. Había también contemplado como había discípulos más cercanos a Jesús que estaban siempre con El y le acompañaban a donde quiera que fuese. El quería formar parte de ese grupo, él quería estar con Jesús. Como cuando encontramos un amigo que nos ha llegado al corazón y le decimos que seremos amigos para siempre, o cuando alguien se ha sentido enamorado de alguien y ya desde el primer momento promete amor eterno.
Aunque como veremos luego Jesús nos exige radicalidad cuando hemos tomado la decisión de seguirle – porque no se puede poner la mano en el arado y volver la vista atrás ni dedicarnos solo a enterrar a nuestros muertos -, sin embargo nos pide que seamos reflexivos, que veamos hasta donde somos capaces de llegar, si seremos capaces de afrontar toda la entrega que se nos pide o tenemos claras cuales son las exigencias, hasta donde nos sentimos fuertes o hasta donde desde nuestra confianza pero también desde nuestra debilidad seremos capaces de ponernos en las manos del Espíritu que nos guíe.
‘Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza’, le dirá Jesús dándole a entender cual es la verdadera disponibilidad que tendría que haber en su vida. ¿Vamos buscando situarnos en la vida? ¿Vamos buscando una vida fácil? ¿Vamos buscando privilegios que nos hagan sentirnos por encima de los demás? ¿Vamos buscando satisfacer esas ansias de poder que en el fondo subyace siempre en nuestro corazón?
Sea cual sea la decisión que hayamos de tomar en la vida y que va a marcar su rumbo, nuestra entrega o nuestro servicio desde nuestros valores y desde nuestras capacidades, el espíritu ha de ser siempre el del servicio. Otras intencionalidades malean nuestro trabajo y cuando se trata de que lo hacemos por el Reino de los cielos serían cosas incompatibles. En eso tendrían que pensar quienes ejercieran una función en el servicio de la comunidad en cualquier ámbito social, y esto lo hemos de tener muy claro quieres queremos vivir una función pastoral, sea cual sea desde el Papa hasta el ultimo de los servidores dentro de la comunidad eclesial.

domingo, 1 de julio de 2018

Necesitamos llegar a atrevernos a tocar el manto de Jesús siquiera fuera por detrás, tomar la mano que nos tiende y escuchar la palabra que despierta nuestra fe




Necesitamos llegar a atrevernos a tocar el manto de Jesús siquiera fuera por detrás, tomar la mano que nos tiende y escuchar la palabra que despierta nuestra fe

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-25; Sal. 29;  2Corintios 8, 7-9. 13-15; Marcos 5, 21-43

Si hiciéramos como una lluvia de ideas sobre aspectos, detalles, mensajes que podemos encontrar en el evangelio de hoy nos encontraríamos como un torrente inmenso de cosas que tendríamos que resaltar. Nos habla de sanar y de curar, nos habla de dar vida o de arrancar de la muerte, nos habla de miedos y desconfianzas mientras al mismo tiempo aparece la fe y el atrevimiento que se mueve desde esa fe y que provoca confianza, nos habla de lágrimas y sufrimientos como nos habla también de desencantos y de cosas que parece que ya no se van a resolver, pero  nos entra también en detalles que nos manifiestan la atención de Jesús para quien no pasa nada desapercibo pero de la escucha y atención que presta Jesús a quien lleva el sufrimiento en el corazón porque a cada persona la mira en su realidad, nos habla de esperanzas y de vida. Un torrente inmenso aunque no somos exhaustivos en lo que hemos mencionado.
Todo se desarrolla en el corto trayecto que Jesús va a realizar desde el lugar donde la gente se arremolinaba en torno a El hasta la casa de aquel hombre que con fe y confianza ha venido a decirle que su hija está en las ultimas y le pide que vaya e imponga su mano sobre ella. Van apareciendo como claroscuros porque unas veces parece que brilla fuerte la fe mientras van rondando las sombras de muerte de las que parece que no podemos salir.
Como nos sucede en la vida. Momentos brillantes y momentos de sombras, momentos de ver florecer la vida y momentos en que ronda el sufrimiento y la muerte, momentos brillantes de entusiasmo donde caminamos con ilusión, pero momentos en que nos vemos hundidos en la impotencia, en la sensación de fracaso, en la pérdida de confianza incluso en nosotros mismos.
Ante la petición angustiosa, pero llena de fe y confianza de aquel hombre Jesús se pone en camino. Habrá que llegar pronto, pero la gente sigue arremolinada en torno a Jesús y casi no lo dejan caminar, aprietan por todos lados. Es el momento que aprovechará aquella mujer de las incontenibles hemorragias. Ocultándose entre la multitud porque nadie ha de enterarse de lo que le pasa porque su misma enfermedad era causa de impureza legal pero con una fe grande en Jesús se acerca por detrás porque piensa que son solo rozarle el manto será suficiente para curarse.
Pero ahí está el detalle de lo que antes mencionábamos de cómo Jesús está atento a la necesidad concreta de cada persona. ‘¿Quién me ha tocado?’ exclama Jesús mirando a su alrededor. Parece una pregunta innecesaria cuando va apretujado entre tanta gente, como le quiere hacer ver uno de los discípulos. Pero la salud y la vida han de resplandecer, aquella fe tiene que aparecer como un faro de luz en medio de cuantos les rodean. Temerosa aquella mujer se adelante para reconocerlo, pero solo merecerá las alabanzas de Jesús. ‘No temas, has tenido fe y te has curado’, le dirá Jesús.
Pero las sombras siguen apareciendo; quizá los empujones de la gente que impedían ir más deprisa, el haberse detenido ante aquella mujer, ha hecho que ya se llegue tarde a la casa de Jairo. Llega la noticia de que la niña ha muerto; vienen las sombras de las desilusiones y de la sensación de fracaso que tantas veces nos invaden. ‘¿Para qué molestar al maestro?’, escucha que le dicen al jefe de la Sinagoga.
Ya se escucha el llanto de las plañideras y se siente el aire de duelo que se ha apoderado de todos e invadido aquella casa. Pero la luz no se puede apagar. Hay que mantener encendida la lámpara, la lámpara de la fe. Y allí está quien puede alimentarla. ‘Te he dicho que basta con que tengas fe’, anima Jesús al padre de la niña. Y al llegar a la casa dirá que la niña no está muerta sino dormida.
Jesús escucha a todos y para todos tiene una palabra de luz y de vida. Con su mano levantará a la niña, ‘talita qumí (niña, levántate)’ le dice. Y como comentará el evangelista se quedaron todos viendo visiones, para expresar el asombro que sentían ante lo que había sucedido.
¿Necesitaremos nosotros llegar hasta Jesús para atrevernos a tocar su manto siquiera fuera por detrás? ¿Necesitaremos esa mano tendida de Jesús que nos invita a levantarnos porque nos dice que seguimos teniendo vida a pesar de las sombras que nos puedan rodear? ¿Necesitaremos esas palabras de ánimo cuando no viene la desilusión y el desencanto, que nos llegan lo cansancios y los miedos, cuando nos aparecen los miedos y temores, cuando tantas veces cobardes nos encerramos en nosotros mismos y no queremos ver por ninguna parte destellos de luz?
Sigue habiendo sombras en nuestra vida. Siguen habiendo sombras en la vida de cuantos nos rodean pero quizá no sabemos tener el detalle de pararnos junto a esa persona para ofrecerle una palabra de luz, una mano tendida, una mirada de ánimo, un gesto o un detalle de confianza para quitar temores y miedos, un caminar a su lado para estimularles a que encuentren también la luz.
En muchas cosas concretas podríamos traducir el mensaje del evangelio para que lleguemos al encuentro con Jesús, pero también para que nosotros seamos signos de luz para cuantos nos rodean. Miremos con sinceridad cada uno de los que van haciendo esta reflexión qué nos pide el Señor en nuestra vida persona y qué es lo podremos hacer en medio de ese mundo en el que vivimos inmerso también en tantas sombras.