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viernes, 6 de mayo de 2022

Dejemos que el Espíritu de Jesús resucitado nos abra el corazón para que entendamos su Palabra y El habite en nosotros y nosotros en El

 


Dejemos que el Espíritu de Jesús resucitado nos abra el corazón para que entendamos su Palabra y El habite en nosotros y nosotros en El

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

Algunas veces nos cuesta entender. No sabemos interpretar el sentido de las palabras o estamos tan ofuscados con nuestros pensamientos que somos incapaces de abrirnos a algo nuevo que se nos quiere decir. Nos refugiamos quizá en lo que siempre se ha hecho, un recurso fácil en muchas ocasiones para encerrarnos en nuestro inmovilismo o el tener que enfrentarnos a algo nuevo que nos podría comprometer más, o con ideas preconcebidas pretendemos hacer nuestras interpretaciones que conllevan quizá ciertas rebajas a la hora de un compromiso. No sabemos interpretar las imágenes que con un lenguaje más poético quizás se nos ofrecen para que nos trascendamos de esa como rutina en la que vivimos.

Las palabras de Jesús nos ofrecen una realidad nueva, se nos llenan de imágenes como sucede tantas veces en las parábolas para que a través de esas realidades de la vida seamos capaces de ir más allá para entender un mensaje que nos eleva o que nos pone en nuevo camino. No nos quedamos en la parábola del sembrador en una semilla que el sembrador echó a voleo y al que podríamos criticar por no saber bien en qué campos echar la semilla, y todos entendemos de esa Palabra que quiere trasmitirnos Jesús y que tendrá que dar fruto en nuestros corazones.

Así lo que hoy Jesús nos está diciendo. Nos habla de pan de vida, de pan bajado del cielo, nos habla de no morir para siempre y nos habla de comer su carne. Todo un montón de imágenes en las que no nos podemos quedar en la materialidad de las palabras. Si habla de pan bajado del cielo no es para pensar en el maná que comieron sus padres en el peregrinar del desierto, porque ya aquello entonces tenía también su significado en la presencia y en la fuerza de Dios para hacer aquel peregrinaje por el desierto.

Hoy nos habla Jesús de comer su carne y de beber su sangre y ya los judíos de Cafarnaún se estaban viendo como antropófagos que comían y bebían carne y sangre humanas. No podía aceptarlo con interpretaciones así, no podrían aceptarlo si no se abrían a algo nuevo que Jesús les estaba diciendo. ¿Cómo podrían aceptarlo sin hacer una buena interpretación de las palabras de Jesús si ya incluso la Biblia les impedía – quizás por razones incluso higiénicas y de salud – el beber la sangre de los animales o comer lo que con la sangre se pudiera elaborar?

Cuando Jesús les ha venido hablado de ese pan vivo bajado del cielo que había que comer, ya tenían que estar entendiendo cómo había de ser ese alimentarse de lo que Jesús nos estaba ofreciendo. No era simplemente un alimento material que llenara nuestros estómagos, sino que estaba hablándonos de algo que podía darnos vida, que podía darnos un sentido de vida cuando aceptábamos las palabras de Jesús. Por eso nos insiste en el creer en El.

Creemos en Jesús y en su Palabra para dejarnos transformar por El. Hoy emplea la imagen de que quien le come se siente como habitado por Jesús lo que viene a significar toda esa transformación de nuestra vida cuando creemos en Jesús y su Palabra la hacemos vida de nuestra vida. No somos ya nosotros, es Cristo que vive en mi, es que yo desde esa fe tendré que reflejar en mi vida lo que es la vida de Jesús; es algo nuevo que tengo que vivir, algo nuevo que yo tengo que ser; es ese llenarme de Jesús, de su Palabra para ser un hombre nuevo. No nos reflejamos a nosotros mismos sino que tenemos que reflejar a Jesús. El habita en nosotros y nosotros habitaremos en El.

Dejemos que el Espíritu de Jesús nos abra el corazón. Ahora en el tiempo pascual repetidas veces hemos escuchado cómo Jesús abrió el corazón de sus discípulos para que entendieran las Escrituras donde estaba anunciado que El había de resucitar. Es lo que tenemos que hacer para poder escuchar bien y entender su Palabra, vivir su vida nueva, ser esos hombres nuevos porque nos hemos dejado transformar por el Espíritu de Jesús.

 

jueves, 5 de mayo de 2022

Cuando comemos la Eucaristía no es un pan material para alimentar el cuerpo sino que es Cristo mismo el que nos alimenta para darnos vida en plenitud

 


Cuando comemos la Eucaristía no es un pan material para alimentar el cuerpo sino que es Cristo mismo el que nos alimenta para darnos vida en plenitud

Hechos de los apóstoles 8, 26-40; Sal 65; Juan 6, 44-51

Queremos alimentar la vida, y a ser posible con el mejor alimento. Así vamos por la vida y nos dan consejos de todo tipo de cual es la mejor alimentación, y nos ofrecen dietas, y nos dicen que alimentos pueden ser perjudiciales y cuales son los mejores, muchas veces cada uno desde sus intereses, cada uno según le vaya en la vida o lo mejor que le haya servido a él; y andamos preocupados por ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, como se suele decir, y nos afanamos en este trabajo y en no sé cuántos más que podríamos conseguir para obtener mejores ganancias que nos garanticen ese pan de cada día.

Pero, ¿ese es solo el alimento por el que tenemos que preocuparnos? ¿Nos reducimos solamente a alimentar el cuerpo, y tenemos que hacerlo porque nos debilitaríamos o nos moriríamos de inanición, o tendríamos que buscar otro alimento para la vida para que también no andemos como cadáveres ambulantes de un lado para otro?

Y ya quizá nos ponemos a pensar en la adquisición de conocimientos, a buscar una sabiduría de la vida que nos hagan vivir mejor, que nos hagan encontrar un sentido y un valor a lo que hacemos para que todo no se nos quede en ese alimentar el cuerpo para simplemente vegetar, por decirlo de alguna manera, en la vida. Y ya comenzamos a cultivar otras cosas en la vida, y ya queremos investigar otras muchas cosas que nos llenen la mente de conocimientos, y ya queremos entrar en caminos de ciencia o de filosofía para ir encontrando respuestas a muchas preguntas que nos puedan ir surgiendo.

Es de alguna manera alimentar nuestro espíritu, esa sensibilidad espiritual que todos llevamos dentro, en nuestro ser personas, que es mucho más que un cuerpo que conservemos bien alimentado o bien embellecido. Hay otras bellezas que tenemos que buscar, hay otros alimentos para la vida.

Pero aun con toda la riqueza que todo eso pueda ir significando, nuestro espíritu nos lleva a algo más superior aun, algo que sobrepasa lo natural de nuestro ser humano y que nos eleva y que nos trasciende porque buscamos otro plenitud, tenemos ansias por así decirlo de eternidad. Es lo que buscamos desde lo más hondo de nosotros mismos en esa trascendencia que queremos darle a nuestra vida, pero es algo que porque nos sobrepasa solamente podremos descubrir en su mayor plenitud desde la revelación que Dios nos hace de si mismo. Porque todo eso es una tendencia hacia Dios.

Es lo que nos va revelando Jesús, de lo que hoy nos está hablando en el evangelio. Partiendo de aquella búsqueda de alimento allá en el descampado cuando milagrosamente Jesús multiplica el pan para que coma toda la multitud, ahora Jesús está queriéndoles hacer comprender que todo aquello era un signo de ese pan nuevo que en El podríamos encontrar. Jesús les habla del pan bajado del cielo, y aunque ellos interpretan aquel maná que sus antepasados comieron en el desierto, Jesús viene a decirles que es mucho más lo que El quiere darles. ‘Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron… el pan que yo les daré es vida para el mundo… yo soy el pan vivo bajado del cielo, y el que me come tendrá vida para siempre’.

Es mucho más que un pan material. Porque es comer a Jesús, es dejarnos alimentar por Jesús, es poner toda nuestra fe en El para poder tener vida para siempre. Cuando ponemos nuestra fe en El, toda nuestra vida se transforma para llenarnos del espíritu de Jesús, y llenos de Jesús tendremos vida y tendremos vida para siempre. No es la materialidad de un pan que alimenta el cuerpo, es Jesús que se hace alimento para darnos esa vida nueva por la fuerza de su espíritu.

Por eso quien cree en Jesús hará que su vida sea distinta, una nueva forma de pensar, una nueva forma de vivir, un sentido nuevo para nuestra existencia, una trascendencia que nos eleva y nos llena de vida eterna. El nos dice que ese pan es su carne, que es una manera de decirnos que es su vida. Será el gran signo de la Eucaristía, del que estas palabras de Jesús que ahora escuchamos son un anuncio. Por eso cuando comemos la Eucaristía no es un pan lo que comemos, sino que es Cristo mismo el que nos alimenta.

miércoles, 4 de mayo de 2022

Jesús nos habla de una presencia nueva de amor porque amarle es como comerle y comerle es hacerse uno con El y así se hace pan de vida para nosotros

 


Jesús nos habla de una presencia nueva  de amor porque amarle es como comerle y comerle es hacerse uno con El y así se hace pan de vida para nosotros

Hechos de los apóstoles 8, 1b-8; Sal 65; Juan 6, 35-40

Bien sabemos que el amor pide presencia. Cuando amamos queremos estar junto a la persona amada, no soportamos su ausencia, buscamos todos los modos posibles por estar junto a la persona que amamos; a los amigos les gusta estar juntos, los enamorados buscan el encuentro, la familia que se quiere permanece siempre unida y desea encontrarse cuando por circunstancias de la vida tenemos que ausentarnos. Es esa presencia física que hace crecer la amistad y el amor.

Hoy que tenemos posibilidades de establecer relaciones con personas que físicamente están distantes pero que por los medios sociales de que disponemos podemos conocernos y establecer amistad, vemos como pronto surge el deseo del encuentro, de poder estar físicamente junto al amigo que hemos conocido y comenzado a apreciar.

¿Será así el amor de Dios? ¿Será así como nosotros deseamos vivir la presencia de Dios? ¿Será así en verdad el amor que nosotros tenemos a Jesús en quien no solo decimos que creemos sino que lo amamos porque sentimos profundamente el amor que El nos tiene?

Vemos el recorrido del evangelio como se va estableciendo esa relación de los discípulos con Jesús. Recordamos cómo Pedro diría que nada le separaría de Jesús porque incluso estaría dispuesto a dar la vida por El. Recordamos el bajón que significó para ellos la ausencia de Jesús con su muerte en la cruz porque aún no habían terminado de comprender las palabras de Jesús. Vemos cómo siempre quieren estar con El, y aquellas multitudes que le seguían, porque comenzaban a sentir algo en sus corazones se apretujan contra Jesús porque quieren estar con El.

Y Jesús nos hablará de esa presencia nueva que podemos sentir porque amarle es como comerle y comerle es hacerse uno con El. Quien le ama de verdad se va a sentir tan unido a Jesús que es como tener su misma vida. Por eso hoy le escuchamos decir que El es el Pan de vida y que quien le coma no sabrá lo que es morir para siempre. 

Podríamos decir que la Eucaristía es la invención del amor. Porque Jesús nos ama y también quiere estar con nosotros y que nosotros no nos separemos de El; quiere hacerse vida nuestra, quiere entonces que le comamos, quiere ser para nosotros alimento, pan de vida. Es de lo que nos está hablando hoy Jesús.

Hemos ido entrando en esa dinámica del amor en la medida en que le hemos ido conociendo; al escuchar su Palabra queremos hacernos una vida con El, porque todo ese sentido nuevo de vida que nos está transmitiendo queremos vivirlo; queremos vivir en su amor, queremos hacernos uno con El. Todo porque nos hemos sentido transformados por su amor.

Si no fuera así no tendría sentido, si no fuera así, todo se quedaría en un rito que no nos da vida. No podemos convertir la Eucaristía en un rito, la Eucaristía tiene que ser llenarnos de su amor, empaparnos de su amor, hacernos uno con El desde ese amor que vivimos. Queremos estar con Jesús, no queremos apartarnos de El.

Pero no es solo algo que nosotros queramos o deseemos, es lo que Cristo quiere para nosotros, lo que Jesús nos regala, lo que Jesús nos ofrece. Se hace para nosotros pan de vida eterna, de vida para siempre. ‘Yo lo resucitaré en el último día’, nos dice. Y es que bien sabemos que el amor llena de plenitud la vida. Cómo se sienten los que se aman, cómo se sienten los enamorados.

El que no ama se siente vacío, no ha encontrado ni un sentido ni un valor para la vida. Van como muertos por la vida. Lo contemplamos demasiado a nuestro alrededor aunque ahora se hable tanto del amor; y es que muchas veces ese amor que se dice que viven no es amor verdadero sino que es buscarse a sí mismo y no se dan, no se entregan; y aunque dicen que aman, solamente es la pasión lo que los domina y una búsqueda de si mismos y así van como muertos por la vida. Hay demasiada muerte, porque muchas veces hay poco amor.

No es así cómo quiere Jesús que nosotros vivamos, sino que caminemos caminos de plenitud en el amor. Por eso nos dirá que cuando le comemos porque lo amamos y amamos como El nos enseña, El nos dará vida para siempre, no podremos nunca apartarnos de su amor. Por eso se hace pan de vida y nos llevará por caminos de resurrección.

martes, 3 de mayo de 2022

Y Dios cuenta así con nosotros, con esas limitaciones pero también con esa riqueza de nuestra personalidad, y responde a nuestras dudas e interrogantes

 


Y Dios cuenta así con nosotros, con esas limitaciones pero también con esa riqueza de nuestra personalidad, y responde a nuestras dudas e interrogantes

1Corintios 15, 1-8; Sal 18; Juan 14, 6-14

¿Por qué la gente se aferra tanto a una cosa de manera que por mucho que le expliquen no entra en razón y sigue fijo en su pensamiento anterior? La mente del ser humano no es un simple aparato al que en un momento determinado le dan a un botón, le dan a una tecla, introducen un chip e inmediatamente comienza a actuar de otra manera. Algunas veces queremos comparar nuestra cabeza, nuestra mente con un ordenador en el podamos enchufar un USB y ya automáticamente comienza a actuar de otra manera. Está nuestra libertad, está nuestra capacidad de pensar y de razonar, están nuestras decisiones para aceptar una cosa u otra, no somos una simple máquina, aunque a algunos parece que les gustaría.

¿Por qué no cambiamos cuando sabemos que una cosa no es buena y que actuando de otra manera sería mejor? Porque ahí está toda esa armazón de la mente humana, de nuestros sentimientos o de nuestros apegos, de nuestras maneras de ver las cosas o de las cosas a las que nos sentimos atados, y todo tendrá que ser un proceso donde vaya actuando la persona con su libertad, con sus decisiones, con sus errores también. No somos unos autómatas.

Y Dios cuenta así con nosotros, con esas limitaciones pero también con esa riqueza de nuestra personalidad. Es la paciencia que contemplamos en Jesús con sus discípulos. Estaban siempre con El, a El le escuchaban enseñanzas que quizás otros no oyeran, porque a ellos de manera especial les explicaba, estaba esa presencia cautivadora de Jesús, pero allí seguían ellos con sus dudas, con sus preguntas, con sus pasos adelante y atrás sin saber muchas veces a qué atenerse, con sus miedos e interrogantes.

Era algo nuevo lo que Jesús les estaba trasmitiendo y de lo que ellos poco a poco se irían impregnando pero hay momentos que no entienden, hay momentos en que parece que vuelven para detrás. Jesús ha venido a ser el rostro del Padre, porque su cercanía y su misericordia, su compasión con los pecadores y el amor que a todos mostraba era una forma de acercarnos a Dios, era una forma de que conociéndole a El conocieran a Dios. Pero pesaban muchas cosas en aquellos discípulos. Era una buena nueva, era una nueva noticia, era algo nuevo y distinto lo que Jesús les estaba mostrando de Dios, y a ellos les cuesta entender, les cuesta aceptar, y siguen con sus titubeos.

Jesús les está hablando de que es el Camino y la Verdad y la Vida y que para ir al Padre tienen que ir por El, pero surge la pregunta que parece que después de tanto Jesús hablarles y enseñarles puede parecer imposible. ‘Señor, muéstranos al Padre, y nos basta’, que le dice Felipe. No se han enterado. No han sido capaces aun de ver el rostro del Padre en Jesús.

Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras, Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras’.

Vemos a Jesús y estamos viendo a Dios; vemos a Jesús y contemplamos su amor y su misericordia. Si alguna vez Jesús nos ha dicho que seamos compasivos y misericordiosos como el Padre es misericordioso, es que eso lo hemos aprendido con Jesús, lo hemos aprendido contemplando a Jesús. El que se acerca a los pecadores, el que se detiene al pie de la higuera de Jericó para que baje Zaqueo que Jesús quiere hospedarse en su casa; el que va en busca del que nadie quiere ni atiende en la piscina para devolverse el movimientos de sus miembros tullidos; el que se deja besar y abrazar por aquella mujer que es una pecadora, pero que ahora está demostrando mucho amor; el que se detiene para contemplar a Pedro después de la negación y que luego solo le preguntará por su amor… y así podríamos seguir recordando textos del evangelio en que estamos contemplando el amor que Dios nos tiene y que se manifiesta en los gestos de Jesús. ‘El que me ve a mi, ve al Padre’, que le dirá Jesús a Felipe.

Pero quizás ahora nos quede una pregunta que hacernos. ¿Qué imagen estamos dando nosotros de ese Dios en quien decimos que creemos? ¿Quiénes nos contemplan estarán viendo el rostro amoroso del Padre? Nos cuesta dar esos pasos en nuestra vida, pesan muchas cosas en nosotros que no somos unos autómatas, pero vayamos dándolos porque nos dejamos conducir por el Espíritu de Jesús.

lunes, 2 de mayo de 2022

Jesús nos habla de buscar algo que sea en verdad fundamental para la vida, lo que en verdad alimenta nuestro espíritu para descubrir el sentido profundo de la vida

 


Jesús nos habla de buscar algo que sea en verdad fundamental para la vida, lo que en verdad alimenta nuestro espíritu para descubrir el sentido profundo de la vida

Hechos de los apóstoles 6, 8-15; Sal 118; Juan 6, 22-29

¿Dónde está Jesús? Lo buscan y no lo encuentran. Milagrosamente les había dado de comer pan en abundancia allá en el descampado; los discípulos cercanos a Jesús se habían marchado en barca rumbo a Cafarnaún, habían querido aclamarlo como rey pero se les había escabullido de las manos; a la mañana siguiente aprovechando unas barcas que habían venido de Tiberíades se dirigen de nuevo a sus casas, muchos a Cafarnaún y allí se encuentran con Jesús. No saben lo que ha pasado por medio, ellos no tienen noticia de lo que les había sucedido a los discípulos que lo habían visto caminar sobre el agua; por eso ahora se preguntan ‘¿Cómo has venido aquí?’

A veces no sabemos el desarrollo de los acontecimientos; suceden cosas que no comprendemos, pero tendríamos que buscarle su significado. En todo podemos encontrar un por qué pero también un signo que nos hable de algo más. Pero nos podemos cegar con nuestros intereses o nuestros prejuicios; aquello que nos pueda favorecer o aquello de lo que tenemos hecho de antemano un juicio o una apreciación, pero nos quedamos sin el verdadero significado. Somos demasiado literales. No terminamos de entender al poeta que nos habla con imágenes, ni al sabio que nos ofrece sus comparaciones para explicarnos las cosas y podamos llegar a entender hasta lo más profundo. Y es ahí donde tiene que haber una mente aguda, o una sintonía espiritual.

‘Maestro ¿Cuándo has venido aquí?’ le preguntan a Jesús. No sabéis leer las señales y por eso os equivocáis de camino, les viene a decir Jesús aunque emplea otra palabras. ¿Por qué me buscáis? ¿Habréis entendido lo que hice en el desierto cuando os dic pan en abundancia?  Ahora andáis interesados en el pan, en la comida material; qué bueno que nos la den así con tanta facilidad sin que tengamos que trabajar por conseguirla.

Bueno esos deseos son de todos los tiempos. Que nos den todo hecho, que para todo tengamos soluciones milagrosas; y hasta los políticos se aprovechan para ganar cotas de populismo, porque éste si es bueno que nos da dinero para todo y sin mucho trabajo tengamos de todo. Interesados los beneficiarios pero interesados los dirigentes que así quieren ganarse el puesto. Hoy todo son subvenciones y para todo. No es ayudarnos incentivándonos sino poniendo a nuestro lado la gallina de los huevos de oro.

Jesús les habla de buscar algo que sea en verdad fundamental para la vida. Por eso tenemos que saber leer los signos. No es el alimento perecedero el que tenemos que buscar que nos lo regalen, sino buscar lo que en verdad alimenta nuestro espíritu dándole profundidad a la vida, lo que nos hace soñar y aspirar a cosas grandes, nos haga crecer en esos valores que le den intensidad a la vida, o nos hagan transcendernos para que lleguemos a descubrir el sentido profundo de la vida.

Por eso con esos signos que va realizando Jesús tenemos que descubrir qué es lo que en verdad Jesús quiere ofrecernos; esos signos nos van a hablar del Reino de Dios y de cómo tenemos que vivirlo; esos signos tienen que ayudarnos a descubrir lo que son los caminos de Dios y lo que Dios quiere de nosotros.

‘En verdad, en verdad os digo, les dice Jesús: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios’. Ese alimento que es la sabiduría de Dios, ese alimento que nos hace escuchar a Dios, ese alimento que se nos manifiesta en la Palabra de Dios que Jesús nos trasmite.

¿Qué tenemos que hacer…? ‘Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?’  Siguen preguntándose. Y Jesús les dirá claramente: ‘La obra de Dios es esta: que creáis en el que Él ha enviado’. Es la fe que hemos de tener en Jesús y donde descubriremos toda esa Sabiduría de Dios.

 

domingo, 1 de mayo de 2022

Queremos anunciar la vida, porque queremos anunciar que el amor nos resucita y es capaz de resucitar nuestro mundo, resucitados nosotros damos también testimonio

 


Queremos anunciar la vida, porque queremos anunciar que el amor nos resucita y es capaz de resucitar nuestro mundo, resucitados nosotros damos también testimonio

Hechos 5, 27b-32. 40b-41; Sal 29; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19

Podríamos hoy comenzar este comentario al evangelio diciendo que el amor lo cura todo. Cómo nos sentimos regenerados con el amor, cuando lo experimentamos en nosotros, cuando somos capaces de regalarlo a los demás; nos sentimos distintos, a pesar de la negra historia que carguemos sobre nuestros hombros;  con el amor lo vemos todo distinto, con el amor seremos capaces de descubrir mejor a Dios en la vida.

Es lo que nos ofrece el evangelio en este tercer domingo de pascua. Seguiremos contemplando las manifestaciones de Cristo resucitado; seguiremos descubriendo cómo vamos nosotros resucitando, disipando sombras, clarificando sentimientos, renovando nuestras vidas, abriéndonos nuevos caminos, sintiendo la fuerza de Cristo resucitado en nuestras vidas.

El evangelio comienza hoy su relato con sus claroscuros; están en Galilea, como el Señor les había pedido que fueran para encontrarse con El, pero están aburridos, no saben que hacer. ‘Me voy a pescar’, dice Pedro. ‘Vamos nosotros contigo’, y se apuntaron todos a una noche de faena. Pero será una noche infructuosa. Qué mal se sienten los pescadores cuando tienen que regresar a tierra después de una noche de faena infructuosa. Y de la orilla les están preguntando si han cogido algo. Pero además les están señalando que lancen la red por el otro lado de la barca. Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis’, les dice. No pensemos lo que aquellos pescadores podían haber pensado en aquel momento. Pero lo hicieron.

Y lo hicieron y se encontraron con una redada de peces grandes; luego nos dirán el número de peces que han cogido. Pero en éstas andan, cuando el discípulo amado le dice a Pedro que quien está en la orilla es Jesús. Es el Señor’, le dice. Y ya sabemos Pedro se arrea la túnica como puede y se lanza al agua para llegar primero mientras deja el trabajo de arrastrar la red hasta la orilla a los compañeros que se quedan en la barca. Primero curación de amor, el discípulo amado es quien reconoce al que está en la orilla, quien reconoce al Señor.

Se resucita el amor en los corazones. Todos están felices porque es el Señor quien está allí en la orilla con ellos. Ya tiene para ellos el pan entre las brasas y un pescado aunque les pide que les traigan de lo que han cogido. Y los invita a comer. Nos dice que ya nadie se atreve a preguntar quien era porque todos sabían que era Jesús. Aquellos hombres aburridos que no sabían qué hacer y se habían ido a pescar ahora ya son otros. El amor les está abriendo caminos. Sigue habiendo nuevos campos donde echar las redes para quienes un día habían sido llamados a ser pescadores de hombres. Las penumbras del amanecer se han transformado en luz, porque es la luz nueva que brilla en sus corazones.

Pero el amor sigue curando. Ahora es Jesús el que tomando a Pedro aparte hace las preguntas, le pregunta por el amor. ‘Pedro, ¿me amas más que estos?’ Ya no sabía Pedro que responder cuando la pregunta se repite hasta tres veces. ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’, no puede ya menos que decir Pedro. Y es que aquel a quien un día se le había prometido que iba a ser piedra de la nueva Iglesia, pero que en su debilidad le había negado por tres veces a pesar de sus promesas de ser capaz de dar la vida por Jesús, se ve confirmado en la misión que Jesús quiere encomendarle. Apacienta mis corderos… Pastorea mis ovejas…’ No importa la debilidad que un día le hiciera caer, porque lo que importa es el amor del corazón. Es Pedro el que se siente resucitado.

Es cómo tenemos que sentirnos nosotros; es la experiencia de resurrección que nosotros hemos de vivir; no es solamente gritar a todos los vientos que Cristo ha resucitado, sino que tiene que ser el testimonio de resurrección que hemos de dar con nuestras vidas. Aquellos a los que vamos a gritar y anunciar que Jesús ha resucitado pueden decirnos que ellos no lo han visto, pero nosotros podemos, tenemos que ofrecer el testimonio de que nosotros lo hemos sentido, lo hemos vivido, lo hemos experimentado en nuestras vidas, porque nos sentimos resucitados por el amor.

Podrán quizá hasta echarnos en cara nuestras debilidades, nuestros tropiezos, nuestras negaciones, pero cuando vean el amor en nuestras vidas es cuando comenzaran a convencerse de las palabras que nosotros queremos anunciarle. Porque queremos anunciarles vida, porque queremos anunciarles que el amor nos resucita y es capaz de resucitar nuestro mundo, porque es un amor tan grande como el de quien fue capaz de dar su vida por nosotros en una cruz el que nos está salvando.

Podemos encontrarnos un mundo de opacidades y de tinieblas, un mundo de gente cansada y aburrida que ya no sabe que hacer frente a todo lo que envuelve nuestra existencia – cuántas negruras vemos en nuestros horizontes -, pero con nuestras vidas les vamos a enseñar el camino de la luz, el camino de un nuevo amanecer para nuestra humanidad, el camino del amor que nos salva, que nos cura, que nos resucita. Es el testimonio de quienes con Cristo hemos resucitado lo que puede convencer al mundo.

sábado, 30 de abril de 2022

Aceptemos y valoremos esas soledades que a veces nos llegan en la vida, como sepamos buscar también la soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente

 


Aceptemos y valoremos esas soledades que a veces nos llegan en la vida, como sepamos buscar también la soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

Estar solo, la soledad ¿será un valor que habría que buscar o será algo de lo que tenemos que huir? Como valor de principio tendríamos que decir que por naturaleza es la comunión y la relación con los demás; no estamos hechos para estar solos; hay quien realmente le tiene miedo a sentirse solo; le da quizás inseguridad, aparecen los temores ante lo que tenemos que enfrentarnos, parece que nadie nos apoya ni nos valora cuando nos dejan solos, muchas cosas podríamos pensar.

Aunque hay quien busca la soledad, o habrá momentos en que también necesitemos de la soledad y el silencio, para apartarnos de tantos ruidos, para no dejarnos encandilar por las cosas y las materialidades de la vida, para encontrarnos con nosotros mismos, puede ser también un valor sin renunciar a lo que sea estar en relación con los demás.

Hoy el evangelio nos habla del grupo de los discípulos que al anochecer embarcan allá en aquellos descampados donde se habían desarrollado varios hechos, como la multiplicación de los panes, y ahora van solo en la barca rumbo a Cafarnaún. Jesús no estaba con ellos y se sienten solos porque les parece incluso que la barca no avanza. Pero si ellos están con sus temores y sus soledades no deseadas atravesando el lago, Jesús ha querido quedarse solo en la montaña aquella noche, porque al despedir a los discípulos en la barca evita el estar con aquellos que en sus entusiasmos por el pan comido milagrosamente en el desierto ahora quieren hacerle rey. No busca Jesús el éxito y el clamor de los reinos de este mundo. Jesús se va solo a la montaña, como tantas veces le veremos hacer en el evangelio que se retira a solas en la noche o en la madrugada para orar.

Una búsqueda de soledad por parte de Jesús mientras los discípulos atraviesan el lago en una soledad no deseada. Pero Jesús está con ellos, o mejor, Jesús viene a su encuentro para estar con ellos. En medio de la noche, con todos los fantasmas que nos hace ver la oscuridad, ellos descubren que alguien camina sobre el agua y viene hacia ellos. El evangelista Juan no entra en muchos detalles pero los otros evangelistas que nos narran este hecho nos hablarán de los miedos que se despiertan en los discípulos porque creen ver un fantasma. Las oscuridades que llevan por dentro con sus miedos les impiden reconocer a Jesús. ¿Tendríamos que pensar en eso también?

‘Soy yo, no temáis’, escuchan la voz del Maestro. Tras su sorpresa con alegría quieren recogerlo, pero pronto se dan cuenta de que ya están llegando a su destino. Con Jesús a su lado parece que la barca tuviera alas para hacer más rápido el camino.

Necesitaban los discípulos pasar por aquella soledad en medio del lago, aunque les pareciera que el trayecto se hacía interminable. Nos viene bien tener esos momentos de soledad, en que nos sentimos vacíos e impotentes; las pruebas de las noches oscuras aunque a veces nos parezcan insoportables nos son necesarias para que aprendamos a buscar donde realmente tenemos la luz; sentirnos incapaces en ocasiones nos viene bien para vencer nuestras autosuficiencias y ver la necesidad del otro que está a nuestro lado y al que no habíamos prestado atención, pero que nos está ofreciendo una mano que mejor nos capacita; vernos solos y en silencio es bueno para salir de ese aturdimiento de los ruidos y de tantas cosas que nos gritan a nuestro alrededor y poder comenzar a escuchar lo que verdaderamente es importante, o para descubrirnos a nosotros mismos con nuestros valores y capacidades que a veces tenemos como ocultas.

Tenemos que aprender a aceptar y valorar esas soledades que a veces nos llegan en la vida, porque pueden ser una gran lección, como tenemos también que saber buscar esa soledad que nos abre el corazón a algo más grande y trascendente, que nos abre el corazón a Dios. No estamos solos porque Dios está siempre con nosotros.

viernes, 29 de abril de 2022

Dejémonos acoger por Jesús, su corazón siempre está abierto para nosotros, lleno de mansedumbre, de esa mansedumbre y paz nos contagiará para ser nuestro descanso

 


Dejémonos acoger por Jesús, su corazón siempre está abierto para nosotros, lleno de mansedumbre, de esa mansedumbre y paz nos contagiará para ser nuestro descanso

1Juan 1, 5 — 2, 2; Sal 102; Mateo 11, 25-30

¡Qué cansado estoy! Escuchamos decir con mucha frecuencia a gente a nuestro lado, o acaso nosotros también en muchas ocasiones tenemos esa sensación de cansancio. Es la tarea y el ritmo de la vida que nos exige, que nos responsabiliza, que nos hace estar emprendiendo tareas continuamente; muchas veces puede ser ese cansancio físico por el mucho trabajo porque tenemos que estar pendientes de muchos trabajos, porque las cuentas no nos salen; o es el cansancio de los que se aburren de buscar y no encuentran y la vida se les echa encima con responsabilidades y cosas que atender y no podemos sacar bien las cosas.

Pero no nos podemos quedar ahí, porque ese cansancio puede ser un estado anímico producto de la tensión en que vivimos, los problemas que se nos presentan, los roces que podemos tener con los que están a nuestro lado y no sabemos liberarnos de esos agobios para encontrar paz, no terminamos de curar heridas que se nos producen en nuestro interior, y todo eso nos crea una tensión que nos merma fuerzas no solo en lo físico sino anímicamente.

Es el cansancio de quien se siente desorientado en la vida y tiene que luchar y luchar pero sin saber por qué, porque no tiene un sentido, no tiene unos valores transcendentes por los que luchar, porque no hay un sentido para su vida. Se pregunta por qué y para qué, pero tiene que seguir luchando porque la vida se lo exige sin saber a dónde va, sino simplemente dejándose llevar por lo que la vida le va dando o presentando en cada momento.

Hoy escuchamos a Jesús decirnos en el evangelio,Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’. Palabras consoladoras son las de Jesús. Buscamos un descanso y Jesús nos lo ofrece. Algunos quizás no lo entenderán, quizá porque no saben bien ni lo que buscan en la vida, tan desorientados pueden estar; algunos no lo entenderán como nunca entienden las palabras de Jesús porque quizá queremos ponernos en un grado superior, nos sentimos tan autosuficientes que no somos capaces de reconocer que alguien nos puede dar una luz, alguien puede ofrecernos un nuevo camino que nos dé un sentido y un valor a la vida y a lo que hacemos.

Necesitamos algo para poder entender las palabras de Jesús. Tener ese espíritu humilde de los pequeños y de los sencillos, porque serán los que estarán siempre abiertos a algo nuevo que pueda llenar sus vidas; no han llenado sus vida en sus autosuficiencias, no han llenado sus vidas dejándose arrastrar simplemente por lo material, por el afán de tener, por unas riquezas que al final son unos oropeles engañosos. Serán los que en verdad se abren a Dios y Dios se les revela en su corazón.

Es lo que nos dice hoy Jesús. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien’. Son los que van a entender las palabras de Jesús, son los que reciben con corazón abierto esa buena noticia del Evangelio. Eso que nos cuesta tanto aceptar en muchas ocasiones. Ya habremos escuchado a muchos decir a nuestro lado que el evangelio a ellos no les dice nada, pero son los que van desde su autosuficiencia con ese ojo crítico y con falta de humildad.

Sí, Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’, nos dice Jesús. Vayamos con nuestros cansancios y con nuestros agobios, vayamos con esa desorientación con que andamos en la vida y vayamos con esas heridas que tanto daño nos hacen en el alma y de las que tantas veces no sabemos liberarnos, no sabemos curarnos, vayamos con nuestra pobreza, Jesús es nuestro alivio y nuestro descanso.

Porque Jesús es la luz que nos da sentido a nuestra vida, porque en Jesús aprenderemos a relativizar tantas cosas que no son tan importantes aunque nosotros muchas veces las convirtamos en primordiales, porque Jesús nos ayuda a encontrar esa paz en nuestro espíritu que tanto necesitamos, porque Jesús es el que nos va a sanar por dentro porque nos ayudará a arrancar esos resentimientos, esos orgullos que no terminamos de curar, esos sentimientos heridos por los desaires que vamos sufriendo en la vida, porque Jesús nos hará encontrarnos con nosotros mismos para descubrir cual es la verdadera riqueza por la que tendríamos que luchar.

Dejémonos acoger por Jesús. Su corazón siempre está abierto para nosotros. Su corazón está lleno de mansedumbre y de esa mansedumbre y de esa paz nos contagiará. En El encontraremos de verdad nuestro descanso.

 

jueves, 28 de abril de 2022

Acudamos al Evangelio que nos va iluminando por dentro para dar profundidad a la vida haciéndonos crecer en una espiritualidad profunda que nos haga rebosar por dentro

 


Acudamos al Evangelio que nos va iluminando por dentro para dar profundidad a la vida haciéndonos crecer en una espiritualidad profunda que nos haga rebosar por dentro

Hechos de los apóstoles 5, 27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36

Hablamos de lo que sabemos; o al menos, eso debería ser así. Muchas veces somos atrevidos y queremos hablar de todo como si fuéramos expertos en todo. Es difícil, por supuesto, tener esa sabiduría universal y que de todo pudiéramos hablar. Claro que podemos tener nuestras opiniones, habernos ido formando nuestros criterios, tenemos deseos de saber y buscamos cómo aprender más, no nos puede faltar ese deseo y esa inquietud interior. Quien ha perdido ese deseo ha perdido algo importante de su ser, se queda anquilosado, no avanza, se hace conservador de lo que siempre ha sido así, como tantas veces decimos. Necesitamos una sabiduría de la vida. Tenemos que ir forjándola.

Es la búsqueda de ese sentido, de esos valores. Donde queremos también, por qué no, aprender de los demás. Siempre podemos encontrar una sabiduría o una riqueza en los que están a nuestro lado. Pero tiene que ser también ese cultivo de nuestra interioridad, para no quedarnos en lo superficial y superfluo; podemos parecernos a esas mariposas que van de flor en flor y con nada se quedan, pero podemos ser esa abeja laboriosa que va captando el néctar de todas las flores para elaborar la maravillosa miel en las no menos maravillosas celdas del panal construido también con esa cera que va recogiendo también del néctar de las flores. Qué maravilloso que supiéramos ir elaborando esa riqueza de nuestro espíritu porque sepamos ir a lo hondo que da un sentido a nuestra vida.

Tenemos quien nos enseña a darle esa profundidad a nuestra vida, quien es en verdad la Sabiduría de Dios y nos concede a nosotros también ese don del Espíritu. Es de lo que nos vamos empapando en el evangelio cuando nos dejamos impregnar por el Espíritu de Jesús. Por eso tampoco podemos acercarnos a las páginas del evangelio de una manera ligera y superficial. Cuántos nos dicen que eso no es más que repetir una y otra vez lo mismo, pero es porque no han llegado a descubrir la hondura del Evangelio. Siempre será para nosotros una nueva Buena Noticia, porque siempre algo nuevo nos estará transmitiendo y de lo que tenemos que seguir empapándonos.

Por supuesto no busquemos en el evangelio lo que no nos va a ofrecer; no nos quedemos en la curiosidad de unos datos históricos aun con el valor que puedan tener; no vayamos a buscar respuestas de ciencia que tenemos que estudiar por otros caminos. Vamos a buscar la Palabra de Dios, pero que no es quedarnos en espiritualismos trasnochados quizás, sino sentir y descubrir ese sentido profundo de la vida cuando descubrimos el verdadero sentido del Reino de Dios.

Será el evangelio que nos va iluminando por dentro, que nos hace mirar la vida de una forma distinta, que nos hace descubrir el valor de ese mundo que está en nuestras manos, que nos hace tener una mirada distinta a los hombres y mujeres que caminan a nuestro lado y que nunca ya podrán ser como unos desconocidos para nosotros.

Es la luz que va respondiéndonos a los interrogantes más profundos que nos podamos plantear; es la luz que nos eleva y nos trasciende para por una parte descubrir que todo no se queda en nosotros mismos sino que todo va a tener como una referencia en los demás y para los demás, pero que nos eleva más allá para darle un sentido de eternidad a nuestra vida; es lo que dará profundidad a nuestra vida, lo que nos hará crecer en una espiritualidad profunda que nos llene y nos haga rebosar por dentro, pero es lo que nos enseñará a actuar y vivir con madurez. Son esas celdas maravillosas que vamos construyendo dentro de nosotros mismos para hacernos contener esa rica miel de la sabiduría divina que Dios va depositando en nuestro corazón.

Qué grandeza más maravillosa encontramos para nuestra vida.

miércoles, 27 de abril de 2022

Busquemos lo que en verdad dará plenitud a nuestra vida y nos hace grandes, el amor que nos salva y que nos llena de vida, el amor que en verdad salvará al mundo

 




Busquemos lo que en verdad dará plenitud a nuestra vida y nos hace grandes, el amor que nos salva y que nos llena de vida, el amor que en verdad salvará al mundo

Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21

¿Cuáles son las motivaciones que tenemos en el fondo de nosotros mismos para nuestro actuar y para nuestro vivir? Seguro que queremos dárnoslas de nobles en nuestra respuesta y vamos a decir que si los hijos, que si queremos lo bueno, que si buscamos siempre los valores que nos puedan engrandecernos y cosas así muy bonitas.

Pero seamos sinceros con nosotros mismos y reconozcamos que incluso detrás de esas cosas buenas que manifestamos muchas veces se mueven intereses ocultos como puedan ser unas ganancias y los valores ya los ponemos en lo material y económico, un prestigio, unas vanidades que nos hacen buscar grandezas y lo bueno significa ya lo que me satisfaga a mi o sea para mi bien, o llegar a unas cotas en la vida donde queremos sentirnos poderosos por encima de los demás. Reconozcamos que hay muchas cosas que purificar.

Hoy Jesús, en aquella conversación que mantuvo con Nicodemo, aquel magistrado judío que fue de noche a conversar con Jesús, nos da la clave del sentido de su vida. Y no puede ser otra que la de amor. Como obediencia al Padre buscando siempre hacer lo que es la voluntad de Dios fue su venida al mundo. Pero ahora se nos revela que la razón y motivo de su venida al mundo fue la del amor, pero no un amor algo así como un ente etéreo que no tiene ni un sujeto ni un objeto, sino que es el amor que Dios tiene al hombre, el amor que Dios nos tiene.

Dios que ama porque Dios es amor, como nos diría más tarde san Juan en sus cartas, pero Dios que nos ama, Dios que ama al hombre y ama al mundo. El Génesis nos habla de cómo Dios se iba regocijando en sí mismo según iba realizando la obra de la creación – vio Dios que era bueno, va diciendo en cada uno de los momentos de la creación –  y culmina ese llamémoslo regocijo de Dios cuando crea al hombre y a la mujer – nos dirá y vio Dios que era muy bueno -. Esa expresión viene a significar que al contemplar la bondad de lo que va creando, Dios va poniendo amor en sus criaturas, pondrá un amor especial sobre el hombre y la mujer que ha creado.

Ahora nos llega el momento culminante de la revelación. Aunque ya pesaba sobre el hombre toda la historia de su pecado nos viene a decir que Dios sigue amándonos y con un amor hasta el extremo porque será capaz de darnos a su propio Hijo. Tanto amó Dios al mundo, - tanto amó Dios al hombre que había creado - que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’. Y no envía Dios a su Hijo para un juicio de condena, sino para elevarlo aun más dándole la vida eterna. Basta sólo que crea, que ponga su fe en El y tendrá vida eterna.

Por eso se nos dirá en otro momento del evangelio de san Juan que a aquellos que creen, aquellos que reciben y acogen al Hijo enviado del Padre, los hace hijos de Dios. ‘A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre’. Es el regalo del amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito’.

¿Nos servirá esta consideración que hoy se nos ofrece como Buena Noticia para que encontremos la verdadera motivación que nos dará la salvación? Busquemos lo que en verdad dará plenitud a nuestra vida, busquemos lo que en verdad nos hace grandes. Es el amor que nos salva, es el amor que nos llena de vida, es el amor que nos hace encontrar la verdadera grandeza, es el amor que en verdad salvará al mundo. Busquemos, pues, eso más noble que nos hace grandes, busquemos lo que es la verdadera riqueza de nuestra vida, busquemos lo que realmente nos dará plenitud y nos hará felices. ¿Hay una felicidad más grande que darse por los demás porque los amamos?

Andamos en la vida demasiado ofuscados con nuestros intereses y nuestras ganancias, nuestros prestigios o los pedestales sobre los que nos subamos para poder dominar más sobre los demás. No es el camino. El camino verdadero es el del amor. Esa es la verdadera razón y motivación de nuestra vida.

martes, 26 de abril de 2022

Seamos capaces de ir poniendo nuestros granitos de sal en esos púlpitos de la vida para que un día nuestro mundo encuentre ese nuevo sabor que desde Cristo podemos ofrecer

 


Seamos capaces de ir poniendo nuestros granitos de sal en esos púlpitos de la vida para que un día nuestro mundo encuentre ese nuevo sabor que desde Cristo podemos ofrecer

1Corintios 2, 1-10; Sal 118; Mateo 5, 13-16

De lo que llevamos en el corazón hablan nuestros labios, se suele decir; y no es solo que hablen nuestros labios sino que lo expresamos con el conjunto o la totalidad de nuestra vida. Es la congruencia de un hombre maduro que actúa como piensa, vive según sean sus principios, y no estará nunca lejano su actuar de la vida de lo que piensa y lleva en el corazón. Eso lo podemos llamar madurez, como lo podemos llamar congruencia. Algo importante en la vida, aunque también en ello manifestemos muchas veces nuestra debilidad.

Es lo que nos pide Jesús en el evangelio de diferentes maneras. En el texto que hemos escuchado hoy se nos habla de la sal y de la luz. La sal con que hemos de impregnar nuestro mundo para darle un nuevo sabor. Ya sabemos cómo la sal no solo preserva de la corrupción o de que nuestros alimentos se vuelvan malos, sino que viene a darle el sabor justo a nuestra comida, a nuestro alimento. Resalta el sabor para hacerlo más agradable y apetitoso.

Y Jesús nos dice que somos como la sal en medio de ese mundo que nos rodea. Y es que aquello que por la fe llevamos en el corazón, como decíamos antes lo reflejan nuestros labios, lo refleja nuestra vida, y es de lo que tenemos que contagiar al mundo, con lo que tenemos que darle el sabor de Cristo a nuestro mundo.

¿Qué pasará con nuestra sal? ¿Se habrá vuelto sosa? ¿O acaso será que somos nosotros los que no terminamos de dejarnos impregnar por ese sabor de Cristo? Es una interpelación muy fuerte.


Vivimos en un mundo que siempre hemos dicho que es cristiano, hay toda una cultura manifestada en tantas y tantas obras que son fruto de esa cultura cristiana que incluso de forma maravillosamente extraordinaria se expresa en el arte que hemos heredado de siglos, pero estamos viendo, sin embargo, que nuestra sociedad es cada vez menos cristiana, que a nuestra sociedad le importa cada vez menos la religión, el evangelio, Cristo o los cristianos. Es más, nos encontramos cada vez más en un mundo adverso a todo lo que suene a cristianismo, religión, iglesia, etc.…

¿Qué habrá sucedido? ¿Nos habremos dormido en viejos laureles pero no nos habremos preocupado en verdad de empaparnos de ese sentido cristiano y así Cristo está cada vez más lejos de nuestra sociedad y de nuestro mundo? ¿Habrá perdido sabor nuestra sal? ¿Ya no somos esa sal en medio del mundo que nos rodea? Es una realidad que tenemos que reconocer y que nos tiene que interpelar a los cristianos que tan poco influimos ya en nuestra sociedad. A mí realmente me preocupa aunque reconozco que no sé ni cómo expresarlo bien.


Precisamente estos textos del evangelio que nos han servido de pauta para nuestra reflexión, aunque mira por donde vamos ya, nos los ofrece la liturgia porque estamos hoy celebrando a un santo además español, San Isidoro de Sevilla, que en sí mismo fue toda una enciclopedia en su vida, en su saber y en sus escritos con una influencia muy grande en la España de su época. De él no se apartó nunca su sentido de Cristo y de cristiano y eso lo insufló en todo el saber de la época a través de sus escritos. Fue un santo Obispo de Sevilla, pero fue todo un sabio de su tiempo.

Es lo que necesitamos hoy. Que en verdad los cristianos nos hagamos muy presentes en el mundo de hoy y también en su cultura; en diálogo por supuesto con las corrientes de pensamiento distintas que se van generando con el paso de los tiempos y que también afloran en la cultura actual, pero sin dejar en la sombra nuestro pensamiento desde el sentido cristiano de la vida que tanto  ha contribuido a través de la historia a la construcción de nuestra sociedad y que puede y tiene que seguir contribuyendo hoy.

Eso es también ser sal de la tierra y luz del mundo, como hoy nos pide Jesús en el evangelio. No nos podemos ocultar los cristianos con nuestros miedos al mundo de hoy, encerrándonos en nuestros cenáculos y no siendo capaces de salir a las plazas de la vida y de la cultura de hoy para presentar también nuestro mensaje. En nuestras manos podemos tener poderosos altavoces desde donde pregonemos nuestro mensaje, los púlpitos de la vida moderna, que tenemos también que saber aprovechar.

Seamos capaces de ir poniendo nuestros granitos de sal para que un día nuestro mundo encuentre ese nuevo sabor que en Cristo podemos encontrar.

 

lunes, 25 de abril de 2022

Tenemos la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado está con nosotros con la seguridad de que transmitimos vida llevando salud y salvación a nuestro mundo

 


Tenemos la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado está con nosotros con la seguridad de que transmitimos vida llevando salud y salvación a nuestro mundo

1Pedro 5, 5b-14; Sal 88; Marcos 16, 15-20

‘Ellos se fueron a predicar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban’. Son las palabras finales del evangelio de san Marcos, a quien hoy estamos celebrando. Es por lo que rompemos de alguna manera el ritmo de los textos de la Escritura que vamos escuchando en el tiempo pascual en el que estamos, para ofrecernos este texto del evangelio de san Marcos; en la coincidencia, por otra parte, que es parte este texto del que escuchamos en el pasado sábado.

Se ha escogido litúrgicamente este texto en la fiesta de san Marcos, por ser del evangelio que él nos transmitió, y por el envío que Jesús hace de sus discípulos a ir por todo el mundo anunciando el evangelio. ‘ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos’.

Un anuncio de la Buena Noticia de Jesús para despertar la fe en aquellos a los que se hace este anuncio. Cómo nos dirá el apóstol san Pablo en alguna de sus cartas ¿Cómo van a creer si no se les anuncia la Buena Noticia? La Buena Noticia de Jesús nos llegará desde el testimonio de quienes han puesto su fe en El, pero también de esa palabra pronunciada para anunciar el nombre de Jesús. Una palabra, es cierto, que tiene que ir acompañada por el testimonio de una vida.

Y es aquí donde nos surge la pregunta que nos interpela. ¿Es nuestra vida en verdad un testimonio que se hace anuncio? La Palabra que pronunciamos y queremos anunciar ¿va seriamente acompañada por el testimonio de nuestra vida? Necesariamente tiene que haber una interrelación porque de lo contrario se puede convertir en una palabra hueca y vacía. Es nuestra vida la primera que se ha de convertir en un grito y en un anuncio para quienes nos vean. ‘Que vean vuestras buenas obras para que glorifiquen a vuestro Padre del cielo’, nos dirá Jesús en el evangelio.

Y es que la fe que tenemos en Jesús cuando aceptamos su evangelio tiene que envolvernos y empaparnos. No es un adorno que podamos poner y quitar de nuestra solapa cuando nos convenga. La fe va a ser un sentido de vida, un motor para la vida, una luz que ilumina y da un valor y un sentido nuevo a nuestra vida.

Me he encontrado un texto de un autor contemporáneo que no me resisto a trasmitiros y que muy sabiamente nos dice: ‘Por la fe será distinta la vida. Por la fe, resistirá la esperanza. Por la fe, plantaremos cara a lo ingrato, lo vacío, lo absurdo. Por la fe derribaremos gigantes, devolveremos la vida a los muertos. Por la fe espantaremos a la soledad y al miedo. Por la fe abriremos la puerta al extraño. Por la fe quemaremos las naves para adentrarnos en la tierra nueva donde Tú nos esperas. El justo vivirá por la fe. (José María Rodríguez Olaizola, S.I. “Cuando llegas”)

No nos quita nuestras debilidades pero no da fortaleza; no nos quita la dureza del anuncio en un mundo quizás adverso pero nos da valentía para proseguir nuestro empeño; no nos hace la vida fácil porque la lucha siempre hemos de mantenerla para que se conserve encendida nuestra luz, pero tenemos la seguridad de que podemos llegar hasta el final. Nos abre caminos y nos da el arrojo de emprenderlos confiados en llegar a la meta; no nos sentiremos nunca solos porque tenemos la certeza de que la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado está con nosotros. Tenemos la seguridad que transmitimos vida, que estamos llevando la salud y la salvación a nuestro mundo.

domingo, 24 de abril de 2022

Nos hacemos participes de la bienaventuranza porque sin haber visto creemos y experimentamos en el corazón la presencia de Jesús que nos llena de una nueva paz

 


Nos hacemos participes de la bienaventuranza porque sin haber visto creemos y experimentamos en el corazón la presencia de Jesús que nos llena de una nueva paz

Hechos 5, 12-16; Sal 117; Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19; Juan 20, 19-31

En medio del ambiente festivo y de pascua que seguimos viviendo, pues solo estamos en la octava de Pascua hoy escuchamos el evangelio con ese mismo gozo en el alma al contemplar a Jesús como se manifiesta resucitado al grupo de los apóstoles que se encuentran reunidos en el cenáculo. Pero aún así no podemos dejar a un lado la situación de cierta incertidumbre que ellos vivían en aquellos momentos y en la que nos vemos reflejados en la situación anímica que vivimos en el hoy de nuestra vida.

El evangelio que escuchamos no es solo narración de la Buena Noticia que significó para ellos el encuentro con Cristo resucitado, sino que tenemos que hacer que sea Buena Noticia también hoy para nosotros, y como toda buena noticia a nosotros también nos eleve el espíritu, nos levante el ánimo y sea en verdad anuncio de salvación para nuestra vida hoy. Es el espíritu con que siempre hemos de escuchar el evangelio haciendo lectura sobre nuestra vida concreta que vivimos.

El grupo de los apóstoles estaba encerrado en el cenáculo, las puertas y ventanas cerradas, porque seguían con sus miedos y sus dudas. Alguno incluso un poco se había ido por sí mismo y no estaba con el grupo con las consecuencias que se derivarían para todo lo que iba a suceder.

Algunas veces nosotros nos encerramos también en nosotros mismos o en las rutinas de las cosas de siempre y tememos abrirnos a algo nuevo, a nuevos planteamientos, a nuevos enfoques de las cosas, o a dejarnos sorprender por lo que podría ser una nueva riqueza para nuestra vida. Nos encerramos o nos aislamos yéndonos por nuestra cuenta, que es también una forma de escurrir el bulto, como se suele decir. La situación por la que hemos pasado o a la que en estos momentos tenemos que estar enfrentando en nuestra sociedad y en nuestro mundo quizás también nos crea inseguridades, no queremos pensar en lo que sucede y hasta tratamos de distraernos con otras cosas. Han sido también muchos los cambios habidos en nuestra sociedad y pensemos que todo lo que hemos estado pasando en los últimos tiempos nos ha cogido con paso descolocado a destiempo y no vemos cómo o no sabemos cuándo volveremos a coger el ritmo que habíamos perdido.

La Buena Noticia es que Jesús está en medio de ellos. Fue una sorpresa que hizo surgir nuevos y variados sentimientos en cierto modo contrapuestos, miedo y alegría, y fue como ese suspiro de alivio que damos cuando al fin podemos despojarnos de todos nuestros miedos o de todas las incertidumbres que nos abruman. Se llenaron de paz. Fue el saludo repetido de Jesús. ‘Paz a vosotros’. ¿Cómo no iba a ser ese el saludo y lo que sintieran en lo más hondo de ellos mismos después de tantas cosas que les habían llenado de angustia y sufrimiento?

Algo nuevo comenzaba en sus vidas. Una vida nueva comenzaban a sentir dentro de sí. Sería todo un camino que tendrían que seguir realizando. Se sentían liberados de todo tipo de ataduras y de pesos en el alma, que se manifiesta en esa donación del Espíritu que Jesús les hace para que puedan sentir el nuevo sabor del amor. Un amor que crece dentro de nosotros cuando nos sentimos perdonados; un amor que vamos regalando cuando también vamos repartiendo perdón. Cuando nos sentimos perdonados y cuando lo vamos ofreciendo también con generosidad algo se va curando dentro de nosotros y es cuando llegamos a sentir la verdadera paz.

Qué triste los que no saben perdonar; en su orgullo se creen vencedores de los demás porque les parece que siempre van a tener como encadenados a los otros porque no los perdonan manteniendo reticencias y deseos vengativos, pero realmente se están destruyendo a sí mismos, nunca podrán saborear lo que es la verdadera paz, porque mantienen ese herida enfermiza del rencor dentro de sí. El que no sabe o no quiere perdonar es el que en el fondo está sufriendo más, porque no saboreará la verdadera paz.

Y tenemos que aprender a salir de nuestros aislamientos. Tomás no estaba con ellos cuando Jesús se les apareció y en él siguieron las dudas y los miedos que se le seguían haciendo pedir pruebas y más pruebas. ‘Hemos visto al Señor’, le transmiten con alegría el resto de los apóstoles cuando regresa. ‘Si no veo la señal de los clavos… la herida del costado… no creo’, es la actitud negativa que aún mantiene.

Será cuando el Señor se manifieste de nuevo y a él directamente se dirija Jesús para que meta sus dedos y su mano en sus llagas cuando se quedará sin argumentos y sin palabras y tendrá la valentía de musitar su fe. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, será su reacción. ‘Dichosos los que crean sin haber visto’, proclamará Jesús como una bienaventuranza para todos nosotros que no hemos visto, pero hemos creído; no hemos visto, pero hemos aceptado el testimonio de quienes nos han transmitido y contagiado su fe en la tradición que se prolonga por los siglos; no hemos visto, pero sí hemos sabido experimentar en lo hondo del corazón la presencia del Señor que nos llena de vida, que transforma nuestra vida.

Pero esa fe en el Señor que, a pesar de puertas cerradas, de oscuridades de la vida, o de los momentos duros por los que podamos estar pasando, se quiere seguir manifestando en nosotros y en nuestro mundo. Y el Señor resucitado pone su Espíritu en nuestros corazones para que tengamos la posibilidad de saborear la paz; pone su espíritu en nosotros para que tengamos esperanza en ese mundo nuevo y luchemos y nos esforcemos para poner de nuestra parte lo que haga posible esa paz; pone su Espíritu en nosotros para que ni nos encerremos ni nos aislemos, para que seamos capaces de abrirnos a algo nuevo y al mismo tiempo comprometernos para entre todos hacer que florezca en todas partes la paz; pone su Espíritu en nuestro mundo para ir transformando los corazones de todos para que seamos constructores de vida y no de muerte y tengamos esperanza de poner esos cimientos de un mundo nuevo y mejor.