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viernes, 3 de septiembre de 2021

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que nos quiere con el traje nuevo del hombre nuevo para hacer resplandecer los valores del Reino de Dios

 


Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que nos quiere con el traje nuevo del hombre nuevo para hacer resplandecer los valores del Reino de Dios

 Colosenses 1, 15-20; Sal 99; Lucas 5, 33-39

Hoy he estado haciendo limpieza a fondo en casa, nos dice alguien. Es que vamos acumulando tantas cosas inservibles que algunas veces no sabemos ni donde poner las cosas. Es el comentario que surge. Porque aquello a lo que le dimos uso en un momento determinado y nos prestó un hermoso servicio no lo queremos tirar, porque pensamos que nos puede valer como remedio en cualquier momento. Hay personas que son muy acumuladoras, que todo lo guardan por si acaso un día lo pudiera necesitar. No es ahorro, son apegos del corazón, porque nos cuesta desprendernos de cosas, nos pueden valer como un remedio o para un remiendo, pensamos.

Así en muchas situaciones de la vida. Y ya no son cosas solamente, pero son apegos del corazón, o quizá rutina de seguir utilizando siempre lo mismo cuando en la vida vamos descubriendo cosas nuevas que podemos hacer mejor y con mayor sentido. Es cierto que lo que somos hoy es lo que ayer construimos, que somos herederos de muchas cosas que nuestros padres o nuestros antepasados vivieron en su momento con mucha intensidad.

Pero es sabiduría de la vida ir profundizando en la vida e ir descubriendo esa actitud nueva que podemos tener a la que quizás en otro momento no le dimos tanta importancia; no es cuestión de hacer las cosas simplemente porque son una tradición sino que todo lo que recibimos lo tenemos que entroncar en el momento presente, en las situaciones distintas que vivimos ahora y que nos harán buscar quizá planteamientos nuevos, sin abandonar lo que es esencial en nuestra vida, lo que son en verdad los fundamentos. Pero no confundamos los cimientos con los adornos con que queremos embellecer la fachada.

Vienen los fariseos hablándole a Jesús de ayunos y penitencias y por qué sus discípulos no ayunan como ayunaban los discípulos de Juan o como siguen haciéndolo los discípulos de los fariseos. Habían convertido algo que es cierto que podía ser importante en cuanto nos ayudara a la conversión del corazón, en algo fundamental sin lo cual los perecía que no había ningún sentido religioso para sus vidas. Pero quizá olvidaban el encuentro profundo del corazón con el Señor y la acogida que en verdad había de tenerse a la Palabra de Dios.

Por eso Jesús les habla de actitudes y de posturas nuevas, que la acogida del Reino de Dios que Jesús anunciaba no se podía quedar en unos remiendos que tratasen de disimular los rotos que pudiera haber en el interior del corazón del hombre, y por eso era necesario un paño nuevo para un vestido nuevo, como eran necesarios odres nuevos para el vino nuevo. Jesús desde el principio había pedido conversión para creer y aceptar la buena nueva que les anunciaba, y conversión no son remiendos, sino conversión es transformación profunda del corazón.

Son muchas las cosas de las que tenemos que desprendernos, de lo que tenemos que aligerar el corazón para vivir el sentido nuevo del Reino de Dios. Y eso tenemos que vivirlo también en el hoy de nuestra vida. La buena noticia del Evangelio siempre tiene que ser novedad en nuestra vida, que nos pide unas actitudes nuevas en nuestro corazón y una nueva forma de actuar. Hay maneras de ser y de hacer que nos pudieron valer muy bien en otros momentos de nuestra historia pero el Espíritu del Señor que es el que guía e inspira a la Iglesia nos va abriendo nuevos caminos de renovación.

Fue realmente un momento profético en la vida de la Iglesia el concilio Vaticano II celebrado en el siglo pasado y fue un paso y una puerta de apertura de la Iglesia y del mensaje del evangelio al mundo de hoy. Poco a poco siguiendo aquellas directrices del Espíritu expresadas en las decisiones del concilio se ha ido realizando un profundo camino de renovación en la Iglesia. Eran necesarios unos odres nuevos, una pieza nueva para hacer ese traje del hombre nuevo renovado por el Espíritu; fueron necesarios también un arrancarnos de muchos apegos de muchas cosas que había que vivir hoy con un espíritu nuevo.

Claro que habrá quienes, como reflexionábamos al principio, quisieran seguir guardando muchas cosas que pudieron sernos buenas en otros momentos, pero que hoy ya no nos dicen nada. Algunos aun quieren seguir haciendo remiendos porque les cuesta vestirse ese traje nuevo del Espíritu. Son muchos apegos los que se mantienen en ciertos sectores de la misma iglesia de los que cuesta desprenderse. Y algunas veces incluso les duele las decisiones que tiene que tomar la Iglesia desde el magisterio y la autoridad del Papa y se crean ciertas resistencias que al final a nadie ayudan. Tenemos que aprender de una vez por todas a dejarnos conducir por la acción del Espíritu del Señor.

jueves, 2 de septiembre de 2021

No solo se habían sorprendido y se habían quedado sin habla sintiéndose los mayores pecadores del mundo sino que sus vidas a partir de entonces iban a ser distintas

 


No solo se habían sorprendido y se habían quedado sin habla sintiéndose los mayores pecadores del mundo sino que sus vidas a partir de entonces iban a ser distintas

Colosenses 1, 9-14; Sal 97; Lucas 5, 1-11

Hay cosas que nos dejan sin habla. Cosas que nos sorprenden, por lo inesperado, por lo espectacular o por lo grandioso, porque el acontecimiento es de tal importancia que a todos deja sobrecogido. Un gesto inesperado de una persona que nos sorprende y nos llama poderosamente la atención; un acontecimiento que no esperábamos y que de alguna manera puede marcar nuestra vida; un regalo valioso que nos ofrecen sin que nosotros lo esperáramos ni creíamos que nada habíamos hecho para merecerlo; una palabra que nos dice alguien y nos llega al corazón porque nos hace descubrir y valorar algo de nuestra propia vida que creíamos oculto y a lo que no dábamos mayor importancia. En muchas cosas podemos pensar. Son acontecimientos, palabras, gestos, detalles que pueden marcar nuestra vida de manera que incluso nos hagan darle un rumbo nuevo y distinto.

Algo así sucedió aquella mañana en el lago de Tiberíades. Los pescadores habían hecho sus faenas, que por cierto habían sido infructuosas, y ahora andaban en los cuidados posteriores a cualquier salida al lago a pescar; la gente al oír que Jesús andaba por allí se había arremolinado en la playa y todos querían escucharle; era difícil que estando en el mismo plano le pudieran ver y escuchar debidamente, por eso Jesús se sube a una de aquellas barcas y desde la orilla comienza a enseñar a la gente.

Hasta ahora todo en una cierta normalidad. Pero cuando Jesús termina de enseñar a la gente le pide a Pedro, de quien era la barca en la que Jesús se había subido, que reme de nuevo rumbo al lago para echar las redes de nuevo para pescar. Comienzan las sorpresas. Pero si han estado toda la noche y no han podido coger nada. Pero ante la palabra de Jesús Pedro se deja hacer, aunque replica que él sabe que no hay nada porque ha estado toda la noche bregando le dice que porque Jesús lo dice, en su nombre, echará de nuevo las redes.

Ahora sí comienza a haber algo distinto. La profusión de peces era tan grande que las redes casi reventaban y tienen que llamar a los de las otras barcas para que les ayuden en la faena. Ha sido algo asombroso. Pedro y los demás pescadores no salen de su asombro, no saben ni que decir. Humilde Pedro, que antes casi se había negado a obedecer a Jesús, ahora se postra por los suelos sintiéndose el último del mundo y sintiéndose de verdad pecador, pidiéndole a Jesús en su emoción que se aparte de él. ‘Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador’.

Pedro y los demás pescadores sentían que el mundo se les hundía bajo los pies, porque aquello no se lo esperaban. No salían de su asombro. Le pasaba a Pedro y a su hermano Andrés, le pasaba a Santiago el de Zebedeo y a su hermano Juan, compañeros todos en aquella tarea, pero que nunca habían visto cosa igual.

Algo nuevo iba a comenzar en sus vidas. Ya seguían y escuchaban a Jesús y de alguna manera formaban parte del grupo de los discípulos que le seguían más de cerca. Pero ahora Jesús les invita a algo nuevo que va a cambiar totalmente sus vidas. Eran pescadores y estaban avezados en las tareas de aquellos lagos pero Jesús abría un mundo delante de ellos. ‘No temas; desde ahora serás pescador de hombres’, les dice Jesús. Todavía estaban en medio del lago por eso ‘entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron’.

Algo había cambiado en sus vidas, algo nuevo comenzaba, aquel acontecimiento que les había sorprendido no solo los había dejado sin habla sintiéndose los mayores pecadores del mundo, sino que sus vidas a partir de aquel momento iban a ser distintas.

Ante este pasaje del evangelio no somos unos meros espectadores. Hagámonos presentes nosotros también en la escena. Subamos con Pedro y los pescadores a la barca y sintamos a nuestro lado también la presencia de Jesús. En esa barca de la vida en la que vamos haciendo nuestra travesía dejémonos sorprender también por Jesús. Para nosotros también va a tener un gesto o una palabra, también nos invitará a echar las redes aunque digamos que no sabemos o que no vamos a encontrar nada.

Como Pedro digamos también, ‘en tu nombre…’ No es necesario más, sino esa disponibilidad y veremos cómo el Señor nos sorprende. Sepamos hacer silencio en el corazón o no nos distraigamos con cosas innecesarias. Escucharemos esa palabra de Jesús que nos habla al corazón, sentiremos el calor de su presencia y también al final diremos que nos ardía el corazón, como los de Emaús. Estemos atentos a la acción de Dios en nuestra vida.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

La Iglesia tiene que inventarse caminos nuevos para ir al encuentro de los hombres y mujeres de nuestro tiempo porque a ellos también hemos de hacer el anuncio del Reino

 


La Iglesia tiene que inventarse caminos nuevos para ir al encuentro de los hombres y mujeres de nuestro tiempo porque a ellos también hemos de hacer el anuncio del Reino

Colosenses 1,1-8; Sal 51; Lucas 4, 38-44

Saber retirarse a tiempo, es una frase que escuchamos y poco menos tenemos como principio sobre todo cuando las cosas no marchan bien, cuando consideramos que es necesario retirarse a un lado para dejar paso a otros que puedan realizar la labor mejor que nosotros. Esto que como principio quizás tenemos muy claro sin embargo no vemos que sea frecuente en la vida, porque nos aferramos al lugar que ocupamos, la función que nos ha confiado que aunque veamos que somos un fracaso, no damos el brazo a torcer, no nos retiramos. Pero estamos mencionando el caso quizás de cuando las cosas no funcionan, pero cuando marchan bien y tenemos éxito muchos menos vamos a pensar en dar un paso a un lado, sino que quizás en un populismo que nos agrada queremos seguir manteniéndonos en el candelero.

Pero no vemos en el evangelio que esa sea la manera de actuar de Jesús. Había sido bien aceptado en la sinagoga de Cafarnaún, al llegar a casa de Simón Pedro se encuentra a la suegra enferma y la cura, a la puerta al atardecer – tengamos en cuenta que era sábado y hasta que no llegara el atardecer poco se podía caminar – se agolpan a la puerta trayéndole multitud de gente enferma para que los cure y hasta los endemoniados curados gritan proclamando quien es Jesús.


Pero Jesús no va buscando esos populismos, Jesús no está en la búsqueda del éxito, su misión es el anuncio del Reino de Dios y aquellos milagros son los signos y señales de la llegada del Reino de Dios. Pero el Reino de Dios no son gritos ni aclamaciones en su honor; es una transformación grande que se ha de ir realizando en el corazón de las personas y Jesús tiene que llevar esa buena nueva a los demás. Por eso a la mañana siguiente muy temprano se va a un lugar apartado; allá lo buscan, vienen diciéndole que hay mucha gente que lo busca allí en Cafarnaún, pero Jesús dice que tiene que ir a otra parte, que para eso ha venido. ‘Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado’.

Siempre hemos de estar en camino. Un camino que no es la búsqueda de éxitos y aclamaciones, un camino que significa esfuerzo y superación, un camino como nos enseñará en otro momento que hemos de hacer en total disponibilidad e incluso en pobreza, un camino impulsado por el amor. Un camino que es anuncio que se ha de llevar más allá, que ha de llegar a todos, no solo a los que ya por sí mismos vienen o los tenemos a nuestra mano. Así vemos a Jesús, no se queda en Cafarnaún donde ya han visto los signos y todos ahora le buscan; es Jesús el que sale a la búsqueda, el que va al encuentro con los demás, también allí donde no le han escuchado o donde no le conocen.

Es la tarea que hoy tiene que seguir haciendo la Iglesia, es la tarea de quienes creemos en Jesús y queremos seguirle. Y esta manera de actuar de Jesús tiene que hacernos pensar cuando los cristianos nos rodeamos de tantas comodidades, cuando solo buscamos lo fácil, cuando nos quedamos donde siempre y dándole vueltas siempre a lo mismo.

Es la Iglesia que tiene que estar siempre en camino de búsqueda para ir al encuentro de los que no están, de los que no vienen, también de los que no quieren escuchar; y sin embargo nos quedamos demasiado dentro de nuestros templos y nuestros salones parroquiales, pero no vamos a esa periferia como tantas veces nos está repitiendo el papa Francisco.

La Iglesia tiene que inventarse caminos nuevos para ir al encuentro de los hombres y mujeres de nuestro tiempo; que ya no vivimos en tiempos de cristiandad donde parecía – y digo parecía – que todos ya estábamos convertidos y convencidos, pero vemos como ya no somos tantos, nuestros templos se nos quedan grandes y vacíos, y no nos podemos quedar pensando o añorando los suntuosidades de otros tiempos. Necesitamos solo un bastón y unas sandalias para hacer el camino y el manto que llevamos puesto, por eso de cuántas cosas tendremos que desprendernos.

Pero Jesús nos está diciendo que tenemos que ir a otros lugares también a hacer el anuncio del Reino.

martes, 31 de agosto de 2021

Dejemos que el Señor llegue a nosotros y su Palabra nos transforme y nos libere, que su Espíritu nos inunde con una nueva vida resplandeciente de amor y de espíritu de servicio

 


Dejemos que el Señor llegue a nosotros y su Palabra nos transforme y nos libere, que su Espíritu nos inunde con una nueva vida resplandeciente de amor y de espíritu de servicio

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26; Lucas 4, 31-37

Va a saber este quien manda aquí. Lo habremos escuchado o lo habremos palpado en algunos que se creen con autoridad; una autoridad que parece en ocasiones que se guía por el capricho, por el autoritarismo, en plan de dominio y exigencia, poniéndose en un pedestal; tener autoridad para algunos es creerse superior y con el dominio de todo, hacer uso de ella en su propio beneficio, imponer sus ideas o su manera de hacer las cosas. Por supuesto esta descripción le repugnará a muchos, porque por supuesto entendemos que no todos lo viven así, pero si hemos de reconocer que es en cierto modo el estilo de la vida.

Hago esta referencia a la autoridad como una contraposición para comenzar la reflexión del evangelio, porque en él se nos dice hoy que las gentes reconocen en Jesús su autoridad. ‘Este modo de hablar es distinto’, dicen cuando le escuchan y cuando ven las obras que realiza. Y es que la palabra y la presencia de Jesús despertaban vida, despertaba esperanza; era una palabra y una presencia liberadora.

La presencia de Jesús es la del que se hace sencillo para saber hacerse el ultimo y el servidor de todos; la presencia de Jesús es cercanía para levantar y para liberar; la presencia de Jesús es paño de lágrimas, pero su consuelo no es una compasión paternalista, sino que siempre su presencia y su palabra estimula a algo nuevo, despierta esperanza, nos abre los ojos para tener una nueva visión y ver que las cosas pueden ser de otra manera.

Es cierto que todos no entenderán así la presencia de Jesús y de alguna manera es como un estorbo a su manipulación y a su dominio. Jesús viene a liberar, a despertar a la persona para otra perspectiva de vida. Vemos cuando Jesús llega hoy a la sinagoga de Cafarnaún mientras muchos le escuchan complacidos habrá también quien poseído por el espíritu del mal le rechaza. Nos habla el evangelio de endemoniados o poseídos por el maligno, pero en ello tenemos que saber ver también a quienes se aferran al mal y no quieren desprenderse de él y entonces la presencia de Jesús será un estorbo, porque Jesús quiere a la persona liberada de todo mal. Y así se manifiesta la autoridad de Jesús.

Nos habla el evangelio en este episodio de cómo Jesús liberó a aquel hombre poseído por el espíritu del maligno. El poseído por el mal opone resistencia, porque vemos cómo lo retuerce y lo tira por tierra. Fue la autoridad de la Palabra de Jesús la que le hizo llegar la salvación, una palabra que salva y que libera, una Palabra que llena de gracia y llena de vida, una palabra que nos pone en camino de una vida nueva en que ya no queramos ser nunca más esclavos del mal y del pecado.

Pero mirémonos a nosotros mismos. No nos contentamos con quedarnos contemplando ese episodio del evangelio como si con nosotros no fuera. Cuando escuchamos el evangelio nos ponemos en su lugar. También hay dentro de nosotros muchas cosas que nos atan y que nos esclavizan, muchas ambiciones que nos obnubilan y que en el deseo de alcanzar aquellas cosas a las que aspiramos muchas veces también vamos arrasando a nuestro paso a todo el que nos encontremos. Pensemos en esas actitudes de orgullo y de soberbia que tantas veces nos dominan y con las que queremos también violentamente dominar a los otros.

Cuánto nos cuesta reconocerlo, cuánto nos cuesta ser humildes, cuántas disculpas nos buscamos para justificarnos en nuestras actitudes y en nuestras posturas y hasta en el trato que tenemos con los demás. Es como si hubiera un rechazo desde nuestro interior no queriendo despojarnos de esas actitudes violentas y orgullosas. Como nos cuenta hoy el evangelio en aquel episodio de la sinagoga de Cafarnaún.

Dejemos que el Señor llegue a nuestra vida, que su Palabra nos transforme y nos libere, que su Espíritu nos inunde para que tengamos nueva vida resplandeciente de amor y de espíritu de servicio.

lunes, 30 de agosto de 2021

Tenemos que estar dispuestos a ponernos en camino para arrancarnos de lo que nos oprime y nos angustia aceptando la buena nueva de liberación que Jesús nos ofrece

 


Tenemos que estar dispuestos a ponernos en camino para arrancarnos de lo que nos oprime y nos angustia aceptando la buena nueva de liberación que Jesús nos ofrece

1Tesalonicenses 4, 13-18; Sal 95; Lucas 4, 16-30

Todos sabemos que el ritmo de las lecturas de la Palabra de Dios en medio de la semana en el tiempo Ordinario es distinto al ritmo del Evangelio que escuchamos los domingos. En los domingos son tres ciclos dedicados enteramente a los evangelios sinópticos; este ciclo estamos escuchando en el evangelio de los domingos a san Marcos, salvos los últimos cinco domingos que se leyó el capítulo 6 del evangelio de Juan; ya ayer retomamos de nuevo a san Marcos. Sin embargo en medio de semana hasta ahora hemos venido escuchando a san Mateo y hoy tomamos el evangelio de Lucas a partir del capítulo 4 con el episodio de la sinagoga de Nazaret, que hoy se nos ha proclamado, comenzando así el camino del evangelio, repito, de Lucas que tiene unas características muy especiales.

Hoy nos dice el evangelista que Jesús fue a su pueblo de Nazaret donde se había criado y el sábado según su costumbre fue a la sinagoga para la proclamación y escucha de la Ley y de los Profetas. Según su costumbre, nos dice, lo que había hecho en todos sus años de juventud hasta que había partido para el anuncio de la Buena Nueva del Reino por todos los rincones. Ahora va, y es Jesús el que hace la lectura, en este caso del profeta Isaías. Cuando termina de proclamarla y todos esperaban su comentario todo lo que viene a decir es que aquella Escritura se estaba cumpliendo ahora y allí. ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.

Ya escuchamos, la gente se sorprende, en principio se siente orgullosa que sea uno de su pueblo el que ahora proféticamente este anunciando el Reino de Dios por todos los rincones, pero como sucede siempre en pueblo pequeño comienzan las desconfianzas porque a El siempre lo han conocido desde pequeño y por allí andan sus parientes y no es sino el hijo del carpintero, ¿de dónde saca todo esto?

Jesús ha proclamado un texto de Isaías que anuncia un tiempo nuevo de liberación y de salvación; vendrá la libertad para los oprimidos, los que se ven con muchas limitaciones en su vida sentirán que todo cambia y es como que los ciegos recobran la vista, los leprosos son curados con todo lo que eso significaba y los inválidos podrán caminar. Es el año de gracia del Señor, es el año de la gran liberación, es el jubileo universal donde todo ha de cambiar. Y eso comienza aquí y ahora, les dice. Hoy se cumple, en El se cumple porque El es quien está lleno del Espíritu del Señor enviado a anunciar esa buena nueva a los pobres y oprimidos.

Son palabras que despiertan la esperanza porque es un mundo nuevo el que va a comenzar; son palabras comprometedoras porque quienes van a creen en esas palabras han de emprender un camino nuevo, porque es una vida nueva la que se les ofrece. Pero muchas veces nos sucede que aunque andemos muy oprimidos y esclavizados parece que nos cuesta salir de esa situación, cuando significa que nosotros tenemos que ponernos en camino. Cuántas veces los israelitas peregrinos por el desierto, porque el camino de liberación que estaban recorriendo les resultaba costoso y duro, anhelaban volver a los puerros y a las cebollas de Egipto, aunque eso significase seguir viviendo bajo la opresión y la esclavitud.

¿La gente de Nazaret pensaba que todo se les iba a dar con demasiada facilidad? Como les dice Jesús, estáis pensando por qué no hago aquí los milagros que habéis escuchado que he hecho en Cafarnaún y en otros sitios. Pero dirá el evangelista que allí no hizo milagros por su falta de fe. Escuchaban las palabras de Jesús pero no terminaban de creer, escuchaban las palabras de Jesús pero les costaba ponerse en ese camino de liberación; muchas cosas oprimían sus corazones, muchas angustias inundaban sus vidas, muchas decepciones les hacían perder la esperanza, pero había que querer salir de esa opresión o de esa angustia; era necesario querer ponerse en camino. Y ese paso no lo daban, por eso lo rechazaron y hasta quisieron tirarlo por un barranco.

Esto nos tiene que hacer pensar para nuestra vida. ¿Cómo acogemos nosotros ese mensaje de liberación que se nos ofrece? ¿Estaremos dispuestos a ponernos en camino para ir arrancando de nosotros todo eso que nos oprime y nos angustia, todo eso que crea dependencias en nosotros y nos llena de limitaciones? ¿Preferiremos los puerros y las cebollas de Egipto aunque eso signifique seguir en ese estado de esclavitud? Cuántas veces decimos, es que esto se ha hecho siempre así, porque no queremos hacer el esfuerzo de cambiar para vivir algo nuevo y con eso estamos rechazando la buena nueva de liberación que Jesús nos ofrece.

domingo, 29 de agosto de 2021

Quien busca el bien de la persona y pone corazón en lo que hace estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, la voluntad de Dios que es nuestra felicidad

 


Quien busca el bien de la persona y pone corazón en lo que hace estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, la voluntad de Dios que es nuestra felicidad

Deut. 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18. 21b-22. 27;  Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23

‘Lo sé’, nos responde nuestro interlocutor cuando le hacemos ver una cosa. Lo sabe, pero no hace nada. Luego el saber tiene que entrañar algo más que tener conocimiento de algo; la sabiduría no es simplemente saber cosas, ser erudito en muchos temas, sino que la sabiduría está en un vivir, en un sentido de vivir; aquellos conocimientos que he adquirido, que la misma vida me ha ido dando, nos dan una nueva amplitud de la mente, pero que no se queda ahí sino que nos impregna, nos da un nuevo sabor y sentido a nuestro corazón.

Puede sucedernos también que hasta hacemos muchas cosas buenas, pero les puede faltar algo por dentro, porque se han convertido en una rutina más de nuestra vida y las hacemos porque siempre se ha hecho así, porque es una tradición, porque todo el mundo lo hace, pero no ponemos corazón en lo que hacemos, no ponemos vida, lo hacemos con frialdad, al final no sabemos por qué las hacemos. Podemos terminar siendo dependientes o esclavos del tener que hacer algo pero no le hemos encontrado su sentido profundo. Hemos de saber encontrarle el sentido a lo que hacemos para que entonces pongamos corazón. Necesitamos, pues, también ser más reflexivos en la vida.

Y creo que a esto es a lo que nos quiere ayudar el evangelio que hoy escuchamos. Vienen muy preocupados algunos fariseos y escribas a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no siguen la tradición de sus mayores. Todo iba por aquel sentido de pureza que ellos tenían en que poco menos que se quedaba en una pureza legal; hacer las cosas porque es una tradición, hacer las cosas por un cumplimiento, o de lo contrario estamos contrayendo una impureza.

Aquí van planteando el tema de lavarse o no lavarse las manos antes de comer. No es una cosa mala, es una buena costumbre higiénica; mira cómo ahora en estos tiempos de pandemia y peligros de contagio nos lo recomiendan encarecidamente. Pero se había convertido en una ley y hasta le habían dado un sentido religioso, formaba parte para ellos ya de la ley de Moisés. Y ahora ponen el grito en el cielo porque los discípulos de Jesús no cumplen según ellos con esas costumbres. Venir con las manos manchadas de la plaza significaba que habían podido tocar algo que se considerara impuro, y así entraba la impureza en el corazón de la persona.

Jesús viene a decirles que la impureza no viene de fuera sino que sale del corazón porque es en el corazón donde tenemos los malos deseos y las malas intenciones. Y claro nuestros labios hablarán lo que llevamos en el corazón, nuestros comportamientos externos y nuestras actitudes reflejarán lo que llevamos dentro de nosotros. Si en nuestro corazón hay maldad, malicia, con esa maldad y malicia vamos a actuar contra los demás. Por eso Jesús nos está pidiendo esa pureza de nuestro corazón del que hemos de desterrar todo mal deseo.

Les recuerda Jesús lo que ya había dicho el profeta Isaías: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.

Es la profundidad que hemos de saberle dar a nuestra vida. Y ahí está la verdadera sabiduría que nos ayudará a descubrir lo que en verdad el Señor quiere de nosotros. Lo que hacemos y lo que vivimos ha de tener un sentido, hemos de darle una verdadera profundidad, hemos de poner en ello todo nuestro corazón. No se trata de ser cumplidores sino de darle plenitud a aquello que hacemos y que vivimos. Como decíamos antes, podemos hacer incluso cosas buenas pero no le ponemos el calor de nuestra humanidad.

Hoy se nos ha dicho en el libro del Deuteronomio que los mandamientos del Señor son nuestra Sabiduría. ‘Esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente, esta gran nación’. Porque los mandamientos del Señor no son un yugo pesado que se nos impone y del que no nos podemos liberar, sino que son como el cauce y el camino que lleva a la plenitud de su ser a toda persona.

Nunca el mandamiento del Señor nos coarta en lo más hondo de nosotros mismos sino que nos hace vivir la vida en la mayor plenitud. Es la gloria del Señor lo que buscamos, pero será siempre buscando el bien del hombre, de toda persona, y los mandamientos es eso lo que tratan de preservar. Quien busca el bien de la persona estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, lo que es la voluntad de Dios que es nuestra felicidad.

Pongamos corazón en lo que hacemos y vivimos y nos sentiremos en plenitud.

sábado, 28 de agosto de 2021

Nos sentimos enriquecidos con la confianza que Dios ha puesto en nosotros y con la confianza que somos capaces de poner en los demás daremos valor a toda persona

 


Nos sentimos enriquecidos con la confianza que Dios ha puesto en nosotros y con la confianza que somos capaces de poner en los demás daremos valor a toda persona

1Tesalonicenses 4, 9-11; Sal 97; Mateo 25, 14-30

¿A quién confiamos nuestras cosas? Como ya lo expresamos con la palabra a aquel en quien tengamos depositada nuestra confianza. No somos dados a confiar nuestras cosas, nuestras pertenencias a nadie, mantenemos la reserva. Tenemos que encontrar a alguien con grande responsabilidad y que sepa manejar nuestros asuntos para no tener pérdidas sino mejor beneficios; si sabemos que es un manirroto y un irresponsable no le manifestaremos nuestra confianza.

Grande tenía que ser la confianza del hombre de la parábola que hoy nos propone Jesús. Porque al confiar aquellos talentos – y con esa palabra se está expresando que eran cantidades grandes – a aquellos empleados suyos cuando se fue de viaje, es porque mucha confianza tenía en ellos. Confiar en ellos era valorarlos, hacerles sentir que eran capaces cuando en ellos se había depositado esa confianza. Se harían o no merecedores de aquella confianza con sus responsabilidades o con su dejadez por la manera de llevar los asuntos, pero el primer mensaje que se nos deja va por ese camino, el de la confianza. Una confianza que nos enriquece.

Cuando Jesús nos propone las parábolas está haciéndonos comparaciones para que entendamos lo que es el Reino de Dios y cómo hemos de vivirlo. Y me atrevo a decir que el primer mensaje es cómo Dios confía en nosotros desde el momento que nos ha dado la vida. Es el regalo de Dios, es la muestra del amor que Dios nos tiene.

Y en esa vida nuestra aparecerán unos talentos u otros, porque cada uno tenemos unos valores, hay cualidades y capacidades diversas en nosotros; y no somos iguales sino que cada uno tenemos nuestra propia identidad, nuestros propios valores. Significa además que en el amor de Dios nos sentimos valorados, y eso ha de darnos mayor confianza en nosotros mismos para desarrollar lo que se nos han confiado.

No tenemos que andarnos con comparaciones que siempre nacen de ojos turbios y opacos, sino que cada uno ha de descubrir el valor de su vida y lo que en ella y con ella puede realizar. Es la responsabilidad con que asumimos nuestra vida; es el sentido de respuesta de amor que hemos de saberle dar si en una lectura creyente de nuestra vida hemos descubierto ese regalo del amor de Dios.

Vemos cómo aquel hombre de la parábola felicitará de la misma manera tanto al que había trabajado con cinco como al que había trabajado con dos, como le pedirá cuentas al que recibió solamente uno pero no supo trabajarlo, o más bien, no quiso trabajarlo. Igual de feliz fue el que recibió cinco como el que recibió dos, como igualmente podría haber sido feliz el que recibió uno.

La felicidad en la vida no está en las cantidades sino en la medida en que seamos capaces de ser nosotros mismos con lo que somos o con lo que tenemos. Ya sé que muchos van en la vida siempre ansiando tener más porque dicen que así serán más felices, pero cuando esas ambiciones nos cogen el corazón al final nos volvemos dependientes de las cosas y por mucho que tengamos nunca llegaremos a esa felicidad.

Aquel que descubre su propio ser y asume su vida podrá entrar en camino de plenitud y de felicidad. Descubre lo que eres, descubre tus valores, sean muchos o sean pocos, procura ir creciendo como persona a partir de eso que eres y entonces serás capaz de desarrollar todas tus posibilidades, podrás ir alcanzando metas en tu vida, podrás sentirte satisfecho de ti mismo, podrás sentir la felicidad en tu corazón.

Pero aprende también a contar con los demás; aprende a poner confianza en las personas que te rodean para que ellas también crean en sí mismas; nuestras desconfianzas pueden anular a los que están a nuestro lado, porque nuestra desconfianza crea sombras y negruras, impide que el otro se descubra a sí mismo cuando no es valorado. Con tu confianza estás enriqueciendo la vida del que tienes a tu lado.

Un mensaje enriquecedor el que nos deja hoy el evangelio. Nos sentimos enriquecidos con la confianza que Dios ha puesto en nosotros y con la confianza que somos capaces de poner en los demás estaremos dándole valor a la vida de toda persona.

viernes, 27 de agosto de 2021

Busquemos ese sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna

 


Busquemos ese sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96;  Mateo 25, 1-13

Los ritmos de trabajo de la vida muchas veces se vuelven vertiginosos y nos vemos tan absorbidos por el día a día de la vida, de las responsabilidades, de los trabajos que parece que si no viviéramos sino para trabajar; terminamos porque no disfrutamos del trabajo y de lo que hacemos, pero es que no disfrutamos de la vida.

Eso nos hace olvidar también en muchas ocasiones de darle como más profundidad a la vida, de poner metas e ideales que nos eleven, y aunque no dejamos de cumplir con nuestras responsabilidades hay el peligro de que al final nos sintamos vacíos, porque nos falta algo que le de sabor a lo que hacemos y a lo que vivimos. Parece incluso que hayamos perdido la alegría de la vida absorbidos por lo que vamos haciendo cuando nos olvidamos de lo principal.

Olvidamos detalles en nuestras relaciones con los demás que nos hagan más humanos, pero olvidamos detalles que nos den sentido y profundidad a nuestro ser. A veces nos parece que los engranajes de nuestra vida no funcionan con la suavidad que tendrían que funcionar y parece como que chirrían. ¿Faltará un aceite que facilite ese rodar de la vida con un sentido nuevo? No es cuestión solamente de estar, de pasar los días o de realizar unos trabajos, necesitamos algo más. Necesitamos algo que nos ilumine por dentro y también nos haga ver todo con un nuevo color. Pudiera ser que al final nos sintiéramos como cansados de la vida misma porque no la hemos sabido saborear en profundidad.

Necesitamos tener aceite suficiente en nuestra alcuza, en el depósito de nuestro corazón para que esa luz se mantenga siempre encendida. Hoy Jesús en el evangelio nos propone una parábola que habremos reflexionado muchas veces. El hecho de que la hayamos escuchado muchas veces no tendrá que impedirnos que en verdad la escuchemos con la novedad de la buena noticia que se nos quiere trasmitir.

Conocemos la parábola, una doncellas que según las costumbres de la época salen al recibir al esposo de la amiga que viene para la boda; dadas las circunstancias han de llevar lámparas encendidas para iluminar primero el camino y luego la sala de la boda; la tardanza del novio hizo que se quedaran adormecidas o que por otra parte se consumiera el aceite de las lámparas que cuando había que avivarlas ya no tenían el aceite necesario. Necesitaban un nuevo aceite que había que ir con prisas a buscarlo, pero ahora fueron algunas de aquellas doncellas las que llegaron tarde cuando la puerta estaba cerrada. Ya no pudieron disfrutar de la fiesta de la boda porque se quedaron fuera.

Nos quedamos fuera de la fiesta de la vida, como decíamos antes, quizás demasiado absorbidos por las mismas tareas que nos ocupan. Lo que nos sucede tantas veces cuando no le damos importancia a lo que verdaderamente tiene importancia, cuando descuidamos ese aceite y esa luz que dé color y sabor a lo que vivimos, cuando nos hemos olvidado de esos detalles que nos den mayor humanidad a nuestras relaciones, cuando aunque muy atareados vivimos muy superficialmente pensando solo en lo material o en las ganancias que podamos obtener, cuando pensando tanto en la vida presente nos hemos olvidado de darle trascendencia a lo que hacemos o cuando absorbidos por lo material hemos olvidado el sentido espiritual de nuestra vida, cuando quizá vivimos sí unas prácticas religiosas destinadas al cumplir por cumplir pero no le hemos dado profundidad a nuestra fe y a nuestra relación con Dios.

¿Cuál es el aceite que tendríamos que buscar? ¿Qué sentido nuevo nos está pidiendo Jesús que hemos de darle a nuestra vida para vivirla en profundidad pero también con ansias y deseos de vida eterna? cultivemos y profundicemos en nuestra fe.

jueves, 26 de agosto de 2021

Despertemos en nosotros la esperanza y pensemos en la vida eterna y estemos vigilantes para el encuentro con el Señor

 


Despertemos en nosotros la esperanza y pensemos en la vida eterna y estemos vigilantes para el encuentro con el Señor

1Tesalonicenses 3, 7-13; Sal 89; Mateo 24, 42-51

Estar de vigilia, y nos pasamos la noche sin pegar ojo, no porque tuviéramos ninguna obligación, sino porque nos desvelamos y no había manera que nos entrara el sueño. Cuántas vueltas en la cama, pero cuántas cosas pasan por la cabeza, se repasa el día, se hacen proyectos, aparecen sombras de la vida, preocupaciones de problemas que tenemos o que imaginamos, pesadillas de cosas que no nos podemos quitar de la cabeza, pero seguimos dando vueltas. No es porque nosotros queramos pasárnoslo de vigilia, pero no nos queda más remedio.

Pero vigilia es estar esperando algo que llega, que puede venir a la hora que menos pensamos y allí estamos vigilantes a la espera. Es la persona que esperamos o el acontecimiento que sabemos va a suceder pero no sabemos cuando; En ocasiones se nos hacen largas y pesadas por la incertidumbre del momento, pero queremos actuar con responsabilidad por el valor de la persona o por la importancia de lo que va a suceder.

Vigilia es quedarse junto a la cama del familiar enfermo para vigilar su descanso y recuperación, para estar atento a lo que pudiera necesitar, o para consolar o calmar su dolor en sus momentos más difíciles; lo hacemos con amor y dedicación y estaremos atentos al más mínimo movimiento o al más mínimo gesto; no nos queremos dormir.

De vigilia está el centinela y bien saben los que han pasado por la vida militar la vigilancia y disciplina que hay que tener ante los posibles peligros, pero también por las exigencias de la disciplina de la vida militar; vigilantes son hoy los guardias de seguridad que nos encontramos en cualquier institución o para la vigilancia de grandes instalaciones o empresas, utilizando ya también los mejores medios técnicos para hacer más efectiva esa vigilancia.

Pero vigilancia es la responsabilidad de cada persona, para atender sus asuntos, para responder a sus responsabilidades, para realizar su trabajo, para el cuidado de su vida personal y familiar, para la atención de aquellos que están bajo su responsabilidad ya sea el ámbito familiar o ya sea el ámbito laboral, para cuidar de su entorno, para emprender todo cuanto sea necesario para hacer una sociedad mejor, para el desarrollo y crecimiento de sí mismo, de su persona, en el desarrollo de sus valores y cualidades. Es vigilancia, pero es responsabilidad, no es pensar solo en sí mismo, que también tiene que pensar en sí mismo con grande responsabilidad, sino en cuantos están en su entorno.

Parecía como que de broma comenzábamos a hablar de la vigilancia pero nos damos cuenta de que va mucho más allá de lo que quizá pensábamos en principio con cierta superficialidad; aún podríamos seguir ahondando mucho en muchos más aspectos. Y hemos comenzado hablando de esto por lo que nos decía Jesús en el evangelio. Un toque de atención para todo lo que sea nuestra fe y nuestra relación con el Señor, pero en el que no es ajena cualquier situación y cualquier aspecto de nuestra vida.

Nos dice Jesús ‘Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor’ y nos habla del dueño de casa que tiene que cuidarla, o del sirviente que está atento a la puerta para cuando llegue su señor, o del administrador que tiene que estar atento y vigilante para atender a todos cuantos están a su cuidado en la casa. Pero nos lo pone Jesús como ejemplo de la vigilancia en que hemos de vivir para nuestro encuentro con el Señor.

Viene el Señor a nuestra vida, de mil maneras y en mil momentos se nos puede manifestar y hacerse presente, no siempre sabemos discernir los signos con los que se hace presente el Señor junto a nosotros. Es necesaria esa atención y esa vigilancia, esa sensibilidad para ser capaz de detectar y sentir esa presencia del Señor. Demasiado enfrascados estamos en nuestras cosas materiales y perdemos la sensibilidad de lo espiritual; tenemos que saber elevarnos para no quedarnos simplemente a ras de tierra sino tener esa sintonía del cielo, esa sintonía espiritual para sentir y disfrutar de esa presencia del Espíritu del Señor en nuestra vida.

Cuando hemos venido hablando de esos diferentes aspectos de la vigilancia en la vida hemos venido al mismo tiempo detectando una serie de valores o cosas a tener en cuenta; hemos hablado de atención y de responsabilidad, hemos hablado de dedicación y de amor, hemos hablado de poner todo de nuestra parte para que nada no distraiga, y hemos hablado de una cierta sintonía bien necesaria. Esto significa que cuando estamos hablando desde este sentido de la fe y de lo espiritual hemos de cuidar también todos esos valores que nos ayudarían en esa vigilancia espiritual de la que hoy en especial nos habla Jesús.

Y tenemos que comenzar porque en nosotros haya esperanza, nosotros esperemos algo, nosotros nos confiemos en las palabras de Jesús y queramos salir a su encuentro o dejar que El venga a nuestro encuentro. Algunas veces parece que los cristianos hemos dejado de pensar en la vida eterna, nos hemos materializado tanto que nos quedamos solamente en estos terrenos y ya no pensamos en el cielo, hemos dejado de darle trascendencia a nuestra vida y dejado de pensar en el más allá.

Son aspectos de nuestra fe y de nuestra esperanza que necesitamos reavivar dejándonos impregnar por esa espiritualidad del evangelio.

miércoles, 25 de agosto de 2021

El evangelio ha de ser un interrogante al que no le tengamos miedo porque reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nosotros nos haremos más creíbles para los demás

 


El evangelio ha de ser un interrogante al que no le tengamos miedo porque reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nosotros nos haremos más creíbles para los demás

1Tesalonicenses 2, 9-13; Sal 138; Mateo 23, 27-32

Todos queremos conservar intacta nuestra imagen; bueno, la imagen que nos hemos creado de nosotros mismos, donde siempre queremos presentar el lado bonito, pero que no se vean los claroscuros que pudiera haber. Como anécdota recuerdo siempre a un hombre, que no era muy agraciado en su cara hay que reconocerlo, pero que él decía de sí mismo que era bonito y cuando se hacía una fotografía se ponía de perfil de tal forma que no se vieran las partes de su rostro que no eran tan agraciadas.

Pues un poco así somos aunque no lo queramos decir en voz alta. Quizás lo que más nos duele de algún error que hayamos cometido en la vida, no es el error en sí, sino lo que los otros podrán pensar de él cuando se enteren, la desilusión que se van a llevar porque siempre nos tuvieron por buenos y nosotros nos aprovechamos de ello presentando solo ese lado bueno y de evitar esos otros lados oscuros de la propia vida. Es lo que llamamos el prestigio que tenemos que salvar, el buen nombre que podríamos tener y por eso quizás damos una apariencia que no refleja lo que en verdad somos.

Así vamos por la vida llenos de vanidades, con muchas apariencias que no reflejan la auténtica realidad. Nos manifestamos grandilocuentes cuando no sabemos decir dos palabras seguidas, por decirlo de alguna manera; nos queremos presentar fuertes y poderosos, cuando sentimos tanta debilidad en nuestro interior y tantos miedos que en el fondo vamos acobardados; ocultamos la timidez que llevamos dentro dando apariencias de seguridades que no tenemos pero con nuestra prepotencia y con nuestra autosuficiencia tratamos de disimularlo; queremos presentarnos como personas muy religiosas y haciendo muchas recomendaciones a los demás de cómo tiene que ser su religiosidad, cuando nosotros estamos vacíos por dentro y sin ninguna espiritualidad que merezca la pena.

Y de esto nos encontramos en todas las facetas de la vida y de la sociedad; y es triste reconocerlo, pero muchas veces nos encontramos así entre gentes de iglesia y hasta en quienes tienen que ser dirigentes o formadores de la comunidad cristiana. Cuanto vacío nos encontramos tantas veces, cuanta palabrería, cuanta fanfarria, cuantas suntuosidades, pero donde falta algo profundo. Y no nos queremos dar cuenta o tratamos de buscar disimulos o disculpas.

Hoy Jesús llama sepulcros blanqueados a aquellos fariseos y maestros de la ley que se quedaban en las apariencias y en la hipocresía y nada tenían en su interior. Cuando leemos este evangelio nos damos gusto cargando contra aquellos y hasta nos frotamos las manos, pero no somos valientes para hacer una lectura donde nosotros nos veamos reflejados en aquellos personajes y aquellas actitudes que Jesús denuncia en el evangelio. Tenemos que aprender a mirarnos a nosotros mismos que nos vemos bien reflejados en esas páginas del evangelio y en esas palabras de Jesús.

Tenemos que examinar la autenticidad de nuestras vidas y la sinceridad de nuestro vivir. No nos cueste reconocer nuestras debilidades, nuestras inseguridades, nuestra superficialidad, porque puede ser el punto de arranque para que siendo conscientes de nuestra condición nos pongamos en serio a cambiar, a buscar la manera de encontrar esa espiritualidad profunda que dé sentido a nuestras vidas.

El evangelio tiene que ser un interrogante para nosotros al que no hemos de tenerle miedo. Con la sinceridad reconociendo los claroscuros que pudiera haber en nuestra vida nos haremos más creíbles para los demás, seremos más auténticos.

martes, 24 de agosto de 2021

En lo secreto del corazón también nos habla Dios para transformar esa vieja madera que somos en edificación de un hombre nuevo y un mundo mejor

 


En lo secreto del corazón también nos habla Dios para transformar esa vieja madera que somos en edificación de un hombre nuevo y un mundo mejor

Apocalipsis 21, 9b-14; Sal 144; Juan 1, 45-51

¿De dónde dices que es? También nos hacemos nuestras diferencias según de donde sea nuestra procedencia. Serán las rivalidades propias de pueblos vecinos en que siempre unos quieren quedar por encima de los otros o considerarse mejor que el pueblo de al lado, o como fueron entre nuestras islas las discriminaciones que nos hacíamos según se fuera de una isla u otra sobre todo cuando de las islas menores no les quedaba más remedio que marcharse buscando trabajo en otros lugares en momentos bien oscuros de nuestra historia.

Pero hoy seguimos también con nuestros ‘peros’ en la movilidad que tenemos entre mundos y culturas distintas a causa de la pobreza y la inmigración. Todavía hay gente que sigue mirando mal a los que vienen de otros lugares, ya sea por sus costumbres, por el color de su piel o por la desconfianza innata que llevamos dentro de nosotros. ¿Seguirá existiendo un cierto racismo y discriminación entre nosotros? Es nuestra madera que no siempre es la más perfecta aunque ya tendríamos que tener muchas razones para superar muchas cosas.

Bueno, y esa era la madera también de los que seguían a Jesús y de aquellos a los que Jesús llamaba para estar con El y un día convertirlos incluso en apóstoles de su Iglesia. Eran también gente muy humana, con sus limitaciones y defectos, con viejas costumbres arraigadas en sus corazones y también, por qué no, con sus ambiciones. Lo vemos muy palpable en muchos momentos del evangelio. Lo estamos viendo hoy en el episodio del evangelio que se nos ofrece en esta fiesta del Apóstol san Bartolomé.

Entusiasmado Felipe por haberse encontrado con Jesús pronto quiere compartir sus experiencias con sus amigos y vecinos. Se encuentra con Natanael, el de Caná de Galilea, y le habla de Jesús, de Nazaret, expresándole todo lo que siente desde su encuentro con El. Y es la reacción, pueblerina si queremos llamarla así, de Natanael hacia los que son de un pueblo vecino. ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’ No expresaba sino lo que sentían unos y otros del pueblo de al lado, aunque entre ellos hubiera parientes y hasta amigos. A Caná fue Jesús con María invitado a una boda a pesar de ser de Nazaret.


A Felipe no le queda otra cosa que decirle sino ‘Ven y verás’. Y se lo presentó a Jesús. Y aquí vienen las sorpresas, porque Jesús dirá de él que es un israelita de verdad y un hombre muy veraz y muy leal. Se sorprende Natanael, ‘¿de qué me conoces?’ Y le dirá Jesús ‘antes de que Felipe hablara contigo yo te vi. debajo de la higuera’. Fue suficiente, y ahí están los secretos del espíritu, para que Natanael hiciera una hermosa confesión de fe en Jesús. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.

Hemos hablado de los secretos del espíritu, de los secretos del corazón. Nadie sabe lo que pasa dentro de la persona. Solo Dios es el que nos conoce por dentro, pero también el que es capaz por la fuerza del Espíritu de transformar nuestros corazones haciéndonos encontrar la luz. Somos de la madera que somos, tal como hemos venido diciendo, nuestra madera está llena de imperfecciones, de muchos nudos o incluso de muchas grietas, por donde hay el peligro de dejar penetrar lo que nos infecta del mal y la podredumbre de nuestro corazón.

Pero es también ahí en lo secreto de nuestro corazón donde nos pueden suceder muchas cosas y donde podemos sentir la voz y la llamada del Señor. Es cierto que muchas veces vamos por la vida llenos de malicias y desconfianzas, tenemos también el peligro y la tentación de querer hacer nuestras diferencias y distinciones en aquellas personas con las que nos encontramos y no siempre sabemos aceptarnos lealmente los unos a los otros. Pero aunque vamos dejándonos arrastrar por esas maldades, sin embargo la voz de nuestra conciencia muchas veces nos habla, nos grita, quiere hacernos despertar.

Momentos de silencio y reflexión, cosas que nos suceden o que contemplamos en nuestro entorno, testimonios de personas que nos dan luz por su compromiso o por su bien hacer, son llamadas que sentimos y nos pueden hacer despertar. Es la acción del Espíritu de Dios en nosotros que quiere mover nuestro corazón. No nos hagamos reticentes, no podemos hacernos oídos sordos, no podemos acallar esa voz y esa llamada, tenemos que estar atentos a esos resplandores de luz que en algún momento nos pueden aparecer, tenemos que dejarnos conducir por lo bueno para llegar a tener esa mirada nueva. La vieja madera se puede transformar por la fuerza del Espíritu en la edificación de un hombre nuevo y de un mundo mejor.

Aquel que no quería saber nada de quien era del pueblo vecino de donde nada bueno podría salir, hizo una hermosa confesión de fe y se convirtió en uno de los que estaban siempre con Jesús, de los amigos de Jesús. ‘A vosotros os llamo amigos’, diría en una ocasión Jesús y a ellos les confió la misión de continuar su anuncio de la Buena Nueva a todos los pueblos sin distinción.

¿Nos querrá decir algo esta fiesta de san Bartolomé para esas reticencias que seguimos teniendo para aceptar a los que nos puedan llegar de otros lugares?

lunes, 23 de agosto de 2021

Cuidemos de dar con nuestra vida, nuestras actitudes y comportamientos la imagen del Dios compasivo y misericordioso que nos muestra Jesús en el evangelio

 


Cuidemos de dar con nuestra vida, nuestras actitudes y comportamientos la imagen del Dios compasivo y misericordioso que nos muestra Jesús en el evangelio

1Tesalonicenses 1, 1-5. 8b-10; Sal 149; Mateo 23, 13-22

La palabra y la presencia de Jesús son siempre una palabra y una muestra de lo que es la misericordia, la comprensión y el perdón. Es la Buena Nueva que Jesús viene a anunciarnos, al año de gracia del Señor. Todos sus gestos y palabras nos muestran lo que es la misericordia de Dios que inunda nuestra vida y nos llena de gracia cuando nos ofrece su amor y su perdón.

Pero al mismo tiempo la Palabra de Jesús nos denuncia y nos señala el camino equivocado que hemos de enmendar, y no quiere Jesús que con nuestros errores arrastremos al mal a los demás. Nos quiere arrancar de ese camino de error que puede llenar de malicia nuestro corazón aunque siempre le vemos respetar los ritmos y los pasos de las personas en su respuesta a su llamada. Es fuerte, duro y exigente, sin embargo, con quien hace daño a los demás siendo mal ejemplo con sus comportamientos.

Por eso no soporta que los dirigentes religiosos de Israel fueran tan reticentes a la Buena Nueva del Evangelio que Jesús nos traía, pero que además habían ido tergiversando la ley del Señor a base de normas y reglamentos que venían como a encorsetar el cumplimiento de lo que era en verdad la ley del Señor. Terminaban quedándose en el cumplimiento de la letra pero no en el dejarse envolver por el espíritu de lo que realmente era la ley del Señor.

Por eso esas palabras fuertes que hoy le escuchamos en el evangelio llamando a los escribas y a los fariseos hipócritas. Nos hemos acostumbrado a esa palabra que ya ha entrado en nuestro vocabulario ordinario olvidando quizá el origen de esa misma palabra que es lo que nos viene a explicar su sentido.

En el teatro griego los actores cubrían sus caras con una máscara, que servía por una parte para amplificar el sonido de las palabras que pronunciaban, pero que también por lo que representaba aquella máscara se conocía al personaje. Y ese era su nombre, hipócrita, esa doble cara, que no representaba en si al actor sino al personaje, una cara que solo era una apariencia para representar algo.

Y eso les viene a decir Jesús a los escribas y fariseos, hipócritas, por esa doble cara de exigencia para los demás, pero de poco cumplimiento interior en ellos mismos. Solamente desde la apariencia de lo que hacían ya se consideraban que cumplían aunque su corazón estuviera muy lejos de lo que era realmente la voluntad del Señor.

Muchas preguntas para nuestra vida nos provoca este texto del evangelio. ¿También nosotros nos estaremos revistiendo de esas apariencias que se quedan en lo superficial y en lo externo y no cuidaremos debidamente nuestro interior? Pensemos cómo tantas veces estamos preguntándonos qué tenemos que hacer, hasta dónde podemos llegar, cuál es la medida que tenemos que usar nuestros gestos o en nuestro compartir con los demás. Hasta aquí cumplo y desde esa raya no me puedo pasar, pensamos y actuamos tantas veces. Y buscamos nuestras disculpas y nuestros disimulos, nuestras justificaciones y nuestros raquitismos por falta de generosidad.

Por otra parte también tendríamos que preguntar qué imagen de Dios damos con nuestra vida, con nuestras actitudes y nuestros comportamientos con los otros. La imagen que daban aquellos escribas y fariseos de Dios y de la religión estaba bien distante de lo que Jesús nos proponía en el Evangelio. ¿Seremos nosotros acaso así?

Más de una vez hemos escuchado o hasta nosotros mismos lo hemos dicho refiriéndonos a otra persona, tanto ir a la Iglesia, tan religioso que se cree pero mira cómo se comporta con los demás, qué déspota y exigente se comparta con los otros sin expresar la más mínima misericordia en su corazón. Mala imagen de la religión, mala imagen de Dios, mala imagen de cristiano da una persona así. ¿Qué imagen estaremos dando nosotros?

domingo, 22 de agosto de 2021

Queremos comer a Cristo porque queremos asumir en nuestra vida todo cuanto Cristo significa y los valores que nos enseña en el evangelio

 


Queremos comer a Cristo porque queremos asumir en nuestra vida todo cuanto Cristo significa y los valores que nos enseña en el evangelio

Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b; Sal. 33; Efesios 5, 21-32; Juan 6, 60-69

Llega el momento de tomar una decisión. Algunas veces lo vemos claro; otras veces nos encontramos en una encrucijada y no sabemos que camino tomar. Hay cosas que nos gustan, que nos llaman la atención, que nos pueden atraer por su novedad y son llamativas, pero puede aparecer esa sombra de conservadurismo que todos llevamos dentro porque nos cuesta eso de cambiar y no sabemos qué decisión tomar.

Nos pasa tantas veces en la vida cuando se abren caminos nuevos delante de nosotros de los que muchas veces desconfiamos; será un negocio que podemos emprender, será unas decisiones que pueden afectar a nuestra familia, serán cosas que vemos con mucho riesgo y nos llenamos de miedo, serán unos estudios que se nos ofrecen pero al mismo tiempo valoramos las exigencias. Vienen las indecisiones, viene quizá el echarnos atrás por temor al riesgo, será el abandonar algo que quizá en un momento nos llenaba mucho de ilusión.

Estamos pensando en esas múltiples situaciones humanas en las que nos podemos encontrar en la vida, a la que algunas veces nos cuesta cogerle el ritmo porque todo nos parece tan vertiginoso, pero puede tocarnos a principios que consideramos fundamentales para nuestro sentido de vida o que pueden afectar nuestro camino de fe. Cuántas veces cuando el evangelio se va convirtiendo en una exigencia cada vez mayor en nuestra vida, porque en su novedad descubrimos caminos que pueden descolocarnos de lo que siempre estábamos acostumbrados en nuestra vida religiosa o en lo que llamamos nuestra vida cristiana, también nos echamos para atrás, fácilmente buscamos primero a ver si podemos encontrar arreglos y componendas o al final abandonamos y lo dejamos.

En esa tesitura se encontraban los discípulos aquella mañana en Cafarnaún y también todos aquellos que habían venido buscándole después de lo sucedido la tarde anterior en los descampados. Muy temprano se habían encontrado con Jesús de nuevo en Cafarnaún y allí estaban preguntando cómo había venido, cómo había llegado. Pero Jesús ha comenzado a hacerles reflexionar para que se pregunten por qué en verdad le buscan.

¿Sólo porque les había dado abundantemente pan en el desierto milagrosamente multiplicado? ¿Querían siempre un pan así porque así no tendrían que andar buscando el pan de cada día en sus afanes y trabajos, como la mujer samaritana que quería del agua que Jesús le ofrecía porque así no tenía que ir al pozo todos los días a sacarla? ¿Sólo porque curaba sus enfermos? Es cierto que también ellos buscaban algo más, algo que llenara de esperanzas sus corazones, pero al final no sabían bien lo que buscaban.

Jesús ha ido hablándoles de un nuevo alimento y de un nuevo sentido de vida, una nueva sabiduría. Les hablaba del pan del cielo que solo el Padre puede darles, y les decía que ese pan era El. Les insistía en que había que comerle, que su carne y que su sangre eran verdaderamente el pan de vida y la bebida de la salvación. Era un nuevo vivir, porque era vivir la vida de Jesús. Y eso era algo nuevo para ellos y les costaba comprender.

¿Se quedaban en el comer a Jesús solamente como algo material, como un alimento que hay que masticar o era algo más lo que Jesús les estaba ofreciendo? Algunas veces nos quedamos en la imagen y en el signo, pero no llegamos a comprender lo que esa imagen nos dice o ese signo significa. Comer a alguien para tener un nuevo sentido de vivir era algo que les costaba entender. Cuando comemos a Cristo, tal como El nos lo ofrece, tenemos que estar entendiendo bien cómo desde lo más hondo tenemos que cambiar porque significa asumir en nuestra vida todo lo que Cristo significa, todo lo que Cristo nos plantea y nos ofrece en el evangelio.

Comer a Cristo significa entonces ponernos en camino de una vida nueva; serán unos nuevos valores, será una nueva forma de enfocar nuestra relación con Dios y con los demás. Comemos a Cristo para vivir, luego tenemos que dejar atrás todo lo que nos pueda envenenar, todo lo que nos pueda dañar allá en lo más hondo de nosotros mismos. Cuántas pasiones que nos envenenan, cuántas posturas que tomamos en la vida en nuestra relación con los demás que nos llenan de muerte; cuántos odios que tenemos entonces que arrancar de nuestro corazón, cuántos orgullos y vanidades de las que tenemos que desprendernos; cuántas ambiciones de grandezas tenemos que desconectar de nuestros pensamientos y deseos; cuántas envidias, rencores y resentimientos de los que tenemos que despojarnos; cuánto perdón tenemos que saber ofrecer con corazón generoso; cuántas cosas tenemos que aprender a compartir.

Muchas cosas que había que desmontar en la vida. ¿Estarían dispuestos? Muchos se echaron atrás y no volvieron a seguir a Jesús. Por eso pregunta a los discípulos más cercanos ‘y vosotros, ¿también queréis marcharos?’ Pedro siempre con sus impulsos llenos de amor por el Maestro salva la situación. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’.

¿Responderemos nosotros así con todo sentido? ¿En verdad queremos comer a Cristo porque estamos dispuestos a ese nuevo sentido de vivir que nos ofrece el Evangelio? Porque ante algunas cosas reconozcamos que dudamos y también nos echaríamos atrás.