Vistas de página en total

viernes, 30 de marzo de 2018

Quiero hoy ponerme al pie de la cruz para bajar del Calvario hecho ahora un hombre nuevo para el amor con el compromiso también de hacer un mundo nuevo muy lleno de amor


Quiero hoy ponerme al pie de la cruz para bajar del Calvario hecho ahora un hombre nuevo para el amor con el compromiso también de hacer un mundo nuevo muy lleno de amor

Isaías 52, 13-53, 12; Sal 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 - 19, 42

Quiero hoy ponerme al pie de la cruz. No es fácil. No es fácil subir hasta el calvario sobre todo si tenemos que ir cargando también con nuestra cruz. No es fácil ponerse ante la cruz si hay algo de sensibilidad en el corazón. Es signo de suplicio, de tormento, de sufrimiento, de muerte. Nos duele enfrentarnos con el dolor. Quisiéramos mirar para otro lado. No nos gusta ver sufrir a nadie. Se nos revuelven las entrañas. Queremos no tener que enfrentarnos a esa situación.
Pero aquí estamos ante la cruz que no es una cruz cualquiera. Estamos ante la cruz en la que muere Jesús. Llegar hasta lo alto del calvario siguiendo sus pasos nos ha costado también sufrimiento por ver tanto dolor, tanta ignominia, tanta violencia, tantas traiciones y negaciones. Sabemos bien todo lo que hubo detrás de la pasión de Jesús en quienes maquinaban su muerte, en quienes buscaban delaciones, en quienes se aprovecharon de las cobardías o de las ambiciones de algunos. Cuando somos conscientes de todo eso se nos revuelve el corazón y quisiéramos rebelarnos.
Aquí en silencio ante la cruz da tiempo para pensar mucho, para meditar mucho, para repasar también nuestra vida. Y el silencio que ahora nos envuelve quizás nos recuerdes nuestros silencios por cobardía cuando no supimos dar la cara; podíamos haber hecho y no hicimos; pudimos defender a quien se veía oprimido y quizás volvimos el rostro para decir que no nos enterábamos; preferimos nuestras comodidades antes de complicarnos la vida.
El silencio al pie de la cruz nos da para pensar mucho. Nos hace pasar la vida ante los ojos de nuestro corazón como una película y nos damos cuenta de cuantas veces negamos también; prometíamos y no sabíamos lo que prometíamos o pronto lo olvidábamos. Podía más en nosotros la pasión o la ambición; podía más en nosotros aquel momento en que queríamos pasarlo bien a costa de lo que fuera; podía más en nosotros el hacernos los olvidadizos de nuestros compromisos dejando quizá para otro momento – ya habrá tiempo nos decíamos –, un momento que nunca llegaba para cumplir con unas responsabilidades que un día habíamos asumido; podían más tantas cosas en nuestra vida y seguíamos bajando por la pendiente de las negaciones o de las traiciones.
Aquí seguimos en silencio ante la cruz de Jesús. Traspasado por tantas violencias que como había dicho el profeta ya no parecía que tuviera figura humana. Nos es fácil decir que si los guardias del templo que se lo pasaron bien aquella noche en el patio de Caifás, que si los soldados en el Pretorio con sus escarnios y sus burlas después de haberlo azotado y coronado de espinas; que si el camino del calvario bajo el peso de la cruz y arrastrado por los verdugos que querían llegar pronto a la cima para dejarlo allí traspasado por los clavos…
Pero ¿serán solo esas las violencias que sufre Jesús en la cruz del Gólgota? Un día nos dijo que todo lo que le hiciéramos de bien o de mal a cualquiera de los otros a El se lo estábamos haciendo. Y pienso en este silencio en tantas violencias que nos envuelven en la vida, me envuelven también en mi vida. Reacciones airadas, palabras hirientes, momentos llenos de orgullo que se convirtieron en desprecio de los demás, omisiones de socorro o de ayuda a los que nos tendían la mano pidiéndonos un pedazo de pan, soledades que no supimos compartir con tantos que pasaban el frío del desamor… son violencias que nos envuelven, son violencias que hacen daño, son violencias que llevan a Jesús también hasta la cruz.
Este silencio al pie de la cruz de Jesús da para pensar tantas cosas. Nos sentimos abrumados, sentimos la culpa sobre nuestra conciencia, nos parece que no merecemos tener ningún perdón, pero estamos escuchando una palabra de Jesús. Una palabra que ofrece perdón y hasta nos quiere disculpar. No saben lo que hacen. Levantamos nuestros ojos hasta donde está Jesús traspasado en la cruz y a pesar de tantas oscuridades parece que está comenzándonos a llegar un rayo de luz y de esperanza a nuestro corazón.
La mirada de Jesús es una mirada que nos quiere envolver en la paz. El rostro sereno de Jesús en medio de todo el tormento de la cruz parece que nos quiere hablar de amor y de misericordia. No estamos contemplando a un vencido sino a un vencedor. Con su mirada nos está diciendo que nos levantemos, que podemos levantarnos; como a aquellos inválidos del evangelio nos dice que nos levantemos y comencemos a caminar de nuevo.
No es tiempo de amarguras sino de esperanza; nos es tiempo para hundirnos sino para levantarnos triunfadores porque la muerte de Jesús en la cruz no es un fracaso sino una victoria; victoria sobre la muerte, sobre la oscuridad, sobre el odio y el desamor; es la victoria de la vida, es la victoria del amor. Aunque todavía nos parece que siguen envolviendo las tinieblas sabemos que pronta está la victoria de la resurrección. Es tiempo de pascua, es tiempo del paso salvador de Dios sobre nuestra vida que nos trae el perdón, que nos hará caminar en una vida nueva.
Quiere Jesús que estemos de pie junto a su cruz. Como lo estuvo María, que en medio de tanto dolor de madre no le faltó nunca la esperanza; nos la da como madre, como la madre que nos va a acompañar en nuestro camino para ayudarnos a levantarnos, ayudarnos a caminar por esos caminos nuevos donde haremos desaparecer las violencias y el desamor que tantas veces ha envuelto nuestra vida.
Ella nos va a decir también que confiemos, que cuando Jesús entregue su espíritu al Padre a nosotros nos estará dando la fuerza de su Espíritu para que podamos emprender ese camino nuevo de resurrección en nuestra vida. Es lo que tenemos que emprender. Es la manera cómo bajaremos del Calvario, de estar junto a la cruz de Jesús, pero hechos ahora unos hombres nuevos para el amor con el compromiso también de hacer un mundo nuevo muy lleno de amor.



jueves, 29 de marzo de 2018

Es la hora en que encontremos un sentido para la vida en la entrega de Jesús y aprendamos a ceñirnos la toalla para amar y entregarnos como Jesús



Es la hora en que encontremos un sentido para la vida en la entrega de Jesús y aprendamos a ceñirnos la toalla para amar y entregarnos como Jesús

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

‘Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo… Estaban cenando, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido…’
Es la hora. Había llegado su hora. Es la hora del amor, de la entrega, del dar la vida. Ahora todo son signos; mañana lo veremos en la más hermosa entrega, ‘los amó hasta el extremo’.
No son unos signos cualesquiera. Cada detalle tiene un profundo significado. Ya es hermoso que todo se realice en medio de una cena, una comida. Es fraternidad y comunión de los que se sientan a una misma mesa. Es memoria y es celebración porque era la cena pascual que recordaba el paso de Dios por su historia, por la historia del pueblo de Israel, por la historia de cada uno. Es celebración porque tiene el sabor del encuentro y de la despedida; es la última cena, así la llamamos siempre.
Pero es celebración porque es mucho más, aquella cena ha de prolongarse para siempre y cada vez que se celebre será celebrar su presencia y su vida, su amor y su entrega. Pero es celebración que es anuncio de futuro, tiene la trascendencia de la eternidad, de las bodas eternas, de la pascua eterna junto a Dios para siempre.
Y es importante este primer signo de la cena. Jesús se despojó de su manto pero se ciñó. El manto puede ser abrigo y adorno, pero cuando se va a realizar algo grande no necesitamos el manto, nos liberamos de él. Pero Jesús se ciñó, y en este caso una toalla. Se ciñe el que se dispone a salir, el que va a comenzar un trabajo, el que va a emprender algo grande. Por eso en otro momento nos dirá que estemos con la cintura ceñida como los servidores que esperan a que su señor llegue para servirle. Si están ceñidos es porque están despiertos, están vigilantes para el servicio y para la entrega.
Y Jesús se ciño porque iba a realizar algo inaudito. Inaudito era que quien era el señor se pusiera a servir. Lavar los pies a los invitados era tarea de otros, de los servidores. ‘Me llamáis el Maestro y el Señor y decís bien’, le dice Jesús. Pues si El que es el Maestro y el Señor se ha puesto de servidor a lavar los pies nos está diciendo lo que hemos de hacer.
Por eso ese gesto de Jesús significa mucho, significa su entrega. Era inaudito lo que iba a pasar, que Jesús fuera entregado a la muerte y una muerte de cruz. Pero es que no era que otros lo entregaran, era El mismo el que se estaba entregando y eso sí que era inaudito. Por eso es tan grande, tan importante este signo que realiza Jesús.
Se ciñó porque estaba dispuesto, preparado para la entrega. ‘Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo’, ya nos había dicho el evangelista como prólogo a este episodio. Todo lo que viene a continuación es una consecuencia. Juan no nos hablará de la Eucaristía en la cena pascual, como lo hacen los otros evangelistas, porque de alguna manera estaba ya incluido en este signo con el que Jesús comienza la cena. Será como una continuidad. Quien así se entregaba era para que nosotros tuviéramos vida. Cuando vamos a comer a Jesús en la Eucaristía estamos comiéndole en su entrega, porque así queremos entrar en comunión con El, con su amor para vivir en su mismo amor.
Más adelante en la cena nos dirá que nos deja un solo mandamiento. Nos dirá que tenemos que amar con un amor como el que El nos amó. Ese será nuestro distintivo. Pero el distintivo está en lo profundo; no es cuestión de palabras bonitas que nos digamos los unos a los otros; no es solo unos gestos esporádicos que hagamos en un momento de entusiasmo o de fervor. Tiene que ser el sentido de la vida, tiene que ser nuestro vivir. Y nuestro vivir es en la misma entrega de Jesús.
Tenemos que aprender a ceñirnos como Jesús para estar siempre dispuestos; siempre vigilantes para ir allí donde se necesita que pongamos amor. Y aunque hoy en nuestro mundo es quizá la palabra mas repetida, sin embargo bien sabemos que es el ansia mas profundo que sienten los hombres y mujeres a nuestro lado. Habrá muchas palabras de amor pero hay muchas ansias de amor, porque no siempre todos se sienten queridos, acompañados. Muchas soledades con hambre de amor podemos descubrir en nuestro entorno.
Vivimos en un mundo de muchas comunicaciones, pero también de muchas soledades. Buscamos y no sabemos como ni donde. Y entonces queremos satisfacernos con superficialidades, con muchas banalidades de la vida, con amores efímeros que no son el verdadero amor. Recorramos las redes sociales y si nos fijamos bien detrás de muchas cosas que se dicen o se comunican hay muchas soledades que no han encontrado un verdadero sentido para sus vidas. Y porque no hay una comunicación profunda los encuentros son efímeros, las amistades pronto se acaban, aparecen las huidas por miedo al compromiso, las soledades perviven, las angustias siguen ensombreciendo los corazones.
Nosotros los que creemos en Jesús y en este día del Jueves Santo le vemos ceñirse para darse y entregarse hemos de aprender de Jesús lo que es el amor verdadero y el amor que tenemos entonces que comunicar a los demás. Hoy queremos entrar en comunión con Cristo y por eso con tanta intensidad queremos vivir la Eucaristía para así llenarnos de ese amor que nos lleve a los demás, que nos lleve a hacer un mundo donde de verdad nos encontremos para ser más felices.
Comulgando a Cristo y entrando en comunión con El rompamos los círculos cerrados para ir a un encuentro verdadero con los demás. En Cristo tenemos el ejemplo, el estimulo y la fuerza para realizar esa reconstrucción del amor en nuestro mundo. Encontremos ese sentido en la entrega de Jesús y aprendamos a ceñirnos la toalla para amar y entregarnos como Jesús.



miércoles, 28 de marzo de 2018

Vamos a celebrar la cena de pascua, pero sigamos el camino que nos señala Jesús para preparar de verdad nuestro corazón y haya pascua en nuestra vida


Vamos a celebrar la cena de pascua, pero sigamos el camino que nos señala Jesús para preparar de verdad nuestro corazón y haya pascua en nuestra vida

Isaías 50,4-9ª; Sal 68; Mateo 26, 14-25

‘Maestro, ¿dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ preguntan los discípulos a Jesús. Pero hay una pregunta que frecuentemente escuchamos en estos días muchos se hacen también, ¿dónde vas a pasar la semana santa?
La pregunta que nos relata el evangelio es cierto que va acompañada previamente por la postura de Judas que va a preguntar a los sumos sacerdotes ¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?’ y ya sabemos como se sucedieron las cosas a partir de aquel momento. Por su parte Jesús indica con toda precisión lo que han de hacer los discípulos para encontrar en la ciudad la casa de aquel amigo de Jesús que le ofrecería una sala para celebrar la pascua.
A la pregunta que escuchamos o se hacen muchos en estos días, como decíamos, encontraremos variadas respuestas que muchas de ellas parece que nada tienen que ver con ‘eso’ de la semana santa. Que si vacaciones, que si aprovechamos estos días para irnos de viaje, que si descanso en la playa porque andamos muy estresados y necesitamos un relax, que si vamos a no sé que sitio a ver las procesiones porque son muy bonitas y quizá la que más tímidamente se pronuncie por parte de otros es que van a ir a su parroquia a las celebraciones litúrgicas de la semana santa. Probablemente esta última respuesta produzca sorpresa para algunos porque para ellos eso significa ya poco en su vida.
No entramos en juicios sobre lo que cada uno quiere hacer de estos días y cuáles sean sus personales convicciones – ahí está la realidad de la vida -, pero quienes se acercan a esta página quizá puedan tener distintas motivaciones y realmente se estén preguntando, como me lo hago yo a mí mismo ¿cómo es que voy a preparar la celebración de la pascua? ¿Estaré ya preparado para poder participar en la cena de Pascua?
Quienes queremos vivir nuestra fe de forma sincera y estamos intentando hacerlo de forma comprometida estos momentos de las celebraciones del misterio pascual de Cristo son muy importantes. No es que tengamos necesariamente que cubrir estos días nuestra vida de tintes lúgubres y tristes, porque nunca nuestra fe puede estar envuelta en esos mantos de negrura y de tristeza. La negrura la dejamos para el corazón de Judas que ya simbólicamente nos dice el evangelio que cuando salio del cenáculo para perpetrar su traición era de noche; no solo eran las tinieblas y la oscuridad de la noche, sino que eran las tinieblas de su corazón.
Es cierto que al disponernos a celebrar la pascua sentimos en nuestro corazón el peso de nuestros pecados pero al mismo tiempo está resplandeciendo sobre nosotros la misericordia del Señor. Todo nos habla en estos días del amor misericordioso de Dios. Contemplar a Cristo en su entrega es contemplar la inmensidad del amor de Dios. No lo merecemos porque somos pecadores. Pero así se manifiesta la grandeza del amor de Dios. No nos ama porque seamos justos, nos ama y se entrega por nosotros a pesar de que somos pecadores, porque quiere inundarnos de su gracia, de su luz, de su amor misericordioso invitándonos una vez más a vivir santamente nuestra vida.
Sí, vamos a preparar la pascua, vamos a preparar nuestro corazón, vamos a purificarnos con la gracia de Dios en los sacramentos, vamos querer llenarnos de luz y sentir la alegría del amor en nuestro corazón. Hay esperanza para nuestra vida llena de tinieblas porque por encima de todo resplandece la luz del amor del Señor. El Señor como a aquellos discípulos nos señala claramente el camino para encontrarnos con El en la cena de pascua.


martes, 27 de marzo de 2018

Queremos poner amor, aunque sabemos que nuestro amor tantas veces está viciado con nuestro pecado, pero ahí queremos decirle nosotros a Jesús que iremos con El


Queremos poner amor, aunque sabemos que nuestro amor tantas veces está viciado con nuestro pecado, pero ahí queremos decirle nosotros a Jesús que iremos con El

Isaías 49, 1-6; Sal 70;  Juan 13, 21-33. 36-38

Comienzo  hoy haciéndome una reflexión de cómo se sienten aquellos que se ven traicionados quizá por sus mas cercanos o por aquellos en los que se había puesto mucha confianza. tiene que ser una experiencia dura y amarga; habías puesto amor y confianza y ahora ves que aquellos por los que quizá hiciste mucho bien sin embargo te dan la espalda o peor te apuñalan por la espalda haciéndote daño con sus actuaciones o sus criticas. Se siente uno como impotente y quizá puedan ocurrírsele muchas reacciones incluso violentas si no se tiene la suficiente serenidad y madurez para afrontarlo.
En estos momentos previos a la pascua y sabiendo Jesús todo lo iba a suceder comienza a desvelarles a sus discípulos más cercanos la tragedia que se acerca. ‘Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar’. Aquellas palabras surtirían el efecto de un jarro de agua fría echada sobre sus vidas cuando tanto le querían aunque no terminaran de entender todo su misterio. Sutilmente Jesús señala quien es el traidor con las palabras que Jesús le dirige a Judas Iscariote, pero aun ellos siguen sin sospechar todo lo que habría de pasar.
Pero Jesús les habla de su glorificación; palabras que podrían ser confusas para ellos dado las esperanzas que habían puesto en su futuro Mesías que sospechaban que era Jesús y según la manera que tenían de entender lo que significaba el Mesías. Pero bien entendemos nosotros que Jesús se estaba refiriendo a su muerte. Ahí en la cruz se iba a manifestar la gloria de Dios. No era a la manera del Tabor, o de la experiencia que alguno habría vivido allá con el Bautista en el desierto cuando el Bautismo de Jesús.
La gloria del Señor se iba a manifestar en su entrega, en su dolor y en su sufrimiento de una muerte en Cruz que era el signo del mayor amor. Jesús era consciente de ello y para eso  había subido a Jerusalén sabiendo que había llegado su hora. Ahora en la cena pascual todo eran signos que anticipaban ese momento de gloria, aunque la tristeza comenzaba a abrumarles en lo que estaban presintiendo que iba a suceder.
Pero los discípulos están dispuestos a todo. Allí está Pedro prometiendo lo que no iba a ser capaz de cumplir en aquel momento. `Aunque todos, yo’, decía. ‘Daré mi vida por ti’, protesta Pedro. Pero Jesús le anuncia que él también va a fallar; habrá un traidor que lo entregará por treinta monedad, pero él lo negará por el miedo y la cobardía de ser descubierto como discípulo de aquel que estarían juzgando y condenando entonces ante el Sanedrín. ¿Con que darás tu vida por mí?, le dice Jesús. Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces’.
Traiciones, negaciones, abandonos todo se va a ir sucediendo. Es la tragedia que comienza. Pero es el momento grande de la glorificación. Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: "Donde yo voy, vosotros no podéis ir’.
Y aquí estamos nosotros ante el comienzo de la pasión. Aquí estamos  nosotros también con nuestro lado oscuro muy lleno de negaciones, de miedos, de cobardía, de traiciones, de abandonos. Aquí estamos nosotros con nuestras sombras, las sombras de nuestros pecados, pero que estamos buscando la luz, la vida, el perdón, la gracia, el amor de Dios que se derrocha sobre nosotros.
Queremos poner amor, aunque sabemos que nuestro amor tantas veces está viciado con nuestro pecado, pero ahí queremos decirle nosotros a Jesús que iremos con El, que estaremos con El, que queremos dejarnos lavar por su sangre, por su gracia, que queremos llenarnos de su vida, que queremos vivir intentadamente su pascua que tiene que ser nuestra pascua, el paso salvador de Dios por nuestra vida.
 

lunes, 26 de marzo de 2018

Con una fragancia de suave olor tenemos que perfumar nuestro mundo derrochando amor, repartiendo sonrisas y abriendo nuestro corazón para acoger a los demás


Con una fragancia de suave olor tenemos que perfumar nuestro mundo derrochando amor, repartiendo sonrisas y abriendo nuestro corazón para acoger a los demás

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12,1-11

¿Habrá alguien que sea alérgico o que no le agrade un suave perfume? Qué agradable sensación cuando pasas al lado de una persona que va dejando a su paso un halo de limpieza y de perfume. Como agradable es llegar a un lugar embellecido con unas flores, pero perfumada por el suave olor de las flores. Agradable es aun más cuando sentimos una sensación de paz y de serenidad en el encuentro con las personas que trasmiten no ya un perfume que nos llegue por el olfato sino por su presencia acogedora y llena de amor. Podemos decir, entonces, que hay perfumes y perfumes.
Hay personas que no dan olor y no es ya porque no usen esos perfumes de los que normalmente hablamos sino que su presencia es aséptica al no trasmitir nada en su vida porque les falte esa capacidad de acogida y de empatía para trasmitirnos algo de lo que lleven en su corazón. Ni fríos ni calientes, encerrados en su torre de marfil se manifiestan hieráticos y distantes con lo que ya no nos sentimos a gusto y casi espontáneamente rehuimos su presencia.
Hoy el evangelio nos ha hablado de perfumes. Nos detalla el amor de María de Betania que gastó su dinero en aquel vaso de oloroso y costoso perfume para derramarlo a los pies de Jesús. La fragancia del perfume inundó toda la casa, nos dice el evangelista. Era habitual en ella el derrochar sus perfumes para acoger y recibir a Jesús porque aunque entonces no era de nardo purísimo como ahora ese perfume había también derramado cuando sentándoles a los pies de Jesús le recibió en su casa. Aquel hogar de Betania derramaba torrentes de perfume en la acogida y en el amor con que recibían y atendían a Jesús cuando allí llegaba.
En la narración un tanto cronológica de los últimos momentos de Jesús la liturgia nos ofrece este evangelio cuando ya hemos iniciado esta semana de pasión como acontecimiento cercano a la pasión y a la muerte de Jesús. Después de la resurrección de Lázaro en Betania habían preparado un banquete para Jesús. Allí estaba con sus discípulos, allí está Lázaro el que había vuelto a la vida, Marta como siempre estaba con el servicio a la mesa, pero María ‘se había salido’ como ahora se dice derrochando todo aquel perfume a los pies de Jesús. ‘Lo tenia preparado para mi sepultura’, aclarará Jesús cuando incluso en alguno de los discípulos surgen comentarios interesados y no muy bien intencionados.
Quiero centrar mi pensamiento en ese perfume derrochado a los pies de Jesús. Era un buen perfume que nos habla de amor y de acogida, de sentimientos de gratitud y de muestras de amistad frente a otro mal perfume que quería por allá aparecer en los malos sentimientos e interesados juicios y pensamientos. Por eso la pregunta que me hago es con cuál perfume me estoy yo hoy, lunes santo, acercando a Jesús para celebrar su Pascua.
Desgraciadamente tantas veces en la vida he sido alérgico al perfume del amor y de la acogida cuando he dejado meter la maldad y la insolidaridad en mi corazón; maleamos nuestro corazón desde intereses egoístas, desde juicios maliciosos, desde la frialdad y la insensibilidad con que tantas veces vamos por la vida. Parece que fuéramos alérgicos al amor.
Como nos dirá san Pablo tenemos que dar el buen olor de Cristo y lo haremos cuando pongamos sensibilidad y amor en nuestro corazón, cuando aprendamos a mirar con ojos nuevos a los que nos rodean y seamos capaces de entrar en una nueva sintonía de amor con cuantos nos vamos cruzando por los caminos de la vida. Es la fragancia que tenemos que saber ir dejando a nuestro paso; es la cercanía y el cariño con que sabemos acercarnos a los demás; es la sonrisa que regalamos a todo aquel con quien nos encontremos. Mira con mirada nueva a todo aquel que se cruza en tu camino como si con Cristo mismo te encontraras y harás sentir a todos el perfume del amor cristiano.



domingo, 25 de marzo de 2018

Es domingo de ramos pero será bueno que nos preguntemos si al celebrar la pascua este año vamos a terminar por ser un poquito mejores y nuestro mundo será mejor


Es domingo de ramos pero será bueno que nos preguntemos si al celebrar la pascua este año vamos a terminar por ser un poquito mejores y nuestro mundo será mejor

Isaías 50, 4-7; Sal. 21; Filipenses 2, 6-11; Marcos 14, 1–15, 47

‘Mirad que subimos a Jerusalén…’ les había anunciado repetidamente Jesús a los discípulos. Ellos no habían sabido entender. Subir a Jerusalén era normal sobre todo por la fiesta de la Pascua para los judíos o también alguna de las otras fiestas establecidas en la ley mosaica. Menos aun entendían lo que Jesús les decía que el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles y que sufriría muerte de cruz. Habían intentado incluso quitárselo de la cabeza.
Ahora estaban ya a las puertas de la ciudad bajando por la ladera de enfrente, por el monte de los olivos y en la cercanía ya de la fiesta de la pascua eran muchos ya los que entre cantos de alegría por llegar a contemplar la ciudad de Jerusalén bajaban también en aquellos momentos. Entre los que bajaban habría muchos galileos, porque aquel era el camino normal para acercarse a Jerusalén por el valle del Jordán subiendo luego desde Jericó que habían escuchado las enseñanzas de Jesús por toda Galilea y contemplado sus signos y milagros.
Pero estaba también reciente un signo muy especial como había sido la resurrección de Lázaro, después de cuatro días enterrado, en la cercana Betania. Entre los cánticos entusiasmados por la llegada a Jerusalén, el entusiasmo de los galileos por Jesús y las noticias de la reciente resurrección de Lázaro habían caldeado el ambiente y ahora era a Jesús al que aclamaban. El había tomado prestado en una cercana aldea un borrico sobre el que iba montado y todo hizo que las gentes comenzaran a aclamar a Jesús como el que venia en nombre del Señor, alfombrando los caminos con sus mantos y cogiendo ramas de los árboles para expresar así su alegría por la llegada de Jesús a Jerusalén.
Para los discípulos cercanos todo sería asombro y entusiasmo, porque además no veían lo que Jesús había anunciado de entregas y de muerte sino los signos eran todo lo contrario de victoria. ‘¡Hosanna al Hijo de David!’, aclamaban niños y mayores con todo entusiasmo. Eran cánticos de victoria lo que se oían y que provocarían cierta reacción de los fariseos y los sumos sacerdotes porque ahora si parecía que todo se les iba de las manos.
‘Si callan los niños, gritarán las piedras’, había dicho Jesús cuando alguien se había acercado a decirle que los hiciera callar porque aquello quizá no parecía conveniente. Jesús acepta aquellas aclamaciones aunque sabe que a los pocos días aquellas aclamaciones cambiarían. Pero es su entrada para la Pascua y aquella iba a ser una pascua especial porque sería la pascua definitiva, la pascua nueva y definitiva que traería el paso salvador de Dios en medio de los hombres para siempre.
Los cristianos también en este domingo conmemoramos y celebramos también esa entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. También nosotros nos unimos a los niños hebreos en este día para aclamar al Señor y también con palmas y ramos de olivo queremos salir al encuentro del Señor que viene a nuestra Jerusalén, a nuestra vidalol. Queremos entender bien todo el sentido que tienen esas aclamaciones porque son un anticipo de los Aleluyas que vamos a cantar en la mañana de Pascua.
Queremos entender, sí, el anuncio de Jesús sobre el sentido de su subida a Jerusalén y por eso en estos días vamos a celebrar todo el misterio pascual de Cristo, vamos a celebrar y conmemorar su pasión y su muerte pero nosotros si entendemos lo que El también había anunciado – y tanto le costaba entender a los discípulos – de que al tercer día resucitaría.
Y todo esto no lo queremos vivir de cualquiera manera, no lo queremos vivir de una manera superficial, no queremos ser meros espectadores que contemplamos un espectáculo. Demasiado espectáculo estamos haciendo de nuestra semana santa hasta convertirla en una fiesta de interés turístico. Las imágenes que tendrían que servirnos para contemplar y meditar toda la crudeza de la pasión de Cristo, que fue una pasión de amor, demasiado se han convertido desde una devoción no siempre bien entendida en ostentación de joyas y de riquezas que están bien lejos del verdadero sentido de la pasión y muerte de Jesús.
Tenemos que saber interiorizar bien todo el sentido de nuestras celebraciones y aunque es bueno que también proclamemos ante todos en la vía publica lo que es nuestra fe, hagámoslo desde el verdadero sentido que tiene que tener para nosotros la celebración de la pascua. ¿Sentiremos en verdad ese paso salvador de Dios por nuestra vida que nos transforma y nos hace vivir en un nuevo sentido de amor?
Cuando terminemos todas nuestras celebraciones ¿vamos a ser mejores y hemos logrado que el mundo sea un poquito mejor? ¿Qué anuncio de Buena Nueva salvadora estaremos haciendo en estos días? ¿Llegará el evangelio a los corazones de nuestros hermanos – y también a nuestro corazón – no porque veamos unas imágenes que desfilan en unas procesiones sino porque cala hondo el mensaje de Jesús que interroga nuestra vida para hacer un mundo mejor?
Amigo que lees estas páginas de mi blogspot te invito a que tomes en tus manos estos días la Biblia y la abras por los relatos de la pasión en los distintos evangelistas. Este año en el Domingo de Ramos leemos la pasión según el evangelista Marcos. Detente un poco en tus actividades, encuentra momentos de sosiego y de silencio y escucha a Dios en tu corazón, déjate interrogar por el relato de la pasión de Jesús y deja que el Espíritu del Señor vaya transformando tu vida. Seguro que inspirará muchas cosas en tu corazón. Será una forma hermosa de hacer pascua. Subamos también nosotros con Jesús a Jerusalén para celebrar la Pascua.



sábado, 24 de marzo de 2018

Aprendamos a descubrir el designio de amor que Dios tiene sobre nosotros para saber dar en la vida una respuesta de amor


Aprendamos a descubrir el designio de amor que Dios tiene sobre nosotros para saber dar en la vida una respuesta de amor

 Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jr 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11,45-57

‘¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación’. Las autoridades judías, los principales del pueblo, los miembros del Sanedrín, los fariseos andaban nerviosos. Les parecía que el tema se les escapaba de las manos y ya no sabían qué hacer con Jesús porque o se les escabullía cuando trataban de prenderle, o en su dialéctica se veían derrotados por la palabra de Jesús. No es solo el peligro de lo que pueda suceder en referencia a los romanos que dominaban en aquel territorio. Es algo mas y distinto. Malo es verse acorralado como una fiera asustada.
El Sumo Sacerdote les da a entender que no se enteran de nada. Hay que quitar a Jesús de en medio. Es mejor que muera uno por todo el pueblo. Allí están ellos con sus maquinaciones que tratan de llevar adelante. Pero si el Sumo Sacerdote les decía que no entendían nada, ni el mismo Sumo Sacerdote se enteraba de verdad de qué iba aquello. Porque no eran sus decisiones. Ya Jesús lo había anunciado y había subido libremente a Jerusalén por aquella Pascua. Detrás de todo está el designio de Dios.
¡Qué difícil nos resulta muchas veces primero descubrir y luego aceptar el designio de Dios! La voluntad y el designio de Dios están por encima de nuestras decisiones humanas. Y algunas veces parece que nos complica las cosas pero siempre el designio de Dios es un designio de amor y lo que Dios quiere es lo mejor para el hombre. Ahí está la gloria de Dios.
Nos sucede tantas veces en la vida. Vamos tomando decisiones, nos encontramos quizá envueltos en un mar de dudas, muchos interrogantes se nos pueden plantear en la vida, reflexionamos y queremos buscar lo mejor, tomar la mejor decisión, pero ¿contamos con Dios? Pareciera muchas veces en nuestra manera de actuar que no somos creyentes, que no ponemos nuestra confianza en Dios, que no creemos en la inspiración del Espíritu que se nos revela en el corazón. Tenemos que aprender a despertar nuestra fe, abrirnos a la trascendencia de Dios.
Volviendo al texto del evangelio que estamos comentando en las vísperas como estamos de entrar en la Semana que nos conduce a la celebración del misterio pascual. El Sumo Sacerdote ha tomado una decisión, que es cierto llevará a la muerte a Jesús. Pero ya el evangelista nos da una pista para nuestra reflexión. Estaba realizando un acto profético. Todo lo que va a suceder no es sino una consecuencia de aquello que ya se nos había dicho en este mismo evangelio de san Juan. ‘Tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregarnos a su Hijo único’. Aquí no se está manifestando otra cosa que el amor infinito de Dios que nos entrega a su Hijo, que quiere nuestra salvación, que va a ofrecer su sangre, su vida por nosotros y por todos los hombres para el perdón de nuestros pecados.
Es lo que tenemos que tener muy claro en nuestra mente y en nuestro corazón, siempre en toda nuestra vida, pero de una manera especial en estos días especiales que vamos a vivir y en que vamos a celebrar la muerte de Jesús. Es la ofrenda del amor. Es la señal del amor más grande. Es lo que de verdad debe conmover nuestro espíritu y despertarnos a una vida nueva. Es lo que tiene que conducirnos a la Pascua para con Cristo morir y con Cristo resucitar a nueva vida. Dispongámonos a vivir con intensidad estos días.



viernes, 23 de marzo de 2018

Seamos positivos en la vida y aprovechemos todo lo bueno para siempre construir, hacer un mundo mejor


Seamos positivos en la vida y aprovechemos todo lo bueno para siempre construir, hacer un mundo mejor

Jeremías 20,10-13; Sal 17; Juan 10,31-42

Si mal se siente uno cuando hace algo bueno y no hay nadie que se lo agradezca ni lo valore por aquello del amor propio que todos tenemos y que nos surge de forma violenta muchas veces dentro de nosotros, cuando más si encima somos perseguidos o  maltratados por aquello bueno que hemos hecho y por aquellos mismos que han sido beneficiarios de nuestra bondad.
Un torbellino se nos forma en nuestro interior con tentación de muchas reacciones no siempre muy buenas; una reacción fácil sería tirar la toalla, es decir, no seguir comportándonos de esa manera buena haciendo el bien a los que nos rodean, además de otras muchas reacciones que nos pudieran surgir de rechazo, de malquerencia, de resentimiento y hasta de odio.
Casi lo veríamos natural el que reaccionáramos así, pero según la madurez y seguridad que tengamos en la vida también podemos tener otras reacciones. Si hay unos principios en nuestra vida que nos impulsan a hacer siempre el bien sin mirar a quien, como suele decirse, si lo que queremos es sembrar la semilla del amor para hacer que nuestro mundo sea mejor, seguiremos sembrando la buena semilla con la esperanza de que poco a poco todo se pueda ir transformando, o al menos en algunos corazones.
Si tenemos claras nuestras metas y lo que queremos hacer en la vida,  no nos importarán esos desplantes, desprecios o el que ignoren lo bueno que nosotros vayamos haciendo. Nos sentiremos seguros de nosotros mismos para seguir haciendo el bien. Creo que sería una cosa buena que tenemos que aprender a hacer, teniendo ese dominio de  nosotros mismos para no dejarnos influir por lo negativo que veamos a nuestro alrededor.
Me surge esta reflexión que así en lo humano tendría mucho de positivo en nuestra vida pero desde la reacción que contemplamos en el evangelio de los judíos en contra de Jesús – en varias ocasiones vemos que quieren prenderle, tirarle piedras, o tirarlo por un barranco incluso en su propio pueblo – y la queja por así decirlo que hoy Jesús manifiesta ante ese trato de sus gentes.
‘Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?’, les dice Jesús. Lo tratan de blasfemo porque dice que hace las obras de Dios y porque se manifiesta como Hijo del Padre. Ellos no lo entienden, pero es que sus ojos están cegados para no reconocer las obras de Jesús.
Cuidado nos pase a nosotros algo así en nuestra relación con Dios, la religión o el ser cristiano. Cuidado que sea esa una reacción que tengamos algunas veces contra la Iglesia a la que pertenecemos. No sabemos descubrir las obras de Dios, no sabemos reconocer la obra de gracia que Dios realiza en nosotros y que nos llega a través de la Iglesia, o también a través de los demás que nos hacen cosas buenas. Somos fáciles para juzgar y para condenar porque muchas veces nuestros ojos están tan turbios que todo lo ven negro o solo saben ver y valorar las cosas negativas, que como humanos, podamos tener en la vida.
Igual que nos gustaría que nos valoraran lo bueno que nosotros hacemos, sabiendo también que somos imperfectos muy humanos y muy dados al error porque todos podemos tener debilidades y fallos, aprendamos a valorar lo bueno que hay en los demás, o, en este caso que estamos refiriéndonos también, en la Iglesia. Seamos positivos en la vida y aprovechemos todo lo bueno para siempre construir, hacer un mundo mejor. Y sepamos también ser agradecidos.



jueves, 22 de marzo de 2018

Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre.


Escuchemos y pongamos toda nuestra fe en esa Palabra de Jesús porque escucharle es ponernos en camino para vivir una vida nueva que dura para siempre

Génesis 17,3-9; Sal 104; Juan 8,51-59

Una palabra es algo más que un sonido gutural que brota de nuestra garganta. Una palabra dice, trasmite algo, comunica lo que de otra manera no seriamos capaces de expresar. Una palabra expresa una idea, un pensamiento, un sentimiento quizá también, algo que llevamos en nuestro interior y que queremos comunicar, compartir, hacer participe a nuestro interlocutor.
Hay palabras y palabras. Cuántas veces cuando escuchamos una palabra sentimos un aliento de vida en nuestro interior que nos levanta; cómo una palabra también puede hundirnos y llevarnos a sentimientos oscuros y tristes. Depende de lo que queremos comunicar, de los sentimientos que haya en quien nos trasmite la palabra o en nosotros que la recibimos.
No todos recibimos la misma palabra de la misma manera. Una palabra puede ser un rayo luminoso que nos abra a nuevos horizontes y nos puede trasmitir un aliento de vida. Cuántos se han puesto a caminar nuevos caminos en su vida tras una palabra que un día recibieron. Pero también podemos sentirnos heridos por una palabra que nos viene desde la arrogancia, la prepotencia y el orgullo, o desde la violencia.
Adquieren tantos matices las palabras que escuchamos y que podemos decir. Muchas cosas nos podríamos decir sobre cómo escucharlas y muchas cosas tendríamos también que tener en cuenta a la hora de pronunciar una palabra. Ojalá lo que trasmitamos siempre sean palabras de vida, de aliento, de esperanza, de consuelo. Hay demasiadas palabras tristes en la vida, muchas palabras de amargura y de muerte.
Hoy Jesús nos dice que quien escuche su Palabra no sabrá lo que es morir para siempre. Significa eso que su Palabra siempre es Palabra de vida, y no para vivir de una forma cualquiera, porque El ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia, como se nos dirá en otro momento del evangelio. No entendieron o no quisieron entender los judíos lo que Jesús les decía. No creían en El. Es necesario creer en la Palabra, por algo ya desde el principio El nos dice que creamos en la Buena Noticia. La Palabra de Jesús es una Buena Noticia, una Buena Noticia para la vida.
Pero ya el evangelista al principio de su evangelio nos habla de la Palabra que estaba en dios desde toda la eternidad, la Palabra por la que fue hecho todo, la Palabra que era Luz y que era Vida. Pero también nos dice que hubo quien prefería las tinieblas a la luz; que la Luz quería brillar en medio de las tinieblas para iluminar a todo hombre, pero no la quisieron recibir. Pero también nos dice que a quienes la recibieron, quienes creyeron en la Palabra se llenaron de vida de tal manera que comenzaron a ser hijos de Dios.
Queremos recibir nosotros esa Palabra que es Luz y que es Vida. Queremos creer en esa Palabra dejándonos transformar por Ella para tener vida para siempre. Nos dice que quien cree en su Palabra no sabrá lo que es morir para siempre.
Jesús es esa Sabiduría de Dios, es la Palabra vida de Dios que se hizo hombre, que plantó su tienda entre nosotros, esa luz que nos ilumina, esa vida que nos resucita. Escuchemos y pongamos toda nuestra fe en esa Palabra de Jesús. No es un sonido cualquiera sino que es a Dios mismo que nos habla a quien vamos a escuchar. Sabemos que escucharle a El es ponernos en camino para vivir una vida nueva; escucharle a El es convertirnos también en trasmisores de esa Palabra para nuestros hermanos los hombres; escucharle a El es comulgar con El, comerle para tener vida para siempre y ser resucitados en el último día.



miércoles, 21 de marzo de 2018

Abramos nuestro espíritu a Jesús que llega a nuestra vida y nos hará libres de verdad y con El seremos capaces de superar todas esas cosas que nos atan en nuestro interior




Abramos nuestro espíritu a Jesús que llega a nuestra vida y nos hará libres de verdad y con El seremos capaces de superar todas esas cosas que nos atan en nuestro interior

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Salmo: Dn 3; Juan 8, 31-42

Cuando hablamos o pensamos en libertades o esclavitudes nos es fácil retrotraernos a otros tiempos, tiempos oscuros de la historia en que la esclavitud de las personas se veía como algo normal y hasta por el color de la piel se le mermaba la dignidad de las personas porque por su piel eran considerados como de un rango inferior. Esos oscuros tiempos han pasado aunque rebrotan por distintos lugares del mundo nuevas esclavitudes en las que se sigue manipulando de mil maneras a las personas y no se tiene en cuenta su dignidad.
Pero reflexionando sobre todo ello seguramente podemos llegar a la conclusión que esa falta de libertad o la esclavitud puede estar presente hasta en nuestra propia vida, en nuestro interior y en nuestra manera de proceder. Cuantas cosas en nuestra vida moderna nos esclavizan, de cuantas cosas dependemos de manera que si nos faltan parece que no pudiéramos ser felices, de cuantas cosas nos sentimos atados y nuestra voluntad se ve enajenada. A lo grande pensamos en grandes vicios, y hablamos que si la droga, que si la bebida, que si el sexo nos crean ataduras y dependencias y nos lamentamos con tantos que vemos en nuestro entorno que arruinan su vida por esos caminos.
Pero aun así pienso que podemos seguir ahondando más porque en muchas ocasiones nos falta esa libertad interior para llegar a lograr eso noble y digno que deseamos, pero nos falta voluntad, vivimos pendientes de los demás y de qué dirán, nos sentimos sin fuerzas para afrontar dificultades y también caemos por esas pendientes que nos llevan a dependencias y a falta de verdadera libertad.
Nos sentimos tantas veces confundidos y ofuscados por ideas o verdades que otros tratan de imponernos; no nos sentimos seguros de nosotros mismos y en muchas ocasiones no tenemos las ideas claras sobre lo que deseamos o por lo que luchar; recibimos mil influencias de todos los que quieren vender sus mercancías con promesas de felicidad y ya no son las cosas materiales sino esos distintos planteamientos o maneras de entender de la vida que cuando nos faltan unos principios de fondo en nuestra vida nos hacen dudar, nos llenan de confusiones, y no sabemos que camino tomar dejándonos llevar por el primero que aparezca o por el que nos parezca más fácil y menos costoso. ¿Estaremos siendo libres de verdad?
Yo simplemente ahora os ofrezco las palabras de Jesús que nos invita a seguir su camino y que quiere hacernos libres con la libertad mejor para nuestras vidas. Forma parte de mi fe y es lo que os ofrezco. ‘Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. Jesús nos ofrece su Palabra y su salvación. El nos dirá que es el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nos señala que viéndole a El, siguiéndole a El iremos al Padre, conoceremos al Padre. Y ahora nos dice que con su verdad seremos libres.
Algunos no lo entienden, como no lo entendieron en su tiempo y vemos en el texto del evangelio de hoy que los judíos se lo discuten. Pero si en verdad nos convirtiéramos a esa Buena Nueva que nos anuncia y dejáramos que nuestro corazón se transforme entraríamos en esos caminos de felicidad que El nos ofrece. No dejemos que nunca el pecado y el mal dominen en nuestra vida. Cada uno conoce muy bien las ataduras que tiene en su interior.
Abramos nuestro espíritu a Jesús que llega a nuestra vida y nos hará libres de verdad. Con El seremos capaces de superar todas esas cosas que nos atan en nuestro interior, desde nuestros malos sentimientos como nuestras pasiones que nos desbordan; pongamos la pureza de Jesús en nuestro corazón y dejemos conducir por su gracia. El Espíritu de Jesús llenará nuestras vidas y nos hará libres de verdad.



martes, 20 de marzo de 2018

Sabemos de quien nos fiamos, en quien confiamos, cuales son los brazos de amor que nos está acogiendo y miramos al que está levantado en lo alto y ponemos toda nuestra fe en El


Sabemos de quien nos fiamos, en quien confiamos, cuales son los brazos de amor que nos está acogiendo y miramos al que está levantado en lo alto y ponemos toda nuestra fe en El

Números 21,4-9; Sal 101; Juan 8,21-30

‘Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada’.
La imagen del Hijo del Hombre levantado en lo alto se repite varias veces en labios de Jesús en el evangelio de san Juan. Ya había dicho que igual que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto así tendrá que ser levantado el Hijo del Hombre para encuentro la salvación quien crea en El. En otros momentos nos dirá que levantado en lo alto atraerá a todos hacia El. Ahora nos dice que conoceremos realmente quien es El.
El centurión dirá cuando acabe todo aquello que se había convertido en espectáculo para mucho que aquel hombre que había muerto en la cruz era inocente, era un hombre justo. Aunque pagano se le abrían los ojos a la fe. Pero ya sabemos como otros le desafiaban diciéndole que si era en verdad el Hijo de Dios que se bajara de la cruz para creer en El o ese Dios a quien llamaba su Padre lo salvara de aquel tormento.
Pero Jesús no se bajó de la cruz. Allí permaneció hasta entregar su ultimo suspiro poniendo su espíritu es manos de Dios. Es cierto que en Getsemaní había gritado al Padre para que pasara de él aquel cáliz tan duro de beber, pero por encima había prevalecido lo que era su deseo que era cumplir la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, clamaba allá en el huerto. Ya El había dicho que su alimento era hacer la voluntad del Padre y ansiosamente había deseado que llegara la hora de su glorificación que era la hora de su entrega de amor y de su muerte en la cruz.
‘No hago nada por mi cuenta, sino que hablo lo que el Padre me ha enseñado’, nos dice hoy. Por eso su confianza y aunque grite en la cruz ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ recogiendo el lamento de todos los que sufren y sus vidas se llenan de negruras y amarguras, continuando con ese mismo salmo que había iniciado allí en la cruz, en Dios ponía toda su confianza. ‘El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada’.
¿Será esa también nuestra confianza? ¿Así deseamos nosotros cumplir siempre la voluntad del Padre, aunque muchas veces se nos haga difícil y cuesta arriba el camino? Quizá también haya veces en el camino de la vida que  no quisiéramos que fuera tan oscuro o tan tortuoso. Se nos vuelve oscuro cuando somos tan autosuficientes que queremos hacer el camino a nuestro aire y llega un momento que no sabemos por donde vamos; se nos hace oscuro y tortuoso por no decir también tormentoso cuando nos aparecen las dificultades, los contratiempos, y cuando tenemos que caminar en medio del dolor y el sufrimiento.
Queremos también gritar ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’, pero tenemos que aprender a hacerlo como lo hizo Jesús en la cruz. Sabía que estaba en las manos del Padre, tenemos que aprender nosotros también de una vez por todas a confiar porque estamos en las manos del Padre y El no nos abandona a pesar de las oscuridades por las que pasemos en la vida.
Sabemos de quien nos fiamos, en quien confiamos, cuales son los brazos de amor que nos está acogiendo, que sentimos sobre los hombros de nuestra alta para alentarnos, y nos van llevando, nos van empujando suavemente para que nos perdamos el norte en el camino. Miramos al que está levantado en lo alto y ponemos toda nuestra fe en El.




lunes, 19 de marzo de 2018

Podrá aparecernos la figura de san José medio oculto entre una montaña de papeles de regalo pero con su silencio nos está dando un hermosa lección de espiritualidad



Podrá aparecernos la figura de san José medio oculto entre una montaña de papeles de regalo pero con su silencio nos está dando un hermosa lección de espiritualidad

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a

A pesar de que todos sabemos muy bien que el día 19 de marzo es día de san José sin embargo hemos de reconocer que san José se nos pase un tanto desapercibido en este día. Son tantas las cosas de las que lo hemos rodeado que casi se quedará oculto en medio de tantas fiestas, aunque realmente esto era lo que él siempre quería.
Ahora serán otras las motivaciones, porque fiestas de fallas por un lado que con sus estruendos y fogonazos al final nos tenemos que preguntar que donde está escondido san José, o por otra parte que si el día del padre y sus regalos con lo que quedará enterrado quizá en medio de montañas de papel regalo u oculto detrás de cualquiera de todas esas cosas que con nuestro consumismo queremos en cierto modo empantanar esta fiesta y celebración. Acaso por aquello de la liturgia cuaresmal en la cercanía de la Pascua podemos encontrar un motivo más de ocultamiento. Detrás de todo eso ¿quien se va a fijar en San José?
Ya él pasa casi de puntillas por las páginas del evangelio y no le escucharemos pronunciar ni una sola palabra. Hombre bueno, nos dice el evangelio de él, lo vemos desposado con María y en medio de un mar de dudas y de problemas. Pero decirnos que es un hombre bueno y eso nos está diciendo muchas cosas de él que él  mismo no expresará con palabras sino con sus gestos y su manera de actuar.
Podremos admirarnos de su fe, porque siempre quería leer las señales de Dios en cuanto le acontecía y que tanto iba complicando su vida; podemos admirarnos de su equilibrio y serenidad afrontando problemas, tratando de resolver dudas o queriendo ir resolviendo cosas con la más absoluta discreción. Decide abandonar a María en secreto porque no entiende lo que sucede, pero a nadie quiere hacer daño.
Pero yo diría también que es el hombre del silencio. Ya hemos dicho que no le escuchamos pronunciar palabra. Es el silencio del hombre reflexivo que se piensa las cosas; es el silencio de quien sabe darle profundidad a su vida buscando las más profundas razones y queriendo encontrar las mejores soluciones que a nadie dañen. Es el silencio que nos manifiesta una espiritualidad grande porque nos está descubriendo a un hombre verdaderamente abierto a Dios y que si una palabra sabe decir es decir si a Dios en todo aquello que le va aconteciendo.
El hombre de profundas reflexiones y de espiritualidad grande no lo veremos nunca en medio de grandes gritos, sino que serán sus gestos los que hablen, las actitudes con las que se enfrenta a la vida las que nos hablen de esa reflexión y de esa espiritualidad. Es lo que contemplamos en José. El hombre que sabe decir Si a Dios en todo  momento, porque en todo momento estará abierto a lo que Dios le dice en su corazón; pero para escuchar lo que Dios nos dice en nuestro corazón no necesitamos gritos sino silencio porque es la mejor manera de encontrar la serenidad y la paz.
Hoy en la vida todo lo queremos hacer o manifestar con gritos y con palabras. Pero bien sabemos como muchas veces esas palabras saldrán airadas de nuestros labios que quizás puedan ocultar la soberbia del corazón. Apabullamos a los que están a nuestro lado con tanta palabra, hacemos que se pierda la verdadera sensibilidad de nuestro espíritu en medio de nuestros gritos violentos, y así nunca podremos sintonizar a Dios.
En el silencio lo escuchamos mejor y en el silencio de nuestra reflexión sentiremos la inspiración de Dios que no está invitando a cosas grandes, cosas grandes que sabremos hacer desde el silencio pero con la firmeza de quien está seguro de lo que Dios le pide y la misión que le confía.
Hermosa es la lección que en el silencio nos está dando san José en este día de su fiesta aunque parezca que pueda pasar desapercibido. Nunca san José pasó desapercibido por los grandes santos y los grandes maestros de nuestra espiritualidad. En san José encontraron el mejor aliado para aprender a saborear esa sabiduría de Dios.



domingo, 18 de marzo de 2018

Lo gloria del Señor se va a manifestar cuando Jesús sea levantado en lo alto porque la gloria verdadera está en el amor, y la cruz es la prueba más sublime del amor



Lo gloria del Señor se va a manifestar cuando Jesús sea levantado en lo alto porque la gloria verdadera está en el amor y la cruz es la prueba más sublime del amor

Jeremías 31, 31-34; Sal 50; Hebreos 55 7-9; Juan 12, 20-33

El grano de trigo no es para conservarlo permanentemente sin sacar ninguna utilidad de él; seria un grano infecundo que ni produciría una planta germinadora de nuevos frutos sin podríamos hacer de él blanca harina con la que confeccionaríamos sabroso pan que nos serviría de alimento. El trigo o lo plantamos en la tierra para que germinando, es cierto, desaparezca pero que hará surgir una nueva planta en la que se multiplicarían los granos en abundante cosecha, o lo trituramos en el molino para hacer la harina con la que confeccionar el pan de nuestro alimento.
Y hoy Jesús nos dice que El es ese grano de trigo que se tritura, que se entierra en lo hondo de la tierra, que es una manera de morir, para ser verdadero germen de vida que de fruto en nosotros. Es la prueba y es el signo del amor. Porque quien ama se entrega, se gasta y se desgasta por aquellos a los que ama. Porque amar no es buscar satisfacciones egoístas sino es volcarse por el amado. Y ya nos dirá Jesús que no hay amor más grande que el de aquel que es capaz de morir por el amado. No es el heroísmo casual de un momento, sino es el heroísmo del amar día a día dándose totalmente por los demás.
Y hoy Jesús nos dice que esa es su gloria. Llega la hora en que será glorificado el Hijo del hombre. Cuando escuchamos palabras así en nuestras interpretaciones humanas pensamos en la gloria de los triunfos, de las riquezas, de los honores o del poder. Pero la gloria del Señor se manifestará en todo su esplendor en lo que para los ojos del mundo pudiera parecer una contradicción o una paradoja. Lo gloria del Señor se va a manifestar cuando sea levantado en lo alto, y está anunciando y refiriéndose a la cruz. Porque la gloria verdadera está en el amor, y la cruz es la prueba más sublime del amor.
No se oculta, sin embargo, que son momentos duros y difíciles. Lo que nos expresa aquí el evangelio de Juan tiene su paralelismo en lo que nos narran los sinópticos que fue la agonía de Getsemaní. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre’. También aquí sentirá Jesús el consuelo del Padre en la voz que se escucha desde el cielo. ‘Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’. Como el ángel de Getsemaní.
Momentos tensos pero momentos de gloria. Igual que nos narran los otros evangelistas la gloria del Tabor en la que se escucha desde el cielo la voz que le señala como el Hijo amado de Dios, ahora en las vísperas de la pasión, cuando ya estamos a punto de entrar en la semana de la pasión escuchamos nosotros también esta Palabra que nos hace mirar a lo alto para que también contemplemos la gloria del Señor. Necesitamos  no olvidar que a quien vamos a contemplar subir hasta lo alto de la cruz en el Calvario es nuestro Salvador y nuestro Redentor. Que acogiendo nosotros esa salvación que nos ofrece Jesús veremos en verdad la gloria del Señor.
Son las buenas actitudes con las que hemos de disponernos a vivir estos días que nos conducen a la Pascua. No podemos ser unos meros espectadores como muchos en las calles de Jerusalén que vieron pasar aquel cortejo y acaso simplemente les surgió una lágrima de compasión por aquellos condenados que iban al cadalso. Es algo más y alto distinto lo que nosotros tenemos que sentir porque tenemos que meternos de lleno en la Pascua de Jesús viviéndola en nosotros. Es la apertura a la gracia, es la disponibilidad de nuestro corazón a convertirnos de verdad al Señor, es el compromiso del amor para aprender a vivir un amor como el de Jesús, es el deseo de sentirnos transformados en esta Pascua para renacer con nueva vida con Cristo resucitado en la mañana de Pascua.
Pero yo diría que hay algo más. Es que tenemos que ser unos testigos de esa salvación, de esa vida nueva que en Jesús encontramos para también comunicarlo, llevarlo a los demás, o llevar a los demás al encuentro con Jesús. Hay un detalle hoy en el evangelio que no hemos dejar pasar desapercibido.
Ha comenzado el relato del evangelio de hoy diciéndonos que unos griegos fueron a decirle a Felipe que querían conocer a Jesús. Felipe cuenta con Andrés y ambos llevan a aquellos hombres hasta Jesús. En el mundo que nos rodea, y es ese mundo de nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo, habrá muchos que quizá están también con ese deseo de conocer a Jesús pero no hay nadie que los lleve hasta Jesús, nadie que les hable de Jesús.
Y ahí está nuestra tarea y nuestro compromiso, ahí está el testimonio que nosotros también hemos de dar. ¿Nuestra vida es realmente un signo que les hable a los demás de Jesús? Nos quejamos tantas veces que la gente ha perdido la fe, que ya la gente no es tan religiosa como antes, que muchos se han apartado de la Iglesia, de la religión, de la fe. Y nosotros, ¿qué hacemos? ¿Qué signos somos para los demás? ¿Cómo les hablamos de Jesús o como hablamos a Jesús de ellos intercediendo para que a ellos llegue también la gracia del Señor? Puede ser un interrogante fuerte que se nos plantee en nuestra conciencia.