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miércoles, 19 de marzo de 2014

San José, hombre fiel con una fe silenciosa pero comprometido en el plan salvador de Dios para la humanidad



San José, hombre fiel con una fe silenciosa pero comprometido en el plan salvador de Dios para la humanidad

2Sam. 7, 4-5.12-14.16; Sal. 88; Rom. 4, 13.16-18.22; Mt. 1, 16.18-21.24
‘Este es el criado fiel y solícito a quien el Señor ha puesto al frente de su familia’, rezaba la antífona de entrada en esta Solemnidad de San José que estamos celebrando haciendo referencia a las palabras de Jesús cuando nos invitaban a la vigilancia y a la fidelidad. La liturgia las utiliza como una alabanza y una bendición  para referirse a san José, fiel y solícito servidor, a quien el Señor escogió en una altísima misión dentro de la historia de la salvación.
Fue ‘el hombre justo que diste por esposo a la Virgen Madre de Dios, como proclamaremos en el prefacio, el servidor fiel y prudente que pusiste al frente de tu familia, para que haciendo las veces de padre, cuidara a tu único Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo’. Altísima misión la de san José. Ocupa un lugar muy importante dentro de la historia de la salvación.
Su sí al plan de Dios es como un eco del sí de María y de una importancia capital para todo el misterio de la Encarnación de Dios y ser el Emmanuel en medio de nosotros; en él descubrimos al hombre justo, al hombre bueno que se deja conducir por la fuerza del Espíritu divino para cumplir la misión que Dios le había encomendado. Cuánto podemos aprender de la fe y de la disponibilidad de san José; cuanto podemos aprender de su silencio que es un rumiar en su corazón todo el misterio de Dios que ante él se estaba realizando.
Lo primero que comenzaríamos a destacar es su fe y la apertura de su corazón a lo que son los planes de Dios. Podríamos destacar su fe desde los retazos que nos da el evangelio de lo que fue la vida y la práctica religiosa de san José y de su hogar de Nazaret. Lo vemos cumplir con todos los ritos prescritos de la circuncisión y de la presentación en el templo como de la subida a Jerusalén en la fiesta de la pascua, que todo buen judío realizaba. Sin forzar demasiado las cosas podemos contemplarlo cada sábado en la sinagoga escuchando la lectura de la ley y los profetas como participando en la oración en común.
Pero para resaltar la fe de san José podemos fijarnos en lo que trasluce de aquellos acontecimientos que se van sucediendo y en los que siempre actuará como un verdadero hombre de fe, como un verdadero creyente. Es la bondad de su corazón para no querer hacer daño a nadie y entonces cuando van sucediéndose cosas que no entiende, decide no denunciar lo que en María su mujer estaba sucediendo. Pero es que ahí descubrimos la apertura de su corazón a Dios; sabe escuchar a Dios que se le manifiesta a través de su ángel en sueños; y sabe asumir y aceptar el plan que Dios tiene para él. ‘Cuando José se despertó hizo lo que le había  mandado el ángel del Señor’, nos dirá el evangelista.
‘Abrahán creyó; apoyado en la esperanza creyó, contra toda esperanza…’ nos decía san Pablo en referencia a Abrahán y cuánto le prometía el Señor. Lo podemos referir perfectamente a san José; nubarrones de dudas inundaban su espíritu cuando nada comprendía de lo que estaba sucediendo. Pero José creyó, contra toda esperanza, contra todo razonamiento humano podríamos decir, y se fió de Dios y se dejó conducir por Dios.
Para él Dios tenía reservada una importante misión. Aquel hijo de María que iba a nacer y que había sido concebido por obra del Espíritu Santo iba a estar a su cuidado de padre, como aparecería siempre ante los ojos de los hombres, de manera que las gentes de Nazaret dirán de Jesús que es el hijo de José, el hijo del carpintero. El Hijo de Dios iba a estar a su cuidado como si fuera su hijo. Importante iba a ser el lugar que José ocuparía dentro de la historia de nuestra salvación, porque a aquel niño había de llamarlo ‘Jesús, porque El salvará al pueblo de sus pecados’, como le había dicho el ángel.
En el relato de la anunciación veíamos a María considerando las palabras del ángel porque no terminaba de comprender cuanto le pedía al Señor; ahora vemos dudar a José porque no había entendido lo que estaba sucediendo. María preguntó por el significado de lo que le decía el ángel; pero José guardó silencio, pero fue un silencio de interiorización, un silencio de preguntarse en su interior para escuchar la voz del Señor en su corazón que se le manifiesta a través del ángel. Y será antes de nacimiento de Jesús, y será en su caminar hasta Belén para el empadronamiento queriendo descifrar  lo que son los planes de Dios, y será en su peregrinar hasta el destierro en Egipto, porque la vida del niño habría de preservarse. Pero en todo aparece la fe robusta y profunda de un gran creyente que sabe descubrir los planes de Dios para su vida y también en bien de la humanidad, y realizarlos.
Cuanto tenemos que aprender en este sentido para nuestra vida de cada día. Nos sentimos turbados en tantas ocasiones por las cosas que nos suceden, una enfermedad, un accidente, la discapacidad que va apareciendo en nuestra vida con el paso de los años, problemas que de la  noche a la mañana aparecen en nuestro entorno familiar, acontecimientos que suceden en nuestro entorno o en el ámbito de nuestra sociedad que nos hacen entrar en crisis de todo tipo, en preguntas y en por qué que no sabemos muchas veces contestar.
En medio de todo eso tiene que aparecer la madurez del creyente y del cristiano. Pero sin confusiones  fatalistas. La madurez del creyente no es simplemente resignarse, como si de un destino fatal se tratara, sino que tendrá que aparecer nuestro espíritu de lucha y superación, nuestro deseo de vida y de algo mejor, la búsqueda de soluciones, pero junto a todo eso la apertura a Dios para descubrir qué quiere decirnos el Señor con todo eso que nos sucede. Y eso necesita de silencio interior para rumiar las cosas, para meditar en cuanto sucede, para poder escuchar esa voz de Dios que quizá muchas veces nos habla como un susurro. Es lo que hoy queremos aprender de san José, el hombre del silencio, el hombre de la fe silenciosa, pero el hombre de la fe madura porque era un hombre abierto a la palabra de Dios.
San José, hemos dicho, es el hombre de la fe silenciosa que se volcó hacia Dios, fiándose de Dios, para finalmente cumplir la misión que Dios le confiaba. Puede parecernos como un salto en el vació oscuro, pero con la fe no hay oscuridad sino que pronto se va a descubrir el camino luminoso de la voluntad salvadora del Señor, y en el caso de José, era una salvación para toda la humanidad. Pero quien cree de verdad ese paso lo da con confianza porque se sabe en las manos de Dios y se siente siempre seguro.
Esta solemnidad de san José la estamos haciendo en medio de nuestro camino cuaresmal que nos conduce a la Pascua.  Esta lección que aprendemos de la fe de José para discernir los caminos y los planes de Dios para nuestra vida nos vale muy bien en este recorrido que estamos haciendo en la cuaresma. Aunque José no llegó a vivir la Pascua de la pasión y muerte de Jesús, supo hacer pascua de su vida porque sintió ese paso salvador de Dios por su vida.
Momentos de pasión y de muerte tuvo que vivir en medio de sus dudas o en los momentos duros de su caminar hacia Belén o hacia Egipto. Fue un participar de alguna manera de la Pascua de su Hijo porque en verdad iría haciendo una ofrenda de amor desde su más profundo interior porque era conciente de que cuanto le sucedía y Dios le revelaba era siempre para bien de los demás, como el mismo nombre de Jesús indicaba ‘porque salvará al pueblo de sus pecados’ y ahí tenía su parte también san José. Seguro que ahora goza de la plenitud junto a Dios en el cielo.
Que con su intercesión nos sintamos fortalecidos con la gracia del Señor para que crezca más y más nuestra fe y sea en verdad una fe madura y comprometida. Que su intercesión nos ayude a descubrir también los planes de Dios para nuestra vida y a realizarlos conforme a su voluntad. Pensemos que los dones de Dios que recibimos no son solo para nosotros sino que siempre serán una riqueza para la Iglesia y un bien para nuestro mundo.

martes, 18 de marzo de 2014

Nuestra mayor grandeza es el ser el último y el servidor de los demás



Nuestra mayor grandeza es el ser el último y el servidor de los demás

Is. 10, 16-20; Sal. 49; Mt. 23, 1-12
¿Cuál es el título del que más tendría que hacer gala un cristiano, del que tendría que sentirse más orgulloso, que vendróa en cierto modo a definirnos? Creo que nos lo deja muy claro Jesús hoy frente a aquellos que se creen dirigentes, maestros, sabios y entendidos y que quieren apabullar con sus apariencias. El mejor título que tendría que definirnos es el de servidor.
Nuestra grandeza es ser amados de Dios hasta el punto de hacernos sus hijos. Pero cuando en verdad nos sentimos hijos de Dios, amados del Señor, nos daremos cuenta de por donde tienen que ir nuestras posturas o nuestra manera de presentarnos. Y no es otra que hacer lo mismo que hizo Jesús, el Hijo del Hombre que no vino para ser servido, sino para servir. Por eso en el servicio está nuestra grandeza; el hacernos nos últimos nos hace ser los primeros de verdad; nuestro valor está en amar y amar de verdad gastándonos por los demás y haciéndonos servidores de todos.
Jesús previene a sus discípulos, a los que quieren seguirle de vivir una vida de apariencias que se convierten en falsedades. Allí están ‘los letrados y los fariseos que se han sentado en la cátedra de Moisés’; y Jesús les previene: ‘Haced y cumplir lo que os digan - no les quita Jesús la autoridad a los maestros de la ley -; pero no hagáis lo que ellos hacen’, porque no hacen por sí mismos nada de lo que enseñan a los demás.
Confieso que escuchando estas palabras de Jesús me paro a reflexionar en lo que yo pueda estar haciendo; quizá enseñe muchas cosas a los demás, pero quizá no siempre soy lo suficientemente congruente en mi vida, porque luego no doy el ejemplo cumpliéndolo; sí, confieso que antes de anunciar la Palabra del Señor a los demás la leo para mi mismo, y tras ofreceros la reflexión trato de aplicarme de forma muy concreta lo que os digo analizando mi vida y queriendo corregirla siempre con la gracia del Señor.
Critica Jesús las posturas de los fariseos tan llenos de apariencias, anchos mantos, largas filacterias - esas cintas con que adornaban sus cabezas o sus vestidos en las que iban grabadas las palabras de la ley - puestos de honor, reverencias. No es ése el estilo de Jesús ni el estilo que ha de vivir un seguidor de Jesús. Tenemos que bajarnos de esos pedestales, quitar de nuestra vida todo lo que se queda en lo externo y tratar desde lo más intimo de nuestra vida de dar una respuesta al Señor, pero una respuesta que abarque toda nuestra vida, todo lo que hacemos.
‘No os dejéis llamar maestro… no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra… no os dejéis llamar jefes ni consejeros…’ Somos hermanos, Cristo es nuestra verdad y El es el único Señor. Es a Jesús a quien hemos de escuchar y seguir. Hace poco hemos escuchado la voz del cielo que así nos lo señalaba, allá en lo alto de la montaña de la Transfiguración. ‘Este es mi Hijo amado, escuchadle’, recordamos que nos decía. Y Jesús nos habla con toda autoridad, porque El es la Palabra de Dios, la Palabra que Dios quiere decirnos y que es para nosotros Palabra de salvación.
Y escuchar y seguir a Jesús implica entrar en el camino del amor, del servicio. Ahí está nuestra grandeza. El ser servidores de todos, el ser capaz de hacernos el último y el esclavo que siempre está dispuesto a servir es nuestra mayor grandeza y el título, por decirlo así, del que más tenemos que sentirnos orgullosos.
‘El primero entre vosotros será vuestro servidor’, nos dice hoy. Se lo hemos escuchado muchas veces a Jesús, sobre todo cuando han aparecido las ambiciones y deseos de grandeza en sus discípulos. Siempre terminaba Jesús diciéndonos lo mismo, que tenemos que hacernos los esclavos por amor de los demás están siempre disponibles para el servicio.  Eso, sí, que nos hará ser primeros, aunque ese no sea el estilo del mundo que nos rodea. Pero en algo tenemos que diferenciarnos los que de verdad queremos llamarnos discípulos de Jesús. 
Y qué satisfacción más grande se siente en el alma cuando hacemos el bien, cuando nos damos por los demás, aunque haya quien no lo valore ni lo tenga en cuenta. Pero en nosotros está siempre por encima de todos los reconocimientos humanos la recompensa que nos da el Señor, y que es abrirnos las puertas para la vida eterna. Y recordemos las últimas palabras de Jesús: ‘El que se enaltece será humillado, pero el que se humilla será enaltecido’. 
No hace falta más comentario.

lunes, 17 de marzo de 2014

Seamos compasivos como nuestro Padre celestial es compasivo y seamos generosos en el amor



Seamos compasivos como nuestro Padre celestial es compasivo y seamos generosos en el amor

Dan. 9, 4-10; Sal. 78; Lc. 6, 36-38
‘Señor, no  nos trates como merecen nuestros pecados… que tu compasión nos alcance pronto… socórrenos, Dios salvador nuestro… líbranos y perdona nuestros pecados…’ Así fuimos desgranando nuestra oración con el salmista. Ya la lectura de la profecía de Daniel era una confesión de nuestra condición de pecadores. ‘A nosotros la vergüenza… porque hemos pecado contra ti. Al Señor, nuestro Dios, la piedad y el perdón… porque no hemos escuchado la voz del Señor’.
Son hermosos los sentimientos que afloran tanto en la oración de Daniel como con el salmo en el que hemos querido seguir ahondando con espíritu de humildad en nuestra condición de pecadores. Es importante que lo reconozcamos. Importante que nos presentemos con humildad delante del Señor reconociendo nuestro pecado para impetrar misericordia y perdón.
¿A quien vamos a acudir si sabemos que la misericordia y el perdón lo encontramos en Dios? Esa es la actitud fundamental con la que hemos de presentarnos delante del Señor. No somos dignos, somos pecadores, solo el Señor es misericordioso y tiene compasión de nuestro pecado. Qué paz podemos sentir en el corazón cuando así nos sentimos amados del Señor e inundados de su misericordia y su gracia. Son torrentes de amor los que se derraman sobre nosotros cuando llega la gracia de Dios a nuestra vida.
Pero es actitud fundamental para nuestro trato y relación con el prójimo. Si en verdad fuéramos humildes como desterraríamos de nosotros el juicio y la condena que tan fáciles nos salen cuando hablamos de los demás; si en verdad fuéramos humildes qué distintas serían nuestras actitudes ante los otros: siempre estaríamos a la misericordia, a la compasión, al perdón; si en verdad fuéramos humildes con qué cariño y comprensión trataríamos a los otros.
Para poder hacer tal como nos enseña Jesús hoy en el evangelio tenemos que haber experimentado en nuestra vida lo que es el amor y la misericordia de los demás, porque quien se sabe perdonado sabrá también perdonar de corazón a su hermano; quien siente la compasión y la misericordia de Dios sobre sí mismo de manera que siente la mano amiga y amorosa de Dios que nos levanta y nos ayuda a dar los pasos de la conversión a la nueva vida, sabrá entonces comprender al hermano que cae y hasta disculparlo, sabrá tender su mano o su brazo para ayudar a levantarse al caído.
Hoy nos ha dicho Jesús: ‘Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará…’ Y todo arranca del amor compasivo y misericordioso del Señor para con nosotros. Quien se siente amado, no podrá sino amar a su vez a todo hermano. Es importante esa experiencia de sentirse amado para amar. Y todo partirá de la humildad del reconocimiento de nuestra condición pecadora, porque así podremos reconocer y experimentar en nuestra vida esa compasión y esa misericordia.
¿Quiénes somos nosotros para juzgar o para condenar cuando tanto hemos recibido del Señor? ¿Cómo nos vamos a atrever a pedir perdón al Señor si nosotros no somos capaces de otorgar generosamente ese mismo perdón a los hermanos que nos hayan ofendido? Tiene que primar siempre la generosidad del amor, porque entonces además nos estaríamos pareciendo a Dios. El es el modelo y también nuestra meta y nuestra fuerza. El nos dará su luz para que seamos capaces de reconocer cuanto hemos sido amados por el Señor, para así amar también nosotros generosamente a los hermanos.
Ya nos abundará más adelante el evangelio en este camino cuaresmal con este pensamiento, haciéndonos reconocer también la maldad de nuestro corazón cuando no somos capaces de perdonar de corazón a nuestro hermano, de amarlo con un amor lo más semejante al amor que Dios nos tiene.

domingo, 16 de marzo de 2014

Transfigurarnos para hacer resplandecer de nuevo la luz que ilumino nuestra vida el dia del Bautismo



Transfigurarnos para hacer resplandecer de nuevo la luz que iluminó nuestra vida el día del Bautismo

Gen. 12, 1-4; Sal. 32; 2Tim. 1, 8-10; Mt. 17, 1-9
Es el domingo de la Transfiguración - tradicionalmente siempre el segundo domingo de Cuaresma - con todas sus connotaciones de resplandores y de oscuridades que son vencidas; se nos habla de subida a una montaña alta, pero se nos habla también de salir de su tierra y de ponerse en camino; finalmente hay que descender lo que previamente se había ascendido porque es necesario seguir caminando las llanuras del camino de la vida, no siempre tan tranquilo y sí muchas veces accidentado.
Entre resplandores de transfiguración se manifiesta la gloria de Dios. Todo son resplandores de luz y de gloria. ‘Se transfiguró Jesús y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador… una nube luminosa los cubrió con su sombra’, terminará diciéndonos.
Jesús, si atendemos al marco del evangelio donde se nos narra este episodio, viene anunciando la pasión y la cruz de su Pascua, y como nos expresa la liturgia de este día ‘después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección’. Esto último no lo podemos olvidar nunca. De ahí el sentido que tiene la cuaresma que vivimos como preparación para la pascua. Hemos de llegar a la resurrección. Pero hemos de hacer un camino, hacer una ascensión.
Se nos hacen oscuros los caminos de la vida en muchas ocasiones, los problemas de cada día, las limitaciones y enfermedades, los roces que vamos teniendo con los que caminan a nuestro lado, el peso de la tentación que nos arrastra con frecuencia hacia abajo, las dudas e incertidumbres que nos van apareciendo en el alma nos conducen por ese camino de pasión que muchas veces se nos hace difícil de comprender, como les resultaba a los apóstoles cuando Jesús les anunciaba su pasión; pero es lo que no tenemos nunca que olvidar que el resplandor del Tabor nos está anunciando los resplandores de la resurrección; el Tabor es un faro de luz que nos señala a donde vamos, nos señala la vida nueva que estamos llamados a vivir. Ese anuncio tiene que ser para nosotros un gran estímulo.
Es necesario aprender a ponerse en camino, como lo hiciera Abrahán cuando Dios le pide que salga de su tierra y se ponga en camino a la tierra que le va a dar; Abraham se fía de la promesa, se deja guiar por esa Palabra que Dios le revela en su corazón para que sus descendientes un día puedan posesionarse de la tierra que el Señor les dio. Ponerse en camino atravesando un desierto que le lleve a la tierra de una promesa no podía ser fácil para Abraham; pero se fió, se dejó conducir, iría adonde Dios le llevara o desde donde Dios le llamaba.
De la misma manera que es necesario ponerse en camino para ascender a la montaña. La subida a una montaña alta siempre será costosa, no solo por la dificultad del camino sino también por todas las cosas que tenemos que saber dejar atrás, porque en lugar de ayudar serían ‘impedimenta’ - - como así se llamaba a los pertrechos que llevaban los soldados en las batallas - y los pertrechos innecesarios harían dificultosa la ascensión. En la altura van a ver la gloria del Resucitado, como cuando subimos a una montaña y nos quedamos extasiados contemplando bellezas que no habíamos imaginado o descubriendo planteamientos que nos llevarían a hacer las cosas por otros derroteros. Lo que allí iban a contemplar superaría todo deseo y les haría comprender en plenitud todos los anuncios de Jesús y la pasión y la cruz ya no sería escándalo para los discípulos.
La experiencia del Tabor fue determinante para mantener la fe de los discípulos en lo que iba a seguir en la vida de Jesús. Allí estaba la voz del cielo que lo señalaba: ‘Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle’. Lo que ya iban vislumbrando los discípulos en la vida de Jesús y que un día le llevaría a Pedro a confesar que Jesús era el Mesías, el Hijo del Dios vivo, ahora venia a ser confirmado desde el cielo. Aunque siempre esa teofanía de Dios, esa manifestación de la gloria del Señor nos llevaría a anonadarnos, a sentirnos pequeños o a sentirnos pecadores.  ‘Apártate de mí, que soy un hombre pecador’, había confesado Pedro cuando la pesca milagrosa, porque reconocía que aquello solo podía suceder con el poder de Dios. De la misma manera ahora, cayeron de bruces, al escuchar la voz, llenos de temor. Estaban ante la presencia de la gloria de Dios y qué pequeños se sentían.
Esto les valdría para superar egoísmos y ambiciones que siempre aparecían y reaparecían en sus corazones. Antes, cuando estaban contemplando maravillados el cuadro de la transfiguración con la aparición también de Moisés y Elías conversando con Jesús, les parecía tan divino lo que contemplaban que querían quedarse allí para siempre. ‘¡Señor, qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres chozas; una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’. Si se quedaban allí extasiados ya no tendrían que preocuparse de las cosas terrenas y de los agobios de cada día. Es una tentación fácil que podemos tener. Allí estaban también los que querían primeros puestos en la gloria de Jesús, Santiago y Juan. En medio de todo aparecen esas ambiciones y deseos terrenos y mundanos.
Pero la voz del Padre que se escuchaba en medio de la nube venía a señalar otras cosas. Aquel Jesús que veían allí transfigurado, que era realmente el Hijo de Dios que venía para traernos la salvación, también venía a anunciarnos la Palabra que nos señalara como hacer y como vivir en ese Reino de Dios en el que no nos podemos quedar en éxtasis celestiales ni en pasividades humanas sin compromiso. A ese Jesús había que escucharlo porque era la Palabra viva de Dios. A ese Jesús, Hijo verdadero de Dios, había que escucharle porque nos enseñaría los verdaderos caminos del amor que echarían abajo todas nuestras comodidades, pasividades y ambiciones para enseñarnos a vivir en una vida nueva de transfiguración en el amor.
Como decíamos la experiencia del Tabor fue determinante. Habían contemplado la gloria de Dios y eran ellos los que tenían ahora que transfigurarse, transformar su corazón. Había ahora que bajar de la montaña con un resplandor nuevo; no podían hablar de lo que allí había sucedido hasta que ‘el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos’, pero lo sucedido les podría ayudar a entender todo lo que Jesús les anunciaba. Tendrían que llegar a la Pascua y aunque iba a ser algo costoso y doloroso pero estaba presente la luz de la resurrección ya en sus corazones desde aquel resplandor del Tabor que había sido como un anticipo que fortaleciera su fe y su camino.
Pero todo esto que contemplamos y meditamos tiene que ayudarnos también en este camino pascual que queremos recorrer. Un camino y una ascensión a la que nos está invitando hoy el Señor. Esa ascensión permanente que hemos de ir realizando en nuestra vida que nos lleve a llenarnos de la luz de Dios que también nos transfigure. En nuestra alma, desde nuestro bautismo, ha quedado prendida esa luz, que muchas veces quizá enturbiamos con nuestros pecados. Cuaresma ha de significar para nosotros esa purificación, ese quitar todos esas cosas que nos impiden seguir con decisión el camino de Jesús, esa transformación de nuestro corazón llenándolo del resplandor del Tabor y de la resurrección.
También nosotros escuchamos en lo más hondo de nosotros esa voz del cielo que nos señala a Jesús y nos invita a escucharle y a seguirle. Y escucharle y seguirle significa ponernos en camino de superación y de crecimiento, salir de nuestras pasividades y de nuestra vida cómoda, ir arrancando de nosotros esas ambiciones que nos ciegan el corazón y nos impiden reconocer a Jesús allí donde El quiere manifestársenos.
Porque Cristo transfigurado está también en el hermano que está a nuestro lado, en el pobre y en el enfermo, en el que nos pueda parecer una piltrafa humana por las muchas miserias que pueda haber en su vida y en ese que sufre de tantas maneras a nuestro lado. Ahí está Jesús, ese mismo Jesús que vemos transfigurado en lo alto del Tabor, pero que lo vemos recorrer el camino de la pasión, del dolor y de la muerte en el sufrimiento de los hombres nuestros hermanos. Pero tenemos la esperanza de la vida, de la resurrección.
Que bajemos del Tabor, que salgamos hoy de este nuestro encuentro con el Señor con los ojos abiertos de una manera distinta  para ir descubriendo a Jesús que nos va saliendo al paso en ese día a día de la vida en los hermanos que sufren a nuestro lado. Que el Espíritu nos ilumine y nos trasforme el corazón. Esa transfiguración se ha de realizar también en nosotros, porque no haríamos otra cosa que volver a hacer brillar el resplandor de luz y de gracia que lleno nuestra vida en el día del Bautismo.

sábado, 15 de marzo de 2014

Somos un pueblo consagrado al Señor cuyo distintivo es el amor incluso a los enemigos



Somos un pueblo consagrado al Señor cuyo distintivo es el amor incluso a los enemigos

Deut. 26, 16-19; Sal. 118; Mt. 5, 43-48
‘Serás un pueblo consagrado al Señor tu Dios, como te lo tiene prometido’. Así escuchábamos en la lectura del Deuteronomio. Es un recordatorio de la Alianza del Sinaí. Dios se había elegido a aquel pueblo como suyo, pero ellos habían de reconocerle como su único Dios y Señor. ‘Hoy te has comprometido con el Señor a que El sea tu Dios, a ir por sus caminos, a observar sus leyes y preceptos y mandatos, y a escuchar su voz’. Es la Alianza del pueblo con su Dios, de Dios con su pueblo. Serán un pueblo consagrado al Señor.
Fue la Alianza que condujo al pueblo de Israel a través de toda su historia, con momentos de fidelidad y fervor, pero también con muchos momentos de infidelidad, con lo que tenían que irla renovando  continuamente. Fue el anticipo y la preparación para el pueblo de la Nueva Alianza, la que se iba a constituir por la Sangre de Cristo, Sangre de la Nueva y eterna Alianza derramada para el perdón de los pecados. Es lo que nosotros vivimos y lo que nos disponemos a celebrar. Por eso estamos haciendo este camino de preparación y renovación de nuestra vida que es la Cuaresma a partir de la Palabra de Dios que cada día vamos escuchando y plantando en nuestro corazón.
Hoy el evangelio es una continuación del escuchado ayer donde se nos va explicitar aún más como hemos de vivir nuestro amor. Ayer nos hablaba de reconciliación y de cómo vivir en actitud positiva hacia los demás evitando todo lo que fuera negativo o pudiera ofender. Hoy Jesús en esta página nos hace dar un paso más en ese camino de plenitud que el quiere para nosotros. Como nos dirá en el Sermón del Monte, de donde están sacadas estas palabras que hoy hemos escuchado, El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a dar plenitud. No ha venido a abolir esa Alianza de la que nos ha hablado la primera lectura, sino a dar una mayor plenitud en la Alianza en su Sangre que en la cruz se va a realizar.
Y para motivarnos más en esa exigencia de nuestro amor nos señalará que hemos de ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. Nos pone el listón muy alto, pero es el camino de superación que ha de vivir siempre el cristiano.
Por eso hoy hablará del amor a los enemigos, el amor a aquellos que no nos hayan hecho bien o incluso nos hayan hecho mal. En algo hemos de distinguirnos los cristianos. Ya nos había dicho que si no fuéramos mejores que los escribas y fariseos no entraríamos en el Reino de los cielos. Ahora nos dice que si amamos solo a los que nos aman no nos distinguimos en nada de los demás porque eso lo hace cualquiera, eso lo hacen también los que no creen en Dios, porque saben ser agradecidos con los que les hayan hecho bien.
En nosotros el escalón tiene que estar más alto. Y será entonces el amor a los enemigos o a los que nos hayan hecho mal, o incluso nos hayan perseguido. ‘Habéis oído que se os dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo…’
Hemos de reconocer que no es fácil lo que nos está pidiendo Jesús. Pero ahí está la sublimidad del amor cristiano. La meta de nuestro amor está en Dios; el modelo es Jesús que así nos amó a nosotros cuando no lo merecíamos, porque somos nosotros los pecadores y los que le hemos ofendido y siempre es fiel el Señor en su amor para con nosotros. Jesús no nos está pidiendo nada en lo que El  no haya ido por delante de nosotros haciéndolo también. ¿Qué dijo Jesús en la cruz mientras lo crucificaban? Oraba al Padre por aquellos que le estaban crucificando. Estaba pidiendo perdón para ellos e incluso los disculpaba. Sublime es el amor de Jesús y sublime tiene que ser nuestro amor.
Cuesta rezar por aquel que te haya hecho mal, pero cuando has sido capaz de comenzar a hacerlo podríamos decir que has comenzado a amar a esa persona y también a perdonarla. Os digo más, cuando sentimos resentimiento en nuestro corazón por el daño que nos hayan podido hacer, si somos capaces de orar por esa persona, simplemente para ponerla en las manos de Dios, no tenemos que pedir más, seguro que también comenzaremos nosotros a sentir paz en nuestro corazón.  Esa persona podrá alcanzar la paz como un don de Dios hacia ella, por lo que nosotros hayamos pedido, pero nosotros también comenzaremos a sentir una paz nueva y distinta en nuestro corazón. No olvidemos que somos nosotros también un pueblo consagrado al Señor.

viernes, 14 de marzo de 2014

Vete primero a reconciliarte con tu hermano...



Vete primero a reconciliarte con tu hermano sofocando esas llamaradas de amor propio que puedan surgir dentro de ti

Ez. 18, 21-28; Sal. 129; Mt. 5, 20-26
‘¿Acaso quiero yo la muerte del malvado - oráculo del Señor - y no que se convierta de su camino y viva?... cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida… ciertamente vivirá y no morirá’. Hermoso el mensaje que nos ofrece el profeta de parte del Señor. ‘Oráculo del Señor’, nos dice.
Por eso podíamos rezar en el salmo acogiéndonos a la misericordia del Señor. ‘Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?’ Es cierto que el que se siente abrumado por su pecado, por lo mal que haya hecho y piensa que para él no habrá perdón, es como para volverse loco. Está en nuestro corazón la esperanza del amor de Dios que nos perdona y nos da paz. ‘Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos’. Fijaos qué hermoso, nos habla de ‘la redención copiosa’; no es cualquier medida ni una medida a la que pongamos límites, es copiosa, abundante, generosa, como generoso e infinito es el amor de Dios.
En el evangelio se comienza a hablarnos del amor; serán muchas las ocasiones en que se nos hablará de nuestro amor a los otros, en este camino que vamos haciendo en la cuaresma. Hoy se nos invita a la reconciliación y a vivir con unas actitudes positivas hacia los demás, evitando todo lo que sea negativo en nuestras palabras, en nuestras actitudes o en nuestras acciones. Y se nos está señalando cómo hemos de comenzar a expresar ese amor y esos deseos de reconciliación sin esperar que sea el otro el que comience.
Primero nos dice que hemos de evitar todas las palabras que puedan ser ofensivas a los demás. Nunca una palabra fuerte, salida de tono, hiriente o despreciativa hacia los otros. Parecen cosas muy elementales que hasta podríamos pensar por educación para una digna relación humana entre unos y otros.
Pero quienes hemos hecho opción por el amor de manera que es nuestro distintivo no se puede permitir de ninguna manera una  palabra que pueda herir al otro, porque estoy hiriendo a un hermano. Y esta es una tentación fácil en la que podemos caer casi sin darnos cuenta, por ese lenguaje tan burdo que hoy utilizamos y en el fácilmente salen esas palabras o esas actitudes descalificativas hacia los demás. Seamos sinceros y analicemos bien las palabras que usamos en nuestras conversaciones y sobre todo cuando nos parece estar dolido por algo contra alguien, démonos cuenta de las palabras que empleamos y las descalificaciones.
Pero nos pide algo más Jesús. ¿Cómo nos podemos atrever a presentarnos delante del Señor queriendo decir que le amamos y que le ofrecemos no sé cuantas cosas cuando tenemos cosas pendientes con los hermanos que nos rodean? ‘Vete primero a reconciliarte con tu hermano’, nos dice Jesús. No puedo estar esperando a que el otro venga. Eso es lo que yo quisiera para subirme en el pedestal de los que somos buenos y perfectos y por compasión ahora perdonamos a ese pobre que no le queda mas remedio que reconocer su fallo. Una postura así dista mucho de ser una postura cristiana. Lo que nosotros tenemos que hacer es ir a buscar a ese hermano para reconciliarme con él, aunque cueste y tenga que sofocar las llamas de amor propio que puedan surgir dentro de nosotros, para poder presentarme con un corazón más puro y limpio y más lleno de amor ante el Señor. Nos lo dice claramente hoy Jesús en el evangelio.
Es que el amor siempre se adelanta, por eso mismo que es amor. El amor es generoso y siempre estará buscando la paz y la felicidad del otro. El amor verdadero no me permite quedarme pasivamente esperando a ver qué es lo que el otro hace, sino que el verdadero amor toma siempre la iniciativa, inicia el camino, va al encuentro del otro, nos ayuda a encontrar la paz verdadera en el corazón. Y no hay paz más hermosa que la que sentimos después de dar los pasos que nos han llevado a la reconciliación. Mucho tendríamos que reflexionar sobre todo esto y muchas posturas nuevas y valientes habremos de tomar desde lo más hondo de nuestro corazón.

jueves, 13 de marzo de 2014

Que el Espíritu divino nos de sabiduría para que sepamos hacer la más humilde, confiada y amorosa oración



Que el Espíritu divino nos de sabiduría para que sepamos hacer la más humilde, confiada y amorosa oración

Esther, 14, 1.3-5.12-14; Sal. 137; Mt. 7,7-12
‘Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor…’ repetimos en forma responsorial en el salmo. ¿Hemos saboreado estas palabras? Encierran en sí mismas un deje de gratitud al Señor. Es como recordar que habíamos vivido momentos de aflicción, de pena, de dolor y habíamos acudido al Señor y el Señor nos había escuchado. Es como un gozo que sentimos en el alma, un gozo agradecido. Por eso el salmista iba diciendo ‘te doy gracias, Señor, de todo corazón… daré gracias a tu nombre, por  tu misericordia y tu lealtad… cuando te invoqué me escuchaste y acreciste - hiciste grande, me sentí de nuevo fuerte - el valor en mi alma’.
Es la oración del salmista del Antiguo Testamento que nos puede recordar la oración de la Reina Esther, que hemos escuchado en la primera lectura; pero es lo que nos enseña Jesús sobre la oración. Una vez más nos habla de la oración; ahora nos enseña lo constantes que hemos de ser en nuestra oración y la seguridad que podemos tener en que siempre el Señor nos escucha.
‘Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’. Qué confianza y seguridad nos da el Señor. No nos dice pedid y vamos a ver si recibís algo, llamad a ver si os abren, busquen a ver si encuentran algo. No hay nada de condicional; es una afirmación. Y ¿por qué esa seguridad y confianza? ¿por qué esa afirmación tan rotunda? ‘Si vosotros que sois malos,  sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden?’
Así tenemos que acudir al Señor desde nuestras angustias y tribulaciones, desde nuestros sufrimientos o nuestras necesidades, o simplemente desde sentirnos en esa condición de hijos amados de Dios, y ¿a quien vamos a acudir sino a quien sabemos que es nuestro Padre bueno que nos ama y nunca nos deja desamparados? Nuestro Padre del cielo siempre nos dará cosas buenas; nuestro Padre del cielo siempre está junto a nosotros con su gracia para hacernos fuertes en los momentos malos o de tentación por los que estemos pasando, para ser nuestra luz en los momentos oscuros de la duda o de los temores.
Pero como decíamos ahí tenemos una hermosa oración en lo que se nos ofrece en la primera lectura. La reina Esther estaba en medio de una gran tribulación porque su pueblo, el pueblo de Israel al que ella pertenecía estaba condenado a desaparecer.  Ella por su cercanía del rey puede ser intercesora a favor de su pueblo, pero es difícil y peligroso que se pueda acercar al rey sin ser llamada. Pero ella pone toda su confianza en el Señor. Y además de hacer que todo el pueblo haga ayuno y oraciones a Dios, ella misma se prepara con su oración al Señor poniéndose  en sus manos. Es la oración que nos ofrece la primera lectura.
Modelo de oración llena de humildad, pero al mismo tiempo de una alabanza y pura acción de gracias hacia Dios con la mejor de sus oraciones. No va a exigir, humildemente se va a poner ante el Señor para que le inspire palabras y le dé fortaleza en el momento de presentarse ante el rey. Comienza su oración reconociendo que su único rey es el Señor. Hermosa confesión de fe para comenzar su oración, como tantas veces hemos dicho que no tengamos prisa por comenzar a hacerle el listado de nuestras peticiones al Señor. Centrémonos en el Señor, confesemos nuestra fe y nuestro amor, manifestemos cómo hemos puesto en el Señor toda nuestra confianza y nuestra esperanza.
Hay algo más en esta humilde y grandiosa oración. Sabe que no es digna de estar delante del Señor, siente que ella y su pueblo han pecado, pero se acogen a la bondad y a la misericordia del Señor, recordando las maravillas que el Señor ha obrado a través de los tiempos con su pueblo. Por eso sigue confiando en la protección y en la ayuda del Señor. Siente sobre ella y sobre su pueblo el amor de Dios que nunca le faltará.
Muchas más cosas podríamos subrayar. Pero preguntémonos, ¿es así nuestra oración? ¿Acudimos a Dios con esa confianza pero también con esa humildad? Que el Espíritu divino inunde de su sabiduría nuestro corazón para que sepamos hacer la más humilde, confiada y amorosa oración.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Dios va dejando muchas señales de su llamada a la conversión en las mismas cosas que nos suceden



Dios va dejando muchas señales de su llamada a la conversión en las mismas cosas que  nos suceden

Jonás, 3, 1-10; Sal. 50; Lc. 11, 29-32
‘Los hombres de Nínive se alzarán contra esta generación… porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás’, les dice Jesús a los  judíos de su tiempo, a quienes estaba dirigida esta predicación. Pero de entrada me pregunto si también nos lo está diciendo a nosotros - es Palabra que Dios nos dirige hoy a nosotros es la seguridad y la certeza que hemos de tener cuando escuchamos su Palabra - porque también tenemos a alguien mayor que Jonás y no terminamos de dar la respuesta de conversión que nos pide el Señor.
Hemos escuchado en la primera lectura unos versículos que nos vienen a resumir muy bien lo que fue la predicación de Jonás en Nínive y la respuesta de los ninivitas. Previamente todos conocemos algo de la historia de Jonás. El Señor lo había llamado con la misión de ir a Nínive, pero se embarcó en dirección opuesta. Tuvo miedo, se sintió sin fuerzas para cumplir la misión que Dios le encomendaba y huyó.
En el relato completo de la profecía de Jonás se nos narra todos los hechos extraordinarios que se fueron sucediendo, la tempestad en el mar, el ser arrojado por la borda del barco, el cetáceo que se lo traga y a los tres días lo devuelve vivo y sano a tierra, y la reflexión que se hace Jonás para comprender que no puede abandonar la misión que Dios le ha confiado.
Todo eso que le sucedió a Jonás Jesús lo muestra como un signo para el pueblo que le escucha y también se sientan movidos a la conversión. Cuando contemplamos las maravillas que realiza el Señor tendríamos que ver en ellas esos signos y señales que el Señor está poniendo a nuestro para así sentir esa llamada que sigue haciéndonos para que nos convirtamos a El.
Dios sigue llamándonos en el hoy de nuestra vida; también va dejando muchas señales de su presencia y de su llamada a la conversión en aquellas mismas cosas que nos suceden y que tenemos que saber distinguir muy bien. Se ha de despertar en nosotros la fidelidad para seguir los caminos del Señor, pero también la apertura de nuestro corazón, de nuestra vida para aceptar y escuchar a Dios en nuestra vida. Se ha de despertar, sí, nuestra fe para descubrir esas señales de Dios y cuánto Dios hace continuamente por nosotros. Somos muy fáciles para pedirle milagros al Señor, pero luego no sabemos sentir ese milagro de la gracia divina que nos llama, que nos fortalece, que nos renueva, que nos guía, que va moviendo nuestro corazón.
En lo que le sucedió a Jonás y en lo que al final supo él descubrir esas señales de llamada de Dios a la que había de responder con fidelidad, fueron hechos y acontecimientos duros y dolorosos, como ya hemos hecho mención más arriba. Muchas veces nosotros nos vemos envueltos en la vida por hechos o acontecimientos que quizá nos hacen sufrir, que nos producen un malestar o una inquietud en nuestro corazón, pueden aparecer en nuestra vida cosas dolorosas no tanto en lo físico como puedan ser todas nuestras limitaciones y enfermedades, sino también espiritualmente.
Tratemos de sacar la lección, descubrir la llamada del Señor a través de esos hechos y que de ahí poniendo a tope nuestra fe salgamos en verdad fortalecidos y renovados totalmente en nuestra vida. Muchas de esas cosas que nos suceden, como decíamos incluso desagrables y dolorosas, pueden ser avisos y llamadas del Señor a las que tenemos que responder. Seguro que si nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor saldremos bien renovados en nuestra vida y con unos deseos cada vez más grandes de santidad.
Ahí está la gracia del Señor que nos llama y mueve nuestro corazón. Dejémonos conducir para que lleguemos a vivir en verdad la pascua del Señor y nos llenemos de nueva vida, vida de gracia y de santidad. Es la tarea que en este camino de Cuaresma hemos de ir realizando. Abramos los ojos de la fe; abramos nuestro corazón al amor del Señor.

martes, 11 de marzo de 2014

Rezar la oración que Jesús nos enseña puede resultar muy comprometedor



Rezar la oración que Jesús nos enseña puede resultar muy comprometedor

Is. 55, 10-11; Sal. 33; Mt. 6, 7-15
‘Cuando recéis no uséis muchas palabras como los gentiles que se imaginan que por hablar mucho les harán caso…’ Por segunda vez en este camino de la Cuaresma Jesús nos instruye sobre cómo hemos de orar, poniéndonos ya en este caso un modelo de lo que ha de ser nuestra oración.
El miércoles de ceniza ya nos decía que hemos de dejar a un lado las apariencias. No podemos rezar para que nos vean y luego nos digan lo buenos que somos porque rezamos mucho. Más aún entonces nos pedía Jesús que supiéramos hacer una oración interior, desde lo más hondo de nuestro corazón para sentir mejor y experimentar la presencia de Dios en nuestra vida.
‘No seáis como los hipócritas, nos decía, que les gusta rezar de pie delante de todos en las sinagogas, o en las esquinas de la plaza para que los vea la gente’. Y nos pedía que fuéramos capaces de recogernos allá en lo más interior de nuestro corazón. ‘Entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre que está en lo escondido y tu Padre que ve en lo escondido, te lo pagará’. Es esa oración interior, en el silencio de nuestro corazón, alejándonos de todo ruido externo que nos pudiera distraer para centrar de verdad nuestra vida en Dios, en su presencia.
No quiere decir esto que no oremos con los demás, ni mucho menos. Hoy cuando nos enseñe a orar nos dirá que llamemos a Dios ‘Padre nuestro’, es señal de que no estamos solos orando, sino en comunión con los demás. Es importante la oración comunitaria y es la que intentamos vivir con toda intensidad en la Iglesia en todas las celebraciones de los sacramentos. No puede ser nunca una oración que se haga individualista. Pero sí no está pidiendo que personalmente, aunque estemos unidos y en comunión con los demás hermanos que también están orando, seamos capaces de tener ese encuentro vivo con Dios en nuestra oración. Ya lo hemos comentado en alguna ocasión.
Si el otro día nos decía que no hiciéramos una oración de apariencias, por aparentar, hoy nos dice que no son las muchas palabras las que van a hacer que nuestra oración sea mejor. Va a ser una oración en la que de verdad nos sintamos hijos, hijos amados de Dios. Por eso, ya de entrada nos dirá Jesús que ‘vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que se lo pidáis’.
Es la oración de los hijos, de los hijos que se sienten amados y de los hijos que quieren manifestar de la mejor forma su amor. Si cada vez que comenzamos a rezar el Padrenuestro fuéramos un poquito concientes de este sentimiento, seguro que oraríamos de otra manera y de otra intensidad.  Reconocemos el amor que  Dios nos tiene y por eso lo llamamos Padre; queremos corresponder a su amor y lo que queremos siempre es su gloria.
Es lo que queremos expresar cuando decimos que sea santificado el nombre del Señor. El nombre del Señor ya es santo en sí mismo y con qué respeto lo trataban los judíos que ni siquiera mencionaban por respeto el  nombre de Dios. Nosotros queremos su gloria y su gloria esta en que todos lo reconozcamos como nuestro Padre y como nuestro Señor; por eso queremos que se realice su Reino, que se haga su voluntad, que todos reconozcamos a Dios, pero siempre busquemos su voluntad y nos apartemos de todo mal, que mancharía esa gloria del Señor.
Luego todo lo que sigue será como una consecuencia de sentirnos hijos y de querer vivir para siempre en su Reino. No nos sentimos abandonados de Dios que es nuestro Padre y podremos contar con el pan de cada día; pero porque nos sentimos amados de Dios que es nuestro Padre, al mismo tiempo nos sentiremos comprometidos a buscar ese pan de cada día para todo hermano, para todos los hermanos. Nuestra oración no puede ser nunca egoísta; nuestra oración siempre tendrá que abrirnos a los demás con quienes queremos vivir siempre como hermanos; y si le pedimos a Dios que nos perdona porque en ocasiones hacemos lo malo, al mismo tiempo estamos diciendo queremos vivir como hermanos con todos y para todos buscamos siempre la reconciliación y el perdón y estaremos dispuestos nosotros también a otorgarlo.
Como estamos viendo, rezar la oración que Jesús nos enseña es muy comprometedor, no la podemos rezar de cualquiera manera. Como tantas veces decimos tenemos que aprender a rezar el Padrenuestro, aprender a hacer una verdadera oración. Que el Espíritu del Señor nos ilumine y nos enseñe a hacer la mejor oración. Son las cosas que nos vamos proponiendo en este camino de renovación que tiene que ser la cuaresma para nosotros.

lunes, 10 de marzo de 2014

Abramos los ojos de la fe y llenemos nuestro corazón de amor para ver a Dios y heredar su Reino



Abramos los ojos de la fe y llenemos nuestro corazón de amor para ver a Dios y heredar su Reino

Lev. 19, 1-2.11-18; Sal. 18; Mt. 25, 31-46
Una forma de manifestar nuestra condición de creyente es el deseo de unirnos a Dios para, viviendo su misma vida, hacernos una cosa con El. Creer en Dios no es meramente aceptar su existencia, sino que creyendo en El sentimos esos deseos de unirnos a El. Es la profundidad a la que llegan los místicos en su unión con Dios, en las que Dios mismo, una vez purificados, se les manifiesta de manera especial para hacerles sentir y disfrutar de su presencia.
Queremos ver a Dios; es un deseo que todos llevamos dentro desde nuestra fe en El. Queremos ver a Dios y sentir su presencia junto a nosotros para disfrutar también de su gracia y de su amor.  Es el deseo que sentimos en ocasiones cuando leemos el evangelio de haber podido estar allí donde acaecían aquellas cosas que nos cuenta el evangelio.  Algunas veces soñamos cómo podríamos alcanzar esa visión de Dios, pero hay algo maravilloso en nuestra fe cristiana y es que sí podemos ver y sentir su presencia, porque El de muchas maneras nos la hace sentir. Es la presencia de Dios que podemos sentir y vivir en la celebración de los sacramentos, porque sabemos bien que ahí está Dios, ahí se nos manifiesta y ahí podemos descubrirle y vivirle cuando de su gracia llenamos nuestra vida con los sacramentos. 
Pero Jesús ha querido hacerse presente para nosotros no solo en los que llamamos los siete sacramentos,  sino que hay otra presencia en cierto modo también sacramental que es la presencia de Cristo, la presencia de Dios que podemos ver y experimentar también en los hermanos. Es de lo que nos habla hoy en el Evangelio. ‘Os aseguro,  nos dice, que cuanto hicisteis con uno de estos humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’. Luego ahí, en el  hermano, en el pobre, en el hambriento o en el sediento, en el que está enfermo o abandonado, en el que está en la cárcel o en el que aparece junto a nosotros, venga de donde venga, ahí tenemos que estar viendo a Cristo.
Queremos ver a Dios, decíamos, gozar de su presencia; pues tendríamos que decir que lo tenemos fácil, porque en el hermano hemos de saber descubrir a Cristo por la fe. Lo tenemos fácil, pero bien sabemos que se nos hace difícil; tenemos que abrir los ojos de la fe y haber llenado el alma de verdad del amor de Cristo y eso no siempre lo conseguimos.
En este camino cuaresmal que estamos haciendo éste quizá tendría que ser una de las cosas que nos propongamos; a eso nos está invitando la Palabra de Dios que se nos proclama, este evangelio que hoy hemos escuchado. ¿No nos gustaría cuando llegue ese momento final de la historia que Cristo nos dijera a nosotros también lo que hoy hemos escuchado en el evangelio? ‘Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’.
Ya sabemos lo que tenemos que hacer. Jesús nos lo dice claramente. ‘Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y fuisteis ya verme’. Ahí tenemos el programa. Ahí tenemos el medio de encontrarnos con el Señor y poder vivir y disfrutar de su presencia.
Eso tenemos que aprender a traducirlo a hechos muy concretos de nuestra vida. No será necesario hacer grandes cosas, sino en esos pequeños detalles que podemos tener cada día con los que están a nuestro lado estaríamos cumpliendo esta bienaventuranza de Jesús. Podemos partir el pan para dar de comer  al hambriento, pero son muchas las cosas que podemos compartir en cada momento con el que está a nuestro lado. Esos detalles de comprensión, de respeto, de valoración de toda persona; esos detalles en los que nos manifestamos con total sinceridad alejando de nosotros toda falsedad e hipocresía; esa palabra de ánimo y de consuelo, esa sonrisa que podemos provocar en el alma del que tiene el corazón amargado o atormentado por muchas cosas.
Muchas oportunidades tenemos de realizar lo que Jesús nos está pidiendo  hoy en el evangelio y de tener el gozo en el alma de, a través de ese amor con que nos relacionamos con los que están a nuestro lado, sentir y vivir la presencia del Señor. Podemos ver a Dios, podemos sentir la presencia de Cristo a nuestro lado. Abramos los ojos de la fe y llenemos nuestro corazón del amor de Dios.

domingo, 9 de marzo de 2014

Jesús en el desierto al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado



Jesús en  el desierto al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado

Gen. 2, 7-9; 3, 1-7; Sal. 50; Rom. 5, 12-19; Mt. 4, 1-11
Hemos comenzado el camino hacia la Pascua cuando iniciamos el pasado miércoles de ceniza la Cuaresma. Sentíamos la invitación a mirar hacia lo alto porque ya desde un primer momento se nos invitaba a mirar a Cristo y a Cristo crucificado, pero siempre con la certeza de la resurrección. Es el camino que queremos hacer para que en verdad haya pascua en nosotros, para que cuando lleguemos a celebrar la resurrección de Jesús nos sintamos en verdad renacidos, hombre nuevos, hombres pascuales, porque hemos vivido desde lo más profundo el paso salvador de Dios por nuestra vida.
Como diremos hoy en el prefacio de este primer domingo de Cuaresma ‘celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua, podremos pasar un día a la Pascua que no acaba’. Por eso miramos a Cristo, escucharemos su Palabra de vida que nos va renovando día a día y nos irá transformando si nos dejamos conducir por la gracia del Señor, ‘para avanzar en el misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud’. Así pedíamos en la primera oración.
Como  nos decía san Pablo hoy ‘por un  hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron’, haciendo referencia a lo que hemos escuchado en la primera lectura del Génesis que nos hablaba de la creación del hombre, pero también de su pecado. Pero san Pablo continuaba diciéndonos ‘por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte… por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación… la justicia de uno traerá la justificación y la vida’. Clara referencia al Misterio Pascual que nos disponemos a celebrar.
Es tradicional en la liturgia de la Iglesia, y lo contemplamos en los tres ciclos litúrgicos, que en este primer  domingo de Cuaresma siempre escuchemos el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto, según los tres evangelistas sinópticos, uno en cada ciclo. Después del Bautismo de Jesús en el Jordán ‘fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo’, nos dice el evangelista. Allí ayunó cuarenta días y cuarenta noches con lo que ‘al abstenerse durante cuarenta días de tomar alimento, inauguró la práctica de nuestra penitencia cuaresmal y al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado’, como decimos también en el prefacio.
En el bautismo en el Jordán se había escuchado la voz del cielo señalando a Jesús: ‘Este es mi Hijo, el amado, el predilecto’. Ahora la tentación viene en el mismo tono, en la misma sintonía. ‘Si eres el Hijo de Dios…’ comienza siempre diciéndole el tentador. Eres el Hijo de Dios y tienes todo el poder de Dios, ¿por qué pasar hambre aquí en el desierto? ‘di que estas piedras se conviertan en panes’.
Eres el Hijo de Dios y así has de manifestarte ante los hombres, porque para eso has venido, podría estarle diciendo el tentador, pues manifiéstate haciendo cosas prodigiosas; ‘le llevó al alero del templo y le dice… tírate abajo, porque está escrito: encargará a sus Ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras’.
Eres el Hijo de Dios que vienes a instaurar el nuevo Reino. ‘Lo llevó a una montaña altísima y mostrándole los reinos del mundo y su gloria’, en poder del maligno por el reino del pecado y de la muerte, ‘y le dijo: todo esto te daré, si te postras y me adoras’.
Ya conocemos las respuestas de Jesús que, por supuesto, tendríamos que escuchar y aprender muy bien porque esas tentaciones reflejan también cuales son nuestras tentaciones. ‘No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios… no tentarás al Señor, tu Dios… al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo darás culto’.
Las  respuestas de Jesús en estos momentos son lo que luego a lo largo del evangelio vamos a ir viendo reflejados en toda su enseñanza. Por eso, es ahí, a la Palabra del Señor,  a su evangelio al que tenemos que saber acudir para encontrar esa luz que nos ilumine para saber bien la respuesta que tenemos que dar a lo que nos pide el Señor y la forma cómo nosotros hemos de vencer también la tentación con la que nos acosa continuamente al maligno.
¿No pedimos nosotros muchas veces en nuestra oración el milagro fácil de Dios que nos resuelva todos los problemas sin poner ningún esfuerzo por nuestra parte? Tendríamos que dejarnos conducir más en la vida por la Palabra del Señor que sea en verdad el alimento de nuestra vida de cada día, pero no haciéndole decir a la Palabra de Dios lo que a nosotros nos guste, sino dejándonos interpelar y conducir con toda sinceridad por lo que el Señor nos manifiesta.
No busca tampoco Jesús el éxito fácil a la Buena Nueva de salvación que nos va anunciando, porque ya, por ejemplo, le vemos habitualmente cuando realiza un milagro de alguna curación que les dice que no lo digan a nadie. No es Jesús el curandero taumatúrgico que se aprovecha de sus poderes para obtener fama y por así decirlo beneficios, sino que sus milagros serán siempre por una parte signo de su amor y de su compasión misericordiosa, pero al mismo tiempo signo de la transformación que Jesús quiere ir realizando en el corazón del hombre y de nuestro mundo.
En las reflexiones que nos hemos venido haciendo desde los primeros días de la Cuaresma cuando hablamos de conversión decíamos cómo hemos darle en verdad la vuelta a nuestra vida para que esté orientada siempre hacia Dios, para que Dios sea siempre el centro de nuestra vida. Hoy al rechazar Jesús al maligno que le tentaba le dice que ‘al Señor, tu Dios, adorarás y a El solo darás culto’. Que el Señor sea nuestro único Dios, el único Señor de nuestra vida. Que la gracia del Señor nos ayude a ir arrancando de nuestro corazón esos ídolos,  esos falsos dioses que nos creamos, cuando apegamos nuestro corazón a tantas cosas que consideramos tan importantes en nuestra vida, como si no pudiéramos vivir sin ellas.
Tenemos que comenzar por transformar nuestro corazón, muchas veces endurecido como una piedra. Como anunciaban los profetas que se transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne. Aquí sí que tenemos que pedirle al Señor que transforme esas piedras de nuestro corazón en panes, y no lo hacemos por tentación, sino para vencer nuestras tentaciones.
Que se transforme esa piedra fría de mi indiferencia,  esa piedra dura de mis violencias, esa piedra solitaria de mi individualismo, esa piedra grande de mi orgullo, esa piedra gorda de mi codicia, en panes de ternura y amistad, de ofrenda y de generosidad, de pureza y de bondad. Que frente a esas tentaciones que nos endurecen por dentro tantas veces con nuestras pasiones desordenadas seamos capaces de poner el espíritu de servicio, el dinamismo de la caridad, la fe confiada. Que en nuestras luchas y sufrimientos seamos capaces de ver siempre la presencia del Señor y sean algo así como sacramentos de Dios para nuestra vida, y sean en verdad una oportunidad para un mayor crecimiento humano y espiritual.
El Señor nos enseñó a pedir en el Padrenuestro ‘no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal’; y a Pedro y los apóstoles les decía en Getsemaní: ‘vigilad y orad, para que no caigáis en la tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil’. Que esa sea nuestra oración de verdad para que con la gracia del Señor podamos hacer este camino que estamos iniciando y nos conduzca a la Pascua y al final podamos ser esos hombres nuevos de la Pascua, como decíamos al principio.
Que alimentados del Cuerpo y de la Sangre del Señor, ‘pan del cielo que alimenta nuestra fe, consolida la esperanza y fortalece el amor… tengamos hambre de Cristo, pan vivo y verdadero… y aprendamos a vivir de toda Palabra que sale de la boca del Señor’.