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sábado, 23 de marzo de 2024

Pensemos en el lugar que va a ocupar Jesús en esta semana santa que vamos a iniciar, no sea que no le abramos las puertas para celebrar la pascua en nuestra vida

 


Pensemos en el lugar que va a ocupar Jesús en esta semana santa que vamos a iniciar, no sea que no le abramos las puertas para celebrar la pascua en nuestra vida

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer. 31, 10-13; Juan 11, 45-57

‘¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?’, se preguntaban los judíos en la cercanía de la fiesta de la Pascua, ya que Jesús aun no había llegado a la ciudad santa y además se rumoreaba que se había retirado más allá del Jordán, ‘a una ciudad vecina al desierto, llamada Efraín’, como incluso nos narra el evangelista.

Hemos escuchado el relato previo, las inquietudes que se habían suscitado entre el grupo de los dirigentes de Jerusalén después de la resurrección de Lázaro y cómo las gentes se iban con Jesús; había provocado una reunión incluso en el Sanedrín donde habían llegado a la conclusión, por moción del Sumo Sacerdote, de que era preferible que uno muriera por todo el pueblo, pues podría surgir una represalia por parte de la autoridades romanas. ‘Aquel día decidieron darle muerte’. Luego vendrían los chantajes y las traiciones, pero mientras Jesús se había retirado al desierto.

Esta pregunta que se hace la gente sencilla me da pie en esta reflexión para que nosotros nos hagamos una pregunta semejante en esta víspera ya del comienzo de la Semana Santa. ‘¿Vendrá Jesús a la fiesta?’ ¿Vendrá Jesús a esta fiesta de la Pascua que vamos a celebrar? ¿Vendrá Jesús a mi vida para yo con El hacer y celebrar también esta fiesta de la Pascua?

Podrá parecer algo muy atrevido lo que estoy planteando, pero creo que no es tanto. Tenemos que ser sinceros con nosotros mismos. Me van a decir qué cómo se me ocurre pensar o plantear este interrogante, si nuestra semana va a estar llena de celebraciones y procesiones, de actos religiosos populares y de mucha gente que o visita nuestros templos y monumentos, o se pone en la calle al paso de las procesiones haciendo salta incluso alguna lágrima de emoción.

Podemos hacer todo eso, pero ¿qué lugar ocupa Jesús en todo eso? ¿No podríamos quedarnos en unos ritos tradicionales muy bien preparados y que queremos hacer con el mayor lucimiento? Puede parecer duro lo que estoy diciendo, pero es que tenemos que ponernos a pensar bien en serio.

Nuestros pasos procesionales, reconociendo incluso toda la magnificencia del arte que nos representa, es cierto, los diferentes momentos de la pasión ¿qué parecido tienen con lo que allí en Jerusalén sucedió aquellos días? ¿Estaremos quedándonos en ver cosas bonitas y emotivas? ¿Pero dónde ponemos a Jesús en todo eso y como lo traducimos a lo que Jesús quiere realmente para nosotros, para nuestra vida, para nuestro mundo cuando se entregó a la muerte en la Cruz? Cuántos visitan los monumentos del jueves santo para admirar tanto arte, tanta riqueza, o tanta belleza, pero se olvidan de quien realmente está allí en el Sagrario dejando bien cerradas las puertas de nuestro corazón y sin dejar entrar a Jesús.

Es que a mí me preocupa si yo realmente voy a dejar a Jesús que entre en mi vida para realizar y hacer esa Pascua en mí. Podemos pasar por todas estas cosas que vamos a hacer estos días, pero no dejamos pasar a Jesús por mi vida en estos días. ¿Tendré miedo a implicarme en lo que es la salvación que Jesús nos ofrece con su muerte en la cruz donde yo tengo que morir también para poder encontrar la salvación? ¿Tendré yo miedo a que esa cruz de Jesús llegue a mi vida para que haya verdaderamente pascua, o sea paso de la muerte a la vida en esta celebración pascual que vamos a celebrar?

 

lunes, 31 de agosto de 2020

Aprendamos a rastrear las huellas que Dios va dejando a su paso a nuestro lado para que así nos podamos enriquecer con los dones de Dios

 


Aprendamos a rastrear las huellas que Dios va dejando a su paso a nuestro lado para que así nos podamos enriquecer con los dones de Dios

1Corintios 2, 1-5; Sal 118; Lucas 4, 16-30

Rastrear las huellas del paso de algo o de alguien a nuestro lado en la vida a los humanos algunas veces nos resulta tarea no fácil. Sin embargo observamos a nuestros animalitos de compañía o mascotas cómo olfatean por donde quiera que van buscando el rastro de otros animales que puedan ocupar su territorio, o como con su olfato son capaces ponerse ojo avizor ante cualquiera que pueda acercarse que no es de su agrado. Recuerdo también cuando era más joven utilizar dinámicas de rastreo para seguir con los adolescentes con los que trabajábamos una ruta determinada pero a través de una serie de huellas y mensajes ocultos para llegar a una meta, o como se trataba de aprender a distinguir en dinámicas realizadas en el campo o la montaña la huella de las pisadas que dejaba un animal diferenciando unos de otros.

¿A qué viene toda esta introducción? Es que los hombres tendríamos que aprender a descubrir y saber interpretar las huellas del paso de Dios que El nos va dejando en los caminos de la vida para que así aprendamos a encontrarnos con El. ¿Serán huellas imperceptibles y por eso nos es tan difícil reconocerlas? Lo que nos sucede es que quizá hemos perdido la sensibilidad para descubrir esa sintonía de Dios, que no es solo música sino que en los hechos que acontecen en nuestro entorno o en las personas con las que nos relacionamos o con las que nos vamos cruzando en la vida hemos de aprender a descubrir esas señales de Dios, esas huellas del actuar de Dios en nosotros y para nosotros.

y digo es necesario saber discernir esa sintonía, porque no es a lo que a nosotros nos parece, no es simplemente lo que nosotros deseamos o cómo nos lo imaginamos, sino que es la forma en que El se nos quiere manifestar que siempre será de mayor riqueza que todo lo que nosotros podamos imaginar. Buscamos, pero a nuestra manera; deseamos pero que sea a nuestro gusto; queremos encontrar a Dios pero lo queremos hacer a nuestra imagen y semejanza, como nosotros nos lo imaginamos, y Dios nos supera en todas esas cosas, pero lo hace de una forma maravillosa, pero mucho más sencilla de todas las complicaciones que nosotros muchas veces nos armamos en nuestra cabeza para conocer a Dios. Los filtros humanos que nosotros utilizamos no nos valen para descubrir a Dios, porque en nuestra imperfección podrían incluso desenfocar la imagen.

Es lo que les sucedió a las gentes de Nazaret. Allí estaba Dios en medio de ellos, pero no supieron sintonizar con esos pasos de Dios. Al principio se habían sorprendido y hasta llenado de orgullo patrio con las palabras de Jesús aquel sábado en la sinagoga, pero pronto comenzaron a poner sus filtros. Era el hijo del José el carpintero; si se había criado en el pueblo ¿de donde le venía toda aquella sabiduría?; sin tan poderoso era como decían que se manifestaba en Cafarnaún y otras aldeas de Galilea, ¿dónde estaban sus milagros que allí no realizaba ninguno? Y así fueron poniendo sus pegas, iban poniendo sus filtros para escuchar a Jesús y no llegaron a descubrir que allí estaba el paso de Dios en medio de ellos. Al final terminaron echándolo y pretendían arrojarlo por un precipicio.

Era lo que decía que nosotros necesitamos aprender a entrar en esa sintonía de Dios pero tal como Dios quiere manifestársenos y dejarnos sus señales. Tenemos que aprender a descubrir esas huellas de Dios que se nos manifiesta y que nos llama de tantas maneras. Pero no pongamos filtros, no pongamos condiciones, dejémonos sorprender por Dios, abramos los ojos de la fe y podremos ir viendo esa presencia de Dios hasta en esas cosas que algunas veces nos pueden resultar desagradables o dolorosas.

Pasan tantas personas a nuestro lado que nos tendrían que hacer percibir esa huella de Dios, ese olor de Dios, pero no sabemos olfatear, porque buscamos otros perfumes, pero no buscamos el perfume de Dios. Olfateemos y sepamos percibir lo que son los perfumes del amor, de la entrega, de la generosidad, de la solidaridad que podemos descubrir en tantos; sepamos percibir esos perfumes que nos hablan de la sinceridad de la vida de las personas, de la autenticidad que podemos descubrir en tantos, sepamos captar la verdad de cada persona y la fuerza con que luchan por hacer un mundo mejor, e iremos entonces descubriendo huellas de Dios.

Y es que el Espíritu del Señor se manifiesta de muchas maneras en cuanto sucede en nuestro entorno, en cuanto viven las personas que están a nuestro lado y será entonces cuando descubramos de verdad esas huellas de Dios. Y claro, pensemos también que nosotros podemos convertirnos en huellas de Dios para los que vienen a nuestro encuentro; que no los defraudemos, que pueda aspirar el buen olor de Cristo también en nuestras vidas.

martes, 4 de junio de 2019

Con Jesús aprendemos a que toda nuestra vida sea siempre para la gloria del Señor y nosotros seamos glorificados en El


Con Jesús aprendemos a que toda nuestra vida sea siempre para la gloria del Señor y nosotros seamos glorificados en El

Hechos 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a
Siente uno admiración cuando se encuentra con una persona cuando se encuentra ya casi en el final de sus días – al menos son ya muchos los años que tiene y en los que ha desarrollado quizá una intensa vida – es capaz de hacer como una pausa y una recopilación, por llamarlo de alguna manera, de lo que ha sido el recorrido de su vida, pero resaltando quizá lo que han sido los valores que han marcado su vida, el sentido que le ha dado a lo que ha hecho y con espíritu de fe profundo hace como una ofrenda de lo que ha sido su vida para presentarla ante de Dios. De alguna manera sentimos la ‘magua’ como decimos en mi tierra de nosotros no poder hacer una cosa semejante con nuestra propia vida.
No es querer dejar la hoja de servicios, nuestra hoja de vida bien completada para facilitar quizás que alguien pueda cantar nuestras alabanzas por lo que hemos hecho – echaríamos a perder lo bueno que hayamos podido realizar si con esas intenciones lo hiciéramos-, sino más bien ver qué es lo que llevamos en nuestras manos para presentarnos ante Dios, pero para alabarle y glorificarle por esa presencia de Dios que hemos sentido en nuestras vida y al mismo agradecer la misericordia que ha tenido con nosotros para borrar esas sombras – tantas que hay – en nuestra hoja de vida porque así de grande es el amor que se ha ido derramando en nuestra vida.
Hoy nos encontramos en el evangelio esa ofrenda de Jesús en lo que solemos llamar su oración sacerdotal. Al final de la cena cuando ya el Pontífice está dispuesto a subir al altar de la redención escuchamos esa hermosa oración de Jesús. Es ahora la hora de la ofrenda y del sacrificio, es la hora del amor extremo, sin límites, como nadie ha amado como solo en Jesús podemos encontrar en toda su plenitud. Siente la gloria de Dios en su vida y quiere glorificar al Señor. Y su gloria está en la ofrenda que va a realizar.
Entendemos como esa glorificación de la que habla Jesús es su propia muerte, porque será cuando sea levantado hasta lo alto del madero cuando atraerá a todos junto a si; será el momento de la glorificación, porque todo en su vida es obediencia al Padre – no se haga mi voluntad sino la tuya exclamará en Getsemaní cuando siente la amargura del cáliz de la pasión que ha de beber – porque su alimento ha sido siempre hacer la voluntad del Padre.
Ahora reconoce que ha hecho cuanto el Padre le ha encargado y por eso va a rogar y con gran intensidad por los que el Padre les confió y aquí quedan para seguir haciendo la obra de Jesús. Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste…’ Tantas veces había dicho que aun no era su hora, pero ahora dice que ‘ha llegado su Hora’, como recordaba el evangelista al principio de la cena pascual  que había llegado ‘la hora de pasar de este mundo al Padre’.
En un breve comentario como son las líneas de esta semilla de cada día no podemos llegar a comentar con todo detalle todas las palabras de Jesús. Seguiremos en los próximos días en que la liturgia nos irá ofreciendo la totalidad de la oración sacerdotal de Jesús y tendremos oportunidad de destacar otros aspectos. Sea una semilla que dejamos sembrada en nuestro corazón.
Valga este breve comentario para que sintamos también en nuestro interior ese deseo de tomar en nuestras manos lo que es y ha sido nuestra vida hasta este momento para hacer esa ofrenda de glorificación a nuestro Padre del cielo. Bien recordamos aquella consigna de san Ignacio de que todo sea siempre para la gloria de Dios. Así seremos en verdad glorificados en El.

jueves, 18 de abril de 2019

Es la hora del amor, es el paso del Señor, es la pascua, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor



Es la hora del amor, es el paso del Señor, es la pascua, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15
‘Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido’ nos decía san Pablo en la carta a los Corintios. Mientras en la lectura del Éxodo escuchábamos ‘porque es la Pascua, el paso del Señor’.  Y Jesús en el evangelio nos dice que ‘ha llegado la hora, la hora de pasar de este mundo al Padre’.
Tres expresiones podríamos decir que nos están manifestando la grandeza del momento. No es un momento cualquiera al que hacen referencia las lecturas de la Palabra hoy proclamadas en la liturgia, como no es un momento cualquiera el que ahora nosotros estamos viviendo. Es el hoy de nuestra salvación; es el hoy del paso de Dios por nuestra vida; es el hoy de la Pascua. Y ese hoy no es simplemente recordar tiempos pasados o circunstancias que hayamos podido vivir en otros momentos. Es el hoy que nosotros tenemos que vivir, en esas circunstancias concretas de nuestra vida, como de la vida de nuestro mundo. Porque es el hoy en que Dios llega a nuestra vida.
Cuando celebramos jueves santo es una simplemente repetición de otros momentos o de otros hechos. San Pablo nos dice que ha recibido una tradición que al mismo tiempo nos trasmite. Es cierto que hacemos memoria, pero la palabra que mejor lo expresa es memorial, porque no solo es recuerdo sino que es presencia en el hoy de nuestra vida. Es el paso del Señor en el hoy de nuestra vida, tal como somos, tal como vivimos, en el mundo concreto en que estamos, con aquellas cosas que suceden en el hoy de nuestro mundo.
Esto nos tiene que dar la intensidad con que nosotros queremos vivir hoy jueves santo, como la intensidad que le daremos mañana al Viernes Santo, pero será la intensidad de la Pascua que viviremos cuando lleguemos en el amanecer del domingo a la celebración de la resurrección. No lo podemos vivir de una forma cualquiera. Es nuestra vida que se abre a la presencia de Dios en nosotros.
Contemplemos y revivamos cuanto hoy celebramos. Sí, contemplar, quedarnos como extasiados ante el cuadro que nos presenta el evangelio. Allí están en aquella sala grande en el piso de arriba que aquella familia ha facilitado a Jesús para celebrar la cena pascual. Allí está todo preparado, como ayer escuchábamos que hacían los discípulos a las indicaciones de Jesús. Allí está sintiendo Jesús la grandeza de aquel momento. ‘Había llegado la hora…’ Y se rompen los protocolos.
Es Jesús el que se levanta de la mesa y se despoja del manto, ciñéndose una toalla a la cintura. Normal era que se ofreciera agua al huésped que llegara a casa para que se purificara, pero ahora es Jesús el que va postrándose a los pies de los apóstoles para ser El quien les lavara los pies. Asombro, desconcierto, lo contemplamos en los rostros de los apóstoles; reticencias como la de Pedro que no quiere permitirlo, pero insistencia de Jesús. ‘No tendrás parte conmigo’ y en su amor por Jesús ya Pedro está dispuesto para no separarse de Jesús que no solo sean los pies sino todo. ‘Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos’.
Este gesto de Jesús es bien significativo. Quien se quita el manto y se ciñe bien es el que se dispone a trabajar, a servir. Es lo que está realizando Jesús. Porque es el signo de su entrega. El es el Maestro y el Señor, pero es quien ha venido a servir, a dar su vida en rescate por muchos. Es el signo de su entrega con el amor más grande que nadie habría podido imaginar. Es el amor del que da su vida por los ama. Es el amor con el que el Señor nos ama a nosotros.
Ahí está el paso del Señor, entonces y ahora. Es el Señor que nos ama, que me ama a mi, que me ama tal como soy, que me ama aunque sea pecador, que me ama y sigue amándome por toda la eternidad para dar su vida por mi. Y es lo que ahora tengo que sentir y tengo que vivir. No podemos cansarnos de considerar lo que es el amor que Dios nos tiene y que así se nos manifiesta en Jesús.
Por eso a partir de entonces vamos a sentir que cada vez que comemos del Pan que Jesús nos da y bebemos de su copa vamos a sentir que está con nosotros, que por nosotros está dándosenos, que nos está amando y podemos y tenemos que sentir su presencia de la misma manera que la sintieron los apóstoles en aquella cena pascual.
Parte el pan y nos lo reparte para que lo comamos, es su cuerpo; por eso cada vez que comemos de ese pan hacemos memoria del Señor – ‘haced esto en memoria mía’ nos ha dicho – y ya no es un pan cualquiera que comemos, sino que estamos comiendo al mismo Señor. Aquel Pan de vida que prometió allá en la sinagoga de Cafarnaún y que nos dijo que era su carne, y que quien comiera su carne y bebiera su sangre tendría viva para siempre, nos resucitaría en el último día.
Los discípulos no terminaron de comprender totalmente las palabras de Jesús allá en la sinagoga; ahora en la cena pascual lo están entendiendo. Como nosotros que parece que no siempre entendemos y creemos en total fidelidad las palabras de Jesús, pero que ahora tenemos que sentir de una manera especial dentro de nosotros. Porque ahora tenemos que comprender y tenemos que comprender que es el paso del Señor, es la Pascua.
Un paso del Señor que nos transforma, que nos pone en nuevo camino, que nos impulsa a vivir su misma entrega, que nos llena de su Espíritu para que vivamos su mismo amor. Entenderemos entonces lo que nos dice Jesús que tenemos que amarnos y no con amor cualquiera sino con un amor como el suyo. ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’, nos dice. Y entenderemos todo aquello que a lo largo del evangelio nos ha dicho de cómo tiene que ser nuestro amor, para amar a todos, para rezar por todos, para sentirnos en comunión con todos, para con todos tener un corazón abierto al perdón y a la verdadera comunión.
Es la pascua, es el paso del Señor, es la hora del amor, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Que las dudas y los miedos no nos impidan dar el paso para el encuentro con Jesús




Que las dudas y los miedos no nos impidan dar el paso para el encuentro con Jesús

1Juan 1,1-4; Sal 96; Juan 20,2-8

Nos dan una noticia que nos parece increíble, aunque era algo que en el fondo estábamos esperando, pero ahora cuando nos lo comunican nos parece inverosímil, queremos creemos, pero no terminamos de creer; corremos al lugar donde podemos verificar lo que nos han dicho, pero aunque en nuestra carrera llegamos pronto, al final no terminamos de entrar a comprobarlo; tenemos miedo quizá de que eso que nos han dicho no sea cierto y nos cuesta comprobarlo por nosotros mismos para desengañarnos; nos quedamos a un paso que no estamos decididos a dar. Al final si llegamos a dar el paso comprobaremos la verdad y nos sentiremos felices.
Nos pasa muchas veces en muchas cosas de la vida, en el trabajo, en la familia, en las responsabilidades que tengamos con los hijos y las noticias que nos pueden llegar que algunas veces nos llenan de preocupaciones; nos pasa quizá en una oferta que nos hacen para salir de la situación laboral en la que nos encontramos, pero tenemos miedo de emprender algo nuevo. En tantas cosas. Pero ese paso tenemos que darlo nosotros, no lo tiene que dar nadie por nosotros. Tenemos que afrontar las cosas con madurez que algunas veces parece que nos falta por las indecisiones en que andamos en la vida. Y no conseguimos metas por quedarnos atrás; y no avanzamos en la vida por nuestros miedos y cobardías.
Es el campo que se puede abrir ante nosotros en nuestro compromiso social, o en el compromiso que hemos de vivir desde nuestra fe. Tememos arriesgar por si acaso nos equivocamos y metemos la pata. Son las disculpas de que no sabemos, que no estamos preparados, que eso son cosas que nos superan y que no lograremos conseguir, que es un riesgo tener que enfrentarse quizás a la gente. Son las dudas de nuestra fe y tantas dudas en nuestra vida y compromiso cristiano.
Me he ido haciendo todas estas reflexiones de aspectos en lo humano de nuestra vida, de lo que nos puede pasar por dentro tantas veces, o incluso en referencia a nuestra fe y a nuestro compromiso cristiano, escuchando el evangelio que hoy se nos propone en esta fiesta de san Juan Evangelista.
El relato del evangelio nos sitúa al tercer día después de la pasión y muerte de Jesús, cuando las mujeres que habían ido al sepulcro llegan con noticias de que la piedra de entrada al sepulcro estaba corrida, que el cuerpo de Jesús allí no está, de apariciones de ángeles que les hablan de que Jesús ha resucitado. Los apóstoles y los discípulos que están en Jerusalén andan encerrados en el sepulcro con el miedo metido en sus corazones, con la zozobra de todo lo que ha sucedido y en el recuerdo de las promesas y anuncios de Jesús de su resurrección. Las noticias que ahora les llegan les llenan aún de mayor confusión.
Con lo que viene contando María Magdalena Simón Pedro y Juan corren hasta el sepulcro para comprobarlo. Es la mañana de las carreras como me gusta pensar. Juan, como más joven llega primero, pero que queda parado ante la entrada del sepulcro. No se atreve a entrar. Muchas veces en nuestros comentarios decimos que si lo hizo por respeto a Simón Pedro que era mayor, y que era a quien Jesús en cierto modo le había anunciado un día su primacía sobre el resto de los apóstoles. Pero se me ocurre pensar si a Juan no le estaba sucediendo lo que hemos venido reflexionando como introducción a este comentario.
¿Dudaba Juan? Fue el que estaba reclinado en el pecho de Jesús a la hora de la cena y trataba de sonsacarle quien era el que lo iba a entregar que Jesús estaba anunciando. Seria el que más tarde reconocería a Jesús allá en el lago entre las brumas del amanecer; pero eso sería más tarde, tras estos acontecimientos que ahora estaban sucediendo. ¿Tenía miedo de la realidad que su pudiera encontrar? Quizá podría pesarle aun en el corazón que allá en Getsemaní se había quedado dormido cuando Jesús les había pedido estar vigilantes y en oración. Ahora había indecisión, se quedó sin dar el paso, prefería que fuera otro, Simón Pedro, el que se desengañara con la realidad.
Tras entrar Simón Pedro y comprobar que todo estaba como las mujeres les habían anunciado, el sepulcro vació, las vendas por el suelo, el sudario recogido aparte, dio Juan el paso también y entró. Entró, vio y creyó. Más que las vendas se le habían caído las escamas no solo de sus ojos sino del corazón que le habían tenido en los miedos y en las dudas. ‘Vio y creyó’, que nos dirá el mismo en el relato del evangelio.
¿Será lo que nosotros necesitamos? ¿Se nos ciegan a veces los ojos del alma? ¿Se nos endurece o insensibiliza el corazón con nuestros miedos y con nuestras cobardías? El ambiente que corre a nuestro lado de increencia y de indiferencia, donde todo se mezcla y se llena de tantas confusiones ¿nos podrá estar afectando también? ¿Tendremos miedo de nada a contracorriente, de hacer lo que no es políticamente correcto como ahora se dice? ¿Por qué no abrimos ya de una vez nuestro corazón a la fe? ¿Por qué no salimos de esas seguridades que nos hemos creado para lanzarnos al mar de la vida con ese anuncio que tenemos que hacer y ese testimonio que tenemos que dar?