No vayamos de indiferentes por la vida y pasemos de largo ante quienes están necesitando una llamada, un signo de esa cercanía del amor de Dios
Efesios 4, 32 — 5, 8; Salmo 1; Lucas 13, 10-17
Vamos demasiado de indiferentes por la vida. ¿La vida nos ha endurecido? ¿O nos habremos acostumbrado? También nos puede suceder que damos el esquinazo, porque damos la vuelta y nos inventamos el ir por otro lado para no enterarnos, o también le echamos a los demás el muerto, nos lo quitamos de encima, porque eso les toca a otros; ¿que hacen las autoridades, nos decimos tantas veces, que con tantos problemas y no hacen nada? No hacemos nosotros nada, pero elevamos la culpa lejos de nosotros para que no nos haga sombra y estamos esperando a que otros hagan, como decimos, los que tienen que hacerlo. Y nosotros seguimos tan indiferentes y tan insensibles.
El evangelio nos enseña con los detalles, no son necesarios cosas extraordinarias, aunque quizás se nos pueden pasar y no somos capaces de detenernos para ver ese detalle que por ejemplo nos ofrece Jesús. Quiero reconocer que muchas veces he escuchado, leído, comentado y meditado este texto del evangelio que hoy se nos ofrece, pero en esta ocasión me he detenido en un detalle. Jesús llegó a la sinagoga como de costumbre los sábados – le hemos visto en muchas ocasiones tanto en Nazaret como en Cafarnaún, aunque era su costumbre hacerlo en los pueblos que iba visitando para anunciar el Reino de Dios – y el evangelista nos habla de una mujer que llevaba encorvada 18 años por su enfermedad. Quizás pasaría hasta desapercibida porque podría parecer una mujer anciana más entre todas que se había ido encorvando por el paso de los años y las enfermedades como nosotros nos podemos encontrar a tantas. Pero detalladamente se nos dice que Jesús se fijó en ella y la llamó. No pasó desapercibida para Jesús. ‘La llamó y le dijo, mujer quedas libre de tu enfermedad, Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios ’.
Luego vendrían los comentarios del jefe de la sinagoga porque la curación había sido realizada un sábado y los razonamientos que nos ofrece Jesús. ¿Podemos llevar a abrevar a un buey o a un asno que tengamos atados, pero porque es sábado no se va a liberar a esa mujer del mal que le aqueja?
Jesús. nos va enseñando lo maravilloso que es el amor y cómo hemos de saber expresarlo desde esas pequeñas cosas de cada día, o desde esos detalles donde manifestamos nuestra cercanía pero también la sintonía de nuestro espíritu. Un día sintió que una mujer había tocado la orla de su manto, en otra ocasión se detendrá en la calle de Jerusalén para fijarse en un ciego de Nacimiento, se acercará al ultimo rincón de la piscina de Betsaida donde hay un paralítico que parece perdido y olvidado de todos, escuchará el clamor del ciego que al borde del camino pide limosna y pide que le ayuden y les pedirá a sus acompañantes que antes se sentían molestos que lo traigan a su presencia, al pie de la higuera en Jericó descubrirá a quien está escondido tras sus hojas y le pedirá que se baje porque querrá hospedarse en su casa. Muchos momentos podríamos seguir detallando de ese Jesús estar atento al sufrimiento que hay a su alrededor y aunque pase desapercibido o sea incómodo para otros, El se detiene, ofrece su presencia y su palabra para levantar al que está caído. Allí está vivo el amor y así se nos manifiesta.
¿Estará vivo de la misma manera el amor en nosotros y así lo manifestamos? No es necesario hacer mucho ruido pero ¿cómo se levanta el ánimo cuando alguien se detiene a nuestro lado porque se ha fijado en nosotros y penetra nuestro interior con su mirada? Es ese gesto aunque sea silencioso, es esa mirada que nos llena de luz, es esa simple palabra que nos llega al alma, es esa mano tendida para sostenernos cuando nos parece que nos vamos a caer, es ese caminar a nuestro lado compartiendo nuestro sudor, es ese estímulo que sentimos en lo más hondo cuando encontramos ese gesto de compasión y de humanidad.
Es lo que podemos ofrecer a los demás, pero porque antes nosotros también lo hemos sentido en nuestra vida; quizás en ocasiones también íbamos encorvados porque había muchas cosas que pesaban sobre nosotros, encorvados arrastrando viejas ataduras de las que no habíamos sido capaces de liberarnos por nosotros mismos, encorvados en nuestras rutinas o en nuestras cobardías, encorvados porque había pasiones que nos dominaban y no podíamos saborear lo que era la verdadera libertad. Dios ha llegado a nosotros de alguna manera y ha puesto nueva luz en nuestros corazones regalándonos su perdón, sanándonos de nuestras viejas ataduras, abriéndonos nuevos horizontes llenos de luz.
La Palabra de Dios ha llegado también a nosotros señalándonos esas cosas concretas de nuestra vida de las que necesitamos ser liberados. Y aunque a veces aún tímidamente hemos comenzado a dar pasos. El que ahora nos hagamos esta reflexión es también un detenerse de Jesús a nuestro lado y llamarnos para que nos acerquemos a Él. Pero ahora nosotros también tenemos que ser ese signo para los que están a nuestro lado y comenzar a actuar a la manera de Jesús. Alguien puede estar esperando esa presencia nuestra, esa palabra o esa mano tendida. No sigamos indiferentes por los caminos de la vida y pasemos de largo.

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